Disclaimer: El fandom de Inuyasha, su historia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi y los tomo prestados sin fines de lucro.

Haunted
Por: Hoshi no Negai

16. Honor y traición

Issei por fin había sido dado de alta un mes después de estar internado en el hospital. Podría haber salido una o dos semanas antes y continuar con la rehabilitación en la comodidad de su hogar, pero sus padres no quisieron arriesgarse y lo mantuvieron bajo estricta vigilancia médica hasta que no hubiera ninguna posibilidad de recaída.

Pero el chico sabía que tenían otro motivo para eso: temían que en un descuido se escapara y subiera a la casa del bosque a buscar a Rin. No sólo por su delicada condición médica ―pues una fisura en la vértebra podría agrietarse más con el esfuerzo y convertirse en una lesión que lo dejara paralizado o algo peor―, sino porque sabían lo duro que sería para él sufrir de nuevo la decepción de no encontrar a su amiga desaparecida.

Issei lo comprendía y aceptaba muy bien; entendía el dolor que sufrirían sus padres al verlo lastimarse aún más después de todo lo que había pasado. Pero aún así... debía hacer algo que pudiera hacer.

Acarició la cabeza de su corgi que intentaba llamar su atención lamiéndole los dedos cariñosamente, alegrándose de tener al menos a alguien que no lo reprendiera ni se preocupara con exageración por cada pequeña cosa que hacía.

Abrió los ojos al sentir su teléfono vibrando en el bolsillo de su chaqueta. Sacó el aparato y vio con algo de fastidio que la persona que le llamaba no era de quien quería oír. Desde el día del incidente Momoko, la mejor amiga de Rin, había estado muy pendiente de él, visitándolo, llamándolo y mandándole mensajes muy seguido. Al principio le parecía agradable saber que se preocupaban por él, pero ahora su actitud se le antojaba exagerada y molesta. Sabía que ella al igual que sus padres sólo quería tenerlo vigilado para evitar que cometiera una locura.

―Dime, Momoko, ¿qué es esta vez? No estoy haciendo nada arriesgado ―roló los ojos al ver que ni siquiera pudo aguantarse el tono cansino. Al menos ya no le dolía tanto la garganta como antes y podía volver a hablar con normalidad, sólo que no podía subir demasiado el tono de voz y muchas veces tenía que murmurar para evitar tartamudear.

Hola, Issei, ¿cómo te sientes? ¿Llegaste a casa bien?

―Sí, acabo de llegar. Estoy sentado en mi cuarto ―agregó condescendiente marcando que por el momento no tenía intensiones de darse a la fuga en dirección a la mansión en medio del bosque.

Qué bueno, qué bueno... Este... ¿Te importaría si Satsuki y yo te hacemos una visita en un rato? Me parece que tenemos noticias para ti.

―¿Noticias? ―se interesó de repente ante esa última frase. Su perro ladró ante el repentino sobresalto que llevó a Issei a ponerse en pie de un tirón―. ¿Tiene algo que ver con Rin?

Sí... eso parece. Recibimos un mensaje del agente Hachiken que dice que encontraron una carta de ella... de-dentro de la mansión. Vamos ahora mismo a la estación a verla, aunque me parece que sus padres ya confirmaron que es la letra de Rin.

―¿Una carta? ¡Una ca-carta! ¿Están seguros?

No lo sé, Issei, aún no la hemos visto. Podría no ser de Rin, pero según dijo el agente...

―¿Están en la estación? ¡Voy con ust-ustedes!

―Issei, ¿qué está pasando? ―su hermano mayor se asomó preocupado por la puerta al escuchar la conmocionada voz del chico y los ladridos confundidos del perro. Era raro que el primogénito de la familia estuviera en la casa ahora que estaba en sus últimos meses de la universidad, pero en vista de la delicada situación en la que estaba su hermano menor, había decidido tomarse un tiempo de sus estudios para cuidarlo y permitirle a sus padres que continuaran trabajando.

―¡Encontraron u-una carta d-de Rin! Sus padres reconocieron la letra, la tienen en la estación y necesito ir a verla ―resumió bajando la voz para que se le entendiera mejor, sin soltar el teléfono de su oído. Su hermano lo vio impresionado por unos instantes sin saber qué responderle.

―Acabas de llegar a casa del hospital y necesitas reposo, Issei.

―He tenido suficiente reposo, ¡es-estoy perfectamente re-recuperado!

―Sabes que eso no es cierto. Tómatelo con calma y regresa a la cama. Vamos, no lo hagas más difícil.

―¡Tatsuya, por D-Dios! ¿Cómo esperas que me q-quede sentado si encontraron una c-carta de Rin?

―Espero que sigas las órdenes médicas. Cuando te quiten esa cosa podrás salir a tu gusto, pero mientras la tengas puesta harás lo que se te diga ―remarcó duramente. La actitud de su hermano pequeño era fuerte y demandante, y aunque comprendía su exaltación, no podía permitir que sufriera una recaída―. Espera a que la policía te confirme esta información o tus amigos vengan a decírtela ellos mismos. No te quiero fuera de esta cama mientras te recuperas, ya lo sabes.

―Hermano, no exageres.

Hazle caso, Issei ―pidió mansamente Momoko al otro lado de la línea tras haber escuchado todo alto y claro―. Por favor, quédate quieto. En cuanto tengamos salgamos de aquí iremos a mostrártela, pero tu hermano tiene razón. Sabes que Rin se moriría si te llega a pasar algo por su culpa.

El muchacho separó el celular de su oído para darle una desagradable mirada incrédula. ¿Cómo demonios se le ocurría decirle eso precisamente en ese momento? ¡Le daba una noticia buena después de semanas en ascuas y ahora le ordenaba que se quedara en cama como niño bueno! ¿Pero qué demonios...?

―Issei ―Tatsuya llamó su atención un tono inflexible que había heredado de su padre. Siempre habían tenido una buena relación de hermanos, pero el mayor se había llevado tal susto al conocer el estado de Issei que no podía darse el lujo de ser blando con él. Hacer que se recuperara era su prioridad―. Te quedas aquí.

Issei le dedicó una mirada tan dura que rivalizaba con la suya, pero antes de que pudiera decir algo, una punzada en la herida de su cuello le hizo detenerse. Cuando no era la condenada contusión, era la cicatriz de su reciente operación en la vértebra cervical. Aún llevaba puesto un collarín con el cual tendría que vivir unos cuantos meses hasta que su fractura se curara por completo. Su hermano dio un paso al frente indicándole silenciosamente que no daría el brazo a torcer y él, que no podía mover la cabeza sin mover simultáneamente el resto de su tronco por la limitación del collarín, sólo pudo apretar los labios con impotencia.

―Sé que es duro, Issei, pero también es duro para nosotros verte así. Entiéndelo, por favor. Si te llega a pasar algo papá y mamá me despellejan vivo ―agregó en un intento de aplacar el ambiente cargado de amargura.

El muchacho liberó la tensión de sus hombros y mandíbula al ver la expresión triste el rostro de su hermano mayor. Aunque era ahora un tanto más habitual verlo tan preocupado, Issei no terminaba de acostumbrarse a tanta firmeza de parte de alguien que siempre lo había tratado con ligereza y camaradería.

Aún disconforme pero claramente sin ninguna otra salida, se dirigió a Momoko con un gruñido.

―Más les vale no tardar.

Iremos tan pronto como podamos ―le aseguró la chica con determinación.

Cuando la llamada terminó se hizo el silencio en la habitación. Tatsuya seguía mirándolo en son de advertencia al igual que con tintes de tristeza.

―¿Contento?

―No. No tienes idea el susto de muerte que nos llevamos todos cuando supimos lo que te pasó. Por un momento pensé que ibas a morir ―le confesó afectado. Issei esquivó su mirada y se acostó en la cama de brazos cruzados mirando al techo. El corgi se acomodó a su lado reposando la cabeza sobre sus rodillas. Seguramente le daría otro sermón de por qué no tuvo que haber subido a la condenada casa en primer lugar cuando ya le había advertido desde su propia experiencia lo peligroso que era. Pero no, el chico mayor sabía que era lo último que su hermanito quería escuchar―. ¿Necesitas algo? ¿Te preparo alguna infusión, quieres agua, algo de comer...?

―No quiero nada ―lo cortó―. Sólo cierra la puerta cuando te vayas, por favor ―forzó las últimas palabras con desagrado rolando los ojos. Tatsuya decidió que dejaría pasar esa falta de respeto y lo dejó solo. Issei recapacitaría con el tiempo y vería que sólo quería lo mejor para él. Después de todo aún era un adolescente y había pasado por una experiencia traumática. No lo culpaba por estar en guerra con todo el mundo.

Issei aguardó muy quieto y muy impaciente la llegada de Momoko y Satsuki, resoplando fuertemente por la nariz, apretando los puños y frunciendo el ceño como si a eso se dedicara. Veía varias veces el celular, descubriendo que el tiempo pasaba lentamente mientras más consciente estuviera de la hora, y aunque intentó dormir para hacer la espera más llevadera, no pudo siquiera mantener los ojos cerrados por más de un minuto completo.

Al fin, al cabo de una hora con cuarenta y tres minutos ―pues llevaba una cuenta religiosa―, el timbre de la casa resonó e Issei se levantó de la cama cual resorte conteniendo un quejido por el latigazo que había sentido tanto en el cuello como en la cabeza. Sabiendo ignorarlos pues no tenía tiempo para ellos, salió de su habitación con su fiel perrito pisándole los talones. Su hermano le había abierto la puerta a Momoko y Satsuki, además de que con ellas iban Hajime y Jiro.

A los recién llegados apenas les dio tiempo de hacerle un gesto de saludo cuando Issei les indicó que se apresuraran en subir a su recámara desordenada. Los chicos se acomodaron entre la cama, el suelo y la silla del escritorio sin intercambiar más palabras de las necesarias, siempre en murmullos mientras se dedicaban algunas miradas de soslayo.

―Tranquilo, Kenny ―Hajime acarició la cabeza del perro que se le había abalanzado encima con entusiasmo para lamerle la cara, pero su tono de voz distaba mucho a ser ese tan simpático que empleaba cuando jugaba él.

―¿Y bien? ¿Dónde está la carta? ―Issei fue directo al grano sentándose al lado de Momoko en su cama. Tatsuya se había quedado vigilante apoyado en el marco de la puerta, cerciorándose de que todo anduviera en orden. Si el chico de los lentes hubiera estado pendiente de algo más que no fuera Momoko, quien sacaba el fajo de hojas de papel de su pequeño bolso, le habría dicho de un modo poco amable que los dejara solos.

La muchacha pareció dudar por unos instantes, pero terminó extendiéndole sólo dos páginas de todas las que tenía. Antes de aceptarlas, Issei la miró ceñudo en son interrogante.

―Esta es la parte que está dirigida a ti, creí que querrías leerla primero ―le explicó ella con cuidado.

―¿Para mí? Espera, esto es una fotocopia. ¿Dónde está la original?

―Siguen analizándola en la estación. Los padres de Rin también se llevaron una copia.

―Esta es la letra de Rin ―confirmó él al darle sólo un vistazo rápido al puñado de caracteres impresos en el papel―. ¿Las hizo con un pincel?

―Es lo que dicen los policías. Será mejor que lo leas.

Las manos temblorosas de Issei sostuvieron las páginas con algo de aprensión, temeroso por lo que pudiera encontrar. Pero no podía ser tan malo si los demás no se veían consternados. O bueno... ―levantó la vista y la recorrió entre los cuatro chicos que también lo observaban con expectación. Su padre, también, se mantenía atento a su reacción―, no tanto como había pensado al principio.

Issei:

Lamento todo lo que ha sucedido. Lamento no haber confiado en ti lo suficiente como para contarte la verdad desde el principio y por no haberte escuchado aquella vez que me advertiste lo que estaba haciendo. Ojalá lo hubiera hecho, pero ya no hay vuelta atrás.

No te preocupes por mí. Por más extraño que suene, estoy bien. No me tienen encerrada, ni me lastiman o me tratan mal. Sesshomaru es distante, pero muy atento y respetuoso conmigo, así que... aunque hayas visto todo lo que ha hecho... y te haya lastimado... no es así conmigo. De verdad, lo prometo. No tengo razones para mentir en esto, así que te ruego que no te martirices por cómo pueda estar yo.

