"El ajedrez es una guerra sobre un tablero. El objetivo es aplastar la mente del adversario"

-Bobby Fischer

Capítulo VII

El primer juego

La puerta delante de ellos se abrió lentamente, dejando salir un chirrido. Dentro de la estancia solamente se observaba un pasillo con tapices carmesí, decorados con adornos florales representativos de la creación de Arendelle. Unas cuantas luces alumbraban la oscura estancia y la hacían más viva y llena de felicidad. No era la primera vez en la que Simon ponía pies en el suelo resplandeciente del maravilloso castillo, ya había entrado antes y se había encantado con todos los lujos que yacían dentro de él. Todo era incomparable respecto a la pequeña casa, pocilga que el habitaba. Pero no se sentía celoso, no en lo absoluto. Su hogar era su hogar, nada más ni nada menos.

Pero cualquiera que ponía pie ahí soñaba con habitar en esas hermosas paredes.

Se abrieron camino entre un laberinto lleno de paredes cada vez más lujosas, candelabros colgando de las paredes brillando tanto como para dejarlo a uno ciego, y piezas y ornamentos hechos de cristal y mármol, además de otros metales preciosos con lo que se podía distinguir fácilmente la riqueza del castillo.

Y finalmente, se detuvieron frente a una puerta blanca, adornada como todos los pasillos de Arendelle, las típicas flores talladas y una manija de oro.

Por fin habían llegado.

...

Los ojos de Elsa se dilataron al escuchar los golpeteos en la puerta. No hace tanto tiempo que le habían informado de la situación actual, y de quién había tenido las suficientes agallas como para tomar palabra en lugar de la Reina.

Simon Strand. Aquél muchacho que la había ayudado a salir de la isla, ahora no había hecho más que empeorar las cosas. Sí, tenía que admitirlo. ¿Cómo no la consultaron antes? ¿Cómo no pidieron su palabra y confirmaron cualquier acción que tenían en mente? La población ahora mismo estaba dentro de los sótanos del castillo para salvaguardarlos de cualquier ataque que pudiera llegar. Sin embargo, el dejar entrar al enemigo al castillo era un movimiento valiente e impulsivo, totalmente fuera de lugar. Igual que Anna pensó. Simplemente había sido un error dejar pasar al enemigo en los suelos del palacio.

Pero ahora no había vuelta atrás. Tenía que hacer frente a su oponente, y vigilarlo con todos sus sentidos para cualquier movimiento que pudiera hacer.

Respiró hondo, relajó sus manos que hace unos momentos estaban entrelazadas por los nervios y abrió la puerta.

Ahí estaba al hombre al que tanto temían, aquel que hacía que todos los suelos debajo de él temblaran y todas las islas dentro del territorio del Mar Azul temblaran y hasta los más grandes reinos se pusieran a sus órdenes. No había alma que no se supiera el nombre de aquel temible hombre, o por lo menos, aquel nombre por el que se hacía conocer.

—Un gusto, reina Elsa. —dijo el hombre haciendo una reverencia y sonriendo. —He buscado últimamente esta oportunidad para hablar con usted. ¿Puedo pasar?

Elsa lo miró de pies a cabeza. Luego, miró a los acompañantes del hombre colocados alrededor de él. Eran los soldados de Arendelle, y entre ellos se encontraba Simon. Los miró con cautela a ambos, y luego vio como Simon ligeramente asentía con su cabeza y sus ojos llenos de seguridad. Elsa soltó un suspiro, y luego abrió completamente la puerta haciendo espacio al hombre en señal de que entrara.

Él sólo sonrío maquiavélicamente.

—Sabía que iba a tomar la decisión correcta.

Los soldados siguieron los pasos del hombre, pero Elsa observó uno en especial que se veía fuerte que detuvo a Simon cuando éste dio un paso hacia adelante.

—Tú no entras, Strand. Te quedas afuera, vigilando la entrada. —ordenó.

