Disclaimer: El fandom de Inuyasha, su historia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi y los tomo prestados sin fines de lucro.

Haunted
Por: Hoshi no Negai

17. Latidos en el silencio

Según el calendario que había hecho Rin, ya habían llegado a septiembre. Ver cómo el mes de agosto había ido y venido la hizo sentir extremadamente fuera de lugar. No tenía deberes de verano que hacer, no tenía necesidad de levantarse temprano para regresar a clases, no debía preparar su uniforme y sus útiles escolares... Vacía era la palabra que más se le asemejaba a sus emociones. Nunca había faltado al primer día de colegio en toda su vida, y ahora en el último año lo haría por primera vez.

Qué extraño era... siempre fue tan buena estudiante, puntual y cumplida. Se preguntó si su institución haría algo o diría algunas palabras en su nombre, se preguntó qué habían dicho el lunes 22 de junio después de su súbita desaparición. ¿Habrían dicho la verdad? ¿Mostraron los vídeos que Jiro había hecho a todo el que estuviera dispuesto a verlos o manejaban el asunto con más secretismo para no alterar a nadie?

¿Y cómo estarían sus amigos? ¿Habrían vuelto a clases después del incidente en la mansión? Sabía que por lo menos Issei y Kazuo probablemente no por la condición en la que habían quedado, pero ¿y los demás? ¿Les quedó alguna secuela emocional? ¿Alguna mental? La sangre se le helaba por completo al reparar en esas opciones. Sabía que la mayoría se llevaron fuertes heridas físicas ―las tripas siempre se le revolvían de culpabilidad al recordar a Issei, la pierna rota de Kazuo, la nariz sangrante de Jiro y el brazo herido de Satsuki―, pero sería aún peor que además de esto, alguien hubiera quedado severamente traumatizado. Rogaba a cualquier dios dispuesto a escucharla que no fuera así, que todos estuvieran bien y el único asiento vacío en el aula el primero de septiembre fuera el suyo.

Entre ese horrendo retortijón de remordimiento por las personas que dejó atrás ese fatídico día y los constantes recordatorios del viaje al pasado que se había ganado accidentalmente al tocar el pergamino, Rin tenía serios problemas para conciliar el sueño durante la noche. Las imágenes nunca la dejaban dejar la mente en blanco, los gritos de pánico y dolor jamás le permitían disfrutar el silencio nocturno y relajarse para dormir.

Se sentía deprimida y muy cansada, pero aún así intentaba seguir adelante y poner buena cara ante el mal tiempo, a pesar de lo mucho que le costara.

Ah-Un ya estaba totalmente recuperado, lo único que se le notaba de su fea herida en la pata era el rosado rastro del tajo que estaba por cerrarse. Han le había explicado que en la próxima muda de piel se borraría cualquier cicatriz que pudiera quedar, por lo que podría decirse que el dragón ya no tenía motivos para quedarse. Tanto su pata como su costilla estaban en perfectas condiciones y ya debía ser capaz de valerse por sí mismo.

Pero...

La habilidad de Rin de encariñarse con cualquier animal a los dos segundos de encontrárselo atacó de nuevo y le hizo poner algunos cuántos peros cuando Jaken le recordó no muy amablemente que en cuanto Sesshomaru le diera la orden, regresaría al dragón al sitio de donde lo habían capturado.

Sabía que pasaría tarde o temprano: siempre que llevaba un animalito a casa, sus padres ―en especial su madre―, la presionaban para que lo regresara a su hábitat una vez que se hubiera recuperado o le consiguiera un nuevo hogar. Había sido difícil con todos excepto quizás con los cuervos, que regresaron el día siguiente como 'aves libres' para atormentar a su madre exigiéndole comida a graznidos.

Pero ahora que no estaba en casa de sus padres tal vez... tal vez podría conservar a Ah-Un.

La tentación era fuerte, pero decidió hacer lo correcto y permitir que Jaken y los suyos se lo llevaran la próxima vez que aparecieran por la mansión. Y ese día llegó demasiado pronto para su pesar.

Los pequeños demonios de río había atado un par de cuerdas a modo de bozales en ambos hocicos para controlarlo, y aunque no le hiciera mucha gracia, Ah-Un no ponía tanta resistencia como la primera vez que había llegado a la mansión. La chica se reunió con él, rascándole en las barbillas para que se calmara. Sesshomaru no estaba en ningún lugar visible, por lo que Jaken no tuvo reparos ser tan exigente como era cuando su superior no lo estaba viendo.

―¿Quieres apurarte? Tardamos horas en llegar ahí y mientras más pronto salgamos, más pronto terminamos.

―Ya voy, ya voy... ―suspiró. Los había tenido ahí parados esperándola por lo menos quince minutos que ocupó en terminar de decidirse y decirle adiós. No quería hacerlo, pero era lo correcto―. Bien, amigo... creo que hasta aquí llegamos. Pórtate bien, no te metas en problemas y no dejes que nadie vuelva a capturarte, ¿está bien?

―¡Ja! ―resopló Jaken detrás de ella.

―Adiós, Ah-Un. Te echaré de menos ―juntó ambas cabezas con sus manos y restregó su frente en ellas cariñosamente. Estaba a punto de llorar, pero sorbía con fuerza para evitarlo. De nuevo Jaken se quejaba y la llamaba niñita llorona, así que Rin se reprimió de nuevo maldiciéndose a sí misma por ser tan sensible.

―¿Ya estás lista? Hay que ver que eres pesada, ni que se fuera a morir... bueno, quizás sí lo haga, pero no es como si lo fueras a ver de todas formas.

―Gracias, señor Jaken. Usted sí que sabe subir los ánimos.

―Ni que ese fuera mi trabajo. ¡Bien! Nos vamos. No suelten las cuerdas, y ustedes que no están haciendo nada por allá, ¡abran la puerta! No quiero que demoremos todo el día ―señaló en todas direcciones para dar las órdenes y Rin se vio forzada a soltar al dragón para permitir que se lo llevaran. La criatura se quejó ante los tirones y estiró sus cuellos para ir con ella, pero los demonios de río no se lo permitieron.

―Cuídate, amigo ―se despidió con la mano cuando lo vio desaparecer por la puerta trasera del ala sur―. Va a estar bien, ¿verdad? ―le preguntó a Han, que se había quedado rezagado para cerrar después de salir.

―Sí, señora. Está sano y puede valerse por sí mismo.

Rin se desinfló con un suspiro y asintió quedamente.

―Te lo agradezco, Han. Que tengan un buen viaje.

―Descuide, señora.

La puerta se cerró entonces y Rin se quedó sola. El corazón se le encogió de nostalgia cuando le tocó limpiar el área donde había estado Ah-Un. Los lacayos de Jaken la habían ayudado a cubrir el suelo de esa habitación con heno para que estuviera más cómodo, y ahora le tocaba deshacerse de los restos que quedaban. Los demonios se habían encargado de la mayoría del trabajo, pero era tal el apuro de su líder que no pudieron acabar a tiempo y era deber de Rin terminarlo.

Lo que quedaba de la mañana transcurrió con ella dejando la habitación en su estado original, y aunque era un trabajo cansado, se alegraba de tener algo con lo que mantenerse ocupada por un par de horas.

Era tan solitario sin ningún sonido, nadie que la esperara con entusiasmo y le hiciera compañía.

Bueno, no estaba en realidad sola puesto que Sesshomaru estaba en la mansión, pero... sencillamente no era lo mismo. Ni que Sesshomaru fuera una mascota, por Dios...

Además de que desde ese día que le había dado un vistazo a su pasado, las cosas se habían vuelto... raras. Sin bien Rin se había comprometido a ayudarlo costara lo que costara, descubrió en muy poco tiempo que era más fácil decirlo que hacerlo. Y no era sólo ella la que se mostraba algo esquiva, él mismo parecía evitarla a no ser que fuera estrictamente necesario comunicarle algo.

Tan altanero y orgulloso que siempre había sido, tan poco remordimiento que había mostrado después de semejante atrocidad y ahora simplemente la evitaba. ¿Se habría dado cuenta de lo que Rin había querido decir cuando prometió ayudarlo a salir? ¿Sabía lo que se proponía?

El cuchillo cayó sobre las verduras que picaba en la cocina con un poco más de fuerza de la necesaria al recordar ese pequeño pero importante detalle.

Para que la barrera se rompiera debían cumplirse las palabras de su padre. Tenía que comprender el daño que había causado y debía arrepentirse. ¿Y cuál era la única manera para que esto pasara? Debía... debía...

Su mano se quedó quieta en el mango del cuchillo, apretándolo temblorosa para evitar sonrojarse. Pero por más esfuerzo que ponía de su parte, su rostro no cooperaba y simplemente se encendió como un fósforo.

Sonaba horriblemente cursi, y aunque Rin fuera en sí una persona cursi... hasta eso era demasiado para ella.

¿Pero cómo se supone que haga para que me quiera de esa manera? Es más, ¿puede llegar a querer de esa manera? Ni siquiera he tenido novio, ¿qué se supone que haga, me le insinúo? ¿lo seduzco, me hago la sexy? ¡Dios, no!

Yo y mi estúpida boca que no deja de meterme en problemas, ¿cuándo rayos voy a aprender a quedarme callada?

Comió ahí mismo sobre el mesón de la cocina cuando su almuerzo estuvo listo, refunfuñando para sus adentros sin dejar de recriminarse lo bocazas que era. Buenas intenciones un demonio, lo que ella tenía era un serio problema de estupidez crónica.

Esa misma línea de pensamientos la acompañó las horas siguientes cuando subió a darse un baño y cambiarse de ropa. Incluso cuando estaba en el salón de los kimonos, confeccionándose algunas prendas más prácticas que tantos trajes tradicionales, sus refunfuños continuaban casi sin descanso.

Las tijeras anticuadas cortaron el hilo que sobraba de la última puntada y, habiendo terminado su labor, le dio la vuelta y se puso de pie para ver qué tal había quedado. Tildó la cabeza hacia un lado y cerró un ojo evaluándolo con criticismo, viendo que su segundo intento de pantalones no era tan desastroso como el primero, que ahora tenía guindado entre los kimonos como claro ejemplo de lo que NO se debía hacer si se pensaba confeccionar unos pantalones funcionales.

―Rin ―llamó la voz masculina al otro lado de la puerta antes de abrirla. La chica se giró hacia él para verlo a la cara un tanto extrañada. No habían hablado en todo el día, y era raro cuando él tenía que decirle algo. Sin embargo se sacudió un poco y esbozó una sonrisa a modo de saludo.

―Hola, Sesshomaru. Dime, ¿qué pasa?

