Razón V

Su inconsciencia propia

Arnold siente que su cara puede llegar al punto de ebullición en cualquier momento. Cuando tenía 9 años ni en sus sueños más locos — como aquél en el que se casaba con su bully personal — se había visto besando a Helga con tal pasión, ahí en su techo, con las estrellas brillando con fuerza en el cielo.

Era verdad que por un segundo la culpa lo invadió con fuerza ¿Estaba bien besarla como si no fuese a haber un mañana? Él era un caballero y aunque no era la primera vez que se besaban no podía comparar las ocasiones anteriores donde ella siempre decidía la intensidad y la duración.

Claro que no, aquí él había sido el que inició todo, y no se iba a mentir ¡No quería parar! El miedo de que ella lo rechazara se había esfumado y ella también tenía que admitirlo, supo que lo aceptó cuando sus tímidos labios correspondieron la dulce caricia, no fue agresiva como tiempo atrás, sus labios trémulos se entreabrieron por un segundo, esperando más.

Arnold pasa suave la punta de su lengua, tocando casi en un suspiro sus dientes, preguntando, con desconfianza qué rumbo tomar. Él la puede sentir temblar y muchas ideas se avecinan contra su mente, ese frágil momento podía deshacerse en cualquier segundo, por eso el miedo de ambos latía sin control en sus corazones.

Si alguien rompía la burbuja todo colapsaría y ella, tan segura e insegura de sí misma, lo alejaría pronto. Para que no lograra escapar, si es que eso sucedía, Shortman mueve su mano hacia su cintura y la atrae contra su pecho, mientras con seguridad su otra mano se posiciona detrás de la nuca de la bella rubia y la afianza con certeza.

Profundiza el beso, no sabe bien si está en su naturaleza, en su proceso de evolución, en lo aprendido durante años en las películas, solo sabe que tocar la lengua de la chica es la sensación más placentera que ha experimentado jamás.

Llevaba años escapando de la furia Pataki, llevaba años negado a confesar que la amaba locamente porque sin ella su vida no tendría sabor, llevaba años esperando que ella volviera a él en un arrebato loco como ese día en industrias futuro.

Llevaba años siendo un cobarde.

Esa era la realidad, porque muy seguro estaba que esa inseguridad solo salía a flote con ella. Abre poco a poco sus ojos, muy sin saber cómo o por qué, tal vez por la falta de aliento de ella o porque él siente que su cara estallará, termina el beso. Siente el aliento suave y cálido que emana de sus bocas y nota en los profundos ojos azules que ella tampoco quiere que ese momento termine.

— No debiste espiarme por tu ventana Arnoldo

Confiesa ella con la sangre hirviendo, los brazos cruzados y la mirada baja. Siente su cuerpo temblar y él solo la abraza de la forma más confortante que puede.

— Yo estoy muy feliz de que vinieras a recitar poesía a mi techo, eres increíble.

Ella se separa pero él no la deja alejarse lo suficiente, la toma por los hombros y enfrenta su mirada.

— ¡Nunca dirás a nadie de esto! O eres hombre muerto

— Creo que no estás en posición de exigir nada Helga.

Ella hace una mueca con su boca, una sonrisa de lado fastidiada. Pero Arnold siente que cada vez es más capaz de entrar en sus juegos, de poder darle la vuelta y hasta aprovecharse de esas ocasiones.

— Muy bien galán ¿Qué debo hacer para que nunca reveles esto?

— ¿Qué tal si esta noche me recitas más de tu poesía? — Nota como ella se queda sorprendida, seguro va a debatir y él no entiende cómo es que ahora todas sus respuestas fluyen como agua — Digo, me has dejado plantado en la fiesta y aún quedan varias horas antes de que acabe, ¿Por qué no lo tomas no solo como una condición sino como una compensación también?

— ¡Eso es chantaje emocional!

— En este momento podría llamarle a Gerald y contarle que al final encontré a mi pareja… en mi techo recitando…

Helga lo calla, son otra vez sus labios ¿Acaso se volvería una costumbre continuar callándose a besos? Si lo era ¡Le fascinaba! Shortman últimamente se desconoce, hace tonterías por amor, cosas que nunca pensó hacer, pero en vez de negarse a cambiar, abraza el cambio, este era una nueva versión de sí mismo.

Una versión que tenía hasta la médula la esencia de Helga Geraldine Pataki.

