Hola! Quiero agradecerle a Normaj14, y a todos los que me han escrito una review. Me inspiran a seguir escribiendo, y ya sé que lo he dicho muchas veces, pero es la verdad. También quería avisarles que he hecho un blog del fic en Tumblr donde publicaré adelantos, y algunas ediciones y fotos editadas de los personajes en esta historia, ya que cada vez empiezan a ver más OCs (personajes originales). He aquí el link:

goldenrose – fanfic . tumblr . com

Pueden pasar si quieren, nada más coloquen el link bien sin espacios en la barra de búsqueda. Espero que les guste el capítulo, espero con ansias sus reviews y gracias de antemano por seguir leyendo el Fic.

-Ame

Capítulo V

Invierno

"What if this storm ends?
And leaves us nothing
Except a memory
A distant echo"

-The Lightning Strike, Snow Patrol

[9:00 am]

Elsa abrió los ojos. No recordaba dormir tan bien desde la pesadilla que tuvo de su hermana. Otra vez, al revivir el sueño, la imagen ensangrentada llegó a su cabeza, pero rápidamente se deshizo de ella. Mejor olvidarlo.

Se levantó lentamente.

Un día más para lidiar con los habitantes del reino y con los problemas que la crisis acarreaba. Todavía no habían declarado la guerra, pero Elsa estaba absolutamente segura que no tardarían en hacerlo. No, solamente estaban esperando el momento perfecto en el que todos los reinos estuvieran más que débiles y así iniciar una guerra.

Suspiró.

Se levantó lentamente de la cama, y con un movimiento frágil de su mano logró aparecer el típico vestido azul cielo que siempre usaba y le recordaba al aire invernal que había sentido aquel día en el que por fin había decidido librarse de todo el estrés que sus poderes le habían puesto desde tiempos inmemorables. Todavía sentía ese día tan especial cada vez que se derrumbaba, recordaba la sensación de no tener ningún peso sobre sus hombros y aprovechar sus poderes al máximo. En vez de temerles, acariciarlos y sentirlos en cada rincón de su piel como una brisa que la hacía sentir en casa. Deseó con todas sus fuerzas volver a su hermoso castillo de hielo que parecía cristal y brillaba de una manera bella, hecho de varias gamas de azul que resplandecían como si fueran diamantes.

Ahí todo era frío, pero acogedor y tranquilo; no era un frío que helaba a Elsa y le congelara los pulmones, no: era un frío que la hacía sentir cálida, que la acogía gentilmente entre sus brazos y le daba un sentimiento de que de que toda la crueldad del mundo se desvanecía por completo.

Pero lamentablemente ahora no era así.

Ahora, sus poderes la iban a llevar al fondo de un agujero interminable.

De vuelta a los viejos tiempos.

Un escalofrío recorrió su espalda de tan sólo recordar cómo se quedaba en su cuarto, encerrada sin hacer nada más que sufrir por el control sobre sí misma.

Rápidamente se deshizo de la imagen. No quería volver al pasado, no quería saber nada de él.

Se encaminó hacia la puerta blanca y la abrió.

Afuera, todo estaba tranquilo. No había nadie en el pasillo, y los rayos dorados del Sol penetraban la ventana del castillo, iluminando la estancia y dejando ver los distintos tapices que adornaban las paredes de una manera elegante y medieval, con diseños típicos y las flores tan características de Arendelle plasmados en ellos.

Sonrió, y dio varios pasos a la derecha hasta llegar al borde de las escaleras y bajar por ellas.

Ahí, en el cuarto principal donde de encontraba la inmensa puerta para salir del castillo, había un verdadero desorden al cual Elsa ya estaba habituada. Mujeres con faldas negras y manteles blancos corrían de un lado a otro con varios platos y ropa en sus manos. Se escuchaban murmullos y pláticas por todos lados, además de choque de platos y utensilios en la cocina y los pasos de las sirvientas.

Recorrió su mirada por todo el cuarto, en busca de una cara conocida. Sin embargo, no hubo tanta necesidad. En el otro lado de la estancia, un hombre rubuo le sonreía y caminó hacia ella.

