Disclaimer: El fandom de Inuyasha, su historia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi y los tomo prestados sin fines de lucro.

Haunted
Por: Hoshi no Negai

13. Al otro lado

La adrenalina fluía por sus venas a una velocidad alucinante mientras aquellas dos últimas palabras se repetían en un eco infinito dentro de su cabeza.

Se sacudió para liberarse del aturdimiento y no tardó en seguir los pasos del demonio para alcanzarlo. Aún bajaba las escaleras para cuando llegó a su altura, tomándolo de la manga larga para detenerlo de manera brusca. No contaba con que él era mucho más fuerte que ella y no le costaba simplemente seguir con su camino sin siquiera poner resistencia. Aún así, quizás por curiosidad, el inugami paró su andar en el último escalón mientras Rin bajaba de un salto los pocos que le quedaban y aterrizaba en el suelo para plantarse frente a él.

―¡¿Pretendes que me quede aquí para siempre?! ―se le salió el grito casi sin querer. No quería gritarle cuando sabía que no era lo más inteligente del mundo, pero era su adrenalina acelerada la que actuaba por ella, lejos de cualquier lógico raciocinio―. ¡Estás loco! ¡No puedo quedarme! ¿Qué pasará con mi familia, mis amigos, la escuela...? ¿Qué pasará con mi vida entera?

―Tuviste que haberlo pensado antes de ofrecer sacrificarte por los demás ―le dijo con frialdad. Rin no cabía en su incertidumbre. Sesshomaru la vio quedarse sin palabras―. ¿Qué pensabas que te haría?

―¡No pensaba claramente! ―musitó desconcertada―. ¡Ni siquiera sabía lo que hacía, por un momento pensé que me matarías!

―¿Lo habrías preferido? ¿Prefieres estar muerta? ―sus afilados ojos dorados se entrecerraron analíticos. De nuevo, Rin no sabía qué responder. La pobre chica ni siquiera podía poner orden a sus propios pensamientos ante tantas cosas que sucedían sin parar. No respondió, sólo se quedó observándolo con los ojos pasmados y la boca entreabierta y temblorosa―. Entonces no debes quejarte.

Le pasó por el lado y se dirigió al siguiente set de escaleras. La voz inestable de la humana le llegó de espaldas.

―No puedo quedarme ―repitió como intentando hacerlo entender. Sesshomaru apenas arrugó la nariz en gesto de desagrado. La que no entendía era ella.

―Te advertí que tuvieras cuidado con tus palabras ―le recordó. Aquello había sido apenas un par de días atrás... y para ella, era como si toda una vida hubiera transcurrido desde entonces. Si hubiera sabido, si hubiera tenido el minúsculo atisbo de idea de que eso podía ocurrir...

Ojalá le hubiera hecho caso. Ojalá hubiera escuchado su acertada advertencia, la misma que Issei le había dado, la misma que su subconsciente le gritaba desde hacía años. Todo sería tan diferente ahora...

―Ni siquiera me despedí de mis padres... Santo cielo, ¿y no los volveré a ver...?―susurró horrorizada al darse cuenta. Les había dado los buenos días la mañana de ese domingo, prometiéndoles regresar en la noche y pidiéndoles que por favor le guardaran su cena para tomarla en cuanto llegara. Dios, ni siquiera les había dado un abrazo, un 'los quiero'... simplemente se había ido, y ahora la debían estar buscando desesperados, rogando que se encontrara bien.

―No hay nada que puedas hacer para cambiarlo. Acéptalo.

Y antes de que Rin se pudiera dar cuenta, el demonio había desaparecido de su campo de visión. Se quedó petrificada frente de las escaleras, hecha un manojo de nervios, sollozos y arrepentimientos, evocando los rostros y voces de sus padres, preguntándose qué llegarían a pensar cuando supieran lo que había hecho.

No... no podía aceptarlo. No había forma en la que se quedara de brazos cruzados.

Llegaría a ellos a como diera lugar.

Sin siquiera darse un tiempo para planteárselo mejor, corrió escaleras abajo con toda la velocidad que era capaz. Saldría de esa maldita casa aún si era lo último que hiciera en la vida. Siguió y siguió hasta llegar a la planta baja, preparada para romper cuanta pared se interpusiera en su camino para hallar la salida.

Pero eso no fue necesario. Como si de repente toda la estructura se pusiera de acuerdo, logró divisar lo que supuso como la puerta principal apenas puso un pie en el rellano. ¿Cómo era posible...? ¿Cómo no lo había visto antes de subir? No tenía idea ni energías para ahondar en el asunto, por lo que se abalanzó al pasillo, dejando el eco que sus zapatillas deportivas hacían contra el suelo en su carrera frenética.

Empujó la puerta de madera gruesa y oscura con el hombro, encontrándose con un largo corredor exterior bordeado de muros altos de piedra. Ya con el aliento cortado y los pulmones ardiendo, continuó su carrera hasta las puertas externas maravillosamente entreabiertas. En la escasa ranura que se formaba podía ver el verde bosque que la esperaba del otro lado.

Hasta que este bosque salvaje la recibió. Cayó arrodillada en la tierra húmeda tras el esfuerzo por abrirse paso entre las enormes y pesadas puertas. Se tomó unos escasos segundos para recuperar el aliento y dar una mirada de soslayo a sus espaldas. No podía ver nada de la enorme mansión que dejaba atrás, pues estaba demasiado cerca de los muros y el espacio entre los portones tampoco le daba mucho que observar.

Sus labios temblaron cuando los apretó, forzándose a ponerse en pie una vez más.

Examinó todo el bosque que la rodeaba, perdiéndose instantáneamente entre sus árboles y montes indómitos. Rin conocía cada tramo de la montaña que subía tan a menudo para visitar al inugami, pero de ese lado nada le resultaba familiar. Al menos en el interior de la mansión se sentía vagamente ubicada, reconocía la estructura y recordaba varios tramos de la misma. Pero en cambio, ese bosque era tan distinto que le daba la impresión de estar un mundo completamente diferente.

Bueno, claro que es un mundo diferente, idiota, se recriminó mentalmente. Cayó en cuenta entonces que era lógico que no le sonara a nada conocido, aquella no era la entrada que estaba acostumbrada a utilizar. De su lado, la entrada principal de la casa había quedado inaccesible por el deslave de la montaña años atrás. En su mundo, aquel sitio en el bosque donde estaba no existía.

Todo lo que tenía que hacer era seguir el muro por el lado oeste hasta encontrar la zona en la que el hueco ―inexistente en aquel plano― se abría marcando una brecha significativa. Con poder reconocer los árboles y arbustos le bastaba. Tenía en mente un viejo y raquítico pino que siempre sobresalía entre los abedules y castaños tan característicos del área.

Voy a llegar a casa... tiene que haber una forma, esto no puede ser real. Nada de eso puede estar pasando de verdad...

