Sweet Dreams
Y te cuento Peter, la canción decía así: "Si tú te vas, y yo me voy… Esto ya es en serio. Si tú te vas, y yo me voy… ¿¡CON QUIÉN SE QUEDA EL PERRO!?" Jesse and Joy… (El Team Rocket despega de nuevo. "Wobbuffet") Sep. (Demasiado "épico" para el body…) Que letruja de canción… El perro no se queda con nadie, el perro se pira a las islas perrunas del sur por tener unos amos tan pelmas (y por la imitación del cuadro de Picasso que no viene a cuento en la canción, peeeero ahí está. Como mis notas de autor). "Huye bonito, huye." Encima es que suena bien y todo. (¡Olé!) Cualquiera podemos escribir una hoy en día, ¡cumplid vuestros sueños! (Opening-de-One-Piece-style…kun) O algo. (For tochacooo, entertainment!)
Stop. (Wait a minute!) Yo había venido aquí a otra cosa. (La reunión de ex-alcohólicos… No, eso no. Es el juernes, creo.) I'm too hot. (Hot damn!) En fin, no lo recuerdo. (De ahí la reunión.) Pero mientras tanto, vamos con el siguiente capítulo, (capítulo quince) de Sweet Dreams. (Porque no hay nada como un capítulo 15 que acompañarlo de 15.000 palabras, ja ja. Ja… Pues no, 16.000)
Siento la tardanza, llevar el concurso de "el Reto" me absorbe la vena fanfictionera. Espero que os esté gustando. (Me sube la bilirrubi-(NONO) ¡Un abrazo para todos!) Gracias por leer, ¡y a currar!
Bell Star
"Oh, Sweet Dreams are made of these. Who am I to disagree?"
Música para escuchar hoy:
Adiós papá.
Y cuando piense quién ha sido,
le diremos que no.
No han sido tus amigos,
allí nadie quedó.
Ya no sabes que hacer…
¡Adiós papá, adiós papá!
¡Consíguenos un poco de dinero más!
Más dinero.
(Los Ronaldos)
El gato de Schrödinger
(¿?)
El albino salió de su cuarto a inspeccionar el entorno hostil que había dejado aquel viernes noche. Apenas de puntillas, recorrió el pasillo del segundo piso de la casa. En cierto punto, tenía que tomar una decisión crucial, el camino se torcía en dos direcciones a elegir. La primera: las escaleras. Que le conducirían a soportar una charla larga pero lo que se decía larga, como antes las recordaba. Y que probablemente acabase mal sin remedio o repleta de gritos. Dificultad: misión imposible.
Luego se encontraba con la segunda opción: la habitación de su hermano pequeño. Dificultad: la misma. No hacía falta ser muy listo para averiguar que Soul no quería hablar con nadie en ese momento y lo más viable, que al día siguiente tampoco. Al hacerlo, estaría dando a decantar la supuesta debilidad de su hermano. Y lo que es aún peor, su papel de madre sustituta. Cosa que al albino menor no suele gustarle demasiado. Él es una caja. Cerrada y hermética. Una que esconde cierto veneno ponzoñoso, que podría explotar en cualquier momento. No se sabe qué más hay dentro; los expertos debaten si se encuentra el gato de Schrödinger. Por supuesto, si lo tuviera: no se sabe si estaría muerto o no.
Por ende, y aguantándose el hambre que le rugía en el estómago. Wes zanjaba su disputa interna arrastrando los pies por la tarima en dirección contraria: como Michael Jackson en uno de sus videoclips de antaño. Cualquier cosa que hiciera por un bien común iba a salir mal, era el protagonista de Destino Final. Sólo lo empeoraría. A punto de volver a su habitación, un maullido lastimero llama su atención a sus espaldas y le destroza los tímpanos. Se gira encrespado y observa a Blair rasguñando la puerta del cuarto de su hermano pequeño, como el preso que cava en la pared de su celda con una cuchara de plástico. Se acerca hasta ella, rascándose la nuca.
—Siempre igual, eh…
La gata maulló de nuevo, mostrando raramente su lado frágil. Wes dio un largo suspiro de recelo mientras Blair ronroneando, rozaba su pelaje morado contra sus piernas a piel desnuda. Se resignó y dejo entreabierta una rendija de la puerta de su hermano. Lo habitual hubiese sido que ella entrara sin pensárselo dos veces, como hace siempre. Wes no sabía quién era el amo de quién. Pero odiaba que cuando le hacía un favor a aquella fiera felina, ella pasase de él como de las latas de atún baratas del supermercado. Incluso esta noche que nadie se había dignado a cenar, él tendría que darle algo de comer al bicho peludo; que instintivamente le bufaría y se largaría prefiriendo devorar algún pobre ratón del desván.
Wes intentó empujarla el trasero con el pie; la gata se deslizó varios centímetros en el suelo, pero poco más avanzó. Wes retiró el pie antes de que le pegara un zarpazo, por si las moscas. La veía sentada con el rabo púrpura inquieto, moviéndose de un lado a otro. Parada frente al portón del cuarto del albino menor y con esos ojos amarillos abiertos de par en par. Como si una barrera invisible la impidiese atravesar el umbral hasta su querido compañero, para llenarlo de pelos y reclamar mimos a mansalva hasta el amanecer. No quería entrar por alguna razón.
Y sin embargo, volvía a gemir de tristeza. Wes comenzaba a irritarse. Le gustaban los animales en general, desde los cachorritos lanudos a las Boas constrictor. Pero no esa gata en concreto. La cual no cesaba en su intento de rallar la tarima con sus garras de tigre de Bengala. Ambos se guardaban manía el uno al otro.
—Lo que hay que aguantar —Wes susurró. Se agachó de cuclillas, quedando casi a la misma altura que la mascota real de la casa por excelencia.
Echó un vistazo a la habitación de su hermano, totalmente a oscuras. Sin muchos muebles, sin armario, sin decoración en especial y de paredes casi rojas tintadas. Pensaba que si Soul no había hecho ningún quejido al respecto era porque se habría quedado dormido, como presentía Wes al ver el bulto tumbado sobre la cama, hecho un ovillo. Aunque ya de por sí no solía hacer mucho ruido a diario, uno podía darse cuenta con el tiempo de los distintos silencios en los que Soul se sabía esconder. Como un camaleón.
Wes devolvía la vista a la gata ignorada por su dueño y se sentía tan ofuscado por el comportamiento del animal. "Sabe que quiere entrar pero no lo hace." Y él no puede saber por qué. Y Soul, a sabiendas de que está despierto no hace nada para remediarlo. Y más abajo, cruzando las escaleras estaría su padre esperando una respuesta por su parte. Wes estaba haciendo con su padre lo mismo que Soul con aquella maldita gata.
Tocó la puerta de su hermano con los nudillos, a pesar de que su cuarto ya estuviese completamente al descubierto. Soul dio un leve respingo sobre la cama pero no se movió, seguía de espaldas a la luz tenue que se colaba por la abertura de la entrada y a las sombras que Wes y la gata dibujaban en ella. El hermano mayor frunció el ceño, no le iba a engañar sólo con eso. Así que tomó el toro por los cuernos, o al menos le acarició el morro. Agarrando a la gata por el pescuezo, maulló sin parar. Pero no de molestia, sino porque odiaba a Wes.
Se adentró en la habitación con el animal en volandas como una leona con sus cachorros (claramente no iba a cogerla con la boca, porque Wes odiaba a la gata). Y finalmente, la depositó con cuidado sobre el colchón de su hermano, al lado de éste. Antes de que la gata le saltase a la cara y le arañase como venganza por tal ultraje recibido. Pero por extraño que pareciese, el animal tenía mejores cosas por las que preocuparse. Como lo era acurrucarse formando un círculo perfecto junto al vientre de su amo. Y lamerle la cara hasta la extenuación con esa lengua áspera que a Wes le daba mucha grima.
—Ten, tu… Cosa —Wes dijo alto y claro a la espalda de su hermano pequeño, encogiéndose de hombros.
Soul no tardó en pasarla un brazo por encima, abrazándola en el proceso. El ronroneo ameno de Blair resonó entre las cuatro paredes en penumbra. Y Wes pudo percatarse a escasos metros de la cama de Soul, que él mismo se había echado sobre el edredón y con las zapatillas todavía puestas.
—Soul…
Le llamó. Pero no parecía dar signos de querer moverse. Wes rodó los ojos; no podía saber del todo si Soul lo hacía aposta o no. Se dirigió hacia la cómoda de su hermano, pegada a una de las paredes y empezó a abrir cajón tras cajón hasta dar con una manta gruesa. Le quitó los zapatos y le cubrió con ella.
—Hasta mañana —pronunció secamente, dándose la vuelta.
No iba a recibir respuesta a cambio. Y si por remoto caso eso sucediese, no estaba seguro de poder sobrellevarlo.
Salió del cuarto de su hermano, dejando la puerta de éste escasamente entornada. Escuchando por fin los hipidos apenas controlados de Soul, haciendo que a Wes le pesase tanto la espalda. Como si alguien tratase de tirarle al suelo con mucha fuerza. En el fondo, qué envidia sentía hacia aquella gata. Quién pudiese acercarse tanto a ese elemento de hermano. (Tendría que dejarse crecer otras orejas y un rabo en el trasero para que le hiciese caso.) Wes estaba cansado pero era consciente de que alargar la situación tampoco solucionaría el problema. Al menos había algo que podía hacer para repararlo.
Bajó la escalinata malamente y a toda velocidad, por poco pierde el equilibrio. Buscó a su padre por toda la casa sin que éste diese signos de vida por ninguna parte. Descartando los lugares que ya había mirado. Conociendo a su padre tal y como es ahora, no habrá salido fuera. Wes vuelve al piso de arriba, sólo le queda un lugar por rebuscar. Y allí es donde le encuentra.
—Ya que no bajas, he venido a buscarte —murmuraba con rectitud el señor Evans. Sentado en la silla de estudio de Wes—. Te estoy esperando.
Señaló con la mano, haciendo señas para que se uniese sin miedo.
—Ya lo veo —Wes asintió bajo el marco de la entrada—. Guay de tu parte.
Después de entrar a su habitación, cerró la puerta a sus espaldas con el pie descalzo si tan siquiera girarse. Se sentó en su mesa de trabajo llena de bártulos y partituras nacidas de un chispazo de inspiración nocturna, apartándolos de una pasada. Tras un breve mutismo, el señor Evans comenzó la ronda. Tan sólo le esperaba la compañía de su padre aquella noche.
—¿Y bien? —preguntó el más mayor de brazos cruzados.
—Lo sé, la he liado —admitió el primogénito.
—La has liado bien gorda —su padre añadió.
—Tampoco te pases —él refunfuñaba, aferrándose con las manos al borde de su mesa. Movió el cuello como lo haría un elefante con los músculos agarrotados.
—Wes…
—Vale sí, tienes razón —aclaró, intentando encontrar las palabras exactas—. Gran parte de culpa es mía, ya te lo he dicho. He sido un imbécil y —trastabilló—… Y no sé porque empiezo así, parece que estoy cortando contigo —se llevó a la mano a la frente—. Y no se me da bien.
—O me explicas ahora mismo en qué puñetas estabas pensando tú, y ese maldito hámster que gira en una rueda que tienes por cerebro —su padre amenazó cortante como una espada samurái. Su espinazo se encorvó, se echó hacia delante para acercarse a su hijo. Y mantuvo el dedo índice a la altura de la nariz del chico, para atraer su atención—. O te juro por lo más sagrado en esta casa que te castigo hasta que se te doble la espalda de vejez.
—¿Por él?
—Sí, por él.
—Eso es muy desalmado… ¿No crees? —preguntó Wes con la mirada apagada y las facetas del rostro entristecidas. Su padre hablaba en serio, él no juraba en balde y menos por algo tan importante como él. Por lo que el albino más joven de la habitación no podía faltarle, no a algo de ese calibre. Juntó ambas manos—. Pero aun así, es cierto papá que al principio pensaba lo mismo que tú. Y cuando lo descubrí también me cabreé con él. Quizá demasiado…
Wes intentaba no rememorar en su mente aquella escena en el río de hace días, bajo el puente que llevaba a su casa. A la remota posibilidad de contemplar cómo se ahogaba su hermano pequeño. La ayuda desinteresada de la querida Maka Albarn, su nueva vecina (la cual es malísima en las guerras de bolas de nieve). Al subnormal de Black Star sobre todo, a ese no le quería ni en bandeja de plata.
Su impotencia y su rabia.
"¿Qué es lo que busca ahora?"
—¿Y por qué —el señor Evans gesticuló con las manos. Al igual que el seguidor lleno de fe, le pide a su salvador misericordioso—… ¿No me dijiste la verdad?
