Sweet Dreams
Hola chiquillos, chiquillas, pillos y pillas.
Escribo estas palabras tumbada en la cama, no de una forma "estúpida y sensual" (made in Flanders house), creedme, (Believe me!) sino con el perro encima de mi trasero, (le gusta tumbarse en sitios inhóspitos y blanditos) y con una catarata de mocos sobrevolando mis labios. (¿Recordáis al amigo de Shinchan con cabeza de huevo? Bo-chan. Ese. Ese soy yo.)
Para que veáis que Bell os quiere mucho ha tardado demasiado en subir la continuación, tanto, que parece mensual, mis disculpas. A partir de ahora, aprovecharé el tiempo y dejaré de jugar con la licuadora. Además he de corregir las faltas de los capítulos anteriores, y claro, como son "tan cortos" no me… no me llevará mucho. (Voy a morir.)
La inspiración me viene cuando le sale a ella, o a él (es como Chrona no tiene sexo fijo) de las gónadas. Pero la verdad prefiero tardar más tiempo que traeros algo que no vale la pena leer, os quiero y por eso, ¡no dejaré que vomitéis arcoíris ñoños por mi culpa! (Suena Queen de fondo.)
Y hala, aquí estamos con otro capítulo chachi-pistachi para vosotros, un poco largo esta vez en recompensa por la espera, muchas gracias a todos por leer, (lerelereleré) ¡espero que os guste!
Bell Star
(¡Y nos vemos abajo!)
Música para escuchar hoy: (Del antiguo disco de punk: "esto no es un disco de Punk".)
Diez horas.
…
De pronto me verás,
por dentro del espejo.
Sonriendo y por detrás,
se ve ya mi reflejo,
invocar a los Dioses que están,
¡más preocupados por no llorar!
…
Verdadera oscuridad,
con la luz encendida.
Si supieras la verdad,
regalarías tu vida.
¿Quién decía que no es sabio golpear?
¡Llegas primero y luego te vas!
¡Pon la zancadilla si te sientes superado!
¡Trata de amargar la vida al que este a tu lado!
Pisa a los pequeños que pueden quitarte algo,
¡vas a ser el dueño de los sueños que has tirado!
(Pig noise)
Capítulo Octavo
"Oh, Sweet Dreams are made of these. Who am I to disagree?"
Maka.
Y aunque no debería haber respondido de esa forma, aun así lo hice.
—Bueno vale, sí que quiero algo —entrelazo mis manos en la espalda y me pongo de puntillas, observando la nieve—. ¿Tú eras amigo de Black*Star, verdad? —no quiero verle la cara ahora mismo, no sabía por qué, pero no quería hacerlo—. ¿Me podrías decir dónde vive?
Él se queda callado.
—…
Dirigiendo la vista al suelo. Espero, el silencio nos inunda y sólo el vaho salía de sus labios.
—Olvídalo —me doy la vuelta, murmurando mientras esparzo la nieve del suelo—. ¿Cómo he podido pensar que alguien como tú me podía ayudar?
—Está lejos —él habla sin que me lo espere—. Tendrás que recordarlo bien —se cruza de brazos.
—¿En serio? —doy una palmada y corro a abrazarle—. ¡Gracias!
—Sin tocar.
Me separa de él, empujándome con el brazo en la cara.
—Vale, no se toca —le suelto, dando dos pasos hacia atrás—. No toco.
—Cállate.
—Vale, vale. Me callo —hago mímica, transformando mi boca en una cremallera—. No hablaré, a partir de —él se lleva una mano a la frente—… Ahora.
Un relámpago tronó en lo alto del cielo. Un fuerte cosquilleo me recorrió de pies a cabeza. El cielo se nublaba, debía dame prisa. Se avecinaba tormenta.
—Es fácil, ¿sabes ir a tu casa, verdad?
—Sí —asentí poco convencida…
—Menos mal —rodó los ojos…
Bufo molesta, prefiero no hablar. No puedo estropearlo ya que por fin ha accedido a ayudarme. Aunque Soul sea un majadero. Incomprensible. Él se ríe.
—Desde tu casa, ve todo recto hasta llegar a la estación de tren. Black Star vive cerca de la estación de tren —me aclaró—. Y luego… Luego…
Levanté una ceja. Miraba un punto fijo, vacío. Se había quedado en blanco.
—Hay una casa. Verás una casa blanca, la más grande —su voz se debilitaba. Rascándose tras la nuca.
—¿Una casa blanca? —pregunté—. ¿Hay vive Black?
—Sí… Y no —se llevó las manos a las sienes…
—¿Estás bien? —insistí, alargando mi brazo.
—Sí —se alejó, inquieto—. Cuando veas esa casa, sigue todo recto, hasta el final de la calle. La última casa. De piedra —titubeaba nerviosamente—. No recuerdo el número.
Saqué un bolígrafo y comencé a escribir en mi brazo izquierdo. Más tarde me di cuenta de que era permanente, y que no saldría tan fácil como yo pensaba.
—Lo tengo.
—Pues si no necesitas nada más, yo me —metió las manos en los bolsillos y se dio la vuelta dispuesto a marcharse, tan intranquilo…
—¡Espera! —grité, dando varios pasos tras él. Un nuevo relámpago sonó, asustándome, me dejé llevar por la inercia del terror que sentía en ese momento, abrazando al albino por la espalda y resguardando mi cabeza entre sus omoplatos, sin darme cuenta a primera vista—. Gracias —susurré más calmada.
El chico suspiró, dejando salir una pequeña risa forzada.
