7 razones para odiar a Helga G Pataki
Su rudeza
Arnold P. Shortman está confundido, consternado, molesto ¡Desprotegido! Dios no le había dado la cordura necesaria para enfrentar lo que es tener una relación seria con Helga G. Pataki. Sí, claro que se imaginó que no sería fácil, pero por amor a todo lo sagrado ¡La chica era en exceso difícil!
Él no tenía ninguna experiencia en el amor mutuo, y que lo quemara un rayo por ser sincero con él mismo pero nunca había enfrentado una relación real, una donde ambos habían confesado sus sentimientos y es que… ¡Qué intensos sentimientos!
¿Citas? ¿Qué nombre debía decirle de cariño? ¿Cómo hablarle en público? Era un total novato, y encima de todo con una novia que no podía venir en ningún manual escrito por el hombre.
Él no sabía cómo actuar después de lo que había hecho el día anterior. Helga le gritó que lo amaba y se besaron frente a todo el equipo de béisbol de la preparatoria; pero después de eso ella había actuado como si nada, reanudando las prácticas.
Así que él, más confiado se le había ocurrido la brillante idea de llegar a la mañana siguiente y cerrar el casillero de ella, asustándola y actuando como un galán para impresionarla.
— ¡Buenos días Miss G! ¿Tienes planes para el día de hoy?
Arnold tenía la sangre hirviendo, los nervios completamente descolocados y sus piernas temblando, pero intentó aparentar que tenía el control.
Hasta que una risita burlona se escapó de los labios de su amada.
— ¿Qué mosca te picó Arnoldo? ¡Me causas risa! — Ella se apartó del casillero, se giró y le propinó un pequeño empujón para quitarlo del paso — Ah sí — se giró coqueta a encararlo — jamás me vuelvas a llamar así.
Y ahí se había quedado, petrificado y anonadado. ¿Cómo iba a manejar una relación amorosa con Helga? Nunca había tenido una novia, y estaba seguro que si lo hubiera hecho ninguna de sus pretensiones amorosas del pasado podía ser un parte aguas para tratar a Geraldine, una chica nada común.
¿Cómo se le había ocurrido seguir el consejo de Gerald?
— Hermano, sí que te descolocó ¿verdad?
— No puedo creer que haya seguido tus consejos de ligue
Gerald, Phoebe y él están sentados en una de las mesas del gran parque del campus, Helga venía retrasada y Shortman aprovecha el espacio para exponer su terrible situación.
— Tranquilo viejo, mis técnicas de ligue son infalibles. Aquí el problema es Helga, no mis técnicas.
Arnold rueda sus ojos, fue una tontería.
— No le hagas caso a Gerald — suelta Phoebe poniendo su mano en el brazo del rubio — sus técnicas no funcionan, solo que yo lo quiero — Gerald no sabe si ponerse feliz del comentario o molesto por el desprestigio que representaba su novia — Jamás, por favor, jamás le digas nena a Helga. ¿Por qué no intentas ser más sutil? Es la Furia Pataki ¿Recuerdas?
El chico se estremece al pensar en decirle nena a la rubia, suelta una risa. Estaba tan nervioso de las formas que olvidó el fondo. Ella lo amaba a él por ser tal cual, tenía que acercarse con cautela y autenticidad. No había otro camino.
De pronto a la distancia distingue a su rubia conversando nuevamente con Brainy ¿De verdad? Está por levantarse en un impulso, pero se detiene. No quiere parecer un novio controlador, respira una y otra vez. Se acomoda en su asiento y nota la risita mal disimulada de la novia de su mejor amigo.
— No me parece gracioso Phoebe.
— Es solo que tus reacciones son mucho más notorias que antes Arnold
— ¿Antes?
— Me di cuenta que querías a Helga desde hace tiempo, siempre que la veías con otro chico tus orejas se ponían rojas y no despegabas la mirada ¡Eras muy obvio!
Un sonrojo se instala en la cara del rubio, no va a negarlo ¿Ya para qué?
— Bien, seré un buen novio y controlaré estos celos.
