GUANTES NEGROS PARA MANOS BLANCAS
NOTA DEL AUTOR – Supongo que, si me hubiese organizado mejor, podría haber incluido la parte que hay hasta "¿Puedo hacerte una pregunta?" (luego veréis a qué me refiero) en el capítulo anterior… Bueno, ya es tarde para lamentarse por la leche derramada, y todo eso. La ventaja es que al menos este capítulo es un poco más largo, e incluso he podido publicarlo antes de lo previsto. ¡Espero que lo disfrutéis!
De nuevo, mi gratitud a quienes siguen con interés la historia y/o la han añadido a sus favoritos; y un agradecimiento especial a Haimaki por su nueva review, siempre es una motivación para continuar con más entusiasmo todavía.
CAPÍTULO 16 – DECISIONES (I)
Publicado el 3 de agosto de 2016, con una extensión de 2.798 palabras.
Pero en cuanto consiguió atraer su atención, se arrepintió de haberlo hecho.
Mikasa notó cómo le golpeaba, con toda la fuerza de un demoledor puñetazo, la desesperación que había en los ojos de Marco, como una muda súplica agonizante. Al posarse directamente sobre ella, la joven sintió su mirada con mucha más intensidad que antes.
"Termina con mi dolor," parecía decir aquella mirada.
Mikasa quería creer que eran imaginaciones suyas; o que, al menos, su compañero no se estaría refiriendo a la peor manera posible de solucionar ese problema… con carácter permanente.
"Casi le prefería cuando parecía haberse convertido en su propio gemelo malvado," pensó con un leve nerviosismo que tenía algo de histérico.
Y desde luego, esa nota de histeria corrió el riesgo de convertirse en algo aún mayor… cuando de repente el pecoso dio un paso hacia la joven; sólo un pequeño paso, que sin embargo ya despertó la alarma en su interior, como si alguno de sus instintos gritara "¡corre!".
Pero en vez de eso, Mikasa replicó al avance de su compañero, no con palabras sino con hechos: con otro paso adelante, casi al mismo tiempo que Marco daba el suyo.
Seguramente cualquier otra persona en su lugar, sabiendo lo que ella sabía, habría reaccionado de manera muy distinta: quedándose paralizada, retrocediendo o ya directamente huyendo de allí. Sin embargo, la muchacha también tenía otros instintos, además del básico de salir corriendo.
Porque hacía ya cinco años que había ocurrido algo que cambió su vida para siempre; algo que potenció, hasta niveles insospechados, un instinto básico diferente dentro de ella.
"¡Lucha!"
Por un momento, casi estuvo segura de oír la voz de Eren en su interior…
"Para ganar tienes que luchar," añadió la joven Ackerman para sí. "Si no lucho, entonces no puedo ganar. Si ni siquiera lo intento…"
Y algunas batallas, quizás incluso las más peligrosas, se libraban sólo con palabras… Mikasa tenía la oportunidad de librar la suya, en ese día; de esa manera que ella ya se había propuesto antes (casi parecía otra época) cuando aún estaban en el camino a Trost, con Armin a su lado falto de ánimos.
"Me propuse entonces ayudarle con mis palabras, pero justo después nos interrumpió Marco, y no pude cumplir con mi propósito… Qué curioso que ahora sea él, precisamente, a quien yo quiero ayudar. O al menos intentarlo. ¿Será posible ayudar a alguien tan desesperado…? Pero por otro lado, si ése es en realidad su auténtico rostro, y su sonrisa amable y mirada bondadosa son una máscara que suele llevar casi todo el tiempo… ¿Qué clase de persona soy yo, si ahora me niego a ayudar a un compañero en apuros? Además, también sería una oportunidad para resolver el misterio de este enigma, y obtener algunas respuestas a mis preguntas…"
Y había otra cuestión, que quizás fue la que más influyó en su decisión: Mikasa intuía que ayudar ahora a Marco, decidirse por fin a actuar en vez de limitarse a mirar sin hacer nada, iba a ser una especie de piedra de toque para todo lo que vendría después; y si ella conseguía superar esa prueba de fuego, entonces ya sería capaz de lograr cualquier cosa, no sólo con la potente destreza de su cuerpo, sino también con sus propias palabras… palabras con las que, en adelante, podría ayudar y animar a las personas más preciadas para ella, a Armin y Eren (especialmente Eren).
Pero para llegar hasta ahí, antes tendría que superar el desafío que le planteaba Marco; un desafío al que ella estaba dispuesta a enfrentarse, con todas sus fuerzas y energías, tanto físicas como mentales.
