GUANTES NEGROS PARA MANOS BLANCAS

NOTA DEL AUTOR – Comienza el siguiente arco narrativo…

¡Gracias a Haimaki por la nueva review!


CAPÍTULO 22 – CORRE, EREN, CORRE

Publicado el 24 de septiembre de 2016, con una extensión de 3.284 palabras.


El muchacho de ojos azules avanzaba rápidamente por las calles de Trost, sin prestar demasiada atención a su alrededor; para él, en ese momento, lo más importante era llegar cuanto antes a su destino.

–¡Armin!

Por debajo del gorro, del mismo color que sus ojos, asomaban varios mechones de cabellos rubios, apelmazados sobre su frente por el sudor.

–¡Armin!

Aquel ritmo acelerado le hacía sudar más todavía, a pesar del frío. La gruesa lana de sus prendas de abrigo (bufanda y guantes además del gorro) le producía unos intensos picores y cierto cansancio acumulado; tampoco ayudaba la pesada mochila que cargaba a su espalda. Intentó rascarse como pudo, sin pararse, para no perder la ventaja que aún llevaba sobre su "perseguidora"… que era otra persona completamente distinta de la que le estaba llamando a voces ahora.

–¡ARMIN!

El cadete Arlert se detuvo y dio media vuelta; su amigo Eren le alcanzó enseguida.

–¡Bueno! –exclamó el chico moreno, sonriendo con entusiasmo y cierta ferocidad en sus ojos grises–. Menos mal que has frenado, ¡casi te metes ya en los barracones! ¿Se puede saber qué te ha dado de repente?

La respiración de Eren no estaba para nada agitada, aunque también había salido corriendo. Armin, en cambio, todavía jadeaba; tardó unos instantes en recuperar el aliento, medio doblado, apoyándose con las manos en las rodillas.

"Pues no he logrado adelantarme mucho, ¡y con lo que me ha costado! Lo peor es que se nota más aún cuando te paras."

No podía evitar sentirse un poco envidioso, por la espléndida condición física de su amigo.

"Casi todos los demás están en mejor forma que yo. Sé que he progresado desde el primer día, pero…"

Armin meneó la cabeza, despejando su mente; no tenía tiempo para autocompadecerse, había cosas más importantes de las que ocuparse ahora, concretamente…

–Eren –consiguió decir el rubio de ojos azules–. Deberíamos seguir adelante, mientras Mikasa está entretenida. No sé cuánto podrá distraerla Marco…

"…ni cómo reaccionará por quedarse atrás," añadió Armin para sí. "Aunque, teniendo en cuenta con quién la hemos dejado, no creo que la situación vaya a más. Total, ¿qué es lo peor que podría pasar?"

De pronto sintió un escalofrío; y por alguna razón, supo que no era sólo cosa del invierno.

–Oye, Armin… ¿Estás bien?

–¿Eh? Ah, sí… Tranquilo, no es nada.

Eren, sin embargo, no parecía muy convencido y frunció el ceño; alguien que no le conociese creería que el furioso brillo de sus ojos grises iba dirigido contra su amigo de la infancia, pero en realidad no era tan sencillo.

Al contrario, el cadete Yeager podía ser una persona compleja, incluso fascinante, para quien pasara suficiente tiempo a su lado… o por lo menos eso consideraba Armin.

"Siempre parece enfadado, pero sólo es su manera de mostrar otras emociones. Preocupación, desconcierto, malestar, duda, temor… Diferencias sutiles en su expresión, que se ven cuando uno sabe lo que está buscando. Después de tantos años juntos, cuesta mucho menos darse cuenta, a mí ya me sale casi de forma automática…

"Ahora, por ejemplo, sé que simplemente le preocupa que en realidad me esté pasando algo y yo no quiera contárselo… Por otro lado, je, reconozco que a primera vista esa forma de expresarse puede intimidar un poco…"

–Oye, Armin –volvió a interrumpirle Eren, revelando su concentración con un ceño todavía más fruncido–. Se supone que vamos a hacer ahora lo de los guantes para Mikasa, ¿no? Entonces deberíamos seguir adelante, en vez de quedarnos aquí parados…

–¡Ah, sí! –contestó el rubio, agradablemente sorprendido–. Tienes razón. Vámonos, pues.