¿Cómo estás tú? ¿Cómo te sientes? Por favor dime que estás bien. No pasa un día en el que no piense en ese momento... en lo que Sesshomaru te hizo. Le grité, discutimos y casi le salto encima reclamándole por lo que pasó, pero ya no había forma de cambiarlo. Sigo enfadada con él, pero intento dejarlo pasar para no vivir lo que me queda en este mundo con resentimiento.

Sí... no sé si haya forma de volver a casa. Cuando llegué aquí acabé en mal estado ―nada de lo que preocuparse, pero no la pasé bien―, y no sé si pueda regresar. O no sé si él quiere que lo haga. Creo que es lo segundo. Se molesta cuando menciono el tema y todo lo que me dice es que cumpla con mi parte del trato: la vida de ustedes por la mía. No significa que vaya a matarme ni nada del estilo, pero... prometí que haría lo que fuera para que te soltara, y lo que fuera... es quedarme aquí.

Cuando las cosas se calmen más voy a volver a pedirle que me deje volver, pero no sé cómo resulte. Quiero regresar con ustedes, quiero decirles todo esto cara a cara como tuvo que haber sido desde el inicio, pero seré sincera: no puedo prometer nada.

Perdóname. Por favor, perdóname por todo. Sé que sólo pedírtelo es una locura. Entiendo que estés molesto, que me odies y creas que estoy loca ―a veces yo también pienso que estoy demente―, pero no puedo hacer nada más que ofrecerte mis disculpas.

En este punto la letra se volvió algo inestable y la tinta que había usado parecía haberse corrido. Era claro que lloraba a lágrima viva mientras escribía.

Quiero regresar el tiempo... quiero hacerlo todo bien de nuevo. Quiero arreglar las cosas. Santo cielo, lo siento tanto... no merecías nada de esto. No merecías estar a punto de morir, ninguno de ustedes, por las estupideces que hice por intentar hacerme amiga de un inugami. Ojalá hubiera sabido lo peligroso que era... ojalá te hubiera hecho caso.

Lo siento, Issei... de todo corazón. Espero que puedas recibir esta carta y quedes más tranquilo sabiendo que estoy de una sola pieza. He intentado pasar objetos al otro lado, pero no sé la forma. Le pediré a Sesshomaru que me enseñe a hacerlo, ojalá no ponga reparos. Es permisivo en muchas cosas, pero también se molesta con facilidad y no sé hasta qué punto me deje comunicarme con ustedes.

Si esta carta llega a sus manos, entonces todo salió bien.

Es difícil de creer, pero... no es tan malo como piensas. Sé que debes odiarlo y volverás a pensar que estoy demente, pero digo la verdad. Él es... diferente a nosotros. No piensa igual, no siente igual, no ve las cosas como lo haríamos nosotros. Bueno, no es humano... pero tampoco es un monstruo. Aunque nunca lo verás como otra cosa por todo lo que ha hecho... no te culpo.

De seguro todo lo que digo no tiene sentido, estoy escribiendo todo lo que se me ocurre porque no tengo manera de hacer las cosas ordenadamente. Aún no termino de acostumbrarme a las cosas aquí, y dudo que lo haga alguna vez.

Supongo que todo lo que me queda hacer ahora es adaptarme y ver las cosas con calma. Estaré bien, lo prometo. Soy muy ingenua y estúpida por haberme metido en este lío, pero aprendí mi lección. Seré más cuidadosa y siempre pensaré todo más de dos veces antes de actuar, lo prometo.

Espero que te recuperes pronto y no te haya lastimado mucho. Ni a ti ni a nadie. ¿Todos me odian ahora, verdad? Tuve que decirles la verdad... pero no sé si me hubieran creído. Supongo que ahora no les extraña que quisiera detenerlos y luego acompañarlos, ¿no?

Creo que ya no tiene importancia. Lo siento mucho. Nunca dejaré de lamentarme por lo que pasó.

Por favor... dime que estás bien.

Rin.

Cuando Issei terminó de leer se sentía ligeramente mareado y muy cansado. Bajó las páginas hasta su regazo y se quedó en blanco con la vista fija a ninguna parte, ignorando que todos, hasta el perro, le prestaban atención con cuidado. El corazón le latía con mucha fuerza y la garganta se le había quedado totalmente seca. Quería leer más, quería que Rin le escribiera muchísimo más que aquellas simples dos páginas y sentía deseos de recriminarla por eso y mucho más.

Pero en lugar de eso, respiró profundamente y se masajeó el puente de la nariz.

―Así que... esa cosa es un inugami ―carraspeó un tanto incrédulo.

―Es... es lo que dice Rin ―dijo Satsuki desde la silla del escritorio. Como prueba, Momoko le extendió el resto de las hojas. Tatsuya alzó las cejas ante aquella información.

―¿Ya todos lo han leído?

―Los que estamos aquí sí. Después nos gustaría ir con Kazuo, Taichi, Kotaro y Haruka para que no se preocupen.

―Yo iré a decirle a Shizuku esta noche, no estaba en su casa cuando la llamé esta tarde ―añadió Satsuki. Ya le habían quitado los puntos del brazo y le quedó una notoria cicatriz. Jiro, por su parte, aún tenía ojeras de moretones por su fractura de nariz, aunque eran tan oscuras como antes.

―¿Qué dijo la policía? ¿Y los padres de Rin?

―Todos concuerdan que la carta es legítima ―Jiro fue quien habló―. Que la escribió con un pincel y tinta en una especie de pergamino. Encontraron la carta esta mañana en una ronda de vigilancia. Vimos a los padres salir de la estación, pero estaban muy... sobresaltados como para quedarse hablando con nosotros mucho rato.

―¿Y ustedes? ¿Qué creen ustedes?

―Sé que es real ―aseguró Momoko sin siquiera dudarlo―. Esta es su letra y sé que dice la verdad. Es... extraño... increíble y muy difícil de tragar, pero... después de ver los videos... y de ver lo que esa cosa les hizo, no tengo motivo para creer que es falso.

Issei casi tuvo ganas de sonreír. Momoko, la eterna y leal defensora de Rin.

―Además... ―agregó en voz más baja―. Rin es así. Siempre hace de todo para ayudar a quien la necesita sin importar los problemas en los que se pueda meter. Aunque esta vez fue demasiado lejos... sus intenciones siempre fueron buenas.

―Yo también creo que es real ―dijo Jiro―. Después de lo que nos pasó allá arriba y ver a esa cosa no hay manera en la que no lo crea.

―Digo lo mismo. Rin... Rin le habló a esa cosa... no puedo dejar de pensar en eso, nunca lo olvidaré. Hizo que se detuviera y nos dejara en paz. Si ella no hubiera estado ahí arriba no sé qué habría pasado.

―Todo esto es demasiado extraño para mi gusto ―ahora fue Hajime quien intercedió después de Satsuki―, pero también sé lo que vi cuando fuimos a esa casa la primera vez. Todo encaja ―señaló las hojas que tenían Issei y Momoko en las manos.

―En... en el resto de la carta... ¿explica algo más, o son los mismos mensajes para todos?

―Escribió para sus padres y para ti en realidad, y se la pasa disculpándose con todos desde el principio hasta el fin ―explicó la chica sentada a su lado―. También dice quién es este tal Sesshomaru.

―Ah, ¿en serio?

―Sí, toma ―Momoko le extendió el resto de las páginas―. Da miedo. Pero al menos Rin está bien, así que... supongo que es mejor que nada.

El chico tomó el resto de la carta de las manos de la chica y se quedó viendo la primera línea con expresión vacía sin saber cómo sentirse. No leyó nada por un rato largo lleno de silencio, y entendiendo la sutil indirecta, Momoko se puso en pie.

―Creo que lo mejor será que nos vayamos. Quédate con esa copia, tenemos otras.

―¿Qué, nos vamos ya?

―Hay que dejar que lo digiera, Jiro ―contestó Satsuki con un murmullo para no molestar a su compañero mientras imitaba a Momoko y se ponía en pie. Hajime y Jiro hicieron lo mismo poco después y fueron uno tras otro hasta la salida de la recámara para darle algo de privacidad, lanzándole miradas inseguras e inconformes―. Espero que te sientas mejor, Issei... sé que es duro... pero ahora sabemos que ella está bien.

―Rin encontrará la forma de volver, ya verás. Y cuando lo haga nos dará todas esas explicaciones que nos debe ―intentó bromear Jiro para ablandar el ambiente sin mucho éxito.

―Todo estará bien, Issei ―le aseguró ahora Momoko con una sonrisa de ánimos no muy convincente―. Debemos confiar en ella. Por ahora sólo ocúpate de recuperarte y estar en óptimas condiciones. Si llega a pasar algo más vendré derechita a decírtelo.

―Hey... ¿estás bien? ―lo cuestionó Hajime al ver su mutismo absoluto y falta de atención a todo lo que no fuera las hojas que sostenía. Los chicos murmuraban entre ellos mientras desfilaban por el pasillo hacia las escaleras siendo escoltados por el hermano mayor de Issei.

―No lo sé... ―musitó él sin apenas moverse―. Es... es como estar en una pesadilla que no se termina ―musitó por lo bajo con la vista aún puesta en la carta de Rin. Hajime quiso contestarle que lo comprendía y sabía por lo que pasaba, pero no estaría siendo sincero. No había pasado ni visto las mismas cosas que Issei, no había estado a punto de morir a manos de un monstruo violento. No había sido testigo de la súbita desaparición de la chica que más quería.

Así que no, no lo entendía tan bien como él.

Hajime tomó aire y lo dejó ir lentamente por la boca antes de darle un par de palmadas en el hombro como muestra de apoyo a falta de palabras conciliadoras.

―Esto tiene que solucionarse. No pierdas la esperanza ―fue todo lo que consiguió decir. Issei no pudo asentir con la cabeza a causa del collarín, pero apretó los labios para dar a entender que sabía que su amigo tenía razón. Era lo único a lo que podía aferrarse ahora, a aquella prueba de que Rin continuaba con vida y estaba relativamente a salvo.

No se despidió de los demás cuando se marcharon y ni siquiera escuchó la puerta de la casa cerrándose. Se quedó sentado cual estatua inmutable, afianzando el papel como si su vida dependiera de ello. Tras unos instantes de resolución, decidió que debía leerlo de una sola vez; arrancarse la bandita de un solo tajo rápido para evitar el sufrimiento por la expectativa.

Lastimosamente, nada de lo que encontró escrito en aquellas hojas pudo hacerlo sentir mucho mejor.

...

―¡Sesshomaru, por Dios! Te dije que estaba bromeando, ¡bromeando! ¿No sabes tomar un chiste? ¿Cómo se te ocurrió hacerme caso?

―¡Niña malagradecida, insolente! ¿Cómo te atreves a faltarle el respeto al señor Sesshomaru después de todas las molestias que se tomó para encontrar a esta bestia? ¡Grosera! ¡Lo que te falta es un buen escarmiento para que aprendas respetar a los demás! ―le espetó Jaken bien molesto. Rin lo miró de frente alzando las manos como si le pidiera paciencia o una explicación coherente a lo que estaba viendo.

―Técnicamente las molestias se las tomaron usted y sus subordinados, señor Jaken ―contestó ella altiva poniendo los brazos en jarras.

―¡A mí no me llevas la contraria, humana tonta! Nosotros nos encargamos de cumplir las órdenes del amo como si fuéramos él mismo quien actúa, así que nuestro esfuerzo es SU esfuerzo, ¡tonta!

―¡Nada de esto tiene sentido! ―resopló ofuscada y ahora dirigió su atención al demonio perro, que apenas les prestaba atención―. Sesshomaru, ¿por qué me conseguiste esto? Te dije que estaba bromeando, ¿no entiendes los chistes?

―Pediste esta cosa y ahora lo tienes, te dije que concedería lo que fuera que pidieras.

―¡Pues no sabía que te tomabas todo en sentido tan literal! ―volvió a resoplar con mortificación―. ¿Y ahora qué hago yo con un dragón?

―Ese ahora es tu problema, niña tonta. La próxima vez piensa antes de hablar. ¡Y mejor cuida tu lengua frente al amo Sesshomaru! Vaya humana más irrespetuosa que eres, siempre faltándole al respeto...

La chica pasó de largo los comentarios insultantes del pequeño enanito verde, cosa a la que ya se estaba acostumbrando rápidamente, y se fijó en el animal que los secuaces del demonio de río mantenían a raya con cuerdas atadas a sus cuellos.

Sesshomaru le había conseguido el condenado dragón de dos cabezas que, asumía acertadamente aunque aún no lo hubiera comprobado, podía volar y lanzar rayos de algún lado de su cuerpo.

