Disclaimer: El fandom de Inuyasha, su historia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi y los tomo prestados sin fines de lucro.
Haunted
Por: Hoshi no Negai
23. Ojo por ojo
Kagome le echó un vistazo rápido a su abuelo, cerciorándose de que estuviera en condiciones para hacer su parte después de semejante viaje. Habían llegado a la vieja casa abandonada antes de que anocheciera, a dos horas del solsticio para ahorrarse tener que subir la montaña de noche. Por más que Kagome y los padres de Rin tuvieran la capacidad de hacerlo sin problemas, era por el anciano que se tomaban las cosas con tantas precaución.
Y aún así, el Ginzo Higurashi probó que no era un abuelito indefenso que necesita ayuda para todo. Les mantuvo el ritmo con facilidad aunque con algo de lentitud, deteniéndose en contadas ocasiones para recobrar el aliento y después ponerse en marcha con renovadas fuerzas. La determinación estaba presente en cada una de sus arrugas: lo que estaba por hacer era una de las cosas más importantes que llevaría a cabo en su larga vida, pondría a prueba todas sus habilidades y conocimientos. No podía permitirse quedarse atrás.
Llegaron a la mansión ignorando los cordones de advertencia policiacos al igual que el trío de cámaras apostadas en el salón de la planta baja, donde aparecían y desaparecían las cartas. Yuriko les había dicho que aunque la policía se opusiera a las continuas visitas que le hacían a ese lugar, había poco que pudieran hacer además de darles un regaño al día siguiente. Viendo las cámaras con aprensión evaluó que podrían estar siendo vistos justamente en ese momento, y aunque no fuera así, todos sus intentos quedarían registrado en la secuencia de la comisaría.
Se preguntó qué pensarían al verlos a ella y a su abuelo, se preguntó qué harían los uniformados en caso de que algo grave llegara a suceder. ¿Aparecerían, intervendrían? ¿Creerían que es una elaboradísima broma o realmente se lo tomarían en serio?
En realidad no importaba. Eso no influía con lo que tenían que hacer, por lo que se puso manos a la obra.
Había distinguido la energía del inugami llamado Sesshomaru y con ello pudo notar varias cosas: era poderoso, claro que lo era. Probablemente al mismo nivel de los inugamis que ella conocía, y eso que sentía que su energía estaba siendo bloqueada. Eso debía ser obra de la barrera que lo mantenía en cautiverio: no sólo lo encerraba, sino que limitaba sus poderes. Siendo un inugami con el orgullo típico de su raza, eso habría sido un golpe doble para él.
Presentía su energía demoniaca y su elevado nivel de fuerza, presentía su intranquilidad, desasosiego y... ¿tristeza?
Un momento.
¿Era por obra del solsticio que podía darse cuenta de sus emociones o era que éstas eran así de fuertes como para ser percibidas con tal claridad?
No tuvo tiempo de meditarlo pues en ese momento el solsticio dio inicio. Lo supo por el súbito cambio de tono en el ambiente y la energía de un mundo que se escurría al otro y viceversa. Podía ver al demonio cada vez más nítidamente aún estando de su lado, con Rin aferrada a su mano viendo hacia la nada, ambos de pie y de frente al portal. Estaban hablando, pero no podía escucharlos.
Y por un momento tuvo la certeza de que el inugami la vio a los ojos, percatándose de que estaba ahí. Sus ojos dorados se le hicieron tan familiares que le dio un vuelco violento al corazón.
Pero eso no fue todo.
Otro poderoso youki hizo aparición, saliendo de la nada e interrumpiendo la conversación de la pareja súbitamente. Kagome no necesitó verlo para saber de quién se trataba, conocía esa presencia bastante bien. El malestar en su estómago se incrementó cuando escuchó muy claramente que el demonio llamado Sesshomaru lo llamaba padre.
―¿Su... padre...? ―musitó. Lo siguiente que sucedió fue tan rápido que apenas logró reaccionar a tiempo.
Ignorando las exclamaciones de sorpresa de los demás presentes al verla precipitarse hacia el portal. Sesshomaru empujó a Rin hacia él, apenas rasgando la superficie. Pero antes de que la muchacha pasara siquiera un dedo, el otro inugami se interpuso para evitarlo.
―¡No! ¿Qué está haciendo? ¡Suéltela! ―gritó al mismo tiempo que el demonio más joven era sacado de escena de un brutal golpe en el pecho.
―¿Qué está pasando, Kagome? ―preguntó angustiado su abuelo. Detrás de ella los padre de Rin la bombardeaban de preguntas casi a gritos, angustiados hasta el límite―. ¡Kagome! ¿Qué ocurre? ¿Qué estás viendo?
Pero la chica, en lugar de contestar y evitando el desliz de volver a revelar algo que pudiera alterar a los demás, prefirió apretar los labios para quedarse callada. Tenía que mantener las cosas bajo control, no quería que los padres o su abuelo sufrieran un ataque por lo que estaba viendo.
InuTaisho estaba llevándose a Rin, quien forcejeaba para liberarse de su agarre y llamaba a gritos a Sesshomaru.
Kagome se quedó helada cuando supo que el inugami la vio a los ojos con una expresión que jamás le había visto en todo el tiempo que llevaba conociéndolo. Era un tipo serio, severo y con un permanente aire de amargura que inundaba sus facciones maduras. Pero sabía que al mismo tiempo era sabio, amable y muy noble. No lo veía capaz de hacerle daño a ningún ser inocente.
Sin embargo por primera vez aquellos ojos dorados le regalaron una mirada letal, fría y contundente.
No intervengas, le ordenaba silente antes de desaparecer.
¡Y un demonio que no voy a intervenir!
―¡Abuelo! Empieza la ceremonia, voy a intentar cruzar.
―Pero Kagome, aún no está todo preparado...
―¡No importa ! ¡Tiene que ser ahora! Por favor ―agregó lanzándole una mirada de censura que lo instaba a cooperar lo más pronto posible. El anciano entendió que algo no estaba bien y puso manos a la obra, armándose de su báculo ceremonial de cascabeles y encendiendo rápidamente dos fuentes de un fuerte incienso.
―¿Qué está sucediendo? ¿Qué ocurre con Rin, dónde está? ―instó preocupado el padre de la chica.
―¿Qué estás viendo? ¿Pasó algo con nuestra hija?
―Las cosas acaban de complicarse ―les explicó tratando de ser lo más delicada posible dentro de lo que cabía―. Me temo que esto será más difícil de lo que creía.
―¿Eso qué significa? ¿No podrás traerla de vuelta?
―¿Ese monstruo no la dejará ir?
―El inugami no tiene nada que ver en esto ―espetó cortante, tratando de concentrarse.
―¿Entonces qué es lo que pasa?
―¿Dónde está Rin? ¿Está bien?
―¿Qué estás viendo?
―Señores Hashimoto, necesitamos que guarden sus distancias ahora ―pidió el abuelo con un tono tan serio que no parecía él mismo. El matrimonio comenzó a protestar diciendo que como padres estaban en su derecho de estar ahí para su hija. Kagome tomó una honda bocanada y posicionó una mano en forma de rezo en su pecho y extendió la otra hacia la brecha, iniciando un conjuro―. No le digo que se vayan de la casa, sólo que nos den espacio. Por favor, mi nieta necesita concentrarse.
Y justo cuando Yuriko volvía a reclamar nerviosa intuyendo que las cosas se salían de control, cerró la boca impactada al ver un tenue brillo de un rosa pálido extendiéndose por la palma de la muchacha. Ambos progenitores se quedaron mudos en lo que Kagome extendía sus dedos y alzaba el brazo sobre su cabeza mientras su abuelo daba rítmicos golpeteos con los cascabeles pronunciando un cántico que parecía un siseo grave.
―Retrocedan, por favor ―musitó Kagome en cuanto descendía la mano para abrir la brecha. Ésta vez los padres de Rin acataron al instante, con Hizashi tomando de los hombros a su esposa mientras ambos daba varios pasos hacia atrás.
Kagome avanzó y Yuriko tuvo que taparse la boca con una mano cuando vio que su brazo comenzaba a desaparecer.
Estaba cruzando frente a sus ojos.
...
―¡Sesshomaru! ¡Sesshomaru! ―no dejaba de gritar Rin mientras era trasladada a toda velocidad por el bosque. El inugami la sostenía con un brazo, doblándola de la cintura como si fuera un morral viejo que pegaba a su costado para que no se cayera. Le dio una sacudida cuando la chica intentó zafarse de nuevo, pataleando y gritando con todas sus fuerzas―. ¡Suélteme de una vez! ¡Sesshomaru!
Su voz y todo su cuerpo temblaban tanto por miedo como por rabia, por la impotencia que sentía al no poder siquiera significar la más triste de las peleas contra ese poderoso ser que ni siquiera daba muestras de interés ante sus forcejeos. La tormenta había comenzado, y pese a que para ella fuera bastante mala y cada copo de nieve se sintiera como un pequeño y helado proyectil, el demonio la atravesaba sin mayor problema; ni siquiera lo desestabilizaba la resistencia del viento, era como si no lo sintiera en absoluto.
La mente de Rin, saturada y a millón, zumbaba con funestos pensamientos sobre su destino, el de Sesshomaru y lo que estaba viendo con total horror. Sabía lo que venía. Iba a morir, no había duda. Aquel inugami la mataría para darle una lección a su hijo, para culminar su venganza después de haberlo mantenido encerrado por quinientos años.
Castañeando los dientes y respirando con fuerza a causa del pánico y la adrenalina, le dio un vistazo al hombre que la cargaba pasando por el bosque y la tormenta con una naturalidad impresionante. No la había mirado desde que abandonaron la mansión, y en lugar de estar acarreando con una persona que se retorcía para liberarse, parecía más bien estar cargando un saco de patatas que ni siquiera le pesaba.
Vio a su alrededor con la esperanza de encontrar algo que pudiera ayudarla, siendo recibida sólo por más bolitas de nieve y un feroz viento que casi la cegaba. Si tan sólo no hubiera pasado aquello en invierno, Ah-Un habría intervenido. Quizás él...
No. Tachó ese pensamiento inmediatamente.
De haberse metido para ayudarla, el pobre dragón habría terminado muerto en un abrir y cerrar de ojos. Le aterraba lo que fuera a ser de ella, pero aún así no quería comprometer la vida del animal. Era mejor que no se enterara, que no hiciera nada. Así al menos él podría sobrevivir.
Y Sesshomaru... Santo cielo, aquel golpe había sido muy fuerte, ¿lo habría dejado inconsciente, lo habría dejado malherido? ¿Lo habría matado?
Claro que no, rectificó horrorizada. ¿Qué sentido tendría matarlo antes de cumplir su venganza? De estar él muerto su padre no tendría razones para matarla a ella... o eso suponía.
Sesshomaru... sus padres, sus amigos... todo estaba a punto de desaparecer.
Cerró los ojos con fuerza para no llorar, apretando los dientes aún sin dejar de forcejear. Era agotador gritar, pelear contra un hombre que parecía estar hecho de roca y al mismo tiempo soportar los golpes de la tormenta helada sobre la piel. Sentía la garganta rasposa y el cuerpo entumecido.
Se acercaba su fin... y no había nada que pudiera hacer para evitarlo.
Pero los rostros de sus seres queridos pasándole por la mente le hicieron abrir los ojos de golpe. Una descarga de adrenalina la sacó de su transe y la obligó a centrarse. No. No podía morir, no lo haría sin prestar una buena lucha aún si era lo último que hacía. No podía resignarse a formar parte de un plan de venganza, ¡no lo aceptaría nunca!
Puso especial atención a su entorno y se percató que el demonio estaba atravesando un área repleta de árboles jóvenes bastante cerca los unos de los otros. Puso su cuerpo laxo, relajando los músculos y pretendiendo estar lo bastante cansada como para seguir prestando resistencia. No sabía si aquel ser le estaba prestando atención, pero también cesó sus gritos que se perdían con el rugir del viento.
Permaneció inmóvil, temblando como una hoja a merced de la más mísera brisa por un par de minutos, cruzando los dedos mentalmente para que funcionara. Tomó una seca bocanada cuando notó que el fiero agarre disminuía un poco su fuerza, creyendo tal vez que había quedado inconsciente. Y en el momento más repentino, Rin estiró ambos brazos y se aferró al tronco de un abeto, torciéndose y haciendo uso de sus músculos superiores y abdominales para deslizarse de él.
El demonio se detuvo en lo que ella caía al suelo y se ponía en pie trabajosamente. Las piernas le temblaban sin control, pero aún así no perdió tiempo y se impulsó hacia arriba, preparándose para correr sin siquiera mirar atrás.
Apenas pudo dar dos o tres pasos dificultosos en la nieve cuando cayó de rodillas presa del nuevo agarre en el cuello de su kimono. Era tan fuerte que casi la asfixiaba, pero eso no fue impedimento para que volviera a forcejear. No tenía idea de dónde sacaba la fortaleza para seguir luchando, pero eso era lo que menos le importaba ahora. Estaba peleando por su vida y las preguntas no tenían lugar.
―¿De verdad crees que puedes contra mí? ―le escuchó decir alto y claro, con una voz atronadora que rivalizaba los aullidos del viento.
―¡Sesshomaru! ¡Sesshomaru, estoy por aquí! ―gritó ella con la esperanza de verlo salir entre la blancura de los copos de nieve, ignorando el hecho de que las palabras y la voz de aquel hombre le habían puesto la piel de gallina mucho peor que el mismo frío del ambiente.
―Terca y obstinada ―la levantó del cuello de la ropa sin problema alguno, alzándola unos centímetros sobre el suelo antes de permitirle que se mantuviera de pie por sí misma. Debilitó la opresión lo suficiente para que Rin pudiera librarse de él y avanzar hasta una distancia prudencial―. Si corres te atraparé y noquearé. Quédate ahí si no quieres que te lastime.
Sus entrañas se retorcieron y la cabeza le dio vueltas. Ese tipo tenía una manera de hablar que le recordaba ligeramente a Sesshomaru, pero no del todo. Para empezar, su inugami era frío y distante, pero al mismo tiempo podía ver a través de él y sus intenciones de intimidarla. Sabía la bondad que había debajo de su frialdad, sabía que por más que lo hiciera enojar nunca le haría daño.
Con este otro demonio... era totalmente al contrario. Sabía que no dudaría en cumplir sus palabras si hacía un movimiento en falso. No era una advertencia, era una promesa.
Se dio la vuelta para encararlo lentamente, manteniendo la cabeza en alto sin bajar la mirada. Estaba asustada pero eso no la haría cobarde.
―¿Y por qué no me mata de una sola vez? Ya me tiene aquí, ya quitó a Sesshomaru del camino. ¿Qué es lo que espera?
―A él ―le contestó frío y directo, afilando la mirada dorada tan parecida y tan diferente a la de su hijo que escondía calidez debajo de una capa de hielo. Viendo a ese ser a los ojos no veía nada más que su deseo de conseguir su venganza. Había estado en la mira de tantos demonios, en algunos casos más cerca que lejos, que podía identificar cuando era la presa a la perfección. El impulso, la intención animal de cazarla y matarla. Sólo que ahora estaba ante una criatura mucho más poderosa y astuta, una que no cometería los errores que habían llevado al otro mundo a los demás youkais.
Oh, no, claro que no. Él tenía planes muy distintos que todos ellos.
―Así que pretende que Sesshomaru lo vea matándome.
―Captas rápido ―ironizó seriamente.
―No ganará nada con esto ―le dijo tan alto como era capaz, demostrando un coraje que salía a borbotones de su boca presa de la adrenalina―. Nada de lo que me haga a mí podrá traer de vuelta a la joven Izayoi.
Por primera vez desde que lo vio distinguió un minúsculo atisbo de desbalance en su estoico rostro al escuchar el nombre de su esposa muerta. Un pequeño rastro de emoción que fue rápidamente suprimida y reemplazada con su cara que parecía estar tallada en piedra.
―Sabes lo que Sesshomaru hizo con ella y con mi hijo ―se fijó él. No era una pregunta.
―Lo vi ―afirmó ella. Quizás si hablaba con él podría hacerlo entrar en razón. Tenía una oportunidad y no era tan tonta como para no tomarla―. Estuvo mal y no tiene perdón. Pero usted más que nadie debería saber que la violencia no solucionará nada. Lo que está hecho no puede cambiarse.
―¿Ah, sí? ¿Y qué sugieres que haga, pequeña humana?
―Perdonar ―instó intentando hacerlo comprender―. Han pasado quinientos años. No justifico ni defiendo lo que Sesshomaru ha hecho, pero... esta no es la forma de solucionar las cosas.
―¿Solucionar? ―espetó duramente, avanzando con un paso largo que hizo que Rin retrocediera por mera inercia―. ¿Quién ha dicho que quiero solucionar lo que ha pasado?
―Debería hacerlo. Él es su hijo, y si usted no acabó con su vida en ese momento es porque le dio la oportunidad de redimirse. Él lo hizo, lo sé. Es hora de poner esta disputa a un lado, señor. No le hará bien a ninguno que la violencia continúe.
―Eso sólo lo dices para salvar tu vida.
