Capítulo IX
El papel y la navaja
Unos golpes resonaron en la puerta de madera ancha que abría paso al Salón del Rey, al cuarto majestuoso en el que todos deseaban poner un pie alguna vez en su vida.
—Pase. —dijo el rey que yacía sentado en una mesa ancha, reluciente, con diamantes incrustados en los bordes.
La puerta soltó un crujido al abrirse. Un soldado con uniforme blanco entró por ella. Su bigote café sobresalía entre toda su cara.
—¿Ha escuchado los rumores?
El rey, antes concentrado en unos pergaminos que tenía encima de la mesa, levantó su ceja y su mirada se dirigió por primera vez al hombre que le estaba hablando.
—La princesa Anna de Arendelle ha sido secuestrada.
Un silencio invadió la estancia. Entonces, una sonrisa tranquila pero malévola y astuta, se asomó por los labios del rey Edward. Colocó su pluma fuente a un lado, y sacando otro pergamino y un listón rojo fuego de un cajón, comenzó a escribir.
…
Cuando las puertas se abrieron, todo el mundo salió con sonrisas en sus rostros. Algunos bebés en los brazos de sus madres seguían llorando, y los más viejos de Arendelle no dejaban de tener una sorpresa reflejada en sus ojos y en su boca abierta de par en par. Las nubes que cubrían el cielo del reino seguían teniendo un aire inmenso de tristeza en ellos para la mayoría de la gente. Eran de un gris claro, totalmente diferente al que hace unas horas había estado presente: el negro, el que parecía vacío. Las calles de Arendelle habían sido acomodadas después de la batalla. Antes de sacar a la población de los sótanos del castillo, los soldados que quedaron de la pelea y seguían intactos o con pocas heridas habían ayudado a los sirvientes a recoger los cadáveres que yacían en el suelo empedrado manchado de sangre. Los rastros de la batalla: la primera de todas en mucho tiempo desde los tiempos de la creación de Arendelle y la Guerra de Plata.
Tan pronto como fueron recogidos, se dio la orden de sacar a los habitantes del palacio. La sangre derramada en el suelo fue difícil de quitar. Tardaron días en hacerlo, y cada vez que una persona caminaba por los pisos del pueblo, no podían evitar observar las manchas de sangre. Por no mencionar, además, los familiares de los caídos en la pelea que no paraban de llorar. Fueron enterrados en el cementerio de Arendelle, totalmente alejado de todos los pobladores en las afueras del reino, cerca del mar. Sin embargo, algo había incomodado y preocupado tremendamente a los habitantes. Aunque sólo había daños físicos en el castillo y en algunas casas, eso no era lo que más se notaba en el ambiente. Ninguno de los habitantes sabía que había sucedido en las afueras mientras ellos se estaban ocultando de la batalla. Nadie estaba enterado de qué había pasado, solamente los caídos daban señal de que no había sido una jugada buena. Y lo peor de todo: nadie les respondía a las tantas demandas que presentaban por su derecho a enterarse de la matanza que se había dado. Llamaban a los jefes de los soldados, a cualquier sargento que caminara, por saber algo, el más mínimo detalle. Lo más raro, lo más extraño que llamaba la atención de mucha gente era ese misterio y el más importante: la reina no había salido del castillo. Se había encerrado, y aunque las puertas estaban abiertas al público para conseguir recursos y ayuda para los que habían perdido parte de su hogar, la cara de la reina no se veía por ningún lado. Nadie la había visto desde el fin de la batalla. Absolutamente nadie tenía rastro de Elsa, y aunque muchos exigían hablar con ella, no salía. Los guardias negaban el acceso a cualquier parte del palacio que no fuera el Gran Salón. Y es que cuando se les preguntaba si sabían algo de ella, todos se quedaban en duda, y repetían que no se podía hablar con ella ni pasar a ciertas partes del castillo.
