"Ice has a magic,
can't be controlled.
Stronger than one, stronger than ten,
stronger than a hundred men"
Cap VIII
El fuego sobre la nieve
Las gotas de lluvia caían pesadamente sobre el cabello y rostro de Simon. Había salido corriendo en busca de la princesa, pero como lo había esperado, todo lo que había visto fuera no era más que un alboroto en el que no se podía distinguir un rostro de otro. Varias espadas se le atravesaban en frente, y hubo veces en la que no sabía quién era el enemigo y no tenía otra opción que contratacar.
Era un baño de sangre.
No podía seguir perdiendo el tiempo peleando y matando a los suyos. Tenía que encontrar a su verdadero objetivo.
Sin embargo, todo lo que podía ver eran rostros con sangre en cualquier parte de la cara, si no es que en toda. Raspones, cuchillas, heridas… todo era una verdadera pesadilla.
Siguió corriendo, y un estruendo más se escuchó en toda la tierra de lo que era Arendelle.
Esta vez, sin embargo, hubo algo que era diferente.
La tierra debajo de sus pies se comenzó a mover como si un gigante la estuviera moviendo desde las sombras.
La batalla paró un momento, y entonces, algo que nunca habían visto, pasó.
…
Elsa salió del castillo en cuanto Simon había hecho también su camino entre millones de hombres que deseaban arrancarle la vida.
En cuanto puso un pie afuera, vio como las espadas chocaban entre sí y varios cuerpos caían al suelo, manchando de sangre todas las calles empedradas y dejando rastro de la batalla librada.
Nadie parecía haber notado que la Reina estaba ahí, parada, observando todo.
Volteó a ver a los barcos que hace tiempo habían llegado con demonios dentro, y entonces, supo lo que tenía que hacer.
Su mirada se llenó de un fuego que arrastra todo a su paso sin pensarlo dos veces. Sus ojos brillaron con una determinación invencible. Sintió cómo sus brazos se ponían tensos, y un frío recorría su piel como la sangre recorre las venas.
Cerró los ojos durante un momento, concentrándose en todo el poder que venía de su interior. La imagen de Anna siendo clavada un cuchillo en el estómago, con lágrimas en sus ojos, fue suficiente para que sus párpados se abrieran con una furia en ellos.
Ya no había vuelta atrás.
Sus manos apuntaron directamente al frente, y sucedió.
Algo que parecía ser una rama gigante de hielo se abrió paso entre el suelo de piedra. Parecía más bien como si fuera un río congelado, siguiendo su curso a pesar del frío que transcurría por las aguas.
El poder de hielo formó su camino entre tantos hombres luchando. Como un río caudaloso, como un tornado de los más fuertes que se haya visto en la historia, el hielo fue cobrando intensidad, y cuando por fin después de varios metros llegó al muelle de Arendelle, un temblor sacudió la tierra.
Una capa de hielo congeló todo el mar que rodeaba al reino. El sonido del hielo cubriendo el agua y dejándola atrás resonó en todos los oídos de los soldados.
El ruido que hacía el hielo al apoderarse de todo era como el de un tornado destruyendo todo a su paso, como el ruido de un trueno con potencia alta sacudiendo un pequeño árbol indefenso.
De repente, el sonido de las espadas chocando se detuvo.
Todos miraron hacia donde el sonido provenía.
Allá, en el vasto océano azul que rodeaba la isla de Arendelle, había una capa gruesa de hielo cubriendo el agua por completo.
Elsa vio el océano como si apenas se estuviera dando cuenta de lo que hizo. Sus manos volvieron a temblar como era usual en ella cada vez que usaba sus poderes.
Sus ojos, antes dilatados y llenos de un brillo que parecía fuego, volvieron a su estado normal.
…
Simon vio maravillado cómo el océano ahora era un iceberg.
Sus ojos se dilataron al ver los barcos que traían a la tripulación del hombre quien les había tendido una emboscada enterrados a la mitad por el hielo, como fósiles hallados en una capa de nieve.
No había belleza en ese hielo esta vez. Era un hielo destructor el que cubría la madera de los barcos.
…
Todo se quedó en silencio. Algunos ojos se posaban sobre la Reina, y otros, seguían paralizados por el espectáculo que se les acababa de entregar.