Toma a la rubia por su cintura y sin dejar de besarla la eleva en sus brazos, ella respinga pero también está perdida en el momento lleno de éxtasis y ensoñación que siente está viviendo, así que se deja llevar.

El golpe contra la cama no es tan ruidoso como pensó que sería, y se alivia al saber que el ruido no llegaría a los oídos perspicaces de sus abuelos. Helga está debajo de él, mientras sus bocas juegan como si se reconocieran separadas por los años.

— ¿En qué momento comenzará a declamar Miss G?

Suelta el rubio con una risita mal disimulada bajo el velo de una voz seductora, ella se estremece al sentir sus labios hinchados y húmedos, húmedos con la saliva del chico que ha amado en un secreto a voces durante años. ¿No estaría soñando?

.

.

.

.

.

.

Cuando Arnold despierta se da cuenta que Helga no está a su lado. Se levanta cual resorte, la noche anterior ha cometido uno de los actos que en su vida hubiera aceptado de un caballero, pero bueno las cosas ya habían pasado y no es que se arrepintiera de nada.

Lo que no logra recordar es en qué momento se quedó dormido, ¿Habría sido en el poema 40? ¿O Helga se habrá dormido antes que él? ¡Helga! No volvió a casa en toda la noche ¿O sí?

El chico da un brinco fuera de su habitación y baja las escaleras como poseído, al asomarse a la cocina encuentra una escena peculiar, la rubia ayuda a su abuela a preparar el desayuno.

— Eleonor ¡Pásame la sandía!

Una idea le cruza el pensamiento, Helga todas las mañanas en su cocina, preparando su almuerzo, compartiendo risas y una que otra broma. ¡No la dejará como en su sueño! O no, estaba seguro que si ahora soñase con una boda, con una vida juntos, el cuento se contaría tan diferente…

— ¡Helga! ¿Tus padres no se molestarán que estés aquí? ¡No llegaste a dormir!

La chica enrojece hasta las orejas, lo fulmina con la mirada y es entonces que Arnold repara en su abuelo, quien levanta una ceja entre pícaro y molesto.

— Olga está en casa, recuerda que olvidan mi existencia. ¡Pero gracias por recordármelo! — Ella se aleja de la cocina ante la mirada de los tres — ¡Debo volver! Te veo en la escuela.

Y escapa como él supuso lo haría desde por la noche, vuelve la vista.

— ¡Juro que no pasó nada! Helga… ella — hace una pausa sin saber exactamente qué decir, no puede revelar el secreto, pero tampoco puede confesar que se besaron y además terminaron en su habitación platicando hasta quedar dormidos — ¡Es que ella es…!

— ¡Kimba! ¿Por fin la encontraste en el techo?

Los ojos verdes de él parpadean rápido ¿Por fin?

— Sí que eres lento hombre pequeño, lleva rato haciéndolo.

Arnold suelta una carcajada mientras se sienta a desayunar. ¡Helga era sin lugar a dudas una mujer excepcional a la regla!

.

.

.

.

Gerald mira a su amigo sin quitarle un segundo de atención, nunca lo había visto murmurar tantas cosas sin sentido desde que lo conocía y saber que por su mente pasaban cosas más inverosímiles una de las otras y que incluso podía cruzar calles sin precaución debido a su imaginación.

Pero nunca molesto.

— ¿Ya vas a decirme qué te sucede?

Los ojos verdes del chico ruedan, y señalan a una rubia quien lleva horas en conversación amistosa con Brainy.

¡Sí! Brainy, el mejor amigo de su chica. Podía ser que el susodicho no fuese un galán de película, pero era un tipo simpático quien podía charlar a la velocidad de Helga, había entre ellos una química en donde Arnold no tenía cabida, y eso lo ponía celoso.

Ya había experimentado ese sentimiento pero después de esa noche, parece que todas esas emociones burbujeaban por su cuerpo y lo ponían en un nivel emocional demasiado sensible.

— Tranquilo viejo, Helga suele de por sí pasar mucho tiempo con Brainy.

— Ya lo entiendo, lo que no comprendo es porque lleva el día evitándome. ¡Te digo que anoche todo cambió Gerald!

— ¡Ya hermano! No quiero volver a escuchar la historia, se me eriza la piel. Aunque aún no me has explicado qué hacía Helga en tu techo.

El afroamericano no logra terminar la frase porque su amigo, seguramente presa de los celos, ha ido a interrumpir la conversación de la Furia Pataki ¡Estaba loco!