La criatura debía ser todavía una especie de cachorro, porque no era más grande que un potrillo de un par de meses de edad y, al igual que un equino bebé, tenía las patas más largas en proporción al cuerpo. Compararlo con un caballo era lo más acertado para tratar de darle una forma conocida, aunque distaba mucho de parecerse a uno más allá de la estructura básica de su cuerpo y la apariencia de sus dos cabezas de las cuales nacía una abundante crin de color negro.

Su cuerpo estaba cubierto de grandes escamas de un verde oscuro con la parte interna de los cuellos y la barriga arropados en un cuero acolchado amarillento. Sus dos pares de ojos eran grandes y almendrados, con un color amarillo opaco y pupilas de rendija como las de una serpiente. Por cómo se sacudía de sus captores notaba que no estaba del todo contento por estar en ese lugar. Su larga y gruesa cola se azotó contra el suelo en un intento de librarse de quienes sostenían las sogas pero sin mucho éxito.

El dragón siseaba y gruñía desde su llegada, e incluso antes de que Rin bajara hasta el patio para ver cuál era la conmoción del momento podía escucharlo claramente. De sus bocas sobresalían dientes pequeños pero puntiagudos que les recordó a las mandíbulas de los cocodrilos, y sus patas armadas de filosas garras ―tres dedos largos al frente y uno más atrás para las delanteras y sólo tres dedos frontales para las traseras― se clavaban en la tierra marcando profundos surcos en sus sacudidas.

Rin amaba los animales y quería cuidar de toda criatura viva que estuviera en apuros, pero un dragón era demasiado para ella.

―¿De dónde lo han sacado? ¡De seguro se lo robaron a su madre y debe estar furiosa buscándolo! A no ser... ¡espero que no hayan matado a su familia para traerlo aquí! ―se escandalizó al imaginar la escena. Eso podría explicar el por qué del pobre animal para estar tan agitado.

―Humana idiota, no se lo hemos robado a nadie. ¿Que no sabes que los dragones están por su cuenta desde que nacen? No forman manadas ni grupos, este animal estaba solo cuando lo encontramos ―le informó altanero Jaken apuntándola primero a ella y luego al dragón con su báculo de dos cabezas para reforzar su punto.

―¡Pues no lo quiero! ¿Cómo me voy a ocupar de un dragón, por Dios? Además de que el pobre se ve que no quiere estar aquí. Sesshomaru, estaba bromeando... ¡no tenías que tomártelo en serio!

―Después de todas las molestias que nos tomamos para capturar a esta bestia en nombre del amo Sesshomaru, ¿encima te quejas y lo desprecias? ¡Qué cara la tuya! ¡No sé cómo aguanta a esa humana, señor! ¡Es francamente despreciable!

―¡Pero es que no lo pedí en serio! ―repitió de nuevo sintiendo que la cabeza le iba a volar en mil pedazos―. ¿Es que aquí todo el mundo se lo toma todo en sentido literal? ¡Qué rayos!

―¡Tú eres la que se toma las cosas muy a la ligera! Si el amo dijo que lo conseguiría no tenías motivos para burlarte de él o ponerlo en duda.

Rin resopló llevándose una mano a la frente, aquella discusión no llevaría a ninguna parte. Lo mejor era tratar de solucionarlo en lugar de echarle la culpa a alguien más. ¿Qué idea iba a tener ella de que de verdad le conseguiría un dichoso dragón de dos cabezas que vuela y lanza rayos? ¡Maldición! De saber que se tomaba las peticiones tan en serio le habría pedido alguna otra cosa como un unicornio o un hipogrifo.

Aunque en realidad un dragón era mucho más cool.

―Sesshomaru... Señor Jaken, todos... de verdad siento la confusión, no fue mi intención causarle molestias a nadie. Agradezco el buen gesto de traer esta criatura aquí sólo porque la haya pedido ―de broma, quiso añadir―, pero creo que lo mejor será devolverlo a su hábitat. No... no es justo tener a un animal salvaje encerrado.

―¡Pff! Niña dramática, ¿qué importancia tiene? Si el señor Sesshomaru te lo ha entregado, lo mínimo que puedes hacer es aceptarlo, ¡ingrata, grosera! ―reiteró Jaken por décima vez aquel día. Razonar con él no tendría sentido alguno, así que Rin decidió cambiar de táctica y dirigirse directamente al inugami.

―¿No podemos regresarlo, Sesshomaru?

―Dijiste que querías un dragón de dos cabezas.

Rin estaba a punto de estallar. Literalmente. Se hizo la promesa de nunca más hacerle una broma en lo que le quedaba de vida.

―Pero no creo que sea justo para él... pobrecito, no quiero un animal salvaje en cautiverio ―añadió con ojos de cordero degollado, esperando que captara la indirecta. Él más que nadie debería saber cómo se sentía estar encerrado en contra de su voluntad. El demonio al fin pareció entrar en razón y entrecerró los ojos primero en el dragón y luego en Rin.

―Si es lo que quieres... ―dijo al darse la media vuelta―. Jaken, obedece a Rin. Regrésalo de donde lo sacaste.

―¡Pero amo, con lo que nos costó atraparlo...! ¡Si casi le cortamos una pata y le rompimos algunas costillas para someterlo!

―¡¿Que hicieron QUÉ?! ―Rin dio un salto del pórtico hasta el jardín para llegar hasta el animal que los pequeños demonios mantenían atado. El dragón le siseó como esperando que lo atacara y siguió con la mirada el camino de Rin mientras bordeaba su cuerpo para examinarlo ignorando sus amenazas silentes. Jaken tenía razón, el pobre tenía un tajo profundo en una pata trasera a la altura de la rodilla y, cuando palpó su costado del lado izquierdo notó que se sacudía y quejaba con más fuerza.

En los problemas que había metido a esa criatura sólo por hacer un comentario gracioso...

Apretó los labios con aprensión y acarició con cuidado el cuello izquierdo, rascando en el nacimiento de la crin para intentar calmarlo. El animal se fue quedando paulatinamente estático mientras las caricias continuaban, seguramente extrañado por la primera muestra de afecto que había recibido en su corta vida.

Los secuaces de Jaken dejaron de hacer fuerza en las correas cuando el dragón se quedó quieto disfrutando la atención. Rin se paró frente a él mirándolo calmadamente a los ojos sin dejar de hacerle cariños a ambas cabezas, musitando suaves palabras para calmarlo.

―Perdona que te hayan lastimado, bonito... Pobrecito, la que te ha tocado ―le dijo. El animal no le quitaba sus grandes cuatro ojos de encima, examinándola curiosamente. Incluso sus pupilas se habían dilatado un poco en señal de agrado y su cola se sacudía lentamente como la de un gato. Era muchísimo más manso de lo que había creído en un principio.

Oh, no... no otra vez.

Y... me encariñé con él.

Mierda.

Soltó un resoplido de resignación y sacudió la cabeza sin más remedio.

―Supongo que tendrá que quedarse hasta que se recupere de sus heridas. No podría soltarlo sabiendo que va a pasar trabajo.

―Pero qué indecisa eres ―se quejó Jaken―. ¿Qué hacemos con él, amo Sesshomaru?

―Obedece a Rin, Jaken.

Jaken apretó la mandíbula tragándose su desagrado y tuvo que conformarse con darle una feísima mirada a la muchacha que consolaba al dragón.

―Disculpen, ¿qué le puedo dar de comer? ―preguntó en voz baja para no alterarlo. Los sirvientes del demonio de río se quedaron algo extrañados de que se dirigieran a ellos directamente, pero en vista de que Jaken intentaba ganarse la atención de Sesshomaru para continuar con sus reclamos, tuvieron que responder.

―Puede comer de todo, señora ―dijo el demonio más cercano. ¿Señora? ¿Me veo tan mayor como para que me llamen señora?

―¿De todo? ¿Frutas, carne... hasta pasto?

―Sí, señora.

―Vaya, eso facilita las cosas. Eres tan lindo... ―siguió rascando detrás de las orejas consiguiendo que el dragón bajara considerablemente ambas cabezas con todo el gusto del mundo. A Rin se le salió una risita cuando lo vio entrecerrar los ojos y soltar un bufido parecido a un ronroneo―. Oh, cierto, ¿saben qué es? ¿Macho o hembra?

―Es macho, señora.

―¿Cómo lo saben?

―Las hembras no tienen anillos en la cola ―señaló el hombrecillo con su voz aguda y rasposa. La chica se asomó sin dejar su labor y constató que la larga y gruesa cola tenía varios anillos de marrón oscuro de un extremo al otro.

―Ahora sólo debo buscar algo de corteza y hojas de abedul para tratar esa herida. Quizás prepararle un ungüento de aloe no estaría mal ―se dijo a sí misma viendo la parte del bosque que estaba expuesta al otro lado del muro. Al menos tenía bastantes abedules por ahí, pero tenía miedo de que las propiedades curativas que ellas conocía de esa planta no fueran útiles para tratar a un dragón―. Quizás para la inflamación por sus costillas rotas debería usar sauce... y árnica. Y también necesito algo para el dolor que debe sentir, algún sedante... Uf, necesito una farmacia.

―El sauce blanco sirve para el dolor, señora ―la ayudó el mismo hombrecillo.

―Oh, es cierto, tienes razón ―le sonrió agradecida―. ¿Saben si por aquí hay sauces blancos o árnica? No recuerdo haber visto ninguno de esos la última vez que salí.

―No, señora, no crecen por esta zona.

―Rayos... ¿Y el aloe?

―Tampoco, señora.

―Bueno... abedul para ti, amiguito. Espero que te funcione.

―Si usted quiere, señora... ―comenzó el pequeño demonio viendo dubitativo a sus compañeros por un momento―, si usted lo ordena podríamos traerle lo que necesite.

―¿Qué? ¿Hablas en serio? Pero... no los quiero meter en problemas, no creo que al señor Jaken le haga gracia que les pida favores ―comentó viendo furtivamente hacia el mencionado que seguía intercambiando palabras con un inugami muy poco interesado.

―Si usted se lo pide al amo Sesshomaru el señor Jaken no tendrá nada de lo que quejarse ―le dijo inteligentemente. Rin parpadeó varias veces sorprendida por la idea, pero aún así no estaba del todo convencida.

―¿A ustedes no les importaría?

―Si son órdenes no tendría que importarnos, señora.

―No sería una orden. No quiero ordenarles, preferiría pedírselos y pagárselos de alguna forma ―ante eso el grupo de demonios de río se escandalizaron y la miraron con sus grandes ojos amarillos a punto de salirse de sus cuencas―. ¿Qué, qué dije?

―No buscamos compensación, señora, sólo cumplimos órdenes. Si el amo lo ordena, nosotros cumplimos.

Rin estuvo a punto de replicar que aquello no le parecía justo, pero cerró la boca antes de que la primera palabra se le saliera. Debía recordar que aquel no era su mundo y aquellos no eran humanos, no existían las mismas reglas y ella no tenía que intervenir en eso.

Bueno... quizás no debía intervenir, pero siempre podía agregarle su propio toque.

―De acuerdo, si ustedes dicen que no tienen problema entonces supongo que no pasa nada. Gracias por la ayuda ―hizo una corta inclinación―. ¿Cómo te llamas?

―¿Yo? Mi nombre es Han, señora.

―Un gusto, Han, puedes llamarme Rin si quieres. Voy a avisarle a Sesshomaru entonces, ya regreso.

Los diablillos de río se quedaron extrañados ante la mujer humana que se dirigía como si nada al gran inugami e ignoraba a su líder el señor Jaken. Habían escuchado historias de humanos muy estúpidos con mente no muy superior a la de un animal común, sobre su prepotencia y egoísmo que ocasionaba incesantes guerras. Pero viendo a esa mujer más de uno se preguntó si las historias habían pintado mal a los seres humanos o era ella en particular la que no encajaba en el modelo.

Sólo bastaron unas palabras bien puestas por parte de la humana para que la orden fuera pasada fríamente a Jaken y a sus subordinados. Refunfuñando por tener que cumplir los deseos directos de la chiquilla malagradecida, aquella división del clan de demonios de río partió a su nuevo objetivo. Si todo iba bien, regresarían al caer la noche con abundante cantidad de plantas medicinales para la mujer. Y aunque Jaken lo encontrara raro y los recriminara, los hombrecillos se asegurarían de cumplir muy bien con su trabajo y llevarle provisiones más que suficientes.

