Disclaimer: El fandom de Inuyasha, su historia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi y los tomo prestados sin fines de lucro.
Haunted
Por: Hoshi no Negai
5. La niña que habla con monstruos
El inugami nunca esperó que todo se desenvolviera de esa manera. No había planeado a la niña parlanchina en sus años siguientes, no había siquiera concebido la idea de interactuar con un ser del mundo humano, ese tan roñoso y digno únicamente de su apatía y hasta violencia.
Para él, los humanos entrometidos sólo servían para descargar su ira y frustraciones tras estar tantos siglos sin poder apartarse de ese lugar. Por estar tantos siglos soportando sus tonterías, faltas de respeto y burlas. Entraban en su territorio, el territorio que estaba obligado a vigilar a falta de una mejor definición, y todo lo que hacían era destruir, armar escándalos e incrementar su furia. No tenían derecho a pisar esa casa, ya había tenido más que suficiente de los malditos humanos y sus daños colaterales.
Pero no, siempre volvían una y otra vez, probando su paciencia muy limitada y midiendo la poca suerte que les tocaba sortear una vez dentro de sus dominios.
La primera vez que mató a un humano estando en ese estado fue cuando acababa de despertar. Se había dado cuenta de lo sucedido y de su situación de encierro, y todo su poder había incluso hecho crujir los cimientos causando un accidente que le arrebató la vida a un hombre. Las siguientes muertes fueron por causas similares. Había intentado romper la barrera cientos de veces, incluso lastimándose de gravedad en el proceso. Cada vez que arremetía, la casa temblaba al otro lado y algo malo le sucedía a la persona que estaba en el lugar y momento equivocado.
Si durante ese tiempo supo que sus acciones tenían consecuencias nunca le importó. En realidad ni siquiera podía sentirlos, y aunque lo hiciera no se detendría hasta alcanzar su objetivo por su propia mano, sin ni un alma que le diera explicaciones o soluciones. En lo que a él respectaba, estaba completamente solo.
Hasta que escuchó las primeras voces.
El mundo humano y espiritual al que los demonios como él pertenecían se habían separado finalmente, aunque el inugami nunca supo en realidad cuándo sucedió ni cuánto tiempo había estado sellado para empezar. Estimaba algunos años, pero sabía que no se acercaba ni por poco a la fecha correcta. Tampoco era algo demasiado importante, ahora que tenía tantísimo tiempo por delante y un problema mucho mayor que solventar.
No sólo los planos se habían separado y él estaba atrapado en una barrera imposible de romper, sino que también, para más colmo y en burla a su situación, esa casa era un punto de paso entre los mundos. ¿Cómo lo sabía? Era imposible no deducirlo. Cualquiera con energía espiritual o incluso algunos que no la tuvieran ―como era el caso de varios humanos que sabían que había algo extraño en ese sitio― podrían darse cuenta que las criaturas de ambos planos podían interactuar entre sí.
O al menos saber que el otro estaba ahí.
El inugami, por ejemplo, poseía una altísima energía espiritual incluso para tratarse de un youkai, y escuchaba con perfección las conversaciones que los individuos que entraban y salían a libertad. Incluso podía verlos de alguna forma distorsionada. No distinguía muy bien los rostros, pero sí los colores y las siluetas, como si estuvieran detrás de una cortina semitraslúcida y opaca.
El punto era que los veía, pero ellos no podían verlo ni oírlo a él. Sólo lo sentían.
Muchos supieron que se trataba de una presencia maligna y llevaron a cabo bendiciones, rituales e incluso exorcismos para deshacerse de él, actos que ni siquiera le causaban un cosquilleo. No sólo porque su poder era muy superior al de cualquier erudito humano, sino porque el mismo campo de energía bloqueaba todos los intentos.
Aparentemente ni de un lado ni del otro se podía romper la barrera. Estaba confinado hasta saber cómo levantar el encantamiento.
Pero todo lo que le quedaba como pista era un enorme pergamino en lo más alto de la casa, con un mensaje escrito con la misma sangre que había derramado en la pelea de aquel día. Pero no era solamente su sangre la que bordeaban las grandes letras, también estaba la sangre de su contrincante, quien había puesto la poderosa barrera.
Aprende y laméntate, era lo que decía el críptico mensaje de su padre. Todo lo que le había dejado atrás después de casi matarlo y sellarlo.
Intentó arrancar el papel, destruirlo con sus garras y veneno, intentó tirar toda la casa abajo... pero nada funcionaba, como si sus poderes no existieran. Como si no fuera más que un vulgar humano en presencia de ese acusador pergamino que contenía la ira y decepción de su padre.
El que debía estar enojado y decepcionado era él, no su progenitor. Él no había hecho nada malo, sólo había corregido su error. ¿Y cómo le pagaba? Apuñalándolo por la espalda.
Habían transcurrido siglos desde esa pelea en la que apenas había sido un adolescente. Entró en la etapa adulta encerrado cual animal de exhibición, como algo de lo que debían burlarse y molestar sin peligro alguno a represalias. Muy pocos eran los demonios que no lo veían con arrogancia, restregándole su libertad en la cara y abandonando el sitio antes de recibir un castigo.
El clan de demonios de río pertenecía a la rara primera categoría. Eran seres parecidos a las ranas: verdes, con bocas anchas y ojos saltones que les daba un aire de sorpresa permanente. El líder conocía la reputación y la historia que el inugami llevaba como un estigma a su orgullo, por lo que se ofreció como su súbdito sin apenas titubear al compartir sus pensamientos y opiniones.
Claro, que todo esto no hubiera sucedido si su pellejo no hubiera estado en juego. Jaken, como se llamaba el cabecilla, guió sin saberlo a un youkai furibundo hasta los dominios del inugami, irrumpiendo en su monótona y frustrante vida de golpe. Sediento por aplacar su ira, acabó con el intruso en un abrir y cerrar de ojos sin apenas esforzarse, ganándose inmediatamente la admiración de todos los youkais que habían ido a parar ahí para salvarse.
Estuvo a punto de despacharlos a ellos también hasta que Jaken dio un paso al frente y le hizo una profunda reverencia. El demonio blanco dejó la garra suspendida en su siguiente ascenso algo anonadado por tal gesto. No podía recordar la última vez que le hubieran dedicado algún saludo formal y respetuoso.
―¡Oh, joven señor! ¡Le estamos muy agradecidos por habernos librado del horrible oni que atentaba contra nuestro pueblo! ¿Cómo podríamos...?
―Lárguense ―cortó él fríamente.
―Pero, señor... Debemos retribuirle su bondad de alguna manera. Diga lo que desee que hagamos y considérelo hecho, es lo mínimo que podemos hacer.
―¿Qué te hace suponer que quiero algo de seres tan patéticos como ustedes?
El pequeño ser tragó duramente ante su actitud tan cortante. Nunca había conocido a nadie que impusiera tanto respeto, especialmente siendo tan joven. Le bastó sólo dar una mirada a su alrededor, y luego al inugami que tenía enfrente para comprender quién era él exactamente. Los rumores habían corrido el territorio como la tinta y pocos eran los que no lo conocían, pero nunca imaginó encontrárselo cara a cara de esa manera.
