Sweet Dreams
"Dirás (ejem), hace milenios que no subes nah, pero Bell Star. "¿De qué vas?" Y ahora vuelves con todo el morro, con un concurso. "Ay no más." (El Reto, psst, se llamaba.) Tienes tantas ideas, y cero de motivacióóón... Lo mío no es rimar, soy Fanfiction Authooor… (Esto lo dejamos como cara B del disco, eh. Lo veo.) Suéltalooo, ¡suéltalooo! ¡Que el extra lo va a petaaar! ¡Suéltaaalooo, suéltaaalooo! ¡Capítulo 16, empezamos ya!" (Frousen. Copirais. Y para que veáis que nuestro acento es lo de menos:) "¡Libre (no) soy, libre (no) soy! ¡Yo quisiera actualizar mááás!"
Después de este (pequeño) trauma. ((Los vecinos agradecen que haya sido corto.))
Gracias a todos vosotros por leer y comentar, reviews serán respondidos, (y a los anónimos como no puedo: sabed que sois fantásticos joder. La palabrota es para enfatizar la emoción del momento.) Siento de verás la tardanza (Inserte una canción de Pablo Alborán o HA-ASH sobre el perdón y demás stuff), sé que jode esperar y me siento halagada porque sigáis leyendo y comentando. Por ello quiero intentar actualizar más a menudo desde ahora, aunque sea un poquito. Como redención, os traigo ni más ni menos que un capítulo especial (dos en uno) de cerca de veintidós mil palabras (Allá el valiente que se aventure a perder la vista y la razón en tal travesía apócrifa. "Llamadme Ishma(B)el(l).").
¡Espero que os guste! (¿Habéis visto que FanFiction ha vuelto a cambiar? La letra, ¿hola? Gracias Satán, yo no te lo he pedido tío. ¡No te lo he pedido!)
Dedicado a todos aquellos que participaron, compartieron, leyeron y comentaron en el concurso. (¡Aún nos queda el Desempate!) Please wait for it!
Bell Star
"Oh, Sweet Dreams are made of these. Who am I to disagree?"
Música para escuchar hoy:
You are not alone
"No llores, no llores, pequeño pajarito."
"Aunque estés asustado, y herido."
"Vas a despertarte, es solo un sueño."
"Y por qué los sueños hacen a la gente gritar…"
"No estás solo, no estás solo."
"¿Y si todo está en un beso?"
(Aram)
Black.
Domingo. Es un día de descanso, mundial. Se supone. Ya que si ese tal Dios del que todos parecen tener como pertenencia, descansó el último día después de crear la tierra, el universo y demás seres abominables en seis; seguro que fue por algo. Fue por algo por lo que mi madre no se había coscado todavía. Y mientras mi yo febril creaba su propio fuerte con las sábanas, tumbado en la cama y sudando como un pollo, para ahuyentar inútilmente cualquier ruido que se atreviese a cruzar la puerta de madera. Mi fantástica madre, decidía por cuenta propia que: era el día ideal para acabar de hacer limpieza en el desván. Como no habrá más días para hacerlo y se debe aburrir bastante aquí metida, aislada, teniendo que cargar conmigo todo el santo fin de semana. Toma la difícil decisión que toda madre debe tomar algún día, que es ponerte a mover trastos inservibles cuando tu hijo siente que se está muriendo.
El pecho lo tendría como una verbena pero lo que era el oído se mantenía perfecto. (Algo bueno tenía que tener.) Carraspeé, dando mil y una vueltas sobre el colchón. Sofocado por el calor, que en este caso venía desde dentro. Quejándome sin parar, sin ser capaz de encontrar la posición adecuada para entrar en coma un par de días. Cualquiera que me viese diría que estaba ensayando yoga mientras sufría una resaca monumental. Había que reconocer que estaba muy irritable. El no poder moverme a mis anchas empezaba a quemarme los nervios. Siempre he sido un chico de exteriores. Y mi madre no ayudaba en absoluto.
Escuché desde mi habitación como cada caja del desván era arrastrada, se caía o era ultrajada por las manos perversas de mi madre y sus: "—Así que estaba aquí…" "—Qué asco, esto para tirar." "—Se ha movido algo." "¡Una rata enorme!" "Ah no, Presidenta. Que sucia estás." "Hay que pasar el polvo…. Cogeré la aspiradora en vez del plumero para que así a Black le dé un ataque al corazón." Bueno, quizá eso último no lo dijo tal cual.