Simon, hastiado, asintió. Elsa lo vio alejarse y desaparecer de su vista. Su mirada regresó al hombre que quería hablar con ella. Ella se dirigió a una mesa redonda y reluciente que yacía en el centro de la habitación especialmente hecha para visitas como esta.

—Tome asiento—le dijo al señor. Él obedeció y Elsa siguió sus movimientos del lado opuesto de la mesa.

Ya los dos sentados, el hombre tomó palabra.

—Como seguramente habrá escuchado, creo que es innecesaria la presentación. Aun así, por si las dudas, permítame introducirme. Mi nombre es Ener Sjöberg, rey de los mares de Lundberg. Un gusto conocerla.

—¿Qué quiere? — preguntó Elsa en un tono informal. Tragó saliva y luego, temerosa, dijo —Si es por una alianza, he de decirle…

—Que no estoy interesada—completó el hombre, poniendo los ojos en blanco. —Sí, sí. Nadie confía en un pirata, lo único que hacen es saquear oro y riquezas de las Islas. Déjeme decirle, Reina Elsa, que en este caso estamos en igualdad de condiciones. —Su tono adoptó un semblante sombrío, serio y distinto al que había usado antes. —Usted sabe que la reputación que se gana no siempre es buena. ¿O es que acaso ya ha olvidado el incidente de hace tres años?

Los ojos de Elsa se dilataron a la mención de Ener hacia su pasado. ¿Quién era él para recordarle cómo la llamaban monstruo, como sufrió todos esos años en las sombras, escondiéndose ante los ojos de su propia población?

Sus manos temblaron, pero esta vez, las supo controlar.

—Creo que nuestra charla ha acabado, señor Ener. —dijo poniéndose de pie.

Ener la miró con malicia, y una sonrisa se dibujó en su rostro. Sus ojos brillaron, y de repente, la puerta se abrió de par en par.

Cuál fue la sorpresa de Elsa al encontrar a Anna y Kristoff, atados por unos hombres a los cuales ella desconocía. Se mantuvo estática mientras los hombres entraban a la sala rudamente y ponían a la pelirroja y el rubio en frente de ellos, con unas espadas apuntando directamente a los cuellos de éstos.

Apenas podía respirar. Su cuerpo entero comenzó a temblar, y volteó a ver con miedo y rencor al soldado que había estado vigilando la puerta durante todo este tiempo.

Simon.

Los soldados de Arendelle inmediatamente se pusieron en guardia, apuntando sus arcos a los enemigos que amenazaban con matar a la familia de la Reina.

El ambiente en la sala era tenso.

Las piezas del tablero habían sido estratégicamente movidas.

El juego había cambiado.

El hombre sonreía maliciosamente mientras observaba la escena. Parecía estar disfrutado del show, a punto de estallar de risa por cómo las piezas habían sido cambiadas.

Elsa se mantuvo quieta. Anna tenía los ojos llenos de lágrimas y un fuego se reflejaba en sus pupilas. Había dejado de forcejear. Mientras, Kristoff denotaba valentía, y parecía estar atento y preparado para cualquier movimiento que se avecinara. Sin embargo, sus ojos se mantenían puestos en Anna y cuando la mirada se ponía en sus ojos llenos de lágrimas, Kristoff parecía perder todo rastro de valentía y un miedo lo reemplazada.

Todo esto era su culpa. Su culpa por no haber negado las órdenes y detener el paso del enemigo hacia el castillo.

Sus ojos se cerraron por un instante. Trató de relajarse, pero sus músculos seguían tensos. Inhaló aire, pero éste parecía no llegar a sus pulmones.

Estaba pérdida.

Abrió los ojos de nuevo, sólo para toparse otra vez con la imagen de Anna llorando con una máscara de valentía.

No se podía permitir perderla.

Volteó a ver a Ener, que parecía divertido por el cambio de escena

—¿Qué quieres? —preguntó una vez más. La voz que salió de ella tembló, a punto de hacerse añicos con el sólo pensamiento de perder a su hermana.

