Disclaimer: El fandom de Inuyasha, su historia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi y los tomo prestados sin fines de lucro.
Haunted
Por: Hoshi no Negai
20. Los días que pasan
Lo primero que sintió al despertarse fue un agudo dolor en sus extremidades más cierto entumecimiento en su zona íntima que le subía los colores reconocer. Los párpados le pesaban y la espalda estaba contracturada no sólo por la posición en la que había dormido, sino por todo lo que había hecho en el transcurso de la noche y la madrugada.
Se sentó de golpe llevándose las sábanas hasta la nariz, haciendo un esfuerzo por ignorar los quejidos de sus músculos agarrotados. La habitación estaba bastante iluminada y aunque estuvieran en otoño hacía algo de calor, por lo que supuso que sería medio día. El corazón le pegó tal acelerón que la mareó. Tomó valor y vio a su lado donde se suponía que dormitaba el demonio, y sus hombros cayeron al percatarse que su espacio del futón estaba vacío. Relajó la obvia tensión de su cuerpo al notar que estaba totalmente sola en aquella habitación que no era suya, pero a juzgar por las sábanas y el hundimiento del colchón a su lado, supuso que Sesshomaru había pasado algún tiempo con ella antes de retirarse.
No estaba segura si le agradaba mucho la idea de verse abandonada en medio de la madrugada ―a un estilo muy dramático, cabía destacar― o si le aliviaba tener algún tiempo de privacidad antes de tener que encararlo.
Optó por la segunda opción y se dejó caer de espaldas sin soltar la sábana que mantenía pegada a la nariz. No pudo evitar sonreír y hacerse una bolita al recordar todo lo que había pasado sólo unas horas antes. Había escuchado que tener intimidad era algo sumamente agradable ―como también podría no serlo―, pero jamás esperó que se sintiera tan... bien.
¿Era una pervertida por pensar en lo mucho que le gustaría repetirlo? Ni lo sabía ni lo importaba, y aprovechando la soledad, dejó volar esa idea a sus anchas hasta que el calor se le hizo insoportable. Forzándose a mantenerse serena después de un rato imaginando cosas indebidas, se incorporó con las piernas algo inestables. O estaban mucho más débiles por toda la actividad física o ella había aumentado de peso considerablemente de la noche a la mañana. Espero que sea la primera.
Vistió sus ropas de dormir que habían quedado arrugadas y abandonadas en el suelo, ignorando el hecho de que revivía perfectamente bien cómo éstas habían caído por acción del demonio, y salió de la recámara no sin antes darle un vistazo al pasillo por si las dudas. Cómo se alegraba no tener que compartir la casa con nadie más; estaba segura de que si alguien la veía abandonar la habitación de Sesshomaru tan tarde en la mañana y con esas pintas no podría soportar la vergüenza.
Se apresuró en buscar un cambio de ropa y se encerró en el baño para una buena y necesitada sesión de limpieza. Restregándose el agua fría unos minutos después se percató del juego de moretones que comenzaban a colorear su piel. En las caderas, las piernas, los brazos... y cuando miró abajo, se sorprendió de verlos también en las ingles. Habían tenido una noche bastante intensa, pero... no hasta el punto de salir lastimada.
Probablemente no se había dado cuenta de la fuerza del inugami en el momento, por lo que encontrarse tan magullada le había resultado una sorpresa. Recordaba que él le había advertido que podía llegar a lastimarla por ser un demonio, pero había sido tan cuidadoso que ni siquiera había llegado a pensar en eso. Sin embargo, por más que se torció para inspeccionarse muy de cerca, no encontró ni el más mínimo rastro de heridas causadas por garras o colmillos.
Se mordió los labios con una sonrisa y continuó aseándose. Había mantenido su palabra después de todo.
Salió del baño cuando realmente no tuvo mayor opción. Su estómago rugía cual bestia hambrienta y por más bochorno que le resultara tener que verle la cara a su amante ―carraspeó conteniendo la risa nerviosa―, no tenía sentido esconderse de él. A fin de cuentas no habían hecho nada que ninguno de los dos no quisiera. Es más, había sido ella quien dio el primer paso para que se diera.
Y vaya que se había dado con creces.
Respiró hondo para eliminar los vestigios de aprensión y bajó de una vez para dirigirse a las cocinas. De seguro Ah-Un no estaba nada contento por haberse saltado el desayuno y la esperaba resoplando y dándole latigazos al suelo con la cola. Apuró el paso al sentirse mal por haberse olvidado su querido dragón y esperó que no estuviera demasiado molesto con ella.
Lo encontró pastando tranquilamente cuando alcanzó el área en la que solía estar. Durante su recorrido no había habido ningún rastro de Sesshomaru, por lo que supuso que estaría en el exterior del muro haciendo alguna ronda o combatiendo algún enemigo. No le alegraba saber que estaba ahí afuera, pero le aliviaba un poco saber que contaba con un poco más de tiempo para serenarse antes de tener que darle la cara.
―¡Buenos días, Ah-Un! ―agitó la mano en cuanto bajaba del pórtico para reunirse con él. El animal levantó inmediatamente ambas cabezas y se fijó en ella con los ojos bien abiertos antes de emprender un trote en su dirección. Casi la tumbó al echársele encima estirando los cuellos exigiendo su dosis diaria de mimos. Rin rió ante su descarada exigencia y no tardó en cumplirla como hacía cada mañana religiosamente al ir a saludarlo.
Había crecido bastante desde el primer día que llegó, y aunque apenas habían sido unos pocos meses, ya estaba casi del mismo tamaño que un caballo adulto. Había cuestionado a los lacayos de Jaken al respecto al notar su acelerado crecimiento, preocupada que se volviera demasiado grande como para siquiera entrar en los establos improvisados. Los hombrecillos verdes le dijeron que los dragones tendían a crecer muy rápido en su primer año de vida ―aparentemente lo capturaron varios meses después de su nacimiento―, pero una vez alcanzado su primer cumpleaños comenzaría a estancarse y adaptar el tamaño habitual de la especie. Según le habían dicho, sería un poco más alto que un caballo grande, por lo que Rin se hizo a la idea de que tendría una criatura más o menos del mismo porte que un clydesdale*... pero con escamas y dos cabezas.
Otra cosa interesante que había notado era que comenzaba a practicar su vuelo con mucha frecuencia, o al menos sus saltos largos. Ya se había vuelto una costumbre encontrarlo encaramado en el techo de los cuarteles de los sirvientes a horas del medio día tomando el sol con todo el gusto del mundo. A veces también lo había encontrado con ramas destrozadas a su alrededor y un notorio hueco en la copa de los árboles del patio. Aún no lo había visto personalmente tomar siquiera un impulso y todavía se preguntaba cómo rayos había regresado a la mansión por su cuenta si aún no volaba, pero ya ideaba la manera de entrenarlo para que la dejara montarlo.
Lo primero que hizo al llegar a la cocina fue tomarse sus infusiones correspondientes más la de 'la mañana después', que fue la primera que preparó hasta un poco cargada. Admitía lo imprudente que había sido al adelantarse bastante en lugar de esperar a que su cuerpo se acostumbrara a los anticonceptivos, especialmente cuando había retrasado aquel encuentro entre ambos precisamente para tenerlos en su alacena primero.
Había subestimado a sus hormonas y se escarmentaba por ello, pero ya no había nada que se pudiera hacer salvo cruzar los dedos y seguir con el tratamiento de manera puntual.
Dejó baldes de avena al alcance del animal antes de prepararse su almuerzo, uno que engulló con especial voracidad y le hizo repetir ración de arroz y verduras sólo para sentirse algo más llena. No tenía idea de que una sesión de sexo pudiera desgastarla de esa manera, pero se había equivocado.
Lavó los utensilios y dio una pequeña sesión de aseo a la cocina e hizo lo propio con la habitación de Ah-Un, repartiendo paja que los hombres de Jaken le habían dejado. Conforme el clima se tornaba más frío no quería que el animal pasara mala noche, por lo que intentaba aclimatar su área lo mejor posible. Por suerte lo había entrenado para que hiciera sus necesidades en un área específica del patio ―bastante cerca de la puerta de salida al exterior―, por lo que no tenía que partirse la espalda limpiando sus regalitos cada vez más grandes.
Qué suerte que fuera tan listo y fácil de adiestrar con el incentivo correcto ―un buen trozo de carne o enseñarle su cepillo favorito con la promesa de una ronda de cepillado intensa―. En cuanto supiera que empezaba a lanzar sus rayos, como fuera que lo hiciera, también encontraría la forma de enseñarle los comandos correspondientes. Así al menos no sería una total inútil si atacaban la mansión y Sesshomaru estaba ocupado.
