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Razón IV

Su Inseguridad

Ni bien entra a la escuela se percata de las miradas a su alrededor. Lo acusan, lo desconocen.

¡Claro! Ni él mismo se conoce, ya no después de que fue capaz de meterse en una pelea para defender a la chica más peleonera que hubiera conocido. ¡Esa Geraldine! Oh si tan solo fuera capaz de decirle ese nombre en su cara y deleitarse con su reacción.

Porque Helga GE Pataki no tenía ni idea que él conocía ese pequeño secreto. Seguro odiaba ese nombre y se lo reservaba, así que podía imaginar una fugaz idea de lo que para ella significaba que Geraldine fuese expuesta.

Lo que le carcome la cabeza es que está seguro de que por algún motivo la rubia lo ha estado evitando desde hace un par de días. Hace memoria y recuerda que sus locos impulsos lo hicieron abrazarla. ¿Era eso lo que la tenía a la defensiva?

Ya comenzaba a hartarse, no tenían 9 años, y bueno, haciendo memoria ella era incluso más atrevida y pasional en ese entonces ¿Así que por qué lo estaba evitando?

¿Y si se trataba de que ella ya no lo amara?

Lo sabía desde que se admitió a sí mismo quererla, hace ya un par de años. Sabía que era muy probable que ella ya no lo quisiera como alguna vez dijo, perdón, que ya no lo amara con la intensidad que soltó en el calor del momento.

¿Y ahí que haría él?

Porque había que ser justos. Llevaba en silencio todo ese tiempo porque se sintió culpable de no tomar la palabra de ella enserio.

Y se sentía un cobarde, si él le declaraba su amor ¿Y ella después le decía que seguro fue el calor del momento qué sentiría? ¿Cuán frustrado acabaría después de reunir el valor de decirle a ella, la mala chica de la preparatoria, que la amaba cual alma perdida?

— ¡Viejo! ¿Si quiera estás escuchándome?

Arnold ve la mano de su mejor amigo moverse frente a él intentando captar su atención, él se ruboriza. Odia perderse tanto en sus demencias mentales y volverse obvio frente al resto de personas. Agacha la mirada, no quiere decirle la verdad.

— ¿Pensando en Helga?

— Sí.

Gerald pega un brinco y él no sabe exactamente de dónde ha sacado el valor para confesarlo, así nada más. Como si una conversación en los corredores del vestuario fueran el momento perfecto para decirle a su mejor amigo un secreto que llevaba intentando ocultar ya un par de años.

Estaban sudorosos, la práctica del partido de Basquetball había sido intensa, más porque el moreno competía para volverse el capitán el próximo semestre y arrastraba con Arnold durante las prácticas.

— ¿Y a qué se debe que pienses en la furia Pataki? ¿Por fin admitirás que estás enamorado de ella?

— Creo que es tiempo, sí.

Arnold nota el desconcierto de su amigo, sabe que él sabe que él sabe de sus sentimientos por la rubia. Así que no quiere hacer un escándalo. Ya todo era muy obvio para todos.

Incluida Lila.

¿A qué venía ella en todo ese embrollo? Pues que era muy hostigante. Sí.

Tanto tiempo estando detrás de ella para que ahora no se la pudiera quitar de encima, pero es que todo tenía una razón de ser…

— ¡No puedo creer que lo sueltes así solamente! ¿Dónde está el dramatismo y la cólera de tu rostro por no ser correspondido?

— Gerald, cálmate. Ya lo sabías y en segunda ¿Quién ha dicho que no voy a ser correspondido?

El moreno mueve las llaves de las duchas, es hora de quitarse todo ese sudor de encima. El rubio lo imita pero no despega la vista de él, porque enserio su comentario lo ha descolocado. ¿Qué sabe de Helga que él no? ¡¿Qué?!

— Bueno, la escuché hablando con Pheebs, ya sabes esas cosas de chicas que no debí de escuchar — y aunque Arnold piensa que fue incorrecto su comportamiento, tampoco puede culparlo, de hecho lo adora por ser un chismoso, ahora necesita que suelte la sopa con él… ahí y ahora — Y me enteré de lo que pasó en tu cuarto cuando fue a dejarte a tu casa en estado moribundo.