La sonrisa del hombre sólo se volvió más grande. Se levantó de su asiento con las manos entrelazadas. Dejó salir un suspiro falso. Luego, no hizo más que sonreír y dijo:

—Adiós, reina Elsa.

Lo primero que escuchó fue un estruendo. Uno de los más grandes que había escuchado en toda su vida. El suelo debajo de ellos comenzó a temblar, y del techo del palacio comenzó a salir polvo mientras un ruido ensordecedor llenaba el ambiente.

Fuera lo que fuera que estaba pasando, Simon empuñó su espada rápidamente y de una sola cortada tiró a un soldado que estaba en frente de él al suelo. No se detuvo a ver los remanentes del enemigo. Acto seguido atacó al otro guardaespaldas, quien previniendo su movimiento interceptó su espada con otra. Los filos chocaron. Simon haciendo uso de todas sus fuerzas pateó al soldado en la parte baja, y aprovechando la distracción, le enterró la espada en el estómago. El hombre soltó un pequeño grito de dolor y luego sólo hubo el ruido de las espadas alrededor de el chocando por la batalla que se estaba liberando dentro del castillo. Sacó su espada y el hombre cayó al suelo, un líquido rojo emanando de donde hace segundos había tenido clavado un filo.

Volteó a ver a la princesa Anna, intentando encontrar su cara en medio de tanta sangre y pelea. Pero su vista pronto fue cubierta por otro soldado más que lo atacó con rudeza.

Simon bloqueó el ataque.

Sintió el peso del hombre cada vez más grande para luego desaparecer por completo.

Una espada atravesaba el corazón de lo que había sido su oponente hace unos segundos, y atrás del cuerpo vio a un compañero suyo.

—Qué bien ver un aliado por aquí—comentó el soldado mientras el cuerpo caía al suelo.

Simon le sonrió en señal de agradecimiento. Luego, volvió la vista hacia lo que era su objetivo principal.

Esta vez no tardó en encontrar la melena rojo fuego que tanto caracterizaba a la princesa de Arendelle.

Corrió hacia ella, cuando de reojo vio mientras esquivaba flechas, como un trozo azul traslúcido se dirigía hacia él, como un rayo. Se tiró al suelo, cerrando los ojos instintivamente por un microsegundo. Cuando los abrió, su mirada se dirigió al lado de él, unos cuantos metros más allá en el centro del salón.

Ahí estaba la Reina Elsa, con gigantescos trozos de hielo saliendo de su mano. Los picos que salían eran como estalactitas o llamas de fuego que se dirigían a los hombres que tenían acorralada a la princesa.

Un hielo más corrió desviado hacia él y tuvo que rodar por el suelo para esquivarlo.

Rápidamente se levantó, tomó su espada que yacía unos cuantos centímetros en frente de él y su mirada volvió a su objetivo.

Costara lo que costara, tenía que proteger a la princesa. La Reina ya tenía manejado el asunto por sí misma.

Corrió, y mientras lo hacía cada vez que se topaba con algún enemigo su espada lo atravesaba de lado a lado.

Un segundo estruendo seguido de un temblor, y esta vez Simon pudo escuchar esta vez un grito que provenía de una mujer.

Volteó instintivamente al centro de la habitación, pero su meta ya había desaparecido.

...

Elsa lanzaba hechizos a diestra y siniestra. Esta vez, dejaba que el poder fluyera por sus venas. Hacía caso omiso a las palabras que llegaban a su cabeza y no dejaban de torturarla. Contrólate. Le habían dicho sus padres. Cada una de esas sesiones no valían nada, absolutamente nada en este momento.

La vida de su hermana, y no sólo la de ella, sino también la de Kristoff, estaban en juego.

No iba a dejar que le arrebataran a su hermana. No más.

El hielo salía de la palma de su mano. Podía sentir millones y millones de pequeños trozos de hielo fluyendo por sus venas y saliendo por su piel para dirigirse a cada uno de los hombres que amenazaba con arrebatarle la vida a su hermana.