Y justo en el momento de tomar su decisión, Mikasa todavía no era consciente de que, aun sin ser precisamente sencillo, hacer algo así habría resultado mucho más difícil para cualquier otra persona en esa situación; no se daba cuenta de lo fuerte que era en realidad, del auténtico poder que albergaba en su interior, de ese potencial para realizar proezas que iban más allá de lo meramente humano… rozando incluso el límite de lo divino.
O quizás era el suyo el poder de despertar en otros ese potencial para lo sobrehumano; o quizás era Eren quien tenía en realidad ese poder; o quizás era Marco quien también estaba a punto de cambiar su vida para siempre.
Tal vez ninguna de esas posibilidades excluía a las demás. Tal vez, cuando dos personas se encontraban, cada una tenía realmente el poder de despertar en la otra ese potencial oculto en su interior; como rocas chocando entre sí para producir la chispa que encendería un fuego rugiente. Tal vez era eso lo que había ocurrido, entre Mikasa y Eren, hacía ya cinco años.
Tal vez era eso lo que iba a pasar ahora, entre ella y Marco: otro de esos encuentros que ya lo cambiarían todo.
Fue en ese momento cuando Mikasa se dio cuenta de que la mirada del pecoso había ido cambiando de nuevo, esta vez afortunadamente a mejor; más cálida, más natural, más viva.
Marco parecía haber leído aquella decisión en sus ojos negros; y como animado al ver que ella se atrevía con ese desafío, él también lo aceptó.
–Mikasa… ¿Puedo hacerte una pregunta?
En aquellos ojos castaños aún había un fondo de callada desesperación, como en el resto de sus facciones, aunque ya no se le veía tan pálido; ya parecía menos atormentado. Incluso su voz transmitía una esperanza incipiente, que él recuperaba con rapidez.
Y sin embargo, en un descuido, ella estuvo a punto de echarlo todo a perder.
"Vaya, Marco lo ha vuelto a hacer. Cada vez que intento hablar, cambiar las cosas para mejor con mis palabras, va él y me interrumpe."
Por fortuna, Mikasa apenas llegó a fruncir un poco el ceño y recapacitó a tiempo; pensó bien cómo iba a contestar, mientras volvía a relajar la expresión de su rostro.
"Si me hace una pregunta, tendré que contestarla… y será ahí cuando pueda empezar a cambiarlo todo. Creo que, por algo así, merece la pena esperar un poco más, ¿no? Además, si sólo con la esperanza de que voy a escucharle ya se le ve mucho más animado, ¿cómo voy yo ahora a decirle que no?"
Al mismo tiempo, una parte de ella se preguntaba si no habría sido víctima, justo en ese instante, de la infame técnica "ojos de cachorrillo".
"Je, se ve que Sasha no es la única que aprende cosas, cuando se reúne con Marco para repasar las lecciones, ella también le ha enseñado algo a él… ¡Sí que es efectivo! ¿Qué tendrán esos ojos castaños? O puede que sea la luz del sol…"
Mikasa mantuvo su expresión tranquila y serena, estoica, sin decir nada por el momento, limitándose a asentir con la cabeza; aunque sólo eso ya mereció la pena, por la sonrisa cálida y sincera que le dedicó Marco.
–Vale, bien, entonces la pregunta… –el chico continuó en voz baja; parecía vibrar con la tensión de algún gran cambio que estuviera a punto de producirse, y que ella también podía oler, casi como si fuese a estallar una tormenta–. Mi duda es… Supongamos que, bueno, estás en una situación en la que sabes que vas a terminar haciéndole daño a alguien.
Mikasa enarcó levemente una ceja, extrañada, preguntándose a qué se estaría refiriendo el pecoso, pero no le interrumpió.
–Terminar haciéndole daño a alguien –repitió Marco, tragando saliva un instante; con una sombra de preocupación en los ojos y todavía algo de nerviosismo, pero ya menos titubeos–. Sabes que si no haces nada va a terminar sucediendo algo bastante malo. Y seguramente, si intentas impedirlo, consigas solucionar varios de tus problemas… varios, no todos, o incluso podrías estar creando otros nuevos. Aun así, sabes que si no haces nada muchas personas van a terminar sufriendo una situación, ah, catastrófica desde cierto punto de vista. Aunque también podrías estar causándole un perjuicio a otras personas, tantas o incluso más que a las que intentas proteger. La verdad, es difícil estar seguro, si tratas de ayudar podría terminar pasando algo todavía peor. Es decir… Ay, vaya. No sé si me explico. No se me está entendiendo nada, ¿verdad?