"Cuando has pasado suficiente tiempo junto a él, también descubres que en realidad es más espabilado de lo que parece. Le cuesta comprender algunas cosas, pero otras las deduce enseguida… Es como si a veces pudiera despertar del todo y llegar de un salto, instintivamente, mucho más lejos que cualquiera de nosotros…"

Eren y su amigo volvieron a ponerse en marcha, ya sin tanta prisa, aunque a buen ritmo. Armin observó distraídamente los adornos colocados en las calles para celebrar las Fiestas de Invierno; tampoco prestó demasiada atención a la gente que le rodeaba, centrándose más bien en su propia conversación.

–Entonces, ¿te parece bien si nos encargamos de eso hoy mismo?

–¡Claro! Cuanto antes mejor.

"Hay que aprovechar el tiempo de que disponemos," había dicho Marco, "no desperdiciar oportunidades que tal vez ya no vuelvan a repetirse. Tendemos a dar demasiado por hecho y eso es un error. Si te paras a pensarlo, en realidad la vida es tan precaria, tan frágil…"

Armin no repitió aquellas palabras, con ciertas connotaciones que prefería evitar; lo último que necesitaba era deprimir a su amigo, haciéndole recordar las tragedias del pasado. En vez de eso, decidió centrarse en el presente.

–Ahora lo que nos falta es un sitio donde comprar los guantes… –Eren pensaba en voz alta, mirando a su alrededor con la misma expresión concentrada de antes.

–¡Ningún problema! –exclamó Armin alegremente–. Marco me dio hace un momento la dirección de una tienda.

–¡No me digas! –Eren alzó las cejas, sonriendo animado–. ¿Y desde cuándo…?

–Fue justo al pasar por el túnel.

–Ah, bien. ¡Estupendo!

–Oye, Eren… –Armin se sentía un poco incómodo, pero sabía que tarde o temprano tendría que sacar el tema–. ¿Tienes suficiente dinero para…?

–¡Por supuesto! –respondió Eren, de nuevo con su furia característica, como ofendido por aquella pregunta.

Sin embargo, Armin pudo leerle en ese momento como un libro abierto: en realidad, con su rabia trataba de ocultar el temor de no haber ahorrado lo bastante.

"No me importa compartir mi paga con Eren, aunque ahora seguramente se negaría a aceptarla. Será más sencillo esperar a que entremos en la tienda. Si luego veo que le falta dinero para comprar los guantes, añadiré mi parte sobre la marcha y ya no podrá decir que no.

"Tampoco le comentaré nada de que la madre de Jean trabaja allí como dependienta, no vaya a ser que sólo por eso insista en buscar otro sitio. Quiero creer que no le guarda tanto rencor a su rival, pero prefiero no arriesgarme."

Armin conocía lo suficiente a su amigo como para saber que, en ese tipo de situaciones, era mejor no anticiparse a un problema que aún no había surgido y quizás nunca lo haría; si ya se presentaba más adelante, entonces tocaría dar vueltas para solucionarlo, y no antes.

"Pero, ¿y si me estoy equivocando? Tal vez debería explicárselo todo ahora, para evitar luego un conflicto… Me pregunto qué haría Marco en mi lugar."

Al menos, pensar en el pecoso le permitió recordar algo que también afectaba a la Misión.

–Eren, hay otra cosa más. Necesitamos una chica que nos sirva de "modelo para guantes"… –Armin sonrió al ver la expresión un tanto confundida de su amigo–. Me refiero a alguien que tenga unas manos parecidas, para ayudarnos a buscar la talla correcta.

–Ah, pero… –contestó el moreno, extrañado–. ¿Eso no ibas a hacerlo tú?

–Eh… ¿Te refieres a lo de encontrar una compañera?

–No, no… Me refiero a que tus manos ya se parecen a las de Mikasa.

–¿Qué…? ¡Mis manos no se parecen en nada a las de Mikasa!

–Bueno, tú también tienes diez dedos…

Eren quizás hablaba en serio al principio, pero su enorme sonrisa sugería ahora lo contrario. Armin también sonrió, sin poder evitarlo, entre divertido y avergonzado; tampoco pudo evitar acordarse de ciertas humillaciones…

"Debe ser que todavía me duele esa semana en la que Shadis estuvo tratándome todo el rato como a una chica… Por otro lado, se me ocurren comparaciones peores. ¡Ojalá tuviese yo unas manos tan fuertes como las de Mikasa…!"

