Sweet Dreams
(Oh, Sweet Dreams are made of cheese… Who am I to pizz-agree?) Ey, ¡tochaco!
Perdón, perdón, últimamente me ha dado por ver Baccano! y actuar a destiempo y sin normalidad (aunque eso ya lo hacía mucho antes)… "¡Caaarrrrol, cómo puedess sserr tan essthúpida!"(Ligero acento inglés.) Va de… bueno eso, (son como muchas "historias de fantasmas" juntas que van cuadrando entre ellas poco a poco formando una trama con un trasfondo del copón) cotilleadlo si gustáis. (Carol es la boss, man.) Lol.
Y bueno, quitando mis chorradas semanales (casi-mensuales-ejem-calla-que-te-dejas-mal-Bell-coño). Resurjo de las cenizas, ¡cómo el fénix! (Harry. Pottah. Style: #JarryDidYaPutYaNeimInTheGlobtOfFiya!?) Me han encantado vuestros comentarios, en serio, algún día pondré las mejores frases de esos reviews en algún Fic y será apoteósico. (¡Temblad retoños míos! ¡Tem(blr)-Ejem…) Gracias por leer a todos y tomaros la molestia, fav y follow. Tened piedad del señor Evans y dadle un enorme beso a vuestro padre (si es buena gente, si no, cuando seáis mayores abandonadle en una gasolinera cutre. Ni casa, ni residencia que cuesta un ojo de la cara, ni penes. ¡Ni penes!) o a vuestra madre, guion abuelo/a, guion indigente que os ama; mascota(Puerco).
¡Ah! Por si os interesa queridos mininos y os gusta la saga de los titanes maquiavélicos sin genitales, os cuento que hace poquillo subí un fic (Bell abriendo fronteras, no-se-sabe-cuanto-ni-hacia-donde, pero… Ahí.) al fandom de Shingeki no Kyojin.
Y nada más, ¡espero que os guste! (Dedicado a todos vosotros. Que habéis conseguido que esta historia tenga casi 60 (que viejo está) favoritos. Gracias otra vez (reverencia), de verás.) Propongo formar una ley que multe con collejas múltiples a los pobres inocentes que escriben: pelinegro (existe moreno, ¡que encima es mucho más corto!), peliazul, peliblanco (existe albino), pelirosa o peliceniza (existe rubia). (Por favor, basta ya. "STAPH IT." Avisadlo si conocéis a alguien que lo ponga y no lo sepa, ¡por favor!) ¡O muchas! Collejas, caerán… (Venga, poned un review en los Fics en el que dejen caer estas "sutilezas"ortográficas, sólo poned: colleja.) ¡Rebelión en la granja!) Nah, es broma. ¡Vamos allá!
Bell Star
"Oh, Sweet Dreams are made of these. Who am I to disagree?"
Música para hoy:
Lights
You show the lights that stop me,
turn to stone.
You shine it,
when I'm alone.
And so I tell myself,
that I'll be strong.
And dreaming
when they're gone.
'Cause they're calling, calling,
calling me home.
(Ellie Goulding)
Capítulo 13
Death City: Enero.
Domingo.
Black.
—Cariño, ¿tú te acuerdas de las alergias que tenías?
Mi madre preguntaba una y otra vez como un disco rayado hasta la saciedad. Se había hecho con el control. Ese par de papeles impresos aburridos de registro donde debes poner tus datos de identidad, alergias mutantes, (súper poderes), grado de zombi o retardos agudos que al fin y al cabo no sirven realmente para nada. Sólo para entretenerte mientras gracias a la seguridad social te estás muriendo lentamente en la sala de espera del hospital. Mi madre es enfermera, hippie, punky, granjera, pero enfermera después de todo; no iba a saltarse el protocolo.
—No —negué cabizbajo. Encogido en el asiento de plástico duro como un armadillo. La mano pegada a la frente—… Al polen quizá. Yo qué sé.
—Pongo al polen y a las gramíneas —apuntó con aquel bolígrafo de tapa azul sin tapa, que no pintaba ni apretando como si se tratase de una aguja de tatuar.
—Pero yo no soy alérgico a las gramíneas —mi voz sonó rara y divertida. Me llevé las manos a las mejillas, plantando los codos sobre las rodillas. Soy el pensador, o su primo retrasado.
—Pues ahora sí —"pues ahora sí"—… Y a los cacahuetes —asintió con seguridad—, por si acaso. Oh, y las avispas claro.
No íbamos a dejar de discutir por cualquier tontería. Ella se lo pasaba bien. Yo quería pegarme un tiro en la sien. Sin duda podría escribir una canción de esto. Lástima que Soul y yo ya no seamos amigos, a él se le daba bien escribir estrofas y esas, esas mierdas que se le daban bien. "Se le daba." Se le daban bien muchas cosas.
—Pon también que soy alérgico al agua y al sol. Ah, y a los osos pardos, y al ajo en polvo —añadí, rodando los ojos. Me estaba mareando—, ¿total?
—Uy que quemado estás —sonrió con sorna mientras le mataba con una mirada asesina—, conmigo no te pongas borde. ¿Cuánto hace que no tienes relaciones? —abrí los ojos de par en par, sonrojándome al igual que la princesa del cuento—. Oye, ¡qué es para el cuestionario! —"No se puede hacer daño a una madre, no se puede, no está bien", me recordaba abochornado, apretando la mandíbula. Retiré la mirada al lado contrario, ella se rió de mí, acariciándome la cabeza como si fuese un perro(a las gallinas las trata peor). Y después continuó con su tanda de preguntas como si no pasase nada, golpeando aquel bolígrafo contra la palma de su mano—. Uh. ¿Antecedentes relevantes?
Dicen que a las madres (y a las mujeres en general) no hay quien las entienda. La mía se lleva la palma, el premio a la mejor madre del año. En un principio no debió ser madre, fui un accidente. Un condón roto. Que lo llamen como quieran llamarlo, no quita el significado real.
"Era, y es demasiado joven."
—¿Tú qué crees? —recalqué con un suspiro de enfado.
Lo sabía perfectamente, no tenía por qué ponerse a jugar como si tuviese ocho años. Mantuvo su sonrisa. Tal vez no soy el indicado para decir algo así pero: "Madura mamá, madura."
—Disnea y pulmonía patológica. Recaída hace dos días —mordisqueó el bolígrafo, pensativa hasta que terminó—, porque es idiota —…
—Gracias.
—A ver ahora, sexo —otra vez—... Uh, muy poco —lo apuntó de verdad.
Intenté arrebatarle los papeles del informe médico pero ella estiraba más el brazo de lo que yo lo alargaba, sumado al hecho de que no estaba en mis mejores condiciones físicas y mentales(aunque las segundas nunca han estado lo que se dice muy presentes en mi vida) y que mi madre se estaba echando prácticamente encima del señor mayor del lado derecho, terminé por ceder con un mareo y un cabreo de mil demonios. Es más terca que una cabra cuando le apetece, y cuando quiere juguetear con mi autoestima.
—¡Mamá! —grité, llevándome las manos a la cara. Mi frente estaba algo sudorosa y caliente—. No me puedo creer que seas enfermera.
Seguro que vino el primer día que fundaron el hospital, creyendo que regalaban algo gratis. Preguntarían en la puerta: "vale, estamos faltos de personal. Necesitamos médicos ya. ¿Quién se apunta? ¡El primero que pille el estetoscopio al vuelo se queda dentro!" Ella se pondría en primera fila como en los conciertos y claro, así cualquiera.
—La fe es importante a veces —me enseñó una fila de dientes blancos, y poniendo una boquita de piñón ordenó los papeles.
—¿Por qué voy vestido como si fuéramos a la Iglesia? —pregunté señalándome con ambas manos, todo de mí—. Si vas al médico es porque estás malo, no porque tengas un bautizo.
Cabe la casualidad de que vayas enfermo a un bautizo, pero ese no es el caso.
—Porque quiero que vayas guapo —(sonrió pellizcándome) O lo que es lo mismo: "quiero que te vean mis amigas de la planta tres" Infierno—. Sólo es una camisa no te pongas borde —repitió. Borde es una palabra que mi madre usa para todo, aunque no lo seas, no le importa. Te lo llamará. Se chupó el pulgar con la lengua y me lo restregó por el mentón.
Infierno total.
—Sí, claro. El médico estará deseando ver si he renovado mi armario. "—Mira, Black Star lleva lo último de la temporada de Otoño-Invierno. ¡Se estará muriendo pero hay que ver cómo va a la última!"
Mi madre me pego una colleja rastrera, de esas que escuecen al acto y no te esperas; por tomarle el pelo. Seguido de una tos infernal de alguno de los pacientes de la sala, el lloro de un bebé al que no le hacían ni caso y un rotundo: "Sh…"
Por parte de todo el mundo.
—Tú que te vas a estar muriendo —me dijo, cruzándose de brazos.
Los números seguían saliendo en rojo, pequeños círculos de neón. Uno tras otro en la pantallita de puntos al lado del reloj de la pared. Como cuando me toca ir a comprar a la carnicería del barrio en secreto. Agobiante. La enfermera iba nombrando pacientes poco a poco, y por cada persona que conseguía entrar en consulta, dos más se avecinaban por la puerta a pedir número. Era interminable. Si así es como iba a morir, al menos tengo agua mineral gratis del surtidor. Es algo.
Suspiré sin aparentar todo lo vencido que estaba. Mi madre traqueteaba el suelo con el pie como una castañuela, que con el ruido me estaba perforando la cabeza. Porque ella tenía que haberse puesto tacones hoy, porque me odia. Porque querrá impresionar a alguien. ¿A quién? No lo sé. Todavía. Y mientras cavilo la idea de quién puede ser, que yo conozca(la antena azul de mi pelo está alerta en todo momento), el peso de mi cuerpo me hace ceder a mi lado izquierdo. Entonces reposo la cabeza sobre un hombro. Un hombro que utilizo como almohada, en la que me estaba quedando dormido lentamente. El mismo hombro que pensaba que pertenecía a mi madre.
Pero mis sentidos me juegan una mala pasada. Mi madre me observa desde la derecha con la ceja azul levantada sobre esos ojos claros bien abiertos de impresión. Mi cerebro no tuvo más que hacer un simple cálculo matemático; fruncí el ceño y deduje: "si mi madre me está mirando desde el otro lado. ¿En el hombro de quién me estoy apoyando?
Subí poco a poco la cabeza, y vi con los ojos vidriosos como platos de porcelana; la forma del cuello rugoso y arrugado de la persona en la que me había quedado sopa encima por un corto periodo de tiempo. Su pelo blanco. Su cara redondeada y sus patas de gallo.
—Que niño más templado —respondió la señora mayor en la que me había apoyado todo el rato. Con amabilidad.
La vergüenza vino a mí sin que nadie la hubiese llamado y como un animal asustado ante el peligro, me alejé. (Unos centímetros de nada, pegado al respaldo de plástico del asiento de la sala de espera. Inamovible.) Mi madre salió en mi defensa, en lo que ella puede entender como "disculpa".
Primera norma. Me gustaba ser el centro de atención, pero no de este modo.
—¿A qué sí? —mi madre sonrió de oreja a oreja. Al igual que una marujona. Una sonrisa de orgullo y adoración extremista hacia mi persona. Me dio unas palmaditas suaves en la mejilla—. Es una monada.
Lo que a la señora no pareció incomodarle, extrañamente: le dio la razón. "—Oh…"
—No soy una monada —cada una recogió entre los dedos un trozo de moflete y tiraron con fuerza. "Un tira y no aflojes nena." Aguanté de brazos cruzados, como un hombre hecho y derecho. Y abochornado—. Soy un tío, hecho y derecho.
Me repetí a mí mismo, porque si no lo hacía no me lo creería.
—¿Un macho cabrío? —preguntaron ambas con sorna, soltándome. Volví a colocarme la mandíbula, a punto de caérseme al regazo.
