Disclaimer: El fandom de Inuyasha, su historia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi y los tomo prestados sin fines de lucro.

Haunted
Por: Hoshi no Negai

14. Un mundo solitario

Despertó varias horas después con la boca seca y patosa. Cada músculo lanzó un quejido estridente en cuanto se enderezó para estirar un poco la espalda y ver lánguidamente a su alrededor. Una generosa cantidad de luz dorada entraba por las ventanas abiertas, y por ellas pudo ver un trocito del cielo de la tarde a punto de dar paso al ocaso. La temperatura había descendido y se estremeció cuando una fría brisa le acarició el rostro. No parecía que el verano fuera igual de caluroso de ese lado a como estaba acostumbrada.

El leve recuerdo de su mundo trajo un fuerte sollozo a su garganta maltratada, y no hizo nada por contenerlo. ¿Cómo haría cada mañana para levantarse sabiendo que sus padres no estarían ahí? ¿Cómo continuaría el día sin poder ver a sus amigos? ¿Cómo conciliaría el sueño con la certeza de que nunca volvería a verlos? Estaba sola... totalmente sola, arrancada de su hogar y puesta en una especie de casa de muñecas con un propietario impredecible y misterioso.

Pero valía la pena, se dijo intentando recomponerse en vano. Valía la pena pasar ahí el resto de su vida si con eso había logrado salvar a Issei y a los demás.

Ojalá nunca hubiera puesto un pie en esa maldita mansión. Ojalá nunca hubiera sentido compasión por el inugami.

Se puso a pensar en esa posibilidad entonces, abatida. ¿Si no hubiera entablado amistad con el demonio, cómo habría resultado todo? Era seguro que la estupidez del proyecto hubiera seguido su curso con la loca idea de hacerlo en esa casa en medio del bosque. ¿Habría terminado tan mal como lo imaginaba, o Sesshomaru no los habría atacado? Lo más seguro era que terminase mal, conociéndolo...

Sí, rectificó. De no haber sido por la amistad que tenían, jamás se habría detenido. Los habría matado a todos, incluyéndola a ella.

Cerró los ojos con fuerza para alejar esa idea de su cabeza, arrepintiéndose por haber comenzado con ella. ¿Qué sentido tenía? Sólo se estaba torturando a sí misma, y era lo que menos necesitaba.

Necesito salir de aquí... necesito algo de aire fresco, pensó para sacudirse la fuerte depresión que la abrazaba, tenía que enfocarse en otra cosa. Quizás no todo era tan malo como lo imaginaba.

Al menos ya no tengo que preocuparme por hacer la tarea y estudiar, se dijo al ponerse de pie y abrir cuidadosamente la puerta de la habitación, cerciorándose de que no hubiera nada en el pasillo. Nada o nadie, mejor dicho. Se dirigió sigilosamente a las escaleras, deteniéndose un momento para admirar el paisaje al otro lado de la ventana.

Un vasto bosque rodeaba la mansión, por lo que sólo había verde hasta donde la vista alcanzaba a llegar. Más allá, montañas y valles, algunos lagos y después... un cielo dorado y rojizo, con el sol descendiendo lentamente en un ocaso espectacular. No podía negar que era una visión hermosa e impactante. Nunca creyó poder ver por una ventana y no distinguir ni un atisbo de la civilización: ni una torre eléctrica, ni edificios o carreteras. Sólo un bosque infinito que acababa entre montañas altas y lejanas.

Bajó las escaleras de puntillas, sintiendo la madera fría y pulida bajo sus pies descalzos. Si seguía pensando en todo lo que había dejado atrás no tardaría en volver a llorar, así que lo mejor era enfocarse en el presente lo más posible.

Llegó a la planta baja sin detenerse para no tardar más de lo necesario. Sabía que tenía todo el tiempo del mundo ahora, pero no quería correr el riesgo de encontrarse con Sesshomaru de repente. No quería verlo, no por ahora.

El lugar se veía mucho más espacioso y despejado que en la mañana. Las paredes no estaban tan juntas ni había tantos pasillos. Y ni siquiera encontró los destrozos que había hecho más temprano, las puertas que había roto y los restos de papel y madera que quedaron por su inútil rabieta.

¿Lo habría recogido él? No, no podía ser. No se lo imaginaba barriendo ni aunque se esforzara. Y aún así, esa clase de preguntas siguieron fluyendo. ¿Quién se encargaba de la limpieza, la comida, el lavado de la ropa, el mantenimiento de esa enorme casa? Sesshomaru no podía estar totalmente solo todo el tiempo, era imposible que viviera en tan buenas condiciones si no movía un músculo para contribuir con su forzado hogar.

A no ser que ese hogar se limpiara solo.

Eso sería genial. Una casa mágica a la que no tienes ni que quitarle el polvo.

Recorrió con cuidado la planta baja, asomándose en las habitaciones espaciosas mayormente vacías. En otras a veces encontraba alguna mesa o algún arcón de madera, pero aparte de eso, nada. Llegó hasta el extremo sur y tuvo que bajar un escalón. Salió del edificio principal hasta un área techada un par de metros del pasillo al exterior. Subió otro escalón encontrándose con que el piso ya no era de madera, sino de piedra rugosa y suave por el pequeño rellano hasta la siguiente puerta.

Esa tenía que ser la cocina. Un sitio amplio y bien aireado, rectangular y bien equipado con todo lo necesario para preparar una buena cantidad de platillos. Una plancha de piedra, hornos tradicionales de barro, hogueras, una buena colección de ollas y sartenes guindando de la pared, gabinetes y mesas de gruesa madera oscura que supuso que contenían cientos de utensilios y platos. No se quedó ni husmeó demasiado porque de todas formas no había ni un rastro de comida ahí. Su estómago rugía desde que se había levantado, pero mientras éste clamaba por ser llenado, su mente seguía negándose rotundamente la posibilidad. Tenía la impresión de que su garganta se cerraría ante cualquier alimento, por lo que lo mejor era sólo tomar agua... si la encontraba.

Atravesó la cocina hasta la puerta en el otro extremo, una de madera y con bisagras, nada como las deslizantes del estilo tradicional. Seguramente habría algún depósito del otro lado... pero no.

La puerta daba al aire libre, aunque un buen tramo estaba cubierto por un techo inclinado. Una ruta marcada en la tierra la llevó hasta otra puerta en el muro, una que lastimosamente encontró cerrada a cal y canto.

Desanimada y evitando suspirar por centésima vez, regresó sobre sus pasos. Sólo que ahora encontró un motivo para animarse. ¡Un pozo! Un pozo circular de piedras apiladas muy parecidas a las del muro estaba a unos pocos metros de la cocina y bajo el techo. Trotó hasta él para asomarse por su borde. Había agua y por fortuna también un balde atado a una cuerda y una polea para elevarlo. Tomó hasta saciar el escozor en su garganta, aliviándose por la frescura y dulzor de aquella agua que le sabía mejor que ninguna que había probado jamás.

Salió unos minutos después tras encontrar y llenar una cantimplora de bambú y llevarla colgada de su muñeca con un cordón. Se sentía un poco mejor que antes, pero no lo suficiente como para hacerla sonreír.

Regresó al módulo principal cuando ya estaba un poco más oscuro tras estar un rato asomándose por el patio del ala sur al lado de la cocina. En algún momento tuvo que servir como pabellón para sirvientes a juzgar por las habitaciones pegadas al muro, alejadas de la estructura imponente de la mansión. Supuso que la puerta que no pudo abrir conducía a donde fuera que consiguieran los alimentos. Quizás un huerto, una zona de caza o algo del estilo.

Cómo le gustaría que hubiera alguien ahí con quien conversar, alguien a quien contarle sus problemas y que le asegurara que todo iba a estar bien. Bueno, contaba con alguien, rectificó al lanzar una mirada de soslayo hacia el cuarto piso antes de entrar en la mansión, pero seguía molesta con él y prefería no arriesgarse a decirle alguna palabrota y complicar más las cosas. Necesitaba tiempo para enfriarse y pensar mejor las cosas, y esperaba que él le diera el espacio que tanto requería a pesar de todo.

Caminó por el pasillo exterior siempre viendo hacia el cielo, perdiéndose en las hermosas tonalidades que le arrancaba el ocaso hasta que llegó al estanque que cubría buena parte del patio central. El agua era cristalina y calmada, reflejando los colores que el sol pintaba sobre las nubes. Más allá, el precioso mirador se cernía con su pintura roja, resaltando entre las ramas retorcidas de los diversos árboles sobre los montículos de tierra que se alzaban sobre el agua. Vio árboles con flores y hojas extrañísimas, ahora contando con el tiempo suficiente como para detallarlos. Saltó sobre la primera piedra circular para ir hasta el mirador. De verdad se sentía como dentro de una pintura con aquella explosión de colores y formas imposibles en la vida real. Hasta que algo en el agua llamó su atención.