Con la garganta seca y los ojos hinchados por tanto llorar, alcanzó el punto donde creía que la brecha estaba abierta. El bosque se le hacía vagamente familiar por ese lugar, como si lo contemplara en otra época donde los árboles eran más jóvenes y fuertes. Vislumbró un pino que consideró el mismo que se encontraba en su mundo, más grande y saludable, lleno de vida. Era el único de su tipo, así que se permitió ahogar un suspiro de alivio y se apresuró en continuar el camino que se sabía de memoria.

No tardaría en llegar a casa. Y cuando lo hiciera, todo habría terminado.

...

Issei había pasado la noche en cuidados intensivos después de su tratamiento en la sala de emergencias. Fisuras en dos vértebras, cinco heridas punzantes en el cuello, un brazo roto y una fuerte contusión en la cabeza fue su diagnóstico, y la causa de estas heridas aún dejaba perplejos a los médicos que lo trataron.

Ahora no se podía negar que lo que había ocasionado el grave daño en su cuello había sido un estrangulamiento hecho con una fuerza brutal. De haber estado apretando de esa manera por unos escasos segundos más, no habría nada que los médicos pudieran haber hecho para salvarle la vida.

Los doctores aún discutían con los oficiales acerca del imposible agresor cuando Issei cayó en la inconsciencia cerca de las diez de la noche. Su brazo derecho estaba escayolado, tenía un collarín y varios puntos en la parte posterior de la cabeza. Eso, contando con los moretones y pequeñas cortadas que lo invadían por todos lados, le daba un aspecto lamentable.

El grupo de chicos no se había separado, y los que no necesitaban asistencia médica permanecían sentados en la sala de espera en estado catatónico sin siquiera cruzar palabras. Kazuo se recuperaba de la operación de emergencia para reparar su pierna rota, Jiro tenía una banda mucho más grande en la cara para rectificar su nariz, y Satsuki tenía su brazo izquierdo en un cabestrillo para evitar tocarse la larga fila de suturas que iban desde su muñeca hasta un poco más allá del codo. Habían estado una hora retirándole astillas de madera, por lo que sentía la extremidad entumecida.

Taichi y Ketaro salieron de la pequeña área rodeada de cortinas donde les habían estado quitando los fragmentos de vidrio de la espalda, brazos y nuca. Les dieron una mirada de soslayo a sus compañeros y tomaron asiento con cuidado, procurando no apoyar la espalda en el respaldar de la silla.

Los adultos conversaban, algunos gritaban y otros discutían acaloradamente. Varias veces habían intentado sonsacarles información, pero el personal médico se los impedía. El trauma había sido severo y necesitaban un poco de tiempo para digerirlo y salir del shock. Haruka, por ejemplo, se había desmayado poco después de reunirse con sus padres y ahora descansaba en una camilla, conectada al suero y monitor cardiaco.

Apenas habían sido capaces de describir lo que les había pasado, esforzándose para ayudar con el caso de Rin. Sus padres estaban tan alterados como era de esperarse, y no se separaban del oficial a cargo de la investigación. Habían enviado un grupo de policías y perros de rastreo a buscarla por el linde del bosque y los alrededores de la casa, pero sólo el padre los había acompañado con la esperanza de ser el primero en recibir a su niña.

La madre, en cambio, era tratada de emergencia por un caso de ansiedad que disparó su tensión. La policía estaba con ella, al igual que algunos representantes de los muchachos, intentando tranquilizarla y hacerle comprender la extraña situación.

―¿C-cómo está Issei? ―preguntó Satsuki al doctor que salía de una de las salas más próximas de la sala de espera. El hombre se quitó su mascarilla halándola con un dedo y soltó un suspiro.

―Ahora mismo duerme, pero se encuentra estable. No se preocupen, se recuperará.

Los demás soltaron un suspiro de consuelo antes de que la angustiada madre de su compañero se acercara a interrogar al galeno. A sus espaldas, una enfermera llegó hasta ellos con discreción, portando una bandeja repleta de vasos plásticos con té recién hecho.

―¿Cómo se encuentran, chicos? ¿Hay alguien mareado, quieren tomar una siesta o comer algo?

―No... estamos bien ―respondió Satsuki no muy convencida, viendo hacia sus amigos con tristeza.

―El oficial Hachiken me preguntó otra vez si alguno de ustedes se siente en condiciones para responder sus preguntas ―cuestionó condescendiente casi rolando los ojos―. Si no es así no pasa nada. No se sientan presionados, han tenido un día muy duro y ya han dicho todo lo que saben para ayudar a encontrar a su amiga.

―Yo... yo puedo ir ―se ofreció Jiro con un resoplido levantándose de la silla. Sus padres vieron su acción y se aproximaron con cautela.

―¿Estás seguro, hijo? ¿No prefieres hacerlo mañana?

―No podré dormir si esto sigue así. Yo... necesito hacer algo.

―Tienes razón, yo también hablaré. Fue un día horrible... pero no estamos ayudando a los padres de Rin quedándonos sentados ―Satsuki lo imitó. La enfermera quiso replicar, pero ante la decisión de los muchachos no pudo poner objeción y terminó por aceptar.

―Llamaré al detective y dispondré de una habitación para que puedan hablar.

―No ―la cortó Satsuki―. Ya sé que no nos creyeron la primera vez, pero no van a tener más opción que hacerlo. Todos merecen escuchar lo que pasó desde el principio. Nuestros padres también... y los de Rin. ¿Podría decirles a todos que vengan aquí? Si no hay problema con eso...

―No creo que lo haya, pero... ¿no prefieren hacerlo en un sitio más privado? ―insistió la enfermera, mirando por los alrededores. La llegada de aquel grupo había causado revuelo en la clínica, por lo que otros pacientes y personal médico tenían los oídos atentos a lo que los muchachos pudieran decir. Pero eso era algo que a ellos ya no les importaba. Por más loco que pudiera sonar, por más imposible... no podían ocultar la verdad. Era mejor hacerlo de esa manera, no tenían nada que esconder de todas formas.

―Sí... es lo mejor ―consintió ella. Algunos padres asintieron agradecidos y tomaron asiento al lado de sus hijos.

―Disculpe... ―llamó Jiro a la enfermera antes de que se fuera―. ¿Puedo acompañarla a buscar al detective?

―¿Hay algo que necesites de él?

―Más bien es algo que necesito de ustedes, si es posible ―corrigió el chico con una cabezada―. ¿Tienen una computadora que pueda utilizar? Hay algo que los oficiales tienen ver ahora mismo.

...

Las ramitas bajas y matorrales crecidos no dejaban de rasguñarle los brazos y la porción de sus piernas que sus pantalones capri dejaban al descubierto. No había ningún sendero marcado en el suelo, aquello era prácticamente como adentrarse en un bosque que jamás había sido transitado antes, una zona alejada e inhóspita entre las montañas que no conocía el contacto humano.

Apartó de un manotazo una rama que casi le había dado un golpe en el ojo y se detuvo un instante para tratar de ubicarse. El trayecto que tanto amaba recorrer estaba irreconocible, y en su hora entera de trote desesperado estaba casi completamente segura de haberse perdido. Lo más probable era que estuviera caminando en círculos, no era normal que cada tramo que recorriera se le hiciera exactamente igual.