"Matadme ahora señoras, para que no sufra más..."
—Eh… ¿Sabe qué? —asentí varias veces a la anciana—. Volvamos a lo de monada —me gustaba más.
La señora se rió tanto junto con mi madre que casi se le cae la dentadura al suelo. Me alegraba que al menos alguien se lo pasase bien.
—¿Quieres un caramelito guapo?
"No se aceptan dulces de desconocidos." Es algo (regla número dos y numero sesenta y seis, del apartado quince del libro de las teorías) que te dicen todas las buenas madres, la mía no. La de los demás.
Me lo planteé, pero no mucho tiempo.
—… Sí. Sí quiero —"Y yo os declaro marido y mujer. Puedes besar a la novia, pero ten cuidado de que te muerda la lengua con la dentadura". Me revolví en el sitio, sintiendo como cada pelo azul de mi cuerpo se erizaba al unísono. Y la anciana me metía un caramelo a presión entre los labios, de lo que mi estropeado gusto pudo adivinar por café—" Graciah"… —respondí con el caramelo en la boca, ella sonrió, aferrándose con las uñas a su bolso colorido.
Ambas, mi madre y ella se pusieron a hablar de simplezas en las que no me fijé demasiado. Conversaciones profundas tal vez, sobre recetas secretas de cocina. ¿Por qué nuestro pelo es azul? O trucos que mi madre hacía con la escopeta de joven en el ejército japonés. Ella siempre haciendo amigos con todo el mundo, "que mala costumbre."
—Y cuando el muy imbécil, me dijo que me dejaba por otra, cuando ya tenía la cena hecha. Cogí el cuchillo de cocina y se lo lancé a la cabeza, le juro que casi le corto la oreja —mi madre deleitaba al corazón fácilmente impresionable de la anciana con una de sus batallitas—. Pero ahora, nos llevamos bien. Le dejé un buen —la voz de mi madre sonó diferente, rastrera pero al mismo tiempo, feliz—… Un buen recuerdo…
"Y como se pega."
Con derecho a roce
(I)
Death City: Enero.
Sábado.
"Si digo que hoy eres mío, es que hoy pase lo que pase, serás mío."
—De acuerdo, está bien, ¡está bien! Te ayudaré —finalizó con las mejillas enrojecidas, levantando la cabeza en lo alto mientras el vaho salía de sus labios. Haciendo divertidos aspavientos con los brazos entre ambos, al sujetar las mangas de su jersey. Alejándonos. Ahora sí que tenía derecho a reírme a más no poder mientras daba saltitos de alegría—. Lo haré. ¡Pero deja de mirarme así! En serio, ¡que fea eres!
Maka Albarn.
Al final me salgo con la mía. Para no variar. Tras haber conseguido arrastrar a Evans a mi casa, no iba a dejarle marchar a la deriva así como así. Él tuvo que ceder, porque soy capaz de hacerle cosas. Cosas estrechamente malvadas e indecentes.
—¿Y tú no se supone que me ibas a ayudar? —pregunta él agachado en el jardín con un humor de perros, para no variar, sobre aquella capa fina de nieve que lo cubría como un glaseado a un pastel(Evans incluido en el pack ahorro).
—Y lo hago —grito totalmente ofendida sin razón—, ¡vamos Soul, vamos! —le animo con mis grandes dotes de artista en proceso teatral.
Viendo como él pasa frío, levanto los brazos sentada en el poche y le chillo rimas tontas para que se ría como si estuviese en una montaña rusa de emociones sin límite, pero no funciona. Tampoco ayuda que yo esté bebiendo de mi tacita calentita en mi porche a más a dos metros de distancia de él (por seguridad, y porque no tengo un cristal antibalas), congelado como un polo de nata. Un polo enfadado.
Él me gruñe, tapándose las orejas con un gorro verde que se había puesto para soportar los 0 grados centígrados sólo en los resquicios de sol. Aún molesto, estaba aquí y no me lo podía creer. Viniendo de Evans, este suceso es todo un logro para la humanidad. Ya me había acostumbrado a verle así. Él, es así. Y que le vamos a hacer. Embobada no paraba de mirarle, observando su extraño comportamiento como un cámara del National Geographic Channel graba a un chimpancé comiendo hormigas.
Me hubiese esperado que no aceptara mi socorro después de todo y me dejase sola, pero no lo hizo. Y me hubiese esperado que no tuviese la más mínima idea de carpintería (como yo…), pero para ser sinceros. Lo estaba haciendo asombrosamente bien. Estaba consiguiendo que me pusiese melancólica, porque claro, no podía tenerle ninguna queja preparada para hacerle de rabiar. Y es que aquí estaba poniendo un tablón tras otro, sujetando clavos con la boca, y construyendo la caseta del cachorro él solo.
Mientras yo, yo no hacía nada.
—Hm…
Repetía otro gruñido, distraído, se golpeó el dedo con el martillo. No está a lo que está. No se centra en mis buenos ánimos… Le sigo gritando hasta que me canso de que me ignore, pero no me molesto porque recuerdo que lo está haciendo él todo. Porque siendo nuevamente sinceros con uno mismo, si le ayudase sólo empeoraría las cosas. No creo que hiciésemos un buen equipo, eso es algo que está demostrado. (Maldita rana zombi…) Demostrado y probado.
Al final acabaríamos gritándonos como energúmenos o haciéndonos daño y de esta forma no tengo porque demostrarle que soy una inútil para la construcción; ser una cara dura queda mejor. No le caigo bien de todas formas, por una puñalada más o una menos, que más daría…
Me quedo en silencio mientras bebo un poco de cacao de mi taza caliente, fijando la mirada en mis bambas. Y escucho el sonido autómata del martillo golpeando los clavos en la madera recién cortada.
—¿Vas a tardar mucho? —le pregunto entre bostezos, sin dirigirle la mirada.
—Depende.
Después de todo ya estoy acostumbrada a verle sólo la espalda continuamente.
—¿De qué depende?
Estuve a punto de seguir la cancioncilla, no pude resistirme. Pero le dejé el trabajo sólo a mi mente:
"De según como se mire, todo depende."
—¿Quieres que salga bien o quieres que salga mal? —se detiene, hablando decentemente; sin clavos entre los labios que se pueda tragar por accidente…
Preciosa espalda; Ahí faltaba una tercera opción. "—¿Quieres que salga bien, quieres que salga mal o quieres que te clave a la choza del perro como adorno de Navidad?"
"—¿Esa pregunta iba con rin tintín?" Estoy a punto de decir, de afirmar. Pero me silencio tomando un sorbito de mi taza. Todo sea por la caseta y porque Spirit me deje en paz y armonía el mayor tiempo posible. Antes de que me mate cuando sepa que tenemos una reunión con el director. (Y de nuevo: maldita rana zombi…) Aún puedo ser libre un fin de semana, con Evans de esclavo personal por supuesto. Vale por diez.
—Pues bien —alzo una ceja inquisitiva: seguro que cuando la termine se pondrá a darle patadas a la caseta y volverá a destrozarla sólo para hacerme sufrir (porque aquí hay gato encerrado, y no me refiero al suyo. Esa gata lleva observándome desde que hemos empezado, ahí tumbada sobre el seto que cubre la valla que separa nuestras casas, no deja de mover el rabo morado, no me quita ojo)—, ¿no?
—Entonces tardaré —fingió una falsa sonrisa que hizo que se me erizase el vello del cuerpo, terrorífico—, si no te molesta claro —desde luego, iba con veneno cargado en los labios—... Si tuviese ayuda, no sé. Quizás, tal vez —apretó los dientes con rabia y me dirigió la mirada por un segundo, el peor segundo de mi vida y sin duda la peor mirada penetrante de odio que nadie me ha dado nunca. Sólo él y la primera vez que nos vimos, y la segunda también probablemente—. ¡Acabaría antes!
"Por favor Evans, suelta el martillo. Me das miedo…"
—No te estreses anda —reí de forma absurda ante la situación, restándole importancia para que se calmara, y dejara de echar humo por esas orejas que querían escapar de aquel gorro de lana—, descansa un rato hombre —De tanto trabajar uno acaba quemado, es comprensible. O no, porque los demonios albinos deben estar acostumbrados al fuego. "Debe ser un caso extraño de diablo rebelde".
—Olvídame —murmuró hiriente en voz baja. Yo tensé el puño con fuerza, conteniéndome.
Pero maldita sea la hora, por una vez llevaba razón. No quería quedar mal, tonta de mí. Ante este chico jamás sería nada del otro mundo. Jamás nos llevaríamos del todo bien. Ni bien. No nos llevaríamos directamente.
—¿Seguro que no quieres nada de beber? —echo la cabeza hacia atrás. Me enerva que no acepte nada de lo que le ofrezco, nada bueno.
Da igual la infinidad de veces que le pregunte. Si dejaba volar mi imaginación sólo me faltaba dejarme greñas, vestirme de hippie gitano que pasea por las playas sin saber idiomas, con una neverita azul o un saco a la espalda, y gritar hasta la saciedad: "¡tenemos de todo! ¡Tenemos hielo, bebidas, cervezas, patatas, sólo para las más guapas!"
—Ya te he dicho que no…
No lo dice de forma cargante, sino más bien cansada. Y no es que él y yo hablemos en demasía ni nos miremos mucho a la cara a diario, pero no era difícil notar que Evans tenía sus días. Los días en los que era un demonio y los días en los que era un demonio con mala suerte. Suponía por cómo se tapaba el flequillo hasta las pestañas que hoy era un día de los malos; yo sí que no tenía buena fortuna. Me preguntaba cómo sería capaz de ver con toda esa maraña de pelo blanco tapándole toda visibilidad posible, como si se creyese un perro de aguas. Y sobre todo lo descuidado que estaba. Porque estaría concentrado, pero nada más.
No se molestaba demasiado en devolverme las pullas. No sabía si intentaba ignorarme o directamente se había aislado de tal manera, que no parecía él mismo diablo que yo conocía. Tenía mala cara y los ojos más bien alicaídos. Pero preguntarle qué le pasaba no iba a solucionar nada. Por poco ya le tenía calado al dedillo. Si él no quería hablar de ello, era su problema y no el mío. Preocuparse por el enemigo que me insulta no debería importarme. No, no debería inquietarme por quien no me tiene en estima, pero aun así lo hago. Porque soy así, aunque signifique ser estúpida.
Puse una mueca aburrida, disgustada quizá. Él seguía a lo suyo.
—Vale —respondo con pesadez cargada en la lengua, junto con un soplido. Espero, cojo aire y vuelvo a atacar de nuevo como si nada—. ¿Y de comer?
El sonido del martillo tocando algo que no era un clavo me hace entender que ha vuelto a golpearse otro dedo más. Un pequeño grito retenido con audacia y ver su espalda encogida responde por sí solo que no tiene hambre.
Ya van tres dedos hoy, se va (le voy) a mutilar la mano a este paso...
—Oye Evans —dejo la taza sobre el porche y aprovecho para preguntar algo más importante ahora que está quietecito por un rato y sin ningún arma en la mano que me pueda tirar, para abrirme la cabeza por todo el odio que me tiene guardado—. ¿Por qué te fuiste ayer de esa forma? Ya sabes, de casa de Black Star —pregunté curiosa, con la mano en la mejilla. Soul se lleva el dedo herido a la boca, recibiéndolo con su lengua como un chupete, mientras se digna a mirarme dándose la vuelta, frunciendo esas cejas albinas—. Estuvo… mal.
"…educado."Yo no era quien para juzgar, pero sí para opinar. Como todo el mundo.
Bebí de la taza humeante con ambas manos para acallarme como una tumba ese último comentario. Es un buen truco para las personas como yo, que no piensan mucho lo que van a decir a la hora de mover los labios. Evans no tardó en responder de forma desinteresada:
—Porque no me apetecía estar.