Tenía sus ojos cafés, tez un poco blanca, y su cabello lacio y rubio le llegaba hasta los hombros que a pesar de estar de esa longitud, seguía teniendo una apariencia masculina en su ser. Sus músculos eran bien marcados, y de complexión fuerte. Vestía una camisa azul claro y un chaleco de tela fina negro, con un pantalón del mismo color y el trapo que siempre colgaba de su cintura seguía ahí presente. Su botas eran café oscuro y puntiagudas.

El hombre llegó a ella, y le dedicó una sonrisa.

Elsa se la devolvió.

—Tres años y sigo sin acostumbrarme a la vida en el castillo. —dijo, sin quitar la sonrisa de su rostro.

Elsa soltó una pequeña risa.

—Es decir, ¡mírame! ¿Qué es esta camisa tan formal? A veces pienso seriamente en huir del castillo e irme muy lejos de aquí, y romper todos estos atuendos y ensuciarlos.

Elsa volvió a reir, pero esta vez su risa no fue pequeña. Como era costumbre para ella, colocó su mano cubriendo sus labios cada vez que reía de esa manera.

—Sí, creo que te haría falta. — le contestó.

Kristoff rio.

Elsa sonrió y lo miró a los ojos.

—¿Y Anna? —le preguntó, cambiando de tema.

Un rosa suave recorrió las mejillas acolchonadas de Kristoff, y se pasó una mano por su cabello rubio, desordenándolo. Su sonrisa pasó de ser una real a una mueca rara que Elsa no estuvo segura si era una sonrisa falsa o un semblante de preocupación.

—Este... Todavía no se ha despertado. —dijo, mirando a otro lado. Sus pupilas se movían de un lado a otro como buscando algo, y no paraba de desordenarse el cabello.

Elsa frunció el ceño.

Kristoff, ¿qué sucede?-preguntó en un tono serio.

Kristoff sólo se sonrojó aún más, y con la voz temblorosa contestó:

—No es nada... Es decir, sí, Sven necesita de sus zanahorias y no le he dado de desayunar. G-gracias... Por acordarme.

Y acto seguido, salió a paso rápido. Los guardias abrieron la puerta y pronto, Elsa no pudo ver ni rastro de la melena rubia de Kristoff.

Elsa, aún desconcertada, decidió seguirlo, pero se detuvo cuando escuchó una voz familiar detrás de ella.

—Lo siento. Perdón. ¡Ah!

Un gritó resonó en los oídos de Elsa y se volteó rápidamente a ver lo que estaba sucediendo. Ahí, en el inicio de las escaleras, estaba Anna tirada en el suelo con un vestido verde claro que se esparcía pareciendo una flor. Su cabello hecho en un chongo, ahora estaba desordenado y varios cabellos se le salían de la liga. A su lado, estaba un plato plateado y unos panes esparcidos alrededor. Una mujer con la vestimenta de sirvienta estaba parada al lado de lo ocurrido, vislumbrando a la princesa caída en el suelo.

Elsa caminó rápido hacia la escena.

Anna se incorporó sentándose.

—Lo siento, en verdad lo siento—.no paraba de decir a la sirvienta, quien ahora estaba agachada intentando recoger la comida tirada, pero Anna la detuvo. -No, no. Yo los recojo. Fue mi culpa.

Elsa en seguida se agachó y ayudó a recoger el desorden que había en el suelo. Anna la miró con claro nerviosismo presente en su mirada. Elsa le devolvió la mirada, pero de una manera desafiante.

La sirvienta, avergonzada, observaba la escena, y no paraba de repetir:

—No, princesa. Fue mi culpa. Yo...

Pero Elsa la calló cuando se levantó con el plato como nuevo y su tapa cubriendo la comida que había en el interior.

—No se preocupe. —le dijo.

La sirvienta asintió, con sus mejillas encendidas.

-Gracias, su Majestad. En verdad, lo siento. Los demás reinos no saben lo amable que es usted, deberían de aprender. Gracias. -dijo, evidentemente apenada.

Elsa sonrió.

— Gracias, no se preocupe.

