"Te dire mis pecados…
Y tú puedes afilar tu cuchillo".
Capítulo III
La invitada
El aire nocturno y fresco le acariciaba la cara. Volteó hacia abajo. Las olas desprendían un brillo singular a causa de la plateada luz de la luna, y el viento causaba pequeñas ondulaciones en el agua. Al verse reflejada en medio de ésta, sus huesos se estremecieron.
—¿Tienen que irse?— su voz salió en un hilo, totalmente nerviosa. ¿Qué haría sin sus padres? ¿Y si no lograba controlar sus poderes mientras ellos no estaban?
—Estarás bien, Elsa.—dijo el hombre parado en frente de ella, leyendo sus pensamientos. Tenía una barba castaña dorada, y el cabello estaba bien peinado hacia arriba. Sus ojos azules la miraban con compasión. Sonrió, dándole a entender que todo iba a estar más que perfecto, pero ella sabía que solamente lo hacía para calmarla. No lo había logrado. Sin ellos aquí, ella estaba casi segura de que algo iba a salir mal. Sus padres eran la fuente de su control, sus maestros, quienes le habían enseñado todo; y más que eso, eran sus papás, a quien ella valoraba más que a nadie en el mundo. Sin ellos, seguramente todo estaría perdido. Pero se esforzó por devolver una pequeña sonrisa. Aunque no lograran convencerla, les estaba eternamente agradecida por su apoyo.
—Tememos avisarle que el rey y la reina de Arendelle han tenido un accidente.—dijo el sirviente que había llamado a Elsa y Anna y las había reunido. Su voz sonó despedazada, y las miró a los ojos con toda la pena del mundo. —El barco se ha hundido.
—Están muertos.
Las últimas dos palabras resonaron en los oídos de Elsa, y no paraban de repetirse en un estruendo eco, cada vez más alto. El mundo se le vino abajo, su corazón se rompió por completo.
Las palabras no paraban de repetirse, eran como gritos y estallidos en los oídos de la reina.
Están muertos.
Están muertos.
Están muertos.
Elsa gimió, un lloriqueo escapó sus labios; más sin embargo, no gritó. Se tapó los oídos, se apretaba la cabeza, todo lo que hacía falta para borrar esas palabras de su cabeza. Se balanzó hacia atrás, y cayó al suelo de madera, el cual empezaba a congelarse..
El piloto del barco se percató de esto, y sin pensarlo corrió hacia la reina, con un semblante de preocupación en su cara.
—¡Su Majestad!—exclamó, intentando ayudarle y poniendo sus brazos alrededor de ella.
Fue entonces cuando Elsa recobró la consciencia y supo que había revivido una memoria del pasado. No había nada de que preocuparse. El piloto colocó una mano en su hombro, y le ofreció la otra para levantarse. Elsa, no calmada del todo, trató de componerse.
—No, estoy bien, gracias. Sólo... Necesito estar sola.—dijo en un tono demandante que asustó al piloto y lo hizo ver que hablaba en serio. Se hizo a un lado y siguió hacia el volante del barco, continuando su camino.
Elsa hizo todo lo posible por recuperar la compostura. La cabeza le dolía, pero poco a poco logró tranquilizarse y enfocarse en el ahora. Cuando por fin pudo abrir los ojos sin ver dolorosos recuerdos de viejos tiempos, se levantó y se dirigió a una habitación que estaba abajo del barco, diseñada para que los viajeros se durmieran en viajes largos. Cerró la puerta con seguro y se sentó en la cama.
No supo cómo ni cuándo logró quedarse dormida.
No mucho tiempo después, pequeños golpes comenzaron a resonar en la puerta.
—¡Su Majestad! Hemos llegado.
En seguida, Elsa abrió los ojos. Se levantó y rápidamente abrió la puerta.
Caminó, y a cada paso que daba una pequeña manta de hielo cubría el suelo del barco. La luna estaba llena y la noche despejada. Las estrellas llenaban el cielo como pequeñas luces de esperanza en días oscuros. En frente de ella, allá en lo más lejos del paisaje, se alzaba una colina y varias montañas de gran tamaño con color verde oscuro, debido a que los árboles estaban demasiado juntos y sus hojas no estaban tan separadas, haciendo que parecieran algodón a lejana vista. Justo en frente de estas elevaciones se alzaba una enorme construcción de piedra en forma de caja; rectangular, no tan alta, pero de largo Elsa estaba segura que superaba a Arendelle. Estaba hecha de piedra y tenía unas cuantas ventanas pequeñas por las cuales entraba la luz de la Luna. En la parte más alta se dividía en otras pequeñas construcciones que encima tenían un techo triangular, todos ellos de color rojo.
