Disclaimer: El fandom de Inuyasha, su historia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi y los tomo prestados sin fines de lucro.
Haunted
Por: Hoshi no Negai
22. El solsticio de invierno
Yuriko aún se sentía mareada para cuando abordó el tren que la llevaría de regreso a la ciudad más cercana a su pueblo. Y estaba segura que en cuanto tomara el autobús que la subiría a las montañas que llamaba hogar unas cuantas horas después, aquella sensación aún la estaría acompañando.
Escuchaba la historia de Kagome una y otra vez, parte por parte sin poder evitárselo. Cómo había caído en el pozo, cómo había descubierto que estaba en un mundo diferente... lo que tuvo que hacer para sobrevivir, cómo había descubierto sus poderes y por qué los tenía.
―A esta joya se la conoce como la Perla de Shikon ―le explicó después de estar un rato hablando, mostrándole un llaverito con una esfera pequeña y rosada que guindaba en el extremo inferior. Era una imitación que se vendía como recuerdo en el templo de la familia―. Según cuenta la historia es capaz de aumentar considerablemente los poderes de los demonios si estos lo desean. Literalmente esta cosa puede cumplir cualquier deseo por más loco que suene, así que se hará idea de la gran ambición que existe por poseerla. Y al parecer... soy la reencarnación de su antiguo propietario, por lo que ahora mismo reside dentro de mí. No se imagina la cantidad de problemas que esto me ocasionó, varias veces tuve que luchar para no acabar en el estómago de algún monstruo. Por suerte conseguí ayuda... por lo que no fue tan terrible como pueda pensar.
―¿Ayuda? ¿Hay demonios que te brindaron ayuda?
―No todos son malos. Algunos son bastante nobles y no buscan hacerse con la perla. Me resguardaron y protegieron, incluso pelearon por mí y me enseñaron a utilizar mis habilidades. Fueron unos días bastante interesantes para ser sincera ―asintió mirando hacia el techo, hundida en sus recuerdos.
―¿Interesantes? Para nosotros fue un calvario ―la regañó su abuelo dándole una palmada a la mesa―. No teníamos forma de saber dónde ni cómo estabas, ni mucho menos de si volveríamos a saber de ti. Se me tuvo que haber subido la tensión al menos veinte veces en esos días que estuviste desaparecida.
―Entendemos bastante bien cómo se siente, señora Hashimoto ―expresó calmadamente la madre de Kagome―, como ve hemos pasado por situaciones similares. Pero nosotros no contábamos con mensajes de Kagome para tranquilizarnos. Eso hubiera supuesto un enorme alivio.
―Al menos no fue por tanto tiempo ―agregó la más joven con una mueca de disculpa ante las altas quejas de su abuelo, que enumeraba la cantidad de sortilegios que había hecho para traerla de vuelta y las medicinas que había tomado para no sufrir un colapso―. Fueron unos cinco días hasta que conseguí regresar a casa. Eso sucedió cuando tenía quince años, han pasado casi diez años desde entonces.
―¿Y aún vas y vienes entre mundos? ―quiso saber Yuriko―. ¿Por qué? Debe ser aún más peligroso para ti si tienes esa joya dentro de ti.
―Al inicio era por curiosidad. Me asustaba un poco, pero era tan emocionante que no pude contenerme a saltar al pozo una segunda vez.
―¡Y sin avisar! ―regañó su abuelo.
―Honestamente no creí que funcionaría, ya te lo he dicho unas mil veces, abuelo. Y también me disculpé unas mil veces más ―le respondió ceñuda haciendo un puchero―. Sólo fueron unas horas. El verdadero motivo por el que regresé es... bueno... porque quería volver a ver a alguien en especial ―sonrió algo cohibida, apenas sonrojándose. Su madre tapó su propia sonrisa con una mano y el abuelo roló los ojos―. Me ayudó tanto en ese momento... me protegió con su vida, aún cuando no tenía que hacerlo. Simplemente no pude evitar querer regresar para estar con él.
―¿Te enamoraste de un demonio? ―se sorprendió la mujer, viéndola con los ojos muy abiertos sin darle crédito a sus oídos.
―De hecho es un inugami ―reveló Kagome. La madre de Rin entreabrió la boca y se echó hacia atrás en la silla, anonadada―. Una gran coincidencia, ¿no lo cree?
―Pero... ¿cómo puedes enamorarte de alguien que no es humano? Perdona que suene tan escéptica, pero es muy difícil de creer ―agregó Yuriko incómoda. No le gustaba cómo se estaba tornando la conversación.
―El amor no tiene raza ―Kagome se encogió de hombros―. Yo tampoco lo creía posible al principio, pero ahora lo que no creo posible es dejar de verlo. Un inugami puede ser territorial, terco y tener miles de manías, pero cuando le das la oportunidad no hay manera de que te arrepientas.
―¿Me estás diciendo que eso es lo que le ha pasado a mi hija? ―cuestionó con un tono mucho más agudo, horrorizada. Había visto sospechoso su comportamiento durante los videos... le pareció extraño que lo tratara con tanta confianza y familiaridad, como si fueran amigos de toda la vida. Como si fueran...
―No puedo decírselo con seguridad, pero... si usted dice que es su inumochi hay posibilidades de que así sea. Lo siento, sé que no es lo que quiere escuchar en este momento.
―No... no es lo que quiero escuchar ―se negó rotundamente cerrando los ojos―. Sé que quieres ayudarme a que me sienta mejor, pero lo único que quiero es a mi niña de vuelta.
La familia Higurashi guardó silencio mientras la mujer se limpiaba calladamente la nariz y los ojos. Yuriko sabía que Kagome quería insistir en el tema para hacerle ver su punto de vista, pero al igual que vio la intención en su lenguaje corporal, notó que se retrajo para asentir con la cabeza y dejarlo de lado.
―Será difícil, pero haré todo cuanto esté a mi mano para que así sea. Lo prometo.
―Te lo agradezco mucho ―correspondió dando reverencias rápidas con la cara enrojecida y mojada por las lágrimas―, no sabes cuánto.
La mujer regresó en si cuando el tren anunció que estaban a pocos minutos de alcanzar su estación correspondiente. Se reclinó hacia atrás en cuanto se aseguró de que su pequeña bolsa de viaje siguiera en su sitio y de llamar rápidamente a su marido para informarle que dentro de poco abordaría el autobús. Era tarde en la noche y no podía esperar a llegar a casa después de un largo día de viajes y conversaciones inverosímiles.
Habían conversado un rato más sobre cómo había sido la vida de Kagome en aquel mundo, y cómo lo seguía siendo ahora que iba y venía entre ambos planos. En todo momento la más joven intentaba hacerle ver que en realidad no era tan malo como ella pensaba, pero Yuriko se negaba a tomar sus palabras por ciertas. Quizás para ella no era terrible porque podía ir y venir a voluntad y contaba con medios para defenderse además de aliados que velaban por ella. Rin estaba atrapada totalmente sola con un demonio violento. No era lo mismo.
Y además insinuó que Rin podría... cerró los ojos cansados para alejar aquella idea. Todavía era una niña, no podía pensar en ella de esa forma, no se atrevía a indagar en lo que podría estar haciendo con ese monstruo como para haber enviado esos vídeos donde se veía tan tranquila, ajena a todo el dolor que su partida había ocasionado.
Debería estar furiosa con ella por jugar con sus emociones de esa manera, como si estuviera de vacaciones en lugar de haber desaparecido súbitamente sin dar explicaciones. Podría tener un muy buen corazón e intenciones, pero era inmadura en muchos otros aspectos.
No podía imaginársela enamorada de esa... cosa.
Bajó del tren afianzando su bolso como si en él llevara las fuerzas que necesitaba para afrontar una verdad latente que había intentado echar de su subconsciente durante semanas.
Rogándole a todos los dioses existentes se aferró a esa idea, forzándose a que esta se asentara y no fuera reemplazada con la otra a la que tanto temía. ¿Y si Rin no quería regresar porque Kagome estaba en lo cierto, porque sus propias intuiciones eran acertadas?
Tomó su lugar en el autobús casi a las once de la noche, agotada, hambrienta y con los nervios de punta.
El inugami tenía que estarla manipulando. Le había lavado el cerebro de alguna forma, estaba segura. Todo se solucionaría cuando estuviera en casa sana y salva. Todo volvería a ser como antes.
Era lo único en lo que podía pensar para no perder las esperanzas que le quedaban.
...
―¿Estás hablando en serio, Sesshomaru? ―avanzó Rin antes de que el demonio se retirara.
―Completamente.
Se quedó sin aliento mientras le devolvía la mirada sin darle crédito a sus oídos. ¿Volvería a casa después de tanto tiempo...? ¿De verdad eso estaba pasando? Sin ser dueña de sus acciones sintió cómo un par de gruesas lágrimas se deslizaban rápidamente por sus mejillas heladas por el viento invernal.
―No sé qué decir.
―No tienes que decir nada.
Con la boca seca y todos sus pensamientos coherentes súbitamente desaparecidos, Rin se forzó hablar de todas formas. ¿Cómo podía quedarse callada después de semejante bomba?
―¿Por qué...? ¿Por qué decidiste dejarme volver? Pensé que la promesa que te hice...
―No es necesario que sea mantenida.
―¿Pero por qué?
―¿Acaso no deseas regresar a tu mundo?
―Sí, claro que quiero, pero no lo comprendo. ¿Qué te hizo cambiar de opinión?
Esta vez el demonio se tomó su tiempo para dar una respuesta de la cual no parecía estar del todo seguro ni él mismo. La observó frunciendo el entrecejo como si quisiera transmitirle el mensaje mudamente sin utilizar palabras, pero si de verdad estaba comunicándole algo con sus ojos, Rin no lo entendió.
―Este mundo es demasiado peligroso para ti.
―Estás mintiendo ―lo detuvo en cuanto pretendía dar la vuelta para emprender la retirada. Debajo de aquella fachada imperturbable podía ver la verdad: la estaba evitando, no quería tener esa conversación y eso ella no se lo iba a permitir―. Eres bastante fuerte, el que este lugar sea peligroso nunca te preocupó antes. Tienes otra razón para dejarme ir y no me la quieres decir.
―¿Qué te hace suponer tal cosa?
―Te conozco mejor de lo que crees, Sesshomaru. Hay una razón en específico por la cual decidiste esto y me gustaría saber cuál es.
―Ya te la he dicho.
―No ―se acercó un poco más a él, preocupada por la barrera de hielo que estaba levantando ante sus propios ojos. ¿Qué le sucedía? Él no era así, no con ella―. ¿Hice algo que te molestó? Parece que quieres alejarme de ti.
―Tonterías.
―Lo estás haciendo ahora mismo. Dime qué sucede, Sesshomaru. Por favor.
―Basta, Rin ―la cortó abruptamente cuando pretendía ponerse a su frente―. Regresarás a tu mundo, es todo lo que necesitas saber ―su voz no sonaba tan demandante como antes, sino más bien... fría, controlada y... ¿cansada? Quería interrogarlo más, quería sonsacarle la información de una vez por todas: no era normal que actuara de esa manera cuando se había vuelto más abierto con ella durante los últimos meses.
Sin embargo, bastaron unos segundos de silencio para que entendiera que por el momento no podría sacarle nada más. La barrera que el demonio había levantado entre ambos no le permitiría pasar, no ahora. Soltó la manga que había tomado y lo dejó ir sin oposición alguna. Debía esperar un poco a que se calmara... a que los dos se calmaran para intentarlo de nuevo.
Pero tampoco podía esperar demasiado porque no le quedaba demasiado tiempo. El veintiuno de diciembre estaba a sólo dos semanas de distancia.
―Volveré a casa... ―musitó Rin cuando estuvo sola, plantada en el lugar donde Sesshomaru la había dejado. Y pese a que le preocupaba enormemente la reacción esquiva del demonio, gran parte de sí misma no podía contener la felicidad que aquella simple frase le obsequiaba. Regresaría a casa... con sus padres, sus amigos, su vida entera... Al fin podría abrazarlos a todos de nuevo, al fin podría darles todas las explicaciones que tanto se merecían y por fin dejaría de mortificarse con el estado de salud de cada uno de ellos.
Todo regresaría a la normalidad después de todo.
