Sweet Dreams
"Born to blossom, bloom to perish!"
La vida es cambio, es miedo. Es como el junco que se dobla pero siempre sigue en pie. (¡Resistiré!) Ejem. Y cuando crees que por fin, lo has visto todo. (Todooo.) Sale un manga de Toreo. Sí, de toreo. (Ya no con dos, con tres cojones. De extraterrestre verde.) Puedes saltarte esta parafernalia, a estas alturas ya debes saber que son locuras mías.
Se llama "Golondrina" y es lo más TÓPICAZO que he visto en mi vida. (No sé. Los japos se aburren mucho.)
Hay flamenco, fútbol, trajes de luces y orejas de toro por doquier. Porque claro, aquí a todos nos gustan esas cosas, yo no salgo de casa sin el abanico rojo y el vestido de bailaora con lunares. (SARCASMO.) Se recrea en Andalucía. Hay un momento en el que la protagonista (Se llama Chica… O María(UnPajote) o yo que sé.) tiene un flashback extrasensorial acompañada de un toro. (Si es que está loquísima.) Pero lo mejor es que está en inglés y te mezclan palabras como: "Is Estrella coming to bailar flamenco?" "Suerte maestra, break a leg!" "Hey guapa, wanna see my ass scar?" (Ya te digo yo, que no quiere…) "Café solo or con leche?" (In the Plaza Mayor) "The matador assistant is mozo de espadas during the corrida of toros, in the arena or tentadero." ¿Qué narices es un "SPANIARD"? Si ya lo decía yo, SPANGLISH AL PODER. En fin, dentro de lo que cabe tampoco es una mala historia, hay que verla para juzgarla, (la prota mola mucho a ratos, la verdad) incluso si odias el toreo. "Ozea yo." (Y descojonarte con la traducción.) "Olé y olé chica." (Hay que ser torero, dejarte el alma en el ruedo, ¡no importa lo que me venga pa' que sepas que te quiero, hay que ser! ¡Torero! ¡Me juego la vida por tiiiiiii! (Mega-afinación in extremis: iiiii.)) Ay, ¡necesito un Valium!
Terminada mi terapia de shock, os dejo con el capítulo 12 de Sweet Dreams, larguísimo como siempre. (¡¿Cómo que no he actualizado cuando dije que iba a actualizar?! Los autores de FF somos como las peluqueras, ellas no entienden el "sólo las puntas" nosotros llevamos mal el "pronto si eso".) Gracias por todo chicos, y nada. ¡Nos vemos abajo guapetones! (¿Eh, dónde estás mirando? En el suelo no. No, ahí tampoco. No seas guarro.) Yo no entiendo que hago para que me salgan capítulos tan largos, (¡no puedo poner menos!) pero es que mirad. Si lo sigo alargando no vamos a llegar a ningún lado y no puedo fastidiaros de esa forma, a mí me molestaría también. Así que comprendo cualquier respuesta o no, que tenga este capítulo de… Más de catorce mil palabras, lo de casi siempre vamos. (Chicos, chicas, poneos cómodos…) Por fin. ¡Por fin!
Al final surprise para mis lectorzuelos. ¡Espero que os guste! (O al menos que no me demandéis.)
Bell Star
Música para hoy:
Counting Stars
Podría mentir.
Todo lo que me mata,
me hace sentirme vivo.
Coge el dinero.
Quémalo.
Canta en el río.
Aprendiste la lección(?)
(One Republic)
"Oh, Sweet Dreams are made of these. Who am I to disagree?"
—¿Black Star? —pregunto alarmada. Él busca mi brazo sin apartar la mirada, mi mano. La agarra con fuerza, le sujeto mientras se está cayendo de espaldas contra el sofá. Intentaba decirme algo pero no lograba pronunciar dos sílabas, estaba nervioso. Comenzó a transpirar demasiado deprisa por la boca—. ¿Estás bien?
"No, idiota. Claro que no está bien." Me digo a mí misma.
Niego con la cabeza, me sobrepongo encima de él y le zarandeo los hombros. Se llevaba una mano al pecho, arrugando la camiseta con las uñas.
No podía respirar. Se estaba ahogando.
Capítulo 12
Maka.
Dejé a Black Star tumbado en el sillón, me puse en pie dando pequeños saltos sobre las puntillas, llenos de nerviosismo. Como si su cuerpo fuese más ligero y mi corazón bombeara sangre igual que un coche de fórmula uno tarda en arrancar. Le faltaba el pelo de un mono para que explotase en mi interior como un globo, como si alguien le pinchase con un alfiler. "Pop."
—¿Qué hago? Llamo… ¿¡Llamo a tu madre, a una ambulancia!? —"¿A los bomberos? ¿Pacto un trato con el diablo a cambio de mi alma?" —. ¡Dime que hago, por favor!
Me tiro de los pelos. Me siento Spirit.
—¡No! —Black se mareaba. Llevó una de sus manos a la frente, como si quisiese arrancarse el cabello, igual que yo. Le agarré bien fuerte por todo el brazo con ambas manos y alcé su cuello sobre el reposa brazos del sofá. Acariciándoles las mejillas. Estaba totalmente gélido—. No, no…
Intentaba pegar un grito de forma desesperada pero transpiraba tanto que sus pulmones no le dejaban. Su pecho se movía de arriba abajo sin parar. Me estaba volviendo pesimista, y asustadiza pensé en lo peor.
"¿Y si deja de respirar?"
Aunque mis ojos se agrandaron de golpe, no dejé de mirarle, mi semblante no cambio y el suyo tampoco. Aquel rostro asustado. Apreté los dientes, y cerré los párpados con fiereza agarrando su mano. No era el momento preciso para esto. No se puede tener miedo en momentos así, quizá después, quizá llegué el alivio. Pero ahora definitivamente no. Debía mantenerme como fuese.
—Vale, tranquilo —me calmé. No sabía a quién se lo estaba diciendo exactamente: "tranquila Maka, por él"—. ¿Qué haces? ¿Qué es eso? — Black me observaba jadeante, cogiendo aire por la boca sin cesar. Parecía que acababa de correr un maratón. Sus ojos entre abiertos me vigilaban verdes y llenos de terror. Hacía el mismo signo. Se llevaba la palma rígida arañándose el rostro, dibujando algo en el espacio que forma el aire—. Tu… ¿Tu cara? ¿Tu nariz? ¿Tu boca? —"¿Le hago el boca a boca?" No es buen momento para querer maquillarse ahora, ni para jugar a Mister Potato desde luego—. No, ¡no sé qué quieres!
Esto era un juego de señas. Quiero el comodín del público, el de la llamada, el del cincuenta por ciento. Los quiero todos y los quiero ahora.
Viendo que me pongo nerviosa a más no poder, primero se golpea con la mano en la frente y después me planta la palma en la cara. Espachurrándomela. Alguna que otra lágrima escapa de mis ojos verdes. Casi me mete un dedo en uno de ellos. Quiere mutilarme sin querer. Repite el mismo acto varias veces, era incapaz de soltar palabra a estas alturas. Balbuceaba.
"Y si se muere."
"—Vamos Maka, usa la cabeza. Usa el cerebro, puedes hacerlo." Repetía lo mismo, suavemente. Me estaba calmando a mí misma, cuando el que tiene que estar de los nervios es él. "—Penosa es quedarse corta." Gracias…
"Y si se muere."
—Máscara —esa gran bombilla de imaginación que cohabita en mi mente artística, se enciende. Mis ojos están abiertos pero no estoy mirando ningún lugar del salón, no en concreto, estoy buscando—. Una máscara.
Una máscara de oxígeno. O eso, o se le ha ocurrido un muy mal momento para jugar a disfrazarse.
Asintió velozmente con alegría y fatiga. Apretaba los dientes entre cada jadeo, mientras la cabeza se le iba hacia atrás, intentaba colocarse a empujones y codazos sobre el sofá, sentarse derecho. Su brazo se estiró, alertándome de que quería que lo cargase. Obedecí rauda a socorrerle, pero pesaba demasiado y a duras penas podía mantenerse en pie. Agarraba mis hombros con fuerza mientras le sujetaba por la cintura. Nos mirábamos cara a cara con los párpados electrizados.
—¿Dónde está? —deslicé mis manos blanquecinas sobre sus mejillas, respirando con tranquilidad en un vano intento de que tal vez cogiese mi ritmo. Black Star susurraba palabras inaudibles, pero aun así conseguí entenderle. "Mi habitación." Por un momento cerró los párpados, y su peso recayó en mí por completo. Se le pusieron los ojos en blanco, como si sus orbes verdes hiciesen una rueda y se quedasen atascados arriba del todo. Le estaba costando mil y un esfuerzos y no podía fallarle. Le di algunas palmadas forzudas en la cara y volvió a reaccionar totalmente perdido, asustado, ahogándose—. Yo lo busco, quédate aquí.
"Como si pudiese moverse." Lo decía con mi más buena intención.
No muy convencido su agarre fue cediendo, aproveché para volver a sentarlo. Se encontraba rígido como una tabla, pero sus rodillas se doblaron. Y cayó como un yunque sobre el sillón con los brazos extendidos; su nuca rebotó contra el respaldo. Se llevaba la mano al pecho, arrugando su camiseta de nuevo. Algunas palabras más de ánimo y un tocamiento de rodillas en el que casi le clavo las uñas y me despedí por el momento para ir en busca de aquello que le ayudase a respirar otra vez, más veloz que nunca.
Angustia
Resbalando con las alfombras, en calcetines largos de instituto atravieso el pasillo. Oigo unas pisadas diminutas a mi espalda. Cuando quiero darme cuenta Presidenta me ha adelantado en la carrera al cuarto de Black Star. ¿De dónde ha salido y cómo se escapa tan fácilmente? La gallina me ha adelantado, parecerá triste pero es rápida. Y si no, que se lo pregunten al pobre Link. Derrape a escasos centímetros de una de las pocas puertas de la casa. Estaba todo lleno de cajas marrones y medianas.
Presidenta me indicaba, tocando la puerta de la habitación de Black con el pico, como haría un pájaro carpintero. Había varias estrellas negras dibujadas en las esquinas, en las que antes no me había fijado, ni me sobraba el tiempo para hacerlo. Giro el pomo con las dos manos, me sudaban ambas. Parecía que estaba cubierto de vaselina. Soy difícil para todo.
Una vez abierta de un empujón, la gallina entró aleteando con fuerza. Como si quisiese echar a volar vanamente.
—De acuerdo —me dije a mí misma en voz baja. Correteando de un lado a otro, junté mis manos, las separé y comencé a buscar por todos lados—. Máscara… Máscara…
A pesar de que pensaba desde el primer momento que la habitación de Black Star estaría desastrosa, en realidad estaba bastante limpia. Probablemente es cosa de su madre y las perfecciones que tiene por todos lados, se ve a tres leguas. Quizá hay alguna que otra herramienta de metal tirada o esparcida por el suelo o el escritorio. Quizá hay varios montones de ropa esparcidos por las esquinas o sobre la cama, la silla, que huelen a él. Pero estaba ordenada dentro de lo que cabía. Ni trozos de pizza, ni pintadas, ni un contenedor de basura con paredes, ni siquiera brujas malvadas reunidas en círculo cometiendo un acto satánico en medio del cuarto.