Marco, incómodo y agobiado, se pasó una mano por la nuca; su mirada volvió a perderse en algún punto cercano y a la vez distante, como si fuese algo que sólo él podía ver.
"Vaya, a este paso no tardará en sumirse de nuevo en la misma desesperación de antes. Mis esfuerzos habrán sido en vano… ¡No lo permitiré!"
Y al mismo tiempo, Mikasa recordó algunas de las lecciones que le habían enseñado cuando era más pequeña.
"Mamá…"
El dolor de su recuerdo sólo duró un instante; apenas apretó un poco los dientes, un momento, pero nadie más se dio cuenta.
"No… Ahora lo importante es honrar ese recuerdo, honrarla a ella. Seguir sus enseñanzas, ayudarme a mí misma y a los demás. Eso es lo que debo hacer ahora."
Y sin mediar palabra, con esos movimientos elegantes y precisos que la caracterizaban, Mikasa pasó las manos por las correas de su mochila, se la quitó de la espalda y la dejó con suavidad en el suelo, apoyada contra la pared cercana.
En realidad, gracias a su resistencia sobrehumana, apenas sintió la diferencia entre cargar y no cargar con ese peso; pero ahora no se trataba de ella, lo estaba haciendo por él.
"La mente influye en el cuerpo, pero no te imaginas hasta qué punto también es cierto lo contrario. Muchas veces nos creemos que una situación no tiene remedio, pero en realidad basta cambiar de postura y ponerse cómodo para ver ya las cosas de otra forma. Te das cuenta de que, a menudo, basta despejar la mente para encontrar una solución al problema, o descubrir que la respuesta siempre había estado ahí mismo."
Sus movimientos volvieron a atraer la atención de su compañero, que la miró ligeramente sorprendido, también con algo de preocupación en sus expresivos ojos castaños; pero esta vez Mikasa no dejó que la interrumpiese.
–Marco, quítatela tú también.
Una parte de ella, pequeña (y quizás un tanto perversa), intuyó que aquello podría interpretarse de otra manera bien distinta, pero no le dedicó más energías a ese pensamiento; había cosas más importantes de las que ocuparse ahora.
–La mochila, Marco, haz como yo y déjala ahí contra la pared –dijo Mikasa, ordenó en realidad, tranquila, con voz suave como la seda… recubriendo el acero; pero en la bondadosa mirada de sus ojos negros no había hostilidad, si acaso un atisbo de buen humor e incluso una leve sonrisa en sus labios–. Lo importante es respirar, me lo enseñaron desde pequeña.
–¿Seguro que es buena idea? –Marco, indeciso, aún no se había animado a imitarla–. Quiero decir, bueno… Ya llevamos un rato aquí parados, ¿no? A este paso, Shadis va a terminar llamándonos la atención.
"Al menos está nervioso por otra cosa," pensó Mikasa. "Bien, mejor eso que el desasosiego de antes."
–Lo importante era no retrasarse en llegar a la ciudad –respondió ella, con la misma suavidad de antes, levantando un solo dedo de su poderosa mano derecha–. Nos han dado el resto del día libre, así que no creo que pase nada por llegar un poco más tarde a los barracones. –Mikasa sonrió levemente mientras levantaba otro dedo–. Además, sabiendo que estás conmigo, dudo que Shadis te diga algo. Ventajas de ser candidatos al top ten de la promoción, ¿no te parece? Siempre nos dan un poco más de margen…
"Eso, y que Shadis sabe que yo me voy a alistar en la Legión," añadió para sí la joven. "Aunque él diga que no tiene favoritismos, fue Comandante durante años y está claro que eso también influye algo."
–Y volviendo al tema de antes… –Mikasa enarcó ligeramente una ceja sin dejar de mirar a Marco, que enseguida captó la idea y obedeció al fin con una sonrisa, dejando él también su mochila contra la pared–. Bueno, creo que sí te has explicado con claridad. Hablabas de una situación en la que, si no haces nada, va a terminar pasando algo malo. Pero si intentas cambiarlo, podrías provocar algo todavía peor. Es decir, incluso si sale bien, estarías perjudicando a unos para ayudar a otros. ¿Lo he entendido bien, era eso a lo que te referías?