Claro que había cosas que podría querer de ellos.
―Podemos ayudarlo a salir de aquí si usted desea ―aventuró Jaken algo renitente―. Conocemos a muchos hechiceros y brujas que podrían...
Pero sus palabras se vieron brutalmente calladas con un fuerte pisotón en su cabeza. Pudo haberlo aplastado contra la tierra y esparcido sus sesos bajo su bota, pero no ejerció suficiente presión más que para causarle alguna fisura en el cráneo. El clan de demonios de río contuvo el aliento horrorizado y se alejaron un paso temiendo ser los próximos.
―No te atrevas a burlarte de mí ―espetó el inugami entre dientes con un gruñido contenido en la garganta. El pobre Jaken temblaba por el miedo como por el dolor, tanto que apenas podía respirar. Otra cosa mal dicha y sería su fin, lo sabía. Después de todo aquel hombre había matado por mucho menos, y él no tenía por qué ser la excepción.
―M-me... me d-discul-po si lo ofendí, señor ―tartamudeó con esfuerzo intentando controlar sus alaridos de dolor―, le a-aseguro que no f-fue m-mi intención. N-nunca osaría a burlarme d-de usted.
―¿En serio? ¿Entonces qué haces ensuciando mis dominios con tus enemigos?
―E-eso fue un accidente, m-mi señor No qu-quisimos guiarlo hasta aquí, de verdad. Por favor, l-le ruego que me perdone. Haré l-lo que s-sea para demostrarle... m-mi lealtad.
―¿Tu lealtad? No necesito la lealtad de nadie, y menos la de alguien tan patético como tú ―escupió con desdén apretando un poco más la cabeza bajo su bota. Los sollozos desesperados de los lacayos de Jaken sonaban suavemente, agudos y molestos para sus oídos tan sensibles. El lado positivo era que no tendría que escucharlos por mucho más.
Probablemente dándose cuenta de sus intenciones, en un acto de desesperación el demonio recurrió a una idea inaudita.
―P-puedo... p-puedo conseguirle a-armas. Sirvientes. R-riquezas. Todo lo que usted qu-quiera. Contrincantes m-muy poderosos... a los que derrotar.
―¿Contrincantes?
La presión de su bota disminuyó lo suficiente como para que el dolor en su cabeza se redujera considerablemente. Un suspiro de alivio colectivo recorrió a los demonios al ver que su líder estaba libre otra vez... relativamente. Al menos siempre y cuando el inugami no se enfureciera de nuevo.
―Así es ―compuso Jaken mientras se incorporaba. Sentía un agudo dolor seguido con fuertes palpitaciones, pero fuera de eso estaba bien. Se puso de pie trabajosamente y se apuró a formar una nueva reverencia, ignorando las fuertes ganas que tenía de vomitar por el dolor―. E-es notable lo fuerte que es usted y lo mucho que disfruta haciendo uso de sus habilidades en batalla. Puedo atraer demonios poderosos para que se sirva despachándolos a su gusto. O si hay alguien en especial de quien quiera usted deshacerse, sólo necesitamos un nombre y lo tendrá aquí cuanto antes.
El inugami se quedó en silencio evaluando las posibilidades. Ese era un trato interesante y provechoso. Desde que había despertado ―o mejor dicho, desde que tenía uso de razón―, luchar y demostrar su poder algo que llevaba en la sangre. Tanto tiempo sin poder salir ni cumplir sus instintos más básicos de caza sólo lo habían vuelto más violento y hasta irracional.
Se encontró a sí mismo accediendo al ofrecimiento pocos minutos después, calculando que no tenía nada que perder. Si Jaken cumplía, tenía un nuevo método para mitigar su furia, y si no cumplía había dos opciones: jamás lo volvería a ver o en cuanto apareciera su horrible cara por el muro de la mansión se aseguraría de destrozarla de un solo tajo. De cualquier manera ganaba.
Pero Jaken no sólo cumplió su promesa, sino que superó sus expectativas. Considerando que no tenía ninguna hacia él en realidad, eso era algo bastante positivo.
Los demonios eran atraídos por el clan de manera eficiente y astuta, y antes de que supieran lo que sucedía, se veían envueltos en una pelea sangrienta con el inugami. Pronto el área se vació de contrincantes dignos de ser derrotados, pero eso no significaba que la utilidad de Jaken hubiera acabado.
Haciéndole honor sus palabras de lealtad, hizo algo que jamás imaginó posible: expandió los límites de la barrera. Le había costado muchísimo convencer al joven demonio que siquiera considerara permitirle entrar en la mansión, y mucho más inspeccionar la fuente del bloqueo, pero había valido la pena. A tan sólo unas pocas décadas del inicio del trato, el inugami se encontró pasando los muros por primera vez desde su adolescencia. Claro que no era demasiada distancia, sólo un kilómetro a la redonda ―y lamentablemente no se podía expandir más allá después de tantos intentos―, pero era una significativa mejora.
Aunque esa no era una solución de verdad, por lo cual su gusto con la eficiencia de Jaken no había durado demasiado tiempo. Quizás sólo había empeorado su estado de ánimo en realidad, pues tenía una pequeña porción de libertad que servía exclusivamente para recordarle lo limitada que ésta era. Y lo imposible que era ser libre en realidad.
Las matanzas a humanos entrometidos habían regresado en ésa época, y más violentas que nunca. Humano que entraba en sus dominios, humano que recibía como mínimo una grave herida. Al menos para aquellos lo suficientemente estúpidos como para exponerse a su poder de manera prolongada.
Disfrutaba viéndolos sufrir y enloquecer, disfrutaba verlos acabar con sus vidas como última alternativa para mitigar el horror al que los sometía con su sola presencia, porque no siempre podía matarlos personalmente. Sólo lo conseguía durante algunas horas dos veces en el transcurso del año, cuando la línea divisoria entre ambos mundos se desdibuja peligrosamente en el solsticio.
Incluso había permitido ser visto por los desafortunados que cruzaban por su camino durante esas fechas. Ver sus expresiones de terror ante una muerte segura le daba una vaga sensación de poder que en su propio mundo apenas podía saborear. Nadie se burlaba del supuesto fantasma que moraba los cimientos de aquella casa, a nadie le quedaban ganas de bromear y clamar escepticismo. No, durante esos breves momentos todo se sumía en el caos de la cacería.
Claro que no siempre conseguía matarlos. A veces podían escapar de él y ponerse a salvo detrás de los muros. Otras veces no se sentía con verdaderos deseos de acabar personalmente con las plagas, por lo que sólo los aterrorizaba para que se marcharan, y con suerte, alguno se lastimara o muriera durante el escape.
Todo sucedía en una rutina relativamente normal, pues había tenido muchísimo tiempo para acostumbrarse. Claro, hasta que esa niña llegó.