Elsa no podía dejar de temblar. Sus ojos desesperados buscaron alguna señal de Ener y de su hermana. Quería salir corriendo hacia el barco pero sus pies se lo impedían. Estaba completamente paralizada por lo que acababa de suceder.
Entonces, una risa se escuchó a través de los cristales de hielo.
Elsa volteó a ver a todas partes, hasta que por fin deslumbró no muchos metros más allá, la cara de Ener y las trenzas anaranjadas de su hermana. Todavía no habían llegado al barco cuando Elsa congeló todo.
Lo que vio, casi le da un vuelco al corazón.
Ener tenía en su mano un cuchillo apuntando directamente al cuello de Anna, quien tenía los ojos cerrados y lágrimas corrían por sus mejillas mientras que una de sus manos estaba apretando la mancha de sangre que se mostraba en el chaleco negro que cubría su vestido.
—Un movimiento y ¡bang! No volverás a ver a tu hermana en los años que te quedan de vida—amenazó Ener.
Elsa bajó sus manos lentamente.
Unos cuantos soldados se colocaron a ambos lados de la Reina en señal de defensa, con sus arcos apuntando a Ener.
—No disparen— dijo Elsa con voz temblorosa —Algún error y…
No pudo completar la frase. Un silencio de tres segundos invadió el lugar mientras Elsa sentía una extraña sensación apretándole el pecho e inundándole la garganta, como agua que inundaba un desierto.
—Así se habla, Reina Elsa, Reina de todo el hielo, Reina de la nieve que cae en invierno.—dijo Ener con una sonrisa juguetona que causó que un escalofrío recorriera cada centímetro de la piel blanca de Elsa. ¿Cómo podía alguien sonreír tan descaradamente y a la vez de una manera tan carismática, tan inocente?
Ninguna palabra salió de sus labios.
—Bien, bien— Ener se humedeció sus labios, dubitativo. Luego, una pequeña sonrisa, casi imperceptible, se asomó en sus labios. —¿Qué le parece descongelar el barco? Estoy seguro que puede.
Esa última frase dejó a Elsa sin respiración.
Él lo sabía. El mundo entero sabía que el incidente de hace tres años sólo se había podido detener de una manera. Y esa manera no era matarla a ella, sino poner en riesgo a su hermana, hacerla creer que estaba muerta y luego, gracias a que seguía viva, ella había parado el invierno que se había creído eterno.
¿Estaba jugando con ella?
El cuchillo se enterró un poco más en la piel bronceada de su hermana. Elsa vio como Anna abría los ojos por primera vez, y dejaba escapar un gemido mientras un hilo rojo carmesí resbalaba por las venas marcadas de su cuello.
Elsa a su vez, soltó un grito ahogado mientras sus pupilas se empequeñecían para dejar paso al azul claro de sus ojos.
Levantó sus manos instintivamente y sintió como el poder fluía en sus venas y luchaba por salir. Pero esta vez, lo supo controlar.
—¡Espera!— dijo mientras sentía la sangre en sus brazos a punto de salir y su corazón palpitando a una velocidad incesante.
El cuchillo se detuvo.
—Descongelaré… Descongelaré el océano. Te dejaré ir. Sólo… Suéltala, por favor.
Ener sonrió. Dejó caer el cuchillo y después, puso a Anna centímetros frente a él, sin tocarla. Anna cayó al suelo.
—Toda tuya—dijo.
Elsa dejó salir el nombre de Anna en un grito de alivio. Sin embargo, justo cuando los soldados se dirigían corriendo hacia la pelirroja, Ener levantó la palma de su mano en señal de alto.
—No tan rápido—dijo, mirando a Elsa a los ojos. —Primero, descongela el mar. Ya la dejé, está libre. Ahora, antes de que la tomes, derrite el océano.
—Ese no era-
—Tú dijiste "Suéltala" y lo hice. Ahora, derrite el hielo.
Elsa suspiró.
Cerró los ojos y se concentró. Sintió cómo la sangre que inundaba sus venas se congelaba. Sintió un cosquilleo en el brazo derecho. Sintió los pequeños trozos de hielo tratando de atravesar la palma de su mano y salir como un río caudaloso.
Pero no. Eso no era lo que ella buscaba.