Docenas de peces grandes nadaban calmadamente a sus pies. Eran carpas de apariencia ordinaria, sólo que sus escamas poseían un brillo que ningún ser de su mundo era capaz de poseer. Como si estuvieran iluminadas desde adentro, resplandeciendo en un tono plateado, amarillo y anaranjado. Se acuclilló para fijarse en la carpa más cercana: era casi totalmente blanca salvo por algunas manchas pequeñas naranjas y negras en la cabeza. Sus aletas eran largas como finos retazos de tela traslúcida y sus ojos plateados parecían de cristal. El pez del tamaño de su brazo pareció percatarse de su presencia, pues alzó un poco sus ojos hacia ella, boqueando mientras la miraba al ralentizar su nadar.

Rin sintió el impulso de acariciar la superficie del agua con la punta de los dedos para alcanzar aquel bello animal y tocar sus escamas, pero se lo pensó mejor al recordar que aquel no era un sitio ordinario y esa podría no ser una carpa ordinaria. Quizás tuviera dientes filosos y le arrancaría los dedos, así que prefirió no arriesgarse.

La carpa siguió su camino en cuanto ella se puso en pie y terminó de llegar al mirador hexagonal, decepcionándose un poco al encontrarlo totalmente vacío. Ni un asiento o adorno. Sonrió vagamente al pensar que su madre lo aprovecharía como área de descanso y lo adornaría con móviles de viento, cojines floreados y una adorable mesita para tomar el té por las tardes.

Estuvo un rato viendo cómo el cielo se oscurecía cada vez más y más hasta que estuvo totalmente negro. Vio con asombro cómo las estrellas se reflejaban perfectamente en el agua, como si esta fuera un espejo que le regalara la visión más hermosa de todas. Se perdió en la imagen, los millones de puntos de luz azulada y las lejanísimas nebulosas de diferentes colores que resaltaban tenuemente en la bóveda celeste.

Se dejó caer abrazando una columna y asomándose por el refinado diseño del barandal de madera y metal. Algunas carpas seguían nadando como si nada, ajenas al espectáculo que tenían sobre ellas. Vio asombrada que los peces de verdad desprendían luz propia, una suave luz blanca y naranja que hacía destellar algunas escamas cuando aleteaban sus colas.

No supo cuánto tiempo estuvo ahí ni tampoco se interesó por llevar la cuenta, sólo permaneció arrodillada con la sien pegada a la columna y con la vista perdida en las luces de la laguna, ignorando el hambre y el frío casi como si estos no existieran. Escuchó suaves pasos a su espalda y supo que ya no estaba sola.

Sesshomaru se aproximó a ella, viéndola mudamente por unos instantes antes de posar una rodilla en el suelo y extender una mano en su dirección. Pero antes de que pudiera siquiera rozar su hombro, Rin lo detuvo:

―Estoy despierta ―le dijo con voz ligeramente ronca y susurrante sin levantar los ojos de su sitio. Sesshomaru retiró la mano inmediatamente. Ambos guardaron silencio, aunque Rin no lo hizo tan bien como creía. Su respiración sonaba algo forzada y apretaba los dientes para no dejar salir ningún quejido.

―¿Tu hombro se ha recuperado? ―preguntó él.

―Me salió un moretón, pero no me duele ―contestó fríamente. Sí le dolía pero no era nada comparado con tenerlo dislocado aunque fuera por un par de míseros minutos.

―No has comido nada ―estimó el demonio. Rin seguía inmóvil.

―No tengo hambre.

―Deberías alimentarte.

La chica bufó por lo bajo. ¿Y ahora le importaba algo tan tonto como eso? Estaba en lo cierto, pues aún le dolía el estómago como consecuencia de estar más de un día y medio sin probar bocado, pero no lo reconocería delante de él. Había cosas más importantes de las que preocuparse por el momento, ya tenía toda la eternidad por delante para comer, ¿qué era un par de días?

―No encontré nada en la cocina ―bufó de nuevo intentando contenerse. Escuchó el frufrú de la ropa de Sesshomaru antes de que él le hablara de nuevo.

―Esto te servirá.

Rin vio por rabillo del ojo cómo el demonio colocaba una fruta grande y ovalada en el suelo antes de ponerse de pie, de un rosa pálido y parecida a un melocotón. Su fragancia dulce llegó hasta sus fosas nasales e hicieron que su estómago lanzara otro quejido que la incitaba a tomarla y devorarla cuanto antes. Sin embargo su orgullo estaba primero y se negó a aceptarla, fijando la vista una vez más hacia el frente.

El hombre entrecerró sus ojos dorados.

―Estás enfadada.

―¿Cuál fue tu primera pista? ―musitó ella entre dientes.

―Si tienes algo que decirme, dímelo ―ordenó él con su tono firme, haciéndola exasperar todavía más.

―Ya te dije todo lo que tenía que decir.

―Evidentemente no.

―Evidentemente no es tu problema ―espetó ácidamente, ignorando por completo la manera iracunda con que la había mirado. O no la ignoró en realidad, puesto a que sus años a su lado le hacían poder percibir sus emociones sin tener que verlo a la cara, sabiendo cómo se sentía y su estado de ánimo. Era claro que aquella contestación no le había gustado y una mierda que eso le importaba.

―Ten cuidado ―advirtió con el tono ligeramente más grave―, no te conviene hablarme así.

―¿O qué harás, me secuestrarás y me encerrarás? ―roló los ojos apretando los puños―. ¡Ah, no, espera! Eso ya lo hiciste.

―No te he secuestrado ni permaneces encerrada.

―Me trajiste aquí en contra de mi voluntad y no puedo regresar a mi mundo. Eso me suena a secuestro.

―No viniste en contra de tu voluntad. Te hice cumplir tu promesa, es todo. Estás siendo inmadura.

Eso hizo hervir su sangre. Rin se volteó hacia él con furia. La brisa fría de la noche le hizo notar que había estado derramando lágrimas durante varios minutos y éstas volvían a hacer acto de presencia.

―¿Inmadura? ¡Inmadura! ¡Perdóname por tener sentimientos, perdóname por extrañar mi hogar! ¡Perdóname por haber confiado en ti cuando claramente me traicionarías!

―No te he traicionado, Rin.

―¡Claro que lo hiciste! ¿Crees que soy tonta? ¡Me diste tu palabra de que no lastimarías a nadie! ¿No lo recuerdas? ¡Me diste tu palabra, dijiste que no les harías nada siempre y cuando estuviera con ellos! ―se puso de pie de golpe, señalándolo acusadoramente. Le temblaba la mano y su pecho subía y bajaba rápidamente por la fuerza con la que llenaba sus pulmones―. Y aún así... casi matas a mi mejor amigo, ¡estuviste apunto de estrangular a Issei!

―No tenía por qué haberte tocado ―contestó él con frialdad.

―¡Tenía todo el derecho del mundo! ¡La amenaza eras tú, no él! ¡Él sólo intentaba ayudarme!

―Intentaba alejarte de mí.

Aquella afirmación tan súbita la tomó por sorpresa.

―¿Qué...?

―No tenía que haberlo hecho. Nadie debe alejarte de mí ―sus ojos dorados se entrecerraron fijamente en los suyos, mirándola de una manera tan dura que le sacó un escalofrío. El estupor no le duró lo suficiente y no tardó en recuperar su enfado.

―¿Pero quién te crees que eres? ¡No eres mi dueño, ni yo definitivamente soy tu inumochi! ―espetó con rabia. El hombre frunció los labios ante la mención de esa última palabra―. ¡Me dijiste que no eras esa clase de inugami, así que no tiene sentido que te portes así!

―No soy esa clase de inugami ―concedió él peligrosamente―. No eres mi inumochi, pero me perteneces. Por esa razón nadie debe tocarte.

La muchacha se hizo hacia atrás asustada.

―¿Estás loco? ¡No te pertenezco! ¡Yo no le pertenezco a nadie, no soy un objeto!

―Sé que no lo eres.

―¡No, no pareces ver la diferencia! Soy una persona, no puedes decirme esas cosas, no puedes pretender tener ese derecho conmigo. ¿Qué es lo que esperas de mí quedándome aquí para siempre? ¿Qué quieres, que juguemos juegos de mesa y que seamos amigos como si nada hubiera pasado? ¡Para eso te hubieras conseguido una mascota en lugar de joderme la vida a mí!

Inhaló sonoramente para recuperar el aire, apretando los dientes para controlar los sollozos lastimeros. Sesshomaru permanecía en silencio mirándola a la cara.

―Pensé que eras mi amigo ―musitó herida―. No puedo creer que yo te... ―pero no continuó. No creía que alguna vez creyó estar enamorada de él.

―¿Que tú me qué? ―quiso saber él con un dejo de curiosidad escondida entre su rudeza. Rin esperó que no hubiera captado el verdadero significado de lo que estuvo a punto de decir, así que se apresuró a corregir su error.

―Que yo te considerara mi amigo. ¡De saber que esto pasaría yo también me hubiera alejado de ti! ¡Lo que le hiciste a todos, lo que me hiciste a mí...! ―lanzó un quejido adolorido ante el estremecimiento que sentía en el corazón, cómo éste se estrujaba hasta hacerse una minúscula y apretujada bolita que apenas podía latir―. Me quitaste todo lo que amaba: mis padres, mis amigos, mi vida; todo... ¿Cómo esperas que me sienta después de eso? Ya no tengo nada... y no tengo forma de recuperarlo. No sabes lo que se siente perderlo todo, no poder recuperar tu libertad o tus seres queridos, tu vida entera. No lo sabes...