―Mi vida no es la única que quiero salvar ―le dijo frunciendo el entrecejo. Ya veía de dónde había sacado Sesshomaru su carácter―. Sesshomaru ya ha sido castigado lo suficiente.
―Jamás será suficiente. No hasta que ese mocoso sepa ―se le acercó hasta estar a un par de palmos, tomándola de nuevo del brazo. La tormenta continuaba, pero por alguna razón no la sentía con la misma intensidad de antes. Era como si la discusión que mantenía con el demonio la opacara, como si se hubiera creado una especie de barrera que la apartaba de su camino. De haber tenido el tiempo y la cabeza para razonar en esas cosas habría barajeado la teoría de que el hombre la repeliera con su propia energía. Sus ojos amarillos se afilaron, resplandeciendo peligrosamente ante los nuevos intentos de Rin de librarse de él―. ¿Dices que se ha redimido? Bien. Es gracias a ti que sabrá lo que hizo. Y nunca lo olvidará.
―¿Y cree que es lo que la señora Izayoi hubiera querido? ¿Verlo perderse en su rencor? ―devolvió sin intimidarse.
―¿Qué podrías saber tú sobre lo que ella quería? ¿Acaso la conociste, acaso sabes lo que pudo haber pensado? ―siseó gravemente―. No hables de ella con semejante soltura en mi presencia.
―No, no la conocí. Pero usted sí. Piénselo, ¿qué diría si lo ve hacerme lo que Sesshomaru le hizo a ella? ―continuó sin poder contener su coraje, no le era posible retener la lengua.
―Se alegraría de que al menos tú no tuvieras un hijo que perder ―contestó áspero. Rin lo vio escandalizada por los límites a los que estaba dispuesto a llegar.
―¿Sería capaz de matar a un niño inocente si así fuera? ¿Se rebajaría a ese nivel?
―La sangre con sangre se paga, niña, nunca lo olvides. Pero... supongo que contigo será suficiente.
―¡No se atreva! ―intentó empujarlo con todas sus fuerzas, pero no había nada que pudiera hacer contra el brazo que la asía como si fuera de piedra. Rápidamente la tiró hacia él haciéndola inclinarse, y antes de que pudiera siquiera prever lo que estaba haciendo, su enorme mano armada de garras se cerró alrededor de su cuello. Rin comenzó a gemir presa del pánico cuando la alzó en el aire unos centímetros hasta dejarla a su mismo nivel. En ningún momento dejó de examinarla con los ojos entrecerrados bajo las cejas fruncidas.
La chica se aferró a esa mano, rasguñándola e intentando golpearlo sin éxito alguno. Comenzaba a marearse rápidamente, y ni siquiera se dio cuenda de cuando las primeras lágrimas bajaron a la carrera por sus frías mejillas.
―Suéltala ―interrumpió una voz atronadora en medio del bosque.
―¡S-Sesshomaru...! ―apenas pudo girar la cara hacia él para verlo por el rabillo del ojo. El inugami estaba parado a un par de metros de ellos, fulminando a su padre con la mirada enrojecida. El vaho de su aliento se escurría a grandes bocanadas entre sus colmillos sobrecrecidos y de su labio inferior se colaba un hilo de sangre que se perdía bajo su barbilla y entre su ropa. El golpe había sido lo suficientemente fuerte como para lastimarlo internamente y demorar su llegada.
Pero ahí estaba. En su vida Rin había sentido tanto alivio y terror al mismo tiempo.
―Déjala ir ―exigió de nuevo.
―¿Y por qué haría eso?
―Si venganza es lo que quieres, aquí me tienes. Ella no tiene nada que ver.
―Esta humana tiene todo que ver ―contradijo cortante―. ¿No fue a causa de una humana que acabaste detrás de los muros de la mansión? ¿O es que tienes tan mala memoria? Quizás debería refrescártela un poco.
Rin gimió entrecortadamente cuando el agarre en su cuello se apretó. Su vista empezaba a nublarse y el mareo se acrecentó.
Sesshomaru gruñó con fuerza y arremetió contra su padre como un toro embravecido. Sólo para encontrarse con los chasquidos de la barrera impidiéndole el paso y haciéndolo retroceder. El otro inugami apenas frunció el entrecejo ante la desesperación de su hijo.
El joven volvió a embestir el campo de energía, pero esta vez resistió la repulsión y se mantuvo firme, dándole puñetazos una y otra vez sin dejar de gruñir. Estallidos de electricidad saltaban por el aire, destrozando la piel de sus nudillos y brazos hasta dejarlos al rojo vivo.
Su sangre goteaba creando una amplia mancha en la nieve.
Rin, debilitada por la falta de aire, atinó a alzar un brazo en su dirección intentando alcanzarlo. Quería decirle que se detuviera, que sólo conseguiría hacerse más daño e incluso podría llegar a perder las manos. Pero le era imposible pasar casi ninguna palabra por su garganta magullada.
Cada vez le costaba más mantener los ojos abiertos, pero hacía el esfuerzo de no quitarlos de su figura.
―Sesshomaru... ―musitó con un hilillo de voz captando su atención. Sus ojos, ahora totalmente rojos se abrieron en su totalidad y por primera vez consiguió distinguir un claro rastro de consternación en ellos, que siempre habían sido serenos y calmados.
―¡SUÉLTALA AHORA MISMO! ―rugió haciendo fuerza contra la barrera. Sus mangas estaban destrozadas y sus brazos comenzaron a ganar quemaduras bastante serias. El impacto de sus golpes consiguieron salpicar de sangre su rostro arrugado en la más pura ira.
El padre, que se había quedado totalmente sosegado ante la creciente rabia de su hijo, alzó su barbilla y le dedicó la mirada más fría en su haber. Rin no dejaba de ver a Sesshomaru con esfuerzo, mientras él variaba sus ojos entre ella y su padre, con la boca abierta enseñando sus enormes colmillos.
El hombre mayor se permitió un segundo de pausa que empleó para examinar a su primogénito. Alzó un poco más a Rin en el aire y cerró el agarre de su cuello.
―No.
―¡RIN!
Un crujido bajo pero evidente para los oídos sobrenaturales ―y los propios de Rin― fue lo único que se escuchó entonces, y con un último agudo aliento, su cabeza cayó a un lado mientras su cuerpo perdía todo vestigio de fuerzas. El brazo que se estiraba hacia Sesshomaru se derrumbó y guindó inerte como si fuera de trapo.
El demonio más joven detuvo todos sus movimientos, inclusive su respiración, y vio la figura laxa de su compañera caer cuando la presión que la mantenía elevada se desvaneció. Se desmoronó en la nieve con un sonido sordo y no se movió más.
Al igual que ella, el cuerpo del inugami perdió fuerzas cuando supo que no volvería a levantarse.
Rin estaba muerta.
Había muerto por su culpa... no había podido salvarla.
Rin...
Su largo cabello negro sobresalía entre la blancura de la densa capa de nieve que acolchaba el suelo del bosque, y algunos mechones se mecieron al compás de un viento que había disminuido su poder significativamente. Vio su mano sobresalir, como si aún intentara alcanzarlo aún después de perder la vida.
Rin...
Casi no podía ver su rostro, ahora pálido y privado de cualquier vestigio de color. No podía escuchar su voz, ni siquiera los latidos de su corazón.
La había perdido. De verdad la había perdido.
Sintió las piernas débiles y una opresión brutal en el pecho, peor que cualquier golpe que hubiera recibido en toda su vida. No podía pensar, no podía hacer nada más que ver el cadáver de aquella humana... el único que realmente le había importado más que sí mismo alguna vez.
Se inclinó hacia adelante al perder firmeza en sus piernas, pero en lugar de chocarse contra la barrera, nada impidió que pasara un límite que le había sido imposible cruzar en décadas.
Como si se tratara de una enorme cúpula de vidrio, el campo de energía fue ganando grietas que no tardaron en extenderse, ampliando su extensión hasta que no quedara ni un sólo espacio sin desquebrajar. Y justo cuando Sesshomaru se meció por inercia hacia el frente, todo se deshizo de un solo golpe.
La barrera que lo había encerrado durante tantos años al fin se había roto, y con ella el fuerte límite que tenía impuesto sobre su propia fuerza desapareció también.
Sintió su youki retornar a la normalidad, abrumándolo ante semejante poder que recorría sus venas y afinaba sus sentidos hasta el último extremo. El verdadero poder de demonio estaba de vuelta en un cuerpo que se había acostumbrado a su ausencia durante siglos.
Aquella descarga de energía repentina nubló su mente por un instante, como si el torrente de una poderosa cascada se le viniera encima intentando aplastarlo. Pero no lo haría, él era mucho más resistente que eso, y era el dueño de aquel poder que antes había perdido. Se mantuvo firme, asimilando el youki renovado que lo invadía debajo de la piel.
Alzó la mirada roja sobre su padre en un movimiento vertiginoso. Sus colmillos estaban más grandes en conjunto a su mandíbula más alargada en forma de feroces fauces. Las garras duplicaron su tamaño y grosor, asemejándose a afiladas dagas que salían de unas manos cuyas venas se marcaban notoriamente.
Sin esperar un segundo más, el demonio dio un fuerte salto hacia él preparando un golpe de garras que el hombre mayor pudo esquivar retrocediendo con una hábil pirueta. Hacía tanto tiempo que Sesshomaru no sentía aquella energía que no podía controlarla por completo.
No. Podía controlarla perfectamente. Sólo que no lo haría esta vez. No se mediría, no buscaría aplacar sus instintos de pelea y destrucción. Era hora de dejarlos ser tal y como eran... sobre el sujeto que alguna vez llamó padre.
Lo vio detenerse unos cuantos metros a lo lejos, observándolo con total tranquilidad. Gruñó sonoramente, ansioso por destrozar su rostro a golpes.
Pero antes de hacerlo, el cuerpo inerte de Rin le hizo detenerse súbitamente. Dándole una rápida mirada de advertencia a su padre, se arrodilló a su lado y la tomó en brazos, apenas alzándola lo suficiente como para descansar su cabeza en la estola, reproduciendo sin notarlo la misma escena que su padre había vivido al encontrar a su propia esposa sin vida en el suelo.
Sus garras monstruosas acariciaron su rostro con el mayor cuidado posible, encontrándolo helado y carente de pulso.
―Rin... despierta ―se negó a creer que estaba muerta. No podía ser posible―. Levántate. Rin.
―Es interesante, ¿no lo crees? ―se aproximó silenciosamente su padre―. La manera en la que sientes que tu corazón se rompe y todo a tu alrededor se destruye con él. Sé perfectamente cómo es eso gracias a ti. Sólo te he devuelto el favor.
―Ella no tenía que morir.
―Izayoi tampoco. Tú mismo te lo has buscado. Agradéceme que no he esperado a que te diera un cachorro para matarlo con ella. Eran tus intenciones, ¿no es así? ―continuó gravemente, rodeándolo a una distancia prudencial mientras su hijo apretaba el cadáver contra su pecho sin quitarle la mirada de encima―. Si has llegado hasta estos extremos habrías cedido a formar una familia con ella. Sólo imagínalo. Tu propia descendencia de híbridos... de deshonras a la sangre, como los llamabas. ¿Habrías sido feliz, Sesshomaru, sabiendo que concebiste mestizos con esta humana?
―Eres un...
―Claro que lo habrías sido. La amabas ―aseguró él, deteniendo su andar. El demonio más joven depositó cuidadosamente el cuerpo en el suelo, envolviéndolo en la estola para protegerla del frío. Rin adoraba el calor que aquella piel desprendía y era algo que no le quitaría... aunque ya no lo necesitara―. Y ahora sabes por qué permaneciste encerrado todo este tiempo.
Sesshomaru se levantó lentamente sin apartar los ojos rojos de la figura inerte de Rin. Su cabello largo y blanco se mecía al compás de un viento que súbitamente cambió de dirección, tornándose mucho más violento que antes.
InuTaisho lo escuchó entonces.
Un potente latido que provenía de su hijo mientras ascendía y respiraba muy hondamente. Las franjas en sus mejillas se alargaron y distorsionaron, tornándose más rojas que antes.
Otro palpitar.
Sesshomaru volvió el rostro hacia él. Su mandíbula se desfiguró hasta alargarse y formar un inhumano hocico repleto de filosos dientes, de los cuales se escurría el vaho denso de su aliento.
Un último palpitar, más fuerte que antes.
Ahora pequeños rastros de relámpagos de un azul pálido rodeaban su cuerpo mientras giraba hacia él, dándole la espalda al cadáver de la mujer. Su cabello se agitó violentamente, elevándose en la espiral que su energía demoniaca creaba. La nieve, ramas, rocas y hojas secas se sumaron al torbellino del cual él era su centro.
InuTaisho se inclinó hacia adelante, preparado.
Y Sesshomaru saltó cual animal que era, cual animal en el que se convertía.
La figura monstruosa de Yako apareció en el lugar del inugami más joven, abriendo las fauces en dirección de su padre. El hombre arrugó el entrecejo y dio por iniciada la contienda.
...
Kagome se mantuvo firme mientras intentó dar otro paso adelante, pero le fue imposible avanzar un solo centímetro más.
―¡Kagome! ―se angustió su abuelo al verla ser repelida, tal y como si hubiera sido empujada violentamente. La muchacha se mantuvo en pie con los brazos doblados hacia su rostro, protegiéndose.
―No te preocupes por mí, estoy bien ―le dijo con algo de dificultad. Con el inugami fuera de su campo de visión jamás creyó que encontraría resistencia para cruzar. Claramente se había equivocado.
―¿Qué sucede? ¿Por qué no cruzas?
―No estoy segura, pero hay algo que me lo impide.
―¿A qué te refieres con eso? ¿Es el monstruo? ―intervino la señora Hashimoto preocupada.
―Mantenga la distancia, por favor ―le recordó esforzadamente, enderezando la espada y preparada para intentarlo de nuevo―. No sé de qué se trata, pero no me está dejando traspasar. No se trata del inugami, no está ahí.
―¿Qué dices? ¿Entonces dónde está? ¿Dónde está Rin? ―avanzó el esposo, tomando a su mujer de los hombros para evitar que intercediera con el ritual.
―Estaba aquí hace un momento, la vi. La vi con el inugami llamado Sesshomaru.
Ambos padres contuvieron el aliento sonoramente y la miraron estupefactos. Yuriko se llevó una mano a la boca y Hizashi bajó la mirada con temor.
―¿Y dónde están ahora? ―preguntó con la voz temblorosa.
―No lo sé. Hay algo que me impide ver qué sucede del otro lado.
―¿El inugami?
―No, no es él. No siento su energía, es como si se hubiera esfumado. Lo intentaré de nuevo. Quédense atrás, por favor ―dio un paso al frente, colocando las manos en posición y respirando profundamente. Veía la brecha, o al menos donde se supone que se había abierto unos minutos atrás.
Ahora sólo se encontraba con un bloqueo de frente, como un muro enorme que le impedía siquiera rasgar su superficie.
Tengo que hacelo. Si él está aquí... ―pensó en InuTaisho, no podía quitarse aquella gélida mirada de advertencia de la cabeza, ni mucho menos el modo tan violento con el que había quitado del medio a Sesshomaru―, debe haber una razón para esto. Él me lo está impidiendo... ¿pero cómo? Tampoco está aquí, su energía junto la de Rin y el otro inugami desapareció. Sólo queda este muro y...
Cuando comenzó a traspasar la barrera hasta donde le era posible, percibió la presencia de una cuarta persona.
Justo entonces se vio repelida de nuevo.
Bien, ahora sabía que había alguien moviendo los hilos para que no interviniera. Se trataba de otro inugami, estaba segura, y de uno que no conocía.
Frunció el ceño decidida y alzó las manos otra vez. No se daría por vencida tan fácilmente.
De nuevo.
Pero nada. Todos sus esfuerzos eran inútiles.
Retrocedió al no poder combatir aquella energía, rehusándose a utilizar el poder de la perla de Shikon para hacerlo. No podía abusar de ella, no podía arriesgarse a ser consumida como bien le habían explicado. Apenas se permitía disponer de una fracción de ella, y aquel era un límite que no se atrevía a cruzar.
La perla puede consumirte, envenenar tu mente y utilizar tu cuerpo para sus propios fines. En su interior sucede una batalla eterna, y el mal siempre está a punto de ganar. Como su nueva dueña, depende de ti hacer un uso correcto de ella para que esto no ocurra. Un pequeño desliz, un mal uso de su energía y estarás perdida. Recuérdalo siempre.
Tendré que romper un poco esa regla esta vez, notó pasmada. Era la única manera. Sólo podría sobrepasar ese poder que bloqueaba su paso con el de la perla, de otro modo terminaría agotándose y fallando en su misión. Y no podía permitirse eso, más aún si InuTaisho planeaba hacer lo que tenía imaginado que haría.
Cerró los ojos y se concentró, cambiando de posición las manos lentamente para juntar las yemas de los dedos formando un triángulo en el centro de su pecho. Enfocó todas sus fuerzas, toda su energía espiritual propia y respiró hondamente, permitiendo que el poder de la perla inundara sus sentidos poco a poco. Era sumamente abrumador sentirse con semejante capacidad recorriéndola de la cabeza a los pies. Siempre y cuando purificara cada tramo de sí no se suponía que tendría problemas y podría mantener el mal de la joya a raya. Al menos el tiempo suficiente para llevar a cabo su cometido.