— Helga ¿Podemos hablar?

Ella alza la vista, miraba el último libro que Brainy le había prestado.

— ¿De qué se trata Arnoldo? Estoy ocupada cabeza de balón, piérdete.

Él frunce el ceño, hoy ella está mucho más agresiva que otros días. Asume, casi con seguridad, que es por lo sucedido anoche, ella tiene esa forma de reaccionar a todo lo que la descoloca: con agresión.

— Pensé que hoy tal vez estaríamos algo más cariñosos, ya sabes por lo de anoche.

Ella da un brinco y Brainy la imita sin estar seguro de qué es lo que pasa.

— Pues no ¿Crees que por un tonto beso y tu chantaje algo va a cambiar? ¡No!

— ¡No hablo del beso! Y queda claro no fue uno, me refiero a— Sostiene con un poco de vergüenza — ¡A lo que te dije!

Ella toma a Brainy quien demuestra una total y completa perplejidad.

— No creas que Helga G. Pataki es tan tonta como para caer en tus juegos cabeza de camarón.

Arnold siente que la sangre le sube a la cabeza, no la sigue. No sabe bien qué hacer. ¡Esa idiota! ¿Cómo es que no quiere ver algo tan obvio? ¡Él la ama y ella tiene que aceptarlo y vivir con ello!

Camina frustrado después del penúltimo periodo de clases, no lo calienta ni el Sol y es Gerald quien nuevamente interviene.

— Tienes que entenderla, si yo te amara con tanta pasión ¡Que no lo hago! — Recalca riendo — No confiaría en tus palabras de amor.

El rubio se detiene en el pasillo, ya no sabe si ve a Gerald o a su rubia. Con Jim, el compañero de Biología de ella quien también le pidió ir al baile de Lila. Ella saca sus libros y él parece coquetearle ¿No va a hacer nada?

— En 4to año, cuando ella se te declaró, tú habías experimentado 5 flechazos, si no cuentas a la chica de tu sueño extraño cuando viajaste a ver a Arnie.

— ¿5 FLECHAZOS? ¿Cómo cuentas tú Gerald?

— ¡Viejo! Primero María

— ¿Quién es María?

— La chica de sexto grado ¿Recuerdas? ¡María!

Él intenta hacer memoria, pero no sabe si rebuscar en sus recuerdos o ir directo a donde está Helga y aclarar un par de cosas.

— Ajá María ¿Y?

— La maestra…

— ¡Esa fue una tontería!

— Ruth

— No la conocía bien, error mío.

— Summer

— Una locura de verano que la misma Helga se encargó de eliminar.

— Lila

— Bien, ese sí es un tema delicado, pero ya pasó a la historia hace mucho.

— ¡A lo que me refiero es que es difícil que ella te crea viejo! Ella te ama, no como a un amor pasajero como describes a todos los que te mencioné ahora, no, ella de verdad tiene miedo de que tú creas amarla y después te des cuenta que no es así. ¡Le partirás el corazón!

Suena la campana y Jim se aleja de Helga, el tipo es un cerebrito, no puede darle dos minutos más a la rubia porque primero están sus estudios ¿Helga saldría con un tipo que la valora tan poco para huir de él?

— Gerald, eso te lo dijo Phoebe ¿verdad? Tú no te expresas así de Helga.

El pelinegro asiente con un sonrojo, es que su novia había estado consternada por la situación y había dicho mucho de más en su última clase.

Arnold emprende una carrera hacia ella, tal vez debía decirlo claro: La amaba y no era efímero. Llevaba años enamorado de ella, la quería en su vida, hasta dentro de su médula, de su alma ¿Cómo hacerle entender que iba enserio?

— ¡Geraldine!

Lo suelta, ahí a mitad del casi desierto pasillo. Ella se congela y se gira lento, él lo sabe: Está fúrica.

— Vuélveme a llamar así ¡Voy a matarte! ¿Cómo sabes eso?

Él la alcanza, no le importa ser golpeado. Se para justo frente a sus intensos ojos azules.

— Porque te amo, Helga deja de evitar el tema. Lo que te dije anoche es real.

Ella se cruza de brazos, no, no va a ceder tan fácil.

— Arnoldo, tu no me amas, fue el calor del momento. ¿Entiendes? Yo solo te agrado y porque hemos pasado tanto juntos lo estás confundiendo, tal vez es solo culpa ¿Me captas? Yo no quiero lástima. Ayer te demostré que mis sentimientos no son frívolos y prefiero conservarlos en mi memoria y no exponerlos a que tú los destruyas.