―Dejaron esto para ti ―el demonio extendió un fajo grueso de hojas atadas con una cinta roja. Rin saltó y se apresuró a tomar el paquete de sobres y papeles con los ojos bien abiertos. Eran cartas para ella... de su mundo.

Sus labios y manos temblaron al ver la letra de su madre en el primer sobre del montón, y por un segundo tuvo la sensación de que las piernas no le resistirían y terminarían dejándola caer. Se quedó viendo el paquete sin poder emitir sonido alguno, apretándolo entre las manos como si estuvieran a punto de desaparecer.

Alzó la cabeza lentamente para ver hacia el demonio que no le quitaba los ojos de encima, evaluando su reacción en silencio, y le preguntó:

―¿Cuándo...? ¿Cómo...? ¿Quién las dejó?

―Los hombres uniformados ―dijo con seriedad sin ablandar su dura expresión―. Lo acabo de encontrar en la planta baja.

―Es decir... ¿es decir que siguen ahí? ¿La policía sigue abajo? ―se sobresaltó respingando bastante fuerte, preparada para ir en estampida hasta la entrada oeste de la mansión.

―No lo sé. Sólo lo tomé.

Rin no esperó nada más y se le coleó por un lado para ir corriendo hasta las escaleras con el corazón en una mano y el paquete en la otra, por poco tropezándose y cayendo en los escalones. Sus ojos estaban tan abiertos y su corazón latía tan rápido que no le extrañaría que todo saliera expulsado de su cuerpo de un momento a otro.

Sus pasos solitarios resonaron en la quietud que caía sobre el ala oeste aquella tarde soleada. Trotó hasta la columna que siempre solía ocupar, esa que encaraba el hueco en el muro, hueco inexistente de ese lado y cerró la boca para ahogar sus exhalaciones alteradas por la carrera.

―¿Hay alguien aquí? ¿Hola? ¡Soy Rin! ¿Pueden oírme? ¡Heeey! ―gritó con todas sus fuerzas y esperó mirando hacia todos lados por alguna clase de respuesta. Hizo un canal con sus manos en uno de sus oídos y se paró en el punto donde recordaba que Sesshomaru había dejado su propia carta semanas atrás, esperanzada.

Pero conforme los segundos corrían en ininterrumpido silencio hasta convertirse en minutos, creyó que nada sucedería. Y aún así no se rindió.

―¡Hola! ¿Alguien me escucha? ¡Estoy aquí, estoy bien! ¿Hola? ¡Mamá, papá! ¡Issei! ¿Alguien? ―se mantuvo repitiendo lo mismo una y otra vez como un disco rayado hasta que se le irritó la garganta. Apretó los labios y caminó un poco sin dejar de girar la cabeza atenta a la más mínima señal.

Nada. Absolutamente nada.

No sabía si ya las personas se habían ido o si era ella en especial que no se podía comunicar con los demás al otro lado. ¿Pero por qué? Había sentido a Sesshomaru sin ningún problema desde el primer día que lo conoció, aunque le había costado mucho tiempo llegar a oírlo y verlo, ¿qué tan diferente era comunicarse con su misma especie? Cierto que ella no tenía youki ni poderes sobrenaturales, pero...

Pero...

Sus hombros cayeron ante la desilusión. Tal vez sí la habían oído, tal vez todavía había personas por ahí. Dio algunos golpes a una columna y al suelo con la esperanza de que eso al menos sí fuera audible del otro lado. Con algo de suerte la escucharían y le responderían. Los golpes en la madera reemplazaron a su propia voz, pero al igual que antes, nunca obtuvo nada a cambio.

Terminó sentada en el suelo con la espalda apoyada en la columna y las piernas estiradas como una muñeca de trapo. No quería rendirse y aceptar que no podría comunicarse con las personas que la buscaban, pero al estar una hora entera en la faena intentando hacerse notar en su mundo comenzaba a creer que era inútil.

Alzó la cabeza frunciendo el entrecejo decidiendo que no era inútil. Le faltaba práctica, eso era todo. Así como le había costado aprender a entenderse con Sesshomaru, probablemente necesitaba más tiempo para identificar las señales del otro lado y aprender a enviar las suyas propias. No todo estaba perdido, se aseguraría de ello.

Suspiró cansada y posó la mirada irritada en el fajo de sobres y desató la cinta que lo mantenía unido. Tomó el primero, el de su madre, y lo abrió con dedos temblorosos.

Rin:

Gracias al cielo que estás bien... Porque estás bien, ¿verdad? ¿No estás herida? ¿Ese monstruo no te maltrata? Sé lo que dijiste en tu carta, pero tengo tanto miedo por ti... te extraño muchísimo, mi niña. Cada día que pasaba antes de recibir información de ti creí que a tu padre y a mí nos daría un ataque al corazón.

Lo siento... no sé qué escribirte. Estoy anonadada, vi el video y creí... dios, creí que nunca volvería a saber de ti. No pensé por un momento que estabas muerta, pero... mientras más días pasaban sin ninguna señal de ti...

Rin... ¿por qué nunca nos dijiste nada? ¿No confiabas en nosotros? Sé que te gusta ayudar a todo el mundo, pero... pero esto fue ir demasiado lejos, Rin. ¿No pensabas en nosotros, en lo que significaba perderte de esta forma? Debería estar furiosa contigo, debería exigirte respuestas y respeto... pero no lo puedo hacer. Estoy tan aliviada de que nos hayas dejado una carta que ya ni siquiera sé cómo sentirme al respecto... más allá de la preocupación.

Un inugami... Te preguntaría si hablas en serio, pero en vista de todo lo que ha sucedido creo que ya no tengo motivos para asombrarme de nada de lo que me digas o me muestren. Así que era de este inugami del que hablaste con tu padre hace años, en aquella cena donde lo mencionaste. Sí, lo recuerdo muy bien. Últimamente he recordado cada detalle de lo que decías o hacías intentando armar el rompecabezas que dejaste atrás. Todo tiene sentido...

¿Eres su inumochi? Por lo que dijiste en esa carta parecía que sí. ¿Es eso algo muy malo? Te ruego que me digas qué hace este ser contigo, no sigas ocultando más cosas, por favor. Si... si te lastima... si hace lo que creo que puede hacer...

Rin, hija... te lo ruego... ten cuidado. Regresa a casa... te extrañamos tanto, tus amigos no son los mismos de antes desde que te fuiste. Y nosotros menos aún. Cada día pienso en qué pudimos haber hecho para que desconfiaras tanto de nosotros... pudimos haberte ayudado, Rin... no sé cómo, pero habríamos buscado la manera de arreglar las cosas antes de que fuera demasiado tarde. Eres nuestra hija... por ti haríamos lo que fuera, por más loco que sea.

Te extraño mucho. Por favor... vuelve. Solucionaremos esto juntos y seguiremos adelante, lo prometo. Sólo vuelve a casa.

Cuídate, mi cielo. No olvides que te amamos, sin importar lo que pase.

Mamá.

Las últimas líneas se desdibujaron por las gruesas lágrimas que se formaban en sus ojos y nublaban su visión. Cayeron dos gotas en el papel, amenazando con borrar la tinta del bolígrafo azul que su madre había empleado para transmitirle su mensaje, y apartó la carta para evitar que siguiera dañándose. Sorbió fuertemente para tragarse las nuevas lágrimas y se obligó a seguir abriendo cada sobre que tenía en su regazo.

La carta de su padre era muy parecida a la de su madre. Le preguntaba miles de veces si estaba bien y por qué nunca les había dicho nada, le pedía desesperado que encontrara la manera de regresar y le decía repetidamente cuánto la quería. Pero a diferencia del mensaje anterior, su padre también se disculpaba. Por no haber sido lo suficientemente confiable, por no haberla escuchado cuando lo necesitó. Se disculpó por no estar ahí con ella y no haberle dicho cuánto la amaba. Se notaba que su padre se había tomado su tiempo y probablemente había pensado muy bien en todo lo que quería decirle... aunque para ella nunca fuera suficiente.

La siguiente fue de Momoko. Se restregó los ojos con una mano y soltó una risita ante los intentos que su amiga cometía para animarla y asegurarle que todo saldría bien pasara lo que pasara, que la extrañaban y que confiaba plenamente en que volvería sana y salva. Le pidió también que no se preocupara tanto por los demás, que todos estaban recuperándose de sus heridas y nadie le guardaba rencor alguno. Al contrario, le agradecían por haberlos salvado. Momoko también mencionó lo aterrador que fue ver el video de Jiro y, aunque habían opiniones divididas entre los que no habían estado ahí, le prometió fervientemente que ella siempre tomaría su palabra por cierta. Cerró su carta deseándole lo mejor y que se vieran de nuevo dentro de poco.

Lastimosamente, Momoko era la única optimista del grupo de personas que le había escrito.

Satsuki le había escrito mayormente para culparse de todo lo que había pasado y le pedía casi a gritos que la perdonara por no haberla escuchado. Shizuku también se disculpó por haber organizado la película en torno a la casa y le rogaba que diera mayores señales de vida. Fue ella quien le dijo lo fuertemente afectados que estaban todos y lo mal que habían quedado tras su desaparición. Le contó que Haruka asistía a terapia, que Kazuo seguía con la pierna escayolada y que Issei estuvo casi un mes entero en el hospital y había sido operado de emergencia por una fisura en la vértebra cervical.

Rin se sintió morir con esos últimos párrafos donde la muchacha explicaba el estado físico y mental de todos y cómo había sido después de que Sesshomaru se la llevara.

No podía haberlo hecho con intensiones de hacerla sentir mal, estaba segura, lo más seguro era que quisiera mantenerla informada de cada detalle.

Shizuku, al ser excelente escritora, relató a la perfección y de manera resumida la reacción de básicamente el resto del pueblo ante su peculiar situación. Dijo que la policía no sabía si creer el rollo paranormal, que la escuela había lanzado un comunicado para hacer constatar su desaparición pero no validaron la verdadera versión, sino que trataban el tema con cautela para no levantar el pánico.

La carta terminó con un "Espero que estés bien. Cuídate mucho, por favor", y cuando Rin se quedó sin nada más que leer de parte de Shizuku, sintió que había suspirado todo el aire de sus pulmones hasta desinflarse por completo. La muchacha le había escrito cinco páginas con su pequeña letra apretujada por delante y por detrás, más que nadie más, y ciertamente le había añadido un peso extra de remordimiento a los hombros.

Para evitar mortificarse continuó la lectura con la siguiente carta. Kazuo le aseguraba que estaba bien y que aún tenía pesadillas, pero de la misma forma esperaba que ella se encontrara sana y salva. Jiro se disculpó quinientas veces por todos los problemas que había causado al acosarla con la filmadora y que no descansaría hasta que la verdad fuera aceptada. Otros amigos le habían dejado notas y firmado una carta en conjunto mandándole sus mejores deseos y pidiéndole que volviera pronto.