Al escuchar Wes aquella pregunta, un silencio sepulcral se formó en la habitación del albino. Cara a cara, a cada cual más larga. De repente, Wes empezó a soltar aire por la boca en forma de risa contenida. Por respeto. Las comisuras de sus labios comenzaron a levantarse y unos hoyuelos nacían en sus mejillas: no lo podía evitar.
—No te rías —advirtió el señor Evans, más serio si cupiese la posibilidad del momento oportuno.
—Perdón…
—Ya sabes lo que pasó la última vez y fue culpa nuestra. ¿Es que quieres que se repita todo de nuevo? —su padre dejó la vergonzosa evidencia desenmascarada; se quitó las gafas de ver de cerca que llevaba puestas—. Tu hermano tiene sus días buenos y sus días malos. Pero dentro de lo que cabe, ninguno de estos días ha vuelto a ser tan malo como ese.
—No me lo recuerdes —Wes negó con la cabeza, llevándose ambas manos a la cara. Suspiró derrotado.
—¿Y sino quién lo hará? —el señor Evans aferró sus muñecas con las manos. Con un poco de fuerza, pero la justa para que su hijo apartara los brazos de la cara, tranquilo.
—Lo sé. Una parte de mí también tiene miedo. Y también sé qué tienes razón —Wes fue subiendo la mirada poco a poco hasta encontrar la mirada de su padre, parecía más humano. Como siempre lo parecía todas aquellas veces que en el historial de Soul podían aglomerarse como: días malos. Wes fruncía el ceño con seguridad—. Pero al mismo tiempo pienso que, esta vez es diferente.
—¿Diferente en qué? —su padre puso una mueca desazonadora.
—Ha sido él. Ha dado el primer paso en algo. Eso no puede ser tan terrible.
—Claro que no lo es. Es estupendo —La voz del señor Evans se emocionaba por segundos e iba perdiendo la intensidad a medida que avanzada su labia—… Y a su vez, puede traer consecuencias malas que ninguno nos esperamos —se acarició con tristeza la herida alargada que recorría la palma de su mano, tapando la tercera línea—, que no sabemos.
—Sólo quería apoyarle en algo —Wes miró para otro lado, tratando de evitar ver a su propio padre en ese momento. Más que eso, quería animarlo a él también—… Es distinto a antes, lo veo.
—No está listo —el guardián de la casa se llevaba la mano al mentón.
—¿Y cuándo lo va a estar? —preguntó su hijo, preocupado.
—Cuando todos le veamos preparado para afrontar cosas así. Yo no…
—¿Y si él se ve preparado qué? —Wes cortó a su padre a mitad de frase, alzando la voz sin darse cuenta—. ¡La decisión final la toma Soul, no nosotros! Es así.
—Es un paso demasiado grande para él —el señor Evans sólo quería que él entrara en razón, pero su hijo sólo veía que le trataba como a un niño pequeño—. Ahora.
No tener a Wes como apoyo resultaría complicado.
—Seguro que Stein no diría eso… Ni que le estuviésemos empujando al vacío o algo por el estilo —se sinceró con su padre. Él no lo sentía así, Wes era alguien que cuando mejor aprendía era sin duda errando. Levantó una ceja inquisitiva e hizo dudar a su padre por momentos—. ¿No te extraña que todo este tiempo no te haya dicho nada sobre las reuniones?
—Y yo qué sé. Últimamente no he podido contactar mucho con él —el señor Evans se quedaba sin excusas al respecto, se rascó con los dedos la barba de varios días.
—¿Por qué no hablas con Stein? —el joven albino tomaba baza de su última esperanza—. A lo mejor él te aclara las ideas, mejor que nadie.
—¿Para qué? Estoy seguro de que coincidiría conmigo —afirmaba su padre con confianza.
Wes no solía llevarse bien con el doctor Frank Stein, aquel viejo amigo de su padre. Pero con el paso del tiempo su relación se había construido poco a poco. Ladrillo a ladrillo, a una de gran confianza. Era su mejor carta en esta jugada.
—O no… Yo no quiero que Soul esté mal, si no le dejas ir se sentirá solo. Tú y yo casi nunca estamos aquí, no podemos. Si pasa algo malo, ya lo arreglaremos. No va a ser… Igual —Wes respiró con fuerza por la nariz—. Papá. Si el doctor Stein te dice que puede hacerlo, ¿le dejarías?
—No lo sé. Me lo pensaría, supongo —hizo un mohín y negó con la cabeza. Como si acabase de despertarse de un largo sueño—. Pero sigo sin verlo bien. Aunque te parezca malo es lo que creo, lo primero es la salud —Wes afirmó sin parar, consintiéndole ese pretexto. Se llevó una mano a la espalda e hizo el signo de la victoria si ser visto. Su padre le observaba confundido—. ¿Y a ti qué te parece que debería hacer ahora?
—Está claro que yo no soy bueno para decidir cosas así que, haz lo que quieras —Wes alzaba los hombros, sabiendo que todavía quedaba esperanza por remota que fuese. No era muy positivo en cuanto a poder ganar. Ni de tener la última palabra. Aunque eso último no le interesase demasiado. Se levantó de la mesa de un salto, con poco esfuerzo—. Ya te he dicho lo que pienso. Lo demás ya es cosa tuya, ¿no? —ladeó la cabeza, hecho un trasto. Se cruzó de brazos. Al final, sólo quería ayudar a su hermano. Si saliese mal, alguna solución habría.
El señor Evans gruñó por lo bajo, después asintió con firmeza. Escuchó un sosegado y corto maullido muy cerca de donde se encontraba. Observó por el rabillo del ojo la puerta entreabierta. Que el mismo Wes se había encargado de cerrar detrás de sí al entrar en su cuarto, él lo había visto.
Sin embargo, detrás de ella. No había nadie.
—No. Está bien Wes, si así te quedas más tranquilo —dio un largo suspiro de derrota—. Hablaré con Stein.
Con derecho a roce
Maka
—¿Usted conoce… ¿A mi madre?
El señor Evans asintió con amabilidad, manteniendo labios bien sellados. Parecía que aún no podía creérselo.
Y ya éramos dos.
—Evans —murmuró mi padre, cambiando totalmente de personalidad al instante.
Formando una sonrisa en la que enseñaba todos los dientes.
Tercera parte
Lunes.
—Verás cielo —Spirit comenzó a explicarme. Posando su garra masculina sobre el hombro del padre de Soul—, este es el señor Evans. O bueno, como todos le llamamos por su nombre de pila, puedes llamarle —la campana sonó, impidiéndome escuchar lo que mi padre tenía que decir. El nombre del señor Evans. "Que oportuno", fruncí el ceño. Mi padre no me dejó preguntar de nuevo, no me hacía caso. Estaba ensimismado en su viejo amigo del que no tenía ni idea—… Y somos amigos de la infancia, desde hace tanto tiempo que ni me acuerdo.
El alcohol, el afán las chicas semidesnudas y el trabajo tampoco hace que se acuerde de muchas cosas a la larga. De todas formas.
—Tu hija se te ha adelantado Spirit —el señor Evans soltó una pequeña risa—, ella y yo ya nos conocemos.
—¿Cómo?
Ahora el confundido era mi padre. Se podría decir que íbamos rotando en esta inopia de información. Mientras, el señor Evans le contaba cómo fue nuestro primer y agraciado encuentro. Lo que dio lugar a un Spirit mosqueado porque según él: "no le cuento nada."
Y lleva razón, que es lo peor.
Por mi parte, empezaba a recordar al señor Evans. No a él como tal: mi nuevo vecino. Si no más bien como "mi viejo amigo" o el "ese tío Maka, ese tío era impresionante" que mi padre siempre comentaba en todas sus conversaciones. O las noches que terminaba borracho. Fuese cual fuese el tema. Resumiéndolo: el señor Evans era prácticamente su compañero de trastadas en el instituto.
—Evans, aún me debes una partida de bolos. Y seis latas de cerveza. ¡Seis! —Spirit chilló en la cara del otro adulto, como si estuviese sordo. Enseñó seis dedos con ambas manos. Algunos alumnos rezagados nos miraron de pasada.
Me llevé la mano a la frente. Y siguiendo a estos dos "adultos" entretenidos consigo mismos y con sus historietas exageradas, como el patito a mamá pato. Los cuatro entramos por la puerta del colegio y nos dirigimos por los anchos pasillos hasta alcanzar otra puerta, la del despacho del director. Al menos podría agradecer que a mi padre se le había pasado el cabreo; se sabe los caminos mejor que yo.
—Maldita sea, no te veo desde lo de tu —la sonrisa de Spirit se borró de repente para cerrar la boca, no tardó en recomponerse. Lo de cagarla debe venir en el ADN—… Pensé que estarías en el extranjero dando clases en Dios sabe dónde que sitio para superdotados —Spirit continuo su griterío, asombrado. Sus dotes léxicas eran asombrosamente penosas—. Tendría que haberte llamado, pero no tengo tanto dinero como para ir haciendo llamadas continentales a porrillo —sin duda, ese es mi padre. Tacaño como él solo sabe tacañear—. Pero maldito seas, ¡estás aquí!
Le metió un codazo por banda y ambos se carcajearon. Como dos adolescentes en la flor de la vida. Que digo, como enamorados.
Que yo supiese, no recuerdo haber estado aquí nunca. Y si Black Star dijo que Soul había cambiado, tal vez no debió de ocurrir hace mucho. Supondría que mis padres, no me llevarían de pequeña al entierro de una mujer que no conozco a un pueblo que no conozco. Zarandeé la cabeza. Me empezaba a sentir mal por hablar así de una persona que no estaba presente. No podía atreverme a preguntar por lo que sólo me quedaba esperar y sobre todo: especular como una anciana de pueblo.
—Últimamente ando algo ajetreado —respondió el señor Evans con una de sus típicas sonrisas. Las de mi padre siempre resultaban mucho más pillas, pero hoy no difieren en nada una de la otra—. Pero siempre puedo hacer un hueco para ti.
Soul se había sentado en uno de los bancos de madera que había pegados junto a la pared del pasillo contrario al despacho del director Shinigami. Se mantenía ajeno a todo lo que le rodeaba, como si hubiese un muro de hierro que le separase de todos nosotros. Dirigía la mirada a nuestra posición, a mí, pero no movía la cara o el cuello para girarse, sólo sus ojos rojos y sus pupilas grandes y demacradas danzaban de vez en cuando. Una línea finísima se dibujó en su frente al arrugarla. Sin previo aviso, alzó las piernas sobre el banco. Pisando la madera clara de un par de pisotones. Hundió la cabeza entre las rodillas.
Parecía que alguien le absorbía la energía vital por las mañanas.
Mi padre y el señor Evans ya estaban metidos en alguna de sus batallitas de héroes de cómic como locos, por lo que me alejé de ellos para que no se atreviesen a seguir contándome sus verborreas animadas (Quizá otro día. Quizá nunca.) de ayer y hoy. Así que sin nada que hacer y con los nervios a flor de piel. Me acerqué a Evans. Porque me apetecía, porque soy y seré masoquista el resto de mi vida. Como el domador del circo que se arrima al feroz tigre. Todo tiene un comienzo y un látigo de por medio.
—¿Estás bien? —pregunté con sigilo y curiosidad latente, apoyando la espalda en la pared de cemento. No contesta. Continúo mi tanda de preguntas con la boca pequeña, negándole la mirada—. ¿Por qué te fuiste el sábado tan de repente sin decir nada?
"Siempre desaparece sin decir una sola palabra." A sabiendas de que probablemente no me respondería. Lo hizo, a su manera. Sin moverse del sitio, antes de dejarme acabar la última frase.
—Estoy genial, gracias...
—Y...
—No.
Le escuché suspirar con exasperación. Hinché las mejillas de aire disimuladamente. Acababa de ignorar la segunda pregunta. Soul movió los pies manteniendo un ritmo sobre el banco. Murmurando un par de palabras más que no llegué a entender, (probablemente insultos) hasta que le vi morderse los labios y asentir sin levantar la cabeza de su posición. Sus mechones de pelo blanco estaban desperdigados por todos lados y me impedían verle con claridad. Y es que no le he visto abrir la boca desde que nos hemos encontrado. No es raro en él, pero seguro que le pasa algo malo. Y no sé por qué pienso así, porqué quería verle la cara o porqué me había atrevido a acercarme a él. Y más aún preguntarle en vano.
Otra vez.
"¿Es qué nada ha cambiado?"