Ningún otro humano había conseguido pasar desapercibido para él, y menos llegar tan lejos hasta un área tan sensible como lo era el último piso donde el pergamino de sangre era el único adorno petulante.
A ella podría haberla matado por el simple hecho de estar ahí, pero se detuvo en el último escalón. Había algo diferente con esa cría de humano, algo que nunca le había pasado con ninguno otro: podía verla con total claridad. No era una silueta de colores opacos desdibujada, no era como un ser detrás de una cortina o una criatura hecha de humo. No, era tan nítida como si realmente estuviera con él en el mismo plano.
¿Cómo era eso posible?
Se acercó sigilosamente hasta donde estaba, alertándola con sus pasos ligeros y calculadores. Pensó por un momento que era alguna clase de demonio intentando hacerlo picar un anzuelo, creyó que debía luchar en cualquier momento. Pero no fue así, no había ninguna energía demoníaca emanando de su pequeño cuerpo. La niña se giró con cuidado conteniendo el aliento. Ella no podía verlo, pero como muchos otros podía sentirlo y saber que estaba ahí.
El demonio se quedó plantado intentando descifrar lo que estaba pasando.
¿Qué tenía de especial como para poder verla? Aspiró un poco de su aroma con la vaga idea de que tal vez éste contuviera alguna pista de su identidad. Pero aparte de su fragancia infantil a azúcar y hierba buena, no consiguió nada fuera de lo común.
Tras un corto silencio la niña le habló, preguntándole cosas a las que casi no le prestó atención hasta que mencionó el pergamino. A decir verdad, se había enterado de su presencia en el último piso casi únicamente porque había puesto la mano sobre su sangre, mandándole una corriente de dolor que podía identificar. Era una pequeña fracción del dolor que había sentido cada vez que intentó deshacerse del pergamino, e incluso cuando Jaken lo había examinado con sus manos pequeñas y rasposas.
Nadie podía tocar el sutra, eso lo tenía claro.
La niña, con la típica e inocente curiosidad de su edad, alzó la mano para intentar adivinar dónde estaba su rostro. Pero sin importar lo mucho que se estirara, apenas lograría llegarle a los hombros.
Quizás siguiendo esa curiosidad que había brotado de sí mismo inexplicablemente, él también levantó un poco la mano en su dirección. ¿Qué pasaría si la tocaba? ¿Sentiría algo además de una masa de aire caliente? ¿Ella podría sentirlo? ¿... podría verlo, tal vez?
Sus dedos largos y armados de garras estaban a centímetros de chocar con los pequeños de ella, extendidos hacia la nada en la intención de encontrarlo. El ambiente estaba tenso y algo pesado, y la muchachita no era la única que aguantaba la respiración por inercia.
Pero todo acabó incluso antes de que pudiera empezar cuando un segundo niño entró en escena, con su voz ronca por el pánico atravesó el aire causando ecos en las viejas paredes.
La atmósfera cargada de expectativas se rompió al instante que esa nueva voz sonó. La niña bajó la mano y corrió hacia las escaleras, chocándose con el chiquillo en el tercer piso.
El demonio volvió a inhalar lentamente, notando entonces que no lo había hecho por casi un minuto completo. Se sentía desubicado y extraño ante el súbito cambio. Pero la furia era aún mayor que su estupefacción.
Lo habían atrapado con la guardia baja, habían burlado sus sentidos y traspasado sus límites. No tomaría más golpes a su orgullo esa noche.
Era hora de cazar.
Su energía sobrenatural se incrementó de golpe, estremeciendo la casa como si esta luchara por contenerlo. No tenía sentido estar tan enfadado, no había razón por aquel excepcional arranque de ira que pocas veces había tenido. Lo único que sabía era que se habían burlado de él como nunca nadie lo había hecho.
Salió pisando fuerte en búsqueda de los mocosos entrometidos, queriendo hacerlos pagar por la osadía de debilitarlo, por más extraño que eso pudiera ser.
Los encontró en el piso inferior cerca de la salida. Corrían como cucarachas ante el miedo de ser aplastadas, buscando con desesperación una vía de escape frente su ira.
Alzó la vista un momento, haciendo un rápido cálculo mental. Contaba con poco tiempo, pero un golpe certero en el momento justo derribaría una viga, llevándose la vida de más de uno. Un precio justo a pagar.
Con su velocidad mucho mayor a la que pudiera alcanzar cualquier ser humano, llegó hasta la columna con la viga en peligroso estado de deterioro que sólo necesitaba un pequeño empujón para ceder. Alzó el brazo cuando era el momento adecuado y se preparó para los gritos que estaban por venir.
Pero se detuvo justo antes de que su brazo golpeara la columna.
La niña.
La niña corría hacia él, siendo tirada por su acompañante. O mejor dicho, corría hacia la salida, que estaba detrás de donde pretendía matarlos. Si hacía esto, si daba ese golpe, ella no sobreviviría. No tendría manera de quitarse a tiempo, no podría esquivar y mucho menos detener todo ese peso.
Debía tomar una decisión ahora, estaban por escapar y sólo le quedaban unos pocos segundos antes de que estuvieran fuera de su alcance.
Su brazo no reaccionó, y el grupo de niños pasó por su lado como alma que lleva el diablo.
La pequeña humana fue la que estuvo más cerca, casi rozándole el codo. La vio desaparecer de su visión por el rabillo del ojo, sin atreverse a girar la cabeza. Un instante después, escuchó su cuerpo y los de sus compañeros caer en la tierra fuer de la mansión.
Relajó el hombro con resignación y dejó que el brazo cayera lánguido a su costado. No lo había hecho únicamente porque... no se atrevió a lastimar a la chiquilla.
Mayor estupidez.
Apretó los dientes con frustración y regresó al último piso, conteniendo un gruñido que apenas abarcaba una minúscula parte de todo su enfado y confusión.
La vio ahí abajo recobrando el aliento e intercambiando algunas palabras con los otros niños. Podía escucharlos perfectamente aún pese a la distancia, pero no se molestó en prestarles atención. Sólo quería que se fueran para dejar de oír sus voces. Para dejar de pensar en lo bizarro que había sido aquel día.
La niña le regaló una última mirada curiosa antes de desaparecer entre el alto pasto en dirección hacia la brecha en el muro. Desde que había llegado al ático, no le había quitado los ojos de encima. ¿Podría sentirlo, acaso? ¿Se estaban viendo a los ojos cuando ella ni siquiera tenía la certeza de que estaba ahí?
La interrogante quedó flotando inconclusa en el aire por el resto de la noche.
Mentiría si dijera que su regreso al día siguiente no lo había sorprendido. Ninguno de los humanos que pisaban esa casa regresaban, nadie en su sano juicio querría revivir tal experiencia. Otros ni siquiera podrían pensar en hacerlo porque ya estaban muertos.
Pero ella era sin lugar a dudas distinta a todos los demás. Era la primera en volver y la primera en intentar comunicarse con él, o al menos en términos que no tuvieran nada que ver con un exorcismo o santificación.