Johanssen se ríe por lo bajo y asiente aprobando la decisión de su amigo. Entonces la rubia centro de la conversación se instala en la mesa. Su novio siente el impulso de abrazarla pero se resiste ¡Con ella debe ir poco a poco! ¡Muy poco a poco!
— Criminal ¡Casi media hora esperando por este emparedado!
— Pudiste decirme e iría yo por él
Helga da un primer mordisco sin inmutarse, lo mira como si no terminara de comprender y después sorbe la botella de soda que está sobre la mesa sin siquiera preguntar por el dueño.
— Soy completamente autosuficiente camarón con pelos, no necesitas portarte de esa forma por un simple sándwich.
Arnold alza una ceja, no está bien seguro de cómo iniciar la conversación y dejar en claro un par de cosas que le golpean la cabeza. Pero tiene que hacerlo.
— Pensé que dejarías de llamarme por esos apodos, no sé si sea por mi inexperiencia en estos asuntos pero "Camarón con pelos" no me parece la forma más delicada de dirigirte a tu novio.
Ella tose, el emparedado se le ha atravesado en alguna parte de la garganta donde no debía, toma rápido la soda y le da un sorbo precipitado. El rubio por fin entiende lo que pasa: Está nerviosa. Tan nerviosa como él mismo, tal vez incluso más.
— No recuerdo haber aceptado ser novia de Shortman ¿O tú sí Phoebe?
La chica descendiente de asiáticos se muerde el labio, no sabe con precisión porque su amiga es tan pero tan terca.
— Pensé que todo había quedado tan claro como el agua cuando el día de ayer gritaste a los 4 vientos que…
— ¡Está bien solo cállate Johanssen!
El rostro de la furia Pataki comenzaba a pintarse de un color rojo sangre. Gerald adoraba mostrar la vulnerabilidad de Helga, aunque la adrenalina también podía ser una de las razones, es que atormentarla con su mayor debilidad era un placer que muy pocos podían tener.
— ¿Entonces Helga? ¿Tienes algo que hacer esta tarde?
— Lo siento melenudo, esta tarde he quedado con Brainy en la biblioteca para una entrega. ¡Upsi!
Se levanta con la soda en la mano –aun sin preguntar por el verdadero dueño- y se retira campante. Arnold deja caer su rostro en la mesa casi en un colapso.
— Solo es tímida — exclama Phoebe sin poder explicar las reacciones de su amiga, no sabe si defenderla o simplemente admitir que ella de libro abierto no tiene nada. — Tal vez tienes que ser un poco más frontal.
— ¡Puedo ser muy frontal!
Gerald mira con desconcierto al chico.
— ¿Qué estás tramando viejo?
— Voy a demostrarle a Helga que este juego de rudeza se puede jugar entre dos.
— Créeme amigo, es una mala idea ¡Mala mala!
— Apunta la razón #6 Gerald, de pronto no soporto su rudeza.
— De verdad pensé que ya habías parado con esa tontería ¡Ya admitiste que la amas!
El cabeza de balón se levanta rápido y seguro de la mesa mientras vocifera y camina completamente molesto hacia las aulas.
— ¡No olvides que también la odio!
Helga era la representación total de lo que él no podía comprender. Pero intentaba, juraba que lo hacía y no se iba a rendir tan fácil, si la rudeza era tan natural para ella, ya no solo como una barrera sino como una extensión completa de su personalidad, tenía que forzarla a que por momentos ellos iban a ser una pareja normal y acaramelada como cualquier otra.
Él va a doblegar a la Furia Pataki, la hará decirle cosas como "Mi amor, mi corazón, mi cielo, mi deseo de cabellos de oro, mi príncipe encantado, mi Romeo, mi musa e inspiración" O se dejaba de llamar Arnold Shortman. Si algo iba a lidiar con la rudeza de ella, era su orgullo y terquedad.
Si no se doblegaba a ser dulce, él la haría caer perdida.
Llega la noche y Arnold procede a llamarle, su última conexión es desde hace 2 horas así que sabe que tiene que ir con algo más contundente. El teléfono celular suena una y otra vez, pero nadie contesta.
¡Lo está evitando!