―Sí lo sé ―su voz cortó sus sollozos, haciéndola levantar la cabeza de nuevo hacia él. Su rostro estaba rígido, casi ofendido―. ¿Cuánto tiempo crees que llevo aquí? ¿Cuántas veces crees que intenté salir de este lugar?

Rin se le quedó viendo con la boca ligeramente abierta.

―Eso... eso no te da ningún derecho a hacerme lo mismo a mí ―dijo cuando se le pasó la impresión―. Yo no tengo la culpa de que estés encerrado.

Sesshomaru endureció sus facciones por un instante antes de relajarse de nuevo. Se veía un tanto contrariado por aquella simple pero acertada afirmación.

―No, no la tienes ―musitó en un tono levemente más bajo. Guardó silencio por un momento, tiempo que Rin estuvo mirándolo ceñuda a esperas de una buena explicación o al menos unas palabras que la hicieran sentir mejor. O que la ayudaran a pasar su enojo―. La noche enfriará más. Deberías regresar adentro.

Y con eso se marchó, dejándola en ascuas y aún alterada. Observó su espalda alejarse cada vez más sin poder creer que se iba de aquella manera. Aunque en realidad no tendría que haberla sorprendido en absoluto, había hecho exactamente lo mismo aquella mañana cuando lo encontró por primera vez.

Pero esta vez había algo diferente, e incluso ella, tan metida en su malhumor, podía notarlo con claridad. Identificar qué era distinto era una historia completamente aparte.

Soltó un suspiro ofuscado y frotó sus ojos para alejar las lágrimas y la irritación. Su estómago volvió a gruñir en el momento menos esperado y, aunque no quería hacerlo por cuestiones de orgullo, tomó la fruta que permanecía en el suelo. Ya había comido unas como esa antes, Sesshomaru se las había dejado en la casa en más de una ocasión. Tenía un sabor parecido al de un melocotón, pero era más jugoso y ácido.

Cruzó con cuidado el camino de piedras sobre el lago, el mismo que el demonio había usado para regresar a su mansión. Aunque él no parecía haber caminado, sino más bien... flotado. Bueno, no tendría por qué extrañarse, era un fantasma después de todo.

Subió a su habitación arrastrando los pies y mirando cuidadosamente los alrededores. Había altos velones iluminando la estancia cada ciertos pasos, dándole una apariencia un tanto siniestra a aquel lugar con las llamas creando sombras con sus danzas irregulares. Sin embargo, agradecía con sarcasmo el detalle de su anfitrión de haberle marcado el camino, de otro modo probablemente jamás hubiera dado con su recámara.

Cuando entró en ella, se sorprendió al encontrar con que la chimenea también estaba encendida, aumentando considerablemente la temperatura en comparación con el frío exterior nocturno. ¿De verdad Sesshomaru se había detenido a encender cada vela y su propia hoguera? Seguía sin poder imaginárselo.

Se acostó poco después sin mucho más que hacer, más allá de comerse la fruta y quedar maravillosamente satisfecha. Era interesante como algo tan simple como llenarse el estómago podía cambiarle el ánimo a uno más apacible.

O bueno, al menos lo intentaba.

Se quedó mirando el techo un largo rato antes de poder conciliar el sueño, concentrándose en los sonidos que llegaban de todos lados para mantener su mente distraída. El crepitar de las llamas, el viento meciendo los árboles, aves lejanas ululando, algunos grillos... si cerraba los ojos y se concentraba, podía imaginar que estaba de vuelta en casa.

Tomó el teléfono que había dejado guardado debajo de su almohada y acarició su contorno con el dedo, deseándole las buenas noches a sus padres y a sus amigos, disculpándose con ellos por milésima vez por todo el sufrimiento que les había causado con su súbita desaparición. Fue un milagro que no se pusiera a llorar de nuevo ante la aparición de sus rostros y voces en su cabeza.

Tenía que ser fuerte por ellos, porque tampoco aquella distancia significaba que su vida había terminado. No, había tomado un giro muy... extraño, pero ella seguía con vida, eso era lo importante.

Sólo necesitaba encontrar la manera de volver a casa.

Acurrucó la cabeza en la almohada con el último pensamiento optimista siendo forzado en su subconsciente con la esperanza de poder asimilarlo mejor.

Para su desgracia también la atacó la certera posibilidad de que su regreso jamás sería posible. De que Sesshomaru mantendría su palabra esta vez y se viera forzada a vivir en ese sitio por el resto de su vida.

Por más que intentó desechar aquella funesta idea no fue capaz de apagar la pequeña pero poderosa llama del desconcierto y el consecuente vacío en su estómago que este ocasionaba. Resta decir que Rin no consiguió descansar en absoluto esa noche; y tampoco lo haría por un buen tiempo.

...

Los siguientes días de su llegada pasaron en absoluta calma. Rin podía ser tan silenciosa como un ratón si se lo proponía, e incluso caminaba de puntillas en todo momento cuando cruzaba los pasillos como si temiera que un feroz gato la cazara si no era lo suficientemente cuidadosa.

Pasaba la mayor parte del tiempo encerrada en el salón de entretenimiento, leyendo libros y antiguos pergaminos. Muchos de ellos ya estaban ahí desde antes de ser sellado, y sin importar la cantidad de veces que hubiera destrozado cada habitación y cada mínimo objeto que estas guardaran, todo simplemente se regeneraba en cuestión de horas por arte de magia. Lo mismo pasaba con las ventanas, suelos y paredes que había roto en diversos ataques de ira, por no contar la cantidad de veces que el muro y los jardines habían sufrido graves daños por sus peleas.

Nada permanecía dañado, todo siempre regresaba a como había sido antes. Cuando esa mansión había sido construida con un propósito muy distinto al de encerrarlo a él.

Era la manera que su padre tenía de castigarlo. Sabía lo furioso que le había puesto enterarse de la existencia de ese lugar, y más aún sabía sus enormes deseos de volverlo todo cenizas para restaurar su honor perdido.

Pero no servía de nada ocuparse de ahondar en rencores pasados cuando había tantos años y acontecimientos de por medio.

Rin no habló con él por esos días. Ni siquiera lo buscó o se cruzó con él, parecía estar aprendiendo a desenvolverse sola en aquel mundo nuevo como si ella fuera la única que lo habitara. Seguía enfadada y aunque reconocía que era una actitud realmente infantil, no podía culparla.

Le tomaría algún tiempo adaptarse, eso lo tenía claro. En cierto sentido, arrancarla tan violentamente de su hogar había sido traumático, lo sabía por la sola manera en la que actuaba y por cómo la escuchaba llorar calladamente por las noches. Era una separación dolorosa, como si todo su mundo hubiera muerto ante sus ojos.

Y precisamente por esa razón era que le daba todo el espacio que quería. Podía ser un demonio de tacto carente y no tenía idea de cómo tratar seres tan sensibles como ella, pero no era un completo monstruo. Le costaba comprenderlo y hasta cierto punto le indignaba su debilidad, pero seguía siendo Rin, y con Rin siempre habrían excepciones.

Aquella tarde la escuchó bajar cuidadosamente por las escaleras hasta la planta baja. Sus pasos se comenzaron a perder conforme se alejaba, pero su presencia seguía siendo muy perceptible siempre y cuando estuviera dentro de la casa. Había llegado hasta las cocinas, por lo que imaginó que estaba por hacerse algo de comer.

Había sido buena idea decirle a Jaken que abasteciera la cocina en su totalidad, y ahora los aliados del pequeño demonio se asegurarían de mantenerla con alimentos frescos cada tres noches en cuanto Rin estuviera dormida. La muchacha debía preguntarse de dónde había salido tanta comida de la noche a la mañana, pero aún así no había subido para pedirle explicaciones sobre cómo funcionaba aquel lugar.

Lo haría eventualmente, Rin era demasiado curiosa y jamás podía mantener las dudas para sí misma.

La escuchó regresar una hora y media después, sólo para encerrarse inmediatamente en el salón de entretenimiento.

La calma inundaba toda la casa, si ella no salía de sus aposentos era como estar de nuevo solo. Había pasado tanto tiempo viviendo por su cuenta en aquella despreciable mansión que era casi fascinante tener a alguien más bajo el mismo techo. Y tan acostumbrado estaba a su soledad que realmente no sabía qué hacer al respecto. No sólo le dejaba su espacio porque era lo que ella necesitaba, sino también porque no encontró ninguna otra manera de sobrellevar su súbita ida a su mundo.

Había deseado tenerla con él durante años, pero nunca se había planteado qué pasaría si eso se cumplía.

Dejó de darle vueltas al asunto y cerró sus ojos, respirando profundamente para meditar y regresar a tiempos remotos, buscando el origen de todos sus problemas.