Y tenía que admitir que imaginarse a sí misma luchando con el dragón sonaba bastante épico.
Se dejó llevar por escenarios imaginarios por un rato mientras limpiaba y disponía de heno fresco en el suelo después de haberse deshecho de la vieja capa de la semana anterior, contenta por tener algo con lo que distraerse además de los recuerdos subidos de tono y sus no tan secretas intensiones de revivirlos cuando fuera posible. Claro, si superaba la condenada pena primero.
Pasaron las horas sin rastro del demonio blanco y aunque tenía el gusanillo de la preocupación por haber pasado tanto tiempo sin saber de él, lo mantuvo a raya acordándose de lo imposible que era que le sucediera algo. Por un instante tuvo la idea de que tal vez él también se sintiera abochornado y no estuviera listo para verle la cara, pero tan pronto como se lo imaginó lo abandonó. El solo pensamiento era tan ridículo que le causaba gracia. Él, un tipo sin pudor y con una buena gama de experiencia en el ámbito sexual sintiendo vergüenza... sí, cómo no.
Cuando llegó la hora del ocaso decidió que merecía un buen descanso. Había limpiado, ordenado, cocinado, terminado unos cojines para el mirador y armado un móvil de viento bastante lindo con las joyas que nunca utilizaría. Se sentó al lado de Ah-Un, quien dormitaba a campo abierto al lado de unos arbustos frondosos y se dedicó a acariciarlo suavemente apoyada contra él, relajándose con los tenues ronroneos que emitía desde el fondo de ambas gargantas.
Respiró hondamente para disfrutar de los últimos rayos de sol del día y cerró los ojos, depositando todo su peso en su costado. O lo habría hecho si el animal no se hubiera levantado tan bruscamente dejándola caer en el suelo.
―¡Auch! ¿Qué te pasa? ¡Con lo cómoda que estaba! ―pero el dragón hacía caso omiso de sus reclamos y mantenía su atención en dirección al muro, tensándose mientras gruñía. Rin se puso en pie sacudiéndose el brazo que se había llenado de polvo y respingó cuando vio lo que agitaba a su mascota.
Una serpiente amarilla enorme se asomaba por el borde del muro, hondeando su lengua bífida profiriendo siseos bastante fuertes. Cuando descendió su cabeza de un verde amarillento, notó que tenía una máscara de noh* incrustada en la frente. Era pálida como de porcelana, con rasgos perturbadores de ojos oscuros y muy sesgados, a juego con una boca demasiado ancha y deforme como para ser imitación de una humana.
De repente esa boca dantesca se curvó en una sonrisa cuando los ojillos negros se fijaron en ella, por lo que supo que eso no era una máscara. Era la segunda cara de la serpiente, quien a su vez ensanchó su boca sin dejar de sacar la larga y fina lengua roja con deleite.
Rin retrocedió por mero instinto cuando la horrible criatura se deslizaba para adentrarse en la mansión, incapaz de gritar presa de la impresión. Y la peor parte era que no sólo se trataba de una sola. Media docena de cabezas más se fueron asomando una por una conforme la primera avanzaba y se introducía en el patio. Siseaban entre ellas como comunicándose palabras que jamás entendería, tornándose unas con otras para decirse cosas que, a juzgar por sus expresiones, debían ser muy divertidas.
Sesshomaru.
¿Dónde estaba Sesshomaru? Nunca ninguna criatura había traspasado los límites del muro sin que él hiciera acto de presencia un segundo después. ¿Cómo habían llegado esas serpientes hasta ahí pasando desapercibidas? Luego llegó la pregunta que le encogió las tripas en un doloroso nudo:
¿Y si le había pasado algo?
Debe haber una explicación para esto, él tiene que estar bien.
No pudo seguir mortificándose al respecto puesto a que una vez en el suelo, la enorme serpiente ―de al menos doce metros de longitud si no fallaban sus cálculos― se les abalanzó encima con una velocidad vertiginosa. Rin sólo pudo saltar hacia Ah-Un, resguardándose en su cuerpo por mera inercia. El animal gruñó con fuerza ante la serpiente, azotando su cola y mostrando los dientes definitivamente más grandes que cuando había llegado el primer día. Ni siquiera lo dudó y montó en su lomo de un tirón, aferrándose a las crines hasta dejar sus nudillos blancos para no caerse ante los bruscos movimientos que tenía que hacer para eludir a su atacante.
―Ah-Un, este sería un excelente momento para que empieces a volar ―le dijo en cuanto se recuperó de una fuerte sacudida. Había alejado a la serpiente de un fiero golpe con sus garras, pero las demás comenzaban a rodearlos sin dejar de sisear. Su corazón latía tan rápido que comenzaba a opacar los sonidos de las bestias, e hizo uso de toda su fuerza de voluntad para no fijarse en las máscaras de noh, cada una más aterradora que la anterior, y en el hecho de que todos los ojos tanto de estas caras pálidas como los de las serpientes estaban puestos sobre ella con codicia―. ¡Ah-Un! ¡Tienes que sacarnos de aquí AHORA!
Pese a que apenas había montado a caballo un puñado de veces cuando era más pequeña y sólo sabía lo básico, el instinto la atacó y le dio con los talones en los flancos mientras tiraba de las crines hacia atrás con una firmeza que no sabía que tenía. El dragón volvió a gruñir, golpeando el suelo fuertemente con la cola y dándole en la cabeza a la serpiente más próxima.
La que tenían en frente comenzó a alzarse varios metros de altura, preparándose para atacar mientras abría sus enormes mandíbulas exponiendo una amplia fila de colmillos muy largos y amenazantes. Ah-Un seguía su trayectoria de ascenso separando amenazantemente sus propias mandíbulas sin dejar de gruñir de manera gutural y potente, un sonido que jamás había oído de él.
Abrió desmesuradamente los ojos ante el pequeño latigazo que cortó el ambiente entonces. No sólo fue uno, sino que muchos más le siguieron, cada vez más largos y fuertes que el anterior, como chasquidos de...
¡Electricidad!
Se quedó petrificada al ver los rastros de rayos azules que se generaban en las bocas del dragón formando lo que podía distinguir como una esfera de energía. No pudo detallarla lo suficiente porque cuando se daba cuenta de lo que pasaba, la serpiente se detuvo en su subida y comenzó a caer en picada, lista para engullirlos de un bocado.
Sólo que antes de que estuviera a un metro suspendida sobre ellos, las cabezas de Ah-Un se inclinaron rápidamente hacia adelante y soltaron toda la energía que habían acumulado como si fueran balas de cañón.
Al estar tan cerca del impacto, Rin no pudo resistir la onda expansiva y salió disparada hacia atrás, perdiendo por completo el control sobre su agarre en las crines. Estaba a punto de caer sobre las demás serpientes que tenía alrededor, pero antes de probar en carne propia cómo sería morir devorada por monstruos, un cuerpo conocido la atajó en el aire. Apenas pudo virar la cabeza, que le daba vueltas por la explosión, para ver a Sesshomaru tomándola con un brazo mientras que con el otro propinaba un latigazo a las bestias que los esperaban con las fauces abiertas en anticipación, matándolas en el acto.
Aterrizaron sobre sus cadáveres y un amplio charco de sangre. Menos mal que la sujetaba con fuerza, pues las piernas le temblaban y no estaba muy segura de que pudieran sostenerla sin ayuda.
―Sesshomaru... ―musitó aplacada al verlo ahí sano y salvo. Pero cuando estuvo a punto de preguntarle qué le había ocurrido, el retumbar de la tierra a pocos metros la despegó de sus ojos dorados. La serpiente que había intentado engullirlos segundos antes yacía muerta después del impacto de Ah-Un, quien olisqueaba el cadáver sin dejar de gruñirle. Aún veía rastros de humo escurriéndose entre sus colmillos, pero no encontró ninguna señal de que su amigo hubiera sufrido algún daño―. Gracias al cielo...
―¿Te encuentras bien? ―cuestionó el inugami, ganándose su atención de vuelta. Rin aún temblaba y tenía los ojos demasiado abiertos.
―Sí, estoy bien. Con los nervios de punta, pero... ―resopló queriendo recuperarse―. ¿Y tú? ¿Te sucedió algo? Tardaste mucho en venir, por un momento pensé...
―Me distraje, es todo. No consideré que fueran tan rápidas, el resto de sus compañeros me mantuvieron ocupado ―espetó con desagrado viendo hacia los cadáveres antes de tornarse de nuevo a Rin―. No volverá a suceder.
―No es culpa tuya. Por suerte Ah-Un se hizo cargo hasta que llegaste ―le sonrió para tranquilizarlo, separándose del agarre que la mantenía pegada a él. El demonio de blanco no parecía nada apaciguado con tal afirmación, sino que acrecentó su gesto de desagrado―. No estás molesto con Ah-Un, ¿verdad?