—… Sabes, Black Star nació con problemas en el pulmón, tiene asma desde que nació —murmuraba, mordiéndose el labio—. Dile de mi parte —se detuvo a coger aire, sonriente. Escuché tras él, soltando mi agarre improvisado—, que es imbécil.
Me separé de golpe, y él se marchó.
—De nada —gritaba, mientras otro relámpago rompía el cielo en dos mitades. La cara de Soul Evans se tornaba bastante tenebrosa—. Porky.
Es el Diablo personificado. Este chico es el diablo y Dios, o Buda, o quién sea, allá arriba me está dando una señal.
Eso, había sido… Incómodo, malditamente incómodo. Sobre todo porque aún me quedaba camino que recorrer junto a él.
"Hasta mi casa. Quiero decir…"
Death City
2001
Hospital
Sé paciente.
—Oye. Oye, oye —el crío se ponía tan pesado preguntándote.
No contestes.
—Oye, oye. Oye, ¡oye!
—¿¡Qué!? ¿Qué puñetas quieres? —explotas. Ahí agazapado. Que divertido es esto.
¿No crees?
—¡No! —no me grites.
—Oye —repetía aquel desconocido bajito y moreno. Juntas los dientes con fuerza, con rabia. Quiere morir pronto—. Perdona, es que si no lo digo ocho veces… Bueno, no queda simétrico —¿de qué habla éste? Están más locos que tú y que yo. Que tú—. Y si no es simétrico, no está bien.
Mátalo y punto. No es difícil. Lo sabes.
—Pues no lo digas y cállate —¿a quién le has dicho eso exactamente? Más te vale que no haya sido a mí. Que escoria—. ¡Muérete!
Como si no fuese usted, gran señor, a caer conmigo. ¿No quieres ver a tu mamá?
—Vete, vete, vete —susurras. Te acunas a ti mismo en el frío suelo, inútil. No soy un murciélago al que puedas espantar.
Aquel crío ignoraba lo que estabas haciendo.
—¿Por qué? —sonríe aquel pequeño bastardo de piel blanca. Se cree que le hablas a él, pobre inepto—. No voy a marcharme —yo soy mucho más importante para ti.
Háblame solamente a mí. Sólo deberías hablar conmigo, yo no te haría daño como los demás.
—¿Qué quieres? —repites. Tus ojos se humedecen, lloriqueas débilmente, tendrías que ver lo poca cosa eres en este mismo instante. Siempre—. ¿Qué quieres de mí?
—No quiero nada. Que yo sepa, no necesito nada —se lleva un dedo al mentón y se agacha a tu lado. Le rehúyes. ¿Crees que te va a morder? Tal vez—… ¿Eres el nuevo, a qué sí?
Este idiota se cree que lo sabe todo, "que listo". Apláudele, ¡aplaude a esa forma de vida superior! ¡Tírale cacahuetes! Para que baile. Aquí el único que lo sabe todo, soy yo. ¿Verdad?
—Soy Soul.
Ya estás ignorándome. Te parecerá bonito, que insensato.
—Hola Soul —el ser inteligente y superior se acerca a ti con cautela—. Yo soy Kid —gateas en círculos asustado, mientras él te persigue para querer darte la mano—. Todos hablan de ti. ¿Quieres que te presente a mi novia? —¿el ser inteligente tiene pareja? ¿Quién será tan estúpida como para dejarse engañar por este tipo? Se lo estará inventando—. Tengo que presentarte a mi novia.
No dejes que nadie te toque, imbécil. Vas a contagiar a alguien, tu estupidez. Sois una panda de memos. Todos.
Menos yo. Yo no.
—No tengas miedo —te susurra. Le das la espalda, te encojes en ti mismo. Rezas para que no te toque. Sólo tú puedes temerle a un niño con una idiotez de tal envergadura—. Al principio, este sitio asusta. Pero luego te acostumbras —continúa su parloteo, interrumpido por tu traqueteo de dientes. ¿Podrías parar? Me molesta—. Y se está bien.
—Lo siento —te llevas los puños a la boca, para acallar un gemido.
Aquel chaval tiene la decencia de no tocarte al menos.
—¿Por qué? —repite con tranquilidad. Te muerdes las uñas, desesperado—. ¿Has hecho algo malo?
No tienes valor, ¿verdad?
Vamos, dilo. Díselo. Dile lo que has hecho. Alto y claro.
¿Por qué estás aquí?
—He matado a mi madre —lloras sin consuelo.
Que todo el mundo lo sepa. Que todo el mundo juzgue.
Soul.
Maka.
Y bésame.
—La casa blanca, la casa blanca —hablaba para mis adentros—… ¿Seguro que es por aquí?
Empezaba a pensar que Soul Evans me había engañado como una ilusa. Estoy cerca de la estación. Aquí no hay ninguna casa blanca. Quiere que me coman los lobos o algo por el estilo, jamás encontraré el camino de vuelta. Y por si fuera poco, estoy sudando de tanto andar. La tinta de mi brazo se ve borrosa y no puedo descifrarla. Tanto sufrir para nada.
¿Cómo se hará Black Star todos los días este camino? Dos veces. O más.
Seguí caminando sin rumbo fijo. Los relámpagos y el viento helado hacían que se me erizase el bello bajo el abrigo. Hasta que de pronto, me detuve.
—Oh, ¿y esto? —agudicé la vista, me acercaba lentamente.
