"¿Hombre o demonio? ¿Sádico o pacifista? Son dos caras de la misma moneda y dos tonos del mismo mar."
Capítulo VI
El cazador
Las campanas resonaron fuertemente en los oídos de las familias en el reino. Mujeres, hombres y niños salían corriendo como presas huyendo de sus cazadores y varios gritos desgarradores se escuchaban por doquier. Los bebés en los brazos de sus madres llorando como si fuera el fin del mundo, no paraban de patalear y lanzar gemidos agudos. Todo era un estruendo y todos los habitantes del pueblo corrían por sus vidas.
Sabían perfectamente lo que el sonido metálico de las campanas chocando entre sí significaba.
Muerte.
Nada más y nada menos.
Si alguien quería salvarse de ella, tenía que ser astuto o morir en el intento.
—¡Mamá! ¡Papá!
Y ahí estaba Elsa, escuchando todos los gritos provenientes de su pueblo. Su propio reino.
—Los soldados, los quiero a todos y cada uno de ellos defendiendo el castillo.-ordenó a los guardias cuando escuchó las palabras de los labios de Simon. —Y vayan a buscar a Anna y a Kristoff. Los quiero dentro del castillo ahora. Toquen las campanas, abran las puertas y lleven a las personas a los sótanos dentro del castillo lo más rápido posible. Nadie sale de este castillo.
Los soldados yacían en frente de la puerta defensiva de Arendelle. Los truenos caían y las gotas de agua estaban más densas que nunca.
Elsa miró hacia arriba.
Un rayo blanco iluminó la oscuridad con la que se movían las nubes.
El agua recorría cada parte de su piel.
—Todo está listo. —dijo una voz masculina detrás de ella.
—¿La población ya se encuentra dentro del castillo?
—Sí, Su Majestad.
Volteó a ver al hombre, quien se encontraba a su derecha.
—¿Y Anna y Kristoff?
—Estamos trabajando en eso. Los soldados los fueron a buscar a las Montañas del Norte. No ha habido noticias de ellos.
Elsa sintió que una fuerte presión crecía en su pecho. Miró hacia abajo: el suelo de mármol crema estaba cubierto por una ligera capa de agua que ella no tardó en convertir en hielo.
Debía pensar, no podía dejar que sus emociones la controlaran. Anna y Kristoff salieron en la mañana, y no han vuelto.
No han vuelto.
Sus manos comenzaron a temblar y a dar pequeñas sacudidas. Un escalofrío recorrió su espalda, y en su cabeza comenzaron a resonar pequeñas punzadas como si le metieran una jeringa con veneno dentro.
Tenían que encontrar a Anna… y ella tendría que confiar en Kristoff. Era fuerte, podía proteger a Anna si se daba el caso. Por lo mientras, ella tenía que mantenerse firme y concentrarse en el ataque. Proteger al reino, ese era su deber, era ese el mandato que ella había aceptado en el momento en el que le colocaron la corona en su suave cabello. Desde que nació, se le había adjudicado ese deber. Desde pequeña, sabía que aquél era su destino, queriéndolo ella o no. Ahora, tenía que cumplirlo. No iba a defraudar su reino.
No iba a defraudar a su padre.
Levantó la cabeza. Ahí, desde el balcón de mármol que resplandecía, se podía observar cada rincón del hermoso paisaje de Arendelle, y que ahora no era más que unas cuantas calles adoquinadas vacías, sin la más mínima alma presente excepto los soldados. Ahí estaban ellos, en frente de la gran puerta de Arendelle, firmes y derechos, con el mentón en alto y el perfil tan decidido y valiente proveniente de la verdadera lealtad de los defensores del reino.
Y allá a lo lejos el mar que rodeaba a Arendelle parecía seguirle la corriente a la tormenta que se desataba arriba de la capa de agua.
Y fue entonces cuando lo vio.
El barco de madera, fuerte y ancho, con la bandera que cualquiera que viviera por esas tierras sabía lo que significaba. Era aquél símbolo rojizo el que hacía temblar hasta la misma tierra. Eran aquellas cruces negras en la bandera blanca lo que muchos llamaban un augurio; los restos de toda persona inocente que se haya cruzado en el camino de aquellos navegantes, la sangre derramada de cuántos osaron quedar en pie con una mirada amenazadora frente a frente y que cayeron con el mismo semblante de valentía…
Era aquél una navaja en los ojos de la misma muerte.
…
El agua cada vez era más azotada con violencia, y las olas habían dejado el ballet hacia momentos atrás. Ahora se movían como si fuera una danza llena de emoción perturbadora y cierto cinismo reflejado en los movimientos de la bailarina.