Fruncí el ceño, observando uno de los corchos de cartón-piedra llenos de papeles anunciantes y chinchetas, pegados en la pared contraria. "¡Apúntate al club de Fútbol!" "¡Apúntate al concurso de arte!" "¡Apúntate a llenarte el horario de actividades y a estresarte más aún!" Esa última era de mi cosecha personal. Aun así, planeaba rondar por los clubes para decidirme por uno cuando llegase el momento. Me preguntaba si habría alguno de fotografía…
—Seguro que no pasa nada, quiero decir —me puse a hablar sola, esperando que al menos me escuchase aunque no abriese la boca. No soporto los silencios incómodos—… Como mucho nos expulsarán un día o dos o ni siquiera eso —el eco de un grito interno y terrorífico se escuchó en el fondo de mi ser. Me había dolido hasta a mí. Evans no parecía estar atendiendo, pero sabía que estaba despierto. Se acurrucó en el sitio, rodeando sus piernas encogidas con los brazos—… O nos obligaran a hacer alguna tontería después de clase. Seguro qué…
—Maka. Sólo, cállate. ¿Crees que serás capaz de hacerlo? —preguntó con el ceño fruncido y un tonito muy altivo en la voz.
—Claro… —Juntando las manos, mantuve la calma ahí de pie, por poco tiempo.
Sin que se lo espere le pellizco el brazo con las yemas de los dedos
—¡¿Pero qué haces?! —Soul pega un grito, quejándose. Y acariciándose la zona herida.
Nuestros padres pasan de nosotros, embobados en compartir recuerdos ajenos.
—¿Qué? De tocarnos no has dicho nada —alzó los hombros sin darle mucha importancia y apoyó la espalda en la pared. Le imito—, ¿no?
Él suelta un gruñido notorio y animal que le sale de la garganta. Como un dragón. Y vuelve a esconderse como una tortuga, encogiéndose en sí mismo. Con el rostro entre las piernas y los brazos sobre las rodillas. Seguramente, con ojo avizor para que no ose rozarle su cutis perfecto(?). Se me escapa una risa esporádica que más que una risa parece una pedorreta.
Si miraba el lado bueno, discutir con él me relajaba un poco. Quería seguir y preguntarle cómo era el director del Shibusen, ya que fue mi padre quién me inscribió en el colegio sin preguntar. Quería saber si era duro, si era comprensivo. Si iba a asesinarnos, si iba a castigarnos y después asesinarnos…
Pero no iba a insistir, parecía ser que hoy nada saldría de Evans. Mi nueva teoría científica apoya que por las mañanas es imposible entenderle. Todavía no se ha levantado, ni se ha echado su siesta de primera hora de la mañana. No está de humor. Quería tocarle la cabeza, su pelo, plantar la mano sobre él y no hacer nada más. Tentar ese remolino interesante que nacía en su coronilla. Había algo en él, que hacía que quisiese tocarle las narices. Simplemente: por hacerlo.
Me dispuse a concebir mi maléfico plan sin que se diese cuenta. Lentamente aproximé mi brazo, mi delgada mano sobre él. Su cogote. Y entonces fue cuando Soul levantó la cabeza, irguiéndose sentado. Casi me mata del susto. ¿Acaso tiene un radar de contacto en el trasero que le activa el modo autodefensa? Parecía tranquilo y somnoliento, como el que acaba de levantarse de la cama. (De ahí que siempre tenga malas pulgas, de no despertarse como es debido.) Él había percibido un sonido rechinante mucho antes de que ocurriese, avecinaba el mal augurio como los animales que huyen los primeros en las películas de desastres. "¿Sentidos arácnidos Evans? Cuantos secretos puedes guardar."
Retiré la palma a tiempo y me puse recta como un palillo. El señor Shinigami, el mismísimo director del Shibusen había abierto la puerta de su despacho, lo cual tenía cierto sentido lógico; invitándonos a entrar. De una forma, un tanto curiosa.
E infantil.
—¡Hola, hola! Muy buenos días, ¿habéis dormido bien? ¿Qué tal el fin de semana jovencitos? Bien, bien —Una sonrisa perfecta y hermosa se dibujó en su cara arrugada por las arenas del tiempo: lo único que hace madurar a un hombre. Alto, de traje, ojos claros, moreno con algunas canas salientes, buena percha—. Pasad, pasad, a mi humilde despacho. Total, ya lo conocéis —¿Risa de adolescente enchochada?—. Siento el retraso. De tiempo, ya sabéis a qué me refiero pillastres.
Y chistes malos y típicos de padre: perfecto.
"¿Cómo he podido llegar a tener miedo de este elemento de persona?"
—¿Pero que tenemos aquí? Si son Don rebelde y su adorado compinche El incontrolable —un par de hoyuelos arrugados se formaron en su rostro al señalar con la cabeza al señor Evans y a mi padre, "que feliz es." ¿Me pregunto cuál de los dos padres sería cuál?—. Menudas piezas estáis hechos los dos. Aun creo recordar esa que montasteis con el club de jardinería y sus curiosas plantas.
"¿Plantas, cómo, qué?" El señor Evans y mi padre no cabían en sí del sonrojo que llevaban escrito en la cara, los ojos abiertos como platos y las pupilas contraídas. Yo ya tenía la mandíbula desencajada y a Soul debió parecerle interesante la pared de la habitación, porque pasando de todo y de todos los demás, no le quitó el ojo de encima…
—Ya os quité el castigo hace tiempo, que yo recuerde. Sí que os lo habéis tomado a pecho, eh… No pasa nada, os perdono. ¡Pelillos a la mar! —Shinigami le quitaba importancia gesticulando en exceso, al malentendido que el mismo había creado. Sacudió el brazo.
Necesito un diccionario para entender a este hombre de azúcar cuando habla, o cuando lo canta. Porque golpearle en la cabeza, me temo que no voy a poder. Lo que me esperaba, era digno de contemplar.
"Elemento, de persona."
Ingresamos en su despacho, atravesando el umbral. Y la palmerita de plástico regada al lado de su puerta negra. Con letras doradas: "DIRECTOR." Escritas en ella. Faltaban las lucecitas de neón. Nuestros padres cruzaron con normalidad. Pero Soul y yo nos chocamos en el proceso, los dos queríamos pasar por la puerta al mismo tiempo. Codo con codo, el mío acabó en su estómago. El suyo casi roza uno de mis pechos. (Al ser… Pequeños… No lo habrá notado. Ya lo he dicho.) Nos echamos hacía atrás. Fruncí el ceño de par en par, apretando los dientes. Iba a gritarle: "—¿Qué pasa contigo?" Evans se me adelantó, no me chilló, ni se enfadó. Pero hizo algo que me puso los pelos de punta.
Soul Evans me sonrió. Y no sólo eso, si no que fue una sonrisa estúpida. Y al mismo tiempo siniestra. Con todos los dientes blancos y colmillos como un perro enfadado. Con los ojos cerrados. Temblaba. El señor gruñón por excelencia, el rey de las caras largas me había sonreído con malicia. Evans había alcanzado una nueva escala en su nivel de odio. Era nuevo para mí. Parecía falso, no perdí el timón. Me dio paso primero, esperando en el sitio con la mirada fija en su enemiga acérrima. Sentí el frío recorrerme la espina dorsal. No podría acostumbrarme a esto. Definitivamente algo no estaba bien aquí. ¿Se estaría burlando de mí? Creí que con lo del sábado ya habíamos hecho las paces provisionales y limado asperezas, pero me daba cuenta de que me estaba montando mi propia película.
Que mi realidad estaba lejos de ser cierta. No éramos "colegas" ni nada por el estilo. No éramos nuestros padres.
Nada más entrar al despacho de Shinigami, intenté ignorar el comportamiento extraño del albino, que me pisaba los talones. A la derecha se encontraba la "silla eléctrica de condena" o lo que la gente normal llama: escritorio de profesor. Una mesa de madera oscura y robusta con varios bártulos perfecta y simétricamente colocados en su sitio exacto. Junto a tres sillas negras. Una más grande, frente a las otras dos. El señor Shinigami nos invitó a tomar asiento.
Mi padre y el señor Evans cogieron un par de sillas plegables guardadas en un armario de chapa, para que Soul y yo nos sentásemos en algún sitio. Se encontraba pegado a un silloncito de cuero, al otro lado junto a una hermosa estantería de roble repleta de libros gruesos (que envidia me daba) cuyas paredes chocaban contra las cortinas granates que tapaban parte de unos grandes ventanales de rejas de hierro.
Si me quedaba de pie un segundo más, se me iban a aflojar las piernas como si hiciese falta engrasarme las rodillas. Me asombraba como mi padre y el señor Evans se enviaban miraditas y sonrisas acalladas de camaradería pirata. Ellos dos sabían dónde estaba todo. ¿Qué puñetas habría hecho Spirit en su adolescencia? A parte de dejar embarazada a mi madre a los veintiuno. ¿Para qué dice siempre que he de ser una buena alumna? Él debió ser un pequeño terrorista pelirrojo y arrebatador, a favor del destape, las tetas, curvas y culos. En contra de las normas establecidas. Y las faldas largas.
—Bueno, ¿qué os trae por aquí? —el director se sentó en la silla negra tras su escritorio, hincó los codos en este, se colocó unas gafas de pasta pequeñas que llevaba colgadas en el cuello de la camisa y juntó ambas manos. Sus dedos chocaban con suavidad en alto, una y otra vez— ¿Queréis compartir alguna de vuestras aventuras conmigo? No soy bueno para rememorar cosas del pasado; como aquella vez que pusisteis en cuarentena la sala de ciencias —"¡Este hombre sí que no para de contradecirse una y otra vez!"
Estuve a punto de caerme de la silla. ¿De verdad no lo sabe? No adivina qué hacemos aquí. ¿Cómo puede no saberlo? "Profesionalidad, haz acto de presencia por favor." Yo trataba de averiguar si me alegraba de la conducta dicharachera y afable de aquel señor mayor, moreno y apuesto. O si por lo contrario debería cambiarme de colegio.
—Señor Shinigami. No diga esas cosas delante de mi hija —decía Spirit preocupado. Señalándome con la cabeza tintineante, de lado, dos veces. Dando señas claras—, no quiero ser una mala influencia para ella.
Me tapó los oídos con sus manos por un instante.
"Oh no, ¡cuidado! Me van a traumatizar… Más todavía."
—Ya es un poco tarde para eso… —rodé los ojos.
—¡Maka!
El señor Evans se carcajeó sobre la silla. He notado que tiene una sonrisa un poco más triste de lo habitual. A pesar de levantar las comisuras, de enseñar esos perfectos dientes blanquecinos y afilados como los de su hijo. Se nota que sus ojos cansados no contribuyen en ese gesto. Que no cuadra, pero aun así, sonríe.
—Vaya, vaya, Spirit creo que te has hecho todo un hombretón —canturreó el señor Shinigami. Guiñándole un ojo a mi padre, erizándonos la piel a todos, incluso a Soul que parecía no enterarse de nada.
Iba en serio. En serio: "¿Cómo he podido tener miedo de este elemento de persona?" Es el director más raro que he visto en toda mi historia estudiantil. Y he pasado por muchos colegios.
—En realidad estamos aquí por —el señor Evans tomó el control de la situación, no dio rodeos y nos señaló con el pulgar—… Lo del parte de estos dos.
—Eso parece sí —asintió, se colocó las gafas con el dedo anular y sacó un par de papeles de la nada, probablemente de un cajón de su escritorio. Mi expediente—… Eso parece.
Como se atreva a fingir que sabe lo que está haciendo en este instante, le pienso tirar una grapadora. Aunque sea mentalmente.
—Soul Eater Evans y Maka Albarn —leyó, tardó en levantar la vista—. No sé si ver estos dos apellidos juntos otra vez es una señal que me indica que debo jubilarme —ya empiezan los halagos—. El destino me trajo dos Evans en el pasado y un Star a esta escuela, e hice lo que pude. He cumplido —Nos daba el discurso como un héroe de guerra. Mi padre no paraba de mandarme miradas rápidas e inquietantes. Parecía el intermitente de un coche.
—Yo sí que quiero jubilarme —maldijo por lo bajo el señor Evans, llevándose la mano a la frente.
Shinigami estallaba de la risa ante aquel acto de pura fe, mi padre se contenía pero no demasiado. Soul danzaba los dedos por la tela de su pantalón vaquero, como si estuviese tocando un instrumento invisible.
—Aún eres muy joven, te toca aguantar —animó Shinigami, soltando la última carcajada. Si no lo decía él, lo soltaba mi padre con un apretón en el hombro. ¿Quería aparentar que no se acababa de reír de la desdicha del atractivo señor Evans al tener hijos diabólicos y peligrosos para la paz entre planetas? No caerá esa treta—, no hables así.
