¡Hola! Antes que nada, quiero dar un inmenso agradecimiento a GokuYPanDBGT y Ana F. Frost Lov, ¡muchas gracias por sus reviews, me inspiran a seguir escribiendo! Un libro sin lectores es sólo un libro. ¡Me alegra que les haya gustado! :D Como ven, he vuelto con un nuevo capítulo. Procuraré actualizar cada dos o tres días para que la espera no sea demasiada. Ya llevo 8 capítulos escritos, así que por ahora las actualizaciones no serán problema. ¡Espero disfruten el cap! :)
Capítulo II
Aguas Negras
Ahí, vio su reflejo.
Sus ojos azul cielo denotaban tristeza, ni siquiera sabía por qué se esforzaba al verse en el espejo, ni por qué se había vestido bien para la ocasión. Aunque, por una parte, si lograba que el rey fuera su aliado en estos tiempos, estaría más que perfecto. Podría manipularlo. No quería hacerlo, pero ella no confiaba en las Islas del Sur desde el incidente en el que casi le quitan la corona, y lo que es peor, le arrancan la vida de sus manos.
Esta vez, llevaba un vestido diferente; era de un color azul oscuro, y que a pesar de la tonalidad, todavía brillaba como si tuviera pequeñas capas de hielo. Le llegaba hasta el suelo, y en la parte de abajo de sus rodillas empezaban a desprenderse más capullos de tela que se ondulaban hacia atrás, como si fuera una especie de pétalos de flor que se lleva el viento. Sus mangas eran largas y antes de llegar a la muñeca se cortaban en un ángulo con forma de v. El vestido era tan ligero que destacaba las curvas de la mujer, y le daban la impresión de dominancia y sofisticación, tal como ella lo había planeado. Si cara pálida contrastaba con sus labios carmesí, y sus ojos destacaban debido a la sombra de color negro que había puesto alrededor de ellos. En tanto, su cabello lo traía como siempre, sin embargo esta vez lo había adornado con pequeños copos de nieve oscuros.
Después de hecharle un vistazo más al espejo y asegurarse que se presentara de forma adecuada, venía la parte difícil: salir del reino sin que nadie se diera cuenta. Claro, sabía exactamente lo que tenía que hacer puesto que ayer se había pasado la noche buscando una forma; pero aún así, ciertamente no iba a ser nada fácil.
Abrió la puerta con cuidado, y salió a paso lento, tratando de no hacer el más mínimo ruido. Los guardias llenaban la mayoría de los pasillos del castillo en Arendelle, pero Elsa al ser la reina conocía perfectamente cuál era la falla de seguridad, y los atajos que podía usar para no ser vista; en otras palabras, sabía qué pasillos no estaban vigilados al máximo nivel. Hubiera sido más fácil mentir al reino y decir que iba a asuntos que los podrían ayudar en esta crisis que se estaba viviendo, pero no podía dejar a Anna a cargo. Ella todavía tenía el corazón de una niña, era imposible para ella pensar con claridad y objetividad en las decisiones que si llegaba el momento, debía de tomar. Además, sólo iba a ser una noche: a la mañana del día siguiente, Elsa estaría dentro del castillo, fingiendo que nada pasó.
Caminó, y caminó. No llevaba prisa, había salido cuatro horas antes de la cita, y en Arendelle oscurecía temprano.
Llegó a un cruce, giró a la izquierda, luego a la derecha, siguió su camino. Tal y como lo había previsto, aquellos pasillos ciertamente necesitaban seguridad. Pero no la tenían, al fin y al cabo porque no eran transitados por nadie que habitara el castillo. La zona que más tenía guardias, si no es que la única, era la puerta principal; y Elsa conocía otra puerta pequeña que estaba en la parte atrás derecha del palacio. Era una puerta escondida, que estaba planeada precisa y únicamente para los reyes. La había hecho su papá, era un escape para cuando necesitaba relajarse; y donde de vez en cuando llevaba a Elsa para que ella de igual manera, se olvidara un momento de sus poderes y saliera a darse un respiro. Claro, nunca la dejaban estar más de cinco minutos afuera, y solo había ido dos veces en su vida entera. Su hogar prácticamente había sido su cuarto.