Otro rayo cayó más en el agua, y Simon estuvo casi seguro de ver una calavera negra iluminada por el estruendo.
Una oleada de viento le desordenó el cabello y le metió cierta brisa a los ojos. Una lágrima salió como defensa, y Simon se talló los ojos. Sus manos estaban frías, el contacto le causó un estremecimiento y tembló.
Se esforzó por levantar el mentón y abrir nuevamente los ojos.
El barco de madera yacía apenas unos metros enfrente de ellos.
Volteó a ver a sus compañeros. Estaban firmes y atentos, no parpadeaban ni dejaban de ver atentamente el horizonte de dónde provenía el peligro. Todos permanecían indiferentes, sin embargo Simon sabía perfectamente que cada uno de ellos no estaba más que activando la fortaleza interior, que no era más que una máscara contra el miedo que sentían.
¿Y cómo no iban a tener miedo, cuando hace siglos que no peleaban en combate y ahora, sin haber dado previo aviso, el ejército más temido de las Tierras del Norte llegaba en un barco a destruir todo lo que quedaba de Arendelle?
Respiró, y sintió como el aire helado entraba en sus pulmones y los perforaba.
Sí, él también estaba nervioso. Su primer año en ser parte del ejército, su primer turno defendiendo al reino. No iba a salir huyendo, no. Eso lo tenía bien claro desde pequeño: nació en la tierra del hielo y moriría en la tierra del hielo, defendiéndola con cada pedazo de su ser. Sí, él había decidido morir en combate, protegiendo con alma y cuerpo a su hogar. ¿Cómo no lo iba a hacer cuándo había pasado toda su infancia ahí, y Arendelle había sido un refugio que no era su hogar, pero era mejor de lo que pudiera desear? Le tenía una inmensa gratitud al rey de Arendelle, y se la iba a pagar. Ese era su deber. No iba a retroceder. Si iba a morir, que fuera defendiendo a su tierra.
Otro rayo lleno de enojo y destrucción iluminó el paisaje, esta vez permitiendo ver a Simon la oscura sombra que sobresalía del barco bajando las escaleras. No pudo identificar de quién se trataba: no era más que una silueta negra ante sus ojos. Sin embargo, algo que sí pudo notar era que la sombra se movía con agilidad y astucia, con movimientos lentos y amenazadores, llenos de sadismo. El rayo dejó de iluminar, y la sombra que había visto hace unos segundos ahora estaba delante de él y reflejaba su verdadera naturaleza.
Un hombre roído, de edad media, estaba en frente de los soldados. Su semblante demostraba una seguridad inmensa, y sus ojos eran cuchillos que perforaban a cualquiera que lo viera, esos oscuros ojos en los cuales todo el mundo sabía que no reflejaban más que cada una de las víctimas que él había vencido.
Su cabello era negro, y contrastaba con sus ojos. Su piel era color avellana, y sus músculos estaban bien marcados.
Vestía un uniforme grueso completamente blanco que destacaba su complexión.
Miró a cada uno se los soldados en un gesto notorio, examinándolos de pies a cabeza.
—Veo que la elección de la Reina es muy… peculiar —dijo con una voz a la que le sobraba la indiferencia.
Simon se mantuvo quieto y en silencio. Nadie de sus compañeros parecía querer tomar la palabra.
—Bien, bien… — el hombre colocó ambas manos detrás de su espalda —Quisiera hablar con la Reina Elsa.
Nadie se movió de su lugar.
—¿No van a dejarme pasar? Bien, entonces tráiganla.
Al ver que sus compañeros se mantenían firmes y hacían el menor caso a las órdenes del hombre, Simon dio un paso adelante, y otro más.
Colocó su mano en el mango de su espada guardada en su uniforme.
—Antes muerto. Si quiere llegar a la Reina, tendrá que pasar por nosotros. —dijo, y él mismo se sorprendió de la seguridad que salió de sus labios y que estaba sintiendo en ese mismo instante.
El hombre levantó las cejas, y sus ojos se dirigieron a donde Simon estaba a punto de empuñar la espada.
—¡Oh, no! — exclamó el enemigo. —¡No, no!
Dio dos pasos hacia delante, que fue más que suficiente para que Simon pudiera escuchar la respiración pesada del hombre, quien le susurró al oído:
-Solamente quiero intercambiar unas cuantas palabras con la Reina. ¿O es que olvidas que estamos en guerra? No hay daño alguno si platico con ella, ¿no? ¿O me equivoco?
El tono que usó el hombre le dejó bien claro a Simon que iba a cruzar y hablar con la Reina a todo costo, y lo que menos necesitaba la población ahora era iniciar un combate.
