"Hroþwulf ond Hroðgar heoldon lengest
sibbe ætsomne suhtorfædran,
siþþan hy forwræcon wicinga cynn
ond Ingeldes ord forbigdan,
forheowan aet Heorote Heaðobeardna þrym."
-Widsith, líneas 45-59
Capítulo XI
El mensaje escrito en sangre
Los pasillos por los que Anna fue llevada estaban totalmente en bullicio. Nada comparado a la cubierta del barco, pero había gente, tripulantes que iban y venían haciendo eco en los pasillos de madera. El hombre la sostenía fuertemente por los brazos, y ella tras ver lo que Ener le había dicho, le había dado un poco más de temor intentar hacer algo. Además, estaba rodeada de un mar profundo con ninguna tierra a la vista hasta ahora. Lo único que podía hacer si quería vivir era obedecer, por más que su espíritu terco y valiente no se lo permitiera.
Giraron a la derecha y tras varios pasos más, un hoyo gigante rectangular en la madera se mostró ante ellos. Aquella era la entrada, Anna observó, a los dormitorios de la tripulación. Telas y cobijas estaban tiradas por doquier y había también uno que otro líquido escurrido en el suelo. Las camas eran dobles, pegadas a la pared, con escaleras pequeñas y estaban hechas del mismo material que el resto del barco. El pasillo del dormitorio era estrecho pero lo suficientemente ancho para que dos personas pudieran pasar entre las camas.
Un hombre aparte del que la tenía presa llegó a su lado con una escoba, un recogedor y unos cuantos trapos. El que la sostenía le arrancó las herramientas de la mano al viejo y se las entregó a Anna de manera brusca.
—Vamos, ve a trapear y a hacer todo lo que una mujer sabe hacer. El capitán ordenó que limpiaras todo esto antes de la medianoche. No quiero ver ni una mancha en el suelo. —dijo el que la agarraba, soltándola por completo y llevándose al viejo consigo. Hasta que sus pasos no se alejaron por completo, Anna no se movió ni un centímetro.
No podía escapar. No tenía a dónde ir, y Ener la había intimidado un poco. Además… Sólo era limpiar, hacer deberes como los sirvientes del castillo de Arendelle se encargaban de hacer todas las mañanas. Podrían estarle haciendo cosas mucho peores.
Soltó un suspiro, y examinó todos los aparatos que le habían dado. A decir verdad, nunca había tocado uno de ellos en su vida excepto para fingir a veces que encontraba a alguien con quien bailar toda la noche en el gran salón real de Arendelle. Danzar ante bellas coreografías que impartían los encargados de organizar los eventos de la realeza. Nunca para limpiar. Sin embargo, había visto muchas veces a los sirvientes haciéndolo, así que tenía idea. No era tonta. Torpe sí, pero no tonta.
Empezó por las manchas de agua. Colocó la escoba a un lado, se hincó en el suelo y con un trapo comenzó a tallar. Después de unos minutos, un olor extraño le llegó a la nariz.
Era alcohol.
…
Simon abrió los ojos totalmente alterado. Sentía su corazón palpitar a una velocidad imparable mientras su vista se acostumbraba a lo que había alrededor de él. Le costó trabajo volver a la realidad. Su frente estaba bañada en sudor, y sus manos que sostenían el pergamino no eran nada diferentes. Estaba con la palma de su mano libre buscando desesperadamente algo a lo que aferrarse. Cuando sintió el frío suelo de piedra en sus manos y las casas alzadas al cielo comenzaron a tener sentido en su vista, por fin se calmó.
Recargó su cabeza en la puerta blanca. No era la primera vez que tenía esa clase de pesadillas. De hecho, no era la primera vez que tenía pesadillas. Desde niño, todavía recordaba los temibles sueños que tenía cuando su papá se fue por última vez… y nunca volvió. Aun así, nunca se había terminado de acostumbrar. Tal vez sí a esos sueños, pero nunca a sus propias emociones que venían durante y después de tenerlos.
Sin embargo… Esta vez era diferente. No era esa clase de sueño.
Su mirada se dirigió al frente buscando el reloj del pueblo, pero luego recordó que eso estaba en la aldea, metros más allá y no dentro del castillo. Pero el cielo seguía negro, con las estrellas claramente visibles titilando en la oscuridad. La luna llena se alzaba en lo alto. No debía de haber dormido más de dos o tres horas, según sus cálculos.
Inhaló y decidido, se puso en pie y volvió a tocar la puerta, esta vez cuidando la medida de su golpe para no hacer mucho ruido.
La puerta se abrió ligeramente y el guardia que antes había dudado si dejarlo pasar o no, le hizo una seña con su mano para que entrara. Simon obedeció sin pensarlo dos veces. Sonrió al guardia mientras la puerta detrás de él se cerraba.
