GUANTES NEGROS PARA MANOS BLANCAS
NOTA DEL AUTOR – ¡Gracias al guest misterioso por la única review del capítulo anterior! Y quizás éste de ahora sea el más importante hasta la fecha, porque ocurre algo que va a ir causando una divergencia cada vez mayor con respecto al canon, hasta llegar a ese punto en el que indudablemente habrá EreMika. Quien sepa leer entre líneas, será capaz de encontrar varias explicaciones posibles para el origen de esta divergencia; ser demasiado explícito con este asunto ya supondría ir mucho más allá de la premisa básica del fic, así que dejaré que seáis vosotros los lectores quienes propongáis diferentes teorías e interpretaciones.
ACTUALIZACIÓN DE ÚLTIMA HORA – Acabo de ver, justo cuando me disponía a publicar el capítulo, una nueva review de Tximeletta, la más detallada que he recibido hasta la fecha. ¡Muchísimas gracias!
CAPÍTULO 14 – DIVIDIDO (I)
Publicado el 25-26 de julio de 2016, con una extensión de 2.752 palabras.
–¿Mikasa? –le interrumpió la voz de Marco.
La muchacha pestañeó; y entonces se dio cuenta…
Como si las circunstancias hubiesen conspirado hasta llegar ahora a ese punto; un momento único e irrepetible en el que todo cambiaría ya para siempre, o al menos empezaría a producirse ese cambio.
"¿Dónde está Eren?"
Mikasa había perdido de vista a su hermano, ni él ni Armin estaban allí presentes; junto al portón de entrada en Trost, ya sólo quedaban ella… y Marco.
Marco, que seguía mirándola atentamente, con aquel brillo tan cálido en sus amables ojos castaños; con esa sonrisa que, por alguna razón, cada vez le resultaba más irritante a Mikasa.
"¡Pues anda que me has dicho algo, tú! Te has quedado ahí callado… ¿Lo has hecho a propósito? ¿Acaso era eso lo que pretendías desde el principio, separarme de ellos?"
Y entonces Mikasa se dio cuenta de otra cosa más: eso no era sólo lo que pretendía Marco… porque si así fuese, al menos Eren o Armin sí le habrían dicho algo; y esa idea hizo que ella se sintiese herida.
"Me han dejado atrás y ni siquiera me he dado cuenta. ¡No recuerdo que esto me haya pasado antes!"
Y la muchacha seguía atormentándose, dándole vueltas a aquella misma idea; pensando que, si algo así había ocurrido, era porque a cierto nivel ella había captado que Eren quería estar solo.
"No, es todavía peor. No es que quiera estar solo, Armin se ha ido con él. Eren no quiere estar conmigo."
Y eso, eso era lo que más le dolía de toda la situación.
Y mientras tanto, Marco seguía ahí; tan tranquilo, tan sonriente, tan pecoso como siempre.
¿Cómo no iba a sentirse ella ahora más irritada todavía?
En realidad, si no hubiera sido eso, habría terminado siendo cualquier otra cosa, la gota que colmaría el vaso… haciendo que Mikasa se viera desbordada, por toda esa rabia acumulada, que ya no se molestó en seguir conteniendo.
Porque la joven oriental se había visto tan distraída, al final, por tantas reflexiones que habían ido surgiendo a lo largo del camino…
El camino a Trost. Las Fiestas de Invierno. Simulacros y maniobras de combate. Muros que son refugio y prisión. Diosas inexistentes o desertoras de la Humanidad. Monstruosos titanes, devoradores de carne humana. Bestias disfrazadas de humanos. Pérdida, dolor, sufrimiento, sangre, frío. Familia, familias. Ausencia, nostalgia, vacío. Esperanza. Eren. Calor, hogar, nakama. Superación, fortaleza, juntos.
Cuerpo de Cadetes, niños y soldados. Instructor Shadis, respeto y rabia. Falsas apariencias, fondos ocultos. Disciplina, dureza, descanso. Compañeros, camaradas, amigos. Amiga. Sasha. Cazadora intrépida, alegría incombustible, energía desbordante. Adversarios, rivales, ¿enemigos? Jean. Arrogancia, soberbia, desprecio. Silenciosa inquina, cobarde. Contrarios, polos opuestos, ¿atracción? Marco. Misterio envuelto en un enigma. Discrepancia, disonancia. Instinto, advertencia, peligro. Luz, oscuridad, sombra. Algo no encaja.
Mikasa se llevó una mano a la cabeza y apretó con fuerza una de sus sienes, cerrando los ojos un instante. Sentía como si algo fuese a explotar dentro de ella en cualquier momento; apenas duró un segundo, pero no por ello fue menos intenso el dolor.