Pero antes de que las imágenes aparecieran nítidas en su mente como siempre lo hacían, un fuerte temblor sacudió la casa de repente como si algo enorme hubiera caído del cielo. Escuchó el grito de sorpresa de Rin en el piso de abajo y sin mayor remedio se puso en pie. Otro golpe resonó con fuerza, esta vez derribando parte del muro. Seguido de esto, vino un alarido potente y gutural. Rin volvió a gritar.

―¿Qué está pasando? ¡Santo cielo, ¿qué es eso?! ―salió asustada de la habitación en la que estaba justo para verlo bajar por las escaleras. Era la primera vez que le hablaba en días, pero ella no parecía reparar en ese detalle.

―Quédate adentro y no salgas ―le dijo él antes de dirigirse al balcón que le daba la cara a las escaleras.

―¿Pero qué es ese ruido? ―otro golpetazo se escuchó ahora en el patio del lado este, justo por donde Sesshomaru se asomaba.

―Nada de lo que debas preocuparte. Quédate aquí, estarás a salvo ―y antes de que Rin pudiera preguntar de qué se suponía que estaría a salvo, saltó por la ventana. La sorpresa que la muchacha profirió se perdió en cuanto el demonio aterrizó limpiamente en el suelo. No necesitaba voltearse para saber que Rin estaba inclinada sobre la barandilla del balcón con el corazón en la mano ante semejante salto. Pero pronto su sorpresa por aquella pequeña demostración de su habilidad quedó reducida ante lo que aguardaba más adelante.

Rompiendo estrepitosamente el muro entraron dos enormes criaturas: un par de onis de al menos seis metros de altura y una tonelada de peso en puro músculo. Uno era azul con dos cuernos y el otro era rojo con uno solo en todo el centro de su frente. Sesshomaru apenas parecía interesado en su presencia, pero para Rin debía tratarse de una visión espeluznante. Pocos días atrás, seres como aquellos habían intentado matarla.

―Así que aquí está el principito cobarde ―habló el ogro azul con una sonrisa burlona―, escondiéndose en su casita con el rabo entre las patas como siempre.

―¡Osado malnacido! ―el oni rojo profirió un alarido. Era el que más colérico estaba de los dos, el azul parecía más bien ligeramente divertido―. ¡Cómo te atreves a matar a nuestros hermanos! ¡Nos lo pagarás!

―Oh, ¿qué es eso ahí arriba? ―se preguntó el otro al alzar la vista hacia el balcón en el que estaba Rin. La muchacha se quedó petrificada al ser objeto de su atención, más no dejó escapar sonido alguno que delatara su temor―. ¿Los rumores eran ciertos, entonces? ¿Tienes un ser humano aquí, principito?

―¡Un humano! ¿Qué demonios hace un humano aquí?

―¿No lo ves, hermano? El perro está aburrido y necesita algo con lo que entretenerse. De tal palo tal astilla, ¿no es curioso? ―sonrió maliciosamente. Sesshomaru se veía realmente desinteresado ante tantas tonterías.

―Debe ser por eso que nuestros hermanos fueron asesinados, ¡estaban intentando cazar a tu mascota! ―lo señaló el ogro rojo acusadoramente, con la ira contenida en sus ojos amarillentos―. ¿Pues sabes qué? ¡En cuanto acabemos contigo nos daremos un banquete con tu humano mascota, no habrá nada que puedas hacer para impedirlo!

―¿Es todo lo que tienen que decir? ―cuestionó tranquilamente Sesshomaru, ni siquiera había alzado la voz―. Creí que veían a pelear, no a platicar.

―¡Serás maldito...! ―se enfureció el rojo, pero antes de que pudiera atacar, su hermano lo detuvo con un movimiento del brazo.

―No te precipites, hermano. Sabes lo que debemos hacer.

El otro demonio le devolvió la sonrisa retorcida y asintió con la cabeza.

Y con ese simple gesto comenzó la contienda.

Los ogros partieron su carrera, separándose para atacar a Sesshomaru de cada lado con sus enormes garrotes mientras proferían gritos de pelea. Sus fuertes pisadas retumbaban por todo el lugar y hacían que la casa temblara desde sus cimientos, dejando grandes marcas en el pasto bajo sus pies. Todo lo que Rin alcanzó a ver mientras se aferraba a la baranda eran dos manchones rojo y azul aproximándose rápidamente al inugami.

Pero antes de que pudieran siquiera rozarlo, el hombre de blanco dio un salto hasta quedar de nuevo a la altura de la muchacha. Por un mísero segundo estuvieron al mismo nivel, cruzando miradas. Y por menos de ese precario espacio de tiempo, Rin aseguró distinguir una pequeña pero evidente sonrisa en el rostro de Sesshomaru.

Se inclinó de nuevo al mismo tiempo que lo vio caer dando una vuelta sobre sí mismo con un brazo extendido. De su mano emergió una larga tira de un verde brillante que más bien parecía un lazo de luz, rodeándolo al mismo tiempo que daba vueltas veloces. El brazo izquierdo del ogro azul cayó, y el ogro rojo casi fue cercenado a la mitad si no hubiera dado unos pasos hacia atrás en el momento preciso.

Rin vio con horror cómo sus vísceras colgaban de la laceración en su abdomen, seguido de un impresionante chorro de sangre. El ogro gritó de dolor y rabia, pero igual se tambaleó para reanudar su ataque. El ogro azul tampoco parecía tan afectado como debería después de su amputación y volvió a arremeter contra su contrincante cual toro embravecido.

Pero esta vez tenía un objetivo ligeramente diferente. El mazo que aún aferraba su brazo derecho salió volando, aprovechando la breve distracción que el ataque de su hermano había causado en Sesshomaru, y se estrelló muy cerca del balcón en el que Rin estaba. La pared del piso inferior se hizo pedazos, amenazando con desmoronarse varios metros hacia arriba y haciendo tambalear peligrosamente el balcón. La muchacha se aferró a la baranda esperando que la sacudida acabara para moverse a un sitio más estable.

De nuevo aventajándose de aquella distracción, el ogro rojo aprovechó para dar un certero golpe que Sesshomaru no logró esquivar, haciéndolo chocar fuertemente contra el pórtico del piso inferior.

―¡Sesshomaru! ―escuchó que Rin lo llamaba al salir de su campo de visión. Una nube de polvo lo rodeaba, buena parte del pórtico había quedado hecha añicos por el impacto.

―¡Tu mascota te llama, principito! ―se rió el ogro azul con gusto―. ¡Imagino que hará lo mismo cuando la atrapemos, ¿tú qué crees?!

El demonio dio un fuerte salto para alcanzarla extendiendo el brazo que le quedaba para arrancarla del balcón de un solo manotazo.

Sólo que Sesshomaru nunca le dio la oportunidad.

De un pulcro movimiento alcanzó a su oponente tomándolo del tobillo para impactarlo contra el suelo. Pese a la gran fuerza que había empleado, no había sido demasiado efectivo por la poca cantidad de metros que llevaba suspendido en el aire. Su enorme cuerpo creó un cráter que se agrietó mucho más cuando el inugami bajó dando una voltereta y sacando su látigo de luz.

Antes de que la desagradable criatura pudiera siquiera gritar, ya estaba partido en dos.

―¡Hermano! ―el ogro rojo sujetaba su herida con un brazo mientras extendía el otro hacia el cuerpo de su hermano. La cólera invadió sus ojos haciendo que un aura rojiza lo rodeara―. ¡Maldito, me las pagarás!

―Estorbo ―fue lo único que musitó Sesshomaru antes de rasgar brutalmente su grueso cuello con un certero movimiento de sus garras, para después terminar de desprender la cabeza con una fuerte patada que la mandó a volar más allá del muro.

Su cadáver decapitado cayó estrepitosamente en un charco considerable de sangre y vísceras, haciendo llegar nuevamente el silencio a los alrededores.

El inugami se sacudió la mano asqueado ante el hedor de esa sangre y alzó la vista en busca de Rin. El balcón se balanceaba peligrosamente sobre sus soportes destrozados y no tardaría en caer. Pero ella ya no estaba ahí.

Apenas cuando imaginaba que se había ido a esconder en su recámara, se la encontró corriendo a toda velocidad bajando las escaleras y atravesando el tatami a grandes zancadas hasta saltar por el pórtico destrozado para llegar al patio.

Su rostro se había enfocado únicamente en el suyo, su preocupación era indudable. Y apenas saltó para llegar a su lado se percató del baño de sangre que enrojecía los antes verdes y preciosos jardines.

―¡Oh por Dios! ―exclamó horrorizada sin poder dejar de ver los cadáveres destrozados. El olor a sangre y muerte era tan fuerte que hasta ella con su nariz poco sensible en comparación a la de un inugami podía percibirlo a la perfección. Podía ver en su cara blanca como la cera que reprimía unas inmensas ganas de vomitar.

―Te dije que permanecieras adentro ―dijo él, apartando su atención del horrible cuadro que había reemplazado el jardín. Rin no pudo responder inmediatamente.

―Vi que te hirieron y yo...