―No.
―¿Estás molesto contigo mismo? ―intuyó al ver que su expresión apática no era del todo ni para ella ni para el dragón. Su silencio coronado por un ligero fruncimiento de labios se lo confirmó―. No lo estés. No pasó nada, llegaste justo a tiempo.
―Iban a matarte.
―Por suerte Ah-Un estaba conmigo y reaccionó bien. Y de no ser así habría corrido como alma que lleva el diablo ―le aseguró con seriedad―. Ya has visto que sobreviví a esos demonios de la primera vez... por los pelos, pero lo hice. Me habrías salvado justo como antes.
El demonio se quedó callado sin relajar su semblante, evidentemente aún molesto. Rin había pasado un susto de muerte y estuvo muy cerca de ser la cena de las serpientes, pero afortunadamente sólo quedó en un susto.
―Hey... no pienses en eso ―le recomendó posando una mano en su brazo y regalándole una mirada conciliadora―. Estoy bien, te lo prometo. Lo que deberías pensar es en ayudarme a limpiar este desastre, no podría dormir sabiendo que están aquí afuera pudriéndose ―se estremeció con asco. Sesshomaru negó con la cabeza.
―Retírate. Sé que no te gusta ver estas cosas.
―¿Pero no necesitas ayuda?
Como toda respuesta el inugami le lanzó una mirada de obviedad alzando una ceja. Rin parpadeó inocentemente un par de veces.
―¿Puedes levantar esto? ―señaló la serpiente picada más cercana. La cara de la chica se puso pálida al distinguir un pedazo de tripas escurriéndose entre la carne. Negó rápidamente―. ¿Quisieras hacerlo?
―No.
―Retírate.
―Bueno, si tú insistes ―aceptó sin remedio. Por dentro agradecía no tener nada que ver con ese desastre pues sin importar la cantidad de veces que había visto cosas similares en todo el tiempo que llevaba viviendo en ese mundo, sencillamente no se acostumbraba. Era una de esas cosas que jamás terminaría de considerar normales por más que lo fueran en realidad.
Se reunió con Ah-Un, acercándose cuidadosamente y asegurándose de llamarlo antes de estar demasiado cerca de él, por si sus instintos aún estaban demasiado alertas como para no reconocerla. El animal parecía haber vuelto a la normalidad y se viró en su dirección, viéndola profundamente con sus grandes ojos bien abiertos y atentos, recuperando su actitud habitual. Comprendió en seguida lo que quería a continuación.
―Eres un buen chico, Ah-Un ―lo mimó como recompensa, rascándolo detrás de las orejas como más le gustaba―. Muchas gracias. Fuiste muy valiente, ¿verdad que sí? ―le dio un besito a cada hocico con una gratitud mayor a la que podía expresar. El susto aún no había desaparecido de su sistema, y pese a que le hubiera dicho al inugami que todo estaba bien, en el fondo seguía aterrada por lo cerca que había estado de morir―. Vamos a darte la cena y dejarte descansar, ¿vale? Mereces una ración extra de pescado. Y como postre pastelillos de arroz y miel, te los has ganado.
Tomó con cuidado la crin de una de las cabezas y lo tironeó para guiarlo hacia las cocinas, no sin antes girarse a Sesshomaru, que alzaba un pedazo de carne sanguinolento para lanzarlo sobre el muro. Pese a lo asquerosa que le resultaba aquella visión, no se fijó en el tajo maloliente ni en la cantidad de sangre que había por todos lados. Sólo posó los ojos en él, y cuando se supo con su atención, le dio una sonrisa tenue al bajar la cabeza antes de retirarse.
El demonio se quedó viéndola unos segundos más antes de regresar a su labor.
De no ser por el dragón, Rin probablemente no habría quedado tan bien parada. Se había descuidado como nunca lo había hecho antes y por ese pequeño desliz estuvo a punto de perderla.
Y ahí estaba ella, sonriéndole y asegurándole que todo estaba bien como si nada hubiera pasado. La chica se alejó guiando al dragón sin dejar de alabar su valentía, y una nueva sensación de respeto lo invadió con respecto al animal. Había estado algo renitente a aceptarlo del todo, pero ahora que veía lo que podía hacer debía admitir que no le desagradaba que estuviera ahí. Debería intervenir con su entrenamiento, asegurarse de que fuera lo suficientemente capaz de proteger a Rin si algo así volvía a suceder.
...
La muchacha apoyó la barbilla contra ambas palmas y suspiró, abrumada por todo lo que había pasado unas pocas horas atrás. Apenas comenzaba a digerir el susto, pero la idea de que aquellas serpientes con siniestras máscaras estuvieron a segundos de devorarla no terminaba de abandonarla. Desde que los hermanos ogros habían irrumpido en la mansión no había vuelto a pensar tanto en lo vulnerable que era en ese mundo plagado de monstruos.
Había pasado mucho tiempo bajo la puntual protección de Sesshomaru como para siquiera preocuparse por eso, confiando en su capacidad y habilidad. Sabía lo poderoso y veloz que era, lo bien que se le daba mantener las cosas bajo control. Pero lo sucedido esa tarde le hizo ver que él no era perfecto, podía cometer errores en ese campo por más pequeños que fueran. Y un desliz de ese tipo, aún si fuera minúsculo, podría significar su fin.
Él también había caído en cuenta de esa verdad al salvarla justo a tiempo, por eso tenía aquella expresión tan sombría. Casi podría jurar que había visto un rastro de miedo en sus estoicas facciones.
Los sombríos pensamientos que llevaban horas en marcha hicieron una pausa cuando escuchó sus pasos subir por las escaleras. Rin estaba sentada en los escalones esperándolo, y cuando el demonio se la encontró de frente, detuvo su andar. Por un momento creyó que diría algo por la manera que la había mirado, pero no tardó en regresar a su seriedad habitual y seguir de largo. Pero por supuesto que ella se lo impidió.
―Sesshomaru ―lo tomó de la manga. Ni siquiera hacía fuerza, pero él se detuvo al sentir el suave tirón―. Tenemos que hablar sobre lo que pasó. Escucha...
―No hay nada que decir. Fue mi error.
―No te culpes por eso, Sesshomaru ―le dijo con tono autoritario, adelantándose para verlo de frente. La mirada dorada no era tan fija como siempre, sino más bien elusiva. Jamás creyó que llegaría el día en que lo viera rehuirle la mirada―. No fue culpa tuya ni de nadie, estas cosas pasan. Este es un mundo peligroso y tú sólo eres una persona. No es posible que estés en dos lugares a la vez.
―Debería haber estado más pendiente de ti.
―Y lo estabas, llegaste justo a tiempo ―apretó su brazo para hacerlo mirarla―. Sesshomaru, no estoy molesta contigo. Claro que me asusté y pasé un mal rato, no te lo puedo negar, pero todo salió bien al final. De seguro ni siquiera te esperabas que esas cosas saltaran el muro y dieran conmigo. Ni Ah-Un ni yo lo esperábamos, sólo pasó. Y estoy bien, de verdad.
―Rin. Pudiste morir ―musitó posando sus pozos dorados en los suyos marrones. Su máscara de frialdad se había ganado una grieta que dejaba entrever la preocupación que aún lo invadía. Jamás lo había visto de esa manera, ni siquiera cuando se escapó de la mansión y estuvo mucho más cerca de ser comida de un bocado.
―Sí, pude morir ―reconoció con un suspiro―. Supongo que siempre estaré en peligro porque soy un plato gourmet en este mundo, pero en realidad ya no me preocupa tanto como debería. Porque confío en ti, ya te lo he dicho ―puso un dedo en su pecho y le sonrió tranquilamente―. Además... estoy intentando aprender a no mortificarme por los 'hubiera'. No tiene sentido preocuparse de fantasías o cosas que no llegaron a pasar cuando se tiene el presente real del qué estar más pendiente. Déjalo ir, Sesshomaru ―le recomendó de todo corazón, aunque aquellas palabras también parecían ser dirigidas a sí misma―. Por favor. Apareciste en el momento justo que es lo que de verdad importa. Me salvaste de nuevo.
El demonio, aún renuente sin cambiar su expresión, se mantuvo estático como si no hubiera escuchado nada. Sin embargo, Rin sabía que lo había hecho. Y mejor aún, lo estaba considerando.
Lo conocía tan bien que hasta podía darse cuenta de sus cambios de actitud por más pequeños que fueran.