–¿Y si le pedimos ayuda a Ymir? –preguntó Eren justo en ese momento.

–¿Ymir? –repitió Armin, incrédulo, totalmente sorprendido por aquella idea; estaba convencido de haber oído bien, pero aun así parpadeó un par de veces.

–Sus manos se parecen a las de Mikasa, ¿no? –Eren miró al rubio con el ceño fruncido, como preguntándole si tenía algún problema con eso.

–¿Lo estás diciendo en serio? ¿De verdad crees que es buena idea pedirle un favor precisamente a Ymir?

–¡Ni que fuese para tanto! Te complicas demasiado… –el moreno resopló y meneó ligeramente la cabeza.

–¿¡Que me complico demasiado!? –saltó Armin, levantando la voz y casi enseñando los dientes.

Normalmente habría tratado de explicarse con más calma, pero desde su conversación con Marco sentía que se le acababa el tiempo, como si hubiera comenzado una especie de cuenta atrás; y no estaba dispuesto a perder ya más tiempo con tanto rodeo.

–¿Tengo que recordarte lo que pasó nada más empezar la Instrucción? Shadis castigó a Sasha por lo de la patata y ella estuvo dando vueltas a la pista durante todo el día, hasta que se hizo de noche y Krista acudió a su rescate, trayéndole pan y agua. Pero luego llegó Ymir, le dijo a Sasha que con eso quedaba endeudada… ¡y desde entonces prácticamente la trata como a una esclava!

La furia que brillaba en sus intensos ojos azules no tendría mucho que envidiar a la mirada más feroz de su mejor amigo. Sin embargo, la reacción de Armin no parecía haber molestado a Eren, que seguramente vería con agrado aquella nueva muestra de entusiasmo.

–Hombre, tanto como una esclava…

–Se lo está recordando casi todos los días, a todas horas. Siempre que Ymir le pide algo a Sasha, añade eso de "me lo debes porque te salvé la vida". ¿Acaso no es cierto?

–Bueno, sigo creyendo que exageras un poco…

–No exagero, sólo digo la verdad. ¡Ymir es una aprovechada! Siempre está escaqueándose, endosándole a otro sus faenas… ¡y hace trampas jugando a las cartas!

–¿Y tú juegas a menudo con ella? –Eren le dedicó una sonrisa escéptica, levantando una ceja; Armin se preguntó si habría ahí oculto algún doble sentido.

–Pues, puede que no "a menudo", pero… ¡seguro que hace trampas!

El chico de ojos grises ya no contestó a eso, aunque tampoco parecía muy convencido; fue precisamente por aquel silencio, que su rubio amigo comenzó a dudar, sintiéndose un poco pueril después de tantas quejas contra la pecosa.

–No entiendo por qué te cae tan mal Ymir… –Eren intentó reanudar la conversación; su mirada volvió a encenderse enseguida, ardiendo con el súbito fuego de su ira–. Ella no se mete contigo, ¿verdad? Porque si es así…

–¿Qué? ¡No, nada de eso! –Armin agitó las manos con nerviosismo, rechazando rápidamente aquella idea–. Tranquilo, que nadie se está metiendo conmigo. No hace falta que hagas nada.

–¡Hum! Más les vale… –resopló el moreno, todavía algo furioso, pero sonriendo con una vaga satisfacción; nunca dudaría en defender a su mejor amigo.

–Y no es que Ymir me caiga mal, es sólo que…

"A ver, ¿qué se supone que tengo exactamente en contra de ella?" Armin no sabía cómo explicarlo en ese momento; el caso era que, desde el principio, su sola presencia ya le hacía sentirse incómodo.

Ymir, la chica sin apellido: alta y delgada, atlética y ágil; con ciertos "atributos" femeninos no muy desarrollados, y sí en cambio otros más varoniles como una voz tirando a grave; tez ligeramente bronceada después de entrenar tres años al aire libre, con sus mejillas moteadas por diminutas pecas; cabellos negros, apenas peinados, recogidos en una amplia cola de caballo y cortados de cualquier manera, cubriéndole hasta la nuca; y sus ojos…

Los ojos de Ymir, casi rasgados, eran pequeños orbes oscuros, siempre entrecerrados, como observando al mundo y manteniéndolo a raya al mismo tiempo; desconfiando de todo y de todos, sin creer ya en nada ni en nadie.