Los susurros llenaban el ambiente con el que se paseaban los aldeanos era uno triste y lleno de misterio: tampoco habían visto a la princesa ni a su novio que muchos consideraban prometido y ya parte de la familia Arendelle. Ni un alma de la familia real se había visto merodeando por las calles de su reinado. Era como si un fantasma de un antiguo palacio abandonado apareciera en la forma del reino de Arendelle. Y así fue durante tres días pues pronto los rumores comenzaron a llegar a los oídos de los nativos.
…
—¿Cuántos son? —preguntó Simon.
El cuarto de la enfermería de la fortaleza de los soldados estaba parcialmente lleno. Había unas cuantas camas vacías lo que era un buen augurio. La semana pasada habían tenido casi todo el salón lleno de heridos y mujeres yendo de aquí para allá con comida y cartuchos de cuero con agua o medicina dentro.
Las paredes de la pequeña fortaleza eran grises por la piedra, y el suelo era el único que había sido tapado por madera caoba. Unas cuantas antorchas que solamente se prendían en la noche estaban encajadas entre las rocas.
—27 heridos. La última vez que viniste eran 39. —dijo una voz femenina que se pasó rápidamente delante de Simon con telas húmedas en las manos. La muchacha llegó a una camilla donde se encontraba un hombre robusto y de barba gris. No dejaba de toser y la morena le colocó el paño húmedo en la frente. Le tocó la cara unas cuantas veces más, y segundos después se llevó la mano a la frente. Dejó escapar un suspiro.
Simon se aproximó hacia ella.
—Tiene fiebre. —explicó la mujer. —Hay veces en las que va y viene. Tenía una herida en la pierna que ya cerró, pero no deja de presentar reacciones secundarias. A su cuerpo le está costando trabajo el proceso de curación. Es algo típico, de hecho. —volvió a suspirar de cansancio. Su mano recorrió su largo cabello café, desordenándolo y dejando notar el estrés por el que estaba pasando. Cerró los ojos por un momento y luego los abrió en señal de relajación. Una sonrisa iluminó sus labios y la preocupación pareció haberse ido. —En fin.
Simon le devolvió la sonrisa. La muchacha se alejó de la camilla del viejo, y en el camino Simón la siguió.
—¿Gustas un vaso de agua?—le preguntó la morena sin voltear a verlo ni detenerse.
—No, gracias. —contestó Simon.
La muchacha sonrió tristemente y se detuvo antes de llegar a una mesa pequeña de madera en la cual se encontraban copas de vidrio con agua para las enfermeras. Era el lugar de descanso donde la mayoría de las médicas se ponía a discutir y hablar apasionadamente de su trabajo cuando acababan de atender a un cliente o simplemente para relajarse y alejarse de toda la sangre un rato. En ese momento, habían dos enfermeras al lado de ellos que cuchilleaban entre sí y parecían no prestar atención a quienes acababan de llegar.
—Bueno…—comenzó la mujer tomando un sorbo de su vaso —¿Qué trae a un soldado a la enfermería diario?
Simon abrió ligeramente los ojos al oír las palabras provenientes de la joven. Nunca, desde su primera visita, habría creído que alguien le hubiera puesto la más mínima atención. A las personas que les preguntaba sobre el número de heridos normalmente le contestaban sin voltearlo a ver. Simplemente pasaban al lado de él, apuradas y le respondían. Sin embargo, ahí estaba ella: una muchacha con ojos de almendra y tez morena, con el cabello café oscuro y los rasgos del rostro bien definidos, con nariz pequeña y maquillaje natural en sus labios y párpados.
Ella sonrió al ver la sorpresa en la cara de Simon.
—No creas que no lo había notado. Vienes todos los días, ¿cómo podría alguien dejar pasar eso? Apuesto a que otras enfermeras también te han notado, sólo no le han dado importancia.
Simon sonrió.
—Sí, supongo. —dudó un instante, pero luego siguió. —¿Cuál es tu nombre?