Eso último lo pronunció de forma entrecortada, golpeando al señor Evans en el brazo. Táctica de madre: "Me duele a mí más que a ti."
—Usted también —respondió mi padre; el señor Evans se sobó el brazo.
—Lo sé —asintió. "Modesto baja, ya sube el director"—, pero dejando de lado que me conservo como una flor de primavera —Los ojos se me salían de las órbitas—. Maka —llamó mi atención con la mirada sin tan siquiera mover el mentón. Es la hora, mi bronca ha llegado. Acudí rauda y veloz con mi mayor atención; hizo una pausa para volver después de la publicidad. Me sudaban las manos—, ¿te gusta nuestro colegio?
Preguntó amablemente con una voz juguetona. Todos los hombres de la sala dirigieron la vista a mi menudo y rubio ser de dos coletas. Inclusive Evans. Y yo contesté con la más pura y vivaracha inteligencia que recobraba en ese momento:
—¿Eh?
Me quedé callada un buen rato, enredándome el pelo.
Era un truco, una audaz trampa para hacerme caer en sus redes hiladas a la perfección. Eso pensaba. Me arañaba las piernas mientras un propio grito interno resonaba en mi cabeza. ¿Quería el director hacerme sentir culpable por algo? ¿Por qué sólo me había preguntado a mí? Que empiece con Evans, a él debe conocerle ya. No quiero ser la primera, siendo sincera no he tenido tiempo para prepararme. Pero viendo que mi padre empezaba a asustarse por mi mutismo selectivo y que Shinigami levantaba una de sus cejas tras esas gafas para ver de cerca, no me quedó otra que seguirle la corriente. La afable sonrisa del señor Evans me ayudó a lanzarme a la piscina. Evans hijo, por su lado, había subido las piernas sobre la silla. Su padre le regañaba, las bajaba.
—Pues… ¿Sí? Sí, me gusta—Qué respondiese no significaba que lo tuviese que hacer con cabeza o coraje; estaba sudando como un cerdo en el matadero que sabe lo que es un matadero—. Está… Guay.
Lo del odio colateral a Medusa y la inusual afición del profesor Sid de hacer parejas de laboratorio nefastas, podía guardármelo para luego. ¿Tendrán buzones de quejas?
—Vaya, me alegro —volvió a sonreír. Continuó leyendo sus papeles con nuestras fotografías impresas, podía verlas en el transverso. La foto de Evans debía ser de hace tiempo, parecía un crío—. Es importante que nos sintamos a gusto, es una época muy importante en tu vida.
Shinigami prosiguió, nuestras miradas se enfrentaron. De repente me pareció más joven.
—Sí —¿Si es tan importante por qué me mandan tantos deberes? ¿Para no poder vivirlo o descubrir la ansiedad a edad temprana? Soy la mejor en ello, por supuesto. Pero no quiere decir que no ansíe tiempo para mí—, supongo…
Suspiré. El siguió sonriendo, de lado a lado. Guardó los papeles. Sus gestos faciales cambiaron una vez más, volviéndose completamente terrorífico y tal vez amenazador. La sonrisa gentil sí que se había jubilado.
—Y yo supongo, que no te gusta meterte con los demás.
—¿Qué? —me alarmé sin sentido. Sin llegar a comprender, fruncí el ceño—. ¡Claro que no!
Grité, acallando a mi yo tartamudo. Por poco me levanto de la silla
—También quiero suponer que se trata de un malentendido, ¿cierto? He visto que tienes un buen historial académico.
El director compuso un juego de cejas que me dejó sin habla. No atinaba a donde quería ir a parar con cada frase en la que me apuñalaba verbalmente. Quizá le esté echando algo de drama al asunto porque juraría que me toma por la típica… ¿Matona de barrio?
—Supone bien señor —Alto y claro, serio. Fue Spirit quién me defendió. Si es que en algún momento había sido atacada. Él no paraba de mirar con inquina al Evans menor de la habitación por encima del hombro.
—Hay algún que otro detalle por el que me gustaría charlar contigo otro día. Pero aun así —Shinigami me advirtió, colocando sus bártulos y carpetas—… Tienes un buen cerebro Maka, no lo eches a perder.
—No lo haré —respondí erguida como un mondadientes.
A esto podíamos jugar los dos. O los tres… Si tan sólo me explicasen las reglas.
Pero a mi parecer, el director no quería salirse del guion que había establecido en un principio. Y fuese cual fuese su intención, la había conseguido. "Confundirme."
—Así se habla, así se habla —Aplaudió con mucho encanto. Volvía a ser el mismo personaje de circo que nos había abierto la puerta hace unos minutos.
Volví a respirar con normalidad, mi corazón se dio por aludido. No quería volver a repetir esto, a partir de ahora sería una niña buena… A quién quiero engañar.
En la cara de Spirit se formó lentamente y paso a paso una sonrisa orgullosa que me dio escalofríos en cierto modo. Me pasó un brazo tras la espalda, lo posó encima del omóplato y me acercó con cuidado a su pecho en una fracción de segundo. Es lo más cercano que va a tener a un abrazo en público, así que lo dejé pasar toda colorada.
Por suerte, a mi lado Soul mantenía la cabeza gacha y los labios bien apretados. Su padre le miraba de costado con cierto gesto adolorido en la faz de su rostro. Dio un par de palmadas en el muslo a su hijo. Pero Evans parecía totalmente perdido e inmerso en su propio mundo. Apenas parpadeaba.
—Bueno, dejando eso claro creo ya hemos terminado —Todavía no lograba procesar lo que acababa de pasar y él ya lo daba por finiquitado—. A veces me cuesta ponerme duro con los alumnos —suspiró derrotado y sudoroso como una menopaúsica, se daba aire con un pequeño abanico de papel que había sacado de aquel bolsillo de Doraemon que tenía por cajón. Hizo una reverencia en el sitio, con la cabeza—, disculpadme. A pasarlo bien y a aprender.
Shinigami finalizó.
De nuevo, no sabía si alegrarme por ello. O volver a preguntar al aire con el mismo monosílabo anterior:
"—¿¡Eh!?"
—No ha cambiado nada…
Spirit y el señor Evans hablaron a la vez con el mismo tono de condena.
La cháchara entre Spirit, Shinigami y el señor Evans persistió cerca de veinte minutos más. Y aunque yo ya no parecía ser el centro de atención. O estar acusada de algo incomprensible; quería pegarme un tiro. O salir de aquí. Lo primero que se me pusiese por delante. Con todo lo que se enrollaban dándole a la pava, podría imaginar que el señor director "tardón", se comunicase oralmente con mi compañero albino "gruñón". Al principio pensaba que le estaba dejando para el final. Pero estaba perdiendo la esperanza.
No le hizo ni una sola pregunta a Soul. Y comenzaba a extrañarme en lo alto de mi baja autoestima: "¿por qué a mí sí y a él no?" Es cierto que yo era la culpable. En términos legales lo era. Pero no más allá. Soy una pobre rubia indefensa ante una sociedad atacante que da ranas medio muertas a jóvenes alumnos de biología. Y el director ni siquiera iba a preguntarle a Soul qué había pasado. Dos palabras: "Racismo capilar."
Dejando de lado mis cavilaciones, el señor Shinigami decidió ponerle fin a esa disputa en mi interior, o al menos acallarlas por un rato.
—Que no se me olvide —señaló a la víctima número dos—, tú y yo tenemos una charla pendiente —Y lo dejó caer sin ninguna delicadeza—. ¿Te ves capaz?
Evans no hacía caso. Ninguno. No parecía escuchar nada, ni entender que le estaban hablando. El mismísimo director. Y a Shinigami no parecía importarle lo más mínimo que el albino pasase de su presencia con todo el morro, es más, este no cesó en su enfurruñamiento gratuito hacia el suelo. Quería ponerme a chasquear los dedos en su frente para que se coscara de donde narices estaba. Le traería sin cuidado. Sin embargo, su padre a su lado sí parece darse cuenta de la situación. Llama su nombre en un pequeño susurro inaudible, con un deje de enfado. Pasando su largo brazo tras la espalda de su hijo. Atrayéndolo sin solución ni respuesta.
"—Soul…" El albino parpadeó varias veces, lentamente. Por fin. Irguiéndose, buscando la cara de Shinigami con los ojos bien abiertos. Hasta que al fin y con un poco de retraso, llegó la contestación. (Houston, Houston, hemos establecido contacto con el cerebro de Evans, Houston.)
—Claro.
He dicho que llegó. "No que fuese larga y rica en un léxico cultivado".
—Si no les importa Albarn e hija, me gustaría hablar en privado —Shinigami señaló la puerta con la mano abierta en un solo gesto delicado; puede serlo si se lo propone—. No hay de qué preocuparse, Maka parece una buena chica —Un par de hoyuelos se marcaron en sus mejillas, un brillo en sus ojos dorados en el que podía reflejarme.
—¿Cómo qué parece? —pregunté en voz baja, entre dientes. Y llena de inquina.
Sentía que no podía fiarme de él. Y al mismo tiempo, como dirían en el aburrido programa de pesca que se traga mi padre todas las semanas: este pez quería pescar el anzuelo.
—Venga Maka, tienes que ir a clase —mi padre me sugirió de forma obligatoria antes de que me diese tiempo a reaccionar, dándome un par de toquecitos en el hombro. Prácticamente me levantó él de un tirón. Se despidió del señor Evans y del director con un buen apretón de manos y una sonrisa en los labios—. Ha estado bien, volver a veros. Aunque espero veros en otra situación diferente a esta —comentaba mientras me daba codazos en las costillas, guardándose una risa malévola de padre. De Darth Vader. (El señor oscuro.) Si es que le quedaba algo por lo que reír.
A mí me dolían los costados pero desde luego no de risa:
"—¡Au!"
Estaba contento, entendía por qué. No todos los días te encuentras con un buen amigo. Pero esta vez yo quería quedarme. ¿Por qué no podía simplemente escucharles? ¿Por qué nos echaban así como así? Y si, ¿y si le iban a echar toda la bronca a este idiota por mi culpa? Y si ahora le tocaba ganársela a él. No podía entenderlo, quería alzar el brazo y gritarlo en alto: "he sido yo quien montó el desastre en el aula del laboratorio de ciencias. El albino es una víctima, ¡lo juro!"
Pero mi padre me empujó, metiéndome prisas, resignándome a una vida de cobarde silencio para los restos. No era nada justo, para nada. Observé como el señor Evans se tensaba poco a poco, separó los brazos de su hijo. Y éste, siguió mirando la nieve derretida por la ventana de la habitación. Con los ojos entreabiertos, más dormido que despierto.
"¿Pero qué le pasa? Está atontado, más atontado que de costumbre."
Antes de que Spirit cerrara la puerta oscura del despacho del director, les escuché hablar a mis espaldas.
—¿Cómo estáis? —el señor Shinigami pareció relajarse.
—Como siempre, un poco… Mejor, supongo. Pero no he venido aquí por eso. Quería —El albino adulto se retractó al instante—, no, queríamos comentarte cierto... Asunto.
Y vislumbré por el rabillo del ojo, como Soul Evans con la boca entreabierta, prestaba por primera vez toda la atención que nunca había mostrado a su padre.
Black Star
Domingo pasado.
Abro los párpados o se abren ellos solos. No sé quién o qué da la orden, pero sucede. Como el que trata de encender una televisión antigua, primero lo veo todo pasarse del pantallazo negro al blanco quema corneas. O como puede llamarse la luz del fosforescente que me da en toda la cara. Después llegan las interferencias, rayas y puntos, blancos y negras. Grises. Oigo el ajetreo de la planta y recuerdo que me encuentro todavía en el hospital. Me siento como el que deja la partida sin guardar en un videojuego y tiene que volver a empezar todo el juego con resignación, detener al jefe de sala, crear nuevos datos de situación actual, etc.
Carraspeó para aclararme la garganta, y ese pequeño ruido basta para atraer la atención de lo que considero una sombra borrosa. Que se acerca a cotillear como un buitre mi futuro cadáver.
—Hola campeón —murmura con una voz adulzada. Mi vista se aclara poco a poco; es mi madre.
Soy un campeón, cualquiera con dos dedos de frente podría llamármelo. Es un hecho común y corriente. Voy por la vida preguntando: "¿a qué quieres que te gane?" Y por eso pierdo en tantas cosas, pero las hago. Que es diferente. Cuando trato de jugármela plantando el codo sobre lo que he estado sobando, no tardan en detenerme. Por… Ya he perdido la cuenta de todas las veces.
—Eh, eh. Quieto ahí.