Dejó salir un alarido de frustración mientras intentaba recuperar el aliento. El sol estaba cada vez más alto en el cielo, pero aún faltaba para que fuera medio día según su reloj de pulsera. O eso creía, no tenía la más remota idea de cómo funcionaban las horas en ese mundo y si los días eran igual de largos.

Se abstuvo de volver a llorar mientras se retiraba rudamente el sudor que caía por su rostro entumecido. La cabeza no había dejado de dolerle y cada vez era más incómodo, pero ahora no tenía tiempo para lidiar con esas tonterías. Debía llegar a casa, era lo único importante.

Forzó a su agitado corazón mantener la calma y continuó el camino a menor ritmo, examinando con ojos críticos cada pequeño detalle del lugar, ocupándose de grabarlos en su memoria para al menos tener un mínimo registro en caso de que necesitara volver sobre sus pasos.

Lo primero que tenía que hacer era encontrar el camino que la llevaría a la carretera. Bien, si se ubicaba según los puntos cardinales, la carretera estaba en el sureste, por lo que el sendero que siempre usaba debía estar, si no se equivocaba, en el oeste. Miró hacia el cielo, cruzando los dedos para que el sol saliera por el este y se ocultara por el oeste al igual que en su plano y comenzó a andar con un poco más de control sobre sus acciones.

Si lograba al menos bajar de esa condenada montaña lo declararía igualmente como una victoria.

Relamió sus labios intentando ignorar la horrible sed que sentía, y prefirió ocupar un cachito de su mente a pensar cómo estarían todos del otro lado. Ya era lunes por la mañana, a esa hora debían estar viendo una clase de historia. ¿Habría ido alguno de sus compañeros de grupo al colegio? ¿Se habrían enterado los profesores lo que había sucedido?

Rayos, ¿cómo se las arreglaría para explicarles todo? No sólo a sus padres, sino probablemente a su colegio, la policía y prácticamente al pueblo entero? Eran una comunidad pequeña donde todos se conocían y los chismes se esparcían como la pólvora. A esas alturas cada habitante debía saber lo que había ocurrido en la casa maldita y que al grupo de chicos les faltaba una integrante.

¿Mostrarían los videos? Sesshomaru había quedado registrado en las tomas del sábado, y después de la locura que había sucedido el domingo estaba segura de que Jiro había conseguido evidencia mucho más sólida. ¿Les creería la policía? ¿Qué dirían sus padres, si es que alguna cámara la había captado enfrentado la terrible ira de Sesshomaru?

Son cosas que sabré pronto, se animó a continuar al ver que, efectivamente, su camino comenzaba a descender por la ladera en dirección a la falda de la montaña. Les contaré todo desde el inicio, es lo mínimo que puedo hacer después de todos los problemas que causé. Me tratarán de loca... pero quizás no tanto al ver que efectivamente, un inugami me...

Un súbito agitar a su lado izquierdo detuvo su tren de pensamiento. Las gruesas ramas de un árbol sucumbían ante el peso de algo enorme a juzgar por el crujido que la madera había sacado, como si estuviera por romperse. El ruido se repitió un par de veces más hasta que lo que sea que bajaba de la copa estuvo en el suelo. El pasto y los matorrales se sacudieron ante la figura que lentamente se arrastraba hacia ella.

Toda la sangre se esfumó de su rostro en cuanto tuvo el valor suficiente como para torcer la cabeza hacia esa dirección. Entre las sombras de los árboles y rocas algo grande se acercaba. Había estado tan absorta en sus propios asuntos que pasó por alto lo imposible que era encontrarse sola en aquel basto bosque.

Un oso fue lo primero que se le vino a la cabeza. Un oso inmenso y muy lento, sí, eso tenía sentido. Aún no podía distinguir qué rayos era esa cosa, pero imaginó que debía tratarse de un animal. Eran comunes por esos lugares, y más de una vez había visto osos, ciervos y jabalíes a lo lejos mientras caminaba por el sendero. Pero nunca ninguno de ellos se le había acercado.

Quizás no quiera atacarme, pensó esperanzada. Quizás sólo está dando un paseo, puede que no me haya visto aún.

Pero no podía estar más equivocada.

Muerta de miedo y de impresión, vio como lo que creyó que era un oso ―lo que hubiera preferido mil veces que fuera el oso más grande del mundo― se estiraba alzándose entre la maleza alta algunos metros por sobre la hierba crecida. Creyó que su corazón se detendría.

Lo primero que vio levantándose cual serpiente en una danza hipnótica fue el cuerpo de una mujer desnuda y muy pálida de cabello largo. Pero no podía ser una mujer... tenía seis brazos y ojos totalmente negros. Y más que nada, una parte inferior monstruosa que le pertenecía a un ciempiés acorazado de un brillante color rojo.

Rin no encontró voz para gritar ni fuerzas para correr. Sólo le devolvió la mirada estupefacta a aquella criatura imposible, quien la examinaba con una frialdad aterradora.

―¿Un ser humano...? ―habló la mujer ciempiés. Su voz era rasposa y siseante, como si no estuviera acostumbrada a usarla―. ¿Eres un ser humano, criatura? ―pero Rin no contestó, su mente simplemente no conectaba una cosa con la otra―. Oh, ¿te ha comido la lengua el gato, pequeña?

La mujer ciempiés descendió en su dirección, posando sus brazos en el suelo para usarlos como piernas extra en una visión mórbida sólo posible en sus pesadillas. Se alzó una vez más hasta quedar a su altura, extendiendo las manos para palpar su cuerpo. Su nariz chata y pequeña le olisqueó el pecho antes de sonreír con tenebrosa dulzura.

―No puedo creerlo... han pasado tantos años desde que vi un humano... ―su aliento le dio de lleno en la cara, ahora la tenía apenas a un palmo de su rostro y a la misma altura. No podía dejar de verla con los ojos bien abiertos―. ¿Acaso estás asustada? ¿Crees que voy a hacerte daño?

―¿N-no lo harás?

―¡Oh, pero si la criatura habla! ¡Qué encantador! ―volvió a sonreír con aquel gesto que le helaba la sangre―. ¿Puedo preguntarte cómo llegaste hasta aquí, pequeña? ¿Cómo pasó un humano a nuestro mundo desde el suyo?

―Yo... la verdad...

―¿Hay más como tú? ¿O eres la única?

―S-soy la única. F-fue un... accidente.

―¿Un accidente? Pobrecilla, debes haberlo pasado muy mal ―se compadeció la mujer, torciendo la cara en una muestra de simpatía y acariciando su cabello. Rin no se atrevía a bajar la guardia―. No han habido humanos en este mundo desde hace siglos... ―su rostro se acercó un poco más para examinarla mejor, y una fría mano recorrió su cara, cerrándose para tomarla del mentón―, qué suerte tengo, nunca creí que volvería a probar esta exquisita carne otra vez.