La médica tomó otro sorbo, vaciando el vaso y dejándolo en la mesita.
—Allene. Allene Ahlström, aunque apreciaría que me llamaras sólo Alle. —contestó ella. —Pero no hablemos de mí. Soy una enfermera, me especializo en el área de los soldados y vengo del reino de Arztran, al este de Arendelle, ¿qué más quieres saber? No soy yo la que viene diario vestido con… —lo miró de abajo hacia arriba en un gesto casi imperceptible, pero que aún así Simón pudo notar. La muchacha soltó una pequeña risa nerviosa. —Perdón. —se disculpó. —No soy muy buena hablando con personas que desconozco.
—No importa. —contestó él.
Después de unos cuantos segundos de silencio incómodo, Allene volvió a hablar.
—¿Tienes algún familiar aquí en la enfermería?— preguntó en un tono más serio que el de antes.
—No. —respondió Simon.
Allene frunció el ceño.
—Normalmente los que entran aquí son porque tienen a algún herido.
—Yo no. Simplemente… —Simon se relamió los labios mientras trataba de buscar las palabras correctas, pero Alle se le adelantó.
—Simplemente… quieres ver a todos los heridos. Asegurarte de que cada vez sean menos, ¿no?
Simon asintió, sorprendido. Parecía como si le hubiera leído los pensamientos.
—Entiendo. —dijo ella. —Aunque no conozcas a la mayoría… no puedes evitar preocuparte por ellos.
La mirada de Allene se perdió por un instante en todas las camillas que yacían en frente, pero rápidamente sacudió su cabeza y regresó su mirada a Simon.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó, cambiando de tema. —La mayor parte de los soldados son gente de mediana o alta edad, pero tú…
—Dieciocho. Tengo dieciocho años.
La sorpresa en los ojos de la muchacha fue muy notoria.
—Guau…—susurró, más para sí misma que para el hombre que estaba al lado de ella. Luego retomó la conversación. —Y… ¿cómo llegaste a ser un soldado? ¿Te obligaron o…?
—Yo quise. Desde que tenía diez años, supe que ese era mi destino. Es lo que decidí hacer por mi propia cuenta. —dijo Simon totalmente seguro de sí mismo y con un ligero, casi negable tono de arrogancia en su voz.
Siempre que le tocaban el tema de que estaba bastante joven para ser un soldado se ponía así, un poco fuera de carácter y con un tono grosero en su voz. Era un defecto que tenía: el que le tocaran el por qué, las razones para convertirse en militar. Todo el mundo lo veía como algo obligatorio, algo que nunca nadie en su sano juicio se atrevería a hacer. Todo el mundo daba por sentado que el ejército estaba integrado por personas que habían sido forzadas a entrar allí, ya sea por parte del gobierno o por presión de los padres. Y en parte era cierto, su madre le había incitado a ser uno, pero… Esa había sido su decisión. Suya propia y de nadie más.
—Guau… Te-Te admiro por tu valor, claro. Es sólo algo que no es bastante común. —al ver la ligera incomodidad reflejada en los ojos de Simon supo que era hora de acabar con el tema. —Y… No sé tu nombre.
—Simon. Simon Strand. —contestó, ya un poco más relajado. —Soy soldado de primer nivel.
Allene sonrió.
—Primer nivel… tuviste que pasar por mucho para llegar apenas ahí, ¿verdad?
—Sí… Fue difícil, pero aquí estoy. —esbozó una pequeña sonrisa.
—Sí… Es sorprendente. Nos frecuenta más un soldado de primer nivel que la reina de Arendelle. —dijo ella con un sarcasmo reflejado en su voz.
Simon frunció el ceño.
—La reina no está capacitada en estos momentos, creí que lo…
—Se han escuchado rumores. Nadie la ha visto, no sale de su cuarto, pero nadie sabe por qué. Sólo hay rumores, y pienso claramente que nosotros los pobladores nos merecemos una explicación. Debería de aparecer ahora en estos momentos difíciles en vez de quedarse encerrada todo el tiempo. Ahora es cuando su pueblo la necesita. ¿Dónde está su trabajo de reina?