Sin que ella me deje adaptarme plantando su brazo bajo mi torso, permanezco tumbado en la camilla. No tengo fuerzas para luchar o sentarme, el pasillo da demasiadas vueltas y el colchón fino es demasiado suave.
—¿Dónde está Kid? —Es lo primero que pregunto. Mi voz de viejo ogro de ciénaga cansado de su desastrosa vida comiendo humanos con colesterol del malo, jamás había sonado tan amenazante—. Quiero matarlo.
—Primero descansa, matar luego —ella asiente, siguiéndome el rollo.
Es mi madre por algo más que por haberme parido. Me remueve el flequillo sin que me lo espere. Por una vez, no me avergüenza.
—Entre tu tono y tu voz de mafioso —El susodicho anteriormente aparece sobre mi cabeza. Su sombra parece más larga que nunca. Llevo los ojos casi tras las cuencas y le envío una mirada llena de odio. Él se exaspera sin muchas ganas y suspira—, pareces el Padrino.
—Al menos ese cumplía lo que le pedían —mi madre advertía entre dientes. Con furia, me aplastaba la nariz con el dedo.
—Sí, y le pegaban cinco tiros…
Susurro en voz baja sin que lleguen a oírme. Solo me faltaba un golpe mortal de mi madre en la nuca para acabar como Don Vito. Y es que hay ofertas que se deben rechazar. La mayoría vienen de tu familia.
—Ángela ha confesado sus crímenes, puedes estar tranquilo —Death the Kid me aclara las circunstancias, tiene una gran capacidad de síntesis. Algo bueno tenía que tener, en comparación a todo lo malo que detesto de él—. Se ha creído que eras un pervertido por error y ha querido, inocentemente —espero que eso último vaya entre comillas—, castigarte encerrándote un rato en el baño. Me ha quitado las llaves y no se ha dado cuenta de que yo también estaba dentro cuando he ido a buscarla.
—Se las he quitado cuando le he ido a dar un abrazo —la cría aparece de la nada dando saltos, se aferra con entusiasmo a los bordes metálicos de mi camilla. La veo balancearse como un mono, y apunto mentalmente mientras la asesino con la asesino con la mirada: "a esta me la cargo la última"—. ¿A qué soy buena?
¿Habría alguien más en este hospital que no haya visto todavía mi penoso estado físico? Debería empezar a pagar por las visitas.
—Buenísima —ruedo los ojos, me duele hacerlo—, sí…
Ella sonríe, le falta un diente. Se columpia bruscamente y mueve el camastro, siento un terremoto fuera y dentro de mi cabeza. No hace honor a su nombre. De ángel no tiene ni el blanco de los ojos.
—Ejem —pronunció Death the Kid con la garganta. Para que no nos saliésemos del tema.
Posó las manos sobre los hombros de la niña diabólica con cara de no haber roto un plato en su vida. Le miré fijamente y justo antes de proseguir su relato sobre los hechos acontecidos, mi madre le interrumpe:
—Cuando ha vuelto para abrirte la puerta y os ha oído discutir, se ha asustado —mi madre abrazaba al enemigo con dulzura, digo a la tal Ángela. Conozco esa mirada en los ojos de mi madre. Dicen prácticamente: "pobrecita"—. Y nos ha buscado para pedirnos ayuda. Por si Kid estaba en peligro.
—Y hay alguien aquí que quiere decirte algo al respecto, ¿Ángela? —Kid la arrastró, sujetándola bajo la axilas, alzándola hasta acercarla a mí lo suficiente como para poder mirarnos de cerca con inquina. Que poco a poco se fue desvaneciendo.
La niña suspiró lentamente y comenzó su penitencia:
—Lo siento mucho, creía que eras malo y peligroso —ella jugó con sus dedos, mirándome a los ojos y mostrando aquella boca de piñón enana formando unos morros de pez irresistiblemente azucarados. No sabía por qué y aunque la odiaba, no me dolía del todo lo que me llamaba—. No volverá a pasar. Lo prometo.
Vaya disculpa de mierda. Nunca me habían insultado tanto en un solo día, en una sola mañana. Soy especialista en derrochar fines de semana. Y aun así, no me quedaba otra que aceptarlo y terminar cuanto antes. Si no hubiese huido en su momento nada de esto habría pasado.
—Sí, bueno —le resté importancia al asunto. Si yo no se la doy, dejará de tenerla—… Yo también lo siento, me equivoqué de baño —ya ni recordaba cómo había empezado todo esto, sólo tenía lagunas y un dolor punzante en el pecho y en la cabeza. No sabía si valía la pena siquiera mentir—… Y de todo. Perdóname a mí también.
—¿Ves qué bien? —Kid le regaló a la cría una de sus sonrisas de anuncio de pasta de dientes.
—Sí —Y la cría le devolvió la misma sonrisa, a falta de un colmillo—… Pero sigo pensando que es un pervertido —bajó la vista y me mandó una mirada envenenada; rasgando los ojos.
Son detestables.
Pegué un grito por sorpresa con la boca bien abierta, que la asustó hasta los huesos más recónditos de su cuerpecito. Pero esta vez no se movió del sitio, como mucho se escondió bajo la camilla. Mi madre cogió a la niña llorona en brazos y la llevó lejos de mi alcance. Me alegré por perderla de vista, pero no tanto cuando mi madre volvió y me pegó una colleja por ello. Y no solo eso, si no que no volvió ella sola. Tras sus espaldas, emergió un hombre joven de ojos dorados. Más oscuros que los de Kid. A mi juicio parecía un doctor. No tardó en colocarse al lado de mi madre, demasiado junto diría yo. Death the Kid se les unió. Los tres me comieron con la vista, como si fuese un preso en el corredor de la muerte.
—Soy inocente. Lo juro —Fue lo primero que se me ocurrió decir. Los brazos en alto más voz de camionero. Igual a movimiento brusco, curiosidad y dolor de cabeza inminente—. Oye, ¿cuánto llevábamos ahí metidos? Oh, joder…
Aquel tipo rubio desgarbado, amable y ordenado que yo tomaba por doctor con bata y boli en el bolsillo, fue quien me respondió:
—Apenas veinte minutos.
Me llevé las manos a la cara.
—A mí me han parecido veinte años…
—Serás listillo —Y bueno, aquí venía la bronca de mi madre furiosa—. Ya pensaba que te había pasado algo y que estarías tirado en alguna esquina medio muerto. Porque raptarte, ¿quién va a querer soportarte más de un minuto? —Apenas chillaba, impotente. Eso es amor de madre y lo demás, lo demás son tonterías. Con rapidez, volvió el cuello para dirigirse a Kid con un tono cien veces más amable y las manos en forma de rezo oriental—. Perdona por los problemas que te ha causado, Kid.
Ya estaba tardando en adorar a su venerado dios.
"—Gracias madre, por ese gesto de amor horrible. No ha dolido, sólo me ha matado un poquito." Yo cavilé con las mejillas hinchadas.
—Pues casi, casi —"nos matamos." Kid me señalaba con el brazo y con el pulgar. Con aversión. Zarandeaba la mano—… No pasa nada. Lo que sea por una compañera.
Le exterminaba con la mirada mientras veía como seguía sonriendo sin parar, abrazando a mi madre (ella se había lanzado a abrazarle, pero lo mismo daba. ¡Podría ser su hijo! Cosa que no me hacía gracia, el rayas como hermano.) y dándola dos besos. Y esa era la escena. Mi madre dándole las santas gracias en todos los idiomas posibles. Y qué era eso de: "¿Compañera?" Me senté sobre la camilla con cuidado sin que se dieran cuenta para que me dejasen en paz; para no parecer tan inútil como lo era en este instante, bajo este techo. Parecía el novio celoso del trío.
—Ahora a ver, a quién puedo sacar un hueco para que le mire, porque éste señorito —Como odio cuando me llama eso. Me mira de costado con una culpa asombrosa, escondo las manos bajo los muslos—, ya la ha liado bastante por hoy. Sabemos lo que es, pero necesito que alguien me recete los medicamentos.
—Como si fuera a tocarme cita pronto, ¿no? —"No caerá esa breva." Comenté en voz baja, (no podía alzarla demasiado de todas formas) soltando un resoplido cansado por mi aventurilla del cuarto de baño. Y rodé los ojos al notar lo cercanos que son eran dos.
De todas formas, este no podía ser el amante de mi madre, el rollo, o el ligue de mi madre. Se llevarán quince años y sé por experiencia y aguante que a mi madre le van algo más maduritos. (Tan sólo le ha dado dos besos a los lados, no debería ser tan excéntrico. Ni siquiera sabía lo que significaba esa palabra.)
Pero esa es otra historia.
—Mírale —mi madre insistía, tratando de lograr el milagro: que se apiadasen de nosotros y nos metieran en consulta. Hizo uso de la anterior mirada que utilizó conmigo para que me compadeciese de la niña de rizos castaños y malévolos—. Si da penita verle.
—¿En serio? No me había fijado. Como no paráis de repetírmelo…
Hablé sin querer un poco más altivo y sonoro. Mi madre hinchó los mofletes como una ardilla rabiosa a punto de morder una bellota, o sea yo. Se guardó para después el golpe final que me tenía preparado y que claramente no iba a proceder en público. No están preparados para ver tal dosis de sangre esparcida.
—Como si estuvieses para esperar mucho, mira que eres burro —Kid suspira con las manos enlazadas a la espalda.
Sin que mi madre se dé cuenta, porque me está gritando mientras el doctor rubiales intenta calmarla. Me encojo, ignoro el insulto y observo como Death the Kid se siente atraído por algo más que nuestra trifulca diaria. Sigo con detalle la dirección que toman sus ojos dorados, por el rabillo. Y noto la presencia de una chica nerviosa en la esquina de la pared que da fin al pasillo. No muy bien escondida, sabe que la han visto.
De repente Kid cierra los ojos y se lleva las manos a la cara. Masajeándose las sienes. Y por algún casual que no comprendo, no me alegra verle desesperado por tener, ¿problemas en el molino del amor? Se dirige sin perder un segundo más al doctor rubio.
—Me tengo que ir —le susurró al hombre de la bata blanca.
El mundo podría dejar de meterse conmigo, a todo esto.
—Si quieres, yo puedo sacar un hueco —el joven doctor respondió, alzando los hombros—. Ya he terminado por hoy, pero en fin…
Estuvieron hablando en voz baja durante un buen rato, hasta que Death the Kid vino a mí. Como el pastor a las ovejas. Y creo que al médico rubio le daba lástima…
—Eh, Black Star, buenas noticias —El idiota de Kid sonrió de oreja a oreja, sin enseñar un solo diente. "¿Me va a dar sus pulmones?" Es malvado, yo lo sé—. Puedo conseguiros una consulta, pero tiene que ser ahora. ¿Te parece bien? —Aunque tampoco lo sé a ciencia cierta.
Por una vez debía asombrarme por la buena voluntad de aquel joven moreno y odioso. Tampoco es mala idea. Pero aun así, no estaba convencido. Disentía. Me giré en el sitio, sentado como un indio. Mi cuello se movió por instinto. Observando todas las caras serias o lastimeras de estos tres. Pensé en los pacientes que como yo, esperaba con ansias ser atendida pronto.
—No hace falta —pronuncié recto y con los ojos cerrados, la mano levantada en son de paz. Así era yo de heroico. Y trágico. Y dramático—... Aquí hay gente que lleva esperando mucho más que yo, pregúntaselo a ellos. Puedo esperar, gracias —dije rápidamente, dejando caer el mentón entre las rodillas, hueso con hueso. Con los pies subidos sobre la camilla.
Mi madre no tardó en cortarme el rollo y ponerse histérica:
—¡¿Pero tú te crees que a mí me sobra el tiempo?! ¿Qué puedo ir al banco y pedir un crédito? ¡"Oiga necesito más tiempo y un hijo menos estúpido"! —no tardó en interceptar mi cara con las manos, con las garras esas que tiene.
—¡Mamá, mamá!
Grité suplicante como pude, dolía tanto el pecho. Me quería dar de sí, la oreja, el cuerpo entero. Me llamarían orejones en el instituto y tendría que llevar gorros gigantes para esconderlas. Alguien escribiría un libro sobre mí y mi triste vida de payaso de circo.
—Encárgate del hijo de Star, está que se queda en el sitio —Kid murmuró, dando por finalizada la disputa.
—Déjalo en mis manos —el médico sonrió con el ceño cansado.