–¿Mikasa? –volvió a interrumpir Marco, ahora claramente con un tono de preocupación en su voz.
Pero entonces recordó lo distinta que había sonado esa voz antes, en aquella conversación con Shadis; a ella le había parecido que el mundo temblaba, como si hubiese algo terriblemente equivocado en aquella situación.
Y en el estado en que se encontraba ahora, envuelta en todo ese torbellino de emociones, Mikasa fue convirtiendo su temor y desasosiego en combustible para el fuego de su ira.
Y aquel día, el mundo recordó… que incluso una Ackerman tenía sus límites.
Mikasa, sencillamente, explotó.
Y toda esa furia desatada, naturalmente, recayó sobre su víctima más cercana; no como una tormenta ígnea, sino de una manera mucho más peligrosa, fría… y letal.
–Marco… ¿¡Se puede saber qué problema tienes!?
Mikasa abrió de repente los ojos y fulminó al pecoso tanto con su mirada como con sus palabras; un susurro afilado, tan preciso y dañino como un cuchillo clavándose entre las costillas, hasta alcanzar el corazón.
Marco, desde luego, sintió el efecto de aquellas palabras capaces de destruir; prácticamente saltó en el aire, alejándose unos pasos. La sonrisa de sus labios se congeló en un rictus amargo, entre incrédulo y dolorido; sus ojos seguían brillando pero lo hacían ahora con un ansioso temor, sorprendidos y desmesuradamente abiertos ante la súbita hostilidad.
El muchacho, por un instante, dejó de respirar; quizás su corazón también dejó de latir. Su nuez se desplazó visiblemente al tragar saliva, con un audible "glub" nervioso. Todo su cuerpo parecía agitarse levemente, fruto de una gran tensión; y mientras tanto, él no le quitaba la vista de encima a ella… como una presa hipnotizada por su depredadora.
En otras circunstancias, viendo la reacción de su compañero, Mikasa no habría tardado en recapacitar y disculparse, más aún tratándose de alguien a quien podría considerar un amigo. Y sin embargo, justo cuando ella se disponía a hablar…
La mirada de Marco pareció transformarse, como si la muchacha de furiosos ojos negros hubiese despertado algo dentro de él: una parte del pecoso, que normalmente permanecería oculta en las sombras; una parte de cuya existencia pocos habrían sospechado, más aún tratándose de alguien tan amable y comprensivo con casi todo el mundo.
Pero los sentidos especialmente desarrollados de la joven oriental (don y maldición al mismo tiempo) le permitían captar lo que le rodeaba con mucha más nitidez que los demás; ella era capaz de percibir detalles que a otros se les pasarían por alto.
Y aquel día, en aquel instante y lugar, en aquel encuentro imprevisto entre dos personas parecidas y a la vez muy distintas, Mikasa mantuvo su mirada oscura… y el abismo de sus negros orbes se encontró con el que le devolvían los de Marco.
La chica empezó a sentirse cada vez más agitada, conforme se prolongaba aquel silencioso duelo de miradas. La expresión del pecoso fue cambiando por completo: se había apagado el brillo de sus ojos castaños, que ahora parecían mucho más oscuros; sus labios apretados ya no sonreían, pero las comisuras vagamente retorcidas transmitían algo cruel.
El cuerpo del muchacho todavía temblaba, pero el instinto de la joven le decía (casi advirtiéndole a gritos) que ya no era por miedo; como si él también se viese desbordado ahora por una furia oscura, después de que la de Mikasa hubiese hecho resonar algo en su interior.
–¿Lo dijiste por algo en concreto? –Marco al fin rompió el silencio–. Vas a tener que especificar un poco más.
Y creció la inquietud de Mikasa, haciendo aún más mella en su rabia, al oír aquellas palabras… porque Marco las había pronunciado, al igual que antes, con un tono cordial y amable que para nada encajaba en aquella situación, ni mucho menos con la siniestra expresión de su rostro; una disonancia que volvía a alertar todos sus instintos, como si estuviese sucediendo algo terriblemente equivocado.
–Pero quizás deberíamos ir ya hacia los barracones, ¿no crees? –continuó el pecoso, de nuevo con ese tono que a ella le inquietaba e irritaba a la vez–. Además, no creo que éste sea el lugar más apropiado para hablar de ese tipo de cosas, ¿no te parece?
El joven después meneó la cabeza, como diciendo "mira a tu alrededor"; y Mikasa así lo hizo, discretamente. Marco tenía razón: se habían quedado cerca del portón de entrada a Trost. La gente seguía circulando a un lado y otro, centrándose más bien en sus propios asuntos; pero algunos ciudadanos miraban a veces con curiosidad a los dos cadetes, como preguntándose qué harían allí.