¿Verdad?
...
Pasó el resto de aquel día y un par más de los que le siguieron en estado semi catatónico hasta que la realidad le fue entrando contundentemente en el cerebro. Había escrito cartas largas y emocionadas para toda la gente que le esperaba del otro lado, diciéndoles las buenas sin poder ocultar lo feliz que estaba. ¿Y cómo no estarlo? Había pasado casi seis meses enteros extrañando a todos los que dejó atrás, arrepintiéndose y disculpándose con ellos como para no estar feliz de saber que los volvería a ver dentro de muy poco.
Desechó la mayoría de los mensajes que había escrito al no poder ponerle orden a las ideas que la inundaban sin contemplación. Volvería a ver a sus padres... volvería a dormir en su cama, usaría su ropa normal, comería de nuevo los deliciosos platillos caseros de su madre, podría ver cara a cara a sus amigos... Tanto tiempo deseándolo que cuando estaba a un parpadeo de que se hiciera realidad, no sabía cómo controlarse.
Sin embargo, por más contenta que estuviera ante su próxima reunión con sus seres queridos, una parte de sí no podía evitar sentirse... mal. Bastante, bastante mal.
Ahora que había pasado un pequeño periodo de tiempo imaginándose cómo su vida regresaría a la normalidad, también había evaluado lo que la palabra normalidad significaba realmente. ¿Qué era normal para ella ahora?
Esa casa grande y vacía, sus obligaciones, Ah-Un, Jaken, Han, mantener las manos ocupadas en actividades que jamás se había imaginado hacer... y Sesshomaru. Por supuesto que Sesshomaru.
Durante esos seis meses, especialmente durante el último par que se había formalizado su relación, ese hombre se había convertido en la parte que más ansiaba de su nueva rutina. Estar con él, hablar con él, dormir con él... incluso sólo verlo sin decir nada, saberse a gusto en su silenciosa compañía y la tranquilidad que esta le traía. Saber que la miraba de vez en cuando, sentir sus besos y caricias suaves, su sola presencia.
Todo el entusiasmo se fue desinflando gradualmente de su cuerpo cuando cayó en cuenta de que, aunque estaba feliz por volver a casa, no podría volver a estar con él. No como se había acostumbrado, por lo menos. No podría tocarlo, abrazarlo ni besarlo... no podría nada más que verlo y oírlo, si era posible mantener el contacto de la misma forma que lo habían hecho antes de su llegada a ese mundo.
Y no sabía si podía soportar eso.
Casi no habían hablado desde aquella mañana. Rin seguía esperando el momento adecuado para hacerlo, pero sentía que a medida que pasaba el tiempo, Sesshomaru la apartaba más y guardaba sus distancias. Ni siquiera lo había visto vuelto a usar su habitación, y eso que había esperado ahí adentro varias veces para poder hablar con él. Apenas fue capaz de pedirle que pasara un pequeño mensaje a su lado, uno para avisarles que estaría de vuelta, y se sintió bastante incómoda cuando el inugami tomó la carta con el celular sin decirle nada, los dejó en el sitio correspondiente y se marchó en dirección al muro sin decirle nada.
Pero ella no era nada tonta, sabía lo que pretendía con todo eso.
Hasta que no pudo soportarlo más y decidió que había sido suficiente, las cosas no podían continuar así. Subió hasta el último piso, donde permaneció horas sentada esperando verlo aparecer sin apenas mover un músculo. Debía estar refugiándose ahí arriba, no tenía ningún otro lugar para hacerlo que no estuviera fuera del muro.
Era entrada la madrugada cuando al fin toda su espera se vio bien invertida. Sus cabezadas por el sueño fueron abruptamente cortadas por el sonido de pasos firmes en los escalones, ¿y cómo no notarlos cuando toda la casa estaba sumida en una calma absoluta y había permanecido en estado de alerta desde el anochecer?
Despegó la espalda de la pared en la que se apoyaba cuando su alta figura tenuemente iluminada por la luz de la luna se aproximaba por la amplia estancia. A juzgar por lo poco que podía distinguir de su expresión no estaba demasiado complacido encontrándosela ahí arriba.
―Por un momento pensé que no aparecerías ―le dijo mientras se ponía de pie y estiraba un poco las piernas acalambradas. La única respuesta que recibió fue una mirada de descontento, como era de esperarse. Pero eso no era suficiente para siquiera replantearse su estrategia. Ya había pasado su buen tiempo dándole suficientes vueltas al asunto como para saber que nada lograría hasta poner las manos a la obra. Y ese momento llegaría esa noche, así le gustara a él o no―. Necesitamos hablar, Sesshomaru. No quiero que los días que quedan sean de esta manera, esto no puede continuar.
―No está sucediendo nada anormal ―respondió parcamente.
―Sí que lo está sucediendo, pero no estoy aquí para convencerte de que es así. Quiero que hablemos de lo que pasará en el solsticio... y lo que vendrá después.
―Queda bastante claro para mí. Regresarás a tu mundo, es todo.
―Sí, volveré a mi mundo, pero eso no es todo. ¿Qué pasará contigo? ¿Con lo que hay entre nosotros?
―No pasará nada conmigo.
―¿Y con nosotros? ¿Acaso no te preocupa?
―Mis preocupaciones distan mucho de ser lo que imaginas ―dijo cortante, evadiéndola como siempre. Rin tomó una honda bocanada para armarse de paciencia. Desde que comenzaron la relación que tenían no había vuelto a discutir así con él, y casi se le había olvidado lo terco que podía llegar a ser. Casi.
―Entonces hablemos de mis preocupaciones ―probó con tono condescendiente―. Primero está Ah-Un, por ejemplo. ¿Qué será de él cuando me vaya?
―Lo hemos hablado. Se quedará si así quiere, pero no me ocuparé de alimentarlo como lo haces tú. Es adulto, puede valerse por sí mismo.
―¿Pero y si no tiene que comer?
―Aprenderá a cazar.
―¿Y si tiene frío, y si enferma?
―Vivirá con ello como si estuviera en su medio ambiente. Le permito permanecer aquí porque así me lo has pedido, nada más.
―¿En todo este tiempo ni siquiera le has tomado algo de cariño? ―quiso saber torciendo un poco la cara con curiosidad, con la esperanza de alivianar un poco el cargado ambiente que se estaba creando. Era difícil llegarle cuando alzaba tantas barreras, pero no imposible. Ella lo sabía mejor que nadie.
―No suelo tomarle cariño a nada en particular.
Rin hizo una mueca con la boca mirándolo con los ojos entrecerrados.
―Voy a pretender que no escuché eso, porque sé de hecho que sí me has tomado al menos algo de cariño a mí.
En lugar de responderle, el demonio le mantuvo la ecuánime expresión sin soltar palabra alguna. Ante su silencio que decía más que ninguna explicación, se dio por vencedora y se permitió sonreír un poco. El que no se lo negara era lo suficientemente alentador como para continuar sin tapujos.
―Lo bueno es que no será tampoco por tanto tiempo. Cuando regrese podré volver a mimarlo como siempre, sólo espero que no se haya acostumbrado a tu indiferencia para entonces.
―¿Cuando regreses? ―Sesshomaru arrugó un poco la piel de la nariz. La sonrisa de la muchacha se ensanchó un poco más al ver que eso no se lo había esperado.
―Claro. Me gustaría regresar en el próximo solsticio. ¿O pensaste que las cosas se quedarían así entre los dos?
―Estimé que permanecerías en el sitio al que perteneces.
―Esa es la cosa ―tildó ella bajando un poco la voz. Luego alzó la mirada para verlo directamente a los ojos, sin titubear―, no pertenezco sólo a un sitio. Al menos ya no. Así como el mundo humano es mi hogar, este también lo es.
―¿Por qué? Sabes lo peligroso que es. Sabes que no es tu lugar.
―Sé que es mi lugar porque estás tú ―puntualizó señalándolo con el dedo―. Aunque sea un mundo donde corra peligro, si estás tú no tengo nada de qué temer... por más cursi que suene ―musitó por lo bajo, abochornada por dejar ver su naturaleza de enamorada cuando intentaba mantenerse serena. Contrólate, mujer, ¡contrólate!―. Además de que tenemos un asunto muy importante pendiente, y no me puedo ir para siempre sin haberlo finalizado.
―¿De qué estás hablando?
―Del sortilegio que te mantiene aquí. Dije que te ayudaría a romperlo y era en serio.
―¿Qué te hace creer que podrás romperlo? ¿Qué te hace pensar que eres quien puede hacerlo?
―Intuición, supongo. Si estoy aquí en primer lugar es por algo, ¿no? ―se mordió la mejilla para retener el impulso de soltar que estaba casi segura de que existía la posibilidad de que él también la quisiera de la misma forma que ella; pero que la quisiera de verdad. De la misma forma que su padre había amado a la dama Izayoi, algo lo suficientemente significativo como para cumplir sus palabras y romper la barrera. Habían llegado demasiado lejos como para no mantener las esperanzas―. Quiero que seas libre, Sesshomaru, quiero ayudar a que eso pase y puedas dejar atrás todo esto. Mereces más que una vida entre paredes, y aunque me cueste, me aseguraré de que la consigas tarde o temprano. Dije que te enseñaría este país, no dejaré que mi esfuerzo con ese mapa sea en vano ―bromeó un poco para quitarle la cara tan siniestra.
―No deberías hacer promesas que no puedes cumplir ―espetó fríamente. Rin sintió una espinita en el corazón ante esa parca reacción cuando se abría por completo a él, pero no permitió que la desanimara.
―Tú no sabes si puedo o no cumplirla, deja de ser pesimista por una vez.
―Se llama realismo ―remarcó tal y como había hecho aquella noche semanas atrás.
―Claro que no. ¿Qué te sucede, Sesshomaru? ¿No me crees capaz de hacerlo o es que te arrepientes de haberme dado la oportunidad de haberlo intentado al menos? Apuesto a que ni siquiera sabes qué era lo que estaba intentando en primer lugar... ―musitó entre dientes desviando la mirada. El demonio entrecerró los ojos dorados y arrugó el entrecejo.
―¿Crees que no lo sé? ¿Crees que ignoro cuáles son tus intenciones, tu manera de romper la barrera? ―preguntó con un tono asombrosamente cortante. Tanto, que Rin se sorprendió por un instante. No recordaba la última vez que lo había escuchado hablar de esa forma tan peligrosa―. No me creas estúpido. Pretendías ponerme en el lugar de mi padre y ponerte a ti en el lugar de esa humana. No eres tan astuta como creías.
El rostro ligeramente aturdido de ella, como si le hubieran echado un balde de agua fría en la cara, no duró demasiado considerando lo expuesta que había quedado. O mejor dicho, al saber lo expuesta que siempre había estado en realidad. No se permitió un segundo más de confusión y continuó adelante, con la adrenalina fluyéndole a toda velocidad por las venas.
―Sabías lo que pretendía y aún así no me detuviste, ¿no? Eso significa que al menos tenías curiosidad en lo que podría suceder.
―Significa que sólo te estaba siguiendo el juego ―reveló, dejándola helada.
―¿Qué...? ―musitó sin aliento, dolida―. Es decir... ¿que nada de lo que pasó entre nosotros fue real? ¿Por qué harías algo así?
―No he dicho que haya sido o no real.
―No te entiendo nada, Sesshomaru, te estás contradiciendo.
El demonio pareció necesitar un par de segundos para regularse antes de volver a hablar. Sólo viendo su expresión notaba que no estaba nada cómodo con esa conversación.
―Seguí tu juego de pretensiones al inicio. Sentía curiosidad ―consintió sin que le hiciera mucha gracia―, pero también me indignaba lo que intentabas hacer. Me indignaba que quisieras emular la misma razón por la cual estoy aquí ahora encerrado. Me indignaba incluso permitirte tales libertades de hacer lo que quisieras conmigo, como si fuera un experimento.
―Pero... ―intuyó Rin que diría tras una significativa pausa. Sesshomaru viró su ceño pronunciado hacia ella después de unos momentos teniéndolo fijo en el pergamino a sus espaldas.
―Abandoné el juego poco después de comenzarlo ―admitió al fin. Rin sintió que se deshacía en alivio; cuánto le alegraba escuchar eso.