Después de todo, nadie nunca se había dirigido a ellos con tanto respeto y consideración. El cambio era bien recibido.

...

Algunos días pasaron y con ayuda de los hombres de Jaken, las heridas del cachorro de dragón habían comenzado a sanar satisfactoriamente. Los demonios le habían explicado cómo elaborar los remedios medicinales típicos para cada herida y de cada planta en específico, y aunque Rin conociera bastante bien cómo apañárselas con las medicinas naturales ―gracias a vivir en el campo y estar rodeada de agricultores, por supuesto―, agradeció de todo corazón cada nuevo conocimiento que los demonios parecían darle con gusto.

Para compensarles su duro trabajo y altísima paciencia para con ella, les dejó preparado un buen banquete con toda la comida que no se había llegado a comer antes de que renovaran las provisiones de la cocina. Jaken se quejó, por supuesto, pero aunque los demás no lo expresaron en voz alta, quedaron gratamente asombrados por el gesto de la humana parlanchina que siempre daba las gracias.

Bajo su cuidado, el pequeño dragón aprendió a confiar en ella en cuestión de horas, y al cabo de dos días, dejaba que Rin limpiara su herida y le diera los medicamentos sin poner mucha resistencia. Incluso estiraba ambos cuellos pidiendo mimos cada vez que iba a verlo a primera hora de la mañana y se despedía de él al anochecer. Como no había un establo en el que meterlo, había dispuesto de los cuarteles de los sirvientes en el ala sur; un conjunto de habitaciones apartadas de la estructura principal que estaba al lado de la cocina. Sesshomaru le había dicho de manera contundente que no quería el animal dentro de la mansión en ningún momento, pero Rin sabía que era cuestión de tiempo para que esa norma quedara suspendida en el aire. Si había conseguido colar a tantos animales en su casa pese a los gritos de su madre, podía entrenar a un dragón cariñoso para que fuera todo un modelo de comportamiento y tuviera permitido ir al interior.

Aquel era un bonito día de verano, ni muy caluroso ni muy fresco como para pensar en la temprana llegada del otoño. Habían tenido una suave brisa que removía el calor del suelo y se deshacía de él para traer un par de grados menos en la escala de temperatura. Rin había pasado casi toda la mañana ocupándose de Ah-Un, dándole de comer grandes cantidades de verduras y pescado, y justamente ahora acababa de dejarlo pastando en el patio sur después de revisar su pata y sus costillas.

Se pasó la manga de su kosode por la frente para retirarse el sudor y decidió que necesitaba con urgencia un cambio de ropa y algo de agua para limpiarse. Podía no hacer un calor de los mil demonios como solía hacer en verano, pero tanta actividad física ―más tener que limpiar las enormes gracias del dragón, agradeciendo el alto contenido de fibra que consumía que hacía que no oliera peor― la había dejado pegajosa y asquerosa.

Además de que necesitaba hablar un momento con Sesshomaru, y si accedía, saldría con él, por lo que no quería que la viera oliendo a mono sudado. Quitó la molesta idea que le picoteó el cerebro al darse cuenta de la importancia que le daba a encontrarse presentable ante él. No es cuestión de verme guapa, es cuestión de estar limpia, rectificó para sus adentros mientras se metía en el cuarto de baño después de seleccionar una yukata celeste nueva que ponerse.

Tampoco era para tanto, siguió pensando cuando ya estaba secándose, molesta por aquella idea estúpida y bochornosa que se rehusaba a dejarla en paz. Le pediría que la acompañara a buscar más corteza y hojas de abedul para Ah-Un ―el nombre poco original que le había puesto a cada cabeza, puesto a que su padre era el creativo con los nombres y ella siempre prefería que diera él las opciones en lugar de colocar nombres tontos―, ni que fueran a tener una cita o algo.

Pff, una cita con Sesshomaru, se rió al sólo pensarlo. Más loco no podía sonar. Bien que se estuviera comportando mejor con ella las últimas semanas, pero no había que exagerar.

Acabó de vestirse y salió del baño sintiéndose fresca como una lechuga, sacudiendo las puntas de su largo cabello para quitar los últimos rastros de humedad que quedaban en él. Así fue subiendo hasta el último piso, la guarida habitual de Sesshomaru, ante su falta de tener una habitación propia en ese sitio.

Tal parecía que su odio por la mansión era tan grande que nunca se molestó en conseguir un sitio al que llamar suyo propiamente dicho. Rin se había sorprendido al saberlo, pero tras algunas insistencias para que se apropiara de una habitación, supo desistir ante su clara falta de interés. El ático era su habitación aunque estuviera totalmente vacío, y no parecía tener intención alguna de cambiarlo.

Otra razón por la que suele estar de malhumor, supongo.

―¡Buenos días, Sesshomaru! Oye, ¿te importaría si me acompañas a...? ―se quedó con la palabra en la boca al ver que le estaba hablando al aire ya que el demonio no estaba ahí. Se desinfló ante el fiasco y fue hasta la ventana, esperando tener la suerte suficiente como para al menos encontrarlo por ahí. Pero no. Seguramente había salido a luchar de nuevo o tenía alguna ocupación qué atender.

Se debatió si quedarse a esperarlo a que volviera o simplemente ir a hacer alguna otra cosa y regresar más tarde. Tenía varias ocupaciones ahora, de hecho. Entre confeccionar piezas de ropa moderna ―como la ropa interior y algunos pantalones, por ejemplo―, preparar la siguiente comida de Ah-Un, ir a vigilarlo, lavar ropa o ir a hacerse su propio almuerzo tenía una agenda algo apretada para ese día.

Pero aún estaba cansada de sus andadas de las horas anteriores por haber estado cuidando al dragón, por lo que resolvió que no tenía nada de malo esperar al inugami ahí arriba mientras descansaba un ratito. Si no regresaba en quince o veinte minutos bien podía bajar y ponerse al corriente con sus tareas.

Respiró profundamente y se desperezó con soltura mientras daba un par de pasos para admirar la amplia estancia. ¿Cómo era que Sesshomaru no se mataba de aburrimiento estando ahí arriba sin hacer nada? Un misterio más de ese mundo, se dijo. Lo único que el demonio tenía en ese lugar era el pergamino pegado a la pared, ese sutra enorme con su llamativa tinta roja que escribía palabras a las que ni siquiera encontraba pies ni cabeza.

Miró hacia ambos lados con cautela antes de acercarse de puntillas.

Siempre le había causado curiosidad, pero había dejado de hacer preguntas al respecto desde hacía mucho tiempo. Ahora que lo recordaba, antes de llegar a ese lugar no le había vuelto a preguntar sobre el pergamino desde que era pequeña, pues siempre esperaba el momento adecuado para interrogarlo al respecto. Sesshomaru le dijo que le contaría el por qué de su encierro eventualmente, pero... ¿cuándo sería eso?

Se acercó hasta tener un trozo de las palabras inentendibles a sólo un palmo. Intentaba averiguar qué eran exactamente, qué decían y qué era esa tinta. No era normal, era sobresaliente y algo aceitosa, como pintura de óleo... sólo que diferente.

Extendió la mano, pero antes de rozar los trazos con la yema de los dedos dio un último vistazo inseguro sobre su hombro y agudizó el oído en caso de que Sesshomaru estuviera subiendo las escaleras. Esperó unos segundos con el corazón latiéndole a toda máquina y no pasó nada. Exhaló para librarse de la tensión que crispaba sus músculos y volvió a centrarse en el extraño sutra.

Sus dedos se posaron cuidadosamente sobre el trazo vertical y enredado, con una delicadeza tal que parecía temer que se rompiera si presionaba más de lo debido. Un cosquilleo se apoderó de las yemas de los cuatro dedos con los que acariciaba la pintura y lo atribuyó a los nervios de verse pillada. Sesshomaru se molestaría muchísimo si la descubría ahí arriba profanando el objeto que más protegía de toda la casa.

¿Pero qué rayos tenía de especial? Por un momento recordó la película de La Bella y la Bestia, específicamente la parte en la que la Bestia resguarda celosamente la rosa encantada. ¿Sería el pergamino algo de ese estilo? Era de lo que Sesshomaru más se rehusaba a hablar: el pergamino y su confinamiento. Ni siquiera aceptaba preguntas sobre la barrera, no más de las que ya había respondido aquel día que el grupo de monstruos casi la mata.

Eso y también aquella primera vez que se comunicaron donde él le afirmó que el pergamino estaba relacionado a su encierro. ¿Cómo pudo haberlo olvidado?

Quizás... si lograba desmontarlo podría romper esa barrera de una vez por todas.

Se trataba de una idea alocada y muy repentina, pero la veía ciertamente predecible. ¿De qué otra forma podría verlo si no era de esa? Tal vez Sesshomaru no había podido quitarlo nunca, y por ende no podía salir. Tal vez... un demonio no podría quitarlo.

Bien podría al menos intentarlo, ¿no? Si lograba desprender al menos una esquinita iría corriendo hasta Sesshomaru y le explicaría lo que había pasado, preguntándole si debía continuar. Sí, ¿qué tanto daño podía hacer? Posiblemente hasta se lo agradecería y la dejaría volver a casa si lograba hacerlo salir de la dichosa mansión.

Sin quitar la mano del trazo que acariciaba, estiró la otra e intentó rascar la esquina superior izquierda con la uña. Sólo que no podía hacer nada.

―¿Qué demonios...? ¿Cómo funciona esto? ―era como si el pergamino no estuviera pegado en la pared, sino más bien formara parte de ella. Siguió rascando con insistencia pues era imposible, la textura era diferente y la madera no podía transformarse así como así en un pedazo de papel. Siguió por unos segundos más, frustrada como si buscara el inicio de un rollo de cinta adhesiva y no tuviera uñas con la que sacarlo―. ¿Pero qué rayos usaron aquí, pegamento industrial?

Profirió un bufido y decidió que no se dejaría vencer por un condenado pergamino. Probó con la esquina de abajo y apoyó la otra mano completa mientras recorría el borde del papel buscando un espacio donde no estuviera tan bien pegado.

Y al hacerlo casi gritó.

La palma le comenzó a arder de una manera insoportable. Era como si la hubiera puesto en una estufa que se calentaba cada vez más, y por más que intentara retirarla era como si también se hubiera quedado pegada. Tiró de su muñeca con la otra mano en un intento desesperado, ahogando gemidos al ver que sus dedos se enrojecían por el dañino contacto.

―¿Qué es esto? ¡Dios, cómo duele! ¡Despégate, maldita sea! ¡Sesshomaru...! ¡Sesshomaru, ayuda!

Pero justo cuando terminaba de decir la última palabra, sus ojos se nublaron y sintió que era empujada violentamente hacia la pared.

Ya no podía gritar, hablar o siquiera moverse. Tenía el cuerpo entumecido como si lo hubieran comprimido por horas. Se animó al abrir los ojos al sentir esa sensación de cosquilleo bajo la piel, una muy similar a cuando había ido a parar a ese mundo por primera vez.

¿Habría...? ¿Habría regresado al mundo humano?

Sus ojos se abrieron de par en par y se encontró en la misma habitación. Parpadeó varias veces ante la fuerte cantidad de luz que entraba por las ventanas, como si aquel fuera el día más claro y soleado de la historia.

No podía estar en su mundo, el ático no se veía igual. Estaba reluciente sin una mota de polvo o humedad en las paredes, ni ninguna prueba de maltrato del tiempo con el pasar de los años.

Le bastó sólo un segundo más para darse cuenta de que tampoco podía estar en el mundo en el que habitaba actualmente. El pergamino no estaba.

Sus músculos reaccionaron entonces ante el vacío de su estómago, ese mismo que da cuando te saltas un escalón por accidente. Pero en lugar de perder un escalón, caes a la nada. Así se sentía Rin, con el temblor bajo la piel, los vellos erizados y la garganta rasposa. Y fue peor cuando escuchó un grito proveniente de la planta baja.

¡Personas! Esas tenían que ser personas humanas, ¡probablemente podrían ayudarla! Sin siquiera pararse a pensar en por qué podrían estar gritando, corrió escaleras abajo hasta el tercer piso sospechosamente vacío. Los ruidos venían de más abajo y no tardó en identificarlos. Su malestar se incrementó al notar que eran gritos de terror, y junto a ellos se escuchaban llantos y pasos apurados de gente corriendo.

Apretó los puños y se armó de valor, resolviendo que no era correcto quedarse escondida ahí arriba sin hacer nada.