Encontré la casa blanca. No la del Presidente, esa no. Esta más bien parecía gris y mal cuidada. Enorme donde las haya, de antaño, una gran mansión a juego con el jardín del césped sin cortar, flores marchitas y árboles que podar. Incluso había un columpio viejo, chirriante, que se balanceaba. Sólo faltaba que saliese Chucky el muñeco diabólico con su cara de psicópata asesino medio metro, montado en un triciclo rojo diciendo:
"Hola soy Chucky, y seré tu amigo hasta el final... Ayijouu". Y después, te apuñala con un cuchillo: "¿Recuerdas? Amigos hasta el final. ¡Este es tu final!" Se ríe como un maníaco y mueres con clase. Te enseñaba dos cosas: la primera, que elijas bien a tus amigos. La segunda y más importante, Chucky nunca muere.
Iba a hacerme pis encima del miedo. El frío parecía más insistente según te ibas acercando al hogar. Y una música penetrante sin ritmo alguno salía de lo que podría ser el desván. Es más, tenía un cartel en la verja, que decía:
ABANDONADA
La última A estaba tachada, borrada casi por completo. "ABANDONAD". Me resultaba curioso, y siniestro. Aunque después de todo, ¿quién podría permitirse tener una casa así en este pueblo de muertos de hambre? Yo desde luego no.
Crucé por delante sin apartar la vista, veía como las ramas de los árboles se movían, chocando contra muchas de las ventanas rotas. Aligeré el paso y recé para llegar pronto a donde fuese que vivía Black. Eso, y que no saliese un violador de entre los arbustos, por si acaso.
Al final de la calle, la última casa, de piedra, como el chico me había descrito. Era bastante grande, no como la de Soul Evans y su hermano. Un caso mediano. Comparándolo con la casa de los albinos, toda casa se te queda pequeña, es como una de esas mansiones que salen en las películas de bajo coste o en una serie B, que echan por la tarde y que te las tragas únicamente porque no hay nada más que ver y tú no tienes nada que hacer, además de estudiar un montón de cosas que en un futuro no te van a servir ni para comprar el pan.
Atestada de farolillos, gnomos hasta los topes, y un par de flamencos rosas. No me lo esperaba. Alguien debía cuidar el jardín. Probablemente una mujer, probablemente. Abrí la puerta verde, camuflada entre las vallas. El aire se encargó de cerrarla tras mi paso.
—Ha de ser aquí —murmuré para mí misma con poca seguridad, adentrándome bajo el portal.
Oí gritos venir del interior de la casa.
"—¡Estate quieto!"
"—¡No pienso tomarme esa cosa!"
"—No me importa lo que pienses, ¡soy tu madre y puedo hacer lo que quiera!"
"—Ah. ¿Y el tacto no está entre tus puntos fuertes, verdad bruja?"
Estalló una voz femenina.
"—¡Te voy a dar yo a ti tacto!"
"—No, no, espera, espera ¡con la escoba no! —se oyó un grito desgarrador. Esta vez más masculino, pero no mucho—. ¡Joder, como pincha!"
—Sí —ladeé la cabeza, rascándomela nuca levemente. Sudaba frío, me asustaba entrar. Me detuve antes de llamar a la puerta—… Es aquí.
Cuando alguien abrió de golpe. Retrocedí.
—¡Ya lo has tirado todo, te parecerá bonito señorito! No te creas que me has ganado, te lo vas a tomar igual —una señora joven de pelo corto y azul, hacia muecas—. Ahora tendré que ir a comprar más a la farmacia —se detuvo en el portal, dejando la frase inacabada, observándome.
—Ho-hola —saludé con la mano, entre risas nerviosas.
Ella fruncía el ceño, extrañada.
—No quiero bolsas para la aspiradora —dijo decidida, a punto de cerrar la puerta.
—No, espere —puse un pie entre la puerta y el marco, creando un hueco.
—¡Ni quiero hacerme a tu religión!
—¡Que no es eso! —grité desesperada, mientras la mujer tiraba del pomo.
—¿Lavadoras, maquillaje, gafas de sol, tupper-sex?
¿Pero cuánta edad se cree esta mujer que tengo?
—No —suspiré derrotada—. He venido a ver a su hijo.
Dejamos de aferrarnos a la puerta, la mujer de cabellos azules, con la fuerza de un orangután y mirada asesina, abrió finalmente.
Black Star no mentía.
—Ou —susurró, juntando los labios—… ¿Y a quién tengo el placer de conocer? —su cara cambio radicalmente, a una dulce y afable.
Como si estuviese hablando con otra persona.
—Me llamo Maka —acerté a decir, mi cerebro a veces juega malas pasadas, me entreno para ello—, Maka Albarn seño —callé justo a tiempo, antes de estropearlo—rita.
Eso está mejor.
—Así que tú eres la famosa Maka —murmuró en silencio, llevándose una mano al mentón—. Pasa, pasa, no te quedes fuera.
Antes de que pudiese decidir entrar por mí misma, ya me había sujetado ella de la muñeca. Vestía una pieza militar verde, botas incluidas. Y un piercing en la ceja. Dudaba de si era su hermana o su madre.
—¿Famosa quién? —pregunté mientras era arrastrada dentro. Justo a tiempo, empezaba a llover tras el umbral de aquella casa.
Pero la mujer me ignoraba.
—Perdona por cerrarte la puerta, este lugar es el paraíso de los vendedores ambulantes —rodó los ojos, avergonzada—. Había olvidado la chaqueta dentro.
—No tiene importancia, lo comprendo —decía la verdad, con una sonrisa.
