GUANTES NEGROS PARA MANOS BLANCAS
NOTA DEL AUTOR – ¡Hola! ¿Hay alguien ahí?
CAPÍTULO 3 – CRUELDAD
Publicado el 23 de diciembre de 2015, con una extensión de 3.511 palabras.
La inquietud se convirtió en pavor cuando vio que se trataba del mismísimo Instructor Jefe.
"¡Keith Shadis! Esa calva del mal resulta inconfundible en cualquier parte."
Armin trató de controlar su pánico; ahogó a duras penas una risilla histérica. Alguna vez había oído bromear a Connie Springer, el chico de Ragako con la cabeza rapada y mejor amigo de Sasha, diciendo que Shadis había nacido así directamente; siempre con esa misma expresión, de estar cabreado todo el tiempo.
Las ganas de reír se le quitaron de golpe cuando el implacable oficial llegó al final de la fila, con la oscura gabardina de instructor ondeando al viento cual siniestra capa. Los ojos marrón claro del veterano se clavaron sobre Armin, atravesándole y prometiendo que devoraría su alma independientemente de lo que respondiera. Incluso el caballo, un zaino de pelaje castaño oscuro con crines tan negras como sus ojos, parecía observar con expectación al muchacho, casi esperando que hubiese un baño de sangre.
"Jolines Armin," se reprendió a sí mismo. "Menos dramatismos, que sabes que no será para tanto. Ya nos conocemos, no va a ser como el primer día."
De hecho, así más de cerca, podía apreciar algunas diferencias sutiles en la expresión de Shadis. Durante los primeros meses, cada vez que le veía, el Instructor Jefe arrugaba la nariz como si hubiera pisado una mierda. Ahora en cambio su implacable rostro reflejaba, quizás no respeto (Armin no habría pedido tanto), pero sí cierta neutralidad que se le parecía bastante; ya le había obsequiado con ella en alguna ocasión aislada, sobre todo cuando el muchacho hacía una deducción interesante durante las clases teóricas.
Naturalmente, Shadis no estaría muy orgulloso de Armin, viéndole una vez más al final de la cola, como casi siempre. Por otro lado, quizás influía en su menor belicismo el hecho de que Marco también estaba allí; el pecoso era uno de los cadetes más prometedores de la 104, y acaso el más honesto de todos, así que el Jefe ya debía suponer que no se habían quedado atrás para remolonear. Pero eso no significaba que el Instructor fuese a dejar escapar semejante presa tan fácilmente…
–¡Vaya! –se limitó a gruñir el hombre, en vez de hablar a voz en grito como solía hacer–. Arlert y Bott, si tantas ganas tenían de hacer manitas, al menos podrían haberse esperado hasta llegar a la ciudad.
Armin notó que empezaba a ponerse colorado. Desde luego, era un blanco fácil para el Instructor, que siempre sabía por dónde atacarle para que le doliese; hubo una temporada en la que fue todavía peor, cuando a Shadis le dio por tratarle como a una chica y llamarle todo el rato "Armina". ¿Sentía vergüenza porque insultaban deliberadamente su hombría, o confusión porque una parte de él se preguntaba con curiosidad cómo sería…?
Y justo entonces sus reflexiones se vieron interrumpidas por Marco… o más bien por su risa; una risa cálida, amable y por completo fuera de lugar en esas circunstancias. Shadis sí le prestó esta vez toda su atención al moreno pecoso, con un desconcierto que sustituía a su expresión más habitual del tipo "voy a ahorcarte con tus propias entrañas"; y antes de que su duro rostro pudiese mostrar de nuevo esas emociones tan características, el muchacho habló con una voz igual de cálida y amable.
–¡Ah, no hace falta que se preocupe por eso, señor! –Marco miró al oficial con un extraño brillo en sus ojos marrones–. Es lo que ya habíamos hablado el primer día, ¿no? Reservo mi cuerpo para el Rey, señor.
En principio, con aquella última frase, no había cambiado nada en su voz ni en su expresión… pero aun así, Armin sintió un escalofrío, como si de verdad hubiera algo terriblemente equivocado en la forma en que Marco había dicho aquello; como si además de la interpretación más burda y un tanto obscena que Shadis prefería usar en sus insultos, aquellas palabras pudiesen tener todavía un sentido más siniestro, más retorcido… más oscuro.