Simon bajó la cabeza y miró sus zapatos. La verdad, no estaba seguro de si hablar o quedarse callado. Nadie del reino sabía que la princesa estaba desaparecida, o más bien, que había sido secuestrada por uno de los ejércitos más temibles del norte. Sin embargo…
—¿Qué clase de rumores? —preguntó.
Alle suspiró.
—No sé, son sólo rumores, pero dicen… Nadie ha visto a la familia real. No se ha visto a la princesa, ni a su prometido. Dicen que uno de los soldados habló y dijo que la hermana de la reina había sido raptada porque Su Majestad cayó en una trampa. Pero si ese es el caso, ¿por qué no hablan? ¿Por qué no nos dicen que eso es lo que sucedió en vez de tenernos aquí todos enojados? Podríamos ayudar también.
—No. No podrían ayudar. El pueblo se tiene que mantener a salvo de los asuntos de la monarquía. —dijo Simon. —El deber de la reina es protegerlos, no causar su muerte. Últimamente te hacen cualquier cosa si escuchas siquiera una palabra sobre lo sucedido.
Alle se mordió el labio.
—Pues… Supongo que debe ser así. —dijo después de unos segundos. —Pero el pueblo también se preocupa por su reina.
Simon, pensativo, asintió. Claro que se preocupaban por la reina, él mismo se lo había dicho a ella el primer día que la conoció, tratando de calmarla. Y los entendía, en verdad, pero la prioridad de la población era mantenerse a salvo. Eran muchos niños, mujeres y hombres los que vivían allí. Simon no quería ver una masacre y pequeños tirados en la calle, sangrando y pidiendo ayuda a sus mamás que estaban muertas…
Sacudió la cabeza y miró hacia abajo. Sintió como sus ojos se humedecían y unas cuantas lágrimas luchaban por salir, sin embargo las logró retener.
No era el momento.
—Bueno… —dijo Allene, suspirando. —Fue un gusto hablar contigo, Simon. —le extendió la mano para que él la tomara en forma de despedida. Él así lo hizo. —¿Vienes mañana?
—Creo que ya sabes la respuesta.
La morena sonrió, y después Simon la vio alejarse hacia las camillas en dónde se encontraba el viejo.
…
—¿Reina Elsa? —llamó una voz desde afuera y unos golpes resonaron en la puerta.
La mujer con el cabello blanco platino sentada en el frío y congelado suelo de madera fingió no haber escuchado.
Los golpes invadieron el preciado silencio que ella disfrutaba una vez más.
—Reina Elsa, tiene que comer. No puede permitirse seguir así. —dijo el sirviente del otro lado.
El ambiente siguió sin respuesta alguna.
El sirviente exhaló, derrotado mientras dejaba la bandeja de comida en el suelo en frente de la puerta. Sabía que era inútil: hace días que no se escuchaba palabra alguna por parte de la reina. Por más que siguiera insistiendo, ella no iba a salir.
Nunca lo hacía.
Aquella vez le recordaba a cuando el rey de Arendelle había muerto y le había pasado la corona a su hija automáticamente. La princesa Elsa no salía de su cuarto, y se queda ahí hasta que su corazón tuviera suficiente. Era una verdadera tristeza, pensaba él, que alguien tan bondadosa como ella tuviera que pasar por ello otra vez. Algunos pocos que trabajaban dentro del castillo y llevaban años de servicio sabían lo que estaba pasando, sabían el por qué del estado actual de la reina. No se había visto a la princesa Anna por los pasillos del palacio, y ella era la que la mayor parte del tiempo salía al bosque para divertirse y no paraba de saludar a cualquiera que se posara en frente de ella. Era un alma alegre, y cuando la luz de la felicidad deja el ambiente, es bastante notorio el cambio de temperatura. Era un alma alegre, y su ausencia no se podía dejar pasar por alto.