Mi padre fue despedido del penúltimo trabajo de todos los que ha tenido, y entonces pude ver lo cargante, pesado y mal pagado que estaba ese "trabajo". Por suerte, aunque para mí no, consiguió entrar en el periódico de Death City. Y por eso nos mudamos aquí.
—Tendrías que haber llamado si ibas a venir, cielo —recogió mi chaqueta, colgándola en el perchero. ¿Cielo?—. ¿O has llamado? El idiota de mi hijo no me ha avisado.
—Sí, sí, he llamado —asentí y mentí, todo en uno.
—Que cabeza tiene… Y yo sin preparar nada —pensé en el hecho de que quizá había conseguido que regañasen a Black por mi culpa, pero tampoco me importaba mucho—, ¿quieres tomar algo?
—No, si no hace falta que se moles-
Me ignoraba de nuevo.
—¿Te gusta la tarta de frutas? —se puso cómoda, yendo a la cocina.
—Vale —alcé los hombros.
Si no puedes vencerles, únete a ellos. Y se te ofrecen algo de comer, únete a ellos también.
El hogar por dentro era de todo menos sencillo y discreto. Extravagante a más no poder. Tan sólo tenía una planta, y pocas habitaciones. Las paredes las cubrían decenas de cuadros raros y fotos bien hechas, sin exagerar. La moqueta morada estaba limpia, pero parecía sacada de Aquellos maravillosos 70. Cada rincón de la casa tenía figuritas y cachivaches varios de una parte diferente del mundo. África, Asia, Europa. De cada país. Y la gran mayoría de puertas, no eran puertas; son de esas cortinas cubanas que parecen cortinas pero no lo son. Donde yo suelo pillarme mechones de cabello y que podrían ahorcar perfectamente a un perro con que se enredasen dos tiras cubiertas de madera.
Las primeras impresiones no deberían existir, esta mujer era un encanto. Black mentía. O al menos a mí me trataba como una reina.
Sentada en la mesa del comedor, devoraba mi pedacito de tarta como si no hubiese comido nada decente en semanas, lo cual era bastante cierto. Mis ojos brillaban del gusto en cada cucharada. La madre de Black trajo un par de bebidas con olor a menta en una bandeja.
—Su casa es muy… Y tiene algo que —jugué con la cucharilla, dubitativa pero divertida—… Me gusta. ¡Y sus botas! —le hice un poco la pelota, realmente quería caerla bien. No sabía bien porqué.
En parte decía la verdad, su casa era original, ¡y como molaban sus botas!
—Ah, gracias cielo —servía un poco de té. No, hasta los topes de la taza, verás hoy mi pobre vejiga—, se acaba de ir a la cama hace un rato, ¿quieres que le despierte?
—No, no. No es necesario, de verás —miraba la taza repleta, ¿cómo me iba yo a beber eso?—. Espero —sentadas a la mesa se hizo el silencio.
Un silencio incómodo, de esos que yo odio en sobremanera. Mirándonos la una a la otra, la madre de Black sorbía por su taza con parsimonia y yo me limitaba a asentir sin sentido aparente. Deseaba que ocurriese algo que rompiera este vacío existencial de mi vida. Algo, que cayese del cielo para ayudarme a romper este silencio atronador. Y contra todo pronóstico, alguien me envió una señal.
—Pocoo pocooo cacacoco —saltó sobre la mesa, bailarina, dejando caer algunas plumas sobre mi plato, sobre mí.
Tosí mientras ella restregaba su trasero por toda mi cara. Y no, no es que la madre de Black Star se haya vuelto loca, no.
Peor.
Había hecho bien en no dejar que Eruka viniese con él esta vez. Nunca le han gustado los hospitales, no después de todo por lo que ha tenido que pasar, y que tal vez sólo sea el comienzo de lo que se avecina. Aunque con ella a su lado, podía enfrentar mejor las cosas. Aunque fuese doloroso. No.
—¿Qué demonios? —reía mordiéndose el labio. Gotas de agua le empañaban el cristal del casco.
Con ella podía enfrentarlo todo. Eso le gusta pensar.
No le parecía un lugar aterrador, en absoluto. A nadie le gustan porque cuando estás en él no es por gusto propio, sino porque algo anda mal contigo. Pequeño o grande, pero malo, a pesar de todo. Y todo el mundo ha de pasar al menos una vez por un Hospital.
Volvía conduciendo en contra del tiempo, de la lluvia, en la moto que recién había arreglado con su padre. No le gustaba el color, la pintaron naranja porque le gustaba a Soul.
"—¿De qué color la pintamos?"
"—¿Y a mí qué me importa?"
"—Soul, di un color y deja de rechistar."
"—Vale. ¿Cuál no te gusta a ti?"
"—No sé... ¿El naranja? Que más da eso."
"—Naranja entonces."
La tormenta cada vez era más fuerte, pero él está acostumbrado a ir de un lado a otro, él, su moto, la carretera, la lluvia. Perfecto.
Se le olvidaban todas sus preocupaciones una vez subía sobre esas dos ruedas, el sonido de la motocicleta le impedía pensar. De vez en cuando tarareaba una canción italiana de esas que solía cantar de pequeño a sus hermanos, de las que apenas se acordaba ya. Pero al bajar de ella la cruel realidad le golpeaba de lleno, madurar, poner los pies en el suelo. Él no quería eso.
Pero era necesario, si quería seguir teniendo otras cosas aún más importantes para él. Más que su propia libertad.