— ¡Helga! Verás…
Shotman siente la sangre hervir, sale al techo esperando que el aire le regrese la cordura. Se sienta en una de las losas y mira hacia el cielo, hacía apenas un par de días en ese mismo sitio ella le mostró en más de 40 poemas todo lo que tenía en el pecho.
¿Cómo podía ser tan terca en simplemente aceptarlo? ¿Cómo podía convencerla de que ya no tenía otra opción más que dejarlo amarla?
Al día siguiente la táctica es diferente. Aparece frente al casillero de su rubia, ella apenas y alza la mirada. Sigue inmersa metiendo libros a su bolso.
— Buenos días ¿Quisieras salir conmigo hoy por la tarde? Se viene el fin de semana y creo que podría ser…
— Por ahora no puedo Arnoldo, no creas que mi mundo gira a tu alrededor ¿Entiendes?
— No creo que tu mundo gire a mi alrededor ¡Sólo quiero pasar un rato contigo! ¿Qué te tiene tan a la defensiva?
Ella azota la puerta del casillero.
— ¡No estoy a la defensiva! Esta es mi personalidad Sopenco, acéptala.
Arnold inhala y exhala con calma, no, no se va a rendir. La volverá a interceptar y la hará doblegarse por las buenas… y si no, por las malas. Dos pueden jugar el juego de la rudeza.
La toma de la muñeca y la hace arrinconarse contra el casillero, ella da un respingo por la sorpresa. Con sus palmas choca el frio metal y la aprisiona en el hueco de su cuerpo y el gran mueble escolar.
— ¿Vas a aceptar mi propuesta?
Ella se cruza de brazos. Y justo en ese momento él tiene sentimientos encontrados, por un lado se siente culpable por atacarla en vez de ser paciente, por otro está más que feliz de conseguir reacciones así de hermosas de ella, aunque tuviera que ponerse en modo "Pataki"
— No Archivaldo, tengo otras cosas que hacer.
— Lo repetiré de otra forma. Te voy a ver después de las 7pm en el parque de Hillwood, en la banca de la entrada. ¿Entiendes?
— Creo que el que no comprende eres tú ¡la respuesta es no! Tengo otras cosas que hacer.
—Ayer también y ni siquiera fuiste capaz de contestar mis llamadas ¿De verdad estamos saliendo?
— Eso puedes respondértelo tú.
La confianza de él se esfuma unos segundos y en ese momento su dama escapa no sin antes empujarlo con fuerza.
Ahora solo hay culpa en su mirada.
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Helga vuelve a inundarse de la sensación que no la deja en paz desde hace días. Acaba su clase de historia y al salir, un rubio sensual de ojos esmeralda la espera fuera. Tiene la camisa a cuadros completamente abierta, dejando una playera verde debajo con galantería.
¡Maldito seas Arnold! Se mortifica para sí, su corazón está agitado. Le tiemblan las piernas, ya ha cometido el improperio de confesar un amor de años ¡11 años enamorada del mismo hombre! Y lo ha soltado ahí frente a todo el mundo.
No, él no va a ver jamás en su vida… bueno tal vez el día de su boda, una confesión pública. ¡Primero muerta! (o casada, lo que sucediese primero)
— Te traje una soda
Él coloca la fría lata en su mejilla y ella siente que sus emociones quedaran disparadas por su boca, dirá un poema, se lanzará a sus brazos, no querrá soltarlo hasta el día siguiente. ¡Tiene que controlarse! No puede ir por ahí demostrándole al estúpido de Arnold lo que la consume el alma. Se siente perdida entre sus brazos, en su aroma.
¿Qué si él abusaba de ese amor que apenas conocía de superficie?
Ella llevaba 11 años cultivando un amor desmedido, él apenas comenzaba por un trayecto que se podía desmoronar.
Y ella no lo quería, prefería que pensara que era fría a que viera hasta sus entrañas. Porque ahí en lo profundo, el amor que le presionaba el pecho era tan fuerte como el odio que le tenía.
Odio de haberla hecho sufrir tanto sin saberlo, odio de ser tan enamoradizo, odio de ser tan descuidado, odio de ser tan buena persona y ahora un odio desmedido por estar rompiendo todas sus fortalezas.