Eso era algo de lo poco que me gustaba de él. No te pone excusas, de ningún tipo. ¿Para qué quedar bien? Es como es, un imbécil.
"Filosofía Soul Evans. Platón, muérete (otra vez) de envidia."
—Tú lógica es aplastante… ¿Lo sabías?
"¿Entonces para qué vas, pedazo de melón?" Mi yo interior se daba patadas internas mientras seguía bebiendo. Con lo amable que es la señora Star, y su hijo. Su hijo a mí me gusta, mucho… Seguía sin entender la razón de porqué se llevaban a rabiar esos dos si antes habían sido alguna vez amigos. Si al enterarse de que estaba enfermo, el albino había ido a verle después de todo.
—Me da igual lo que sea —volteó ese cuello largo que tenía para negarme la vista de su cara. Se sentó en la nieve y se puso a juguetear con ella, con los dedos. Subió las rodillas. Su voz se mostraba un poco… ¿herida?—. ¿Y tú qué? —abrí los ojos de golpe, sorprendiéndome ante el comentario, con ese tono inquisitivo y curioso—. El otro día, por la noche cuando, lo del perro y eso —hizo una pausa, y mi atención se mostró totalmente interesada en ello sin razón, sin parpadear siquiera. Él se limpiaba los restos de hielo de la mano, con la que había estado indagando en la nieve (seguramente para calmar la hinchazón de los dedos martilleados con desdén por ser un torpe)—… ¿Volvías de ver a Black Star también?
Como me hubiese gustado mirarle a la cara en ese momento. Pero pensaba que si me acercaba más de lo debido a él… no sabía que pasaría. Porque me sentía en peligro, o si al revés, porque creía que no debía hacerlo. Concebía que algo en él me avisaba de que no me acercara demasiado.
Pero tampoco quería acercarme más por ahora. Y aunque a veces soy algo lasciva con algunos temas, mi estúpida inocencia pura de adolescente límpida me superaba con creces.
—Aunque no tendría por qué contestarte —levanté el dedo con una pose altiva y dominante; sonreí—… Has dado en el clavo.
Soul se llevó la mano a la frente, mordiéndose los labios con fuerza. "¿Habría pillado el chiste que acabo de hacer?" Seguro que no. "Era buenísimo."
No tenía por qué mentirle, pero me picaba la curiosidad del porqué de su repentino interés.
—Y —rodó los ojos, volviendo a su trabajo, restándole leña al asunto (¡hoy estoy que me salgo!)—… ¿tan tarde? —colocaba una madera sobre otra con un deje de curiosidad. Ya le quedaba poco para terminar el tejado de la caseta.
Sus palabras tenían cierto tono pillo y descalabrado que no había oído antes salir de su boca. Como una risa final que empieza con un suspiro y acaba con el mismo. "¿Acaso a él le importaba lo más mínimo?" Tampoco tenía ninguna razón para no contárselo. No tengo nada que esconder. Ni parece un chico chismoso, ni yo soy buena a la hora de estar calladita.
—Sí, bueno, me quedé a cenar —"eh, eh, eh, aquí la mala influencia no soy yo, al menos esta vez. Estábamos hablando de él"—… La señora Star está un poco —había que pensar bien lo que iba a decir a continuación, muy bien. ¿Para qué habría cambiado de tema?—… Pirada, pero mola bastante —reí, bebiendo de mi taza, mientras levantaba la cabeza viendo la nieve nacer de las nubes. Intentando quedar bien, porque casi me atraganto.
Pensé en contarle la historia de la gallina, pero conociéndole, más que gracia, me haría burla para los restos. Incluso en el más allá. (Ese momento de mi vida, moriría conmigo. Y quizá con Black Star…) Tosí un poco y cerré el pico, esperando a que él siguiera o me moriría de verdad, de la vergüenza(o de asfixia).
Soul me respondió con un murmullo tímido.
—Hm —abrió los párpados con desmesura, sorprendido, pero no del todo. Asintió varias veces y juntó los labios; parecía un muñeco de tela… Un teleñeco—… Sí, es, es verdad. Está… Muy loca.
Me reí de lo que acababa de hacer, él me mostró una media sonrisa fugaz sin enseñar los dientes blancos. Al menos no soy la única que lo piensa. Black Star ya se habrá dado por vencido con su madre. Me hubiese gustado oír alguna anécdota por parte de Evans, pero él nunca habla de sí mismo. Nunca habla en general, a él hay que sacarle las palabras a puñaladas limpias. Pero aun siendo así, a veces te sorprende.
—Aunque, no es…. Mala. Y, no —Soul Evans añadió en un suspiro sin que me lo esperara. Parpadeé varias veces, observando como seguía atareado en la caseta. Detenido, sujetando el martillo con las dos manos. No le quitaba ojo de encima al metal que brillaba, y repetía para sí mismo como si yo no estuviese—... Ella no es mala.
Black Star.
Me centré en el reloj de la pared, abnegando del mundo entero como se conoce. Oía el tic tac a varios metros de distancia, como si lo tuviera pegado a la oreja con cinta indeleble. Martilleándome sin cesar. Las horas parecían pasar hacía atrás. Y la cabeza me pesaba más y más a cada rato que esa aguja se movía en el sentido contrario. La deje caer entre las manos, después hacia atrás, golpeándome con una niña con la pierna escayolada a la que tuve que pedir perdón y por la que recibí una regañina por (parte de mi madre. Y quien decía regañina decía golpe en la nuca. Porque para mi madre, es más importante lo que hagas mal, que las miles de veces que hagas el bien humano) pegarla un cabezazo.
Finalmente, descansé la oreja en otro hombro. Me aseguré de que fuera el de mi madre esta vez, se me nublaba la vista. Tampoco estaba del todo seguro. Pero acerté en este intento, puedo hacer el ridículo, pero hacer el ridículo dos veces seguidas es para profesionales de liga. Como Maka Albarn, por ejemplo. Como echaba de menos a Maka Albarn. No me perdonaría seguir enfermo, no es una buena táctica para ligarte a alguien que te gusta. Y ya he dado bastante mala imagen. Siento una arcada venirme desde la garganta, pero me aguanto. Mi cuerpo sabe cuándo le insulto. Estoy podrido por dentro…
Siento el roce de una mano que se posa gentil en mi frente perlada y sudorosa. Sigo con mis cavilaciones. Lo peor de estar malo no es estar enfermo, es perder el tiempo mientras estás cansado para hacer cualquier cosa. Te duele todo el cuerpo. No puedes oler nada ni saborear nada. Y el simple hecho de levantarte te suena a chino, a un chino muy viejo. Pero en este caso lo que yo más odio es que mi madre se inquiete por mi culpa. Porque cuando eres hijo único toda la atención se centra en sólo uno, mucho más cuando tus padres se divorcian. Quizá entonces pasas a ser algo selectivo… Pero esta lástima, este tipo de atención. No es la que yo busco, ni mucho menos.
Ella apoyaba el mentón sobre mi cabeza. En un intento de abrazo, rodeándome por completo. Ahora, aprovecha que estoy con la guardia baja.
—Me estás dando calor —susurro hundido en su jersey. Levantando la mirada hacia su cara, pegada a la mía, y noto mi voz pastosa.
Como que si dejase de hablar durante un buen rato, me quedaría sin voz para siempre.
—¿Qué eres? —le pregunto con la sonrisa en la boca. Para que así deje de mirarme como se mira a un animal herido—. ¿Un dragón?
Se separó al instante, suspirando derrotada. Gruñéndome porque ya no tengo ocho años (físicamente) ni mucho amor de hijo que dar en público.
—Tal vez lo sea.
Dijo con voz firme, sacándome la lengua. Me escudriñó con la mirada y se cruzó de brazos, me acojoné pero no hizo que se me fueran los delirios (ni los de grandeza, esos no se irían jamás) ni el estado de embriaguez. Me quedaba observándole, a ella y a todo el mundo con ojos de sapo venenoso que se ha tomado el moscardón equivocado.
No sé disculpó, pero tampoco hacía falta:
—Voy a ver cuánto nos queda por delante —mamá dragón se levantó de la silla de plástico con un pequeño impulso—, a ver si puedo hacer algo para que no sea mucho —me dio palmaditas en la cabeza; yo seguía aletargado, al igual que ese perro que sale del veterinario anestesiado porque le han quitado… las bolas; parecido, me trata como tal—. Quédate aquí y no te muevas.
En el fondo, seguro que sólo querría irse a hablar con sus compañeras de trabajo, abandonarme a mi suerte porque no me aguanta o sólo estirar las piernas. Rezaba para que fuese lo segundo o lo tercero. Lo deseaba con creces.
—Vamos que lo de apuntarme a la maratón del barrio ahora como qué no —como se cree que soy idiota, hago un comentario idiota fruto de mi delirio febril—, ¿verdad?
Sonreí lo mejor que pude, lo mejor que sabía (es algo que se me da bien, de entre todas las muchas cosas que se me dan de cine). No quería tener a esta mujer que es mi madre (dragón) preocupada. Siempre hacía lo mismo, me pasara las veces que me pasara esto ella siempre iba a responder de la misma e irremediable forma: como si fuese algo nuevo.
—Ahí. Quieto —me ordenó con el dedo para que me sentara y no me levantará hasta que ella volviera. Podía ver en sus ojos que hablaba muy en serio. Hasta en esas cejas curvadas de desvelo—. Chico.
"—Guau." Respondí en un susurro exasperante, casi sin respiración. Ella asentía, y dándose la vuelta se marchaba a "territorio enemigo".
Por un momento me sentí triste como Marco al correr tras ese barco cuando su madre se va a trabajar a la bella Argentina, no sé de qué, pero se iba. Luego me hizo gracia pensar en dibujos y finalmente me quedé más solo que la una, mirando al techo. Medio tumbado sobre la silla, alicaído como una planta que nadie riega en verano. Especulando por qué habría pensado eso o por qué pienso demasiado. Había tomado demasiadas plantas raras de herbolario y lo sabía.
—Vuelve mamá dragón… —Vale, quizá se me está yendo un poco la cabeza.
A mi lado, me trae de vuelta a la realidad el sonido de los ronquidos de aquella anciana dormida como una marmota arrugada. Vuelta a la risa interna, después el sentimiento de culpa por reírme de la señora a la que por poco se le caía la baba en un domingo nublado y finalmente la antigua añoranza hacia mi madre almohada (que estaba a pocos metros de distancia, dándole a la pava con la secretaría de la planta mientras no paraba de señalarme entre cuchicheos). Como aquella vez cuando tenía diez años y me dejó solo en la cola de la caja del Supermercado. Debía seguir el ejemplo de la anciana y entrar en colapso aquí mismo. Había ingresado en un bucle sin fin en el que sólo terminaría cuando llegase a mi casa y me tirase sobre la cama para dormir. Tal vez tres días, o treinta…
—No puedo hacerlo. No puedo.
Escucho una voz femenina que atrae mi atención entre el silencio fingido de la sala llena de cuchicheos, toses y alaridos de dolor. (O ronquidos de la anciana.) El tono de preocupación que carga, hace que no tarde en buscar de donde proviene con la mirada cansada. Siento el cuello como la gelatina y la cabeza como una bola de bolos.
—Vamos, saldrá bien. Ya lo verás. Seguro que lo vas a…
Hay otra persona. Parecen una pareja joven. Agudizo la vista una vez les he descubierto. Están relativamente lejos, en el pasillo, y me cuesta cotillear un mundo. No tengo mucha diversión aquí dentro. No es un lugar para divertirse, pero podrían currárselo un poco.
—¿Y si no sale bien? Va a ser horrible —ella le cortó a mitad de frase. Aterrada como un animal indefenso en un lugar extraño. Se aferraba a sus brazos con mucha fuerza, aquel último agarre—. ¿Qué me va a pasar? ¿Y qué voy hacer, eh? No… lo aguanto más.