Decepcionante en muchos sentidos.
—Máscara…
De rodillas, miré bajo la cama por si las moscas. Ni una sola pelusa. Ni siquiera revistas Porno. (Así aprovechaba para fisgar.) Vapor y medicinas me llenaban el olfato impidiéndome pensar con claridad. Mientras, Presidenta me observaba con esos ojos de guisantes negros. Ladeó el cuello y empezó a trinar, picoteándome la espalda como si fuese una mazorca de maíz en el campo.
"—¡Coco, coco, coco!"
"—¿Palmera?"
—¿Me quieres dejar en paz? —chillé, apartándola—. Ya me picarás luego.
Jamás pensé que diría eso. Ni que tendría el valor para decírselo al pollo asesino. Ella no cesaba en su intento de molestarme lo más posible dentro de esta casa. En este mundo. Universo. Se alzaba y se alzaba, dando pequeños saltitos. Soltando plumas, aleteando las alas. Llamando… Mi atención.
—¿Qué te pasa? —levanté una ceja. Mirándola cara a cara. Boca a pico.
Dejé en su sitio el edredón y las sábanas, incluso el colchón. Levantándome del suelo como si fuese un perro que habla. No estaba buscando en el lugar indicado. La máscara no estaba por ningún lado. Pensándolo bien, tal vez Black Star no había querido decirme eso, ni siquiera podía haberle entendido con certeza. A lo mejor se refería a la habitación de su madre, al cuarto de baño. Por el amor de Buda, podría ser cualquiera.
Observé como aquella gallina intentaba saltar, en el mismo sitio. Una y otra vez. Fruncí el ceño y levanté la cabeza. Y ahí estaba. La máscara de oxígeno. En lo alto de su estantería, sobre aquellos libros de "ingeniería para tontos" y un montón infinito de Cd's y cintas de colores.
—Bingo —apreté ambos puños, alzándolos. Elevando a la gallina cual escena de baile en Titanic—. Gracias Presi.
Había hecho una especie de tregua temporal conmigo. Pero la solté pronto por si decidía romperla como el que no quiere la cosa y me devoraba los dedos. Cacareó a modo de respuesta, paseándose en círculos. "—¡Me entiende la tía!" Se nota que en el fondo quiere a su dueño, o al que le da de comer. Eso es muy importante.
Ahora tan sólo quedaba un pequeño problema. Y cuando digo pequeño es porque yo soy pequeña, mido metro sesenta y pocos, y esa estantería más de dos metros. ¿Cómo podía llegar ahí arriba? Subir por la estantería estaba descartado.
La gallina volvía a trinar, caminó con esas pequeñas patas de ave hasta alcanzar una silla. La intentó mover con la cabeza, dándose golpe tras golpe. Había perdido la cuenta de cuantas le debía ya. (Le comprare una bolsa de alpiste en el supermercado la próxima vez.) Y antes de que Presidenta se quedase más tonta con tanto cabezazo destroza neuronas, me hice con la silla, la coloqué y me subí de puntillas sobre ella.
Presidenta me animaba desde abajo cual animadora con pompones de tiras azules y blancas del Shibusen.
—Oye —tartamudeé aterrada. ¿Qué hacía yo hablándole a un pollo?—, ¡esto está muy alto!
La silla de madera traqueteaba, moviéndose a medida que intentaba alcanzar la máscara de hospital, que estaba conectada a una bomba de oxígeno que Black Star necesitaba para respirar, aquí y ahora. (Si la silla llega a tener ruedas esto se habría convertido en toda una atracción de feria) En lo alto de aquella estantería, aun poniendo cojines bajo mis pies, sobre la silla. Tan sólo me faltaba un palmo para tocarlo. ¿Quién pone cosas tan importantes colocadas tan arriba? La madre de Black Star no mide metro sesenta. No soy capaz de alcanzarlo sin morir o caerme de espaldas en el intento.
Presidenta intenta advertirme, corretea y sube a toda velocidad (permitida para una gallina loca) por los cajones al escritorio blanco de Black Star. Me resulta complicado admitirlo: es más lista que yo. Sin pensármelo salté de la silla al escritorio. Pinchándome el pie con una tuerca. No podía tener un hobbie menos doloroso, como la siesta, no.
Salté a la pata coja, mordiéndome los labios para acallar un grito y no preocupar más a Black Star.
Juraría que la gallina sonrió al ver mi actuación de payaso de la tele.
El escritorio estaba junto al cabezal de la cama. La posición de la máscara me pillaba un poco desviada pero ahora estaba en un lugar más alto. Encima del tablero había una televisión oscura y apagada de poco más de veinte pulgadas. Tuercas y tornillos allá donde alcanzaba la vista, un par de libros intactos (para no variar), varios paños y botes con nombres raros y su teléfono móvil azul oscuro. Y yo, y la gallina. Las dos. Que panorama.
El problema no había cambiado en absoluto. Seguía sin poder alcanzar aquella máscara, aquella bomba. Nada. Por mucho que estirase los brazos no iba a llegar a ninguna parte. Como aquella canción que osa traerte la luna a tus pies. Si la cosa podía ponerse peor, Presidenta comenzó a picarme tras las piernas haciéndome saltar adolorida, como si bailase ballet de principiante. Una lágrima escapó rebelde de mi ojo derecho. Ella se impacientaba y yo también.
—¿Con qué esas tenemos, eh? —la fulminé con la mirada girando el cuello unos perfectos cuarenta y cinco grados. Ni cuarenta y cuatro, ni cuarenta y seis— Muy bien, si tanto quieres ayudar a tu amo —arremetí, agarrándola por el trasero. La alcé al borde de la estantería—. ¡Pues adelante! —satán con abrigo de plumón.
Yo seguía hablándole al pollo de las narices. A momentos desesperados, medidas desesperadas. O eso solía decir mi padre. El pollo no paraba de aletear y graznar como lo haría un pato, quería zafarse. Este bicho hace más sonidos que un zorro naranja. Es inteligente. Terminator en pollo, yo confío en este monstruo psicópata.
—¡Cógelo! —la indiqué desde abajo. Azotándola suavemente en el culo. Volví a ponerme sobre las puntillas—. ¡Venga!
La gallina no entendía ni la misa a la media. Ladeaba la cabeza, su pequeña cresta roja, sin parar de un lado a otro. La estoy pidiendo, deseando inútilmente, que se le ocurra acercarme la máscara con el pico para que yo pueda alcanzarla con las manos. Lleva haciéndolo toda la vida, lleva picándome y picándome desde que puse un pie en este hogar tan extraño. ¿Por qué no podía hacerlo por una vez que yo quería? Sus patas me arañaban la cara.
—¡Como pesas! —irguiéndome en el último intento de fe absurda, chillé, abriendo las manos. Llevándola más y más arriba, por última vez. Si aun así no funcionaba la mandaría a volar y a probar otra cosa antes de que a Black Star le diese un ataque severo—. ¡Pesas más que un cerdo!
Grité y ese fue mi gran error. Me arrepiento mucho de haber dicho algo así, en ese momento. La gallina se quedó pasmada. Estática e inmóvil como una estatua de cera a tamaño real. "Oh, oh…" Se cagó. Literalmente. En mí. La gallina se hizo caca, en mi cara. En toda mi cara. "Su popó en mi coco." Fue rápido y el sonido que emitió dio demasiada grima. Pero no tanto como el que grito que yo pegué después al darme cuenta de que tenía mierda de gallina, blanca y marrón como un chorro de horchata en toda la jeta.
—¡Pero serás cerda! ¡Qué asco, que asco! ¡Dios!
Lancé al pollo del demonio por los aires, cayó de pie. Sobrevivió y se siguió riendo en mi cara, ahora blanca como la de una gueisa rubia. Caminó cual toro de miura en la plaza. Ese pollo asqueroso iba a morir y no de una estocada.
—¡Estúpido pollo! —mi ira salió a relucir por completo. Quería espachurrarla con el pie delante de las otras gallinas y así veríamos quien ríe el último. No sabía qué hacer. Mis palmas abiertas querían quitarme el mejunje asqueroso de la frente, de los ojos. Pero mi conciencia no quería embadurnarme con más caca—. ¡Mira lo que has hecho! —abrí los ojos con desmesura.
Grité al borde de una histeria inmensurable, mis manos querían estrangularla hasta dejarla morada. Me voy a hacer un guiso de gallina tan rico que hasta Dios bajará de los cielos a probarlo. La cara comenzaba a escocerme como si cien demonios me la quemaran viva. ¿Qué era eso, ácido?
—¡Cómo quema! —a ciegas intenté ponerme de cuclillas y bajar del escritorio de Black.
Lo cual fue otra no buena idea. Hoy no era mi día, por lo que podía entender. Un tuerto me habría mirado pero que muy mal. Y al intentar bajar, resbalé con varias de las tuercas, tornillos y bolígrafos que había esparcidos por la mesa. Me agarré con fuerza al borde de la estantería para no caerme de espaldas. Con suerte podía caer encima de la gallina y matarla. Pero no fue así del todo. La estantería no soportó mi peso de pluma, y juntas caímos al suelo. Con los libros, los Cd's, las fotos, los pañuelos y lo que era más importante: la máscara de oxígeno. Cuya bomba, se rompió en la gran caída contra el piso. "¡Bam!" Me di un golpe leve en la nuca al chocar con las patas de la cama de Black.
De tanto gritar me iba a hacer una úlcera en la garganta, si es que algo así era posible. La gallina del infierno revoloteó por los huecos de la estantería y volvió a pellizcarme con el pico en las mejillas para sacarme del trance.
—A buenas horas —la asesiné con la mirada…
—Maldita sea…
Trataba de levantarme a duras penas. Por suerte o no tanta, y como me veía venir desde un principio, la estantería no pesaba apenas nada. La madera era más fina de lo que pensaba y conseguí ponerla en su sitio al tercer intento. Por el suelo había todo un mapa de objetos y papeles, aunque nada roto o resquebrajado. Sin contar la única cosa que necesitaba en este momento. Recogería todo este desastre más tarde. Y ahora, me seguía planteando la misma ecuación, llevándome las manos a la cabeza.
Black Star menos aire, menos máscara, más bomba rota es igual a: … No quiero saberlo.
Misión fallida. Sintiendo en mis manos algo viscoso, la caca de gallina en la frente, en la nariz y en los ojos. Sentía asco de mí misma. El pollo se encontraba a mi lado, meditabundo, no le daba una patada por respeto al dueño.
Al dueño. Observé la bomba rota y como mis ojos comenzaban a empaparse, abrazándome a mí misma. Mordiéndome los labios
—Jopé…
"¿Y ahora qué hago?" La misma pregunta una y otra vez. Sorbí por la nariz. No podía seguir pensando así sin hacer nada. Lo mejor sería coger la puerta e ir corriendo al baño a quitarme este potingue apestoso del rostro. Volver con Black Star, ver como está, pulsar los botones de un teléfono y llamar una ambulancia ya.
