"Todos los monstrous son humanos".
Capítulo IV
El acuerdo
—¿Qué es lo que quiere? —preguntó Elsa, antes de que el rey la siguiera manipulando y metiendo ideas a la cabeza. Antes de que su demonio interior despertara.
—Directo al punto, me gusta- dijo el Rey, con una sonrisa falsa, que segundos después se desvaneció tan rápido como vino. —Fácil, quiero que utilice sus poderes para ayudarnos a ganar la guerra.
Elsa abrió los ojos como platos. Su iris azul cubrió la mayoría de su ojo, y sus huesos comenzaron a temblar. Aquellas palabras, habían sido un golpe duro para ella. No sólo era un golpe duro, era como si le hubieran arrancado la vida de sus manos. Como si de repente ya no pudiera respirar, y todo el oxígeno del mundo se acabara y se reemplazara con nada más y nada menos que agua, un agua densa, peligrosa, que entraba en los pulmones de Elsa y la ahogaba, jalándola hacia las profundidades del océano.
—¿Qué?
—No voy a volver a repetirlo, usted lo escuchó claramente.
Elsa sintió que el corazón se le iba a salir del pecho. Pronto, le costaba trabajo respirar. Luchó por mantener la compostura, pero su vista no hacía más que nublarse y su cuerpo no le respondía.
—Lamento decirle que no puedo acceder a su petición. —dijo Elsa, nerviosa y con la voz temblando, apenas audible.
El rey suspiró, y se encogió de hombros.
—No se le puede obligar a nada. Claro que…— una sonrisa apareció en su cara, y Elsa notó que esta vez no era la angelical que le había mostrado durante el banquete. Esta era una sonrisa verdadera, llena de odio con algo de astucia en ella. —Dejémoslo así, fácil y simple. Si usted no coopera con nosotros, su hermana, ya la puede ir considerando una más caída en la guerra.
Elsa cerró los ojos un momento para concentrarse. Los párpados le pesaban, su cuerpo estaba frágil, hecho de vidrio, y sentía que en cualquier momento se iba a romper. Sus manos no dejaban de temblar. Cerró sus puños. Se sentía como si estuviera al borde de la muerte misma, como si ésta llegara de repente y la agarrara en sus brazos, acurrucándola entre ella mientras le ponía una cuerda alrededor del cuello. Comenzó a sentir un ardor en el pecho. No podía respirar, era como si algo invisible la estuviera apretando con todas sus fuerzas, intentando derrumbarla, sacarle todo lo que tenía dentro de ella.
De repente, unas trenzas naranjas y unos ojos azules pasaron en frente de ella. Escuchó una risa, y su nombre proveniente de los pequeños labios de la muchacha. No paraba de reír, tenía toda la alegría del mundo dentro de su corazón, y cualquiera que la mirara diría que ella era la niña más feliz del mundo. Pronunciaba su nombre, y sus cachetes de algodón lucían tiernos. Corría y corría, su cabello daba la impresión de ser fuego que se mecía gentilmente con el viento, y a cada paso que daba, la llama se encendía más y bailaba alegremente, llena de pasión.
Abrió los ojos. Delante de ella, se encontraba el rey, esperando su respuesta, con una cara de triunfo y a la vez la del demonio mismo.
Suspiró, y levantó la cara hacia él. No le dio miedo mirarle a los ojos con desafío. Apretó sus puños con fuerza, y con voz firme, pero con todo el dolor de su corazón, dijo:
—Asunto cerrado.
El rey esbozó una sonrisa.
—¿Cerrado? No, no. —su semblante se volvió serio —La cosa va a quedar así. Escuche atentamente, porque no lo voy a repetir. La dejaremos ir a Arendelle. Nadie, absolutamente nadie, puede enterarse en dónde estuvo, ni de esta conversación. Nosotros no existimos para usted. Somos solamente un enemigo más. Si no, si escucho el más mínimo rumor de que hay una relación entre Arendelle y las Islas del Sur, ya sabe, puede ir considerando a su hermana muerta. Ahora, ya que esas palabras se le metieron a la cabeza, vamos a lo siguiente. Conforme avance la guerra, le enviaremos cartas confidenciales. Cada una de ellas va a tener la localización y la instrucción para ese lugar. Va a tener tiempos exactos, lugares exactos, sin embargo, para que nadie sospeche, vendrá de igual manera el accidente de forma especificada. Si seguimos esos pasos, no va a quedar más que Arendelle y las Islas del Sur. Diremos que los dos estamos cansados de perder a nuestros soldados, y como héroes que somos, vamos a decidir por el bien de cada uno de nosotros terminar la guerra con un tratado de paz, y así los dos ganaremos. Si sigue las instrucciones paso a paso, nadie tendría por qué sospechar de nuestra alianza, aunque al final ganemos los dos. Somos enemigos de historia, todo el mundo conoce nuestra relación y la razón del odio entre nosotros. ¿Quedó claro?
