¡Atención! Una advertencia para este capítulo: no es nada explícito, lo pueden leer mayores de trece años como está catalogada mi historia, y hasta es explicado metafóricamente, pero en este cap hay escenas que tal vez no sea del agrado de algunos. Este capítulo incluye una escena de violencia y abuso sexual. Si te sientes incómodo (y lo comprendo) abstente de leer este capítulo. Será mencionado en los capítulos siguientes, sólo mencionado para que así no se pierdan de mucho. ¡Gracias por mantenerse conmigo y no abandonarme aunque no actualice tan seguido! ¡Muchas gracias por leer mi fic, y espero que este capítulo sea de su agrado!

Los quiere,

GoldenRose2110.

El reflejo y el tiempo

'Cause it's too cold,

For you here

And now, so let me hold,

Both your hands in

the holes of my sweater.

-Sweater Weather, The Neighbourhood

El tiempo

Kristoff recargó su cabeza en la madera blanca al tiempo que cerraba sus párpados.

Ella no te ama.

Las palabras no paraban de resonar en su cabeza como quemaduras donde la herida sólo duele más con el tiempo. Sentía el fuego caminar en cada parte de su ser, en distintas direcciones, con el sentido perdido.

No era posible. Sabía que no era cierto… o al menos eso era lo que quería creer.

Los días sin Anna habían sido el mismísimo infierno para Kristoff. Con cada día que pasaba sentía la ansiedad, el deseo, la preocupación de ir a buscarla. Y cuando Elsa le dijo que no podía hacer nada, todas esas esperanzas se habían desvanecido en el aire y la verdad le había golpeado como una piedra. El problema era que él lo sabía, y había sido cegado por la desesperación. ¿Pasaba lo mismo con lo que sentía Anna hacia él? ¿Había estado cegado todo este tiempo por el amor que no se dio cuenta que no era correspondido, que ella lo veía con indiferencia?

No, Anna no era así. Anna irradiaba pasión y alegría, no frialdad. Ella sentía, y lo demostraba. No tenía la misma máscara que su hermana, ella vivía.

Abrió los ojos, sólo para ver el cuarto en el que tantas veces había estado. La luz se filtraba a través de la única gran ventana, iluminando la habitación del blanco del sol mañanero. Se acercó a la cama y acarició la cobija de terciopelo rosa, recordando todas las noches en las que ella se quedaba dormida en paz, con las pecas en sus mejillas y su cabello despeinado, una sonrisa en su rostro… ¿volvería a ver todo eso? ¿Ahora, en este mismo momento, estaría ella en el mundo del ensueño y tranquilidad profunda? ¿O a qué pesadilla estaría despertando en estos mismos instantes?

Se alejó sólo para acercarse a la ventana y golpearla con sus brazos. Afuera, la gente de Arendelle se paseaba como todos los días: buscando comida, entrando al castillo o vendiendo. Nadie sufría como él: eso de que el pueblo se preocupaba por el reino era una mentira. Sólo agarraban lo que les daban de comer y se iban sin más, sin pensar en la mano que les alimentaba. Viendo las calles de afuera, nada podía explicar la furia que sentía en estos momentos. Sintió su cabeza enrojecer, se recargó en el frío vidrio y por primera vez en mucho tiempo comenzó a llorar.

La luna se asomaba entre el manto de oscuridad que cubría el reino.

Elsa quitó lentamente las cobijas que cubrían su cuerpo y se incorporó.

No podía dormir, como era usual. Pero esta vez al dolor de cabeza se le había añadido lo que le había dicho a Kristoff en la tarde. Era un peso que traía en sus hombros, y aunque no parecía poder deshacerse del recuerdo, no sentía ni el más mínimo remordimiento. Sí, el recuerdo no le paraba de dar vueltas en la cabeza, pero no sentía ese dolor en el pecho que le causaba ansiedad y le hacía creer que ella tenía la culpa. Kristoff no podía hacer nada, y aunque hubiera sido dura con él era para que dejara de insistir y se diera cuenta de una vez por todas que no podía ser el héroe de cada momento por el que pasaba Anna. Pero… ¿en serio lo había hecho por eso? Ella misma quería tener noticias sobre lo que le sucedía a su hermana, sin embargo la diferencia era que ella no iba por un bote para buscarla en medio de un océano que ni siquiera conoce.

Suspiró. A decir verdad, ella también estaba impaciente.