Las personas que la acompañaran ahogaron un respingo de asombro al ver cómo de su piel emanaba un resplandor rosado pálido y su cabello se removía al compás de una brisa imperceptible.
Puedo hacer esto, se aseguró. Estaba mucho más tranquila de lo que había esperado para ser la primera vez que utilizaba la perla de esa manera. Nunca había sentido la lucha interna que se llevaba a cabo en ella, no tanto como lo hacía en ese momento. Pero estaba en paz. Sabía que podía controlarlo.
―¡Kagome...!
La voz de su abuelo sonaba lejana, como un murmullo que se lleva el viento. No pudo decirle que estaba bien y que no se preocupara por ella, todo lo que pudo hacer fue avanzar, empujando la barrera con una facilidad mucho mayor. Ésta vez sí consiguió cruzar por completo, dejando los alaridos de asombro súbitamente atrás.
Y cuando lo hizo, descubrió quién estaba detrás del bloqueo.
―Vaya... no imaginé que alguien pudiera deshacerse de mis esfuerzos de esa manera. Y más tratándose de un ser humano ―habló la fría voz de una mujer.
Ahí, parada frente a ella, se encontraba una dama demonio de largo cabello blanco atado en dos coletas, ojos dorados y rostro fino. Sus facciones, más las franjas en su mejilla y su aura en sí no dejaban en duda de que se trataba de un inugami. La observaba gélidamente, como quien le dedica una mirada de desprecio a un insecto antes de aplastarlo en su caminar.
―¿Quién eres, humana? ¿De dónde emana ese poder que te ha permitido superar mi barrera?
―No importa quién sea yo. He venido a buscar a la humana llamada Rin. ¿Dónde está?
―Oh, qué directa. Ni siquiera has respondido mis preguntas, veo que tienes prisa ―contestó fingiéndose ofendida con una pequeña sonrisa altanera―. ¿Buscas a esa mujer humana? Mh... quizás pueda decirte algo si me respondes primero. Es cortesía común, ¿no te parece? Ahora, dime quién eres si no quieres que te recuerde tu lugar de la peor manera posible, mujer.
Sus facciones se mantenían ecuánimes y su tono era suave pero firme, como si no creyera necesario alzar la voz para dirigirse a ella. A Kagome le dio muy mala espina pues tenía la impresión de que, pese a su aristocrática apariencia, aquella mujer era mucho más poderosa de lo que podía imaginarse.
―Mi nombre es Kagome Higurashi, soy una sacerdotisa que sucede tener experiencia lidiando con criaturas de este mundo como usted ―contestó desafiante sin dar el brazo a torcer. La dama torció ligeramente la boca en una mueca divertida.
―Tienes carácter, te concedo eso. Pocos son los que osan dirigirse a mí de esa manera ―espetó con una fría risita. Parecía de lo más divertida con la situación a diferencia de Kagome, que se mantenía alerta con los músculos tensados, lista para moverse―. ¿Te llamas Kagome, dices? Tengo la impresión de haber escuchado ese nombre antes, aunque nunca te había visto a ti. ¿Nos conocemos, acaso?
―Creo que recordaría haber conocido a alguien como usted, señora ―dijo ella sin bajar la guardia pese a que aparentaba tenerlo todo bajo control―. ¿A quién me dirijo, si tengo la libertad de preguntar?
―Oh, ¿dónde están mis modales? Qué descortés ―farfulló dramáticamente haciendo un movimiento con la mano―. Mi nombre es Irasue, del clan de la Luna Creciente.
―¿Y de dónde conoce al señor InuTaisho? Él estuvo aquí, vi como golpeó al otro inugami.
―El otro inugami del que hablas se trata de nuestro hijo en común. Mi antiguo compañero salió a enseñarle una lección a ese muchacho altanero, por lo que estoy aquí cuidando la brecha mientras tanto. Pero eso es lo de menos. ¿Cómo lo conoces tú? ¿Acaso su fascinación por los seres humanos se ha repetido contigo, tal vez?
Kagome la vio extrañada por ese comentario. ¿Pero de qué está hablando? ¿Es su antigua compañera y la madre de Sesshomaru? Esto no puede ser bueno...
Pero antes de que pudiera abrir la boca para formular alguna pregunta, el rostro de la dama cambió al captar algún sonido lejano que ella no podía escuchar. Se mantuvo atenta a él por unos instantes para después alzar las cejas con interés.
―Ya está hecho ―asintió pensativa―. Sesshomaru ha aprendido su lección.
―¿Qué quiere decir con eso?
―Quiero decir que mi hijo cumplió con la tarea que le encomendó su padre. InuTaisho quería que comprendiera su sufrimiento y es lo que ha hecho. Con esto, la barrera se ha roto y es libre del sortilegio que lo ataba a esa mansión. Qué interesante, honestamente no creí que lo conseguiría ―agregó más para sí misma, reflexiva.
―¿Eso qué significa? ¿Dónde está Rin?
―Oh, sí. Esa humana ―reparó en su presencia una vez más y la miró directamente a los ojos con frialdad. A Kagome no le gustó para nada la manera en la que estaba hablando―. Vas a tener que regresar con las manos vacías, me temo.
―¿Qué? ―musitó intuyendo lo peor. La dama bajó un poco la cabeza sin quitarle la mirada de encima y volvió a sonreír con falsa dulzura.
―Mi hijo debía aprender de alguna manera, ¿no? Y ella era el medio para lograrlo.
Kagome sintió que se tambaleaba hacia atrás, pero se mantuvo firme y apretó los puños. Tenía que controlarse, no podía permitir que la energía negativa de la perla se hiciera con su voluntad. Un solo desliz y podría significar su fin.
―Es decir que Rin está...
―Quién sabe. Es una lástima que no pueda ver el rostro de mi hijo lleno de dolor, tenía tanta curiosidad... Es tan serio que me gustaría ver qué clase de expresión tiene. Pero su energía desbocada y esta estúpida tormenta interfieren con la Piedra Meido, así que creo que nunca lo sabré ―suspiró dramática haciendo un puchero ligero. La sacerdotisa no tenía ni idea de lo que hablaba, pero eso era lo de menos. Rin... ¿esa niña de las fotografías había muerto?
―Ella no puede... sus padres están esperándola, necesito traerla de vuelta ―musitó anonadada. Jamás había barajeado la posibilidad de que aquella chica perdiera la vida. De todo lo que había imaginado, de todos los problemas con los que había contado para ese día nunca creyó que ese fuera posible.
―Se puede recuperar el cadáver, supongo ―la dama se encogió de hombros sin interés.
―Debe haber una forma... ella debe estar bien. ¿Qué le diré a sus padres? Cuentan conmigo y yo...
―Deja de balbucear. ¿Qué importancia tiene un humano menos o uno más? ―roló los ojos con fastidio. Kagome le dedicó una mirada de incomprensión ante su frialdad y desentendimiento. Ella no conocía a esa chica Rin de nada, pero se sentía bastante mal y comprometida a hacer algo por ella. Maldición, le habían pedido ayuda precisamente para eso, no podía fallarle a sus padres.
Ignorando a la mujer como si ni siquiera existiera, comenzó a moverse para salir de la mansión. La tormenta arreciaba con fuerza y sentía el choque de dos poderosas energías demoniacas en el bosque. Una era del señor InuTaisho y la otra debía pertenecer a Sesshomaru, ambos enardecidos en una lucha sin cuartel. Pero aún así debía intentar llegar hasta Rin, se negaba a creer que todo estaba perdido.
―¿Pretendes salir por tu cuenta? ―cuestionó la demonio sin demasiado interés. Sabiendo que no tenía sentido agotar su tiempo con ella, volvió a ignorarla y le pasó por al lado sin dedicarle ni una mirada. Tenía cosas más importantes de las que preocuparse―. No puedo permitírtelo, humana. Nadie debe intervenir.
Kagome se escandalizó ante el súbito ataque. Un látigo de luz amarillo había impactado unos centímetros de su pie izquierdo, destrozando el suelo y dejando un agujero con marcas de quemaduras en la madera. No desgastó un segundo en asustarse y le dirigió una esfera de energía que pudo ser fácilmente esquivada.
Se tornó por completo para encararla y se colocó en posición de pelea. No era la mejor en combate cuerpo a cuerpo, pero no tenía mayor opción. Respiró profundo mientras tomaba la energía de la perla y con ella, cruzó los brazos a la altura de su rostro al mismo tiempo que corría hacia la demonio. Intuyendo que la esquivaría, y siguiendo los consejos de su esposo cuando le había enseñado lo básico, se fijó en la posición de su cuerpo, la ligera inclinación que formaba y tomó la misma dirección mientras separaba los brazos creando una línea de repulsión. La demonio no tuvo tiempo de eludirla y, sorprendida, apenas atinó a bloquear el ataque que iba directo a su cara.
Kagome aprovechó la distracción y el ligero tambaleo de la dama y se lanzó derrapando a su costado, creando una nueva banda de energía hacia sus piernas. Con algo de suerte la haría caer y lograría noquearla el tiempo suficiente para escapar.
Pero no.
Irasue dio un hábil salto justo a tiempo, aterrizando justo detrás de ella. La sacerdotisa, en desventaja por aún estar en el suelo por su derrape, no tuvo tiempo de apartarse cuando un nuevo látigo de luz casi le impactó en la frente. De no haber tenido los reflejos bien acostumbrados a los ataques sorpresa, seguramente estaría muerta en ese mismo momento.
La barrera que creó con ambos brazos impidió que el látigo la tocara, pero no escapó de la fuerza del impacto que la empujó quebrando el suelo. Varias astillas se clavaron en su grueso abrigo de invierno, pero estaba tan concentrada en mantenerse en control que ni siquiera tuvo tiempo de reparar en tal pequeñez.
―Eres una humana muy peculiar ―habló entonces la dama al aterrizar limpiamente a su lado. Tenía la garra apuntándola a la nariz, ladeando la cabeza mientras la examinaba con los ojos entrecerrados―, pero por más que me entretengas esto no puede continuar. Si te marchas ahora, puede que no te ataque por la espalda. Aprovecha mi benevolencia antes de que me arrepienta de darte esta oportunidad.
―¡No iré a ningún lado sin Rin y sin hablar con el señor InuTaisho! ―le espetó, reuniendo energía para usarla en su contra. Si la hacía retroceder lo suficiente tendría espacio para levantarse y recuperar algo de terreno. La voz de su esposo en su cabeza repetía las incontables lecciones y consejos que le había dado a lo largo de los años. Busca un punto ciego, mantén distancia, ataca su base, busca puntos de quiebre como codos y rodillas, hazle perder el equilibrio... cada uno viajaba a toda velocidad formando una estrategia para derrotarla. Y si no la derrotaba, al menos ganaría tiempo. Era todo lo que necesitaba.
―Me parece que no tienes opción ―contestó aburrida rolando los ojos cuando la humana hizo un rápido movimiento y salió de agujero de un salto. Pero antes de que pudiera prepararse para atacarla, Irasue sacudió su mano y la tomó con su látigo por un tobillo―. Continúa ignorando mis advertencias y perderás el pie. Tu elección.
En lugar de contestar, Kagome reunió todo su poder en las palmas de las manos para un nuevo ataque. No necesitaba moverse para dispararle.
―Terca como una mula ―musitó la demonio, inclinándose levemente para continuar la pelea―. Tú lo pediste.
...
―Hey, niña, despierta.
¿Quién...?
―Te estoy hablando, no finjas estar muerta.
¿Quién es?
―O tal vez sí esté muerta después de todo.
―No, joven amo. Continúa con vida. Aún no recupera el conocimiento.
El par de voces sonaba distante y amortiguado por los aullidos del viento. Apenas comprendía lo que decían y no tenía idea de si estaban hablando entre ellos o si se dirigían a ella. No tenía conocimiento de nada más que no fuera el terrible frío que sentía en su cuerpo entumecido, pesado como una roca.
Tanteó la superficie de la nieve bajo su mano, arrastrando los dedos para formar un puño débil. Entreabrió la boca y sintió el sabor de la sangre en sus labios; sangre mezclada con los copos de nieve que caían sin cesar sobre ella. Su otra mano también se movió, pues su cuerpo parecía comenzar a despertar de un larguísimo letargo y se topó con algo diferente a la helada sustancia.
Algo cálido y suave.
El sólo saber que había algo que la protegía de la crudeza del clima pareció despertarla un poco más y regalarle algo de calor a sus extremidades adormiladas. Apretó aquella capa peluda entre los dedos, acariciándola con el pulgar aún bastante aturdida intentando formar algún pensamiento coherente.
Su puño se cerró en esta piel y todo volvió a ella con el chasquido de un látigo.
Intentó ponerse en pie dando un fuerte respingo, pero estaba tan adolorida que sólo consiguió acrecentar su mareo hasta el punto de querer vomitar. Tosió un poco y se arrepintió horriblemente de haberlo hecho, pues sentía la garganta hecha trizas.
Dio amplias bocanadas quebradas ante el agudo dolor de su cuello tras haber sido estrangulada. Jamás creyó que fuera posible sentir tanto miedo en toda su vida, ni tampoco tal cantidad de dolor arrollador. ¿Cómo continuaba con vida? Ese demonio le había roto el cuello, debería estar...
―¿Qué...? ―su voz apenas sonaba como un siseo entre sus labios. Tenía las cuerdas bocales tan maltratadas que hablar le suponía un suplicio.
Sesshomaru... ¿Dónde estaba Sesshomaru, dónde estaba su padre? Giró la cara con esfuerzo esperando captar a su inugami cerca de ella. Tenía su estola, no podía estar lejos. Y la barrera no le permitiría ir lejos tampoco.
―Se-Sessho... ma-ru... ―quiso ponerse de pie, pero las piernas le temblaban tanto que no pudo más que arrodillarse y derrumbarse en la nieve. Tenía que seguir intentando, necesitaba llegar con él y decirle que estaba bien. Debía estar tan preocupado...
―Hey, tómatelo con calma ―habló de repente la voz masculina a sus espaldas. Se giró cuanto pudo para distinguir la figura de un hombre joven vestido de rojo mirándola con el ceño fruncido. Sus ojos dorados se le hicieron familiares, especialmente tras estar bajo un par de cejar negras bastante tupidas. Su largo cabello plateado hondeaba con el viento de la tormenta, y de la cima de su cabeza sobresalían... orejas perrunas.
Le tomó algunos segundos atar los cabos.
No puede ser él. Es imposible.
―¿Qué tanto me miras, niña? ―espetó malhumorado cuando no pudo quitarle la mirada estupefacta de encima.
―¿C-ómo...? ―musitó sin creérselo. El hombre enarcó una ceja.
―Te ves fatal. No deberías hablar, te vas a hacer más daño.
―¿Tú eres...? ¿T-te llamas...?
―¿No me oíste? No hables si no quieres empeorar ―gruñó rolando los ojos y se agachó para tenderle una mano.
―¿Inu... yasha?
El demonio ―o mestizo, mejor dicho―, se hizo hacia atrás sorprendido y le dio una mirada llena de sospecha.
―¿Cómo sabes mi nombre?
Rin se llevó la mano a la boca ahogando una exclamación entre grito y respingo. No podía ni siquiera parpadear por la impresión mientras lo veía con los ojos bien abiertos, recordando la primera y única vez que había visto a la criatura que tenía al frente. No era más que un bebé inmóvil en el regazo de su madre muerta y todo lo que pudo ver de él fue su cabello y sus orejas de perro. Fueron ellas y sus ojos, tan parecidos a los del Sesshomaru y su padre que intuyó de quién se trataba.
Sólo que todavía no podía creérselo.
―¿E-estás... vivo?
―Eh... eso parece ―le contestó escéptico.
―Pero... ¿cómo...?
―No lo sé, ¿se supone que esté muerto?
―Yo vi... cuando Sesshomaru... a tu madre y... y a ti de... bebé ―el híbrido se quedó impactado por tal revelación y sus facciones extrañadas se tornaron serias y sombrías. La examinó detalladamente arrugando la piel de la nariz.
―¿Cómo lo viste? Eso pasó hace quinientos años.
―¿Es que el joven Sesshomaru te lo ha mostrado? ―habló una voz aguda de su propio cuerpo. Buscó alguna persona pequeñita que estuviera sobre ella, y cuando pasó la vista por el hombro, se asombró de ver a un hombrecito minúsculo con cuatro brazos y un pico de mosquito en lugar de boca. De haber tenido la voz para eso habría gritado con todas sus fuerzas, pero sólo se estremeció del susto y ahogó un gemido entre sorpresa y dolor por el súbito movimiento―. No necesitas asustarte, no te haremos daño. El nombre del joven amo ya lo conoces, y yo soy la pulga Myoga, a sus servicios.
―Ah... ¿Hola?