Incluso las patitas de las gallinas correteando por las baldosas me estaban sacando de quicio. Todo aquel sonido dentro de esta casa me retumbaba, me rebotaba como una pelota de Tenis al paredón. Y como tampoco tenía voz suficiente para gritar encolerizado, intenté insonorizarme el cerebro por completo. Hasta de mis pensamientos. Cogí la almohada como último recurso de defensa y escondí la cabeza debajo como un avestruz. Aceptación, rendición. "Nirvana."
—Black.
Mi madre apareció abriendo la puerta de mi habitación de golpe, dándome un susto de muerte y así acabando con mi inútil meditación y razón propia.
—¡Basta! —chillé con voz de camionero, perdiendo el poco juicio que me quedaba.
Salté sobre la cama y estrujé la almohada con ambas manos.
—¿Qué te pasa? —mi madre no se movió del sitio, se rascó la cabeza tranquila ante el hecho de que solo me faltaba echar espuma por la boca, para parecer un perro rabioso. Dio un par de palmadas—. Venga, que llevas todo el día durmiendo.
—Tú sí que llevas todo el día no dejándome —caí rendido sobre el colchón como un pescado en plancha, bocabajo.
Mi garganta hizo un ruido extraño contra la almohada, mezcla de un rugido y un suspiro largo.
—Pero si no te he hecho nada —ella miró a otro lado sonriente y llena de orgullo—… Haz lo que quieras, sigue tumbado si te apetece —me señaló, dando manotazos en el aire.
—No es que me apetezca…
La dirigí una mirada envenenada, con los ojos bastaba. El resto de mi cara estaba siendo engullida por el almohadón. Mi madre se agacha y recoge a lo que mi vista reconoce al primer intento como un cubo marrón.
—Te dejo aquí —hincha las mejillas de aire y con esfuerzo y ambos brazos de culturista, se balancea dejando una caja bastante pesada que resuena al ser depositada sobre mi escritorio "limpio y ordenado"—, esto.
—¿Qué es? —ladeo la cabeza.
—La gallina de los huevos de oro. ¿Tú qué crees? —me pregunta sacudiéndose las manos en el pantalón, mientras se rehace la coleta improvisada. Tardo en contestar, no había caído en el sarcasmo—. Tus trastos, estoy acabando la limpia del desván.
—Oh, ¿en serio? —usé lo poca agudeza mental que me quedaba para quedarme a gusto con su traición—. Estás limpiando el desván, no me había dado cuenta…
—Corta o te corto yo —me amenazó, a un enfermo. Hizo el gesto de unas tijeras con los dedos.
"Qué poca vergüenza."
—Si tuviéramos una gallina que diese huevos de oro, me compraría otra madre mejor. Y que no hiciese tanto ruido —Por poco berreé, apoyándome en el estómago en posición feto. Divagando—. Y también un cerdito para subirle al sofá. Y vendería a Presidenta o comenzaríamos a planear sus ataques de dominación mundial, contra la raza humana. Según como tenga el día.
Todo en ese orden. Los animales son importantes.
—Bueno, pues nada. Coge a tu gallina y vete con tu padre y tu hermosa madrastra de Cenicienta. Nadie te obliga a quedarte con tu horrible madre soltera, que solo busca un entorno limpio para su retoño —sobreactuó como la protagonista de una novela de época. Llevándose la mano al pecho, perdiendo el equilibrio y llorando de mentira—. Ah. Y no te olvides del zapatito.
"Si solo buscase eso…"
—Si tanto me quieres echar —rodé los ojos. No está con mi padre, pero siempre tiene que mencionarle cuando quiere salirse con la suya—… No te hagas la heroína.
—Perdone usted —se inclinó levemente y señaló la caja marrón que había traído con el pulgar—. Es lo último que queda. Los he limpiado. La mayoría son cómics o mangas viejos, alguna que otra cinta. Incluso de música. Tus amigos hicieron el resto hace un par de días. Agradéceles cuando les veas, si no lo tendrías que haber hecho tú.