Y por último... Issei.

No había sido en realidad la última carta de la pila, sino que más bien ocupaba el tercer o cuarto puesto. Pero cuando la había visto y reconocido la letra de su mejor amigo, no tuvo el coraje necesario para enfrentarlo y prefirió dejarla para el final cuando ya no tuviera más opción.

Desdobló la hoja de máquina para descubrir un corto mensaje que la dejó un tanto decepcionada y, si era posible, más preocupada y culpable.

Sí, estoy bien. Me dejó medio muerto, pero necesita más que un par de sacudidas para acabar conmigo. Yo también lamento que no me hayas contado toda la verdad, pensé que éramos amigos. Pero ya no importa. Si te soy sincero, no sé si estoy enojado o no contigo. Me duele que te hayas lanzado a esa cosa para detenerlo cuando te dije que no lo hicieras, pero no puedo culparte. Sé cómo eres y sé que no querías causarle problemas a nadie. En realidad me salvaste la vida y por eso te doy las gracias.

Debe haber una forma de volver. Si te llevó adonde sea que estés ahora te puede regresar a casa. Es un maldito por mentirte, deja de defenderlo. No se lo merece después de todo lo que nos ha hecho. Me da igual que le hayas prometido quedarte ahí para siempre, verás cómo haces pero regresas a casa como sea.

Tienes razón, creo que estás loca, pero no te odio. Nadie te odia, no seas ridícula.

Deja de sentir lástima por ti misma y de mortificarte por todo, enfócate en volver. Ya tendrás tiempo de cortarte las venas cuando estés aquí y nos tengas que explicar con pelos y señales qué demonios tenías en la cabeza. No te vas a quedar en ese sitio, regresarás donde perteneces, grábatelo en la cabeza.

Prométemelo. No lo dejes ganar, él no lo vale. Nosotros sí.

Cuídate hasta entonces y deja de llorar. Te quiero de vuelta tan pronto como sea posible.

Issei.

Rin sonrió tristemente y se alegró bastante por haber guardado esa carta para el final. Sarcástico, simple y al punto tal y como siempre había sido Issei. Claro que estaba enojado con ella, era fácil de notar al ver cómo le había escrito, pero también observaba que estaba totalmente aliviado y contento por saber de ella. Lo conocía demasiado bien.

Y debería empezar a hacerle caso. Dejar de sentir lástima por sí misma y de mortificarse sería lo primero que intentaría poner en práctica. Llevaba meses victimizándose por el efecto de bola de nieve que había creado siendo pequeña, y aunque era lógico que estuviera atormentada por su catastrófico resultado, era cierto que no tenía sentido continuar con el acto de la mártir afligida.

La había cagado en proporciones astronómicas, pero ya nada podía hacer para arreglarlo más allá de limpiar el desastre y ver cómo seguía adelante a partir de la enorme bosta que había dejado. Pero qué malhablada, se nota que acabo de leer a Issei.

Tomó todas las hojas entre las manos y las apretujó en su regazo, tomándose el tiempo que necesitó para digerir todo lo que acababa de leer. Era... demasiado. De estar totalmente incomunicada con sus seres queridos ahora tenía un fajo de cartas de parte de todos los que conocía ansiosos por noticias de su paradero, diciéndole cuánto la querían y la extrañaban. Opiniones y reacciones diversas, comentarios adoloridos, culposos y tristes por su partida... ¿pero por qué se disculpaban con ella cuando fue ella quien lo había echado todo a perder?

Se quedó ahí sentada procesando y releyendo cada mensaje varias veces hasta que el anochecer se lo impidió. Y aún cuando toda la luz del día había desaparecido dejándola sólo con el tenue resplandor de la luna creciente, continuó palpando los diferentes tipos de papel, pensando en todos los que le habían escrito y preguntándose bajo qué circunstancias lo habían hecho.

Los ojos le pesaban amenazándola con cerrarse ante el agotamiento emocional, pero se negó a obedecer y permaneció sentada de espaldas a la columna con la esperanza de escuchar a algún humano aproximarse desde el otro lado. Aún de vez en cuando lanzaba preguntas en voz alta y daba toques en la madera esperando una respuesta, recibiendo solamente el triste silencio de vuelta.

―Pierdes el tiempo, no hay humanos del otro lado ―le dijo Sesshomaru. La voz de Rin se congeló antes de su nueva llamada y giró la cara hasta verlo a unos cuantos pasos de ella, con su seriedad característica. Quiso gritarle que se fuera y la dejara sola, que todo era su culpa y que lo odiaba. Pero se quedó callada y volvió a bajar la cara, incapaz de decirle nada. No lo odiaba... nunca lo había odiado de verdad, era sólo que... todo era demasiado frustrante.

Deja de sentir lástima y mortificarte por todo. Claro... había dicho que le haría caso a su amigo, y justo ahí estaba dos minutos después apunto de recriminarle a Sesshomaru. No ganaría nada echándole la culpa a nadie, debía dejar de hacerlo y hacer que la idea entrara en su cabeza de una vez por todas.

Rin regresó la mirada hacia adelante sin ver nada en realidad y soltó un resoplido mudo mientras le daba un apretón más a las cartas que tenía sobre su regazo. Sesshomaru la había escuchado llamar a gritos a los demás humanos, y claro que también había escuchado su llanto por más ahogado que fuera. Quizás no había sido una buena idea entregarle el paquete que dejaron para ella, pero hasta él reconocía que sería cruel dejarla en la oscuridad. Su mundo seguía siendo una parte muy importante de su vida, y para mantenerla feliz era necesario que mantuviera el contacto con las personas que había dejado atrás.

Aunque ahora que la veía tan afectada lo dudaba.

―Ven conmigo ―le dijo súbitamente. La muchacha volvió a mirarlo con sus ojos grandes y tristes aún enrojecidos, haciendo que algo en su interior se agitara intranquilo. En el fondo, muy dentro de sí sabía que él era el motivo por el cual lloraba, cosa que le molestaba bastante. Era hora de solucionarlo―. Hay algo que debes ver.

―¿Qué cosa? ―Rin se levantó con torpeza después de tanto tiempo sentada en la misma posición y lo siguió con curiosidad mientras caminaba hasta el pórtico. Guardó las cartas en el interior de su obi y se detuvo antes de saltar al patio exterior―. ¿Sesshomaru?

―Aquí

Le hizo caso y aterrizó en el pasto, encogiéndose un poco por el frío que sentía. Aún no se acostumbraba a las noches tan frescas de ese lado, unas que en el suyo propio eran imposibles en verano. Se reunió con él, buscando en los alrededores el motivo de su extraño comportamiento, pero el jardín se veía igual que siempre.

Justo cuando iba a preguntarle qué era lo que quería mostrarle, el demonio rodeó su cintura con un brazo y la apegó a su cuerpo. No le dio tiempo ni siquiera de sobresaltarse porque antes de darse cuenta, ambos eran impulsados en el aire con un poderoso salto.

Rin profirió un gritito de sorpresa y se aferró a su cuello con fuerza, viendo estupefacta cómo el suelo se alejaba de ellos en cuestión de segundos. No lo soltó hasta que quedaron parados en el techo del último piso, y aún cuando sus pies descalzos estaban perfectamente posicionados en la viga cumbrera, se mantuvo firmemente sujeta a su brazo con ambas manos por miedo a perder el equilibrio.

―¿Qué rayos, Sesshomaru? ¡Casi me matas del susto! ¡Al menos avísame si vas a hacer eso! ―exclamó con los ojos tan abiertos como platos. Él sólo miraba hacia el horizonte oscuro como si ni siquiera la hubiera oído, y a Rin no le quedó de otra que imitarlo a regañadientes por no tener la explicación que quería.

Pero realmente no era necesaria una explicación. Frente a ella se ensanchaba un paisaje basto e impresionante que jamás había visto antes. El bosque se extendía a kilómetros por todos lados, rodeando montañas como un manto verde mullido interminable e ininterrumpido. Nada de postes de electricidad, construcciones, carreteras, antenas de comunicación... sólo naturaleza hasta donde la vista alcanzaba a ver. Y sobre ellos, coronando el cielo de una manera más espectacular de lo que había presenciado en la laguna como tanto le gustaba, la infinidad de estrellas cubrían cada tramo del firmamento con lucecillas brillantes, marcando constelaciones desconocidas y nebulosas de tenues colores a la distancia.

Podría quedarse ahí arriba toda la vida, descifrando los movimientos de las estrellas y nombrando las miles de constelaciones que comenzaba a descubrir a cada segundo.

Su fiero agarre al brazo del demonio fue mermando su fuerza hasta que sólo sostuvo la manga con una mano, trazando líneas con el dedo para unir los puntos de luz para darles forma. Hasta que algo más captó su atención.

Desde el oeste podía ver unas figuras que se acercaban cada vez más hacia ellos, nuevos puntos luminosos que se movían hacia adelante de manera constante. Pensó que se trataba de estrellas fugaces, más le costó un momento darse cuenta de que estos puntos cambiaban de forma conforme se acercaban. No eran un par o un puñado, sino que eran cientos de figuras que viajaban en el aire. O mejor dicho, aleteaban.

―¿Pero qué...? ¡Oh por Dios, son pájaros! ¡Y son miles! ―exclamó señalándolos con una sonrisa de emoción. Tanto así, que dando un paso al frente para inclinarse más hacia ellos que se resbaló y estuvo por caer del tejado. Afortunadamente como estaba sujeta a la manga de Sesshomaru y él tenía tan buenos reflejos logró tironearla de un sólo movimiento para que recuperara el equilibrio. Rin rió por el susto y le agradeció con una mirada―. Creo que mejor me siento antes de que me caiga al vacío.

Como lo tenía sujeto y no pensaba soltarlo por nada del mundo, el demonio también tomó asiento a su lado con las piernas cruzadas.

―¿Qué son? ¿Y qué están haciendo? ―cuestionó ella sin dejar de mirar hacia las extrañas aves que se les acercaban.

―Son aves de fuego, esta es su ruta migratoria.

―Oh, ya veo. Pero estamos en septiembre, ¿no es algo pronto para que migren por el invierno?

―No estoy familiarizado con las razones de la migración. Siempre abandonan el oeste al finalizar el verano y regresan a finales de la primavera.

―¿Son peligrosas? ¿No nos atacarán si nos ven aquí arriba?

―Dudo que seamos de su interés ―le dijo tranquilamente.

―Deben estar muy ocupadas manteniendo el grupo unido, supongo ―atinó Rin distraída―. Quizás vayan a anidar a una zona más próspera o busquen una fuente de alimento que también migra al sur. Me parece que hay ballenas que trazan su ruta migratoria siguiendo al krill por el océano, y algunas especies de aves siguen la migración de los insectos y se basan en esto para sus épocas de cría. Hay muchas posibilidades... oh, me encantaría saber cuáles son las de estas aves.