Una puerta enorme de color café con el símbolo de las Islas del Sur se alzaba en medio del edificio, lo que dio entender a Elsa que ese era la base principal del castillo donde se alojaba el rey. A los costados de ésta, habían dos torres altas y con el mismo techo triangular carmesí. A partir de cada una de esas torres continuaba la construcción de piedra con delgados pasillos que llegaban metros después de la base principal para unirse y formar la segunda puerta defensora del castillo. Elsa desde su perspectiva no podía divisar que había dentro de todo el espacio que había de separación entre el edificio principal y el de refuerzo, pero estaba casi segura que se encontraban hogares de personas importantes para el rey. Después de la fortificación real, estaba el pueblo asentado sobre una capa de piedra, igual que en Arendelle. Las casas eran de madera resistente y clara, estilo medieval. A diferencia de su hogar, Elsa notó que éstas no daban un aire familiar y reconfortante, sino que se elevaban y estaban hechas de una manera que inspiraban superioridad y soledad por la manera en que estaban construidas. No le cabía desde luego que todo lo que había en esa isla estaba hecha de un material más fuerte del que estaba hecho el reino de Elsa, y eso le aterraba. El lugar entero la hacía sentir sola y débil, toda la fortaleza de las Islas del Sur inspiraba poder, y claramente estaba un poco más grande que Arendelle. La brisa ahí no la hacía sentir libre; todo lo contrario, la hacía sentirse esclavizada, y todo el poder y autoridad que expresaba el reino del cual provenía Hans le causaba terror.
—¿Le ayudo?—preguntó el piloto del pequeño barco en el que ella había llegado, extendiéndole una mano para que ella la tomara, justo al frente de las escaleras.
—No creo que sea necesario.
Los ojos de Elsa se abrieron como platos, y un escalofrío recorrió su espalda. Buscó con la mirada quién había respondido en vez de ella; y ahí, detrás del piloto, debajo de las escaleras del barco a la orilla del muelle, se encontraba un hombre alto de fuerte complexión. Su cabello era de un café roble, y una pequeña barba del mismo color sobresalía elegantemente. Sus ojos eran color avellana, su piel bronceada y músculos bien marcados. Portaba un elegante traje color blanco, su cuello de la camisa dorada bien acomodado, y una corbata arreglada de forma suntuosa cuyo color crema destacaba entre todo el traje y contrastaba la piel del hombre
Elsa frunció el ceño.
—Si no le importa, yo escoltaré a la reina al castillo real. Usted— esbozó una sonrisa terrorífica y observo al piloto de una manera aterradora—Puede irse.
El marinero volteó a ver a Elsa con confusión clara en sus ojos, esperando que ella afirmara lo que había dicho aquel hombre, quien pareció notar el detalle y esta vez dirigió sus ojos hacia ella. Elsa pudo ver una mirada claramente amenazadora, que ella pudo interpretar como una orden.
—Retírese a Arendelle ahora mismo.—le dijo Elsa al piloto del barco.
—Pero...
—Nuestro reino le ofrecerá un barco a Su Majestad para regresar a su lugar de origen. No hay nada de que preocuparse— interrumpió el hombre.
El piloto hizo caso y volvió al barco. Elsa bajó las escaleras, y observó con nerviosismo como el pequeño barco se alejaba de la costa a paso lento.
—Llegó tres minutos antes. ¡Qué bien, ciertamente al rey Edward no le gusta esperar! Él apreciará este amable gesto de su parte.— había elegancia en su voz, sin embargo cuando éste miró a Elsa, ella no encontró mas que una clara indiferencia en sus ojos—Príncipe Richard de las Islas deal Sur— hizo una ligera reverencia.
El hombre le ofreció su brazo para que ella lo tomara. Y así lo hizo, necesitaba causar una buena impresión. Sin embargo, no sonrió. Le dedicó una mirada sospechosa al hombre. Él pareció ignorarla.