―Cierto... no le agradecí por salvarme el pellejo. Gracias ―se alzó en sus puntillas y le besó los labios con cuidado. No hubo reacción―. Gracias ―y repitió su acción consiguiendo el mismo resultado. Pero no se daría vencida tan fácilmente, así que lo atajó de la nuca para acercarlo aún más y le dio un beso profundo tal y como había prendido la noche anterior... hasta que él le respondió. Lento al principio pero intenso pocos segundos después, pegándola a su cuerpo hasta que no hubo ningún espacio que los separara. Tardaron un momento en romper el contacto, y cuando lo hicieron, Rin casi pudo jurar un atisbo de tranquilidad en el rostro masculino―. Gracias por salvarme, Sesshomaru. Gracias por estar ahí.
―Siempre lo estaré ―musitó al pegar su frente a la de ella.
―¿Te gustaría quedarte un rato conmigo? ―le preguntó al cabo de unos segundos.
―Debo hacer otra ronda.
―¿Pero tiene que ser ahora? ―lo miró de soslayo como haciendo un puchero. Era persuasiva cuando se lo proponía. El demonio negó sin decir nada y se dejó llevar hasta la habitación de Rin sin resistencia alguna, quien tomaba su brazo y le lanzaba alguna que otra mirada rápida.
Y pensar que aquella mañana se había sentido abrumada por lo que habían hecho la noche anterior, e incluso le daba vergüenza tener que verlo a la cara o hablar con él. Había sido idiota angustiarse por algo que en ese momento se le hacía tan natural.
Besarlo, abrazarlo, dejar que la desnudara y la tocara era tan natural que no podía creer lo mucho que se lo había cuestionado durante el día, los reparos que había puesto cual mojigata asustada. No tenía nada que temer estando con él.
Recorrió su cuerpo a medio desnudar con calma, explorándolo tal y como había hecho antes esperando descubrir cualquier pequeño detalle que pudiera activarlo. Quería eliminar por completo aquella expresión sombría de su rostro, que dejara de pensar y se dejara llevar como si nada más importara en el mundo.
Se descubrió a sí misma tomando la batuta de la situación con una soltura que nunca habría imaginado ni en un millón de años, encontrando lo fácil que era tener la iniciativa. E incluso se sentía bien, más segura de sí misma y sus capacidades para complacerlo.
Hizo todo cuanto estuvo a su alcance sin siquiera pensarlo demasiado, dejándose llevar por su instinto sin pudor alguno que pudiera cortarla. Ya no le importaba exponerse totalmente, no tenía nada que ocultar.
Varios minutos después de conseguir que el demonio regresara en sí, Rin se sentó con los brazos y piernas temblorosas. Daba fuertes bocanadas para recuperar el aliento y aún sentía la fricción incesante y electrizante en su entrepierna como si nunca se hubieran separado.
Viró la cara hacia él encontrándose su mirada clavada en ella. El hombre también estaba sentado en el suelo, sólo que no en esa posición. Tenía una pierna doblada de costado y la otra alzada, con un brazo reposando en la rodilla y el otro que usaba como soporte a sus espaldas. Su pecho subía y bajaba por las pausadas y profundas respiraciones que daba, pero sus ojos dorados no la perdían de vista en ningún instante, aún cuando estaban tan cerca el uno del otro.
Rin se sorprendió cuando la tomó del brazo y la jaló hacia él, haciendo que se recostara a su costado apretándola como si creyera que se iba a escapar como había intentado hacer sutilmente la noche anterior al encontrarse aplastada bajo su peso. Ocultó el rostro contra su pecho, apretujándose contra él para demostrarle que no tenía de qué preocuparse.
Cómo le aliviaba que ya estuviera mejor.
Podría declararse como el demonio más poderoso, frío y cruel del mundo, pero ella sabía que tenía puntos flancos, pequeñas debilidades que podían sacarlo del personaje siniestro que había labrado su estremecedora reputación. Y ella era precisamente una de ellas. Quizás la única.
Se mantuvo quieta un rato largo hasta que su respiración regresó a la normalidad; mucho después de la de él, por supuesto. Alzaba los ojos hacia su rostro de vez en cuando, encontrándolo con la vista perdida hacia ningún lado. Ya no estaba tenso ni con esa aura apesumbrada, sino más bien... relajado. Como si de nuevo todo estuviera en orden dentro de su cabeza.
Deben ser imaginaciones mías, se convenció al encontrar la idea de un Sesshomaru mortificado tan poco probable como verse a sí misma lanzando rayos por la boca como Ah-Un.
Sonrió entretenida con la tonta idea, cosa que no le duró mucho cuando se topó de lleno con la gran cicatriz que lucía en su pecho, la única imperfección que interrumpía su piel blanquecina sobre los músculos bien trabajados. Recorrió la longitud de la marca con la punta de los dedos, llamando su atención en el acto.
―¿Te duele? ―cuestionó en un susurro.
―No.
―¿Alguna vez lo hizo?
―Cuando desperté ya estaba totalmente curada ―contestó simplemente.
―Cuando despertaste... ya los mundos se habían separado, ¿no es así?
―Así es.
―¿Crees que tenga algo que ver con lo que pasó entre tu padre y tú?
―Lo dudo. Mi padre es poderoso, pero no hasta ese punto.
―¿También puede transformarse como tú?
―Correcto.
Rin guardó silencio un instante antes de comentar:
―Me encantaría ver cómo eres en tu verdadera forma. Apuesto a que es impresionante.
―Podría asustarte ―le dijo con tono monótono. Rin sonrió y negó suavemente con la cabeza.
―Después de hacer todo esto contigo dudo que haya una cara tuya que me asuste ―alzó la mirada a tiempo mientras él hacía lo mismo enarcando una ceja. La sonrisa de la chica creció un poco antes de besar sus labios―. No vayas a esa ronda de vigilancia. Quédate conmigo hasta mañana.
―Pueden haber más demonios afuera.
―También puede que no ―contrarrestó deslizando los dedos por su cuello hasta su mandíbula―. Si escuchas algún ruido puedes ir, pero si no... ¿por favor?
Sesshomaru se quedó callado un momento antes de responder, y cuando lo hizo, cerró los ojos con resignación y torció un poco la boca.
―Si es lo que deseas.
Rin volvió a besarlo en la comisura de la boca sin dejar de sonreír.
―¿Sabes? Puedes ser muy romántico cuando te lo propones.
―¿Es eso algo bueno?
―Lo es ―asintió contra sus labios―. Me encanta.
El inugami no emitió sonido ni se molestó en decirle que en realidad no se proponía a actuar de ninguna manera especial. Que creyera lo que quisiera si eso la hacía feliz.
Respondió el beso a medias que le estaba dando con fuerzas renovadas, tomándola de la nuca una vez más mientras su otra mano masajeaba sus pechos lentamente, arrancándole suspiros de gusto. Bajó un poco más su tacto, recorriendo la curva de su cintura y repitió el proceso en su entrepierna, regalándole movimientos circulares y cuidadosos en su punto más sensible. Los sonidos que emitía Rin subieron de nivel, y cuando sintió que estaba más que preparada, alzó una de sus piernas y la dobló hacia adelante para encajarse en su interior. El vaivén comenzó otra vez en un ritmo regular que ella seguía en estado hipnótico, totalmente ida por las sensaciones que la invadían de nuevo.
Durante esa noche, y muchas más que la siguieron, el demonio se quedó con ella hasta el amanecer. Aún cuando escuchara ruidos y amenazas, se aseguraba de ser lo más rápido posible para recuperar el espacio vacío que había dejado en el lecho que compartían. Se aseguraba de estar ahí para cuando despertara.
Se relajaba hasta tal punto estando con ella, cuando la noche caía y ambos estaban tendidos uno al lado del otro sin moverse, que se descubrió sucumbiendo lentamente al cansancio hasta caer dormido. Al principio sólo eran unos minutos, más adelante los minutos se transformaron en una hora que después le dio paso a un par.
En cuestión de unas semanas, el demonio durmió una noche completa e ininterrumpida por primera vez en siglos, encontrando una paz que jamás creyó llegar a poseer. Todo mientras esa criatura humana dormitaba a unos centímetros de él.
Todo gracias a ella.
...
Esa tarde Rin subía con una pesada carga sobre los brazos. Ah-Un le había ayudado a llevar la cesta en su lomo hasta el pórtico de entrada, pero desde ahí hasta su destino estaba totalmente sola pues no había rastros de Sesshomaru por los alrededores.
Posó la carga en la escalera para recobrar el aliento antes de impulsarla de nuevo hacia arriba y seguir el camino. Ya le quedaba menos y ese era su incentivo.
Si tan sólo pudiera controlar totalmente al dragón, al menos podría haberla dejado en el balcón del tercer piso para ahorrarse la mayoría del camino. Suspiró cuando alcanzó el último escalón dejando la pesada cesta en el suelo de nuevo, dando una mirada de soslayo hacia el mismo balcón calculando que ahora estaría a medio terminar de ser eso posible.