—Ve a hacer lo que tengas que hacer. —susurró mientras cabeceaba hacia el otro lado de la puerta. Simon volteó a ver y se encontró al guardia que lo había bloqueado dormido en una silla. Frunció el ceño. ¿Cómo podía…
—Vamos. —dijo el hombre. —Subiendo las escaleras, el primer pasillo a la derecha. Segunda puerta.
Simon le hizo un gesto con la cabeza en señal de agradecimiento y sonriendo se dirigió hacia las escaleras del castillo, corriendo, pero al mismo tiempo cuidadoso para no despertar al otro guardia. Ya sabía dónde quedaba el cuarto de la reina, no necesitaba que se lo dijeran. No era su primer encargo, después de todo.
Giró a la derecha, y pasó la primera puerta. Las paredes estaban tapizadas con tonos de rosa oscuros y naranjas justo como recordaba, y de la mitad para abajo era madera blanca (algo que para sorpresa de sí mismo, no había notado antes). Pero la puerta la reconoció, pues fue ahí donde recordaba entró la reina después de unas cuantas lágrimas que derramó en su primer encargo.
Con suavidad, tocó la puerta dos veces. Esperó unos segundos en silencio, y al ver que no había respuesta volvió a tocar con el mismo nivel de gentileza.
—¿Reina Elsa? —preguntó en un tono medio bajo, sin llegar a susurro.
Sólo el sonido del aire llenaba el ambiente.
—Reina Elsa. —repitió y esperó, y lo mismo obtuvo.
Soltó un suspiro inaudible. Iba a ser difícil, pero no se rendiría. Se mordió el labio, pensando durante muchos segundos bien lo que iba a decir. Nervioso por dentro y gentil por fuera, habló al fin.
—La princesa Anna estará bien. Es totalmente diferente a todas las personas que he conocido en mi vida. Por lo que he visto de ella, tiene valor. Es fuerte. Y no sólo eso… —hizo una pequeña pausa. —Tiene buen corazón. A ella no le importa más que su felicidad, y si usted está triste… ella también.
Hubo silencio durante unos instantes. Después, una voz quebrada que le hizo un nudo en la garganta a Simon, sonó a través de la puerta.
—Usted no sabe nada de ella.
Su voz sonó totalmente desesperanzada. Transmitía una tristeza y tragedia enorme y casi pudo sentir las lágrimas de la reina en el aire.
—No, tiene razón. Pero cualquiera que la haya visto sabe que un sentimiento de alegría aparece cada vez que se le ve caminando por los pasillos o en la aldea. —se relamió el labio, pensando con cuidado sus palabras. —Así de poderosa es su presencia.
Hubo silencio por unos segundos, hasta que después la voz se hizo escuchar otra vez.
—¿Cómo logró entrar?
Simon no pudo evitar formar una pequeña sonrisa.
—El guardia se quedó dormido.
Casi pudo ver el ceño fruncido de la reina a través de la puerta, y además juraría que le había sacado una sonrisa, por más pequeña que fuera. Sabía que era casi imposible, pero al menos habría intentado. Nunca lo sabría.
—Y… ¿qué hace usted aquí?
El semblante de Simon se tornó serio.
—Creo que ya sabe la respuesta.
…
Elsa sintió como le daba un ligero vuelco al corazón el escuchar esas palabras por segunda vez en su vida, proveniente del mismo muchacho. Simon Strand… Todo había dado un giro difícil desde su llegada y su intervención en la guerra. Tenía que admitirlo: el secuestro de Anna había sido por su culpa. Si Simon no hubiera…
No, no había tiempo para pensar en eso.
Por fin, por primera vez en mucho tiempo, pudo levantar la cabeza en alto. La recargó en la madera de la puerta, pero no dejó de abrazar sus rodillas.
—Es otra carta, ¿cierto? De las Islas del Sur.
Del otro lado de la puerta, nada escuchó por unos segundos.
—Sí.—respondió Simon al fin.
Elsa cerró los ojos. Kristoff tenía razón, Simon tenía razón. Tenía que levantarse de las cenizas, Anna estaba en peligro y mientras más estuviera ella aquí sentada sin hacer algo, quién sabe por lo que su hermana estuviera pasando.
Y eso era, justamente, la razón por la que su ánimo se venía tan abajo. El no saber dónde estaba, el no saber qué le estuvieran haciéndole, el no saber si estaba sufriendo o no.
Incluso, el no saber si seguía con vida.
Esos solos pensamientos hacían que sus brazos se estremecieran y sus ojos se nublaran. Lo desconocido, desde que era una niña, era lo que la hacía temblar e inundarse de miedo.
Después de unos segundos tratando de relajarse, se levantó del suelo, se acomodó la tela de su vestido azul (arrugada por todos los días que había estado encerrada), volteó hacia la puerta y la abrió.