— No estaba muriendo… pero continúa.

— Pues eso, ella dijo que fue desagradable y que no podía verte a la cara después de lo que hiciste.

El joven de rasgos afroamericanos termina de enjuagarse el shampoo del cabello y se lo pasa al rubio quien apenas puede reaccionar y lo deja caer al suelo. Gerald alza una ceja imaginando las escenas de presidiarios donde el jabón en el suelo era una clara señal de que alguien sería profanado ahí mismo.

Así que no lo levanta, de hecho una escalofrío le recorre la nuca cuando escucha más voces del resto de estudiantes en actividades deportivas quienes corrían a las duchas para olvidar todo el mal olor de las prácticas.

Empieza a cerrar las llaves y ve que su amigo está perdido. Sí tal vez no debió comentarle pero tampoco podía mentirle, fue lo que escuchó y punto.

— ¡Esa capitana es una pesada!

Se escucha la voz gruesa y altiva de un hombre, los dos jugadores de basquetball empiezan a reaccionar y recoger sus cosas cuando el rubio se da cuenta que son los chicos del equipo de baseball.

— Bueno, lo es pero tienes que admitir que sin ella no seriamos mucho.

Otro intervino, golpeando con el hombro a Arnold y pasando de largo a las duchas.

— ¡Suenas enamorado del Terror Pataki!

Gerald intenta fingir que no está interesado en la conversación, y comienza a buscar su ropa en el casillero, pero se percata con casi nula sorpresa que Arnold está más que al pendiente; y teme que sea tan obvio que los meta en problemas.

Los clubs no se llevaban precisamente bien y cualquier provocación ya había causado peleas estúpidas e innecesarias. Además tenían frente a ellos a Karl, el segundo al mando del equipo, casi el capitán de no ser porque ese lugar era de la rubia, lugar que se había ganado a pulso en un equipo 100% masculino.

— No diría que es amor ¿Pero no te parece atractiva? ¡Es mala por naturaleza! ¿Te imaginas lo que debe ser salir con ella?

— ¡Piensa en el sexo! Eso debe ser una especie de escena S&M ¿Estás listo para ser el masoquista?

Karla ríe, a Arnold la sangre le está subiendo por todo el cuerpo, burbujea y se altera. Aprieta los puños porque no quiere decir nada impropio.

— Creo que en el sexo sería una chica dócil, incluso estoy viendo su cara rogando por más.

— ¡Estás admitiendo que la quieres en la cama! — suelta el otro que recoge el shampoo que Gerald no se atrevió a levantar — Aunque podría rechazarte, ya sabes como hizo con Frank.

— Frank es un idiota, no me sorprende. Pero si yo le digo las cosas con más sentimiento, tal vez ella acepte, aunque la capitana y el terror, Helga es Helga. Mandona, mala por naturaleza, una chica de temer, interesante y seguro en la cama una frágil chica que pide por más.

Aunque a Arnold todo eso no solo le parecía impropio sino que ofensivo y cruel, quería acercarse y golpearlo. ¡Nunca había pensado que se volvería tan violento!

Pero entonces escucha en su mente la voz de Helga "Me forman y moldean a su antojo" él suspira, era precisamente lo que estaba pasando frente suyo. ¿Igual haría él con ella? ¿Igual estaría moldeando una Helga que no existía?

Se gira, no va a decirle nada al par de tontos de la ducha. No quiere ser como ellos, realmente no quiere. Pero desea a Helga, lo hace. Y quiere conocerla, quiere conocerla como nadie en el mundo. ¿Va a esperar que un Frank o un Karl lleguen y le arrebaten de pronto lo que él no se atrevía a tomar?

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Cuando salen de las duchas son interceptados. Arnold distingue el perfume de Lila. Oh sí, Lila.

La pelirroja más asediada de la escuela, la chica que con su gracia natural, su sentido del humor y su dulce y delicada forma de ser tenía cautivado a todos los jóvenes de la preparatoria.

La que con su ballet podía sacar los más profundos suspiros, y la que sin pretenderlo se volvía la enemiga natural de Helga Pataki.