Rin dio un fuerte golpe a la mano que la sujetaba, ahogando un grito de angustia al ver cómo la mujer se le echaba encima abriendo la boca cubierta de colmillos curvos y una lengua larga y delgada. Se hizo para atrás, aprovechando haberla dejado aturdida con un rápido puñetazo que le había propinado en la cara y comenzó a correr sin mirar atrás, con la furiosa mujer ciempiés pisándole los talones.

Una mano la aferró del tobillo repentinamente haciéndola caer de bruces. Dio patadas y alaridos de pánico, y justo cuando el demonio se alzaba en toda su altura para caer sobre ella en picada, una ráfaga azul la quitó del medio de un fuerte golpe.

Un ogro. No había ninguna otra palabra para describir a aquella bestia de piel azul, dura y gruesa que se batía a puño limpio con la ciempiés.

―¡No creas que te quedarás con el humano tú sola! ―le decía con su voz grave y gutural. Rin apenas pudo ver parte de la pelea, pues no era tan tonta como para dejarse controlar por su sopor momentáneo al ver combatir a criaturas que sólo existían en sus libros de cuentos folklóricos.

¡Por Dios, por Dios, por Dios!

Se levantó dando tropezones, escuchando a sus espaldas cómo más voces y pisadas fuertes y estridentes se unían a la contienda para darle persecución. Había perdido por completo el rumbo, poco le importaba ahora encontrar la carretera. Lo único en su mente era escapar de esas bestias y buscar un sitio en el que esconderse. Una cueva pequeñita, un tronco, subir a un árbol, un templo... lo que fuera, no le importaba.

Debo volver a la mansión, supo de inmediato. Santo cielo, ¡tengo que volver AHORA! ¡Sesshomaru...!

Quería decir su nombre, gritar y llamarlo con toda la fuerza de sus pulmones, pero simplemente la voz no le salía. Abrió la boca con la intención de llamar al inugami, rogándole a todos los dioses existentes que pudiera escucharla pese a la distancia, pero ningún sonido más allá de sus ruidosas respiraciones salía de entre sus labios.

Iba a morir. Si no conseguía volver con él, moriría en cuestión de minutos.

―¡Sabía que había olido un humano!

―¡Ya me lo quiero comer, extraño mucho esa carne!

―¡Eso sólo será si lo atrapas primero, y no te lo permitiré!

La garganta le ardía y no creía que sus piernas y pulmones le permitieran llevar ese ritmo desenfrenado por mucho más tiempo. O encontraba un sitio en el que resguardarse o sería el desayuno de un montón de demonios.

Un ave gigante de tres ojos cayó repentinamente del cielo, cortándole el camino. El ave negra parecida a un cuervo prehistórico abrió el pico filoso para descubrir una fila de dientes enormes esperándola. Su graznido amenazador resonó entre los árboles y casi la hizo caer de nuevo. Tuvo mucha suerte de esquivarla por los pelos, derrapando por una pequeña ladera de piedras del lado izquierdo. Dio con tierra firme un par de metros hacia abajo, lastimándose las manos y rasgando rodillas de sus pantalones en el proceso. Giró en busca de opciones, encontrándose con dos alternativas poco alentadoras: o se lanzaba por el precipicio, o volvía a subir por un pequeño e inestable camino aparentemente despejado. Arriba, y detrás de ella, los demonios la señalaban entusiasmados. Algunos incluso bajaban por su lado para ir a atraparla.

A subir se había dicho.

El cuervo monstruoso emprendió el vuelo, cayendo en picada con el pico en su dirección.

Saltó hacia el lado que consideró seguro, esquivándolo de nuevo de milagro. La tierra rocosa en la que había estado parada segundos antes caía al bosque del pie de la montaña, con el enorme animal acompañándola.

Rin escaló las rocas inclinadas con toda la velocidad que fue capaz, sin siquiera detenerse a pensar, agachándose al alcanzar la cima para eludir el manotazo de un ogro verde de al menos unos tres metros de altura.

Sus sentidos le fallaron entonces, comenzando por el agudo dolor en su pecho a causa de sus agotados pulmones y corazón latiendo desenfrenado. Estaba a punto de sufrir un colapso, pero no podía detenerse ahora. Ya ni siquiera se preocupaba en pensar que aquello no podía ser real, todas sus energías estaban puestas en hacerla correr lo más rápido posible. Si salía viva de esa podría darle el ataque de pánico más grande de la historia, pero no ahora.

―¡Oh, el olor de su sangre! ¡Se me agua la boca!

―¡No te vayas, humano! ¡Sólo queremos jugar contigo!

―¡Déjame la cabeza, quiero comerme sus ojos!

―¡Ni hablar, esos son míos!

Por haber volteado para ver qué tanta ventaja tenía sobre ellos ―una muy escasa, por cierto―, no le dio tiempo de esquivar un golpe en su costado que la lanzó directamente hacia un árbol. Gritó de dolor por el impacto e intentó volver a ponerse en pie, pero sus piernas no le respondían. El esfuerzo titánico la había drenado de tal manera que ya ni siquiera era capaz de enfocar la vista. Todo se volvía nublado a su alrededor, las figuras deformes de los demonios que se acercaban comenzaban a desdibujarse frente a ella. Aún así, se obligó a levantarse con la poca fuerza que le quedaba. Apoyó la espalda en el árbol para no caerse, pensando que ahora le tocaba luchar.

No quería rendirse, no podía darse ese lujo.

Las risitas entusiasmadas se alzaron, haciéndola apretar los puños. Si aquella era una pesadilla, ese era el momento justo para despertar.

Las risas se callaron de repente cuando, ante sus ojos agotados, un borrón blanco aparecía de la nada y se ponía delante de ella. Vio cabello plateado y una estola larga de color crema ondeando por el súbito movimiento. Por lo que podía ver, uno de sus brazos se alzaba largo y fuerte, protegiéndola de sus perseguidores.

Todo terminó mucho más rápido de lo que hubiera imaginado, pues al parecer ese único movimiento fue todo que necesitó para acabar con todos los demonios.

Rin se aferró al tronco del árbol, sintiendo un agudo dolor en el hombro con el que había chocado. De no saber inmediatamente quién era su salvador, habría intentado continuar con su huída. Pero no, ahora que lo veía ahí, parado frente a ella haciéndole de escudo con su cuerpo alto, su subconsciente pareció darle permiso para sentir el peso del cansancio por semejante carrera.

Su espalda se deslizó sin oposición por el tronco hasta quedar sentada en el suelo dando bocanadas grandes y descontroladas. No se sentía ella misma, más bien creía estar admirando la escena que otra persona vivía en su lugar.

Sesshomaru se giró para encontrarla pálida, sudorosa y totalmente ida. Sus ojos marrones y cristalizados por las lágrimas se fijaron en los suyos dorados con una mirada asustada a la vez que ausente. El hechizo que sus ojos amarillos ejercían en ella se rompió de repente en cuanto distinguió lo que había quedado de esos demonios que intentaron devorarla.

Ahora no eran más que una pila de cadáveres mutilados, invadiendo el tramo del bosque en el que estaban con el olor de su sangre fresca y carne chamuscada. Sus músculos se contrajeron ante la grotesca escena, y más aún al reparar que aquel ser que tenía delante había sido el responsable de semejante masacre... con un sólo movimiento de su brazo.