—A esos, ¡nunca! —grité como un viejo avaro, tosí como un viejo avaro muerto. Mi cabeza cayó redonda a la almohada, pero mi puño se mantuvo alzado—. Nunca…
Era broma, estos gestos son los que hacen un vínculo llevadero y duradero. En el fondo tenemos una amistad preciosa. "De esas de revista pija, con suéteres, coches de marca y raquetas de bádminton. Y demás mentiras que me estoy inventando." Una lástima que Soul desapareciera.
—Elige lo que quieres guardar y por favor —regañó, acercándose con las manos en las caderas. Alzó el dedo acusador—, que no sea la caja entera.
—Vale —alargué la letra "A" como un poseso, con tal de que se fuera y me dejase dormir tranquilo. Si la tiraba un cojín era capaz de asfixiarme con él como venganza. No le di mucha importancia al asunto, zarandeando la mano medio muerta—. Luego me pongo con ello.
—Gracias, ¿ves que fácil ha sido? —murmuró contenta y ladina, haciendo una reverencia de princesa en el sitio—. También está el bate ese —abrí los ojos de golpe. Mi cuello se alzó por inercia. Había llamado mi atención aunque yo no quisiera, ella jugaba con su pelo azul y hablaba con la boca pequeña—, está que da pena. Pensé en tirarlo porque ya no lo usas, parecía que estuviese escondido. En un rincón.
Sus ojos claros me observaron con detenimiento, puso una mueca con los labios pegados. Me conoce como si me hubiese parido… Bueno, técnicamente…
—No digas tonterías —respondí bastante molesto por la encerrona, volví a restarle importancia y me di la vuelta tumbándome de lado sobre la cama. Le di la espalda—. Tíralo si quieres.
—Ya —No se iba a rendir tan fácilmente. Cerré los ojos con fuerza, por las migrañas más que por cualquier otro motivo. Y cuando quise darme cuenta, me estaba arropando. Echándome la sábana por encima con cuidado. Se inclinó sobre mí y rozó su mejilla de forma maternal contra mi cuello—. Pero bueno, creí que a lo mejor le tenías aprecio. Piensa un poco y échale un vistazo a todo lo demás —Su voz parecía más dulce en aquel momento. Hacía que se me quitasen los impulsos de estar enfadado con ella por cualquier tontería—. A lo mejor hay algo de valor ahí dentro.
—No lo creo…
Suspiré sin querer abrir los párpados. Mi madre me pegó un mordisco en la barbilla, me quejé en silencio y consiguió que me tapara con la sábana hasta la coronilla en defensa propia, de madres con complejo de leonas. Sé que bajó un poco la persiana antes de irse porque sentí la habitación oscurecerse más todavía.
Entonces cuando oí la puerta cerrarse y sus pasos alejándose por el pasillo. Me quité las sábanas de encima, sintiendo un calor apabullante. Fijé la vista en el techo de mi cuarto y aquella frase vino a mi mente, no sé del todo porqué.
"—Venga Black. Por algo se empieza. Aunque esté viejo, sucio y desgastado. ¡Todavía se puede reparar!"
Somnoliento me tapé los ojos con el brazo izquierdo a pesar de que no había luz que pudiese molestarme. Era un pequeño brillo escondido en mi mente, en mis ojos. Mordiéndome los labios, me negué a recordar nada más. Reaccioné dándome la vuelta, aferrándome con los brazos al cojín especial. Que había tenido la gran suerte de poder sostener la cabeza y el cabello dorado de Maka Albarn. Su aroma se había quedado impregnado en la tela.
No quería pensar en ese tipo de cosas, acabaría soñando aquello que no me apetecía repetir una vez más. Pero no podía evitar abrir un ojo curioso, traicionando mi orgullo. Que se quedaba observando aquel bate de madera que alguien le regaló, como el crío que solía usarlo.
—No se puede reparar nada —me decía una y otra vez.
Entre serpientes y bufandas
(Primera parte)
Martes.
Y es que el día que me esperaba. No se planteaba tranquilamente sobre el papel. No iba a ser tan sencillo como esperar a que todo saliese bien por meras esperanzas. En todo caso, estas se vieron frustradas por una molestia pegajosa e irritante. Que no paraba de mascar el mismo chicle sin parar.
Kim Diehl. Se llamaba.