—¿Hola? —me sentí humillado, débil. ¿Qué maneras son esas de tratar a un paciente?— ¡Estoy aquí mismo! —intenté levantarme pero fallé penosamente en el proceso. Aquel hombre rubio con el pelo engominado me atrapó al vuelo antes de que mi cara rozara el suelo, su cara y la de mi madre se pusieron blancas como el papel—. Gracias…
El moreno dio un último suspiro y se marchó con viento fresco, aleluya. No sin antes despedirse de mi madre con aquella sonrisa de niño de seis años, que no le pegaba para nada. Y de dirigirme a mí una de costado, que decía alto y claro: "madura". No se puede uno fiar de él.
Porque a fin de cuentas, lo que yo no sabía era quien era este médico extraño, rubio y no ajeno, que me iba a tocar sin ser mi médico de cabecera. "Siempre me trataba el mismo, no quiero cosas nuevas."
—Anda vamos —me regañaba aquel Doctor que iba de Doctor Sexy al que mi madre no le quitaba ojo de encima. Le denominé: nuevo sospechosos de ligue de mamá. Pero en cierto modo lo agradecía, así ella no me echaba la bronca. No quitaba que el médico fuese insoportable de narices a primeras—, que ya te has corrido tu aventurilla.
Ni que yo estuviera loco de atar. ¿Qué soy? ¿Un viejo al que sus hijos no quieren y que se ha escapado de su asilo de mala muerte donde le han dejado abandonado? La historia de mi vida.
—Pero, no —estaba dispuesto a darle a ese tío, una a veinte razones de lo que me había pasado, con pelos y señales. Con el dedo en alto y el mentón endurecido. Pero a la porra, con esas cejas inquisitivas con las que me recibía. Aquí nadie me tomaba en serio y mis pintas no eran lo que se dice: fiables en este momento. Casi rendido dejé que aquel médico pasará su hombro tras mi espalda, mientras mi madre me hacía de muleta extra para levantarme. Ambos empezaban a mandarse miraditas extrañas, lo que me hizo ver que tal vez yo había dejado de ser la razón importante aquí hace rato—… Ah.
—Puedes o…
Pasaba de exasperarme más, estaba tan cansado que ya me daba casi todo igual.
—Puedo andar yo solito —atacaba mi orgullo.
Murmuré para que me soltaran cuanto antes, aún estaba en mis cabales y de ellos no me quitaría nadie. No necesitaba tanta ayuda pero aun así mi madre y el doctor con la apariencia de "príncipe Encantador" estaban tan embobados mirándose el uno al otro, hablando de cosas que yo no sabía. Que como siempre acabé siendo ignorado por todos.
Me resigné finalmente a que cargaran conmigo. Cuando leí la diminuta placa que llevaba colgada el apuesto médico en la bata blanca, en la zona del corazón. Avisté su nombre con la audacia febril y borrosa que me caracterizaba en este soplo. Lo que mi vista nublada llegó a entender fue nada más y nada menos, que: Giriko.
"Es éste. Es éste sin duda. El amante digo."
Quería irme de aquí cuanto antes, mejor. Y dejar de respirar el amor en el aire mientras pudiese respirar. Pero si prestaba una ligera atención a mis espaldas, las escenitas aún no habían terminado ni mucho menos llegado a su fin. Death the Kid aún tenía guerra por combatir.
—Lo siento…
—Aquí estás —decía la chica que estaba junto a él, cogiditos de la mano.
La cotilla de antes. Encubiertos por la esquina contraria.
—Lo siento mucho. Es que —intentó excusarse, intento sonreír—, he tenido un pequeño… ¿Percance?
"Mira por donde, ahora soy un pequeño percance." Evoluciono de nombre como un Pokemon que nadie conoce. Definitivamente.
Odio estar enfermo y odio los hospitales. Odio a los doctores apuestos que seguramente se creen que pueden ligar con compañeras de trabajo con hijos fácilmente, me odio a mí mismo por ser tan inútil…
—No importa, no ha ido muy bien y no estabas pero, no importa —Mientras, ella se entristeció bajo una sonrisa malformada, Kid suspiró y afirmó su agarre—… De verdad.
Pero sobre todo odio a Death the Kid.
¿Quién le permite encontrar el amor al señor perfecto?
—Perdóname Crona —él separó los brazos y se acercó aún más a ella, rozándole los hombros y la espalda. Hasta que finalmente la atrapó en su abrazo.
Nosotros cruzamos el pasillo a paso de tortuga, ya no pude seguir viéndoles, oyéndoles. O sentir ganas de vomitar…
Tras aquella escena empalagosa como un caramelo de Halloween pasado, llegamos por fin a la consulta del rubio sensual "doctor sexy" recién salido de la serie de Hospital General con el pelo corto en punta engominado y del que mi madre no para de hablar en casa, dándome la tabarra. Comenzó a mirarme las uñas, los dedos y los labios. Para comprobar si estaban ligeramente azules. Lo sé, lo sé porque es lo mismo de siempre. Mi madre correteaba a su alrededor, mientras se hacían miradas lentas y pasionales acompañadas de preguntas que no venían a cuento.
"—¿Y cómo le va a la encantadora señorita?"
"—Bueno aquí —no sabía si mi madre no tenía nada mejor que hacer que tocarse el pelo sin parar, o se estaba buscando piojos realmente avergonzada—, ya me conoces, con este bobo que no para de darme trabajo."
Así son mis padres. A la primera de cambio dejo de ser la razón principal del asunto para ser: sí, éste. El que no importa. El que podemos pasarnos día sí, día no, tranquilamente. Como una pelota de playa azul oscura de NIVEA sin que se deshinche o se estropeé con el paso del tiempo. Perdida para siempre.
Veo estúpido gastar aquí el tiempo cuando no me pasa nada que no me haya pasado antes. No es la primera vez. Se me pasará.
—Treinta y ocho con siete —el doctor míster universo dio un largo silbido de asombro—. Tienes casi treinta nueve grados, Black Star —sujetó mis mejillas con ambas manos y retiró el termómetro que había colocado anteriormente en mi boca—. ¿No estás mareado, ni un poco?
Me entró la risa tonta, sin venir a cuento.
"—Que pregunta más graciosa." Mi madre me pego un codazo en la pelvis.
—Ni te lo imaginas.
—Entiendo, y-
—Que sí venga, acabemos con esto. Me duele el pecho desde hace días, me duele al respirar y más al respirar fuerte. Tengo mocos pero no flemas, tos para aburrir. He echado sangre sólo una vez y ayer casi me ahogo —hablé tan deprisa que al terminar no sabía ni lo que había pronunciado. Usualmente no soy así de borde, pero estoy cansado, hambriento y soy muy peligroso—. Dame algo para drogarme hasta que se me pase, por favor.
Bajé el tono, exasperado y hundido se me caía la cabeza hacia delante, rodando los ojos. Yo no tengo chepa.
—Vale, vale. Señor médico, ¿quieres ponerte la bata? —me preguntó con sorna. Y yo no estaba para jueguecitos de treinta añero soltero. Claramente esa bata a mí me quedaría muchísimo mejor que a él—. Anda, levántate la camisa. Y respira.
—Ya me quieres ver desnudo, ¿ni una cita ni nada, ni flores, ni bombones? Menudo ligón estás hecho —aunque si luego me da la bata. Señalé con el mentón—… Quiero la bata.
Otro codazo directo a la pelvis. Mi madre quiere que salga de aquí en silla de ruedas. El hombre se lo tomo a guasa y tuve que hacerle caso. Decidí abrir la camisa en vez de alzarla, liándome por los botones. No sabía si era la fiebre o que soy estúpido, o las dos cosas al mismo tiempo. El tal Giriko se reía en mi puñetera cara, no con maldad. A mí esas cosas no me duelen. Al menos alguien se lo pasaba bien, y mi madre no paraba de babear por el "doctor sexy." Sí, ese hombre no tiene nombre. Le bautizo como doctor sexy, por los siglos de los siglos…
—¿Te dolió? —le pregunté en alto, sorprendiéndole mientras escuchaba mis latidos por el estetoscopio.
Señalé con la cabeza su rostro, observando las facciones de su cara.
Es que es el "doctor sexy".
—Creo que eso debería preguntarlo yo —respondió sarcástico, sin dejar de lado su ardua labor en mis "pulmones chungos", a pesar de que me habrá entendido perfectamente. Por un momento alza la mirada—. ¿No?
—No. La nariz, ¿te dolió? —señalé aquel agujero minúsculo en su nariz, en el cartílago.
—No —responde mi madre tajante—. Nada de piercings.
"No puede dejarme que me auto-mutile en paz. No."
—Pero si tú tienes un montón. Quiero uno en la nariz, no tiene por qué ser grande.
—Que no. Yo ya no los llevo, como tú tampoco los vas a llevar.
—¿Problemas familiares?
—Qué va. Yo tenía uno en la ceja y otro en la lengua pero me los tuve que quitar porque al instituto le parecía una mala influencia —poco ortodoxa—… Vamos que no les gustaba un pelo dar mala imagen.
—Y bien que hicieron, nada de agujerearse.
—Vivimos en un mundo donde eres peor persona por las pintas que llevas que por lo que haces, ¿eh?
—Pues sí. Es una mierda.
"—Hay gente que simplemente es estúpida." Esa frase. Me vino a la mente como si me partiese un rayo en dos mitades al instante. Estúpido Kid.
El "doctor sexy" me había caído bien después de todo. Quizá le dejase llegar a la primera base con mi madre, incluso alcanzar parte de la segunda. Quizá. Llevo destrozando todas sus parejas inestables desde que se separó, y no hacerlo ya sería perder la costumbre. Este parece buen tipo, me lo pensaré.
—Tú no le des coba que al final pasa de mí —mi madre le daba un golpe seco en la nuca. Al médico.
—Es que el hijo parece interesante —Giriko muestra una sonrisa maliciosa; levantó las cejas y la miró de arriba abajo—. Como la madre.
Ella se puso colorada y yo murmuré, frunciendo el ceño. Mi febril estado debía causarme delirios serios porque juraría que me estaba usando para tirarle fichas al ser que me creó en gran parte y medida.
"—De acuerdo. Está muerto."
Maka
El día alcanza su tarde y la campana suena, dando una pausa en mi ajetreada agenda. Se me pasa rápido la mañana, aunque rara al mismo tiempo.
Todos acaban preguntándome en pie cuando entro a clase, tras mi encuentro con Shinigami; todos mis compañeros curiosos: "¿Qué tal, qué tal?"
O: "¡Está viva! ¡Me debes diez Death Dollars!" Encantadores.
Pero también pasa un día tranquilo, si evitamos la visita al director. Y la bronca de Medusa matutina por llegar tarde. Sin Evans para amargarme la vida. Y sin Black Star para alegrármela. Presto atención, más que de costumbre, como debería.
Sin embargo, me da tiempo a estar más cerca de Tsubaki, la chica alta y morena que parece llevarse bien con todo el mundo. Cosa que es mucho más difícil de conseguir que el que todos te odien. Le acabo contando durante el almuerzo sin pensar en las consecuencias (que deje de ser mi amiga), el incidente de la caca de gallina. Le hago escupir la bebida de la risa y se tapa la boca en el segundo. Cuando comenté que había pasado la noche en casa de Black Star, no pareció hacerle mucha gracia pero tampoco le importó demasiado o al menos eso me dio a entender.
Me despido de ella porque me dice que tiene mucha prisa y bajo las escaleras hasta el Hall. Me he dado cuenta que tal vez la estoy alejando de las otras dos. Las hermanas Thompson. Parecen más cercanas. A veces pienso que quieren unírseme a la conversación, sobre todo porque Patty intenta arrastrar a su hermana hacia mi pupitre. (O el de Black Star, que se lo he pedido prestado) Sin parar. Pero ni lo consigue, ni yo tengo el valor suficiente para acercarme a ellas. A veces siento que Liz Thompson me mira mal…
Suspiró ante mi agotador reto, me aferro a mi mochila y pienso en qué será de Evans, las ganas que tengo de hablar con Black Star, si Tsubaki o las demás intentan evitarme y que tengo que estudiar para mis próximos exámenes. ¿Y si ella sólo está siendo amable?
Para rematar la faena, Spirit vino a recogerme al instituto. Y no fuera sino dentro. Del edificio. Me pregunté cómo le habría dejado pasar el segurata, luego caí: a lo mejor también se conocían.
—¡Makita! —canturreó alegre, saludándome con la mano. Como si fuese mi amiga del alma.
Ni siquiera podía esperar fuera. En el coche o en la acera, no. Él no, sería demasiado normal y no avergonzaría lo suficiente a su hija la adolescente con problemas de adolescencia y pubertad latente. Si salgo corriendo me la guardará para los restos, así que de frente.
—¡Spirit! ¿Qué haces aquí?
—Es papá.
—Sí, sí. ¿Te ha visto alguien? —Izquierda, derecha. Peligro, peligro.
