GUANTES NEGROS PARA MANOS BLANCAS
NOTA DEL AUTOR – Una vez más, gracias a todos los que estáis siguiendo la historia y/o la habéis añadido a vuestros favoritos; y gracias especialmente a Debby-Chan Ackerman por su review, ¡siempre le alegra a uno el día! Con este tipo de motivaciones, cuesta mucho menos continuar escribiendo.
Por otro lado, este capítulo es más corto de lo habitual; no encontré mejor momento para hacer una pausa. Lo bueno es que, gracias a eso, pude actualizar antes. ¡Espero que lo disfrutéis! Y también espero que paséis una buena Nochevieja, con una feliz entrada en este Año Nuevo 2016 que está a punto de comenzar.
CAPÍTULO 5 – UNA IDEA
Publicado el 31 de diciembre de 2015, con una extensión de 2.490 palabras.
–Se me ocurre una idea…
Armin tuvo un presentimiento muy malo al oír aquello. Su inquieta imaginación nunca necesitaba de mucho estímulo, para salir disparada a toda velocidad; así que, sin mucha dificultad, empezó a imaginarse montones de posibilidades, preguntándose cuál sería la que Marco tenía en mente.
¿Valerse de algún subterfugio para organizarle a Mikasa una cita con Jean? Lo dudaba, aquello iría directamente en contra de la Misión. ¿Acaso era el propio Marco quien estaba pensando en citarse con ella? Tal vez se había dicho a sí mismo que ya no tenía nada que perder, después de "traicionar" a su mejor amigo, y ahora estaba dispuesto incluso a seducir a su compañera…
"No, eso tampoco tiene sentido. Además, la explicación más sencilla suele ser la correcta, y hay cosas mucho más sencillas que organizar una cita. Bastaría con hacer creer a Mikasa que la han seleccionado para unos ejercicios secretos especiales, y que si participa en ellos también conseguirá puntos para Eren. Naturalmente, una oferta que no podrá rechazar…"
Sin embargo, aquello no encajaba con la sonrisa lobuna que le había aparecido de pronto a Marco en la cara; y Armin empezó a temerse algo mucho peor… No le costaba imaginárselo organizando una especie de "búsqueda", que comenzaría dejándole a Mikasa una serie de mensajes anónimos. "Hemos secuestrado a Eren, si quieres volver a verle tendrás que seguir nuestras instrucciones." Iría llevándola de pista en pista, por toda la ciudad; quizás incluso aprovecharía para enviarla a descargar su furia en los antros criminales más conocidos de Trost, ella sería capaz…
Y cuando ya estaba imaginándose a Mikasa vestida de negro, que se lanzaba desde el techo sobre una banda de traficantes y les daba una paliza, para luego agarrar al jefe y preguntarle con voz ronca "¿Dónde está Eren? ¿¡Dónde está!?"… Armin supo que ya había ido demasiado lejos; tenía que acabar con aquellos disparates.
"Leo demasiado, y mira que se supone que ya no tenemos tiempo para eso."
Sentía una mezcla de vergüenza, preocupación… y curiosidad. Eso le hizo tomar fuerzas suficientes para atreverse al fin a interrumpir a su compañero; sería peor la alternativa de quedarse sumergido en las posibilidades cada vez más alocadas de su sobreexcitada imaginación.
–Marco, necesito que me digas cuál es esa idea que se te ha ocurrido, y necesito que me lo digas ya.
Las palabras, aun sin proponérselo, salieron de sus labios con cierta cualidad férrea; y aquello pareció devolver al pecoso a la realidad, a su estado más habitual. Marco dejó de sonreír tanto; en vez de un lobo perverso, ya sólo parecía el mismo chico amable y comprensivo de siempre. Miró a Armin de aquella forma que le hacía sentir tan bien, como si le dijera "lo que piensas no es ninguna tontería y tienes toda mi atención"; esperaba a que se explicase y él no tardó en hacerlo.
