GUANTES NEGROS PARA MANOS BLANCAS

NOTA DEL AUTOR – ¡Gracias a YoakeYoru y a Eikaros por las nuevas reviews!


CAPÍTULO 23 – COSAS DE CHICOS (I)

Publicado el 28 de septiembre de 2016, con una extensión de 2.221 palabras.


–¡Mira! Ahí están los barracones.

Y en efecto, desde una calle algo más amplia se salía a una pequeña plaza en la que destacaba con claridad el edificio militar, de considerables dimensiones.

Se trataba de un gran construcción de planta rectangular, sencilla y a la vez imponente, principalmente a base de sólida piedra gris (no tan clara como la del Muro), con gruesas vigas de madera para reforzar la estructura.

A lo largo de la fachada, a intervalos regulares, se distribuían ventanas de tamaño medio que conferían un aspecto monótono pero práctico al edificio, funcional; la (relativamente) pequeña fortaleza parecía capaz de soportar sin muchos problemas un eventual ataque de los titanes, o incluso una hipotética revuelta que se extendiera por toda la ciudad.

Armin ya se había familiarizado, en visitas anteriores, con la distribución de los Barracones Oeste de Trost. Sabía que en la planta baja estaba la recepción, junto con varios despachos y salas de uso común, aunque el comedor y los almacenes principales se encontraban en el sótano. El primer piso quedaba ocupado casi por completo con las habitaciones para los soldados; los oficiales tenían sus propios dormitorios en la segunda y última planta, donde también se archivaban los documentos más importantes.

La entrada del edificio consistía en grandes y robustas puertas de madera, con refuerzos de metal y pequeñas garitas de piedras, una a cada lado; desde allí vigilaban sendos centinelas, envueltos en las características capas color rojo vino que completaban el uniforme de invierno de las Tropas Estacionarias.

El soldado de la izquierda, alto y fornido, con el pelo rubio muy corto, miraba al frente casi sin pestañear, con los ojos entrecerrados y los brazos cruzados a su espalda, en posición de descanso pero manteniéndose alerta. Una bufanda verde ocultaba buena parte de sus rasgos, aunque no hacía falta ser un genio para darse cuenta de que el hombre no estaba de muy buen humor; seguramente consideraba que tenía mejores cosas que hacer que quedarse allí montando guardia.

Su compañero de la derecha era un poco más bajo y bastante más delgado, con el cabello no tan corto, rizado y cobrizo. Mantenía una postura más relajada, con las manos metidas en los bolsillos y la espalda ligeramente encorvada. Cuando los chicos de Shiganshina pasaron a su lado, les saludó con una leve sonrisa y un ademán de cabeza.

Ya dentro de los barracones, Eren y Armin encontraron la zona de recepción despejada. Algunos soldados bajaban por las escaleras que había a su izquierda, en dirección al sótano. Destacaba sobre todo, en el centro de la sala, un mostrador de madera negra y mármol blanco, tras el cual se sentaba un único guardia.

Se trataba de un hombre todavía joven, con desordenados cabellos negros y gafas redondas que no llegaban a ocultar sus ojos marrones, centrados en ese momento en algo que debía tener entre sus manos, aunque lo tapaba el mostrador; y Armin, como lector ávido que era, se preguntó si sería una novela que ya conocía.

El guardia reaccionó con rapidez al verles; cerró el libro y lo apartó a un lado, más avergonzado que irritado.

–Ah, creía que ya habías llegado todos… –el soldado hablaba en voz baja, tanto que tuvieron que esforzarse para oír sus palabras–. Bueno, os diré lo mismo que a los demás. Vuestros dormitorios están en la primera planta y… –el hombre se quedó callado un instante, observando con atención al rubio–. Recordad que los chicos vais en el ala derecha.

"Espera…" Armin frunció el ceño. "¿Se creía que yo era una chica?"

–Se supone que no deberías ir al ala izquierda –continuó el soldado, con el mismo tono apático–. Aunque si decidís hacerlo igualmente y os pillan, pues bueno… –se encogió de hombros–. Tengo entendido que utilizan a uno de cada cinco para prácticas de tiro al blanco.

Eren y Armin intercambiaron una rápida mirada, con algo de inquietud. "Obviamente se trata de una broma… ¿Verdad?"

–El comedor todavía estará abierto una hora más –prosiguió el centinela, impasible–. Os recomiendo que dejéis arriba vuestras cosas y luego bajéis lo antes posible. Naturalmente, los dormitorios de los oficiales en la segunda planta son zona de acceso restringido, lo mismo que el archivo salvo autorización previa. En lo referente a las salas comunes y la organización de los turnos de limpieza, podéis preguntarle a cualquiera de vuestros instructores. Y supongo que eso sería todo por el momento, aunque si tenéis alguna duda más…

Eren aún estaba un poco aturdido, así que Armin fue el primero en contestar.