La sirvienta volvió a asentir y se alejó hacia la cocina del castillo. Cuando Elsa se aseguró que ya se había ido, le dijo a Anna con una voz seria.

— Ten más cuidado la próxima vez. ¿Qué te pasa? Kristoff tiene la misma actitud que tú. ¿Se puede saber que sucede?

Anna se sonrojó inmensamente. Soltó una risita nerviosa y se llevó un cabello travieso atrás de la oreja.

—No es nada... Es decir, sí, pero no. Ya sabes, asuntos de las parejas, esas que...-se detuvo un momento y sus mejillas se sonrojaron aún más. Frunció el ceño—.Espera, ¿qué? —comenzó a jugar con sus dedos, y de nuevo se acomodó el cabello. Hizo una sonrisa falsa. Sus ojos denotaban un nerviosismo mezclado con vergüenza. —¡No es nada! ¡No es nada! Tú sólo sigue con tus deberes de reina... Y... Sí -salió corriendo y su vestido verde claro con flores rosas se mecía con el viento. Se abrió la puerta, y salió en la misma dirección que Kristoff.

Elsa no pudo más que fruncir el ceño. Desconcertada vio a la pareja que acababa de salir en la misma dirección. Sin embargo, si lo que Anna dijo era cierto y era un asunto entre ellos dos, ella no iba a intervenir.

Se quedó en la estancia, cuando un hombre con cabello rubio, barba del mismo color y ojos verde claro se le acercó con un pergamino en las manos. Cada vez que veía a ese hombre acercarse, su corazón latía a mil. Era el mensajero real, el que le traía todas las noticias del reino y de lo que sucedía afuera. Aunque ya estaba acostumbrada a que se le acercara, siempre era lo mismo. Siempre se tenía lo peor: que le llegara una declaración de guerra. Siempre era esa razón por la cual la adrenalina le subía y comenzaba a congelar parte del suelo y un miedo la llenaba de pues a cabeza.

El hombre estuvo sólo a dos pasos de ella. Hizo la reverencia habitual, y luego abrió el pergamino para leer las buenas o malas.

Se aclaró la garganta, y habló:

-La alianza de Westergard con Wisseltown se ha roto. Wisseltown sólo tiene un aliado, y Westergard se ha quedado sin ninguno. El reino de Finmark se ha unido a Buskerud, por lo tanto ahora son un enemigo más. Hasta ahora los reinos que participan en esta crisis y carecen de aliados son: Westergard, Vestfold, Oppland, The Southern Isles, Arendelle, y Helsingborg. No ha habido propuesta de un acta de guerra.

Elsa suspiró. Las cosas iban de mal en peor, era imposible no iniciar una guerra.

Asintió, y le agradeció al señor. Él hizo una reverencia y acto seguido se encaminó hacia la puerta del castillo hasta desaparecer.

Cada semana eran las mismas noticias, y sin embargo, aunque Elsa cada día temía que llegara la noticia de una declaración de guerra, cada vez se sentía peor y más ansiosa porque ella sabía perfectamente que no había otra opción más que jugar en el tablero. Deseaba con todas sus fuerzas que el día en el que le avisaran que se había declarado una guerra llegara de una buena vez por todas, y así acabar con este sufrimiento que vivía día a día por el temor de que ésta llegara a sus oídos. Quería que esa tortura terminara y empezara el verdadero juego, no había otra salida, así que ¿por qué se empeñaban en atrasarla más?

O tal vez Elsa no entendía nada de lo que estaba sucediendo.

Sus padres nunca se habían esforzado en enseñarle qué hacer en determinadas situaciones cuando ella fuera reina. Claro, le habían enseñado modales, y cómo se debería de portar una heredera del trono: caminar dócilmente, moverse con gracia, hablar sólo cuando se le era pedido, hacer reverencias, vestir elegantemente… Pero nada de eso le servía ahora. Nada de eso le serviría para ganar una guerra.

Entonces, ¿qué se supone que debería hacer? ¿Declarar la guerra ella misma? ¿Esperar a que alguien más lo hiciera?