Se quedó de pie en el último escalón al cuarto piso mientras ella intentaba llamar su atención. Mantuvo su postura de no dejarse notar mientras ella, en un despliegue de su inexplicable comportamiento, limpiaba el suelo lo mejor que podía con los materiales que había conseguido. No había hecho un gran trabajo, pero la diferencia que su esfuerzo había logrado era evidente.
Esperó un largo rato, sentada, parada, hablando sola o guardando silencio.
Y justo cuando la niña se dio por vencida, el inugami decidió hacer acto de presencia. Lejos de asustarse por su movimiento repentino, la emoción inundó sus facciones infantiles. Claro que también estaba nerviosa y era precavida, pero se notaba que aquella pequeña reacción la había animado.
Así que le habló... y le habló más, y todavía más. Él sólo se quedaba quieto parado frente a ella, mirándola sin comprender lo que se proponía. Ni siquiera siendo cachorro alguien se había dirigido hacia su persona de esa manera tan desenvuelta y jovial, como quien conversa con un amigo de toda la vida. Incluso le había llevado una pequeña ofrenda de paz, como ella le había llamado: un par de manzanas y alguna cosa de un fuerte olor dulce envuelta en papel de colores.
Esa era otra cosa que nadie había hecho, ni siquiera Jaken le había llevado comida alguna vez.
Debería sentirse indignado por tal osadía. ¿Cómo se atrevía a tratarlo de aquella manera, como si fuera una criatura lastimera que ni siquiera podía alimentarse solo? ¿Como si esas tonterías le fueran a servir de algo, como si las necesitara? Él no era ningún dios que escuchaba y hasta cumplía peticiones si se les dejaba una muestra de buena fe, tampoco era un demonio que pudiera aplacar su ira con alimentos tan mundanos. Era como si la niña creyera que con algo tan simple se ganaría su simpatía.
Pero no era del todo así, podía verlo en su cara. Ella no tenía ninguna otra intención más allá de su gratitud por haber permitido la huída de su grupo, le daba pequeños obsequios dentro de sus posibilidades apreciando que los hubiera dejado escapar. Lo que ella no sabía era que, en realidad, le agradecía de verdad por haberlos dejado vivir. No tenía ni idea de lo cerca que había estado de matarlos, incluyéndola a ella.
Era la primera vez que le agradecían por no matar a alguien. Y era raro.
Esa niña era muy rara.
Y tal vez sólo por eso, por curiosidad hacia el misterio que su presencia representaba, se encontró a sí mismo siguiéndole el juego de preguntas con ligeros golpes a la madera con sus nudillos, uno para sí y otros dos para no. Era estúpido, sí, pero ¿tenía algo mejor que hacer? Esperar señales de Jaken con algún nuevo contrincante era esperar en vano, ya que no tenía forma de predecir cuándo el sapo se atrevería a regresar ante él.
Y por esa inocente acción de darle respuestas, por más simples que fueran, el demonio inició algo que no pudo detener. El efecto de la bola de nieve comenzó ése día, con esa decisión, con esa primera genuina interacción. Pudo haberla ignorado, pudo haberla asustado para que se marchara. Pudo hacer muchas cosas para evitarlo, pero no hizo nada.
Su curiosidad ―mezclada con aburrimiento mortal tras siglos encerrado― le hicieron desarrollar una especie de vínculo con esa cría humana, algo que jamás creyó posible en primer lugar. No tenía nada que perder, y no sabía en realidad si había algo que ganar, aunque tampoco le interesaba demasiado tampoco. Todo lo que quería era saber qué podría pasar. Por algo podía verla nítidamente, por algo ella era tan receptiva y abierta. Debía saber por qué.
El tiempo transcurrió así, entre idas y venidas de la chiquilla. Nuevas preguntas, nuevos regalos y nuevas historias se fueron acumulando con el pasar de los años, preguntas que estaba más dispuesto a responder e interacciones que encontraba más fáciles de iniciar.
Y ese por qué nunca fue respondido.
Aunque, para ser sincero, pensaba que ya no era tan importante saber una razón por la que ocurría ese fenómeno. Estaba más interesado en conservarlo.
Muy a su pesar y estupefacción, se encontró a sí mismo disfrutando su compañía eventual, sus preguntas, juegos y los libros que traía para leerle y prestarle. Algo cambiaba cuando ella estaba en la casa, algo que no pudo explicar nunca y a lo que prefirió dejar de intentar encontrarle lógica.
Se sentía diferente cuando Rin llegaba. La ira y frustración se mitigaban, sus músculos tensos tras tantos años de encierro se relajaban como si un peso se elevara de sus hombros. Y lo más interesante, sus ganas de lucha quedaban en segundo plano. Seguían ahí, intactas y latentes, pero no tan fuertes como siempre.
Le gustaba tenerla cerca, le gustaba el sonido de su voz.
Era como respirar un aire diferente que lo hacía sentir más liviano.
―Vamos, tengo desde los once años hablando contigo y aún no sé tu nombre ―le dijo ese día en particular. Llevaba puesto su uniforme escolar de verano y su cabello atado en una cola alta. Se veía mayor, pero no mucho. Era evidente que los humanos crecían demasiado rápido en comparación a los demonios, que tardaban varias décadas en alcanzar la madurez―. ¿No crees que me lo merezco después de tanto trabajo duro? Es como estar en una cuerda floja entre venir a verte y estudiar. Y aún así, déjame decirte que acabo de ir a recoger mis notas de fin de curso y son excelentes. Llegaré muy tarde a la fiesta con mis amigos, pero quería pasar a saludarte primero. Así que deberías darme un regalo doble por eso, no tienes idea de cuánto tuve que estudiar para los exámenes finales. Bueno, quizás sí tengas una idea, te lo habré dicho al menos media docena de veces.
Sí, claro que lo recordaba. Era por esa tontería que había estado casi un mes entero sin pisar la mansión, no sin haberle avisado previamente que se ausentaría para cambiar sus visitas por largas horas de estudio.
Rin sacó de su mochila un manojo de hojas cuadriculadas, zarandeándolas con ostentosidad frente a él. Falló por unos cuantos centímetros la posición exacta de su rostro, pero entendía el gesto.
―¿Ves esto? Son mis notas y mi carta de aceptación del instituto. Fui la primera de mi clase después de una lucha reñida contra Issei y Masashi. Me dieron la aceptación en el instituto de la capital, pero lo rechacé para quedarme en el pueblo con mis compañeros. Y... bueno, para quedarme contigo también ―admitió algo apenada con las mejillas arreboladas. Eso llamó su atención.
Le había explicado con pelos y señales lo importante que sería para ella irse a un instituto más preparado y prestigioso, donde su formación académica sería de primera. Rin era una chica culta, inteligente y bien preparada, podía decirlo con certeza después de cinco años compartiendo tiempo con ella. Y que rechazara irse del pueblo en parte por él era algo... interesante.