Ah-Un estaba siendo entrenado rigurosamente tanto por ella como por el inugami, lo cual la sorprendió gratamente. Jamás había esperado que se involucrara, pero apreciaba muchísimo su ayuda y guía. Quizás él nunca hubiera entrenado animales, pero comprendía bastante bien el comportamiento de los demonios y vaya que sabía hacerse respetar. Le causaba mucha gracia ―y compasión hasta cierto punto― ver lo rápido que Ah-Un cumplía las órdenes cuando él se las daba.
Llegó hasta su habitación y procedió a vestir su futón con las sábanas recién lavadas, doblando otros cuatro juegos más un pesado cobertor para guardarlos en el armario. Se ruborizó tenuemente al reconocer lo constante que eso se estaba volviendo: siempre debía estar cambiando las sábanas después de pasar una noche con él, pues aún cuando no encontrara manchas visibles, sentía la imperiosa necesidad de que todo estuviera impecable todos los días.
Se mordió los labios mientras doblaba el cobertor y lo ponía en la base de la pila de sábanas blancas, recordando cuando había lavado las de Sesshomaru aquella primera mañana. Las manchas de sangre se esparcían esporádicamente en algunos puntos aún cuando no fuera sobre el futón que habían iniciado. También tuvo que frotar el tatami con gran vergüenza, como si borrara la evidencia de que alguna vez había perdido la virginidad en ese mismo punto.
Ahora no le daba tanta pena en sí el haberlo hecho... sino ver lo activos que eran. De virgen mojigata a mujer que luchaba con conseguir el control y no le daba tregua a su compañero. El acto podía ser muy tierno y dócil al principio, pero al final siempre se tornaba... desenfrenado.
Cerró secamente la puerta del clóset y se puso de pie tras tomar la cesta con los demás juegos de cama. No era culpa suya que fuera tan placentero. Era culpa de Sesshomaru por ser tan... buen amante. Y aunque jamás había tenido un punto de comparación, no dudaba estar en lo correcto. De no ser así no esperaría con tanta expectativa a que cayera la noche para retomar la rutina a la que se habían acostumbrado.
En especial aquella noche.
Una sonrisa traviesa curvó sus labios, pero en ella también habían tintes de alivio.
No había pasado más de un mes desde que dormir juntos se volvió una costumbre, y por suerte, las infusiones que tan diligentemente conseguía Jaken surtían un efecto perfecto, aunque le habían causado un susto casi de muerte la semana anterior.
Rin llevaba la cuenta religiosa de sus periodos con ayuda del calendario. Nunca tenía idea exacta de qué día en concreto le tocaba, pero se hacía a la idea y marcaba el tiempo aproximado. No le había tocado hasta entonces estar tan pendiente de ello, pero cuando los días comenzaron a pasar sin ninguna señal de la madre naturaleza, comenzó a angustiarse.
Sabía que era posible quedar embarazada, ya había visto que el padre de Sesshomaru había tenido un hijo híbrido con una mujer humana, y temía seriamente estar en el mismo camino. No quiso ahondar en las consecuencias de lo que esto podría traer, ni siquiera se atrevió a imaginar la reacción del inugami si su temor se convertía en realidad. Sólo le pidió que mantuviera las manos lejos de ella por precaución. Sesshomaru no puso objeción, cosa que agradeció, sólo que trató la situación cada vez más estresante para ella con una naturalidad que rayaba en lo inverosímil.
¿Acaso no le preocupaba? ¿Acaso prefería que estuviera embarazada?
Pero todas sus dudas se fueron al traste sólo un día después cuando se despertó con una mancha rojiza entre las piernas.
Más tarde se enteró que el demonio podía percibir que no estaba en estado por medio de su olfato, por lo que nunca tuvo nada de lo que preocuparse en primer lugar. A Rin le hubiera encantado conocer esa información mucho antes, por supuesto.
Entró en la habitación del demonio cargando una cesta definitivamente más liviana, arrodillándose frente al armario para organizar la carga de ropa. Las cosas se pondrían muy interesantes aquella noche, no cabía duda.
Soy una pervertida. Pero no es culpa mía, es culpa de Sesshomaru. Quién lo manda a ser tan sexy.
Se estiró un poco para dejar las sábanas en el fondo para que no estorbara cuando él tuviera que tomar sus cambios de ropa. Hizo a un lado un haori de color oscuro para pegarlas de la pared, y al momento de ordenar la pieza sobre una pila cercana, escuchó un crujido que se le hizo vagamente familiar.
Sacó la prenda del armario y la desdobló con curiosidad. No esperaba para nada encontrar lo que aguardaba entre los pliegos de la tela.
Papeles de golosinas, algunos abiertos otros no, lazos, cartulinas, pañuelos e incluso el pastelillo con forma de melocotón que le había entregado al finalizar la secundaria, intacto dentro de su cajita de madera y tapa de acrílico transparente. Todo cuanto le había entregado alguna vez estaba acumulado, conservado a pesar del tiempo que había transcurrido.
Sus hombros cayeron en cuanto se desinfló con un suspiro prolongado. Tomó un pequeño chocolate de envoltorio rojo ―un delicioso kit-kat― y vio que no lo había abierto. Ninguno de los chocolates habían sido abiertos en realidad, pero todo lo demás sí. Incluso encontró lo que le pareció ser el envoltorio de aquella primera chocolatina que le había ofrecido en su segundo encuentro.
También estaba la hoja en blanco y el lápiz que le había dado en esperanzas de animarlo a que le escribiera. Vio el "Me llamo Rin" que había escrito años atrás en un extremo de la hoja de cuaderno rayada. Qué nostalgia le traía... como si toda una vida hubiera transcurrido desde aquel día en donde sus actos inocentes la guiaban ciegamente hasta donde estaba ahora. De pequeña jamás imaginó que todo acabaría de ese modo, a pesar de lo mucho que había querido conocer al "Señor Invisible" y ver cómo era.
Ahora no sólo lo conocía en persona, sino que lo hacía hasta el último límite.
Permaneció sentada con el haori en el regazo, admirando cada papelito y cosa que le había dejado, recordando con bastante acierto cómo y cuándo habían sido entregados. Y pensar que conservaba todo eso desde el primer día... era increíble.
No se dio cuenta de qué tan tarde era hasta que el sol comenzó a caer inundando la recámara con una suave luz dorada. Sesshomaru estaba a punto de regresar de su ronda y a ella aún le quedaban bastantes cosas que hacer antes de reunirse con él. Lo mejor era dejarlo todo como estaba y pretender que nunca había estado husmeando entre sus pertenencias.
Pero apenas cubrió el tesoro oculto con una manga tuvo la sensación de que no estaba tan sola como creía. Como pensó que saldría rápido ni siquiera se había fijado en cerrar la puerta, de la cual ahora Sesshomaru se apoyaba con un hombro observándola con una ceja levemente enmarcada. Rin apretó los labios al verse con las manos en la masa. No sabía cuánto tiempo tenía ahí parado ―era condenadamente sigiloso cuando quería―, pero a juzgar por su expresión... no era poco.
―Yo... lo siento. No quise husmear, sólo colocaba las sábanas y encontré esto, no pude resistirme... lo siento ―repitió encogiéndose ante su severa mirada. No hubo respuesta. Algo nerviosa y sin saber qué más hacer, no pudo controlar su lengua―. ¿Por qué guardaste todo esto durante tanto tiempo?
―Porque me lo entregaste ―contestó secamente. El rostro de Rin se acaloró pese al frío que se colaba por la ventana.
―Sí, pero... entendería con el pastelillo y algún pañuelo, pero ¿los envoltorios de caramelos y los chocolates caducados? Son basura ―constató alzando un papelito de colores arrugado como mayor prueba. El demonio entrecerró los ojos.
―Nada que venga de ti es basura.
El corazón de Rin dio una sacudida y lo miró con los ojos bien abiertos conteniendo el aliento. Sin embargo, él permanecía con su cara impasible como si lo que acabara de decir no fuera nada del otro mundo. Quizás para él era cosa normal, pero para ella...
Su labio inferior tembló al inhalar con fuerza mientras doblaba la prenda cuidadosamente y la dejaba en su sitio, resguardando los pequeños regalos de cualquier agente que pudiera dañarlos. Algo tan simple como una envoltura de caramelos o una hoja de papel que había recibido hacía años... y todavía conservaba. Era tan...
Tierno.
Cerró la puerta del armario y se puso en pie con la cesta vacía en su cadera para ponerse en marcha. Sesshomaru permanecía recargado del marco de la puerta, siguiéndola con la mirada silenciosamente.