—Nada —él le restaba importancia, clavando la mirada segura en los ojos de la chica delgada, y cuyo pelo me ha declarado la guerra del pelo más raro, rosa y sin peinar—, nada de nada. ¿Qué subes? Te doy tres besos. ¿Qué bajas? Pues te doy ocho —¿qué clase de lógica cursi y matemática es esa? ¿Subir, bajar? ¿Qué va hacer esa chica tras esa puerta del hospital que pretende cruzar? ¿Una clase de aerobic? ; La cuestión es que ella se puso roja como un tomate ante el comentario del novio(o del acosador, no lo sé), entonces él le levanta el flequillo rosa y le besa en la frente, que es cuando ella se pone más roja todavía. Una fresa, menudo par—. Y cuando salgas, seguiré aquí fuera esperándote, ¿de acuerdo?
—Oy, que bonito —Que conste que no he sido yo, es la anciana. Que se ha levantado de su siesta como una momia disecada maldecida por milenios, y se me ha unido como si nada.
Ruedo los ojos sin que me vea y después asiento en su dirección (para hacerle feliz y para que no siga hablando, que sino no me entero) con una sonrisa nerviosa. Es un súper-poder cotilla que tienen los viejos, quien puede saberlo a ciencia cierta… Me tiró un buen rato de la mejilla como si no hubiese un mañana, mientras me llamaba guapo, hasta que el mañana llegó porque se cansó y volvió a poner la oreja, al igual que yo.
Volviendo a Romeo y Julieta versión Hospital Central: la chica del pelo rosa tragó saliva, mordiéndose el labio inferior. Recuperando su tono pálido en el rostro. Afirmó con la cabeza que iba a entrar por esa puerta sí o sí ante la atenta mirada de aquel chico moreno. (Y nosotros, su afable público.)
Hago una pausa en mi cerebro y me doy cuenta de que parezco el que narra los combates de lucha libre amañados, o los personajes secundarios de Naruto viendo una pelea entre dos ninjas. Parte se lo estaba contando a la anciana, no oye. La pausa se termina.
—Y ánimo —el chico se despidió de ella, posando sus manos en los hombros de la chica, subiendo hasta su cuello de cisne. Le guiñó un ojo y ella se dio la vuelta rauda y veloz, avergonzada a más no poder. Con los puños bien cerrados. Se destensó y le dijo adiós con la mano, él lo repitió. "Pobrecita, lo que debe soportar"—, ¡que la suerte es para los sin suerte!
Me reía internamente por la cortedad de aquella chica y la escenita que acababan de montar no era para menos. El Óscar es para esos dos; Y aquella frase tan absurda que ese enfermero acababa de soltar. Sólo un idiota que yo conocía podría ser capaz de decir tal tontería.
—¡Ve en armonía con tu universo cielo, la simetría es lo primero! —chilló él como un loco sin apaciguar. Transmitiendo buenas vibraciones, o al menos intentándolo. La pobre chica se tapaba la cara entera con las manos mientras huía de él—. Bueno lo segundo, ¡primero vas tú!
La va a matar a base de frases amorosas y yo voy a ser testigo de ello.
Tal tontería…
—¡Vale Kid, iré —gritó echándole agallas, cerró de nuevo los puños e hinchó las mejillas. Era más mona de lo que parecía. Porque sus ojos te decían "quiéreme, tengo miedo"(con voz de chica, o de osito de peluche chica). Pero sus gestos estaban dispuestos a empujar lo que hiciese falta: "vamos allá, acabemos con esto"(con voz de chica que da miedo)—, pero cállate ya por favor! —Y finalmente cerró la puerta tras de sí, colorada como un tomate maduro. Mientras el otro idiota enamorado seguía saludando sonriente con la mano y pronunciando un ligero: "adiós guapa…"
—¿Qué ha dicho —la anciana me preguntó con la mano pegada a la oreja. Al ver que tardaba en contestarla, se puso unas gafas que llevaba colgadas al cuello con un par de tiras de lana. Que hacían que al ponérselas, sus ojos se vieran más grandes de lo normal. En una situación normal, me hubiese aguantado la risa o me hubiese reído. Pero no era el caso; Persistió en llamarme. Tristemente, me quedé sin voz—, joven? ¿Joven?
Confirmado.
Maka.
"—Pero, ella no es mala." El Soul de mis recuerdos repetía sin parar.
Embelesada, no paraba de darle vueltas a esa última frase que Soul Evans me había dado en un intento de seguir la conversación; antes de volver a su típico mutismo selectivo.
—¿Tienes frío? —pregunté, torciendo el cuello.
Él negó con la cabeza.
—Ya casi está, pedorra —me respondió por sorpresa, con esa típica voz suya tan irritante y al mismo tiempo graciosa. Le señalé con el dedo, fruncí el ceño e hinché la boca a más no poder. Acallando mi grandiosa lista de insultos contra su persona. Justo a tiempo, porque si empezaba a soltar, nadie podría pararme jamás. Pero esta vez, tal sufrimiento interno por mi parte, lo valía. Una madera más y habría acabado la caseta de nuestro perro en una sola tarde, un poco más y podré quejarme y meterme con él todo lo que quiera (a pesar de que haya hecho bastante bien la forma de la casetita. "No está mal Evans, no está mal… Por esta vez te salvas.")—. Deja de mirarme todo el rato, que pareces más tonta de lo normal —me echó una mirada de odio sanguinaria, de reojo. Con el último de los clavos a colocar en la boca.
A la mierda. Ese era el Soul que yo conocía. La mala persona que trata a todo el mundo como ese mueble que no ves cuando te golpeas el dedo pequeñito del pie por la noche, con una de sus esquinas, y ves las estrellas.
Muchas estrellas.
—Perdona, míster Universo —ataqué sin pudor, soltando todo el aire y toda esta tensión por la boca—. Tu belleza es tal que me bloquea del mundo entero. ¡Deja de tapar el sol, por favor!
—Corta el rollo…
Me regañó, poniendo una mueca infantil y avergonzada. Colocó el último clavo y se secó el sudor frío de la frente con la manga del jersey. Dándome la espalda, comenzó a recoger las herramientas del suelo y a colocar las maderas sobrantes en una pila.
Pero eso daba igual. Porque, es decir, él puede ponerte a parir todo lo que él quiera, pero tú no puedes devolvérsela porque le sienta mal. Le saqué la lengua, me tiró una madera sobrante a la cabeza, que me atizó sin fuerza en el pecho. Pero aun así, me tiró al suelo de espaldas. "Qué bien que ya está recuperado." El albino no se rió, pero me dio mucha vergüenza. Una que se transformó en ira, en cero coma segundos.
—No eres buen lanzador —le enseñé el dedo anular a distancia desde el porche. Con la otra mano, le devolví la manera de la misma forma. Pero más fuerte, para partirle la nariz, cosas que pasan
—Ni tú buena receptora —él esquivó la madera, ladeando el cuello. No me lo esperaba. Ni se ha movido del sitio.
Joder, que mala era para esto. Suspiré, con la cabeza alicaída y derrotada. Me tuve que aguantar, (no tenía más cosas que tirarle, no a mano) colocando las manos cruzadas sobre los muslos, y estos cruzados al igual: Pose de putilla jefa rabiosa.
—Touché…
Eso es, este es él. Está volviendo en sí, se va y vuelve cada por tres. Me frustra tanto. Venganza pura y dura.
Gruñí. "Vale, vale sí." El baloncesto no es lo mío. Ni el tiro al blanco. Pero seguro que puedo ganarle a un montón de cosas. Aunque en sarcasmo no, que es lo que cuenta y es lo más importante…
—A todo esto —murmuró, sacándome de mi enfado latente. De cuclillas terminó de recoger, se quitó el gorro de la cabeza y se abanicó con él. Al revolverse la cabellera blanca y un poco mojada con los dedos se levantó del sitio, posando las manos en las caderas—, ¿y el dueño de la casa?
—Mi padre está trabajando —respondí sin quitarle ojo de encima, por si volvía a atacarme—. O haciendo que trabaja, supongo.
Hice una leve pose de kárate. (Dar cera, pulir cera…)
—Tu padre no, idiota —levantó una ceja sin entender que estaba haciendo, acercándose poco a poco con los ojos feroces puestos en mi payasa persona—, ¡el perro! Porque espero que la caseta sea para el perro —inseguro, el albino frunció el ceño—… ¿Verdad? No me he pasado contigo un sábado entero para nada —decía de morros.
—Pues dilo y no me líes —hinché las mejillas, encima de que le entretengo.
¿Acaso pensaba que la caseta era para mi padre? O peor aún, ¿para mí? Imaginarse las imágenes resultaba estremecedor, ya me ha traumado de por vida.
Al principio estaba enfadada porque parece que la única razón que tiene Evans de existencia es descolocar la mía, pero al imaginarme a Spirit con una colita en el culo, un collar y una correa mientras bebía de un plato de agua bajo el amparo de su nueva caseta. No pude evitar no parar de reír como una descosida al estallar de la risa.
—¡Puedes ser ocurrente si te lo propones! —me sujeté las tripas con los brazos y una lagrimilla escapó de mi ojo derecho.
—¿Y yo qué he dicho ahora? —preguntaba patidifuso, llevando una mano tras el cuello. Con el codo saliente. No entendía que me hacía tanta gracia, pero cuanto más lo pensaba yo, más risa me entraba y era tal que no podía parar a explicárselo hasta que se me pasase por completo—. ¿Me puedo ir ya?
—No importa —me sequé un par de lágrimas traviesas de la risotada (sabía yo que Evans no se iría sin hacerme llorar). Subí la pierna sobre el porche de madera y la abrace entre mis brazos dejando caer el mentón en la rodilla. Solté todo el aire por la boca para calmarme y me puse un tanto más seria—. Pero, ¿si no querías estar aquí por qué has accedido después de todo?
Levanté una ceja altiva, nos miramos a la cara con los ojos achinados. Él desde arriba, yo desde abajo. (Por la diferencia de altura, el de pie. Yo sentada. Yo mejor que él.) Un frío viento surcó mi jardín, revolviendo nuestras ropas.
—¿Resumiendo? —preguntó él, ladeando la cabeza. Se llevó un dedo al mentón y separó los párpados como ventanas abiertas de par en par. Yo asentí varias veces, aunque no hacía falta. Porque era una forma de hablar, en su caso una muy enfadada—. Porque me ibas a quitar los putos pantalones.
—¿Sólo por eso? —di un soplido, quitándole importancia al zarandear la mano en tono de burla—. Eres muy blando.
"Si no aguanta la primera fase, vamos mal."
—Y tú una chinche pervertida —Bueno, no lo vamos a negar. Mantén la sonrisa de superación y asesínale en tu mente mientras él habla— y nadie te ha dicho nada. "Porky."
Al pronunciar esa última palabra, recalcando la letra P, sentí un eco que la repetía sin parangón, sentí como cada letra me traspasaba el pecho, apuñalándome. Una y otra vez, hasta dejarme tendida en el asfalto, ensangrentada. Me llevé las manos al corazón, fingiendo mi muerte tirada en el suelo. Mientras el albino murmuraba en voz baja, palabras textuales: "¿qué coño estás haciendo Porky?"
Y vuelta la burra al trigo…
—Me lo dices tú a todas horas —me levanté de golpe, quedando sentada. En mi garganta moría un gruñido de ira, le señalaba a él con el dedo acusador—. Y que sepas que no me gusta.
Esperaba que eso por fin le quedara claro.
—¿Y por qué te crees que lo digo si no? —suspiró, tomándome por una idiota aún más idiota. Una súper-idiota. Dirigió la vista al cielo, llevándose las manos tras el cuello.
Evitándome.
—Pues como sigas así —atención, porque aquí venía la gran amenaza—, no me quedará más remedio que… Que —no es que fuera tartamuda, es que no se me ocurría nada que decir. Al final va a tener razón, no hay que tomarse "el idiotismo" a la ligera—… ¡Que enseñar a nuestro perro asesino, que ataque nada más ver un albino gruñón! —con que decencia y seguridad acabé esa frase tan absurda. Como defensa diré que en mi cabeza sonaba mejor.