Rin mantenía la vista fija en el mismo punto atenta a los pájaros de fuego, mientras que Sesshomaru la observaba a ella constantemente por el rabillo del ojo, simplemente escuchándola en silencio. Cuando ella hablaba sin detenerse con aquel tono soñador era porque estaba feliz, en paz consigo misma aunque fuera por ese instante. Su rostro estaba tan sereno y relajado en contraste con la angustia que la había invadido las horas anteriores que era imposible que no captara su atención.

Era fácil hacerla enojar y entristecer; contentarla era el problema si no sabía cómo hacerlo. Ésta vez había acertado con la simple invitación subir al techo y supo que había sido una buena idea cuando habían transcurrido varios minutos sin que su sonrisa flanqueara.

Ese pequeño gesto tenía algo que atraía su mirada como una polilla a la luz.

Decidió que necesitaba hacer más cosas como aquella para verlo más seguido.

―¡Oh, ya vienen, ya vienen! ―siguió señalándolas entusiasmada con una gran sonrisa. Rin ahogó una exclamación de asombro cuando la amplia bandada de aves comenzó a volar sobre sus cabezas. Eran un poco más grandes que un cisne, con un brillante plumaje rojo y dorado. Una larga cola tipo abanico como la de un pavo real se difuminaba detrás de cada ejemplar; algunas más largas y frondosas y otras más cortas, por lo que imaginó que aquella era la diferencia de género. Las plumas brillaban con un resplandor rojizo como si estuvieran ardiendo desde adentro, dejando una estela resplandeciente que marcaba su camino.

Los animales graznaban con potencia, entonando cánticos cortos agudos y de pocas notas que encontró extrañamente hipnotizantes. No sabía si se comunicaban entre ellos pues los sonidos eran uniformes e iban al unísono, o si era alguna clase de canción que enmarcaba su vuelo al sur.

Rin estiró tanto el cuello para verlas mejor que acabó poniéndose en pie, maravillada por las centenas de pájaros que surcaban ordenadamente el cielo en una amplia formación de V. Algunas plumas de diversos tamaños caían conforme avanzaban, y una de ellas, un plumón interno, descendió flotando describiendo zigzags como si fuera un copo de nieve resplandeciente. Sin siquiera pensar que debían llamarse aves de fuego por algo y aquella pluma debía estar muy caliente, extendió la mano para tomarla siguiendo su trayecto atentamente con los ojos.

Y de nuevo, un paso en falso la hizo resbalar de la viga cumbrera justo cuando la pluma se posó suavemente en su mano. Pegó un gritito del susto, pero no cayó. Sesshomaru volvió a tener el mismo impecable reflejo y la tomó de la mano que seguía asiéndose a su larga manga blanca, tironeando de ella para regresarla a su lugar.

Rin se sentó junto a él más cerca que antes, y rió por lo bajo después de darle las gracias por salvarla una segunda vez. Abrió la mano que sostenía el objeto que casi le había costado la vida y admiró la mullida pluma no más grande de cinco centímetros. Su brillo se extendía por toda su mano, y aunque estaba ciertamente más cálida que una pluma normal, no le incomodaba en lo absoluto.

Las cosas de aquel mundo nunca dejarían de impresionarla.

―Es hermoso... ―levantó la vista al cielo una vez más, donde la bandada de pájaros terminaba de pasar, llevándose su resplandor y cántico hipnótico más allá del horizonte en dirección al sur. Rin se quedó con la cabeza vuelta hacia ellas hasta que fue difícil distinguirlas a la distancia y volvió a fijarse en la pequeña pluma sin dejar de sonreír―. Sería fascinante saber adónde van y qué hacen, ¿no crees? Desde aquí arriba todo se ve mucho más grande. Uno se da cuenta de lo pequeño que es en realidad si se compara con los bosques y las montañas. Y más si se piensa en lo que hay detrás de ellas... como el océano. Recuerdo cuando visitamos el océano por primera vez. Subimos a un faro para ver el atardecer, jamás olvidaré la cantidad de colores y destellos que vi en el agua, fue como si hubieran dos cielos en lugar de uno... y me dio miedo por lo insignificante que me sentí. Fue la primera vez que pensé algo parecido, en lo grande que es el mundo y en lo pequeña que soy yo.

Guardó silencio un momento sin dejar de admirar el paisaje que los rodeaba, hasta que decidió situar su atención una vez más en las estrellas que coronaban el firmamento. Recordó a su padre y todas las clases que le había dado sobre las constelaciones, le había explicado cómo antiguamente las usaban para ubicarse y encontrar el camino, relatándole anécdotas también de cómo cada una había ganado su nombre y por qué.

Su madre, en cambio, prefería más el misticismo que las rodeaba: le hablaba de las leyendas antiguas, de hermosas historias de amor como la del Tanabata*, una de sus leyendas favoritas que siempre le había dejado una sensación de añoranza difícil de explicar desde que era pequeña. Siempre iba al festival de verano con un mismo deseo: que los amantes pudieran estar juntos para siempre. Incluso el año anterior, siguiendo su propia tradición a pesar de ser bastante mayor para pedir aquel deseo infantil, volvió a escribir lo mismo para colgarlo en el bambú. Aquel era el primer año que faltaba a su festival favorito, notó tristemente.

Ver tantas estrellas desconocidas en el cielo sólo le hacía pensar en todas las historias que podrían existir sobre ellas y que no conocía todavía. Observó a Sesshomaru furtivamente preparada para preguntarle si conocía alguna, pero al contrario de ella que admiraba las estrellas con fascinación, la vista del demonio estaba fija en las montañas y lo que había más allá. Tan serio como siempre había sido, pero esta vez, distinguió un minúsculo atisbo de... pesadumbre.

Claro... él no podía salir. Ver todo aquel territorio que no podía explorar desde hacía siglos debía ser un trago amargo que le llevaba los más crueles evocaciones. Y aunque sabía que su castigo estaba bien merecido por el crimen que había cometido, se sintió mal. Triste por él. Apenas había estado ahí unos dos meses y la desesperación por estar encerrada, por más ocupada que pudiera estar, era abrumadora. ¿Cómo sería con él, que llevaba no meses, sino siglos enteros sin poner un pie más allá de su jaula y debía conformarse con verlo todo desde la distancia?

Se inclinó un poco hacia adelante torciendo la cara y sonrió en cuanto el demonio le dio su atención.

―Cuando se levante este sortilegio, ¿adónde te gustaría ir?

―¿Cuando se levante?

―Claro. Prometí ayudarte, ¿recuerdas? En algún momento se debe romper esa barrera ―le dijo muy segura.

―¿Cómo conseguirás que se rompa?

―Eh... Aún no lo tengo del todo resuelto ―se desvió un poco. No quería revelarle sus especulaciones por miedo a que la rechazara o se burlara en su cara por lo que ella creía que podría ayudarlo. Además de que prefería no tenerlo predispuesto a que sucediera, las cosas debían seguir un curso más natural para que salieran bien―. Pero lo conseguiremos de cualquier manera, eso dalo por hecho.

Sesshomaru entrecerró los ojos sin estar muy convencido por aquella vaga respuesta y al cabo de unos segundos de silencio incómodo, viró la vista para regresarla a su punto original. Rin roló los ojos agradeciendo que no continuara interrogándola y trató de revivir la conversación.

―No me respondiste la pregunta. ¿Hay algún sitio en especial que quieras ver?

―Alguno que esté lejos de aquí ―dijo contundente.

―Lo bueno es que no pareces ser muy selectivo, así que tienes muchas más opciones ―contraatacó optimista―. Puedes ir al mar... a las islas del sur... Visitar el Monte Fuji en Shizuoka, las termas en Oita, Disfrutar de la nieve en Niigata... ¡oh! Y sería muy interesante ver la versión que este mundo tiene de Tokio. Incluso de otros países. Tienes tanto tiempo de vida que fácilmente podrías recorrer el mundo a tus anchas, ver tantas cosas y conocer tantas culturas diferentes... ¡qué suerte!

―Es una buena idea ―concedió no muy interesado en sus puntos, pues no parecía tomárselos en serio.

―Sesshomaru, te dije la verdad ―volvió a asomarse para verlo con el ceño fruncido―. Voy a hacer que salgas de esta casa, tienes mi palabra. Y cuando eso pase, serás libre de pelear con todos los demonios que quieras y verás el mundo completo de cabo a rabo. Pasa por Grecia por mí y dime si Medusa sigue dando problemas ―se rió por lo bajo al imaginarse al inugami en diversas situaciones de las mitologías del mundo. Sesshomaru luchando contra una esfinge, contra Thor, el monstruo del lago Ness o hasta el chupacabras en México.

―¿Por qué hablas en singular? ―quiso saber Sesshomaru, cortando su risita.

―¿En singular?

―Hablas de todo lo que se supone que veré cuando se rompa la barrera. ¿Dónde estarás tú?

―¿Yo? ¿Qué tengo que ver yo con todo esto?

―Eres tú quien hará que salga de esta casa.

―Sí, pero... ¿cómo podría acompañarte?

―¿Por qué no habrías de hacerlo?

―¡Porque...! ―comenzó a exasperarse por el rumbo de sus ideas. Primero se sonrojó un poco creyendo que podría referirse a algo en específico, pero luego recordó que era un inugami... uno muy posesivo que no pensaba de la misma manera que ella―. Porque no hay manera que sobreviva tanto tiempo. Mi vida es mucho más corta que la tuya, Sesshomaru.

―Eso no es ningún impedimento.

―¡Claro que lo es! ¿Acaso quieres llevarme arrastrando por todos lados? Te retrasaré, tendrías que cuidarme todo el tiempo por la cantidad de monstruos que querrán comerme en cuanto me vean.

―Es mi deber protegerte, nada te sucederá.

De nuevo sintió su rostro acalorarse, pero se forzó a mantener la sangre fuera de sus mejillas. Era difícil cuando Sesshomaru le daba una mirada tan fija y segura.

―Pero de todas formas envejeceré y seré una carga tarde o temprano, ¿no? ¿Para qué querrías acarrear con una vieja cuando ni siquiera pueda caminar? ―sus hombros cayeron ante esa súbita realización. Era joven ahora y lo sería por unas décadas más, pero la vida humana no era infinita. Por más empeñado estuviera él en protegerla no podía hacer nada con el paso del tiempo.

Aquella idea la hizo bajar la cabeza con desánimo.