—Pues claro. Unas chicas de último curso me han saludado y todo —Es una diva—. Qué recuerdos me trae venir aquí.
Gran momento para sentir la nostalgia que te ha fallado en dieciséis años.
—¡Pero si ya has venido esta mañana! —me llevé la mano a la frente, entre dientes. Sí que le había pegado fuerte ver al señor Evans. A este paso Soul y yo acabamos siendo hermanos, como en las telenovelas. "¡Exijo mi prueba de ADN!"—. Anda, vámonos ya de aquí. No me hagas suplicarte.
Le empujé por la espalda.
—Vale, vale, agonías. Yo que venía con toda mi ilusión de padre a recibir a mi niña del alma —hizo una pose ridícula con las manos juntas.
—Tú lo que quieres es ligar con jovencitas —regañé. No es normal.
—Mentirosa, no tienes pruebas —me señaló con el dedo acusador.
—Y ya de paso vigilas que yo no me acerque a ningún chico malvado y con intenciones perversas —le leí la mente, tampoco hay mucho que leer.
—Por supuesto, tú ríete —exageró—. Pero después de la que has liado con el vecino no esperarías que no tomase "mis medidas" de precaución —se llevó las manos a las caderas—. No quieres llevarte mi spray pimienta.
—¿Qué medidas? —pregunté harta, aun sabiendo de sobra lo que era—. Y no, no voy a llevarme eso a clase.
Ni muerta.
—Te lo meteré en la mochila por si acaso —dijo él, con una cara digna de jugada ganadora al Poker.
—¡Spirit!
Chillé derrotada, mis manos querían estrujarle el cuello. Luego recordé que el parricidio se castiga con la cárcel. No me apetecía huir ahora a otro país, que molestia de padre.
—Es papá —aclaró, le negué la mirada. Se entristeció, le oí berrear. Anduve más deprisa para que no nos emparentaran los demás alumnos o profesores, él me perseguía llamando mí nombre entre sollozos. Y justo a la salida del establecimiento, se produjo el acabose—… ¿Star?
Mi padre bisbisea en voz baja sin que llegue a entenderle y mira al frente. Como si hubiese visto la luz, la verdad, el significado de la vida. Para en seco y posa las manos sobre mis hombros. Sorprendiéndome.
—Espera un segundo, ahí quieta —se limpia los mocos, me ordena frenar. De nuevo con el maldito dedo. Se lo quiero arrancar. Se larga, abandonándome antes de poder hacerlo o al menos contradecirle. Corre como un condenado contento.
Cierro los puños.
—¡No soy un perro! —lo he dicho en voz alta. Los demás estudiantes me han oído, cuchichean.
Me derrito en el sitio como un polo de limón y me muero de la vergüenza. "Genial." Al taparme con las manos la cara roja como un tomate, entreveo por los huecos que separan mis dedos como Spirit se acerca a la silueta de una mujer. Seguramente a tirarle los tejos porque le ha atraído lo suficiente; Spirit no es un hombre complicado. Mi yo interno quiere desaparecer del sitio. Evaporarse o transformarse en una medusa. Pero uno de mis ojos verdes visualiza la figura de aquella mujer con el pelo azul y la almacena en la memoria como: conocida.
—Hola, venía a dejarte los papeles del médico —habla con la una de las secretarías del colegio. Rubia y regordeta, con un lunar en la barbilla—. Sí hija sí, para una vez que no hace pellas, va y se me pone malísimo. De salud y eso, él es un buen chico. No le da a las drogas, que no. Creo.
Lo cual no quita que Spirit intenté cortejarla embrutecidamente, pero si alivia mis ganas de morirme en el instante. La señora Star no caería en su vano intento de ligoteo. Corro detrás de mi estúpido padre sin hacerle caso alguno a su último mandato, para averiguar qué trama. Y ya que estaba, para pararle los pies.
—¡Star! —Spirit intercepta a la mujer de melena azul, interrumpiendo la conversación que pudiesen tener de forma maleducada (pero sin querer). La señala con el dedo y abre los brazos— ¡Señora mandamás!
—¡No puede ser, ¿Spirit?! —Atraída por el griterío de mi padre, a la señora Star no le queda más remedio que girarse en el sitio. Y es entonces cuando la gacela cae en las fauces del león estúpido. Una enorme sonrisa se dibuja en ambas caras—. ¿Pero cómo tú por aquí? —pregunta, mientras Spirit no ha tardado en sujetarla por las caderas y hacerla girar en el aire. Como si fuese la muñequita de una caja de música o una adolescente en potencia. Una escena preciosa y para nada necesaria—. Anda bájame, ya estoy mayorcita para esto —se ríe, nerviosa e inocente. Clavándole las uñas en los hombros—. Vas a marearme.
La secretaría entradita en carnes se queda con la boca abierta sobre su escritorio. La imito.
—Pero no seas mentirosa —Spirit se carcajea entre dientes y puedo jurar que ha parecido más joven que nunca—, te encanta.
Lo cierto es que ella no ha dudado en dejarse alzar o darse vueltas. Pero le ha dado un codazo mortal en el costillar a Spirit; que bien me caía esta mujer.
—Ay, ay… Te encantaba, te encantaba —Una lágrima de dolor punzante escapa por un solo ojo de mi padre.
—¿Qué haces aquí? ¿Recordando viejos tiempos, pardillo? —Escudriñaba como una niña pequeña llena de ilusión. Le pegaba pellizcos a mi padre en el brazo. Seguramente es más joven que Spirit, y se estaba metiendo con él.
Pero mi padre no se lo tomaba a mal (Pocas veces no se deja hacer cosas por otras mujeres, pero en este caso parecía especial), los dos tenían la misma faceta de mal bicho. Un escalofrío terrorífico me recorrió el cuerpo entero.
—Hace poco que nos hemos mudado. Siento no haberte avisado, Kami era quien recordaba los teléfonos de los viejos amigos.
También se conocen. "¿Pero esto qué es?" Que mi propio padre conozca más gente que yo en el colegio, esto sí es dar pena.
—Ah, era eso. Eres un desastre —Acaba de enterarse al igual que yo. Golpea el puño derecho en la palma de su mano izquierda. No es que en este pueblo sean muy agudos. Saludo con vergüenza, saliendo detrás de mi escondite. La ancha espalda de mi padre—… ¡Ya decía que me sonaba la cara de tu hija! Inspira confianza.
"¿He dicho ya lo que adoraba a la madre de Black Star? ¿Sí? Me callo." No, me encanta.
—¿Ya os conocías? —Spirit preguntaba con los ojos como platos. Asombrado de nuevo en lo que lleva de día. Me da un par de codazos con la sonrisa bien puesta y siniestra. Se cruza de brazos y dice su último dictamen con total seriedad, asiente con los párpados bajados—. Un Albarn nunca pasa desapercibido.
Como si lo hubiésemos ensayado, tanto la madre de Black Star, como la secretaría y yo murmuramos inquietas:
—Y qué lo digas…
—¿Y qué haces tú por aquí? Creía que seguías en Japón.
—Me separé.
—Oh… Yo también.
—Kami me lo dijo.
—Oh… ¿Qué tal le va?
—¿No has hablado con ella?
—Las nuevas tecnologías no son lo mío —Spirit miraba para otro lado. Dando excusas.
Se ponía interesante la cosa. Fijé la mirada en mi figura paterna. Parece ser que no era la única que quería poner pies en polvorosa.
—Claro —la señora Star se cruzó de brazos, rodando los ojos y con una total seriedad los achinó y comenzó a investigar las facetas de mi padre. Acercándose cada vez más a él, de puntillas. Nervioso como un conejillo de indias. Hasta que tras un silencio eterno, ella se da por vencida finalmente sin sacar nada en claro—… Hace bastante que no hablo con ella, ni siquiera sabía que estabas… Aquí —No tarda en pasar un brazo sobre los hombros de mi pelirrojo padre y revolverle el pelo con los dedos. Como si fuesen dos críos. Es extraño, su humor cambia totalmente y sonríe divertida—. Aunque me alegro de verte, ya sabes.
Su conversación se torna un tanto incómoda y a la vez están tan metidos en ella que me dan ganas de huir de verdad. Pero mi padre me agarra el brazo, impidiéndome la huida de este laberinto mortal.
—¿También tuviste una hija? —mi padre ladea la cabeza con ternura. Yo me voy preparando para la fuga, no paro de sudar. Ha llegado el momento—. ¿La parejita?
—Eh, para el carro. No voy a hacer pasar a este cuerpo por más embarazos —gracias por la imagen, señora Star—. Tengo un hijo, ya lo sabes —la señora Star levanta el dedo de señalar perpleja y juguetona, indicando el número—. Sólo uno, aunque con lo pesado que es cuenta por tres —suspira, y su dedo acaba dirigiéndose hacia mi persona. Abro los ojos con desmesura—. Es más, estos dos son muy buenos amigos.
Doy un respingo, el miedo me rodea al mismo tiempo que un aura oscura se acomoda en la sombra y los ojos verdes de Spirit.
—Entiendo —empieza a ponerse azul, blanco como un cadáver. La señora Star nos observa a ambos, como si estuviese viendo un partido de tenis con una pelota imaginaria—… Maka…
Me mira con cara de diablo y yo me encojo en el sitio y lloro internamente. Pensando en el castigo que me espera. Trato de librarme de ello poniendo pretextos baratos que pueden leerse entre líneas.
—Pero, ¡pero tampoco somos tan amigos, eh! De hola y… Adiós…
Sonrío mientras muero por dentro. Y formo una equis con los brazos. No sé si para negar la salvajada que Spirit piense o para protegerme de algo peor. Adiós a mi vida social. Fue bonito mientras duró. Lo poco que duró.
—¿Pero qué dices Maka? Si el otro día mismo estuviste en nuestra —la señora Star se tapa la boca al instante, pasmada. Entendiendo con sabiduría pubescente la que acaba de liar por su culpa en pocos segundos—, ca…
"—No. ¡No lo diga!"¿Por qué tenía que pasarme esto a mí? Justo hoy. Todo a la vez. Sea quien sea que esté allá arriba, me odia. Y mucho.
—Ca —repitió varias veces, al igual que una de sus gallinas a la que odio en cantidades industriales: toneladas—… Calle. ¡Calle! Despidiéndose de mi hijo, está enfermo —Salvada. Suspiró de alivio, la cosa no quedó ahí. Estaba de mi lado—. Pero no te escapes Spirit, hoy no tengo turno de tarde —le sujetó el hombro con la mano, dirigiéndole como ella quería. Dándole golpecitos alegres. Esta mujer me ha vuelto a proteger. ¿Por qué los padres de tus amigos siempre son mejores?—. ¿Te apetece que vayamos a tomar algo y nos ponemos un poco al día?
Lo último lo pronuncia con una rapidez admirable. De pronto me pierdo: "¿Qué está pasando aquí?"
—Pues me encantaría, pero —Spirit se rasca la cabeza, se revuelve el cabello rojo. Me manda una mirada de costado, por el rabillo del ojo—… Maka, ¿tú qué dices?
¿Por qué me pide permiso? Justo ahora, por una vez en su vida de salidas con otras mujeres. ¿Qué significa? No soy una Dominatrix. Aunque en este momento entiendo sus razones y veo bien que me haya avisado. Vuelvo a tener fe en la humanidad.
—Haz lo que quieras —con la cabeza alta, doy mi aprobación con un tono serio—. ¿Me puedo ir a casa ya? Tengo deberes.
—No, tú vienes con nosotros —mi padre apoya su enorme mano sobre mi hombro; entonces sé que no hay escapatoria y que nunca la ha habido.
Por eso me lo había preguntado, tenía truco. No quería pasar más vergüenza a su lado, no en lugares públicos y frecuentados.
—¿Por qué? Si yo ya la conozco más que —me muerdo los labios, sonrío—… Más o menos —Casi lo estropeo...
—Oh, Maka si quieres puedes ir a ver a Bla…
Abro los párpados hasta el máximo que me lo permiten: "—No, ¡no! ¡No lo diga en voz alta!"
—Bla… Blanquita —Esta mujer es un hacha—, nuestra gallina nueva.
Se llama Presidenta. Nunca olvido el nombre de un enemigo.
—Es que tienen un corral —asiento con el mentón y corroboro con la historia un poco inventada—, en el jardín.