Bajó las escaleras, observando cada detalle que se le aparecía en frente. No podía dejar que ni una sola alma la viera.
A partir de ahí, apretó el paso. Caminó lo más rápido que pudo hasta llegar a la puerta escondida. Sí, derecha y...
—¿Mi Reina?—una voz masculina la llamó por detrás.
A Elsa se le heló la sangre. Tardó segundos en reaccionar, y se volteó lentamente a ver quién la había llamado. Estaba segura que había escuchado esa voz antes. Y efectivamente se encontró con el rostro y los ojos azul intenso de la noche en la que ella había recibido el sobre que ahora mismo la conducía a las Islas del Sur.
—¿Si?—fue lo único que salió de sus labios. Trató de mantener la calma, y hacer como si nada grave estuviera pasando, pero ella sabía muy bien que era demasiado tarde.
El muchacho se le acercó unos cuantos pasos. Solo había un metro de separación entre ellos. Se había metido en problemas, y tenía que salir de ellos pronto.
—¿Qué hace rondando en estos pasillos a estas horas?—preguntó el soldado.
Elsa se esforzó por mantener una postura correcta.
—Lo mismo le pregunto a usted. Tiene el uniforme de un soldado, ciertamente su lugar no es el castillo.—dijo. Sabía que había sido dura con sus palabras, pero tenía que deshacerse de él lo más rápido posible.
El muchacho la miró a los ojos, y sintió una punzada en el estómago que Elsa nunca antes había experimentado. Aquellos ojos azules no la miraron con extrañeza, ni confusión como ella había esperado. En ellos había una muestra de comprensión, algo que no había visto antes ni siquiera en los ojos de su hermana.
—Me mandaron al castillo porque soy principiante; además de que en estos tiempos se necesita a varios soldados dentro del castillo, no sólo guardias.—se acercó un paso más, y susurró.—Es por lo de las Islas del Sur, ¿no?
Le habló con una suavidad que Elsa no podía entender. ¿Cómo alguien que ella no conocía y nunca había visto en su vida, le hablaba con tanta confianza? En cierto modo le recordó a Anna.
Bajó la vista, derrotada.
—No se preocupe, su secreto está a salvo conmigo. Cambiando de tema... ¿Necesitará un barco, o piensa ir nadando en medio de la noche?—el muchacho esbozó una sonrisa y sus ojos le brillaron. Elsa lo miró con extrañeza.—Sígame.
El soldado caminó, y al ver a dónde se dirigía le dio un vuelco al corazón.
Se encaminaba hacia la puerta más grande del castillo, hecha de uno de los materiales más resistentes en el Reino, pintada de café y ornamentos de flores como diseño de Arendelle.
Elsa le tomó el brazo antes de que pudiera hacer otra cosa.
—¿Qué cree que hace?—preguntó, espantada.
—Ayudándola. Son los guardias, nadie se negará a una orden suya. —contestó el joven, deteniéndose y volteándola a ver. Cuando se dispuso a continuar, Elsa lo volvió a detener.
—¡Espere!—su tono de voz bajó a un susurro—El Reino no puede enterarse, ni siquiera los habitantes...
El muchacho volvió a sonreír y la vio a los ojos, otra vez con ese brillo especial que hacía, de una extraña manera, que Elsa se sintiera segura de sí misma y tranquila. Ni siquiera su hermana lograba calmarla a tal modo. ¿Quién era él para hacerla sentir de esa manera? Sin embargo, se sentía reconfortante y le agradaba el sentimiento, era como si estuviera en casa y una brisa caliente y suave le atravesara la piel con toda la confianza del mundo.
—Así que es eso.—se acercó un paso hacia ella— El Reino y sus habitantes le tienen mucho cariño, mi Reina. Harían lo que usted dijera, fuese lo que fuese. Usted les ha ayudado mucho en estos tiempos, ha logrado mantener la calma entre la población. Créame, a ellos no les molestaría que se fuese unos días si es para seguridad para ellos y por el Reino. Está tratando de hacer aliados para la crisis que se está viviendo, ellos la entenderán.