No tenía interés alguno en regresarla a casa y estaba forzada a vivir toda su vida siguiéndolo, siendo una carga de la que seguramente se aburriría eventualmente. Siendo tan poderoso y con tantas ansias de marcharse lejos, ¿por qué querría tener un motivo que ralentizara su paso? No tenía sentido.

―¿Insinúas que te abandonaré?

―Sería lo lógico ―se encogió de hombros. Ya el optimismo se había esfumado y en su lugar la voz se le había tornado algo más baja y grave.

―No lo haré ―concluyó él con serenidad. Rin volvió a enarcar las cejas, pero cuando giró un poco para ver su cara, ésta ya estaba orientada hacia adelante.

―¿Por qué no? Sabes que sólo te retrasaría y sería una carga. No puedo luchar como tú, me cansaría rápido, necesitaría comer tres veces al día, encontrar refugio... y ni hablar si me enfermo o me rompo algo...

―Jamás serás una carga para mí, Rin ―le aseguró con aspereza, cortándola en el acto. Su corazón comenzó a latir más deprisa al sentir su mirada dorada contundente sobre ella como si la retara a llevarle la contraria. Le tomó unos segundos recuperar la movilidad de la lengua para formar algunas palabras coherentes, casi incrédulas.

―Entonces... dices que quieres que vea el mundo contigo.

―Es lo que dije.

―Y... ¿y nunca me dejarás atrás pase lo que pase?

―No.

Su boca se abrió para seguir con las preguntas, pero tras esa última negativa prefirió cerrarla antes de meter la pata presionándolo con un tema tan... inusual como era ese. Sesshomaru le había dicho de una manera bastante seca que ella le pertenecía, que nadie tenía derecho a tocarla como si fuera un objeto de colección invaluable. Por varios días ―rayos, semanas incluso― se había sentido de esa manera. Como una muñeca de adorno bajo la estricta mirada del coleccionista más implacable y celoso del mundo.

Y ahora... rayos, se sentía diferente. Humana. Considerada. Valiosa.

Bajó los ojos hasta sus pies y los dejó ahí al encontrar imposible levantar la cabeza una vez más. El pecho le dolía un poco por los inestables tumultos de su corazón e incluso las manos le hormigueaban mientras sujetaba con fuerza sus rodillas.

Quizás él... después de todo...

Juntó más las piernas al pecho y las cartas que tenía guardadas en el obi crujieron y todo lo que había leído horas atrás regresó súbitamente de golpe. Sus padres, sus amigos... toda la gente que la extrañaba y le rogaba que volviera cuanto antes eran personas que la amaban y la necesitaban, personas que merecían que se esforzara por ellos.

¿Y Sesshomaru? Él también la necesitaba. Quizás era muy presuntuoso de su parte asumir que podía romper el encantamiento que lo ataba a ese lugar, pero por lo menos tenía que intentarlo, ¿no? Después de todo si era la única persona humana a la que no odiaba y afirmaba tan fervientemente proteger debía ser por algo.

Es un maldito por mentirte, deja de defenderlo. No se lo merece después de todo lo que nos ha hecho.

Se apretujó un poco más contra sí misma por el frío que sintió subirle en la columna vertebral al recordar las palabras de Issei. Se sentía tan dividida que ni siquiera podía ponerle orden a sus ideas, y ya sabía que le costaría horrores conciliar el sueño aquella noche... como siempre.

Se sobresaltó un poco cuando sintió algo cálido protegiéndola de la fría brisa que azotaba el tejado y viró para ver cómo la estola la envolvía. De igual manera notó que Sesshomaru se había acercado un poco para que la estola la alcanzara mejor, justificando sus temblores por el frío que hacía.

Esbozó una pequeña sonrisa triste y se arrimó ella también en busca de calor, hasta que acabó inclinándose para recargarse en su hombro derecho fuente de la estola y regresó la mirada a las estrellas, perdiéndose en los miles de puntitos luminosos que adornaban el cielo.

El dolor que sentía en el pecho se mitigó durante ese instante.

Sesshomaru se mantuvo inmóvil por un largo rato, perdiéndose a la distancia como siempre lo hacía cada vez que subía. El ligero peso que suponía Rin en su brazo incrementaba poco a poco con el paso del tiempo, hasta la sintió recargarse sobre él por completo. Cuando se dio cuenta, ya se había quedado dormida.

―Rin ―la llamó para despertarla―. Debemos regresar.

―No quiero ―murmuró. No estaba dormida en realidad, no por completo. Sus ojos estaban entreabiertos, viendo hacia la nada entre las pestañas.

―La temperatura sigue descendiendo ―apuntó él con una voz más suave de lo acostumbrado, como si hablara en un murmullo―. Además de que necesitas dormir.

―No quiero irme ―repitió testaruda.

El demonio exhaló silenciosamente y sólo la dejó ser por un momento más. Al fin parecía estar más serena, lejos de lo que fuera que le causara tanto desasosiego y no quería arrebatarle ese momento de tranquilidad, no después de recordar lo alterada que había estado en el transcurso de la tarde y lo alicaída que se pasó la mañana tras despedirse del dragón.

Sí, Sesshomaru estaba atento de lo que le pasaba aún cuando no estuvieran cerca el uno del otro en caso de que fuera necesario intervenir.

La luna subió a la cúspide del cielo marcando la media noche, por lo que supo que ya era momento de retirarse si no quería que Rin enfermara por estar tanto tiempo expuesta al frío aire nocturno. Aún no estaba demasiado seguro de qué tan sensibles eran los humanos a los cambios climáticos y cuánto afectaban su salud, pero por el momento no quería arriesgarse.

La llamó por su nombre un par de veces hasta caer en cuenta de que era inútil, por lo que procedió a cargarla en brazos como había hecho aquella primera vez cuando la trajo a ese mundo. Se removió un poco molesta por el cambio de posición, pero no abrió los ojos y volvió a acurrucarse contra la estola en cuanto el demonio se puso en pie. De un hábil salto ya estaban en el balcón del tercer piso, y ni siquiera el impulso la había hecho abrir los ojos. Debía estar mucho más cansada de lo que aparentaba si nada la despertaba.

Entró en su recámara y extendió su futón con un brazo mientras la sostenía con el otro para no dejarla en el suelo. Pero cuando la apartó para recostarla en la cama, Rin apretó el puño que no había soltado su manga en ningún momento, negándose a que la separara de él.

―No te vayas ―le pidió en son de queja al dejar de sentir el calor que emanaba su cuerpo.

―Debes dormir.

―Pero tú no te tienes que ir ―contraatacó entreabriendo los ojos haciendo un pequeño puchero. Tal vez no estaba tan dormida como había estipulado en un principio. El inugami le dedicó una mirada contrariada que apenas se dejaba entrever entre sus rígidas facciones y separó los dedos que se aferraban a su ropa con cuidado. Rin se negaba a soltarlo―. Por favor... quédate.

―¿Qué te sucede? ―cuestionó entonces, buscándole sentido a lo que estaba haciendo

―No quiero estar sola ―dijo, cerrando los ojos con fuerza y apretando los labios, afianzando su agarre como si su vida dependiera de ello. Sesshomaru se quedó en blanco por unos segundos, intentando comprender el por qué de lo que hacía. Desistió de intentar retirar su mano y procedió a tomar asiento a su lado, creyendo que con eso sería suficiente―. No. No te vayas.

―No lo estoy haciendo, Rin ―le hizo ver.

―¿Puedes quedarte conmigo un rato más? ―musitó entristecida. El inugami tenía serios problemas en comprender de dónde venía aquella necesidad de mantenerse cerca de él, pero como siempre, no tuvo más opción que aceptar contrariado.

―Estaré aquí ―indicó tras un momento de silencio en el que terminaba de decidirse. El puño de Rin se ablandó hasta que se deslizó suavemente por su brazo y cayó rendido en el futón. Asintió con la cabeza, sacó las cartas de su obi para dejarlas al lado de la cama y terminó de acurrucarse entre las sábanas para finalmente cerrar los ojos y abandonarse al sueño.

El demonio se levantó cuidando ser lo más silencioso posible y volvió a sentarse en el extremo de la habitación, recargando la espalda contra la pared. A su lado, una de las tres ventanas circulares dejaban entrar los claros rayos de la luna, inundando la recámara con una tenue luz azulada. Dejó que su vista paseara por aquel lugar, encontrando los diversos cambios que Rin había hecho desde su llegada. Algunos muebles y adornos habían sido cambiados de lugar, jarrones de diferentes tipos de flores hacían fila en la mesilla larga de la pared contraria en la que él estaba, contagiando de sus aromas aquel espacio que había permanecido cerrado por tanto tiempo.

También encontró un almanaque hecho a mano guindando sobre las flores, con cada uno de los días pasados tachados con una equis. Unos cojines de telas de colores se apilaban cerca del área de la hoguera y supo inmediatamente que los había hecho ella misma, pues no eran demasiado uniformes. Había rollos de pergamino entre esos cojines repletos de palabras que no llegó a leer. También tenía algunos libros a un lado de la hoguera, un par de los cuales pertenecían a los que ella misma le había ido dejando con el paso de los años.

Hasta que sus ojos se posaron de vuelta en la figura acostada de Rin, pues se removía cada vez más conforme la noche crecía. La escuchaba gemir entre sueños, afligida por lo que sea que estuviera viendo. Se alarmó cuando sus movimientos se hicieron más bruscos y sus quejidos más audibles, y justo cuando pensaba en despertarla, ella lo hizo sola profiriendo un respingo.

Respiró inestable hasta que cayó en cuenta de que sea lo que hubiera estado soñando no estaba ahí para atormentarla, y volvió a desplomarse sobre el futón llevándose un brazo para tapar sus ojos mientras estremecía intentando contener el llanto en la garganta.

―¿De nuevo una pesadilla?

Rin giró para verlo recostado en la pared. Sus ojos dorados resplandecían de una manera casi imposible, como dos llamas encendidas en medio de la oscuridad. Se alivió internamente al ver que había cumplido su palabra y se había quedado ahí después de todo, pues tenía el presentimiento de que sólo había intentado contentarla para después marcharse en cuanto cayera dormida.

―¿Sabes que tengo pesadillas?

―Hablas en sueños durante la noche.

―Oh... ¿hago mucho ruido? ―se incomodó bajando la mirada. Qué vulnerable se sentía, qué poca cosa... era como una niña pequeña que tiembla cual hoja ante sus malos sueños como si no supiera que éstos no eran reales.

―No, tengo buen oído ―negó él manteniendo un tono bajo pero firme―. ¿Te encuentras bien? ―como Rin lo miró frunciendo el ceño extrañada por su cuestionamiento, el demonio le devolvió el gesto fríamente―. Supongo que si no puedes conciliar el sueño no debe ser agradable.

