GUANTES NEGROS PARA MANOS BLANCAS

NOTA DEL AUTOR – Mi agradecimiento a las chicas de Shingeki No Fiction por mencionar este fic en su página de "Feisbuk".


CAPÍTULO 24 – COSAS DE CHICOS (II)

Publicado el 3 de octubre de 2016, con una extensión de 3.240 palabras.


No tardaron mucho más en llegar a los dormitorios.

Armin, exhausto, ya al límite de sus fuerzas, era vagamente consciente de que sus piernas seguían moviéndose, como subiendo los peldaños por sí solas, hasta alcanzar finalmente el primer piso.

Las escaleras daban a una antesala desde la que se veían habitaciones más pequeñas, pero casi toda la planta rectangular se dividía longitudinalmente en un ala izquierda, donde dormirían las chicas, y un ala derecha; hacia esta última encaminó Armin sus pasos, seguido de cerca por Eren.

El dormitorio de los chicos era una habitación muy grande, casi tan larga como todo el edificio y aproximadamente la mitad de ancha, con literas dobles a uno y otro lado del pasillo que quedaba despejado en el centro. A los pies de cada cama había un par de baúles para que los cadetes guardasen sus pertenencias.

En cuanto Armin vio una litera que todavía tenía las dos camas libres, avanzó hacia ella con paso tambaleante, sin reparar demasiado en los compañeros que se iba cruzando. Cuando por fin llegó a su destino, se quitó la mochila y dejó caer a un lado su pesada carga; y después ya se desplomó directamente sobre la cama de abajo, hundiendo su cabeza en aquella almohada.

El colchón era bastante duro y parecía oler de manera un tanto extraña, pero en ese momento a Armin le daba todo igual. Dejó escapar un gran suspiro de alivio, prolongado y profundo; no recordaba haberse tumbado nunca en una cama tan cómoda.

–Eren, puedes quedarte con la litera de arriba –consiguió decir, en voz apenas inteligible por la almohada.

–Armin, ¿seguro que estás bien?

–Sííí…

Eren no dijo nada más, pero unos segundos después se oyó el sonido de una mochila golpeando contra el suelo; y acto seguido, la litera se tambaleó con el repentino peso de un cuerpo que hizo rechinar los muelles del colchón de arriba.

–Pues oye, tienes razón… –Eren también exhaló un largo suspiro de alivio–. La verdad es que uno cae a gusto aquí.

Armin no llegó a contestar, aunque estaba bien conforme con aquello. Se dio la vuelta hasta quedar tumbado de espaldas, relajado; sonrió satisfecho, con las manos debajo de la cabeza y los ojos todavía cerrados.

El muchacho rubio podía captar otros sonidos en la amplia sala: voces cansadas tras la larga marcha, pero también animadas por haber alcanzado su destino; risas que surgían de pronto y luego desaparecían con la misma rapidez, dejando un tenue eco en el aire; baúles que se cerraban con más energías de las que se abrían, cuando los cadetes terminaban de organizar el contenido de sus petates; pasos que en su mayor parte se acercaban a la entrada, en dirección a las escaleras y seguramente el comedor.

"Claro, ya es la hora del almuerzo. Je, incluso me parece oír por ahí algún estómago rugiendo…"

Y justo en ese momento, el suyo resonó con fuerza.

Armin abrió los ojos de golpe, conteniendo la respiración, un poco avergonzado; intentó disimular… sin mucho éxito, porque una figura próxima ya le observaba con curiosidad.

Al principio, le costó ver de quién se trataba; a aquella hora del día, las lámparas estaban apagadas y la única fuente de luz era la que entraba por las ventanas. Los rayos del sol causaban un peculiar contraste, con cierta belleza extraña, pintando en blanco y negro a la persona que todavía le observaba; como si estuviese dividida en dos mitades, luces y sombras respectivamente.

Y por un instante, creyó que se trataba de Marco; lo cual sería bastante difícil, teniendo en cuenta que sólo podría haberse adelantado a Armin entrando por una ventana. Sin embargo, cuando sus ojos por fin se adaptaron a aquel contraste…

"¡Anda! Pero si es Samuel, normal que me haya confundido…"

Había un parecido más que razonable entre los dos morenos, sobre todo en su complexión. La cara de Samuel era algo más delgada, con las mejillas despejadas de pecas; ojos más oscuros, tirando a grises; y cabellos un poco más largos, con mechones cayendo a ambos lados de su frente.