Pero ella sabía que no había nada que pudiera hacer.

Se llevó una mano por su cabellera rubia, y con un movimiento de mano que desprendió unos brillos blancos se soltó el cabello.

Sin pensar muy bien en lo que estaba haciendo, se paró y se dirigió a la ventana triangular de su cuarto. Estaba a punto de abrir la cortina cuando su mano se detuvo en la tela púrpura. Cerró los ojos por unos segundos y luego corrió el terciopelo de un lado a otro, dejando ver el vidrio y filtrar la luz blanca del astro que alumbraba la noche.

Cómo extrañaba el aire nocturno. Una de las pocas cosas que le había gustado hacer afuera era sentir la brisa cuando el sol caía y la luna se asomaba. Era un aire frío pero acogedor, un aire libre. Por eso había puesto su castillo de hielo en la montaña, allá arriba donde el viento helado soplaba y le hacía olvidar de todo lo que alguna vez había pasado, de todo por lo que alguna vez había derramado lágrimas. Se olvidaba y dejaba que el aire la llenara con un extraño pero lindo vacío.

Era como si todo el peso del mundo la abandonara y ella simplemente no existiera.

Sus ojos se posaron en la luna, y después su vista paseó allá por las calles empedradas y las fortalezas alzadas, y las casas de un pueblo que ella desearía nunca haber conocido.

Del otro lado, no muy lejos, en un puente de piedra había un niño con cabello negro y ojos azules, con un brillo particular en sus ojos que reflejaba un astro, tal y como el mar lo hacía.

Seis días después del secuestro

Barco de Ener

La última semana Anna se la había pasado limpiando como lo había hecho el primer día, aunque a veces se alternaba entre los dormitorios y la cubierta del barco. Siempre se despertaba temprano, hacía la limpieza en donde fuera que le ordenaran y luego se iba, para su más mero disgusto, hacia el camarote de Ener para tener la única comida en el día: la cena. Después, se quedaba dormida en el suelo de madera en el cuarto del capitán.

Hasta ahora, no había tenido más complicaciones con Ener. Había seguido la rutina al pie de la letra, y no hablaba en frente de él, así estaría más segura.

Suspiró mientras se quitaba la cobija de encima. Cuando se incorporó en el suelo de madera, se fijó en la herida de su estómago, a la que no le había prestado tanta atención estos últimos días por todo lo que estaba sucediendo. La venda estaba más sucia desde la primera vez que la vio, y todavía no se había caído. Sí dejaba ver la herida, pero la venda seguía ahí.

Anna frunció el ceño. Si ese era el caso, significaba que la tela estaba siendo sostenida por algo en su espalda. Con cuidado, trató de quitar la venda pero en efecto, algo la detuvo. Recorrió los dedos por la venda hasta llegar a su espalda, y fue ahí cuando sintió un clip que unía su chaleco negro encima de su vestido lima con la gasa. En un movimiento lento, quitó el clip y la venda se cayó. Levantó una parte de la tela, ya que como la herida había sido hecha con cuchillo la prenda se había rasgado dejando ver el rasguño. La herida estaba cubierta de sangre seca y no había cicatrizado todavía.

Le ardía, y le extrañaba que no le hubiera dolido en todos esos días. O a lo mejor si le había dolido, pero se había olvidado por completo debido a todo lo que estaba sucediendo. No estaba segura en ese barco, y mientras más se quedaba, más nervios le daba. Especialmente Ener, que desde el día de ayer la había estado observando de una manera rara que nunca había visto en él. Sus ojos cafés despedían un aura de misterio completamente distinto al de antes. Esta vez, no había nada que leer en su mirada. Desde la primera vez que lo vio tenía esa apariencia recóndita, pero siempre se le veía un brillo de locura en sus pupilas o de enojo y furia. Últimamente ni siquiera eso se le notaba, su mirada era completamente indescifrable y le estaba causando más cautela que antes. Sus pupilas la penetraban totalmente que en vez de estremecerse se quedaba quieta, devolviéndole la mirada. Le preocupaba las actuaciones que Ener había tomado hace días. Las cenas cada vez se volvían más calladas y a diferencia del primer banquete, Ener no la miraba para nada. Era extraño, ya que cuando ella limpiaba o cuando menos se lo esperaba sentía los ojos de él como navajas sobre su piel.

