Una incesante vibración hizo que el joven de ojos color miel se despertara. Agarró el móvil malhumorado y contestó.

-¿¡Qué!?

El que había llamado permaneció unos segundos en silencio.

-Oh, España. ¿Qué pasa?- - ¿¡No podías esperar hasta la mañana para felicitarme!?- Divisó el reloj colgado en la pared. Las doce y un minuto- Bueno. De todas formas, gracias… ¿Al final mañana puedes quedar?- - Está bien. A las cinco. Hasta mañana.

Colgó el teléfono y vio el número. No era el que el español solía utilizar. No le dio importancia y prosiguió su descanso hasta la mañana siguiente.

Mientras, el mayor se encogió en un lado de la cama y cubrió su cara con las manos. Tal era la obsesión de su jefe por el control que sabía que revisaría su teléfono si hacía falta, así que terminó por pedírselo a su hermano. "Más te vale que me lo devuelvas cuando esta tontería entre países se termine" le dijera el portugués en tono molesto cuando se lo pidiera. Otro problema era el si le darían el día libre a la mañana siguiente, ya que aunque habían dicho "sí" aquella palabra había sonado bastante falsa. Sabía que esa noche no iba a pegar ojo.

Romano volvió a ser despertado, pero esta vez a las diez y por unos sonidos bastante desagradables. No recordaba que el alemán se hubiera quedado a dormir. Agarró los cascos y puso lo más alta que pudo música en su móvil. Un número desconocido le había mandado un par de mensajes. Parecía el mismo que el día anterior, por lo que lo agregó.

"ESPAÑA (OTRO NÚMERO): El otro móvil está arreglándose por lo que tendré que usar este, ¿de acuerdo?

ESPAÑA (OTRO NÚMERO): Llegaré tarde hoy. No me va a ser posible llegar a las cinco por problemas con el vuelo. Parece que a esa hora no hay, pero a las siete estoy allí. Lo prometo.

ESPAÑA (OTRO NÚMERO): Espero que lo pases muy bien en tu cumpleaños, tomatito. Te quiero~

ROMANO: ¿Enserio vas a tardar incluso en el día de mi cumpleaños? ¿Qué se supone que pasa con los vuelos?

ESPAÑA (OTRO NÚMERO): Hoy no hay para nuestra hora. Tengo que dejar el móvil. Nos vemos.

ROMANO: Vale."

El italiano maldijo en voz baja o eso le pareció a él al tener a tal nivel de la música. El propio día de su cumpleaños se quedaría en casa. Incluso a él le pareció demasiado pesada la idea. Podría haber salido a intentar ligar, más tenía pareja y eso le fastidiaba el plan. Algo desesperado, recurrió a su hermano.

-¿De verdad quieres quedar conmigo?- comentó el menor de ambos, sonriendo alegremente.

-No te hagas una idea equivocada. Es sólo porque España no puede quedar pronto.

-Pero me prefieres a pasar el día en casa. ¡Ya me has hecho un regalo!

-Sí. Ese será el único regalo que recibas por mi parte. ¿Y el mío?

Italia sonrió, mas esta vez de una forma diferente.

-Algo bueno, hermanito. Os será de utilizad, de eso no lo dudes.

"¿Os?" se preguntó el joven de ojos miel hasta que comprendió la naturaleza del regalo y prefirió no decir nada por miedo a descubrir qué era.

La tarde pasó algo lenta para el mayor de los hermanos Italia. Estaba impaciente por ver a su pareja, y el escuchar a Prusia hablar sobre batallitas con este y Francia le hacían impacientarse más. El albino quería quedar bien ante la joven húngara, mas sólo consiguió llamar la atención de Austria. Todos estaban reunidos en un café no muy lejos de la casa de los del cumpleaños. Romano comenzó a jugar con la pajita de su bebida, esperando a que el reloj marcara las seis y media. Italia le dio un golpecito en el hombro.

-Vamos, fratello. Anímate. ¿No te gusta la fiesta?

-¿A quién le gustaría estar rodeado de todos estos? Ah, sí. Sin ánimo de ofender.

-Romano… ¿Cómo están las cosas entre España e Italia? ¿Te ha contado algo? Es que nuestro jefe aún no ha podido reunirse conmigo y no sé exactamente qué ha ocurrido.