No, el solo pensamiento de que ella fuera la que iniciara una destrucción inmensa la hizo estremecerse. Ella no era capaz de cometer algo así. Tenía que haber alguien más que se atreviera a hacer lo que ella no podía.

Y lo recordó.

Las Islas del Sur era la respuesta a todo ello. Ellos serían perfectos para iniciar la guerra. Sólo tenía que escribirles y…

No, no podía hacer aquello. Las Islas del Sur había dejado bien claro que ellos serían los que le escribirían, el rey mismo le había dicho que su alianza era un secreto. Sería demasiado sospechoso que ella le mandara una carta, ya que no había nadie en su reino en el que ella pudiera confiar. Además, las Islas del Sur iniciaba la guerra y luego vencía, el mundo entero se enteraría de que hay algo extraño en esa línea de sucesos.

Lo único que podía hacer Elsa en esos instantes era esperar, como lo había hecho hasta ahora, y proteger a Anna. Su objetivo principal, en lo que se tenía que enfocar, era proteger a su hermana. Si algo le pasaba a ella, no se lo perdonaría a ella misma. No podría vivir con su hermana seis pies debajo de la tierra. Ella era su único soporte, sin ella, Elsa no era nada.

Absolutamente nada.

-¿Mi Reina?

Una voz la sacó de sus pensamientos.

Sólo después de unos segundos, se pudo concentrar en el presente y en quien estaba en frente de ella. Sus pensamientos le habían nublado la vista y sacado completamente de lo que era el hoy.

Un hombre de cabello castaño y ojos almendra la observaba de manera extraña, con el ceño fruncido, como si estuviera viendo por primera vez un espécimen raro en un hábitat que no era el suyo.

Elsa notó que traía puesto el uniforme de un guardia del castillo.

-¿Perdone?- preguntó Elsa como si acabara de despertar de varias horas se sueño.

El guardia dio un paso hacia ella.

-¿Se encuentra bien?- preguntó el hombre, su mirada delatando toda la preocupación y sospecha dentro de él.

Elsa asintió.

-Sí, todo bien-contestó ella.

El hombre la miró, pero esta vez su semblante cambió a uno claramente lleno de lástima. Terminó cediendo, no sin antes avisarle a Elsa que el desayuno estaba listo.

Elsa suspiró, y se dirigió al gran comedor del palacio real.

[2:00 pm]

El cielo estaba gris, gris como una piedra. El cielo inspiraba una tristeza inmensa, así como amenazaba con explotar y destruir todo a su paso sin siquiera dejar las cenizas. Las nubes, casi negras, tenían un aire misterioso, en sus profundidades de vez en cuando se observaba un tinte blanco que las cubría durante un segundo para luego desaparecer por completo, seguido de un estruendo como el de una bomba.

Los ojos azules del castaño reflejaron otro rayo caer encima del agua.

El mar estaba tranquilo, las olas se mecían suavemente con el viento y en conjunto parecían ignorar los ruidos provenientes del cielo. El océano estaba en un mundo de ensueño, completamente ajenas y desapercibidas por lo que sucedía alrededor de ellas, metros más arriba.

La tormenta que se avecinaba no parecía ser una simple lluvia.

Simon desvió los ojos hacia lo que estaba sucediendo encima de la suave capa de agua. Varios barcos de madera salían de la orilla, y otros llegaban apenas y se anclaban en el muelle empedrado de Arendelle.

Una parvada de gaviotas voló encima de los barcos, moviendo sus alas rápidamente y con violencia, haciendo unos ruidos desesperados que parecían gritos.

Presas huyendo de su cazador.

-¡Eh, Strand! ¿Qué eres el nuevo soldado del ejército de Arendelle? Me gustaría creerlo, viejo.

Simon volteó a ver de dónde provenía la voz ronca y alegre que había escuchado. Sonrió al ver de quién se trataba.