Llegando al segundo piso vio personas ataviadas en atuendos muy anticuados y pomposos para su gusto, con tantas capas que se preguntaba cómo podían correr sin tropezarse. A juzgar por el estilo de sus túnicas podría juzgar que estaba en la era Muromachi o quizás iniciando la era Sengoku.

―¡Disculpen! ¿Alguien me puede decir qué está pasando? ―preguntó alto y claro, pero fue ignorada como si ni siquiera estuviera ahí. Vio un par de mujeres mayores correr entre sollozos escaleras abajo, murmurando entre ellas palabras que no logró comprender. Los gritos continuaban, y las personas que quedaban parecían estar o saqueando la mansión o llevándose los objetos de valor para que no sufrieran ningún daño.

―¿Pero por qué está haciendo esto? ¡Es una locura! ¡Y tenía que ser ahora que el gran señor no está! ―lloró un chiquillo que parecía ser un poco menor que ella.

―¡Sólo corre, no te detengas! No dudará en matarnos si nos ve ―lo apuró un sujeto con muchas canas en su peinado anticuado algo descuidado por el agite del momento.

―¡Pero la señora, la señora está abajo con él! ¡No podemos dejarla! ―replicó una anciana consternada. Rin tuvo el impulso de ir a ayudarla, pero ya alguien más se le adelantó y la forzó a seguir andando.

―No hay nada que podamos hacer por nuestra señora, los guardias se encargarán de todo. Ella nos dijo que corriéramos y eso vamos a hacer ―le espetó una dama de apariencia aristocrática―. ¡Toma lo que puedas y corre antes de que el joven señor lo destruya todo!

―¡Pero nuestra señora...!

―¿Pero qué está pasando aquí? ¿De qué corren? ―cuestionó ella aproximándoseles, esquivando a las demás personas que corrían por ese pasillo. Antes de poder llegar al centro del pequeñísimo grupo que se había quedado parado, éste se disolvió y se puso en marcha de nuevo. Rin lo vio alejarse sin comprender nada.

Los hombres y mujeres corrían a su alrededor sin prestarle atención, vaciando el piso como si la peste les pisara los talones mientras los gritos continuaban. Parecía que en la planta baja se llevaba a cabo una batalla y nadie quería estar ahí para verla.

Bajó corriendo al igual que los demás sin dejar de preguntar qué sucedía cada vez que tenía la oportunidad. Por un momento creyó que alguien le respondería, pero aquellas personas parecían estar tan aterradas que no tenían ojos ni oídos para nada más.

Un estruendo sacudió la mansión casi haciéndola caer hasta la base de las escaleras. Un hombre joven no tuvo tanta suerte y cayó rodando ganándose un fuerte golpe, pero nadie parecía reparar en él y siguieron corriendo en cuanto el temblor acabó.

―¿Se encuentra bien, señor? ―Rin fue la única que se preocupó en ver cómo estaba, pero cuando se agachaba para tomarlo del brazo y ayudarlo a levantarse, se dio cuenta de que había intentado tomar a la nada. Su corazón se detuvo una milésima de segundo y volvió a intentar. No, no podía tocarlo, era como si estuviera hecho de humo o fuera un holograma. No sentía nada cuando lo atravesaba y obviamente él tampoco, pues se puso en pie dando tropezones y pasó a través de ella como si nada.

Estoy en un recuerdo, se dijo súbitamente. Claro, por eso nadie la veía ni escuchaba y por eso todo el mundo estaba vestido de aquella manera típica de la era medieval.

Bueno, al menos así lo que sea que esté atacando la casa no me podrá hacer daño, se consoló amargamente, pero ni siquiera así logró aplacar el desasosiego. El pergamino debía estarle proyectando lo que sea que había sucedido el día que fue colocado, la posible razón por la que Sesshomaru estuviera encerrado ahí.

Corrió entre las personas sin preocuparse en esquivarlas, buscando la fuente de todo el estruendo, golpes y ruidos. Mucha gente había abandonado el lugar para entonces, dejándola casi totalmente sola.

Desafortunadamente no le costó encontrar el origen de la confrontación. Cerca del patio sur, casi saliendo por el módulo externo, un grupo ajustado de los que parecían ser guardias se mantenían en círculo rodeando al que seguramente era el atacante. Fue corriendo hasta ellos para ver, notando que no se trataba de seres humanos. Extrañada, pues estaba segura de que las personas que habían estado corriendo como locas eran humanos, los detalló con cuidado. Marcas en la piel, orejas largas, cuernos, cabellos de colores, cuerpos más grandes y musculosos que cualquier hombre promedio... sí, eran youkais, no cabía duda.

Se habría tomado su tiempo para descubrir las peculiaridades de cada individuo y tratar de adivinar a qué especie pertenecían, pero no le dio tiempo. La exótica variedad de los guardias quedó en segundo plano en cuestión de segundos.

Una veintena de ellos se cerraban dándole la espalda a algo buscando protegerlo mientras que otros se abalanzaban... contra Sesshomaru.

Se llevó una mano a la boca creyendo que si no lo hacía, el alma se le escaparía de un respingo. Un Sesshomaru definitivamente más joven ―adolescente, remarcó―, luchaba sin esfuerzo alguno contra todo aquel se le acercara, partiéndolo en dos o mandándolo a volar sólo con el uso de sus garras. Por su expresión aburrida parecía que ni siquiera le costaba trabajo.

Las tripas le dieron una sacudida estremecedora al no poder reconocerlo como el inugami con el que llevaba viviendo las últimas semanas. Era notable su juventud con el rostro un tanto más redondeado, menor estatura y musculatura, mandíbula suave y cabello por la media espalda a diferencia de su versión adulta, que lo llevaba hasta las rodillas. Pero el cambio más radical que la dejó sin aliento era aquel aire que lo rodeaba. Era frío, cruel... vacío. Era un verdadero demonio sin un ápice de la compasión que le había demostrado antes, sin un gramo de su amabilidad o el rastro de calidez que sabía que tenía a pesar de que lo ocultara bajo una capa de indiferencia.

Aquel era el inugami digno de todos los relatos de terror que se contaban sobre la casa maldita.

Se quedó paralizada viéndolo asesinar a sangre fría una y otra vez hasta que sus contrincantes desaparecieron. Ahora sólo quedaba el grupo de media docena de soldados, que cerraban aún más su formación alrededor de lo que intentaban proteger de las garras de Sesshomaru.

―No lo haga, joven amo ―intentó disuadirlo uno de los hombres mientras apretaba el mango de su lanza con valentía―. No quiere hacer esto y enojar a su padre.

―¿Quién te ha dicho que no es lo que quiero? ―apenas curvó la comisura de sus finos labios en una sonrisa cruel, y antes de que los guardias pudieran reaccionar, ya habían sido arrancados violentamente de sus lugares. El último de ellos, precisamente el hombre de cabello rubio que le había hablado, dio un grito de guerra mientras cargaba contra el inugami. Pero sólo bastaron un par de movimientos de su mano para despacharlo como a los demás, haciéndolo pedazos.

Sólo quedaba una última persona con vida entre ese mar de sangre y cadáveres, y el nudo en el estómago de Rin se apretó muchísimo más al darse cuenta de que era una mujer. Una hermosa y joven mujer, vestida tan elegantemente que parecía una princesa. Su largo cabello negro caía por todos lados, y sus grandes ojos castaños miraron al demonio intentando contener el indudable terror que la invadía. Se puso en pie y lo encaró valientemente, apretando los brazos en su pecho ocultándole algo.

Rin escuchó el ahogado llanto de un bebé provenir de ese preciso punto.

―Joven Sesshomaru, por favor... esta no es la manera...

―Cierra la boca, no me interesa nada de lo que tengas que decir ―le espetó él duramente, alzando las garras en su dirección―. Nunca tuviste que haberte cruzado en su camino. Eres una deshonra, tú y ese híbrido que escondes.

―Por favor... entiendo que esté enojado, pero él no tiene la culpa de nada ―suplicó cerrando los brazos con más fuerzas, enterrándolos en su pecho como si así pudiera crear un escudo para su bebé. Rin estaba tan impresionada que ni siquiera podía parpadear―. No lo lastime, por favor... máteme a mí, pero no a él.

―Es precisamente por él que he venido ―continuó el demonio con fría calma―. Has creado una abominación a costa de mi padre. Entrégamelo. Si lo haces puede que te deje vivir un poco más.

―¡No! ¡Eso nunca! ¡Por favor, joven Sesshomaru! ―la dama comenzó a titiritar en un intento de contener el llanto que se asomaba por su garganta y ojos, quebrando su voz. No bajaba la cara ni se echaba a correr, no cabía dudas de que era una mujer valiente y con dignidad―. Hable con su padre, ésta no es la forma... el pequeño no tiene la culpa de haber nacido, no es culpa suya...

―¡Guarda silencio! He hablado con mi padre, no hay manera de hacerlo entrar en razón. Por eso he venido a limpiar su honor. Si ti ni esa cosa... ―pero no terminó su oración, en cambio, sus ojos se entrecerraron y alzó un poco más la mano. Sus garras y mangas estaban cubiertas de sangre y no tardaría en darles una capa nueva de ese carmesí―. Esto no debe continuar. Ha sido suficiente.

―¡InuTaisho...!

―¡NO, SESSHOMARU!

Y sin ni una palabra más o una advertencia, el demonio agitó su mano creando un látigo de luz. La mujer apenas pudo darse la vuelta y encogerse a sí misma para recibir el impacto en su espalda y proteger a lo que resguardaba con tanto ahínco en su pecho. No logró siquiera proferir un grito de dolor cuando recibió el golpe que le abrió la carne y la tiró al suelo, matándola en el acto. El llanto del bebé se detuvo en cuanto el cuerpo de la dama se desplomó.

El brazo de Rin tembló ante la horrible visión. Su grito jamás había sido escuchado y no existía manera de arreglar las cosas. Respirando hondamente se acercó con pasos tambaleantes hasta la mujer, aquella joven que parecía tener su misma edad y se había mantenido firme hasta el final. Y su bebé... oh por Dios, su bebé...

Cayó de rodillas a su lado ante la impotencia y dirigió sus ojos cristalizados hasta Sesshomaru, quien miraba el cadáver con indolencia mientras daba un paso hacia ella y levantaba el brazo una vez más para asegurarse de dejarla muerta.

Pero nunca tuvo la oportunidad de hacerlo.

―¡IZAYOI! ―retumbó una voz atronadora por toda la casa. Sesshomaru no había terminado de virar la cabeza cuando fue apartado de un demoledor golpe por el recién llegado. Rin se hizo hacia atrás y por un momento pensó que aquel nuevo personaje también la mandaría a volar.

Un hombre se arrodilló ante el cadáver de la mujer, tomándola en brazos mientras la examinaba con los ojos abiertos de terror. Era un sujeto que no aparentaba más de treinta años; alto, de piel tostada y largo cabello blanco atado en una coleta alta. Iba con una imponente armadura de espinas que cubría sus brazos hasta los codos y todo su torso, más una capa peluda muy parecida a la estola de Sesshomaru. Su ropa estaba ligeramente sucia con algunas manchas de sangre y parte de su armadura rasguñada le indicaba que no había llegado a tiempo por haber estado luchando en algún otro lugar. Ausencia que el demonio más joven tuvo que haber tomado en ventaja para empezar su ataque.

Sus ojos dorados, destrozados por la desgarradora impresión bajo aquellas cejas oscuras y tupidas terminaron de afirmar sus sospechas: era el padre de Sesshomaru.

Y aquella mujer humana debía ser su esposa... y ese bebé, su hijo recién nacido. El medio hermano de Sesshomaru. El hermano menor... asesinado en brazos de su madre a sangre fría por el mayor.

―Izayoi, no... amor mío, no puede ser... Por favor, despierta... ―musitó el recién llegado, dejando en segundo plano las náuseas arrolladoras que estremecían a Rin. El hombre acarició el rostro de la dama con cuidado intentando despertarla en vano, sacudiéndola y dándole palmadas en las mejillas para hacerla reaccionar sin dejar de llamarla por su nombre. Nada pasaba. El sujeto comenzó a entrar en pánico ante la falta de respuesta de la dama, pero aún así no desistía. En un profundo shock se dirigió al bulto de telas rojas que debía ocultar al bebé y repitió sus acciones. Rin no tuvo fuerzas para echar un vistazo y sólo distinguió una mata de pelo plateada sobresaliendo de la manta―. Te lo ruego, despierta, amor mío. Por favor... despierta, no puedes irte... Izayoi... Inuyasha, mi hijo... Esto no puede estar pasando. ¿Por qué...? ¿Por qué?