―Lamento no habértelo dicho antes. Pensé que podría arruinar las cosas si lo hacía ― añadió tímidamente. El inugami no contestó nada, sólo volvió su foco de atención a otro punto lejos de su cara. Odiaba sentirse tan delatado, era fácil verlo―. Pero en realidad no quise emular la relación de tu padre y su esposa. Sólo... sólo quería hacerte ver que está bien querer a alguien. Confiar en alguien y abrirse sin rodeos. Quería que vieras que lo que habías estado repudiando tanto tiempo no era nada deshonroso como dijiste aquella vez, y que tal vez hasta a ti te gustaría sentirlo.
Sintió el impulso de alcanzarlo y tomar su mano, acariciar su rostro o simplemente acercársele un poco más para validar su punto, pero aquel muro de hielo que se cernía alrededor de él aún estaba de pie, y temía que su orgullo fuera lo bastante grande como para aceptar una muestra de cariño. Y ella estaba bien con eso, sabía cómo era y lo difícil que era llegarle. Tendría que esperar un poco más, como siempre.
―Entonces... ¿Crees que con esto sea posible que se rompa la barrera? ―preguntó tras uno o dos minutos de incómodo silencio.
―Aún permanece intacta ―fue todo lo que obtuvo por respuesta.
―Es por eso que debo volver, ¿lo ves? Estamos tan cerca que...
―No, no puedes regresar.
Y de nuevo Rin sintió que se chocaba con un muro de concreto salido de la nada. Agradecía a los dioses por su bien trabajada paciencia, porque de lo contrario se estaría golpeando la cabeza contra el suelo mientras se arrancaba densos mechones de cabello.
―¿Y por qué no? No me digas otra vez que no pertenezco aquí y que este mundo es peligroso porque no te lo voy a creer ―le advirtió rápidamente alzando una ceja poco impresionada.
―Es por eso precisamente que no puedes volver.
―¿A qué te refieres? ¿Tanto miedo le tienes a lo que te hago sentir que prefieres quedarte encerrado durante los siglos de los siglos? ―se controló lo mejor que pudo para que el volcán de sus emociones no fuera tan visible. Había hablado de paciencia demasiado rápido, porque la suya estaba en niveles críticos intentado romper esa pared que lo rodeaba.
―No lo entiendes ―negó con simpleza, tan frío como siempre―. Prefiero permanecer aquí durante siglos antes de que tu vida corra peligro.
Rin se hizo hacia atrás extrañada, lista para refutarle por enésima vez ―pues ya había perdido la cuenta de cuántas veces había tocado ese tema― que aquello era una tontería. Más fue la mirada tan directa y seria que le lanzó que detuvo el gesto de rolar los ojos que estaba a punto de hacer. Por primera vez en días, veía que la capa de hielo se fundía.
Cada vez entendía menos lo que estaba pasando con él y eso le preocupaba.
―¿De qué estás hablando? ¿Qué es lo que no me estás contando?
―Me parece haber descubierto el motivo por el que mi padre ronda estos territorios ―le dijo al fin. Ella abrió los ojos a su máxima capacidad, intuyendo en lo más profundo de sí lo que estaba detrás de tal declaración.
―¿De verdad? ¿Cómo?
―Jaken.
―Oh... ―su corazón comenzó a latir más deprisa. No le gustaba para nada la manera en la que Sesshomaru la estaba mirando, le daba escalofríos y tenía la impresión de que si continuaba la conversación esos escalofríos se tornarían en algo mucho peor. Sin embargo, tenía que hacerlo―. ¿Y qué te dijo? ¿Qué motivo tiene tu padre?
―Tal parece que planea devolverme lo que hice hace quinientos años ―le dijo seriamente―. A través de ti.
―¿Qué...? ―su garganta se secó por completo y el nudo de su estómago se apretó hasta ser insoportable―. ¿Estás seguro?
―No, no lo estoy. Es una suposición ―y pese a que esa afirmación debería ser suficiente como para tranquilizarla, el semblante masculino se mantuvo estoico; siniestro inclusive. El retortijón de tripas que sentía no se desvaneció, sino que se hizo peor.
―Una suposición... ¿Y crees que sea real?
―No voy a arriesgar que así sea, no permitiré que te toque un solo cabello. Es por eso que debes regresar en el solsticio.
―Pero, ¿y si te equivocas? ―tartamudeó ella sigilosa―. ¿Y si la barrera se mantiene porque me voy?
―Tu vida es más importante que eso.
Los hombros de Rin se crisparon cuando el demonio, para marcar su punto, la miró directamente a los ojos. Su mente se quedó en blanco, pues no tenía idea de qué podía decir ante eso. La había desarmado.
―Sesshomaru... ―musitó conmocionada. Tragó con dificultad y se obligó a continuar―. ¿Y... y si todo resulta ser nada más que una suposición? ¿Y si tu padre nunca aparece ni tiene planes para vengarse? ¿Crees...? ¿Crees que pueda volver?
El inugami le mantuvo fija la mirada, evaluando sus preguntas un momento antes de responder.
―¿Eso es lo que realmente deseas?
―Sí, lo es. Quiero estar contigo, Sesshomaru. Quiero que usemos ese mapa y salgamos de aquí.
―¿Qué hay de tu mundo? ¿Qué hay de tu vida como ser humano, donde perteneces?
―Te dije que también pertenezco aquí. No sé cómo podría ser, pero haremos que funcione ―hizo una pequeña pausa para tomar aire, dándose valor―. Si eso es lo que quieres, Sesshomaru, buscaremos la manera.
―No importa lo que yo quiera.
―Claro que sí, a mí me importa. Estoy dispuesta a intentarlo porque vale la pena. Para mí tú vales la pena. Pero debo saber qué es lo que tú quieres. ¿Quieres que regrese?
Rin contuvo el aliento en lo que demoraba en hablar. Tan serio como siempre, falto de emoción, le respondió:
―Siempre quiero que regreses, Rin.
La chica se hinchó de alivio mientras sonreía ampliamente, mirándolo con sus ojos brillantes y enternecidos. Había escuchado frases similares antes, cuando ni siquiera lo había visto cara a cara y le preguntaba si quería que volviera a verlo. La primera vez que le dijo que sí sintió la emoción de la curiosidad infantil. Años después, cuando le dijo que podría marcharse y dejarlo tranquilo después del incidente con Issei, se alivió al creer que no perdería a su valioso amigo.
Y ahora... era algo nuevo, emocionante y esperanzado.
Eliminó la distancia al no poder resistirla más. El muro se había roto y podía pasar finalmente, así que se apegó a él, posando la frente en su pecho mientras apretaba levemente su haori, donde ocultaba su sonrisa conmocionada.
―Seamos optimistas y pensemos que todo estará bien ―le pidió sin despegar la cara de su ropa.
Sesshomaru, siguiendo su juego, no dijo nada sobre ser realista ni mantenerse alerta. No le quitaría la tranquilidad que estaba sintiendo, no ahora. Dejó que se abrazara a él hasta que sintió algo mojado en su pecho. La tomó de los hombros para verle el rostro y ella alzó la mirada cristalizada sin quitar la pequeña sonrisa.
―¿Por qué lloras?
―Por nada, no importa ―sacudió un poco la cabeza y limpió las lágrimas gruesas con el dobladillo de las mangas. Ni siquiera se había dado cuenta de que había comenzado a llorar. Cuando espabiló un poco más se separó y soltó un suspiro. Era como si se hubiera librado de un gran peso de encima―. Creo que mejor voy a dormir, llevo aquí arriba toda la noche cruzando los dedos para que aparecieras y estoy muerta ―se separó un poco más y volvió a limpiarse la cara―. Gracias por haber sido sincero conmigo. Pero... a futuro me gustaría que me dijeras las cosas en lugar de ocultármelas así.
―No quería angustiarte.
―Es algo que asusta, pero necesito saberlo ―asintió suavemente. Sentía el cuerpo pesado por el agotamiento y necesitaba con urgencia descansar la cabeza para recomponerse―. ¿Te quedarás aquí arriba?
―Necesito vigilar el perímetro.
―Oh. Entonces... ―se sentó debajo del pergamino justo como estaba antes y estiró las piernas cruzando los tobillos. Entrelazó los dedos en su regazo y se acomodó lo mejor que pudo para apoyar la cabeza del hombro―. Buenas... ―revisó su reloj de pulsera, ese que rara vez se quitaba y vio que eran las dos de la madrugada. Con razón estoy medio muerta― madrugadas.
―¿Qué estás haciendo? Ve abajo.
―No. Si tú te quedas, yo me quedo.
―No podrás dormir ahí.
―No subestimes mi cansancio ―lo miró con un sólo ojo abierto y le sonrió levemente―. Estaré bien, tranquilo.
―¿Por qué te quedas, Rin? ―cuestionó él sin comprender. Hacía mucho más frío ahí arriba, y sabía que Rin no era del todo compatible con una noche fría sin su debido cobijo.
―Queda más o menos una semana para el solsticio. Quiero aprovechar el tiempo que nos queda ahora que todo se aclaró.
―Te enfermarás si permaneces aquí.
―No si tú puedes evitarlo. ¿Te sientas conmigo? Apuesto a que tu audición es igual de buena así estés sentado o parado.
Sesshomaru se quedó viéndola sin mucha gracia mientras ella se hacía a un lado y palmeaba el suelo para que la acompañara, dando parpadeos lentos y coquetos en un intento de convencerlo.
―Eres terriblemente terca ―musitó unos segundos después cuando ocupaba el lugar que le había dejado, virando la cabeza hacia otro sitio para no verla sonreír victoriosa.
―Ah, llevo tanto tiempo conociéndote que se me pegan algunas de tus cosas ―se encogió de hombros inocentemente. A él no le pareció tan divertido como a ella.
Rin soltó un silencioso resoplido mientras se serenaba. Se inclinó a su lado, recargándose de su estola y tomando su manga como había hecho tantas otras veces. Ante un prolongado mutismo pero sabiendo que no estaba dormida aún, le dedicó una mirada por el rabillo del ojo. Su rostro estaba demasiado serio, pensativo e ido. Sintió un leve tirón en su manga y la vio apretar los labios.
―No puedo creer que falte tan poco para el solsticio ―murmuró cuando supo que tenía su atención.
―¿Te preocupa?
―Un poco, sí. Tendré que dar tantas explicaciones... y me asusta.
―¿Qué es lo que te asusta?
―Que no comprendan. Sé que será muy difícil para ellos creerme cuando les diga que fui realmente feliz aquí. Quizás no al principio, pero después... ―suspiró con pesadumbre―. Temo lastimarlos aún más cuando les explique la razón de eso. No estarán contentos y no los puedo culpar, no después de todo lo que les he hecho pasar. No será fácil.
―No debería importarte lo que piensen los demás con respecto a tus decisiones. Tienes criterio suficiente para tomarlas, no es incumbencia de nadie más que de ti misma.
Rin sonrió débilmente ante su intento para animarla. Aún serio y cortante quería hacerla sentir mejor, y lo agradecía infinitamente. Soltó la manga y se asió a su mano que reposaba sobre la rodilla doblada, acariciando suavemente los nudillos con el pulgar.
―Pero cuando tus decisiones afectan a otros no sólo te conciernen a ti. Además... sí me importa lo que piensen. Son personas que amo y no quiero causarles daño. Al menos no más daño. Para ellos seguramente sonará que me fugué contigo sin darles aviso alguno, y mientras ellos me buscaban preocupados, yo estaba pasándola a lo grande en este mundo sin considerar lo mucho que mi ausencia los hería.
―No te fugaste. Yo te traje aquí.
―Porque yo dije que haría lo que fuera para salvar a mis amigos. Fue mi decisión ofrecerme a cambio. Y también fue mi decisión mantener en secreto que te conocía. Metí la pata una y otra vez, cada vez más hasta el fondo... ―gruñó por lo bajo―. No me extrañaría que todos me tacharan de demente y me resintieran por el resto de sus vidas.
―No sabías que tus decisiones tendrían este resultado. No es tu culpa.
―Bueno... quizás tengas razón, pero... Nada de esto habría pasado si no hubiera guardado tantos secretos. Al menos no con mis padres, no es justo lo que les estoy haciendo pasar.
