GUANTES NEGROS PARA MANOS BLANCAS
NOTA DEL AUTOR – ¡Gracias al Guest misterioso por la nueva review!
Este capítulo va a ser muy especial, sobre todo porque en el siguiente ya volveremos con Armin y compañía; Mikasa y Marco no desaparecen de esta historia, pero pasará un tiempo hasta que nos los encontremos de nuevo.
CAPÍTULO 21 – SENTIR ALGO POR ALGUIEN
Publicado el 7 de septiembre de 2016, con una extensión de 2.939 palabras.
–Marco… Todo este tiempo, tú… ¿Has estado saboteando a tu mejor amigo?
Mikasa sintió un terror frío al oírse decir aquello; como si de pronto se hubiera hecho más pequeña, hasta volver a ahogarse en aquel mar implacable de agua gélida del que ella, ilusamente, creía haber escapado ya para siempre.
Y lo peor de todo era que seguramente estaría arrastrando a su compañero en aquella caída, hasta el fondo de las heladas profundidades.
La expresión de Marco cambió por completo: desapareció su aura soñadora, se borró el cálido brillo de su sonrisa y su mirada; tan neutral, tan guardada y cautelosa se volvió, que por un momento Mikasa creyó tener enfrente alguien que no la conocía… aunque ella estaba convencida de que, por un instante todavía más breve, el rostro del pecoso había mostrado auténtico y verdadero pánico, fiel reflejo del que también sentía la morena de ojos negros.
Y sin embargo, para su propia sorpresa, al final Marco mantuvo una calma que poco tendría que envidiar a la de Mikasa en sus mejores momentos; tanto, que le costaba creer que realmente había visto aquel súbito temor en el rostro de su compañero.
"La cuestión es si ya ha dejado de sentirlo, o simplemente lo está ocultando detrás de esa máscara de neutralidad."
A pesar de todas las dudas, y de que a ella se le había encogido el corazón tan sólo unos segundos antes, la joven sintió que ahora recuperaba con rapidez aquella confianza en sí misma, precisamente gracias a la que él estaba mostrando en aquel instante; el eco de su serenidad era mucho más fuerte que la sombra de cualquier miedo, algo de lo que la oriental se alegraba y avergonzaba a la vez.
"Haber caído así, cuando él estuvo junto a mí todo este tiempo, sosteniéndome…"
Mikasa volvía a escapar de aquellas aguas heladas; sintiéndose de nuevo fuerte, grande, poderosa.
"No dudaré ya más, Marco, ¡ni de ti, ni de mí misma!"
Sus bellos ojos negros chispearon rebosantes de fuerza y vitalidad; como si aquel enorme fuego, cálido y reconfortante, volviera a extenderse rápidamente por todo su cuerpo, con una potencia que la convertía a ella de nuevo en gigante… y aquel mar gélido en un miserable charco a sus pies.
La muchacha apretó por un instante los puños, reforzando su determinación; manos blancas, finas, sólo aparentemente delicadas.
Esperaba poder transmitirle al menos una parte de aquella determinación; era lo mínimo que él se merecía, después de todo lo que había hecho por ella.
Y por eso la joven ni siquiera pestañeó cuando su compañero contestó al fin sus palabras, con otras no por inciertas menos terribles.
–La verdad es que no lo sé, Mikasa. Tal vez sea cierto, eso que tú dices. Quizás yo…
–Marco. Basta.
Ninguno de los dos levantó la voz, ni reaccionó bruscamente. Hablaban entre ellos con sorprendente tranquilidad, teniendo en cuenta las circunstancias… si bien el aire parecía vibrar a su alrededor con especial intensidad.
–No, Mikasa, en serio… No había pensado en eso antes, nunca se me habría ocurrido verlo así… Pero ahora que lo dices, tendría sentido que…
–No, Marco, en serio tú… Déjalo ya, no sigas por ahí.
Aunque las últimas palabras salieron como un gruñido de sus labios, ella se notaba al mismo tiempo casi con ganas de reír.
"¿Pero se puede saber qué es lo que me ha dado ahora? Empiezo pensando esas cosas tan horribles, luego me pongo a decir justo lo contrario… ¿Será que la situación, con tantas emociones y tantos cambios, ha terminado afectándome a la cabeza?"
La muchacha tuvo que hacer un pequeño esfuerzo para mantener esa preciada calma que ahora ella atesoraba como oro en paño.
–Lo siento, Marco, no debí decirte esas cosas, ha sido…
–No hace falta que te disculpes sólo por haberte atrevido a decir la verdad.
–Y una mierda.
Sí era posible soltar tacos con suavidad, Mikasa acababa de hacerlo; ella misma se sorprendió por la ferocidad con que ahora defendía a su compañero… que casi había dado un salto al oír aquello, con su expresión neutra trocada en otra de asombro y los ojos bien abiertos.