–Ah… No, gracias. Ya nos ha quedado todo bastante claro.

–Bien, bien. Estupendo. Pues en ese caso… –el guardia sí sonrió esta vez, moviendo ligeramente la comisura de sus labios–. Espero que disfrutéis de vuestra estancia aquí.

Armin le hizo a Eren un gesto con la cabeza, indicando que le siguiera, y después se dio la vuelta, dirigiéndose hacia las escaleras; miró discretamente por encima de su hombro y vio que el soldado ya se había puesto a leer otra vez.

"Sigo preguntándome cuál será ese libro…"

–A veces te encuentras gente más rara… –Eren "pensaba" en voz alta, sin perder el tiempo con sutilezas.

–¡Ssh! –Armin se llevó un dedo a los labios, susurrando–. ¡Al menos espera a que nos hayamos alejado un poco más, antes de decir esas cosas sobre una persona que todavía puede oírte!

–Eh, vamos, tampoco es para ponerse así.

–¡Que tú no prestes atención a lo que te rodea no significa que los demás no lo hagan!

–¡Vaya! Mira quién fue a hablar. ¡Pero si eres tú el que se está distrayendo cada dos por tres! En cambio yo…

Y naturalmente, justo en ese momento…

¡PUMBA!

Eren chocó contra alguien que bajaba las escaleras; pese al impacto, y al hecho de cargar aún con su mochila, el moreno logró mantenerse en pie, gracias a que Armin le sujetó a tiempo de un brazo.

La otra persona, en cambio, perdió el equilibrio y no pudo evitar caer aparatosamente, hasta terminar sentándose de manera involuntaria (y un tanto dolorosa) sobre aquellos peldaños.

"Bueno, podría haber sido peor. Por lo menos no se trata de Shadis."

–¡TÚ! –bramó Jean Kirstein, desde aquella posición tan incómoda, con los ojillos color avellana echando chispas; incluso su cabello rubio ceniza pareció erizarse de la indignación.

–¡Yo! –contestó Eren, todavía algo confundido por el choque, sin haberlo asimilado del todo.

–¡Vaya, y encima recochineo! ¿¡Te atreves a burlarte de mí!?

–¡Oye! ¡Eres tú el que se ha chocado conmigo! ¡La próxima vez abre bien los ojos, a ver si miras por dónde vas!

–¡Pero serás…! ¡No sólo Bastardo Suicida, también retrasado mental!

–¡Eh, tú a mí no me insultes, Caracaballo de mierda!

Eren no había tardado en pasar del desconcierto a la furia; Jean tampoco le iba a la zaga. Cada vez se caldeaban más los ánimos; crecía la tensión en el ambiente. Armin se sentía incapaz de reaccionar; y fue justo entonces cuando…

–¡EH! ¿¡Se puede saber a qué viene ese alboroto!?

Armin casi pegó un brinco, asustado, al oír de repente aquel vozarrón; se dio la vuelta y vio (costaba creerlo) que quien había gritado era el soldado de las gafas.

El hombre se había levantado de la silla y apoyaba las manos contra el mostrador, como si fuera a saltarlo en cualquier momento para lanzarse sobre los cadetes y liarse a golpes con ellos; semejaba un muelle a punto de salir disparado, a la más mínima provocación.

Su postura y su voz encajaban perfectamente con la expresión rígida y tensa de su cara; en sus ojos parecía brillar un resplandor siniestro, impresión todavía más reforzada por la luz que reflejaban sus gafas.

Los tres jóvenes seguían paralizados; aún podía pasar cualquier cosa, en aquel instante.

"Una situación así, o se desinfla o termina explotando."

Por alguna razón, Armin se sentía extrañamente distanciado, como si todo aquello le estuviese ocurriendo a otra persona; de hecho, se preguntaba qué haría Marco en su lugar…

Y quizás precisamente por influencia de aquella conversación con el pecoso, el intrépido rubito actuó, por una vez, sin pensar tanto en las consecuencias.

–¡Ah, no pasa nada! –Armin sonrió con tranquilidad, aunque el brillo inquieto de sus ojos azules delataba su nerviosismo, ahora que por fin había conseguido reaccionar; pero eso no le detuvo–. Sólo ha sido un accidente… Venga, Jean, ¡arriba!

Dicho lo cual, el rubio le tendió la mano a su compañero caído, que la aceptó instintivamente, sin hacerse de rogar.

Armin dio un fuerte tirón hacia arriba y levantó a Jean a la primera, sin que ninguno de los dos volviese a perder el equilibrio.

"Menos mal, sería bastante embarazoso… Y oye, se nota el entrenamiento de todos estos años, porque estoy convencido de que antes de la instrucción yo también habría terminado en el suelo, después de intentar algo así."