Dejó esos pensamientos a un lado y se levantó del suelo. Como era usual (a pesar y fuera de todo el patrón de anomalías que se estaban presentando), la cama de Ener estaba vacía cuando se despertó. Se dirigió a la puerta y salió del camarote, lista para otro día en el barco de la muerte.

Afuera, en la cubierta, estaba el ruido de hombres yendo y viniendo, junto con el de la bandera alzándose en el mástil y el sonar de las olas chocando contra la madera, cubriéndola de espuma de manera gentil a diferencia de lo que ocurría dentro del navío. Se abrió paso entre la tripulación, los cuales algunos caminaban al lado de ella como si fuera otra rata que limpiar y otros la observaban como si fuera un fantasma.

Caminó lo más rápido que pudo para dirigirse a los dormitorios. Las cosas para limpiar ya estaban ahí, y el cuarto estaba vacío. Como cualquier otro día a bordo, agarró el trapo y se puso a rasgar el suelo.

El tiempo pasó, y cuando acabó de limpiar Anna se encaminó hacia la cubierta. La luz la cegó allá arriba, y ocupó su mano como sombrilla para protegerse de los rayos. El sol todavía estaba en su punto, y el atardecer parecía lejano. Estuvo unos segundos así, admirando el tinte azul claro que pintaba la atmósfera y dejando que el aire recorriera su ser, llevándose consigo su ya de por sí desaliñado cabello. Nunca pensó que navegar por los mares en un barco sería tan maravilloso, incluso en esas circunstancias. Si olvidaba todo lo demás, la naturaleza del hábitat marino que la rodeaba, el océano extendiéndose kilómetros más allá y la brisa soplando suavemente en su cara, aquél momento era relajante. Tal vez, en algún día podría salir con Elsa y Kristoff y viajar por el alta mar.

Su hermana… ¿qué estaría haciendo ahorita? No había pensado mucho en ella, pero estaba segura que se las arreglaría para ser fuerte. Anna no sabía que le deparaba el destino, pero fuera lo que fuera, estaba segura que ella estaba lista para enfrentarlo. De eso, Elsa no se debería de preocupar. Anna podría sobrevivir, estaría bien. Elsa tenía que saber eso. Y Kristoff… Dios, cómo lo extrañaba. Tan sólo pensar en su cabello rubio y sus ojos azules la hacían sonrojarse. Cerró los ojos por un momento, y pensó en la última vez que lo había visto.

La tranquilidad no duró mucho, pues segundos después sintió un escalofrío recorrer su espalda y abrió sus párpados. El mismo sentimiento que había estado sintiendo los últimos días regresó a ella, y giró su cabeza hacia la puerta del camarote.

Un iris café se cruzó con su iris azul, y una especie de electricidad unió a ambos, un rayo que sólo ellos veían. Para ella, ese era un augurio, una señal de alerta. Para él, era una espada, una navaja con su sangre escrita en el metal.

La comisura de los labios de Ener se hizo ligeramente hacia arriba. Una media sonrisa iluminó su rostro, y su mano empujó ligeramente la puerta ya abierta. Se detuvo por un instante, volviendo a ver a Anna e hizo un gesto con su brazo como quien invita a una dama a entrar a un salón. Luego, se adentró en la oscuridad del cuarto y cerró la puerta detrás de sí.

Anna frunció el ceño, y luego sus pupilas se agrandaron, el pánico inundándola por completo. Nunca había hecho eso. Tragó saliva, y volteó a ver a todos los que estaban en la cubierta. Al parecer, todos seguían con sus actividades y nadie había notado nada. Su mirada buscó a alguien que se le acercara y le dijera que Ener la hacia llamado a su cuarto, pero nada de eso sucedió.

Decidió ignorarlo por completo, y justo cuando dio un paso para encaminarse rápidamente hacia los dormitorios, escuchó una frase que la hizo detenerse en seco.

—¡Tierra a la vista!— gritó una voz desde el frente del barco. Los ojos de Anna se iluminaron con alivio, y corrió hacia al borde este del barco como todos los tripulantes, sólo que ellos fueron directamente con el piloto. Su vista se posó allá donde estaba el piloto, hasta el frente. Allá en el horizonte, no tan lejos se apreciaban varias colinas de color verde oscuro. Anna se quedó boquiabierta.

—Avísenle al Capitán. —dijo un pirata que pasaba al lado de la pelirroja. Anna lo siguió con la mirada, y luego con la curiosidad que mató al gato se hizo camino hasta el frente, donde estaba el timonel. Sin pensarlo bien, se posicionó al lado del hombre y habló, su vista en la tierra recién descubierta.