Por suerte, aquella sombra pasó en un instante, con tanta rapidez que Armin dudó de haberla sentido para empezar; supuso que serían imaginaciones suyas, restos de aquellas reflexiones tan lúgubres de antes y que aún teñían falsamente su percepción… Parpadeó un par de veces y delante de él sólo vio al bueno de Marco, con sus sonrientes pecas y aquella expresión tan amable e inocente; no había forma de que algo así pudiera ser una máscara.
¿Verdad?
Al menos, tenía el consuelo de no ser el único descolocado; Shadis también estaba perplejo, aunque no tardó mucho en recuperar su anterior expresión neutra, sólo traicionada por un leve fruncimiento de ceño. Armin empezó a sentirse inquieto, ahora por otra razón bien distinta.
"¡Espero que no nos obligue a dar media vuelta y hacer todo el camino otra vez! Ya casi hemos llegado a Trost…"
–¡Hum! –carraspeó sonoramente el Instructor–. No me importa lo que hagan o dejen de hacer ustedes, señoritas. ¡Pero asegúrense de no perder de vista al resto de la columna! No se admitirá retraso alguno.
–Señor, ¿seguimos teniendo hoy la tarde libre? –preguntó Marco con amabilidad.
–Ah, claro que sí, cadete Bott –respondió Shadis con la misma amabilidad… que en él resultaba tremendamente sospechosa–. El plan sigue siendo llegar a Trost justo a tiempo para tomar algo caliente en los barracones y, excepcionalmente, disponer hoy de la tarde libre para visitar la ciudad, antes de empezar mañana con el régimen ordinario de ejercicios. Sí, ya saben ustedes… ¡EL MISMO PLAN QUE SE LES HA EXPLICADO ANTES DE SALIR!
Armin tuvo que reconocer que, aun siendo una reacción previsible, Shadis consiguió hacerle saltar con aquel grito; también sintió temblar a Marco a su lado. Los dos palidecieron mientras contenían el aliento, aguardando expectantes lo que vendría después.
Sin embargo, el viejo Keith ya parecía satisfecho con la forma "sutil" (por lo menos para él) en que había restablecido su dominio, dejando claro quién era el que mandaba allí; y los muchachos vieron que sería mejor no tentar a la suerte.
–Entendido, señor –contestó Marco; con un tono tan serio y solemne, que parecía que estuviese delante del mismísimo Rey.
–Alto y claro, señor –añadió Armin, temblando un poco más; al menos le salió la voz.
Shadis volvió a mirarles con el ceño fruncido, pero debió convencerle lo que vio; se limitó a gruñir por lo bajo y dio media vuelta para regresar al frente de la formación, a lomos de su montura. Aquel caballo había sido silencioso testigo, durante el breve pero intenso intercambio; debía de estar ya acostumbrado a los formidables gritos de su jinete.
Armin siguió con la vista un momento al oficial, pero su mirada se topó enseguida con Mikasa y Eren. Sus dos amigos, que aún marchaban varios metros por delante, se habían girado para ver qué pasaba.
No le costaba imaginarse a Eren lanzándose sobre el mismísimo Shadis para defenderle; la sola idea ya ponía nervioso a Armin, porque sabía que su amigo sería capaz de cometer semejante temeridad, sin pararse a pensar en las consecuencias. Por eso el rubio se aseguró de sonreír y saludar con la mano, como diciendo "tranquilo que no pasa nada"; y debió de funcionar, porque el moreno pareció relajarse y le devolvió la sonrisa, volviendo luego la vista al frente.
A todo esto, Mikasa se había mantenido tan estoica y tranquila como de costumbre; con esa fuerza apacible, propia de una persona dispuesta a defender a los suyos, pero no de manera insensata. Ella se había dado cuenta enseguida de que el "problema" no era tal; simplemente lo dejó correr, por tratarse de la solución más sencilla. Sólo una leve inclinación de cabeza reveló que había estado pendiente de la situación en todo momento; después siguió mirando hacia delante.
Así que Armin volvía a tener suficiente intimidad, para continuar hablando tranquilamente de sus cosas con Marco.
–Bueno –le sonrió el pecoso, como si no hubiera pasado nada–. Creo que me habías preguntado por la bufanda de Mikasa…
El de ojos azules se sorprendió de nuevo, aunque ya no tanto como antes.
"Sí que se parecen, ella y él. Los dos son capaces de mantener la calma en cualquier situación."
–Eh… –Armin titubeó al principio–. Sí, bueno… Entonces, ¿llegaste a alguna conclusión o…?