Helga se da la vuelta, su voz fue condescendiente pero su mirada estaba anormalmente molesta, como si su coraza se hubiese reforzado. Corre a su aula sin posibilidades de que él diga algo.

Se siente devastado, ella no le creyó ni la más mínima pizca ¿Acaso tan endeble de carácter se veía? ¿Acaso tan poco confiable? ¿Acaso era incapaz de aceptarlo ahora que él admitía amarla?

Y ahí estaba, la sensación y la culpa. ¿Eso le hizo sentir a ella cuando la hizo retractarse de sus palabras?

Ese calor que sube por la columna vertebral y parece querer salir en forma de lágrimas, ¿lo habrá experimentado tantas veces? Como la ocasión que llevó a Ruth a la feria de queso, o cuando ella fue observadora de su confesión a Lila… un nudo se le instala en el estómago.

¿Qué tan destrozado quedaría de ser testigo de todo eso?

Entra a su salón abatido, Johannsen le da unas palmadas en la espalda. Faltan dos horas para poder escapar de ahí. Y las horas son eternas para Shortman.

— Helga no me cree no por mí — confiesa casi en una epifanía — no me cree porque no confía en ella. ¡Es criminal! Apunta eso Gerald, la razón número 5 ¡Su inconsciencia propia!

Pataki no lo quería ver, no quería darse cuenta que era el centro del deseo de muchos alumnos, que era la mira de las locas aventuras juveniles y de los manjares de lo prohibido, si no era capaz de ver eso que le golpeaba la cara ¿Cómo podría aceptar que el chico del que llevaba enamorada 13 años ahora le decía que el amor era mutuo?

Él era un tonto por esperar que todo fuese tan fácil, por quedarse callado cuando ella le hizo lo mismo que él en 4to año, cuando juntó el valor suficiente y confío su secreto más profundo.

Tal vez ella no confiaba en sí misma, pero él sí. Arnold confiaba en sí mismo, confiaba en el amor de Helga y por supuesto en lo que ella era capaz, así fuese una labor titánica haría que ella se diese cuenta de sus propias capacidades, de todo lo que podía conseguir por ser tan excepcional.

Y para hacerlo, primero tenía que convencerla de que ella no solo merecía ser amada sino que él se quedaba corto para merecerla.

Las dos horas terminan y Gerald apenas puede seguir la carrera que Arnold toma hacia el campo de béisbol.

— ¡Es una locura Arni! ¡Locura! Estás entrando en terreno peligroso, nos odian en ese club y todos aman (y temen) a Helga…

— ¡Exacto! Ese es el lugar Gerald.

Al finalizar las clases cada alumno se dirigía a sus respectivos clubs, si es que los tenían. Y Helga era muy disciplinada con su equipo de Beisbol, le había costado mucho trabajo llegar ahí, y bien que mal mucha ayuda la recibió de Harold y el dueto Arnold/Gerald, quienes durante la primera temporada estuvieron en su equipo y la apoyaron para ser promovida a capitana.

Sabía que Johannsen lo había hecho para ganar puntos con Phoebe, a ella no la hacía tonta, pero también en el fondo se sentía un poco culpable, por ello el mejor amigo de su amor no había ascendido tan rápido a capitán como sus capacidades demandaban.

Y cuando se cambiaron de club, la tradición del odio entre Beis y Basquet solo había aumentado. Por ello Helga defendía la postura de su equipo y también blasfemaba sobre los chicos del club de la canasta.

Así que cuando ve al par entrando al terreno se aterra, Arnold ya estaba jugando demasiado con sus nervios y sus barreras no iba a tardar en ceder aunque ella misma no quería, no sabía si sería capaz de sobreponerse a un amor infructuoso.

¿Es mejor jamás tener o tener y perder? ¿Qué si no podía superar la temperatura corporal de Arnold cuando la abrazaba? ¿Qué si jamás podía sacarse sus besos de la mente? ¿Qué si él la dejaba incapaz de amar?

— ¡Helga G. Pataki! Vas a escucharme hasta el final.

Ella sigue perpleja, ahí en medio de todo el club está su amado diciendo estupideces ¿Acaso no sabe que es odiado por los 35 hombres del campo?

— ¡Ve a tu casa Arnoldo!

— Vas a escucharme Miss G.