―Algo tan patético como eso no habría podido afectarme ―negó el demonio para restarle importancia―. Tuviste que obedecerme, si alguno de ellos siguiera con vida ahora podrían haberte atrapado.

―Estar ahí arriba tampoco es muy seguro, el piso entero parecía estar por colapsar ―contraatacó ella aún sin salir de su asombro―. Además... no podía quedarme. Tenía miedo de que te hubiera pasado algo ―murmuró en voz más baja.

―Se necesita más que eso para hacerme daño ―repitió él―. ¿Estás herida?

―No, estoy bien... pero me temo que tu casa no puede decir lo mismo ―hizo un gran esfuerzo para dejar de mirar a los cadáveres mutilados, dirigiendo su atención a la parte de la mansión que había sido alcanzada por el garrote―. ¿Cómo lo reparamos? ¿Tienes tablas de madera y clavos? Deberíamos reforzar el piso y las vigas para que no se derrumbe por este lado.

―No es necesario hacer nada al respecto.

―Pero la casa se puede caer.

―No lo hará, durará hasta la noche. Mañana habrá vuelto a la normalidad ―Rin le frunció el ceño incrédula.

―¿Qué quieres decir con eso?

―Siempre lo hace.

―¿Es decir que la casa se repara sola? ¿Incluyendo el muro y el patio?

―Así es.

La chica se le quedó viendo sin decidirse a creerle o no. Su lógica le decía que aquello era una tontería para tomarle el pelo, pero otra parte de sí decía que, en un mundo donde existían ogros e inugamis, una casa que se repara sola no era tan disparatado.

De hecho, ¿no se había reparado mágicamente cuando había roto un par de paredes y puertas de papel? No era tan descabellado si tomaba en cuenta ese pequeño detalle.

―¿Seguro que estás bien? ―preguntó de nuevo al evaluar el daño que su impacto había causado en el piso inferior. Sesshomaru notó con interés que su voz era suave, casi temerosa. Muy diferente a la que había empleado la última vez que ambos habían mantenido una conversación.

―Se necesita más que eso para acabar conmigo ―ante eso, Rin se quedó en silencio y no volvió a mirarlo. En cambio su vista se posó sin querer en los restos de los monstruos con algo de pena y mucho más de asco―. ¿Te afecta que los haya matado?

―¿Qué? No, querían hacernos daño, no me importa que los hayas... hecho pedazos. Supongo ―sintió la bilis subir por su garganta pero hizo un esfuerzo por devolverla al estómago―. Sólo me impresiona. Pero... es culpa mía que te hayan atacado. Fue por mí que acabaste con sus hermanos, ¿no es así?

―No tiene importancia. Probablemente los habría matado de cualquier otra manera si se atravesaban en mi camino.

Rin se quedó pensativa un momento.

―¿Vienen monstruos a pelear contigo muy a menudo?

―Sí ―contestó simplemente, también fijándose en los pestilentes cadáveres. Necesitaba deshacerse de ellos antes de que el hedor se esparciera por toda la mansión. Sin más tiempo que perder, se dirigió al los restos del ogro rojo y sin mucho esfuerzo levantó el pesado cuerpo con una sola mano.

―¡¿Qué estás haciendo con esa cosa?! ―Rin dio un brinco hacia atrás al ver la espeluznante facilidad con la que alzaba el sanguinolento cadáver decapitado. La sangre no dejaba de chorrear de las múltiples heridas, además del tajo en su abdomen por el que se colaban sus intestinos. Su rostro se tornó de un blanco fantasmal a un verde enfermizo en un segundo.

―Deshaciéndome de esta basura ―le dijo él con expresión ecuánime―. No tienes que quedarte si no quieres verlo.

Por una vez Rin estuvo de acuerdo con él. Asintió varias veces y se apresuró a regresar al interior, con una mano fuertemente aferrada a su boca y la otra en su estómago para evitar las recurrentes arcadas.

El demonio apenas la vio marchase con paso rápido antes de continuar con su tarea. Los cadáveres desaparecieron en cuestión de minutos, siendo arrojados con fuerza por sobre el muro. Servirían de alimento para las alimañas y de advertencia para otros demonios que tuvieran intenciones de retarlo. Aunque ese método rara vez funcionaba, cosa que le alegraba. Si no tuviera contrincantes con los que luchar, su existencia sería miserablemente aburrida.

Pero ahora que Rin estaba ahí...

Extendió la mano hacia los restos de vísceras en el cráter y dejó que una buena porción de su gas venenoso las desintegrara hasta no dejar rastro alguno. El patio estaba hecho un desastre y ni hablar de ese lado de la casa, pero no era nada que no se pudiera reparar en una noche.

Siguió quemando manchas de sangre, dejando que el olor a tierra chamuscada inundara el ambiente para contrarrestar la peste que esos seres habían dejado al morir. Con algo de suerte, la muchacha no se vería afectada otra vez.

...

La tarde estaba cayendo para cuando Rin subió los peldaños hacia aquella única habitación. Habían pasado unas horas desde la primera pelea que había presenciado entre monstruos sin estar bajo el sopor de su agotamiento tras correr un largo camino para salvar su vida, y aún estaba en un pequeño estado de shock.

Se asomó antes de terminar los escalones un tanto nerviosa. No le costó encontrarlo en medio de la estancia. Estaba sentado en la posición del loto de frente al pergamino con tinta roja. Por la manera silenciosa en la que estaba podría suponer que meditaba.

Aunque sabía que era consciente de que estaba justamente ahí detrás de él. Era un sujeto muy perceptivo y su oído era extremadamente agudo, según le había dicho alguna vez.

Tomó una bocanada de aire para tranquilizarse y se animó a entrar.

―¿Sesshomaru?

Llegó a su lado para verlo mirarla por el rabillo del ojo. No se colocó para que quedaran cara a cara, sino que prefirió permanecer a su costado. No quería interrumpir lo que fuera que estuviera haciendo.

―Yo... hice algo de té por si quieres ―le ofreció la bandeja con la tetera humeante y dos pequeños vasitos de porcelana. Sesshomaru alzó una ceja.

―¿Ocurre algo?

―Sólo quería hablar contigo ―titubeó sin saber muy bien dónde posar la mirada. El rostro impasible de Sesshomaru la ponía nerviosa, y más aún al recordar la facilidad con la que había destrozado a aquellos ogros unas horas atrás... y lo cerca que estuvo de matar a sus amigos, una imagen que jamás olvidaría.

―¿Sobre qué?

―Es que... son muchas cosas en realidad.

―Toma asiento.

Rin asintió mansamente y se arrodilló ahí mismo con la cabeza gacha. Tomó otra bocanada de aire para reunir valor y se decidió a actuar de una vez.

―Quería disculparme ―le dijo al fin con un suspiro―. Tenías razón, fui muy infantil. E inmadura y malagradecida. No merecías que te tratara tan mal... cuando quien hizo la promesa fui yo.

Sesshomaru la seguía observando fijamente por el rabillo del ojo, indicándole que no la interrumpiría y que podía continuar.

―Todo esto es difícil de tragar. En un momento estoy allá y en el siguiente aquí, todo lo que conocía se quedó fuera de mi alcance. Y eso me asusta. Me asusta muchísimo ―admitió sinceramente―. Nunca había estado sola por tanto tiempo, nunca me ha tocado valerme por mí misma de esta manera sin mis padres ni mis amigos... no lo tomé demasiado bien. Nada bien ―apretó los dientes, intentando contenerse para que la rabia no volviera a subirle por la garganta.

No quería pelear de nuevo, no era responsabilidad de Sesshomaru que todo eso estuviera pasando... al menos no en un cien por ciento.

―Por eso quería pedirte disculpas. Yo... sé que no ves las cosas de la misma manera que yo, por eso no puedo culparte por todo esto. Sólo que no había pensado en eso hasta ahora. Perdón ―hizo una nueva reverencia―, no merecías que te faltara al respeto de esa manera.

El demonio apenas la vio por el rabillo del ojo. Ahora entendía el tono sumiso de su voz, su mirada gacha y su timidez al bajar después de la pelea. Con que de eso se trataba.

―No hace falta que te disculpes.

―Sí hace falta. Te traté muy mal cuando sólo me hacías cumplir mi parte del trato. Estaba enojada y no comprendía lo que pasaba... aún no lo comprendo del todo y todavía me duele, pero eso no justifica que fuera tan grosera contigo. Además... nunca te agradecí por salvar mi vida ese día.

―Lo hiciste.

―Te agradecí por enderezar mi brazo ―lo corrigió―, sólo por eso. Seguía muy enfadada contigo.

―¿Ya no lo estás?

―Para serte sincera... sí. Sigo enfadada contigo y en realidad no creo que pueda perdonar lo que le hiciste a mis amigos ―lo miró francamente frunciendo el entrecejo antes de relajar los hombros con un suspiro mudo―. Pero he podido pensar mejor las cosas y... no tiene sentido que permanezca amargada cuando fui yo quien prometió hacer lo que fuera necesario. Y fui yo quien te presionó para que aceptaras a mis amigos merodeando por tu casa... no tenía por qué haber hecho eso. Así que lamento eso.