Pero lo contaré desde el principio, aunque no me vaya a gustar.
Maka.
—¡Buenos días Maka!
Tsubaki me saludó al entrar en el aula. Todos los días se acordaba de mí. La respondí de la misma forma, arrimándome a hablar con ella como los cachorrillos a su madre. Dando saltitos. Mis libros y carpetas rebotaban en mi enorme bolso, recordándome que me atan a este mundo y que pesan tanto que si la gravedad abandonase este planeta, yo seguiría en tierra.
Mi cara roja por la carrera hasta el instituto pasaba desapercibida entre tanto calor y bullicio. La humedad ayudaba a que no nos fijásemos en los pelos alborotados de los demás. Sobre todo porque hoy no me había dado tiempo a peinarme con seriedad. Como una persona normal. Nunca mejor dicho, había llegado por los pelos. Y al parecer Sid había arreglado los radiadores y la gotera que ya no empapaba mi sitio.
—Tienes suerte de que Medusa siempre se fume sus dos cigarrillos de la mañana a la misma hora —me dijo Liz Thompson sentada al lado, desde su pupitre. Le estaba haciendo una trenza a su hermana menor. Patty me saludó con la mano entre risas, se movió sobre la silla y su hermana mayor le echó la bronca por no estarse quieta—. Pues ahora te la haces tú sola.
—¡No! —se quejó Patty, con el rostro triste y aniñado. Se llevó las manos a las mejillas y las espachurró.
Por otro lado, Liz llevaba razón. Mirase donde mirase con el ojo avizor. No encontraba a nuestra querida profesora guion matasanos por ningún rincón abismal y sin retorno del aula. Sin embargo, si avisté un objeto identificado como mío. En el cuello de otra persona. Del diablo, para ser exactos. Se me había olvidado por completo. Recordaré que una de mis dotes especiales es no recapacitar antes de actuar:
—¡Así que la tenías tú! —me acerqué sin haberlo pensado dos veces al pupitre de Evans. (Penúltimo, al lado de la ventana.) Y su dueño, señalándole con el dedo índice. Luego lo alcé, como todo buen detective haría—. Pues claro…
Soul, engullido entre las mangas de su jersey, tan solo levantó una ceja albina. Mirándome con una cara la mar de rara.
—Pensé que la habría perdido para siempre —comenté divagando—, en algún rincón. O en alguna papelera. Aunque, tampoco es que importe demasiado —Después de todo no era algo que atesorase. "¿Por qué debería cuidar algo que me dio alguien a quién yo no le importo nada?" No lo echaba de menos, pero me pertenecía igualmente.
Y mientras nos mirábamos, también me preguntaba porque Soul era el único que no llevaba uniforme. Según Tsubaki, él y yo habíamos llegado a la escuela casi al mismo tiempo. Otra parte de mí imaginaba a Evans con el uniforme puesto y cara de modelo serio, pero eso no era relevante ahora.
—¿Se puede saber de qué cojones hablas? —saltó por fin, levantando los hombros. Hágase notar su buen vocabulario.
Antes de que pudiese abrir la boca para dar explicaciones, tuve que sentarme en mi sitio. Medusa acababa de entrar por la puerta, hizo un horrible y grimoso sonido al abrirla. Llevaba un humor de perros con ella que se mezclaba con el olor a tabaco que desprendía desde kilómetros de distancia. La clase de lengua comenzó. Los radiadores debían emitir radiación, el mismísimo sol debía estar escondido ahí dentro. Hacía demasiado calor y la fatiga empezaba a acumularse en cada ser viviente de la clase como si fuésemos menopáusicas. (Sid no sabe arreglar nada.) Más de uno optó por quitarse el jersey o la chaqueta, entre los que me encontraba, para así poder sobrevivir a la siguiente clase y no acabar derretido como la bruja de Oz.
Pero ante todo, yo quería hablar con Evans. Era urgente y este tema ya me lo sabía de memoria. Así que apoyé el trasero específicamente en el asiento de Black Star, que estaba más cerca. Al fin y al cabo, él ya o llegaba tarde a clase. O venía a la siguiente. O debía suponer sin consuelo que ya no vendría y que tendría que pasar otra mañana sin él cerca para subirme el ánimo. Así que no le importaría que le robase un rato el sitio. ¿Se supone que estamos empezando algo? Hay que compartir.
