Razón III

Sus defensas

Cuando por fin despierta lo primero que percibe es el techo de su habitación, la luz que toca de frente hace que un dolor de cabeza agudo le sacuda todo.

Se tapa los ojos con el dorso de la mano, no sabe por cuánto tiempo estuvo inconsciente, sabe que es relativamente poco porque aún es de día y los golpes recién comienzan a doler.

Aprieta los ojos con fuerza ¿Qué fue eso? ¿Cómo era posible que él se metiera directo a una pelea para tener que ser salvado por la chica a la que iba a proteger? ¡Ya no había rastro de su dignidad en ningún lado!

Todo se había perdido.

Él estaba perdido, eso seguro. Ya su locura debía aceptarse como un hecho irrefutable, pero Helga tenía la culpa, sin duda.

Ninguna chica lo había descolocado de esa forma, él sabía perfectamente que no era una cuestión de aceptar las cosas, era una cuestión primordial de comenzar a verlas.

Justo ahora con el rostro ardiente, espasmos abdominales y dolor de cabeza sabe que no puede mentirse más a él mismo, a Gerald e incluso a la misma tigresa Helga.

Cuando tenía 10 años lo pensó, claro que lo hizo porque Helga no era precisamente la chica discreta que a ella misma le hubiera gustado ser.

Pero él intentó convencerse de que pensar que ella lo amaba era una tontería, era imposible. Las veces que el pensamiento le cruzó la mente fue acallado en el mismo instante por las palabras duras y crueles de la rubia.

Y es que el momento podía ser preciso pero no perfecto, obvio que era fácil decirse a sí mismo que era una locura pero al mismo tiempo era imposible negar lo que aparentemente era notorio o en casos: inexplicable.

¿Cómo se podía convencer a sí mismo de que todo eran coincidencias? ¡No podía!

Cuando él tenía una cita con alguna chica ella aparecía misteriosamente.

Fuese Ruth, Lila, Summer o cualquier otra. ¿Qué clase de situación era esa?

Siempre interviniendo.

Cuando sufría algún shock o se golpeaba, se convertía en una chica incluso dulce y romántica por momentos.

La vez que la golpeó con una pelota de béisbol.

O cuando el Gran Bob atinó en su cabeza un tiro de golf.

¡Incluso cuando atrapó el ramo de novia en la boda del entrenador!

¿Cómo podía explicar los besos atrevidos y largos que ella misma había comenzado? En las dos ocasiones se escudó en que estaba actuando, la única vez que no pudo retractarse fue en Industrias Futuro.

Y ahí él se había negado a creerlo posible.

Cuando eso le decía que ahí todo cobraba sentido. Sus agresiones sin justificación, sus apariciones misteriosas a mitad de la noche en su casa, su interés en general por él.

¿Y cómo él no se había dado cuenta de lo que sentía por ella?

Incluso se había insinuado a ella sin pretenderlo ni entenderlo.

Le enojaba, claro que lo hacía porque lo trataba con la punta del pie cuando no había hecho nada, detestaba su carácter en extremo agresivo, mezquino y arrogante.

Por eso cuando podía intentaba alabar su lado amable.

Pero tampoco podía imaginarla tan común. ¡La admiraba! Nunca se lo negó.

¿Qué chica podía dirigir a todo el equipo de béisbol? ¿Qué chica podía tener la capacidad de ser modelo sin perder la cabeza por la fama? ¿O deletrear a la perfección, sacar una nota sobresaliente en una prueba de aptitud, ser excelente para el stand up, soportar a unos padres incumplidos, actuar con elegancia y emoción o tener un lado sensible para montar un musical?

Aunque él no quisiera admitirlo el tonto en todo ese tiempo había sido él por no darse cuenta pronto. Por saberlo pero no admitirlo.

Cuando conoció a Lila ¿Qué vio en ella exactamente? Recordando su primera cita no podía hacer más que pensar que la chica era adorable, pero en exceso aburrida y fastidiosa.

Helga G. Pataki no era así, ni de lejos.

Era autosuficiente, sarcástica, perspicaz, astuta, asustadiza, engreída, insegura, temerosa, valiente, inteligente, ilógica, cruel, apasionada…

— ¡Eres desesperante Helga!