–¡Hola, Samuel! ¿Qué tal va todo?

–Ah, pues nada… –su compañero se encogió de hombros, sonriendo con amabilidad–. Ya sabes, lo mismo de siempre. ¿Y tú? Descansando un rato, ¿no?

–Sí, la verdad es que tanto caminar le deja a uno molido…

–Ah, no creas, yo antes estaba igual que tú… –Samuel miró alternativamente a Eren y a Armin–. ¿Vosotros también vais a bajar ahora al comedor?

–Sí, enseguida vamos –contestó Eren, desde la cama de arriba–. Sólo será un momento… ¡Eh, Thomas! ¿Tú hoy comes aquí o en casa?

–Voy a comer aquí –se oyó la voz, un poco más grave, del otro chico de Trost–. Visitaré a la familia más tarde, quizás cene con ellos…

Armin giró perezosamente la cabeza, hasta tener a la vista al dueño de aquella voz conocida.

Thomas Wagner: alto y delgado, rubio, con el cabello corto y unas patillas muy características enmarcando su rostro; ojos marrones y cálidos, en cuyo fondo brillaba a veces un nerviosismo que luego él trataba de ocultar con un arrojo en ocasiones temerario.

"Supongo que, en ese sentido, se parece un poco a Eren… pero sin llegar a esos extremos, je je."

–¿Y vosotros? –preguntó Thomas, tranquilo–. ¿También vais a comer aquí?

–Sí, se lo estaba comentando a Samuel –contestó Armin, con la misma calma–. Bajamos enseguida, es solamente descansar un momento…

–No sé si hoy habrá algo especial con el rancho –se oyó decir a Eren–. Ya sabéis, por ser las Fiestas de Invierno…

–Yo no contaría con ello –respondió el muchacho de las patillas–. Aunque quizás hayan preparado suficiente para que podamos repetir… –se quedó callado un instante, pensativo; después sonrió y se encogió de hombros–. Bueno, hay que aprovechar mientras se pueda… ¡En fin! Ya nos veremos, entonces. ¡Hasta luego!

Thomas se marchó con Samuel. Detrás de ellos fueron saliendo los demás cadetes, intercambiando algún que otro saludo con Armin; les conocía bien, después de casi tres años de instrucción juntos.

Daz, al que apodaban "el Abuelo", no por ser mucho mayor que el resto sino por su cabello gris, que parecía prematuramente canoso y encajaba a la perfección con la mirada inquieta de sus ojillos oscuros; su actitud habitual, aprensiva y desasosegada, le confería un aspecto enfermizo, como si siempre tuviera náuseas… o más bien, el temor de que en cualquier momento ocurriría una desgracia.

Mylius Zeramuski, por el contrario, mantenía una calma que solía reflejarse con claridad en sus serenos ojos azules; los cabellos rubios le caían por la frente y las sienes, tan pálidos que casi parecían plata.

Nac Tius, con los ojos marrones y el pelo castaño peinado hacia atrás… lo cierto era que Armin no sabía mucho de él; lograba pasar desapercibido, aun sin proponérselo.

Todos ellos, y varios más, fueron saliendo del dormitorio en dirección al comedor. Sin embargo, los chicos de Shiganshina todavía no se quedaron solos; en el extremo opuesto de la habitación, Armin reconoció a otros tres compañeros con una sonrisa.

Connie Springer se había tumbado en una de las literas de abajo, cerca de las ventanas. Era un muchacho simpático, bajito (más incluso que Armin), delgado pero fuerte y muy ágil, incapaz de estarse quieto un solo instante. Siempre llevaba la cabeza rapada, cubierta por una pelusilla de color gris indefinido; costaba imaginarse el aspecto que tendría con el cabello un poco más largo. Sus vivaces ojillos, de un marrón muy claro, ahora estaban cerrados, pero normalmente lo observaban todo a su alrededor con un leve asombro… y una atención que no solía durar demasiado tiempo.