No sabía qué decir ante aquel imponente hombre de mirada fría, no sabía cómo reaccionar. ¿Ése seguía siendo su buen amigo el Señor Invisible, el inugami con el que había jugado juegos de mesa y al que le leía textos de mitología? ¿Siempre había sido tan... letal?

Apretó los labios para evitar tanto un quejido de congoja como las fuertes ganas de vomitar lo que sea que tuviera en el estómago, y se levantó con las rodillas temblorosas sin poder dejar de admirar con horror lo que antes había sido un paisaje verde e imperturbable, ahora convertido en una carnicería digna de una película de terror especialmente gore.

Sesshomaru continuaba mirándola a los ojos, analizando cada una de sus reacciones como si esperara que se lanzara a un lado para volver a correr como loca. Pero no, sabía que no contaba con la resistencia necesaria para eso, su sola cara extenuada se lo dejaba saber a simple vista.

―De verdad... ―murmuró ella, ida―. De verdad no podré volver a casa. No existe forma de volver... ¿cierto?

―No ―negó él con una suavidad que no se había imaginado. Por un momento creyó que gruñiría al igual que aquellos monstruos horribles, que su voz saldría distorsionada y atronadora.

―Santo cielo... no puede ser ―se echó hacia atrás para apoyar la espalda en el árbol. Al fin parecía caer en cuenta de la realidad a la que se enfrentaba. No estaba en su mundo y no podía regresar, por más que el bosque ligeramente familiar le hiciera esperar.

No más padres, no más amigos, no más escuela... no más nada.

―Si voy en esa dirección... ―señaló cansada hacia la pequeña colina donde debía estar su casa― ¿qué encontraré?

―La muerte a manos de demonios hambrientos ―contestó simplemente. Rin apenas frunció el ceño a modo de interrogación.

―¿Por qué dices eso...? ¿No...? ―tragó saliva para aliviar un poco el escozor de su garganta―. ¿No puedes acompañarme?

Por toda respuesta, el demonio se dirigió a ella con pasos que apenas hacían ruido sobre la hierba. Rin se apegó aún más al tronco para apartarse de él lo más posible, pero pronto descubrió que no era su objetivo. Detrás del árbol, justamente a un metro de él, Sesshomaru extendió el brazo hacia la nada. O al menos hacia la nada para ella.

Ahogó un grito cuando la piel de su mano comenzó a quemarse y ennegrecerse. El hombre intentó extender más el brazo, pero una especie de corriente eléctrica lo repelió con un fuerte chasquido. Rin se quedó boquiabierta observando el estado de su mano lastimada y la aparente indiferencia con la que él hacía lo mismo. Tuvo que ser muy doloroso, pero no había ningún rastro de emoción en su rostro.

―Pero ¿qué...?

―No puedo salir del terreno de la mansión ―dijo él como única explicación, aún mirando hacia la barrera invisible que lo detenía y lo que yacía más allá―. El límite es un kilómetro a la redonda. Si sales de ese límite irás por tu cuenta.

―Es por eso que no apareciste antes ―razonó la chica de repente―, porque estaba fuera de tu límite. Si no hubiera regresado aquí, yo...

―Estarías muerta ―confirmó con fría calma. Rin se sintió lívida ante la realización de que estaba viva por un mero golpe de suerte.

―¿Me... me seguías todo este tiempo? ―quiso saber para quitarse la idea de la cabeza. Dios, era demasiado abrumador.

―Hasta donde fue posible. Saliste de mi alcance por un momento, no habría podido hacer nada si seguías alejándote.

―Qué horrible... ―suspiró anonadada, llevándose las manos a la boca. Qué cerca había estado de la muerte, y qué poco le había faltado para experimentarla. Jamás se había considerado una persona afortunada, pero a partir de ahora creería que algún dios había movido sus hilos para ayudarla a seguir viviendo un poco más.

Tenía mucho miedo de lo que fuera a ser de ella, pero eso no significaba que quería morir. Y menos siendo devorada.

―No volverás a alejarte de la mansión ―Sesshomaru ordenó de repente. Sus orbes viraron para verla por el rabillo del ojo―. Tú puedes salir de aquí, pero no sobrevivir. Yo puedo sobrevivir, pero no salir. ¿Te quedó claro?

Rin no supo qué contestar ante aquella aplastante verdad que se le antojaba más como una clase de amenaza. Era como si quisiera decirle que no se atreviera a salir de su vigilancia o acabaría en el estómago de algún demonio. Lo cual era terriblemente cierto.

Una cruel ironía del destino.

Rin quería hacer miles de preguntas, aplacar su curiosidad y expresar toda su angustia como si fuera lo último que pudiera hacer en vida, pero estaba tan drenada que hasta dudaba poder dar un puñado de pasos hacia adelante sin irse de boca y quedarse tendida en el suelo por agotamiento.

―Andando ―dijo por fin el demonio, dándose la vuelta para regresar a la mansión. Rin no tenía más opción que seguirlo, obligándose a caminar el tortuoso trayecto de vuelta subiendo la montaña. Apretó los dientes para no dejar salir ningún otro quejido más y se sujetó el brazo lastimado para iniciar la marcha, llamando la atención de su acompañante.

Sesshomaru giró sobre sus talones y sin previo aviso tomó su brazo casi haciéndola gritar. Rin se apretó el agarre sobre el hombro, donde las punzadas de dolor comenzaban y le dio una mirada cargada de reproche.

―¿Pero qué rayos? ¿Qué estás haciendo? ¡Me duele, suéltame! ―el demonio ignoró sus preguntas y reclamos cuando la hizo dar media vuelta con una facilidad increíble y pegaba su pecho al tronco del árbol repentinamente. Rin le exigió que la soltara porque le hacía daño, pero todo lo que él hizo fue tomar su muñeca con una mano, mientras que con la otra fijaba su agarre sobre el hombro. Sin ninguna clase de advertencia dio un fuerte tirón que le sacó un crujido a sus huesos y un grito a ella tanto de sorpresa como de dolor.

Soltó el agarre que mantenía al tiempo que Rin se sacudía entre gemidos agudos ante el sorpresivo actuar del inugami. Estuvo a punto de reclamarle por su falta de tacto y osadía, pero cuando hacía un básico ejercicio de estiramiento para alejar el cosquilleo de su brazo herido, notó lo que había hecho en realidad.

Había reacomodado su hombro dislocado con una sencilla pero ruda maniobra.

Impresionada, volvió a hacer los movimientos de calentamiento, estirando el brazo en todos los ángulos posibles para descubrir que el dolor se había mitigado casi por completo. El demonio no esperó a que Rin se recuperara y comenzó a caminar de nuevo, con ella pisándole los talones unos segundos más tarde.

―Gracias... ―murmuró bajito, aún sobándose el hombro. No hubo respuesta alguna, ni siquiera una fría mirada sobre el hombro.