—¿Cuántos días faltan?

—Cuatro, según mis cálculos.

Anna se sorprendió al oír una voz joven, y su mirada volteó a ver al que manejaba el barco. Era un hombre de complexión normal, ni tan fuerte ni tan débil, y la sorpresa de Anna fue mayor cuando vio que no debía tener uno o dos años más que ella.

—¿Tú eres el piloto?

—No tengo tiempo para preguntas con respuestas obvias.

Sus manos se movieron ágilmente por el timón, girándolo un poco hacia la derecha, evitando probablemente, Anna pensó, una roca que se alzaba en el camino.

Frunció el ceño y no dejó de ver al joven. Como lo incómoda que era ella para situaciones sociales, sonrió y dijo:

—Hola, soy Anna. Sé que no me conoces, y que en circunstancias como estas no es apropiado que me presente, pero…

—Sí, eres la primera mujer a bordo. Ya todos lo sabemos. Ahora, ¿podrías dejarme sólo?

—Pero…

—Princesa Anna. —dijo una voz detrás de ellos. Era otro miembro de la tripulación. —El Capitán la está esperando en su camarote.

Los ojos de Anna se agrandaron.

—Ah, sí, claro… —se llevó un mechón de pelo detrás de la oreja, y lanzándole una última mirada al piloto, siguió al hombre hacia el camarote de Ener.

Llegó siendo escoltada por el hombre, y vio que la puerta estaba entreabierta.

Lo había hecho a propósito. Ener lo había hecho a propósito.

Anna volteó a ver al tripulante.

—Puedes irte. Yo entraré sola.

Él la miró, y sus ojos con dureza le dieron a entender que no se iba a ir de ahí hasta que ella pasara.

Anna suspiró. No tenía escapatoria, ¿o sí?

Con su mano empujó la puerta, los nervios carcomiéndola con cada movimiento que hacía. Por fin la abrió, por completo, y se adentró en el camarote. Cerró la puerta.

—Parece que tuve que llamar a un tripulante que fuera por ti. No quería hacerlo, ¿sabes? —dijo Ener sin dirigir su vista hacia ella y barajando las mismas cartas que Anna había visto en su primer día abordo. —Toma asiento.

La pelirroja lo fulminó, y nerviosamente se sentó en la silla de madera en frente del escritorio. Era la clásica mesa que había visto anteriormente con una única diferencia: había un resplandor metálico a un lado al que ella miró de reojo, pero su atención se mantuvo en el dichoso capitán.

—Escucha… Princesa Anna, de Arendelle. —comentó Ener. —¿Qué te parece si jugamos?

Anna casi soltó una risita, de no ser porque la mirada de Ener la detuvo por completo.

—¿Jugar?

—Sí. Tú tomas ocho cartas, y yo también.

Sus ojos. Aquella máscara indescifrable. Sus pupilas en el más mínimo tamaño posible. El brillo que no irradiaba pasión.

Con sus manos en un movimiento ágil dejó ocho cartas boca abajo del lado de Anna, y ocho de su lado. Las sobrantes las colocó de igual manera entre ellos dos.

—Es fácil. —tomó una carta del montón que había sobrado y la puso, esta vez boca arriba, en el centro de la mesa. Y así, el juego comenzó a medida que la luz de día hacía su camino hacia el otro horizonte.

La cuarta jugada

Los ojos azules de Anna recorrían cada centímetro del rostro de Ener. Los casi invisibles pelos que le cubrían la barba, sus labios torcidos, el cabello negro, la piel morena…

—Así que, dime, ¿cómo es Arendelle? ¿La reina del hielo es tan fuerte como dicen?

La pelirroja despegó la mirada y luego observó sus cartas.

—No veo a que viene eso al caso.

Ener soltó una risita.

—Sí, la verdad yo también apreciaba el silencio entre nosotros, pero no te lo voy a repetir. Te he hecho una pregunta y espero que me la contestes. — Además, ¿qué era la diversión en silencio? Pensó él. Hasta la muerte sabía que tenía que ponérsele una pizca de espectáculo al asunto.

—Pues… hace mucho frío.

—Eso ya lo sé.

—Bueno, no sé qué otra cosa quieres que te diga.