―Claro, claro, debe ser todo un impacto para ti, no te culpo ―razonó la vieja pulga mientras Rin lo miraba con los ojos abiertos de par en par. Se estaba llevando tantos sustos ese día que creía estar a sólo uno más de sufrir un infarto―. ¿Cómo has visto la muerte de la dama Izayoi, jovencita? No creí que estuvieras familiarizada con esa historia.
―Yo... el per-gamino del... ático ―forzó su voz a sonar un poco más clara para escucharse a sí misma pese a los rugidos de la ventisca. Era una fortuna contar con la estola de Sesshomaru, de lo contrario ya estaría a las puertas de una hipotermia segura.
―Oh, ya veo. Sí, el pergamino tiene la capacidad de enseñar ese momento. Es parte del castigo el joven Sesshomaru. Aunque no creí que alguien además de él pudiera verlo ―meditó el demonio, pensativo. Inuyasha no le quitaba los ojos a Rin de encima, claramente confundido.
―¿Cómo...? ¿La dama... Izayoi también... está con vida? ―se esperanzó al devolverle la atención al híbrido, quien hizo una mueca de molestia. Si él había sobrevivido, tal vez su madre...
―No. Me temo que la dama falleció ese día ―respondió la pulga desde su hombro―. El joven amo, por el contrario, sólo recibió heridas menores. Su vida nunca estuvo en peligro.
―Pero... yo lo vi... el señor dijo q-que ambos... que los dos...
―Pues viste mal ―dijo Inuyasha poniéndose en pie con fastidio―. Ese bastardo no acabó conmigo.
―El amo InuTaisho estaba muy alterado por su pérdida, no se percató de que el joven amo continuaba con vida sino hasta después de sellar al joven Sesshomaru ―explicó Myoga con cautela, vigilando la reacción de Inuyasha. Rin variaba su mirada entre él y la pulga, conectando una cosa con la otra.
―Entonces... Sesshomaru no t-te hizo daño a ti... ―murmuró con un profundo alivio―. Qué bueno...
―Eso no cambia el hecho de que pretendía hacerlo. Y que mató a mi madre ―gruñó él por respuesta. La tranquilidad que Rin comenzaba a sentir se esfumó ante esa verdad, pero no se permitió decaer.
Recordó entonces las palabras del demonio mayor, lo furioso que había estado ante su mención de la señora Izayoi. Por su muerte tanto ella como Sesshomaru debían pagar, y por eso...
Por eso...
Llevó la mano a su garganta, acariciando con los dedos el área que sentía más irritada por el demoledor agarre que se suponía le había roto el cuello.
―¿C-cómo sigo con vida? Él... él me mató. Estuve muerta.
―No en realidad, jovencita. El amo sólo golpeó uno de tus puntos de presión y te hizo perder el conocimiento. Nunca estuvo en sus intensiones atentar contra tu vida.
―Me cuesta un p-poco creer eso ―siguió frotándose el cuello al revivir la espeluznante sensación de ser estrangulada. No podía creer que no fuera en serio, no después de ver tal odio en su mirada.
―A diferencia del animal que tengo por hermano, mi padre no ataca seres inocentes. Mucho menos mujeres ―lanzó Inuyasha, haciéndola bajar la cabeza. ¿Estaba molesto con ella acaso por decirle que sabía de su historia? ¿Pero cómo, si apenas lo estaba conociendo ese mismo día?
―Creo que deberías quedarte sentada, jovencita ―le recomendó la pulga cuando la vio forcejear para levantarse. Se sentía un poco más estable ahora y no quería perder tiempo.
―¿Dónde está Se-sshomaru?
―Por algún lado peleando con el viejo ―dijo Inuyasha indiferente encogiéndose de hombros. Rin vio el punto en el que recordaba que Sesshomaru había estado parado segundos antes de perder el conocimiento, justo en el borde de la barrera. ¿Acaso había salido?
―¿Está fu-era de la ba-rrera?
―En cuanto caíste el campo de confinamiento cayó contigo ―explicó la anciana pulga dirigiendo sus ojos saltones a la misma dirección que ella―. Después de eso, el joven Sesshomaru recuperó todo el poder que había permanecido sellado y arremetió contra su señor padre.
Los hombros de Rin se crisparos y tomó aire ruidosamente. Sesshomaru había salido... al fin era libre después de tanto tiempo. Tenían que cumplirse las palabras de su padre, tenía que comprender de verdad el dolor que había causado con sus acciones para conseguir romper el sortilegio.
No sabía cómo sentirse con eso.
Tremendamente feliz al saber que su mayor ambición había sido cumplida, por supuesto, pero al mismo tiempo... horriblemente consternada ante lo que tuvo que pasar para llegar hasta ese punto. La rabia, el sufrimiento, la desesperación... todo eso al creer que estaba muerta.
Tapó la sonrisa que se había formado con la punta de los dedos al mismo tiempo que sus ojos se empañaron con lágrimas. De verdad la quería... no había forma que eso pudiera hacerla sentir mal.
Y era por ese motivo que necesitaba hacer algo.
―Tengo q-que ir con él ―resolvió rápidamente, decidida.
―Oh, esa es una muy mala idea. Cuando dos demonios están luchando no se debe intervenir, puedes salir lastimada.
―No me importa... necesito verlo ―se paró al fin con las piernas temblorosas y entumecidas, apretándose la estola alrededor de los hombros. Se dirigió a Inuyasha cara a cara, suplicante. Era alto, pero no tanto como Sesshomaru o su padre. Incluso pese a su edad parecía ser un hombre bastante joven que apenas llegaba a la veintena―. ¿Pue-des decirme dónde está?
―¿Para qué arriesgar tu pellejo por alguien como él?
―Por favor. No quiero que... mu-era por mi culpa.
Inuyasha resopló rolando los ojos con fastidio. Las humanas eran tan sentimentales que le incomodaba. Pero temía que si no le hacía caso se echaría a llorar, y ahí sí que estaría en una mala situación. No soportaba ver a las mujeres llorar.
―Vaya que eres terca, niña. Tan cerca que estuviste de morir y ahora vas a un segundo encuentro. Bien, como quieras.
A Rin se le iluminó el pálido rostro con una amplia sonrisa de gratitud, lo que hizo que Inuyasha se sintiera aún más incómodo.
―Te lo agradezco mu-mucho. ¿Hacia dónde voy?
―¿Hacia dónde vas? ¿Es que acaso quieres ir caminando en medio de la nevada? No sólo eres terca, estás loca. Súbete ―se dio la vuelta mientras se agachaba, señalando su espalda con el pulgar―. Si te llegas a morir el viejo me mata a mí.
Rin farfulló un puñado de gracias más mientras montaba haciendo malabares para acomodarse con el grueso kimono y la amplia estola. En cuanto Inuyasha se puso de pie poco después intuyó que ya estaba arrepintiéndose de su arrebato de amabilidad.
―Sujétate si no quieres que te deje tirada por ahí ―le advirtió sólo un segundo antes de emprender la carrera, siguiendo un rastro de ramas y árboles caídos del cual Rin no se había percatado antes. Apretó los dedos en torno a la ropa de sus hombros al notar el nivel de destrucción que la pelea de Sesshomaru y su padre había dejado atrás. Sólo esperaba que Sesshomaru estuviera bien, pues no dejaba de repetirse preocupada las palabras que le había escuchado decir días atrás: él no era lo suficientemente fuerte para derrotar a su padre. Quizás con el levantamiento de la barrera habría recuperado su verdadero poder, pero... ¿sería este suficiente para prestarle pelea a su progenitor? ¿Sería éste suficiente para evitar que lo matara?
Tengo que ser positiva, se forzó a pensar. Él debe estar bien, es fuerte y muy hábil, todo estará bien. Me acabo de salvar de ser estrangulada, así que todo es posible.
―Inu-yasha... ―musitó para distraerse. El híbrido bordeaba una ladera recientemente destruida con el derrumbe de enormes rocas y árboles, había astillas y ramas por doquier―, ¿qué estabas haciendo ahí? ¿Por... por qué me ayudas?
―Porque el viejo me dijo que lo hiciera ―contestó simplemente, yendo con más cuidado para no resbalar por el terreno irregular. Se estaban acercando, ella misma podía darse cuenta ante los sonidos que escuchaba. Dos bestias colosales arremetiendo contra la otra, gruñendo, aullando y cayendo con una fuerza demoledora. Los puños de Rin se apretaron.
―Pero... ¿por qué? Creí que tu padre quería... ve-vengarse de Sesshomaru matándome a mí.
―Ya te lo dije. Mi padre no ataca inocentes. Nunca tuvo intenciones de hacerte nada a ti.
―¿Entonces?
―Quería enseñarle la lección al bestia ese, y eso lo hizo. Ahí están, ¿los ves? ―se detuvo a una distancia prudencial, desvaneciendo la presión de los brazos que la sujetaban de las rodillas. Rin se deslizó por su espalda y quedó parada a su lado. Al principio no podía ver nada, pero cuando pretendía preguntar qué se suponía que estaba viendo, aparecieron dos figuras blancas entre los árboles.
La muchacha contuvo el aliento horrorizada ante la imagen de los inmensos perros atacándose. Entre la blancura de sus pelajes distinguía claras manchas de sangre y la tierra temblaba ante cada movimiento de sus poderosas patas. Distinguió a Sesshomaru casi inmediatamente pese a que ambos fueran tan similares. La luna en su frente lo delataba, además de que era quien estaba más a la ofensiva. La forma monstruosa de su padre se torcía para esquivarlo, pero era tal la furia ciega de Sesshomaru que no siempre conseguía hacerlo.
Rin siempre había querido ver la verdadera apariencia del inugami desde que se enteró de que tenía una. Incluso recodó fugazmente haber bromeado preguntándole si era un perro gigante y ahora que había acertado no sabía cómo sentirse. Jamás se había imaginado a una criatura como esa.
Sin quitarle los ojos de encima a las enormes manchas de sangre que coloreaban su pelo blanco, saltó de la roca en la que estaba parada, cuidando con caer bien para no lastimarse.
―¡Hey! ¿Qué crees que haces? No te metas, te aplastarán.
―Esto tiene que detenerse ―le dijo ignorándolo continuó avanzando.
―¿Es que acaso te quieres morir? ¡Regresa aquí, niña idiota!
―Deberías hacerle caso, esto es muy peligroso, jovencita ―aconsejó la pulga que seguía en su hombro. Rin sacudió la cabeza tercamente y terminó de bajar la ladera. Los árboles cercanos a ella crujían por el paso de las bestias, pero eso no fue suficiente para detenerla. Sus ojos sólo estaban puestos en Sesshomaru.
―¡Estás demente! ¡Sal de aquí antes de que te maten! ―Inuyasha llegó a su lado y la tomó del brazo para arrastrarlo con él, pero Rin se le resistió y no pudo contenerse más.
―¡SE-SSHOMARU! ¡SESSHOMARU, DE-DETENTE!
―¡Es inútil, no te escucha! ¿Que no ves cómo está? Es imposible que pueda oírte desde allá arriba con todo ese ruido.
―¡Pe-pero tenemos que detenerlos! ¡Pueden resultar heridos! ¿Puedes... hacer a-algo?
―¿Quién, yo? No puedo transformarme como ellos, soy mitad humano. Déjalos que se descarguen, ahora lo único que tienen en mente es matarse el uno al otro. O bueno, en realidad ese bastardo. El viejo no.
―¿Por qué d-dices eso?
―¿Que no ves cómo lo esquiva? ―señaló mientras la arrastraba unos cuantos pasos hacia atrás, aprovechando que estaba distraída como para poner resistencia―. Papá no quiere matarlo. No entiendo por qué, pero no lo hará. Está esperando a que el imbécil se canse.
Rin vio con horror cómo el perro de la luna en la frente rugía mientras tiraba a morder, destrozando árboles y creando cráteres en la tierra con sus enormes patas. Jamás creyó que vería a Sesshomaru en un estado fuera de su calma habitual, una en la que siempre mantiene el control sobre sí mismo de manera impecable.
Tuvo que cubrirse los oídos ante un nuevo aullido atronador mientras saltaba hacia su padre abriendo amenazadoramente las fauces. Rin comenzó a llorar cuando el animal tuvo que hacer una maniobra de último momento para no dar contra el suelo tras la veloz elusión de su progenitor.
Estaba sufriendo... estaba siendo cegado por su ira al creer que ella estaba muerta.
No podía esperar a que se cansara, ¡debía detenerlo ahora!
―¡SESSHOMARU! ¡SESSHOMARU!
―¿Es que la sorda eres tú o qué? Te estoy diciendo que no te escucha.
Pero el perro de mayor edad parecía que sí podía escucharla, pues giró levemente la cabeza hacia ella.
―¡SESSHOMARU, ESTOY BIEN! ¡SESSHOMARU! ―cayó de rodillas mareada por el esfuerzo. Le dolía horriblemente la garganta con el simple hecho de alzar la voz, y gritar le estaba haciendo que esto fuera muchísimo peor. Se llevó una mano al cuello en un intento de aplacar el malestar y tomó aire preparada para intentarlo de nuevo.
En ese momento, InuTaisho torció su gran cuerpo para esquivar un nuevo ataque, colocándose detrás de su hijo e inmovilizándolo por el cuello con las mandíbulas. Con las patas delanteras lo forzó a apoyar la cabeza en el suelo. Estaba a punto de liberarse cuando escuchó el forzado grito de Rin:
―¡Se-ssho-maru! ¡P-por favor...!
La mujer y la bestia estaban cara a cara a pesar de la distancia de varios metros colina abajo, y sin embargo, cuando sus miradas se conectaron todo se detuvo. Los ojos rojos se abrieron desmesuradamente en respuesta, y todo forcejeo de su cuerpo se detuvo al instante mientras la contemplaba.
Rin sonrió aliviada mientras se ponía trabajosamente de pie, sintiendo dificultoso incluso algo tan simple como pasar aire por su garganta. Pero nada de eso le importaba ahora que sabía que todo había terminado. Caminó unos pasos tambaleantes para reunirse con él, estirando una mano para demostrarle que aquello era real, que ella estaba ahí.
No fue necesario que fuera demasiado lejos cuando el perro blanco que era Sesshomaru desaparecía en una esfera de luz que salió disparada en su dirección. Rin se detuvo súbitamente cuando su forma casi totalmente humana aparecía frente a ella, viéndola estupefacto. Aún permanecían algunos rasgos caninos de su transformación y de su sien emanaba un amplio hilo de sangre que le cubría parte de un ojo y se perdía bajo su barbilla. La tela de sus mangas estaba totalmente arruinada y la piel de sus brazos continuaba con feas marcas de quemaduras. Eso, sin contar con las múltiples heridas que reunía en diferentes partes de su anatomía, le daban un aspecto magullado que jamás había esperado en él.
Era impactante verlo en ese estado, pero su rostro, que generalmente se mantenía ecuánime y ahora demostraba su estupor con ojos rojos viéndola fijamente, la hicieron volver a la realidad y acortar la escasa distancia que los separaba.
―Gracias al cielo ―musitó con voz entrecortada mientras acariciaba la herida en su sien para limpiar un poco la sangre―. Estás bien...
―¿Cómo? ―cuestionó sin dejar de verla arriba abajo, no pudiendo creer que la tenía frente a él.
―E-eso es lo de menos... estoy bien, l-lo prometo ―nuevas lágrimas bajaron por sus mejillas a la carrera y no pudo resistirlo un segundo más. Le echó los brazos al cuello y lo estrechó con todas las fuerzas que le quedaban, temblando como una hoja. Sesshomaru aún no terminaba de salir de su aturdimiento.
―Te vi morir... ―dijo en un susurro.
―Estoy aquí... e-estoy contigo.
El demonio la tomó de los hombros para apartarla de sí y verla profundamente. Su respiración era lenta y honda, con grandes nubes de vaho remarcando su aliento en contraste con el frío del invierno, uno que Rin ya ni siquiera sentía. Las marcas distorsionadas de su rostro regresaron a la normalidad y sus ojos recuperaron la tonalidad dorada que tanto adoraba. Su aspecto humanoide se terminó de acentuar cuando acercó su cara a la de ella para examinarla de cerca. Acarició muy delicadamente su rostro con la yema de los dedos, bajando hasta llegar a su nuca en busca de marcas o heridas. Más allá de la sombra de los próximos moretones por el fuerte agarre, su piel estaba intacta.
―Rin ―musitó con un resoplido al caer en cuenta de que realmente estaba ahí tal y como se lo acababa de decir. Cerró los ojos y juntó su frente con la de ella con tal presión que la hizo retroceder un poco. Rin le volvió a lanzar los brazos al cuello poco después y le dio un nuevo abrazo lleno de un alivio abrumador― ¿Te encuentras bien? ―Sesshomaru posó una mano en su cintura y otra en la parte baja de su cabeza, estrechándola con cuidado.
―C-considerando qué esperaba estar m-muerta, estoy de maravilla ―murmuró. Sintió que los músculos del inugami se contraían en respuesta y se arrepintió por intentar hacerse la graciosa―. ¿Y tú? Estás m-muy malherido. Déjame verte, d-debemos tratar esto antes de que empeore.