―No tiene importancia, Rin ―negó suavemente él―. No estoy enojado contigo.

―¿Ah, no?

―No tengo motivos para estarlo.

Guardaron silencio por un momento, silencio que se le hizo muy incómodo a la humana y tenso al demonio. Sabía que habían más cosas de por medio que ella quería decir, pero no la iba a obligar a hacerlo.

Quizás para mantenerse ocupada con algo, tomó una taza y sirvió el humeante líquido en ella para después extendérsela. Sesshomaru la tomó, observando el contenido verde que reposaba en el pocillo.

―Es la primera vez que hago este té, lo acabo de encontrar. Olía tan bien que no pude resistirme, pensé que te gustaría probarlo ―murmuró. Él permaneció impasible, cosa que la desanimó―. Pero si no lo quieres no tienes que tomarlo. Ni siquiera sé si te gusta esto.

―No recuerdo la última vez que tomé té, es todo.

―Oh... ¿no te preparas de comer?

―Suelo ingerir carne cruda, no requiere preparación.

Rin reprimió una mueca de asco al imaginárselo dándole un mordisco a un demonio recién derrotado. Como los onis de esa mañana... uhg, qué desagradable.

―¿Cuánto tiempo llevas aquí exactamente?

―Permanecí dormido varios años. Probablemente sean en total cinco siglos.

Rin no se sorprendió en realidad, sólo quería mantener la conversación viva para evitar arrepentirse de lo que estaba haciendo. Se sentía tan dividida ante querer ver las cosas con optimismo y permanecer odiándolo que un fuerte dolor de cabeza le punzaba en las sienes. El 'para siempre' que le había dicho el día anterior retumbaba una y otra vez, y eso era lo que la empujaba a ceder. Pasar una eternidad amargándose la existencia le parecía extremadamente triste y penoso.

―¿Cuántos años tenías cuando te quedaste aquí? ―tanteó con cuidado sabiendo que aquel era un asunto espinoso. Y sí, no parecía que Sesshomaru tuviera mucho interés en hablar al respecto.

―Noventa y dos ―le dijo con sequedad―. En equivalencia humana, era un poco más joven que tú.

Rin tragó con dificultad tratando de imaginarse un Sesshomaru adolescente colérico intentando salir de ese lugar. No tuvo que ser nada fácil para él.

―¿Podrías decirme qué fue lo que pasó? ―preguntó en voz baja, esperanzada. Llevaba mucho tiempo intentando descifrar aquella historia, y ahora parecía que de verdad tenía posibilidades de conocer la verdad.

O no.

―Tal vez lo haga algún día ―musitó cortante. La humana supo que hasta ahí había llegado el interrogatorio sobre el tema, por lo que decidió cambiar rápidamente el rumbo de la conversación para no perder el buen ambiente que al fin se creaba entre los dos. Después de disputas y una fuerte ley del hielo, volver a enfrentarse verbalmente era lo último que necesitaban.

―Escuché que esos ogros te llamaban 'principito' ―comentó algo escéptica―. ¿Cómo es eso? ¿Eres un príncipe?

―Mi padre fue el lord de este territorio ―contestó simplemente. Rin notó la conjugación en pasado y aunque iba a preguntar si su padre había muerto, se contuvo. Por su manera de hablar al respecto parecía ser uno de los temas que no le gustaba tocar.

―Entonces ahora tú ocupas ese lugar, ¿no?

―No existe manera de custodiar todo este territorio si sólo puedo recorrer un kilómetro de él ―apuntó con desagrado.

―Ese es un buen punto ―concedió la chica. Mejor cambiemos de tema otra vez―. Dime... ¿qué es exactamente este lugar? ¿Sólo habitan youkais o hay otros humanos? Recuerdo que la mujer ciempiés mencionó que... uhg... hacía mucho tiempo que no probaba carne humana... ―se estremeció ante el recuerdo de su fétido aliento contra su rostro y el pánico que sus pocas palabras le causaron―. ¿Dónde están los seres humanos?

―No ha habido seres humanos desde hace siglos. Ustedes tienen su plano y nosotros el nuestro ―aclaró parcamente―. Antes ambas especies tenían la libertad de cruzar de un lado a otro sin complicaciones, como si fuera el mismo territorio.

―¿Y... qué pasó para que eso cambiara?

―No estuve presente cuando se dio la separación ―dijo cortante. Claramente era un tema del que poco le interesaba―. Sólo sé que ambos planos quedaron definitivamente separados y las interacciones son casi imposibles.

Rin iba a preguntar sobre ese casi cuando cayó en cuenta de que se refería a casos como el que ambos compartían. Conocía cientos de historias sobre seres humanos que iban a parar al mundo de los espíritus ya sea por accidente o por secuestro, además de otros relatos donde son los youkais los que rondan el mundo humano buscando presas a las que llevarse consigo o una manera de regresar a su lugar de origen.

Siempre pensó que el mundo youkai o espiritual era alguna especie de 'más allá', ya fuera un infierno o un paraíso según el tipo de criaturas que lo habitaran. Pero el que fuera una especie de plano paralelo al suyo propio era un concepto que la tenía perpleja.

Estaba más que segura de que podría quedarse horas y horas indagando al respecto, preguntándole a Sesshomaru miles de cosas para saciar su curiosidad, pero de nuevo tuvo que dejarlo de lado a regañadientes. Ya tendría tiempo de saber hasta el más mínimo detalle de ese extraño lugar, lo mejor por el momento era continuar con la conversación ligera para no perder el buen ambiente que intentaba crear para normalizar la situación entre ambos. Así que prosiguió con lo siguiente que llamaba su atención:

―Oye... ¿cómo es eso de que la casa se puede reparar? ¿Lo hace ella sola o viene alguien a hacerlo?

―Es parte del sortilegio que la rodea. El mismo que me mantiene aquí.

―Bueno, eso no es del todo malo ―Sesshomaru le frunció el ceño sin tomarse con gracia el inocente comentario―. ¿Qué? Es cierto. Al menos no tienes que limpiar ni vivir en una casa destrozada.

Sesshomaru apenas le dio la razón con un pequeño frunce en la comisura de la boca, evitando hacer cualquier sonido.

―¿Y la comida? La primera vez que fui a la cocina estaba vacía, pero ahora siempre tiene de todo lo que pueda necesitar. ¿La casa la produce también?

―No, eso es obra mía.

―¿Cómo?

―Di órdenes de abastecer las cocinas para ti. Si hay algún alimento en especial que desees puedes pedirlo.

―¡Espera un momento! ―lo miró incrédula―. ¿Tienes gente que trabaja para ti? ¿Dónde están? Nunca he visto a nadie.

―No viven aquí ―por fortuna, agregó mentalmente. No quería imaginarse cómo sería tener que soportar la presencia diaria de Jaken y sus incansables halagos.

―¿Puedo conocerlos? ¿Cómo son?

―Eventualmente lo harás. Son demonios de río, hasta un ser humano podría derrotarlos ―hizo un gesto disimulado de fastidio mientras se llevaba la taza por primera vez a los labios. Sabía tan diferente a lo que estaba acostumbrado a esas alturas de la vida... y sin embargo, no le desagradó. Rin sonrió con alivio al saber que no rechazaba su humilde ofrenda de paz.

Otra vez hubo silencio entre ellos, uno que la chica aprovechó para organizar mejor sus ideas.

―Es tan extraño estar contigo de esta manera... ―dejó escapar aún con el amago de sonrisa adornando sus labios. Sus manos presionaban suavemente la taza, haciéndola dar pequeñas vueltas para remover el contenido que le quedaba―. Poder verte y hablarte así. Me cuesta acostumbrarme a esto.

―Siempre decías que querías conocerme en persona ―apuntó él con simpleza. Ella asintió lentamente.

―Es verdad. Pero una parte de mí creyó que nunca lo haría. Parecía una posibilidad muy remota en ese entonces, y ahora... ―resopló alzando la vista hacia el pergamino― nada podría ser más diferente.

Sesshomaru bajó la taza de sus labios, pero no dirigió la vista hacia la humana que estaba sentada a su lado. A él también se le hacía demasiado extraño tenerla cara a cara, pero a diferencia de ella, lo tomaba con una absoluta calma. A fin de cuentas era lo que él había querido.

―¿Puedo preguntarte... por qué no me atacaste la primera vez que nos conocimos? ―habló entonces tampoco sin alzar la mirada sino hasta un poco después.

―Me causaste curiosidad ―dijo Sesshomaru con serenidad―. Ningún humano había llegado tan lejos sin intenciones de ocupar este lugar. Además de que podía verte nítidamente, nunca había sucedido eso antes.

―¿Ah, no? ¿Cómo veías a las otras personas?

―Sólo veía su energía. El miedo y ansiedad hace que los humanos sean figuras oscuras sin rostro.

Rin se sorprendió ante esa revelación, y se preguntó secretamente si aquella visión de los humanos le perturbaba en lugar de causarle enojo. A ella también le daría mucho miedo ver su hogar invadido por criaturas tenebrosas sin facciones.

