GUANTES NEGROS PARA MANOS BLANCAS

NOTA DEL AUTOR – Con el capítulo anterior superé ya las 500.000 palabras en total publicadas. ¡Vaya! Hay que ver lo que se consigue, poco a poco, trabajando cada día… Supongo que la clave está en seguir intentándolo, a pesar de todo.


CAPÍTULO 12 – DISTRITO EXTERIOR

Publicado el 24 de abril de 2016, con una extensión de 2.343 palabras.


–Ya hemos llegado.

Eren lo dijo con esa misma sonrisa leve, un poco tensa, que en él delataba cierto nerviosismo. Mikasa parpadeó un par de veces, lentamente, para asegurarse de que sus ojos no la engañaban.

"¿Yo he hecho que él reaccione así ahora? ¿Tanto se me ha notado…?"

Normalmente sería al revés: siendo la más tranquila de los dos, era Mikasa quien solía ayudar a Eren a mantener la calma; ahora en cambio, era él quien intentaba calmarla a ella.

"¿De verdad estoy tan mal…? Supongo que no es sólo por lo de Jean. Es que volver a estar tan cerca del Muro… Pero seguro que esos recuerdos también le están viniendo de nuevo a Eren, así que ahí yo no tengo excusa. Quizás sea otra cosa distinta… Algo a nivel subconsciente, como le he oído decir a Armin alguna vez. Algo que han captado mis sentidos, y de lo que yo todavía no me he dado cuenta…"

Sin embargo, no había nada subconsciente, ni desde luego sutil, en el Muro que ahora tenían frente a ellos; la enorme estructura parecía más grande con cada paso que daban.

En realidad, el Muro "sólo" medía cincuenta metros de alto; sin contar los cimientos, que no por invisibles serían menos sólidos. Supuestamente habían pasado más de cien años, desde que las tres diosas establecieron aquella formidable estructura defensiva; refugio de la Humanidad, o más bien lo que quedaba de ella, tras la aparición de los primeros titanes. El paso del tiempo no parecía haber hecho mella en la construcción de piedra clara, lo cual le daba un aspecto… quizás no necesariamente divino o sobrenatural, pero tampoco del todo humano.

Aun así, la joven no se sintió muy segura al ver el Muro, más bien lo contrario; le traía malos recuerdos, de hacía ya casi cinco años, cuando la supuesta seguridad de Shiganshina saltó por los aires con la repentina (y destructiva) aparición del Titán Colosal. Y conforme Mikasa iba acercándose al túnel que conectaba con el Distrito de Trost, mayor era la opresión que sentía en su pecho; como si el peso de todas aquellas piedras fuese cayendo lenta e inexorablemente sobre ella, hasta cortarle la respiración.

En ese instante, la muchacha no tenía ojos más que para el Muro; casi ignoró por completo los edificios que había a uno y otro lado del camino, pertenecientes a los barrios que se expandían inevitablemente por fuera del Distrito, creciendo en dirección contraria a Trost…

"No, espera… Nos lo explicaron en las lecciones de Ciencias. La dirección es sólo una, contrarios pueden ser los sentidos de esa misma dirección…"

Y al pensar en eso, Mikasa supo que su mente estaba tratando de evadirse con cualquier otra idea… sin demasiado éxito. Una y otra vez, sus pensamientos volvían al Muro: enorme e inevitable, como el destino cruel que les acechaba y que en cualquier momento podría intentar destriparles de nuevo. Lo que la chica no sabía era si estaba respirando más agitadamente que antes… o si ya había dejado de hacerlo por completo.

"¿Pero qué me ha dado a mí ahora? Esto no me pasa normalmente… Vamos, Mikasa, tienes que ser fuerte, la más fuerte de todos. No sólo por mí, sino también por ellos. Que no se note que…"

A pesar de que la joven trataba de controlar su inquietud y aprensión, éstas sólo fueron a más cuando al fin entraron en el oscuro túnel que cruzaba el Muro… y que a Mikasa le resultó aterrador en ese instante; como la boca de un monstruo gigantesco, que estaba a punto de devorarla… igual que habían devorado a Carla y a tantos otros, aquel día.

A la muchacha le pareció que la oscuridad, inmensa e interminable, consumía las escasas antorchas que apenas la mantenían a raya; y en esa misma oscuridad, sus recuerdos más dolorosos se hicieron todavía más intensos, casi reales, hasta el punto de creer revivir todo el caos de la Caída.

Gritos, lágrimas, sangre… Hannes, desesperado, corriendo a través de la oscuridad, mientras cargaba con dos chiquillos que lo habían perdido todo en un instante…

Fue entonces cuando Mikasa notó, de repente, que la mano enguantada de Eren se enroscaba en torno a la suya desnuda; y ahí sí que supo, con toda seguridad, que por un momento se había olvidado de respirar.