Así que le di marcha y comienzo al plan B. Démosle al Restart y vuelta a empezar. Mientras, el pollo diabólico me seguía a todas partes, como si fuese su puñetera madre. Me dirigí cruzando el pasillo al único cuarto de baño de enfrente, lavándome la cara como si tuviese sarna, con un jabón de melocotón naranja que olía tan bien como el mismísimo sudor de Unicornio. Restregándome la toalla de mano al igual que un estropajo por todo el rostro. Ya me ocuparía más tarde de las apariencias.
Le seguía recordando a la gallina matasanos que todo era culpa suya mientras me lavaba. Salí del baño a toda velocidad, con la toalla de felpa en el cuello y dejando las luces encendidas me apresuré con la fuerza de un tanque militar hacia el salón. Hacia Black Star. No fue difícil, ya que por el camino me choqué contra él. Contra todo de él, contra su pecho. La gallina revoloteó, le gusta andar en círculos como si estuviese loca.
Ambos caímos de bruces por sorpresa sobre la alfombra. Black Star me agarró de la muñeca con su mano libre. Aquella que no rasgaba su camiseta. Me llevé la palma al trasero y a la nariz, resentida por el golpe. Abrí los ojos y me lo encontré en la misma posición, jadeando angustiado, blanco como la pared. Tal y como lo dejé, no. Peor.
—¿Pero qué haces de pie, burro? —una de mis manos corrió rauda a rozarle aquellas mejillas heladas.
Se había levantado del sofá y aduras penas había hecho la mitad del camino. ¿A dónde va este descerebrado? A ayudar a otra descerebrada.
—He —procuró tragar saliva como pudo, para seguir pronunciando lentamente—… Oído un ruido —su mano continuaba agarrada a su torso con mucha fuerza. Le costaba una vida seguir hablando. Cerró los ojos de puro dolor y agachó la cabeza—… ¿Estás bien?
Mis cejas se encontraron, con el ceño fruncido. Pero yo no estaba enfadada, abochornada quizá.
—Bla-Black Star —balbuceé, sin darme cuenta ya había empezado a llorar como una mocosa con las rodillas raspadas. Hablé deprisa, tan deprisa que ya ni sabía lo que estaba diciendo—, he-he intentado conseguir la máscara, pero, pero la gallina me odia, y estaba tan alto, la-la estantería se me ha caído encima. La bomba se ha roto. ¡Y la cama, y tus cosas y está todo hecho un desastre! ¡Y lo siento mucho! —grité, llevándome ambas manos a los labios, para acallar mis estúpidos gemidos y balbuceos de niña llorona.
Black Star no se enfadó, ni me gritó. Ni siquiera se puso nervioso. Me acalló posando una mano sobre mi cabeza, me acarició y después me revolvió el pelo. Como si fuéramos dos niños pequeños. Observé de nuevo aquellos ojos verdes que aún mantenían el brillo, más que nunca. Asentí sin saber por qué y mis quejidos pararon.
Intentó alzarse en un vano propósito que le dejó sobre sus rodillas, hincadas en el suelo. En la alfombra. Aun así seguía siendo más alto que yo. Mis manos querían sujetarlo pero evitaba mirarle a los ojos de pura vergüenza que sentía. Alargó el brazo, me agarró despacio del jersey del uniforme con los dedos.
—Ven… No, me puedo —Tenía el pelo revuelto y desordenado, como de costumbre—… Levantar solo.
No le quedaba mucha fuerza en el cuerpo, accedí a su petición sin pensármelo. Colocándome bajo su axila, le rodeé con el brazo derecho sirviéndole de apoyo. Su mano rozó mi hombro pero no opuso ninguna fuerza, sólo se dejó llevar.
—¿Qué hacemos? —retiré el rastro de mis lágrimas con la manga del jersey. Resistiéndome ante el hipo, le abrazo como si jamás quisiese soltarlo.
Él susurró sin apenas aire en los pulmones. Aferrándose en mí como ancla desesperada, observando mi rostro de costado con aquella mirada latente a punto de desmayarse sobre sus rodillas:
—Ducha…
Señalaba el cuarto de baño con la cabeza y la barbilla.
No entendía absolutamente nada. ¿Quería darse una ducha para despejarse las ideas? ¿O acaso estaba pensando en la perversidad que yo estaba cavilando roja como un fresón? Si era lo segundo yo podía con él, ahogándose o no. Ha perdido la cabeza por completo.
"—Hueles bien, te lo aseguro."
Pero yo me fiaba de él, y le seguí la corriente igual que un perrito faldero. La gallina cacotas también, detrás nuestra. Era el más lúcido de los dos a pesar de encontrarse en ese estado tan fiero y desmesurado al mismo tiempo.
Entramos despacio a la habitación, cruzando el umbral del pasillo. Black Star lo estaba dando todo. No le había oído quejarse ni una sola vez. Como mucho transpiraba con fuerza y apretaba el agarre en su pecho mordiéndose los labios. Es el típico tío que en el hipotético caso de que fuese mujer y le viniese la regla, podría soportarlo como un valiente.
—Ya estamos —le aseguré. Tenía la vista clavada en el suelo, pero al oír mis palabras se vino arriba como la espuma, abriendo los párpados de golpe. Dando dos rápidas respiraciones por la boca...
Me susurró en un ligero murmullo: agua. Fría.
Asentí sin miramientos y obedecí. Le dejé sentado en el suelo por un momento con delicadeza, como si estuviese hecho de porcelana china y se fuese a romper en el más mínimo momento en el que yo no mirase. Apoyó las palmas sobre la alfombrilla, bien erguidos los brazos, tratando de respirar lo más que podía aspirar. Descansó la espalda junto al trono mientras los labios le temblaban como gelatina.
Me dirigí al grifo de la ducha, no era una bañera. Era una ducha con sus puertas correderas de ventanas traslúcidas. Antes de comenzar a mover como una desquiciada el par de manivelas plateadas, me paré a pensar. Y lo que pensé lo dije en voz alta:
—¿Fría? ¡¿Estás loco?! —apreté los puños, le dirigí la mirada insegura desde mi posición hacia la suya, con los ojos bien abiertos de par en par. ¿De qué iba a servir esto? No iba a hacerle eso, se pondría peor. Pero cuando nuestros dos pares de orbes verdes se encontraron y me observó con aquella mirada indudable y convincente, me persuadió sin temor.
Después él asintió como si se le fuese a caer la cabeza, al igual que un zombi: —Helada…
A gatas, se deslizó como un gato gigante y azul por las baldosas del suelo hasta llegar al plato de la ducha. Le ayudé a sentarse de nuevo sobre una de sus piernas, agarrándole con firmeza bajo los brazos. Arrastrándolo como un peso muerto bajo la regadera con la espalda encorvada y los ojos cerrados.
No sabía que estaba planeando, pero como siempre: de perdidos al río.
Ese es nuestro estilo.
—De acuerdo —suspiré por la boca y giré. Un chorro potente de agua congelada salió disparado, recorriéndole la espalda.
Black Star acalló un pequeño grito de sorpresa al primer instante. Cogió una gran bocanada de aire por la boca y comenzó a calmarse. Respiración tras respiración. Aspira, espira. Y vuelta a empezar. Poco a poco fue retirando las manos del pecho, dejando caer la frente sobre las piernas flexionadas y los párpados cerrados a cal y canto. Oía alto y claro las respiraciones que hacía por la boca. Quedándome mucho más tranquila. Los dos.
Parpadeé varias veces con la ceja levantada e inquisitiva, y de un último suspiro caí al suelo en un pequeño vahído, apegando el trasero en las baldosas. Derrotada. Ahora era capaz de comprenderlo. Necesitaba esa impresión, ese golpe certero para avisar a sus pulmones como debían funcionar y llenarlos de aire, con el choque de agua fría. Volver a respirar con fuerza de nuevo. Me llevé una mano a la frente: tenía que habérseme ocurrido…
—Gracias —Black Star murmuró en un suspiro lastimero.
Me abrazaba a mí misma, posicionando el mentón entre las rodillas. Levanté la mirada hasta caer en la cuenta de que ya era suficiente. Apagué el grifo en un santiamén. Él me sonrió con el cabello y la camiseta mojada, tosiendo sin parar. Empapado.
Conseguido. (¡Tú ganas!)¿Dónde está mi musiquita de ascensor?
—¿Te encuentras mejor? —pregunté de forma estúpida, pero necesaria para mí. Él asintió con seguridad, escupió un poco de agua, abrazándose las piernas. Me fijé en que su cuerpo no había parado de tiritar. Después de esa cascada de hielo—. Espera.
Una de mis manos se posó en su espalda para intentar calmarle. Recogí una enorme toalla de felpa azul que había colgada en un perchero y le rodeé con ella. Cogió los bordes entré las manos, rozando mis finos dedos de tez blanca como la harina.
—Te voy a matar —sino lo hace el agua, sino lo hacen sus pulmones, lo haré yo—… Que susto me has dado.
En acto natural, sin pensar, me acercó a él y de cuclillas me apoyó en su espalda. En aquella toalla gorda y empapada. Y le abrazó hasta juntar mis dos manos de nuevo en su vientre, que él roza con sus palmas secas, los nudillos hasta recogerlas por completo. Cierro los ojos, hundiéndome en su espinazo, sintiendo como él seguía temblando en la toalla. Le insulto un par de veces, sintiendo como yo había empezado a sollozar con el rostro escondido.
—Perdona, perdona —él susurra sin apenas poder vocalizar las sílabas, en una voz rota. Transpiraba cada vez más lentamente, apretando la mandíbula de su nariz caían un par de gotas de agua, de su melena. De sus ojos—… Perdona…
Suspiré, dándole un beso lento en la nuca. Estábamos los dos agotados.
Continuamos los dos juntos sentados sobre las baldosas del cuarto de baño. Frente a frente, Black Star (versión bollito-toalla) me quitaba las lágrimas traviesas, pasando sus pulgares con cuidado bajo las cuencas de mis ojos verdes e hinchados, hasta que logré calmarme. Porque después sujetó mi nariz con dos dedos, haciéndome negar con la cabeza mientras ponía muecas y voces raras de pez. Me hizo sonreír.
Le traigo a Black Star una camiseta de su habitación e intento colocar algunas de las cosas que se habían caído de la estantería, cojo la primera prenda que encuentro:
"—Toma, póntela."
"—Ay no. Esa no. Que no me pega con los pantalones del pijama."
"—¡Black Star!"
Le estiré de las mejillas a más no poder. Quisquilloso. Estaba tan contento y alegre, como si no hubiese estado… A punto de morir de asfixia. (Él era así.) Y en cuanto a la gallina, igual que vino. Se fue. Desaparecida.
—Seguro que estás —jugaba con mis dedos, intentando no mirarle, ruborizada mientras él se cambiaba bajo la toalla…
Miré de todas formas.
La idea de ir al Hospital aún rondaba mi mente. Aunque intentase engañarme, sin parar de asegurarme que se sentía estupendamente. No lo estaba. No podía olvidar el hecho de que Black Star estaba enfermo. Traté de secarle cuanto antes, no parecía tener la fuerza para hacerlo todo él solo. Ni antes, ni ahora.