— Sí bien, no todos los días conoces a una chica de una sola ceja como ella.

Arnold se levanta asustado, la voz de su abuelo suena tan cerca que lo ponen alerta. Ha estado tanto tiempo con los ojos cerrados que sin lugar a dudas jamás se percató de nadie más.

Su abuelo está a su lado, sentado mientras lo inspecciona con una sonrisa muy burlona.

— ¡Ya no tiene una ceja!

Grita con lo primero que se le viene a la mente, que no es precisamente lo que realmente debió decir.

— Esta vez sí que te has liado en la escuela Shortman, la chica de una sola ceja…

— Ya te dije que no tiene una ceja abuelo

— Bueno, sabes a qué me refiero. Ella te trajo cargando desde la preparatoria ¡Pocas veces conoces a una mujer así! Las mujeres locas traen felicidad… y desesperación, mucha desesperación a tu vida Arnold.

El rubio suspira.

— ¿Hablas de la abuela?

— ¡Esta zafada!

— Pero así la amas abuelo.

— Entonces ahí tienes tu respuesta.

— Mis padres son más normales ¿No podía ser algo así? — Arnold se recarga en sus piernas, pensar en lo difícil que debió ser la juventud de su abuelo con su abuela lo estremece, ella era una mujer maravillosa pero sin dudas problemática, y sí… loca.

— Bueno, tu padre no sería la gran maravillosa persona que es sino tuviera a tu abuela como madre… digamos que Milles solo es más moderado y Stella lo complementa bien. Tú, mi nieto favorito...

— Soy tu único nieto abuelo.

— ¡Eso! Eres por momentos osado, otros cobarde, puedes rendirte en varias ocasiones, pecas de pacífico, rayas en los límites del buen ciudadano, eres ejemplar… y aburrido.

— ¡Abuelo! ¿Esas son cosas que debes decirle a tu nieto favorito?

— Eres mi único nieto. A lo que quiero llegar es que la chica de una sola ceja es la chispa de tu vida ¿Qué harías de tus días sin una mujer así? Una vida normal, una chica normal… eso es para gente aburrida Arnold.

De pronto por la puerta aparece la rubia de sus conversaciones con un peinado exótico, un vestido entallado color rojo con brillos y flecos en la parte baja, detrás de ella la susodicha loca de la conversación.

— Hablando de la reina de las locas ¿Qué haces vestida así Puki?

— Eleanor y yo estábamos hablando de ir al cabaret esta noche a presentar nuestro performance.

— ¡Déjate de tonterías Puki! — Phil se levanta y toma a su esposa de la muñeca mientras la arrastra escaleras abajo — Creo que ustedes tienen que hablar.

La sentencia del abuelo deja a Helga a la puerta de su habitación.

Arnold se sienta a la orilla de su cama y trata de recordar la última vez que la rubia había estado en su habitación, sus abuelos la querían tanto que con frecuencia la invitaban a casa y en alguna que otra ocasión ella tenía que pasar por su habitación.

Helga parecía nerviosa, su mano frotaba su brazo con inseguridad y no le había dirigido la mirada desde que llegó. Tal vez era el atuendo, entallado y corto parecía una modelo y él mismo tuvo que contenerse de mirar demasiado y ser sorprendido en el proceso.

— ¡No tengo porque disculparme! — Objeta ella cruzando los brazos, y el rubio sabe que, como siempre, la chica no dice lo que siente — Pensé en hacerlo, pero es que el idiota fuiste tú ¿Quién se mete en una pelea ajena y con cero posibilidades de ganar? De verdad me pareciste un…

Él inhala con fuerza, tiene que ser cuidadoso con sus palabras. Y mentalmente apunta la razón #3 que le dará a Gerald mañana: Helga tiene muchas defensas.

Sus defensas son espinosas, rocosas y toscas; Incisivas y despiadadas. Difíciles de penetrar e irremediablemente fáciles de levantar con mayor fuerza.

— ¿Te parecí un chico cool? O tal vez atractivo, genial, atrevido…

Helga suelta una risa estrepitosa

— ¡Iba a decir estúpido! ¿Te golpearon tan fuerte, Cabeza de balón? ¿Qué chico cool es rescatado por la chica?