Pero aquella suposición no le duró, pues bastaba sólo darle una mirada ligera para saber que aquel no era un sujeto que se asustaba con facilidad. Tal vez ni siquiera conocía exactamente lo que el miedo significaba, al menos no en ese contexto.

Había tantas cosas que no sabía de él...

―¿Alguna idea de por qué podías verme bien a mí?

―No. Es tan desconocido para mí como lo es para ti.

―Ya veo... ―suspiró―. Entonces te sorprendiste al verme esa primera vez. ¿Pero las siguientes? Probablemente fui un tanto fastidiosa regresando a cada rato intentando hacerme tu amiga ―sonrió nostálgicamente al recordar esa época. Cuando tenía once años era tan inocente... no tenía la más remota idea de qué desembocaría aquel acto de desinterés por intentar ganarse la simpatía de ese espíritu.

―Me acostumbré a ti bastante rápido ―le dijo mirándola por el rabillo del ojo.

―¿Nunca nadie intentó acercarse a ti de esa manera?

―Sólo pretendían exorcizarme o purificarme. Estúpidos ―musitó con desagrado.

―Bueno... pero tiene sentido. Es lo que los humanos normalmente hacen: defenderse y protegerse. Además de que estoy segura de que les diste muchas razones para querer hacerlo ―señaló encogiéndose de hombros. Sesshomaru no dio ninguna respuesta al respecto, pero sí cambió ligeramente el tema.

―Cuando eras niña me temías pero seguías regresando. ¿Por qué?

―Porque de verdad quería ayudarte. Me parecías tan... solitario que me propuse a hacer lo que fuera para ayudarte aunque fuera haciéndote compañía. A nadie le gusta estar solo, y más si tiene que quedarse encerrado ―apretó los puños que descansaban en su regazo. De no haber tenido ese impulso aún estaría en su casa, con sus padres y amigos. Sería una persona normal, no enfrentaría un futuro incierto en un mundo extraño. Sin embargo... de no haber regresado a intentar ayudarlo se habría sentido muy mal. No estaba en su naturaleza abandonar a quienes necesitaban ayuda, y Sesshomaru parecía necesitarla a ella aún cuando él nunca lo dijera―. Supongo que no soy muy normal que digamos ―musitó para sí misma.

―No, no lo eres ―confirmó el demonio, mirando hacia el trozo de cielo rojizo que se asomaba por la ventana alta.

Y el que no fuera una humana ordinaria le alegraba.

―Sigue siendo extraño conversar contigo de esta manera ―suspiró para liberarse de la tensión que sentía acumulada. Extendió la mano hacia él al ver que había acabado el té que le había preparado, colocando la tacita en la bandeja. Ella apenas había bebido de la suya, pero definitivamente se sentía un poquito mejor que antes. Se puso en pie con la bandeja en las manos y también dirigió los ojos hacia la ventana―. Supongo que tendré que acostumbrarme. Gracias por escucharme, Sesshomaru. Esto está tan revuelto... necesito más tiempo para asimilarlo ―musitó para sí mientras se levantaba negando ligeramente con la cabeza. El demonio apenas la vio irse por el rabillo del ojo.

Volvió a fijar los ojos en el pergamino, como si alguna nueva información se hubiera revelado de repente, algo que le hiciera comprender mejor lo que estaba pasando. Pero no, el sutra seguía como siempre, las mismas estrictas palabras escritas con sangre y enfado. Casi podía escuchar las garras de su padre escribiendo ese críptico mensaje, apretando los dientes para no dejar escapar un gruñido de dolor.

Aquel último pensamiento lo tomó desprevenido.

¿Dolor? Eso era algo que no había considerado en realidad. Pero sí... estaba en los trazos, en las mismas simples palabras. Su padre había acarreado un fuerte dolor mientras elaboraba ese pergamino para él y colocaba el poderoso encantamiento en la mansión que antes le había pertenecido.

Pero... ¿por qué su padre habría sufrido en ese momento? Era ridículo. Había vencido en su combate, era él quien mantenía sus títulos y su estatus, era él quien seguía libre. Debía estar orgulloso por su poder, derrotar a Sesshomaru no era una tarea nada fácil, aún cuando el hijo había hecho lo correcto.

¿Lo correcto?

Escuchó los suaves pasos de Rin bajar por las escaleras hasta la planta baja, perdiéndose en su camino hacia la cocina.

La afirmación de que había obrado correctamente cada vez se le hacía un poco más difícil de justificar. Desde que Rin había llegado a él... y más ahora que lo acompañaba de verdad, que podía sentir sus movimientos y percibirla tan cerca, su lógica aplastante de ser él quien mantenía su honor flanqueaba con peligro de desmoronarse.

Rin lo estaba cambiando. Debería causarle una gran indignación, debería deshacerse de ella antes de que fuera demasiado tarde, así como siempre lo recordaba cuando se encontraba deseando su presencia a su lado. Pero ese anhelo secreto más la tranquilidad que le brindaba la chiquilla humana era lo bastante fuerte como para acallar cada argumento que lo llamara a recuperar la razón.

La necesitaba... de una manera que no comprendía. Y aunque no lo comprendiera, no la dejaría ir.

A esas alturas de la vida, cuando todas sus convicciones se tambaleaban, esa última era la única de la que estaba totalmente seguro.

...

Issei despertó en medio de la noche con un terrible dolor en su cuello. Aún sentía las garras invisibles de aquella bestia intentando destruir su garganta y quebrarla en dos. Lo podía sentir en esos dedos aplastantes cuya marca aún permanecía en su piel.

Se acomodó en la cama del hospital lo mejor que pudo, intentando ignorar la incomodidad que el collarín le ocasionaba y cerró los ojos con la intención de conciliar el sueño para intentar ignorar los lúgubres pensamientos que lo asechaban peligrosamente. Más sabía de antemano que sin importar lo mucho que lo quisiera, no lo conseguiría hasta dentro de un par de horas.

Metió la mano debajo de la almohada y sacó su teléfono celular. Se cubrió con la sábana hasta la cabeza para que la luz no molestara al paciente de la camilla de al lado ni a su padre, quien se había quedado con él aquella noche y dormitaba apretujado en el pequeño sillón de dos plazas a un metro de su cama.

Fue hasta el contacto de Rin y presionó la tecla de llamada por centésima vez desde que había sido internado. La mochila y la cámara que la muchacha se había llevado consigo aquel día habían aparecido entre los escombros, pero su teléfono nunca fue encontrado. Ella debía tenerlo encima al momento de ser arrastrada por ese monstruo hacia donde fuera que se la hubiera llevado.

Trancó la fría voz automática de la operadora que indicaba que el número estaba fuera del área y que intentara más tarde. Estaba harto de ese maldito mensaje, estaba harto de estar en esa maldita clínica y estaba harto de todo en general.

Sólo quería que todo desapareciera, restear su vida y comenzar de nuevo. Ya sabía dónde quería reiniciar, en ese maldito día que decidieron que sería una buena idea ir a echarle un vistazo a la casa en medio del bosque.

Si tan sólo pudiera regresar en el tiempo habría evitado que Rin fuera con ellos. Habría estado más atento, habría sido más cuidadoso.

De haberlo sido, Rin aún estaría allí y todo estaría bien.

Rin... pensar en ella era extremadamente doloroso, mucho más que todas sus heridas y el constante recordatorio de lo cerca que estuvo de morir. ¿Dónde estaría ahora? ¿Estaba a salvo? ¿Qué le podría hacer esa bestia ahora que la tenía entre sus garras? Le aterraba pensar en ello, y por más que intentara evitarlo era casi lo único que acudía a su cabeza. Eran tantas las posibilidades aterradoras que manejaba que le era imposible quedarse quieto. Podía estar herida, encerrada, agonizante... muerta... y no tenía forma de saberlo.

La policía había buscado extenuantemente en los alrededores de la casa, recorrieron las viejas instalaciones de arriba hacia abajo, rastreaban el bosque y la montaña sin descanso desde hacía días... y nada. Literalmente había desaparecido en el aire, y con ella, tal parecía que el monstruo también lo había hecho.

No habían registrado ninguna actividad paranormal en la búsqueda, ninguno de los gruñidos, sombras o escalofríos que cada uno de los chicos había experimentado durante el fin de semana había hecho acto de presencia ante los adultos.

Todos habían explicado con pelos y señales lo que había ocurrido ese día, habían dado sus testimonios y presentado sus pruebas. E incluso cuando Issei tuvo la capacidad de comunicarse, habiendo superado su cirugía de emergencia y el terrible dolor en su garganta, hacía dicho todo cuanto Rin le había revelado. No se guardó absolutamente nada, aún cuando le costara hablar y tuviera que escribir en un cuaderno.

No quería que ni un sólo detalle se escapara de las autoridades si con esto podían encontrarla.

Y tal parecía que los mismos investigadores estaban desconcertados con el caso que les había tocado llevar. Más aún cuando ese mismo día habían admitido que, tras someterlos a incontables pruebas a ojos de especialistas, los videos no habían sido alterados de ninguna manera.