Juntos caminaron por el extenso pasaje de piedra en frente de ellos. El aire de dominancia y superioridad la volvió a llenar, y se sintió incómoda entre tantas construcciones que ella desconocía al lado de ella. No había ni una sola alma caminando a esta hora, y eso le inspiró un sentimiento de alerta a Elsa. No confiaba para nada en ese Reino, con tan sólo llegar sabía que no iba a ser nada fácil sobrevivir una noche en ese ambiente tan raro para ella. Y eso que todavía no llegaba al castillo, ahí debería de ser una verdadera pesadilla.
Cuando llegaron a la fortaleza de defensa, la puerta se abrió automáticamente. Contrario a lo que Elsa creía, no había nada más y nada menos que puro pasto y uno que otro arbusto entre el castillo y el lugar donde ellos estaban. El jardín estaba bien cuidado, elegante; sin embargo las rosas de color rojo iluminadas por la luz plata de la luna le inspiraba a Elsa el mismo sentimiento de antes: dominancia, combinado con sofisticación y poder.
Por fin llegaron a la puerta. Ésta se abrió automáticamente.
—Después de usted—dijo el príncipe.
Ella dio un paso, seguida del castaño. La puerta se cerró, y un pasillo iluminado por pequeñas antorchas se mostró ante ella. El suelo resplandecía y era lustroso, de un color café claro. Las paredes estaban tapizadas de carmesí con patrones lineales, así de simple.
Siguieron su camino, dieron a la izquierda y subieron unas escaleras que daban a un pasillo lleno de cuadros sobre reyes antiguos que gobernaron las Islas del Sur. Elsa notó de reojo un retrato en especial, que no tenía mucho parecido con los demás. Tenía el cabello rubio y ojos azules, con la piel pálida. No pudo observarlo con detalle porque en seguida dieron una vuelta a la derecha. Una doble puerta lujosa estaba en medio de ese nuevo pasillo.
Richard se detuvo en frente de ella, y la abrió en un movimiento elegante. Una gran luz cegó los ojos de Elsa. Cuando se fue acostumbrando a la luz, pudo observar el inmensos cuarto que se mostraba al frente. El príncipe le cedió el paso.
Las paredes del lugar, a diferencia de los otros pasillos por los que Elsa había pasado, estaban decoradas de una manera muy elegante, con adornos florales y una que otra decoración de mármol alrededor de las ventanas con diseños parecidos a los de los vitrales, pero de unos colores más apagados y unas formas raras imposibles de descifrar desde donde Elsa estaba parada.
Al centro de la estancia se encontraba una mesa larga café oscura que brillaba de una manera simple, con platos blanco estaba barnizada al igual que las sillas a los costados. Éstas estaban altas, y tenían una tela acolchonada de color roja en el respaldo. Había seis de cada lado de la mesa, ya ocupadas por varios hombres de más o menos la misma estatura, cada uno con el cabello café de distinto tono y la piel bronceada. Al frente de la mesa, se encontraba una sola silla, más alta que las demás. Así sentado se encontraba un hombre no tan diferente a los demás, castaño con pequeños brillos dorados y ojos verdes, una barba que le cubría desde el mentón hasta los costados de la cara, sin embargo tenía la piel un tanto vieja. Tenía una corona resplandeciente dorada encima del cabello, y reía a medida que dejaba una copa en la mesa.
El rey reparó en su presencia.
Elsa pudo sentir su mirada penetrante y amenazadora, viéndola de abajo hacia arriba, examinándola de pies a cabeza. Sonrió.
—Qué bueno que llega puntual, Su Majestad, Reina Elsa de Arendelle.
Su voz era dura, ronca, que penetraba los oídos de Elsa como espadas en su corazón, con un sentimiento extraño que le impartía molestia y odio. Mientras tanto, ella se mantuvo seria, sin quitarle los ojos de encima al rey.
Todos los presentes que habían estado hablando y riendo a carcajadas hace unos segundos, callaron y las miradas se clavaron en ella, como demonios observando a su presa.
—Tome asiento.—le ordenó el rey, señalando con la mano una silla vacía que estaba al costado izquierdo de él.