Lo primero que congeló fue el brazo con el que el hombre sostenía la espada que apuntaba al cuello de Anna.

Acto seguido, antes de que los hombres que tenían apresada a Anna y Kristoff pudieran hacer algo, sintió el frío emanando de su ser y varias flamas frías en forma de flecha salieron de la palma de su mano para acabar en los cuerpos y caras que sostenían a su familia. Vio cómo Anna aprovechando la distracción por el dolor de los hombres, pateó al que hace unos segundos la tenía sostenida y éste dio a dar contra un mueble.

Kristoff reaccionó de la misma manera que Anna, dándole un golpe en la cabeza al hombre que lo tenía agarrado y que ciertamente era más o menos de su misma complexión. El hombre estaba demasiado ocupado gritando de dolor por los hielos clavados en su cara que cayó al suelo.

De repente, un segundo estruendo movió la tierra y un grito de dolor llegó a los oídos del rubio. Esta vez, el estruendo fue acompañado con un grito bastante cercano a él.

Un grito de una mujer.

Lo primero que vio Elsa fue la melena roja, llena de fuego, siendo jalada por una mano llena de sangre y deshaciendo las trenzas que la niña traía.

Lo segundo que vio fue unos ojos azules llenos de lágrimas, y luego, segundos después, una mirada que pasó de triste a enojo.

Lo tercero que vio fue una patada y un hombre retrocediendo un paso.

Y lo cuarto que vio fue Anna cayendo al suelo.

—¡No! —gritó Elsa. —¡NO!

Tardó en reaccionar. Su vista se nubló durante unos pequeños segundos que fueron suficientes como para que Anna fuera cargada por dos hombres con el uniforme blanco.

El ataque que se hubo detenido por unos cuantos segundos, siguió su curso. Varias flechas se dirigieron a los hombres que tenían a la princesa en sus manos. Kristoff golpeaba a los hombres que impedían su paso hacia quienes se llevaban a la princesa. Puños por doquier, patadas a diestra y siniestra, lo que fuera por recuperar a la pelirroja.

Pero varios hombres escoltaban a la princesa.

Los soldados se dirigieron a la puerta que había quedado libre de ataques, y lanzaron sus flechas, sus cuchillas y toda arma que tenían para evitar que los hombres siguieran su curso. Uno, dos, tres caídos.

Pero ninguno de los que traían a la princesa en sus brazos. Eran dañados, pero éstos corrían. Jadeaban mientras recibían órdenes de Ener que venía detrás de ellos.

—¡Rápido, manden más soldados para con la princesa!" gritó un soldado. —¡Aségurense de tener más soldados en la puerta!

Simon salió disparado hacia la puerta de la habitación, lanzando su espada a derecha e izquierda alejando a todo aquél que se le atravesara.

No iba a permitir que la princesa fuera asesinada. Ya había tenido suficiente con saber que todo aquello era su culpa.

Por los pasillos, ni un alma se veía. Sin embargo, tras el paso de la princesa herida todo tenía un aire fantasmal, como si se acabara de librar una batalla perdida y hubiera muerto el líder de la rebelión.

Siguió su curso mientras guardaba la espada en su cinturón de piel, y se anduvo atento a cualquier ruido que pudiera llegar y diera la señal de que estaba a punto de ser atacado.

Se detuvo un momento cuando vio una mancha roja que se confundía con negro encima de la alfombra morada.

Sangre.

La princesa había pasado por ahí.

Ener seguía su camino a través de los pasillos, espada en mano.

Arendelle y medio mar sabía cómo jugaba él. Todavía le costaba asimilar que un chico hubiera sido tan tonto como para dejar pasar al más temible del océano a un palacio tan importante como era el de la reina Elsa.

La reina Elsa… Ciertamente, como los rumores decían, su belleza era incomparable. La reina del Hielo, odiada y amada, admirada y repugnada, la amable y la egoísta. Todo eso era lo que se decía de ella en cada pueblo que él pusiera pie. ¿Has oído de la reina con poderes mágicos? Sí, dicen que es tan fría como sus poderes. Toda una leyenda.