Se concentró entonces en seguir el camino, ordenándole a cada fibra de su ser que pusiera un pie delante del otro y no se desmayara repentinamente. Su visión variaba entre cortos vistazos rápidos a la espalda del inugami silencioso a sus zapatillas deportivas de color verde cubiertas de tierra, trozos de hierba y hasta un poco de la sangre de sus rodillas. Examinó su ropa manchada y rota y tomó un mechón de su largo cabello suelto para quitar una ramita enterrada. Debía tener un aspecto desastroso, y aquello era lo último que le importaba.

Tener un sitio en el que poder dormir un poco para recuperar energías, sin la probabilidad de ser asesinada por un monstruo horrible era mucho más importante que su deplorable apariencia. Ni siquiera el hambre parecía ser un asunto primordial. Su estómago lanzaba quejidos por estar tantas horas sin probar bocado; tenía hambre, pero su cerebro se negaba a pensar siquiera en comida. No creía ser capaz de mantener algo sin vomitarlo dos segundos después.

Una sensación fría de desasosiego la inundó cuando vislumbró los altos muros de piedra oscura después de la larga caminata. Regresaba a ellos sin mayor opción, y su visión era totalmente distinta a la de un par de horas antes, cuando creía saber lo que hacía y tener la certeza de poder regresar a su casa como si nada fuera de lo normal estuviera pasando.

Se apoyó en uno de los portones externos, sintiendo cada paso más inestable que el anterior. Estaba por colapsar, pero no quería quedarse ahí afuera, a merced de nuevos atacantes dignos de una pesadilla.

―E-estoy bien ―dijo cuando Sesshomaru se volvió para verla al dejar de escuchar sus pies moviéndose por la hierba. Estaba tan pálida y sudorosa que no podía tomar sus palabras como ciertas. Se acercó un poco, dándole una mirada que supo interpretar asombrosamente bien. Alzó la cabeza orgullosa antes de negar de nuevo y separarse de la puerta―. No necesito ayuda.

Sí que la necesitaba, pero eso era algo que no le dejaría ver. Ya habían sido suficientes malos ratos por lo que iba del día ―y probablemente de todo el año―, por lo que no permitiría que la ayudara cuando estaba tan cerca de la meta.

Subía los peldaños de modo automático, sin siquiera cuestionarse cómo sus piernas seguían funcionando cuando ya no las sentía. Todo daba vueltas a su alrededor y lo único en lo que se concentraba para mantenerse de pie era en ese largo cabello blanco, meciéndose al compás de los tranquilos pasos del hombre que caminaba unos pasos delante de ella.

Se fijó en su mano derecha, esa que había usado para intentar atravesar la barrera que lo había repelido. Se sorprendió a gran manera de ver que su piel estaba tan tersa como si nada lo hubiera quemado en primer lugar.

―Um... ¿Se-Sesshomaru? ―llamó con un leve murmullo. El inugami la miró sobre su hombro―. ¿Puedes...? ¿Dónde está la habitación en la que me desperté esta mañana? ―cuestionó con la única idea de dejarse caer con libertad en el simple futón y olvidarse del resto del mundo por algunas cuantas horas. Le daba igual estar sudada, mugrienta y con rastros de sangre en sus rodillas, ya tendría tiempo para preocuparse por esos insignificantes detalles.

Mucho, mucho tiempo.

―No la necesitas.

―Yo creo que sí ―murmuró una fuerte cabezada que amenazaba con hacerla caer. Era un milagro que su cerebro coordinara las funciones para caminar y hablar al mismo tiempo sin apagarse al instante.

―Todo lo que necesitas está en el tercer piso ―aclaró él cuando regresó la vista al frente.

―¿Qué quieres decir con eso?

―No hay necesidad de que utilices una habitación tan pequeña.

―Soy pequeña, puedo acomodarme en cualquier sitio. Sólo... sólo quiero descansar un poco ―refutó cansadamente. Sus ganas de pelear se habían mitigado en gran medida y lo único que quería era poder echarse a dormir.

―Tendrás alcobas mejor acondicionadas ―comenzaron a subir las escaleras principales y Rin se mordió los labios para no lanzar una maldición. Luego reparó en lo que había escuchado: ¿alcobas, en plural? Se llevó una mano a la cabeza en un intento de disipar la presión que sentía en el centro de la frente y decidió no abrir la boca.

El tercer piso los recibió silencioso, con una brisa matinal entrando por los ventanales y refrescando cada rincón. A pesar de que era verano, se frotó los brazos al sentir un poco de frío. Aquel nivel se dividía en dos secciones al igual que los pisos anteriores, una a la derecha y otra a la izquierda. Tomaron el camino de la derecha y Sesshomaru se detuvo al inicio del pasillo.

―Este es tu pabellón ―anunció.

―¿El... el pasillo? ―cuestionó ella sin comprender. Siempre podía buscar un futón y dormir ahí, tampoco es que fuera la gran cosa. O ni siquiera era necesario buscar un futón, no tenía reparos en dormir en el suelo. Con lo cansada que estaba cualquier opción era viable.

―Las habitaciones.

―¿T-todas ellas? ¿Estás bromeando? ―se quedó boquiabierta al contar las puertas que tenía aquel pasillo. Hasta ahora alcanzaba a ver tres, pero doblando el recodo del corredor debía haber más.

―Yo no bromeo ―negó él impasiblemente. Con aquel tono no había quien lo pusiera en duda.

―Pero... ¿Qué hay ahí?

―Puedes verlo tú misma.

La chica lo miró desconfiada por unos momentos hasta que se decidió a ir a la primera puerta. Sin saber qué esperar y con un poco de escepticismo, la abrió y se asomó en su interior.

Un mar de colores fue lo primero que encontró. Colores brillantes, hermosos diseños y patrones hasta donde alcanzaba a ver. Anonadada, dio un paso adelante en la habitación enteramente ocupada de telas y kimonos extendidos en sofisticados tendederos. Kimonos de verdad, elegantes y muy hermosos, nada comparados las yukatas que usaba en festivales de verano y los trajes ceremoniales de año nuevo. No, no, aquellas piezas eran obras de arte que más bien parecían ser de la realeza. Jamás había visto kimonos tan bellos en toda su vida.

Había al menos unos diez modelos exuberantes guindados en las perchas altas, con sus dobladillos acariciando suavemente el suelo cubierto de tatamis. No quiso tocar ninguno por temor a dañarlo o ensuciarlo. Más allá, en una pared, había varios rollos de tela de colores: la mayoría eran de diferentes tipos de seda, otros eran de un lino suave, un par era de un material parecido a la lana y el resto era de algodón para los colores planos. Había también cofres y cajas apiladas que imaginó que contenían una amplia variedad de obis y accesorios. La pared opuesta a esa estaba vacía, y por curiosidad que por nada más, jaló de la manecilla para encontrarse con un armario con varias cajas planas de madera clara. Tomó una con manos temblorosas y descubrió un komon rosado con pequeñas mariposas blancas perfectamente doblado. En otra caja encontró una yukata morada con blanco y amarillo. Apenas alcanzó a hacer un conteo rápido y descubrió por lo menos unas cien cajas diferentes, todas impecablemente acomodadas en el armario repleto de estantes y divisiones.