—Mi bufanda —susurré en voz baja en la oreja del albino durmiente. Este pegó un brinco en la silla al ser despertado. Me eché hacia atrás.
Medusa estaba escribiendo en la pizarra con las tizas y los demás (la mayoría) tomaban apuntes. Nadie le había visto salvo yo. Me aguanto la risa o de lo contrario me ganaría su ira mortal. No lo podía evitar, lo más gracioso es que el pelo blanquecino se le ponía de punta y se le erizaba como si le hubiese dado corriente.
—¿Tu bufanda? —Soul vuelve en sí, deslizándose por el respaldo de la silla.
—MI bufanda —aclaro. Y agarro un trozo de su lana blanca y gorda con la yema de los dedos.
—Ya te he oído —él se aparta ante el contacto recibido por otro ser humano. "¿Por qué se hace el sordo?"
Frunce el ceño, no logro averiguar si por confusión o enfado.
—Seguro que la encontraste envolviendo a Free el día que te lo quedaste —cavilé durante un rato la posibilidad.
—¿Cómo lo sabes? —abrió los ojos de golpe. Mi vecino de casa y pupitre no estaba muy receptivo estos últimos días.
En sí a veces parecía que Evans no demostraba muchos gestos faciales. Quizá era demasiado vago como para intentarlo. Pero tampoco estaba del todo cabreado conmigo, era como un plus para mí.
—¡Porque es mía! ¡Te lo estoy diciendo! —grité en voz baja delante de su cara de besugo. Me tapé la boca de golpe con ambas manos. Ante su incomprensión, intenté mantener el mismo tono suave o el viejo oído agudizado por los (muchos) años de Medusa me descubriría—. Hoy no estás fino, Evans.
—Así que encontraste antes al cachorro…
Estaba por aplaudirle ante tal obviedad barajada: "muy bien Evans, muy bien. Toma una galletita. ¿Quién es mi chico guapo, quién es? ¡Tú lo eres!"
—Sí —asentí con plena seguridad y engreimiento, volviendo a intentar no echar a reír como una posesa—. Legalmente soy más madre que tú —le señalé con el dedo acusador y di un pisotón, dudé un momento. Achinando los ojos—. O… Padre —mantuve el dedo en alto. Evans echó la cabeza hacia atrás unos centímetros—… ¿Importa el género?
—Pues eres una horrible —me dijo con total seriedad, negó un par de veces de brazos cruzados—. Te topaste con Free antes, con el frío que hacía —Antes de gritarme y echarme las culpas, se aseguró de usar el mismo tono bajo que yo—, ¿¡y en vez de quedártelo lo abandonaste en la calle!?
Dio un golpe flojo en el pupitre. Me doy cuenta de que nos comunicamos de la misma estúpida forma. Y lo cierto es que no me extraña que el cachorro le quiera más a él. ¿Me estaba dando clases de moralidad? Justo tenía que ser Evans, justo.
—Pues —Sí, fue lo que hice. En pocas palabras. Ni me lo podía permitir, ni me lo podía llevar a clase. O a casa, o a ninguna parte. O eso creía entonces. Pero no pensaba dejarlo a su suerte. Evans tiene un don para hacer que te sientas fatal por dentro. Contraataqué, contra él y contra los malos pensamientos de mí misma que me azotaban en lo más bajo de la autoestima—… ¡Le dejé comida y mi bufanda! Me la regaló mi madre.
—Disculpa —apoyó ambas manos en el borde de su mesa, quizá para reprimirse—. ¡Eres la madre Teresa de Calcuta!
—Discúlpate tú, ¡pensaba regresar por él después! Pero cuando volví a buscarlo ya no estaba, ¡porque lo tendrías tú!
Nuestro tono de voz comenzaba sin querer a ser cada vez más alto y Soul seguía llevando mi bufanda blanca en el cuello. Dio un soplido y llevó la mirada a una esquina de la sala.
—Seguro…
—¡No me hables en ese tonito! —grité finalmente a los cuatro vientos, con ofuscación. Como una madre. Me daba mucha rabia.