Sin perder un segundo silbé con fuerza, con los dedos bajo la lengua y unas pisadas pequeñas se oyeron, se acercaron a toda velocidad.
—¿Cómo qué albino gruñón? —se cruzó de brazos, estremecido. Yo sabía que él sentía el frío, que estaba pasando frío. Tiene que tener algo de humano, ¿no? Presupongo—. ¿Perro asesi-
Procuró acabar la frase, pero no llegó a finalizarla. Puesto que en un abrir y cerrar de ojos mi bestia amaestrada se acercó a un paso vertiginoso, saliendo de la puerta corredera que separaba el jardín y el salón, (primero se golpeó contra el cristal, cayendo de bruces, de culo/de rabo. Revolvió atolondrado esa cabeza peluda e hizo un segundo intento por el buen camino.) de un salto.
La bestia brutalmente feroz corre por la nieve helada, sintiendo cosquilleos por esas diminutas patitas. Se enfadaba con la nieve por ser tan fría y ladraba. Evans y yo le perseguíamos con la mirada como un par de bobos enamorados del perro. Hipnotizados por aquel pelaje negro que jugueteaba llenándose de nieve blanca hasta las orejas. Y ese par de ojos de dos colores distintos.
Pero lo cierto es que este cachorro de animal que llevaba en la boca trozos de sus destrozos de periódicos diarios de Spirit (como éste se entere me crucifica a mí y al chucho) había crecido de la nada en un par de días. Y lo que le quedaba. Saltaba sin parar persiguiendo copos pequeñitos, aullaba y hasta muy entrada la noche no parece acabársele la energía. (Lo cual me está matando de sueño poco a poco.)
—Oh sí, que arma mortalmente asesina…
Soul mascullaba dando un chasquido con la lengua y rodando los ojos. A pesar de ello no podía evitar mostrar cierto cariño hacia el animal. (Todos los monstruos tienen su punto débil. Aquiles su talón, Soul Evans los bichos.) Se acercó al cachorro, lo llamó dándose golpecitos en los muslos, y el perro le avistó levantando la cabeza, acudiendo a él con la lengua hacia afuera como si le conociera de toda la vida. Sentía envidia, tristemente, aunque yo hubiese pasado más tiempo con el cachorrillo, parece ser que aun así quería más al albino que a mí. Cruda realidad.
Evans tiene un don y las orejas totalmente rojas carmín. Trataba de acallar otra risa interna mordiéndome los labios, mientras Soul que había comenzado por rascarle la tripa a nuestro perro con la sonrisa en los labios, y lo cual me pareció hasta tierno; acababa forcejeando con el can para arrebatarle su gorro verde. Ambos apretaban los dientes, se gruñían.
—¡Oye, oye! ¡Devuélveme eso! —Evans tiraba de su gorro, y el perro tiraba de él hacia el lado contrario. Lo iban a dar de sí, hombres… Bestias—. Suelta…
Pero que bien me caía ese perro… Yo apostaba por él, él se quedaría el gorro y Evans lo sabía perfectamente. Le costaba hasta respirar, a él. No al cachorro. Al que mide diez veces el cachorro. Estaba jadeando por la boca más que el perro.
Me reía, sujetando el mentón con la palma de la mano.
—Tú espera unos meses y verás cómo… —empiezo a pronunciar, me detengo a pensar poniendo morritos de pez, permanezco observándoles impasible y entonces caigo en la cuenta—. ¿Cómo lo llamaremos?
Pensaba decidirlo yo por mi cuenta pero después de todo, el perro es de los dos; El cachorro de Husky ganó la batalla, se llevó tan campante el gorro verde de Soul en la boca y el dueño quedó tirado en el suelo vencido por un oponente demasiado fuerte.
—Me rindo…
O al menos más fuerte que un albino tirillas con mala leche. Ese perro sonríe y me cae bien. Movió el rabito y con las patas traseras echó más nieve sobre la cabeza derrotada de Evans. (Era difícil distinguir que era pelo y que era nieve.) Podría haberle ayudado pero era más divertido ir en el lado del perro.
—Vale, quédatelo. No lo necesito —Soul le gritó abochornado, con el mentón apoyado en la nieve—, de todas formas lo ha llenado de babas —dijo como excusa pobre. Le ha vencido un chucho encantador; Se sacudió las manos y el cuerpo lleno de nieve, y restos de "agua", mientras acertaba a decirme sin mucho interés—… Ah y… Ya tiene nombre.
—¿Le has puesto un nombre? —salté llena de asombro—. ¿Cuál, cómo se llama? —recogí al cachorro de Husky y le alcé con ambos brazos. Me había dejado el gorro de Evans sobre el regazo. Un par de clases más y sabrá traerme tesoros más importantes. Él ladraba alegremente (El perro, no Evans.)—. Quiero saberlo —le mostré unos morritos de pez, ser adorable a veces ayuda mucho más que pillar un berrinche por minucias…
Aunque en el fondo si estaba enfadada. ¿Por qué había decidido el nombre del cachorro sin mí? De acuerdo, él quizá lo había tenido más tiempo, pero tampoco tanto como para no contármelo. No lo sabía. Porque nunca me cuenta nada. "Ni él, ni nadie." Esto sí que pensaba juzgarlo, y por supuesto, llevarlo a votación.
Soul se sorprendió por un momento, se sentó como un jefe indio y agarró sus tobillos desnudos con las manos, mirando en mi dirección. Levantándose el flequillo de un resoplido, murmuró.
—Free. Se llama Free.
Soul y yo nos miramos a los ojos, como si fuésemos palomas en celo. O nos leyéramos la mente. Solté al perro dejándole corretear entre la nieve, observándole con lástima. Esto era un momento serio, "entre papá y mamá". Tiene un dueño terrible; Soul lo es.
—¿En serio? ¿Free? ¿Qué clase de nombre es Free? ¿Por qué Free? —mi voz empezaba a sonar muy divertida. En cierto modo era gracioso decirlo: Free, Free, Free…
Eso no es un nombre, es una onomatopeya.
Soul se ruborizó como un niño pequeño, con rabia contenida que no querría que se le notase al hablar. Pero que se le notaba igualmente, vamos.
—Pues Free. Free es Free.
—Ah, ya lo sé —ding, ding—. Se llama "Free" porque es "libre". ¿No? "Free" de "libertad" —me rasqué la nariz, orgullosa de mí misma.
Maka: especialista en nombres raros.
—¿Eh? No, qué va. Se llama "Free" —asintió, parpadeando con rapidez. Subió los hombros y ningún tipo de mueca se posó en sus labios—, porque me ha salido… "gratis".
…
Una oleada de viento helado nos inunda por completo, o al menos a mí. Lo que para él parecía tener sentido, espero que sea una broma.
Lo ha dicho con total seriedad. Como si nada; él continúa mirándome con esos ojos rojos como manzanas Golden; el ceño fruncido. Preguntándose si me he estropeado al no moverme ni un centímetro. Estoy pensando. Trato de mantenerme recta y serena, ante tal rigurosa información, pero no aguantaba más. Asentí. Iba a explotar de la risa.
—¡Que cutre! —le grité, riéndome por dentro.
—No-no lo es —él no tardó en proclamar su contraataque—, tú sí que eres cutre.
Crispándose al instante, me señaló con el dedo acusador, como un crío a la defensiva. Totalmente ultrajado, sus cortados labios formaron una delgada línea en su rostro.
—Yo no soy cutre —negué con el brazo, agarrando la manga de mi jersey. Apreté la mandíbula por un instante—. Yo le hubiese llamado —recordé ruborizada, jugando con mis dedos. Y dije con la boca pequeña, llevándome ambas manos a las mejillas con ternura, sonreí—… Bolita de algodón. O Dulce de leche… Es bonito —aclaré a una mente masculina, lo cual no es cosa fácil.
Evans me miró con indiferencia. Quieto. Inamovible como una estatua congelada. Mi diminuto jardín de diez metros cuadrados también se heló sin previo aviso, como si una tunda de nieve hubiese caído de golpe y Soul fuese un muñeco con sombrero, botoncitos negros, esa zanahoria naranja tan graciosa. Y su cara que se volvía redondeada, al aguantar un ataque de risa en las mejillas como una ardilla voladora. Escondió el cuello entre los hombros, levantó la cabeza y soltó de repente:
—Cutre es cien veces mejor que cursi —respondió con una exuberante malicia en la mirada. Esa boca de piñón, que quiero arrancarle con las uñas—. Cursilona.
"Y de todas formas. ¿Eso quién lo dice? Que me lo demuestre. ¿Qué estudio lo prueba? Yo quiero hechos."
—¡Cállate! —le lancé su gorro y le golpeé con la bandeja redonda de madera que había dejado sobre el porche, cuando traje el té en mi hermosa taza. A veces le daba, otras las esquivaba con suerte. No sé cuándo pasó pero al momento estaba persiguiéndole por mi pequeño jardín nevado. En círculos, con el perro, tras el árbol y la caseta. Me salía humo por las orejas, roja como un tomate cherry—. ¡Estate quieto para que pueda arrearte, albino cutre y borde!
—¡Cursi, cursi, cursi! —gritaba con picardía mientras huía, y yo le seguía para matarlo con los mofletes hinchados—. Porky Albarn, ¡reina y soberana de las cursis!
Nuestras pisadas se quedaban marcadas en la nieve blanca, como un gran rastro de hormigas retrasadas que escriben el signo de infinito en el suelo. El perro ladraba, persiguiéndonos. Por poco caímos los tres sobre la caseta recién construida. Soul nos mataría. Y luego le mataría mi padre. Y a mi padre le mataría el padre de Soul. Y al padre de Soul no le mataría nadie, porque es buena persona y seguramente habría hecho un favor al mundo.
—¡Gruñón!
"Fantasías animadas de ayer y hoy presentan: ¡la cursi y el cutre!"
Black.
"Mierda". Pienso detenidamente para no equivocarme. (También me estaba meando, demasiada agua mineral en los riñones.) Pero no hay duda. Me quedo estático. Es él. Es ese tío. Me va a ver, el tío que más odio en todo el planeta. Más insufrible, incluso que Soul. Se dirige hacia aquí. Subo las piernas sobre la silla y escondo la cabeza entre los muslos, asustando a mi madre a lo lejos, hablando con la secretaría del mostrador. Creo que voy a vomitar en menos que canta un gallo (uno de los míos), aunque no sé qué, porque no tengo nada en el estómago que poder sacar en forma de marea alta. Pero le digo a mi señora madre que no me pasa nada. Miento, a la anciana también. Y le pido a mi cerebro de hámster, "por favor, piensa en un plan para sacarme de esta. Lo que sea. Ahora."
No quiero que me vea aquí. No me puedo defender así. No quiero, antes enterrado.
—Quiero…
Me revuelvo en el sitio con cuidado, sin tenerme del todo de pie, hago un poder para ponerme derecho y con la planta de los pies en la tierra. Una que se mueve demasiado rápido ante mis ojos. He estado demasiado tiempo sentado. La anciana me toca el trasero cuando ve oportunidad y me pregunta a donde voy. No tengo tiempo para quejarme, el estar tan ido te quita de muchos sustos, que lo disfrute. Le dejo un mensaje para mi madre por si vuelve (que con lo que tarda en hablar con sus amigas, ignorándome, no volverá pronto) y le dedico un hasta luego, dando tumbos de cojo. Dejándola en la inopia de si me sucede algo malo en la cabeza o no, tras esas gafas gigantes que lleva puestas.
—Eh —mi madre, por mala fortuna, me avista con ese ojo de halcón que tiene y no tarda en correr al trote a toda velocidad, dirección: te la vas a cargar Black—, ¿qué te pasa?
Posa una de sus manos sobre mi hombro y después la dirige al cuello.