―Lo malo es que sí tendré que irme en cuanto acabe el colegio para ir a la universidad. Me gustaría hacer como mi papá y viajar cada día en tren y autobús, pero dudo que pueda llevar ese ritmo por mucho tiempo, acabaré destruida. Más en exámenes finales. Por eso quiero aprovechar el tiempo que me queda contigo, porque después de esto... no sé si podré volver a verte ―bajó la cabeza algo decaída. Era evidente para él que ella también había tomado gusto a la extraña relación que mantenían.
Nunca se habían visto cara a cara, nunca habían hablado en el amplio sentido de la palabra y no tenían mayor manera de interactuar que con preguntas y golpeteos. Él podía hablarle, pero sabía que sus oídos humanos no reconocerían su voz más allá de un suave susurro en el viento.
La única alternativa que quedaba era escribir, pero el demonio no tenía interés en hacerlo.
Al principio Rin lo había presionado para que lo hiciera, pero se le resultaba imposible. Una cosa era tomar un objeto y alzarlo. Lanzarlo como proyectil o hacerlo levitar por unos momentos era fácil, pero sostenerlo durante más tiempo con precisión era algo que la barrera que separaba sus mundos no permitía. Si demoraba mucho tiempo con algo en la mano, el muro invisible lo repelía y obligaba a soltarlo.
Incluso traspasar objetos de un mundo al otro era algo para lo que necesitaba algo más de energía, y la larga exposición le causaba daños físicos bastante molestos.
Además, no quería escribir.
Quería hablarle, aunque él no fuera un hombre de muchas palabras ―por lo que dejarlas en escrito se le hacía aún menos fácil―, quería que fuera capaz de escucharlo y responderle como era debido.
Tanto tiempo en su compañía ciertamente le había atrofiado algo en la cabeza. Se estaba volviendo algo dependiente de la chiquilla, considerando que la otra única compañía que solía tener de vez en cuando era Jaken, y ni siquiera era algo que le gustara en realidad. Su trato estaba bien, pero interactuar con él era algo completamente diferente. En comparación, Rin era la mejor opción.
Lo que era raro, ya que él nunca había sido sociable ni gustaba relacionarse con otros, mucho menos con seres tan inferiores. Sin embargo, la abrupta llegada de la niña había roto muchos de sus paradigmas para bien o para mal.
―Anda, no seas malo. Recapitulemos para ver si me lo he ganado: soy tu amiga, te cuento historias, te traigo golosinas ―comenzó a contar con sus dedos, sonriendo con suficiencia como si tuviera una actitud altanera. Obviamente estaba bromeando ya que las comisuras de sus labios flanqueaban para revelar su verdadera mueca jocosa―, he sacado las mejores notas y entré al instituto. Oh, y además mi cumpleaños fue hace poco.
El demonio resopló suavemente sin que ella pudiera siquiera imaginarlo.
Desde hacía años se había dicho que no revelaría su nombre, que aquella no era más que una distracción por mera curiosidad. Si le daba detalles sobre él mismo, crearía alguna especie de relación más allá de sus intenciones principales, la cosa que mantenían cambiaría y se haría más personal.
A lo largo de esos años había ido cediendo poco a poco, restándole cada vez más importancia. No era como si tuviera intenciones especiales que llevar a cabo con la chiquilla, así que dar algunos detalles de vez en cuando sería inofensivo. Así le dijo su edad, su especie, una aproximación del tiempo que llevaba en esa casa. Como también más adelante le dijo que era un hombre, que no estaba muerto, que estaba totalmente solo ahí. Le dijo muchas cosas más, pero nunca su nombre.
Si se lo decía, la última barrera que quedaba levantada entre ambos se terminaría de romper para siempre, y por alguna razón tenía la impresión de que la situación daría un giro sin retorno.
Y aún no sabía por qué lo sentía así. Era consciente de la clase de poder que llevaba revelar el nombre* de un individuo: para los humanos era algo de cortesía, pero para los demonios era más bien para establecer algún tipo de relación: amigos o enemigos. Si no tenías un propósito con esa persona, no debías darle tu nombre, esa era una de las cosas que le habían enseñado de pequeño.
De pequeño, cuando no sabía lo que le deparaba el destino, cuando creía que era cuestión de tiempo para que todos se postraran ante él.
Volvió a resoplar.
Muchas cosas habían cambiado desde entonces. Incluso, tal vez, las reglas.
Golpeó una vez la columna en la que apoyaba el hombro. La cara de la niña se pasmó en asombro, para luego arrugar las cejas sin convencerse demasiado. Le causaba gracia que fuera tan fácil de leer, y al mismo tiempo, tan impredecible y diferente a él.
―¿De verdad? ¿Me lo vas a decir? ―se entusiasmó. Él dio otro golpe perezoso en la madera, haciendo que su mueca se ensanchara más. Rápidamente, Rin se arrodilló en el suelo para sacar un cuaderno que abrió en una página cualquiera, y con el lápiz firmemente afianzado en la mano derecha, miró hacia arriba con determinación―. Lista. Empecemos, tú me dices cuándo parar. A, b, c, d, e...*
Estuvo un par de minutos hasta componer su nombre completo, anotando cada letra en el margen superior de la hoja. Casi dio un saltito de emoción ante el primer toque afirmativo en la letra S, y desde entonces su sonrisa no había disminuido.
El demonio dio por finalizada la tarea cuando hubo escrito la U, tocando dos veces la columna. Rin se separó un poco del cuaderno y leyó la palabra en voz alta.
―¿Sesshomaru? ―dijo con un susurro casi incrédulo, como si no estuviera muy convencida. Dejó que creciera el silencio para asimilarlo, cambiando su expresión de extrañeza a una más serena y hasta respetuosa―. Tu nombre es Sesshomaru.
Ésta vez no era una pregunta. Sesshomaru entrecerró los ojos sin saber muy bien qué esperar ahora, pero fue más fácil de adivinar de lo que pensó.
La chiquilla se puso de pie, mirando en su dirección con la sonrisa más relajada e hizo una reverencia.
―Es un placer conocerte formalmente, Sesshomaru... después de tanto tiempo ―se incorporó sin dejar de sonreír. Él mantuvo su pose ligeramente apoyada en la columna, pero por un pequeñísimo instante sintió la necesidad de, quizás, inclinar la cabeza para responderle. No tenía importancia ya que no podía verlo, pero aún así...
Gruñó un poco. Esa niña le estaba afectando la cabeza de la forma más extraña.
―Gracias por confiarme tu nombre, al fin podré referirme a ti como se debe. Quizás para mi próximo cumpleaños te animes a dejarme que te vea ―le guiñó el ojo en son de broma, aunque Sesshomaru sospechaba que en realidad lo decía en serio.
¿De verdad querría verlo? se preguntó él seriamente. Tal vez aquella no era la verdadera cuestión, sino qué era lo que haría cuando llegara a verlo como realmente era. Si llegaba a verlo, rectificó para sus adentros. Era demasiado pronto para evaluar si esa era una posibilidad.
Aunque ya le había revelado su nombre, algo que nunca imaginó que haría desde un principio. Sabía para sus adentros que la posibilidad estaba ahí, inclinándose ligeramente hacia la opción afirmativa.