Elsa caminó hacia la silla, la hizo a un lado y se sentó. El rey sonrió de nuevo. Era extraño como en su sonrisa no había rastro del diablo que se encontraba dentro de él, y en cambio daba un aire elegante.
—Veo que vino vestida para la ocasión.—comentó.
Elsa lo miró a los ojos directamente, sin nada de temor en ellos, sólo seriedad. Y de sus labios sólo pudo salir un frío "sí".
—Tiene buen gusto.— dijo el rey, restándole importancia al asunto, y rompiendo la mirada para dirigirla hacia una puerta que estaba al lado derecho atrás de él, algo en lo que Elsa no había reparado antes. Edward hizo una seña con la mano en alto.
En seguida, dos muchachas vestidas de color negro salieron por la puerta, cargando unos platos relucientes blancos. Fueron pasando por cada lugar a poner los platos encima de la mesa, y poco después de haber hecho esta tarea, volvieron con otros platos, esta vez metálicos y mucho más grandes, llenos de exquisita comida que colocaron en medio de la mesa.
—Sírvase.—le dijo el Rey a Elsa.
En frente de ella se encontraba un banquete estilo bufete. Su mirada fue recorriendo los diversos platillos, había pollo asado con una salsa dulce que Elsa no reconoció. También había carne y pescado, pero en lo que su mirada se centró fue en un plato lleno de ensalada. Tomó la cuchara que estaba a su lado y de manera educada agarró una porción de ella.
Después de que ella terminó de servirse, el rey elevó la voz y dio inicio al banquete. En seguida todas las manos y cucharas comenzaron a causar ruido y agarrar lo que les placía. Varias voces llenaron el ambiente, pero de manera elegante. En tanto, Elsa se mantuvo callada. Cuando terminó de comer, se dedicó a recorrer con la mirada a todos los presentes. Todos tenían un cierto parecido entre ellos.
Y fue en ese momento cuando lo notó. Aquel que había intentado robarle la corona, arrancarle la vida, y poner a Arendelle a sus pies, no estaba en ese cuarto. Elsa frunció el ceño. Le había quedado claro que Hans estaba en la prisión de las Islas del Sur, pero pensaba que a pesar de eso, lo iban a sacar un momento para estar en el banquete. Pero no sucedió.
Elsa se estremeció. Con sólo pensar que su propia familia lo había condenado hace tres años estar atrás de las celdas, la horrorizó. ¿Con qué monstruo estaba comiendo ahora, en aquella mesa tan reluciente y elegante?
—Y bien, ¿le gustó la comida? Es especialidad de la cocina del reino. —le dijo el Rey, sacándola de sus pensamientos.
—Sí. Es... Estuvo deliciosa. Felicite de mi parte a sus cocineras.—contestó Elsa, un poco nerviosa. La realización de Hans la estaba comiendo de pies a cabeza. No por él, no. Elsa no sentía la más mera lástima por alguien que había intentado matarla. Era porque si estaba sentada al lado de alguien que era capaz de matar a su propia familia para arreglar unos asuntos, definitivamente no sería para nada bueno, todo lo contrario.
—¡Qué bien! Me alegro.
Cuando todos hubieron terminado, las muchachas volvieron y limpiaron la mesa. Después de eso, se hizo un silencio aterrador en la estancia.
El semblante del rey que hace unos momentos estaba alegre y riendo con sus hermanos, se había vuelto oscuro, pesado; y sus ojos penetraban a Elsa más que antes, preparado para matar si era necesario.
—Y bien, después de este delicioso banquete podemos hablar. ¿Cómo están las cosas allá en Arendelle?—preguntó el rey.
—Bien.
Al ver la mirada amenazadora del rey, Elsa se corrigió.
—La gente está bien, toda la población está logrando mantener la calma. Sin embargo, se nos están acabando lo necesario. La comida, el agua, la gente tiene que trabajar para conseguirla y dársela al reino para que éste lo reparta entre toda la población. Las personas se matan día a día para conseguir al menos lo básico para sobrevivir. A veces, una que otra persona me ha reclamado, y cuando pasa eso, perdemos a los que nos producen la comida, porque deciden mejor guardársela para ellos y su familia que al reino. No tenemos aliados. —contestó. —¿Cómo están las cosas en las Islas del Sur?—preguntó, sosteniéndole la mirada al rey.