Elsa lo miró sin el más mínimo de miedo en ella.
—Sí.
—Bien, ahora, podemos dar por cerrado este asunto. Ahora sí: fue un placer hacer negocios con usted, reina Elsa de Arendelle. —le extendió una mano para que ella la tomara, en señal de acuerdo.
Ella la tomó, y ambos cerraron sus dedos.
—Lo mismo digo, rey Edward de las Islas del Sur—Dijo, sin emoción en su voz, más que un odio directo que se denotaba en sus ojos.
El rey sonrió, le soltó la mano y le ordenó a un sirviente que consiguiera un barco para que ella pudiera volver a Arendelle. Ahí fue cuando se dio cuenta que había congelado parte de la mesa y del suelo del pasillo.
El viaje de regreso fue una tormenta para Elsa. Pensar en todo lo que había sucedido, el problema en el que se había metido. Que el rey pudiera ser tan insensible para planear cuándo iba a suceder cada muerte en la guerra… quién era él, ¿quién se creía para andar juzgando entre la vida y la muerte? Él no era más que un humano, sin ningún poder especial sobre el juicio divino. Pero, ¿en serio alguien como él podría ser considerado siquiera humano? Los humanos sentían, pensaban con razón y madurez, sabían exactamente lo que era correcto y lo que no. Los humanos lloraban, sonreían, se enojaban, gritaban, cometían errores, se arrepentían, amaban… Pero tanto como amaban, también odiaban y buscaban venganza, egoístas cuando ellos lo consideraban "necesario". Entonces, ¿qué eran los humanos? Eran capaz de hacer cualquier cosa con tal de lograr lo que querían, sin embargo al mismo tiempo protegían a sus seres queridos y les eran leales, pero volviendo al punto de inicio. La bondad no estaba más que ligada con la maldad, la amabilidad no estaba más que ligada con el odio, el odio no estaba más que ligado con el amor, la felicidad no estaba más que ligada con la tristeza, el enojo no estaba más que ligado con la tranquilidad; todo era un círculo vicioso, lleno de ataduras y uniones entre sí, inseparables, uno no podía existir el uno sin el otro. Sin un blanco no podría haber un negro, sin un rojo no podía haber un azul.
Entonces, ¿cuál era la gran diferencia entre el bien y el mal, si ambos le daban vida el uno al otro?
¿Qué era lo correcto y qué no lo era? ¿Tenían, si acaso, un significado aquellas palabras? ¿Para qué, en primer lugar, habían nacido esas palabras? ¿De qué servían? Ambas definiciones eran una misma, entonces, ¿por qué molestarse en decidir qué estaba bien y qué estaba mal?
—Hemos llegado. —dijo el piloto del barco, sacándola de sus oscuros pensamientos.
Elsa bajó del barco, y esta vez, no sintió ninguna tranquilidad ni felicidad al pisar el suelo de Arendelle. Esta vez, no sintió nada cuando la dulce brisa del muelle acarició su rostro.
Sólo podía pensar en una cosa, y era la enorme tormenta que estaba por venirse, y de la que ella seguramente terminaría como una de las víctimas ahogadas en el huracán.
Su entrada al palacio fue silenciosa. Los guardias habían hecho un buen trabajo, todo estaba en calma dentro del castillo. Eran las altas horas de la madrugada, todo seguía oscuro y todos dormían en sus casas.
Tan pronto Elsa llegó a su habitación, se tiró a la cama, y sus párpados se cerraron.
—¡Confié en ti! ¡Pensaba que después de tanto tiempo, por fin habíamos logrado ser hermanas, y más que eso, amigas!