Elsa miró hacia abajo. No sabía que pensar, en parte si tomaba en cuenta que lo que él le decía era cierto, tenía razón, y sería mejor avisar que iba a estar fuera por asuntos de lo que ha estado pasando en el Reino. Pero ella no se sentía para nada confiada de lo que ellos pudieran pensar, después del incidente con su magia, le daba miedo que todavía algunos pensaran que era un monstruo, aún después de tanto tiempo de darles acojo y seguridad. Sin olvidar, claro, que la carta había especificado no decirle a absolutamente nadie de su partida.
—Vamos.—dijo el muchacho. Elsa lo soltó y lo siguió hacia la puerta.
Al llegar, los guardias vieron con desconcierto a la reina, y alzaron sus cejas en señal de que ella no había avisado nada.
Elsa comenzó a congelar un poco el suelo, y sus manos temblaban. No podía mirarlos a los ojos, se sentía expuesta, como si le fueran a quitar todos sus secretos de un jalón.
—La Reina va a salir a dar un paseo. Le han ofrecido una propuesta de alianza con un Reino vecino que puede ayudar a Arendelle en esta crisis.—dijo el soldado.
Los guardias miraron a Elsa de nuevo, sin creer las palabras de su acompañante.
—Sí.—afirmó Elsa. El muchacho le había dado valor para hablar de frente.
—¿Y él que tiene que ver con esto? Le enviaremos mejor protección.—dijo un guardia que tenía barba y ojos cafés, e hizo una seña con la mano a un hombre que estaba vigilando el lado izquierdo de la puerta. —¡Brown...
Elsa alzó sus manos en señal de desaprobación, y nerviosa pero con voz segura de sí misma, dijo:
—No, no hace falta. Él viene conmigo.
Los ojos del muchacho se abrieron como platos, y el negro de sus pupilas escondió la mayor parte de sus ojos azul oscuro. La volteó a ver, pero en seguida se compuso y miró al guardia, asintiendo.
Elsa sonrió.
—¿Podría abrir la puerta, por favor?
El guardia hizo una mueca de desagrado y se quedó viendo al muchacho, inconforme con la decisión de la reina. Él era delgado y ciertamente no tenía la fuerza para protegerla en caso necesario.
—Órdenes son ordenes.—demandó Elsa, en un tono más autoritario que antes.
El guardia suspiró, y le hizo una seña al otro guardia para que abrieran la puerta.
—Mientras esté afuera, mantengan todas las puertas cerradas. No permitan que alguien entre ni salga del castillo, ni siquiera Anna. Todos adentro, y cualquier inconveniente, le avisan a mi hermana y tomen las medidas necesarias. Nadie entra ni sale del reino. —dijo Elsa firmemente.
Los guardias asintieron, y por fin la puerta se abrió, dejando ver el puente que separaba las casas del pueblo con el palacio, y el agua oscura que había debajo de él ondulaba pacíficamente. Una brisa de aire nocturno llenó a Elsa, y por una extraña razón se sintió liberada de todo el estrés, aunque caminara directo hacia él.
Suspiró, y volteó a ver a su acompañante.
—¿Qué decía del barco?—preguntó, y el muchacho esbozó una sonrisa.
Caminaron por el suelo de piedra gris, y Elsa por primera vez desde hacía mucho tiempo podía observar las casas de estilo medieval que se elevaban y daban un aire de comodidad y familia. Por primera vez en mucho tiempo, podía dar un paseo en Arendelle y sentir la verdadera belleza de las construcciones y jardines que había a su alrededor sin ningún tipo de molestia. Claro, ahora mismo le inundaba el corazón el asunto de las Islas del Sur, pero algo que le había enseñado Anna era a disfrutar el momento y no preocuparse antes de que lo peor que pudiera pasar sucediera.
—Por aquí.—susurró el muchacho, dando una vuelta a la derecha. Elsa lo siguió.
Al darse la vuelta, la reina observó el paisaje que se sentaba ante ella. Un extenso océano con aguas tranquilas se expandía a sus pies y reflejaba la luz plateada de la Luna, lo que lo hacía ver como si fuera un estanque misterioso pero a la vez lleno de paz y magia dentro. Arriba de la suave capa de agua se encontraban varios barcos de diferentes tamaños hechos de madera, con la bandera de Arendelle en la parte de arriba de todos ellos.
Una brisa salada llenaba el ambiente, y varios sonidos de gaviotas resonaban en sus oídos. El aire era fresco y le golpeaba en la cara de una manera cariñosa.