— ¿Eres todo un caballero verdad?
Él le sonríe y a ella esa mueca le parece de victoria, se odiaba a sí misma por no poder simplemente aceptar que él la amaba y no estaba jugando con sus sentimientos, pero la necesidad de tomar el control donde simplemente no podía hacerlo la estaban desmoronando.
Se sentía en la palma de Arnold, con un simple toque podía desistir de hacer cualquier cosa, si él la besaba el mundo se ponía de cabeza y cada vez que decía que la amaba su corazón se volvía de cristal, a tal grado que no podía contenerse de dejarse romper.
— Es bueno que lo notes, siempre lo he sido.
Exclama con un tono que a Helga le suena a fanfarronería.
— Siempre lo he notado
Él destapa la lata y la soda literalmente estalla mojándola por completo. Ella solo escucha a la lejanía al zopenco de su amor pidiendo disculpas, lo ve sonrojado y ella siente que pierde el piso, él… sonrojado por ella.
Él pidiéndole perdón por algo tan intrascendente como una soda derramada, él siendo tan lindo y dedicado en su papel de novio ¿Y ella?
— ¡Serás tonto Cabeza de balón!
Ella alza la vista y sus ojos se encuentran con los tan verdes de él, se pierde ahí, puede irse y no volver. De pronto nota sorpresa en las pupilas dilatadas y antes de reaccionar tiene la camisa a cuadros puesta sobre su pecho.
— Será mejor que vayas a cambiarte
— ¡Eso haré! ¿Acaso crees que me gusta estar toda pegajosa?
Helga queda perpleja al ver como el rubio emprende una carrera lejos de ella. ¿Acaso habrá sido en extremo ruda?
Se da un golpe mental. ¿Pero cómo puede dejar de ser la chica de siempre para convertirse en una dulzura de novia? Era un proceso lento y no se veía pasando de los insultos a los cariños ridículos en cuestión de días.
Es más… ¡No se veía rechazando esa parte suya! Un escalofrío le embarga el cuerpo y le recorre la columna, lo mejor será apresurarse para cambiarse antes de pescar un resfriado.
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Arnold tiene frío, la banca está helada porque el invierno parece estarse adelantando. Lleva 10 minutos de ventaja sobre Helga. Si es que ella llegaba.
No tenía idea de cómo iba a abordarla, sentía la necesidad de que ambos cambiaran la forma en la que se habían relacionado por años. Era difícil, claro que sí. Pero no imposible.
Ya no podían seguir en ese camino de víctima y victimario. Porque Helga no era un victimario como su bully, era una chica sensible que no tenía idea de cómo acercarse a él, y por otro lado tampoco sería víctima de él.
Arnold estaba consciente de que podía ser la persona que más lastimase a Helga, lo sabía y tenía miedo pero ya se había decidido y no daría marcha atrás. Se haría responsable de sus sentimientos y eso es lo que esperaba de ella también.
De pronto siente una presencia a su lado, una joven pelirroja abrigada hasta el cuello se sienta en la misma banca, él brinca ante la sorpresa.
— ¡Lila! ¿Qué haces aquí?
— Vine a ayudarte Arnold, los he estado observando y de verdad creo que necesitas ayuda con Helga.
Él rueda los ojos, claro que lo sabía. ¡Claro que necesitaba ayuda! Pero no pensaba pedirla, tenía su orgullo como hombre y no iba a ceder a aceptar que Helga estaba acabando con él.
—Es probable que ni siquiera aparezca.
— Aparecerá Arnold, voy a darte un consejo. He estado viendo el desarrollo de su relación ¡Y estás cometiendo muchos errores!
— En primera Lila ¿Nos estás espiando?
— ¡Oh no! ¿Cómo podría hacer eso? Es solo que desde que los conozco he estado esperando este día y no puedo creer que esté pasando. Cuando me confesaste que amabas a Helga de verdad brinqué de alegría.
— ¡Lo hice porque ya te habías dado cuenta! ¿Cómo podía ocultártelo?
— Bien, le llamé a Helga esta tarde y le dije que me encontraría contigo si ella no llegaba.