—Sí, estoy bien —me aseguró de nuevo, asintiendo con la cabeza, divertido. El color le había vuelto a los mofletes, como un hamster. Se carcajeaba como un idiota del turbante que le había hecho para secarle el pelo—. No sé qué me ha pasado, bueno —titubeaba, deshaciéndose de la toalla empapada—… Lo he sufrido a veces, pero sólo cuando me pongo realmente mal. Y rara vez lo hago. Voy mejorando con el tiempo, en serio, tendrías que haberme visto cuando era pequeño. Eso sí que era un infierno —asintió de nuevo, sonriendo para sí mismo, asumiendo que yo no sabía de qué hablaba. Luego se puso serio al ver mi cara de incomprensión, quería convencerme a toda costa—. Vale, olvida eso —estornudo de repente, mareado achinó los párpados—. ¿Por qué las frases me parecen tan largas?
Gimió. Le doy un golpe suave en la frente con la palma de la mano. "—Cállate, cabeza de melón azul." Él murmura un ligero: "au…" Con la boca de piñón. Se me empapan los ojos y siento que se me va a escapar de nuevo una lágrima rebelde. Una lluvia entera o una tormenta tropical destructiva. Me contengo pensando que soy la reina de los idiotas.
—Siento haberte asustado —me decía mientras le secaba los mechones de su cabellera azul con el secador. Era tan suave y a la vez grueso, que le envidiaba y admiraba al mismo tiempo—... Es una tontería, de verdad. Cuando tenía seis años…
Intentaba explicarse, soltando alguna de sus batallitas. Pero apenas le oía con el sonido estridente del secador. También le rocío con discreción en el culo, porque lo tiene empapado. Yo movía la cabeza, mirando su trasero: "—Sí, sí, claro…" Pervertida, y orgullosa.
Al terminar, le sujeto firmemente para salir del baño y llevarle a la cama o a dónde sea que quiera ir, pasando el brazo bajo sus axilas. Tal como entramos, tal como salimos, y tal acción es sumamente difícil si cuentas con el hecho de que soy más baja que él, y encima él se quedaba dormido en mí, en todo de mí. A los pocos segundos, Presidenta aparece viéndonos juntos y deja de lado su tregua. Nos persigue para asesinarnos; es Black Star quien me tiene que llevar en brazos.
De los gritos que pegamos, el vecino se acercó a la puerta para saber si nos había pasado algo. No íbamos a decirle: "vera usted, es que tenemos una gallina con el corazón roto. Es asesina y tiene el ano un poco irritado." Así que se fue sabiendo tan poco como cuando entró. Somos unos mentirosos de aúpa. Esto debería considerarse deporte de riesgo. Parecía conocer bien a Black Star, hablaron de un par de cosas a las que no presté atención. Preguntándole si se sentía bien. Black Star mintió de nuevo, por supuesto. Pero es que sus sonrisas son matadoras. Encandilan a cualquiera que pase.
Cerramos la puerta. Y cargándole a contracorriente, porque él no quería ir a su habitación, comenzó a quejarse de verdad:
—No es justo. Menuda imagen de mierda te estoy dando —echó la cabeza hacia atrás, agarrándose a las paredes con la mano.
"—Black Star no fuerces que nos caemos…"
—Soy yo la que se asusta por una gallina.
—En este momento incluso Presidenta impone más que yo —se deprimió, dando un resoplido…
Hablamos en voz baja, evitando llamar al todopoderoso diablo sin querer. Ahora sustituye diablo por gallina.
—Presidenta impone más que nadie —rodé los ojos, esperando su mirada de costado—, no te sientas mal por no ser un monstruo —nuestras risas se acompañaban al compás.
Black Star bromeaba sobre la fugaz idea de dormir con él. Hacía espacio, dando golpecitos sobre el colchón, yo me negaba roja como un pimiento; él se reía solo. Tenía un pequeño sofá azul en su cuarto al que le di buen uso. Recogí las cosas que quedaban tiradas por el suelo tan rápido como pude para que estuviese a gusto, ni siquiera me fijé en lo que cogía y donde lo colocaba, pidiéndole disculpas una y otra vez por haber roto la bomba de oxígeno. No le dio importancia. Me ayudó.
Fui a la cocina y le traje un poco de la medicina que vi a su madre darle la última vez. Fue ver el frasco y corrió a esconderse bajo las sábanas como un niño de seis años.
—Oh no, no. ¿No pensarás que me voy a tomar eso? Ni muerto. ¿Sabes lo amargo que está? Es como morder un limón, una acelga y un pomelo —se negó en rotundo—a la vez. ¡No!
¿Acaso habrá probado a comerse todo eso al mismo tiempo? Le metí una pequeña cucharada de improvisto. Abrió los ojos de par en par, observándome aterrado. Se lo tragó a las malas y después sacó la lengua, mordiéndosela. Su cara de asco se quedó grabada en mi memoria para los restos.
—¿Cómo te atreves? —juntó su frente cálida a la mía. Ahora me odiaba a muerte—. Traidora.
—Y si… ¿Te lo doy yo? —dejé la idea en el aire. Removiendo el jarabe con la cuchara, posando la mirada en él. Recogí un mechón de mi pelo tras la oreja.
Black Star abrió la boca de par en par, le di otra cucharada. Táctica funcional, aceptada.
Luego hinchó los mofletes, como un niño pequeño; más rojos de los normal. Serio como un profesor de matemáticas haciendo un examen decisivo, se cruzó de brazos matándome de un miramiento. Pegó un grito exclamativo de pura y dura impotencia.
—¿Por qué quieres estropear nuestros momentos bonitos? —se llevó ambas manos a la cara, dejándose caer sobre la almohada.
—Como si ya no lo hubiésemos estropeado bastante —dije entre dientes, y él hizo una pedorreta con la boca—… Abre de una vez, no seas infantil.
Volvió a sacarme la lengua, otra cucharada más.
—¡Agh!
Según acabo entendiendo, la señora Star hoy tenía turno de noche, no volvería hasta las cinco o quizá las seis de la mañana. Ser enfermera no debe tener nada de divertido, ni de descanso. Decidí esperarla despierta. No era precisamente mi plan para esta noche pero ya había decidido de ante mano (y engañado a mi padre) que me iba a quedar aquí, fuese acompañada de Black Star, o cuidándole. Tras darle el jarabe se quedó dormido en un pestañeo. Que capacidad de sedación. Cayó como un piano de un séptimo piso, aunque él se negase.
Me rodeé con una manta de algodón que había en su armario y coloqué otra más gruesa sobre su edredón para que no pasase frío. Apoyé los codos sobre el colchón, pasando las páginas de uno de mis libros de texto sin siquiera mirarlas, prestando toda mi atención al vaivén que subía y bajaba con tranquilidad del pecho de Black Star. No roncaba, pero respiraba fuerte. De vez en cuando soltaba algún que otro balbuceo sin sentido en un pequeño susurro, o un gemido suplicante desde la garganta.
No se calla ni en sueños.
Algo mayormente cómo: "—Estúpido pollo…" o "Acelgas, no… No."
De vez en cuando me pedía agua o se despertaba desorientado con los ojos más abiertos que cerrados, murmurando alucinaciones.
"—Maka, ¿le das a la pelota o no? —agarró un resquicio de mi jersey, tirando sin fuerza alguna con los dedos."
"—Sí, sí. Ahora le doy a la pelota —acaricié sus manos, sonriéndole. Seguía pasando páginas."
Porque la mitosis…
"—Vamos a perder el partido por tu culpa —se mojaba los labios, matándome con la mirada. Me estaba culpando de perder su partido imaginario."
"—Que no, que ya hemos ganado hombre —le zarandeé los hombros con suavidad."
"—Ah, qué bien —intentó pronunciar volviendo a cerrar los ojos. Más feliz que un regaliz. Durmiéndose de nuevo sin soltar su enganche de mi jersey."
"—Que descanses —retiré su agarre, acariciándole los nudillos entre las manos. Eran ásperas…"
Se hacía tarde y los ojos se me cerraban solos. No le iba a ser de ayuda a nadie siendo un muerto viviente. Así que cambié el paño mojado que le había puesto a Black Star sobre la frente para bajar su fiebre. Acerqué el sofá-cama de color azul oscuro al lado de la suya y me recosté encima entre los cojines y la manta de algodón, procurando acomodarme. Apagué la luz de la mesita de noche.
Pensé que podría descansar unas horas aunque fuese posible, pero iba a ser que no. Black Star comenzó a toser sin parar mientras dormía. Le di agua, pañuelos, incluso un té negro. Pero cuando el pobre volvía a dormirse la tos volvía en el pack. Y si yo ya de por sí lo estaba pasando mal tapándome las orejas con los cojines, no me quería imaginar cómo lo estaría pasando él que es quien lo sufre. (Es que él es el pasivo en la relación.)
Adormilada, trato de dormitar un poco amodorrada. Lo que no dura mucho tiempo.
En mitad de la noche, Black se despierta de nuevo:
—Maka, ¿estás despierta?
—No.
—Cuéntame algo, va. No me puedo —volvió a toser—, dormir.
Al darse cuenta de que no contestaba sus plegarias. Me lanzó el despertador. "—Oh, sigues ahí."
Las tres y media de la mañana.
—¿Qué quieres? —mi tono gruñón de recién levantada contesta por mí. Dulcemente, enseñando los colmillos.
—Cántame o algo —rió, jugando con su lengua.
—No me pienso poner a cantar ahora —me regocijo entre mi manta. Mi manta y yo.
Pero Black Star no cede.
—Pues cuéntame una historia —"no soy un cuenta cuentos, cielo"—, un cotilleo de chicas, no sé —se rascó la cabeza y se le ocurrió un gran tema de conversación—. ¿Qué tal está tu padre?
—Black Star —me quejé, girándome. Si antes estaba bocarriba, ahora estaba mirándole a él. Con la ceja altiva.
Sus ojos tenían un cierto brillo en la oscuridad que cesaba ante las luces de las farolas que se colaban por los resquicios de la persiana.
—El de las revistas raras —afirmó.
Se acuerda.
—¿Quieres que te hable de mi vida? —pregunté extrañada. ¿Por qué no se duerme y ya está? Con lo mono que estaba—. ¿De mi familia?
—Venga, cuéntame algo sobre ti. Que no sé nada —hablaba en un registro bajo, pero notaba como su voz se había vuelto un poco más ronca. Estaba más despierto que nunca—. Y si no contestas, me tienes que dar un beso —sin duda, el original había vuelto—. Porque me lo merezco.
—Contestaré —me reí, cruzándome de brazos. Flexioné las rodillas, deslizándome por el sofá. Pequeño, perfecto para mí. Observé la pared, después a él—. ¿Qué quieres saber?
—No sé —Black Star comenzó a decir, llevándose las manos tras la nuca—… ¿Cuál es tu talla de sujetad-
Antes de que osara acabar la frase, le tiré un cojín a la cara. Me quedé sin almohada pero era un riesgo que estaba dispuesta a correr cuando decidí tirárselo.
—Qué mala eres para pillar las bromas —imitó mi voz, si mi voz fuese la de una niña insoportable con voz de pito…
"—¡Eh!"