Hizo un gesto con la mano, como diciendo "si quieres lo dejamos", pero Marco negó con la cabeza.
–Bueno, respondiendo a tu pregunta… –el pecoso frunció el ceño, haciendo memoria–. Fue un regalo que Eren le hizo a Mikasa, ¿no? Pero otra vez me da la impresión de que significa más para ella, que él no se da tanta cuenta… –se encogió de hombros, parecía un poco avergonzado–. Ya te digo que es sólo una impresión, igual estoy viendo cosas donde no las hay.
–¡No, no! –Armin gesticuló con las manos–. Nada de eso, de hecho te has acercado bastante.
No debería sorprenderle que Marco fuese tan perceptivo. Era muy sociable y se llevaba bien con casi todo el mundo, pero escuchaba mucho más de lo que hablaba; eso le daba ocasión de observar y averiguar cosas que se les pasarían a otros, incluso sin proponérselo.
Armin estaba cada vez más convencido de que había sido buena idea pedirle ayuda. Se iba acercando la hora de la verdad, el momento de plantearle a Marco la cuestión que a su vez le había planteado Eren.
Por un instante le asaltaron de nuevo las dudas; quizás era un asunto demasiado personal, quizás sería mejor no implicar a otras personas… pero desechó enseguida esos "quizás". Armin pensó sobre todo que, si él estuviese en el lugar de Eren, no le importaría que alguien como Marco le echase una mano con aquel asunto.
Y una vez más, tomó su decisión.
–¿Sabes que Eren quiere comprarle unos guantes a Mikasa?
En cuanto lo dijo, Armin sintió vergüenza; quizás porque para algo tan sencillo no habría hecho falta dar tantos rodeos, quizás porque dicho así en voz alta sonaba un poco tonto…
–Entiendo –contestó Marco con calma.
Luego volvió la vista al frente y entrecerró los ojos, observando a los compañeros que marchaban delante de ellos, especialmente a Mikasa; Armin casi podía oír los engranajes girando en su cabeza.
–No lleva guantes ahora –comentó el pecoso, mirando un instante su propia mano envuelta en lana marrón; una vez más, el muchacho parecía un poco ausente, como si estuviera pensando en voz alta–. Sin embargo, había para todos… Es curioso, la gente tiene por costumbre buscar prendas del mismo color. ¿Será eso? Las negras son muy escasas y muy apreciadas, creo que sólo he visto a una persona que… –sonrió mientras meneaba la cabeza–. Ah, pero no renunciará a ellos tan fácilmente. Así que nada de guantes negros para Mikasa en el reparto. Ella prefiere llevar su bufanda negra, antes que quitársela y ponerse prendas de otro color, o incluso combinar distintos colores. También es cierto que esta lana pica bastante… –Marco se volvió entonces hacia Armin–. Sé que Mikasa es especial. Para qué nos vamos a engañar, seguramente sea más fuerte y más rápida que cualquiera de nosotros. ¿Quizás no siente el frío? O al menos no de la misma manera…
Al rubio le extrañó la pregunta, incluso le incomodó, aunque era lógica; venía de alguien que no sabía lo que pasó exactamente hacía ya cinco años, cuando Mikasa y Eren se encontraron por primera vez. Armin tampoco conocía todos los detalles, pero no era tonto; podía sumar dos y dos, tenía una idea bastante clara de lo que había pasado. "Bestias disfrazadas de hombres," le había confesado Eren alguna vez. Sintió un escalofrío… y no era por la nieve; no sólo.
"Se supone que aquel día también nevaba, ¿verdad?"
–Sí, creo que ella es capaz de resistir más el frío –contestó por fin Armin–. Pero creo que, al mismo tiempo, también es a quien más le duele.
Marco abrió mucho los ojos; sus labios formaron un mudo "¡oh!". Por un momento, ninguno de los dos dijo nada; y mientras tanto, Armin se preguntaba cuánto sabría realmente el moreno pecoso.
–Entonces Mikasa puede soportar más dolor que cualquiera de nosotros –comentó luego Marco, observando a la muchacha que caminaba delante de él, con lo que parecía admiración… ¿o quizás algo más?
"No me fastidies," se sorprendió Armin de repente. "Marco, esa persona de la que hablabas antes, ¿no será…?"
–Y dime –continuó el pecoso, mirando con atención a su compañero–. ¿Eren también lo sabe, o es otra de esas cosas de las que no quiere enterarse?