— ¡Tú quieres que nos mate! ¿Estás loca Sawyer? Vamos a morir si…
— Acercarte a Helga de forma melosa no va a funcionar ahora, la haces ponerse a la defensiva. Y acercarte de forma agresiva provoca que ella responda con la misma intensidad. ¡Piensa Arnold! ¿Qué estrategia es útil con ella? ¡Vamos hombre!
Shortman no sabe qué contestar, no sabe ni siquiera qué pensar primero. Si la enorme posibilidad de que Helga al verlos explotara de celos y los matara a ambos, o que Lila estaba mucho más emocionada que el resto de mortales sobre su romance.
No es que pensara que era una rara pero Sawyer siempre se había mostrado amable con relación a los sentimientos de ambos, era más que nada amiga de él pero en la misma intensidad amiga de Helga, aunque esta última no lo admitiera.
De pronto Lila se queda pretrificada y él sabe, sin dudar, que Helga ha llegado.
— ¡Viniste!
Arnold se gira lento, no sabe qué esperar de ella ¿estará molesta? Lo que ve lo deja con un mar de emociones alborotándose en su mente, sin temor ni duda. Todo está volando y aterrizando en la mirada inmutable de ella.
Helga pasa de largo a la escena, su felpudo abrigo la hacen ver tan adorable que más que sentirla molesta él la percibe triste. No aprieta los puños, saluda con la mano y los pasa de largo como si la escena no fuera digna de un drama juvenil.
— ¿Qué hay Lila? Veo que están ocupados, nos veremos otro día Arnold.
La joven sureña abre sus ojos con intensidad y golpea el hombro del chico rubio quien se ha quedado completamente petrificado.
Arnold tiene la sangre hirviendo, está muy molesto. De verdad molesto. Se levanta con fuerza de la banca y jala a Geraldine del brazo para encararlo, ella se suelta. Su fuerza no parece la de una delicada dama, pero no es el momento de pensar en eso, sigue alejándose y la cabeza de balón de él comienza a idear una estrategia.
¿Qué puede funcionar con una chica como Pataki? Ella es temeraria, terca, ruda, sensible, egoísta, desconfiada…
La claridad comienza a llegar a su mente. Claro que lo que había hecho últimamente no había tenido sentido, estaba tan absorto en lo que significaba un noviazgo que había descuidado una parte vital: Cómo se sentiría ella.
Si él actuaba súper seguro de sí mismo causaba en ella desconfianza de sus sentimientos, la hacía sentir frágil y lo que provocaba es que ella huyera.
Si él actuaba agresivo cualquiera podría pensar que no podía esperar a que ella aceptase las cosas como así y la ponía en la postura arbitraria de siempre.
Para alcanzar a Helga tenía que jugar en su juego, adaptarse y cambiar. No podía esperar que ella fuese la única que se moldeara para encajar con él, oh no. Él también tendría que cambiar un poco para adentrarse en las entrañas de la intensidad que era ella.
— ¡No seas cobarde Helga!
La forma es manejar la dinámica, continuar con lo que Helga no puede perder: Su orgullo.
Si mantiene el orgullo de ella intacto, al principio, será capaz de doblegarlo un poco, suave.
Y lo sabe porque ella se detiene en el acto, se gira con lágrimas en los ojos y la mueca de total desagrado.
— ¿Cobarde? ¡Cobarde has dicho! ¿Tú qué sabes?
— Sé que no quieres doblar tus defensas conmigo porque tienes miedo ¿Desde cuando eres así de miedosa?
Ella se acerca, con los puños cerrados y la mirada azul destellante. Arnold siente un cosquilleo que le sube desde la cadera hasta la nuca. Esos ojos lo estaban literalmente volviendo loco.
— ¡No tengo miedo!
Helga lo jala de la bufanda roja que cuelga alrededor de su cuello y lo jala hacia ella, prensando sus labios con los dientes y haciendo un movimiento con la lengua que él no es capaz de describir porque se pierde por unos segundos entre la cálida caricia, llena de miedo y al mismo tiempo tan segura de sí.