Pero no pude seguir liberando mis frustraciones hacia Evans, me quedé con las palabras en la boca. A pesar de las muchas veces que Tsubaki me estaba advirtiendo de ello, dándome golpecitos con el bolígrafo en la retaguardia. No fui capaz de reaccionar cuando Medusa apareció de la nada a nuestras espaldas y posó su mano gélida en nuestros hombros. Su mirada rasgada inspiraba terror. Nos acongojamos:
—No quiero interrumpir vuestra incesante y estúpida cháchara de viejas pero —Medusa disculpándose con una sonrisa, no caerá esa trampa. Nos agarró con más fuerza. Soul y yo nos encogimos, ahora venía lo peor. El mortífero chillido ensordecedor—… ¡¿Queréis parar de dar gritos los dos en medio de mi clase?! ¡Energúmenos! —bajó la cabeza para intimidarnos lo más posible. Las pupilas repletas de furia.
Apreté los dientes y Soul exageró un poco llevándose las manos a los oídos.
"Si la que más grita es ella."
Por alguna razón que desconozco no dijo nada más. Se quedó congelada mientras nos veía, con los ojos bien abiertos, casi fuera de órbita Houston. Al igual que las aves rapaces. Águilas, halcones o lechuzas. El miedo debe darle placer, ver a sus presas paralizadas sabiendo que llega el fin. A pesar de que un profesor no debería agredirte de ninguna forma física o mental, tan solo nos dio un par de capones suaves en la nuca. A la vez. Y viniendo de ella, sospecharía que nos habíamos librado de una buena. La cara de asombro de mis compañeros fue la guinda del pastel de la duda.
Tal como vino se alejó, no sin antes darse la vuelta dramáticamente en su marcha triunfal y mirarnos (sobre todo a mí) con inquina. Como una bestia feroz, como el lobo disfrazado de abuelita que es. En vez de robar la cestita te obliga a salir a la pizarra a hacer sintaxis. Ella no se iría tan campante. Diciendo aquella frase innecesaria típica en cuadrilateros de boxeo ilegales, que dio escalofríos a toda la clase pausada palabra por palabra:
—Primer asalto.
Nos dio el espinazo. La saliva no me bajaba por la garganta. Llevé la vista a la izquierda, para regodearme con Evans de no ser la única intimidada. Pero para mi nueva sorpresa del día, no podía verle la cara con claridad. Soul mantenía la mirada clavada en el suelo, le temblaban los labios. Y seguía tapándose los oídos con las manos. Como si alguien quisiese matarlo. No sabía si era porque tenía sus mechones de pelo blanco más desperdigados que nunca, pero sentí la extraña necesidad de tocarle la cabeza. Junté las manos.
No quería volver a jugármela con mi profesora, así que decidí quedarme en el cómodo sitio de Black. Sentadita, calladita. Buena persona. "No he roto una vajilla en mi vida y a quién diga lo contrario, le tiraré un plato." La primera clase de la mañana se da por acabada, finiquitada (muere). Y con ella puedo volver a respirar, vuelvo a la vida y consigo estirarme un poco con mala educación adquirida. Dejar de permanecer en tensión hasta la última pestaña rubia.
Medusa como policía no tendría perdida, como perro policía quiero decir. (¿Será capaz de oler droga en el recreo?) Sale de la clase sin decir nada, con esa cara de asco que la caracteriza a la perfección. A veces parece que habla sola, masticando el aire. Pero en realidad está maldiciendo al colegio entero. Empiezo a pensar que solo tiene tres emociones: "Enfado, ira, asco." Y dos de ellas son casi lo mismo.
Los cuchicheos en voz baja resurgen con el cambio de clase y cada cual estira las piernas como le viene en gana. Para mi estupefacción de un día que se avecinaba lleno de sorpresas, Evans también mueve el culo. Pero no mucho, se acerca antes de darme tiempo a huir de la mesa que estoy ocupando de forma prestada. Desenrosca mi bufanda blanca de su cuello moreno y me la tiende con ambas manos. Podía habérsela quitado antes, pero lo hace ahora. Tampoco quiso jugársela.
—Toma —me dice con voz seca. Mirando hacia la ventana.
Le estaba costando ser cordial por segunda vez en la vida. O le gustaba confundirme hasta la saciedad con sus actos de buena fe con malsana actitud escondida. Debe guardar un puñal a la espalda. Y cuando menos me lo espere…
—Oh, gracias —dudé por un instante al recoger mi bufanda. Sentí la suavidad de la lana al rozar los huecos entre mis dedos e intenté mantener la vista cara a cara con Soul; fue imposible—… Supongo.