―Ah... no, no lo es. Tengo tiempo así, me cuesta mucho dormir ―se restregó un ojo enrojecido mientras se sentaba encorvada mirando vacíamente hacia sus piernas. Tenía tantas cosas zumbando en su cabeza que necesitaba enfocarse en alguna otra cosa para acallar todo el ruido―. ¿Cómo haces tú? No duermes, ¿verdad? ¿Por qué?

―No siento la necesidad. Mi cuerpo no requiere tanto descanso como otros.

―Ya, pero aún así... no te creo que en todos estos años no hayas descansado al menos alguna vez.

―Claro que lo he hecho ―la contradijo él―. Sólo que no con frecuencia.

―Deberías intentarlo más a menudo. Ayuda mucho.

―No lo parece según lo que acabo de ver.

―Lo que acabas de ver no se supone que pase muy seguido ―musitó ella―. Las pesadillas apestan. Y sé que cuando vuelva a cerrar los ojos tendré otra. Eso o no podré dormir en el resto de la noche.

Volvió a restregar sus ojos con fastidio, y cuando los descubrió, la estancia había quedado iluminada al terminar de pasar una nube por la luna, revelando claramente la figura del inugami sentado contra la pared observándola atentamente. Era entre raro y reconfortante tenerlo tan cerca, ayudaba a mitigar un poco su angustia aún cuando le resultara algo extraño ser objeto tan fijo de su atención.

Pero aún así... él la ayudaba. La conciliaba, le daba tranquilidad a su mente atestada de tumultuosos pensamientos y recuerdos. Justo como cuando se apegó a él en el tejado, todo se calló dentro de su cabeza y se hizo un plácido silencio que requería con urgencia.

Su corazón dio un latido muy fuerte cuando le llegó la nueva idea. Los nervios y la vergüenza seguramente harían acto de aparición de un segundo a otro gritándole que no se atreviera, pero estaba tan cansada y necesitada de tranquilidad que prefirió no detenerse a razonarlo mejor.

Se levantó torpemente del futón, dando un par de patadas al cobertor que se había enredado en sus piernas y cruzó la estancia para arrodillarse frente a él, quien no dejaba de examinarla con detenimiento.

―¿Puedes...? ¿Puedes quedarte esta noche?

―Es lo que estoy haciendo ―apuntó con obviedad, preguntándose qué se traía entre manos. Rin titubeó antes de volver a hablar.

―¿Puedo hacerlo yo?

La mirada de Sesshomaru se mantuvo impasible ante su petición hecha un susurro como si diera por sentado una respuesta negativa. La humana se veía tan desalentada, con la tristeza opacando sus ojos marrones de nuevo, que no pudo llevarle la contraria.

―Si eso quieres ―contestó parcamente como siempre solía hacer al saber que no tenía manera de negarle lo que pidiera.

Rin ni siquiera sonrió débilmente, aunque por el atisbo de curva que se originó en sus labios pensó que sí lo haría. Se acomodó en el espacio que había entre sus piernas, una estirada y otra flexionada donde recargaba su brazo, dándole la cara. Ni siquiera pestañeó, pero al cabo de unos segundos, se dejó caer laxa sobre él, apoyando la cabeza en su pecho donde la estola se envolvía.

Inhalaba y exhalaba con irregularidad, estremeciéndose como si estuviera a punto de llorar de nuevo. Sesshomaru no movió ni un músculo mientras ella se acurrucaba cual animalillo desamparado buscando una fuente de calor y protección. Una vez más, se aferró a su brazo derecho tal cual como lo había hecho en el techo, como si aún temiera que al soltarlo fuera a caer al vacío.

Sesshomaru no sabía que en realidad Rin tenía la misma idea en mente y no quería que se cumpliera. Ella sabía que estaba cruzando una raya muy importante, que lo que hacía era inapropiado, irrespetuoso e infantil. Pero por esa noche que lo tenía ahí con ella, sin rechazar la cercanía que le daba tanta paz, lo dejaría todo de lado. Absolutamente todo.

En ese momento el inugami era su guardián, una base segura, un ancla contra la tempestad que arreciaba dentro de sí. Ya tendría tiempo de pedir disculpas y de avergonzarse, pero por esa noche sólo se arroparía en esa envolvente calidez y cerraría los ojos.

Es mucho más cálido de lo que creí, se dijo al aflojar toda la tensión acumulada mientras se recargaba mejor en aquel cuerpo tan firme. Se concentró en escuchar el estable latido de su corazón, uno que muchas veces dudó que existiera en realidad. Estaba tan tranquilo como era de esperarse, y sin darse cuenta, fue siguiendo su ritmo mentalmente hasta que ya no podía mantenerse consciente por mucho más.

―Gracias, Sesshomaru ―musitó adormilada antes abandonarse por completo en los brazos de Morfeo.

No se dio cuenta de la casi imperceptible anomalía en aquellos laditos continuos que definitivamente le habría llamado la atención de haber estado escuchándolos atentamente como antes. Porque fue cuando el demonio vio su sonrisa sincera y agradecida que sintió algo. Algo extraño de lo que no se había percatado antes.

Rin era ligera y cálida, casi no suponía ningún peso sobre él y si enfocaba su mirada en otro lado y cambiaba el rumbo de sus pensamientos, probablemente se olvidaría que estaba ahí. Pero ahora era diferente. Ahora no sólo sentía su peso y calor, sino que estaba aquella... sensación que se despertó al verla sonreír.

La mano que reposaba sobre su rodilla tomó con delicadeza un largo mechón de cabello negro que caía por su espalda. A simple vista no tenía nada de especial; era típico cabello humano del color más común que existía. Y aún sabiendo que había millones de seres humanos con el mismo cabello que ella, sabía que el suyo resaltaría; era... único.

El lacio mechón se deslizó suavemente entre sus dedos cuando retiró la mano y se volvió a enfocar en su rostro tan sereno en comparación a cómo había estado un par de horas atrás, mientras dormía en su propio futón y era presa de sus pesadillas.

De nuevo sintió esa misma sensación extraña como si algo en su pecho se retorciera.

Quiso apartarla y marcharse de ese lugar, dejarla atrás para que se detuviera. Pero conforme más se preparaba para dejarla de vuelta en la cama, más razones encontraba para no hacerlo. Se lo había prometido. Al fin estaba en paz. Era ridículo querer huir por una estupidez como esa.

Pero lo más importante, el motivo que más le pesó fue el más simple de todos: no quería hacerlo.

Comprimió los labios en una fina línea y cambió su objetivo de mira para ver hacia la luna por la ventana, serenándose hasta recobrar la compostura ante lo que calificó como una reacción innecesaria.

Fiel a su promesa, cumpliendo como siempre todo lo que ella deseara, se mantuvo en esa posición por el resto de la noche hasta que la luna desapareció del plano astral para darle su lugar al sol.

Rin no se despertó hasta que era casi mañana. Durmió como una roca y apenas movió un músculo más allá de sus pulmones al respirar lenta y acompasadamente en su sueño profundo. La mano que se aferraba a su brazo apenas había debilitado su agarre, pero nunca fue retirada hasta que despertó.

―Buenos días... ―murmuró aún algo adormilada, separándose de él lentamente. Parpadeó un par de veces hasta que su cerebro pareció espabilar en su totalidad y lo miró sorprendida con las mejillas rojas―. Perdona... perdona por haberte hecho hacer esto. N-no quise molestarte.

―No lo hiciste ―negó con ligera indiferencia―. ¿Te encuentras mejor?

―Sí, mucho... es la primera vez desde que llegué aquí que he podido dormir tan bien ―sonrió radiante antes de caer en cuenta del posible doble sentido de esa frase―. Bueno... em... tú me entiendes.

Bajó la cabeza encogiéndose en sí misma. Aún seguía en el espacio que había entre sus piernas, pero ya no lo estaba tocando de ninguna manera y se mantenía arrodillada con la vista fija en el suelo. Sesshomaru desvió su punto de visión para ver el claro cielo de la mañana.

―Gracias por haberte quedado conmigo ―dijo después de unos segundos de mutismo.

―No tiene importancia.

―Para mí sí. Y mucha ―musitó por lo bajo. El inugami apenas desvió la mirada para dedicarle un rápido vistazo por el rabillo del ojo, y por ese mínimo instante ese algo regresó para darle un ligero tic en la comisura de la boca.

Rin se puso en pie viendo hacia la ventana murmurando lo tarde que era y el hambre que tenía después de no haber cenado la noche anterior. Seguidamente se puso en pie con algo de inestabilidad por el entumecimiento en sus piernas y costado tras una noche entra de descanso entre el regazo del demonio y el suelo de tatami. Él seguía con la mirada fija en la ventana.

―Oye... ¿te gustaría desayunar conmigo? El señor Jaken me trajo ayer dos docenas de huevos, podría hacerte un omelet si quieres. O lo que tú prefieras.

―Sabes que no ingiero esa clase de alimentos.

―Eso dijiste, pero te llevabas las cosas que te traía como ofrendas, ¿no? ¿Y te las comiste? ―enarcó una ceja. Sesshomaru demoró un poco en responder, y cuando lo hizo, le dio una mirada sin mucha gracia por el rabillo del ojo.

―Sí.

―¡Ajá! Entonces no sólo comes carne cruda, así que no tendrás problemas con un omelet ―estimó, mordiéndose la lengua para no soltar 'si de todas formas los perros son omnívoros, no tendrás problemas'―. ¿Qué dices? Me gustaría agradecerte por aguantarme toda la noche. Pero si no quieres no pasa nada, tampoco es la gran cosa ―hizo un gesto rápido con la mano al ver que no obtenía ninguna palabra de su parte. Se encogió de hombros sin mayor remedio sintiéndose algo decepcionada y se dio la vuelta para salir―. Mejor me doy un baño rápido y me cambio de ropa, no me la he quitado desde ayer.

―Te esperaré abajo ―anunció el demonio pasándola por la puerta. Rin se quedó anonadada ante su rapidez y sigilo, pues ni siquiera se había dado cuenta que se había levantado y caminado hacia ella. Por este motivo demoró unos segundos de más en procesar lo que había oído.

―¿De verdad? ¡Genial! Enseguida voy contigo, ¡no tardo! ―sonrió radiante mostrando sus dientes blancos y salió disparada hacia la habitación de los kimonos. Sesshomaru la vio correr poco después en dirección al baño con un kosode blanco y lila bajo el brazo. Negó suavemente con la cabeza al escucharla quejarse por haberse dado un golpe por ir con tanta prisa.

Cumplida y puntual, Rin estuvo desfilando por la escalera hasta la planta baja no menos de quince minutos después, dejando una estela de esencias florales que se desprendían de su largo cabello húmedo con cada paso que daba. Volvió a regalarle esa misma sonrisa entusiasmada cuando se lo encontró esperándola apoyado en una pared exterior que daba hacia el patio sur.