Al pasar por su lado, Rin se alzó de puntillas y le dejó un beso ligero en la mejilla. Tenía intenciones de decirle algo, pero no tenía manera de expresar nada que pudiera competir con lo que acababa de escuchar y todo el trasfondo que llevaba consigo.
Debía hacer algo por él. Algo que lo moviera tanto como la había movido a ella ese simple puñado de palabras. Algo... que demostrara lo mucho que le importara.
Se fue por el pasillo con una buena idea en mente, sonriendo para sí. Sabía que el demonio continuaba viéndola aunque no la siguiera. Lo que no sabía era que él también tenía un pequeño pero notorio atisbo de sonrisa en su rostro generalmente imperturbable.
Dejó todos sus quehaceres en espera por el resto del día y regresó al tercer piso, donde ocupó la sala de entretenimiento por las últimas horas de la tarde. Ya era de noche para cuando Sesshomaru la vio de nuevo, inclinada sobre la mesita baja de la sala con varios velones iluminando lo que fuera que estuviera haciendo. Esperó afuera pacientemente sin decir nada hasta que ella hubiera terminado, apostado contra la pared de brazos cruzados. Uno de sus oídos estaban puestos sobre el rasgueo del pincel sobre el pergamino y el otro prestaba atención a los sonidos del exterior, buscando alguna amenaza que se aproximara. La fría noche de finales de otoño estaba en calma y silencio por el momento.
Rin salió varios minutos después luciendo satisfecha y apretando ligeramente un rollo de pergamino contra su pecho, aunque casi dio un brinco al encontrárselo de lleno apenas puso un pie en el exterior.
―¿Llevas mucho rato ahí? ―quiso saber apenada, consultando su reloj de pulsera para ver que casi eran las diez de la noche.
―No ―mintió simplemente―. ¿Qué estabas haciendo?
―Bueno... quería que fuera una sorpresa, pero ya que estás aquí... y que no te gustan las sorpresas ―puntualizó―, creo que es mejor dártelo ahora.
Le extendió el rollo con las mejillas arreboladas y los ojos brillantes. Extrañado por semejante obsequio, lo desenrolló extendiéndolo con ambas manos. Rin rápidamente se situó a su lado para verlo también, más que contenta echándole algunos vistazos para ver su reacción.
Tenía frente a él un dibujo muy detallado del país con diversos puntos marcados con círculos, estrellas y pequeñas notas repartidas de aquí allá sin orden aparente. Sesshomaru no estaba demasiado seguro de qué era eso, pero podía hacerse una idea.
―¿Un mapa?
―Un itinerario ―lo corrigió―. Son los sitios que debes ver en cuanto se levante esta barrera. No he ido a todos, pero obviamente sé dónde quedan y cómo llegar. Si mis estudios de historia y geografía son correctos, claro. El mapa no es cien por ciento exacto, pero debo presumir que es muy preciso aún así ―ensanchó su sonrisa con suficiencia―. Te enseñaré todo lo que debes conocer de este país. Te encantará.
―¿Me enseñarás? ―captó rápidamente. Rin le dio una mirada brillante y llena de significado.
―Dijiste que te acompañaría adónde sea que fueras... y... me gustaría que los dos visitáramos estos lugares. Por ejemplo, mira ―señaló una estrella en el mapa―, aquí estamos actualmente. Si vamos hasta acá encontraremos un balneario de aguas termales, es realmente hermoso. No sé cómo estará de este lado, pero geográficamente hablando ha estado ahí por siglos, así que dudo que no esté ahora. Y por acá... ¿qué pasa? ―se detuvo al ver que el demonio no le quitaba la mirada de encima. Si no lo conociera mejor diría que estaba sorprendido.
Y realmente lo estaba. Pese a que sus facciones no lo reflejaran en su totalidad, algo dentro de él se había estancado y ahora no podía dejar de verla a la cara. No sólo por las molestias que tuvo que haberse tomado trazando ese mapa de memoria y cada lugar posible para visitar, sino... que quisiera ir con él. Sabía que era honesta, la conocía demasiado bien y no tenía forma de engañarlo.
No sólo le mostraba una ruta a seguir, más bien le abría las puertas a un futuro que hasta hacía poco no se había planteado.
No estar solo.
Regresó en sí segundos después sin permitir que el aturdimiento se prolongara, volviendo a su estoica mirada habitual. Hizo un leve movimiento de cabeza hacia el pergamino.
―Continúa.
La muchacha sonrió para sus adentros, dirigiéndole una rápida mirada radiante al conseguir el efecto deseado. Su pecho se hinchó con emoción y procedió, indicándole qué había detrás de cada marca en el mapa, cómo llegar ahí y las experiencias ya fueran propias o ajenas que relacionaba con esos lugares. Sesshomaru notó que aquella idea era demasiado extensa como para haberla pensado de un solo golpe. Rin tenía tiempo dándole vueltas al asunto como para haberlo planificado de manera tan impecable.
E imaginar el tiempo que había dedicado en planear un futuro con él logró que todas sus facciones se relajaran hasta el punto de desaparecer su ceño permanentemente fruncido. Siendo demonio no era demasiado asiduo a esa clase de emociones similares a la tranquilidad y alegría, pero ahora... Rin había cambiado muchísimas cosas en él de la forma más extraña.
Y lejos de molestarle estar cayendo en un terreno que antes le parecía deshonroso, ahora simplemente no le importaba. Ni siquiera podría creer cómo le había dado importancia a esas estupideces cuando lo que repudiaba con todo su ser era indescriptiblemente mejor que ganar cualquier batalla.
―Y cuando terminemos con Japón, iremos al resto del mundo. O al menos hasta donde aguante, recorrer este país no me será muy fácil que digamos. A no ser que aquí haya aeropuertos o trenes ―se encogió de hombros―. Quién sabe. Podríamos bajar hacia Oceanía después de acabar Japón, o podemos recorrer el resto de Asia, después Europa, África... y a América no sé cómo iremos a llegar, pero si no me he muerto para entonces de seguro encontraremos la forma.
―Has pensado en todo por lo que veo.
―Más bien tengo una idea general. Podemos improvisar de camino ―sacudió una mano para restarle importancia. Después le miró sin alzar mucho la cabeza torciendo una esquina de la boca con cierto titubeo―. ¿Te gusta?
―Será interesante ver qué clase de guía eres ―asintió levemente, lo cual para ella fue como si le dijeran que había tenido la mejor idea del mundo entero. Enrolló el mapa de nuevo y se puso de puntillas justo como hizo horas atrás, dejándole un veloz beso en el pómulo.
―Ya verás ―le sonrió coqueta balanceándose sobre la punta de los pies. Sesshomaru no necesitó ninguna otra indirecta y la acercó a su rostro tomándola de la mandíbula delicadamente antes de que su peso terminara de recaer sobre los talones. Rin posó los dedos sobre esa mano que la sujetaba con tanta gentileza para que no tuvieran que separarse más de lo necesario―. ¿Sabes...? Acabo de poner sábanas limpias ―le invitó tentadoramente. Habían pasado varios días desde que aquella opción estuviera disponible, y aunque nunca lo expresaría tan abiertamente como ella, también deseaba reanudar la deliciosa rutina a la que se habían habituado.
Rin apenas se sonrojó cuando el inugami asintió con la cabeza, pues ya estaba más acostumbrada a todo lo que sucedía entre ellos como para que le causara el mismo bochorno. Lo llevó hasta su habitación sin soltar la mano a la que se había aferrado durante el beso anterior.
Ni siquiera se molestaron en cerrar las puertas corredizas o encender las lámparas o fogones. Ninguno de los dos necesitaba fuentes de luz ni Rin necesitaba una fuente de calor cuando tenía aquel cuerpo masculino que cumplía mejor el propósito.
Un beso le siguió a otro, convirtiéndose en caricias que viajaban más allá de los límites de la ropa, buscando eliminarlas del camino como si su sola presencia fuera la mayor de las molestias. Rin rió por lo bajo cuando tomaron asiento, sintiendo cosquillas ante los besos húmedos que su compañero dejaba en su quijada y los escalofríos al tener la respiración masculina dándole cosquillas en la oreja.
El demonio se inclinó sobre ella, dominándola tanto en masa como en altura, aprisionándola entre su cuerpo y la pared. Tiró del obi de su pesado kimono para deshacerse de las capas internas una a una... si contaba con la paciencia para ello, cosa que no creía.
Cuando su mano al fin encontraba piel debajo de todas las telas que cubrían el pecho de Rin, un sonoro estruendo rompió el silencio de la noche. Venía del muro que estaba del lado opuesto de la casa, y según escuchó con su oído especialmente agudo, no se trataba de más de un puñado de monstruos que sólo tenían un buen tamaño como ventaja.