"Je, no me extraña que se lleve tan bien con Sasha. Tiene sentido, los dos vienen de pueblos pequeños…"

En la cama de al lado, se sentaba Reiner Braun; incluso en aquella postura, seguía destacando su formidable porte. Aun sin ser el cadete más alto, desde luego parecía el más grande; sólo con su anchura de hombros ya resultaba imponente. Los cabellos rubios, cortos y ligeramente en punta, coronaban un rostro de marcadas facciones, en especial la mandíbula y la barbilla; semejaba una estatua de mármol, antigua y noble. Había mucho de heroico, en las proporciones de aquel cuerpo fuerte y musculoso.

Todo ello armonizaba a la perfección con su comportamiento habitual: prácticamente era el modelo de soldado y un ejemplo a seguir, pero no sólo; también actuaba como una especie de hermano mayor, bonachón y risueño, para sus compañeros de la 104…

"Eren tenía razón antes, Reiner es alguien con quien puedes contar."

Ya al comienzo de la instrucción, los dos chicos de Shiganshina habían acudido al fornido rubio para que les ayudara con el equipo de maniobras; sus consejos fueron muy útiles, como en tantas otras ocasiones. Y sin embargo…

Sus ojos, a veces, contaban una historia completamente distinta.

Aquellos orbes, que parecían pequeños en una cara tan amplia, solían brillar con un fulgor dorado, como si reflejasen la cálida luz del sol incluso en los días más oscuros; pero había momentos en los que se abatía sobre Reiner una gran melancolía, hasta el punto de que se apagaba aquel brillo y su mirada adquiría cierta cualidad metálica, casi tan implacable como el filo de una espada de acero reforzado.

"Normal que sienta nostalgia, después de lo que pasó en su pueblo…"

Él no hablaba mucho sobre aquello, obviamente. Partiendo de lo poco que sabía, Armin podía deducir que su compañero venía de una aldea en las montañas, entre el Muro Rose y el Muro María… lo bastante remota como para no enterarse de la Caída de Shiganshina hasta que ya fue demasiado tarde; todo indicaba que no hubo más supervivientes que el propio Reiner… y Bertolt, naturalmente.

El cadete Hoover estaba de pie, apoyado contra la misma litera en la que se sentaba su amigo, del que prácticamente no se separaba nunca. A su edad, el "chico" ya casi medía dos metros; impresionante estatura, que le hacía parecer aún más delgado. Irónicamente, pocos eran capaces de pasar tan desapercibidos como él, la mayor parte del tiempo, aun siendo el más alto de toda la 104; tal vez porque solía acompañar a Reiner y, de los dos, normalmente era el rubio quien llamaba más la atención. Uno no se fijaba en Bertolt hasta que de pronto se daba cuenta de que lo tenía justo ahí delante, tan enorme y tan… inmenso.

Su conducta, en cambio, no podría ser menos intimidante; Armin no creía haber conocido a una persona más tímida. Bertolt también era uno de los cadetes más prometedores, quizás incluso terminaría haciéndose con el primer puesto de la clasificación: ágil, fuerte, rápido en comprender y obedecer las órdenes de sus superiores… Y sin embargo, luego apenas se le oía decir ni una sola palabra; nunca hablaba más de lo estrictamente necesario.

Pero su silencio habitual no se debía a un distanciamiento entre apático y desdeñoso (como otras), sino más bien a la ansiedad que parecía sobrevenirle cada vez que alguien se le acercaba demasiado (exceptuando a Reiner, naturalmente) o cuando se veía rodeado por mucha gente al mismo tiempo; su incomodidad se reflejaba entonces en las gruesas gotas de sudor que solían bajar por su rostro.

"Debe ser que en su aldea no había tanta gente… Alguna vez he leído que la idea de espacio personal cambia de un lugar a otro, que es más amplio en el campo que en la ciudad, pero Reiner no tiene ese problema…"

Y a diferencia de su extrovertido amigo, a Bertolt sí se le veía más a menudo una cara larga, literal y figuradamente: bajo su desordenada mata de cabellos negros, asomaban unos ojos grandes y tristes, marrones con motas verdes, que reforzaban todavía más aquella impresión melancólica.