La mano le seguía temblando cuando cerró la puerta del armario. Le dio un último vistazo asustado a la habitación antes de salir de ahí.

Sesshomaru permanecía de pie en el pasillo, esperando por su reacción. Rin no tenía nada más que ofrecer a parte de su estupefacción silente. Abrió la siguiente puerta pero no se adentró en su interior, encontrando una habitación muy iluminada repleta de pergaminos, libros, lienzos en blanco y una mesa baja con cojines aplanados alrededor. La última recámara de ese lado del pasillo era una especie de sala de artes y música, con varios instrumentos acomodados en bajos estantes: desde un hermoso shamisen, diferentes tipos de flautas, un sanshin de piel de serpiente y un magnífico koto enorme en el centro de la estancia. Las paredes estaban decoradas con pergaminos decorativos y abanicos de gran tamaño, simulando nubes y olas de mar. Tampoco entró ahí, sólo cerró la puerta con un sonido sordo sin creerse que todo aquello era real. Se sentía más en una casa de exposición que en un sitio habitable en el que se suponía que debía vivir.

Vivir... por el resto de su vida.

―¿Todo esto... es para mí? ―preguntó aprensiva sin alejarse de las puertas que acababa de cerrar.

―Más las tres habitaciones del otro lado.

Rin se le quedó viendo como si le hubiera dicho una sarta de disparates. Su agotamiento parecía haber pasado a un segundo plano por ese instante, siendo suplantado por su incredulidad. ¿Seis habitaciones para ella sola? Si todo lo que necesitaba era una cama, ¿para qué tanto espacio y tantas cosas?

Pero una duda diferente la asaltó haciéndola palidecer.

―¿Desde hace cuánto tiempo tenías planeado traerme aquí?

―Nunca lo planeé.

―Entonces... ¿de dónde has sacado esto tan rápido? Apenas llegué hace unas horas... y no he visto a nadie.

―Unas horas fueron suficientes para ponerlo en orden. Muchas de estas cosas ya estaban aquí.

―¿Has traído a otra persona antes? ―cuestionó con la voz un poco más aguda, por un momento imaginándose que ella no era su primera prisionera. Y de ser así... ¿dónde estaba la mujer a la que le había pertenecido todo eso? ¿La había devorado, había muerto entre esas paredes?

―Una vez ―confirmó él, y Rin palideció todavía más―. Un anciano por error.

―¿Y qué pasó con él?

Ahora Sesshomaru fue quien le dio una dura mirada obvia como única respuesta. Un par de segundos pasaron hasta que la muchacha comprendió lo que quería decir. Lo mató.

Tragó con dificultad intentando dejar de lado ese asunto por el momento para no volver a entrar en pánico. Había sufrido tantos sobresaltos en las escasas horas de aquel día que sentía que estaba al borde de un ataque cardiaco.

―¿A quién le pertenecía todo esto?

El demonio entrecerró los ojos con evidente desagrado y Rin supo inmediatamente que había tocado una fibra sensible.

―No tiene importancia ―fue todo lo que dijo con tono áspero. Acto seguido dio un paso hacia atrás para darse la vuelta y retirarse.

―¡Espera...! ¿Qué hago? Yo...

―Este es tu hogar ahora, puedes hacer e ir adónde quieras.

―¿Excepto al ala oeste? ―murmuró ella entre dientes. Sesshomaru le frunció el ceño sin comprender la referencia―. ¿No tienes un área restringida?

―No.

―Oh... ―¿entonces tampoco buscas ganarte mi amor para romper el encantamiento de una bruja? estuvo por preguntar, absteniéndose a tiempo. Aquel no era un cuento de hadas con hechiceras, príncipes y castillos encantados, no era algo con lo que pudiera hacer bromas a la ligera. Y menos encontrándose en la situación en la que estaba.

A solas y a merced de un demonio muy poderoso; un inugami sin escrúpulos y un carácter volátil.

―Si existe algo que desees, lo concederé. Eres libre de hacer lo que plazcas ―dijo sin más antes de volver a subir las escaleras hasta el último piso, con el peso de sus pisadas sobre la madera como único acompañante del silencio sepulcral.

La muchacha tomó una honda bocanada y se masajeó las sienes con ambas manos para despejar un poco su mente saturada. Había tantas cosas en ella que de repente todo se detuvo y se la dejó en blanco. Ausente y de manera automática dobló el pasillo sin más remedio para ver dónde había una habitación con un futón. Si no encontraba ninguno, siempre podía agarrar ese rollo de algodón blanco del cuarto de los kimonos e inventar algo junto los cojines de la habitación de los libros. Estaba tan muerta que hasta consideraba tenderse en ese mismo suelo y dormir como si su vida dependiera de ello.

Fue a la puerta consiguiente de la sala de música y se topó con una recámara en toda regla, justo lo que estaba buscando. Dio un paso hacia adentro al distinguir el futón individual pulcramente doblado en el centro de la estancia con un cobertor color celeste encima. Dio un simple recorrido con la vista para ver qué más había ahí: una mesa baja con cojines de colores, un estante con algunos adornos muy bonitos, unos cuántos pergaminos decorativos bastante grandes, un biombo en una esquina... y eso era todo. Al fondo del cuarto habían tres ventanas circulares corredizas de papel y madera que dejaban pasar bastante luz aún estando cerradas.

Tuvo la intención de extender el futón, pero mientras se agachaba para hacerlo dio un vistazo a sus rodillas rojas con sangre seca y barro. Quizás debería al menos limpiarse un poco...

Dando un gruñido de exasperación salió del lugar para ver las dos salas que le quedaban. Después de eso, iría a ponerse un kimono simple mientras buscaba cómo lavar sus jeans y camiseta naranja, esas eran cosas a las que no estaba dispuesta a renunciar. Quizás incluso en la sala de kimonos encontraría hilo y aguja para remendar los pantalones, pero eso tendría que esperar.

Una especie de baño fue lo que la aguardaba en la habitación del al lado. El piso era de madera pulida y oscura, con una enorme tina en un extremo y una minúscula piscina hecha de piedra pegada a la pared bajo la ventana alta con rejas de madera. La piscina desembocaba en una especie de desagüe en el suelo, una rendija alargada y pequeña que supuso que daba hacia algún lugar del patio. También contaba con una mampara plegada, un mueble con rústicas toallas de lana de color crema, un estante repleto de recipientes y un espejo cuadrado pegado en la pared.

Casi dio un saltito de alegría al ver que tenía con qué bañarse, mucho más de lo que esperaba. Así que se dirigió al cuarto de los kimonos y tomó lo primero que encontró, demasiado cansada como para ponerse a buscar, para regresar al baño y cerrar la puerta detrás de ella. Por mayor seguridad, plegó la mampara en el área de la piscina sólo por si las dudas antes de despojarse de su ropa sucia que apestaba a sudor, sangre y tierra con algo de dificultad por el dolor de sus músculos agotados.