—Bah —se revolvió el pelo con saña y se cruzó de brazos.
Hinché las mejillas. "Borde." Aunque al menos no me la había tirado, esto debía ser una subida de nivel clarísima. Como en los videojuegos, algún día lejano quizá llegase al jefe final. Levanté una ceja, el nerviosismo seguía en él. Cuando vio que se había quedado de pie en el mismo sitio demasiado tiempo: enfrente mía. Se volvió incómodo y fue a sentarse en el suyo. Traté de tapar una risa que quería escapar por mis labios al verle, llevándome el pañuelo a la boca. Al rostro. Su calidez era tenue pero perceptible; la estruje y sentí el aroma que desprendía.
Diferente.
—Oye —levanté la cabeza, señalando a Soul con el mentón. Él dio un respingo sosegado en el sitio y me prestó atención con los párpados bien separados. Le tendí la bufanda—, puedes quedártela si quieres. Huele a ti, yo ya no la quiero. Gracias otra vez, por interrumpir tu siesta —sonreí y ladeé la cabeza.
Lo cierto era que no me disgustaba la paleta de colores que el blanco de su pelo y la bufanda hacían con su piel bronceada. Pero por algún casual, esa prenda de lana ya no me resultaba tan… Mía.
También pensé en cómo quedaría rodeando la piel más oscura del cuello de Black. Achiné los ojos, ninguno me dejaría dibujarle. Sueño imposible. "Black Star no teme al frío, el frío le teme a él." (O eso dice el enfermo de pulmonía.) "¿Por qué me rodeo de chicos de tez morena si soy más blanca que la leche?"
—¿Te la regaló tu madre no? —alzó una ceja, inquisitivo. Negándose a aceptar mi oferta, extendió los brazos—. Pues te callas. Los regalos no se —se quedó en blanco un buen rato, pensativo y con los ojos brillantes como granates pulidos. Lo pensó un tiempo y soltó la mayor estupidez del mundo—… "Rerregalan."
Podría jurar que señaló las comillas en el aire, pero nadie me creería. Rodé los ojos.
—Tú sí que eres "rerre-idiota" —volví a brindarle la maldita bufanda, esquivando la barrera de sus brazos. Poniéndosela en bandeja.
Por dentro me estaba muriendo de la risa.
—Encima —pronunció molesto, esquivando mi mirada. Seguía cruzado de brazos de forma fatigosa—… Solo… Me la he puesto, porque hacía fresco y era lo primero que había. Nada más. Soy… Sensible al frío.
"¿Sensi-qué?" Se puso tan rojo que cualquier excusa que intentase colarme intentando mantener la seriedad se hacía totalmente nula. "Está volviendo."
—Está limpia.
—Me da igual, quédatela. La lana siempre me ha dado picores. En serio, le darás mejor uso —No me importaba que no la quisiese recibir. Iba a empujarle con la bufanda en el pecho con mis dos manos hasta que se cansase y aceptase (o me persiguiese hasta el infierno)—. ¿En serio vamos a discutir por esto? —A mi frenética imaginación llegaban escenas de matrimonio entre dos viejos casados—. Ya la has echado a perder.
No mentía. Como última táctica, se la enrollé alrededor del cuello malamente, tapándole la cara al acabar. Y aún debería darme las gracias de que no le hubiera hecho una soga con ella. Me sacaba de quicio su cabezonería.
—Pero te la ha dado tu madre…
Erre que erre. Él suspiró cansado ahí debajo, atrapado. Intentando zafarse con las dos manos del lío que le había hecho alrededor de su cuello y cabeza. Murmuró: —No veo…
—Pues ahora te la doy yo a ti —le ayudé por pena a desenroscarse la bufanda de la sesera. Como una madre de verdad; no sé para qué le digo nada—. No quiero ni verla, ni a ti tampoco. Te viene que ni pintada.
Soul gruñó desde la garganta y me miró a la cara, alzando el cuello. Recogí la bufanda y la tiré en su mesa sin apartar la vista de sus ojos vidriosos y medio desfallecidos, bajo una capa de flequillo albino y revuelto. De verás que hoy no parecía el mismo rebelde de siempre.