—Quiero ir al baño —respondo levantando la cabeza, sonrío, intentando inculcarla toda la seguridad que tiene un enfermo asmático severo—. Ahora, ahora vuelvo…
Me mojé los labios con la lengua y la rodeé astuto, esquivando su agarre de zarpa de leona en celo, le di la espalda. Aún tengo una oportunidad de huir sin que ese hijo de perra consiga divisarme. (Desarrollando así el mismo poder que mi madre. El ojo que todo lo ve y todo lo castiga. Pero lo cierto es que cuando tienes el pelo azul, tampoco se lo pones muy difícil a nadie. Destacas un poquito.)
—¿Necesitas ayuda cariño —comienza a preguntar con ese típico tono de duelo. Sabe que le he hecho un feo (sin querer, es necesario)—, puedes ir al baño tú solito? —Madre, ¡en qué hora Dios te dio una boca para dedicar su uso a avergonzarme sin desdén!—. ¡No vayas a marearte otra vez! ¡A ver si te vas a hacer pis encima!
Se escucha una risa sorda y acallada por parte de todos los pacientes de la sala que intentan no hacerse pis (como yo próximamente) en los pantalones, de la risa. Incluso la vieja. Esos gestos tan puntuales de mi madre. Los hace para amargarme la vida, haciendo así más dulce y maquiavélica la suya. A veces pienso que debería pedir una paga extra por reírse de mí, tanto, a mi costa. Como en Navidad. (Impuesto de la risa ya.)
—No, sé dónde es —perfectamente, monstruo—. Tranquila —una cara inmensa de asco, toma el control sobre mí, pero consigo domarla poco a poco. Transformándola en una amable con plenitud; soy superior a esto—… ¡Estaré bien!
Mi madre me manda cuidado a disgusto; por una vez estoy de acuerdo. Lo voy a necesitar. Me escondo tras una planta de plástico perfumada (con mala sangre), toso y asusto a un niño que me apunta con el dedo, siendo demasiado cotilla para este, nuestro planeta. Pegándole un grito que hace que me duela la garganta como castigo divino; él se marcha llorando, echando babas y corriendo a avisar a su madre de la bestia azulada, peluda y peligrosa que se esconde tras la palmerita. (Los críos no son lo mío, pero no es nada comparado con la lista de cosas que se me dan bien y de la que no voy a pensar y enumerar precisamente ahora.) Entonces me detengo a recapacitar, cosa que tampoco se me da nada bien, como puedo cruzar el pasillo sin que el idiota del enfermero me perciba.
El listo de los planes era Soul, yo era el arma ejecutora sin pudor. La combinación perfecta. Pero eso da igual.
Esquivo a un par de personas, regocijándome detrás de algunas más fornidas, cubriéndome con sus espaldas. Caminando con ellas mientras todos allí se preguntan que estoy haciendo por un momento. (¿Es que nunca han visto dibujos animados? Que se modernicen, joder.) Todo para que ese imbécil moreno no atisbe a verme un solo pelo azulado y cantoso. Él se acerca por el pasillo, el mismo por el que yo debo dirigirme para ir al lavabo, no nos queda otra. Vamos a cruzarnos. Pienso que quizá haya sido una mala idea o una misión suicida, pero era la única alternativa de escape ya que madre Star santificadora de todos los escarmientos, no quería que saliese a la calle por si me resfriaba; y aún con todo eso en contra, justo delante de mí. Aparece mi salvación.
Hay un niño de pelo corto castaño, que sentado en ella, mueve una silla de ruedas con dificultad. Y antes de que el buen samaritano del moreno en traje azul enfermero se dirija a socorrerle como el tío perfeccionista que es, atendiendo a la llamada del pobre cachorro indefenso. Aquí, hablando en clave: papá oso azul súper héroe, se lanza en plan desesperado, como última esperanza hacia los manillares de aquella silla de metal. Entendamos manillar por miel.
Giro la cabeza y le niego la vista al chico joven. El flequillo nunca falla. Salgo corriendo, arrastrando la silla. Al niño secuestrado, que coge una bocanada de aire del susto, agarrándose con fiereza al asiento, temiendo por su pequeña vida. Y las ruedas de su silla abren la puerta de los servicios de caballeros, empujándola. Sin querer, el moreno tartamudea. Le oigo preguntarse a sí mismo que acaba de pasar, con mucha educación, no falte. Como se rasca la cabeza de forma vertical.
—Oh… Oye, pero —acierta únicamente a decir, levantando los hombros— Eh, bueno…
Le ignoro por completo como un sordomudo. (Puede colar.) Cierro el puño con fuerza, por la espalda. Bendiciendo mi buena estrella por una vez en la vida. Misión cumplida con éxito. No oigo al niño hablar una sola palabra. La pesada puerta se cierra, se oye un pequeño: "clic"...
Llevaría una camisa y unos pantalones de vestir, pero los andares de indigente no me los quitaría nadie. La ropa también podría quitármela alguien, pero hoy no habrá desnudos integrales, lo siento. Me congelo.
Frente al espejo del lavabo veo lo mal que me podría llegar a ver jamás. Las ojeras que tengo, lo pálido que estoy. No quiero darme lástima, así que decido no mirar más. Es un buen método.
Las ganas de mear vuelven directas y sin más demora. Pero la tensión hace que se me cierre la vejiga.
—¿Y tú qué haces? —con voz raspada el chaval habla como puede. Bajo la mirada cansada y ahí esta él, observándome todo indignado en su silla con los brazos cruzados. Es lo primero que le oído decir. Pero ahora que me fijaba, parecía más mayor de lo que a simple vista podías juzgar. Era, diferente—. Antes me has asustado.
—Salvar el culo, ¿y tú? —respondo de forma simpática, sin saber del todo que estoy diciendo o sin tener en cuenta la seriedad del asunto. Nunca he sido bueno dando coartadas, o mintiendo en general, la gente suele pillarme a la primera. Quizá mi yo estimulado por hierbas de herbolario pensaba que lo mejor era actuar normal para no meterle miedo, cosa que no funcionaba. No sabía que hacer ahora que había raptado un niño, en contra de su voluntad. Me rasqué la cabeza y recé internamente a alguien para que saliese vivo de esta—. Lo siento, no estabas en el plan desde un principio. Perdona chaval. Ahora te llevo a donde quiera que… Bueno, que quieras ir y…
Me cortó a mitad de frase. Sentí envidia por toda la energía en punto que él irradiaba. Luego se me pasó, porque me pegó una soberana patada con la planta del pie. "¿Para qué necesita entonces la silla de ruedas?" Me callé el gritito de bebé.
—¿Estás drogado? —preguntó seriamente. Clavándome esos ojos enromes y vidriosos de cachorrillo en toda la frente, di un paso hacia atrás sin razón. Como un animalito herido. Él ladeó la cabeza, achinando la vista—. ¿De dónde te has escapado? No me suenas. Y aquí todos me suenan.
Me dejó bien claro. "¿Quién era el adulto aquí? Ninguno." Zarandeé la cabeza tras un instante lento, bisbiseé.
—No. ¡No! ¿Yo? —me señalé a mí mismo con convicción, dejando los ojos abiertos como platos de porcelana—. No…
No atinaba a decir la frase completa que quería pronunciar y así explicarme de una vez por todas. Me sentía gilipollas y mareado, no entendía que me estaba pasando, esto cada vez se ponía más raro…
—Bueno, pues entonces —inhaló una peligrosa cantidad de aire que me hizo enseñar los colmillos. Otro tipo chalado—… O me sacas del baño de los chicos —murmuró con seguridad. Una voz infantil y más femenina de lo que creía. No. Repelente y llorona—, o gritaré.
Juntó los labios con fiereza al segundo de aviso, que iba a estallar en lágrimas. Amenazante.
—¿Disculpa? —fruncí el entrecejo azul.
Sí, en vez de intentar calmarle para que no llorara, seguí con mi vana intención de entender la situación actual. ¿Cómo podía estar yo más perdido que él?
Se me escapaba algo. Lo sabía.
El suelo no se estaba quieto, no era de ayuda.
—Chillaré —dijo en el mismo tono, cruzándose de brazos otra vez. Negándome la mirada, altiva. Una parte de ello me hacía gracia, la otra me sacaba de quicio.
—Joder —me llevé las manos al rostro, sintiendo una ráfaga de calor inmensa. No sabía si por la fiebre o por la tremenda hecatombe que acababa de cometer. Forcé la vista para asegurarme. Caí en la maldita cuenta—… ¡Eres una chica! —me aclaré la garganta, al casi atragantarme con aquella obviedad de la que no me había jactado en su momento—. Claro.
Era una maldita cría.
—Muy agudo —me sacó toda la lengua, y me llevé otro pisotón-patada por su parte—, ¡Einstein!
Comenzó a darme puñetazos en la tripa, que yo intentaba parar con las palmas de las manos. Era rápida como una serpiente de cascabel, desde luego sabía defenderse para ser tan enana.
—¡Para! —Esta vez sí chillé. Tratando de atrapar esas manos que no sabían golpear con los nudillos.
—¡Toma, toma y toma! —Puñetazos y patadas.
Cagada monumental.
Por suerte no había nadie más en el servicio. Jamás pensé que así sería mi primera vez con una chica en un baño. Me lo quité de la cabeza. Un día me van a denunciar por descuido improcedente. (Y pensándolo mejor, Maka Albarn va un poco antes...)
—Perdóname, lo siento —le imploré con las manos juntas y luego las separé en alto como si fuera un delincuente ante la policía local. A una distancia considerable desde la que no podía seguir pegándome poco a poco. Mi voz aunque sincera, sonaba rasposa encima, punto extra de malhechor—. ¡Ha sido un malentendido! —sentí un golpe en el estómago, me dejo sin respiración ni habla tres segundos. "La madre que la ha—... ¡Te lo juro!
—¿Pero qué dices? —Procuraba defenderme pero no tenía caso. Gritó tan alto que era imposible que nadie le oyera en tres kilómetros a la redonda— ¡Sácame de aquí, quiero salir ahora! ¡Ahora! Este sitio huele raro.
—Pues a servicio, ¿a qué va a oler, a frutas de la huerta? —entre tanto desastre, impuse cierto sentido a la lógica de un retrete.
Que repipi y repelente era esta niña. No era para tanto y tanto que no era consciente de ello al cien por cien de si esto estaba pasando de verdad. A mí.
Me lo había buscado.
—Vamos, te sacaré de aquí —sujeté el manillar de la silla, esquivándola a ella y su furia incontrolable—. ¡Pero deja de maltratarme, abusadora! —le dije con valor, desde la espalda. Porque desde aquí no podía tocarme.
Giro la cabeza, bocabajo. Matándome con la mirada.
—¡Abusador tú! —me sacó la lengua de nuevo, se tocó la nariz. Parecía un cerdito.
—¡No, tú! —le saqué la lengua, la doble. Soy mucho mejor. (En el ámbito del surrealismo infantil, no me gana nadie.)
—Mejor me voy yo solita, que inútil eres ahí embobado como una empanadilla. Jo —hinchó las mejillas como una ratilla, recordándome a Maka tanto, que hasta me asustaba—. No me gusta perder el tiempo, no tengo de sobra idiota —una lagrimilla se escapaba de su cara de roedor enfadado, ella se la limpiaba con la mano. Comienza a rodar las ruedas de la silla, atropellándome el pie en el difícil proceso.
Visto y no visto.
La frágil oruga se ha transformado en una malhablada mariposa… Hoy en día cada vez aprenden insultos a una edad mucho más temprana. Tan sólo era una niñata, ("su alteza sin tiempo") una cría que se estaba metiendo conmigo como una vieja a una fresca, por llevar la falda algo subidita.
—Oye pero, no te vayas así —sujetó las llantas de las ruedas de su silla y ella empezó a girarlas más rápido, cogió velocidad. Dejándome atrás—, ¡déjame ayudarte! —le persigo hasta la puerta, alargando el brazo con toda mi buena intención—. ¡Quiero hacerlo, en serio! ¡Soy un tío majo!