Lágrimas de un líquido carmesí llenaban los tiernos cachetes llenos de pecas, y recorrían toda su cara sin más no poder. Sus ojos azules ahora tenían un aspecto rojizo, y su mirada estaba llena de odio. Unos hombres la jalaban por atrás, y le habían puesto cuerdas en las manos. La muchacha con cabello rojo como el fuego, hecho en dos trenzas, se esforzaba y pataleaba con todas sus fuerzas, tenía que salir de allí.
Pero nunca, nunca en toda su vida, Elsa la había visto así. Sus ojos llenos de un odio profundo, sin ninguna otra emoción, y la observaban como un león acechando a su presa. Sus ojos y esa mirada tan sádica, sin ninguna intención más que causar daño, la penetraban por completo y le arrancaban el corazón. Aquella mirada, se sentía como navajas en todas las partes del cuerpo, apuñándola sin lástima alguna, al contario, con toda el alma.
Colocaron una cuerda alrededor de la muchacha, y ella no hacía más que dedicarle una mirada asesina, llena de fuego hacia Elsa.
Entonces, escuchó un ruido sordo, como el de un vidrio rompiéndose, como el de una masacre, como alguien que entierra un cuchillo sólo para sacarlo y volverlo a meter varias veces en el corazón y el alma.
Todo se volvió negro, y después de unos segundos, escuchó un grito ensordecedor.
Todo fue muy rápido. La pelirroja apareció, con los ojos inyectados en sangre, y se le abalanzó hacia ella con las manos llenas de un líquido espeso carmesí, al igual que su pecho. Colocó sus manos alrededor de ella, y Elsa sintió un ardor que nunca antes había sentido envolviendo su cuello. Perdió la respiración, y lo último que escuchó fue otra vez un grito que le desgarró el alma por completo. Un dolor más fuerte que lo que había sentido en su vida llenó su pecho, y en menos de un segundo, Elsa no vio más que negro.
Elsa gritó.
—¿Elsa? ¡Elsa!
—¿Qué pasa?
—No abre la puerta. ¡La oí gritar y en seguida vine, pero no responde!
—¿Qué?
La reina abrió los ojos, y se incorporó de un sobresalto.
Miró alrededor de ella, totalmente desubicada, con la vista nublada.
—¿¡Dónde está!? ¿¡Dónde está!? —gritó.
Poco a poco fue recuperando la vista. Ahí estaba, en su cuarto; las mismas cortinas moradas de siempre, la pared blanca con diseños florales de color azul, el suelo pálido… Y todo cubierto de una capa ligera de hielo. Del techo pendían triángulos transparentes, desgarrados por todos lados, como si fueran manchas de sangre. Estalactitas llenaban las esquinas del mismo techo.
Entonces, la pelirroja volvió a aparecer ante ella, manchada de sangre.
Elsa sacudió la cabeza, y se echó a llorar como si su vida dependiera de ello.
Sólo era una pesadilla. Se dijo. Sólo era una pesadilla.
Se tapó los ojos con las manos, incapaz de ubicarse en el ahora, incapaz de calmarse.
Acostúmbrate. A partir de ahora vas a tener más, si piensas cumplir con la alianza de las Islas del Sur.
No podía hacer más que llorar. Gemidos salían de sus labios, y no podía concentrarse. En su cabeza seguía apareciendo la pesadilla que había tenido, y el acuerdo que había hecho la había consumido por completo. ¿Qué clase de monstruo era ella como para acceder a algo tan terrible como eso?
Estaba temblando, sus huesos se estremecían y no podía controlar sus manos. Todo esto que estaba viviendo, no era un sueño. Todo lo que había sucedido durante la noche en el palacio de las Islas del Sur, no había sido otra pesadilla más. Había sido real, y todavía le esperaban cosas mucho peores, como asesinar con su magia, algo que ella había luchado toda su vida para que no sucediera; y ahora estaba ahí, desperdiciando sus esfuerzos y los de sus papás por tratar de controlar sus poderes.
—¡Elsa, Elsa! ¡Abre la puerta!
Golpes desesperados resonaban en la puerta, y su nombre salía de una voz que ella conocía a la perfección. La voz sonaba desgarrada y nerviosa, con un dejo claro de preocupación en ella.
Escuchar la voz de su hermana la tranquilizó. Ahí estaba, viva, sana y salva. Poco a poco se fue calmando, poco a poco sus huesos dejaron de temblar y de sus ojos dejaron de salir lágrimas.