Disolvió el abrazo con un pequeño salto y tomó uno de sus brazos, levantando lo que quedaba de la manga para darle un buen vistazo a sus quemaduras. Tenían un aspecto horrible que le revolvió el estómago.
―No es nada que deba preocuparte ―le dijo retirando el brazo de su agarre para que no pudiera seguir impresionándose con la magnitud de sus heridas. Unas que su propia desesperación habían causado.
―Oh, joven Sesshomaru, cuánto tiempo sin verlo ―interrumpió de repente la vocecilla aguda. Rin miró a su hombro pero al no encontrar rastro del pequeño demonio, volteó para encontrarse con que Inuyasha estaba bajando la ladera con Myoga sobre él. Ni siquiera se había percatado de cuándo había saltado de un lado al otro.
El híbrido tenía los brazos cruzados bajo las largas mangas rojas y miraba a su hermano con el ceño muy fruncido y una pronunciada mueca de desagrado en la boca, como si estuviera conteniéndose para saltarle encima y caerle a golpes. Rin le dio la espalda al inugami intuyendo que podría avecinarse otra nueva pelea, manteniéndose entre ambos para evitarlo.
―¿Y tú eres? ―cuestionó Sesshomaru ásperamente. No se había percatado de que había más personas alrededor pues toda su atención había estado centrada en Rin. Le molestaba tanto el hecho de haber bajado la guardia como la inoportuna interrupción.
―Es Inuyasha ―avanzó el padre tras haber recuperado su apariencia humana. La chica se crispó un poco ante su proximidad que había pasado totalmente inadvertida y lo observó acercárseles desde un lado con los ojos bien abiertos, alerta ante cualquier movimiento que delatara algún nuevo ataque. A diferencia de su hijo, no tenía ningún rasguño ni en su piel o vestimenta.
Sesshomaru gruñó por lo bajo, tomándola del brazo y apartándola para cubrirla de él.
―No pretendo lastimarla.
―No tomaré ningún riesgo contigo ―siseó Sesshomaru en respuesta―. Explícate, padre. ¿Qué fue todo esto?
―Tú mismo lo habrás deducido ―dijo InuTaisho con tranquilidad, deteniéndose a una distancia prudencial. Pese a que sus facciones parecían estar relajadas, su ceño se mantenía muy pronunciado como si esa fuera su forma natural―. Cumplí mi palabra, es todo.
―¿Tu palabra? Estuviste a punto de asesinar a Rin.
―Al contrario de ti, Sesshomaru, yo no obtengo ningún placer hiriendo seres inocentes. Si quieres mayor prueba la tienes ahí parada a tu lado ―la señaló con simpleza en vista de que su primogénito se mantenía extremadamente alerta con el impulso de reanudar la contienda―. Nada de lo que viste fue real.
―¿Estás diciendo que todo fue una farsa? ¿Comprometiste la vida de Rin por una actuación?
―Su vida nunca estuvo en peligro, imbécil. Te lo acaba de decir, papá no es un sádico como tú ―intervino ásperamente Inuyasha. Sesshomaru apenas lo vio por el rabillo del ojo. La forma en la que se refería a su padre había llamado su atención.
―¿Quién eres?
―Es tu her-mano, Sesshomaru ―le dijo Rin por lo bajo―. M-medio hermano... de madre humana.
Ésta vez el demonio giró la cara hacia ella con la confusión marcada en sus facciones, cayendo en cuenta de quién se trataba.
―¿Cómo?
―No llegaste a acabar con su vida como creías ―dijo InuTaisho tranquilamente, aunque sus ojos permanecían entrecerrados en la figura de su hijo mayor. Inuyasha resopló indignado―. Sobrevivió con heridas menores, Izayoi recibió todo el daño y falleció en ese instante. Fue el dolor más grande que tuve que afrontar, o al menos uno de los mayores. Pero saber que Inuyasha se encontraba con vida ayudó a que me sobrepusiera ―bajó la mirada momentáneamente, y a Rin le dio la impresión de que estaba reviviendo ese momento. Segundos después los levantó de nuevo y clavó en Sesshomaru―. Tener que luchar contigo y encerrarte tampoco fue fácil para mí. Puedes creer lo que quieras a partir de mis palabras, pero es la verdad ―añadió cuando Sesshomaru tuvo el atisbo de abrir la boca para replicar duramente―. Tenías que aprender la lección. Demoraste quinientos años, pero lo hiciste. Te has ganado tu libertad.
―¿Eso es todo? ―espetó él, escéptico―. ¿Simulas la muerte de Rin y repentinamente soy libre?
―¿Acaso esperas que peleemos a muerte de nuevo? No, no esta vez. No tengo deseos de combatir contigo.
―¿Eso significa... que l-lo perdona? ―preguntó tímidamente Rin, apartándose de la protección que le brindaba la ancha espalda del joven inugami. Éste la miró en son de advertencia por haberse expuesto, pero lo ignoró. InuTaisho se fijó entonces en ella y sus estoica expresión se relajó un poco.
―Perdonar en este caso es muy complicado, jovencita ―su voz también fue significativamente menos dura que antes, como si ahora estuviera dejando ver su verdadera personalidad. Una más apacible de lo que se había imaginado―. No es fácil perdonar algo como eso. ¿O acaso crees que Sesshomaru lo haría si nada de esto hubiera sido una farsa?
Rin miró cautelosamente a Sesshomaru apretar los dientes con un leve gruñido. InuTaisho tildó la cabeza como si eso confirmara sus sospechas.
―El dolor no se mitiga con el paso del tiempo. Se hace más llevadero porque te acostumbras a él, pero no desaparece. Y no quería eso para ti, Sesshomaru, muy al contrario de lo que puedas pensar. Eres mi hijo después de todo, no querría verte sufrir de esa manera. Pero tenías que hacerlo... debías comprender para romper la barrera.
―Fue su plan d-desde el principio ―Rin avanzó un poco más―. Si es así... ¿por qué no me lo advirtió? De v-verdad creí que me mataría, de haberlo sabido...
―No hubiera sido convincente ―la interrumpió―. Habrías advertido a Sesshomaru y es posible que las cosas no hubieran resultado de esta manera. Si creías que era real, él también lo creería ―lo señaló con una cabezada, haciéndolo gruñir nuevamente―. Aún así, te ofrezco mis disculpas por el mal momento y el rudo trato que te di. Nunca estuvo en mi propósito causarte daño alguno ―se inclinó levemente hacia ella, sorprendiéndola. Podían parecerse en muchos aspectos, pero el padre tenía una manera mucho más diplomática para dirigirse a otras personas según acababa de ver. Al menos más diplomática que Sesshomaru, quien primero atacaba y después hacía las preguntas.
―Entiendo ―correspondió ella un tanto nerviosa. Le pareció ver el atisbo de una sonrisa en las facciones del demonio mayor, pero tuvo que ser su imaginación. Se dirigió entonces a Inuyasha, quien examinaba la situación sin nada de gracia. No le apartaba los ojos de encima a su hermano, y en lugar de estar serenado como su padre, tenía la apariencia de querer gritar unas cuántas cosas bastante groseras.
―Inuyasha ―lo llamó, haciendo al fin que dejara de fulminar a Sesshomaru con los ojos dorados―. He visto a Kagome en la mansión. Irasue debe estar con ella.
―¡¿Qué?! ¿Pero qué está haciendo ella aquí? ¡Debería estar en Tokio! ―explotó indignado estampándose una mano en la frente. Sesshomaru abrió un poco los ojos al escuchar el nombre de su madre―. Siempre metiéndose en problemas, nunca aprende. Y encima está con esa vieja loca, ¿por qué no me lo dijiste antes?
―Creo recordar que tenía las manos algo ocupadas, Inuyasha.
―Ahg, como sea. Espero que esa vieja no le haya hecho nada, porque de ser así te devolveré el favor haciéndole lo que le hiciste a mi madre, bastardo ―señaló despectivamente a su hermano, quien apenas arrugó el ceño con desagrado.
―Eres bienvenido a intentarlo, híbrido ―Rin casi se rió ante la reacción desencajada del menor ante aquel comentario que no se había esperado.
―Si me das permiso no tiene caso ―gruñó. Cuando se dio la vuelta y tomaba impulso para saltar, la muchacha avanzó unos pasos para detenerlo.
―Muchísimas gracias por todo, Inu-yasha ―le dijo en cuanto la vio sobre su hombro―. Me alegra mucho s-saber que estás bien.
―Sí, lo que sea. Aléjate de ese imbécil si sabes lo que te conviene ―dio un poderoso salto para subir la ladera hecha pedazos y pronto se convirtió en una mota roja que no tardó en perderse de vista entre la nieve y los restos de una feroz batalla. Rin apretó la estola que acababa de reacomodarse sobre los hombros y sonrió en cuanto desapareció. Haber visto que al menos él había conseguido salvarse era como un bálsamo para su alma después de tanta locura.
―Madre está en la mansión ahora ―el inugami interrumpió su línea de pensamientos y le hizo girarse para verlo tanto a él como a su padre, quien también se preparaba para retirarse.
―Así es. Mantiene vigilada la brecha para que ningún demonio o humano la cruce, tal como al parecer eran las intenciones de la esposa de tu hermano.
―¿Qué? ―se sorprendió Rin―. ¿Un humano intentó cruzar desde mi mundo? ¿Y es la esposa d-de Inuyasha?
―Ambos mundos son realmente pequeños, aparentemente ―comentó InuTaisho con soltura.
―¿Qué tiene que ver madre en todo esto? ―continuó Sesshomaru con desagrado. Haber visto a su padre había suficiente por un día, y saber que su madre también podía estar involucrada no ayudaba para nada a su pésimo humor.
―Ninguno de los dos se olvidó de ti, Sesshomaru. Estábamos al tanto de tus avances. Tu madre más que yo, si he de admitir.
―Así que Jaken estaba en lo cierto ―espetó ásperamente―. Me han estado espiando.
―Yo no. Tu madre, tal vez. Quizás deberías conversarlo con ella para enterarte mejor ―hizo un movimiento brusco con la cabeza y se dio la vuelta. Su rostro estaba ligeramente comprimido como si tuviera un pequeño pensamiento hostigándolo y necesitara alejarse para detenerlo. Rin pensó muy acertadamente que si para Sesshomaru no era fácil estar cara a cara con su padre, para el otro demonio no era diferente. No estaba demasiado cómo en la presencia de su hijo, pero tenía la suficiente diplomacia como mantenerse sereno y retirarse para mantener las aguas calmadas. Relativamente calmadas, al menos.
―Así que te marchas ―lo llamó Sesshomaru indignado, listo para continuar discutiendo. Su padre, por su parte, no parecía querer nada que ver con ninguna otra disputa. Se notaba en sus facciones que estaba cansado.
―¿Esperas algo más de mí, Sesshomaru? He dicho todo lo que tenía que decir y tú tienes tu libertad y a tu mujer. Es todo. Terminé mi parte ―le lanzó una mirada seria y pensativa, para después regresar la cabeza al frente y comenzar a caminar, haciendo un gesto de despedida levantando el brazo.
Sesshomaru no se movió para detenerlo, pero sí hizo una última pregunta.
―¿Por qué tardaste tanto en aparecer? ¿Por qué ahora?
El hombre mayor detuvo sus pasos antes de hablar.
―Por ella, lógicamente ―dijo con un tinte de suavidad en su voz grave. Hizo una corta pausa antes de añadir, apenas girando la cabeza para verlos a ambos por el rabillo del ojo ―. Aunque las cosas no estén bien entre nosotros, Sesshomaru... me alegro por ti. Y tú, jovencita. Tu nombre es Rin, ¿no es así?
―Sí, señor.
―Cuento contigo para que sigas cuidando de mi hijo.
Sesshomaru estuvo a punto de decirle algo despectivo, pero Rin tomó su brazo para impedírselo. Sonrió sinceramente hacia el hombre y asintió una vez con la cabeza.
―Eso haré.
Él volvió a asentir y cambió su foco de atención a su hijo, quien no dejaba de observarlo con los ojos entrecerrados y la guardia en alto. Tan precavido como siempre, eso era algo que nunca cambiaría. Pero... al ver a aquella humana a su lado y la manera que Sesshomaru mantenía un brazo levemente estirado hacia ella en una posición defensiva le hizo contentarse por las cosas que sí habían cambiado en él.
Había hecho cosas horribles pero seguía siendo su hijo. Y saber que se había encarrilado en la dirección correcta hizo que su dolor se opacara un poco. Había sido un castigo sumamente drástico, y su manera de levantarlo también pues no existía ninguna otra opción, pero había valido la pena.
El demonio se marchó a paso calmado del lugar, pensativo pero en paz consigo mismo. Sí... por fin podría estar en paz.
Sesshomaru se mantuvo tenso hasta que la figura de su padre desapareció en la negrura de la noche, perdiéndose entre los árboles en alguna dirección desconocida. Aquella debía ser una de las situaciones más inverosímiles que había experimentado jamás... cinco siglos de encierro que acaban súbitamente tras una pelea, que su medio hermano estuviera con vida, haber visto morir a Rin, enterarse que todo fue sólo una farsa orquestada por su padre... Era demasiado para tomar de un solo trago.
Pese a que la confusión seguía arremolinándose en su mente, su rostro jamás reflejó su verdadero estado interno. Eran bastantes emociones encontradas para alguien como él tan poco asiduo a poseerlas en primer lugar.
Pero había una de ellas que no era capaz de contener tanto como creía, y esa era el alivio al ver a Rin parada a su lado, sonriéndole como si nada hubiera pasado. Infundiéndole ánimos y regalándole su calidez habitual en un intento de tranquilizarlo.
Los rígidos músculos se relajaron lo suficiente como para hacerle bajar la guardia mientras daba una honda y silenciosa bocanada. Observó momentáneamente su mano derecha, la extensión de sus heridas era severa, pero eso era lo que menos le importaba. El youki que alguna vez había perdido corría a toda velocidad por sus venas, aún presa de la adrenalina como si la pelea con su padre nunca se hubiera detenido. Una parte de sí quería darle persecución para terminar lo que habían comenzado quinientos años atrás; su orgullo era demasiado grande después de todo, y saber que lo habían manipulado de esa manera era un golpe bastante bajo.
Cerró el puño con un resoplido resignado.
No tenía caso.
Por primera vez en más tiempo del que pudiera recordar estaba cansado. Realmente agotado. Por más que lo quisiera, no lo perseguiría. No continuaría aquella absurda pelea, estaban a mano.
Rin captó su atención posando los dedos sobre su puño cerrado, fijándose una vez más en la magnitud de sus heridas para después subir la mirada hasta su rostro y dedicarle una pequeña sonrisa. Apretó su mano y le susurró que todo estaba bien.
Y él le creyó.
Ella estaba ahí, viva y a su lado. Todo estaría bien ahora.
―¿Cómo está tu garganta? ―le preguntó después de un momento de silencio.
―M-mejor de lo que eesperaba ―se encogió ella de hombros―. Tranquilo, estaré bien. ¿Y tú? C-creo que debería tratarte esas heridas, se ven muy mal.
―¿Esto? ―alzó el brazo cuya mano era sostenida por ella y reparó una vez más en las quemaduras de segundo y tercer grado de las cuales aún emanaba algo de sangre. Sesshomaru no necesitó más que de un mínimo de sus renovadas energías para reparar el daño instantáneamente. Rin respingó sonoramente al ver la piel magullada cerrarse ante sus ojos con un leve resplandor azul.
―¿Cómo...?
―Mi youki ha retornado a toda su capacidad. Es por esa razón que he podido transformarme y ahora puedo hacer esto. No es nada especial.
―¡Que no! E-es increíble... es decir que eres mucho más fuerte que a-antes, ¿no? Bueno, te he visto t-transformarte, así que... wow. ¿C-cómo te sientes ahora?
―Me acostumbraré ―fue todo lo que contestó. Había pasado una larga vida desde su adolescencia sin sentir la extensión de su verdadera fuerza y se había adaptado a lo reducido que se había visto desde entonces, ni siquiera tenía que limitarse a sí mismo demasiado a la hora de combatir. Pero ahora... un sólo movimiento de su mano podía significar muchísima más destrucción que antes, e incluso si esto le daba una enorme ventaja con sus enemigos, también tenía su lado negativo.
Debería tener mucho más cuidado al tratar a Rin de ahora en adelante, tenía que medirse para no causarle ningún daño por accidente.
Pero al ver su sonrisa relajada le hizo entender que no tenía de qué preocuparse. Por ella haría lo que fuera, ya lo había comprobado. Mantener su nueva amplificación de youki no sería problema.
De repente el cuerpo de Rin se encorvó hacia adelante como si se fuera a caer. Sesshomaru extendió el brazo hacia ella para impedirlo, pero en lugar de desmoronarse, se apoyó en él con cansancio suspirando pesadamente. Su sonrisa se mantenía aunque sus ojos se veían distantes.
―No puedo creer que todo haya terminado... ―susurró para no tartamudear―. ¿Qué sigue ahora?
―Tú dímelo a mí.
―¿Yo? Eres tú quien se vio súbitamente liberado, tú decide.