Junto a la llave, al lado del manillar, presionó el botón de un pequeño aparato, haciendo que el portón del garaje se abriese de abajo a arriba. Entró, dejando aparcado el ciclomotor sobre el caballete de una patada. Estaba atrancado, roto. No es ninguna novedad que algo se haya roto en su casa. Incluyendo la puerta del garaje. Sacaba la llave de la cerradura del ciclomotor y pulsaba el botón para cerrar la puerta de nuevo, pero ésta prefería estropearse al final del todo y dejar una pequeña abertura por la que sólo entraría un gato con el que Blair podría liarse.
En un suspiro se sacó el casco mojado, sacudiendo la cabeza, sopló hacia arriba levantándose el flequillo.
Entrando por la puerta que da a la cocina, encontró a su padre sentado en la mesa.
—Llegas justo a tiempo —le dijo, sin apartar la vista de una de sus cuentas que hacía con la calculadora. Al lado le hacía compañía una pila de exámenes por corregir. Fiesta—. ¿Por qué has tardado tanto?
Wes dejó el casco sobre la encimera, se acercó de mala gana y señaló empujando el dedo en la mejilla, la piel que rodeaba su ojo, mitad morado, mitad amarillo, y nada de piel perfecta.
—Una farola se ha metido conmigo —Wes mentía vilmente de forma sagaz. No era algo que le costase.
—Oh, ya entiendo —susurraba el señor Evans acallando una leve risa. Se apartó las gafas, colocándoselas a modo de diadema improvisada—. Hoy no tengo tiempo para cocinar, tengo mucho trabajo. Encargad algo o id a comer fuera, como queráis.
"Qué raro…" Pensaba Wes.
Su padre nunca cambiaría después de todo, siempre tiene trabajo. Antepone su trabajo a cualquiera, para él siempre será lo primero.
—Vale jefe —Wes respondía, saludando al igual que un soldado a un comandante, con las llaves en la mano. Se las lanzó a su padre, y éste las interceptaba a punto de caerse de la silla—. Un día hay que jugar al baloncesto —reían ambos.
—¿Hay noticias buenas? —su padre preguntaba con esperanza.
—Ah, ah —y él se limitaba a negar con la cabeza. Y de nuevo, ambos, suspiraban.
Wes se daba una vuelta por la enorme cocina, empapando el suelo a su paso, siendo regañado por su padre. Pensaba que cuando uno cumple los dieciocho, ya es una persona libre. No tiene que estar soportando las riñas de sus padres. Mentira, era una cruel trampa. Lo único que cambiaba es que ya podía votar por el partido equivocado, ir a compartir un cajero para no dormir en la calle, y entrar en la cárcel. "Todo ventajas…"
—¿Y Eruka y el pato Lucas? —preguntaba Wes.
Usando uno de los muchos motes que le ponía a su hermano pequeño. Cualquier personaje que fuese un gruñón le valía.
El señor Evans levantaba el bolígrafo en dirección sur-sureste, que vendría a ser el salón, sin apartar ni un ápice la vista de los papeles.
—¿Parece que se empeñan en sacar 4'5? Otro suspenso —sacaba su rotulador rojo mortífero (con un pompón en la punta) del bolsillo...
Su hijo se preguntaba que hacía su padre con un bolígrafo de chica encima. ¿De dónde lo habría sacado?
—Apruébale, pobrecito —murmuraba Wes buscando una chocolatina en la nevera.
Siempre que Eruka se quedaba en casa, devoraba todas sus galletas. Ya que Soul no come casi nada y su padre no toca el chocolate desde que murió su madre, él es el único que se da un capricho de vez en cuando. Lo peor que podía tener era una novia que le robase los dulces, pero siempre podía comprar más, por lo demás era perfecta.
Se adentró en el salón, sorprendido por lo que encontró.
Maka.
—¡Presidenta, vuelve al corral! —la madre de Black ordenaba señalándole su patio trasero, a una gallina—. ¡Fuera, fuera! —la echaba con la escoba al jardín, ambas montaban barullo.
Sí, una gallina. Una gallina es mi señal.
—Perdona, esto —la mujer volvía al salón, dubitativa, escoba en mano y patas de gallina en otra—…
—Maka —apartaba la taza de té, arrastrándola por el mantel, tenía plumas blancas hasta en la nariz.
—Eso, lo siento mucho Maka —sonrió avergonzada como una niña pequeña.
Se llevó a aquel pollo con ganas de pelea al patio de atrás. Alargué la cabeza cual pajarraco para espiar. No sabía si preguntar o no, pero la mujer tampoco me dio explicación alguna. Lo más normal del mundo.
A su vuelta, aquella mujer volvía agotada, y aún con su arma sujeta sobre el hombro, la escoba de paja. Ella mira el reloj, da las cinco y media de la tarde. En su cara se muestra una faceta horrorizada.
—Todos me chupan la vida en esta casa —se coloca un pañuelo colorido en la cabeza y se acerca a mí—. Maka, ¿puedo pedirte un favor? —reza con las manos.
—Claro —"pida usted por esa boquita." Me levanto.
—Siento no poder atenderte como es debido, discúlpame —va corriendo por la casa, se coloca un abrigo de cuero marrón, de su hijo, mientras la escucho alto y claro. Ese tipo de frases excusadoras me recuerda a mi madre, tanto que me duele un poco por dentro tener que acordarme de ello—. Tengo que ir a la farmacia y a comprar la cena, ¿te importaría quedarte cuidando de Black un rato? —terminaba, cogiendo un paraguas.
—¿Qué?
Death City
2001.
Hospital.
Te mecía el agua poco a poco, sentías la cara mojada, como si estuvieses dentro de una piscina, con los ojos cerrados. Hundiéndote en la total oscuridad. Oías una voz imperceptible. Alguien llamando tu nombre, una y otra vez.