El maravilloso milagro de una reina enviada por el cielo, el mito más popular de todo el norte había resultado ser sólo eso: un mito. Poderosa, dicen. Con ansias de controlarlo todo con su magia. Hermosa, dicen. Utiliza sus poderes para el bien de su población.

Qué tonterías. Al final, estaba decepcionado.

Había venido por un reto, un desafío, a ganarle, a matar a la maravillosa reina de la que todos hablaban. ¡Nadie puede luchar contra esos poderes, su hielo destruye todo a su paso! Mata con su mirada de hielo.

Tonterías.

Él, Ener, había venido al reino de Arendelle con toda su tripulación. Había viajado por todas las aguas con ansias de ver esos poderes de los que tanto se hablaban y destruirlos de una vez por todas.

Pero no. Nada de eso sucedió, y nada de eso sucedería. No pensaba seguir perdiendo el tiempo con cuentos para niños pequeños.

Porque, al fin y al cabo, era sólo un cuento.

Siguió caminando, observando atentamente cada uno de los pasillos antes de llegar a la entrada del castillo.

Podría hacerlo explotar. Al menos, eso sería divertido.

Sonrió ante el pensamiento de un castillo en llamas y gente tirada en el suelo, pidiendo ayuda, con los músculos ardiendo y cenizas por doquier. Niños llamando a sus madres muertas y buscando desesperadamente entre huesos a quien alguna vez les dio de comer. Luces por doquier, restos negros y cadáveres en cada esquina de lo que había sido un reino.

De repente, se detuvo. No había tiempo para fantasear.

Llegaron a la gran puerta de madera por la cual habían entrado. Había cuatro guardias vigilando la entrada desde dentro del castillo. No serían problema alguno. Le hizo una señal a sus acompañantes, quienes asintieron y envainaron sus espadas. La batalla que se libró fue rápida: sus hombres eran más fuertes físicamente comparados con los del ejército de Arendelle. Rápidamente, se deshicieron de los que vigilaban la puerta.

Afuera, se escuchaba el trueno de los rayos y las respiraciones de los soldados que lo estaban esperando afuera para darle un fin a su vida.

Entornó los ojos. En cada ataque era lo mismo. ¿Qué no se sabían otra técnica para terminar con él? ¿Por qué siempre las mismas tácticas de ofensa y defensa?

Sonrió levemente al escuchar como otra bomba caía en el castillo y polvo salía de los techos. El escuchar ese estruendo y los gritos de todos hacía que un cosquilleo recorriera por su columna vertebral y no pudiera evitar sonreír. En verdad que era un placer para sus oídos, una droga para su sangre.

—Explota a todos— le dijo a un hombre de su tripulación que venía con él, al lado de la princesa. —Que no queden remanentes del ejército de Arendelle.

—Pero capitán terminaríamos muertos nosotros también—respondió el muchacho con una voz grave.

—Buen punto. No nos gustaría terminar hechos cenizas, ¿o sí? —dijo Ener, y luego soltó una carcajada.

Segundos después, se puso serio, y miró a los ojos a quien se había negado a su orden.

—¿Quieres sentir tu cuerpo retorciéndose mientras las llamas lo envuelven? —le preguntó, su mirada penetrándolo por completo.

El hombre tragó saliva, y luego negó con la cabeza.

—Bien. Entonces, haz lo que te digo. Conoces bastante bien la técnica que usamos como distracción.

El soldado asintió, y sacó de su cinturón un objeto del tamaño de su mano hecha de vidrio.

Los soldados se acomodaron, y Ener se hizo a un lado. El hombre se colocó al lado de la ventana, y antes de lo que eran cinco segundos, ya había lanzado el objeto hacia todo el ejército que estaba fuera.