—Puede tomar un barco de los pequeños. Así no hará demasiado alboroto cuando llegue. —dijo el muchacho, sacando a Elsa de sus cálidos pensamientos; y se dirigió hacia un viejo que estaba sentado en una silla mecedora de madera tallada afuera de una pequeña casa, metros más adelante, hacia la izquierda de donde ellos estaban. Elsa lo siguió, apurando el paso.
El viejo no tenía cabello más que en los costados, y era gris. Su piel estaba un poco arrugada, y sus ropas no eran de la mejor tela. Estaba fumando una pipa, perdido en el horizonte.
—La Reina necesita un barco.—dijo el soldado.
El hombre pareció no oír.
Esta vez, Elsa habló.
—Disculpe, ¿podría prestarme un barco, de los más pequeños que tenga?
El viejo la volteó a ver, saliendo de su trance. Sus ojos se agrandaron al ver a la reina frente a él. Como una ola que se lleva el viento se levantó y se dirigió a otra casa que estaba varios pasos en frente de él. Cruzó un pequeño puente de madera y una casa estaba del otro lado. El viejo tocó con fuerza y sus gritos los pudieron escuchar ella y su acompañante desde el lugar donde estaban.
Elsa frunció el ceño cuando el viejo se acercó a ella.
—Ahí viene el piloto del barco. Él los guiará a "Nube".—dijo, y acto seguido se metió a su casa pequeña de madera, cerrando la puerta detrás de sí.
—Es tímido, le sorprendió la presencia de Su Majestad aquí, eso es todo. Es buena persona. —dijo el soldado al lado de Elsa. Ella asintió. Él continuó: — "Nube" es el barco más pequeño de todos.
Elsa lo miró.
—Usted parece saber mucho sobre el muelle de Arendelle.—dijo.—Más de lo que yo misma sé.
El muchacho sonrió, y Elsa por primera vez notó que sus ojos se inundaban de tristeza y el brillo en ellos había desaparecido. Una melancolía invadió a Elsa con tan sólo verlo de esa manera.
—Mi papá trabajaba aquí, en el muelle. Mi familia tenía una pequeña casa parecida a la del señor Stone, pero del otro lado. Ahí, yo convivía mucho con mis padres, y de vez en cuando papá nos daba paseos gratis en su barco, e íbamos a un lugar donde los delfines saltaban y los observábamos durante un buen tiempo. Él hacía mucho esfuerzo por mantenernos a mi madre y a mí, pero yo creo que su mayor logro fue amarnos y hacernos felices. —dijo con nostalgia. Pero aún así, Elsa se sorprendió de la voz suave que había utilizado al contar esa historia, y no podía creer la manera en la que el joven se expresaba tan fácil y con tanta confianza sobre su pasado a alguien que ni siquiera conocía y nunca había hablado en su vida. Elsa lo miró por unos segundos, su sonrisa no había desaparecido. Justo en el momento en que ella iba a tomar la palabra, un hombre uniformado de color blanco con hombreras azules y un gorro de marinero, con bigote y cabello rubio caminó hacia ellos y les habló.
Hizo una reverencia a la reina y dijo:
—Por aquí.
El piloto se encaminó hacia el otro lado del muelle.
Antes de seguirlo, Elsa sintió la necesidad de agradecerle al muchacho.
—Disculpe, ¿cuál es su nombre?
El muchacho la volteó a ver a los ojos. Habían recuperado el brillo de esperanza que Elsa siempre veía en ellos, y no pudo evitar una pequeña sonrisa.
—Simon. Simon Strand, mi Reina.—contestó.
—Gracias, señor Strand.—dijo Elsa.
El muchacho soltó una pequeña risa.
—Soy Simon. Sólo Simon.
Elsa frunció el ceño, pero luego esbozó una sonrisa. En verdad, no estaba acostumbrada a llamar a alguien que no fuera cercano por su nombre, cuando se trataba de alguien desconocido las formalidades la llenaban de pies a cabeza.
—En ese caso, gracias Simon.—contestó Elsa, y casi corrió hacia el marinero que ya la llevaba esperando unos segundos en frente de un barco de madera del otro lado.
Le dedicó una última sonrisa a Simon antes de subirse a las escaleras del barco.