En sus mejores momentos, los ojos de Bertolt conseguían mantener cierta expresión estoica; como estaba ocurriendo justo ahora, mientras le dirigía a Armin una mirada neutra.

"Curioso… Cuando soy yo quien se acerca, él no parece tan incómodo."

–¡Hey! Armin, Eren –les saludó Reiner con una sonrisa, levantando el brazo–. ¿Qué tal estáis?

Bertolt no dijo nada, pero también sonrió, inclinando levemente la cabeza. Sin embargo, antes de que cualquiera de ellos pudiese contestar, Connie abrió de repente los ojos y se incorporó en la cama, con tal rapidez que no se dio contra la de arriba sólo porque no era más alto.

–¡Casi se lió una buena! –exclamó animado el chico de Ragako–. Sasha estaba comiéndose las provisiones en el camino sin esperarse a que hiciéramos un alto. Uno de los instructores estaba a punto de verla, así que se las quité de las manos para que no la dijeran nada. ¡Pero entonces el tipo ése me vio con las provisiones y se creía que era yo quien se las estaba comiendo! Y entonces se puso en plan "y si te digo que me hagas cincuenta flexiones", y yo me eché al suelo y empecé a hacerlas, pero entonces él me dijo "no te he dicho que las hagas", y al final se fue y no me castigó. Luego Sasha empezó a perseguirme para recuperar las provisiones…

Y a saber cuánto tiempo habría seguido hablando, si no le hubiese tapado Reiner la boca con una mano.

–Bueno, en resumen… –el fornido rubio estaba de buen humor, en contraste con la mirada de dignidad ofendida del otro–. Que aquí el amigo se puso a dar saltos y, mira tú por dónde, quizás eso no sea lo… ¡OYE!

Reiner se interrumpió de golpe; y a juzgar por la velocidad con que retiró la mano, y la sonrisa burlona de Connie (que además le sacaba la lengua), no costaba imaginar lo que había sucedido. La expresión del corpulento joven era más de sorpresa que de asco; se quedó quieto un instante… y no tardó en reaccionar sonriendo con maldad, para acto seguido agarrar del cuello a su compañero con una mano, mientras le frotaba la cabeza con la otra (la misma que antes le tapaba la boca) tan fuertemente que a Armin no le habría extrañado ver de pronto humo.

"¡Cuántas energías! Yo ahora no sería capaz de hacer algo así…"

El pequeño forcejeo, entre las protestas de uno y las risotadas del otro, terminó bruscamente cuando Connie dio un salto y estampó la mano de Reiner contra la litera de arriba, con un sonoro crack que se oyó en toda la sala.

Esta vez fue el rubio quien dejó escapar un grito de dolor; volvió a retirar la mano con rapidez, agitándola en el aire mientras resoplaba.

–Reiner, ¿estás bien? –le preguntó Bertolt, preocupado, en voz baja.

Armin casi saltó del susto. "¡Ya se me había olvidado que estaba aquí!"

–¡Ja, ja! Pues claro, no ha sido nada. Aunque no sé si puedo decir lo mismo de la litera… –Reiner contestó con desenfado; luego miró a Connie y le dedicó una sonrisa un tanto siniestra–. Esperemos que quien duerma arriba no pese mucho, ¿eh? O si no, a lo mejor te llevas una sorpresa esta noche…

–Oh, vaya… –el chico de Ragako, sin embargo, no parecía muy preocupado; él también sonreía.

–Hum, quizás no deberíamos retrasarnos más –intervino Bertolt, con una gota de sudor corriendo por su sien–. No creo que sea buena idea hacerles esperar…

–¿Habéis quedado luego? –preguntó Eren con curiosidad.

–¡Pues sí! –Reiner tenía ahora una sonrisa pícara en el rostro; miró de reojo a su amigo, que cada vez parecía más nervioso–. O más bien, Krista y Ymir le pidieron que quedase con ellas…

–¡Ah, no fue así exactamente! –Bertolt, a juzgar por su expresión, preferiría estar en cualquier otra parte en ese momento.