Por un momento, ninguno de ellos fue capaz de decir nada; se limitaron a observarse atentamente, en silencio, aunque la chica volvió a tener unas ganas de reír tremendas.
"En serio, esto que nos está pasando ahora, a él y a mí, no es normal…"
Y sin embargo, Mikasa ya no se sentía dividida, como si cada parte notara las cosas de una manera diferente; ahora todo en ella experimentaba por completo las mismas emociones, con plena armonía entre sus pensamientos.
En su mente surgió, con esclarecedora nitidez, la idea de que en realidad Marco y ella participaban en una especie de juego: un baile particular en el que, aun sin moverse, cada uno iba turnándose con el otro para asumir roles opuestos y a la vez complementarios; un ciclo continuo de noche y día, en el que ambos intercambiaban los papeles del sol y la luna, en aquel firmamento rodeado de estrellas, aunque no siempre pudieran verse.
Los dos pasaban de forma sucesiva al ataque y a la defensa, a veces simultáneamente, hiriendo y consolando al mismo tiempo, de manera más o menos inadvertida; enfrentándose y aceptando sus propias sombras, para al final conseguir sacar lo mejor de sí mismos, haciendo brillar con fuerza la luz que también había en su interior.
Aquel encuentro les estaba cambiando, a él y a ella, para bien y para mal… sobre todo para bien.
Mikasa, en un gesto apenas perceptible, mordió delicadamente su fino labio inferior; sonriendo con curiosidad y preguntándose, con un puntito juguetón, hasta qué punto podía complementar cada uno al otro…
Una vez más, la reacción de su compañero fue bien visible; la expresión neutra de Marco, como una máscara, había empezado a resquebrajarse antes con el asombro y la sorpresa, pero ya quedó rota definitivamente.
El velo que les separaba terminó de rasgarse y la muchacha pudo sentir de nuevo, como una suave caricia, las verdaderas emociones del joven pecoso… la intensa mirada de aquellos ojos castaños, admirando y deseando, adorando; de esa forma tan característica, tierna y potente al mismo tiempo, capaz de convertir a una chica en una diosa.
Esta vez no hubo miedo ni inquietud, ni duda ni arrepentimiento. Mikasa no se lamentó pensando que Eren nunca la miraría así, sino que empezó a plantearse cómo cambiaría todo, si ahora ella tenía verdaderamente el poder de hacer realidad sus sueños; al menos, así se sintió en ese momento.
Tranquila, confiada; segura de que algún día, tarde o temprano, conseguiría de él esa mirada.
Y como una divinidad benévola que despertase de su olvido, tras haber permanecido largo tiempo aletargada, decidió ayudar a la persona que le había recordado lo poderosa que ella era en realidad.
Cuando Mikasa volvió a hablar, sus palabras fueron cálidas y reconfortantes, su tono amable y dulce; todo ello, reflejándose con claridad en el intenso brillo de sus ojos negros, en su suave y sutil sonrisa.
–Marco, te lo diré de otra manera… Creo que no podrías hablar del tema tan tranquilo como hace un momento, si de verdad hubieras estado saboteando a tu mejor amigo todo este tiempo. Te conozco lo suficiente para saber que no serías capaz de hacer algo así. Perdóname por haber dicho antes…
–Y ahora dices que me conoces, pero… –su compañero interrumpió con suavidad, sin demasiado entusiasmo; tampoco se le veía muy convencido–. ¿Acaso me conoces realmente? ¿Cómo puedes saber de verdad que yo no haría eso?
A juzgar por el tono de sus palabras, Marco parecía querer declararse culpable de un terrible crimen; pero en su mirada se reflejaba otra cosa completamente distinta. La joven examinó con atención los ojos del pecoso; penetrante oscuridad, buscando la auténtica respuesta en el fondo de aquellos lagos castaños. Supo que su amigo confiaba más en ella que en sí mismo, para descubrir la verdad escondida en su interior; y Mikasa la encontró.
–Sabes, Marco… –su sonrisa se hizo un poquito más amplia–. Creo que en realidad las cosas no son tan complicadas. Como suele decir un buen amigo mío, "a menudo la respuesta más sencilla es la correcta". Así que, en este caso, me parece que tú sabías desde el principio que yo sentía algo por Eren, a la vez que Jean sentía algo por mí…
–Bueno, je je, en realidad… –el chico se pasó la mano por la nuca, ligeramente avergonzado–. Eso ya lo sabía todo el mundo. O casi.