En realidad, la pecosa no era una de las personas que más le habían atormentado al principio, ni siquiera cuando Shadis estuvo llamándole Armina durante una semana entera; incluso entonces, ella había mantenido cierta distancia, sin echar más leña al fuego. Claro que en eso habría influido, seguramente, el hecho de que Eren y Mikasa le defendieran siempre, a menudo con más que palabras; lo cual también explicaría por qué ya casi nadie se metía con Armin.

Sin embargo, lo que Ymir tenía con él, y prácticamente con todos en general, no era sólo cosa de alguna ocasión aislada, concreta y puntual; se trataba de algo mucho más duradero, como una constante en el tiempo, una especie de actitud displicente y sarcástica que terminaba permeando toda su conducta, reflejándose no tanto en lo que decía como en lo que callaba, observando en silencio el mundo a su alrededor… juzgándolo y quizás, también, condenándolo.

La sonrisa de Ymir (así se lo parecía a él) a veces era la de una depredadora; más que la de una loba enseñando los dientes antes de lanzarse sobre su presa, la de una gata jugando con un ratoncillo al que podría zamparse en cualquier momento.

Era una sonrisa suave, ligeramente burlona, con algo de crueldad sutil y despiadada, como si todo fuese un chiste que sólo ella alcanzase a entender; o al menos eso solía sentir él, cada vez que notaba posarse sobre sí, con especial intensidad, aquella sonrisa tan oscura como su mirada.

–Pues la verdad, no lo sé… –Armin dejó escapar un suspiro; vio incomprensión en los ojos de su amigo y continuó explicándose–. No estoy seguro, es sólo que… ¿A ti no te parece que Ymir es un poco rara?

–¿Eh? –Eren inclinó levemente la cabeza–. Ni se me había ocurrido, me parece que yo no me fijo en ella tanto como tú… "Rara", ¿en qué sentido?

–Pues no sé –repitió Armin, con una sombra de irritación–. La forma, creo que despectiva, en que suele mirar a los demás. O sus palabras, como si a veces tuvieran un significado oculto, casi insultándote sin que ni siquiera te des cuenta…

–Oye, antes me habías dicho que Ymir no se metía contigo. –Eren volvió a pasar rápidamente del desconcierto a la furia–. ¡No me digas que la estás encubriendo! ¿Acaso te ha amenazado…?

–¿Qué? ¡No, no! ¡Nada de eso! –Armin meneó otra vez la cabeza, en un vano intento de despejarse–. ¡Arg! ¡No hay manera! Es sólo que… –por un instante, no supo cómo continuar; y entonces sonrió con tristeza, ya resignado–. Je, al final vas a tener tú razón. De verdad que me complico demasiado…

El moreno se sorprendió al oír sus propias palabras en boca de su amigo, aunque no había recriminación alguna en aquella voz; por un momento ninguno de los dos dijo nada más, pero el silencio que se hizo entre ambos no fue del todo incómodo.

–¿Sabes? –comentó el rubio al cabo de un rato, mientras seguían marchando–. Estoy convencido de que, si le pidiéramos ayuda a Ymir con lo de los guantes, luego ella nos chantajearía para no contárselo a nadie y estropear la sorpresa… Por otro lado, en realidad no debe ser tan mala persona, porque pasa mucho tiempo junto a Krista y…

Armin se quedó pasmado al oír resoplar de repente a Eren; aquella especie de gruñido le había salido involuntariamente, a juzgar por su expresión un tanto avergonzada.

–Ah, bueno, no importa… –contestó el chico de ojos claros, con la cara de alguien que hubiese hecho una trastada y deseara que no le pillasen.

–Vaaale… –Armin miró con extrañeza a su amigo–. Tranquilo, no pasa nada, si no quieres contármelo…

"Y ahora que caigo, creo que esto es lo que llaman psicología inversa, ¿no? Me pregunto cómo será de efectiva en este caso…"

–Bueno… –Eren no tardó en continuar, algo apurado, rascándose la cabeza con una leve sonrisa–. ¿No te da la impresión de que a veces Krista puede ser un poquito, no sé… repelente?