–Marco… Me estaba imaginando ya a Mikasa convertida en una especie de justiciera, una luchadora contra el crimen. Me conozco y sé que esto va a ir a peor, así que… ¿Podrías contarme, por favor, cuál es esa idea que se te ha ocurrido, antes de que me explote la cabeza?
Aquella mezcla de súplica e irritación exasperada dejó confundido por un momento al bueno de Marco, pero éste no tardó en volver a sonreír.
–Bueno, ahora que lo dices, esa idea de la justiciera…
–Marco. No.
–Está bien, está bien… –el pecoso alzó las manos, como rindiéndose, pero sin dejar de sonreír; luego miró con curiosidad a su compañero–. Pero me extraña que antes dijeras que no se te ocurría ninguna idea para distraer a Mikasa…
–Ninguna idea buena, que sea factible… –Armin se rascó la nuca, pensando en lo mucho que se complicaba siempre–. Y créeme, voy a seguir así todo el rato, imaginándome cosas cada vez más raras, hasta que me cuentes qué se te ocurrió a ti.
–Pues… –esta vez fue el otro quien se rascó la nuca.
–Marco, por lo que más quieras, ¡no fastidies!
–Pues…
–Venga, ¡no puede ser peor que lo que ya te he dicho!
–Pues… ¿Me prometes que escucharás y al menos te lo pensarás un poco, antes de dar tu respuesta?
Esta vez Armin no dijo nada; simplemente se quedó mirando a su compañero con los ojos entrecerrados, como diciendo "más vale que empieces a hablar ya". Sin embargo, el hecho de que Marco casi empezara a reírse, demostraba que su expresión "amenazante" no era especialmente efectiva; al menos consiguió lo que se había propuesto.
–El plan es sencillo –le explicó Marco, tranquilo–. Voy a ofrecerle a Mikasa la oportunidad de estar a solas con… –apareció un brillo pícaro en sus ojos castaños–. Con Eren no, obviamente, todavía no. Con otra persona que también es bastante especial para ella. No va a ser una encerrona ni nada por el estilo, te lo aseguro, aunque… –sus labios volvieron a transformarse en una mueca vagamente lobuna–. Reconozco que no le diré a Mikasa quién es esa persona, hasta que no se encuentre con ella cara a cara, porque quizás entonces no querría venir. Pero creo que en cuanto se quede a solas con la otra, ya no podrá decir que no, se dará cuenta de que es una oportunidad única y no la desaprovechará. En realidad, sería mi… regalo por las Fiestas de Invierno, para ambas.
Armin se sorprendió a sí mismo, saliéndose por la tangente y concentrando un instante sus pensamientos en la idea de que ya sabía a qué le recordaba, aquella sonrisa que le veía a Marco; a veces Jean también sonreía así, como un depredador, un lobo dispuesto a lanzarse sobre su presa.
"Es curioso, copiamos inconscientemente los rasgos y los gestos de las personas con las que pasamos más tiempo. Nos creemos que todo depende de nosotros, que siempre es nuestra decisión, y sin embargo los demás influyen tanto en nosotros sin darnos cuenta… Seguro que yo ahora sería otra persona completamente distinta, si no hubiese pasado tantos años al lado de Eren. ¿Y tú, Marco? ¿Con quién pasaste esos años, antes de alistarte? Nunca hablas demasiado de ti, ni de Jinae…"
A veces, se preguntaba cómo serían en realidad algunas de sus compañeros de Instrucción; y su mente, deslizándose de las cuestiones más generales a otras específicas y concretas, se preguntó ahora quién sería esa persona a la que Marco pensaba utilizar como cebo humano, para atraer y distraer a Mikasa.
Por otro lado, también recordó una parte de la conversación anterior, cuando Marco había dado a entender que había otra persona, por la que él sentía algo no tan distinto a lo que Mikasa sentiría por Eren.
Y entonces, en un momento de armónica lucidez que quizás fue perfecto, precisamente porque no lo había buscado a propósito… Armin conectó la idea de una "persona especial" para Marco, con la idea de esa "persona especial" para Mikasa; y todo esto lo conectó con la idea de una sola persona que a veces, al igual que Marco, parecía llevar una máscara bajo la cual había alguien por completo diferente.