La chica no se atrevió a apartar sus ojos negros del frente; siguió avanzando en la oscuridad, atravesando el túnel… pero las tinieblas ya no oprimían su corazón, y el frío de sus peores miedos se había desvanecido con la reconfortante calidez que ahora sentía en su pecho. Saber que él estaba a su lado, que podía contar con su apoyo… le daba más seguridad que cualquiera de los Muros.

Aun así, a una parte de Mikasa no le habría importado que aquel contacto fuese un poco más personal, con la intimidad del suave roce de la piel contra la piel, sin la barrera de aquel guante; se sonrojó levemente con aquella idea, al mismo tiempo que sentía alivio sabiendo que con la lana no se notaría el sudor de su mano… no por miedo, aunque sí por cierta clase de nervios.

A la muchacha de negros cabellos, con sus sentidos especialmente agudizados en aquella situación, le pareció notar que Eren estaba tenso, un poco incómodo… claramente desacostumbrado a aquello, y más aún a ser él quien diera el primer paso para algo así.

"¿Hacía ya cuanto tiempo que no nos dábamos la mano…?"

Y la tensión de Eren pareció contagiársele a Mikasa, que tragó saliva con cierto nerviosismo. Aun así, cuando él apretó la mano para transmitirle fuerzas y darle ánimos, ella consiguió responder con rapidez y le devolvió el apretón… con una sonrisa tímida, que seguramente nadie más podría ver en aquella oscuridad.

"Sólo por esto, ha merecido la pena pasar el mal rato de ahora. Ya me siento mucho mejor… Eren, gracias."

Y justo entonces, por un momento, creyó quedarse ciega; como si el gozo de aquella sensación tan plácida, por un gesto (su mano en la de ella) en apariencia tan nimio, le hubiera provocado una extraña reacción y de repente lo viese todo blanco…

Naturalmente, Mikasa no tardó en darse cuenta de lo que pasaba en realidad: habían cruzado al otro lado del Muro y ya estaban en la ciudad propiamente dicha; en contraste con la oscuridad que había dentro del túnel, la luz del exterior resultaba momentáneamente cegadora.

La muchacha tampoco tardó en notar que Eren tiraba levemente de su mano; él ya había desenroscado la suya enguantada, quizás con algo de precipitación, como si le diese vergüenza que alguien les viera juntos de esa manera, a plena luz del día.

Una parte de Mikasa se sintió un poquito desilusionada, porque él no quisiera seguir así un rato más; y esa parte de ella se habría resistido a dejar escapar la mano de Eren, pero en el fondo sabía que prolongar aquel contacto terminaría resultándole molesto.

"Eren ya ha ido mucho más allá de lo habitual, ha tenido un bonito gesto conmigo… Mal estaría que yo ahora se lo agradeciera así, forzándole, cuando está claro que él ya se siente incómodo."

Al final, con un pequeño suspiro de resignación, Mikasa dejó en libertad suavemente la mano de Eren, que la retiró con rapidez. Ya de nuevo bajo los rayos del sol, la chica pudo contemplar el rostro de su compañero; y vio que la tensión parecía haber abandonado sus facciones, con una sonrisa ya mucho menos rígida. Ella también le sonrió, en silencioso agradecimiento.

"Esta vez eres quien me ha ayudado a mantener la calma."

Eso no significaba que los malos recuerdos hubieran desaparecido de repente; pero sabiendo que él estaba a su lado, ella volvía a sentirse fuerte, muy fuerte, como si nada pudiese derrotarla. Su aprensión, su inquietud y su temor, se habían ido desvaneciendo hasta dar paso a una nostalgia que, aun siendo inevitable, resultaba mucho más llevadera.

Nostalgia inevitable, sí, al ver de nuevo el bullicio y ajetreo de un Distrito Exterior, más aún en mitad de las Fiestas de Invierno; se acordaba, irremediablemente, de la vida en Shiganshina, durante aquel año que fue un oasis de calma entre dos terribles tormentas.

Había algo en el ambiente de la Ciudad amurallada de Trost, que era propio de un Distrito Exterior y que difícilmente podría encontrarse en cualquier otro lugar; un ritmo de vida distinto, muy característico, que parecía hacer vibrar el aire, ya desde el momento en que uno ponía el pie dentro del recinto en sí.

Los ciudadanos habían despejado el camino, guardando suficiente distancia, al paso de la columna de cadetes; una vez que cruzó el grueso de la tropa, casi todos siguieron con lo que estaban haciendo antes, sin prestar demasiada atención a los reclutas rezagados.

La gente volvió a ocupar la avenida principal, saliendo y entrando también por el portón; pasando de calles anchas a otras más estrechas, o a la inversa; entrando y saliendo de distintos locales y edificios. Podían verse hombres y mujeres, niñas y niños, paseando en pequeños grupos familiares; otros deambulaban por su cuenta, en solitario; y algunos chiquitines corrían de un lado para otro, enfrascados en algún juego que sólo ellos podían ver con su portentosa imaginación.