—¿Sabes que hay personas que han muerto asfixiadas en extrañas circunstancias en su propia cama? —le fulminé con la mirada, como si nada.
—Ya que me va a matar un psicópata asesino, al menos eres tú, queda en confianza —no tardó en responder algo ingenioso—. Pero te aviso de que no te dejaré nada en herencia.
"—Pues nada, ya sabe algo de mí." Tiene ideas interesantes a las tres de la mañana…
—Y con eso te refieres a pollos.
Sonreí. Rezando para que Presidenta no atravesase puertas cerradas con la mente. "X Chicken" Ni Black Star tenía fuerzas para meterla en el corral con las demás, ni yo para acercarme a ella a más de diez metros. La dejamos suelta, ¡a la aventura!
—Sí, en gran parte —asintió con la cabeza. Deshaciéndose de las mantas a patadas, zafándose de su prisión como una culebrilla. Estaría sudando del calor—. Va, cuenta. No te desvíes del tema.
Se colocó de tal manera sobre la cama, al puro estilo: "—Dibújame como una de tus chicas francesas..."
—Pero si has sido tú el que —me detuve con la boca hecha un piñón y la ceja alzada. ¿Quién era el pasivo y quién el activo? No tenía caso seguir insistiendo, él siempre insistiría mucho más—… En fin.
No sabía si ambos teníamos mucha confianza él uno del otro, o al revés. Teníamos muy poca. No lo sabía a ciencia cierta, si es que el amor lo es.
—¿Qué es de tu madre? ¿Tienes hermanos?
Me sorprendió su pregunta. Aunque a estas alturas ya me puedo esperar cualquier cosa por su parte. Tiene más secretos de los que yo creo. Como una caja de sorpresas.
—No tengo hermanos que yo sepa —conociendo a mi padre, nunca se sabe. Comencé a relatar—, y mi madre se llama Kami. Vive en otro país, con su novio Joe —Buttataki Joe.
—¿Joe? ¿En plan Joey de Friends? —levantó las cejas.
Me posicioné de lado, tumbada. Con los brazos a modo de almohada. Él también. Recogió una de mis coletas rubias, jugando con ella embobado. Pasa de ahí y le meto una torta en las partes sagradas.
—No, más bien en plan Joe de… De Joe —nunca he sido buena en las comparaciones, ¿las etiquetas importan?—. Es como un armario de hombre, pero es buena gente. Es joven, tiene una buena casa, viene de una familia honrada. La verdad, es mejor que mi padre en todos los sentidos —estaba siendo sincera con él. Joe me quería, él no tenía la culpa de querer a mi madre, ni de que mis padres fuesen un desastre, como pareja o como solteros—. Y está forrado, lleva una sucursal de cafeterías a nivel nacional.
"—Es cien veces mejor que mi padre, triste pero cierto."
—Joder —soltó de pronto, en una carcajada—. ¿Y qué haces aquí? Hasta yo me casaría con Joe —bromeó, fantaseando.
No creo que le gusten los jovenzuelos de pelo azul alborotado pero lo tendré en cuenta cuando le vea.
—Con mi padre… No es perfecto, ni siquiera se acerca a la palabra "normal" —es un pelirrojo mujeriego y asqueroso que le regaló un tanga de seda a su hija de quince años por su cumpleaños—. Pero si mi madre no cuida de él —corregí tras una pausa—, si yo no cuido de él, a saber qué tontería acaba haciendo —no quería ni imaginármelo—. Además, es bueno, cambiar de aires de vez en cuando, ¿no?
No deja de ser mi padre. Tal vez haya tomado caminados equivocados en la vida, y haber sobrepuesto algunas cosas antes que otras en orden contrario. Pero sigue siendo el estúpido de Spirit, el estúpido de mi padre y me quiere. Eso no cambia nada. Nunca.
—¿De qué te ríes? —le pregunto confundida, escuchando su melodiosa carcajada.
Un poco siniestra para mi gusto, me dieron escalofríos por todo el cuerpo. Pero desaparecieron al instante:
—Eres un sol —susurró con la boca hecha un piñón—. Solete.
—Calla…
Me giré avergonzada en el pequeño sofá. Escondiendo la cara (porque sí, llevaba razón. Roja como el sol. Como una bola de fuego ardiente), Black continuo riéndose, revolcándose por el colchón con los brazos extendidos: "—Solete, solete." Entonces, y para acallarle. Antes de pensar un momento en asfixiarle por mano propia. Pregunté yo, quería saber algo también. De él. Algo que no había mencionado nunca.
—Black —hice otra pequeña pausa, buscando su mirada pérdida entre las sábanas. Respondió en un tono a penas inaudible: "¿Qué?"—… No me has hablado de tu padre.
Entonces Black Star sonrió de cabo a rabo:
—Buenas noches —se giró recto como un pirulí, cambiando el semblante de forma tardía en un rostro mohíno y melancólico.
Visto y no visto.
—Eh, no es justo —repliqué, incorporándome en el sofá—. Me toca a mí.
—Es que no me apetece ponerme de mal humor ahora —su voz se había vuelto más dura, casi me gritó. Bajo el tono, dándose cuenta de que me estaba asustando—, estoy cómodo.
—¿Por qué dices e-
Sin que me lo espere, me vuelve a lanzar el cojín que antes le había tirado sin remordimiento.
—Para ti —susurró avergonzado, suspirante y dejó caer la cabeza hasta que la almohada le engulló—. Déjalo, por favor…
Si no hubiese venido aquí, tampoco le habría conocido.
—Vale —alargo las vocales y me giro sobre el sofá cama. Arropándome con las mantas—, buenas noches bobalicón.
Él me responde tras un rato, medio dormido.
"—Enas noches." Y vuelve a toser como un descosido. "Enas noches, a ti también."
No sé si reírme o aterrarme. Me había dejado demasiado meditabunda en tan sólo un momento, pero el sueño era mucho más fuerte esta noche. Horas después me despierto con el sol en plena cara y una mano que me acaricia. Pero Black Star continua plácidamente dormido, salvo por ser atacado de nuevo por la tos seca. Se ha girado sobre el colchón y me preguntó si él me habrá visto dormir a mí.
Abro los ojos lentamente.
—Cariño, ¿te has quedado a dormir? —la señora Star pasaba una de sus gentiles manos, las frías y suaves yemas de sus dedos por mi frente, agachada susurraba. La sonrío y ella me devuelve una sonrisa que se esconde bajo aquellas marcas moradas de cansancio bajo sus ojos azules. Junta ambas palmas, como si estuviese rezando—… Gracias por cuidar del descerebrado de mi hijo.
Casas de muñecas
(III)
Soul.
A pesar de ocurrir en casa de los Evans. Olía a disputa a tres kilómetros a la redonda.
—Soul basta.
El padre de los albinos no admitía más excusas baratas, ni aceptaba bromas chulescas sin gracia alguna. Para el señor Evans, era toda una traición que sus hijos le mintieran con algo de tal calibre a sus espaldas. Lo peor de todo, era que trabajasen juntos, juntos. Esos dos, los peores hermanos del mundo. Para que no se enterase jamás. Movía el brazo de arriba abajo, pidiendo que parasen, un Stop.
Que insensatos.
—Vale, me has pillado. ¿Qué quieras que te diga? —Soul tartamudeaba a la mínima, jugando con sus dedos nerviosos. Observando los rincones de las paredes. Porque entre sus muchas habilidades, mentir, no es una muy destacada. Quizá fuese una maldición o un don. Nadie lo sabría. Pero sólo un tonto le creería y su padre, no lo es—... Eso fue un accidente. ¿Me estás riñendo por ir a clase?
Intentaba vanamente desviar el tema a otra conversación que no quería tener con su padre. Hoy y quizá nunca.
—¡Me da igual el parte, Soul! —el señor Evans gritaba entre dientes, palabra por palabra. Más mosqueado que nunca. Estaba dolido, y sus palabras también—. Dime, ¿por qué, has hecho esto sin mi consentimiento? —tiró la carta de los hechos en la mesa de mármol, del café.
—No he hecho nada malo…
Soul bajaba el tono de su voz, cohibida, como acostumbraba a ser. Se levantó del sofá, asustado. Andando torpemente y pensando que ellos no lo notarían. Pero Wes se interpuso en su camino, impidiéndole huir. Como un fantasma condenado a vagar que carga con sus cadenas chirriantes a todos lados. No le estaba tocando, pero cuando Soul intento evadirle, volvió a ponerse en frente suya. (¿En su contra?) El hermano mayor negaba con la cabeza, mordiéndose el labio inferior. Le susurraba a Soul con aquella voz fantasmagórica: "—No huyas. No ahora."
"Siempre la misma historia, y la misma respuesta sencilla, para una pregunta que nadie ha creado."
—¿Por qué? —imploró de nuevo, buscando una explicación que le apaciguase por completo esa ira irracional hacia Soul, hacia esa personalidad autómata. El señor Evans no era así—. Soul, te dije que no fueras. ¿No entiendes que es demasiado pronto? —vocalizaba lentamente con los ojos despejados, parecía estar hablándole a un sordomudo. Gesticuló con las manos abiertas justo delante de Soul—. Llevo meses buscándote un colegio o una academia a las afueras, que sea adecuado para ti, con gente como tú —señaló al chico, acercándose lentamente hacia él. Como un animal herido, como un perro asustado de los humanos al que enseñar a dar la patita—. Con los mismos problemas.
—Un internado para locos.
—Soul.
El albino menor desvió la vista bajo aquel flequillo blanco desordenado, con el ceño fruncido. Los ojos de su padre se clavaban en su cuello con determinación. El salón se les empezaba a quedar pequeño a ambos y el bravo temor se mascaba en el aire.
—¿¡Qué!? —el chico apretó los puños y los dientes a cal y canto en un intento acongojado de defenderse; con la mirada perdida—. Es lo que es…
—¡No pienso llevarte a un internado! —no otra vez, no iba a dejar que pasase eso. Soul le vislumbraba con aquellos ojos rojos bien abiertos—. Y tú no estás loco, eso para empezar —el señor Evans le agarró con fuerza por los hombros, zarandeándole sin darse cuenta.
—No me toques —Soul intentaba zafarse fuera de control, empujó a su padre sin saber a dónde llevar los brazos y las manos con exactitud, protegiéndose a sí mismo. Escuchó un susurro a su alrededor, una voz que inundaba la sala, que conocía perfectamente. Que intentaba decirle algo, algo malo e insultante, como siempre. Pero esas palabras no llegaban, no se formaban. Sin ímpetu. Por un instante, el albino se llevó ambas palmas temblorosas a la cabeza para taparse los oídos. Sin embargo, una chispa de cordura brillaba en esos ojos que no paraban nunca fijos, ni quietos; zarandeó la cabeza con fuerza y retiró ambas extremidades interponiéndolas entre él y la figura atenta y asustada de su padre, volviendo a la realidad, a su realidad—. ¡No me gusta que me toques!