¡No! No podía repetir fuera de esa noche ese apodo tan cursi y tonto que en el calor del momento no sonaba tan mal, pero siendo ella la Furia Pataki, líder del equipo más masculino de la preparatoria, eso era una burla a su autoridad.

— ¿Acaso quieren comenzar una disputa?

Karl, el segundo al mando se para en medio de ella y el ser amado. Gerald inhala profundo, sabe que eso no va a ser bueno para su candidatura a jefe de equipo, pero un amigo está siempre para apoyar.

— Vine a hablar con Helga, no contigo — Arnold sabe que la única forma de hacer que Helga le crea es probando que no es efímero, sino duradero — Te amo desde hace años ¡Años! Amo a la tú que es conocida como la Furia, amo a la tú que no se deja ver débil, pero también amo a la Helga que se esconde tras la coraza, la Helga que es literata y sensible, la Helga que es terca e insegura, la Helga que cree siempre tener razón aunque se sepa equivocada muy en el fondo ¡Amo a la Helga que igual le gusta cuidar su fachada de ruda!

— ¡Deja de decir idioteces! ¿Necesitas golpes para que tantas tonterías salgan de tu cabeza? — Ella irrumpe entre Karl y Arnold, sigue sin poder despegar las palabras de su cabeza… ¿Él dijo años?

— ¡Helga dije años! — insiste ignorando a Karl y al resto de 34 jugadores que parecen tomar los bats en posición ofensiva.

— Creo que la solución es golpearte ¿Verdad chicos? — Incita el segundo al mando logrando generar gritos de todo el equipo — ¿Tú y Helga? Debes querer jugarle una broma de muy mal gusto.

— Helga, te amo ¿Qué tengo que hacer para que me creas? Me di cuenta de lo que sentía desde el día que Abner murió.

Geraldine palidece. Abner murió hace 5 años, en el funeral del cerdo mascota, ella intentó apoyar al rubio todo lo que pudo, estaba devastado y aunque a malos modos intentó hacerlo sonreír.

Arnold sabía que mentía, no recordaba con exactitud cuando descubrió que la amaba, simplemente un día se dio cuenta que no podría vivir sin ella, que su vida era maravillosa porque ella estaba dentro… tal vez fue el día que el detective de la ciudad le contó que una niña rubia había intercambiado sus carísimas botas para que él encontrara a la hija del señor Hung.

Tal vez había sido antes, después… no importaba. Llevaba años enamorado, de forma profunda y permanente.

— Tú dile Helga ¿Te estoy jugando una broma?

Karl exaspera, más presa de los celos que de verdadera bravuconería y casi golpea a Arnold de no ser porque los gritos de Helga resuenan en todo el campo, los 35 jugadores, sumando a Gerald y el mismo Arnold tienen la cara llena de perplejidad… ¿Qué ha dicho Helga?

— ¡Te amo! ¡Te amo! ¿Contento? ¡Sé que me amas! ¿Satisfecho?

La ojiazul tiene las lágrimas a punto de desbordarse, eso es lo último que falta que suceda antes de que pierda el resto de su reputación y dignidad. ¡Llorar ahí!

Las lágrimas empiezan a nublarle la vista, pero no se escapan de sus orbes, Arnold la jala y abraza, la estruja con fuerza.

— No te puedo prometer que no vamos a sufrir ni que todo será rosa, pero sí te juro que esto que siento es genuino.

Arnold se siente feliz, además de muy abochornado. ¿Cómo se le había ocurrido semejante locura? ¡Ya daba igual! Tenía a la chica de la que se había enamorado en sus brazos, y así tuviera que inventarse mil excusas odiaba lo inconsciente que era de sí misma. Pero con el ego desmedido, Shortman también amaba lo consciente que era de él y su amor legítimo.

En un movimiento brusco, él la mueve hacia su rostro y la besa, con efusividad, con pasión, con ansías.

En el campo ni un sonido se escucha. Gerald está rojo de vergüenza, Karla y Frank rojos de celos… el resto está desconcertado. ¿El chico más bueno y amable de la escuela con la señorita furia?

Todos se miran perplejos, el beso de sus anfitriones es largo… ¿Ahora como verían a su capitana para comenzar la práctica?

.

.

.

.

.-.-.-.-.-.-.-.-.-..-.-.-.-.-.-.-.-…-..

Jajaja me divertí mucho con este capítulo, espero les guste. ¡No olviden dejarme sus reviews! Me motivan a continuar pronto pronto! 3 Thanks!