-Lo único que me ha contado es que ha habido problemas y que le costará verme algunas veces.

Italia asintió viendo hacia el suelo, algo deprimido. Después, le dedicó una alentadora sonrisa.

-Se superará. Ya son y media.

Romano recogió sus cosas, nervioso.

-Feliz cumpleaños, Romano.

-Igualmente, Veneziano.

Pasaban de las siete y media y no sabía nada respecto al mayor. Ningún mensaje, ni llamada, y obviamente tampoco había llegado. En el fondo el italiano se lo esperaba. Era todo demasiado bonito cómo para ser verdad. Ni en el día de su cumpleaños podía ser puntual, como ya había dicho anteriormente. Cuando el reloj marcó las ocho de la noche, se dejó llevar por el sueño y permaneció allí, arropado en el sofá.


El español llamó por decimocuarta vez, sin obtener respuesta. Sabía que su tomatito estaría enfadado, mas no podía hacer nada. Su casa estaba vigilada por un par de hombres los cuales "disimulaban" su espionaje hacia el moreno hasta que en algún momento llamaban a la puerta esperando a que el propio español abriera y así mantenerlo todavía más controlado. Realmente absurdo.

Comenzó a escuchar cómo la lluvia de marzo empezaba a golpear con rabia el tejado. Mientras, volvió a llamar a Portugal, esperando respuestas. No obstante, la puerta se abrió y entró el otro de los hermanos Iberia.

-¿Desde cuándo tienes mi llave? Eso no importa. ¿Te han visto entrar?

-Sí. Hice suficiente ruido cómo para que me notaran, aunque con la que cae no creo ni me que distinguieran.

-Eso es una ventaja. Sabes para qué estás aquí, ¿verdad?

-Para hacerte otro estúpido favor. Sé que ha ocurrido entre ambas naciones, así que me lo olía.

-Necesito que te hagas pasar por mí. Estos hombres no dejan de tocar a la puerta, por lo que no nos servirá simplemente intercambiar posiciones. Dame tu ropa.

Portugal permaneció impasible hasta que el otro comenzó a quitarse la suya propia delante de él.

-¡Tengo prisa, Portugal! ¡No puedo perder el vuelo!

El joven con coleta bufó y recogió la ropa que el español había dejado arrojada por el suelo. Al cabo de un rato, volvió del baño. El otro enmudeció.

-¿Qué le ha pasado a tu pelo?

-Lo recorté. Obviamente con el pelo largo me reconocerían. ¿Acaso tu capacidad cerebral no da para razonar eso?

España comenzó a llorar, emocionado. Se echó sobre los brazos de su hermano y apretó el pobre cuerpo del portugués hasta que este comenzó a sentir falta de oxígeno.

Muito obrigado, hermano! En el baño también hay maquillaje corrector. Sí, no preguntes. Cosa de Francia. Cubre el lunar. Yo voy a salir.

Tras terminar de vestirse, colocó la capucha del chubasquero para cubrir parte de su cara y salió de la casa calmadamente, disimulando. Pudo notar como los ojos de uno de los hombres se clavaban en él mientras el otro se estaba dirigiendo a la puerta de su casa.

Inhala, exhala. Inhala, exhala. Tras alejarse lo suficiente, comenzó su carrera por los caminos empapados y cubiertos de barro que la lluvia estaba formando, sin cesar de caer. Sintió miedo y alegría al mismo tiempo, y hasta que consiguió subir al avión justo en el último momento. Se dejó caer en su asiento, ensuciando el suelo del transporte. Un hombre a su lado le dedicó una mirada de desaprobación y algunas palabras no muy agradables en italiano mientras fingía leer el periódico. España comenzó a reírse en voz baja ante aquella victoria a pesar de saber que no le iba a durar mucho. No obstante, el avión se retrasó, haciendo que el español aún tardase más en llegar a su destino.

El reloj marcaba las once menos cuarto cuando finalmente alcanzó la casa de los hermanos Italia. Llamó a la puerta un par de veces, pero al notar que nadie abría, volvió a llamar con más insistencia.