Siente el empujón, no tan fuerte pero lo suficiente para sacarlo de su ensoñación.
— No te tengo miedo Arnoldo
— A mí me tiemblan las piernas — contesta sin muy bien pensar lo que dice, pero nota en ella la sorpresa y sus espinas ocultas — Eres la chica que amo, hablar contigo me pone nervioso… no sé cómo abordarte, no sé cómo hablarte para que tengamos una conversación adecuada, no sé cómo demostrar mi cariño por ti sin que te sientas agredida. ¡Y eres una cobarde! Porque yo estoy aquí dispuesto a ceder mi orgullo y todo esto que cargo encima para aprender a hacerte feliz. Pero tú no quieres aceptar tu parte. Tú me quieres y yo a ti ¿Qué necesitas para comenzar a aceptar nuestra relación?
Ella enrojece, el frío le ha puesto la nariz roja, pero por el contrario le ha cautivado el corazón. Había recibido una llamada de su estúpida y pelirroja amiga, sabía que solo quería presionarla a dar un paso adelante y doblegarse. Sabía que era culpa suya por ser tan terca a un paso natural cuando dos personas se aman de forma mutua, pero es que todo ha sucedido tan rápido que aún no lo puede asimilar.
Soñó muchas veces con diferentes situaciones donde Arnold era el hombre de su vida, pero nunca pudo conocer cómo se comportaría en la realidad ante su amor.
Se sentía extraviada y no se había percatado que también lo estaba lastimando. ¡Él tenía razón! Ella era una cobarde, por eso no podía simplemente admitirlo. Cuando vio a Arnold y Lila juntos en la banca su corazón se estrujó.
Se vio a sí misma años atrás, persiguiéndolo por toda la feria del queso esperando que él desistiera de Sawyer. Se vio a sí misma quedándose hasta el final de la feria, sola en la puerta simplemente alumbrada por la luz pública. Su corazón se sentía frágil, estúpido. ¿De qué servía perseguirlo y atormentarlo si él no la amaba? ¿Qué ganaba con ver como él mostraba cariño por otras personas y ella se veía cada vez más sola y estancada?
¿Cómo podía esperar que él comprendiera de verdad cuanto terror tenía almacenado en su pecho? ¿Cómo sería capaz de seguir viviendo si él entraba a sus entrañas y desde ahí rompía todos los pilares por los que se había sostenido durante años?
— Yo solo… no sé cómo avanzar con esto. ¡No tengo idea de qué tengo que hacer! ¿Cómo debo de tratar al chico del que siempre me he burlado? ¿Cómo tengo que responder cuando él se muestra tan amable y atento cuando años atrás me consideraba una chica molesta? ¿Cómo he de reaccionar a tus muestras de afecto si jamás esperé que esto sucediese?
Siente los brazos del chico alrededor de ella, la estruja y el calor de su cuerpo la hace soltarse en lágrimas. No quiere verse tan vulnerable, pero tampoco tan ruda. No encuentra el equilibrio entre la dualidad que existe dentro suyo, no puede, no quiere.
—Me haré responsable, caminaremos juntos y aprenderemos también. Sé que puedo lastimarte porque entiendo lo que sientes por mí — Arnold sabe que ese comentario la molesta porque la siente moverse agresiva entre sus brazos, pero no va a desistir. Coloca su rostro en el perfecto hueco del cuello de ella — Y tú tienes que entender lo que siento por ti, todo lo que soy, todo lo que hago… es amor Helga, sé consciente de que tus acciones me lastiman, sé consciente de que una palabra tuya bastará para acabarme. ¡Hazte responsable de amarme con tanta intensidad porque ahora yo te amo de la misma forma!
Arnold la aleja para mirar sus ojos, ella está más compuesta, lo atrae hacia sí y le da un dulce beso en los labios que él no sabe cómo reaccionar.
De pronto escuchan pequeños quejidos desde la banca, ahí, ambos giran para ver a Lila Sawyer completamente sonrojada y emocionada, tomando fotos y meciéndose en la banca.
— Lila, creo que es momento de que te vayas… gracias.