–Vaya… Pues sí, básicamente sería eso…
Marco ya parecía más ligero, después de quitarse la mochila; menos agobiado. Por un momento no dijo nada y se limitó a respirar profundamente, cogiendo tanto aire como podía con sus pulmones; Mikasa podía ver cómo se hinchaba su pecho, bajo las abrigadas ropas de invierno. Después el pecoso dejó escapar un hondo suspiro, y ella casi sintió cómo liberaba aún más tensión acumulada.
–¡Vaya! Pues sí que tenías razón –Marco la observó admirado, con una sonrisa radiante que despertó cierta calidez en su interior–. La clave está en respirar, ¿eh? Mira que olvidarse de algo así… –el chico frunció ligeramente el ceño, desviando la mirada un instante hacia el centro de la calle–. O más bien, ni siquiera se molestaron en enseñarnos algo tan sencillo pero efectivo como esto, dando por hecho que de algún modo…
El muchacho no dijo nada más y siguió respirando profundamente; a veces incluso se agitaba un poco su cuerpo, pero se veía que ya le había abandonado casi todo su nerviosismo. Aun así, hubo un momento en el que el joven moreno se pasó una mano por la cara y empezó a restregársela con fuerza, como irritado por algo; sus facciones se contrajeron, apenas por un instante, en una mueca que era eco lejano de aquella desesperación que aún no había desaparecido del todo.
Marco, dejándose llevar por su súbita irritación, se quitó con brusquedad el gorro de lana marrón y luego se pasó la otra mano por entre los desordenados cabellos negros, difícil saber si para peinárselos o arrancárselos; Mikasa le observaba en silencio, vagamente fascinada y apesadumbrada a partes iguales, preguntándose en qué estaría pensando realmente su compañero.
Después, ya con algo más de cuidado, el pecoso guardó el gorro en uno de los bolsillos de su chaquetón de invierno; pero enseguida volvió a acometerle esa especie de frenesí silencioso, en el que ahora había más rabiosa frustración que impotente desesperación. Se quitó los guantes con furiosos tirones, como si de repente le provocasen un picor insoportable; aunque de nuevo se tranquilizó un poco, y los guardó sin tanta brusquedad en otro bolsillo de su abrigo.
Mikasa seguía observando a Marco, tratando de distanciarse emocionalmente, a pesar de la cercanía física entre ambos, para encontrar una solución.
"Está tranquilo y de pronto empieza a rechinar los dientes. Esos vaivenes… Es como un junco agitado por ráfagas de viento contrarias, siempre a punto de torcerse hacia un lado u otro."
Aquella impresión pareció confirmarse cuando el pecoso se giró de golpe contra la pared, otra vez mirando sin ver, mientras se pasaba las manos por la cara y dejaba escapar un suspiro de frustrada resignación; quizás empezaba a temer que en realidad no había sido buena idea plantear su cuestión.
Y de nuevo, Mikasa casi sintió que el alma se le caía a los pies, al ver que todos sus esfuerzos corrían el riesgo de ser en vano, otra vez; algo que ella, naturalmente, seguía sin estar dispuesta a permitir.
–Marco.
Le bastó una sola palabra, suave pero firme; una vez más, implacable puño de acero envuelto en delicado guante de seda. Su compañero detuvo en el acto sus gestos desasosegados y se volvió hacia la joven oriental, mientras dejaba caer una mano y continuaba tapándose con la otra la mitad del rostro; la intensidad de aquel único ojo la sorprendió, tensándose involuntariamente, más aún cuando él dejó caer la otra mano, centrando en ella la mirada de esos orbes castaños en los que podían leerse tantas cosas en un solo instante.
La desesperación aún estaba ahí, pero ya mucho más tenue, acompañada de una multitud de emociones distintas que ardían en el intenso fuego de sus ojos: angustia, desamparo, vulnerabilidad, nerviosismo, curiosidad, expectación, quizás incluso admiración… y algo más, una especie de hambre o ansia; ella no sabía muy bien de qué, ni estaba segura de querer saberlo, porque intuía que eso era lo que le hacía sentirse tan tensa, aunque no necesariamente incómoda.
Por alguna razón, también se sentía extrañamente halagada…
Mikasa iba notando un confuso torbellino de emociones en su interior, agitándose tanto como él.
Y justo cuando ella se disponía a recuperar el control de la situación (o al menos intentarlo), contestando por fin a su pregunta… Marco le hizo otra que desde luego jamás se habría esperado.
–Mikasa… ¿Alguna vez te han dicho lo guapa que eres?