Un hombre de unos cincuenta años bajaba de las escaleras de madera de un barco ubicado a unos veinte metros a su izquierda. Tenía ya la barba oscura, de un tono grisáceo, y el poco cabello que tenía estaba desordenado y con unas cuantas canas sobresaliendo de el color castaño de su pelo. Su piel, estaba un poco roída y arrugada por la edad. Parecía más viejo de lo que en realidad era, y a Simon le sorprendió verlo de esa manera, con sus harapos rotos y su cabello sucio, con la piel e higiene descuidada. La última imagen que tenía de él era cuando su barba todavía era de un café avellana y su cabello, siempre echado hacia atrás, estaba bien arreglado. Nunca se imaginó que algún día él iba a llegar poniéndole el buen ejemplo de estar presentable y bien vestido para la ocasión.

-Lo que la edad y el trabajo sucio hacen, ¿verdad?-dijo el hombre, notando la ligera sorpresa de Simon reflejada en su rostro, apenas leíble.

Simon solamente asintió con la cabeza.

-Veo que tú no has cambiado nada, Strand. Siempre el callado de la fiesta, que no se toma ni una pizca de alcohol. –el hombre sonrió, mostrando sus dientes sucios y amarillos.

Simon esbozó una media sonrisa, llena de sarcasmo en ella.

-Y veo que tú sigues igual después de tantos años.- le dijo, pasando sus ojos desde la cabeza del señor hasta sus pies en un gesto notorio.

El hombre le devolvió la misma sonrisa, y le pasó un brazo por el hombro.

-Ven, vamos. Es hora de que cuentes tu travesía y tu decisión de llegar a convertirte en un soldado. –le dijo, esta vez en un tono suave. Simon sonrió, y juntos se dirigieron a una pequeña cabaña de madera lejos de la costa.

Simon abrió la puerta de madera. Adentro, no había más que una mesa del mismo material del que estaba hecho la casa, con solamente dos sillas al lado de ésta. En el pequeño cuarto, atrás del comedor, había una pequeña barra café y unas cajas apiladas encima de ella. Al lado de ese rincón, había otra puerta rectangular. Las paredes de la estancia estaban completamente cerradas, ni una pizca de aire podía entrar a la casa. No había ventanas, ni hoyos. Adentro, todo era oscuridad. A duras penas se podía ver todo lo que era el hogar de la familia Strand.

O más bien, el hogar de Simon, si es que a esa pocilga se le podía llamar hogar. Era más bien una construcción en donde refugiarse cuando hacía frío. Sí, no era más que eso: un refugio con una mesa y una cama toda vieja y rota, con unos cuantos suplementos necesarios para vivir. Cualquier persona que pasara por ahí podría deducir que aquella no era más que una construcción antigua hace tiempo pérdida, de las primeras que existieron en la humanidad para que los hombres tuvieran un techo donde dormir, y sólo eso. Sin embargo, para Simon, era mucho más que eso. Mucho más que un edificio viejo y sucio. Mucho más que una simple casa de madera.

-Siéntate- dijo el castaño a su acompañante.

El viejo tomó una silla e hizo caso a lo que el joven le había dicho.

Simon se sentó en frente.

-Bien, bien. Directo al punto.-su semblante adoptó un tono serio y completamente distinto al que se había presentado hace unos minutos, y su mirada se ensombreció por completo.

Un escalofrío recorrió la espalda de Simon, pero su expresión se mantuvo neutral. Sabía exactamente lo que estaba a punto de decirle. Sabía perfectamente que el tono suave y alegre que había ocupado cuando lo vio llegar, no era más que una farsa, o un esfuerzo por calmar lo que se le vendría encima.

-¿Por qué… demonios tomaste la decisión de ser la parte del ejército?- le preguntó con una ira claramente contenida.

-Trevor…-comenzó Simon, en un tono suave.

-Ni que Trevor ni que nada. ¿Sabes en el inmenso problema en el que te has metido? ¿Sabes lo que hará el Rey Edward hará si se entera de esto?

Simon tragó saliva.

-Entregué la carta.- contestó.

-¡Eso no tiene nada que ver!- soltó Trevor, esta vez sin el más mínimo esfuerzo de contenerse, y soltando un golpe a puño cerrado en la mesa.

Simon se sobresaltó, pero mantuvo la calma.

Trevor suspiró, y cerró los ojos en un intento por calmarse.

Entrelazó los dedos de sus manos, y las apoyó sobre la mesa.