No porque ninguna de ellas lo quisiera así, era porque Helga era el contrario, el total opuesto de la princesa escolar. Era la chica mala, la peligrosa, la atrevida y picante Pataki.

Mientras cuando los hombres hablaban de una vida de casados con Lila Sawyer, y como la llenarían de mimos y atenciones si fuera su chica, cuando hablaban de Helga todo era más agresivo, sexual y loco.

Con Helga nadie se veía pasando el resto de sus días, ella era la diversión de las hormonas locas de la juventud, el sueño húmedo de solteros y vírgenes y el deseo y reto de experimentados y buscadores de aventura.

— Pasar el resto de la vida con Helga eh… — deja escapar el chico en un suspiro mientras siente como Sawyer le abraza fuerte.

— ¡Por fin Arnold hoy es la oportunidad perfecta! — grita emocionada trayendo la atención de las miradas, ya de por sí él tenía que lidiar con el rumor de que salía con la pelirroja, como para que además ella revelara el verdadero secreto que los tenía unidos y sí, tenía nombre y apellid respectivamente —En mi fiesta Arnold, es el lugar perfecto ¡Tienes que invitarla!

Sí.

Un día, no recuerda como le había confesado a Lila su amor por Helga. Fue la primera en saberlo por su boca y desde entonces se había convertido en una especie de fan loca.

Los shippeaba, esa era la palabra.

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Helga tomaba sus cuadernos del casillero, estaba harta de la escuela. La gente no hacía más que inventar tonterías para pasar el rato, como ese chisme estúpido donde Jim, el de biología, estaba pensando en invitarla a la fiesta de Lila.

¿Qué creían? ¿Qué ella se tragaba todo? Nadie iba a invitar a Helga G. Pataki a la fiesta de una pueblerina, aunque esta pueblerina fuera una de sus pocas amigas de la vida.

— Parece que viene hacia aquí, según recuerdo alguien dijo que invitó a Lila a su propia fiesta.

Sheena y ella compartían biología juntas, no es como si a Helga le importa o algo pero cuando se fija en lo que la pacífica chica ve, sus ojos se abren grandes. Arnold viene hacia ella y si la información de la castaña es verdadera, acaba de invitar a Lila a su propia fiesta.

No sabe si pensar que es un idiota o si es un ser humano detestable.

Hace menos de una semana la abrazó como si el mundo fuese a acabar, y ahora estaba en su cabeza hueca buscando corazas bellas y rellenos sinsabor.

— Helga. Ven conmigo a la fiesta de Lila.

Él estaba ahí, parado a su lado, olía bien. Seguro acaba de ducharse, porque su cabello ligeramente mojado la hacía perderse.

— No — responde firme. Él cierra su casillero con una violencia casi imperceptible para el resto del mundo, pero no para ella que lo conoce mejor que a sí misma.

— No fue una pregunta, te veré ahí.

Ella se asusta por unos segundos. Primero Arnold siendo agresivo, metiéndose en peleas sinsentido, abrazadola sin razón y ahora imponiendo su voluntad ¿Pero quién era ese chico?

— No caeré en esa broma Arnoldo — Helga se agacha, recoge su mochila y sale dando amplias zancadas como la macha pelo en pecho que es.

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— ¡Esa Helga! — reclama dando pasos largos y molestos por la calle, con el celular pegado a su oreja, al otro lado Gerald intenta calmarlo, pero hay demasiado ruido. Por supuesto, deberían estar en una fiesta — ¡No me creyó Gerald! Por eso no llegó, por eso me dejó plantado como idiota ¿Sabes qué? ¡Apunta esa razón — hay una pausa, el moreno le dice que se deje de tonterías, pero él esta colérico, colérico como esas muy pocas veces en su vida, aunque sabe que involucrarse con Helga será un vaivén de emociones — Razón #4 ¡Su inseguridad propia!

Gerald le refuta, le explica, lo calma.

Arnold estuvo esperando a Helga durante media hora en la fiesta de Lila, después de darse cuenta que había sido un ingenuo, la misma Sawyer le pidió que la fuese a buscar a su casa. Lo hizo.