Trataban con una situación paranormal y no había ninguna otra manera de verlo. Y eso, precisamente, era lo que más molestaba a varios miembros del equipo que llevaba el caso. Existían conflictos entre los investigadores que creían en la historia y en los que intentaban demostrar que todo era una muy elaborada broma que los chicos llevaban a cabo para su proyecto escolar.

Muchas veces Issei se encontraba deseando fervientemente que eso fuera cierto. Que todo fuera un truco bien hecho y que en unos días todo se viniera abajo. También deseaba que el golpe que se había dado en la cabeza le estuviera cegando la mente de tal manera que alucinara con esa situación imposible, para después despertar de su trance y darse cuenta de que todo fue un sueño.

Rogaba cada noche, cada día, cada hora despertar de su pesadilla.

No sólo era lo que había pasado en la casa, los gritos, el dolor, los gruñidos de aquella bestia invisible... sino la verdadera posibilidad de jamás volver a ver a Rin. De no hablar con ella, hacerle una broma, verla sentada en su pupitre atendiendo la lección como la niñita buena que siempre fue.

Apenas había tenido el valor de enfrentar a sus padres, y no los había visto desde que contó todo lo que le había dicho Rin aquel día tan lejano. En cuanto había terminado su historia y acabaron las preguntas, ambos se le habían quedado mirando con la vista ausente y los rostros pálidos como los de un fantasma.

Si él se sentía destrozado, no quería ni imaginar cómo debían estar ellos.

Sus amigos tenían la decencia de no comentarle casi nada al respecto cuando iban a visitarlo, sino que preferían distraerlo con comentarios de ánimos para que se recuperara pronto, le daban avances de la investigación policial y le aseguraban que todo se resolvería en cuestión de días. También pasaban buena parte de ese tiempo de visita preguntándose por Rin, intentando comprender cómo había llegado a relacionarse con aquel temible espíritu y cómo se las había arreglado para guardar tan bien el secreto.

A todos les interesaba muchísimo su lado de la historia, y por eso no perdían las esperanzas de volverla a ver.

Quizás estuvieran pretendiendo para hacerlo sentir mejor, pues no entraba en su cabeza cómo podían tratar el tema con esa ligereza cuando habían sido testigos de lo que sucedió ese día. Tal vez el trauma les nublaba la visión de la realidad o estuvieran en una etapa de negación. Incluso era posible que una vez pasado el susto, no se lo tomaran en serio.

Issei no tenía idea de cómo podían dormir por la noche.

Las únicas que parecían entenderlo a la perfección eran Haruka, Satsuki y Momoko, la fiel y buena amiga de Rin que siempre estaba de su lado, que siempre le creía y la apoyaba en todo. Entre las opiniones divididas en el caso de la desaparición de Rin, ella siempre se mantenía firme con que aquello no podía ser una broma y trataba el tema con muchísima seriedad.

Satsuki estaba más consternada que nada. Se culpaba por todo, martirizándose con la idea de que fue por ella que habían ido a esa casa. Todo por un estúpido proyecto que la había obsesionado, todo por no prestarle atención a las advertencias de Rin y los demás. Issei no podía estar más de acuerdo con ella, y aún le costaba mirarla a la cara sin querer darle un puñetazo. Lo mismo había pasado con Jiro, y de no haber sido por su delicado estado de salud después de la operación, estaba seguro de que le habría roto un par de dientes.

Y Haruka... Haruka era la que peor lo sobrellevaba. Había llorado tanto que colapsó apenas llegó al hospital el domingo, y desde entonces estaba recluida en una habitación, recibiendo terapia para tratar su estrés post-traumático y sus ataques de pánico. Esperaba de todo corazón que pudiera superarlo algún día, que no fuera un daño permanente que tuviera que acarrear por el resto de su vida.

Issei se reacomodó en la cama tras guardar el celular y apretó los ojos en un intento por no llorar. No había pasado ni una semana desde que todo ocurrió y ya estaba por perder la cabeza. La culpa lo carcomía con tal intensidad que sentía que lo asfixiaba como si ese demoledor agarre jamás lo hubiera liberado en primer lugar.

Repetía incesantemente los últimos momentos, preguntándose qué pudo haber hecho para cambiar las cosas, qué diferencia habría marcado si hubiera hecho algo de otra manera. Tal vez así los padres de Rin no extrañarían a su hija, lanzándole miradas de incomprensión adolorida por no haberles dicho lo que sabía a tiempo; tal vez Haruka estaría en un mejor estado de salud; quizás Satsuki no estaría encerrada echándose la culpa todos los días al igual que él...

Eran tantas las posibilidades que podían existir en el fantasioso mundo de los "hubiera".

Tantas... y seguramente nunca conocería ninguna.

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Bueno, parece que al fin las cosas están mejorando medianamente para el par protagonista. Cuento una conversación civilizada con unas disculpas como un avance, aunque faltan las disculpas de Sesshomaru por ser tan animal. Habrá que esperar sentados para eso xD

Lástima que la buena vibra tras su arreglo se vea opacada por la última escena u.u Aunque Rin haga el esfuerzo por aceptar su destino y adaptarse al verse de manos atadas, para su familia y amigos no será así. Vienen tiempos difíciles para todos: para Rin intentando adaptarse a un mundo extraño, para su familia que no se dará por vencida ante las adversas circunstancias y claro que para Sesshomaru, que toda una vida de soledad no lo preparó para la compañía de la primera humana que realmente le hace cuestionar sus convicciones. ¿Qué puede resultar de este popurrí de emociones? Sólo el tiempo lo dirá.

Me gustaría también tocar rápidamente un pequeño asunto que veo venir entre algunos comentarios: La contrariedad de Rin. Primero está asustada, luego furiosa hasta el punto de casi literalmente mandarlo a la mierda, con su orgullo tan alto que la hace obrar ciegamente. Y luego, unos días después, su actitud cambia radicalmente y se disculpa por ser tan grosera. Hay que recordar que no todas las personas reaccionan igual y muchas veces cuando estamos enojados y tenemos miedo hacemos y decimos cosas de las que luego nos arrepentimos. Aunque en este caso el enfado de Rin está más que justificado, ella también es capaz de reflexionar y darse cuenta de que la culpa no es realmente de Sesshomaru, sino de ella. Quizás haya reaccionado mal y sea ingenua en muchos aspectos, pero me gustaría creer que es lo suficientemente madura como para reconocer su error y dejar su orgullo a un lado para hacer el intento de vivir lo mejor posible de ahora en adelante.

¿Qué creen ustedes? ¿Hay optimismo para alguno de los bandos? ¿Será posible algo de romance entre los protagonistas cuando ya la relación está en la cuerda floja? ¿Qué harían ustedes en el lugar de Rin, podrían alguna vez perdonar a Sesshomaru o estarían más tiempo enojadas como castigo? Espero sus comentarios al respecto.

Muchísimas gracias a las sensuales lectoras que dejaron sus opiniones en la entrega pasada, son un amor y todas han ganado más puntos en su escala de sensualidad. Tienen tantos que ya perdimos la cuenta, pero siguen acumulándose y subiendo como espuma xD ByaHisaFan, DreamFicGirl, MisteryWitch, Kari, Gima2618, Skyler Streat, Rosedrama, Sayuri08, Hooliedanisars, Sara, Kunoichi2518, Laura91ok, Meaow, Aritou, HasuLess, Jezabel, Elenita-Ele-Chan, , Mena, Lau Cullen Swan, Clau28, VanneeAndrea, Floresamaabc, Haru1305, BeautifulButterflyPink, Lizzie, Kikyou1213, Yoko-Zuki10, Danyk, Melinna Sesshy, PalomaLowen1, Alexa Reynoza (Excelente propuesta, Alexa! Me alegra mucho que la lleven a cabo, da gusto ver que hay quienes se preocupan por los animales y se mueven para ayudarlos a ellos y a las comunidades. Mucho ánimo y gracias por todo tu esfuerzo!) Claudy05, Nameless Shinobi, Yarisha, Nani28, Broocklyn, Itza Moon, Leiitakhr, Dmonisa, Marialaurajs, Naho89, y Abigz.

Qué risa que todo el mundo captara la referencia de la mujer ciempiés xD Claro que me fijé del inicio del anime, a mí ese bicho también me causó pavor. El cuervo prehistórico de tres ojos también lo tomé del anime, por cierto xD Lo de la Bella y la Bestia también fue apropósito porque soy muy, muy fan de la peli y debo admitir que aunque no era mi intención que Haunted se le pareciera, sí encontré algunas similitudes entre ambas historias xD

Con respecto a si aparecerán los demás personajes de la serie original... No lo sé. Me da como que en el siguiente pueeeede que alguien entre en escena... quién sabe... (bueno, yo xD)

Un beso a todo el mundo, mil gracias por leer. Espero que hayan disfrutado este capítulo y se animen a dejar sus comentarios. ¡Hasta la próxima semana!

EDIT: Hice algunas modificaciones dos horas después de publicar por si alguien se extraña de la diferencia xD