"Desde luego, a quién se le ocurre… Sólo porque los dos nos pongamos a hablar aquí de nuestras cosas, ¡en mitad de la vía pública!, no van a desaparecer de repente todos los demás, para dejarnos un poco de intimidad."
Uno de los soldados de las Tropas Estacionarias, allí emplazados, también les observaba enarcando una ceja; Mikasa creyó reconocer al mismo hombre que antes había tomado un discreto sorbo de su petaca. Y entonces ella supo que, cuanto más tiempo permaneciesen en aquel lugar, más probable sería que alguien terminase llamándoles la atención; algo que la muchacha preferiría evitar en aquel momento, sobre todo si quería tener una conversación a solas con el pecoso.
Precisamente, justo en ese instante Marco se dio la vuelta y empezó a andar hacia los barracones, alejándose de allí tranquilamente, sin tan siquiera mirar atrás. Mikasa no sabía si sentirse aliviada o irritada por aquel gesto; ya no seguía sometida al escrutinio de aquellos ojos oscuros, pero por otro lado le fastidiaba que él ni siquiera la considerase una amenaza.
"¿Acaso no me toma en serio? Quizás si voy y le suelto una patada…" Mikasa meneó la cabeza, despejándose. "Y ahora yo también desvarío con esto. ¿Será que me afecta más de lo que yo creía?"
La joven sintió que no podía quedarse atrás; si no seguía al pecoso moreno, quizás él creería que le tenía miedo, y ella no iba a darle esa satisfacción.
Cualquier otro día, en cualquier otra situación, Mikasa no habría pensando así de su compañero; pero ya ni siquiera estaba segura de si en realidad conocía al auténtico Marco; ahora prácticamente se esperaba cualquier cosa de él. Quizás era precisamente por eso, que ella echaba en falta tener algún arma a mano en ese momento…
"Metieron en carros los equipos de maniobras, más que por descanso para evitar un desgaste cuando ni siquiera íbamos a usarlos en el camino a Trost. Y al margen de las espadas reforzadas, que sólo podemos emplear bajo supervisión en ocasiones muy concretas, a los cadetes no se les reparten más armas, sin contar las simuladas de madera para ejercicios cuerpo a cuerpo. Je, si algún recluta consiguiese una de verdad, sería más probable que terminara hiriéndose a sí mismo, y seguramente los instructores la confiscarían."
Mikasa confiaba en sus propias habilidades y sabía que, llegado el caso, podría defenderse con sus manos… y por ejemplo partirle el cuello a cierto pecoso, si de pronto éste intentaba algo.
Entonces volvió a menear la cabeza. "Ya me estoy imaginando cosas otra vez. No sé qué está pasando aquí exactamente, pero dudo que terminemos llegando a ese extremo… ¿Verdad?"
La muchacha de ojos negros empezó a andar con el mismo paso tranquilo que su compañero, sin perderle de vista; Marco aún estaba un poco más adelantado y continuaba sin mirar atrás, como dando por hecho que Mikasa le seguiría… y ella, de nuevo más irritada que nerviosa, volvió a plantearse la idea de conseguir un arma.
Aunque había empezado como una broma, la joven se lo iba planteando cada vez más en serio, conforme el pecoso elegía calles más estrechas y menos concurridas; avanzaba tranquilo, con el paso decidido de quien tenía claro a dónde iba. Su compañera mantuvo el ritmo y la distancia, negándose a marchar más rápido para alcanzarle.
Siendo un Distrito Exterior, Trost tenía un Cuartel General en el centro, pero esas instalaciones solían estar ocupadas por soldados con experiencia y oficiales de alto rango, además del personal encargado de administrar los suministros que se repartían a los distintos cuerpos de guardia por toda la ciudad. Las instalaciones más antiguas y distinguidas no eran sitio para albergar a unos simples cadetes, así que les habían destinado a unos barracones en la zona oeste.
Mikasa ya se quedó más tranquila al ver que salían de nuevo a una calle menos solitaria y más amplia, iluminada por la suave luz del sol en aquel día despejado de invierno. Aun así, la muchacha no se relajó por completo; seguía sin saber qué se proponía exactamente el pecoso.