Una persona a la que en realidad apenas conocía, a pesar de casi tres años de Instrucción juntos.
Y entonces lo supo; la revelación le dejó helado.
Annie Leonhart.
Teniendo en cuenta de quién se trataba, quizás ésa sería la reacción más apropiada.
Casi podía verla delante de él; era difícil olvidarse de alguien así, o al menos eso le parecía a Armin.
Ojos azul claro, del color (precisamente) del agua helada; cabellos de un rubio apagado, recogidos en un moño discreto (como casi todo en ella), con algunos mechones cayendo sobre su frente. Bajita y delgada, incluso más que él; tez pálida que le confería un aspecto delicado, bien engañoso.
Quizás uno de sus rasgos más distintivos era una nariz… grande; a Armin le gustaba aquella nariz, aunque jamás se atrevería a decirlo en voz alta. De hecho, nadie que no fuera un inconsciente se atrevería a hablar de Annie a la ligera, ni a sus espaldas ni delante de ella, ni para bien ni para mal; burlarse de ella sería prácticamente suicida, pero incluso mirarla demasiado tiempo podría resultar peligroso.
Porque aquella muchacha aparentemente frágil y delicada, pequeña y delgada, casi como una muñequita de porcelana que se rompería si no se trataba con suficiente cuidado… en realidad, ocultaba una potencia capaz de destruir cualquier cosa que se interpusiera en su camino, sólo con proponérselo. Estaba convencido de ello; no por nada era Annie una de las cadetes más prometedoras de toda la 104.
Su expresión solía ser de apática indiferencia, aburrimiento e incluso desdén; pero del mismo modo que su fragilidad resultaba engañosa, también lo era su aparente falta de interés. Bajo el espejismo de su debilidad, Annie ocultaba una fuerza increíble; su pequeño pero poderoso cuerpo le confería una destreza casi sobrehumana; y su instinto, sorprendentemente desarrollado, volvía a demostrar que algunas personas eran mucho más de lo que aparentaban.
Donde Annie destacaba con creces, cuando se molestaba en hacerlo, era en el combate cuerpo a cuerpo; sencillamente, ahí no había casi nadie que pudiese hacerle frente. Aprovechaba al máximo sus energías con cada movimiento; no sólo usaba sus propias fuerzas, sino también las del contrario contra sí mismo.
Armin todavía recordaba lo que ocurrió en una de las primeras sesiones de entrenamiento en técnicas de defensa propia: Annie hizo volar por los aires, literalmente, a Reiner, uno de los chicos más altos y corpulentos de la 104.
Leonhart. Armin casi paladeó en su lengua aquel apellido. "Corazón de león", o más bien de leona, si no le engañaban algunos de los viejos libros del abuelo, aunque… Annie quizás sería más bien una loba solitaria, sin pedir explicaciones a los demás pero tampoco molestándose en dar las suyas. "No me molestéis a mí y yo no os molestaré a vosotros," parecía decir aquella mirada azul hielo.
A veces, en su mirada, podía atisbarse algo que nadie debería tener en los ojos, con tan sólo quince años. Era un mundo cruel, desde luego; y ella no sería la única joven capaz de devolverle a ese mundo una mirada que, en ocasiones, también era un abismo.
"Annie Leonhart, ¿quién eres en realidad?"
Era poco lo que sabía de ella… y no sólo porque hubiera algo en su presencia, más allá de la apatía; una especie de aura casi sobrenatural, gélida, que hacía que a uno le costase respirar cuanto más se acercaba a ella. Bastaba con verla a lo lejos para sentirse ya nervioso, como si la vocecita interior de algún instinto primario gritase "¡cuidado, peligro!"; siendo Annie más bajita, era sin embargo Armin el que se sentía pequeño a su lado.