"Menos tú y Eren, claro." Mikasa no necesitó oírlo en voz alta; tampoco se lo tomó a mal, incluso le hizo un poco de gracia, además de que era cierto. Tener algo justo delante, y aun así no verlo… Por otro lado, se alegró de que el muchacho ya estuviera más animado, más cómodo hablando de aquel tema, recuperándose lentamente de la callada y tenue desesperación que le había invadido antes; él también sonreía ahora.
–Aquí la respuesta más sencilla, Marco, es que tú sabías lo mismo que los demás… y al final decidiste no hacer nada, al igual que ellos. Supongo que por razones parecidas, aunque no sólo. Considerarías que no era asunto tuyo, meterte ahí… –Mikasa vio que su compañero fruncía el ceño, como disponiéndose a interrumpir; le contuvo con un leve gesto de su mano–. Espera, primero deja que termine esto tengo que decir… –el pecoso se limitó a asentir silenciosamente y ella continuó–. Pero desde cierto punto de vista, sí sería asunto tuyo, ¿verdad? Jean es tu mejor amigo, y tú también sientes algo por mí…
La chica oriental se sonrojó un poquito, aunque mantuvo la serenidad; una reacción casi idéntica a la del joven, cuyas pecas destacaron como punto negros entre sus mejillas suavemente enrojecidas.
–Sin embargo –prosiguió Mikasa–, a diferencia de ese supuesto que me planteaste, aquí a primera vista no parece haber buenas decisiones… porque eres una buena persona, Marco, y temes dañar a otros con cualquier elección. Por eso al final no hiciste nada, quizás con la esperanza de que la situación terminaría resolviéndose por sí sola, de algún modo… –se encogió ligeramente de hombros, tratando de quitarle importancia–. Mientras yo no lo supiera, tampoco podría rechazar a Jean. Y de todas formas, con él en la Policía y yo en la Legión, lo nuestro habría sido más difícil todavía… –"incluso sin tener en cuenta lo que siento por Eren," añadió ella para sí–. Es lo que tú decías antes, ¿no? Si nos vamos por caminos separados, puede que sea mejor no hacer determinadas preguntas, para evitar la decepción de respuestas ya inútiles. Tal vez haya cosas que nunca cambien, ni siquiera cuando lleguemos a nuestro destino…
"Ni siquiera cuando Armin, Eren y yo estemos juntos en la Legión." Mikasa volvió a morderse delicadamente el labio inferior, ahora entre pensativa y apesadumbrada; justo en ese instante, Marco pareció leerle la mente.
–Míralo por el lado bueno –intentó animarla el pecoso–. Al menos tienes una idea más clara de lo que sientes por Eren, eso ya es diferente, un cambio para mejor, ¿no? ¡Seguro que a partir de ahora todo te resultará más fácil!
–Supongo –contestó Mikasa, tratando de evitar un silencio incómodo, aunque luego no supo qué más decir; Marco hablaba con optimismo, pero su sonrisa parecía un poco forzada.
"¿Será que él no está contento de que Eren y yo nos vayamos acercando? ¿Sigue sin creer que sea lo bastante bueno para mí? ¿Quizás siente…?"
La muchacha vio aparecer de nuevo, en los ojos de su amigo, una sombra de desconfianza hacia sí mismo… algo que ella no iba a permitir.
"¿Por qué confías menos en ti que en los demás? ¿Acaso ocultas algún terrible secreto? Lo dudo mucho…"
–Marco, lo que dije antes iba en serio. De verdad, creo que eres una buena persona. No me habías contado antes lo de Jean por respeto a la intimidad de tu mejor amigo, pero lo hiciste en cuanto te quedó claro que había un malentendido. Ahora sé que no me odia, pero tal vez habría terminado odiándole yo a él si tú no hubieses intervenido. Lo siento, pero ahí sólo veo la actitud de alguien noble. Tienes un buen corazón, Marco.
"Quizás demasiado. Siempre estás sacrificándote por los demás. Tú también sientes algo por mí. ¿Por qué nunca te has dejado llevar?"
–Y en tu situación, nadie puede exigirte que intentes mediar entre Eren y yo –continuó Mikasa, dando voz a sus pensamientos–. Sobre todo cuando nadie más ha tratado de aclararlo, ¡ni siquiera Armin que es amigo de la infancia! En cambio, respetas tanto a tus compañeros que nunca has buscado aprovecharte de ellos… –la joven hablaba cada vez con más convicción, notándose un fondo apasionado en su tono tranquilo–. Respetas a Jean y lo que él siente, así que intentas ahorrarle todos los sufrimientos posibles. También me respetas a mí, no sabes cuánto te lo agradezco…
"No has querido arriesgarte a ocupar, aunque sólo sea por un momento, ese lugar en mi corazón que siempre será de Eren." Mikasa, sin embargo, interrumpió sus reflexiones al ver algo extraño en la expresión del pecoso.