Cerró los ojos un momento, y después de unos segundos, los abrió.
Estaba a punto de tomar la palabra cuando otra voz se lo impidió.
—Si desea hablar con la Reina, ¿por qué no viene y se lo gana?
Aquél comentario fue la gota que derramó el vaso. Todos los soldados empuñaron sus espadas, y el sonido que recurrió en el aire al momento de hacerlo fue una señal de que estaban más que dispuestos a pelear.
Los ojos de Simon se abrieron como platos, y siento su corazón saliéndole del pecho. A duras penas logró concentrarse para que las palabras que tenía que decir salieran de sus labios.
—¡Lo llevaremos con la Reina! —dijo en un tono suficientemente alto para que todos los soldados lo escucharan.
El filo de metal de cada una de las espadas se paralizó, y el tiempo se detuvo por un momento.
Las caras de sus compañeros lo miraban expectante, y al mismo tiempo, había un dejo de confusión en sus rostros.
—¿Qué? — preguntó uno de ellos. —¿Qué acabas de decir, Strand?
Simon respiró hondo. Sabía que entre sus compañeros, ni un sólo alma se lo iba a tomar a bien, pero tenía que hacerlos reaccionar. Dio un paso al frente, y seguro de sí mismo, habló.
—La Reina, la traeremos hasta aquí. La traeremos con él.
Un silencio denso inundó el ambiente.
—Creo que no sabes cómo es que funcionan las cosas aquí, Strand. Eres nuevo, y ya te crees el líder. Déjame decirte que el jefe de aquí soy yo, y sólo yo tomo las decisiones. -una voz amenazante se asomó entre los soldados, y un hombre fornido apareció en la escena. Tenía una barba café bien peinada, y su cabello echado hacia atrás ahora estaba desordenado ty empapado por la lluvia que se estaba dando en esos instantes.
Simon no retrocedió ni se sintió amenazado ni en un solo segundo.
Miró a los ojos al jefe.
—Si es el jefe, debería de tomar la mejor decisión, no sólo elegir entre dos opciones. Arendelle está viviendo una crisis, lo que menos falta ahora es un enfrentamiento que acabe con los últimos recursos que quedan y media población.
El líder del clan miró a Simon con una mirada llena de fuego que lo penetró por completo. Su mirada ardía, era una bomba a punto de estallar.
—¡Basta! ¡Basta, basta, basta! — exclamó el hombre que ansiaba una respuesta y que hace minutos estaba en frente, contemplando la escena, esperando a ver cuándo acababan su show de una vez por todas. Levantó sus manos en el aire para que los contrincantes le pusieran atención. -¿Por qué no decidimos mejor esto con la Reina?
Una sonrisa macabra recorrió el rostro del hombre, y Simon pudo ver a través de ella sus claras intenciones.
—La traeremos. —aseguró Simon. —Pero…
—Pero si le hace algún daño, nosotros estamos aquí, y no volverá a ver a sus hombres hasta el infierno.- completó el soldado más importante del ejército de Arendelle, con un aura del mismo demonio rodeándolo por completo.
Simon lo miró perplejo; pero no hizo más que asentir. Su deber no sólo era proteger al pueblo, sino también a quién hacía todo por él: la reina.
La sonrisa volvió a los labios del señor, enseñando sus dientes duros y blancos.
—Que así sea.- dijo.
…
—¡Vámonos! ¡No podemos seguir aquí! —dijo una voz fácilmente reconocible para él. ¿Cómo olvidar la voz que no paraba de aparecer en sus sueños diciendo su nombre en un susurro? ¿Cómo olvidar la hermosa y angelical voz que lo hacía llegar hasta las nubes y sentirse en el paraíso?
—La tormenta cada vez está más cerca… No… Podemos… ¡Ah!—un ruido como el de la madera quebrándose llegó a sus oídos, y automáticamente volteó a ver hacia atrás. Ahí, entre las ramas de un árbol caído, se encontraba el cabello rojo fuego esparcido por todas partes, y una falda azul agua se mezclaba entre la oscuridad de la noche y las hojas arbóreas del suelo con el musgo que sobresalía en el mismo lugar.
Kristoff salió disparado hacia dónde la pelirroja yacía caída. Un tronco de un árbol había caído justo al lado de ella, la madera oscura del roble la había rozado y sólo se encontraba a un centímetro al lado de su pierna. Sintió cómo el aire guardado por varios segundos y la presión que sintió en su pecho al oír el estruendo se desvanecían poco a poco como el agua vaciando el vaso.