―Qué oportuno ―se quejó Rin, debatiéndose entre el malhumor y la gracia que le causaba la interrupción. Sesshomaru se puso en pie componiendo una cara de muy pocos amigos con la mirada en dirección hacia donde se escuchaban los intrusos. Su boca se torció a la par que su nariz se arrugaba en una mueca de desagrado que no pudo más que causarle risa a la chica. Entrecerró los ojos sobre ella cuando se le salió la primera risita que intentó controlar cerrando la boca―. ¿No tienes que ir?
―Ni se te ocurra moverte ―le advirtió con seriedad. Rin se mordió los labios para no volver a reír―. No tardaré.
―Eso espero, porque si me llego a dormir no conseguirás que me despierte ―le respondió inocentemente cuando pasaba por el marco de la puerta. Le pareció distinguir el minúsculo atisbo de sonrisa burlona antes de desaparecer.
―Ya veremos.
La humana no tuvo que seguir encubriendo su risa y la dejó salir libremente en cuanto no hubo rastro alguno de él en el pasillo... ni en el piso. En cuestión de segundos se dio cuenta de que los ruidos de los demonios que pretendían el ataque nocturno eran cortados abruptamente, seguidos por algunos gritos e inconfundibles golpes de cuerpos grandes cayendo al suelo. También quizás un pedazo del muro o algún miembro deforme de los contrincantes que enfrentaba el inugami con una motivación mayor que una buena pelea.
Se quedó quieta sin apenas moverse más allá que colocar un mechón de cabello detrás de su oreja y rascarse la quijada, regresando a su posición inicial para cuando su compañero regresó unos pocos minutos después. Ni un sólo pelo estaba fuera de su lugar, ni siquiera parecía agitado o daba muestras de haber despachado posibles amenazas al otro lado de la fortaleza. No, todo lo que tenía para ofrecerle eran unos ojos dorados que la examinaban detalladamente.
Intercambiaron miradas en cuanto él puso un pie en la recámara, antes de que Rin fingiera un bostezo y se estirara soltando un quejido cansado.
―Qué pena, estoy que me muero de sueño.
―No te preocupes ―se acercó y posó una rodilla en el suelo frente a ella―, te lo quitaré.
La chica ni siquiera atinó a pensar una respuesta cuando el inugami se apoderaba de sus labios, atrayéndola a él tomándola de la cintura para pegarla a su cuerpo.
Rin comprimió una sonrisa contra sus labios y no se demoró en responderle cada caricia por más demandante que fuera.
Sesshomaru tenía razón. No sólo consiguió arrebatarle cualquier intención de dormir, si no que no se le permitió hasta la madrugada.
Pero realmente no le importaba perderse unas horas de sueño cuando podía pasar el tiempo con él.
...
Yuriko recibió a su marido aquella noche con impaciencia y un dejo de alivio en sus facciones arrugadas por tanto tiempo de angustia. Apenas escuchó las llaves en la puerta delantera salió disparada a recibirlo aún con el teléfono en una mano y una libreta de notas en la otra. Ni siquiera esperó a que el hombre se quitara los zapatos y anunciara su llegada y lo abrazó con fuerza haciendo que se tambaleara.
―¡Santo cielo, Yuriko! ¿Qué ocurre, cariño? ¿Estás bien?
―Encontré un sacerdote disponible, Hizashi ―le dijo ella atropelladamente en cuanto se separó. Su marido aumentó un poco la distancia tomándola de los hombros para darle una mirada profunda.
―¿Estás hablando en serio?
―Sí. Acabo de hablar con él. Le conté toda la historia y está dispuesto a reunirse con nosotros para evaluar si está dentro de sus posibilidades.
―Eso no parece ser demasiado seguro. ¿Y si se retracta? ¿Y si no puede hacer nada?
―Es el único que pareció al menos interesado en ayudarnos, Hizashi ―le explicó ofuscada la mujer. Llevaba varios días comunicándose con sacerdotes, sacerdotisas, monjes y personalidades espirituales de todo tipo buscando ayuda, y siempre tenían excusas o reglas que los ponían fuera de su alcance. Como el elevado pago a sus servicios o la imposibilidad de atenderlos en la fecha que los necesitaban―. Ni siquiera está interesado en que le paguemos siempre y cuando cubramos sus gastos de viaje y hospedaje. Puede quedarse con nosotros y pienso hacerle un pago de todas formas aún si lo consigue o no. Sonaba demasiado amable e interesado en ayudarnos.
―¿No quiere que le paguemos? ¿Por qué? ―entrecerró los ojos con sospecha. Algo no olía muy bien.
―El señor dijo que no podía ponerle precio a lo que pedimos porque tampoco está demasiado seguro de que sea posible. Pero está dispuesto a intentarlo, Hizashi ―repitió―. Es mucho más de lo que los otros han demostrado. Además ha dicho que le pedirá asistencia a su nieta quien tiene experiencia con estos temas. El señor ha dicho que si él no puede lograrlo, su nieta sí tendrá éxito ―añadió con firmeza. Su marido seguía sin parecer muy convencido.
―No parece un plan muy seguro, cariño.
―Es todo lo que tenemos. Seguiré intentando contactar con más eminencias, pero voy a darle una oportunidad a este. No nos queda mucho tiempo.
―Eso lo sé ―suspiró decaído masajeándose la sien. Desde que toda aquella locura había iniciado se sentía varios años más viejo y enfermo. Si su mujer tenía la seguridad de que con aquel sacerdote podría funcionar, no le quedaba más opción que confiar en ella y dejarlo todo en sus manos. Él también había intentado conseguir a alguien que pudiera ayudarlos y su éxito había sido completamente nulo.
Yuriko tenía razón: el tiempo se agotaba y aquel hombre parecía ser todo lo que tenían.
―Está bien. Si esto es lo que tenemos que hacer, hagámoslo.
Su esposa pareció infinitamente más aliviada de lo que había esperado en cuanto lo escuchó. Volvió a abrazarlo con más fuerza y le permitió entonces que se quitara los zapatos y terminara de entrar a la casa.
―¿Quién es este sacerdote? ¿Cómo diste con él?
―Investigando en internet. Estuve buscando templos con servicios especiales de purificación y ceremonias espiritistas, y encontré este pequeño sitio en el corazón de Tokio. Su nombre es Ginzo Higurashi. De todos los expertos con los que hablé, fue el único que... no sé cómo decirlo, pero fue como si estuviera en mi misma sintonía y supiera exactamente de lo que estaba hablando.
―¿Y qué dijo con respecto a la ceremonia en el solsticio?
―Que la había realizado pero sólo como un acto tradicional para marcar la llegada del invierno y verano, pero nunca la había hecho con el propósito verdadero. Sabe lo que tiene que hacer, pero... dijo que probablemente siendo él solo no surtiría efecto. Es por eso que le pedirá ayuda a su nieta.
―¿Su nieta es sacerdotisa?
―Cuando le pregunté me respondió que lo era a medias. Que tiene un fuerte poder espiritual pero nunca hizo todas las ceremonias y asumió el título formalmente. Sin embargo, remarcó que tiene mucha experiencia en el campo con el mundo de los espíritus.
―¿De qué manera?
Fue ahí que su esposa le dio una seria mirada con los ojos muy abiertos y las cejas curvadas hacia arriba.
―Dijo que ella ha estado en este lugar, Hizashi. Varias veces. Puede ir y volver a voluntad ―el hombre hizo lo propio pero volviendo a fruncir el entrecejo con escepticismo. Por un momento su lado de profesor universitario asiduo a la lógica estuvo por refutar que aquello le parecía una enorme farsa, pero en vista de la situación en la que su hija estaba metida, una que no podía calificar como falsa después de toda la evidencia que demostraba lo contrario, volvió a cerrar la boca.
Después de un instante procesándolo, su lógica le dijo que si Rin había ido a parar a ese mundo, bien podría haber más personas que hubieran pasado por una situación similar. E incluso pudieran ir y venir de alguna manera.
Terminó asintiendo lentamente, dejándose caer en la posibilidad de que lo que intentaban hacer diera resultado. Si todo salía acorde a sus planes y este sacerdote y su nieta eran capaces de abrir la brecha que separaba ambos mundos durante el solsticio de invierno, quizás Rin estaría de vuelta con ellos. Quizás así todo por fin se acabaría.
Conversaron más al respecto y salieron poco después, aún cuando ya fuera totalmente de noche. Tomaron linternas, un pequeño bolso con implementos básicos, los mismos que siempre llevaban encima cada vez que hacían su recorrido hacia la casa maldita. Y como extra, un recipiente con una etiqueta de advertencia amarilla que Hizashi llevaba con extremo cuidado.