¡Para enterarse que la Pataki había salido temprano de casa!

Estaba furioso, en exceso.

Pero su amigo le explica una verdad irrefutable: Helga creció pensando que era poco atractiva.

No hay cosa que la haga cambiar de opinión, por ello se protegía rechazando toda muestra de afecto.

Voy a mostrarle afecto, si es lo que quiere.

Se graba el rubio en su mente, la próxima vez que la viese la encararía con todos sus sentimientos en la mano. Ya estaba harto de que jugara con él.

Llega a su casa molesto, apenas y saluda a sus abuelos y ellos saben… todos saben.

— La chica uniceja ¿Otra vez?

Él solo asiente.

— ¡Vamos Kimba! Eleonor no es una chica cualquiera, necesita medidas drásticas. Invítala a comer con la Reina Isabel. ¡Eso le gustará!

Arnold rueda los ojos, su abuela tiene razón y al mismo tiempo está loca. Como una cabra.

Sube a su cuarto y se recuesta en la cama.

— ¡La próxima vez que vea a Helga voy a…!

Y las esmeraldas de tus ojos que se pierden

Se pierden en esos sueños rotos de desamor

¿Cuándo virarás la cara y me verás con el corazón en la mano?

Aquí estoy, perdida en tus ojos mientras los tuyo se alejan

Se funden en carcasas vacías y efímeras, que se llenan

Se llenan de dolor cuando las dejas.

Es la voz de Helga. Tan cerca y tan lejos. Da un brinco y se percata que el sonido viene desde su techo.

¡Criminal Pataki! ¿Qué hace en su techo? Sube las escaleras y se queda observando.

Sí, ahí está. En jeans rasgados, con el cabello en una coleta y un objeto dorado en la mano. Recitando.

Sí, recitando poesía. Ahí casi a su ventana. El corazón se le agita. No era la primera vez que la veía declamando, desde que era consciente de que la amaba solo podía espiarla desde lejos, más de una vez la encontró en sus dotes de poeta.

Yéndose a otro mundo sin prestar atención a nada. ¿Pero ahí en su ventana?

Las dejas y las dejas destrozadas

Esas esperanzas vuelven, surgen con fuerza

Y aunque trato de apagarlas, las llamas verdes de tus ojos

Las encienden, las vuelven locas.

¡Oh Arnold! ¿Cuándo me mirarás a mí?

Y entonces él es consciente. Es consciente de que ella lo quiere, que lo ha querido por años. Que él también la quiere, la quiere desde hace años. ¡Que ha sido un ciego! ¡Que ella es una ciega!

¡Que todos están ciegos!

No sabe qué hacer, tiene el corazón latiendo sin control y sin ritmo. Cuando ella cae.

Se desploma frente a sus ojos tropezando con uno de los objetos de su tejado. Y él sin pensarlo deja salir una pequeña risa.

La amenaza no se hace esperar. Pero es que en el fondo… ¡Él tampoco puede esperar!

Ha pasado quebrándose la cabeza en cómo averiguar los sentimientos de ella hacia él, y jamás pensó que la misma Helga se lo diría a su ventana.

Odiaba la poca seguridad que tenía en sí misma, pero aunque detestaba admitirlo, amaba las oportunidades que esa falta de confianza propia le estaba regalando en su beneficio: Saber que ella lo amaba tanto como él.

Inhala con fuerza. Va a decirlo, va a convencerla. No importa lo que tenga que hacer, no importa que la tenga que obligar a escucharlo. Y tal vez, solo tal vez un beso podría ser el mejor método para cerrar su boca y dominar a la vieja Betsy y los 5 vengadores.

¿Qué más puede pedirle a una chica que en vez de ser Julieta es como un Romeo agresivo?

En su tejado, ahí con ella al frente existe la gran posibilidad de un Tal vez…

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Muchas gracias por sus reviews, si quieren ver la continuación busquen en mis historias "En el techo se esconde un Tal vez" un OS que se ubica precisamente en esta línea de la historia.

Desde la perspectiva de Helga conocerán lo que sucede en ese tejado la noche que a ella se le ocurrió, presa de los celos, recitar poesía a la ventana de su amado,