GUANTES NEGROS PARA MANOS BLANCAS
NOTA DEL AUTOR – ¡Y regresamos! Casi tres meses después, pero bueno; aquí estamos de vuelta, y eso es lo importante.
En cierto modo, este capítulo (un tanto peculiar) me ha servido como pistoletazo de salida, o más bien de continuación, para reanudar la historia por donde la había dejado y (con suerte) seguir con ella hasta el final. ¡Esta vez sí!
Y también quisiera darle las gracias a MiyukiYukimura y Ymir's Freckles por las últimas reviews; recibo tan pocas, que guardo cada una de ellas como oro en paño. Espero que siempre acompañe la inspiración, a pesar de todo.
CAPÍTULO 7 – OTRO CAMINO
Publicado el 3 de abril de 2016, con una extensión de 2.915 palabras.
"Aquel día también había nevado, ¿verdad?"
Mikasa Ackerman se lo preguntó para sus adentros, en silencio, mientras el viento invernal agitaba suavemente sus negros cabellos.
Su mirada se había perdido en algún punto de la blanca y límpida alfombra, aparentemente interminable, que cubría todo a su alrededor, en aquel camino (también infinito en apariencia) que les llevaba a Trost.
Las nubecillas de vaho se formaban y desaparecían rápidamente delante de ella; como si una parte de su alma intentase escapar y Mikasa tuviera que volver a capturarla con cada nueva inspiración.
"O quizás no es sólo una parte de mí, de lo que ya soy. Quizás, si la dejase libre, terminaría también formando parte de mí… y entonces yo sería más de lo que soy ahora."
Quizás lo que intentaba escapar de ella era su propia fuerza; pero no para disminuir, sino para hacerse más grande todavía. Como si el poder latente en su interior pugnara por liberarse de las reducidas dimensiones a las que estaba confinado (el cuerpo de una muchacha de quince años) para acto seguido desplegarse en toda su magnificencia; como si Mikasa sólo tuviese que aceptar su poder y dejarse llevar, para crecer más aún.
Así pasaba ella el rato, en silencio, pensando en todo y nada a la vez, mientras su cuerpo seguía moviéndose casi por si solo; siempre avanzando, siempre marchando hacia delante. Quizás, si alguien hubiera podido echar un vistazo, se habría sorprendido por la forma en que vagaba su mente, pero aquello no era prerrogativa de la muchacha; en un momento dado, cualquier persona podría tener pensamientos bizarros que descolocarían a los demás, o al menos eso creía Mikasa.
La joven completaba su uniforme habitual, cubierto por el grueso y abultado chaquetón gris pardo (que ahora formaba parte del estándar del Cuerpo de Cadetes para el invierno), con su inseparable bufanda negra; suya, pero en cierto modo también de él, siempre de él. La confortable prenda abrigaba su boca y su cuello, medio ocultando su rostro; notándola enroscada a su alrededor, le parecía sentir una calidez que iba más allá de la simple tela… como si fuese Eren quien estuviese enroscado en torno a ella, transmitiéndole calor humano.
La idea del cuerpo de él, pegado al de ella… hizo que sus pálidas mejillas se sonrojasen levemente; hacía tiempo que no habían tenido un contacto similar, tan íntimo. La última vez habría sido cuando ellos tenían nueve o diez años, con todo lo inocentes que podrían haber sido en esos temas; aunque no tanto en otros, dadas las circunstancias tan extremas (y violentas) en que los dos se habían conocido.
Desde luego, con sus cuerpos de adolescentes de quince años, ahora ese mismo contacto entre ambos implicaría una serie de cosas bien distintas; de ahí el natural sonrojo de Mikasa, que sin embargo a veces no podía evitar hacerse ciertas preguntas sobre Eren… Placer ligeramente culpable, aunque ella misma reconocía que seguramente todo eso nunca llegaría a nada. Seguramente.
Y aun así, Mikasa seguía haciéndose preguntas: qué les depararía el futuro, si algún día sabría al fin qué sentía ella por él exactamente… y si Eren también podría corresponderle con esos mismos sentimientos. Algún día.
Las manos de la muchacha, blancas y finas, capaces de acariciar con suavidad o agarrar con fuerza, descansaban cómodamente dentro de los bolsillos de su abrigado chaquetón de invierno. No sentía frío, no demasiado, aunque la cuestión nunca sería tan sencilla; nunca lo era, tratándose de él y ella.