—No creo que hayas hecho algo así. No llores, ¿vale? —el chico te sonreía. Debía ser un poco más mayor que tú, y mucho-mucho más mayor que yo—. ¿Por qué no sales de ahí abajo?
Querías abrir los párpados, querías hacerlo. Pero pesaban demasiado. Creías que te hundirías hasta el fondo más inaudito.
—Están todos muy preocupados por ti, tu papá, tu hermano, incluso Stein y… Y yo también —sonreía con tristeza, al borde del llanto—. ¿Me das la mano?
Esa escena perduraba siempre en tu mente, Soul, puede que jamás puedas olvidarla por completo. El día que conociste a aquel tipo raro, ese día. El día que empezaste a mejorar, por la simple y llana razón de que fue él quien te tendió la mano. Quien te salvó de ahogarte en la piscina. Él te abrió los ojos. Cuando todos te daban la espalda.
—Aquí yo seré tu amigo, yo estaré contigo —sonreía de oreja a oreja, por mucha tristeza que sintiese, se la tragaba, enseñándote una sonrisa—. Te lo prometo.
Tú lo viste.
Extendió los brazos, y te arrastraste despacio hasta dar con ellos, estallando de nuevo.
Y le debes mucho por ello.
—Venga, salgamos de aquí —tiraba de ti, como si fueses un peso muerto. Cargándote. Te aferraste a él. Cuando no tenías nada más a lo que agarrarte.
Y ahora, sin embargo, aquí estas. Traicionándole, dejándole de lado. Te estás hundiendo tú solo. En una piscina, que tú has creado.
Tal y como yo te conozco, me siento... Decepcionado.
No decaigas.
Soul.
—Soul —alguien me tiraba de la mejilla sin consideración—. ¡Soul! —Abrí los párpados poco a poco, acostumbrándome a la luz. Picaban—. Hola, ¿vas a despertarte o qué? —me giré de costado en el sofá, sin poder sentir las piernas—. Pato Lucas —era Wes. Sin duda.
—Buenos días —murmuré adormilado.
Sentía algo caliente en el pecho, y peludo. Blair, echa un ovillo. Bostezamos al mismo tiempo. Conexión mutua, amo-mascota.
—¿Qué dices? —me revolvía el cabello—. Es la hora de la cena —dejó de estar agachado, alzándose entumecido—. Y se te cae la baba.
Me quito los restos de saliva con la palma de la mano, destapándome, me aso de calor. Seguía sin sentir apenas de cintura para abajo. Tetrapléjico y loco a la edad de dieciséis años. Me habían atado un ancla alrededor de las piernas. Que me maten y me rematen.
Trato de sentarme pero mis pies no me hacen el caso que yo esperaba, me caigo al suelo de espaldas.
Aborten, aborten.
Blair cae de pie, es más inteligente.
Wes me miraba perplejo. Para él es algo nuevo que me eche siestas. Que duerma en general.
Y para mí también.
—¿Te has tomado las pastillas? —asiento. Bocabajo.
Él me responde alzando los pulgares. Como un padre orgulloso estaría desde las gradas, de que su hijo Timmy juegue bien al béisbol. Pero ni me llamo Timmy, ni me gusta el béisbol.
—Eruka me las ha —paro en seco, aún del revés, y pienso. Blair se pasea sobre mi cabeza…
De una flexión dolorosa toco la punta de mis pies con las manos. O mis zapatillas saben andar solas o algún ser mágico me las ha quitado. Lo primero sería más interesante.
Cuando giro la cabeza para mirar a la izquierda, Wes ya se está riendo.
Me ruborizo por inercia como un semáforo. Eruka está sobando abrazada a mi trasero.
—¡Tch! —bufo, levantándome de golpe. Me llevo la manta conmigo. Eruka rebota sobre el sofá, aturdida. Y Wes se sujeta el estómago de la risa—. Esto no ha pasado.
Me alejo, lo más digno que puedo. Es decir: poco. Blair me persigue, atacando a mis indefensos calcetines.
—Lo siento —Eruka bosteza como un oso pardo, echando alguna que otra lagrimilla por el rabillo del ojo—. Es que parecías tener frío y me dabas envidia.
—¡No soy tu almohada! —chillé. Blair maulló y mi hermano me arrebató la manta blanca.
Me ignoró.
—He soñado que dormía sobre una piedra —se restregaba los ojos con las muñecas, colocándose el vestido—. Muy compacta.
—No ibas mal encaminada —Wes ironizaba.
Él se sentó junto a Eruka, la abrazó tapándola con la gruesa sábana y la dijo algo al oído, en secreto. Sin que yo llegara a oír nada a escasos pasos. Tampoco es que me interesase. Justo cuando estaba a punto de fugarme a la cocina, Eruka susurró con su voz chillona:
—Pues deja de ser paciente, y bésame —Y así hicieron. Wes comenzó mordiéndole el labio inferior.
No hacía falta hacer un dibujo. Tampoco es que se me diese bien.
—Hala, ¿tenéis que hacer eso delante de las personas? —enseño la lengua, mordiéndomela—. Es asqueroso
Todo lo es. Si tiene que ver con mi hermano, más aún.
—Miau —Blair lo secundaba, aprobado.
—Tú a cenar —me ordenaba Wes, como si fuese su esclavo. Mientras ellos se tapaban con la manta por completo, riéndose como críos.