De repente, su voz se había vuelto más dura y había dejado de sonreír; como si Marco tuviese algo personal contra Eren. Armin ya no estaba tan seguro de que sólo fuera impresión suya; había ocurrido demasiadas veces como para tratarse de una casualidad. Naturalmente, no tardó en salir en defensa de su amigo de la infancia.
–Sé que Eren no es quien más entiende de estas cosas… –comenzó.
–¿Y eso justifica la forma en que trata a Mikasa? –le cortó Marco, en el mismo tono; sus ojos castaños ya no brillaban.
"¿¡Pero qué le ha dado ahora a éste!?"
La sorpresa de Armin iba convirtiéndose en inquietud. En otras circunstancias, habría intentado encogerse todo lo posible para que no le vieran y le dejasen tranquilo… pero esta vez no sentía sólo miedo; el desconcierto por aquellas reacciones tan extrañas, se sumaba a cierta ira silenciosa tras haber sido nuevamente blanco de las mofas del Instructor Jefe.
"¿Y ahora va a venir incluso Marco a decirme lo que tengo que hacer? ¡Ah, no! ¡De eso nada, hasta aquí hemos llegado!"
–Primero, no vuelvas a interrumpirme –espetó Armin en voz baja, fulminando con la mirada al pecoso–. Segundo, Eren sí que cuida de Mikasa, a su manera. No te imaginas hasta qué punto lo ha hecho durante todo este tiempo. Tú que eres de Jinae, dentro del Muro Rose, no tienes ni idea de lo que supone pasar dos años como refugiado, cada día al borde del abismo… Y antes de eso, él ya la salvó a ella, no te imaginas cómo, pero no me corresponde a mí decir más sobre ello. Lo que sí diré es que tú no eres quién para juzgar cómo la trata o la deja de tratar. No tienes ningún derecho. Y tercero, y puede que lo más importante… Esa decisión le corresponde a Mikasa. Y oye, lo siento mucho, pero si ella decide estar con Eren, en vez de con Jean, o contigo, entonces…
Y entonces vio una reacción que no se había esperado.
Mientras Armin hablaba en furiosos susurros, dando rienda suelta a toda su frustración acumulada, Marco había estado observándole sin pestañear, respirando agitadamente; apretaba con fuerza la mandíbula, como esforzándose para mantener el control y no soltarle un guantazo a su compañero. Sin embargo, ante la mención de ese "contigo", la rabia abandonó de inmediato el rostro del pecoso; su desconcertada sorpresa, tan repentina, habría resultado cómica en otras circunstancias.
"¿¡Y ahora qué es lo que me ha dado a mí!?" Armin guardó silencio y comenzó a sentirse avergonzado. "Hablarle así a Marco… ¿¡En qué estaba pensando!?" Miró hacia delante, pero sus compañeros no sospechaban nada; el intenso intercambio se había producido en susurros, no a gritos, aunque… "¿Es cosa mía, o Mikasa parece un poco más tensa?" A su lado, el pecoso aún seguía sumido en sus pensamientos, con los ojos bien abiertos.
–Oye, espera un momento –consiguió decir al fin Marco, titubeando–. De verdad… ¿De verdad crees que Mikasa…? ¿Ella y yo…? A ver, no digo que Mikasa no… Bueno, que ella es… En fin, habría que ser idiota para no… –entonces suspiró profundamente; luego se fue calmando con respiraciones pausadas–. Seamos sinceros, Armin. Hemos sido compañeros casi tres años, con momentos buenos y momentos malos, pero está claro que muy pronto nuestros caminos se separarán y ya no volverán a cruzarse… –su mirada volvió a perderse en algún punto distante–. Allá donde voy, no podéis acompañarme.
Armin sintió de nuevo un mal presentimiento al oírle decir aquello, de una forma tan lúgubre; casi una certeza. Supo que Marco estaba dándole vueltas otra vez a lo de Trost, a esa batalla que la Humanidad tendría que librar tarde o temprano… y el funesto destino que allí le aguardaba.