Armin parpadeó rápidamente varias veces, aturdido por aquel comentario. "¿Krista, repelente? ¿Seguro que estamos hablando de la misma persona?"

–Aunque me parece que es otra palabra la que busco… –añadió Eren para sí, pensando en voz alta.

"A mí, desde luego, jamás se me habría ocurrido describirla de esa manera."

Krista Lenz era completamente distinta a su sempiterna sombra, Ymir, en todos los sentidos posibles.

Bajita, delgada, pequeña… casi como una muñequita; apariencia delicada, fragilidad engañosa, igual que otras chicas de la 104. Fuerza y destreza considerables, que le hacían destacar en las prácticas de combate; se rumoreaba, en torno a la clasificación provisional de los cadetes, que ella estaría muy cerca de quedar dentro del top ten de su promoción.

Los ojos de Krista eran grandes lagos azules, puros y cristalinos, en cuya superficie brillaba un sol cálido y acogedor. Sus cabellos de oro bajaban como una sedosa cascada hasta cubrirle media espalda, recogidos en un amplio coletero para evitar que le estorbasen; el espectáculo de su espléndida melena extendida al viento sería tan glorioso como inoportuno, en mitad de unos ejercicios con el equipo de maniobras.

Su voz clara, al igual que su mirada, era cálida y amable, con una suave dulzura que también tenía cierta cualidad musical. Su sonrisa no sólo reconfortaba; hacía que uno se sintiera mucho más fuerte, capaz de conseguir cualquier cosa.

"No me extraña que la llamen ángel o incluso diosa, ¡es tan adorable…! Dan ganas de abrazarla, y quizás lo haría más a menudo si no fuera por la mirada de Ymir cada vez que te acercas demasiado…

"Me pregunto qué hará que las dos pasen tanto tiempo juntas. Acaso ocurre lo mismo que con Annie y Mikasa, y en realidad no son tan distintas. Pero si al final resulta que Ymir también tiene esa luz en su interior, entonces eso significa que Krista es…"

Siniestra.

–¡Ah! –Armin casi brincó de la sorpresa, al oír de pronto la voz de su mejor amigo.

–No, nada –continuó Eren, con expresión concentrada–. Tampoco es la palabra que busco… –de repente miró fijamente al rubio, como si pudiese encontrar la respuesta en el fondo de aquellos ojos azules–. A ver si me explico… ¿No te parece antinatural que Krista esté sonriendo siempre?

Armin, todavía pasmado, sintió que la situación se iba volviendo cada vez más surrealista; y quizás por eso, en parte, defendió un tanto exaltado a su compañera.

–Espera, espera… ¿Lo he entendido bien? Krista Lenz es una chica amable, dulce, generosa… ¿Y eso te parece antinatural?

–Oye, no digo que sea malo –se defendió Eren, alzando un poco las manos–. Sólo que no es muy normal…

–¡Desde luego que no es normal! Lo normal es que cada uno mire por sus propios intereses. Krista en cambio se preocupa por los demás, siempre puedes contar con ella…

–No, tío, te estás confundiendo. Marco es alguien con quien puedes contar. Reiner y Bertolt, también. Si acudes a cualquiera de ellos con un problema, te ayudarán a resolverlo o al menos lo intentarán. Unos días les viene bien, otros no tanto. A veces sonríen, a veces se enfadan… Eso es lo normal. ¿Pero una persona que siempre está sonriendo, y preguntándote si necesitas algo, y diciendo que sí a todo…? No me digas que a ti eso te parece normal.

"Acaso tenga razón, desde cierto punto de vista." Armin, ya más tranquilo, se rascó la barbilla, pensativo. "Antes, en el camino a Trost, vi reaccionar a Marco de manera extraña… Al fin y al cabo, las cosas no suelen ser tan sencillas, ¿verdad? La gente es mucho más complicada, todos tenemos nuestras luces y nuestras sombras… Quizás Eren se haya dado cuenta de algo que a mí se me escapa. O eso, o simplemente no entiende que alguien pueda sonreír todo el tiempo, con la misma facilidad con la que él se enfada…"

La entusiasta voz de Eren volvió a interrumpir sus reflexiones.

–¡Mira! Ahí están los barracones.