Le soltó al instante, retirando los brazos lejos, lo más lejos de su hijo. Le enseñó las palmas vacías, como al mismo perro rabioso antes de acariciarlo. Mientras Soul retrocedía dos pasos, clavándose las uñas en las manos. Wes ya no sabía si entrometerse o no. Se cruzó de brazos y se sentó sobre la encimera, esperando. Esperando sin saber que hacer o que decir para pararlos.
—Si —negó con la cabeza, hablando con pausa. Quería dejar de lado su enfado, quería que Soul le entendiese por una vez y que no sacara las cosas de contexto como hacía siempre con los problemas. Y explicarse como es debido o lo estropearía todo otra vez—, si tú quisieras podría darte clase yo mismo, aquí, en casa.
—Como si estuviese en una cárcel…
—No —el señor Evans negó con la cabeza en rotundo. Suspiró con desespero, buscando algo de fuerza propia para intentar convencer a su cabezota hijo—. Eres diferente Soul, compréndelo. No se trata de lo que nosotros queramos, o de lo que tú quieras, sino de tu seguridad —se agachó, quedando a su altura—. ¿Lo entiendes?
Lo cual no funcionó como él esperaba. A pesar de haberlo intentado de forma calmada y serena. Debería haber sabido que eso no era suficiente para calmar las inseguridades del menor. Era como meter una bolsa de palomitas en el microondas y esperar que ninguna explotase si no la dejas mucho tiempo dentro:
—¿Qué lo entienda? —Soul se alejó varios pasos—. ¡No soy idiota!
—Pues deja de comportarte como tal —respondió con seriedad.
Y el señor Evans acortó la distancia entre ambos. Soul se apegó a la pared, al lado de la chimenea sin escapatoria. Si llegará el caso del pánico extremo, sería muy capaz de intentar huir por ella cual Santa Claus sin sentido de la orientación.
—¡Pues deja de aparentar como si lo fuese! —Soul se encaminó por la puerta de la cocina sin saber a dónde iba—. ¡No soy retrasado!
—¡No me mientas! —el señor Evans le perseguía, atormentado. Detrás iba Wes con los labios sellados y el ceño fruncido. Blair también, cruzándose entre sus piernas, buscando una leve caricia calentita.
Soul repetía, se lo repetía a sí mismo en voz baja. "No soy estúpido."
—Siéntate —el señor Evans le dedicaba una mirada fría tras su espalda, completamente seria. Capaz de erizar la piel de Soul en el acto—. Por favor.
Agarró con rudeza una silla blanca de la cocina y se sentó en ella, subiendo las rodillas de mala gana. Sabía que ese tema en concreto era muy delicado para su hijo. Cualquier cosa, por estúpida o no malintencionada, podía quebrarle en pedazos, a él y a la poca autoestima que le quedase.
—Y tú y yo, vamos a tener luego una buena charla larga, juntitos —el señor Evans observaba a su hijo mayor a disgusto, plantándole la firma falsa que él había hecho sobre aquella citación, en las narices.
Cuantos papeles y sobres habría firmado para su hermano pequeño sin su consentimiento…
—No es justo, ¡me lo pidió él! ¡Y se le veía tan decidido a intentarlo, que —Wes encaraba a su padre con vacilación. Unos labios que tiemblan y una mirada enfadada. Cara a cara con la bestia feroz albina. Sus ojos decayeron hacia la derecha, buscando una pelusa en el suelo—, bueno yo…!
Escondió la cabeza entre los hombros sin saber que responder con exactitud. Eran iguales. "Padre e hijo." Por lo que Wes esperó la regañina de su padre; cuanto antes lo soltará, antes acabaría con esto. Estaría castigado hasta el dos mil treinta y siete, y listo. Borrón y cuenta nueva.
—¿Cómo has podido dejarte embaucar por tu hermano? —su padre siguió, llevándose las manos a la cabeza con total desesperación. Por no llevarlas a otro sitio peor. Las tres últimas palabras en esa pregunta alocada sonaban tan irreales, tan abandonadas—. ¿Es así como quieres demostrar que podemos hacernos cargo de su custodia, hijo? ¿Qué pasaría si los de asuntos sociales se llegan a enterar de esto? —Wes apretó la mandíbula, tragándose toda la acusación. No quería admitir, que su padre llevaba mucha razón. Y el miedo que eso conllevaría, el miedo que los dos tenían a que eso pasase. "Que se llevasen a Soul"—. ¿Qué haríamos? No me lo puedo creer. Estamos con la soga al cuello, y no paráis de seguir apretando —señalaba el hombre, con el puño en el corazón—. Wes, ¿es qué quieres que nos quiten a tu hermano? ¿Tienes idea de lo que significa?
—¡No! —Wes chilló aterrado. Y bajó la cabeza, dirigiendo la vista a sus pies descalzos. (Ahí estaba el estúpido gato, ronroneando.) Wes quería acallarle de una forma, pero eso constaba con que Soul no estuviese presente en la misma habitación. No podía decir lo que quería decir en ese momento, con Soul delante, observándoles a cada movimiento brusco—. Pero yo sólo quería, es que yo…
Balbuceó, perdido en su propia paranoia. Hasta que alguien le sorprendió desprevenido.
—No es culpa de Wes —Soul salía en defensa de su hermano, con un fuerte dolor en la garganta. No volvió a subir los pies sobre la silla en ningún momento, se mantenía sereno a ratos fugaces, arañándose las rodillas sin pudor. Escuchándoles; como discutían—. No habléis como si no estuviese aquí —empezó gritando enfadado y terminó sellándose a sí mismo con un eco tímido. Con la mirada herida, dirigió la vista al suelo. A Soul le repateaba que hiciesen eso. Estaba escuchando, lo estaba—. Papá, yo no quiero quedarme en casa, ni quiero irme fuera.
—¿Por qué? —el señor Evans hundió la espalda al frente, alzando los hombros. Tan sólo observando los ojos entreabiertos de su hijo. Ya no sabía cómo actuar, ni cómo convencerle—. ¿Qué tiene de malo?
—¡Que no confías en mí! —el pequeño se encogió al igual que un conejo de angora espantado, esperando con letargo el atropello de ese coche luminoso que se acerca inminente, por la carretera en la noche.
Cada vez más cerca el uno del otro. Así era la relación de aquellos dos. Cuanto más se acercaban, más se separaban. Y cuanto más tiempo pasaban separados, más se necesitaban juntos. No era sencillo, ni fácil. Naturalmente, eran así.
—¡Claro que lo hago! Eres tú, eres tú el que no se fía de nadie Soul —el hombre quería reírse, quería evadir toda esa frustración que cargaba dentro como un alma en pena. Como una botella llena de cal y arena. Poder sacarla y llevarla tan lejos que jamás recordase lo mal que le hacía sentir. Pero, simplemente, no podía—. ¡Lo quieres hacer todo tú solo, y cuando alguien te ofrece ayuda, lo ignoras por completo! —gritó a pleno pulmón, moviendo los brazos en un aspavientos. Dejando caer las manos fuertemente sobre el borde de la mesa de la cocina—. Te montas tu película muda. Eso pasa.
—¡No es cierto! —Soul respondía tajante, con la boca entreabierta. Poniéndose en pie, recto como un palillo.
—Las cosas no nos van tan bien como para que ahora hagamos lo que nos dé la real gana —el señor Evans habló en voz alta, negando con la cabeza. Causando en su hijo una impresión y un sentimiento terrorífico. Una conmoción. Como su cuello y su cabeza señalaba una dirección tras otra. Como si no pareciese haber entendido las palabras de su padre, sin comprensión alguna puso varias muecas con la boca demasiado deprisa, después la cerró; repitiéndolo una y otra vez. Hasta que los leves tics cesaron, y saltó:
—¿Hacer lo que me dé la gana? ¿Te crees que me gusta? —Soul chillaba, apretando los colmillos—. ¿Te crees que me gusta sentirme solo, o sentirme rechazado todo el tiempo? —su voz se rompía a una velocidad alarmante, tensando como una cuerda alargada, apretaba los puños y cerraba los ojos. Gritando, agachó la cabeza, humillado—... ¡Yo no quería volver allí! ¡No quería! ¡Pero tengo que hacerlo!
—Papá —Wes vuelve a susurrar entre dientes a su padre, esta vez asustado…
Actuando como un mal mediador entre ambos.
Su padre lo sabía, no iba a terminar bien. Pero si cabía el hecho de poder despertar alguna emoción reprimida, por vana y corta que fuese, en Soul. No se daría por vencido todavía.
"Por una vez que se expresaba ante ellos; que sentía."
—¿Para qué, para quién? —el señor Evans negaba con la cabeza de nuevo, como un delincuente condenado a muerte. No podía entenderlo del todo, pero sabía por dónde podían ir los tiros—. Es más, te lo prohíbo, ¡te prohíbo ir si hace que te sientas así! Sino querías, ¡no tienes por qué hacerlo! —Podía sonar fuerte, lo era. Pero más fortaleza tenía aún el señor Evans para redimirse de tocar y tantear a su hijo— ¡Ninguno de nosotros te obliga!
Blair aparece en el auxilio de la disputa, para defender a su amo. Arañando el pantalón de traje del señor Evans. Él le aparta a un lado, cogiéndola por el lomo en un abrir y cerrar de ojos. El menor no se percata del animal, su plena percepción del sentido está en otro lugar.
—¡Para nadie, para todos —Soul permanecía de pie, buscando algo con la mirada, de un lado a otro—, ¡para mí! —chilló, llevándose la palma de la mano al pecho—. ¡No le hago daño a nadie, sólo quiero que sea como antes! ¿Tan horrible te parezco? —su voz empezaba a quebrarse—. Yo sólo quiero ser — y Soul acalló sus palabras por un segundo, evitando las miradas de su familia. Ladeó varios centímetros el cuello para alzar el hombro derecho, en una postura incómoda agarró uno de sus brazos. Lo siguiente que pronunció lo hizo con una voz que no era suya, una voz insegura y aquejada que devolvía la vista a su padre—… Normal...
—Soul, nadie en ningún momento ha dicho que tú —el señor Evans pasaba dos de sus dedos por sus lagrimales, bajo aquellos ojos cansados, formaba el movimiento de una luna bajo sus pestañas inferiores. Dejó salir de su interior una pequeña risa absurda sin comprensión—… Tú, tú eres… Completamente —intentó explicarse por última vez, aún sin saber la respuesta; pero ya era tarde. Soul le silenció de corrido al ver como actuaba su querido padre—… Tú…
—¿¡Por qué no me dejas!? —la voz de Soul estalló en las mínimas, como un animal herido a punto de ser devorado por una serpiente. Soltando de lleno un par de lágrimas sinceras que cayeron contra el suelo. Echó a correr hacia las escaleras sin mirar atrás, sin ver hacia donde iba. Nervioso.
—Soul espera —le llamó varias veces, persiguiéndole como el ratón al gato. Pero cuando quiso darse cuenta Soul ya se había encerrado en su cuarto, dando un portazo. Al señor Evans no le quedó otra que chillarle de nuevo, realmente enfadado con su hijo mediano—… ¡Soul, Soul Eater! —con cabreo, porque ese nombre completo sólo pronunciaba cuando de verdad estaba enfadado; se llevó las manos a la cabeza—. ¡Joder!