Ésta vez se dirigió directamente a Sesshomaru que regresaba a la escena con toda la tranquilidad del mundo, sin despegar la mirada afilada de su padre como si no lo hubiera mandado lejos con aquel terrible golpe. El hombre dejó con cuidado a su esposa muerta en el suelo y dio un paso al frente para encarar a su hijo. Era clara la diferencia de alturas y edades, aunque Sesshomaru ya de adolescente fuera más alto de lo normal en los humanos de esa edad.

Noventa y dos ―recordó que le dijo el Sesshomaru de su tiempo con sequedad―. En equivalencia humana, era un poco más joven que tú.

Más joven que yo... y lo que acaba de hacerle a estas personas...

―Sesshomaru, ¿cómo pudiste...? ―musitó por lo bajo pensando en el inugami que ella conocía. No podían ser la misma persona... no era posible.

―¿Cómo te atreviste, Sesshomaru? ¡¿Cómo te atreviste?! ―gritó furioso su padre. Sus ojos amarillos se tornaron rojos con el iris aguamarina, la franja que le cruzaba el rostro, una a cada lado de las mejillas, se tornó más oscura y alargada. Sus colmillos también parecían crecer dentro de su boca.

―Era lo que debía hacer, padre ―afirmó Sesshomaru con una tranquilidad irreal―. Deberías estar agradecido.

―Agradecido... ¿Cómo supones que esté agradecido, Sesshomaru? ¡Asesinaste a mi mujer y a mi hijo!

―Me deshice de un par de estorbos ―lo corrigió sin alterarse. Aparentemente ni el padre ni Rin daban crédito a la frialdad con la que el demonio más joven se mantenía hablando. El hombre mayor oprimió los puños y sus colmillos volvieron a crecer cuando apretó los dientes.

―Yo también estoy a punto de deshacerme de uno.

Y se lanzó hacia su hijo, quien no tuvo oportunidad de esquivarlo ni bloquearlo a tiempo por la velocidad de vértigo y la fuerza empleada por aquel demonio adulto. Sesshomaru chocó contra una columna partiéndola en dos y creando una nube de polvo, pero antes de que pudiera levantarse y ponerse en guardia, su padre ya había arremetido de nuevo contra él, atestándole brutales golpes con sus puños, garras y piernas.

―¡Maldita sea, padre! ―exclamó Sesshomaru cuando logró bloquear un golpe de su padre y retenía su puño con una mano. Un fino rastro de sangre se colaba entre sus labios y la armadura negra que usaba estaba rota―. ¿Por qué no ves que te he hecho un favor? ¡Esa maldita humana sólo era un estorbo, te hacía débil! Ella y ese híbrido te causaban problemas, ¡y me aseguré de que nada se interpusiera en tu camino!

―¿Qué maldito camino, niño estúpido? ―bramó el demonio cuando se liberó del agarre dándole una patada en el estómago que lo hizo retroceder. Sesshomaru recuperó el equilibrio rápidamente y haciendo una ágil maniobra para mantenerse en pie, comenzó a correr contra él agitando el brazo para sacar su látigo de luz. El adulto no tuvo problemas en evadir el ataque―. Tus ideas de grandeza te han nublado la razón. ¡Yo no busco más poder del que poseo, ése eres tú! ¡No quiero conquistar ni someter a las demás criaturas, no quiero causar más guerras! ¡Me importa una mierda la maldita reputación de mi nombre!

―¡Estás equivocado y acabas de comprobarlo! Date cuenta, padre. Cometiste un error engendrando a esa criatura, ¡planeaban una rebelión! Ryukotsusei preparaba un ataque en tu contra, ¡¿acaso no te das cuenta lo que tu unión con esa humana ha hecho?! ¡Estamos a punto de perderlo todo por un simple desliz tuyo!

Los golpes y ataques no cesaban en el intercambio de palabras, y con ellos la casa se tambaleaba cada vez más levantando una densa nube de polvo. El hombre se mantuvo esta vez en un mismo sitio asegurándose de no dejar desprotegidos los cadáveres de su esposa e hijo, por más que Sesshomaru intentara hacerlo apartarse. Podía ver la rabia y el dolor en los ojos del padre, el increíble sufrimiento por la pérdida y la traición de sus seres queridos pues estaba a sólo unos pocos metros de él. Se asustaba ante cada temblor y ataque que impactaba cerca de ellos, recordando después que era imposible que le hicieran daño.

Las lágrimas habían comenzado a caer sin que ella lo notara, incrédula por todo lo que estaba pasando. Comprendía tantas cosas, al fin conocía la verdad... y no estaba segura de era lo que quería. Era extremadamente doloroso entender que todo el mundo tenía razón sobre Sesshomaru. Lo habían dicho los rumores del pueblo, sus amigos después de su experiencia, Issei cuando supo que se comunicaba con él... ella nunca quiso creerlo. Pero ahora no tenía excusas ni motivos para seguir encubriéndolo.

Miró de soslayo a la mujer que yacía a su lado, con los ojos entreabiertos de los que aún se notaba el rastro de lágrimas y la congelada expresión de terror. El charco de sangre sobre el que estaba acostada crecía cada vez más y a veces su esposo lo esparcía por accidente pisándolo y dejando huellas rojizas a su alrededor.

Todos tenían razón. Sesshomaru era un monstruo.

―¡Hubiera peleado mil rebeliones por ella y nuestro hijo, Sesshomaru! ¡Tú eres el que no comprende! ―rugió estridente, repeliendo al más joven antes de que llegara hasta él con un nuevo ataque. Esta vez el padre se apartó de su lugar y de un solo salto, propinó un poderoso puñetazo en el rostro de su hijo. Se abrió un hueco en el techo y la casa volvió a estremecerse. Con una última mirada quebrantada a los cuerpos ensangrentados, el hombre tomó impulso y saltó para colarse por ese mismo hueco hasta el piso superior.

A Rin le costó muchísimo ponerse de pie, y cuando lo hizo, las piernas entumecidas amenazaron con dejarla caer de nuevo. Escuchaba claramente la continuación de la pelea en el segundo o tercer piso, cómo se rompían las paredes y columnas, como toda la estructura iba cediendo rápidamente por la cruenta batalla entre demonios.

No se atrevió a darle un último vistazo a los cadáveres abandonados porque sabría que si lo hacía, no tendría el valor para dejarlos atrás, por lo que se apresuró a dar la media vuelta y correr hasta las escaleras. El segundo piso estaba vacío y el hueco continuó hasta el tercero, pero cuando llegó, los rugidos y sonidos de la pelea habían cesado. Sólo quedaba el último piso, el ático.

Con la boca seca y respirando pesadamente, se asomó para ser testigo de los últimos momentos de aquel combate. Sesshomaru estaba en el suelo, inconsciente y ensangrentado en diversas partes de su cuerpo, mientras que su padre tenía apenas algunos rastros nuevos de los pocos golpes que su hijo adolescente habría logrado acertarle. Caminó hasta ellos con pasos titubeantes, sintiéndose como una intrusa una escena en la que no le correspondía estar. El hombre estaba de rodillas al lado de Sesshomaru, con los puños contra el suelo de madera mientras apretaba los dientes y respiraba de manera inestable. Sus colmillos recuperaron un tamaño natural, las franjas de sus mejillas redujeron su longitud y sus ojos volvieron a ser del mismo dorado que le había heredado a su hijo.

Si Rin tuviera que haber escogido una palabra para describirlo habría usado destrozado. Moralmente, el demonio no parecía tener las fuerzas para continuar, parecía estar a punto de derrumbarse. Jamás había visto a nadie tan afligido en toda su vida, lo que aumentó muchísimo la opresión que no sólo sentía en su estómago, sino en todo su cuerpo.

Realmente amaba a su esposa y a su pequeño hijo... y los había perdido para siempre.

―¿Cómo pudiste, Sesshomaru...? ―musitaba con voz quebrada―. Me has lastimado como nunca pensé que lo harías. Tú, mi primogénito... Debería cobrarte el favor. Debería destrozarte miembro por miembro ―apretó los dientes con rabia, preparando las garras para cumplir su palabra. La chica respingó sonoramente, haciéndose hacia atrás para no tener que verlo. La habitación se sumió en un pesado silencio que duró mucho más de lo que había imaginado, y cuando regresó la visa se dio cuenta de que el hombre mantenía el brazo alzado y los dientes apretados. Su mano temblaba y los ojos le brillaban a causa de las lágrimas. Se mantuvo así, indeciso, por un momento más antes de soltar un gruñido―. Pero no puedo. No puedo hacerlo. Me has traicionado y yo... no puedo.

Propinó un puñetazo que abrió un agujero en el piso, haciendo saltar astillas por todas partes. Se mantuvo agazapado resoplando sonoramente por un rato, en lo que Rin calificó como un debate mental donde estaba en juego la vida de Sesshomaru.

Cayó sentado hacia atrás con un bufido grave y gutural. Cerró una mano sobre su cabeza y otra en su rostro para cubrir su mirada perdida en dolor. Su pecho subía y bajaba fuertemente marcando el inestable ritmo de sus inhalaciones mientras murmuraba los nombres de su esposa e hijo en un lamento que terminó de destrozarle el corazón en mil pedazos.

Al cabo de unos minutos liberó su mirada de la barrera que había creado con su mano y la clavó en el rostro sereno de su primogénito.

―Aprenderás el daño que me has hecho. Conocerás este dolor algún día, Sesshomaru ―prometió con un gruñido áspero. Rin supo que le punzaban las piernas en cuanto éstas se tambalearon al levantarse y caer de nuevo con una rodilla en el suelo. El demonio mantuvo esa posición por unos segundos de mutismo para después extraer de su hombrera derecha un amplio pedazo de tela blanca que depositó a un lado.

La humana gritó de la impresión al ver lo que hizo después. Abrió de un solo tajo una profunda herida en el pecho de su hijo, arrastrando las garras desde la clavícula hasta el final de las costillas. Fruncía el ceño conteniendo toda la ira que sentía, seguramente para no causarle un daño fatal que pudiera matarlo. El joven ni se inmutó ante lo que parecía ser una herida sumamente dolorosa.

El padre dejó que su mano se empapara con su sangre antes de crear un corte en su propio brazo izquierdo, uno mucho más pequeño y menos profundo en comparación, pero que de igual manera sangraba profusamente.

―¿Pero qué está haciendo...? ―exclamó ella al aire, puesto que nadie le contestaría. Y tampoco hacía falta que lo hicieran.

Con las garras cubiertas de la sangre de ambos trazó las líneas zigzagueantes del sutra que conocía tan bien. Se quedó con la boca abierta cuando cada pieza cayó en su lugar al escuchar lo siguiente que musitó el demonio:

―Sólo serás libre cuando comprendas y te arrepientas de tus acciones. Y hasta que ese día llegue, este lugar será su prisión ―los trazos se detuvieron hasta alcanzar el final de la tela. Posicionó la mano izquierda en el centro de la pieza y continuó―. Yo, InuTaisho, te confino a pasar toda la eternidad en la morada que te recordará día tras día el dolor que has causado. No alcanzarás poder, libertad o paz hasta que el arrepentimiento llegue a ti. Tu egoísmo y sed de poder sellaron tu destino.

Las letras recién escritas comenzaron a brillar con un tenue resplandor rojo que fue intensificándose hasta convertirse en una torre de luz cegadora. Rin tuvo que cerrar los ojos ante la ráfaga que inundó la habitación y estuvo por caer al suelo ante la nueva sacudida que dio la casa. Era como si el mismo sutra palpitara con una fuerza tremenda, enviando ondas expansivas por toda la estructura.

―Lamento que haya tenido que ser así, hijo ―fue lo último que escuchó antes de que todo se acabara.

La luz pronto se convirtió en un halo totalmente blanco que consumió todo cuanto estaba a la vista, dejándola varada en el vacío absoluto. Sus pies tocaron el piso nuevamente, ayudándola a regresar a la realidad de la que volvía a ser parte. Escuchó los pájaros a la distancia por medio de la ventana, y aunque tenía los párpados fuertemente cerrados, era consciente de la luz de la mañana tardía que invadía la habitación.

Su labio inferior temblaba, sus ojos le picaban, aún tenía cada músculo entumecido y sentía que la cabeza le iba a estallar.

