A pesar de la alegría que mostraba el español, su pareja no se encontraba exactamente así. Era su primera cita, y había decidido llevarlo a un café un rato.

El café estaba especializado en dulces con chocolates varios y batidos, adornado como si una colegiala o Polonia fueran los dueños. No obstante, el ambiente era tranquilo y agradable, con una tenue música calmada sonando. En cierta forma, a Romano le recordaba a la música de un ascensor. Una joven y coqueta camarera se les acercó, preguntando qué deseaban.

-Yo quiero un batido de chocolate y un bollo. ¿Y tú, tomatito?

Romano se vio aún más molesto por el uso de aquel mote en un lugar público.

-Un gofre.

-¡Ve~! ¡Yo quiero todo lo de la carta!

-Italia. No Puedes pedir todo eso.- Comentó algo molesto su pareja.

Y ahí estaba el problema. Si España no le hubiera preguntado para tener la cita justo cuando su hermano estaba cerca, este no se habría emocionado y preguntado si podía ser una cita doble. En ese momento, el pobre Romano tenía que aguantar el bochorno de una primera cita y además con su hermano y el bastardo patatas cerca.

-¡Ita-chan! Eso es pasarse.- Comentó el español, riéndose- Luego te quejas si tu peso aumenta.

-No seas duro conmigo…

Los otros dos permanecieron en silencio, sin saber que comentar. Romano sabía que era una situación incómoda para Alemania también.

-Está bien. Pido lo mismo que él entonces. ¿Alemania?

-Café solo.

La camarera se despidió alegremente y siguió con su trabajo. Mientras, España observaba con ojos soñadores a su pareja, haciendo que esta le dedicara un gesto no muy agradable.

-Roma. Bájame ese dedo…

-Fratello siempre es así.- Italia comenzó a reírse-, pero aunque no te lo demuestre, te quiere mucho. Siempre me cuenta historias vuestras. ¿Sabes quién fue el que lo hizo entrar en razón respecto a lo que sentía?- Sonrió de forma triunfal- Un servidor.

-Te estaré eternamente agradecido, Ita. Por cierto. ¿Cómo empezó lo vuestro?

Alemania vio hacia otro lado, dejando pista libre a su pareja.

-Desde hace seis meses, quizás. Simplemente surgió. Yo le dije que le quería y él lo interpretó de forma diferente. A partir de ese momento me trató como si fuera su novio, lo que no me importó en absoluto. Luego me di cuenta que éramos pareja sin saberlo desde hacía mucho, y ahí fue cuando le pregunté: "Alemania. ¿Somos pareja?" Él me miró confundido, ya que pensaba que sí que lo éramos. Nos aclaramos, quedando como ahora, solo que lo guardamos en secreto durante unos meses por vergüenza. Gracias a Romano descubrí lo tonto que era esconderlo.

El español asintió, para después agarrar la mano de su italiano, el cual le dirigió una mirada de ligero enfado, pero lo único que recibió de contestación fue un pequeño beso en los labios.

-Te…Te he dicho que no hagas eso sin permiso, idiota.- Susurró, completamente rojo y mirando hacia la ventana para así darle la espalda a su compañero.

-Pero si sabes que te gusta.

Italia le dirigió una mirada cariñosa a Alemania, el cual simplemente se sonrojó. España seguía sin entender como dos países tan diferentes en cuanto al grado de expresividad podían salir.

La misma camarera se acercó con todo el pedido y lo ofreció, haciendo que los rostros de Italia y España se iluminaran al ver el erótico aspecto que tenían sus batidos.

-¡No sabía que les ponían nata y chocolate líquido por encima!

-El jefe España sabe de buenos establecimientos.- Alardeó- A mi Romano no lo traería a cualquier sitio. Ya tengo venido más veces. Por cierto.- Se giró a Romano, el cual degustaba impasible su gofre- ¿Qué tal está?

-Comestible.

La otra pareja comenzó a charlar. Veneziano ofreció del batido al otro, consiguiendo que Alemania mostrara emociones y saboreara aquel batido como una pareja normal. Romano no aceptó del de España ni pensó compartir su comida.

-¿Vamos a pasear? Por aquí hay una ruta muy agradable- Comentó el hermano menor.