Maldita sea.
Tiró al suelo uno de los candelabros de plata que había sobre la mesa, sonó como el movimiento de una campana gigantesca, pero tan sólo el choque, no la vuelta. "—¿¡Es qué nunca puedes hacerme caso!?" Se repuso, dando un largo soplido por la boca, dejándose caer con lentitud en una de las sillas del comedor.
Todo lo malo pasaba en esa habitación.
—Guau —Wes aplaudía sin moverse del sitio, alargando las letras aposta. Tras el silencio sepulcral que su hermano pequeño había dejado tirado por los suelos. Cosa que tarde o temprano iba a pasar de verdad. Soul siempre acababa huyendo de una forma u otra. Al menos, con suerte no había cogido la puerta de la entrada esta vez, a la carrera. El joven le dirigió una mirada de odio e inquina a su padre—, increíble. Tú sí que sabes tratar con él —echó la cabeza hacia atrás.
El señor Evans plantó con el puño un golpe rotundo en la mesa, como un grito afónico de desagrado. Atrayendo la mirada incauta de Wes Evans. Con el estacazo que había intentado reprimir durante toda esa discusión realmente imberbe. "Ya no podía más." No podía soportarlo más.
—¿Perdona Wes? ¿Por qué puñetas no me has dicho nada? —su mano chocó sin sutileza sobre su cara, sobre su frente. Pero el señor Evans no se levantó de aquella silla—. Pensaba que al menos te tenía a ti a mi lado para cuidar de él, pero ya veo que ni eso hijo. Si cada uno empezamos a ir por nuestro lado, no quedará… nada —repitió, perdiendo la fuerza por la boca en un suspiro.
"Qué sentido tenía seguir así. Soul no va a cambiar, nunca."
Wes asintió, echándose toda la culpa. No le importaba tenerla, ni pelear porque no fuese cierto.
—Sí, sí te he mentido. Y lo siento —el chico saltó de la encimera. Comenzó a caminar con lentitud (dándose cuenta de que la gata morada transeúnte ya había desaparecido del mapa y que probablemente, estaría arañando la puerta de Soul, tan campante), arrimándose a su padre posó una mano sobre su bien formado hombro. Sintiendo lo mucho que se había deprimido con esta sesión—... Pero papá, Soul no es un pajarito. No puedes tenerlo encerrado, ni podrás protegerlo siempre —Wes fruncía el ceño preocupado; ambos evitaban mirarse a la cara hasta el final—. Lo único que haces es amargarle la vida.
—No me importa lo que piense de mí. Al menos está seguro que es lo que cuenta —hablaba con serenidad, escondiendo el cuello entre los omóplatos. El padre agachó la cabeza, juntando ambas manos entre las rodillas. Moviendo el cuello por inercia, negándolo todo sin parar. Siempre, con una voz oprimida, sometida en un último soplo de fe—. ¿Es qué no me comprendes Wes? No podemos dejarle campar a sus anchas, no es como los demás.
—¿Y qué es? —el hermano mayor gritaba, dejando salir toda su frustración.
Alejándose un par de pasos hacia atrás, con los brazos bien abiertos. Repitió: "—¿Qué es?"
—¿¡Cómo qué que es!? ¿Dónde has estado casi los últimos cuatro años hijo? —la voz del señor Evans sonaba realmente extraña y chocante. Un poco desorientado y turbado, su rostro formó una mueca perpleja al chillar a Wes—. ¡Es una persona enferma!
Abrió las manos enderezadas a más no poder. El joven se mantuvo solemne por unos segundos, hasta que esa seriedad agravada se borró, comenzando a contratacar taciturno.
—¿Y qué? —Wes levantó los hombros de un amago—. Por eso —Wes se detuvo a aclararse el nudo que se había formado en su garganta—, ¿por eso no tiene derecho ir a clase como los demás chicos? Nada ha cambiado desde entonces aunque no te lo creas, sólo tiene que tomarse sus pastillas y estará bien.
Wes quería sonar más convincente que lo que su voz rasgada quería demostrar, según alargaba la oración. Deseaba creer así, era su forma de protegerse. No planeaba desanimarse ahora. Era cierto que Soul y él tenían sus disputas y sus peleas. ¿Pero qué hermanos no las tenían? Y ante todo, pasase lo que pasase, defendería a su estúpido león enano con los dientes si hiciese falta. Con los colmillos.
"Porque así son los elefantes."
—Yo no he dicho que no tenga derecho. Pero Wes, Soul no… Él no —el señor Evans parecía haber terminado de discutir, una larga pausa le respaldó; pero no fue así. Y ojalá hubiese sido así, en vez de decir lo que dijo a continuación con toda la normalidad del mundo—… No es normal. No podemos confiar en él, ni en su juicio. No se vale por sí solo.
Como persona.
Lo había admitido. Su padre lo había admitido.
—Deberías oírte —Wes retiraba la mirada, asqueado. Fruncía el ceño, murmurando con lástima entre el belfo.
Prácticamente le había insultado, le había llamado loco. Wes podía tratar de soportar que otras personas que no fuesen ajenas a su familia lo comentasen, lo dijesen o lo escondiesen. Pero haberlo oído de su propio padre, en su boca, en sus labios al moverse. Como si no fuese real. Ese mismo señor que trabaja a diario para no darse por vencido.
Era el colmo.
—Wes, tienes que entenderlo.
—Yo ya estoy cansado hacerlo. Al menos quería hacer algo esta vez —Wes quería creer que lo había dicho en broma. Se rió, zarandeó la cabeza de lado a lado y se aproximó al salón, derecho al pie de las escaleras de casa. Parándose en la barandilla, esperando a su padre se sinceró con él—, lo único que haces es ignorar el problema papá. Eres tú el que no ve nada.
—Wes, vuelve aquí —señaló con molestia, yendo tras él—. No he terminado.
—¿Por qué? —ladeó la cabeza. Achinando los ojos frente a la figura de su padre. Subido sobre un escalón se encontraban a la misma altura—. Voy a hablar con él, seguro que está llorando como un enano —Si ambos se callaban, podían escucharle desde abajo, al igual que un aullido, un ligero berreo. Como una nana. Lo que al señor Evans le hacía sentirse muchísimo peor que nunca—. ¿Me vas a mandar a mi cuarto? —preguntó sarcástico mientras rodaba los ojos. Su padre podría haberle agarrado de la manga, pero simplemente se dedicó a levantar el mentón y matarle con una mirada terrorífica, que nunca había visto antes—. Vale, vale. Me subo —Wes avisó, y sus piernas se mueven veloces subiendo cada escalón prácticamente de puntillas…
El señor Evans juntaba ambas manos, entrelazándolas tras la nuca, tras aquella mata de pelo albino; con la mirada alicaída.
—Cielo —alzó la cabeza, mirando hacia arriba. Hacia la pared blanca del planta baja de su salón. En un murmullo lastimero y con los ojos vidriosos, llenos de un brillo especial: masculló —… No puedo hacer esto yo solo…
"—No tenemos ninguna foto tuya a la vista. No sé si tampoco quiero tenerla."
Maka.
Al día siguiente, llegada la tarde me planté frente a la gran casa, la casa que destaca, enorme y repleta de rosales. Tragué saliva y llamé el timbre, esperando por la respuesta, "esperaba que estuviese en casa, aunque de todas formas vendría a preguntárselo mañana." Tuve el valor de enfrentarme al diablo de nuevo. No era duro de roer, más bien era un hueso blanco vilmente envenenado por la muerte de su madre, pero debía hacerlo por el bien de mi cachorro. El de mi padre, y el mío.
Y me encantaba molestar a Soul Evans.
—¡Hola vecino! ¿Cómo estás? —por buena o mala fortuna, Soul abrió la puerta con cara de pocos amigos. Tenía los ojos ligeramente más rojos de lo habitual, como si hubiese estado, ¿llorando? "¿Era humano?" Me quedaba totalmente perdida en su cara. Bajé la cabeza con nerviosismo, dejando de mirarle fijamente como una idiota. Su gata del demonio se paseaba ronroneando entre sus piernas, me enseñó los colmillos, firmando su territorio ante mí. Acerté a decir, sonriente—. ¿Estás teniendo un buen fin de semana?
—Largo.
—¡Espera, espera no cierres!
"¡No soy un testigo de Jehová!"
Vuelve a dar un portazo.
—¡Abre Evans, no voy a moverme de aquí! —grité, dando pisotones llenos de ira sobre el felpudo: "¡ya nadie será bienvenido nunca más!"—. ¡Puedo pasarme así todo el día, ábreme! —necesitaba ayuda por todos los medios. Cambie de estrategia, algo más suave—. ¡Por fi!
—Veo que no te enteras, como siempre. Te lo explicaré poco a poco —abrió la puerta en una inclinación de noventa grados, no del todo pero lo suficiente para que yo no quepa por el hueco—. Querida Porky, en el colegio, puedes tocarme las narices todo lo que quieras hasta que te ponga una orden de alejamiento de sesenta y cinco metros, pero esta es mi casa —su semblante se iba tensando por momentos. Resaltó el "mi", de "mi casa"—. Y en mi casa, tú no puedes entrar, porque no te dejo. Así que —cogió aire con la boca, y apretó los dientes—, fuera de mi propiedad.
—Eh, eh, eh —planté el pie adolorido en medio, en la abertura, impidiéndole cerrar. Ahora me tocaba a mí—, es Maka —recalqué, acercando la nariz a su mentón—. Querido, querido Evans —negué lentamente con el dedo índice, di un chasquido con la lengua al igual que la alarma de un reloj—. Me debes una, por si no lo recuerdas. El perro es de los dos. Me lo prometiste.
—¿Y qué pasa? Ahora no puedo quedarme con él. Lo siento.
—No, no. Necesito tu ayuda. Y voy a tener que secuestrarte para ello —secuestrarte, otra vez.
—¿Qué? —alzó ambos hombros, incomprensiblemente. Restregándose con rapidez las muñecas bajo el lagrimal—. Pues pídeselo a tu amigo Black Star, ¿a mí qué me cuentas?
—Sigue resfriado.
—Me da igual —estaba desesperadísimo por echarme, su odio hacia a mí es precioso en muchos sentidos—, lárgate.
Ahí se marchaba la poca fe que tenía en mi pequeño plan. Pero, ya que por las buenas no ha habido manera. Habrá que hacerlo, a mí manera. Con lo fácil que sería, seguro que no tenía nada que hacer. Él me ha obligado. Después de la caca de gallina, soy capaz de cualquier cosa.
—Pues nada, por las malas será.
Le agarré por la cintura cuando estaba desprevenido. Forcejeaba sin parar pero se le caían los pantalones. Ahí estaba el truco. Nunca subestimes a una mujer. La gata nos persiguió hasta la verja, tenía que llevar al albino hasta mi jardín. Donde le esperaba a Evans una sorpresa poco agradable. Lo estaba dando todo.
—Suéltame, ¡¿qué haces?! ¡Maka, Maka! —apretaba los dientes, intentado soltarse—. ¡Para!
—¡Ahora sí que te sabes mi nombre! —no le soltaba por nada del mundo, no pienso hacer todo el trabajo yo sola.