A sabiendas de que todo el mundo sabe que los tíos que te dicen que son majos, nunca majos del todo.
Mi voz quiere subir unos cuantos decibelios más, pero le es imposible alzar el tono. A penas puede terminar una frase sin que suene a violador del pozo.
—¡No me toques —me avisó, la hice caso. Volví a alzar los brazos en son de paz, justo a su lado—, llamaré a los enfermeros, pitufo pervertido! —me da una ligera patada en los… huevos.
Supongo que como a modo de despedida, niños de hoy en día. Hacen cosas raras. Protejo mi entrepierna con ambas manos, para que ellas reciban todo el doloroso golpetazo. Pero aun así duele, y duele mucho. Por un momento olvido el dolor en el pecho, mano de santo. Debería haberme molestado lo de pervertido, pero no. Estamos discutiendo en un baño. Seamos sinceros:
—¿Cómo qué pitufo? —Porque claro, aquí uno tiene el pelo azul celeste y ya es un malnacido pitufo mágico, habrase visto— ¡Soy bastante alto para la media! ¡Para la media!
Toso sin parar, echo la cabeza hacia delante sintiendo que me falta el aire. Miro el suelo mientras trato de no ahogarme y volver a coger aire por los pulmones y la boca.
—¡El pelo pincho ese que tienes no cuenta! —me señala y me saca el dedo anular en toda la jeta, con muy mala leche y con mucho estilo. Todo hay que decirlo—. Que te den. ¡Ahí te quedas!
En serio. ¿Para qué tenía la silla de ruedas? Si al final se ha ido medio corriendo. Es una burladora que burla. Me sacó el otro dedo anular y diminuto, poniendo morritos, antes de cerrar la puerta de golpe en mis narices. Voy tras ella para intentar solucionar el problema antes de que se ponga peor. Como el amarillo de los moratones de varios días. Ese peor.
—¡Espera! —corro a tirar del manillar de la puerta cerrada cuando alguien ya la ha abierto por mí, encontrándonos así de golpe y porrazo.
Ya no tenía salida, ni oportunidad de arreglar el malentendido. A la mierda.
—¿Ángela? —va preguntando aquel chico joven con el ceño fruncido de preocupación. Hasta que me recibe de lleno, bastante mareado, con los brazos bien abiertos y se calla de golpe por inercia, sin entender lo que está pasando. Él y yo, los dos—. ¿Estás a-
Mi nariz intercepta su pecho y mi cara se hunde en él como un soufflé en el plato duro que alguien ha sacado del horno a destiempo. Me sujeta con firmeza. Me recoge antes de que mi espalda choque contra los baldosines del baño.
—Au…
Me rindo.
—Hombre, ¿cómo tú por aquí? —me pregunta el moreno de las rayas blancas en la cabeza, levantándome con sorna. Con esa sonrisa brillante y derecha en la boca tan apetecible para partir en dos o más trocitos. Para no variar—. Que sorpresa, aunque… para serte sincero. Juraría que te he visto antes —comienza a reírse, deleitándose melodiosamente, de forma perfecta. Ni muy falsa (que lo es, y él lo sabe), ni muy alta—. Qué cosas.
Sí, yo también.
—Eh… Pues… Aquí. En el baño —achino mis ojos verdes, se me ha olvidado pensar otra vez. Ahora sólo me guía el resentimiento. Hago una pausa rápida, apretando la mandíbula. Cojo aire entre los dientes—. No sé si quieres saberlo.
—No me refería a eso, pedazo de cerdo —me mira sobre el hombro con aquellos ojos dorados y rasgados llenos de superioridad, se está transformando. La metamorfosis contraria de a quien verdaderamente es. Un capullo—. No has cambiado nada, ¿eh?
Me alejo varios pasos ante el comentario. Quedaría fatal si huyera a esconderme en un lavabo y cerrase la puerta, digamos… Para siempre.
—Sí, bueno, ha sido un encontronazo precioso y esas cosas —intento escaquearme como puedo, por todos los medios. Dando pasos de ciego de un lado a otro. Pero él no se mueve de la puerta, todo lo alto que es, todo lo recto que es. Juega con sus labios y se cruza de brazos, inamovible, formando una equis con ellos. De no vas a pasar(?) Unos años más, magia y una barba molona: igualito a Gandalf—. Repitámoslo —fui sincero, ¿por qué no se quita de en medio?—… Nunca. Me tengo que ir —al fin del mundo, con los pingüinos y demás.
Le aparté de lado de un empujón. Moviéndole como un bolo de bolera que no quería caerse, se mantuvo en su pose inicial de portero de discoteca que te mira mal. Antes de oír su voz pidiendo explicaciones, o sentir su mano alargada querer aferrarme. Acerté a escuchar un doble "clic" al otro lado de la puerta. No supuse en ese momento que era algo importante, pero lo era. Vaya que si lo era.
—Ey, espera, ¿a dónde vas tan deprisa? —el moreno trató de agarrarme el brazo, raspando tan sólo mi codo.
Quería hablar, y mucho. Y yo no estaba para discutir más en todo lo que quedase de día. Y no más, porque mi vida es una continua discusión sin límite sobre muchas que me molestan y otras que no entiendo. Que me busque todo lo que quiera, que yo no quiero que me encuentren. Parece que ya le conozco de toda la vida.
Le di la espalda, agarré el manillar y trate de abrirlo a la desesperada. Moviéndolo hacia abajo. Una vez, dos veces, tres. Diez. Veintitrés. Pero el pomo no cumplía su función. Mi garganta producía algún que otro sonido de esfuerzo inútil. Una sensación muy fuerte me inundaba, quería echarme a llorar a mares como un niño pequeño en posición fetal.
—Pues… A —La voz se me corta queriendo responder y la garganta me duele un montón. Estaba entrando en esa fase que nace cuando todo te empieza a salir mal y todo ello te empieza a dar exactamente igual. Porque por mucho que siga intentándolo con todas mis fuerzas, no funciona, ni va a funcionar. No se abre, se ha roto. Y yo voy a morir aquí. Con este frígido que se me ha quedado mirando con desasosiego y el dedo en alto. Esto no me podía estar pasando a mí; me repetía. ¿Qué habré hecho en mi vida pasada para merecer esto? ¿A cuántas hormigas quemé con lupa exactamente?—… Ninguna parte. Si me disculpas…
Me retiro de vuelta atrás con dignidad, con la palma en alto para que no me hable y con la mirada al frente. Suelto el manillar antes de intentar arrancarlo con los dientes y comienzo a darme de cabezazos contra la pared de azulejos, a ver si con suerte me abro la cabeza. Death the Kid frunce el ceño en esa cara bien formada y repartida, me pregunta que narices estoy haciendo. Entonces, es cuando repite mis mismos actos. La dura realidad es la misma para los dos. Ni yo le soporto, ni él en el fondo me soporta a mí. Trata de abrir el portón, agarrando el manillar con ambas manos. Aprieta ligeramente los dientes, empujando con fuerza animal. Como si no me hubiese visto a mí intentarlo treinta veces.
Por una vez tenemos el mismo deseo. Un deseo imposible.
—No te asustes pero —transpira por la boca, haciendo un último intento de arremeter de lado contra la puerta. Sin ningún fin—… Creo que estamos encerrados —baja ambas manos y pasa su lengua por las cavidades de los dientes superiores, se queda mirando la puerta con curiosidad y murmura con los ojos dorados achinados—. Qué raro…
No le oigo demasiado bien, estoy intentando partirme la crisma para no tener que pasar por esto.
El infierno.
Maka.
Más tarde, ya recuperadas las fuerzas del pilla-pilla de corta duración, moderno y de escaso espacio. De haber atrapado a Evans de un salto en plancha (y error de cálculo) junto al perro; digno de un diez sobre diez. Recibiendo como respuesta albina una cara larga, tres empujones, cinco insultos a grito pelado y un: ¡quita bicho, quita! (Porque no hay quien toque a la pulcra princesa Evans, a la cual sólo le ha faltado morderme; del famoso y reconocido reino Borderline.) Más repetidas veces.
Aunque lo malo no era eso, lo peor de todo ello fue que caímos sobre la caseta. Del perro. Los tres, por mi culpa. El tejado, se fue a la mierda. Y yo tuve que volver a suplicar con las manos juntas, de rodillas. A mi nuevo dios carpintero. Y Soul Evans tuvo que volver a colocar y lijar varias maderas, con sus clavos afilados. Con su mirada de odio infinito e inquebrantable hacia mí (para eso no tiene que esforzarse mucho), el martillo que le hacía parecer el abuelo de Thor con esos pelos. Y en cuanto al cachorro, a él le daba igual. Era feliz entrando y saliendo de su caseta derruida sin techo, a pesar de que Soul le regañara por si llegara a hacerle daño sin querer. Con el rabo entre las piernas, volvía a mi vera enfurruñado y encogido para que le diera mimos. El perro.
A Evans no le llevo mucho tiempo arreglar el estropicio, quien iba a decir que sería alguien mañoso. Yo desde luego no. Cuando tan sólo le queda una tabla de madera por colocar, decide que era suficiente por alguna razón que no comprendía. E ignorándome por completo, se secaba el sudor de la frente y se sentaba en el porche a mi lado.
—Me duelen las manos —hizo un ruido peligroso con las muñecas: "crack, crack". No me resultó tan grimoso como pensaba. Parecía bastante cansado—. Ahora lo termino.
Traducción: "me he golpeado demasiado los pulgares, porque soy un torpe y gruñón de cuidado. Si me apetece, lo termino. Si no, que te den." Ya me lo estaba imaginando.
Asentí de todas formas. Le di las gracias. No tenía por qué hacerlo si no quería. El perro voló de mis caricias y mis rodillas, él seguía a Evans como si fuese su santa madre, con el rabo en alto. Le llamó y arañó en los tobillos, en un acto sincero de amor, deseos de chanza y jugueteo. Evans lo correspondió, por supuesto. Hasta que el perro le lamió la cara.
Mientras descansábamos sentados sobre el porche de madera, contemplando el hecho de como Evans sabe hacer cosas importantes con las manos (la caseta de la Barbie canina), se me ocurrió la genial idea de usar la bandeja redonda de madera para algo más productivo que para intentar asesinar a Soul Evans; como servir té de hierbas, por ejemplo. Unas galletas de arroz, y un poco de regaliz. Lo último era para mí (duró muy poco. Pero así es la felicidad.) Me chifla.
—Toma un poco —le ofrecí con brusquedad, como esa niña de ocho años que juega a las cocinitas y hace tartas con barro. Hinché las mejillas—, lo he hecho yo.
Iba en son de paz.
—No gracias —Soul se adelantó a mi propuesta, interponiendo su mano en alto, entre ambos. Negó con la cabeza sin muchas ganas. Arrugó la nariz por un instante y llevó los ojos al suelo. Con la otra mano siguió acariciando a Free en la barriga; se había tumbado junto a él sobre las maderitas del porche y por su cara de gusto junto aquella lengua hacia fuera, parecía estar en el mismísimo paraíso. Parecían relajados—. No me apetece.
"Nunca, le apetece. Nada."
No retiré el vaso, es más, acerqué la taza ardiendo juntándola a su mejilla. Achiné los ojos y fruncí el ceño con decisión. Puedo ser insistente, no quiero otro chico resfriado.
—Bebe —gruñí.
—Es que no tengo ganas —negaba persistente, extrañado, se alejó de un pequeño saltito con los ojos bien abiertos. Sus dedos se movían sobre la tripa del perro como si fuera un piano que tocar. Él se frotaba la mejilla quemada, temiéndome—. No soy muy fan, de esa —se lo pensó un segundo, dando una pequeña pausa incómoda—… cosa que sabe a jarabe rancio.