–Bueno, en realidad… –titubeó Marco–. No sólo eso, también… –suspiró–. Hay alguien más.
El muchacho apartó la mirada, como avergonzado por admitir aquello; sus labios se curvaron en una sonrisa tímida, ya más cálida y amable, sin esa amargura de antes. Su amiga volvió a observar, fascinada, cómo destacaban sus pecas entre el rubor de las mejillas.
Mikasa sintió curiosidad de nuevo; y ahora creyó entender mejor el interés de sus compañeras, cuando se reunían ya de noche en el barracón de las chicas, formando corrillos para charlar sobre cualquier cosa.
–¿Ah, sí? –preguntó ella con suavidad, otra vez mordiéndose delicadamente el labio inferior; volvía a notarse un poco juguetona, sensación extraña que casi le hacía reírse–. ¿Y de quién se trata?
–Podría decírtelo –contestó él, con creciente timidez–. Pero no quiero.
No había maldad en aquel comentario; Mikasa simpatizó instintivamente con su amigo, al mismo tiempo que una agradable calidez hacía vibrar todo su cuerpo. También empezó a sentir, dentro de ella, algo que le causaba un poquito de dolor; como una ligera punzada, atravesándole el corazón…
"No puede ser… ¿Celos?"
Ni siquiera lo había visto venir; tanto se sorprendió, que no fue capaz de evitar que por su mente cruzasen ideas que tan sólo un momento antes habrían parecido absurdas… y que ahora en cambio sonaban como crueles certezas.
"Vaya, así que… Hay alguien más, ¿eh? Todo este tiempo, diciéndome esas cosas tan bonitas… ¡Y en realidad no soy más que su segunda opción! Qué pasa, ¿es que no soy lo bastante buena para él? Pues entonces no le habrá costado tanto, hacer todos esos sacrificios…"
Pero ella misma se daba cuenta de lo irracional de aquellos pensamientos… y también Marco, a juzgar por la forma en que había cambiado su expresión: menos sonrojo, menos vergüenza; y ahora más preocupación, por ella.
Mikasa se sintió un poco culpable por pasar con tanta rapidez de un extremo al otro, comportándose como una niña pequeña a la que no le interesaba un juguete hasta que de pronto se lo quitaban.
Esta vez sí se hizo un silencio incómodo; y ella quería romperlo, quería evitar que Marco siguiese mirándola de aquella manera, preocupándose cada vez más…
Así que no se le ocurrió mejor idea que soltar lo primero que se le pasó por la cabeza.
–Ese alguien… ¿Es Jean?
Marco todavía tardó un segundo en reaccionar.
Después se quedó con los ojos bien abiertos, sin pestañear, dedicándole a su compañera una mirada entre incrédula y sorprendida; hasta que, de repente, sonrió de buen humor.
–Caramba, señorita Ackerman… No sabía que usted se imaginaba esas cosas…
Mikasa tuvo que esforzarse para no dejar escapar otro taco; las palabras de su amigo habían hecho, precisamente, que le viniera a la cabeza esa imagen, con Jean y Marco juntos…
Si ya antes asomaba un leve rubor a sus mejillas, ahora en cambio las sintió arder; casi podía notar el humo saliéndole de las orejas.
Y entonces ocurrió: Mikasa Ackerman empezó a reírse.
Al principio fue una especie de resoplido por la nariz, pero las vibraciones siguieron extendiéndose por todo su cuerpo, hasta que ya no pudo contenerse más.
No llegó a reírse a mandíbula batiente; tan sólo se dejó llevar, permitiendo que la risa fluyera libremente en su interior, como una oleada purificadora que terminaba saliendo por entre sus labios, limpiándola por dentro y relajándola al mismo tiempo.
Se tapaba la boca con una mano, o al menos lo intentaba, y con la otra se sujetaba el estómago, procurando mantener el equilibrio y no caerse redonda al suelo.
Cuando por fin consiguió controlar aquel impulso, que con tanta intensidad la había liberado, volvió a abrir sus penetrantes ojos negros; los había cerrado sin darse cuenta, de tanto reírse.
Esta vez sí, algunos ciudadanos que pasaban por allí miraban con curiosidad y simpatía, como contagiados por aquel buen humor, aun sin entender del todo lo que sucedía.
Mikasa no tardó en comprobar que Marco también parecía haber estado riéndose a carcajadas; le delataba su cuerpo todavía tembloroso, su enorme y alegre sonrisa, su mirada cálida y brillante… y su vibrante voz, en cuanto pudo respirar de nuevo.
–Bueno… Ya llevamos un rato hablando de nuestras cosas. No me importaría seguir aquí, pero aún tenemos que llegar a los barracones, soltar las mochilas, comer algo… Lo demás puede esperar. Venga, sigamos adelante.