–Supuestamente –pensó Armin en voz alta–. En realidad, no es como si el destino estuviese tallado sobre roca…
–¿Eh? –Marco salió de su trance y le miró aturdido, como si hubiera regresado de un lugar lejano; pero se dio cuenta rápidamente de a qué se refería el rubio–. Ah, no… Armin, no es por eso, yo… –consiguió vencer su nerviosismo y sonrió, aunque no parecía muy convencido–. A ver, yo voy a entrar en la Policía Militar, eso lo tengo claro, tanto como que vosotros tres vais a terminar en la Legión sí o sí. No tiene sentido darle vueltas a algo que ya no podrá ser…
Volvió a suspirar, mientras contemplaba el horizonte. Se hizo un silencio entre ambos, no del todo incómodo; aunque Armin no sabía cómo continuar aquella conversación. ¿Seguir hablando de Mikasa, de Eren…? Quizás ya no era tan buena idea pedirle ayuda al pecoso con aquel asunto, si realmente tenía sentimientos encontrados al respecto.
–Dime, Armin –le preguntó Marco, con una amabilidad que ahora sí resultaba sorprendente–. Lo de que Eren quería comprarle unos guantes a Mikasa, ¿cómo lo supiste? ¿Te lo dijo él, o…?
El rubio comprendió enseguida que su compañero no fingía; en verdad quería ayudarle con aquel tema… en verdad era una buena persona. Aquello le dejó ya mucho más tranquilo. Antes, por un momento, se habían tambaleado los cimientos de su mundo; ahora en cambio, sentía que las cosas volvían a la normalidad. Aún conservaba una sombra de duda, en algún rincón oscuro de su mente; pero supuso que podía confiar en Marco, al menos lo suficiente para contestar a su pregunta.
–Ya conoces a Eren –admitió el propio Armin, encogiéndose de hombros–. Tiene a ser un poco impulsivo… –ignoró deliberadamente la ceja alzada del pecoso, como diciendo "¿sólo un poco?"–. Fue una decisión que tomó en el calor, o más bien el frío, del momento, je je… Vale, perdón por el chiste malo. En fin, tan sencillo como que estábamos entrenando fuera y Mikasa se llevó las manos a la boca para calentarlas con su aliento… –también recordaba el ceño fruncido de su impetuoso amigo en aquella ocasión, como si estuviese enfadado, pero omitió el detalle–. Eren se dio cuenta y dijo "voy a comprarle unos guantes, unos guantes negros como su bufanda". Igual sólo lo pensó en voz alta, pero yo estaba ahí a su lado en ese momento y lo oí.
–Ya veo –Marco asintió con interés–. ¿El tema ha vuelto a salir entre vosotros?
–No mucho, la verdad –Armin se rascó la nuca–. Supongo que Eren preferiría darle la sorpresa a Mikasa. Como entenderás, no podemos hablar de ello a menudo… y creo que él no quiere que nadie más lo sepa, no todavía, así que en lo barracones tampoco podemos tratar del asunto. Esta mañana sí conseguí mencionárselo un momento, pero sólo dijo que ya se encargaría él de resolverlo.
–Sí, claro –Marco no parecía muy convencido y casi sonó despectivo; por fortuna, aquella sombra se desvaneció con rapidez y luego siguió hablando en un tono más amable–. Eren corre el riesgo de posponerlo cada vez más, hasta que ya sea demasiado tarde. Supongo que cuesta imaginárselo haciendo algo así, ¿verdad? Me refiero a buscarle un regalo a… su hermana.
De nuevo, se hizo el silencio; y fue el pecoso quien volvió a romperlo.
–Antes hablábamos sobre lo mucho que esa bufanda significa para ella –Marco se rascó la nuca–. Quizás a cierto nivel Eren se ha dado cuenta de que unos guantes también significarían mucho, demasiado, y ahora él tiene miedo…
–Eso no le ha detenido antes –replicó Armin con decisión, apretando los dientes.
No dijo "Eren desconoce qué es el miedo", porque eso no sería cierto; pero había pasado suficientes años al lado de su amigo, como para saber que éste no se detendría ante nada después de tomar su decisión… y eso sí que era cierto.
–Está bien –Marco sonrió con calidez, mientras volvía la vista al frente–. Me alegra saber que Eren no va a dar marcha atrás. Así es como debería ser… –aun con la mirada perdida, sus ojos brillaban con aquel idealismo soñador tan característico en él–. Mikasa es fuerte, muy fuerte, pero al mismo tiempo sus manos son tan finas, tan blancas… tan delicadas, o al menos lo parecen. Unas manos así no deberían pasar frío. Nada más natural, que querer verlas protegidas, de la mejor manera posible.
Dejó escapar un leve suspiro; luego continuó hablando para sí, en voz baja.
–Unos guantes negros, para unas manos blancas. Así está bien.