Armin tuvo que hacer un pequeño esfuerzo para no soltar una carcajada; se sintió un poco culpable por ello. Connie en cambio, con menos miramientos, empezó a reírse a mandíbula batiente. A todo esto, Bertolt intentaba seguir explicándose.

–En realidad, Ymir me pidió primero que fuese con ellas, porque, bueno… –entre tanta vergüenza, también surgió una sonrisilla tímida–. No es la primera vez que las acompaño cuando nos dan el día libre. Dicen que los otros chicos protestan más, a la hora de ir de tiendas y llevar bolsas… –se rascó la nuca, con la vista clavada en el suelo; las miradas y cejas levantadas de los otros chicos allí presentes no ayudaban, precisamente, a quitar el sonrojo de sus mejillas, pero eso tampoco le impidió continuar–. Le pregunté a Ymir si Reiner podía venir, y ella me dijo que sí, y Connie también se enteró después, así que…

"Naturalmente," sonrió Armin. "Tratándose de Krista, ¿quién no querría ir? Incluso con Ymir…"

No tuvo tiempo de sumirse en más reflexiones sobre lo que Eren y él habían estado hablando antes.

–¡Eh, Armin! –le llamó Connie, con un brillo de entusiasmo en sus ojillos claros–. ¿Te vienes con nosotros?

Bertolt y Reiner le observaron con atención; y si al rubio le molestó que se apuntara más gente, al menos supo disimular.

–Ah, ya veo –refunfuñó Eren, desde la cama de arriba–. Y a mí que me den morcilla, ¿no?

–Eh, vamos, tampoco es para ponerse así… –Connie hizo un gesto apaciguador, sin dejar de sonreír con naturalidad y cierto aire burlón–. Si tú también quieres venir…

"Pensé que Eren preferiría evitar a Krista. Aunque a mí me pasa lo mismo con Ymir… Supongo que en eso nos parecemos, él y yo."

–Nah, qué va –respondió Eren–. Ya teníamos planes para esta tarde.

"Entonces, lo de antes…" Armin frunció el ceño. "¿Sólo era por llevar la contraria?"

–¿Ah, sí? –Reiner levantó una ceja, con curiosidad–. ¿Qué planes?

–Pues planes –contestó Eren.

–Sí, ya, pero… ¿Para hacer qué?

–Pues cosas.

–¿Qué cosas?

Cosas.

"Je, prácticamente puedo oír cómo sonríe…"

–¡Bueno, pues tú mismo! –Reiner alzó las manos, en fingida exasperación–. Si sólo querías hacerte el interesante…

–Ah, no creo que sea eso… –Bertolt tragó saliva, con la nuez bailando visiblemente en su garganta–. Además, cada uno debería ser dueño de sus propios secretos, ¿no te parece?

–¡Hum! Supongo que tienes razón… –Reiner se cruzó de brazos, todavía con una sonrisa.

–Es una sorpresa –intervino Armin, conciliador–. Aún no se lo hemos dicho a nadie. Luego os enteraréis, de todas formas.

"Tanto dar vueltas con lo de Ymir, y al final resulta que ya estaba ocupada. Ahora, ¿quién puede ayudarnos…?"

–¡Bueno! –Reiner se levantó de la cama, estirándose cuan largo era–. Vosotros tenéis que hacer vuestras cosas, nosotros las nuestras…

Y entonces, de repente, Connie saltó de su litera con tanta rapidez que casi se cayó al suelo; pero enseguida volvió a incorporarse y salió disparado hacia la puerta.

–¡El último en llegar es un…!

No terminó de oírse lo que decía, antes de cruzar la salida; prácticamente ya bajaba por las escaleras.

–Sí, a veces hace eso –comentó Bertolt, un poco perplejo, con más vergüenza ajena que propia.

–Je je, no me extraña que corra tanto… –Reiner también iba saliendo, acompañado de su amigo–. Como tardemos mucho, Sasha es capaz de comérselo todo.

Saludaron una última vez, al pasar por delante de ellos… y los dos chicos de Shiganshina se quedaron solos, en una habitación vacía.

Sin embargo, en aquel momento, Armin se sentía bastante animado.

"Creo que ya sé quién puede ayudanos con los guantes para Mikasa."