Separó la mano al fin del pergamino y la dejó caer lánguida a su costado sin poner resistencia. Inhalaba y exhalaba con pesadez, como si sus pulmones no tuvieran la capacidad de retener el aire el tiempo necesario, ayudándola a incrementar el vértigo que la aquejaba.

No fue necesario que Sesshomaru hiciera ruido alguno para que supiera que estaba detrás de ella. No sabía cuánto tiempo había estado ahí, si sabía lo que había visto o siquiera si estaba molesto. No le importaba.

Giró lentamente hasta que logró verlo sobre su hombro, parado en medio de la habitación dedicándole una mirada penetrante y severa. Le pareció que el Sesshomaru adolescente la examinaba fríamente, como evaluando a un insecto antes de aplastarlo. Rin apretó los labios para disimular el quejido del llanto y comenzó a caminar en dirección a las escaleras sin dirigirle ni una palabra. Él no pidió explicaciones, reclamó ni la detuvo.

Sólo cuando se hubo librado de su presencia y llegaba al terreno seguro del tercer piso, se permitió dejar escapar un sollozo que ahogó llevándose ambas manos a la boca, pero no se detuvo y siguió bajando para poner toda la distancia posible entre ambos. Atravesó el primer piso corriendo a tropezones para no tener que ver el sitio exacto donde la dama Izayoi y su pequeño hijo perdieron la vida tantísimos años atrás, y fue a resguardarse con Ah-Un, aferrándose a él para desahogarse de toda la cantidad de emociones que aquella experiencia le había hecho vivir en cuestión de minutos.

...

El resto del día fue una extraña combinación: a veces sentía que el tiempo corría a toda velocidad y otras veces pensaba que un minuto duraba horas y horas. Apenas se movió de su sitio en el suelo, abrazando al dragón como si temiera que al soltarlo, aquel Sesshomaru del pasado pudiera venir y asesinarla a ella también.

El animal se quedó quieto, dejándose hacer como si la cosa no fuera con él. No intentó luchar ni repelerla, y aunque tampoco era que la consolara, Rin agradeció infinitamente que le permitiera quedarse acurrucada a su lado por horas.

No supo cuándo se quedó dormida por el agotamiento, pero ya era más de media tarde cuando despertó gracias a los gruñidos insistentes de Ah-Un. Se restregó los ojos irritados y observó al dragón un instante hasta que se dio cuenta de que seguramente tendría hambre. Solía alimentarlo tres veces al día como comería una persona normal y por haberse quedado dormida se le había pasado por completo el almuerzo.

―Perdona, amigo. Ya mismo te preparo algo ―lo reconfortó rascándole las orejas conforme se levantaba. Estiró la espalda agarrotada por haber dormido en el suelo y en una posición incómoda, pero no dejó escapar ninguna queja. Abrió la puerta de la habitación designada de Ah-Un y lo dejó salir para que pastara a sus anchas como compensación de su descuido.

Le mantuvo un ojo encima en todo momento que se encaminó hacia las cocinas, cerciorándose de que su manera de caminar fuera normal y anduviera con cuidado. Aún le quedaba tiempo para dejar de cojear, pero debía mantenerlo vigilado por si un movimiento en falso terminaba por abrirle más la herida.

Se mantuvo lo más ocupada posible preparando un par de baldes con brotes de avena y soja con bastantes verduras picadas para brindarle vitaminas. Las proteínas se las daba exclusivamente en la mañana y en la noche era mayor cantidad de fibra y algunas frutas. Por cómo había ido mejorando su salud y aumentado su vivacidad podría decir que la dieta le estaba funcionando muy bien.

―¡Ah-Un, a comer! ―les llamó. La criatura apenas movió una de sus orejas en su dirección y continuó pastando como si nada. Rin se le acercó casi arrastrando los baldes de madera―. ¡Hey, estoy hablando contigo! ¿Aún no te acostumbras a tu nombre? Qué remedio... ¡Ah-Un! ¡Comida, mira! ―alzó los baldes con mucho esfuerzo ante sus narices logrando al fin captar su atención. Ni siquiera la miraron cuando ambas cabezas se abalanzaron sobre los alimentos y los engulleron a una velocidad alucinante―. Vamos, no comas tan rápido que te puede sentar mal. Nadie te lo va a quitar... ―le dio unas palmadas para redirigir su foco hacia ella, ganando un bufido de advertencia que la hizo quitar la mano inmediatamente.

Podía ser cariñoso y gustar sus mimos, pero seguía siendo muy posesivo con la comida. No confiaba en ella hasta ese punto, pero tampoco era algo que le preocupara. Seguía siendo demasiado pronto y sinceramente, el que aceptara sus caricias y no hiciera pedazos con sus garras y dientes ya era bastante para tener menos de una semana juntos.

Le dio su espacio para que terminara de alimentarse y sin querer alzó la mirada hasta el punto más alto de la mansión, sólo para desviar los ojos hacia un sitio diferente un segundo después. Hacía todo lo posible para mantener sus pensamientos lo más alejados de lo que había visto aquella mañana, pero cuanto más lo intentaba...

Restregó sus ojos con los nudillos para volver a dispersarse. No era como si pudiera retroceder el tiempo y evitar todo lo que había hecho. Y no estaba tampoco muy segura si estaba en su derecho reclamarle por algo que había pasado siglos antes de que ella siquiera existiera, cuando él era sólo un muchacho de su edad ―en equivalencia―. Eso no tenía nada que ver con ella y su opinión al respecto no tenía lugar.

Pero aún así tampoco podía justificarlo y sólo pasarlo por debajo de la mesa como si nada.

Permitió que Ah-Un se quedara afuera hasta el ocaso, tumbado en la hierba tomando el cálido sol de verano, momento que aprovechó para darle sus medicamentos para la inflamación y el dolor. La herida de la pata le tocaba revisarla al día siguiente por la mañana, así que la dejó quieta para no molestarlo más de lo necesario.

Lo dejó en su habitación cuando el sol terminó de ocultarse, pero se quedó parada a las afueras de los cuarteles de los sirvientes apoyando la espalda en la pared mientras regulaba su respiración para mantenerse serena.

Le era imposible dejar de ver aquellas imágenes: La dama Izayoi rogando por la vida de su hijo, el llanto del bebé, los guardias destrozados, la mujer cayendo al suelo en un charco de sangre... el dolor de su esposo, la pelea casi mortal entre padre e hijo... ¿Cómo dejar de pensar en algo que la había turbado a semejante nivel?

Se encontró a sí misma caminando hasta la laguna, saltando las piedras una a una para llegar al mirador. Las estrellas apenas comenzaban a mostrarse en la amplia bóveda celeste, cuyos colores aún eran demasiado brillantes por el ocaso como para dejar que se las admirase en su máximo esplendor.

Se quitó las sandalias que llevaba puestas y coló las piernas por la parte expuesta de la baranda. Respingó ante el contacto del agua fría que la empapó hasta media pantorrilla, pero no las retiró. Algunas carpas se habían acercado con su tranquilo nadar, pasando por alto completamente los apéndices que se veía fantasmagóricamente blanquecinos sumergidos en el agua. Sesshomaru le había dicho que ni comían carne ni eran venenosos, así que no tenía razones para crisparse ante su proximidad ni el roce de sus aletas cuando nadaban entre sus piernas.

Reposó la cabeza en la columna que tenía al lado y dejó que su mirada se perdiera en las ondas del agua y las estrellas que se reflejaban con más fuerza al caer la noche. De nuevo perdió la noción del tiempo, con el hambre y frío pasando a segundo plano.

Una carpa aleteó con fuerza para alejarse de otra, salpicándole en las rodillas y mojándole el kimono. Se quedó viendo con gesto ausente las gotas de agua que oscurecían el patrón floreado de la falda celeste, tornándolo en un azul opaco.

¿No le había dicho Sesshomaru al llegar que la mayoría de las cosas para ella ya estaban ahí? El dedo que contorneaba el círculo de agua se detuvo súbitamente. Entonces... la ropa que usaba ahora había sido de la dama Izayoi. Las sandalias que tenía a su lado... las peinetas, joyas, accesorios... los instrumentos musicales, los libros y pergaminos... incluso la cama en la que dormía... todo le había pertenecido a ella.

Por eso habían ropajes tan finos y telas tan exquisitas, por eso tanta seda, bordados hermosos y colores exuberantes dignos de una princesa.

La montaña rusa de emociones no parecía hacer una mísera parada por misericordia y de nuevo se encontró enfrentando nudos en el estómago que le hicieron agradecer su nula ingesta de alimentos desde la mañana. Cuando se había levantado temprano aquel día jamás imaginó lo que se le avecinaba.

Se sintió dentro de un déjà vu cuando escuchó los pasos sigilosos sobre el suelo del mirador. Ni siquiera le hizo falta girarse para saber que Sesshomaru estaba detrás de ella, probablemente creyendo que se había quedado dormida como aquella otra vez. Rin sintió un tic nervioso en la mano que tenía posada sobre la pierna, gesto involuntario que se trasladó a los músculos de su espalda conforme el silencio crecía. No era posible que pensara que se había quedado dormida, ya la habría intentado levantar para llevarla a su cuarto.

No... estaba esperando su veredicto, sus críticas o que exigiera explicaciones. Esperaba su reacción tras haberla visto desaparecer por horas, ignorándolo olímpicamente como si fuera la peste. ¿Se sentiría igual de revuelto que ella? ¿O sólo querría zanjar el asunto y dejarle claro su punto de vista de una vez por todas?

Era hora de averiguarlo.

―¿Es por eso que odias a los humanos? ―preguntó suavemente sin apartar la mirada del agua. Las estrellas se asomaban entre un cúmulo de nubes pasajeras, iluminando considerablemente la negrura que rodeaba el paisaje.

―En parte ―confirmó suavemente, con una voz mucho más serena de lo que había esperado. Creyó que le hablaría como aquel Sesshomaru adolescente: altanero, duro y orgulloso. Superior. Cruel.

Pero no, aquel no era exactamente el mismo Sesshomaru que había visto en esa extraña visión del pasado. ¿Pero hasta qué punto eran diferentes?

―Entonces culpas a la joven Izayoi por tu encierro... y a la raza humana también, supongo. ¿Estoy en lo correcto?

―Parcialmente.

―¿Parcialmente? ¿De qué la culpas a ella entonces?

―De apartar a mi padre de su propósito.

―¿Su propósito era ser un conquistador, un señor de la guerra?

―Llevar a nuestro clan a la cúspide ―puntualizó con simpleza―. Construir un imperio derrotando a cada adversario.

―¿Es lo que tú querías?

―Es lo que ambos queríamos.

―No es lo que él dijo en esa ocasión... ―señaló Rin, manteniendo los ojos pegados en la laguna―. Él dijo que pelearía mil rebeliones por la joven Izayoi y por su hijo.

―Su juicio estaba nublado por esa mujer ―replicó Sesshomaru con terquedad. La chica se viró para verlo a la cara. Desde su posición era imposible que no fuera intimidante, observándola con esos pozos de oro fundido que parecían contener luz propia entre la oscuridad de la noche.

―¿Estabas celoso? ―las facciones del demonio se crisparon por una milésima de segundo.

―No.

―Pero te sentiste traicionado porque tu padre se enamoró y formó una familia.

―No es de mi incumbencia su decisión de procrear ―negó secamente, y por un segundo Rin consideró que quizás en eso podría estar siendo sincero.

―Entonces te molesta que haya sido con una mujer humana y haya tenido un niño híbrido ―como él no respondió supuso que estaba en lo correcto. Estaba celoso, no le importaba que lo negara. Se sentía desplazado por un ser inferior así que tomó la decisión de erradicarla a ella y al bebé para ser el centro de atención de su padre. Tenía sentido si lo comparaba con su figura adolescente tan radical e inflexible. Pero ahora que lo veía tantos años después, siendo un adulto... ¿era posible que la sensación de traición siguiera endureciendo su corazón?

Seguramente era su orgullo el que obraba por él. Su orgullo le impedía aceptar que había obrado mal y era el verdadero motivo por el que la barrera permanecía activada.

Sesshomaru seguía viéndola a los ojos severamente mientras Rin divagaba y armaba sus propias teorías que deberían quedarse sólo dentro de su cabeza, pues tratar de razonar con él sobre esos temas sería tan productivo como debatir con una pared.

―Así que los mataste a los dos. Pero... ¿por qué al bebé? Él no tenía la culpa de haber nacido, nunca pidió ser un híbrido. Era tu hermano pequeño, Sesshomaru.

―Nunca lo vi como tal. Sólo era una piedra en el camino.