Pero cuando se bajaba los pantalones algo llamó su atención. Tanteó su bolsillo derecho y ahí, acurrucado entre los pliegues, estaba su teléfono celular.

Cayó de rodillas al suelo sosteniendo el aparato rosado entre las manos sin darle crédito a lo que estaba viendo. ¿Cómo no había notado que estuvo ahí todo ese tiempo? ¿Cómo se había olvidado de él? Presionó una tecla lateral para encenderlo, haciendo que la pantalla se iluminara con la foto que llevaba de fondo: un bonito arcoíris que había tomado desde la ventana de su salón de clases.

Los ojos se le aguaron al instante cuando abrió el contacto telefónico de su mamá e inició la llamada. Se llevó el teléfono al oído con la esperanza de escuchar su voz al otro lado de la línea, pero todo lo que recibió fue un frío pitido que indicaba que estaba fuera de cobertura. Sus sollozos se intensificaron cuando lo intentó una y otra vez, repitiendo lo mismo con el contacto de su padre, el de Issei, Momoko y Haruka.

Abrió la aplicación de mensajes y vio que el último era precisamente de Momoko de la noche del sábado: ¿Cómo estuvo el viaje a la casa embrujada? ¿Todo bien? ¡Si pasó algo llámame! Cuando terminen de grabar vamos por un helado para pasar el susto, ¿vale? Suerte mañana.

―Momoko... Lo siento, Momoko... no podré ir contigo ―murmuró entrecortadamente, abrazando el aparato antes de iniciar una respuesta con dedos temblorosos que le hicieron borrar las palabras más de una vez.

Fui una tonta por no contarte todo, Momoko. Perdóname. No sabes cuánto te echo de menos y cuánta falta me haces. Te quiero mucho, amiga, gracias por todo. Nunca te olvidaré. Enviar.

Su mensaje no pudo ser enviado, ¿reintentar?

Lo reintentó unas cuatro veces seguidas, pero a la quinta supo que el resultado no iba a cambiar por más fuerte que presionara la pantalla táctil.

Lanzó un alarido bajo lleno de tristeza, sosteniendo el teléfono en lo alto para arrojarlo con todas sus fuerzas. Pero no lo hizo. Bajó el brazo trémulo para ver tristemente hacia la pantalla por unos instantes antes de apagar el aparato. Le esperaban días difíciles y necesitaba con urgencia que un trocito de su mundo la acompañase lo más lejos posible, así que debía ahorrar esa batería que aún le quedaba

No volvería a verlos... no volvería a hablar con ninguno de ellos, y todo lo que le quedaba eran las fotos y mensajes de texto almacenados en la memoria del teléfono.

Se quedó sentada en el suelo sin saber qué hacer. La vaga ilusión por poder darse un baño y lavar su ropa desapareció en su totalidad ante el hallazgo en su bolsillo, por lo que todo lo que pudo hacer fue mojar un trozo de tela y lavarse la cara y las rodillas sin mucha fuerza. No tenía nada más que ofrecer de sí misma.

Dejó sus pantalones, calcetines, zapatos y camisa abandonados en el baño mientras salía vistiendo la yukata lila mal acomodada.

Aún sorbía calladamente al entrar a la que sería su recámara y se acostaba sobre el futón.

De nuevo recordó el último momento en el que había visto a sus padres, también vio con claridad los minutos previos a su traslado desde su mundo a aquel en el que estaba ahora.

Los gritos de sus amigos hicieron eco una y otra vez, los sollozos fuertes de Haruka, los bramidos de dolor de Kazuo que pedía ayuda, la mirada aterrada de Issei...

Susurró un manojo de disculpas entrecortadas, de rezos para que todos estuvieran bien. Se dio la vuelta en el colchón, empapándolo al instante con sus cálidas lágrimas. Y antes de que pudiera seguir atormentándose con sus desgarradores recuerdos, se quedó dormida en esa misma posición, incapaz de seguir aguantando despierta un segundo más.

No tenía ni idea de que el otro ocupante de la casa podía escucharla con claridad aún con la distancia de por medio.

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Lo he dicho ya como diez veces pero aquí va otra vez: pobre Rin. Prácticamente sola en un mundo aterrador donde es el plato gourmet más codiciado, lejos de casa y su familia, sin posibilidades de regresar. Bueno, ella misma se lo ha buscado por ingenua. Al menos ya no tendrá que hacer tareas, así que no es tan malo xD

Cuántas cosas han pasado en este capítulo, cuantas subidas de tensión y tragos amargos para nuestra desafortunada protagonista. Joder, y para sus padres y amigos también, en especial cuando les toque ver los videos y todas las pruebas que sostienen el caso sobrenatural. Lo que les viene no será bonito u.u

Y tenemos otro perturbador tema entre manos: ¿de dónde mierda salieron todas las cosas que Sesshomaru consiguió para Rin? ¿Estará diciendo la verdad, es la primera vez que secuestra a una mujer? ¿O habrá alguna clase de secreto detrás de todas estas ostentosidades? *coffcoffquizásesascosasseansuyascoffcoff*

Pero la pregunta más perturbadora es sin duda qué será de ella ahora. La eternidad es demasiado larga y muchas cosas pueden suceder. Y más si estás en la única compañía de alguien como Sesshomaru. Que lluevan las apuestas, vamos, vamos xD

Cambiando de tema:

OMG SUS REVIEWS SON GENIALES LAS AMO A TODAS GRACIAS GRACIAS GRACIAS *3* Me leo cada review como dos veces y juro que a veces hasta se me sale un "Aw, que tierna. Gracias" bajito. Las adoro, gracias por todas las cosas lindas que me escriben, me encanta que les guste tanto esta historia, todo el esfuerzo vale la pena leyéndolas a ustedes: Kunoichi2518, ByaHisaFan, Dmonisa, Gima2618, Ele, Elenita-Ele-Chan, Cristina97, Sara, Duhkra, Lizzie, Sally, Pamila de Castro, Anónima, VanneeAndrea, Meganlynch, MisteryWitch, Anónima2, Krayteona, Meaow, Anny-Chan, Rosedrama, Kari, Jezabel, Blueberry Bliss (chama, casi puedo oír tu venezolanismo saliendo de cada letra que escribes, amo tus reviews xD), Lau Cullen Swan, Laura91ok, Nani28, Floresamaabc, Cele taisho, Seika to yami, Clau28, , Yarisha, Jenks, Ranmasan, Melinna sesshy, Yoko-Zuki10, Haru1305, Hooliedanisars, Sayuri08, Aritou, HasuLess, Samantha Blue, BeautifulButterflyPink, Naho28, Abigz, Hanami, Aleza Rey, Anónima3, Skyler Streat y Natity son tan sensuales que ya están al nivel de Sascha Fitness ;)

Un beso a todo el mundo, mil gracias otra vez por seguir y apoyar esta historia (y a su autora, claro xD), espero que este capítulo también les haya gustado. Hasta la próxima semana, ¡cuídense! *reparte besos, flores y chocolates antes de desaparecer en una nube de humo*.