Al fin, Romano se presentó ante él. Tenía los surcos de unas lágrimas que hacían rato habían resbalado por su rostro y también parecía somnoliento, como si acabara de despertarse. Notó que el que estaba frente a él era su pareja y lo acercó a él con toda la fuerza que pudo, dándole un beso del cual el español no planeaba escaparse. Tras esto, le golpeó con la mano en la cara, para después volver a besarlo.

-Vamos, tomatito. Decídete. O me pegas o me besas.

El joven comenzó a reírse, pero Romano no. Este simplemente se apegó a él, dándole un fuerte abrazo.

-¿Por qué tardaste tanto?

-Te llamé.

-Quedé dormido. Igualmente me preocupaste.

-Si estabas dormido… Es igual. Tuve ciertos problemas que me impidieron llegar a tiempo.

-Sé que me has estado mintiendo. No utilizas ese móvil porque el otro está reparándose, ni faltaban aviones para llegar a las cinco. Me estás ocultando la gravedad de la situación, ¿verdad?

-Será mejor que te lo explique todo.

España relató a su pareja cada frase y detalle que recordaba sobre el asunto, tachándolo insistentemente de algo absurdo e irresponsable por parte de los dos gobernantes. Romano apoyó la cabeza en el regazo del moreno, exhausto.

-Increíble.

-Hoy estaba vigilado por dos hombres, mas Portugal me ayudó haciéndose pasar por mí. Le debo una muy grande.

-¿Mañana te irás temprano?

-Lo más seguro es que marche en plena noche. No puedo implicar todavía más a mi hermano de lo que ya está.

España se acordó de algo y soltó un par de palabrotas a la par que se frotaba la mitad de la cara con una mano.

-Me dejé tu regalo.

-Tu presencia me vale de regalo.

El mayor miró atónito al joven que descansaba en sus piernas.

-Roma. Eso ha sido muy sincero y adorable. ¿Te encuentras bien?

-Cállate, idiota. Realmente no sabes leer el ambiente.- Soltó, molesto y colorado por las mejillas y orejas.- ¿Sigue en pie el otro regalo?

-¿Qué otro regalo?

-El que bromearas con él. No me hagas repetirlo.

El italiano se giró, intentando tapar su rostro caliente y rojizo.

-Si te digo que no recuerdo… ¿Te enfadarías?

-¡Olvídalo!

Se creó un silencio sepulcral por unos segundos hasta que el mayor comenzó a acariciar el pelo Romano, dando accidentalmente con el mechón rebelde de este. De forma inconsciente, jugó con él, poniendo nervioso al que descansaba sobre su regazo.

-¡Chigi! ¡No lo toques!

España notó el fruto de sus acciones y se detuvo. El otro intentó frenar su respiración agitada.

-¿Por qué siempre te quejas? ¿Qué pasa con ese pelo?

-Nada.

-En ese caso volveré a tirar.- Canturreó, dando un suave tirón consiguiendo que el italiano se estremeciera- ¿Me lo vas a decir ya?

-Es… Un punto erógeno, así que para.

Otro tirón fue dado por España, quien sonreía triunfal. En el fondo sí sabía cuál era la función del rulo mucho antes de que Romano se lo confirmara.

-Si es un punto erógeno, ¿por qué te molesta?- Dijo con voz melosa y en susurro.

-¿Te gustaría que de repente te metiera la mano por debajo del pantalón o algo?- Se dio cuenta de lo que acababa de decir- Ni sé para qué pregunto. Necesito vino.

-¿Para qué?

-Para poder acostarme contigo y tener la excusa al día siguiente.

La sonrisa del ojiverde cambió a un semblante serio. Después, se levantó del sofá con Romano en brazos, cargado como si de un saco se tratara, y comenzó a caminar hacia el cuarto del menor.

-¡España!

-Habitación, ya.

...o...o...o...

Bueno. Este capítulo realmente me costó escribirlo. Estaba batallando contra mí misma sobre qué pasaría con la parejita (Mi parte cruel pedía que España no fuera a verlo, pero terminó por ganar la otra). Eeen fin. El próximo capítulo será un extra. Os aconsejo leerlo. Aclara algunas cosas que ocurrirán en el capítulo 15 (Lo repetiré en este por si acaso), además de que está relatado por Portugal.

(¿Quién piensa que Romano no podrá caminar por una semana con naturalidad? ¿Soy yo la única?)

Hasta la próxima y muchos fusosososo