Pocas veces habían intercambiado varias frases, algún comentario aislado sobre exámenes o técnicas de estudio, aunque ella nunca le había pedido su ayuda; y luego él se quedaba con la sensación de que había tenido suerte en salir con vida de aquel encuentro. De algún modo, sabía que Annie era peligrosa…
…y sin embargo, o quizás precisamente por eso mismo, Armin sentía ahora curiosidad, al pensar en su compañera desde esa nueva perspectiva; una especie de ansia, sed y hambre tan intensas que casi dolían ("pura inquietud intelectual, nada más") por conocer a la verdadera Annie, por tomar entre sus manos aquella máscara de porcelana y averiguar quién había debajo realmente.
Pero en su interior, la vocecita de su instinto de supervivencia le advertía que intentar algo así sería prácticamente suicida; como acercarse demasiado a un fuego helado que terminaría consumiéndole, devorándole, hasta no dejar nada de él. ¿O acaso su tormentosa imaginación volvía a jugarle una mala pasada?
Porque si su anterior corazonada (o "deducción asombrosa y brillante") resultaba ser cierta, entonces sí había alguien capaz de acercarse a Annie, lo suficiente como para conocerla un poco mejor, sin arder en el intento; alguien a quien no le impulsaba la mera curiosidad, sino sentimientos como la admiración y el respeto… y quizás algo más, si aquellas pistas sutiles eran también ciertas.
Entre el torbellino de sus pensamientos, Armin consiguió mirar por un momento a Marco, que a su vez le observaba expectante, todavía esperando su respuesta sobre lo acertado o equivocado de aquella idea que le había propuesto antes; una idea cuyas implicaciones ya iba deduciendo por completo el prodigioso rubio de inquisitiva mente, como si pudiese tomarla entre sus manos para desmontarla y explorar con cuidado cada una de sus partes.
Así que… Annie y Marco. Algunas cosas tenían más sentido así; pequeños detalles, aparentemente sin importancia, que ahora podían interpretarse de otra manera más completa, a la luz de aquella verdad discreta.
Por ejemplo, recordaba una noche en que los cadetes, agotados después de otro duro día de entrenamiento, habían terminado de cenar en el comedor; casi todos se habían marchado ya y el resto estaba a punto de hacerlo. Jean y Marco se habían puesto a charlar de pie entre las mesas, bloqueando inadvertidamente el pasillo que llevaba a la salida; no se dieron cuenta de que Annie estaba detrás de ellos, esperando a que se apartasen. La muchacha, en vista de que no le hacían caso, decidió actuar; pero en vez de decirles algo, o dar un rodeo…
…le pegó una patada a Jean, sin más contemplaciones, justo en la espinilla. Debió de ser un golpe "suave"; si no, le habría partido aquella pierna. Armin casi podía reírse, recordando sus expresiones: Annie, con cara de fastidio, como si le molestara que la hubiesen obligado a reaccionar así; Jean, con los dientes apretados, entre sorprendido y furioso, saltando a la pata coja mientras gruñía algo ininteligible; y Marco, con el sudor cayéndole por el rostro perplejo, más avergonzando por Annie que enfadado por el ataque contra su amigo.
Y después de decirle algo a Jean, el pecoso no había tardado mucho en salir del comedor, tras los pasos de su compañera. Armin ignoraba de qué hablaron Marco y Annie aquella noche, o si ella llegó a disculparse; pero luego había vuelto a ver a los tres juntos y no parecían demasiado tensos, o por lo menos nadie intentaba estrangular a nadie, así que debió producirse algún tipo de discreta reconciliación.
"De verdad que a Annie le gusta dar patadas…"
Casi se rió al recordar algo que Mikasa le había contado una vez; uno de los pocos "secretos" que le había revelado, sobre lo que ocurría en el barracón de las chicas, ya con las puertas cerradas al caer la noche. Al parecer, Annie "hablaba" en sueños; de sus labios salía a veces una especie de wooosh, como si incluso dormida siguiese dando patadas. Y entonces se dio cuenta…
Armin había terminado recordando, inevitablemente, una de tantas conexiones entre aquellas dos chicas, tan parecidas y tan distintas a la vez, como caras de una misma moneda: Mikasa y Annie; noche y día, día y noche.