No lo entiendo, lo sé, pero al menos no quiero comprenderlo. Finalmente, recogí a Blair del suelo y sin pensarlo dos veces les tiré el gato encima.
—¡Soul, te mato!
Maka.
—¡No tardo nada! ¡Muchas gracias! —se despedía felizmente la madre de Black al salir por la puerta, abriendo un gran paraguas. Tan campante.
Como el que se va de excursión a los seis años.
—Hasta… ¿Luego? —aún estaba saludando débilmente con la mano. Se oyó el portazo.
No sabía que pensar ya de esta mujer, de esta casa, de todo. A peor ya no podía ir. Al menos se fiaba de mí, he de tener pintas de niñera.
¿Qué pintas tiene una niñera? Levanté mi falda.
—¿Y ahora qué hago? —hablaba en silencio. Juraría que hasta había eco. Exceptuando el sonido de las gallinas asustadas por la lluvia. Había eco.
La señora Star me había tirado prácticamente el teléfono de su hijo, por si ocurría algo. Me entraron ganas de husmear en él, pero mi conciencia me decía que no debía hacerlo. Y hoy debía de ser uno de esos días en que la hago caso y… No, es que no tenía batería. No soy idiota.
Por lo que me di el gusto de observar los libros de la estantería a medio amueblar, a medio amueblar porque la constaban tres maderas gruesas y nueve bloques de cemento. Improvisada. Lo que encontré no era del todo interesante, lo único que había eran manuales de la milicia sobre cómo matar, enciclopedias de mecánica avanzada para lerdos, de cocina y unas cuantas revistas de esas "Eco Garden": "Cómo crear tu huerto en siete días." "Mi gallina no me pone huevos." "¡Cree su propio abono con basura, señora!" Y demás perversidades.
Y una porno suave.
Me di treinta vueltas por la casa sin entrar en las habitaciones, estaba nerviosa. Demasiado. Andaba como los ancianos, con la cabeza agachada y las manos cruzadas a la espalda.
—¡Ah! —grité al darme cuenta de lo que estaba haciendo. Para luego taparme la boca.
En el pasillo había una especie de cruce entre dos olores, diferentes universos chocando en una maraña de sensaciones. El incienso me estaba afectando.
Todo el hogar apestaba a incienso, recordaba que soy bastante mala para soportar los olores fuertes. Acabaría mareándome. Me gustaba el pasillo, allí no llegaba aquel hedor que me penetraba por dentro. Era un punto limpio. Podías respirar a gusto. Y es que bajo una de las puertas, que era una puerta no una puerta que parece una cortina con la que, ya sabéis; bajo una puerta negra salía vapor de agua, que contrastaba entre aquel incienso.
Me planté frente a ella. ¿Sería esta? ¿Debería entrar? ¿Debería esperar? Si no lo fuese la cerraría y aquí no habría pasado nada. Pero si fuese la indicada, ¿después qué?
Subí sobre planta de mis pies, de puntillas. Y me dije a mí misma.
"—Por probar."
De perdidos al río, como aquella serie que la ABC estrenará pronto en la televisión. Necesitaba huir de ese salón anti-personas.
Entonces giré el pomo, y entré.
El vapor de agua refrescante, como el eucalipto, me recibió encantada. Y yo a él también.
Estaba oscuro, la luz se colaba por las pequeñas rendijas de la persiana echada. Traté de no hacer ruido, manteniendo el sigilo, pero aun así choqué contra algo metálico. Es mi naturaleza, torpe. Mi dedo meñique del pie lo sintió de lleno, pero no grité. La habitación era pequeña, como un rectángulo. Perfecto para tan sólo una persona.
Dando fuertes manotazos al aire y siguiendo el rastro del vapor, di con el escritorio de golpe y porrazo, apoyándome en el borde. El humificador sobre la mesa giraba de un lado a otro, entre varias piezas de metal y tornillos, cables. Esparciendo el vapor, el aire. Me senté en la silla que había junto a la cama. A juego con el escritorio.
Me entró una risa tonta que ni yo me la creía. Estaba en el cuarto de Black Star, en el cuarto de un chico. En sí eso ya me causaba emoción. Era como una cría en una tienda de caramelos. Era Charlie en la Fábrica de Chocolate. No encontraba mi regaliz.
A pesar de que no olía a Black Star, olía a medicina, a eucalipto y agua, pero seguro que olería a él los días corrientes. No sabía que elegir.
A escasos centímetros, una cama. Un largo bulto se movía bajo las sábanas. Una cabellera azul se asomaba tras la cobija. Y poco a poco, una cara colorada de labios secos se mostró ante mí, de lado.
—Hm —gruñó él inaudible, con la voz raspada desde la garganta…
Me acerqué con prudencia, apoyando los codos en la colcha.
—¿Black Star? —pregunté sigilosa.
Un murmullo escapa de su boca, como un respiro.
Dejé caer el mentón, entre mis brazos sobre el colchón. Reía divertida, soplándole en la cara, el flequillo, viendo como le molestaba.
—¿Estás dormido? —llegué a pronunciar.
Era la indicada, pero, ¿después qué?
—No —respondió seguidamente, juntando sus labios con los míos.
Digamos que el regaliz me encontró a mí.
Beru*:
Ya que estamos entre hamijos, Bell os recomienda, (como recompensa ya que los maquiavélicos exámenes no me dejaban poder seguir las historias) por si algún día estáis aburridos sin saber qué hacer, (porque ese doloroso momento llega en la vida de todo hombre, pitufo y mujer) que veáis un anime (De 2008, igual que el de Soul Eater.) llamado Moribito. (Guardian of the Sacred Spirit.) Es sencillamente alucinante, ni muy largo, ni demasiado corto, (26 capítulos) con unos escenarios preciosos y una trama que lo iguala o lo supera. Es de mis favoritos y con lo criticona que soy, creedme cuando os digo que no perderéis vuestro preciado tiempo en cotillearlo.