Armin sonrió de nuevo, ya más relajado, con cierta satisfacción por su pequeño logro. Soltó aquella mano y pasó la otra por el chaquetón de Jean, como quitándole unas motas de polvo que en realidad no estaban allí; le costó un poco no reírse, viendo la expresión pasmada de su compañero.

–Todavía sigues con el abrigo puesto… –Armin dedujo rápidamente–. Supongo que hoy vas a comer en casa, ¿no?

–Eh, pues sí… –Jean aún titubeaba, sorprendido.

–Eso está bien. Seguro que tu madre se alegra de verte.

El cenizo no respondió y le observó frunciendo el ceño, como si buscase algún insulto velado en aquellas palabras.

Fue entonces cuando Armin notó que Eren se tensaba a su lado, preparándose para contestar, seguramente molesto con su rival por no aceptar de buena fe la rama de olivo que le tendían.

Y por eso el rubio le puso una mano encima del hombro a su mejor amigo y apretó con fuerza, para nada desdeñable; Eren debió sentirla, a juzgar por la exclamación ahogada de asombro que se le escapó.

Sin dejar de sonreír, Armin liberó al moreno de su agarre, y también retiró la mano que aún tenía sobre el pecho de Jean, con movimientos pausados para no alarmar a ninguno de sus compañeros; cautela quizás innecesaria, ya que el cenizo y Eren enseguida volvieron a centrarse el uno en el otro, en un breve pero feroz intercambio de miradas del que casi saltaron chispas, orbes gris claro enfrentados a ojillos color avellana.

Yeager –gruñó Jean, con una especie de fuego gélido en su voz.

Kirstein –replicó Eren, en el mismo tono.

"Cada uno pronuncia el apellido del otro como si fuera un insulto… pero al menos no se están insultando. Eso ya es un progreso, ¿no?"

Y cuando al fin se movieron, por suerte, las ligeras muestras de hostilidad pasivo-agresiva no fueron a más; ninguno buscó chocarse contra el otro, ni dejó escapar amenazas por lo bajo.

"Y el caso es que, las pocas veces que he podido hablar con Jean, sin Eren de por medio… No parece una mala persona. La verdad, me habría gustado tener más tiempo. Conocerle mejor, saber quién es realmente… Pero la instrucción se acaba dentro de poco. Si terminamos en distintas ramas del Ejército, dudo que mantengamos el contacto. No hay tanta confianza entre nosotros, ahora mismo… Lástima."

Jean siguió su camino y Armin habría respirado tranquilo, si no fuese porque Eren y él aún estaban demasiado cerca (para su gusto) del mostrador de recepción, con aquel guardia algo extraño y un tanto siniestro… aunque cuando miró de reojo le pareció ver que el soldado ya había vuelto a centrarse en su lectura.

"En serio, ¿qué libro estará leyendo?"

El rubio prefirió no tentar a la suerte y, discretamente, le hizo un gesto a su amigo para que le siguiera; oyó que gruñía, insatisfecho, pero luego fue subiendo las escaleras detrás de él.

Y por alguna razón, justo en ese instante, Armin sintió que todo el cansancio acumulado tras la agotadora marcha se convertía de pronto en una carga insoportable.

"Qué ironía, ahora que ya casi habíamos llegado…"

El chico cerró sus ojos azules y se detuvo en mitad de un tramo de escaleras; incapaz, por un momento, de dar un solo paso más, aun teniendo la meta al alcance de sus dedos.

Y sin embargo sabía que, de algún modo, tenía que continuar subiendo…

–¿Armin?

Del mismo modo que le debía una explicación a Eren; por el tono, parecía preocupado.

"Da igual lo cansado que esté. Es mi amigo, mi hermano, mi familia. Después de tantos años juntos, no voy a dejar que todo eso se estropee, sólo por no aclarar a tiempo…"

–Eren.

–¿Sí, Armin?

–Lo de antes, con Jean… Entiendes por qué lo hice, ¿verdad? Tenemos que comprarle esos guantes a Mikasa, hoy. Lo último que necesitamos es pasar la tarde en el calabozo, acusados de alteración del orden público. Ese guardia habría sido capaz de detenernos… –Armin no evitó que se reflejase cierta irritación en su voz–. La enésima discusión con tu archienemigo puede esperar. Comprarle los guantes a Mikasa, no. ¿Entiendes, Eren?

Hubo un breve instante de silencio.

–Sí, Armin –contestó Eren, a regañadientes pero tampoco demasiado–. Entiendo.

–Bien.

El rubio dejó escapar la palabra como un suspiro de alivio; y siguió subiendo las escaleras.

No tardaron mucho más en llegar a los dormitorios.