"¿Y es sólo cosa mía o Eren estaba mirándome antes de reojo, como enfadado por llevar yo así las manos? A saber por qué se habrá molestado ahora… Quizás sea porque no necesito sujetar las correas de mi mochila, porque soy más fuerte que él…" Mikasa torció la nariz y frunció levemente el ceño. "O al menos eso cree él, siempre, y se irrita… Pero no puedo remediarlo, yo soy así. Él me hizo así. Eren me dio fuerzas, me ayudó a descubrirlas aquel día… ¿Cómo no voy a aprovecharlas? ¿Acaso voy a despreciar ese don? Sería una falta de respeto, para él y para mí… No, no puedo remediarlo. Y no quiero."
No tardó en reconocer lo absurdo del ligero remordimiento que sin embargo sentía; no tardó en tomarlo entre las puntas de sus dedos y aplastarlo, como si fuera un insecto… o como si ella fuese igual de grande que el Titán Colosal.
"Ser una diosa entre hombres… Eso estaría bien."
Mikasa se sentía un poco rara con aquella idea; notaba una extraña calidez en su interior… y también culpa, como dando por hecho que no debería pensar en cosas así.
Y sin embargo… al mismo tiempo, no podía evitar pensar en ello; "sólo cinco minutos más", como si le invadiese la misma languidez perezosa que experimentaba a veces, justo antes de levantarse por las mañanas.
"Y hablando de dormir… ¿Habré soñado alguna vez con esto, y por eso la idea me resulta tan familiar? Quizás una manera de intentar animarme… Razones no me faltan."
Después de la tragedia en aquel día nevado, invernal e infernal a la vez, cuando perdió a sus padres… Mikasa fue acogida, cálida y tiernamente, por su nueva familia. Grisha, Carla, Eren: el año que compartieron todos juntos, ella siempre lo recordaría con una intensidad incomparable.
Quizás porque aquel año había sido un remanso de paz, oasis de calma, refugio suspendido en el tiempo idílicamente… y también un tanto falso, enmarcado entre dos brutales pérdidas: la de su familia de sangre y la de su otra familia. Carla había muerto, Grisha aún seguía desaparecido y, después de casi cinco años, Mikasa ya no se hacía muchas ilusiones, incapaz de compartir el optimismo de Eren por mucho que lo admirase.
Debían ser esos terribles zarpazos, la razón por la que ella recordaba con tanta nitidez los escasos momentos de tranquilidad; valoraba aquellos recuerdos como los tesoros que realmente eran, en un mundo tan hermoso y tan cruel.
En realidad, el mundo siempre había sido así. Mikasa se había dado cuenta demasiado tarde, ya después de perder a su primera familia; también se había perdido ella, pero tuvo la suerte de ser encontrada rápidamente por los Yeager, que la salvaron en todos los sentidos. Ellos la liberaron del frío más cruel, que a punto había estado de apoderarse de su cuerpo y su alma.
Aquel primer impacto la había despertado, haciéndole abrir los ojos al mundo de verdad en toda su magnificencia, para lo bueno y para lo malo; pero fue el segundo golpe que le dio la vida, más brutal todavía, el que fijó indeleblemente en su alma (a sangre y fuego) el recuerdo de aquella época apacible que se le escapaba para ya nunca más volver.
Mikasa había sido verdaderamente feliz en aquel entonces; había sido una agradable convivencia en familia, en la cálida seguridad de su nuevo hogar. Por desgracia, aquello terminó revelándose como una ilusión; un frágil espejismo, condenado siempre a saltar en pedazos, por mucho que la gente se empeñara en asegurar que "al final todo saldrá bien"… palabras en las que ella ya no podía confiar, no después de haber recibido tantos golpes.
En cierto modo, era mucho más sencillo aceptar que la muerte podía venir en cualquier momento; una vez que eso ya estaba asumido, todo lo demás resultaba fácil en comparación.
Nada importaba… y sin embargo al mismo tiempo todo era importante. Mikasa seguía atesorando sus recuerdos; y quizás en el futuro podría crear otros nuevos. Al fin y al cabo, Eren estaba a su lado, al igual que lo había estado cada uno de los días de su vida, durante los últimos cinco años; y de nuevo le venían a la cabeza todas esas preguntas que ella no podía evitar.
"¿Cómo no voy a entregarme a él por completo? ¿Cómo no voy a estar dispuesta a hacer por él lo que haga falta? ¿Cómo no voy a dárselo todo? Todo lo que tengo, todo lo que soy… gracias a él."
Toda la familia que le quedaba… También estaba Armin, por supuesto; los tres eran prácticamente inseparables. Habían pasado por todo tipo de situaciones en los últimos años, ya desde antes de la Caída de Shiganshina; y siempre habían conseguido salir adelante, juntos, igual que ahora marchaban uno al lado del otro, de camino a Trost.