Él también comienza a reír, pero no puede hacerlo con tanta fuerza sin sentir que su vientre se romperá, se sujeta con ambas manos el estómago mientras las lágrimas de la risa se escapan por sus ojos.

Cuando entorna la mirada se da cuenta que ella está muy cerca suyo, con una cara de preocupación. Ha bajado sus defensas presa de la risa y la culpa, y él no puede desaprovechar la oportunidad.

— ¿Qué chica normal muerde la oreja de un tipo enorme?

— ¿Qué chico enorme trata de golpear a una mujer?

Arnold nota que sus palabras tienen un deje de tristeza.

— Mi abuela me enseñó Karate cuando teníamos 9 años ¿Sabes qué es lo gracioso? Poco lo usé y después me olvidé de él. ¿Recuerdas cuando Ludwing llegó a reclamar el terreno baldío?

Helga se sienta a su lado, él siente que el corazón le saldrá disparado porque dos emociones se mezclan juntas, ella a su lado sobre su cama ¿Sabrá lo que puede pensar él? Y además ¿Será así con todos sus amigos? ¿Así de confiada y provocadora? Nervios y celos, mala combinación.

— ¡Claro que lo recuerdo! Por tus estúpidas ideas me llevé un ojo morado, qué paliza nos dieron ese día.

— Lo que no comprendo es cómo se atrevieron a golpear a una chica – entre dientes él sabe que aquello era impensable y muy en el fondo supo lo que ella pensaba.

— ¡No me veían como una chica Arnoldo! Aunque no los culpo, no soy precisamente la feminidad andando, por eso hoy te has llevado unos buenos golpes y yo también.

Él se gira y la encara por primera vez en el día, ella respinga un poco y por un segundo Arnold se pierde entre sus ojos profundamente azules y brillantes.

— Helga, yo siempre te he visto como una chica. Como dije, no una muy convencional, pero una chica. — Nota que la mirada de ella se vuelve más grande y deduce que tiene pocos segundos antes de que las murallas Pataki se alcen y le propinen una golpiza — La pelea de hoy sucedió por lo mismo, porque te ven como una chica sufren tu desprecio, porque te ven como una chica se ciegan de celos, porque te ven como una chica reclaman tu atención y porque te ven como una chica esperan que actúes como una.

Él toma sus manos y ella no es capaz de alejarlas, en sus ojos descubre un poco de tristeza que se acumulan en lágrimas, pero son casi efímeras.

— Ellos quieren una chica normal Arnold, todos quieren una buena chica o una chica mala. ¿Suena a chiste no? Si eres buena tienes que ser siempre buena, siempre amable, siempre respetuosa y afectuosa. Si eres una chica mala tienes que ser siempre mala, mezquina, cruel para que estén contigo y yo…

— Tú eres ambas, pero es porque no te conocen Helga.

— Ellos construyen a Helga G. Pataki como mejor les place, en su mente me crean, me moldean y se forman una imagen perfecta a sus deseos que no existen en la real yo.

En un impulso él la abraza, si lo golpea por lo menos sabrá que valdrá la pena. Verla tan melancólica y frágil le vuelve impulsivo para protegerla.

— Créeme no todos te vemos perfecta y aun así reconocemos que eres una chica increíble… la más increíble.

Fueron segundos, no pudo ni contarlos, pero ella le responde el abrazo y se estremece conmovida.

Después la magia se acaba. Helga lo empuja con brutalidad y con lo maltrecho que está solo puede soltar un quejido al golpearse contra el suelo.

— Espera a que tus heridas sanen Arnoldo, llevas toda la tarde diciendo estupideces, los golpes te pusieron muy estúpido. Claro que soy una chica maravillosa ¿Recién te das cuenta?

No le da tiempo de reaccionar, ella sale furiosa y azota la puerta de su cuarto.

— Por supuesto que no, siempre he sabido que eres increíble solo que no te lo había dicho.

Shortman suspira, sí, odia sus defensas pero también las admira. Y reconoce, muy a su pesar, que también adora cuando estas caen por segundos.

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Me lo eché largo! Espero no les aburra, gracias por todos sus reviews eso me motiva a sacar constante actualización. Pronto la razón #4

Aunque Arnold aprendió Karate en las primeras temporadas, en las últimas ya no se veía mucho vestigio de lo aprendido eh jaja ¡Saludos!