Rin pasó por alto el pequeño tic en el rostro masculino ante sus últimas afirmaciones, más específicamente por el tono tan desanimado que había usado.
―¿Te arrepientes?
―Me arrepiento de haber manejado las cosas de mala manera. Creí que podría controlarlo todo, y que si menos personas sabían lo que estaba haciendo era más fácil mantenerlo así. Pero obviamente me equivoqué.
―En otras palabras preferirías que nada de esto hubiera pasado ―sentenció seriamente. Rin captó el trasfondo y se enderezó para verlo a la cara.
―Te dije hace tiempo que no me arrepentía de estar contigo, Sesshomaru. Nunca me arrepentiré ni me avergonzaré de lo que siento por ti, puedes estar seguro de eso ―le dijo con franqueza. Apretó la mano que sujetaba y lo miró intensamente―. ¿Por qué otra razón querría regresar? Quizás no hayamos tenido el mejor de los comienzos y todo fue un desastre al principio, pero... es de lo que tenemos ahora, lo que somos ahora por lo que soy feliz. No me arrepiento de haberte conocido, intentado ayudarte o incluso haberme ofrecido en lugar de mis amigos. Lo que me duele es... que pude haberlo hecho de otra forma. Pude haber pensado mejor las cosas y ser más inteligente y cuidadosa para no lastimar a nadie. De ser así... eventualmente me habría encantado venir aquí. Siempre había querido verte cara a cara, y ya desde entonces sentía algo por ti. Habría sido el mismo resultado, pero con otra ecuación.
Los hombros masculinos se relajaron al igual que su rostro, liberando la tensión que había acumulado no sólo en los últimos minutos, sino a lo largo de varios días. No tenía nada que responderle.
―Te quiero, Sesshomaru ―le dijo ella con una sonrisa más tranquila―. Y no hay manera de que eso vaya a cambiar, te lo aseguro.
Sesshomaru volvió su atención a su rostro justo cuando ella le depositaba un beso ligero en la mejilla. La observó durante un instante dedicarle la misma sonrisa dulce de siempre al mismo tiempo que algo se movía dentro de él. Ese algo lo llevó a tomarla de la nuca y volver a acortar la distancia que los separaba para besarla apropiadamente. No fue apasionado, profundo o siquiera prolongado. Fue más bien corto y superficial, pero lleno de significado al que no podía colocar en palabras.
―Descansa, Rin ―instó en voz baja cuando se separaron. Ella no necesitó oírlo dos veces y volvió a acurrucarse a su lado, haciéndose una bolita mientras la estola la rodeaba por sí sola. La pequeña mano femenina se quedó sobre la suya hasta que el sol salió por el horizonte marcando el inicio de un nuevo día. Durante ese tiempo, el demonio se inclinó ligeramente hacia ella y apoyó la mejilla sobre su corinilla, repitiendo en su mente algunos retazos de la conversación que habían tenido aquella madrugada.
Se dio cuenta que dejarla ir sería una de las cosas más difíciles que tendría que hacer jamás. Y esperar por ella sería igual de tortuoso, no tenía duda alguna.
Maldijo por lo bajo a su padre y la posibilidad bastante certera que existía sobre su venganza tomando la vida de Rin. Jamás dejaría que le tocara un solo cabello, no le importaba si estaba en su derecho de repetir la matanza que él mismo había hecho con su esposa humana e hijo híbrido. Rin no correría esa suerte, se aseguraría de ello.
Sin embargo, no podía dejar de darle vueltas a lo que la misma chica había dicho con referencia a la cadena de eventos y decisiones que los habían llevado hasta ese momento actual. De no ser por la mala decisión de atacar la familia de su padre, nunca habría conocido a Rin. Jamás se hubiera imaginado ni siquiera por asomo de lo que se habría perdido.
Giró la mano que ella sujetaba para tomar los delicados dedos entre los suyos más grandes, fijándose en ellos sin quitar la cabeza de la postura en la que la mantenía.
Los últimos quinientos años de encierro habían sido duros, largos y humillantes, no tenían punto de comparación con ninguna otra experiencia de su vida. Sin embargo, mientras sostenía aquella mano más pequeña y sentía el ligero peso de la mujer que dormitaba a su lado, evaluó por primera vez que por ella podría esperar otros cinco siglos más sin problema alguno.
Por Rin todo valdría la pena.
...
Los días pasaron mucho más rápido de lo que Rin había imaginado. La cercanía que había tenido con Sesshomaru se recuperó, y ahora ambos aprovechaban cada instante que les quedaba para estar en la compañía del otro. A veces si el inugami no estaba haciendo alguna ronda o combatiendo, permanecía sentado silenciosamente mientras Rin hacía sus quehaceres: desde cocinar y atender a Ah-Un hasta lavar la ropa.
También recuperaron su rutina nocturna sin desperdiciar ni un minuto. El cansancio que alguno de los dos pudiera sentir, la tensión o la ansiedad, todo desaparecía en lo que se ocupaban de complacer al otro como si fuera la última vez que fuera posible. Y al terminar, Rin se acurrucaba a su lado, acariciando su cicatriz mientras él, a veces, pasaba los dedos por su largo cabello negro. Podían conversar o quedarse en silencio hasta que ella cayera dormida, pero no se separaban a menos de que el inugami escuchara algún ruido amenazante que fuera necesario revisar.
Estaba ansiosa por volver con su familia y amigos, incluso había escrito todo lo que podía decirles en cuanto se vieran cara a cara. Empezar fue la parte difícil, pero una vez pasado el primer párrafo que la dejó satisfecha ―y tras varias hojas de papel arrugadas a su espalda―, el resto no fue tan difícil como creía. Estaba tan acostumbrada a escribir lo que sentía que así pudo encontrar la forma de organizarse para cuando llegara el momento de darles todas las explicaciones que merecían.
Había resuelto también ser sincera en cuanto a su relación con Sesshomaru. Consideró por un momento mantenerlo en secreto para no lastimar a nadie ―con su mente puesta especialmente en sus padres e Issei―, pero no podía ocultar una parte tan importante de su experiencia en ese mundo y de sí misma. No negaría lo que sentía por él aún si le recriminaban y le daban nombres despectivos, era una promesa silente tanto como para él como para ella. Si iba a contar la verdad, tendría que ser toda la verdad.
Claro, pero tampoco es que les voy a decir "Sí, Sesshomaru y yo fuimos sexualmente muy activos. Varias veces por noche, incluso también durante el día. Pero tranquilos que me estaba cuidando". No, no. No mentiré pero tampoco voy a dar tantos detalles. No quiero que papá y mamá tengan un infarto después de todo lo que han soportado hasta ahora.
Dejó de escribir cuando ya no tenía ninguna palabra más que plasmar en el papel y se hizo hacia atrás, viendo hacia cada hoja repleta de garabatos. Había gastado casi dos frascos de tinta china en unos días y conforme iba vaciando su mente en el pergamino, al contrario de sentirse liberada se sentía aprensiva y ansiosa. Ojalá no tuviera que perder a uno para ganar a los otros. Ojalá fuera posible tenerlo todo, pero... la vida era demasiado complicada como para que eso fuera posible.
Tomó una carta en especial, doblándola cuidadosamente para depositarla sobre una bufanda azul. La había hecho a escondidas de Sesshomaru y quería que la encontrara después de haberse ido, para que tuviera algo con qué recordarla.
Dejó el obsequio en su armario aprovechando que estaba afuera, y cuando cerró el compartimiento de sus ropas sintió una fuerte opresión en el pecho. Una bufanda y una carta no eran suficiente... nada sería nunca suficiente para demostrarle lo mucho que significaba para ella, pero no quería irse sin dejar nada atrás. No era mucho, pero... considerando que guardaba envoltorios de golosinas creyó que le agradaría algo tejido a mano además del cobertor y las almohadas.
No podía levantarse.
Mañana era el gran día.
A partir de mañana en la noche no volvería a verlo todos los días. No volvería a dormir a su lado, a escuchar su voz o sentir la presencia que le brindaba tanta tranquilidad cuando más la necesitaba.
Se sorprendió a sí misma derramando un par de lágrimas inesperadas, las cuales limpió de un manotazo y se forzó a esbozar una sonrisa. Todo estaría bien. Volverían a verse y a estar juntos, este no sería un adiós definitivo. Aún cuando tuviera que esperar al solsticio de verano, siempre podrían verse en la mansión, o al menos hablarse y hacerse compañía como antes. No le pediría que la tocara de nuevo, no cuando sabía las consecuencias que esto acarreaba en él. Debían ser pacientes y ya.
No es el fin del mundo. Volveremos a vernos. La barrera se romperá, viajaremos por el mundo y todo estará bien.
Salió sacudiendo la cabeza para despejarse y bajó para entretenerse con Ah-Un, esperando que su despedida no fuera tan dolorosa puesto a lo mucho que se había encariñado con él.
Ya había dicho su hasta pronto correspondiente a Jaken, Han y los demás aquella misma mañana, y todavía se recriminaba por no haberse armado de valor y abrazado a Jaken como tanto quería hacerlo. Habría sido muy divertido para ella y bochornoso para él, pero tuvo que conformarse con una despedida más formal. Y como agradecimiento especial por todos sus cuidados y atenciones, les había dejado un espléndido banquete que le llevó prácticamente toda la noche anterior preparar. También les hizo la petición a Han y otro par de demonios que mantuvieran un ojo en Ah-Un y que le dejaran alimentos cuando tuvieran la oportunidad.
Jaken, pese a que se mostraba ufano por la partida de Rin, no estaba tan bien como quería reflejar. Han le dijo en secreto que lo había visto algo malhumorado y decaído camino a la mansión, e incluso le había escuchado musitar un 'estúpida niña humana con sus estúpidos sentimentalismos contagiosos'.
En cuanto estuviera de vuelta en verano se aseguraría de darle un abrazo demoledor sin importar lo mucho que se quejara.
Regresó a la mansión después de pasar el resto de la tarde hasta el ocaso con Ah-Un en los cuarteles de los sirvientes. Las nevadas hacían que el animal estuviera mucho tiempo recluido dormitando, así que todo lo que hizo fue sentarse a su lado, cepillarlo y hablarle con voz suave para no molestarlo. No creía que supiera lo que le estaba diciendo o que de hecho se despedía de él, pero de todas formas lo hizo hasta que se sintió más tranquila y Ah-Un quedó dormido.
Después de cuidar a una criatura de tales dimensiones estaba segura de que cualquier animalito que rescatara en el mundo humano sería pan comido de tratar.
Dejó un beso en cada hocico cuando los cuatro pares de ojos se cerraron, deseándole las buenas noches antes de marcharse apagando la luz y asegurarse de que su frazada estuviera bien colocada. Rayos, se había encariñado demasiado con él, era difícil saber que mañana sería el último día que lo vería durante varios meses.
Sesshomaru estaba afuera del área de servicio para cuando Rin atravesó las puertas. Parado en la nieve recién caída y que formaba una densa capa en el suelo, resplandeciendo tenuemente bajo la luz de la luna. Batalló contra la nieve para abrirse paso hasta él y una vez a su lado se le quedó viendo con la mente totalmente en blanco y el labio inferior temblando ligeramente. Lo abrazó apegándose a su cuerpo, memorizando cada pequeño aspecto de su tacto para llevarlo siempre consigo: desde su aroma hasta su calor, la dureza de su pecho y el firme latido de su corazón.
El demonio la guió al interior de la mansión interpretando aquel gesto como un ataque de frío, pero una vez adentro y bajo la luz de las antorchas y lámparas de aceite pudo detallar en su rostro que no era el clima lo que le estaba afectando. Apretó la mandíbula ante su expresión ida y afectada; detestaba verla así. Por lo que hizo lo único que podía distraerla lo suficiente.
Tomó su mentón y la besó lentamente, posando un brazo en la parte baja de su espalda mientras ella hacía lo propio aferrándose de su cuello por inercia. Al cabo de unos segundos de repetir el contacto se separaron y miraron largamente a los ojos.
No había nada que decir, nada que no se hubiera dicho ya ni fuera necesario aclarar.