Sin embargo, Mikasa centraba sus pensamientos especialmente en Eren, que para ella sería… ¿un hermano? Quizás "hermano de sangre", como le había oído decir alguna vez a Armin; seguramente lo habría sacado de alguno de los viejos libros de su pobre abuelo, que había terminado siendo otra víctima más de aquella barbarie (no siempre provocada por los titanes).
"Nakama."
Fue otra idea que le vino de repente a la cabeza; una palabra que había pronunciado su madre, en esa lengua extraña que ya nunca llegaría a conocer. Nakama también era familia, pero no por lazos de sangre sino por elección, por lazos de acero forjado en el fuego de las dificultades; lazos cada vez más resistentes, contra todo y contra todos, conforme su pequeña familia escogida seguía superando obstáculos a los que siempre se enfrentaba unida.
Nakama: improvisada hermandad que iba mucho más allá de la mera camaradería, entre quienes eran hermanos aun sin serlo realmente.
"Entonces, Eren y yo… ¿En qué posición nos deja eso a los dos?"
Mikasa había recibido una cálida acogida entre los Yeager, que la trataron desde el primer día como a una más; pero ella seguía llamándose Ackerman. Tal vez algún día se llamara Mikasa Yeager… por razones bien distintas; idea que hizo asomar de nuevo un leve sonrojo a sus blancas mejillas.
Armin había comentado una vez algo al respecto, después de haber estado hablando ella y él sobre otra cuestión vagamente relacionada. Mikasa había sacado el tema aprovechando que Eren no estaba delante, intentando tantear con discreción a su amigo; el joven Arlert comprendió enseguida, dedicándole a su hermana la reveladora sonrisa de quien entendía de qué iba realmente el asunto. En momentos como aquél, la muchacha se alegraba de tener al rubio de su parte; la sola idea de tener a alguien como él en su contra, ya le provocaba un ligero escalofrío.
Y según decía Armin, los Yeager no habrían llegado a adoptar formalmente a Mikasa; su situación encajaría más bien en otra figura, conocida como "acogida". La joven sabía que eso le daba más libertad, en lo referente a ciertas… cuestiones; y de nuevo se volvió a sonrojar, recordando todo aquello, sin poder evitarlo.
Mikasa sentía lo mismo cada vez que pensaba en ese tipo de cosas: culpa, curiosidad, temor, duda… y un gran anhelo.
Todo su dolor, todos sus recuerdos, formarían ya parte de ella para siempre; pero desde que había conocido a Eren, desde que él la salvó y le ayudó a descubrir su propio poder para seguir haciendo lo mismo por sí y por los demás, desde que le había colocado aquella bufanda (de él, de ella, de ellos) en torno al cuello, desde que le había dado su familia ("Nakama")…
Ese dolor aún estaba ahí; el sufrimiento, el frío cruel e inmisericorde que había atenazado su cuerpo y su alma… Mikasa podía sentirlo todavía, siempre lo sentiría; y si sólo se centrara en eso, sabía que volvería a sentirse abrumada, hasta el punto de creer ahogarse en un mar de agua helada. Pero el calor y la alegría que le transmitía Eren, a su lado, superaba con creces todo lo demás.
Y gracias a él, Mikasa se sentía fuerte y poderosa, enorme, gigante… como una diosa; como si de pronto ella hubiese crecido y el gélido mar de su sufrimiento se hubiera transformado en un simple charco, pequeño y miserable, que apenas cubría la suela de sus botas y desde luego ya no podía ahogarla.
"Otra vez esa idea, tan extraña y tan familiar al mismo tiempo. ¿Quizás un sueño del que ya no me acuerdo? Supongo que puedo seguir dándole vueltas a esto, a ver a dónde me lleva. No hay mucho más que hacer por ahora aquí, en el camino a Trost…"
A los soldados les enseñaban a luchar, a volar, para tener alguna posibilidad de éxito contra los titanes; para enfrentarse a la fuerza bruta y el tamaño de aquellos monstruos, los humanos debían valerse de su tecnología y su técnica, su ingenio y su valor.
"Con el equipo de maniobras, podemos subir hasta el punto débil de los titanes… y luego hacerles bajar a nuestro nivel de un espadazo, con carácter permanente. Pero, ¿y si hubiese otra manera de ponernos a su altura? Si de algún modo pudiera volverme tan grande como un titán… ¿Cómo me sentiría, luchando así contra ellos? Ni siquiera me harían falta las espadas, ¡podría destruirles con mis propias manos!"
Era fácil y tentador, dejarse llevar por aquellas ensoñaciones, distrayéndose de la monotonía de la marcha por el camino nevado. Mikasa seguía pensando en esas ideas, sintiendo una extraña y reconfortante calidez, entretenida con todo aquello; aunque sólo fuese por un momento, quería poder soñar despierta, echar a volar su imaginación y olvidar por un instante la realidad de aquel mundo hermoso y cruel.