Era normal que subieran cada vez que les fuera posible sin importar la hora varias veces por semana. Hacían caso omiso de las advertencias policiales y eludían los cordones que demarcaban los límites para los civiles. Nada les impediría buscar a Rin.
Sus amigos muchas veces iban con ellos o ya estaban ahí para cuando llegaban, nadie parecía querer rendirse. Issei también estaría ahí con frecuencia si tan sólo su familia dejara de vigilarlo estrictamente a todas horas para evitarlo.
Llegaron hasta el último piso y, como en veces anteriores, se fijaron en el enorme sutra adherido a la pared. Rin les había hablado de él en sus cartas, explicándoles que ése era el sortilegio que mantenía encerrado al demonio. Si lograban quitarlo tal vez existiera la posibilidad de que la chica pudiera regresar.
Era normal que se quedaran varios minutos ―hasta horas incluso― intentando despegarlo con todo tipo de materiales: desde espátulas metálicas de pintura, cuchillos de jardinería, solvente de capacidad industrial... nada funcionaba. Ni siquiera podían romper la pared para quitarlo arrancando un pedazo de las tablas de madera, aunque lo intentaron con hachas y martillos. Era como golpear una superficie de roca, nada surtía efecto y hasta los materiales se dañaban o perdían su filo.
Aquella estructura era mucho más sólida de lo que cualquiera había pensado, razón por la cual jamás había podido ser remodelada o destruida con el paso del tiempo y catástrofes naturales.
Hizashi se quitó los guates protectores en cuanto vació el contenido de la botella que había traído con él esa noche. Un poderoso solvente mezclado con ácido, una mezcla tan efectiva como peligrosa, pues necesitaba un contenedor especial para que no se destruyera al transportarlo. Nada. El líquido sólo se escurría por la pared como si fuera sólo agua contra una superficie impermeable. El profesor de química con el que había hablado le comentó las capacidades de aquella fórmula y le confió un poco de ella bajo la promesa de que fuera extremadamente cuidadoso y no le dijera nada a las autoridades de la universidad. Era provechoso estar en tan buenos términos con tanta gente de su trabajo, pero por más que fuera así... no surtía efecto nada de lo que probaba.
Tuvo que salir de la habitación ante el repugnante olor que dejó atrás, tosiendo sin parar.
Según Rin, esa era la habitación que más protegía el inugami, e incluso detestaba que alguien se acercara al pergamino. Recordó haber leído en una de sus cartas que la primera vez que hizo contacto con la tinta roja sintió una descarga eléctrica por el brazo y su mano se adhirió a ella como halada por un campo magnético.
En todo el tiempo que llevaba intentando deshacerse del maldito papel nunca había sentido nada similar. Ni dolor al tocarlo ni la presencia del ente sobrenatural. Pero sabía que el bastardo estaba por ahí, oculto en algún lado. Las cámaras instaladas en la planta baja aún lo captaban tomando y dejando cartas, a pesar de que hubieran pasado semanas desde el último contacto con su hija.
Se quitó la mascarilla y los guantes mientras bajaba por las escaleras, sosteniendo la linterna como quien sujeta un teléfono cuando tiene las manos ocupadas, sin reparar en el apestoso desastre que había dejado arriba.
Su esposa lo esperaba en el mismo punto donde todas las cartas eran enviadas y recibidas, donde las cámaras apuntaban. La policía les daría sus regaños habituales en la mañana cuando vieran las grabaciones, pero era algo a lo que ya estaban acostumbrados y le restaban importancia. La mujer sorbía calladamente con la vista fija en el suelo, como esperando que una carta ―o su niña― aparecieran mágicamente ante ella.
Interrogó mudamente a su marido cuando lo vio llegar, a lo que recibió una parca negación con la cabeza. Yuriko sorbió con fuerza y sacó de su bolso un nuevo paquete para dejarlo en el suelo. Esperar que lo recibiera era lo único que podían hacer.
Se quedaron sólo unos minutos más, cansados de tanto llamarla a gritos y caminar en círculos buscando alguna señal de ella. El reloj de Hizashi marcaban las diez de la noche para cuando la pareja bajó del pórtico y se encaminó a la salida del muro, tomando el mismo camino de regreso a casa que su hija podría recorrer hasta con los ojos cerrados.
No supieron sino hasta el día siguiente que cuando se adentraban al pasto alto para salir por el hueco del muro, el paquete había desaparecido sin dejar rastro alguno.
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*Clydesdale: El clydesdale es una de las razas de caballo más grandes que existen tanto en altura como en peso y estructura muscular. Es un caballo que generalmente se utiliza para tirar el arador en campos de cultivo y carretas, y se suelen hacer competencias que ponen a prueba su fuerza física arrastrando diversos pesos. Para que se hagan una mejor idea: ¿Recuerdan a Phillipe, el caballo de Bella en La Bella y la Bestia? Ese es un Clydesdale.
*Máscara de Noh: El Teatro Noh son representaciones con danzas basadas en un drama aristocrático, en el que el actor principal suele llevar durante la mayoría de la obra una máscara que lo identifica como protagonista. Les recomiendo que busquen en las imágenes de Google y consten por ustedes mismos lo espeluznantes que son. Como dato extra, me basé en las serpientes tanto en Ryuukotsusei como en "La máscara devoradora de carne" del principio de la serie.
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Capítulo especialmente dedicado a la gente maravillosa que sigue este fic y anima a la autora con sus bellos comentarios :3
Voy a ser rápida porque es tardísimo y mañana me tengo que levantar temprano. No me quería ir a dormir sin antes publicar para ustedes, que se lo han ganado.
Este capítulo no lo tenía planeado, simplemente pasó basada en una idea que alguien me dio en un review: "Sería lindo que Rin encontrara las cosas que le dio a Sesshomaru durante tanto tiempo" o algo así. No recuerdo quién lo dijo (mil disculpas y gracias por prenderme el foco xD), pero me pareció lindo y sin querer fui desarrollando una escena en torno a esto a la que después fui agregando más y más cosas de los buenos tiempos de estos dos, y así nació el capítulo completo. Además de que me dio mucha risa imaginarme a Sesshomaru con síndrome de Diógenes acumulando basura y chocolates caducados xD Como nota extra agrego que no le gusta el chocolate (¡monstruo!), pero está tan encariñado con Rin que guarda cualquier cosa que le dé e incluso probó el primero. A qué es adorable este inugami asesino y sensual *3*
Como vemos no son capaces de tener las manos fuera del otro (nadie puede culpar a Rin) y se adaptaron muy bien a su nueva fase de convivencia que parece más bien una luna de miel prolongada... que por supuesto tuve que arruinar con la escena del final de los padres desesperados buscando a su hijita.
También nos acercamos peligrosamente a la fecha tan temida del solsticio de invierno, el cual traerá más de una sorpresa... como la aparición de este sacerdote apellidado Higurashi y su misteriosa nieta que puede ir entre mundos de la que no sabemos nada de nada y no tenemos idea de quién podrá ser *música de suspenso*.
¡887 reviews! Nunca dejan de sorprenderme, chicos, ¡son los mejores! Por ustedes da gusto desvelarse un poco actualizando tempranito, ¡los adoro! Muchísimas gracias por sus comentarios, me alegra un montón que aunque los sucesos del capi anterior hayan sido apresurados (estos jóvenes calenturientos...) tuviera tan buena aceptación. También me alegra que mi porno con clase haya pasado la prueba y conservara el título que le di xD Gracias especiales a: Dani, Black Urora, ByaHisaFan, Gima2618, AlexanderSR25, DreamFicGirl, Nikoru San Fantasy, MisteryWitch, Paloma cucurrucucu, Anónimo1, SeeDesire, Haru1305, Kari, MickeyNoMouse, KeyTen, Serena Tsukino Chiba, Anónimo2, Gaby L, Nubia, Laura91ok, Cristinaaxde, Floresamaabc, Anónimo3, Anónimo4, Kokoa Kirkland, Clau28, Sara, Danyk, Hooliedanisars, Indominus Dea, Marialaurajs, Pinky's, Meaow, Nayari, Elenita-Ele-Chan, Sayuri08, Celeste, Blueberry Bliss, AlinaStarlight, Jenks, Sara, Alexa Grayson Hofferson, Yarisha, Jezabel, Ally Dilly, Carol.9803, Nani28, Melinna Sesshy, Hikary-neko, Alexa Rey, Lyn, Gina, Baby Sony, CruxMarie, Aikayuzu-13.17s, Lau Cullen Swan, Anónimo4, Jokimy Uzumaki, AlexMichaels y . También a los ninjas silenciosos que leen y se van, ¡anímense que no muerdo!
Un beso a todos, gracias por leer y buenas noches. ¡Hasta la próxima semana!