Se quedó en silencio meditando un momento, tomando una decisión que no se le hizo nada fácil. Por más que la puerta estuviera abierta para ambos, existía algo que los retenía para avanzar. Y sabía lo mucho que aquello significaba para ella, por lo que no podía ignorarlo tanto como quería.
―El solsticio sigue en marcha ―le informó. Rin se crispó recordándolo de golpe, haciendo que los rostros de sus padres y las palabras de InuTaisho resonaran en su cabeza. Un humano había intentado pasar a aquel mundo... una mujer que casualmente era la esposa de Inuyasha. Y no sólo eso le había llamado la atención.
―Tu padre mencionó que había alguien más en la mansión ―comentó ella―. Y tú dijiste que era tu madre. ¿Ella está ahí, de verdad?
―Padre lo dijo ―concedió él sin que le hiciera mucha gracia.
―Y que se había encontrado con la esposa de tu hermano... ¿eso es algo malo? Inuyasha se veía muy preocupado.
―Desconozco qué pueda hacerle mi madre a esa supuesta humana. Es lo suficientemente poderosa como para expulsarla de la mansión.
―Pero... ¿le hará daño? ―se preocupó. Antes del ataque él mismo le había confirmado que sus padres estaban del otro lado de la brecha, y con ellos estaban dos humanos más que desconocía. Uno de ellos debía ser esa mujer, y si estaba con sus padres no le costó deducir que ellos, tal vez, le habían pedido ayuda para traerla de vuelta.
Era un tiro en la oscuridad suponer que todo no era más que una enorme coincidencia ―¿Sus padres de alguna manera conociendo a la esposa del hermano de Sesshomaru? ¿Cómo era eso siquiera posible?―, pero con toda la cadena de eventos de la que acababa de ser parte hasta su desenlace empezaba a creerse escéptica de las coincidencias.
―¿Te preocupa?
―¡Claro que me p-preocupa! ¿Y si le pasa algo?
―Ese híbrido parecía estar familiarizado con mi madre, dudo que suceda algo que deba angustiarte.
Rin le frunció el ceño ante su mirada de desagrado.
―No lo llames así. Su nombre es Inuyasha y es tu hermano.
―Medio hermano ―remarcó él entrecerrando levemente los ojos.
―Pero hermano al fin y al cabo. Así que no seas c-condescendiente con él ―tomó una bocanada y bajó la cara un momento, sin poder evitar recordar lo que había visto el día que tocó el pergamino y se quedó atrapada en aquella especie de vistazo al pasado. Aún le estremecían aquellas imágenes como si las acabara de descubrir, y estaba segura de que sería de las muchas cosas que no sería capaz de olvidar jamás―. Al menos... dale la oportunidad de demostrar su valor. Se lo debes, Sesshomaru.
El demonio, quien claramente preferiría no hablar de aquel tema tan espinoso, decidió callar ante esa cruda verdad. Sabía que Rin tenía razón y ni siquiera podía negarlo en su fuero interno. El antiguo orgullo que había guardado, su mismo repudio hacia la mezcla de sangres y la inferioridad de los seres humanos ya había sufrido un golpe muy fuerte con la llegada de Rin, por lo que, tal vez, tener un hermano híbrido no podía ser peor que eso.
Si su yo de quinientos años en el pasado pudiera verlo ahora estaría totalmente iracundo: tomando por compañera a una humana y aceptando un hermano mitad bestia. Incluso su yo de diez años atrás hubiera repudiado la sola idea.
Lo que aquella mujer humana había hecho con él todavía lo sorprendía.
―Bien ―terminó por asentir, resignado.
El rostro de Rin se levantó, iluminado.
―¿Eso significa que no pelearás con él?
―Si no me da motivos, no ―la chica se desinfló y roló los ojos, pero al cabo de unos segundos acabó encogiéndose de hombros.
―Está bien, es m-más de lo que esperaba. Deberíamos apresurarnos y... ¿Qué haces? ―se cortó repentinamente cuando sintió un brazo rodearle la espalda y otro hacer lo propio en la cara interna de sus rodillas. En menos de un segundo Sesshomaru la tenía cargada y se daba la vuelta para emprender el camino de regreso.
―Llevarte.
―Puedo caminar, ¿sabes?
―¿Deseas perder una hora subiendo la ladera?
―No, pero...
―Entonces no discutas ―y sin siquiera avisarle dio un fuerte salto para situarse sobre una roca a varios metros de distancia, arrancándole un gritito por el susto y un fuerte mareo. Aún no se recuperaba de su encuentro cercano con la muerte, y esto se hizo latente en cuanto el inugami comenzó a moverse a mayor velocidad.
―Sesshomaru... no tan rápido ―le pidió con un murmullo. Tenía los ojos fuertemente apretados y se apegaba fuertemente a él para que las nauseas no empeoraran. Se detuvo en seco al notar su palidez y le cuestionó qué ocurría―. Estoy algo mareada, es todo. Sólo... no vayas tan deprisa, por favor.
Sesshomaru se tensó un momento. La adrenalina que había estado invadiendo a Rin se había desvanecido y el peso de todo el ajetreo empezaba a afectarla físicamente. Era lógico que estuviera mareada.
―Pero no estoy tan mal como para no caminar ―le anunció cuando alcanzaron terreno plano, algo apenada por estar siendo cargada en brazos como si fuera alguna clase de damisela en apuros.
―¿Quieres llegar antes de que acabe el solsticio?
―Pues claro.
―No caminarás ―negó al continuar el camino a un paso firme y marcado, pero no lo suficientemente rápido como para ir corriendo. Definitivamente ella no podría seguir ese ritmo en las condiciones en las que estaba, añadiéndole a eso la ancha capa de nieve que cubría el suelo del bosque. Se mordió el labio inferior y prefirió no decir nada. Sesshomaru tenía razón, si caminaba nunca llegaría.
Además... debía admitir que aunque fuera algo bochornoso era agradable estar así, inclusive podía darse la libertad de disfrutar el recorrido. Con todo lo que acababa de vivir separarse de Sesshomaru sería incluso más difícil que antes, así que debía aprovechar esos últimos momentos antes de que todo acabara.
Apretó la estola que la cubría con ambas manos para después extenderla hacia el hombro derecho masculino, donde la capa peluda ocupó su lugar correspondiente por sí sola. No la necesitaba cuando ya él mismo la mantenía cálida y segura entre sus brazos. La tormenta ya había terminado y todo lo que quedaba en su lugar eran pequeños copos de nieve cayendo suavemente.
Rin se incorporó un poco para acomodarse mejor y recargarse más en el pecho del demonio, posando a cabeza debajo de su barbilla y una de sus manos sobre el firme latido de su corazón, ese que siempre lograba calmarla cuando se sentía asustada y abrumada.
Esta vez no fue la excepción.
―¿Sigues queriendo regresar a este plano el próximo solsticio? ―su repentino cuestionamiento le hizo levantar la cabeza adormilada para verlo extrañada. Él seguía con la vista al frente, pero la bajó por un momento breve al saberse presa de su atención.
―Claro que sí. ¿Y tú?
―Te di mi respuesta anteriormente ―contestó él simplemente.
―¿Entonces por qué preguntas si quiero volver?
―Como se ha levantado la barrera has cumplido tu promesa ―señaló.
―Técnicamente lo único q-que hice fue creer que moriría, no sé si eso cuente ―roló los ojos. ¿Había mantenido su promesa aún cuando técnicamente ella no había sido quien levantó la barrera? Cierto que había sido él al creerla muerta, así que, ¿eso contaba?―. No importa ya. Volveré y usaremos ese mapa, Sesshomaru. P-pero... si quieres adelantarte no pasará nada. Has querido ver el mundo desde hace siglos, literalmente. No hay problema si visitas algunos lugares antes de que regrese.
―No ―negó secamente. Rin alzó una ceja sin comprender―. No lo usaré hasta entonces. Tú eres la guía.
―¿Y qué vas a hacer hasta el próximo solsticio? ―quiso saber con curiosidad.
―Esperarte.
―¿Te quedarás en la m-mansión hasta que vuelva?
―Son mis intenciones.
―Sesshomaru ―se encogió un poco en sí misma sin saber muy bien qué decir. Estaba dividida entre enternecerse por su lealtad o golpearse la cabeza con la mano por su terquedad. Difícil decisión―. Son seis meses de espera. Es mucho tiempo.
―No más que quinientos años ―puntualizó acertadamente. Rin apretó los labios y se cruzó de brazos. Obstinado como sólo él podía serlo. Sabía que no era un ataque de romanticismo porque jamás tenía uno con la intensión de enternecerla, sino que hacía y decía las cosas sin premeditarlo demasiado. Los sentimentalismos y el bochorno no eran parte de su vocabulario, así que escuchándolo ser tan franco en sus intenciones de aguardar por ella le hizo saber que estaba siento totalmente sincero.
No se movería de los límites de esa casa hasta tenerla de vuelta. La muchacha deshizo su mueca ofuscada para sustituirla con una pequeña sonrisa.
Subió la mirada hasta toparse con su barbilla afilada pero fuerte. Había visto emerger de ella colmillos enormes, había visto su verdadera apariencia monstruosa, la verdadera capacidad de su poder y lo peligroso que era hacerlo enfadar... y aún así, se sentía en el sitio más seguro del mundo.
Su resolución por volver a él se intensificó como si le hubieran dado un potente empujón. Sabía que quería estar a su lado, pero nunca se lo había planteado tanto como hasta en ese momento.
Sesshomaru era su futuro. Podía verlo claro como el agua ahora, y se cuestionó cómo no había pensado de esa manera antes. Quizás no fuera su futuro inmediato ―pues tenía tantas cosas que resolver en su mundo de origen que no podía darse el lujo de ir y venir antes de que acabara el solsticio―, pero era su futuro definitivo.
Y aquello le hizo reparar en algo más.
―Sesshomaru... ―lo llamó calladamente. Si mantenía el tono bajo no tartamudeaba con tanta frecuencia―, cuando hayamos visto este país y hayamos tachado cada destino del mapa... ¿Qué te gustaría hacer?
―¿Tienes algo en mente?
Rin sintió que le faltaba un poco el aliento cuando los ojos dorados se fijaron en ella momentáneamente. Bajo su característica severidad que le helaría la sangre a cualquiera, podía notar la curiosidad palpitando mínimamente en sus pupilas. Y no solo eso... sino la apertura a las posibilidades que esto podía darle.
―Quizás si resisto todo el viaje...
―Lo harás ―la cortó tajante.
―Lo haré ―asintió mansamente, sonriendo. Ponerse a discutir por tonterías no le apetecía en lo más mínimo―. Estaba pensando que cuando terminemos de viajar... tal vez sería agradable quedarnos en algún lugar.
―¿Hablas de asentarnos?
―Sí, de eso hablo. Por supuesto que no será ahora ni en un futuro cercano; me refiero a algunos cuantos años... si t-tú quieres, digo. No lo sé, si prefieres pasar más tiempo viajando no pasará nada ―agregó apresurada al creer que podría incomodarlo con sus insinuaciones. Era la primera vez que trataban un tema como aquel, un 'después' de cumplir el mapa, y no estaba del todo segura de qué podría decir al respecto.
Esperó algo nerviosa por su respuesta mientras él parecía evaluarla sin quitar la vista del frente.
―¿Has pensado en ello?
―Sólo un poco ―quiso restarle importancia como quien no quiere la cosa. Pero su curiosidad pudo más que ella y no pudo evitar añadir―. ¿Y tú?
Sesshomaru mantuvo su mirada hacia adelante en todo momento en lo que Rin aguantaba la respiración sin querer, recriminándose por hablar de más y colocarlo en una posición tan comprometida. ¿Qué rayos le pasaba? Apenas tenía diecisiete años y llevaban una relación propiamente dicha de sólo un par de meses, ¿por qué rayos se metía con algo tan delicado como eso?
Si fuera un sujeto ordinario me tiraría al suelo y se iría corriendo, pensó inmediatamente, repitiéndose también lo idiota que había sido.
Pero cuando el demonio le contestó, todas sus alarmas de pánico se apagaron de un solo golpe.
―En unos años sería interesante considerarlo.
―¿Estás hablando en serio? ―se sorprendió. No se esperaba tal... disposición de su parte. No cuando había tantos elementos en contra.
―Yo siempre hablo en serio.
―Sí, pero... ¿sabes a lo que me refiero con asentarnos, no es así?
―Perfectamente.
―¿Y estás bien con eso?
―No veo motivos para que no lo esté ―la muchacha se le quedó viendo con los ojos bien abiertos y los labios comprimidos. Soltó un 'wow' camuflado con un resoplido, captando su atención y haciendo que al fin se dignara a verla a la cara―. ¿Qué sucede?
―Ah, nada, nada ―giró la cabeza para que no viera sus mejillas sonrojadas en el evidente bochorno que sentía. Seguidamente contrajo una pequeña sonrisa: qué inverosímil era hablar de cosas como esa cuando menos de una hora antes se había desatado el pandemonio.
Aunque por otro lado tenía sentido. Ya había quedado claro lo que sentía por ella cuando rompió la barrera al creerla muerta. Un poco de optimismo por un futuro juntos no tenía nada de malo.
Y cómo le alegrara que él pensara lo mismo.
Siguieron recorriendo el camino entre la nieve con conversaciones ligeras en las que Rin llevaba la delantera, más que nada para distraerse de lo que le esperaba en cuanto llegaran a la mansión y toda la tensión que esto también suponía en Sesshomaru.
Pero aún así se sentía más preparada y dispuesta a enfrentar lo que fuera de ahora en adelante. Se iría en paz sabiendo que no existían muros ni físicos ni emocionales entre ambos, y estaba a la expectativa de lo que les aguardaba para su próximo reencuentro. Seis meses podrían parecer mucho, pero después de aquella noche se creía capaz de superarlos sin ningún problema. Si él la esperaba no tenía de qué temer.
...
Inuyasha llegó a los límites de la mansión sólo un puñado de minutos después de que su padre le anunciara que su esposa intentaba cruzar de un plano al otro. Nunca había estado en aquel lugar, pero no le fue difícil encontrar el camino siguiendo el rastro de su hermano, la chiquilla llamada Rin y su padre. El aroma de Sesshomaru en especial era el que más se notaba por la sangre que había perdido tras el primer golpe de su progenitor. Sintió deseos de sonreír al saber que al menos no había quedado tan bien parado a pesar de haberse salido con la suya al no sufrir la pérdida de su ser querido.
No era que quisiera que a la niña problemática le pasara algo, pero el que Sesshomaru no hubiera perdido nada cuando él y su padre habían perdido a su madre era injusto. Especialmente cuando había crecido conociendo el dolor de InuTaisho de primera mano.
Supongo que tendré que contentarme con esos quinientos años sin poder salir de aquí. No es lo mismo, pero es mejor que nada. Ahora, en cuanto vea a Kagome la voy a matar, ¿cómo demonios se le ocurre...?
Vislumbró los altos muros de la mansión y aunque apenas tuvo tiempo de ver la estructura por la prisa que tenía, volvió a gruñir. ¿Cinco siglos encerrado en un sitio tan reducido? Por más lujoso que fuera a cualquiera lo volvería loco.
Sí, creo que estamos a mano. El maldito lo tenía bien merecido.
―¡Kagome! ―la llamó una vez aterrizó en el patio, buscándola por todos lados. La energía de su esposa y la ex compañera de su padre hicieron acto de presencia como si le respondieran, y sin perder un segundo más se lanzó hacia el interior de la enorme casa, sin dejar de llamar el nombre de su mujer.
En la planta baja, ahí mismo donde podía ver claramente la brecha que separaba ambos mundos, estaba Irasue... inmovilizando a Kagome con su peluda estola. La humana estaba tendida en el piso bocabajo, cerca de un cráter en la madera y forcejeando para liberarse.
―¡Inuyasha! ¡Santo cielo! ―fue como lo recibió, deteniendo sus intentos un segundo para relajar su cuerpo cansado.
―Ah, así es como conoces a InuTaisho. Todo tiene sentido ―comentó desinteresada la demonio, variando su mirada aburrida pero ligeramente hastiada entre Kagome e Inuyasha.
El híbrido estuvo a punto de reclamarles a las dos a voz de grito por la ridícula situación que estaba viendo, pero dándole un buen vistazo a sus alrededores se quedó con la palabra en la boca. El área en el que ambas estaban se encontraba en pésimas condiciones: el suelo tenía pedazos de astillas, las paredes de papel y madera estaban rasgadas y quemadas, las columnas tenían abolladuras y había rastros muy notorios del paso del poder que poseía Kagome.
Luego se fijó en ella: estaba cansada y algo desalineada, pero no había rastros de heridas más allá de algún que otro golpe sin importancia. En cambio, Irasue contrastaba muchísimo más con la apariencia tan pulcra que siempre mantenía: su cabello estaba algo revuelto, sus ropas un tanto fuera de lugar e incluso tenía una pequeña pero evidente marca de choque de energía en su quijada. En comparación a su característica imagen impecable y pomposa podría decirse que estaba hecha un desastre.