Soñar, por ejemplo, que al fin se alistaba con Eren y Armin en la Legión de Reconocimiento, que llegaba hasta Shiganshina en la siguiente expedición. Tenían que reconquistar el Distrito y tapar la brecha en el Muro, como un primer paso para recuperar todo el territorio que habían perdido en la Caída. Y allí se imaginaba Mikasa, luchando en su ciudad, su casa, su hogar…
Y entonces ella cerraba los ojos, respiraba hondo, se concentraba… y se hacía más grande; se convertía en una gigante. Crecía con cada respiración, aumentando de tamaño y poder: cinco metros, diez, quince, hasta superar en altura a la mayoría de los titanes.
Y ni siquiera necesitaba espadas, le bastarían sus manos desnudas; idea que le aportaba cierta satisfacción, extraña y reconfortante, como apelando a algún instinto primario que normalmente permanecía dormido.
Mikasa se imaginó de pronto unos guantes negros cubriendo sus poderosas manos; otra idea que le había venido de repente a la cabeza, sin saber muy bien cómo o de dónde. Quizás era algo que había oído, alguna vez, y ahora su subconsciente lo rescataba para la ocasión; en cualquier caso, seguía sintiéndose satisfecha.
Todo lo que había aprendido sobre combate cuerpo a cuerpo en el Ejército, lo puso en práctica en su imaginación, de manera implacable y eficaz: arrancaba cabezas, partía cuellos y destrozaba nucas, asegurándose de destruir para siempre al monstruoso enemigo. Sus enormes manos enguantadas, más grandes que una persona, parecían haberse convertido en acero inmisericorde contra los titanes; golpeando sin parar, matando sin piedad. Nada era capaz de detener sus mortíferos ataques; nada era capaz de detener a Mikasa, midiendo quince metros.
Y ella seguía avanzando, limpiando las calles de su ciudad, enfrentándose a los titanes al mismo nivel; su propio cuerpo era la más letal de las armas, sus brazos y sus piernas aniquilaban todo lo que se le ponía por delante. Iba derribando y destruyendo a sus enemigos uno por uno, vengándose por todo el sufrimiento que le habían causado. Su superior alcance, agilidad y destreza la libraban del agarre de aquellos monstruos; también estaba protegida con su uniforme de siempre, incluyendo las resistentes botas y su inseparable bufanda, además de esos guantes negros en los que había pensado de repente.
Y entonces Mikasa se imaginó al fin victoriosa; a sus pies, los cuerpos humeantes de los titanes a los que había derrotado con sus propias manos. Eren también estaba allí cerca, sobre uno de los tejados, observando boquiabierto a la muchacha de quince metros, entre sorprendido y admirado; y ella, abatida ya su furia tras la batalla, sintiéndose halagada y merecedora de alguna recompensa, se acercó lentamente a él con una sonrisa juguetona en los labios…
Por una vez, soñando despierta, fue capaz de imaginarse a Eren conforme con dejarle hacer. Mikasa le tomó cuidadosamente entre sus manos, sin que él protestase diciendo que no era un muñeco o algo por el estilo. Sus dedos enguantados, enormes y poderosos, acariciaron al joven con insospechada ternura, sintiendo la reconfortante calidez que emanaba del delicado cuerpecillo; y ella supo que haría cualquier cosa con tal de protegerle, aunque le costase la vida…
Mikasa dejó escapar discretamente un hondo suspiro. Sólo soñaba despierta, sí; y luego dolía un poco despertar, volver al presente… y darse cuenta de la gigantesca diferencia entre sus sueños y la realidad.
"Bueno… Debemos hacer lo que podamos, con lo que ya tenemos. Tratándose de combatir, el equipo de maniobras es muy práctico y se me da bien. Además, creo que cortar carne va a ser una de mis especialidades."
Esto último lo pensó con una mueca en los labios, esbozando una sonrisa feroz que le costaba controlar; aunque de todas formas nadie podía verla, tapada como estaba por su inseparable bufanda.
Y fue entonces cuando, por primera vez en un buen rato, se rompió el cómodo silencio que había surgido en torno a los tres amigos de Shiganshina, situados tranquilamente al final de la columna de cadetes que avanzaba cual serpiente gris pardo por el camino a Trost.
Mikasa nunca tendría problemas para reconocer aquella voz; y tampoco le importaría seguir escuchándola, a su lado, todos los días de su vida.
–No te preocupes –le dijo Eren a Armin con una sonrisa–. Aguanta un poco más, que ya casi hemos llegado.