Caminó a su lado hasta el área de la cocina sin dejar de hablar enumerando la cantidad de cosas que seguramente le encantarían probar. El hombre variaba sus ojos dorados entre ella y otro punto más, esperando a que notara el pequeño detalle.

―En cuanto pruebes lo que puedo hacer ya verás que te despedirás de la carne cruda en un santiamén. Puedo preparar bocadillos para la hora del té también, el señor Jaken me trajo unos frijoles rojos que tienen una pinta increíble para hacer pasta dulce. Oh, y seguramente a Ah-Un también le gustará probarla. Le puedo preparar unas golosinas con avena y heno para que... ―Rin se detuvo súbitamente y arrugó el ceño extrañadísima para cuando se dio cuenta de lo que Sesshomaru estaba mirando desde que esperaba que hiciera acto de presencia―. ¿Ah-Un...?

El dragón de dos cabezas pastaba muy tranquilamente al lado del área de los sirvientes donde había vivido las semanas anteriores. Al escuchar su nombre por segunda vez y tener a la chica más cerca, ambas caras se levantaron del suelo y la miraron con las pupilas algo ensanchadas. Se acercó a ella con un trotecito contento, estirando los cuellos descaradamente hacia su cara pidiendo los mimos de siempre.

―Pero... ¿qué haces aquí? Te devolvieron a tu hogar ayer, eres libre... ¿qué está pasando?

―Regresó esta mañana mientras dormías ―le confirmó Sesshomaru mientras ella le daba sus caricias correspondientes a cada cabeza sacándoles un ronroneo. Su rostro aún estaba comprimido por la estupefacción.

―Pero... ¿por qué? Se supone que se quedaría en el sitio donde lo sacaron y volvería a ser como era antes.

―Ya no es un animal salvaje, lo domesticaste ―señaló acertadamente. Los ronroneos se hicieron más fuertes y, en busca de más caricias, frotaron las cabezas contra su cuerpo haciéndola tambalearse.

―Es decir que ya no ve el exterior como su hogar ―añadió ella con cierta desconfianza. Todo se le hacía muy raro y repentino. ¡Tanto que había sufrido el día anterior para que el dragón volviera a la mañana siguiente! De haberlo sabido antes se habría ahorrado un par de dolores de cabeza.

Y de espalda después de limpiar su habitación.

Sesshomaru asintió parcamente dándole la razón.

¿Quién querría valerse por sí mismo cuando vive como huésped de honor en un excelente hotel? Le pareció que iba a decir. Claro que tenía razón, ni tonto que fuera Ah-Un para quedarse en el bosque luchando por sobrevivir cuando tenía tan buena vida a expensas de Rin.

―¿Pero cómo regresó él sólo tan rápido? El señor Jaken dijo que el sitio donde estaba antes quedaba bastante lejos.

―Es un dragón que vuela, Rin.

―¡Oh! ¿De veras? Como nunca voló en el tiempo que estuvo aquí pensé que no era de ese tipo. Además de que como tampoco tiene alas...

―Dijiste que querías un dragón que volara, ésta especie vuela ―señaló él. Rin se mordió la lengua para no repetirle por centésima vez que era el sujeto más literal y con menos sentido del humor del planeta.

―Debe ser que nunca necesitó volar antes... o tal vez no podía. Supongo que ya no importa ―rascó ambas barbillas bajando considerablemente los brazos conforme las cabezas se dejaban caer rendidas por el gusto. La chica resopló y roló los ojos. Esa cosa no era un dragón, era una especie de gato enorme con escamas y dos cabezas. Cambió su punto de enfoque hacia el demonio perro y le dio un vistazo de suspicacia―. ¿Considera este sitio como su hogar ahora?

―Es lo que parece.

―¿Y no tienes ningún problema con que se quede con nosotros?

―Si te responsabilizas por él no debería haber problema ―concedió él seriamente. Rin contuvo el aliento entusiasmada.

―¿Lo dices en serio? ¿Puede quedarse?

―Que no entre en la mansión ―estimó y dio por zanjada la conversación. La chica regresó su atención hacia el animal que la veía con grandes ojos suplicantes y cariñosos, así que permitió que frotara sus hocicos en ella mientras los abrazaba y reía por lo bajo.

―¿Escuchaste eso? ¡Bienvenido a casa, Ah-Un! Aunque sé que sólo regresaste por la comida gratis, pero igual me alegra tenerte de vuelta ―se quedó un momento más llenándolo de mimos hasta que finalmente se decidió a soltarlo. Entre ese nuevo día y el anterior, sus emociones habían dado un giro de 180 grados bastante brusco. De tristeza a depresión y ahora, una mente despejada y optimista.

Giró su rostro hacia Sesshomaru, quien parecía más interesado en algún punto en dirección al borde del muro y para cuando tuvo sus ojos encima, ensanchó la sonrisa con infinita gratitud.

No se dio cuenta del pequeño desbalance que sintió el demonio en alguna parte de sí cuando la vio observarlo de esa manera tan sincera. Lo había dicho una vez y lo repetía: Rin era un libro abierto extremadamente fácil de leer, incluso para alguien nada acostumbrado a lidiar con las emociones humanas.

Le preguntó si prefería hacer alguna otra cosa mientras ella le preparaba 'un banquete digno de un rey' o si quería quedarse a hacerle compañía. El demonio se mantuvo algo distante en el umbral de la cocina sin entrometerse en lo que estaba haciendo. Ella seguía hablando de lo afortunada que había sido de haber aprendido a hacer algunos platillos de la manera tradicional, aunque seguía extrañando los implementos de su propio mundo pues en sus propias palabras, le facilitaban la vida a cualquiera.

Sesshomaru apenas le quitó los ojos de encima, concentrado en cada pequeño gesto y movimiento que hiciera sin apenas notarlo.

...

Pasaron varios días desde aquella mañana y se podía decir que las cosas no podían marchar mejor. Tal parecía que ambos habían llegado a una especie de acuerdo de convivencia donde reinaba la harmonía. Era como si Rin hubiera hecho las paces consigo misma y sus tumultuosas emociones desde su arribo a aquel lugar, dándose por fin la oportunidad de no lamentarse, sino de dar todo de sí para llevar la mejor vida posible con el optimismo por delante. Por parte de Sesshomaru, la chica notaba el ligero pero obvio cambio en su actitud: no la evadía ni era cortante, se quedaba a su lado aún cuando ella no lo pidiera y hacía pequeños detalles para contentarla lo más posible.

Como por ejemplo, había accedido a llevarla al techo cada vez que ella quería para que pudiera estudiar las constelaciones. Escuchaba sin rechistar cada historia que contaba sobre sus propias estrellas y las nuevas que inventaba sobre las que tenían sobre sus cabezas cada noche.

Era tan el grado de tranquilidad que Rin sentía en su presencia en comparación al primer par de meses, que hasta comenzaba a tararear cuando estaba con él. Cuando ella estaba distraída con alguna otra actividad como elaborar ropa o cuidar del dragón, podía escucharla cantar con un tono alegre.

Incluso ahora, ahí arriba en el tejado a finales de septiembre, la chica tarareaba notas agudas por lo bajo mientras trazaba las posiciones de las estrellas y marcaba las formaciones de polvo y gas tan distante que formaban las nebulosas, tratando de adivinar qué tipo de gases eran los que les daban esos colores y por qué eran visibles en aquel mundo y en el suyo no.

Comentaba también con gracia que al no tener el equipamiento necesario de su mundo seguramente todas sus notas estaban mal, pero igual lo hacía porque le parecía divertido. Le mostraba sus anotaciones preguntándole si le parecían correctas, explicándole todo el procedimiento que había aprendido en sus años de primaria en el club de astrología.

Hubo un momento en el que bajó la libreta hasta su regazo y simplemente se concentró en el espectáculo visual que iluminaba el cielo. El frío la había obligado a arrimarse a su lado para envolverse en el calor de la estola, pues el abrigo que había llevado consigo no era suficiente. El demonio sintió su peso reclinándose sobre su brazo y viró los ojos apenas lo suficiente como para ver su rostro sonriente y calmado admirando en silencio las constelaciones. Cuando ella lo imitó al notarse siendo objeto de su atención, en lugar de sonreírle como siempre hacía, se le quedó viendo con una expresión en blanco muy poco común en ella, como si intentara descifrar un extraño enigma. Sesshomaru arrugó las cejas levemente con la intención de cuestionarle qué ocurría, pero antes de abrir la boca, ella le rehuyó la mirada con un rastro de encogimiento. Incluso con la tenue luz de la luna y estrellas notó claramente el suave rubor rojo que invadió sus mejillas.

Por primera vez, el inugami no se detuvo ante la punzada que sintió en algún lugar de sí mismo al verla hacer aquello. Tampoco lo pensó dos veces antes de llamarla por su nombre con su tono firme de siempre para luego tomarla del mentón.

Rin abrió los ojos como platos al ver los ojos dorados tan cerca de los suyos, y ni siquiera tuvo tiempo de formar un pensamiento coherente cuando sintió los labios masculinos cerrarse en torno a los suyos entreabiertos.

Al cabo de unos segundos dejó caer sus párpados y atinó a responderle, abandonándose por completo a la suave caricia que aquella criatura le obsequiaba.

...

―¿No te parece retorcidamente irónico? ―se rió una voz femenina tan fría que combinaba a la perfección con su gélida mirada carente de emociones. Su acompañante no emitió opinión alguna con respecto a la pregunta, sino que entrecerró los ojos afilados ante la imagen que se desvanecía en la gema que la dama sostenía entre sus manos.

En ella, Sesshomaru se separaba de la humana sin dejar de mirarla con una expresión inexplicable, mientras que ella le devolvía el gesto apenada y enrojecida. Sí, era extremadamente irónico.

―Después de todo lo que hizo para ganarse su castigo, tarda algunos siglos en seguir tus pasos, querido.

―Sólo porque así lo has previsto tú ―reprochó duramente él, alejándose unos pasos del gran trono en el que la fina dama estaba sentada.

―Tenía que darle alguna oportunidad, ¿no te parece? Es lo justo.

―No tiene nada de justo en mi parecer.

―Esa es tú opinión ―espetó inalterable, haciendo bailar la gema entre sus dedos blanquecinos con expresión aburrida. Torció sus labios rojos en una tenue sonrisa sardónica―. Debes admitir que aunque hubiera sido un tiro en la oscuridad, mi pequeña ayuda ha rendido frutos. Nunca pensé que surtiera efecto para ser sincera. Lo hice principalmente porque me causaba gracia y curiosidad saber qué podría pasar ―agregó con una risita altanera. El otro demonio bufó entre dientes.