No sabía si la demonio se había estado conteniendo para no hacerle daño a su esposa ―lo cual considerando su conocimiento sobre el poder que poseía era algo bastante acertado, si debía añadir a regañadientes―, o si de verdad se había esforzado para evitar causarle heridas. Sea como sea... Kagome le había dado una buena pelea.
Una sonrisita de orgullo traicionó el enfado que debía sentir, pero consiguió maquillar su error a tiempo para recuperar su postura inicial.
―¿Pero qué demonios está pasando aquí? Tú, Kagome, ¿qué mierda? ¡Deberías estar en Tokio, no en un lugar como este! ¡Y tú, vieja loca, suelta a mi esposa ahora mismo!
―Tan grosero como siempre, hanyou ―suspiró aburrida la dama sacudiendo la mano―. ¿Cuántas veces te he dicho que me guardes respeto? No me gusta ser llamada 'vieja loca'.
―Es el único nombre que tengo para ti, vieja ―espetó mientras se agachaba para ayudar a Kagome. La presión de la estola disminuyó ante el comando de la demonio y la sacerdotisa al fin pudo enderezarse sujetándose del brazo de su esposo―. ¿Qué rayos estás haciendo aquí?
―¡Inuyasha! ¿Estabas con tu padre? ¿Sabes algo de la chica llamada Rin? Vi que tu padre se la llevó y cuando entré a este plano para ayudarla apareció la señora Irasue para detenerme. Dijo que Rin estaba muerta porque tu hermano...
―Hey, no vayas tan rápido. En primer lugar la niña esa está bien, papá no le hizo nada así que no te desesperes. En segundo lugar... ¿cómo es que la conoces?
―No la conozco. Sus padres nos contactaron a mí y a mi abuelo para traerla de regreso. Dijeron que tu hermano se la había llevado.
―De eso no puedo decirte nada porque acabo de conocer al bastardo ―gruñó con fastidio. Tomó una honda bocanada y se masajeó el puente de la nariz para despejar su mente―. Pero esa niña está bien. No sé dónde está ahora, pero está ilesa. Casi completamente ―agregó al recordar su voz quebrada por el fuerte agarre de su padre.
―Oh, ¿así que continúa con vida? Debí suponerlo ―suspiró Irasue dramáticamente. Kagome e Inuyasha le fruncieron el entrecejo. Lo que a ellos les preocupaba parecía ser muy divertido para ella―, InuTaisho no es capaz de herir a humanos, va en contra de sus principios. Aunque asumí que su rabia podría con él esta vez. Tal parece que me equivoqué.
―Debo ir a buscarla, sus padres están desesperados por que regrese ―la ignoró Kagome dando un paso al frente. Inuyasha la tomó del brazo para detenerla y negó con la cabeza.
―Es mejor que no te metas. Ese imbécil no estará demasiado contento si apareces para quitársela, no después de que tuvo que verla morir aunque fuera falso.
―¿Mi hijo estaba muy afectado? ―volvió a interrumpir Irasue con un tinte ligeramente más serio. Inuyasha apretó los labios.
―Tanto como para romper la barrera y atacar ciegamente al viejo. Y cuando la vio con vida... es extraño, pero parecía otra persona ―dijo incómodo, sin saber en realidad por qué le estaba respondiendo. Kagome bajó los hombros y la cara angustiada por la confirmación de sus sospechas anteriores.
―¿Entonces sí es su inumochi? ―quiso saber, pensativa.
―Eso parece. ¿Y se supone que tienes que llevarla de regreso al mundo humano?
―Le dije a sus padres que haría todo lo posible para que así fuera ―asintió contrariada, nada cómoda con la idea de cómo eso sonaba―. ¿Crees que pueda hablar con ella por lo menos?
―Supongo, pero... es posible que ese bastardo nos ataque en cuanto nos vea. Además de que dudo que se hayan quedado en el mismo lugar, tendríamos que rastrearlos.
―Eso no será necesario ―dijo Irasue. Se había alejado un poco del par y ahora contemplaba su collar con la Piedra Meido. La desaparición de las intervenciones que causaban la tormenta y la explosión de energía de Sesshomaru hicieron que el panorama fuera claro una vez más. Ahora mismo veía a su hijo caminando con la humana en brazos con un escenario muy parecido al que rodeaba los terrenos próximos de la mansión―. Vienen hacia aquí justo ahora.
―¿Cómo estás tan segura? ―preguntó escéptico Inuyasha. Por toda respuesta la demonio le mostró la Piedra entre sus manos, a lo que el hanyou resopló con desagrado rolando los ojos―. Claro, olvidaba que todo lo ves y todo lo sabes.
―No todo ―musitó ella al devolver la mirada a lo que la joya le mostraba. Aunque sus facciones no lo demostraran, estaba impresionada por lo que veía. Su hijo sostenía a la humana con tal delicadeza, dándole rápidos vistazos de alivio y manteniéndole la conversación que realmente consideró creer en las palabras del híbrido: parecía otra persona. Idéntico a su padre...
―Inuyasha, ¿por qué nunca me dijiste que tenías un hermano? ―quiso saber Kagome. Al menos no tenía que salir a buscar a Rin y todo lo que debía hacer era esperar. Sin embargo, la pregunta dorada la mantenía tensa, dolida incluso. Sentía una espinita al creer que su marido no era totalmente sincero con ella.
―No es algo de lo que me guste hablar. Además de que no lo considero como tal ―gruñó―. ¿Recuerdas que te dije que a mi madre y a mí nos atacaron cuando era cachorro? Fue él.
Kagome se llevó una mano a la boca para cubrir su asombro. De eso sí sabía, su marido le había dicho unos meses después de conocerse ―cuando había algo más de confianza entre ellos― la razón por la que su madre estaba ausente y cómo había llegado a ser criado solo por su padre. Esto también explicó indirectamente la melancolía en el rostro de su progenitor, aún cuando éste intentara ocultarlo con su tranquilidad habitual.
Nunca olvidaría la primera vez que había conocido al señor InuTaisho; el miedo y el respeto ante tan imponente persona eran prácticamente palpables sus facciones cuando Inuyasha los presentó, y no demoró mucho más en descubrir que realmente echaba de menos a su esposa, aún después de tanto tiempo.
Y había sido su otro hijo, Sesshomaru, quien lo había hecho...
No le extrañaba que estuviera triste tras los quinientos años.
―¿Puedes decirme qué fue lo que en realidad pasó ese día? ―pidió poco después.
―No es como si lo recordara, tenía pocos días de vida ―contestó con una mueca.
―¿Usted podría hacerlo, señora Irasue? ―se giró hacia la dama, quien levantó sus afilados ojos dorados de la Piedra para verla con un leve rastro de curiosidad.
―¿Señora? ¿Por qué la formalidad? Se supone que estaban peleando unos minutos atrás ―Inuyasha se quejó lanzándole una mirada de hastío a la demonio.
―No estábamos peleando, híbrido, meramente la estaba deteniendo para que no interviniera. No iba a causarle daño alguno ―sacudió la cabeza con un gesto condescendiente, dándole un vistazo a Kagome como si no tuviera importancia. Kagome alzó una ceja en desacuerdo.
―Dijo que perdería el pie si ignoraba sus advertencias.
―Y el que aún lo tengas al final de la pierna demuestra mis intenciones ―hizo de nuevo aquel gesto, exasperando a Inuyasha y ganándose una mirada de desagrado por parte de la sacerdotisa―. Ya no tiene importancia, ¿o sí? Estás en una sola pieza a pesar de tus insistentes ataques.
―Sí... supongo que ya no importa ―terminó por admitir. No tenía caso ponerse a discutir con una mujer como ella, nunca llegaría a ningún lado. Además de que tenía cosas más importantes de las que ocuparse―. ¿Podría entonces decirme qué fue lo que pasó ese día? ¿Y cómo es que Rin vino a parar a este mundo?
La demonio observó un segundo la Piedra Meido para cerciorarse por dónde iba su hijo.
―¿Por qué no? Tenemos tiempo.
...
Rin sitió que el estómago se le apretaba en un nudo cuando alcanzó a ver el muro de la mansión, y más aún cuando éste fue cruzado de un salto y ambos aterrizaron limpiamente del otro lado. Le hizo una seña muda al demonio para que la dejara bajar, a lo que él accedió sin oposición. La capa de nieve que había dejado la tormenta le llegó hasta casi las rodillas, pero no era algo que le importara mucho.
No le costó ver el sitio exacto en el que Sesshomaru había ido a parar tras el golpe de su padre, justamente en el muro a unos metros de donde estaban parados. El cráter entre las piedras y el profundo surco que había dejado en la tierra resaltaban demasiado como para no verlos. Iba a hacer algún comentario al respecto, preocupada por lo que semejante impacto le había hecho a su cuerpo, pero cuando abría la boca se percató de que el inugami se tensaba y afilaba los ojos en algo en el interior de la casa. Dirigió la vista hasta el punto que llamaba su atención, encontrando las antorchas encendidas tal y como las habían dejado antes de irse súbitamente. Y en el interior de la casa había... personas.
Pese a la distancia reconoció a Inuyasha sin esfuerzo; su ropa roja y cabello blanco resaltaban como un foco. Y al lado de él distinguió a lo que parecían ser dos mujeres, una con el cabello negro y otra con cabello plateado y ropajes de colores.
La madre de Sesshomaru y la esposa de Inuyasha.
Tomó una honda respiración para prepararse para lo que seguía y dio un paso al frente. Sabía que los tres se habían percatado de su presencia y ahora mismo tenían las caras en su dirección.
―Vamos ―instó a Sesshomaru quien mantenía una expresión de pocos amigos, pero aún así comenzó a caminar a su lado sin apartar los ojos entrecerrados de su madre. Tras siglos sin ver a ninguno de sus padres debía ser algo así como un shock encontrárselos a los dos en un mismo día, en especial cuando no tenía buenas relaciones con ninguno. Oh, y con la madre siempre se llevó bastante mal... qué incómodo.
Atravesaron el patio abriéndose camino entre la densa capa de nieve, y justo antes de que se subiera al elevado del pórtico, la otra humana se apuró a ella y le tendió la mano para ayudarla. Rin se sorprendió un poco ante su preocupadísimo rostro, pero igualmente aceptó la mano que le ofrecía, sonriéndole en agradecimiento.
―Eres Rin, ¿no es así? ―fue como la saludó apenas subió―. He oído mucho de ti, me alegra bastante ver que estás bien.
―Oh... gracias. Em... ¿quién eres? ¿Me conoces?
―Perdón, han sido unas horas bastante agitadas ―se inclinó respetuosamente―. Mi nombre es Kagome Higurashi, vine desde Tokio porque tus padres me contactaron para ayudarte a regresar a casa.
―¿Mis padres? ¿Pero cómo te conocen mis padres?
―Tus padres han estado investigando métodos para traerte de vuelta, e investigando servicios de expertos espirituales se toparon con el contacto de mi abuelo ―le explicó resumidamente. Hizo una pequeña pausa y añadió―. Han estado muy preocupados por ti... creían que estabas en peligro con...
Guardó silencio ante la mirada de desagrado que le lanzaba el demonio que estaba parado a su lado. Era tan parecido a Inuyasha y a InuTaisho que le pareció un tanto espeluznante, pero al mismo tiempo parecía una réplica masculina de su madre. Aunque la mirada asesina no sabía de qué lado había salido.
―É-el es Sesshomaru ―sonrió girándose hacia él para presentarlos. Kagome hizo una inclinación de cabeza, incómoda, pero él no dio señales de reconocer su existencia con nada más que una mirada de desprecio. Kagome supo inmediatamente que escucharla decir que estaba ahí para llevarla a casa le había molestado bastante.
Inugami al fin y al cabo.
―También he oído de ti, Sesshomaru ―le dijo alzando levemente las cejas. Aunque haya sido solamente en los últimos minutos, si he de admitir. De nuevo no hubo respuesta―. A Inuyasha tengo entendido que ya lo conoces, ¿no es así? ―se volteó un poco para señalarlo con la cabeza, haciendo que éste resoplara. No estaba nada contento ahí, pero era difícil quién estaba de peor humor, si él o su hermano―. Y ella es la señora Irasue, es...
―Madre ―siseó Sesshomaru gravemente.
―Te dignas a saludarme, Sesshomaru, qué halago ―avanzó la dama con falso encanto―. Después de más de quinientos años creí que serías más efusivo.
―Creíste mal ―musitó en respuesta, cortándola―. ¿Qué estás haciendo aquí?
―Directo al punto como siempre, no has cambiado ―roló dramáticamente los ojos haciéndose la ofendida―. Cuido de la brecha durante el solsticio, por supuesto. Aunque mentiría si dijera que ese es mi único propósito en este lugar. Como tu madre ansiaba verte, hijo mío. Has crecido bastante desde la última vez que te vi.
Sesshomaru ignoró olímpicamente su teatro como siempre. Rin varió la mirada entre la señora Irasue, Sesshomaru y Kagome, quién le devolvió la misma cara de incomodidad.
―Además de que también quería conocer a la humana responsable de todo este alboroto ―la respiración se le cortó de golpe cuando los gélidos ojos de la dama se posaron sobre ella, examinándola de arriba a abajo, haciéndola sentir expuesta. Sin embargo, esto no fue impedimento para que bajara la cabeza ni se retrajera.
Los dos suegros en un día... y yo creía que las cosas avanzaban rápido cuando le dije que nos estableciéramos después de viajar.
―Mi nombre es Rin. Un gusto conocerla, señora Irasue ―hizo una corta reverencia sin apartarle los ojos. La demonio enarcó una ceja con interés.
―Al menos tienes modales, a diferencia de mi hijo y este par de criaturas.
―¿Quién podría tener modales contigo, vieja loca? ―musitó Inuyasha indignado. Irasue pasó de largo su comentario y continuó observando detalladamente a Rin.
―Estoy sorprendida. Es una humana ordinaria y ha conseguido que salieras de tu encierro, Sesshomaru. Me intriga saber cómo.
―Nada de esto es tu incumbencia ―espetó él en respuesta―. Has terminado de vigilar la brecha, puedes retirarte.
―Vaya, ¿ya me estás echando? No tienes respeto por tu madre, qué muchacho tan mal educado. Pero estás equivocado, mi trabajo aún no ha terminado.
―¿A qué te refieres con eso? El solsticio está por terminar y la brecha se cerrará.
―Así es, pero cuando eso suceda debo cerciorarme de que sea eliminada por completo ―dijo con soltura. Rin respingó sonoramente, y hasta Kagome se le quedó viendo a la mujer con los ojos bien abiertos.
―¿Qué...? ¿Eliminada?
―Estoy esperando a que tu humana decida si irse o quedarse. Después de eso la brecha desaparecerá.
―No permitiré que hagas tal cosa ―intervino Sesshomaru dando un paso al frente―. Vete, madre. Te lo advierto.
―Oh, ¿haciendo amenazas a tu madre? ¿Acaso no aprendiste nada enfrentando a tu padre? ―soltó una risita falsa como si todo el asunto le pareciera de lo más divertido―. Puedo irme, claro, pero la brecha se eliminará de todas maneras, así que mi presencia no influye realmente. Sólo necesito ver que el trabajo quede bien hecho, un pequeño error en esto y puede ser un peligro para el mundo humano. Tu padre no estaría muy complacido que digamos, y no me apetece para nada ganarme su enemistad, es muy problemático.
―¿Por qué eliminaría la brecha, señora Irasue? ―preguntó Rin preocupada, lista a convencerla para que cambiara de opinión. Si el punto que conectaba a ambos mundos desaparecería no volvería a ver a Sesshomaru.
Y no podía permitir eso.
―No es mi decisión, humana.
―¿Y no puede dejarla como estaba?
―No, no puedo hacer eso. La brecha fue abierta en base a la barrera que mantenía a Sesshomaru dentro de estos límites; se alimentaba de su energía por así decirlo. Yo misma la abrí, si he de añadir, como una ayuda para que mi querido hijo pudiera librarse de su castigo. Por nada, Sesshomaru, pues ha funcionado ―agregó sonriéndole indulgente sacando a relucir su dramatismo. El demonio arrugó el ceño pero abrió más los ojos ante una pieza clave de información de la que no estaba enterado.
Así que sus padres no sólo lo habían estado vigilando en todo ese tiempo, sino que fue su madre la responsable de la apertura de la brecha. Y directamente tenía la responsabilidad de que hubiera conocido a Rin.
Sentía que habían estado manipulándolo desde el mismo inicio, marcando sus pasos y moviendo las piezas como si todo no fuera más que un juego. Uno que le costó quinientos años de su vida, muchos más de los que había vivido para entonces. Toda su vida adulta.
Viró los ojos hacia Rin, quien no apartaba su atención de la demonio hasta que se percató que era observada. Se veía tan mortificada por el cierre de la brecha que por un momento se olvidó de su creciente enfado. A pesar de que la manipulación había estado presente para su encuentro y todo había sido orquestado desde el inicio de una manera u otra... no cambiaría el hecho de que haber conocido a Rin había valido la pena. Por la humillación, el desespero y el infinito enojo... tenerla a su lado hacía que todo desapareciera.
Y era por eso mismo que debía asegurarse de que así se mantuviera.