-Escucha. ¿Sabes lo que significa que te hayas unido al ejército? Debes saber que el deseo de tu madre…

-El deseo de mi madre era éste. Me he convertido no sólo en lo que ella quería, yo…

-Eso es lo que todos dicen.-le dijo Trevor con la mirada oscurecida, sus ojos avellana fijos en él como dos navajas.- Cuando estés ahí, muerto en el campo de batalla, no digas que no te lo advertí. Es ahí cuando todos se dan cuenta de que en realidad no querían morir sirviendo a su país.

Simon le lanzó una mirada asesina. Una rabia lo comenzaba a llenar de pies a cabeza. Se había esforzado por mantener la calma, pero mencionar algo como la muerte de una manera tan… grosera, le había hecho perder la paciencia por completo.

-Yo quiero morir defendiendo a mi país. Te aseguro que cuando esté caído, no me arrepentiré ni un segundo, y estaré orgulloso de mi mismo. La cobardía no va conmigo.

Trevor se levantó de su asiento en un movimiento lento y amenazador.

-Una cosa es la valentía y otra la estupidez.

Antes de que Simon pudiera hacer otra cosa más que sentir un odio y desesperación llenándolo por completo, la puerta de madera atrás de él rugió.

Se escuchó el ruido de la puerta abriéndose violentamente y un hombre entró por ella.

Acto seguido Simon se levantó, y observó a su compañero de guerra con un semblante de evidente preocupación reflejado en él. Sus ojos verdes estaban dilatados, y una gota de sudor recorría su clara piel.

Simon se mantuvo indiferente.

Hasta que las palabras salieron de los labios del soldado.

-Creo que deberías de ver esto.

Simon sin pensarlo dos veces salió por la puerta seguido de Trevor. Allá afuera, el cielo estaba completamente negro, y rayos habían empezado a caer por doquier.

El soldado le señaló a Simon un barco que se avisaba entre las grandes cimas que rodeaban a Arendelle, no muy lejos de la costa. En el mástil de madera, había una bandera ondeándose con el terrible viento. Simon la reconoció al instante, y con tan sólo verla se lanzó corriendo hacia el castillo de la reina.

Estaban a punto de atacar el reino.

-Mañana se abrirán las puertas una vez más. Asegúrense de tener todo listo. Comida, agua, todo lo que tengan es hora de repartirlo entre la población.- dijo Elsa, hablando con una sirvienta en la cocina real.

-¡Dejénme pasar, es urgente! ¡Tengo que ver a la reina!-gritó Simon a los guardias en frente de la puerta, pero ellos seguían sin moverse de su lugar.

-Tenemos órdenes estrictas de que nadie puede pasar al castillo sin el consentimiento de la reina.-dijeron los guardias, bloqueando el paso con sus armas.

Elsa suspiró, y se dirigió a los guardias dentro del castillo que estaban vigilando quien salía y recibían órdenes del otro lado.

-No quiero que dejen salir a la princesa Anna, ¿entendido? –les dijo Elsa- Sea cual sea la situación, las puertas permanecerán cerradas para ella.

Los guardias asintieron.

-Por cierto, ¿ya volvió? Salió en la…

Unos gritos sonaron a través de la puerta.

Elsa frunció el ceño.

-¿Qué es eso?-preguntó.

Los guardias se vieron el uno al otro, mientras negaban con la cabeza.

-Abran las puertas-ordenó Elsa con autoridad.

Y así lo hicieron.

Acto seguido, apenas se abrió un poco la puerta, Elsa vio entrar a un hombre con el cabello negro y empapado de la tormenta que se estaba dando afuera de las paredes del castillo. Era un soldado.

Y cuando él clavó sus ojos del color del más profundo de los océanos, Elsa no tuvo duda de quién era.

-¿Simon? –preguntó. -¿Qué haces…

Pero no tuvo que terminar la pregunta. Las palabras que salieron de los labios del muchacho la destruyeron por completo, dos navajas que la penetraron en lo más profundo de su corazón, y no dejaban de atacarla con el único propósito de que ella muriera desangrada sin el más mínimo detalle de piedad.

-Están a punto de atacar el reino.