Se tiró al suelo y apoyó un brazo alrededor de la espalda de Anna para ayudarla a pararse, y con la otra sostenía su delicada mano sobre la de él. Si es que claro, a eso se le podía llamar delicada. Anna le apretaba la mano con tanta fuerza que sintió como si se la estuviera rompiendo, pero no era sorpresa para él. Sabía que Anna podía definirse en millones de palabras, pero "gracia" y "delicadeza" o "sofisticada" no estaban en esa lista.
Anna se incorporó, y después soltó a Kristoff par sacudirse la suciedad que había manchado su vestido. Kristoff soltó una pequeña risa al ver a Anna quejándose por las pequeñas manchas que habían en su vestido, y tratando de limpiarlas con toda su fuerza.
—Está bien, vámonos. —le dijo Kristoff para tratar de calmarla.
—¡Al fin! ¡Pensé que nunca dirías esas palabras! —soltó Anna. Kristoff sólo sonrió. Siempre que ella trataba de hablar enojada, parecía una niña pequeña pidiendo por un dulce, y sus cachetes sonrojados se acolchonaban haciéndola parecer una niña indefensa —¡Urgh, no sop…
Kristoff la calló con un suave y cálido beso en los labios. Anna sintió la ternura y los labios cálidos de Kristoff sobre los de ella, y sintió como un estremecimiento eléctrico la llenaba de pies a cabeza. Sintió cómo el peso en sus brazos desaparecía, y una ligereza y conformidad se posaba sobre ellos.
Relajó sus músculos. Kristoff la tomó por la cintura y separó lentamente sus labios de los de ella para tomar aire. Una calidez y tranquilidad lo inundó al ver a Anna sonrojada y con los ojos cerrados. Le encantaba verla así cuando él la besaba, ver cómo sonreía a sus encantos, ver cómo ella se tranquilizaba cuando sus pieles se rozaban. Para él, verla así era cómo ver un arcoíris después de la tormenta.
—Ven, vamos. Tenemos que regresar. —dijo. Anna abrió sus ojos azules como si estuviera despertando de un largo sueño.
—¡Oh, sí… C-claro…! — contestó, echándose un pelo rojo fuego hacia atrás de su oreja, y sonriendo nerviosamente.
Kristoff le hizo una seña a Sven para que los llevara de vuelta. El reno se paró de dónde habia estado sentado varios minutos por órdenes de Kristoff. Inmediatamente se colocó al lado de dónde estaban ellos dos, con el pequeño carro de madera atrás de él. Mas que un carro, parecía una caja de madera con ruedas. Kristoff ayudó a Anna a subir, y después él la siguió. Tomó la cuerda que los unía a él y a Sven, y la aló al tiempo que decía:
—¡Vamos Sven!
—Ok, pero, ¿qué hay del regalo? —preguntó Anna al momento que arrancaban entre la tierra y piedra de la montaña.
—No te preocupes, lo conseguiremos. Volveremos otro día, tu tranquila. —contestó Kristoff.
Anna asintió.
Juntos pasaron por encima de las pequeñas montañas e inmensos árboles que poblaban la colina cuando no hacía frío, cuando el Sol apuntaba con toda su fuerza al reino y la nieve desaparecía.
Anna sentía cómo su cabello volaba arras del viento, y sus trenzas se despeinaban y chocaban con las ramas que los rodeaban. Más allá, podía divisar el terreno sobre el que estaba posado el castillo de Arendelle, su hogar. Los techos azulados se alzaban en lo alto, y después se perdían en una nube negra que cubría toda belleza que el cielo había tenido esta mañana.
—Uf, parece que Elsa no está teniendo mucha suerte allá. —comentó Anna al ver la tormenta encima del reino.
—Sí… —contestó Kristoff, con sus ojos fijos en un lugar más allá. Entrecerraba los ojos, y Anna desde su lugar no podía ver que trataba de observar Kristoff.
—¡Hey! ¿Me estás…?
Pero no pudo terminar la oración.
Kristoff detuvo rápidamente el carruaje, haciéndolo involuntariamente chocar contra varios troncos de los árboles alrededor de ellos.
El carro se balanceó de un lado a otro. La madera crujió debajo y a los lados de la pelirroja, y ella misma perdió el equilibrio. Trató de sostenerse de la parte de atrás del carrito con una mano posada sobre la madera y con otra en el lado derecho. Solamente se preocupaba por recuperar el balance, y escuchaba como Kristoff gritaba a Sven que parara. Harta de la incapacidad del rubio para manejar la situación, soltó un grito exasperado al tiempo que tomaba las riendas de la situación. Le arrancó las cuerdas de la mano a Kristoff. No fue tan fácil cómo ella lo había previsto. Sintió como las cuerdas se le resbalaban poco a poco de las manos.