―Abrir una brecha en la barrera entre mundos fue un movimiento arriesgado, aún si fue un 'tiro en la oscuridad' ―contraatacó duramente.

―¿Qué manera tenía yo de saber que mis palabras para contrarrestar tu sortilegio se cumplirían algún día? ―se defendió falsamente ofendida―. No tenía idea de que pudiera existir un ser humano de 'corazón puro' que pudiera llegarle a nuestro hijo de esa manera.

―Existen muchos humanos así, Irasue. Izayoi era una ―gruñó con desagrado. La demonio, lejos de hacerse la aludida, le restó importancia con un movimiento elegante de su mano como si espantara a una molesta mosca.

―Esa es tú opinión, querido ―repitió―, una que no todos los de nuestra especie compartimos. Sólo quise saber qué tan acertado podías llegar a estar y cómo reaccionaría Sesshomaru. Deberías estar contento por mi intervención, ¿no crees? Quién diría que sería gracias a mi ayuda que un poco de ese 'amor' por el que tanto clamas lo haya cambiado tan drásticamente. Es posible que tu encantamiento se rompa pronto si sigue por este camino. ¿O es que acaso quieres que se quede encerrado en ese lugar para siempre? Quinientos años fueron suficiente castigo.

―Nunca será suficiente castigo. No tenías ningún derecho a entrometerte en este asunto, Irasue.

―No olvides que también es mi hijo, InuTaisho. Y el que tú hayas visto incorrecto su modo de actuar no quiere decir que yo también lo haga. En mi punto de vista, hizo lo que su estirpe comandaba correcto. No puedes castigarlo por obedecer su impulso de sangre.

―Ese es el motivo por el que no acabé con él en su momento.

―No seas mentiroso; no tenías las agallas de cortarle la cabeza a tu propio hijo. El amor te ha hecho débil. Pero, al mismo tiempo, le ha salvado la vida a Sesshomaru ―agregó condescendiente, como si aquella idea le pareciera entre curiosa y aberrante. InuTaisho optó por guardar silencio. Conocía demasiado bien a esa mujer como para saber cuándo era sensato hablar y cuándo no―. Es cierto, nunca me lo confirmaste. Ahora que la marea ha cambiado de esa forma, ¿seguirás adelante con tu plan o los años han enfriado tu ira?

―Seguiré adelante ―confirmó―, pero no ahora. Aún no es el momento.

―¿Ah, no? ¿Qué es lo que esperas?

El aire frío de la medianoche meció su largo cabello atado en una cola alta. Sus ojos dorados se fijaron en la luna llena con decisión.

―Que no tenga manera de volver atrás. Que sienta lo mismo que sentí yo ese día.

―Ese es un pronóstico muy impreciso ―señaló objetivamente la demonio―. ¿Cómo sabrás cuando llegue hasta ese punto? Creí que ya lo estaba, ¿esta mujer no se había convertido en su inumochi?

―Sabes que esos términos de la mitología humana no se aplican a nosotros, Irasue.

―Oh, ya lo sé. Pero no puedes negar las similitudes. Puede ser que el término de inumochi es algo que elaboraron los humanos para darse más poder entre los inugamis que creaban, pero existe algo de cierto en su teoría. Sesshomaru lo ha comprobado, ¿no te parece?

―Esa es opinión ―respondió secamente el hombre, a lo que la dama lanzó una risa gélida ante saberse con la razón.

―Todos tenemos derecho a pensar lo que queramos ―atinó al dejar de reír―. Sería muy interesante ver quién tiene la razón en esto; supongo que lo sabremos el día que decidas a mover tus piezas finales.

InuTaisho, lejos de encontrar el asunto divertido, comenzó a descender las amplias escaleras de aquel castillo, meditabundo cerrando los puños con fuerza.

―Hazme saber cuando ocurra algún cambio importante. No debe faltar mucho.

―Por supuesto, querido. Ha sido un placer tenerte esta noche ―lo despidió con una sonrisa sarcástica.

Irasue había mantenido un ojo sobre su hijo todos esos años desde la distancia desde que se enteró del drástico castigo que su antiguo compañero le había impuesto. No podía decir que su lamentable encierro la mortificara o siquiera le molestara, sino más bien que lo encontraba curioso. Su orgulloso hijo de carácter volátil... aislado sin posibilidades de salir. No dudaba que sobreviviera y se sobrepusiera a su situación de cautiverio, y era su actitud ante esto lo que le parecía tan interesante.

Años de rabia acumulada, destrozos y ataques de ira, lo normal que cualquier criatura experimentaría en su lugar, que dio paso a una extraña calma cuando su propio encantamiento surtió efecto tantas décadas después.

De la más pura ira a la absoluta tranquilidad sólo por la presencia de una mujer humana.

No cabía duda que, aunque InuTaisho lo negara, Sesshomaru era mucho más parecido a él de lo que se parecía a ella con su personalidad de hielo.

Ambos le habían dado su corazón a un ser mortal sin siquiera planteárselo una segunda vez. Sólo que el joven hijo primogénito no tenía idea de lo que estaba haciendo en realidad.

Y mucho menos de las consecuencias que traería a manos de su padre.

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(*) Tanabata: Festival japonés que se lleva a cabo en agosto (la fecha exacta varía según su calendario lunar) donde se celebra el encuentro de los amantes Orihime y Hikoboshi separados por la vía láctea. El festival se basa en el cuento asiático La Princesa y el Pastor, donde se tiene por costumbre escribir deseos en tiras de papel que se amarran en árboles de bambú. Para más información... Wikipedia xD

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Y para quienes preguntaban: Sí, el papá está vivo xD

Espero no haberle bajado a nadie la ilusión del SesshRin con esta última escena entre los padres y esa conversación tan reveladora. Ahora sabemos por qué esa casa tiene conexión con el mundo humano y por qué Sesshomaru pudo ver nítidamente a Rin. No fue el destino... fue su madre xDDD

Pero cambiando de tema... ¡SesshRin! ¡El SesshRin ha aparecido, abrid paso al SesshRin que coloca la categoría de Romance en este fic! *suenan trompetas y arpas celestiales*. Dios, cómo lo han estado pidiendo. Casi creo que puedo verle la cara a más de una y escuchar sus "¡se hizo justicia!". No sólo Rin se le acurrucó para dormir en su regazo (hay que admitir que sabe usar sus cartas y aprovecharse de la situación xD), sino que fue él quien le dio el beso al final. Ese tipo no puede estar más colado por ella, y ni hablar de Rin que aunque ha luchado por no caer en el síndrome de Estocolmo de la Bella y la Bestia, no ha podido resistirse a los encantos del sexy Sesshomaru aún teniendo un orgullo y pasado de los mil demonios xD

Y ahora interrumpimos esta nota de autora con un mensaje especial desde sus cuarteles internos:

OHPORDIOS700REVIEWSMEMUEROSANTOCIELODIOOOOOSGERSTHJSRJSDYFD! *Explota en una lluvia de confetis y se vuelve a unir para explotar otra vez. Repite el proceso varias veces hasta que se muere*

HOLY FUCKING SHIT! ¿Están de broma? ¿Vamos por los 700 reviews? WOW. Estuve hasta este viernes en la noche pendiente del correo cruzando los dedos para llegar hasta este número antes de la publicación. Honestamente no creí que lo lograría, pero ¡GRACIAS! Gracias por redondear el 699, y más aún por haber dejado tantos y tan buenos comentarios. Las adoro. Leo sus reviews más de tres veces y me ilusiona muchísimo recibirlos. He pasado algunos días malos últimamente, y cada vez que leía alguno de sus comentarios sentía que se me subía un poquito el ánimo.

En conmemoración a este hermoso y redondo número, y en especial por lo mucho que les agradezco todas sus palabras de ánimo y apoyo durante lo que llevamos de historia, posteé este capítulo muchísimo más temprano de lo normal xD Así de feliz me han dejado que estoy a la media noche actualizando xD

Gracias a las bellas, guapas, perfectas y súper sensuales de Paloma, BeautifulButterflyPink, Elenita-Ele-Chan, MisteryWitch, Laura91ok, Black Urora, MickeyNoMouse, Nani28, Mena123, CruxMarie, ByaHisaFan, DreamFicGirl, KeyTen, Meaow, Kayteona, Nikoru San Fantasy, Lau Cullen Swan, Floresamaabc, Marialaurajs, Lizzie, BABY SONY, Nesher, Jenks, Danyk, Yoo Joo, Cristina97, Rinmy Uchiha, Kokoa Kirkland, Kunoichi2518, AlexaRey, Nally, Anny-Chan, Haru1305, Gima2618, Jezabel, Skyler Streat, Hooliedanisars, Aoi Moss, Grell Whoops, Samantha Blue1405 (actualiza mujer, te extrañamoooos xD), Kari, Melinna Sesshy, Yoko-Zuki10, Yarisha, Pinky's, Haydea princess of Janina, Anónimo1, Grey, Anónimo2, (¿Grey?), y Lunera's dream.

Creo que de todos los comentarios, el 90% no se esperaba que InuBebé hubiera perecido a garras de su hermano. Lo de Izayoi la mayoría lo intuía, pero lo de Inuyasha las tomó por sorpresa, así que me doy por satisfecha. Aún tengo mi toque *Se pone lentes de sol, se reclina en su silla y acaricia al gato acostado en su regazo*.

Sé que aún quedan muchas dudas y créanme, he leído todas sus preguntas así como leeré las que seguramente harán para este capítulo. Lamentablemente no responderé a algunas en especial por algo llamado trama y algo más que quiero llamar "tengan paciencia y esperen a que salga en un capítulo". Soy cruel, lo sé. ¿Pero qué sería del suspenso si me pongo a responder todo? ¿Donde quedaría el asombro y su capacidad de descubrir los pequeños detalles tan significativos que se esconden en los párrafos más insospechados?

Me despido dejando ese poético enigma en el aire porque me muero de sueño y la cama me llama seductoramente para que vaya con ella.

Una vez más les agradezco desde el fondo de mi kokoro sus bonitas palabras y extensos comentarios. Me encantaría saber sus impresiones sobre este capítulo. Un review a Hoshi no sólo te hace más sensual, sino que también incrementa la posibilidad de que Haunted actualice más temprano *guiño guiño*.

¡Un beso a todo el mundo y hasta la próxima semana!

EDIT: ¡SE ME HABÍA OLVIDADO, DIOS! Hice una ilustración de la escena que le da el título a este capítulo, por si alguien quiere echarle un vistazo: hoshi-no-negai (punto) deviantart (punto) com / Heartbeat-588393674 (quiten los espacios, obviamente). Y si no les sirve, búsquenme en Deviantart como Hoshi No Negai. Es todo :3