–Vamos, Roma. Quédate un día más. Cuando termine el cumpleaños, podrás irte cuando quieras. Venga...
El menor refunfuñó un par de veces por lo bajo.
–Si dices que sí, preparo chocolate caliente, ya que tienes tanto frío.
Romano frunció aún más el ceño. En cualquier momento sus cejas podrían llegar a juntarse.
–Está bien, pero solo si me sirves el chocolate en mi taza y mañana no preparas nada con patatas.
El abrazo de España no lo pudo esquivar.
¡Quítate de encima!
...
El mayor se sentó en una silla cercana al sofá. Mientras, Romano tomaba su siesta ocupando todo este.
Desde que su subordinado era pequeño, a España le resultaba hipnótico ver como él dormía. Parecía una persona completamente diferente al no hablar.
A pesar de no tener su sitio común donde descansaba después de comer, el joven estaba feliz. Tener a su Romano hacía que se sintiera gratamente agradecido.
Apoyó su codo en la mesa del salón y allí quedó dormido, dejando descansar su cabeza encima de su brazo en vertical. Poco después perdió el equilibrio y cayó hacia delante, golpeándose la cara contra la mesa. Una risa desde lo bajo se escuchó a su espalda.
–Así que estabas despierto – comentó, acariciando su frente dolorida–. Podrías haberme dejado un sitio.
– ¿Y perderme ese golpe? Ni loco.
Su sonrisa mostraba soberbia y cierta burla hacia el otro. Después, se levantó y estiró completamente.
–Voy a salir a explorar los alrededores.
–Voy contigo.
–No. Quiero salir sólo. Me comentaste que llevas durmiendo mal estos días. Descansa un rato, idiota.
España se tumbó en el sofá, tapando con su brazo ambos ojos.
–Está bien. Si pasa algo, mándame un mensaje. Sin excepción. No te vayas a hacer el valiente e intentes solucionarlo sólo. Te conozco.
–Sólo cierra la puta boca y déjame.
–Yo también te aprecio, tomatito.
Se despidió y salió por la puerta. Fuera la temperatura disminuyó considerable, llegando a sentir el italiano como sus dedos se entumecían no mucho más tarde. Tras pasear unos 20 minutos, llegó a la ciudad ya que España vivía apartado de esta. Las calles no estaban muy transitadas, aunque a falta de peatones, había vehículos. Parecía que justo coincidía con la hora de vuelta al trabajo. A diferencia de Roma, se notaba una atmósfera algo más calmada.
Estaba bien pasar un rato para recapacitar sin el ruidoso de España. Desde lo ocurrido el anterior cumpleaños, este decidió permanecer alejado de su antiguo jefe, algo que molestó terriblemente al mayor. A pesar de hablar por teléfono de vez en cuando, no se veía satisfecho y buscaba quedar. Romano siempre decía que no.
...
Se removió en el sofá. No sabía cuántos minutos habían transcurrido desde que su amigo había salido de su hogar, pero no los suficientes como para descansar lo suficiente. El móvil comenzó a sonar con el característico tono que España había agenciado al otro. Dejó que emitiera sonido unos segundos y respondió.
– ¿Roma? Sí, voy ahora...
Lo único que dijera su amigo fueron la dirección y que era importante, mas cuando vio la situación tras llegar corriendo, sintió ganas de reprochar.
–Por favor, España. Ella no habla mi idioma.
–Romano... ¿Enserio el coquetear era una misión tan importante?
– ¿La has visto bien? Tiene las proporciones de la mismísima Venus de Milo.
–Y habla castellano.
El español le dedicó una fugaz mirada a la joven a unos metros de ambos. Realmente lucía bonita, ahí parada esperando a que le dieran una explicación a semejante intrusión.
–Está bien... Pero me debes una muy gorda.
Tanto el seductor italiano cono el confundido español que hacía tan solo unos minutos estaba durmiendo se acercaron a la joven. Esta sonrió, aunque seguía reflejando confusión. (Conversación en cursiva: Castellano/Español)
–Disculpe, señorita. – se hizo notar España, algo tímido.
-Buenos días.
-Verá… Mi amigo parece estar interesado en entablar una conversación contigo, y como no es de aquí, me toca ser su traductor. Esta situación es un poco rara.
–Sí... Un poco– rio algo nerviosa –. Soy Sara. Encantada.
-Antonio, y el italiano seductor detrás mío Lovino.
– ¿Qué estáis diciendo?– preguntó este, tocando el hombro del mayor.
–Nos he presentado. Calma.
– Bien, bien. Dile que tiene unos ojos muy bonitos, y que con el sol se tornan a un color ámbar todavía más deslumbrante.
–... Eh... Le gustan tus ojos.
–¡Qué amable! Los suyos son bonitos también, aunque si te digo la verdad, me gustan más los tuyos. – le dedicó una sonrisa algo tímida.
España se pasó la mano por el pelo, cohibido también por el piropo repentino.
–Gracias. Eres muy amable.
–Dile que me pareció extraño ver a una chica así de guapa paseando sola por aquí.
El italiano siguió hablando mientras el otro comenzaba a reírse por la situación.
–Básicamente está ligando contigo.
–Lo imaginaba. No creo que me fuera a preguntar dónde está el supermercado o algo.
– Si hubiera aprendido Español cuando le dije... Es el hombre más tozudo que conozco.
La joven se rio alegremente. Mientras, la voz del italiano seguía sonando, ya que pensaba que su amigo lo estaba traduciendo al mismo tiempo.
–Creo que deberías hacer caso a tu amigo, no vaya a ser que se dea cuenta de que no estás traduciendo lo que dice.
– ¿Qué ha dicho?– preguntó el mencionado.
– Que le pareces mono, Roma.
Romano sonrió, como si hubiera conseguido su objetivo.
–Bien, bien... Eh... Pregúntale si le gustaría venir a tomar algo.
–Disculpa, señorita, pero el chico este quiere saber si querrías quedar con nosotros pero... Si no te importa, preferiría que dijeras que no ya que esto es algo incómodo y, bueno, es un acontecimiento especial el que este se venga a darme una visita, y quería aprovechar el día con él.
–Es una pena. Me habías caído bien. Si te digo la verdad, los italianos están bien, pero prefiero la "comida española"– Comentó, guiñando su ojo derecho.
–Ha sido un placer, Sara.
La muchacha marchó para sorpresa del tercero, cuyos pensamientos estaban centrados en que esa noche no la iba a pasar solo en la habitación.
– Bastardo ¿Qué pasó? ¿Le has dicho algo raro?
–Está algo ocupada ahora mismo y no puede. Es una lástima.
–Dime la verdad. No le he gustado.
– ¿Cómo no le ibas a gustar?– protestó, cruzándose de brazos y frunciendo el ceño– Eres encantador, aunque solo con las chicas.
–Cierra la boca, idiota.
-Ahora que estamos fuera, demos un paseo.