-Si no te atraca un carterista.- Prosiguió el mayor.

-Por esa zona no suele haber ladrones. No suele… ¿Vamos?

-¡Así me gusta, Ita-chan! Ofreces ideas. La verdad es que hace siglos que no tengo una cita por lo que no sé muy bien que hacer, así que mientras ayudes…

Romano comenzó a reírse por ello.

-¿Siglos? ¿Enserio?

La sonrisa paciente que su pareja le dedicó hizo que terminara su risotada.

-Esperaba a que quisieras salir. ¿No soy buen novio?

-Sólo calla, bastardo.

-No sabía que eran ya las siete- Comentó molesto Italia -. Ahora va a estar todo oscuro. Menos mal que tengo a Alemania cerca.

-Italia. Yo tengo que volver a casa.

-Pero… Alemania…

Mientras, la otra pareja se veía de reojo.

-¿Tú no tienes que volver a casa también?

-Si me quieres echar… Pensaba quedarme hoy contigo. Ita-chan me invitó.

-¿Sin avisarme a mí?

-Estabas al lado en ese momento, hermano.- Comentó el menor ya que su pareja se acababa de ir.

Los tres comenzaron a caminar tranquilamente para regresar a casa de los hermanos Italia. España sujetó la mano de Romano, sin recibir ninguna queja. Las calles estaban bastante despejadas y oscuras a pesar de las farolas que la iluminaban, arrojando un aire tétrico al lugar. El hermano menor se acercó a la pareja, algo temeroso.

-Tranquilo, Ita.-Comentó el español, animado- Si algo pasa, tienes al jefe protegiéndote, y a Roma, no vaya a ser que se ponga celoso.

Solo recibió unos gruñidos de réplica. El otro tampoco parecía muy confiado en las palabras del joven de ojos verdes. Era demasiado amable cómo para intimidar siquiera a un crío, pero no parecía notarlo. España se veía demasiado seguro de si mismo.

Al fondo pasaron unos jóvenes, no más de dieciocho años debían tener. Se quedaron mirando a las naciones y gritaron un insulto en italiano que ponía en ofensa la sexualidad de la pareja. España pareció no entenderlo, Italia lo ignoró, pero Romano quiso mostrar su bravuconería.

-¡Vuelve aquí y repite eso de nuevo, sacco di merda!

Los otros dos simplemente aceleraron el paso, tirando del malhumorado italiano, mientras Italia se disculpaba desde lo dejos.

-¡Espera! ¡Aun no les he partido la boca!

-No esperes a que te golpeen ellos a ti.

Los del fondo comenzaron a reírse, repitiendo el insulto junto con otro más. Dos comenzaron a seguirles y les lanzaron un par de piedras. España se giró, molesto.

-Dejad eso. Mi compañero tiene derecho a quejarse de vosotros por comenzar a llamarnos palabras como esas, ¿entiendes? Así que si no os detenéis con las piedras, voy a tener que hacer algo que no me gustaría. Soy pacífico.

Ante el escupitajo de uno, el español cerró los ojos y se limpió. Al abrirlos, un brillo apareció en sus ojos, acompañado de una fría sonrisa. Su mirada reflejaba totalmente maldad, por lo que el que había ensuciado la cara de este sintió como su bello de la nuca se erizaba. Unos segundos después recibió una patada en su hombría. El otro muchacho tampoco tuvo tiempo para escapar. España agarró y retorció el brazo de este, apoyándoselo contra su propia espalda. En su cuello, pudo notar algo afilado y cortante. La navaja se apoyó más en su piel, haciendo que una fina herida apareciera en el lugar.

-Eres valiente- Susurró España en el oído del otro- Muchos se habrían orinado. Ahora, fuera de mi vista, capullos.

Empujó al joven tembloroso, tirándolo sobre el primero, y se fue animadamente junto a su amigo y novio, cuyas mandíbulas estaban desencajadas.

-¿Qué? Cuando Inglaterra me hizo prisionero, pude aprender algunas cosillas como esa. ¿Sabéis? Nunca pensé que mi navaja para pelar tomates me fuera a ser tan útil.

...o...o...o...

El próximo será un extra relacionado a lo ocurrido con España y los piratas.

¡Nos vemos!