Segundos después, se escuchó un estruendo. Se lanzó un segundo explosivo, y Ener vio desde la ventana como el humo rodeaba a todos allá afuera. Las espadas se desenvainaron, los filos de metal cortaron el aire y un rayo iluminó toda el área a medida que se escuchaba un trueno chocando contra el techo del castillo.

Y el caos comenzó.

...

Simon llegó jadeando a la entrada del castillo. Sus ojos se dilataron al ver cuatro hombres caídos en el suelo, con una herida en el estómago y un chorro de sangre cubriendo el suelo al lado de ellos.

Sus ojos se dirigieron a la puerta real. Estaba abierta.

Y fuera de ella no se veía un buen paisaje que digamos.

Simon salió corriendo hacia la puerta cuando justo debajo de él unos trozos de hielo comenzaron a crecer, como una capa delicada de nieve. Volteó hacia arriba y estalactitas cada vez más grandes comenzaron a poblar el techo.

Volteó a ver detrás de él al escuchar una voz hecha añicos y que, sin embargo, tenía un tinte de furia interna debajo de esa máscara triste.

Allí, en las penumbras del castillo, se encontraba la reina Elsa, con sus ojos azules llenos de lágrimas y un enojo creciendo en ellos. A Simon le sorprendió encontrarla con la cabeza en alto y una mirada decidida, con todo rastro de miedo fuera. La última y primera vez que la conoció, no había visto más que una reina por la que sentir lástima por todo el peso que cargaba, con unos poderes siendo controlados por sus emociones y el miedo dominándola de pies a cabeza.

Simon sintió una tristeza creciendo en el centro de su pecho, y un rastro de culpabilidad y precaución inundando sus pulmones.

Los hielos cada vez se hacían más grandes.

—Anna…—decía entre suspiros—Anna…

Entonces todo fue silencio y los hielos se detuvieron. El ambiente, antes tenso y lleno de furia, cambió por completo.

Las lágrimas cayendo de los ojos de la Reina comenzaron a hacer eco en las paredes del palacio.

Simon quería moverse, pero su cuerpo no le respondía. Sabía que se estaba librando una batalla fuera, los filos de las espadas resonaban en su mente y fácilmente se imaginaba la sangre de los caídos. Quería salvar a la princesa, pero había algo en su interior que le impedía moverse de ahí.

Sabía que tenía que actuar, pero entonces la voz de Elsa, esta vez con delicadeza y tristeza, lo llevó de vuelta a la realidad.

—Se la llevaron, ¿no es cierto? — preguntó.

Simon cerró los ojos por un instante, y luego los abrió.

—No, todavía no.

Los ojos de Elsa brillaron al escuchar esas palabras. Levantó la cabeza, y por primera vez pareció escuchar el choque de las espadas y el terror fuera del castillo.

La tormenta parecía prometer mucho.

Simon le sonrió, y después salió corriendo mientras empuñaba su espada en el aire y se dirigía hacia las nubes de la tormenta.


Y bien... Aquí tenemos finalmente la primera batalla. Espero que les haya gustado el capítulo. Aunque ya tengo la historia bien planeada, hay veces en las que dudo sobre el desarrollo y el camino que estoy tomando en la historia. ¿Escribo esta escena? ¿Y si mejor cambio este hecho? ¿Y si mejor me espero todavía para la primera batalla? ¿Y si es muy cliché? ¿Y si son muy repetitivos los temas de los capítulos? Soy muy insegura a la hora de escribir y hay veces en las que me quedo bloqueada. Hubo un bloqueo que tuve de dos meses justamente porque no hallaba la razón por la cual Ener querría atacar Arendelle, o porque si la tenía, estaba bastante insegura y no me animaba. Tenía la mente en blanco y no sabía que más escribir (aunque ya lo tuviera planeado). Así que espero que este cap y los siguientes no los decepcionen. Hoy acabé de escribir el capítulo 9, así que todavía tengo capítulos de reserva y la espera entre las actualizaciones no serán largas.

¡Un abrazo a todos mis lectores y gracias por todas sus reviews! :)

-Ame (GoldenRose2110)