Subieron hasta el tercer piso en silencio y ocuparon la habitación de Sesshomaru, donde una vez la puerta estuvo cerrada, los besos y caricias se reanudaron, desprendiéndose lentamente de sus ropajes hasta que nada pudo impedir que sus pieles chocaran la una con la otra. Jadeos y tenues gruñidos inundaron la habitación a oscuras esa noche hasta que se hizo de madrugada y Rin no daba para más, ni física ni mentalmente, y todo lo que podía hacer era acurrucarse a su lado una vez más.
Consiguió dormir sólo por lo cansada que estaba, pues su mente no dejaba de producir ideas que continuaban angustiándola hasta que no lo soportó otro segundo más. Sesshomaru, al contrario, se mantuvo alerta con un oído siempre puesto en el exterior mientras la rodeaba con un brazo y acariciaba su cara con el dorso de la mano libre.
Las horas pasaron con total calma hasta que los suaves rayos del sol invernal se colaron por la habitación, iluminándola cada vez más conforme transcurría el tiempo. Si no fuera propenso a guiarse siempre con lógica y evitar pensamientos sin sentido, habría querido que el sol se detuviera en su ascenso.
Que el tiempo se detuviera y no le diera razones para moverse... y mucho menos para dejarla ir.
...
Kagome y Ginzo Higurashi arribaron al pueblo temprano aquella mañana. Ambos iban ligeros de equipaje pues su estadía no sería prolongada, pero eso no significaba que iban mal preparados. La muchacha bajó del autobús ese veintiuno de diciembre y fue recibida por el frío aire de la montaña. Vio preocupada hacia el cielo y calculó que probablemente nevaría aquel día, y si no era así tal vez caería un chaparrón de aguanieve más peligroso aún.
Ella tenía suerte de saber desenvolverse en terrenos inhóspitos gracias a su estadía en el otro mundo y el entrenamiento a manos de su estricto marido, pero su abuelo, por desgracia, no contaba ni con la habilidad física ni la resistencia para hacer tal viaje si el clima se les tornaba en contra. Si esto llegaba a suceder tendría que subir a la montaña sin él para evitarle un ascenso difícil.
―Me recuerda al pueblo en el que conocí a tu abuela ―comentó el hombre en cuanto se bajó del transporte. Kagome se ofreció a cargar su pequeña valija, pero él se negó con un gesto de la callosa mano―. Seré viejo pero no soy inútil, querida nieta. Te sorprendería la fuerza que guardan mis huesos.
―Creo que deberías guardar esa fuerza para lo que nos espera esta noche, abuelo ―le recomendó mientras se abrían paso por el terminal. Al ser lunes estaba considerablemente concurrido, pero no les costó distinguir a la señora Hashimoto quien los esperaba a la salida con quien pudieron suponer era su esposo.
―Qué bueno que llegaron, ¿tuvieron un buen viaje? ―los saludó cortésmente la mujer con una pronunciada reverencia. El abuelo dijo que el viaje había estado bien hasta que comenzaron las curvas de ascenso hacia la montaña, pero Kagome le dio un pequeño codazo para que no siguiera quejándose. La señora Hashimoto se disculpó profundamente por el mal rato que les había hecho pasar, y la muchacha, intuyendo que podría venir un ataque de nervios, intervino rápidamente.
―No se disculpe, por favor. Ha sido un viaje bastante tranquilo, las curvas no fueron molestia. Es sólo que mi abuelo está acostumbrado a las calles planas de Tokio, es todo.
―Sí, sí, a eso me refería, por supuesto. Hacía mucho tiempo que no salía de la ciudad y perdí la costumbre.
―Qué alivio... ―suspiró la señora. Seguidamente hizo un gesto hacia el hombre que estaba a su lado instándolo a dar un paso al frente.
―Mi nombre es Hizashi Hashimoto, un placer conocerlos al fin ―se inclinó respetuosamente, gesto que los Higurashi imitaron―. Agradezco todas las molestias que se han tomado para asistirnos, no tenemos manera de recompensarles su gran amabilidad.
―Descuide, señor Hashimoto. Es un placer para nosotros poder brindar cualquier tipo de ayuda ―contestó rápidamente el abuelo, impresionado por los modales del caballero.
―Haremos todo lo posible para traer a su hija de regreso ―asintió Kagome. Los padres intercambiaron una mirada: la mujer parecía convencida y muy esperanzada de que todo saldría bien, pero el hombre tenía un notorio matiz de escepticismo y preocupación en su rostro cansado.
―Se los agradecemos ―sonrió Yuriko―. Por favor, acompáñenos a desayunar. Deben estar hambrientos después de semejante viaje, y estar afuera con este clima no da la mejor de las bienvenidas.
―Oh, mis huesos agradecerían algo de té verde, sí ―se contentó el abuelo, echando a andar detrás de la pareja que se enfilaba para llegar a la parada externa al pequeño terminal.
Una vez afuera del edificio, Kagome se quedó rezagada contemplando el paisaje. Altas montañas rodeaban todo cuanto llegaba a ver, todas repletas de vegetación libre de grandes cúmulos grises que marcaran el paso del hombre y el concreto. Le recordaba al otro mundo en cierto aspecto, pero ese sitio tenía, de ser posible, un aire más inhóspito que la versión de Tokio del lado habitado por youkais.
El lugar que ella conocía estaba ampliamente residido por criaturas de todo tipo en una gran comunidad. Era casi como una civilización de fantasía, donde se alzaban edificios y estructuras de formas curiosas: había mercados, aldeas, edificios, escuelas, calles, templos... toda una gama de una cultura avanzada, si se lo quería ver de esa forma. Existían varias especies de demonios también: muchos con forma de animal, otros con forma humanoide o fantasmagórica, y bastantes de ellos poseían un intelecto equiparable con el de un humano. No todos eran agresivos, la mayoría sólo vivía el día a día atendiendo sus propios asuntos sin importarles demasiado todo lo demás.
Lástima que no hubiera dado con la ciudad la primera vez que entró en ese mundo, las cosas habrían sido mucho más fáciles de ser así. En cambio, el pozo la llevó a la montaña apartada que, para su poca fortuna, estaba repleta de criaturas de carácter incivilizado que se le abalanzaron encima para cazarla y devorarla. Tuvo la suficiente suerte que, mientras corría por su vida como si no hubiera un mañana, se cruzó con la persona adecuada que la sacó de aprietos no sólo esa vez, sino todas las siguientes hasta que pudo valerse por sí misma.
Desde el primer instante que lo vio ―que realmente lo vio, mejor dicho, cuando su pánico por la persecución por fin mermó― quedó totalmente prendada de sus ojos dorados y su poderoso porte. A partir de entonces no pudo apartarse de él por más que lo intentó.
Recordó con gracia cómo se había ganado su confianza ofreciéndole, como único método de pago por haberla salvado, el bento que llevaba en la mochila de la escuela y las galletas de limón que su madre le había guardado como pequeño postre. El inugami quedó tan fascinado con ellas que Kagome le prometió todas las galletas y dulces que pudiera comer si la ayudaba a regresar a casa.
No se enteró sino hasta mucho después que gracias a eso comenzó a forjar el vínculo que ahora la unía como su inumochi. Comenzando con algo tan simple como la comida pudo conseguir un lazo de tal fortaleza, aún le era difícil de creer.
―¿Vienes, Kagome? ―la instó su abuelo cuando los Hashimoto abordaban el autobús local que acababa de llegar. La muchacha apuró sus pasos para reunirse con ellos y todos tomaron los asientos al final del vehículo. Mantuvieron una conversación en voz baja en los escasos minutos que demoraron en arribar a la casa de sus anfitriones. Ginzo Higurashi hizo un gran esfuerzo para no volver a quejarse de las curvas y se distrajo a sí mismo comentando cosas sueltas sobre lo diferente que era vivir en la ciudad y lo agradable que debía ser tener tantos espacios abiertos.
―Es ahí ―señaló Yuriko cuando pasaban por el paradero de la ruta 42. Kagome se fijó en el túnel que los árboles secos formaban, dándole lugar a un camino que parecía a todas apariencias desolado y espeluznante―. Siguiendo aquel sendero se llega a esa casa. No se la puede ver desde aquí, pero está allá arriba ―indicó un punto alto cubierto de árboles.
―Curioso lugar para construir una mansión ―comentó el abuelo asomándose con curiosidad.
―Díganoslo a nosotros.
Cuando llegaron al hogar de los Hashimoto, el matrimonio les invitó a pasar con toda la amabilidad del mundo y se acomodaron en el salón mientras el señor se encargaba del té y la señora acomodaba alimentos previamente preparados.
La atención de Kagome se fijó en un pequeño buró que tenían debajo de una amplia ventana, y aprovechando la ausencia de la pareja se levantó para echarle un vistazo a las fotografías.
La familia posaba en diversas imágenes, mostrando la secuencia de crecimiento de la hija. Era una chica bastante linda con una amplia sonrisa, ojos grandes y risueños y un cabello espeso y alborotado. Tomó la foto que calificó de más reciente, una donde se veía posando ante un pastel con un par de velas con formas de 17. Hacía la señal de victoria con sus manos y sacaba la lengua teniendo al lado a un par de chicos que consideró sus amigos.
―Esa fue de su último cumpleaños ―la sorprendió la señora Hashimoto. Ni siquiera la había escuchado venir. Colocó el marco cuidadosamente en el mismo punto del que lo había tomado y se disculpó por su atrevimiento―. No te preocupes. Rin siempre atrajo la curiosidad de las personas, es tan vivaz y simpática que trata a cualquiera como si fuera su amigo de toda la vida.
―Me dio esa impresión ―asintió ella.
―Esos son sus mejores amigos: Issei y Momoko ―continuó, señalando a los chicos al lado de Rin. Una muchacha de pelo corto y castaño y un muchacho de pelo alborotado con gafas y cara de sabelotodo―. Issei es quien fue atacado por el inugami, afortunadamente ahora se encuentra bien. Le quitaron el collarín hace poco, siempre fue muy cercano a Rin. Él, Momoko y sus demás amigos han estado muy pendientes del caso, siempre tienen cartas para enviarle y nos preguntan en cada ocasión si nos hemos enterado de algo nuevo. Son buenos chicos.
―¿Les ha dicho algo sobre lo que intentaremos hoy?
―Oh, no. No pienso hacerlo. No quiero que ninguno se presente y quepa la posibilidad de que salgan heridos, no podría perdonarme si algo les llega a pasar. Además de que aunque les pidiera que no fueran, estoy segura de que más de uno se presentaría aún si tuviera que escaparse. Es mejor que no sepan nada de esto, ya han pasado por suficiente.
―Entiendo. Estoy segura de que los padres de estos chicos le estarán muy agradecidos.
―No sé si eso sea posible... la situación con mi hija los ha metido en tantos problemas que no creo que quieran saber mucho más de nosotros ―sonrió entristecida―. Pero eso no es lo que nos importa en este momento. Todo lo que queremos es que Rin regrese a casa. Después podremos arreglarnos con todo el mundo, pero primero es ella.
―Por supuesto ―asintió la joven sin saber mucho más qué decir. Se notaba que la pobre mujer había vivido quizás más de lo que podía soportar, pero se mantenía en pie con la esperanza de volver a ver a su hija sin preocuparse excesivamente por otras cosas. Rin siempre sería su prioridad―. Según tengo entendido Rin le avisó que regresaría en el solsticio. Que el inugami le había permitido volver ―señaló tildando la cabeza―. ¿Sus amigos no saben sobre esto?
―No. Recogimos la carta antes de que lo hiciera la misma policía por un golpe de suerte. No se lo hemos dicho a nadie.
―¿Y aún así cree que sea necesario que intervengamos? Si el inugami le deja regresar...
―No confío en nada de lo que diga ese monstruo ―constató la mujer negando gravemente―. No creeré en nada que venga de él, quizás Rin sí, pero yo no. No me tomaré esto a la ligera.
Kagome no tuvo nada que decir ante la severidad de la madre exasperada, ningún argumento con el que tranquilizarla aunque podían ocurrírsele más de uno. Su esposo era un inugami, y sabía que cuando uno hablaba en serio no había forma de que se retractara. Los motivos para dejar que Rin se marchara aún le eran desconocidos tanto a ella como a su familia, pero si él lo había dicho... dudaba que fuera para darles falsas esperanzas.