"Supongo que Marco estará tomando un atajo para llegar antes a nuestro destino. Tiene sentido, todos hemos estudiado el mapa del Distrito con más o menos detalle, pero él es amigo de Jean y éste seguramente le habrá explicado unas cuantas cosas sobre su ciudad natal. Ahora que lo pienso, me pregunto si…"
El cadete Bott seguía sin darse la vuelta ni dirigirle la palabra, sumido en un mutismo que a ella le resultaba cada vez más molesto. En cierto modo, prolongar aquella situación sería como permitir que él mantuviese el control; y la idea casi hacía que Mikasa rechinase los dientes, porque parecía que le estuviese dejando ganar… y ella no pensaba darle esa satisfacción.
Por otro lado, la joven aún buscaba respuestas; y precisamente, habían sido en parte sus reflexiones sobre Jean, y la gran antipatía que éste parecía tenerle a los de Shiganshina, lo que le había hecho perder la calma antes. Todavía le daba vueltas a esa cuestión, que también le irritaba cada vez más; casi tanto como ese silencio, que ya resultaba insoportable.
–Al menos eres mejor que Kirstein –Mikasa al fin rompió el silencio. "O más bien solías serlo," añadió para sí–. Me extraña que alguien como tú pueda pasar tanto tiempo a su lado, soportándole…
"Por otro lado, si tú eres el auténtico Marco, entonces no debería extrañarme… ¡Tal para cuál!"
Sin embargo, justo antes de hacer la pregunta que ya casi tenía en los labios ("¿por qué nos odiáis tanto?"), todos sus sentidos se centraron en la reacción del pecoso; no fueron movimientos bruscos sino pausados, suaves… demasiado. El chico no se detuvo de golpe, sino que fue dando pasos cada vez más pequeños hasta quedarse parado; y en vez dar de pronto la vuelta, se giró lentamente sin decir ni una sola palabra.
El silencio que se hizo a continuación fue mucho más desasosegante que cualquier grito.
"Ah… Casi preferiría que se hubiese liado a dar voces defendiendo a su amigo. Al menos ya ha dejado de hacer esa cosa rara con los labios. Aunque su mirada…"
Los ojos de Marco ahora parecían mucho más apáticos, como si se hubiese apagado en ellos incluso la siniestra luz de esa furia oscura que le había invadido antes, resonando con la de ella; y él ya no estaba tan tenso, sino más bien encorvado, aparentemente fallándole las fuerzas justo al final del camino… o soportando de pronto algo mucho más pesado que su mochila.
Por alguna razón, a Mikasa le resultaba vagamente familiar aquella mezcla de cansancio y frialdad, hastío e indiferencia; pero antes de que su mente pudiese conectar una idea con otra, su compañero volvió a atacar el silencio y rompió el hilo de sus pensamientos.
–Vaya… –Marco tenía esa misma apatía gélida incluso en el tono, mientras buscaba las palabras–. Que curioso, que tú precisamente digas eso ahora.
"No, ya en serio…" Mikasa se mordió disimuladamente el labio inferior, esforzándose en recordar. "¿A quién se parece, cuando se pone así?"
Los dos se habían detenido, no en mitad de la calle sino en una de las aceras, donde podían hablar de manera algo más disimulada, aunque el pecoso moreno permaneció unos largos instantes sin decir nada más; y la joven oriental creyó adivinar, en el fondo de aquellos ojos castaños, un punto de desprecio que de nuevo le hizo sentirse furiosa.
De haberse mantenido el silencio, Mikasa seguramente habría vuelto a explotar, y esta vez con algo más que palabras; pero por fortuna para Marco, su voz tranquila (casi antinatural en aquellas circunstancias) volvió a acariciar el aire con engañosa suavidad, apenas enarcando una ceja.
–Sí, es curioso, o más bien extraño, que dos personas tan distintas estén casi siempre juntas. A veces me pregunto cómo una persona en su sano juicio puede permanecer tanto tiempo al lado de… Alguien que siempre dice lo primero que se le pasa por la cabeza, sin molestarse en pensar un momento antes de hablar y herir los sentimientos de los demás. Alguien que cree tener todas las respuestas y la verdad de su parte, de modo que quienes están equivocados son los otros. Alguien que, por mucho que intentes ayudarle, ignora todos tus consejos y termina haciendo lo que le sale de las narices, aun sabiendo que te preocupas por él. Alguien que se cree mejor que nadie, el más fuerte, especial… cuando en realidad es el más débil.
"¿Y habla así de su mejor amigo?" Mikasa frunció levemente el ceño. "¡Pues vaya manera de defenderle!"
Entonces, como si le hubiese leído la mente, Marco torció de nuevo los labios en aquel rictus sutil, implacable y cruel; las mismas cualidades que, ahora sí, brillaban en unos ojos castaños que de repente volvían a parecer demasiado oscuros.
–Mikasa… No me estaba refiriendo a Jean.