La pelirroja se compone, se levanta con una sonrisa amplia por las palabras sinceras de la rubia matona de la escuela, y se va campante por donde llegó. Helga espera que esas fotos jamás sean rebeladas o la cabeza de la campirana colgará en la puerta de la preparatoria.
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— Muy bien, entonces en la escuela no puedo decirte Miss G
— No, y tampoco lo uses con tanta confianza — acerta ella con un rubor visible — es bonito, guárdalo para ocasiones especiales.
— Está bien, ahora… todo el mundo sabe que salimos por ello no veo nada de malo en que salgamos tomados de la mano.
— Solo las salidas, tengo una reputación qué cuidar melenudo.
Arnold se acomoda en la espalda de Helga, quien bebe despacio el café que han comprado en una de las panaderías cercanas. Sus cuerpos emanan un calor especial, y él podría quedarse ahí toda la noche. Pero sabe que eso no es posible.
— Me gustó nuestra primera cita Helga.
— A mí también, intenta no hacer cosas muy ostentosas… estoy bien con el tú que es sincero y modesto. Con el que no tiene que fingir, con el que es dulce hasta el punto de decir basta y…
— ¿Y?
Ella hace una pausa mientras mira al cielo sin estrellas, sus ojos se siente pesados por la falta de sueño de los últimos días que ha tenido a Arnold en todos lados presionándola a actuar de una forma que aún no consideraba hacer.
— Y también me estremece un poco el Arnold agresivo.
Él se gira sorprendido, aun recarga su cabeza en el hombro de Helga y un rubor le cruza hasta las orejas ¡Un cumplido de Helga!
— ¿Cómo así?
— Ya sabes, te hace ver genial, seguro, pretencioso y no como el siempre buen samaritano. Me hace pensar que si me quieres irías a cualquier lado por mí.
La sangre de Helga está caliente, su rostro también y su boca aún más por el café y las vergonzosas palabras que han salido de ahí. Él se siente de la misma forma.
— Lo haría, ya lo verás.
Ella se levanta de golpe provocando que la cabeza del chico caiga sin cuidado en la fría madera de la banca.
— Calma Arnoldo, aún te falta mucho para alcanzarme.
— ¡Pensé que los malos tratos se acabarían!
— No sueñes, la dulce Helga también es muy ruda. Pero eso no significa que no te quiera, es solo que molestarte es muy divertido.
Él se sienta en la banca, confuso pero siendo flexible a la Helga enamorada. Una mezcla cursi entre un terrón de azúcar y un espartano furioso.
— Helga — extiende su mano y sostiene la de ella, casi con vergüenza — de verdad, te quiero.
La rubia se estremece con sus palabras y le corresponde la caricia mientras mira hacia otro lado. Ambas siluetas caminan por el parque tomados de la mano.
— ¿Entonces apunto en el calendario el día de hoy como nuestra primera cita?
— ¿Para qué?
— Ya sabes, celebrar mes tras mes nuestro novia…
Helga pone su pie para que Shortman tropiece y caiga de bruces al suelo. Se ríe y sin soltar su mano, con una sonrisa cálida y ruborizada deja sentenciado que con ella las cosas no son tradicionales, ni ridículas.
— Si vas a demostrarme tu amor tendrá que ser con algo más artístico.
Él se sienta en el frío suelo, sin soltar su mano le da un pequeño beso.
— Te he pintado, tengo muchos cuadros contigo como mi musa ¿Quieres verlos?
Helga se suelta del agarre y corre lejos, Arnold de verdad era demasiado para sus nervios. ¡Pintura! Que alguien la sacara del sueño. Siente que él la persigue con una sonrisa en la boca, y mentalmente se golpea por ser tan cursi con él.
Si la atrapa esa noche, ella accederá a regalarle un tomo de sus poemas… tal vez, solo tal vez. Si va a entrar hasta el fondo de ella, por lo menos Helga decidirá los tiempos, porque quiere que su amor dure mucho más tiempo.
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Perdón! Me atrasé con la actualización! Espero les guste este capítulo. Es el penúltimo y en nuestra razón 7 terminamos esta historia. Siempre quise hacerla sin mucho melodrama y algo más relajada pero esto es lo que salió.