—¡Sven, para! —gritó al reno que conducía su carruaje. Aló con fuerza y dio sacudidas lo más fuerte que pudo para lograr que el reno se detuviera de una vez por todas. —¡Sven, ya basta! —gritó.
Por fin, después de lo que a Anna le parecieron horas, el animal se detuvo.
Un silencio denso llenó el ambiente.
Un crujido de una rama rompiéndose en dos resonó en los oídos de la pelirroja y su acompañante.
Kristoff recorrió su vista por cada uno de los árboles que lo rodeaban, cauteloso, observando y buscando cualquier señal que dijera que no estaban solos, pero fue en vano.
En menos de un segundo un guardia apareció atrás de un árbol, seguidos de otras dos personas y del otro lado, también salieron dos guardias de la oscuridad.
—¡Alto! —exclamó uno de ellos, colocando una mano abierta en el aire. Traía un bigote color negro y parecía encabezar a todo el clan que había salido de su escondite.
Anna los observó a cada uno de ellos. Por un momento, hace unos segundos abría jurado que eran soldados del reino de Arendelle, pero después sus ojos azules se dirigieron a los uniformes y tipos de armas que traían.
Definitivamente no eran guardias de su pueblo.
—Alto —volvió a decir el mismo soldado. Anna pensó que les decía a ellos, pero las siguientes palabras la desmintieron. —Bajen sus armas.
Los soldados fruncieron el ceño, pero acataron la orden colocando sus armas en el cinturón de su uniforme gris.
El líder volteó a ver a Anna y Kristoff, y se acercó apenas un paso.
—Creo que los encontramos. —le susurró a uno de los suyos.
Kristoff, harto del suspenso y la tensión que se estaba dando en el ambiente, exclamó:
—¡Háganse a un lado, tenemos cosas que hacer! Llevamos ya horas afuera. No voy a discutir, salgan de nuestro camino.
Los soldados se miraron entre sí.
—No. —contestó el líder.
Anna, desesperada, dijo:
—Miren, no quiero pelear —sacudió sus manos en el aire, descartando la idea —Perdonen a mi dulce compañero Kristoff por sus palabras, pero, tiene razón. Si no llegamos, Elsa nos va a matar, y no queremos eso. Ahora, si podrían moverse un poquito… — movió sus dedos simulando que los soldados se separaban y se iban por dónde habían llegado. —Se los agradecería muchísimo.
Un rayo blanco iluminó el bosque, seguido de un estruendo y un pequeño temblor en la tierra.
—¿La reina Elsa? —preguntó un soldado completamente aparte del líder. Éste lo volteó a ver, y ambos asintieron.
—Sería un honor guiarlos por el camino y escoltarlos al castillo. —dijo el comandante.
Kristoff negó inmediatamente con la cabeza.
—¡No, gracias! ¡Vamos a llegar al castillo con Sven! —exclamó. —No necesitamos a…
—Están perdidos, y el carruaje no está en muy buenas condiciones que digamos —dijo el general con evidente seguridad reflejada en sus ojos y señalando a la parte baja del carro. Anna siguió la mirada del general, y vio cómo una llanta de madera del carro se había partido parcialmente y un lado del carruaje se había atorado en la tierra de la montaña.
Kristoff se quedó con media palabra a salir de sus labios.
Esta vez Anna tomó la palabra.
—Está bien. —les dijo y luego se dirigió a Kristoff. — Necesitamos a alguien que nos lleve al castillo.
Kristoff derrotado, asintió. Luego dijo:
—Está bien. Pero si intentan hacer algo, se pueden ir imaginando cómo les va a ir.
Los guardias asintieron, y acto seguido se encaminaron a la carreta. Ofrecieron a Anna acomodarse en otra carreta más cómoda y avanzada que ellos traían. Kristoff iría detrás de ellos.
Y juntos se encaminaron hacia la tormenta que se alzaba en el horizonte.
…
Simon se hacía camino por entre las rocas que sobresalían en la calle empedrada. El agua rozaba cada centímetro de su piel: helada y suave a la vez. El cielo seguía nublado, el gris cubría cada color azul que se asomara y no dejaba rastro alguno de felicidad.
El hombre que había llegado en el barco con su tripulación caminaba al lado de él junto con otros seis guardias de Arendelle. El inmenso castillo se alzaba con cada paso que daba, sus puertas blancas con flores de la creación y asentamiento del reino se abrían de par en par para dejar pasar a los soldados lentamente.
Ya habían llegado.