No.
Algo debía estar pasando para que aquel demonio tomara esa decisión de apartarla de su lado voluntariamente. Algo que debía ser grave.
―Ven, sentémonos a desayunar, debes estar hambrienta ―después de unos segundos en silencio, la invitó a la mesa donde su abuelo y el señor Hashimoto mantenían su propia conversación.
Vio una vez más el retrato de Rin y evaluó la forma en la que las personas que salían con ella la observaban. Y no sólo ahí, siempre parecía ser el centro de atención. Se notaba que era querida y bien estimada por los que la conocían, y se preguntó si acaso había tenido ese mismo efecto instantáneo con el inugami que la había convertido su inumochi.
¿Sería aquel un caso de propiedad, como si el demonio la viera como un objeto, algo que debe cuidar para que no se lo roben? ¿O era más bien una relación de verdad como en el caso de ella y su esposo?
Esperó que fuera el primer caso, cruzó los dedos por ello mientras se sentaba a la mesa y se llevaba la primera bola de arroz a la boca. Si resultaba ser la segunda opción sería muchísimo más difícil, porque quizás... Rin sería la que se opondría a volver.
En cuanto terminaron la comida y la plática que le sucedió después, la pareja los invitó a descansar tomando la habitación de invitados del piso de arriba. Como sólo contaba con una cama, ofrecieron también su propia recámara para mayor comodidad. Ambos se negaron y Kagome optó por permitirle a su abuelo tomar una necesitada siesta mientras ella se quedaba en la sala escuchando los relatos y toda la información que los Hashimoto tuvieran que ofrecerle.
Cuando le enseñaron los videos ―unos que Kagome sabía que existían pero la señora Hashimoto no le había enseñado a falta de tener un teléfono inteligente―, la joven sacerdotisa se quedó helada al ver a ese demonio.
¿Todos los inugamis se parecían o ese en particular era el que se le hacía terroríficamente familiar?
Entre sus cavilaciones sacando las cuentas y recordando cada conversación con su marido, buscando dónde le había comentado si tenía algún familiar con su apariencia casi idéntica, tuvo que hacer una pausa para notar la interacción que tenía Rin con este ser y su propia manera de dirigirse a ella.
Eran cercanos, no cabía duda. Había comodidad entre ambos, y también... química. Mucha química. Podía ser un tipo aterradoramente serio y cortante, pero no le fue difícil distinguir un rastro de... algo en su manera de mirarla.
Algo como aprecio, tal vez. Pero aprecio de verdad, no como el que se le puede tener a algún objeto.
Y Rin... oh, a ella se le notaba a leguas.
Ya podía ver la fuente de preocupación de su madre y la incomodidad de su padre. Estaba en su sonrisa y su manera de hablarle con tal naturalidad como si no se tratara de un inugami peligroso, sino del mejor de sus amigos. O tal vez... algo más.
Durante el transcurso de la tarde hasta la llegada de la hora del solsticio que los cuatro partieron en dirección a la mansión, Kagome estuvo recordando los conjuros que sabía de memoria, tratando de evitar pensar en que estaba a punto de separar a una inumochi de su inugami y lo furioso que estaría él de que le quitaran a su compañera por la fuerza. Aunque si la dejaba ir por propia voluntad...
Siguió cruzando los dedos para estar equivocada, pero por más que lo intentó, el malestar de estómago que inició con los vídeos la acompañó hasta la envejecida mansión donde el ritual daría inicio. Sentía la energía espiritual que rodeaba a ese lugar y no le fue difícil encontrar el punto exacto donde la brecha que conectaba ambos planos era más pronunciada.
Tomó una amplia inhalación y se preparó para lo que le tocaba hacer. Ya no había vuelto atrás.
...
El día había transcurrido silencioso para Rin, donde veía el pasar de las horas con una ansiedad sólo equiparable con la angustia que sentía estrujándole el corazón. Caía la tarde para cuando se decidió a bajar, dándole un último vistazo a lo que había sido su habitación en los últimos seis meses.
La había limpiado, cambiado las sábanas y doblado el futón para guardarlo en el armario. Cada pequeño objeto estaba en su lugar, y la amplia variedad de papeles que cubrían la mesita había desaparecido para dejar ver por fin la lustrosa superficie de madera. Las cenizas de la hoguera también habían sido despejadas y se veía tan impecable como si jamás hubieran encendido siquiera una cerilla. Limpió a fondo sólo para tener algo con lo que ocuparse mientras Sesshomaru hacía una ronda por el muro. No había abandonado la mansión en realidad, y no lo haría por el resto del día sólo por si las dudas. Necesitaba estar cerca de ella para cuidar que nada se aproximara más de la cuenta.
Pasó los siguientes minutos con Ah-Un, quien había entrado de lleno en su ciclo de hibernación y ni se enteraba de lo que ocurría más allá de su sueño. Su cuerpo se había endurecido y enfriado, manteniendo la temperatura en los órganos vitales para preservarse en mejores condiciones, según le había explicado Sesshomaru unos días atrás. No despertaría sino hasta inicios de la primavera, cuando ella ya no estuviera para darle la bienvenida.
Extrañaría enormemente visitarlo cada día, verlo crecer y ser parte de su entrenamiento. Echaría en falta sus progresos, sus descaros para pedir caricias y el tenue ronroneo que obtenía de respuesta cuando lo consentía. Pero para no desanimarse, en lugar de pensar en la falta que le haría de ahora en adelante, se imaginó cómo se vería cuando regresara el siguiente verano. Grande, imponente, totalmente adulto. Quizás para ese entonces podría volar sin problemas y sería un valioso aliado. Se preguntó si Sesshomaru continuaría con el entrenamiento que le había puesto e hizo la nota mental de cuestionarlo al respecto más adelante, si no se le olvidaba.
Tenía la cabeza tan saturada que últimamente quería hacer y decir muchas cosas que terminaban por escapársele por completo.
Al igual que la noche previa, dio un beso en cada hocico y le deseó dulces sueños antes de marcharse cerrando la puerta.
El sol caía arrancándole brillos dorados a la nieve arremolinada del día anterior, y por lo lejos podía ver que se acercaban nubarrones que sólo podían significar una nueva nevada. ¿En su pueblo ya estaría nevando o continuaban con las lluvias heladas que dejaban las carreteras congeladas y el suelo del bosque pantanoso? Ya estaba a sólo una o dos horas de averiguarlo.
Dio un último recorrido a la enorme casa, grabándose en la memoria cada detalle y área que había aprendido a querer como a su propio hogar. Los amplios corredores, el patrón del tatami, la madera pulida de los pasillos externos, las pinturas de las paredes y puertas, cada lámpara y antorcha...
Cuando estuviera de su lado todo lo que vería sería únicamente una triste estructura, un fantasma de lo que había sido ―y continuaba siendo ahí― una orgullosa mansión digna de un noble. La recibirían paredes con moho y rayones de grafiti, suelos rotos y tatamis arruinados por el paso del tiempo y las estaciones.
Pero al mismo tiempo, también la recibirían unos brazos abiertos y cálidos que borrarían el agrio sabor de boca. Sus padres estarían ahí, y eso la ayudaba enormemente a serenarse y ver con anticipación lo próximo que estaba por vivir.
Todo estará bien, se repitió. No es el fin del mundo. Papá y mamá estarán ahí. Volveré a ver a Momoko, Issei, Satsuki, Haruka... podré volver a mi cuarto y no tendré que preocuparme por ser platillo gourmet de algún monstruo horrible. Volveré a ver a Sesshomaru, y estaremos juntos de nuevo cuando sea posible. Todo estará bien.
Acabó apoyándose en la columna que había usado tantas veces para comunicarse con él, deslizando lentamente la espalda hasta que quedó sentada con las piernas estiradas. Examinó sus zapatos deportivos, esos que había llevado puestos desde el primer día y que apenas había vuelto a usar. Era extraño para ella sentir el suelo bajo la suela de goma y sus calcetines desgastados, al igual que era utilizar calzado de exteriores sobre el tatami. Pero como iba a bajar la montaña en medio de la noche invernal, resolvió que sería más cómodo hacerlo con sus viejos tenis antes que con unas botas de paja forradas con piel.
No llevaba la ropa con la que había salido de casa por última vez por lo impráctico que sería con semejante clima. Además, no era como si la necesitara... siempre podría volver por ella la próxima vez. ¿Qué clase de cara pondrán mamá y papá al verme con un kimono tan bonito como este? se cuestionó mentalmente, fijándose en las nubes pesadas que cubrían el cielo antes despejado. Creo que estarán más interesados en verme a mí en una sola pieza como para fijarse en la ropa que lleve puesta.
Sesshomaru apareció entonces, dando por finalizada su última ronda de vigilancia por el borde del muro. Cuando se detuvo al lado de Rin, esta estiró la mano para tomar la suya, jalándolo para que se sentara a su lado. El demonio obedeció sin siquiera poner un gramo de resistencia.
―Como en los viejos tiempos... ―comentó ella unos segundos después―. Te sentabas conmigo y escuchabas lo que sea que tuviera que decirte o leerte sin moverte. Quizás no podía verte, pero a veces escuchaba tus movimientos en el suelo y sentía tu presencia. ¿No te aburría escucharme parlotear sin parar durante tanto tiempo? ¿Me prestabas atención siquiera?
―Te prestaba atención. No era aburrido, era diferente a lo que estaba acostumbrado ―le dijo con tono monótono, viendo hacia adelante mientras él mismo recordaba aquellos días más simples y llenos de novedad en su tediosa vida.
―¿Y de verdad te gustaba que te leyera? A veces tenía la impresión de que lo decías para complacerme.
―Nunca me molestó escucharte hablar. De lo contrario lo habría dicho.
―¿Cómo no podría molestarte la vocecita aguda de una niña? Siempre hablé demasiado, no había forma de callarme. Y te traía cualquier libro que me gustaba como excusa para estar contigo. Vaya tortura.
―Si continué diciéndote que volvieras no era una tortura.
Rin formó una media sonrisa nostálgica y lo vio por el rabillo del ojo. No entendía cómo era posible que no le hubiera desesperado el sonido de su voz cuando era pequeña, en especial cuando podía ser tan insistente y demandante de atención. Así de aburrido debía estar como para recibir de buen grado cualquier tipo de cambio.
―Por cierto, nunca te pregunté. ¿Cómo aprendiste a ser tan bueno en el Go? Jamás pude ganarte por más que lo intenté. Ni siquiera soy capaz de hacerlo ahora y he aprendido bastante de ti estos últimos meses ―agregó intrigada. Habían jugado varias veces no sólo al Go, sino a todos los juegos que Rin le había dejado a lo largo de los años. Podía vencerlo con cierta dificultad en el Koi-Koi e incluso consiguió una victoria o dos en las damas chinas, pero en el Go no tenía forma de vencerlo. Era sencillamente imposible.
―Mi padre me enseñó cuando era cachorro. Era un entrenamiento de estrategia.
―Oh, por supuesto que era un entrenamiento ―resopló ella negando con la cabeza. Con razón se lo tomaba tan en serio―. ¿No jugabas ni hacías nada que no tuviera el propósito de entrenarte? ¿Nunca escalaste árboles sólo porque sí, o jugaste con otros niños al menos?
―No que yo recuerde. Esas cosas carecían de importancia para mí.
―Vaya infancia más triste ―murmuró por lo bajo. ¿Cómo un niño no podía tener interés en jugar? Era tan antinatural como... razonó un momento y dejó caer los hombros. Como muchas cosas que tienen que ver con él, por ejemplo. Y por millonésima vez le estoy buscando lógica a algo que simplemente no la tiene, nunca aprendo.
Guardaron silencio por un par de minutos, en los cuales Sesshomaru le dedicaba algunas miradas rápidas por el rabillo del ojo. Sus facciones se habían ablandado mientras contemplaba el exterior, pensando en algo que seguramente le causaría gracia. La luz natural se extinguía poco a poco, dejando los alrededores sumidos en una penumbra cada vez más densa gracias a los nubarrones que se cerraban en el cielo.
―Será raro despertar mañana y no verte conmigo ―comentó Rin, apartando su atención del curioso comportamiento del clima.
―Cuando llegaste dijiste que era extraño poder verme.