Las pupilas de Simon se dilataron al ver que la puerta se abría, dejando ver a la reina con su peinado un poco desarreglado y su vestido brillante. Sin embargo, esta vez, aunque los pequeños resplandores seguían allí en la tela del vestido, no transmitían un aire de elegancia y belleza sino uno de tristeza y/o indiferencia.
No había esta vez ventana por la cual entrara la luz de la luna. Aun así, Simon apostaba que, aunque la hubiera, no se podría dejar de sentir ese sufrimiento por parte de la reina.
Suspiró, y le entregó el pergamino que estaba en sus manos a Su Majestad.
Al menos había logrado que saliera de su escondite.
Elsa miró el pergamino entre sus manos. Luego volteó a ver a Simon.
—Gracias. —susurró. —Puede irse ahora.
Simon asintió, y regresó por la alfombra aterciopelada por la que había llegado.
Elsa lo vio irse, y hasta que ya no hubo rastro de él, se metió a su cuarto y cerró la puerta tras de sí.
Sus manos temblaban un poco, menos que la última vez que había recibido una carta por parte de las Islas del Sur. Sabía de lo que ellos eran capaces, tendría que acostumbrarse. Desató el listón rojo fuego que envolvía al pergamino, y acto seguido vio caerse un papel aparte.
Elsa frunció el ceño.
Recogió el pedazo de papel que se había caído. Lo desdobló. No había nada escrito, así que lo volteó del otro lado, y leyó:
Este, reina Elsa, es su primer encargo.
Elsa sintió cómo su corazón paraba por un instante y sus manos se quedaban estáticas. Las pupilas de sus ojos se hicieron pequeñas para dar paso al azul de su iris, y al seguir leyendo sus ojos se humedecieron.
El barco donde está la princesa Anna, todos sabemos cuál es. Pertenece a uno de los líderes más poderosos de los mares que nos rodean. Él, como ya lo comprobó usted misma, es capaz de hacer cualquier cosa con tal de lograr su objetivo, que aún permanece en misterio. Sin embargo… Yo tengo mis contactos. El barco se dirige hacia el reino de Eindriði, al este de Arendelle. Según mis cálculos, el barco llegará ahí dentro de nueve días máximo. Sé que es mucho para usted, pero créame, la llevaran con vida. Yo le enviaré una carta cuando sepa que han llegado a su destino. Lo más conveniente sería atacarlos en la madrugada o mañana, los piratas tienen la manía de emborracharse durante toda la noche. He mandado a mis hombres en un barco siguiendo una ruta distinta que llega hacia el mismo lugar. Usted hará todo lo que sabe hacer con sus poderes y nosotros los atacaremos por atrás usando su tormenta como distracción.
Mis más sinceros cariños,
Rey Edward de las Islas del Sur.
Cerró los ojos por un instante, incapaz de creer lo que estaba leyendo.
Así que ya había llegado su turno de actuar.
…
La puerta rechinó al abrirse. Dentro, no había rastro de que alguien hubiera estado ahí en los últimos tres días. Simon suspiró.
Trevor se había ido desde que la batalla había comenzado. Y él pensaba, por lo menos, que se quedaría hasta el final para decirle adiós o que se quedaría más tiempo. Después de todo, había llegado ese mismo día del ataque. Pero tan pronto como llegó, se esfumó. Y trataba de comprenderlo, en verdad lo hacía.
Pero Trevor no entendía que él ya no era ese niño de diez años que debía ser protegido tras la muerte de sus padres. Le agradecía todo lo que había hecho por él, pero, ¿no era esto lo que su mamá quería? ¿No era esto lo que le debía al pueblo de Arendelle? ¿No él debía de luchar para proteger las paredes de su hogar?
Simon cerró la puerta detrás de él y caminando llegó a su cuarto. Se quitó el uniforme azul de la armada de Arendelle y lo colocó en los cajones al lado de su cama, tomando al mismo tiempo su ropa para dormir, que no era más que una playera un poco rota por la parte de abajo y un pantalón café viejos.
Esa y el traje de soldado eran las únicas prendas que tenía. No que le importara demasiado, claro. Tenía todo lo que necesitaba para vivir bien, y eso era suficiente, al menos para sus ojos.
Con cuidado se recostó sobre la cama, cruzando sus brazos detrás de su cabeza y viendo al aburrido techo de madera.
…
Un espada atravesó el cuerpo de un niño, como de unos siete u ocho años. El grito desgarrador del pequeño atravesó sus oídos como navajas y la sangre que se escurría de su vientre tomaba formas extrañas, como la sombra de un remolino o un vino cayéndose de la repisa.
