España abrió los ojos al escuchar la alarma que indicaba que era hora de ponerse a trabajar. "Estúpidas deudas. Ni en mi cumpleaños puedo descansar…" pensó. Vio hacia el otro lado de la cama, decaído porque Romano al final no había aceptado dormir con él. "Le dije que quería que fuera lo primero en ver el día de mi cumpleaños y ni así conseguí convencerlo."
Remoloneó un poco más en cama y finalmente se levantó con toda la pereza del mundo.
"Me pregunto si Roma ya estará despierto. No creo. Suele dormir hasta tarde así que le dejaré descansar." Cogió su teléfono para contestar a las diferentes naciones que le deseaban un feliz cumpleaños (E Inglaterra, el cual simplemente le felicitaba por seguir un año más con vida a pesar de ser un país tan destrozado, atrasado, desorganizado y en crisis) "Yo también te detesto, cejotas", caviló mientras reía con sorna.
Entró en la cocina aún con los ojos algo cerrados y chocó contra el otro hombre que allí se encontraba. Romano se quejó por el golpe.
-¡Mira por donde andas! ¿Y qué haces levantado tan temprano?
-Lo siento, Roma…- bostezó sin cortarse- Digamos que no he dormido bien. Por cierto. ¿Qué haces levantado tan temprano?
La curiosidad de España aumentó más al descubrir que intentaba tapar algo a sus espaldas.
-Tomatito. No me escondas cosas- rogó, como si se tratara de un niño pequeño- ¿Qué hay detrás?
-Nada. No mires.
El español alzó una ceja, desafiante. Comenzó a hacer cosquillas debajo de las costillas a su amigo, consiguiendo que este se agachara y así ver lo que tanto le interesaba. Lo único que había era un cuenco con masa para preparar algo y chocolate de taza aún sin calentar.
-¡Te voy a matar, jodido bastardo! ¡Dije que no miraras!
El mayor notó como su emoción aumentaba al comprender la situación.
-¿Me ibas a preparar el desayuno?- Su sonrisa podía iluminar la habitación con la luz que emanaba- ¿Es eso?
-No…
Romano se ruborizó hasta las orejas al escuchar de la propia boca de su compañero sus intenciones. Su sonrojo empeoró más cuando el otro le abrazó tan fuerte que impidió que este escapara.
-Feliz cumpleaños, idiota.
España comenzó a frotar su cara contra la del italiano, emocionado. Pocas veces el menor había mostrado tal gesto de afecto.
-Muchas gracias. Siento el haber fastidiado la sorpresa. ¿Qué vas a preparar? ¿Churros, tortitas, gofres? No sabía que Roma supiera cocinar.
-No quería que alguien los supiera. Así obtengo comida sin esforzarme. Ahora, si no te importa, ¿puedes parar de una buena vez? Me estás agobiando…
-Oye, Roma…
-¿Sí?
-¿Puedo darte un beso como agradecimiento?
El español se apartó al recibir el clásico cabezazo de Romano en el estómago, haciendo que se quejara débilmente. No obstante, permaneció sonriendo. Después, dejó a su amigo terminar con sus asuntos y fue a hacer flores de papel.
"Ese España… ¿Quién se cree que es para pedirme un beso?" pensó el menor completamente sonrojado mientras se pasaba la mano por la cabeza. "Además, me ha chafado la maldita sorpresa. Bueno, al menor preguntó y no me lo dio… ¿Me habría importado? Quizás no habría pasado nada si lo hubiera dado…" El italiano notó por donde se estaban dirigiendo sus pensamientos y los frenó en seco. "De ninguna manera."
-Bastardo, quiero decir, España. Ya terminé así que si quieres que vaya a comprar algo para la fiesta, avísame.
-¡Ah, sí!
El mayor se levantó de su asiento y le tendió una lista de la compra.
-Ten cuidado. Ni se te ocurra colarte en alguna cola del supermercado. Los españoles nos lo tomamos… bastante mal.
-Ya, lo que sea.
-Romano. Te hablo enserio. No. Te. Cueles.
-Está bien… ¡Qué pesado eres, che palle!
Salió de casa refunfuñando y con la nota en ambas manos. Una parte de él quería ver como su esfuerzo se veía recompensando con un "¡Eres asombroso, Romano! ¡Cocinas mucho mejor que tu hermano!" o simplemente ver la cara de satisfacción tonta que pondría su español. La otra parte se sentía demasiado avergonzada cómo para ver eso.
Al llegar al supermercado más cercano, recapacitó sobre la advertencia de su amigo. Los habitantes de la ciudad nunca se habían mostrado hostiles mientras no se encontrara en un barrio peligroso, por lo que no lo iban a matar por colarse en una cola interminable.
"¿Cómo quiere que compre tanto vino? Es una cantidad ridícula. Además de eso, aperitivos… más bebidas…". Finalmente mientras leía la nota para repasar todo y por simplemente costumbre, se coló en la fila.
-Disculpe, joven. Se ha colado.- comentó una mujer que estaba a sus espaldas algo molesta y en español.
-No entiendo que está diciendo…
-Oye, tú. Sal ahora mismo. Llevamos esperando bastante así que ve al fondo de la hilera y a tu rollo.- El otro hombre que habló fue más brusco, y no parecía tener ganas de aguantar tonterías.- ¿Estás sordo? ¿Quieres que te lo repita en la maldita cara o algo?
Romano refunfuñó al notar lo que había hecho y salió de la larga fila. Si fuera por él, se hubiera quedado, mas prometiera a España no hacerlo. Esa era la segunda razón, ya que la primera era simplemente que estaba intimidado.
Se sentía como si hubieran pasado horas allí de pie, con tantas botellas en la cesta que se consideraba beber para hacer la espera más amena. Realmente estaba siendo una cola demasiado lenta.
-Buenos días- saludó el cajero, algo desganado.
-Buenos días.
Ante la contestación en otro idioma, el empleado alzó una ceja y comentó el precio en inglés. Romano pagó y se fue, cargado completamente. Al llegar a casa, abrió la puerta a duras penas y se dejó caer.
-Ah, Romanito. Menos mal. Pensé que te habías colado y que no volvería a verte~- Comentó alegremente y en parte aliviado.
-¿Para qué quieres tanta bebida?
-Francia e Italia van a beber bastante, como el año pasado, así que prefiero que beban de ese vino y no del caro que tengo guardado- Sonrió, mostrando algo de maldad-. Por cierto… Las tortitas y chocolate estaban muy buenas. Gracias, Roma.
-No hay problema.
-Ah. Si no te importa, hoy cocinas tú. Quiero aprovechar el tiempo que perderé en la fiesta trabajando.
"¡Tendrá cara el tío!"