―Y ahora no hacerlo será lo extraño ―completó ella tildando la cabeza―. Te echaré mucho de menos, ¿sabes? Me acostumbré tanto a ti que... pensar que no te veré cada día me hace sentir mal. Como si me quitaran algo, un brazo o un sentido. No sé si me explico.
Sí, se explicaba bien. Él sentía algo similar, aunque no era capaz de decirlo en voz alta.
―Creo que nunca te agradecí por todo lo que has hecho por mí.
―Has agradecido suficiente.
―No, he dado las gracias por cosas pequeñas: como cuando calientas el agua, o me ayudas con Ah-Un, cuando me llevabas al techo o me prestabas la estola... y por cosas grandes como salvarme la vida, también ―agregó asintiendo―. Pero... nunca te he dicho nada por todo lo demás.
―No he hecho nada más.
―Claro que sí. Desde que estoy aquí siento que me he podido valer mejor por mí misma, que he crecido y madurado como nunca lo había creído posible. Me siento más capaz, más fuerte y... simplemente mejor persona que antes. He aprendido tanto... a ser más optimista, a ser más paciente, valiente e independiente. Pero no en el aspecto físico, porque si pongo un pie fuera de la barrera estaré frita ―añadió rápidamente con una sonrisa para animarlo. Desgraciadamente seguía estando tan serio que parecía que ni la había escuchado―. Te lo agradezco mucho, Sesshomaru.
Guardó silencio casi conteniendo el aliento. Cada vez estaba más oscuro, casi no quedaba ningún rastro del sol detrás de las densas nubes y las montañas a lo lejos. Sentía la nariz congestionada y los ojos picosos, pero no permitió que el mutismo se prolongara. No quería llorar.
―¿Sabes qué me gustaría? Cuando regrese me encantaría que me enseñes a pelear ―soltó de repente, obligándose a mantener la cabeza en lo alto. Ésta vez sí captó la atención del demonio, quién viró la cara en su dirección.
―¿Que te enseñe a pelear? ¿Por qué querrías eso?
―Para poder defenderme. No sé cómo no se me ocurrió antes ―razonó para sus adentros, pensativa―, es lógico con todos los peligros que hay aquí. Me gustaría que me entrenaras de alguna manera.
―No necesitas entrenamiento, te protegeré. Y el dragón también.
―Sí, yo sé que lo harán, pero ¿y si pasa algo? ¿Y si nos separan? Debería saber al menos lo básico para sobrevivir hasta que aparezcas para salvarme el pellejo.
―Es razonable ―meditó él, distraído.
―¿Entonces lo harías? ¿Me enseñarías?
―Si es lo que deseas.
Rin se encogió de hombros y lo vio lánguidamente sin apenas levantar la cabeza. Su sonrisa ligera se borró con un resoplido suave.
―No me gusta cuando estás tan serio ―musitó. La voz le temblaba un poco y era por eso que no la alzaba más. Afuera, el viento que anunciaba una tormenta comenzó con los primeros aullidos como una comitiva de advertencia. Se abrazó a sus rodillas al sentir una ráfaga pero no se movió de su lugar.
―Siempre estoy serio.
―No así. Casi nunca me dejas afuera, no de esta manera. ¿Estás enfadado conmigo, Sesshomaru?
―No.
―No te creo.
―No tengo motivos para estar enojado contigo.
―¿Estás preocupado?
―Estoy alerta ―la corrigió secamente. Podría decir que no estaba enojado, pero sus acciones lo contradecían terriblemente. De nuevo Rin se vio a sí misma apartada de él por un muro de concreto alto y grueso. No quería que sus últimos minutos juntos fueran así de tristes y solitarios, aunque estuvieran uno al lado del otro.
Esta vez no contaba con el tiempo para esperar a romper cada barrera de la fortaleza que los separaba. No tenía ni el tiempo ni las energías, de hecho, y no desperdiciaría aquellos valiosos momentos para tomarse las cosas con calma. Así que rodeó su brazo con el suyo hasta tomar su mano, apretándola con fuerza y recargándose en su hombro en un medio abrazo, captando su atención por completo.
―Estos últimos meses han sido de los mejores de mi vida. No, borra eso. Han sido los mejores de mi vida. Nunca creí que fuera posible ser tan feliz, ¿sabes? Pero no son los únicos en los que me sentiré así, estoy segura. Nos volveremos a ver y todo continuará tal cual como lo dejamos.
―¿Cómo estás tan segura? Conoces la posibilidad que existe de que no sea posible.
―Eres el ser más optimista que he conocido jamás ―le espetó.
―Estoy hablando en serio. Si la amenaza persiste...
―Encontraremos la forma ―le aseguró con toda convicción.
―Sabes lo arriesgado que es. Enfrentar a mi padre no sería lo mismo que luchar contra otros demonios. No poseo el poder para vencerlo, no cuando mi fuerza está reducida por el campo de energía.
―Vaya ―suspiró asombrada levantando la cabeza para verlo―. Es la primera vez que te escucho decir algo parecido. Jamás pensé que te vería inseguro de tu fuerza.
―Este es un caso especial ―contestó sin que le hiciera ninguna gracia que notara su desliz. Rin sonrió para tranquilizarlo y volvió a darle un apretón a su mano.
―De cualquier modo encontraremos la manera, sea peligroso o no. Vale la pena correr el riesgo.
―¿Por qué querrías poner en peligro tu vida?
―¿Es que no está claro? Te amo, Sesshomaru. Estoy enamorada de ti desde hace siglos, y quiero estar contigo pase lo que pase. No dejaré que una amenaza... Oh... ―se detuvo un momento―, nunca te lo había dicho antes, ¿verdad? ―y de repente, cayendo en cuenta de lo que acababa de salir de su boca, se sonrojó y bajó la cara para ocultarse de él. Le daba algo de miedo ver su reacción, porque tenía la certeza de que no comprendería del todo lo que acababa de confesarle. Los demonios no eran demasiado asiduos a los conceptos humanos, y aunque para ella esas dos simples palabras eran de las más importantes que le había dicho jamás, para él no tendría el mismo efecto.
Sabía que también la quería, pues sus acciones y cuidados no lo dejaban en duda, pero no era en sus mismos términos. La quería, sí, pero a su modo.
De repente un pensamiento curioso la asaltó y le hizo enderezarse un poco.
En la Bella y la Bestia el príncipe había roto su encantamiento cuando Bella le confesó que lo amaba... ¿La barrera seguía en pie ahora que ella había hecho lo mismo?
―Oye... ―carraspeó―. ¿La barrera sigue estando ahí?
―Lo está.
―¿Estás seguro?
―Bloquea parte de mi youki: si se hubiera roto lo sabría ―contestó simplemente. Rin bajó sus hombros un tanto decepcionada. ¿Mi amor no es suficiente para este encantamiento? Pero qué golpe tan bajo.
―Ya veo... ―y volvió a encogerse. Tal y como pensó en un principio, su confesión no había cambiado nada en él, ni movido alguna fibra sensible que pudiera notar. Probablemente si le decía de nuevo que lo amaba le respondería un parco 'lo sé' muy al estilo de Han Solo... pero sin su carisma. Roló los ojos por estar pensando en tantas fantasías y se centró más en el mundo real.
Oh, ¿pero y si la barrera se rompe cuando él diga que me ama? Después de todo debe sentir lo mismo que sintió su padre, ¿no? Lo miró de reojo como tratando de adivinar qué pasaría. Lo había pensado antes varias veces, pero lo vio tan improbable, en especial la parte donde esas palabras brotaban de sus labios que desechó la idea como si fuera el mayor de los disparates.
Y lo hizo de nuevo. Tendría que decirlo de verdad para que funcionara ―en el caso de que eso fuera lo necesario para romper el campo de energía―, no sólo por decirlo y porque ella se lo pedía. Además sería muy triste que le dijera que la amaba si sólo era para probar su teoría.
Pero una ola de decisión la hizo espabilar. Aquel no era el momento para pensar en que si era triste o no. Le quedaban algunos minutos, podía intentarlo. Un último intento antes de marcharse, sí.
―Sesshomaru... ¿Me echarás de menos? ¿Crees... que me extrañarás tanto como yo te extrañaré a ti?
―No sé hasta qué grado echarás en falta mi presencia, no podría responderte.
Rin torció la cara con los ojos bien abiertos, con los labios y el ceño fruncido en una mueca. ¿En serio te vas a poner así ahora? No eres más terco porque es físicamente imposible.
―¿Te haré falta? ―eludió sus ganas que tenía de reñirlo y presionó un poco―. ¿Estarás triste cuando me vaya?
―¿Por qué tu interés en el asunto?
―Quiero saber. Sé que aunque lo niegues me tienes algo de cariño... y has sido tan atento conmigo que pienso que podrías quererme de la misma manera que yo te quiero a ti. Así que dime una cosa, y por favor sé sincero: ¿Me amas? No como un inugami, no como a alguien a quien proteger y de quien disfrutas pasar el tiempo... sino como un hombre a una mujer.
Sabía que era muy estúpido ponerlo de esa manera considerando todo lo que habían hecho: desde besos inocentes hasta noches enteras de sexo y sus consecuentes mañanas dormitando al lado del otro. Ella estaba convencida de que todo lo que habían vivido juntos había sido real en todos los sentidos, no se habría entregado a él si no fuera así.
Sabía que la quería, que le importaba y le guardaba aprecio. Tanto como para considerar que su vida era más importante que su libertad. Pero entre querer a alguien y estar enamorado había una diferencia, y aunque no quisiera pecar de presuntuosa, tenía la impresión de que sí la amaba. Había hecho tanto por ella que no podía creer lo contrario.
Nunca le había escuchado decirle ni siquiera algo remotamente parecido a una confesión de amor, no más allá de las dispersas insinuaciones aquella noche que Rin le confesó que le gustaba. Y hasta entonces no le importaba que no se lo dijera; las acciones valen más que las palabras, y con todo el cariño que la trataba desde que iniciaron su relación ―e incluso mucho antes de eso― tenía más que suficiente.
Pero ahora...
Se le quedó viendo abiertamente, esperando su respuesta con el corazón latiéndole a mil por minuto. Podía ver que lo había tomado con la guardia baja y lo estaba haciendo considerar algo que tal vez nunca se le había pasado por la cabeza.
Sesshomaru le devolvió la mirada ligeramente desestabilizada. ¿Le estaba preguntando si la amaba? Él era un demonio, no se suponía que los demonios amaran, y menos de la misma manera que hacían los humanos.
Podía asegurarse de ello porque sabía cómo amaban los seres de esa especie: sus últimos meses con Rin se lo habían dejado claro, y aunque dada su naturaleza no era un concepto que se le hacía demasiado compatible, tal vez... ahora lo comprendiera mejor. En el amplio sentido de la palabra.
Después de todo había hecho cosas que jamás se creyó hacer ni en mil años. Había cambiado gracias a Rin, había descubierto un lado de sí mismo que ni siquiera sabía que fuera posible que existiera. Uno compasivo, paciente y gentil. Uno que la coloca por delante de todos sus deseos, en el tope de sus prioridades.
Dime, ¿alguna vez has amado a alguna persona? ¿Habrías estado dispuesto a sacrificarte con tal de salvar a alguien más?
¿Estaría dispuesto a perder su vida para preservar la de Rin?
La respuesta era simple: sí. Ni siquiera tenía que pensarlo, era una verdad elemental. Se separaba de ella para mantenerla a salvo, la regresaba a su mundo aún si eso significaba perder su libertad para siempre. Y, de la misma manera, sabía que no tendría inconveniente en interponerse ante cualquier amenaza para mantenerla a salvo, aún si perdía su vida en el proceso.
Le parecía tan fácil haber llegado a tal conclusión que se cuestionó secretamente por qué había tardado tanto en hacerlo.
Un minúsculo rastro de confusión arrugó sus facciones en lo que las ideas fluían. Hasta que su semblante se relajó al caer en la súbita e innegable verdad.
Pero ni siquiera atinó a abrir la boca cuando el súbito cambio de energía se hizo sentir en el ambiente. Apartó sus ojos de los de ella y volteó la cabeza. Detrás de ellos, la brecha se abría poco a poco, dándole un vistazo limpio de lo que había del otro lado.