Siente la paz. Siente el poder. Contrólalo. Se dijo a sí misma, recordando las palabras de su padre. Pero el hielo en sus venas solamente crecía. Sus manos comenzaron a temblar. Intentó desaparecer todo rastro de sus poderes, hacer que el hielo viniera a ella, aquél hielo con el que había vivido toda su vida era suyo, le pertenecía, ella lo controlaba. Pero nada sucedía.
Entonces, repentinamente la imagen de dos trenzas pelirrojas meciéndose sobre el viento, un fleco desordenado y unos ojos azules llenos de alegría invadieron su mente. Sintió unos dedos entrelazándose en los suyos mientras una brisa gentil acariciaba su rostro. Caminaron juntas sobre un jardín lleno de flores, para luego ver a sus padres frente a frente.
Un aire frío llenó los brazos de Elsa sin que ella se percatara y entonces, abrió los ojos.
…
Simon observó maravillado como el hielo que rodeaba cada parte de Arendelle se levantaba en forma de espirales, en delicados listones con una hermosura invernal, como una cinta que estaba a punto de ser colocada en el suave cabello de una niña pequeña. Era un verdadero espectáculo: el hielo tomaba forma de fuegos artificiales para terminar en los brazos de la Reina. Los listones cristalizados envolvían su cuerpo como si fuera una princesa, algo digno de admirar y que ellos formaban parte de. Como una estatua a la cual le faltaban piezas.
Entonces, poco a poco, el agua se fue desprendiendo del hielo. Y los barcos, la madera, todo quedó exactamente igual a como estaba antes de que Elsa lo congelara.
Volteó a ver a la reina una vez más, y notó que estaba con los ojos cerrados, como si estuviera sintiendo cada parte del hielo en su piel. Luego, los abrió. Y su mirada ahora le sorprendió a Simon. Sus ojos estaban como si nada hubiera pasado, como si su hermana no estuviera a punto de ser asesinada por un hombre del que poco sabían.
Su mirada, extrañamente, estaba llena de paz mientras los últimos lazos de hielo se metían en su ser.
…
Abrió los ojos, y el hielo que hace unos segundos había tratado de destruir todo ya no estaba.
La lluvia estaba cesando. Las nubes, antes negras, ahora habían perdido su tonalidad oscura y un tinte gris las pintaba de lado a lado. Una llovizna suave caía en la calle empedrada de Arendelle.
Sintió todos los ojos puestos sobre ella, y para su sorpresa, no se sintió nerviosa en lo absoluto. Lo único que sentía era como un aire frío recorría sus pulmones, lentamente, lleno de paz.
Entonces, una carcajada interrumpió el silencio.
—¡Con que ese es el verdadero poder de la Reina!—gritó una voz sorda. Ener había hablado, y esta vez, no tenía ese aire misterioso que Elsa siempre veía en él. Era… uno loco, como si se hubiera alterado su consciencia al perder un juego. —Capaz de derrocar a muchos, y salvarlos desde la tumba.—se calmó, y sus ojos retornaron a la normalidad. —¿Quién lo diría?
—Hicimos un trato.—dijo Elsa, esta vez con todo rastro de miedo fuera.
Ener frunció el ceño. Luego, una leve sonrisa se asomó en su cara.
—Bien, bien. Hagamos otro trato. Tu vienes, y si la tomas, es tuya. Si no, bueno… Es mía.
Acto seguido, algo que nunca había visto Elsa en su vida, sucedió. Se escuchó un estruendo, como un siss. Varios soldados lanzaron flechas hacia donde un momento atrás estaba el enemigo y la víctima, pero nada sucedía. Elsa salió corriendo en busca de su hermana, pasando todas las casas, sintiendo la llovizna en su cara, la adrenalina subiendo por su sangre. Sabía que no iba a llegar al muelle en cuestión de segundos, y entre el extraño humo que había sido lanzado no podía ver casi nada. Entrecerró sus ojos, tratando de buscar alguna señal de su hermana.
Pero el caos era demasiado.
La niebla tardó mucho en desaparecer, y cuando lo hizo, el mar estaba vacío. El barco de madera, la bandera que se ondeaba en el viento y a la cual muchos le temían, yacía metros más adelante, alejándose cada vez más de la isla de Arendelle, del hogar de Anna.