—¿Usted qué cree? Cuando llegó lo vio, ¿no es así? Tenemos toque de queda, la gente no puede quedarse afuera a partir de las siete de la noche, nadie puede salir de sus casas. Es para protegerlos. A usted no la han atacado. A nosotros sí. Las puertas del palacio están abiertas una vez a la semana para que agarren comida y todo lo que necesiten. La población se ha mantenido con calma, y siguen supliendo al reino con alimentos porque ellos saben que nosotros sí se los devolvemos. —contestó.—Debe saber que pronto, se declarará una guerra. Es seguro, por cómo están las cosas. No, más bien, este es sólo el inicio de la guerra. Tarde o temprano, atacaran a Arendelle. —su mirada se volvió aún más oscura, y su tono bajó a un susurro aterrador—¿Usted sabe cuál es la razón porque no han atacado a su reino, y a todos los demás sí?
Elsa se quedó helada al escuchar esa voz tan amenazadora, llena de misterio alrededor, capaz de hacer cualquier cosa.
—¿Lo sabe?—volvió a preguntar el rey.
Elsa negó con la cabeza.
—Por sus poderes. —contestó el rey.—Le tienen miedo a sus poderes. Le tienen miedo a usted.
Elsa abrió sus ojos como platos. Su pupila pronto se hizo pequeña, y el azul cielo ocupó casi todo su iris. Nunca había pensado en ello, en la razón por la que a ella no la habían atacado. Pero el Rey tenía razón, este tan sólo era el inicio, la calma antes de la tormenta
No dijo nada.
—Debe de saber, que lo que usted tiene es un don muy poderoso, puede tanto crear cosas maravillosas para el bien de la humanidad, como también puede destruirla sin dejar siquiera las cenizas.
Elsa frunció el ceño. Ella ya lo sabía, su magia había casi acabado con la vida de su hermana. ¿A qué quería llegar el rey?
—Reina Elsa… ¿Alguna vez se ha preguntado cuántas personas querrían usar su poder? ¿Alguna vez se ha preguntado todo lo que puede llegar a hacer con ellos? —su voz bajó a un susurro—¿Alguna vez ha tenido ese sentimiento de usar sus poderes contra alguien más, así, sin piedad? ¿Hacerlos pagar por lo que le han hecho y por lo que han pensado de usted a causa de sus poderes?
Elsa se quedó muda, y una extraña sensación de vértigo la llenó. Sí. Sí había deseado una vez lastimar a alguien con sus poderes, pero eso había sido porque dejó que sus emociones tomaran lo mejor de ella y porque estaba harta de que la tomaran como a un monstruo. Ese sentimiento de causar daño a otros lo recordaba perfectamente, cuando su castillo de hielo fue invadido por guardias de su propio reino y de otros, en el intento de detenerla.
Pero no lo iba a admitir. Siguió mirando al rey de la misma manera que él lo miraba a ella, con seriedad y desafío en sus ojos.
—Todos hemos tenido ese sentimiento. Todos los humanos alguna vez han deseado lastimar a alguien con todas sus fuerzas. Nadie es inocente en este mundo, todos tienen una oscuridad dentro de ellos, de nosotros, que sólo dejamos ver cuando llega el momento. Todos tenemos un demonio dentro, esperando y luchando por salir de su escondite hacia la superficie y destruir todo a su paso, sin dejar nada atrás. —hizo una pausa, y luego continuó—En el mundo de hoy y en el ahora, el mundo esta tan roto que ya no hay razón para tratar de controlar a ese infierno que guardamos dentro de nosotros.
Las palabras le llegaron a Elsa como espadas al corazón. No supo que contestar. Una vez más, se quedó muda, reflexionando. Y se dio cuenta, que el rey tenía razón.
Se dio cuenta que esa sensación que había sentido antes, no era más que comprensión hacia lo que decía el hombre.
Se dio cuenta que esa sensación que estaba sintiendo ahora, no era más que una conexión con las palabras del rey. Se dio cuenta con esa sensación, que se sentía identificada con lo que el hombre le había dicho.
El rey se le acercó más, y susurró:
—Es hora de dejar que nuestros demonios nos controlen.