El solsticio acababa de empezar.
―Es hora ―le dijo. Los hombros de Rin cayeron y le pareció que su rostro palidecía un instante, para después inhalar sonoramente y centrarse con decisión. No soltó su mano cuando ambos se pusieron de pie y encaraban la dirección donde el paso entre mundos se ensanchaba. Ella no podía verlo, pero suponía dónde era. El exacto sitio donde había desaparecido de su mundo seis meses atrás.
―¿Cómo funciona esto? ―preguntó con la garganta seca, nerviosa―. ¿Podré pasar como si fuera una puerta o...?
―No, si no posees youki o energía espiritual no puedes hacerlo. Te haré pasar con mi youki, del mismo modo que hice en el solsticio de verano.
―¿Pero no es peligroso para ti? ¿Te harás daño como siempre que dejas y recoges cartas?
―No es lo mismo ―negó con la cabeza―. El solsticio ayuda que no sea necesario sacrificar tanta energía y hace posible el paso de un lugar a otro. Tendrás algunos efectos, pero nada que ponga en peligro tu vida.
―¿Como la otra vez, verdad?
―Así es.
Rin tomó una profunda bocanada de aire en lo que terminaba de reunir valor. Sin embargo, no dio un paso al frente cuando él lo hizo.
―Te están esperando ―le dijo el demonio.
―¿Qué?
―Hay personas del otro lado.
―¿De verdad? ¿Quiénes? ―aquello pareció regresarla a la normalidad, haciendo que sus ojos se iluminaran y su cuerpo se relajara.
―Tus padres. Y dos personas más.
―¿Alguno de mis amigos?
―No lo sé, no los había visto antes.
―¿Pueden vernos?
―No. Seguimos en este plano.
Sesshomaru hizo un nuevo intento para guiarla hasta la brecha, pero Rin dio otro apretón a su mano y se mantuvo clavada en su sitio, dándole una mirada desarmada pero serena.
―¿Me contestarás la pregunta antes de que me vaya, Sesshomaru?
El inugami se mantuvo en silencio, viéndola con el ceño fruncido en contrariedad.
―Los demonios no somos asiduos a tales emociones ―contestó con voz firme, como si aquello estuviera más bien dirigido a sí mismo en lugar de a ella. Antes de que Rin bajara la cabeza por completo, la tomó por la barbilla para mantener sus ojos hacia los suyos―. Pero... al parecer has cambiado esa regla conmigo.
La chica contuvo el aliento, petrificándose al instante. Su rostro pasó de ser un pálido fantasmal a un rojo vivo en cuestión de segundos. Con su mano libre rozó su muñeca con los dedos sin dejar de verlo con los ojos bien abiertos.
―¿Es decir que tú...?
―Lo hago ―espetó tan serio que ni siquiera parecía que estuviera haciendo una confesión propiamente dicha. Para él, mostrar emoción en momentos delicados no era algo necesario, pero no era algo que a ella le importara. No necesitaba efusión en su rostro cuando sus irises dorados decían mucho más que una expresión facial.
Se alzó de puntillas y unió sus labios con él por última vez, aferrándose para hacerlo lo más duradero posible. Cuando se separaron Rin lucía gruesas lágrimas en sus mejillas y una sonrisa enternecida que jamás le había visto antes y que, como en veces anteriores, consiguió que algo dentro de él se removiera.
Maldijo el solsticio tan inoportuno, maldijo la amenaza de su padre y sobre todo maldijo al tiempo por no detenerse.
No quería dejarla ir.
―Volveré a visitarte cuando pueda, ¿está bien? No prometo que sea pronto, pero lo haré. Y en el solsticio... ―suspiró, dejando la promesa en el aire para él. Sesshomaru asintió.
―Te esperaré.
―Tendrás que esperar mucho tiempo entonces, Sesshomaru.
Ambos viraron la cabeza al unísono en dirección a la voz que acababa de brotar, interrumpiendo la calma del ambiente. Hasta entonces no se habían percatado que el viento comenzaba a rugir con un poco más de fuerza y los primeros copos de nieve caían copiosamente.
No estaban solos en esa casa, y ni siquiera los agudos sentidos del demonio lo notaron a tiempo. ¿Cómo...? Dejó que la pregunta flotara en su cabeza mientras le devolvía la mirada a quien acababa de hablar. Al lado de la brecha, oculto por las sombras, estaba parado alguien a quien no había visto desde hacía quinientos años completos.
Rin no necesitó que Sesshomaru dijera nada para saber quién era.
―Padre.
El hombre dio un paso al frente, dejando que la poca luz iluminara mejor su rostro. Sus ojos dorados brillaban como los de un depredador bajo sus cejas oscuras y pobladas, y la seriedad de su rostro era sólo comparable con la de su primogénito.
Sesshomaru no esperó ni medio segundo desde que su figura fuera revelada y tomó a Rin, empujándola rápidamente hacia el portal. Hizo un movimiento veloz con su brazo para romper la barrera, ahora fina por el solsticio, y la impulsó con una fuerza tremenda para hacerla cruzar.
―No, no lo creo.
Antes de que uno solo de sus cabellos estuviera en el otro lado, el padre se interpuso como una ráfaga de viento, jalándola del brazo con una brusquedad que acabó lastimándola. Antes de que Sesshomaru o ella pudieran reaccionar, el otro inugami le propinó un poderoso golpe a su hijo en el pecho, haciéndolo retroceder varios metros aún cuando hizo acopio de toda su fuerza para bloquearlo. La diferencia de poderes era notable, pero Rin apenas pudo darse cuenta de ello. Todo de lo que era consciente era que Sesshomaru salía disparado con una fuerza brutal hasta que desapareció de su campo de visión.
―¡SESSHOMARU!
Dio un codazo para liberarse y correr hasta él, gritando su nombre al tope de la capacidad de sus pulmones, pero sus golpes no eran rivales para el agarre del demonio que tenía detrás. Clavó las cortas uñas sobre la mano que la asía del brazo, rasguñándolo como si fuera un animal salvaje para liberarse. Pero cuando él comenzó a caminar no pudo hacer nada para detenerlo. O movía las piernas o la arrastraba.
Eso no podía estar pasando.
Presa del pánico se quedó clavada intentando resistirse y se dedicó a verlo de lleno.
Sus ojos dorados le devolvieron la mirada fríamente, amenazándola en silencio, diciéndole que un movimiento en falso y todo acabaría.
Y todo acabaría, sí... las suposiciones de Sesshomaru eran ciertas, no cabía duda alguna. Estaba escrito en aquel rostro mayor y severo que la observaba fijamente.
Ni siquiera pudo articular una palabra más o hacer algo en contra cuando la cargó bajo su brazo y desapareció de la escena, dejando la brecha a su mundo, la mansión y a Sesshomaru bien atrás.
La cadena de eventos que había iniciado el día que asesinó a la esposa humana de su padre y a su vástago híbrido estaba por terminar aquella noche. La última pieza de dominó estaba por caer, la última jugada estaba siendo puesta en marcha.
Todo estaba a punto de terminar.
...
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... como este capítulo *badum tss*.
De nuevo tarde, lo siento. El día se me pasó volando entre una cosa y la otra, y aunque tenía intenciones de publicar anoche, se me hizo tan tarde mientras corregía que no tuve más opción que posponerlo.
Sí, ya sé. Me odian por cortarlo en el momento de la verdad. Es un cliffhanger muy cruel pero al mismo tiempo necesario, así que me ahorraré los comentarios sobre este capítulo para que lo asimilen mientras me escabullo cuidadosamente sin que se den cuenta xD
Antes de celebrar que alcanzamos los mil reviews *suenan fuegos artificiales, aparecen confetis y una banda sonora tocando música de victoria en el fondo*, necesito tocar un tema muy importante con respecto a este fic. No les va a gustar y probablemente me quieran matar aún más, pero... es mejor sincerarse con estas cosas en lugar de dejarlos guindados. Aquí va.
-*-*-* NOTA IMPORTANTE *-*-*-
La próxima actualización quizás sea la última que siga el patrón semanal que ha caracterizado a prácticamente todos mis fics. La vida fuera de la pantalla me mantiene demasiado ocupada y sin darme cuenta me quedé sin tiempo suficiente como para sentarme a escribir propiamente dicho. Parte por los cortes de luz (aunque tenga laptop es imposible concentrarse en el calor y la oscuridad de mi cuarto), parte porque mi nuevo trabajo me drena tanto que cuando llego a casa lo último que quiero hacer es pensar y busco distraerme con cualquier cosa, y otra parte porque me tranco de tal manera que me quiero golpear la cabeza contra la pared. Este capítulo por ejemplo me mantuvo estancada bastante tiempo, escribía escenas que no me gustaban y no encontraba dirección alguna. El que le sigue a este no es tan difícil (me quedan algunas páginas para terminarlo y espero colgarlo el sábado), pero sé que después me tocará otro dolor de cabeza monumental. Supongo que ese será el último, cerrando la historia con 24 capítulos en total, y no sé si algún extra, tengo que pensarlo. Ya les contaré la próxima semana.
Lamento si esto molesta a algunos, pero no puedo hacer nada más. Ojalá las cosas no fueran así, ojalá me fuera más fácil encontrar la inspiración y el tiempo para escribir, pero cuando la vida real te alcanza no puedes simplemente pasarla por alto. Amo esta historia y sus lectores, de verdad que sí, pero debo mantener algunas prioridades.
Les pido por favor que no me presionen ni me exijan que me apure porque les prometo que por más que se quejen eso no funciona. He mantenido un buen ritmo actualizando una vez por semana, que me retrase un poco en la recta final no será tan malo. Peor sería que me desapareciera por más de seis meses como hacen varios escritores sin dar advertencias, así que no sean malos conmigo que les estoy avisando con tiempo xD
Bien, saliendo de ese tema espinoso vamos con uno que es mucho más alegre. *se intensifica la música de la banda sonora, suenan más fuegos artificiales y aparecen más confetis*.
¡OH POR DIOS 1000 REVIEWS CON SÓLO 21 CAPÍTULOS ESTOY QUE ME MUERO MALDITASEAJODER! ¡GRACIAS! ¡GRACIAS DE VERDAD! Cuando empecé este fic nunca estimé que su audiencia crecería a tales magnitudes, especialmente porque estaba experimentando con una idea diferente y se trataba de mi primer pseudo AU largo. Pero joder... 1022 reviews... es difícil de creer. Los adoro, de verdad, muchísimas gracias, han cumplido una meta que no creí que fuera posible... y más con tan pocos capítulos. ¡Son los mejores! Saori-san, Paloma, MisteryWitch, Black urora, Miraani, ByaHisaFan, Indominus Dea, KeyTen, Anónimo, HasuLess, Kunoichi2518, Alexa grayson hofferson, Blonde hair girl, DreamFcGirl, Nayari, Laura91ok, Mena123, Kikyou1312, Clau28, Floresamaabc, SeeDesire, Chesterina, BeautifulButterflyPink, Nubia, Begeles, AlexanderSR25, Veronika-BlackHeart, Kari, Nesher, Lau Cullen Swan, MickeyNoMouse, Celeste, Cristina97, Meaow, Gaby L, Hikary-neko, Sayuri08, Jezabel, Nanmeless Shinobi, Hooliedanisars, Bren (¡yaaaay, felicidades número 1000! xD), Kassel Reyga, Melinna Sesshy, Jenks, Almendra, Gima2618, QuinzMoon, Ferrist-chan, Yoko-Zuki10, Rosedrama, Pandora Hellsing Riddle, Baby Sony, Alexa Rey y NickyClemen. Discúlpenme si se me escapó algún nombre.
Espero que hayan disfrutado este capítulo... o que al menos no los haya estresado tanto llegando hacia el final xD Pero vamos que pasaron muchas cosas: se arreglaron Rin y Sessh, Kagome contó su historia con muchas posibilidades abiertas, apareció InuPapá... puff. Tanto que podría pasar en el siguiente capítulo... siéntanse libres de labrar sus teorías y hacérmelas saber. Eso sí, les advierto una cosa: la próxima semana quizás les haga decir OH SHIT más de una vez.
Mil gracias por leer y estar pendientes. Un beso a todo el mundo y hasta la próxima semana.