(ANIME TIME!)
Lejos de la realidad, (Seirei no) Moribito, está basado en una novela (aunque también hicieron manga más tarde) de 1996 de la autora Nahoko Uehashi. (Tiene todas las vocales… Es Jesucristo.)
Moribito, nos lleva a un mundo medieval y ficticio llamado Sak, (Efron… Ok no.) donde encontramos a nuestra protagonista, Balsa la única mujer lancera (difícilmente en toda la historia del anime vais a encontrar a una tía más molona y más luchadora que ésta. "Es la pera limonera"). A sus cercanos treinta años de edad, con un cuerpazo, Balsa tiene que salvar 8 vidas de 8 personas (¡Kid está orgulloso de ella!) porque (Jajajajaja, no, no os voy a decir porque, eso sería un "spopoiler" muy gordo.) se-cre-to.
Resulta que Sak (y Cody. Vale, ya…), está sufriendo una "amenaza espiritual". Una sequía (que te defecas en las/os bragas/calzoncillos de larga) inmensa se avecina el próximo verano. En el camino de Balsa se nos cruzará el pequeño príncipe, Chagum (tiene nombre de chicle de fresa ácida o de osito gominola, lo sé, pero el chico te va cayendo bien con el tiempo), el cual lleva en su interior la clave (es como una moneda de dos caras) con la que poder salvar o destruir para siempre el reino.
Para prevenir la desdicha que se les cae encima el (capullo) Emperador del (susodicho) Reino, ordena a su guardia real asesinar a su hijo menor (el Chewing gum, digo, Chagum) en secreto "secrestismo", vamos que fingen un accidente chungo (tiran al chaval por un puente mientras pasean en carruaje, una muerte poco digna donde las haya).
Pero, sus planes no saldrán como él (Emperador gore)espera. Es más, una de sus (tres, que tiene el maldito mormón) esposas, la madre de Chagum, (que está al tanto de los curiosos momentos padre e hijo que su marido quiere tener con nuestro principito) se entera de que hay una lancera (y aquí entra nuestra súper-Balsa (de remo)) guardaespaldas que es la repera y arrasa con todos los que intentan atacar a sus protegidos.
La segunda emperatriz le pide a Balsa que entre una noche (arriesgando su vida, dejándose como fugitiva y secuestradora cara al reino de Sak) con sigilo en el castillo y se lleve a Chagum a la fuerza con ella para salvarlo y protegerlo de su temprana muerte a manos de los guardias, o de lo que lleva en su interior (todo esto a espaldas del Emperador sin alma).
Y esto sólo es el principio, los dos viajan rumbo al norte, junto a varios personajes (como una vieja loca, bruja bajita, sabia profeta y fea, pero fea-fea que lleva consigo un conejo en la cabeza o varios, capaz de volver de la muerte, y su aprendiz, un herborista moreno que (se ve a primera vista) está enamorado de nuestra mega-chachi-lancera-guay y siempre la acaba curando; un burro (es el verdadero protagonista de la trama, ¡es inmortal!), un ladrón barra estafador de 15 años y su futura esposa (o no, es una relación complicada) de 14 años también, a la que quieren casar con otro insulso chico adinerado; enemigos a porrillo, un monje de melena albina al viento de cuya sexualidad respetada se puede dudar, etc) con los que vivirán todo tipo de aventuras, para encontrar el cruel (de nuevo: o no) destino que le depara a nuestro príncipe.
Balsa (famosamente conocida como: el Tigre) tendrá que salvarle de todos aquellos que intenten acabar con su vida. Hay un pero muy rechoncho en todo esta historia, y es que ella sigue una norma a rajatabla: pase lo que pase no puede, ante todo, acabar con la vida de nadie. (Ou Em Gi.) Otro día (os traigo) más, y mejor, porque en esta vida hay que superarse.
Ahora sí, Beru*:
Puedes pulsar el botón de "Review" de ahí abajo y poner lo que mi lady o mi lord queráis, eso ya es cosa de vuestro agrado mis señores. (Muajá) A cambio te puedo dar… Pues no sé, (¡EL TRONO DE HIERRO!) un pastelito, una piedra, un dragón, mis mocos, ¿queréis un gato? ¿Quién no querría un gato? ¿Lasaña? Sí, os daré un beso (de queso), será lo mejor. Thank you all! (¡Y no me cortéis la cabeza!)
Y nada, haced caso al broccoli, comeos a vuestra madre, no os duchéis todos los días y estornudad en público. (No, espera…) Si tenéis alguna duda, Bell es vuestro hombre, digo vuestra chica, autora… ¡Encontrad a vuestro regaliz!
Nos vemos en el próximo capítulo:
Sweet Dreams. Capítulo 9:
Lobito, jefe de manada.
Candy, si has llegado hasta aquí he de decirte que…
¡FELICIDADES MUY ATRASADAS PRECIOSA! (Suena un matasuegras, lagrimilla.) Eres lo más dulce que podría existir, "te lof con todo mi jert, baby, baby, baby." ¡Que cumplas muchos más(peronodemasiados)! Aquí estaré para romperte el tímpano de amor a cantos, en cada cumpleaños.
Con mucho cariño, Elisa.
(Ay, ¡mis cleanex!)