Suspiró, hizo un movimiento lleno de gracia con sus manos frágiles, y todo el hielo de la habitación desapareció.
Una última lágrima lleno su mejilla, ella la limpió. Ya todo estaba bien.
Se levantó y abrió la puerta. Ahí estaba Anna, con su cara llena de preocupación. En cuánto vio salir a Elsa, se abalanzó sobre ella y le dio un fuerte abrazo.
—¡Me espantaste! ¡Gritaste, toqué varias veces y no salías! ¡No vuelvas a hacer eso! —se separó de ella-¿Qué te pasó? ¿Estás bien?
Elsa hizo un esfuerzo por mirarla a sus ojos color agua, y sonreír.
—Sí, sólo fue una pesadilla.
—Una muy fuerte, por lo visto—dijo Anna, y una risa pequeña escapó de sus labios. La volvió a abrazar. —Ya todo está bien, ¿no?
—Sí. —contestó Elsa, sintiendo el cálido abrazo lleno de paz y cariño de Anna. Ella le devolvió el abrazo. Esbozó una sonrisa, y esta vez, no era falsa.
Entonces, cuando Elsa iba a cortar el abrazo, vio a un hombre con el cabello rubio y los ojos cafés, con los músculos bien marcados, que las estaba observando con una cara incómoda. Elsa se separó de Anna, y la miró a los ojos.
—Anna, lo de la boda...
La pelirroja sonrió.
—No te preocupes, entiendo. Estamos en tiempo de guerra, es imposible llevar una boda acabo sin que nos ataquen.
Elsa sonrió.
Anna la miró a los ojos. Un brillo se mostró en ellos, y luego con entusiasmo, dijo:
—Ven, vamos. ¡Es hora de que te relajes!
Anna la tomó de la mano a Elsa, y la apretó con fuerza, pero con cariño al mismo tiempo, y sin esperar su aprobación, salió corriendo por el pasillo.
Elsa sintió la suave mano de Anna sobre la suya, y cuando salió corriendo, Elsa no pudo hacer más que reír. El aire elevó su suave cabello blanco, y ella sentía cómo la trenza de su cabello volaba con el aire, desordenándose.
Anna reía, y su cabello rojo fuego se mecía con el viento, lleno de vida. Sus trenzas se soltaron, y su cabello salió como una llama destruyendo todo a su paso, como un fénix renaciendo de las cenizas.
Cuando llegaron al inicio de las escaleras, la pelirroja no se detuvo, al contrario, se subió al barandal de las escaleras. Elsa no tuvo opción más que hacer lo mismo, y juntas cayeron deslizándose en círculos. Llegaron al final, y Elsa no paraba de reír, igual que Anna. Se vieron a los ojos: los de Anna, llenos de vida y pasión, siempre brillando hasta en los momentos más oscuros, con el corazón de una niña. Los de Elsa, con una frialdad hermosa, llena de gracia, y en ese momento, brillando como pequeños trozos de hielo, que a pesar de su máscara, tenían una chispa de diversión y vida en ellos.
Estar con su hermana ahí, en ese momento, era como estar en el arcoíris en medio de la tormenta. Una felicidad y conformidad llenaron a Elsa, su alma se sintió libre de toda presión, como si un rayo de Sol la iluminara en medio de las nubes, en medio de la lluvia, y una brisa caliente la acogía en sus brazos.
Sí, en ese hermoso instante, supo que nunca había estado sola, que tenía a alguien que en verdad la quería por lo que ella era, y era su luz, su guía en los momentos más difíciles. Supo, sin lugar a dudas, que aquella pelirroja con los ojos azules y pecas en los cachetes, era la parte más importante de su vida, y que haría lo que fuera por tenerla siempre a su lado.
Y ella estaría igual ahí para ella, cuando toda la felicidad se le fuera, Elsa estaría ahí para devolverla, para darle una sonrisa como ella tantas veces se la había dado. Anna era la luz en la vida de Elsa, la única razón por la que ella todavía podía sonreír, y por la cual todavía tenía esperanza, era su hermana.
La protegería. Incluso si eso significaba dar su vida por ella, Elsa estaba segura de que haría todo lo posible por tenerla sana y salva, a su lado, riendo sin parar como en ese instante.
Sí, la protegería, y no dejaría que nadie, absolutamente nadie, se interpusiera en ese camino.
Nadie.