La voz de una mujer llegó a cada esquina de su piel, arrancándole cada pedazo de ésta. Vio sus propias manos y estaban llenas de un líquido rojo escarlata. Soltó un grito ahogado a medida que el paisaje cambiaba y todo se volvía negro. Volteó a todos lados buscando al alma del niño que había muerto, y en un segundo apareció la mujer con los ojos llorosos cargando a un bebé envuelto en una tela rosa. Pronto el ángulo cambió y ahora su vista estaba en los ojos de la mujer viendo al niño.
El bebé tenía la piel gris, y sus ojos no parpadeaban. Estaba muerto.
Un tercer grito se escuchó, una negrura envolvió el paisaje y sonidos de campanas comenzaron a llenar el aire. Después, poco a poco, un puente de piedra fue apareciendo y atrás de éste se alzaban las casas de la aldea. Las personas del pueblo se dirigieron a las puertas del castillo, pero era demasiado tarde.
Unas bombas cayeron del cielo, llenas de fuego y abrazaron a la gente en llamas.
Después, todo se volvió humo.
…
Un muchacho de ojos azules y cabello negro abrió los ojos. Su corazón estaba a punto de salírsele del pecho, pero más rápido que antes, se calmó.
Era la tercera pesadilla en una noche. Y, a decir verdad, ya no lo soportaba.
Se incorporó lentamente de la cama de madera, respiró profundamente y miró al techo con el que se había quedado dormido.
Sintió cómo se le nublaba la vista y un líquido comenzaba a emanar de sus ojos. Se llevó una mano a su mejilla y sintió una gota de agua caer en su piel. Después de eso, se echó a llorar por completo.
Pero sin gemir. Todo en silencio.
...
—Capitán. —llamaron a golpes en la puerta fuera de su camarote.
Ener puso la botella de vino en su escritorio.
—Pase. —dijo después de tomar un trago.
La puerta se abrió y uno de los tripulantes del barco entró por ella. Traía un papel en la mano.
—No sé cómo, pero han encontrado nuestra ubicación. Un ave entrenada ha llegado con esta carta para usted.
Ener frunció el ceño, pero después sonrió ligeramente.
—No pensaba que esas aves siguieran existiendo. —dijo, y le extendió la mano para que le entregara el pequeño pergamino en la mano.
Tomó una vez más la botella y tomó otro trago.
—Por cierto, ¿cómo va la princesa Anna con su encargo?
—Bien. —dijo el pirata, colocando sus manos detrás en forma de descanso.
—¿Sólo "bien"?— contestó Ener. —Eso sonó un poco dudoso, ¿no crees?
El hombre se mantuvo callado, sin bajar la mirada.
Ener suspiró.
—Voy a ir yo mismo a ver cómo han quedado los dormitorios. —dijo. —Mientras, te puedes ir.
—Sí, Capitán. —dijo el tripulante, haciendo una pequeña reverencia y dirigiéndose a la puerta.
Ener no necesitó leer el papel para saber de dónde provenía. Desdobló el pergamino al instante que el muchacho cerró la puerta detrás de sí.
En el papel amarillento, escrito con tinta roja escarlata, decía:
Capitán Ener Sjöberg, rey de los mares de Lundberg. O debería decir, ¿Hrōðgār Þórbjörn?
Ener se detuvo en seco. Sus manos comenzaron a temblar y pronto le siguió la cabeza y su cuerpo. Su vista se nubló y de repente la estancia donde se encontraba fue llenada por humo y pequeñas luces naranjas, mientras las paredes se quemaban como un papel siendo encendido. Las luces cada vez se hacían más grandes, y pronto llamas iluminaron la habitación. Unas eran rojas, otras naranjas y amarillas.
Un eco con palabras indefinidas resonó en sus oídos y un grito desgarrador llenó sus pulmones para dejar de respirar.
Cuando sintió el oxígeno atorado en su garganta, por fin el color rojo desapareció y estaba de vuelta en el camarote de su propio barco, con las paredes de madera y todo tal y como lo recordaba. Hizo un esfuerzo por estabilizar sus manos, pero todavía le costaba trabajo.
Continuó leyendo la carta, aunque era difícil en el estado en el que se encontraba su cuerpo en ese instante. Su vista había vuelto a la normalidad, pero no podía sentir pequeños choques de electricidad por todo su cuerpo que lo hacían temblar.
Quiero hacer un arreglo por la princesa Anna. Iré directo al punto: necesito la ubicación de la tierra a la que se dirigen. Evitemos tomarlo por fuerza, ¿vale? ¿O es que acaso deseas que todo el mundo se entere del 26, Hrōðgār?
Ener volvió a temblar, y está vez sin siquiera pensarlo, tomó la pluma que tenía al lado y rápidamente volteó el pedazo de papel. Escribió atrás, y la palabra que quedó plasmada no parecía más que unos cuantos garabatos que alguien había hecho segundos antes de morir.