—Hablemos de tus padres. Y de tu hermana. No parecía tan fuerte cuando el reino se quedó sólo por dos años, ¿o sí?

Anna no contestó, y Ener sonriendo puso otra carta en la mesa.

—Tu madre era una buena persona, ¿sabes? Tu padre… no tanto.

Anna se detuvo en seco.

—No los conociste.

—No los conoció, Capitán. Y claro que sí. Su nombre era Agnarr, el rey de Arendelle, el poderoso, como algunos solían llamarlo por aquí. Cuando se fue en barco… ¡No, no! Si tan sólo hubieras visto el relajo que causó, malas lenguas comenzaron a correr por las aguas. Claro que ninguno de los habitantes de Arendelle habla más de eso: murió, junto con su esposa, y deben de ser honrados porque la muerte así lo dicta. Y la imagen se quedó: poderoso, ambicioso y lleno de compasión, uno de los mejores reyes que ha tenido Arendelle. —su tono al decir la última oración fue lleno de sarcasmo. Sin dejar las cartas, tomó más de la botella de vino a su lado. —Pero luego llegó Elsa. Oh, Elsa… superó a su padre en fama. Es más odiada y más amada. Si tan sólo supieran…

—Elsa es amada por todos los habitantes. Todos la quieren. Y mi padre era un buen hombre.

—Los padres no le cuentan nada a sus hijas. No quieren romper esa imagen perfecta con las que las niñas sueñan. ¿Pero sabes qué? Hay hijos, e hijas, cuyos padres se dedican a asesinar. El famoso "pelear por la corona", "saquear oro y tierras". ¿No crees que tu padre pudo haber sido uno de ellos?

El corazón de Anna comenzó a latir fuertemente. Sus ojos intentaron nublarse, pero ella lo impidió con un parpadeo. Cerró la mano formando un puño y apretando las cartas. Ya había tenido suficiente, todos esos días de saber si Ener iba tras de ella o no, de sentir su mirada sobre la suya, de sentir como si él fuera el cazador y ella la presa, de preguntarse si al día siguiente seguiría con vida o no, de cómo estaría su hermana y Kirtsoff, si ellos sufrirían por ella… Todo esto le estaba llegando a los nervios.

Pero su familia. Se podía meter con ella todo lo que quisiera, ella seguiría soportando.

Pero su familia.

—No conociste a mis padres. Ambos eran buenas personas.

—¿Sabes por qué se hundió el barco?

Anna vio furiosa a Ener.

—¡Mis padres eran buenos! ¡Ellos ayudaron al reino y…!

—¿Y qué? —Ener se levantó lentamente de su asiento, amenazante.

Anna, con las cejas torcidas, vio de reojo el resplandor que había visto cuando entró al cuarto. En un movimiento ágil y rápido, sin soltar las cartas, se paró de la silla y agarró el cuchillo encima del escritorio. El ambiente se llenó de tensión, más de lo que ya había estado en las primeras rondas del juego.

Ener la miró, por primera vez, con algo en sus ojos que indicaba sorpresa. Gradualmente, su rostro se fue aligerando hasta que la comisura de sus labios se curveó, y soltó una risa.

—¿Me vas a atacar a mí? ¿A mí, Ener…? — se fue acercando a Anna. Ella, sin pensarlo dos veces antes de que Ener diera un paso más para estar a un milímetro cerca de ella, Anna cerró los ojos y una luz blanca recorrió el cuarto. Cuando abrió los párpados, un choque eléctrico pasó entre ellos dos, como un rayo, y luego de vuelta a la realidad: sus ojos azul oscuro, sus manos cubriendo su mejilla. Una gota se escurría por la palma de su mano hasta llegar a la muñeca: era sangre.

Lo primero que sintió fue un brazo jalándola violentamente, apretándole sus venas y llevándola a la puerta del camarote. Luego, cómo su cabeza chocaba contra la madera por el jalón de Ener. Sentía sus pisadas sobre la de ella, su peso sobre ella, hasta que por fin el aire acarició su cara y oyó la puerta abrirse.

—Háganle lo que quieran. —dijo Ener bruscamente, empujándola hacia los hombres que estaban alrededor.

Los ojos azules de Anna se agrandaron, y su pupila ahora no era más que un pequeño punto en un océano azul. Siento su cuerpo temblar. Trató de mantener sus brazos rígidos, pero su mente no le obedecía y todo lo que parecía hacer en ese momento era sentir su sangre fluir a través de sus venas mientras su corazón aceleraba.