Afortunadamente aún contaba con algo de tiempo para pensarlo.
Según lo que Rin le había dicho, no dejaría el pueblo sino hasta pasados sus dieciocho años para ir a la universidad, y seguramente no regresaría en sabía el cielo cuánto tiempo.
―Tal vez pueda venir unos días durante el verano, no lo sé ―le había admitido unas semanas antes de sus exámenes finales. Estaba acostada en el suelo de la planta baja, mirando el pasar perezoso de las nubes ante la suave brisa―. Según lo que cuenta papá sobre sus alumnos, los pobres no tienen ni un momento para respirar. Todavía no sé qué voy a estudiar, pero voy a esforzarme mucho por hacerlo lo mejor posible. Tal vez me haga maestra y regrese para dar clases en el colegio o me haga veterinaria como todo el mundo dice que haga... pero si conozco a alguien por allá y decido quedarme, o me sale un buen trabajo... ―se llevó los brazos a la cara y soltó una especie de alarido molesto―. Ojalá supiera qué es lo que se supone que tengo que hacer, tomar decisiones es una pesadilla... ¡y sigo en secundaria! Siento que será aún peor cuando sea mayor y tenga más responsabilidades... Pero, si te soy sincera... ―su tono de voz bajó un poco y apartó uno de los brazos, dejando el otro para que sólo cubriera su frente. Su mirada era distante y pensativa, sin apartarla de las nubes―. Preferiría que las cosas se quedaran como son ahora. Me gustaría no tener que irme ni dejar a mis padres o a mis amigos. O tener que dejarte a ti. Pienso mucho en eso, ¿sabes? No quiero dejarte solo otra vez ―le confesó.
Una cualidad muy interesante de Rin era que podía ser tan abierta como un libro, transparente en su totalidad. Parecía incapaz de decir mentiras u ocultar sus emociones, pero sabía que tenía que hacerlo para mantener sus reuniones en secreto. Le hacía pensar que sólo era totalmente sincera con él, se abría de tal manera que no quedaba ninguna duda.
Al principio le había parecido un movimiento muy estúpido de su parte. ¿Acaso no tenía idea de lo vulnerable que era? ¿De verdad no sabía lo fácil que sería manipularla y hacerle daño? Cualquier demonio en su posición hubiera aprovechado la oportunidad para divertirse un poco, especialmente si estaba tan enojado y aburrido como él.
Pero pese a su naturaleza violenta y hasta cruel, Sesshomaru hizo todo lo opuesto a lo que era de esperarse. La dejó ser, la escuchó y la dejó intacta. La dejó entrar, sin hacer nada para detenerla.
Sí, ya era demasiado tarde como para querer tirarlo todo por la borda, ya que él pensaba de una manera similar: no quería que nada cambiara.
Aún tenía tiempo, se dijo. Tiempo para revertir las cosas, tiempo para hacer que todos sus avances se perdieran para siempre. Podía simplemente dejar de responderle, ignorarla o echarla a patadas como tenía que haber hecho desde un principio ante su inhabilidad de hacerle daño.
Pero haría nada de eso, lo sabía.
Porque el destino era caprichoso y siempre se salía con la suya, sin importar cuánta resistencia uno pusiera en su contra.
No había marcha atrás, y el que ahora ella usara su nombre era firme prueba de ello. Lo que tuviera que suceder a continuación era algo inevitable, por más que quisiera sentirse con el control de la situación.
A veces se preguntaba si Rin pensaba como él. Muchas veces quería creer que sí.
Era un inugami después de todo, ser posesivo era parte de su naturaleza, aunque era la primera vez que experimentaba tal sentimiento hacia una persona. Tenía que admitir lo inquietante e incómodo que era.
―Bueno, será mejor que me vaya yendo ya, no quiero que después me pregunten dónde estuve metida todo este tiempo ―la chica roló los ojos antes de agacharse a recoger su cuaderno. El nombre que su propio puño había escrito captó su atención en el margen superior de la hoja, debajo de sus últimos apuntes para la clase de biología. Volvió a sonreír genuinamente contenta cuando lo cerró. Antes de guardarlo en su mochila, sacó algo del fondo y se lo ofreció. Era un pastelillo con forma de melocotón envuelto en papel transparente, con un lacito amarillo de decoración―. Nos dieron esto en la ceremonia de despedida, se supone que simboliza la suerte y el éxito para la siguiente etapa que tenemos que enfrentar ahora. Algunos los guardan como recuerdo y otros se los comen. Quiero que tú tengas el mío, para que todos los buenos deseos que representan puedan acompañarte y ayudarte a cumplir tus metas. Ya sé que es muy cursi, pero también lo era el discurso del director y creo que se me pegó un poco ―se disculpó encogiendo los hombros.
Dejó el panecillo en el suelo con cuidado, sobre una hoja en blanco recién arrancada del cuaderno. Sesshomaru podía notar que aún cuando llevara la misma actitud alegre de siempre, algo más la acompañaba aquel día. Nostalgia y algo de tristeza, y quizás hasta un poco de miedo. Se enfrentaba a una nueva fase de su vida y seguramente era normal que la invadieran tantas emociones.
―Tengo un par de semanas libres antes de entrar en el instituto, así que vendré en cuanto pueda. Nos veremos pronto, Sesshomaru. Y... gracias ―esta vez, de casualidad, había acertado correctamente en dónde estaba y logró mirarlo directo a los ojos. Pocas veces lo conseguía, pero cuando lo hacía, el demonio se sentía algo desconcertado. No eran muchos los que se atrevían a hacer eso, y casi ninguno salía vivo de su osadía. Más aún si lo trataban de esa manera tan informal.
―De nada, Rin ―le dijo. Rin se detuvo en seco y se volvió hacia su dirección antes de saltar al pasto alto para salir de la mansión. Sus ojos estaban muy abiertos y sus facciones paralizadas casi con horror. El demonio frunció el entrecejo ante su expresión: ¿acaso lo había oído? ¿Podría verlo?―. ¿Rin?
La chica viró la cabeza con los ojos desorbitados, buscando la fuente de un sonido que no podía identificar del todo. Sesshomaru apenas contrajo su rostro en decepción. No podía verlo ni oírlo en realidad. ¿Qué captaba, un susurro? ¿Un gruñido?
―¿Ese... ese fuiste tú, Sesshomaru? ―cuestionó ella con la voz ligeramente temblorosa, sin dejar de mirar a su alrededor―. Podría jurar que escuché algo... como un silbido. Como... como si me llamaran. ¿Dijiste mi nombre?
O tal vez podía entender más de lo que él creía. Sesshomaru dio un golpe afirmativo en la misma columna. Los hombros de la muchacha se sacudieron levemente al mismo tiempo que una sonrisita nerviosa curvaba sus labios.