Se mordió la lengua entre esos dientes afilados. Me hizo gracia ver como sentía un escalofrío por todo el cuerpo. Evans levantó los brazos (al perro no le gustó que dejarán de masajearle, se deprimió un poco), apartando la cabeza y el cuello. Según yo iba acercándome con la taza en la mano, dirigiéndola con fiereza hacia su boca. Hasta que finalmente quedó tumbado bocarriba.
Le fulminé con la mirada. Se mantuvo serio, mirándome de reojo. Pero al rato, agarró a Free entre los brazos, abrazándolo como un peluche. Con fuerza.
—¿Y ahora qué? —se escondió hasta la punta de la nariz entre el pelaje suave del cachorrillo contento.
Es listo, sabe que al perro no puedo hacerle daño.
—No me obligues a hacerte daño, Evans —musité con una voz digna de El padrino, mafiosa. Taza humeante en mano. Tengo más ases sobre la manga.
Aparté al perro sujetándolo por el lomo, lo dejé corretear en el suelo. Continué agachada a la altura tumbada de mi invitado que no tenía intención de levantarse por hoy. Le miré a los ojos rojos. Nos retamos, y mi brazo se movió por inercia hacia su cara. La cual el tapó como un niño pequeño que no se quiere tomar la medicina, formando una equis de defensa con ambos brazos.
Sé que estaba de broma. O no. Comencé a perder las fuerzas, era demasiado fuera de sí (su actual ser diabólico. Con cuernitos. Rabo en punta. Imaginarle era interesante.), demasiado vulnerable, como para querer meterse con él. Suspiré. Aun así, no me iba a rendir.
—Pero si estás tiritando —se abrazaba a sí mismo, con la nariz completamente roja—… Bébetelo, anda. Está bueno. No tengo otra cosa pero no es veneno, te lo juro —me besé los dedos para que me creyese—. Te lo juro porque caiga un rayo aquí mismo y me mate.
Un rayo surcó el cielo, asustándonos. El té reboto de las tazas, volviendo de nuevo en su sitio a la caída. Pero, no me mató.
"—Lo siento mucho Dios, ¡has fallado!"
¿En verdad pensaba que yo era capaz de envenenarlo? Ha pensado bien, chico listo.
—Está bien…
Recogió la taza con lentitud, sentí el roce de sus manos heladas con las mías. Hoy era yo la que estaba calentita. Soul acercó el rostro al borde de la taza. Dejando que el vapor le inundase y le calentase. Después lo olió, sentándose derecho.
Eso fue más raro…
—¡Que no está envenenada!
—Por si acaso… —le volví a golpear con la bandeja de servir el té. Él se protegió la cabeza con el brazo. Dos veces…
Pero al final acababa cediendo por las buenas o las malas. O a la manera de Maka Albarn. Vamos, a la intimidación presionada.
—Bueno —volví a cambiar de tema, por fin se decidió a beber—, supongo que así vale. Si el perro se ha acostumbrado a ti, y a que le llames así —traté de parecer una chica serena calmada, porque no lo estaba—. Así se quedará.
—Oye que tampoco he estado con él tanto tiempo. Si no te gusta, puedes ponerle otro. No me importa —alzó los hombros bajo aquel jersey grueso, con la mirada alicaída le restó el valor que yo le echaba.
—No, me gusta —respondí un tanto irritada.
Tenía que dejar claro que yo soy mejor persona que él. Una vena me iba a estallar en la frente, Evans se dedicaba a mirarme ladino, a hablarme tras la taza.
—¿Qué sí o qué no? —alzó una ceja albina con curiosidad.
Y encima me estaba echando en cara que el perro le quiere más a él, por su cara bonita. Ha vuelto el demonio, para quedarse. Lo noto. Incluso hace más calor, incluso si estamos rodeados de nieve. (Lo que probablemente sea por el té, pero me niego a perder la fe en que Evans trae el infierno consigo.)
—Free entonces, bautizado queda —sonreí maliciosamente. Él me retiró la mirada de nuevo mientras le veía sorber a duras penas. No me quedaba claro si le gustaba o no del todo. Hizo burbujas con rabia, pegando esos morros en la taza. Evité reírme ante ello, pero no pude evitar dejar sonar un pedo por la boca, aquel principio de risa. No me lo estaba poniendo fácil, nada de nada—. Black Star pensaba que era chica, y quería ponerle nombre de gato —me carcajeé. Intentaba sacar otra conversación novedosa, ya que él nunca estaba por la labor—. Missi. Originalidad, donde la haya…
A veces él se me quedaba mirando, pero cuando yo le miraba. Evans apartaba la vista. Como un ciclo sin fin, más aburrido que el de "El rey león".
—Pff —al frío Soul Evans se le escapó una pequeña carcajada. Inaudito. Se mordió los labios—… Es idiota —me observó de reojo con esos enormes ojos rojos—. Además, ¿tienes que sacarle en todas las conversaciones? Eres —¿rara? Estuvo él a punto de decir. Seguro. Pero no tanto, porque no lo dijo. Se acalló como una tumba, negó la cabeza con fuerza y me copió la excusa de ponerse a beber de la taza en un momento enredoso. Separó los labios mojados y susurró, mirando hacia otro lado. Otro punto en el pequeño jardín—… Da igual.
Yo no hago eso. ¿Lo hago? "Oh no, lo hago…" ¿Sólo hablo de Black Star? ¿De cuántas conversaciones estamos hablando? Que recalque. (¿Desde cuándo él me da conversación a mí exactamente?)
—Bueno, es que es —me detuve en seco. Jugando sin querer con mi pelo rubio y suelto: "¿qué es Black Star para mí?" Por ahora, sólo podía dar una respuesta, aunque bastante roja y avergonzada, sincera—… Es amigo mío también.
"—No es fácil hablar contigo, que lo sepas." Mi cerebro dijo, pero mis labios no entendieron.
—No me digas —él rodó los ojos rojos, desviando la mirada. Surcó mohíno con el dedo el borde redondo de la taza de té que había dejado a la mitad, sobre el porche—… Mío, no es nada.
—Oh —hago un efecto ventosa con los morros, en sentido contrario. Abro los ojos como un pasmarote y junto las manos de golpe, pensativa.
Ya la he vuelto a fastidiar… Qué poca justicia hay en este mundo. Cuando creo que me va a responder mal, no responde. Cuando creo que me va a responder como una persona normal y civilizada, responde a su manera. Silencioso, cogió la taza entre las manos y se bebió el resto de té de un tirón. A la fuerza.
—Bleh —sacó la lengua, negándome la mirada. En dirección contraria, para que no pueda notar sus gestos infantiles. Se limpió la boca con la manga, dando chasquidos con la lengua—… Ya está —me dijo, como el soldado que responde una orden.
Con la vista fija en el tejado y los dedos en la taza, dándomela con el brazo alargado. No la retiré, pero me quedé mirándola. Se me rompió la sonrisa, no sabía si reír o llorar. Apoyé la mejilla en la palma de la mano, reteniendo las ganas de matarlo. No hay quien le entienda, de verdad.
—¡Ah! —caí en la cuenta. Golpeé el puño en la otra palma de mi mano y dije para fastidiarle de nuevo—. Se me olvidó decirle a Black "lo que me dijiste" —guiñé un ojo, a lo que yo entendía por forma "sensual": un pequeño espasmo que hizo a Evans estremecerse—, la próxima vez se lo diré. Promesa —hice un brindis, chocando mi taza con la suya—. Y de meñique.
Aunque a veces algunas cosas te salgan mal. Hay que recordar que si uno insiste, tiene más probabilidades, remotas o no, de conseguirlo. Que no haciendo nada.
Evans soltó un bufido sonoro, como un silbido. Levantó la taza dirigiéndome la vista ladino y comenzó a mostrar una tímida sonrisa. Y por un segundo, mientras recogía la vajilla en la bandeja, dirigiéndome a la cocina, me quedé embobada mirándole por la retaguardia. Con descaro. Estaba jugando con el perro, el con aquel gorro de lana verde. Evans se estaba riendo con la boca cerrada.
"¿Por qué?" Por Free, o por…
Debería hacer eso más a menudo, tiene una sonrisa espectacular.
Ahora que lo pienso, es la poca costumbre, es la primera vez que le veo sonreír de verdad… Tal vez acabo de vislumbrar algo, que sólo se ve una vez en la vida. Como la aurora boreal o el cometa Halley. "¿Soy la elegida del señor?" Observé por el cristal como se formaban las nubes grises en el cielo.
"Y yo sin mi cámara, maldita sea."
Por un momento, mientras observaba esa tímida sonrisa con sigilo, tras la puerta corredera, aquella frase me vino a la mente:
"—Hace varios años, la madre de Soul murió, Maka."
—Eres tonta —Soul dijo alto y claro, sentado como el indio que el sobre el porche de mi casa. Observando la caída de los pequeños copos de nieve blancos. Acababa de dar a luz lo que mi subconsciente me acaba juzgando, por pensar cosas que no debería en momentos inoportunos—, Porky.
Arañé el cristal con las uñas de la puerta con las uñas.
Eso a él nunca se le olvida, ¿verdad?
Espacio Beru*:
Y, ¡corten! Muy bien chicos, los habéis hecho muy bien. Dadle a Maka una toalla. ¡Soul a vestuario! ¡Que alguien recoja a ese perro y le diga a Black Star que ya puede dejar de darse cabezazos! ¡Gracias! (Ah… Ah. Que seguís… Ahí…) Continuaremos, donde lo dejamos. (Claqueta. ¡Acción!)
Sigue nadando.
Voy a dividir esta parte de la historia, en tres o cuatro capítulos. Porque veo que me va a quedar larguísimo (que me está, quedando larguísimo, no es novedad, ¿no? No. No.). Poneos que un capítulo de catorce mil/quince mil palabras (sin contar las notas de autor enormes) son mínimo la friolera de cuarenta y cinco caras. Es cerca de lo que podéis leer en cada capítulo mío. Cuando lo normal (lo que, mira por donde justamente yo no soy), deberían ser máximo quince o veinte… Quedemos en que esto es una serie de viñetas mensual con sentido(?), entre comillas, invisibles. (Confía en mí. La-serpiente-de-El-libro-de-la-selva style.)
¡Ha salido Kid! ¡Wii, wii! (cerdi sonidos) Es un personaje que me encanta en esta nuestra historia, junto a Crona ya saldrá más adelante en el fic. Por lo demás, sí, podéis adoptar a Soul. Pero tendréis que comprarle un gato(o más de uno. Un zoológico, entero. Con jirafas y prados, pa' las jirafas), yo aviso. Este capítulo siempre me ha dado mala espina, es 13 niños y niñas, ¡13! Pensaba pasar del 12 al 14, en plan (vestida de policía zenzuá): "¡aquí no ha pasado nada señores, continúen su camino o les daré con la porra de juguete porque han sido unos lectorzuelos muy, pero que muy malos!" (¡Ejem!) Pero le he echado coraje al asunto (¿Qué?), así que… (No creáis en supersticiones de antaño, no hagáis que no haya servido para nada escribir este capítulo(¡qué me ha costado eones y una grave pérdida capilar!), porque si no, ¡una gran maldición de bruja picajosa caerá sobre vuestra tum(blr)-) Eso.
Si no dejas un review Monesvol te castigará, y tu vida será un completo… Chicle. De melón. Usado. (Sí hombre, cuando llega ese momento en el que el chicle ya no sabe a nada, a plástico, a mierda pinchada en un palo. (¡Un palo!) Porque sí.) (Bell Star, mal poeta, peor escritora, horrible cómica. Y aún peor profeta.) Qué horror, yo dejaría review.) No me arriesgo. (LOL) ¡Espero que os haya gustado! Se os quiere y…
Nos vemos en el próximo capítulo de Sweet Dreams:
Con derecho a roce. (Segunda parte)
"Sed malos, pero ante todo, sed amables con maldad."