―Así que, como puedes deducir, al desaparecer la cúpula de energía no hay manera de que se mantenga la brecha. Sigue activa por el solsticio, pero una vez que este acabe ya no quedará rastro de contacto entre un mundo y otro. Después de todo, es un punto de unión fabricado, no natural, no puede mantenerse solo ―concluyó encogiéndose de hombros como si estuviera diciendo lo más lógico del mundo.
―Eso quiere decir que... después de hoy...
―Se perderá cualquier contacto entre mundos en este punto, sí, es lo que acabo de decir ―completó Irasue con desinterés volviendo a rolar los ojos.
―Existe la manera de mantener la brecha ―estimó Sesshomaru, pues no estaba haciendo una pregunta. Su madre negó con la cabeza.
―No que yo sepa, a menos de que quieras que se levante la barrera otra vez. Y si mal no recuerdo, el procedimiento te dejó sellado por varios años por toda la energía que consumió. ¿Crees que tanto porcentaje de tu youki desapareció en el aire? Fue utilizado tanto como para mantenerte dentro del campo como para abrir la brecha.
―Entonces utilizaré mi youki para hacerlo de nuevo.
―¿Estarías dispuesto a sacrificar tal parte de ti sólo para algo como eso? ―se extrañó Irasue, mirándolo con verdadera sorpresa. Rin entreabrió la boca al ver hasta qué limites estaba dispuesto a ir ese hombre con tal de mantenerla consigo. Sus hombros cayeron y sorbió calladamente intentando no llorar.
―Sesshomaru...
―¿Eres consciente del daño que te causaría mantener el punto abierto? No sólo perderías parte de tu energía, sino que podría ser toda. No sólo utilicé tu youki para esto, sino también el mío y el de la barrera. Quedarías totalmente vulnerable al perder tal cantidad de energía ―explicó aprensiva ante su resolución de sacrificarse de esa manera... por un humano. Encontraba difícil de creer que aquel hombre que estaba parado frente a ella fuera su hijo.
―Es lo que debe hacerse.
―¡No! Sesshomaru, no puedes ―Rin tomó su brazo con ambas manos, asustada. No quería que llegara hasta tales extremos sólo por ella, era demasiado―. Debe existir otra forma, Sesshomaru... por favor, no te arriesgues de esta manera. Si te llega a pasar algo no sé qué haría.
―¿De qué otra forma ves factible tu regreso a este lugar si no es así? ―razonó duramente. Antes de que Rin contestara, Irasue se le adelantó.
―A no ser, por supuesto, que no cruces al otro lado y te quedes aquí ―le dijo con toda lógica.
La muchacha se tensó y contuvo el aliento, repitiendo en eco aquello último y evaluándolo desde cada aspecto. Kagome tuvo la intención de intervenir y decir algo, pero bajó la mano que había empezado a estirar hacia ella y guardó silencio. Ella no tenía derecho a decirle qué hacer, era su vida después de todo y no podía obligarla a irse si se oponía.
Sesshomaru también permaneció templado, vigilando la reacción de Rin y su rostro compungido. Sabía de antemano cuál decisión tomaría, y si era así no tenía manera de cambiar las cosas. Desvió la mirada cuando Rin tomaba aire para hablar después de una pausa, listo para escuchar la negativa.
―Tu nombre es Kagome, ¿no es así? ―preguntó a la otra humana. Inuyasha se acercó un poco hacia donde estaban, manteniendo un ojo en ambos demonios como medida preventiva. Aquella reunión era la cosa más anormal que había visto en siglos. Kagome asintió―. Si conoces a Inuyasha y eres su esposa... significa que has venido a este mundo antes, ¿no es así?
―Sí, es verdad. Desde hace casi diez años de voy y vengo entre planos.
―¿Puedes hacerlo por ti misma o debe ser en una brecha durante el solsticio?
―Puedo hacerlo por mí misma, pero debe ser en una brecha. No siempre necesito un solsticio porque tengo ciertos poderes espirituales que me facilitan el paso ―explicó asintiendo con la cabeza. Rin apretó los labios momentáneamente.
―¿Crees... crees que sea posible para mí también hacer eso aunque no tenga poderes espirituales?
Kagome, quien había pillado la indirecta al vuelto, se le acercó un poco y se dobló para que le viera la cara. Rin levantó su rostro y la miró a los ojos.
―Creo que es posible, sí. Podemos intentarlo.
Rin contuvo la sonrisa que se le formó en respuesta, pero esta se desvaneció poco después. Apretó sus manos ante el pensamiento de que no fuera posible regresar con Sesshomaru. Y si se quedaba con él como la señora Irasue había sugerido...
―¿Cómo están mis padres? ¿Están... muy preocupados? ¿Muy tristes?
La sacerdotisa se mordió el labio ante la presión e incomodidad. Una palabra suya podía hacer mucho daño sin importar que fuera cierta o no. Pero necesitaba decir la verdad, no podía ser de otra forma.
―Realmente quieren que regreses. Están al otro lado esperándote, por eso estoy aquí.
Rin apretó los puños y arrugó el rostro en consternación. No podía tenerlo todo, lo sabía, pero aún así... maldijo que las cosas no fueran más fáciles y las decisiones tan duras de tomar. Pero sabía qué era lo correcto y lo que necesitaba hacer primero. Se los debía.
―Decídete rápido, humana. El solsticio acabará pronto ―la apresuró Irasue rolando los ojos. Los humanos eran excesivamente dramáticos y emocionales para su gusto.
Sé positiva. Volverás a verlo, existe la posibilidad. Sólo espera seis meses más. Todo estará bien.
―Tengo que regresar con ellos ―vio a Sesshomaru con tristeza, pero determinación al mismo tiempo. No era momento para ser pesimista y ponerse a llorar. Debía mantenerse enfocada y pensar lo mejor, no podía darse el lujo de atormentarse por los condenados 'hubiera', ya no contaba con el tiempo para eso―. Me necesitan.
El demonio apenas movió la cabeza en un asentimiento. Ya lo sabía.
―Entiendo.
―Pero volveré. Encontraré la manera, lo prometo. Si no es este solsticio será el siguiente, haré lo que sea necesario ―aseguró apretando su brazo de nuevo.
―Encontraremos la manera ―la corrigió parcamente mirándola a los ojos. Rin sólo se permitió un momento de sorpresa antes de volver a sonreír.
―Cueste lo que cueste.
Kagome no se había dado cuenta de que ella también sonreía ante la escena que, aunque uno de sus protagonistas fuera tan parco y aparentemente falto de emociones, era... conmovedora. Lo que había supuesto al ver los videos aquel mismo día no sólo fue acertado, sino que además con creces.
―Hey, niña, el portal comenzará a cerrarse dentro de poco ―le informó Inuyasha señalando la brecha detrás de él con un pulgar sobre su hombro. Rin no podía verla como los demás, pero eso no fue obstáculo para que supiera lo que venía ahora. Apretó ligeramente el brazo de Sesshomaru y asintió después de respirar hondamente.
Estaba lista.
―Iré primero para avisarle a tus padres, ¿de acuerdo? No demores demasiado ―le dijo Kagome con una sonrisa de ánimos. Pasó al lado de Irasue, quien observaba la escena con una curiosidad mayor de la que quería demostrar y le dio una cabezada como despedida.
―Hasta luego, señora Irasue. Gracias por explicármelo todo.
―Fue un encuentro de lo más interesante ―le respondió con su voz melosa un tanto fingida.
―Habla por ti ―musitó Inuyasha con una mueca. Su esposa se le paró al frente y lo señaló con el dedo.
―Aún tenemos asuntos pendientes que hablar tú y yo, Inuyasha, no lo olvides. Así que más te vale estar de regreso cuando yo llegue.
―Qué carácter. No te pongas pesada, estaré ahí antes de que te subas al tren. Y Kagome... ―la acercó halándola de una muñeca para decirle algo al oído―. Luego me cuentas qué le hiciste a la vieja para dejarla así, ¿está bien? Muero por saberlo.
―Claro, claro, para eso sí quieres hablar ―roló los ojos soltando un resoplido―. Nos vemos en casa, hasta entonces ―agitó la mano para dar una despedida general para después extender ambos brazos a la altura de los hombros con las palmas abiertas, como si empujara una pared invisible. Rin vio impresionada cómo la mujer delante de ella desaparecía en lo que parecía ser la nada hasta que no quedó rastro de ella.
Tragó con dificultad, ahora era su turno.
―¿Cruzarás conmigo, verdad? ―le preguntó a Sesshomaru. Por toda respuesta el demonio la tomó de la muñeca y avanzó hasta la brecha sin dirigirle ni una palabra o mirada más a su madre o hermano. Irasue murmuró de nuevo algo referente a sus pocos modales, pero Inuyasha se mantuvo callado con un gesto de desconfianza.
―Muchísimas gracias por todo, Inuyasha, señora Irasue. Ha sido un gusto conocerlos a pesar de las circunstancias ―hizo una mueca encogiéndose de hombros. Haber estado a punto de morir por un orquestado plan de venganza no era su idea de reunión 'familiar', pero ya no había forma de arreglar eso. Sin embargo, se alegraba de haberlos conocido en persona y contaba fervientemente con que no sería la última vez que los vería.
―Sólo termina de irte antes de que acabe el solsticio. Y no te metas más en problemas ―dijo Inuyasha llevándose los brazos detrás de la nuca al encaminarse a la salida. Necesitaba empezar su viaje aquella misma noche si quería ganarle a Kagome.
―No prometo nada ―se rió ella―. Señora Irasue...
―No es necesario que te pongas sentimental, humana ―alzó la palma en su dirección para detenerla―. Si consigues la manera de regresar puedes pasar a visitarme, sería agradable tener a alguien con modales para variar ―enarcó una ceja hacia Sesshomaru, quien omitió cualquier comentario.
―Me gustaría, gracias ―asintió mansamente, contenta por no tener la desaprobación de la mujer. Quizás era muy pronto creerlo, pero el que no la rechazara lo consideraba como algo bastante alentador―. Lista ―asintió a Sesshomaru y ambos dieron un paso al frente, cruzando una brecha que ella no podía ver, pero sí la sintió justo entonces.
Su cuerpo se comprimió como si lo apretujaran dos paredes, lastimando sus huesos y músculos en el proceso. Cerró los ojos y apretó los dientes para hacerlo más llevadero, subiendo así mismo el brazo que era sujetado por Sesshomaru para que en lugar de ser tomada por la muñeca sus manos quedaran unidas. Apretó la palma más grande con toda la fuerza que tenía, comprimiendo un quejido por la presión en su cabeza.
Pero justo cuando creía que iba a estallar, todo desapareció.
El ambiente pesado se disipó y pudo volver a respirar con normalidad. Lo que creyó que fueron minutos en la idea de un sitio a otro no se trató más que de un puñado de segundos. Los oídos le zumbaban y tenía la vista nublada, era cuestión de tiempo para que perdiera el conocimiento justo como en aquel primer viaje.
La mano que sostenía la suya dio un leve apretón. Rin, mareada como estaba giró la cabeza para verlo por última vez, encontrándose con su rostro a sólo centímetros del suyo. El demonio apenas presionó su frente con la suya un momento antes de retroceder y soltarla. La chica se inclinó hacia adelante, con ruido blanco inundándole los oídos y un esfuerzo increíble para mantener los ojos abiertos. Sólo veía dos puntos amarillos que no tardaron en desaparecer al regresar al plano del que provenía.
Se balanceó peligrosamente al estar sin el soporte de su cuerpo, pero no llegó a caer. Dos pares de brazos firmes la rodearon para mantenerla de pie sólo el tiempo suficiente para estabilizarla. Después la hicieron sentarse lentamente en el suelo sin soltarla. Escuchaba sus voces amortiguadas y distantes, pero no tenía dudas de quiénes se trataban.
Musitó un saludo para sus padres mientras su madre la abrazaba en su regazo y su padre la tomaba de las manos agradeciéndole a los dioses por tenerla de vuelta. Rin sonrió cansada y les pidió que dejaran de preocuparse porque estaba bien, sin saber que Kagome ya les había advertido lo que estaba por pasarle una vez estuviera en ese plano.
Mientras Rin se perdía en la inconsciencia por el agotamiento y el desbalance, del otro lado Sesshomaru observaba en silencio cómo sus padres la recibían sonrientes y aliviados, acompañados también de la esposa del híbrido y un humano anciano. La brecha cada vez era más pequeña, pero hizo uso de hasta su último retazo para ver el rostro sereno y sonriente de Rin, sin dejar de repetir la promesa que se había formado entre ellos.
Encontrarían la manera, no tenía dudas.
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¡OH POR DIOS AL FIIIIN! Llevo intentando terminar este capítulo desde ayer, tomé las horas sin luz, me quedé hasta la madrugada y toda la tarde hoy. Estoy ligeramente muerta como deben imaginarse, pero más vale tarde que nunca. Quise publicarlo ayer, pero el capítulo se me fue de las manos y acabó siendo mucho más largo de lo que imaginé. 40 páginas, chicos. Espero que con esto se pueda ablandar un poco el retraso de un día y el próximo break hasta el próximo capítulo.
Entrando en materia... ¿Qué tal les pareció? ¿Alguna dijo OH SHIT al menos al inicio? Espero que sí, en especial con el encuentro de Irasue con Kagome (que fue divertidísimo de escribir, por cierto xD) y la aparición de Inuyasha que ya varios tenían anticipado desde la entrega anterior. No, no existe Tenseiga, no revivió milagrosamente ni es un zombi, sólo sobrevivió al ataque porque el cuerpo de su madre lo protegió de todo el daño y Sesshomaru no tuvo oportunidad de dar un segundo golpe.
Me he estado riendo maliciosamente ante sus teorías de si Inu estaba vivo y era el esposo de Kagome o si Kagome se había casado con InuTaisho al final. Los he estado trolleando un poquito, no me odien xD
Ah, y... ¡JODER! Que Rin prácticamente murió a los ojos de Sesshomaru pero al final resultó que todo era simulado para que la barrera se rompiera. Leí en sus comentarios que no les gustaba que InuTaisho tuviera una personalidad tan drástica y que se salía del personaje (en lo cual no estoy de acuerdo porque prácticamente nunca lo conocimos más allá de lo que mostraron en la tercera película, por lo que tuve la libertad de amoldarlo un poco para este fic), y por eso también me salía una risa malvada al estilo de Darth Sidious en Star Wars. Siiii, siiii... dejen que el odio fluya en sus venas... ok, ya xD
Puedo seguir hablando de todo lo que pasó en este capítulo, pero con 40 páginas de contenido creo que dejaría estas notas demasiado largas, así que mejor dejo que ustedes den sus opiniones.
Gracias a todos los que dejaron reviews en el capi anterior, tanto por sus comentarios por la historia y por la nota que dejé al final con respecto a las actualizaciones. Me alivia mucho saber que cuento con unos lectores tan comprensivos como ustedes, ver que cuento con su apoyo y paciencia es increíble. De verdad, gracias. Black Urora, Seika to yami, Michelle D.C (muchísimas gracias! Y tu español es increiblemente bueno, por cierto, si no hubieras dicho que no es tu primera lengua ni me habría dado cuenta xD), MickeyNoMouse, ByaHisaFan, HasuLess, Anónimo, Paloma cucurrucucu, Kate-Klaroline, Nayari, Carol.9803, AlexanderSR25, Floresamaabc, Baby Sony, DreanFicGirl, MisteryWitch, SeeDesire, Nubia, YooJoo, BeautifulButterflyPink, Jenks, Meaow, Ferrist-chan, Hooliedanisars, Gima2618, Nikoru San Fantasy, Kikyou1312, Melinna Sesshy, Indominus Dea, Yoko-Zuki10, Begeles, Sayuri08, AlinaStarlight, Aoi Moss, KeyTen, Mirna, Sara, GabyL, Nesher, KaitouLucifer, Yarisha, Kokoa Kirkland, Lau Cullen Swan, Alexa Rey, Ramnsan, Kunoichi2518, Alexa Grayson Hofferson, Anónimo, Kari, Jezabel, Jokimy Uzumaki, Sammy Blue (*gritito de fangirl*), Celeste, Yarisha, Krayteona, Clau28, CruxMarie, Abigz y Akassha.
Les prometo que no tengo planeado abandonar esta historia y la siguiente sigue en pie (sólo que su producción está paralizada porque me centro únicamente en esta por ahora xD), sólo que necesito tiempo para escribir el capítulo que sigue, es todo. No puedo darles una fecha de cuándo estará listo pues no sé cómo esté mi tiempo y mi inspiración, pero les aseguro que tarde o temprano lo subiré. Tampoco sé si será el último de este fic, ya lo sabrán la siguiente vez que actualice.
Repito, no puedo hacer promesas ni de otros capítulos, epílogos o tiempo estimado para publicar, así que de nuevo les pido paciencia y un poco más de comprensión. Haré todo lo que pueda, tienen mi palabra.
Y con esto creo que dejé todo dicho, así que me despido. Gracias de nuevo por leer, estoy ansiosa por ver qué les pareció este maratónico capítulo que me costó una noche casi entera sin dormir y un par de canas verdes xD Un beso a todo el mundo, ¡hasta la próxima!