―No sabía que podías hacer eso. ¡Genial! ―dio una palmada de repente, cambiando su rostro asustado por uno emocionado en un santiamén―. Quizás eso significa que pronto podré entenderte cuando me hables, sólo necesito entrenar un poco más mi oído y de seguro te escucharé a la perfección. ¡Qué emoción! Eso es bueno, ¿verdad? Tal vez estoy haciéndome más sensible a estas cosas sobrenaturales después de pasar tanto tiempo contigo. Oh, incluso podría llegar a verte. ¡Necesitamos practicar cuanto antes! Rayos, si tan sólo no tuviera que irme... bueno, para la próxima vez será, ¿de acuerdo? ¡No puedo creer que te haya escuchado decir mi nombre! Nos veremos pronto. ¡Sigue practicando! Quizás necesitas hablar más fuerte y más cerca de mí. ¡Ya quiero que empecemos! ¡Hasta pronto, Sesshomaru! ―finalmente saltó del pórtico sin borrar la enorme sonrisa de su cara ni dejar de hablar consigo misma ante el nuevo descubrimiento.
Cabe destacar que él también estaba algo sorprendido, pero sólo era la impresión del momento.
Como ya había dicho, al revelar su nombre había caído otra barrera. Literalmente. No sabía qué tanto llegaría a cambiar esto, pero ya no había forma de restaurarla.
Y el mayor giro estaba por venir.
¿Tres años, eh? En tres años podían suceder muchísimas cosas, y cada vez quedaba menos para averiguar lo que el destino caprichoso tenía planeado para él.
Y para ella. Especialmente para ella.
...
La sonrisa de Rin duró todo su recorrido de bicicleta por el monte desde la casa del inugami hasta la suya propia. Sentía una extraña mezcla de emociones en la boca del estómago, como miles de mariposas aleteando desesperadas para salir de una vez.
Sesshomaru... qué nombre tan peculiar. Por un momento mientras lo escribía y llegaba hasta Sessho, el lápiz en su mano flanqueó antes de posarse de nuevo. No tenía un significado muy alentador, aunque debía admitir que le sentaba como anillo al dedo dada su reputación. Había muchas formas de interpretarlo, y ninguna de ellas era tan o más estremecedora que la anterior.
Ciclo de destrucción. Asesino perfecto. Ciclo de muerte. Destrucción de vida.*
Pensándolo bien, quedaba excelente como nombre de villano para un manga o novela fantástica. Pero si lo aplicaba a la vida real, daba cierto pavor.
Después de todo, el inugami no era el único consciente del poder que traen los nombres consigo*. Ella no era muy asidua a las supersticiones de ningún tipo ―irónico si se consideraba su actividad secreta de conversar con un ser sobrenatural―, pero había aprendido de su padre a respetarlas aunque no las tomara como verdaderas. Aunque... si Sesshomaru había tardado tanto tiempo en revelarle su nombre significaba que él sí creía en esas cosas. Y a juzgar por cómo pudo escuchar su voz inmediatamente después le hacía dudar de sus propias opiniones en el tema.
Si la teoría del poder del nombre era cierta... ¿eso significaba que su vínculo con Sesshomaru se había fortalecido? ¿Significaba que confiaba plenamente? Y pensando de esa misma manera, ¿había sido ella demasiado descuidada al decirle su propio nombre en el momento que lo conoció? Aún teniendo once años, en esa época era más o menos consciente de aquella superstición, pero debía admitir que sólo la conocía de pasada, nunca se dedicó a pensar en ella muy detalladamente ni tampoco le importó demasiado.
En su cultura y en sus tiempos, presentarse con tu nombre era la regla. Ella se salía de esa regla porque solía pedir que la llamaran por su nombre de pila antes que por su apellido, pues no era muy asidua a las formalidades
Le había dicho su nombre al inugami en el día uno ―técnicamente en el día dos, corrigió mentalmente―... ¿eso habría influenciado para que mantuviera contacto con ella en primer lugar, para que le respondiera y fuera amable?
Todo el asunto se le hacía demasiado extraño, pero francamente, era difícil que le interesara lo suficiente ante la sensación de haber escuchado su voz.
Las mariposas en su estómago se revolvieron de nuevo al recordar el murmullo entrecortado pero perfectamente audible con el que le había hablado. Había dicho su nombre con esa voz profunda y misteriosa, esa clase de timbres especiales que hace que sólo quieras seguir escuchándolo y prestarle toda la atención del mundo sin importar lo que le dijera.
Aparcó la bici en la entrada de la escuela donde los chicos de su curso estaban reunidos planeando la salida para conmemorar aquel día. Algunos platicaban de sus notas finales, otros elaboraban regímenes de estudio para entrar a la preparatoria más que listos. Y otros sólo pasaban el rato hablando de sus próximas vacaciones de dos semanas. Estaban justo como los había dejado una hora atrás, cuando se marchó con la excusa de dejar su mochila cargada en casa antes de salir a celebrar.
―Vaya, te diste tu tiempo. Por un momento pensé que no regresarías ―se burló Issei cuando se reunió con ellos.
―Perdón, me distraje un poco. ¿Ya saben adónde iremos?
―Estamos en eso. Creo que tendremos que dividirnos en grupos porque no nos ponemos de acuerdo. Si alguien pregunta quieres ir al puesto de ramen del señor Otonashi, ¿está bien?
―¿Te pasó algo bueno de camino? ―preguntó con disimulo su amiga Momoko cuando Issei se fue a defender su propuesta de ir a comer ramen en su local favorito del pueblo―. Estás sonriendo mucho.
―¿Qué pasa? ¿No puedo sonreír porque saqué las mejores notas del curso y terminamos secundaria? ―le sacó la lengua en son de broma. Si era cierto que Rin hacía malabares para equilibrar sus estudios y sus visitas al inugami, lo cierto era que cuando se enfocaba en instruirse no tenía rival. Ventajas de haber crecido con un padre profesor universitario y una madre con una paciencia infinita que le enseñó la mejor manera de aprender sin memorizar.
Momoko le devolvió el gesto imitando su mueca y luego se echaron a reír.
―Claro, claro, te gusta estudiar y sacaste el mejor promedio, pero no es por eso que sonríes así.
―¿Por qué lo dices? ¿Cuál es la diferencia?
―Porque no estabas tan contenta cuando te fuiste... y ahora luces diferente. Como si te hubieras sacado la lotería.
―¿De verdad me veo así? Si no me pasó nada...
―¿Te sacaste la lotería? ―interrumpió Issei saliendo de la nada―. ¡Hey, todos! ¡Rin es la nueva ricachona, todo lo que puedan comer a cuenta suya que se ganó la lotería!
―¿Qué? ¡No, claro que no! ―hizo gestos exagerados con los brazos para que nadie se lo tomara en serio, aunque más de uno la vieron con ojos esperanzados―. Serás idiota, como si me fuera a sacar la lotería. Y encima quieres explotar mi fortuna imaginaria dándole a toda la clase un buffet.
―Bueno, siempre está la posibilidad de que la ganes, ¿no? Podrías ser una en un millón... o sea cual sea el número estadístico de la lotería ―se encogió de hombros con una sonrisita inocente.