―¿Un bebé inocente era una piedra en el camino? ―repitió con incredulidad.

―Una criatura que eventualmente crecería y se convertiría en una deshonra para nuestro clan.

―Eso no lo sabes porque nunca tuvo la oportunidad de crecer ―le espetó ácidamente―. ¿De verdad piensas de esa manera...? ¿Que esas personas sólo eran estorbos para ti y tu padre?

―Fue lo que me guió a acabar con ellos.

―No tenías el derecho... ―resopló en un intento de mantenerse controlada para no soltarle un torrente de palabrotas. No sabía si aquella frialdad extrema era un rasgo característico en los demonios o en los inugamis, o si Sesshomaru era presa de alguna otra clase de problema que nublara su raciocinio.

No es humano, Rin, no piensa igual que tú. Donde tú ves blanco él ve negro, así que controla la lengua antes de que lo haga él por ti. No puedes culpar a un gato por matar a un pájaro, o a un tiburón por comerse una foca. Él es el depredador y... esas personas eran su presa.

Pero aún así, ¿cómo podría justificar un acto tan ruin? Por menos humano que fuera, simplemente no podía...

―Tu padre la amaba. Los amaba a los dos, seguramente habría sacrificado su propia vida con tal de preservar las suyas ―musitó dolida. Se había puesto de pie en su impulso de reclamarle a voz de grito, pero ahora que estaban cara a cara recordaba una vez más la enorme diferencia que había entre ambos. No sólo por la altura, sino por la naturaleza de cada uno―. No lo entiendes, ¿verdad? Dime... ¿alguna vez has amado a alguna persona? ¿Habrías estado dispuesto a sacrificarte con tal de salvar a alguien más?

―No ―ni siquiera había dudado en responder, y por un mínimo instante, Rin se sintió bastante mal. Era como si le dijera en su cara que ella, a quien había prometido proteger y a la que reclamaba como su propiedad, no valiera la pena.

Si me considera como su propiedad ya puedo ver por dónde van sus intensiones...

―¿Y tu padre? A él le tenías mucha estima. Si hubieran estado por matarlo en alguna pelea, ¿te habrías interpuesto para salvarlo aunque significara tu muerte?

―No tendría la necesidad. Mi padre contaba con suficiente poder como para no estar en peligro de muerte.

Rin lo miró de mala manera a punto de soltar un gruñido de exasperación. De seguro discutir con una pared sería más productivo, al menos la pared no tendría un amplio despliegue de orgullo y terquedad. Se abstuvo de cuestionarle qué haría en caso de que ella estuviera a punto de morir porque seguramente diría que él era lo bastante capaz como para mantenerla a salvo antes de que algo le pasara.

Era por eso que seguía encerrado, porque se negaba a entender. Tantos siglos que había tenido para reflexionar y darse cuenta del terrible error que había cometido, y su mente seguía puesta con que había obrado bien.

Esta conversación no irá a ningún lado y no me voy a poner como si fuera su madre a explicarle lo que está bien y está mal. Estaríamos encerrados aquí otros 500 años antes de que lo comprenda.

―Sólo dime una última cosa ―pidió en tono más bajo. Estaba cansada y decaída, todo lo que quería hacer era irse a la cama a dormir con la esperanza de sentirse mejor en la mañana―. Si tuvieras la oportunidad de regresar hasta ese momento... Quitando el hecho de que así no estarías en esta situación ni tendrías ningún encantamiento que te prohibiera salir de la mansión, ¿lo harías de nuevo?

Por cómo varió su gesto severo supo que no se había planteado aquella interrogante antes. Era la primera vez que lo pensaba, y se tomaba su tiempo en hallar la respuesta. Hasta que finalmente la dio e hizo que el corazón de Rin se sacudiera.

―No.

Sus ojos marrones se abrieron un poco más, pero se apresuró a encubrir su sorpresa.

―¿Aunque no supieras que matando a la joven Izayoi y al pequeño Inuyasha te metería en esta situación? ―quiso estar segura de que captara el verdadero sentido de la cuestión.

―No, no lo repetiría.

―¿Por qué?

―No tendría sentido ―resolvió tranquilamente, aunque desvió momentáneamente la mirada hacia el lago, donde un pez daba un salto ocasionando un chapoteo.

―¿A qué te refieres? ―lo animó a continuar, dándole fuerzas a aquella pequeña llama de esperanza que se acababa de encender. Sesshomaru entrecerró su mirada cuando la volvió a depositar sobre los ojos marrones que le observaban con extrema atención. Sabía que odiaba repetirse especialmente cuando era sobre algo de lo que no le gustaba hablar, pero no había manera de controlar su boca esta vez. Al fin sentía que había conseguido algo bueno en todo el día.

―Ahora sé que no tendría sentido matarlos. Mi padre habría contado con el poder necesario para aniquilar cualquier rebelión. Pero eso no significa que me arrepienta ―añadió con aspereza.

―Eso no tiene coherencia, siempre supiste que tu padre era muy poderoso. Además, ¿por qué querrías no repetir algo de lo que ni siquiera te arrepientes? ―espetó frunciendo el ceño. No le importaba estarlo presionando en un tema que claramente quería evitar. Al diablo con medirse, necesitaba respuestas.

―Te he dado mis motivos ―fue todo lo que contestó ásperamente con el claro propósito de zanjar la conversación. Rin se movió rápidamente leyendo sus intenciones para retirarse y se interpuso en el camino, plantándole cara sin miedo alguno.

―Lo que hiciste fue darme una excusa. Dime la verdad, Sesshomaru.

―No tiene nada que ver contigo, Rin. Apártate.

―Como la única humana que ha estado aquí después de la joven Izayoi creo que tiene mucho que ver conmigo ―replicó poniendo brazos en jarra e inclinándose hacia él―, especialmente tras saber lo que pasó con ella.

―Sabes que nunca haría nada para herirte ―entrecerró los ojos peligrosamente, pero ella no retrocedió.

―¿De verdad lo sé? Sólo soy una humana después de todo, justo como lo era ella.

―No eres nada parecida a esa mujer ―gruñó.

―Entonces dime la verdad. ¿Por qué no lo repetirías? Sigues odiando a los seres humanos, ¿qué te hizo cambiar de parecer con respecto a eso?

―Tú lo hiciste ―le dijo por fin, mirándola fijamente a los ojos. Rin no se había esperado aquello y le devolvió la mirada pasmada. El demonio no parecía nada contento con admitirlo, más bien todo lo contrario. Era como si cada fibra de sí mismo se contrajera de desagrado con cada palabra que decía. Era, sin lugar a dudas, un fuerte golpe a su orgullo―. Me hiciste revaluar mi postura al respecto. Por lo que ahora sé que no volvería a matar a esa mujer.

―¿En serio? ¿Y por qué?

―Porque no querría verte en su lugar ―resopló con un siseo grave, casi de advertencia.

Los ojos de Rin se abrieron desmesuradamente a juego con su boca que formó una 'o'. Su mente se quedó en blanco en lo que tardaba en procesar lo último que acababa de escuchar. ¿Acaso eso significaba lo que creía que significaba?

No, no podía ser.

Él era un inugami muy posesivo y ella era incuestionablemente su inumochi. Sólo la veía como algo que debía proteger y mantener para sí, no como... lo que su padre había visto en la joven Izayoi. Era imposible.

Seguía mirándolo de lleno sin pronunciar palabra, pues no conseguiría decir ninguna frase coherente mientras su cerebro estaba estancado. ¿Qué podría replicar a ante eso? ¿Desmentirlo? ¿Exigirle que se explicara más? Por más que la curiosidad la carcomiera, simplemente no encontraba manera de formular ninguna pregunta más.

Pero a pesar de la maraña de pensamientos y emociones enfrentadas, sí fue capaz de sacar una cosa en claro. En el fondo, muy, muy en el fondo el demonio sabía que había cometido un error, que estaba equivocado. Aún cuando le costara reconocerlo, aún cuando le había costado tanto tiempo... él lo sabía.

Y eso era, en definitiva, un paso en la dirección correcta.

El hombre le devolvía la mirada fríamente como si la retara a continuar. Cuando comprendió que Rin estaba demasiado impresionada como para hacerlo, relajó medianamente su tensa postura y desvió su foco de atención. No sólo le había hecho admitir en voz alta algo que pisoteaba todas sus convicciones pasadas y arremetía fuertemente contra su orgullo, sino que había puesto en evidencia algo mucho peor: su indudable debilidad hacia ella.

Bufó para sus adentros molesto ante lo bajo que había caído.

Sin embargo, aún cuando le molestara la idea, no la negaba. Había pasado mucho tiempo luchando en su contra y nada había cambiado, era hora de aceptar la realidad.

Se fijó en el cielo para alejarse de tales pensamientos y notó el cúmulo de nubes que se abrían camino por el horizonte, augurando lluvias y fuertes vientos por el gradual cambio de temperatura conforme se aproximaban.

―Se acerca una tormenta, deberías entrar ―le dijo, cortando el mutismo prolongado mientras pasaba por su lado sin que intentara detenerlo. La conversación había acabado.

Pero antes de que se posara en la primera piedra para regresar al interior de la mansión, la muchacha lo retuvo tomándolo de la larga manga, apretándola levemente entre los dedos para hacerlo detenerse.

―Te ayudaré ―le aseguró con voz baja pero firme a sus espaldas―. Prometo que te ayudaré a salir de aquí, Sesshomaru. De alguna manera.

Entonces el demonio la vio sobre su hombro al mismo tiempo que ella levantaba la cara para remarcar su juramento. Lo miraba de una manera tan franca y comprometida que supo que la joven humana estaba siento totalmente honesta.

Y Rin lo decía en serio. Intentaría ayudarlo a romper ese encantamiento... aunque existiera la enorme posibilidad de verse con el corazón destrozado en el proceso.

...

REVIEWS | REVIEWS | REVIEWS | REVIEWS | REVIEWS

...

Qué bomba de capítulo, 28 páginas. Que digan presente quienes adivinaron que Sesshomaru mató a Izayoi -e Inuyasha incluido- para ganarse la reclusión de 500 años y contando. Vamos, sé que muchas ya lo veían venir y a más de alguna se le habrá salido un '¡lo sabía!'. Espero no haber sido tan predecible por lo menos xD

Cuéntenme, ¿qué les pareció este capi? Hubo un poco de todo: de la gente del otro lado, comedia de la mano de Jaken, apareció Ah-Un en versión cachorro (cosito mío, ternura *-*) porque Sesshomaru se lo toma TODO muy en serio y hay que cuidarse de hacer bromas en su presencia xD, vimos la pelea entre inupapá e inuhermano, la creación del sortilegio y el pergamino, y como guinda del pastel, un mínimo momento de romance si quieren verlo así.

Y antes de que digan algo: sí... sé que la idea del pergamino se asemeja mucho a la del pensadero de Dumbledore, pero les juro que ni estaba pensando en eso cuando ideé toda la escena. Quizás la tuviera en el fondo de mi subconsciente mientras la elaboraba, pero fue cuando la terminé que di cuenta del parecido. Pero realmente me gustó el resultado, por lo que opté tomarlo como una feliz coincidencia xD

Miles de GRACIAS a mis queridas y sensuales lectoras por comentar el capítulo pasado, leo sus reviews con una gran sonrisa y las tengo en mente cada vez que escribo una nueva página. Kari, Raquel, CruxMarie, Gima2618, Kate-Klaroline, Wissh, PalomaLowen1, Clau28, BeautifulButterflyPink, Yoko-Zuki10, Melinna sesshy, ByaHisaFan, Laura91ok, MisteryWitch, Lizzie, Marilole, Meaow, Kunoichi2518, Black urora, MickyT, Kikoru San Fantasy, Nesher, Haydena princess of Janina, Jezabel, Hary1305, Rosedrama, Lau Cullen Swan, Duhkha, Kari, Nally, Krayteona, Lunera's dream, MickeyNoMouse, Yarisha, Floresamaabc, Hooliedanisars, Kokoa Kirkland, Grell Whoops, LilisGu, Naho89 y AlexaRey, bienvenidas comentaristas nuevas y habituales, ¡un beso y pastel de chocolate para todas! Espero que me den sus impresiones de esta entrega, me encantaría saber qué les pareció :)

Gracias por leer, espero que hayan disfrutado el capítulo de hoy y muchas de sus dudas se hayan disipado aunque sea parcialmente xD Que tengan un muy feliz fin de semana, ¡hasta la próxima!