—Sí, exactamente —La mirada de la señora Star y la mía se cruzan y se dicen con el brillo en los ojos: "Eres buena". En eso no mentíamos—… Uy, ¿¡qué es eso una tía buenísima!? —ella señala de pronto en la lejanía, a grito pelado. Spirit dirige toda su atención, sin pensarlo dos veces, al espacio del colegio que señala el dedo de la madre de Black Star. Se me acerca sin que me lo espere—. Huye ahora. La puerta de delante está cerrada, llama con fuerza para que te oiga. De todas formas, hay una llave bajo el felpudo —me dice en un susurro casi inaudible, a velocidades de vértigo. Achina los ojos y se tapa la cara con la mano—. Le distraeré un par de horas, pero te aviso que estará más dormido que una mona.
—Gracias, es usted genial —alzó los hombros y las comisuras de mis labios—. Pero no me quiero arriesgar, por hoy. Ya he tenido bastante suerte —pongo una mueca que muestra todo el agotamiento que llevo acumulado desde esta mañana. No podía liársela más a mi padre en el mismo día, tardará en perdonarme. O peor aún, en fiarse de mí. Eso no me convenía.
Mi cerebro piensa algo con lucidez por una vez. Spirit vuelve en sí, nos dice extrañado:
—Yo sólo veo al conserje…
—Perdona, es que sin gafas no veo muy bien de lejos.
—Te haces vieja.
La señora Star le pega una patada en los gemelos. Los de las piernas, no los huevos.
Me muerdo el labio inferior. Y suelto un murmullo más para mí misma que para la señora Star, por suerte Spirit no me escucha al quejarse adolorido por el golpe recibido justamente.
—Le llamaré.
Ella me guiñó un ojo de iris color verde y gesto travieso. Le devolví una sonrisa y los tres juntos engullidos en nuestros abrigos, empezamos a caminar por el patio. Giramos a la derecha en la salida, en dirección contraria hacía donde suelo ir para caminar a casa. Mientras hablan, Spirit saca dos cigarrillos y enciende el mechero. La señora Star resguarda la llama con la mano y en lo que se ponen a fumar yo ya he sacado el móvil del bolsillo para mandarle a Black un mensaje socorrido. O al menos, el primero de muchos.
Al caer la noche, con el pijama ya puesto y Spirit viendo una serie a buen recaudo, me paseé por la casa sin parar con el teléfono en la oreja. Ardiendo. Con la excusa de estar charlando con una amiga, no llamé su atención más de lo debido. Y eso que incluso no lo solté ni para lavarme los dientes y escupir. Lo cual le hizo reír, y toser. Llevaba dos días sin verle y a la vez, sin explicación alguna que poder dar, se me estaba haciendo eterno.
—¿Y qué tal os fue con mi madre?—su voz ronca parecía divertida al otro lado de la línea.
Me preguntaba que estaría haciendo ahora, pero me daba vergüenza volver a preguntar por cuarta vez. O que ropa llevaría puesta ahora. Omití esa necesidad en mi mente, esto no iba a convertirse en una línea erótica. Creada por mí y para mí.
—Bien —contesté por fin; entré en mi habitación. Free se coló por los pelos antes de que se cerrase la puerta. Tiene una hermosa caseta "Made in Evans", pero aún hace frío para dejarle a la intemperie toda la noche—, tu madre se comportó más o menos bien. Como tu madre. Pero mi señor padre, empezó a hacer chistes verdes y a ponerse la cucharilla en la nariz. Y tu madre, se rió sin parar, aplaudió y empezó a imitarle.
—Como si fueran dos focas entrenadas…
Él me entiende.
—Sí. Yo me escondí bajo la mesa. Nos acabaron echando de la cafetería.
—Son peligrosos… Lo has debido pasar mal.
—No tanto —jugueteé con mi pelo limpio y di una vuelta redonda sobre la cama—. ¿Tú cómo estás? —pregunté por octava vez en lo que llevaba de conversación; observé por la ventana. La casa de los Evans aún tenía varias luces encendidas—. Aún te oigo acatarrado.
—Como una rosa —dijo todo orgulloso.
—¿Y de verdad?
—Meeejor —hizo una pedorreta con la boca. Se me escapó una pequeña risa—. Mañana me tendrás allí, te lo prometo —sonaba más o menos seguro de sí mismo—. No pronto, pero allí estaré.
Al menos era sincero, tardón pero sincero. No debería quejarme, no le he dicho sobre mi visita con el director. Tampoco lo veía como algo relevante para los dos.
—Por favor sí.
—¿No sabes qué hacer sin mí? —preguntó, con la boca formando un piñón.
—Pues —dejé la palabra en el aire y traté de devolverle una respuesta ingeniosa. Fallé—… No. ¿Contento?
Hundí la cabeza en la almohada.
—Muchísimo…
Podía imaginarme su blanca sonrisa sin necesidad de verla en este momento. Lo repetiré otra vez: sincero.
—Oye, si tu madre empezase a salir con mi padre, ¿tú y yo seríamos hermanos? No podríamos salir juntos —Acababa de resumir el hilo de muchas novelas de la tarde.
—No si mato a tu padre primero, o él a mí… Está por ver.
Él había resumido parte de Hamlet, sin darse cuenta.
—Vaya, tienes un lado sobreprotector.
—Todos mis lados son maravillosos —un ataque de tos seca le inundó por unos segundos. Siguió hablando como si nada con su típica altanería—, se ve de lejos.
—Desde luego fantasma —rodé los ojos y alcancé a divisar la hora en el reloj de mi mesilla—. Debería acostarme pronto o mañana no rendiría en la escuela —Evans y yo acabaríamos tomando la siesta juntos—. Que no se te suba la fiebre a la cabeza.
—¿Ya? —le salió un gallo imprevisto de la impresión. Se aclaró la garganta, es muy bobo—. Que prisas.
—Llevamos hablando toda la santa tarde. Dame un respiro.
Cada frase que soltaba empezaba a parecerme más y más sucia. Y él tampoco es que lo limpiase.
—Estoy deseando verte al desnudo… O sea con ojeras y eso. Seguro que aun así sigues siendo molona.
Parecía disgustado y desesperado…
—Que te den —le devolví la pedorreta—, y que tengas una buena noche.
Él suspiró con tristeza.
—Buenas noches Maka…
Colgó él primero. Y menos mal que lo hizo, no sabía si podría resistirme a sus súplicas o al cursi "No. Cuelga tú". Hinché las mejillas de aire. Esperaba más lucha por su parte, pero supuse que debería estar muy cansado. Y aun así tenía tiempo que dedicarme. Todavía recordaba verle empapado, como se le cortaba la respiración. Sentirme más perdida que nunca.
Lo bueno de todo esto era que cada vez que me preocupaba por ello, mi angustia era interrumpida por la imagen de la malnacida gallina blanca defecándose sobre mi cabeza. Me atacaba en forma de flashbacks violentos.
De repente, mi móvil vibra como el desfibrilador de un enfermero y por costumbre, sé que me han mandado un mensaje de texto. Desbloqueo el teléfono, suelto todo el aire. Es Black Star. Dice, junto a un emoticono de una cara amarillenta lanzando un beso:
—Me gustas.
Me eché de golpe sobre la cama, y llevándome las manos a la cara, comencé a rodar por el colchón como un perro al secarse el pelo por una alfombra. Roja como una manzana: "—¿por qué haces eso? ¿Y por qué me sorprende siempre?" No se me va a olvidar. Free comenzó a ladrar como un poseso, pensaba que estaba jugando y de un salto que no llegué a creerme, se subió para restregarse conmigo con la lengua fuera. Miré el techo de mi habitación, me sentía tan tontorrona.
Entre suspiros, apagué la lamparita verde de mi mesilla. Free y yo nos acostamos calentitos, arropados por el edredón de mi cama. Él se hizo una bola peluda en la que no se distinguía la cabeza del trasero, y yo, no pegué ojo en toda la noche. Rodeada de oscuridad, con la única forma de luz que venía del tintineo de mi reloj digital. La calle silenciada por la nevada. Escuché a Spirit entrar en su cuarto y noté como se apagaba la tenue luz del pasillo que se colaba bajo la puerta.
Con mi perro como única arma de defensa ninja ante el ataque de algún intruso nocturno y los ojos tan abiertos como los de un búho siniestro. No podía parar de pensar. Ni tan siquiera le daba vueltas a una misma cosa, cuando ya estaba cavilando otra. Hice una lista de cabeza, sobre todo aquello que todavía me quedaba por conocer a fondo. El colegio, mi padre, Tsubaki, los Evans, el director. Y el preocuparme por Black no ayudaba a que me calmase o a que el pecho me diese una tregua.
Había pasado por bastante desde que llegué a este barrio. Mi vida empezaba a ser un poco caótica, si es que había dejado de serlo alguna vez. Pero esperaba con suerte que cuando me instalase del todo y llevase algunos meses confraternizando con esta "subespecie" perdida en medio de alguna parte, tal vez y solo tal vez: me sintiese parte de algo. De alguien. Con ello como esperanza a la que poderme aferrar, suspiré e intenté acomodarme sobre el colchón. Free me mantenía la tripa cálida, incluso podía oír sus lloriqueos de vez en cuando. Con los ojos adoloridos y el reloj de la mesilla marcando las tres y media, lo último que tuve en mente cuando caí rendida, fue una frase que mi madre me había dicho cuando era más pequeña: "Maka, los cachorros necesitan escuchar el corazón de su madre cuando duermen." No recordaba haber tenido nunca un perro, ni el momento en el que mi madre me había dicho algo así. Pero si recordaba haber perdido una bufanda por uno.
Cerca de cinco horas más tarde, mi padre no dudó en levantarme a grito pelado, a coro con el perro aullándole. "Una fiesta." Suelo hacer yo esa labor, incluso el desayuno. Pero esa mañana Spirit llegaba tarde al trabajo. Y para no variar, yo llegaba tarde a clase. Me vestí a toda velocidad con las medias del revés, me lavé los dientes con espuma de afeitar y tristemente no desayuné. Spirit me dio dinero para el almuerzo.
Nos habíamos dormido como marmotas. Entonces me acordé de aquello que solía decir mi padre todas las mañanas como muletilla:
"—¡Nada sale bien cuando duermes poco!" Es más, lo acababa de gritar sacando la tartana que teníamos por coche del garaje, lleno de trastos, cajas y olor a aceite. Para así, dejarme en el colegio de camino, lo cual no tenía ninguna gracia. Pero valía arriesgarse por una bronca menos de Medusa que añadir al cúmulo de mis problemas.
Y es que el día que me esperaba. No se planteaba tranquilamente sobre el papel. No iba a ser tan sencillo como desear a que todo saliese bien por meras esperanzas. En todo caso, estas se vieron frustradas por una molestia pegajosa e irritante. Que no paraba de mascar el mismo chicle sin parar.
Kim Dielh. Se llamaba.
Pero lo contaré desde el principio, aunque no me vaya a gustar.
Espacio Beru*:
Hoy tengo poco que decir. (Si me dais cuerda me enrollo como las persianas. Las antiguas, no las que hay ahora que suben solas pulsando un botón, vagos. En mis tiempos…) No, es broma. Este capítulo tenía planeado otro final (¡apoteósico!). Peeeero he tenido que acortarlo puesto que superamos PELIGROSAMENTE las 16.000 palabras. "¿Qué hacemos?" Tranquilo, relaja el esfínter carrrriño. (Uuh, voz de chula no eh, Bell.)
Simple and clear, ya que estamos con El Reto también, le quiero hacer un homenaje a todos los participantes que se han currado un capítulo para el concurso. Y agradeceros a todos por seguirlo. Haciendo yo misma un Extra (entre 1500 y 6000 palabras) a este capítulo, dándole el final (de capítulo, no de fic) que tenía pensado. Es más, lo voy a intentar subir súper pronto para que lo tengáis bien fresco. Es lo justo. (Risa del mal.) ¡Fin del comunicado!
Espero que os haya gustado, gracias por todos esos fantásticos comentarios que me animan a seguir, perdonadme por haber tardado, nos vemos pronto (seguid EL RETO) y:
Comprende, it's over!
Comprende it's over!
("—¿Por qué hacer canciones que rimen más de cuatro líneas si podemos usar otro idioma?" Firmado: POP.)
Para que haya próximos capítulos venideros, ¡ya sabéis que hacer lectorzuelos! (Pista: ¡deja tu review!) Me ha rimado y todo. A ver cuando me dan mi premio Emmy (Pista: jajajaja-más.) ¡Que tengas un gran día!
Nos vemos en el próximo capítulo de Sweet Dreams, (vuestros reviews serán respondidos todos of kors, ¡más demandas no!):
Capítulo 16 (Extra): "Entre serpientes y bufandas."
("Mááágicos, son los padrinos. Si crees que eres particular, ¡tus padrinos aquí están!" (Si no lo has cantado, no tienes infancia.)) Yeah, right.