Minutos después, cuando el grupo de alumnos recién graduados de tercer año de secundaria se dividió para ir cada uno a su restaurante de preferencia, Rin no podía dejar de darle vueltas a la ridícula malinterpretación.
Una en un millón...
Ciertamente se sentía única por tener la relación que compartía con Sesshomaru, y para ella eso era mejor que sacarse un premio gordo en la lotería. Lo que tenía con el inugami no tenía punto de comparación, jamás podría ponerle precio alguno.
Y ahora que sabía su nombre y había escuchado su voz, sintió que el número se había multiplicado. Quizás era una en dos millones desde que podía hablar propiamente con él.
La sonrisa de la que Momoko sospechó se mantuvo ancha y orgullosa hasta que la reunión de celebración acabó y Rin llegó a casa tarde esa noche.
Era definitivamente afortunada de conocerlo. Las mariposas en su estómago se lo confirmaban.
...
GLOSARIO
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*Abecedario y orden alfabético (otra vez): Volvamos a ignorar ese pequeño detalle y pretendamos que no ha pasado nada. Sinceramente no tengo la más remota idea de cómo haría Rin para deletrear el nombre de Sesshomaru en japonés con todas esas combinaciones de caracteres y sus miles de millones de formas distintas de leerlos. Hagamos de oídos sordos para no hacernos líos con este tema xD
*Nombre de Sesshomaru: Sí, esos son los significados que le pueden dar a su nombre. Queda súper badass para su personaje, pero si tienes un amigo de reputación dudosa que se llama como... Asesino Matasuegras pues te da corte, ¿no? xD Esas traducciones de su nombre fueron sacados de internet y el artbook oficial que, afortunadamente, está en mi cómoda y en el que me baso para algunos tecnicismos.
*El poder del nombre: En algunas culturas desde tiempos antiguos, se ha tenido la creencia que el nombre de una persona ejerce cierto poder sobre ella, casi como si fuera un encantamiento. Es por esta razón que solían utilizar dos tipos de nombres: Uno común con el que era reconocido públicamente y el original, sólo revelado a sus allegados más cercanos e íntimos que mostraba su verdadera personalidad. Se decía también que podrías ser fácil de manipular por algún ente sobrenatural o quedabas "desnudo y debilitado" si revelabas tu verdadero nombre a un desconocido. Para esto me basé principalmente en la teoría del poder de los nombres de J.K Rowling. En su sitio web Pottermore (que fue cambiado drásticamente y al que extraño mucho) publicaron un artículo sobre este tema, diciendo que era por esta creencia que las lechuzas siempre podían encontrar al destinatario de sus cartas con sólo dárseles el nombre, pues éste está ligado 'mágicamente' a su propietario.
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¡Oh, por Dios, el inugami Señor Invisible era Sesshomaru! ¡Qué sorpresa, a que nadie se lo esperaba! xD
Aquí tienen, damas, caballeros, niños y seres de internet, el capítulo en la perspectiva de Sesshomaru. Y vaya que hemos aprendido bastante sobre él... aunque tal vez no tanto. Sabemos que fue su padre quien lo encerró en esa casa después de una pelea que casi lo mata, sabemos que el pergamino es lo que mantiene en marcha el sortilegio y no era tinta roja, sino la sangre de ambos. Es por esto que Sesshomaru no quiere que nadie toque el pergamino, pues cada vez que alguien posa la mano en la sangre seca, le da un corrientazo en sus viejas heridas. Y sí, duele mucho. Él no lo dice desde su perspectiva porque se hace el duro pero yo lo aclaro: mientras más alguien lo toque, más le escuecen sus viejas heridas que le recuerdan la derrota contra su padre y el motivo por el que no puede salir.
Pero... ¿por qué pelearon? ¿Qué pudo haber sido tan malo para que el bueno de InuTaisho dejara a su hijo encerrado? ¿Por qué debería aprender y arrepentirse? Puede ser cualquier cosa... quizás se comió lo que quedaba de helado en el congelador... quizás rompió el control remoto. Puede que haya guardado sobre su partida en su juego favorito. Las posibilidades son infinitas.
Y por último, sabemos por qué no atacó a Rin ese día, por qué se sorprendió tanto ante su presencia y el motivo por el que le seguía el juego. Para este último resumimos que estaba súper aburrido y tenía curiosidad en ver lo que pasaría si seguía haciéndole caso a la niña xD
¿Será este el motivo verdadero para su actuar? ¿Habrá algo más? ¿Por qué puede verla a ella nítidamente y a los demás no? ... Son preguntas retóricas, no esperen que se las responda ahora xD Todo a su tiempo, amores, todo a su tiempo.
Y ahora vamos a los reviews. 142 reviews en 4 capítulos. Wow. De verdad que no sé qué decirles ante tanto apoyo e interés, incentiva muchísimo a ser lo más puntual posible y hacerlo con todo el esfuerzo del mundo para que quede de lo mejor. Gracias especiales a Gima2618, Serena tsukino chiba, HasuLess, Leiitakhr, Rosedrama, Yaku0-sama, MisteryWitch, Hanami, Floresamaabc, Inu-chan123, ByaHisaFan, Caliu, Esme, Elenita-Ele-Chan, Emihiromi, Pamila de Castro, BeautifulButterflyPink, Rinmy Uchiha, Lau Cullen Swan, FlowerBloom, AlexaRey, Itza Moon, UniQp, Cristina97, Abigz, Laura, SoyAnna, Mia Liebheart, Lizzie, Ginny, Dmonisa, Blueberry Bliss, Melina Sesshy y Duhka. Son todas las más sensuales de FF y de todo internet, tomen una fuente de chocolate hecha de chocolate en un cuarto de chocolate. Sí, merecen todo eso y más. Pero no es todo: no engordarán con ese chocolate, se volverán aún más sensuales. Eso vale mucho más xD
Me alegra muchísimo que les haya gustado tanto el capítulo anterior, espero que este nuevo corra con la misma suerte y haya logrado responder algunas de sus interrogantes.
Por último me gustaría hacer unas aclaratorias finales:
A partir del siguiente capítulo Rin tendrá unos 17 años *y es donde la trama se pondrá en verdadera marcha*. La manera en la que creaban a los inugamis según el folklore japonés no es inventada, es legítima. Lo que no sé es si de verdad llegaban a cumplirla al pie de la letra. Espero que no. DisneyWorld tiene su parque temático principal en Florida, pero también tiene extensiones en Francia y en Tokio. Lo de que Rin sea la supuesta inumochi de Sesshomaru en esta historia será tocado más adelante. Y sí, Ginny... me inspiré un poco en mi mamá para la creación de la madre de Rin xD Qué bien me conoces xD
Sin más que añadir me despido de todas estas sensuales criaturas que leen y las más sensuales aún que comentan y dejan sus opiniones. Vayan a disfrutar su habitación de chocolate mágico que te pone en forma y no se olviden de comentar en cuanto terminen.
¡Hasta la próxima semana y gracias por leer!