—¡¿Qué?!—gritó. En seguida, unos brazos la jalaron por atrás, aplicando fuerza en ella. Sólo en ese momento pudo reaccionar, y la adrenalina fluyó a través de todo su cuerpo como una droga. Trató de soltarse, pataleando y casi aventando sus brazos por doquier tirando a la suerte para que su puño le diera a algún miembro de la tripulación.

Pero la fuerza era demasiada, mientras más resistencia ponía, ésta crecía.

—Tírenla al suelo. —oyó una voz por detrás. Sus brazos de pronto se pusieron inmóviles, y unos segundos después un gran peso desaparecer de sus extremidades y ella caía al duro piso de madera. El impacto causó que por un momento su vista se nublara y un gran velo negro la cubriera por un instante, pero después de eso únicamente sufrió de una gran punzada en la cabeza y su vista retornó a la normalidad, o eso ella creía. Distinguía varias cabezas encima de ella, y luego las vio hacerse a un lado. Sin embargo, la extraña y delirante paz que le había concedido el golpe por unos momentos se desvaneció tan rápido como advirtió unos dedos encima de su chaleco.

—¡No! ¡NO!— no podía escuchar sus propios gritos, y sólo escuchaba una especie de eco desgarrador que volvía y venía. Su vista se volvió a nublar, esta vez a causa de las lágrimas. Sus ojos se humedecieron, y trató de mover sus piernas, sus brazos, lo que fuera, pero una fuerza ejercida sobre ella lo impedía. No podía más que alzar sus codos unos milímetros y éstos caían al suelo. Siguió, y trató, y mientras más intentaba, más carne sentía sobre su cuerpo y más difícil le resultaba moverse. Sus mejillas y pecas pronto se vieron llenas de pequeñas gotas de agua que no contenían más que una terrible tristeza y desesperación.

—¡NO! ¡POR FAVOR!

—¿Vamos a tomar turnos?

—¿Por qué no todos de una vez?

—Da igual, pónganse donde quieran.

—Voltéenla primero.

El peso sobre ella se desvaneció únicamente por unos segundos, para ser puesto encima de ella nuevamente, la única diferencia siendo que esta vez Anna no lograba ver nada. Su nariz chocó contra la madera, y la sangre formó un remolino en su interior. Las lágrimas caían sobre el suelo.

La habían colocado boca abajo.

En seguida sintió su chaleco y su vestido siendo arrancados y una ráfaga de viento le llegó a la espalda para quemársela con un aire helado, rasgándole las venas. La voltearon otra vez, viendo hacia arriba.

Esta vez, Anna sólo veía pequeños puntos blancos que titilaban en el cielo oscuro y parecían tener un baile que solamente ellas entendían, como un sueño de nubes.

Gritos y aullidos inundaban el ambiente de una manera sangrienta y el barco nadando en las tranquilas aguas no era más que una cárcel, una prisión de tortura en los ojos de la luna. Entre los alaridos también se podían escuchar risas crueles y gemidos sin ningún sentimiento en ellos más que un ahogo de salvajismo inhumano.

—No… Por favor… —susurró. Una última lágrima resbaló por su piel, llevándose todo de ella y la última pizca de sentimiento que le quedaba, el esfuerzo final.

La noche siguió y después, cuando los astros ya habían cambiado ligeramente de posición y la luna estaba en cuarto menguante, los lamentos cesaron y Anna dejó de sentir poco a poco las manos sobre ella. Estaba consciente de lo que le hacían, sólo que había dejado de sentir: ya se había acostumbrado.

Así que ese era el milagro del nacimiento de la raza humana.

El reflejo

Afuera, miles de años luz después, en la infinita y profunda oscuridad de un parque lleno de pequeños círculos resplandecientes, un astro del color del fuego levantó sus alas y unas flamas se alzaron hacia las nubes negras para cubrir todo a su paso. Poco a poco, todo el incendio se quebró en millones de pedazos para dar lugar a llamas azules, expandiéndose por todo el alrededor como cristales de hielo siendo lanzados violentamente hacia donde sea que el destino los guiara. Ruido, y luego, silencio. No hubo más que una pequeña gota celeste, blanca flotando en el universo para luego, extinguirse lentamente y no dejar rastro alguno más que la amarga negrura en la que se envolvía toda la vida que habitaba en el firmamento.