Varias personas se habían quedado allí para observar el paso de los cadetes, pero enseguida habían recuperado el ritmo frenético propio de los habitantes de un Distrito Exterior; un ansioso frenesí en el que quizás podía leerse cierta angustia silenciosa y resignada. Al menos, todos parecían saber a dónde iban, en vez de vagar sin rumbo; sus abultadas ropas de abrigo no les frenaban para continuar moviéndose todo el rato en alguna dirección, con velocidad y sin pausa.

"Desde lo alto del Muro, con todo este trajín, deben parecer hormigas apresuradas." Mikasa frunció levemente el ceño con aquella idea. "Sería así como nos vería también el Titán Colosal, aquel día… Quizás por eso la gente parece tan animada corriendo de un lado para otro sin parar, pero luego si uno mira bien pueden verse sus nervios… Porque en el fondo saben, y nunca podrán olvidar, que los titanes están al otro lado y cualquier momento podría ser el último. Tiene sentido, ¿no? Esa ansiedad por aprovechar el tiempo que les quede, todo lo que puedan, sin saber exactamente cuándo volverán a atacarnos… Aunque se supone que esta vez sí estamos preparados."

Cerca del túnel había varios soldados de las Tropas Estacionarias, haciendo guardia; envueltos en las gruesas capas rojo oscuro, del color del vino, características de sus uniformes de invierno, con el emblema de las Rosas Gemelas bien visible en sus espaldas. Se rumoreaba que la elección de esas prendas había sido una gracia del Comandante Dot Pixis, cuya notable afición a la bebida no era precisamente un secreto.

Algunos de los guardias observaban con curiosidad a los jóvenes cadetes, pero no les dijeron nada ni les llamaron la atención; parecían estar pensando en sus cosas, más preocupados por terminar ya su turno y buscar pronto un sitio donde tomar algo caliente. Uno de los soldados dio un discreto sorbo a una petaca, que luego volvió a guardar rápidamente en el bolsillo; pequeño indicio de que las cosas habían cambiado y las Tropas Estacionarias, después de la Caída, también se tomaban ya mucho más en serio su trabajo.

Los ojos negros de Mikasa, por un instante, examinaron los alrededores con visión militar, táctica; pensando en la mejor manera de usar aquel entorno urbano en la lucha contra los titanes, porque ella sabía que atacarían de nuevo, no era cuestión de si sino de cuando.

La muchacha comprobó, con lúgubre satisfacción, que el Gobierno y el Ejército no se habían quedado de brazos cruzados todos esos años. Los nuevos cañones, rápidamente instalados en lo alto del Muro, eran mucho más avanzados y efectivos que los antiguos. Además, frente a ella podía ver que casi todos los edificios tenían ya varias plantas; apenas quedaban casas de un solo piso. No era sólo cuestión de aprovechar al máximo el espacio disponible dentro del Distrito, también se trataba de darles posiciones más elevadas a los soldados; a mayor altura, más garantías para desplazarse por la ciudad, sin caer en manos de los titanes que pudiesen invadir las calles.

Incluso los tejados se habían construido, o reformado allí donde era necesario, para que la mayoría tuviesen una superficie en parte inclinada y en parte plana; así sería más sencillo apoyarse en ellos, lo cual facilitaría a su vez el desplazamiento con el equipo de maniobras.

"Más capacidad de maniobra, valga la redundancia."

Tan absorta estaba Mikasa, contemplando todo esos detalles, que casi no se dio cuenta de que Armin y Marco ya les alcanzaban. Miró a un lado y comprobó, aliviada, que Eren permanecía junto a ella; y cuando él le devolvió la mirada, con una leve sonrisa, el sol se reflejó en sus ojos claros…

"Claros como la piedra del Muro. Para mí, son un refugio mucho más seguro."

Mikasa no estaba segura de que existiesen realmente las tres diosas, que parecían haber abandonado a la Humanidad a su suerte. Lo que sí sabía era que, en su caso, lo más parecido a un ser protector que cuidaba de ella… lo tenía justo enfrente, a él, a Eren.

Fue entonces cuando al fin les alcanzaron Marco y Armin. Mikasa observó también a los recién llegados. En aquellos ojos, marrones y azules, había un brillo de optimismo; esperanza en lo que traería el futuro, tranquila determinación… Todo resultaba extraño y agradablemente contagioso; ella también se sintió ya mucho más animada, sólo con ver a sus compañeros. Ambos sonreían, quizás de manera un tanto cómplice; pero si el pecoso o el rubito habían visto algo antes, al menos tuvieron el detalle de no comentar nada al respecto.

–Bueno –dijo Marco, rascándose la nuca, sin dejar de sonreír–. Pues aquí estamos ya… ¿Qué os parece si seguimos adelante? Lo último que necesitamos es que Shadis vuelva a llamarnos la atención…