Elsa pudo escuchar desde el otro lado de la puerta como los pasos del sirviente se alejaban.
Levantó por primera vez en mucho tiempo su cabeza enterrada entre sus brazos mientras unas lágrimas que no podían salir inundaban sus ojos rojizos.
Parecía que no había dormido en mucho tiempo, y aún así, lo único que había hecho en los últimos tres días era cerrar los ojos y tratar de olvidarse de todo. Pero Elsa lo sabía: aquellos pensamientos sobre Anna no se irían, aquellas pesadillas que la atormentaban por la noche eran la causa de su desvelo. Cerraba los párpados, no veía más que negrura y aún así, no descansaba. No podía conseguir un momento de paz.
—¡Elsa! ¿qué has hecho?
—Tu deber es proteger a tu hermana, no lo olvides.
—¡Elsa, Elsa! ¿Vamos a jugar? Mira lo que te traje, ¡está hermoso! ¡Vamos, yo sé que quieres!
—Elsa… Tu hermana no debe de saber sobre tus poderes. Si se entera, estará en peligro. La puedes llegar a lastimar como ya lo has hecho.
—Tienes enteramente prohibido salir de estas puertas a no ser que yo te lo indique.
Sentía que su cabeza estaba a punto de explotar. Las memorias de su padre diciéndole estrictamente que le prohibía ver a su hermana, Anna rogando porque ella saliera aunque sea una vez en la vida y tomara el papel de hermana y mejor amiga, todas esas paredes que la destruyeron durante años…
El suelo crujió un poco mientras una gruesa capa de hielo lo cubría en forma de rayos disparados hacia todos lados.
A Elsa no le importó, y dejó que la madera siguiera crujiendo mientras ella volvía a enterrar su rostro entre sus rodillas abrazándose a sí misma y sintiendo la tela azul de su vestido entre sus manos.
...
"Querida reina Elsa de Arendelle:
Lamento mucho lo que ha sucedido. Hay algo de razón en las lenguas falsas, ¿no cree usted? Por algo se originan los rumores. Debe de haber cierta veracidad en ellos, y el escuchar que la princesa Anna está desaparecida ciertamente ha lamentado mi ánimo. Debido a esto, no quiero ni imaginarme cómo se encuentra en usted en estos momentos. Debe de ser difícil, créame, entiendo por lo que está pasando. Yo mismo he tenido hermanos que han fallecido. Sin embargo, quiero decirle que es el momento justo para actuar. A la princesa Anna no le gustaría verla deprimida. Piense en ella: es mejor tomar acción y encontrarla. Arendelle la quiere ver reaccionando e inspirando a los corazones de sus almas. La quieren ver regresar con la princesa en sus brazos. Quieren ver a un Arendelle capaz de defenderse por sí mismo, no a uno débil. ¿Está de acuerdo?
Mis mejores deseos,
Rey Edward de las Islas del Sur"
Tan pronto terminó de escribir la última letra, dejó la pluma en el escritorio. Le hizo una seña al sirviente que recién llegaba con una taza de mármol en las manos. El hombre se acercó mientras el rey enrollaba el pergamino, tomaba un trozo de papel pequeño que tenía algo escrito en ello y lo anexaba a la carta. Tomó el listón rojo que estaba al lado de él, lo colocó alrededor del pergamino y se lo entregó al sirviente.
—Envíaselo al reino de Arendelle. No me importa lo que tengas que hacer, que llegue mañana por la noche. Y una cosa más… —dijo Edward mientras hurgaba en su bolsillo derecho de su saco. Sacó unas monedas de oro grandes. —Que nadie se entere de la carta. —le susurró al oído. —Es… algo privado. Nadie la debe de leer más que la propia reina, ¿entendido?
El sirviente asintió con una mirada llena de temor, y acto seguido, salió por la puerta del despacho del rey.