Sus pies descalzos dejaban marcas suaves en la tierra.
Soul accedió por las buenas, no porque no pudiese arrastrarle hasta el fin del mundo, sino porque su padre nos oyó, y se asomó a la puerta para ver que era todo ese griterío; me detuve al momento. Tengo que darle buena impresión al señor Evans, me cae bien. Le expliqué lo que estaba ocurriendo, o mi versión de las cosas mientras le tapaba la boca a Soul con las manos. Al fin y al cabo, obligó y envió a su hijo amablemente a que me socorriera.
No se miraban el uno al otro. Soul giraba la cabeza totalmente en sentido contrario. Su padre observaba al suelo mientras le daba la suntuosa orden. Yo les miré a ambos: "¿Qué estaban haciendo?" Incluso podría decir que estaban de mal humor.
En mi pequeño jardín, los dos hablábamos de pie como personas civilizadas:
—Dime que no estás hablando en serio —Evans suspiraba, alicaído.
Nuestro perro jugueteaba entre la hierba mojada, con la lengua fuera. Poniéndose perdido. "Yo eso no lo limpio." Aunque acabaré haciéndolo.
—Lo siento, pero no —señalé las maderas montadas y colocadas una encima de otra, (formando un bloque) que Spirit había comprado esta mañana en la serrería—. Mi padre dice que si no le consigo una caseta al cachorro para esta semana, le dará la patada.
Di una patada aérea, imaginaria. "Pie, perro, culo, volar, fíu, lejos."
En el fondo, pero muy en el fondo, muy muy muy, en el fondo, entendía a mi padre. No quería que se volviese a repetir la escena del "popo resbaladizo" de perro. Y más que nada, es un Husky, este bicho va a crecer y mucho. No quiero a unSpirit quisquilloso tras cada esquina, durante de diez a dieciocho años de vida que vaya a tener "Clifford el perro rojo" o como narices vaya a llamar a mí, nuestro perro sin nombre. Si no, en un futuro habría cosas que no podría sobrellevar. Cuanto antes mejor; lo peor era que tendría que decidirlo con el señor gruñe-gruñe de apellido Evans. Eso era lo malo. ¿Cómo podré explicarle que es adoptado y qué su padre es un albino idiota?
—¿Y por qué me llamas a mí? —frunce el ceño, levantando los hombros. Me dirige una mirada asesina—. ¿Tengo cara de carpintero?
—¿Te crees que yo sé cómo hacerlo? Eres un hombre, ¿no? —"lo es, ¿no?" Abrí los brazos cual cruasán en su punto—. Haz cosas de hombre. Vamos, vamos.
Animé contenta.
Y además no sé qué clase de cara tiene un carpintero. Ellos también pueden ser hermosos. (Tendrán derechos constitucionales a ello.) Cuesta admitirlo, pero mi enemigo mortal número uno en la faz de la tierra. No es… para nada feo.
—Tché. Sé más feminista: "nosotras construimos, nosotras decidimos" —se rascaba la mejilla con disimulo—. O algo así…
¿En serio eso había salido de su boca? Era gracioso.
Tengo suerte, le he pillado en un buen día. O eso, o no es Soul Evans y es un extraterrestre que viene del mismísimo Plutón para esclavizar a la raza humana. Y como no, ha empezado por mí, porque yo siempre tengo mala suerte para estas cosas.
Le pellizqué en el moflete para comprobarlo.
—¡Aú! —se llevó la mano a la cara, golpeándome suavemente—. ¿Qué haces?
No, no es un extraterrestre. Qué lástima, era más creíble. Ya no puedo salvar la humanidad, quizá otro día.
—Va, ayúdame. Te lo pagaré de alguna forma —"¿masajes espalda?"—, te ayudaré —"si me da por hacerlo." No, ahora iba en serio—. Además, me lo prometiste —dije palabra por palabra—. Si Maka se queda con perro, Soul esclavo de Maka. Regla de tres. Es teoría avanzada.
Él suspiró vencido.
—Por la propiedad transitiva: "Adiós, Maka."
Se dio la vuelta con paso firme para marcharse, y le agarré del jersey con las manos, sin desviar la mirada. Luego le supliqué con un rezo.
(Por una vez me había llamado por mi nombre sin necesidad de violencia.)
—¡Soul! —grité su nombre, avergonzándole. Intentaba zafarse de mí, acabó arrastrándome por todo el jardín. No me soltaba por nada del mundo de la manga de su jersey. "Huir no es lo suyo, creo yo."
El cachorro aparecía de pronto triunfante, y nos perseguía; me mordía a mí… A Soul volvían a caérsele los pantalones. Que chico más delgado.
—¿Se puede saber que tienes en contra de mí y mis pantalones? —me gritaba ruborizado, tirando hacia arriba de la prenda de dos perneras como si le fuese la vida en ello.
(Sus pantalones del azar no tenían la culpa de esconder las partes sagradas de un ser malvado y dantesco.)
Le iba la vida en ello. "—Preciosos calzoncillos Evans, veo que eres partidario de usar suspensorios antes que tradicionales." "—Elemental querida Porky, da una sujeción incomparable, veo que te has dado cuenta por fin." ¿Cómo puede insultarme en mi propia mente? Imaginarme a mí y a Soul hablando con acento inglés cuales detectives me parecía de lo más interesante y raro que podía llegar a pensar. (Ya que él nunca sería así, tendría que imaginármele a bien de algún modo siniestro.) Miento. Una entendía de calzoncillos después de ver tantos hombres sin camiseta en las revistas, pero eso de mí no lo sabe nadie, salvo Spirit.
Y al fin, por último, lo siguiente que dije, digamos que no lo dije una sola vez, quizá más de una, de diez—... "Por favor…"
"Soy más garrapata que el de Dos hombres y medio. El pequeño."
—Hm —echó la cabeza hacia atrás, con una gran exasperación. Las manos al rostro y la mandíbula apretada. Cuando se compuso de nuevo, me echó un vistazo con inquina. Yo le seguí sonriendo—… Vale, vale. De acuerdo. Pero no me pongas esa cara de cerdito que tienes —me golpeó la nariz con el dedo índice. "Moc, moc."
Como le gusta reírse de mí. Es su afán.
"Será hijo de perra." Pienso, pero digo algo menos fuerte porque hace que me ponga nerviosa y cuando me pongo nerviosa lo que pienso no sirve para nada; Maka no seas estúpida. Es como tirar de la cadena del váter una y otra vez:
—¡Serás idiota!
—Eh, pues ya no te ayudo.
—¡Pero qué guapo estás hoy!
—No cuela.
Evans aproximó su frente a mía. Intentando atemorizarme, como si no supiese hacer otra cosa. Sin rozarnos, a escasos centímetros. Nuestras narices respingonas apenas chocaron. No dejé de sonreír sin mostrar un solo diente, mirándole a aquellos ojos apagados por un largo momento, a los que nerviosos, les costaba mantener la intensa mirada de los míos. "¿Dónde quedaba tu fuerza, hombretón?" Me crucé de brazos. Él apretó los puños, rectos, caídos. Escondidos bajo el jersey.
—¿Esto te descoloca? —susurré placenteramente con sorna en su oreja.
Omitiendo una risa al verle crisparse avergonzado. No duraría mucho, no era ese tipo de… persona. No soportaba más mi contemplación penetrante y verde. Ese atisbo. Engañoso y anómalo. Ha jugado bien, pero aquí se acaba su turno. Pongamos, para siempre.
Él no lo sabía, que inocente, que referente a un hombre. Yo siempre me salgo con la mía. Mi diabólica madre me lo enseñó.
"Si digo que hoy eres mío, es que hoy pase lo que pase, serás mío."
—De acuerdo, está bien, ¡está bien! —finalizó con las mejillas enrojecidas, levantando la cabeza en lo alto mientras el vaho salía de sus labios. Haciendo divertidos aspavientos con los brazos entre los dos, al sujetar las mangas de su jersey. Alejándonos. Ahora sí que tenía derecho a reírme a más no poder mientras daba saltitos de alegría—. Lo haré. ¡Pero deja de mirarme así! En serio, ¡que fea eres!
Punto.
Espacio Beru*:
Juca, jaca, juca, jaca… Ey.
Sabéis polluelos hijos de la gran Presidenta, ¿qué el primer Starbucks fue creado en 1971? (No te acostarás, sin saber algo más. Algo más inútil, pero en fin. Wii.) Felichidad.Me he hecho Ask y puedo ser peligrosa. (O rosa a secas.) Una rosa es una rosa, es. (¡Es!)
En cuanto al capítulo, muchas gracias por leer. (Y por no demandarme, sip.) Intento responder a todos los reviews (si es lo que más mola poh favóh), los anónimos (Ahí te he visto Gol D Roger, olé tú y tu salsa) también sois geniales (ugly sobs), no me matéis. No todavía (tengo que destrozar más vidas)… Y en cuanto a Maka, (que yo no bebo mientras escribo) imaginaos su situación. Pregunta: ¿qué haríais vosotros, como reaccionaríais? (En serio, me ayuda.) Y sí, Soul siempre es el más difícil de hacer. ("Eh, eh, eh, ¿de qué?") Tengo que poseerme a mí misma para crearle y no cagarla. Porque es muy especial y no quiero estropearlo. (Nah, mis monos titis, los que escriben en el sótano, no tienen tabaco con el que subsistir para crear más capítulos… ¡Abajo con el puto cáncer de pulmón!) Alpargata.
Me gusta trabajar (MENTIRA) con muchos personajes, me siento más cómoda que con escenas fáciles entre sólo dos protagonistas o uno solo. (Y además, mis lectores-hombres que habrá alguno por ahí, necesitan dosis de más chicas que yo lo sé y soy consciente de que me estoy centrando en estos dos, pero todo ira rodando. Ya sólo con ver el título del próximo capítulo…) Yo que sé, será la primavera. (Estamos en Invierno aquí bien encima de la línea del Ecuador.) Primavera, sí. (Vivan los elefantes, ¡digo Wes!)
Como os prometí, aquí tenéis el regalo: (¡SORPRESA!) no es ningún virus extraño, lo juro (no sé cómo hacerlos). Instrucciones breves: salid del capítulo, pinchad en mi perfil. (Bell Star, ¡pupa!) Al final del todo, habrá un link que os llevará a ella. Pinchad otra vez y listo. Yo os indico cual es. Último paso: disfrutad. (Y si dejas un review(potentorro), ya sería la pera. La pera limonera…) Pero pera de fruta, no de teta. No, no, de pera en almíbar, no teta. Pera. Teta no. (Oh dios mío.) ¡Qué no!
Nos vemos en el próximo capítulo, pipiolos:
Capítulo 13.
Con derecho a roce. (Primera parte)
Ah, y… ¡Querida Holiwis! Te contesto hija mía. A ver, sinceramente. No sé de dónde has sacado que éste es el último capítulo, pero no. Y queda un montón, pero un montón muy largo. (LOL) ¿Qué más te iba a decir? (Ah, sí.) Por favor ten paciencia mujer, lo que tenga que llegar, llegará. (Muchas gracias y) Eso es todo.
"Enas noches a todos."