—Hoy estás muy tonto, ¿verdad? —sonreí con todos mis blancos dientes.
Y entonces sí que me mató con la mirada. Había vuelto. En definitiva. Agarró con brusquedad mi bufanda con sus manos, cerró los ojos y levantó la barbilla con un aire superior. Me susurró de forma tenebrosa pero inexplicablemente sensual (a mí gusto):
—Tú lo has querido.
Abrí los ojos como platos. No sabía del todo a que se estaba refiriendo, pero lo que sí sabía es que un escalofrío me recorrió todo la espina dorsal. Alcé una ceja y cuando quise preguntar o hacerme la interesante, Medusa entró por la puerta de clase y con ella su cara de perro rabioso. Junto con Evans actuando de forma misteriosa; la segunda hora de infierno, digo aprendizaje, dio comienzo.
Es el momento idóneo. Medusa está de cara a la pizarra, dando apuntes a velocidades de vértigo sin que a nadie (incluyéndome) le dé tiempo a copiarlos antes de que los borre. Para ser una cincuentona que pierde el tiempo fumando, es muy rápida. Es entonces cuando Evans se aproxima inclinándose hacia (el pupitre de Black) mi silla y sin ningún pudor o remordimiento escrito en su frente calmada, abre mi bolso.
Sin que me dé tiempo a reaccionar lo más mínimo, mantengo una boca abierta en la que podrían entrar un séquito de moscas. Cuando veo como el albino mete a presión mi bufanda lanuda entre mis cachivaches y archivadores. Y así podría decirse ahora que él, se la había rerrerregalado a mi mochila. En la cual, parecía que llevaba una bomba a punto de explotar; igual que mis nervios.
No valía la pena. Juntó los morros, cruzándose de brazos por incontable vez. Impasible y con la mirada al pizarrón. Volvió a colocarse en su sitio, como si no hubiese pasado nada. Sin que le viesen. Y si yo rechistaba, nos ganaríamos un tirón de orejas por parte de Medusa. Era un plan elaborado en cuestión de segundos. Ni yo podía entenderme a mí misma en ese momento. Me la había jugado. Estaba por darle un aplauso, en la cara.
Quizá en el fondo, no quisiese dársela. Pero tampoco quería tener aquella bufanda blanca. Mis emociones hablaron, el orgullo se alzó con la estupidez. Casi rompo un bolígrafo.
—¡Eh! —grité colérica finalmente, ante tal injuria. Pero velozmente, mi sexto sentido hizo que me llevara con sabiduría las manos a la boca para cerrarla de nuevo. Si no, Medusa esta vez nos mataría, Evans es muy listo. Digno enemigo. La ira permanecía en mi garganta, así que le regañé un poco más bajo. Con los puños cerrados sobre la mesa—. ¿Pero qué haces idiota?
—¿Yo? Nada. Dormir. ¿No? —alzó los hombros sarcástico. Bostezó y se dispuso a echarse una siesta falsa. Adrede. No podía verle la cara, pero sabía que en el fondo sonreía levemente. Con maldad.
—¡Como vuelvas a —"tocar mis cosas sin mi permiso!" chillé por lo bajo. Jamás había tenido las mejillas tan hinchadas como en este momento. Me mantuve amenazadora, más por el gesto que Evans me había regalado que por la verdadera razón. Sabía que era una bobada pero mi infante interior quería ponerse a la altura de Evans—… Te mato. ¿Entendido?
Le hice el signo de cortarle el cuello con los dedos.
—Si quieres intentarlo… Uh, qué miedo.
Pronuncia con un leve y descarado sarcasmo. Es entonces cuando enfadada a más no poder y roja, con toda mi sed de sangre reunida en la cara, le pellizco con tres dedos en la nuca. Apretando como si tratase de subirle el volumen a una radio llamada: Irritante.
De nuevo: sin pensarlo.
—¡Ah! —abandona toda seguridad en sí mismo y pega un respingo en el sitio muerto del susto. Cuando su vista identifica que la causante de su ataque al corazón he sido yo. Me imita y acaba gritándome fuera de sí, imitándome—. ¡¿Qué haces?!
—Mira, ¡al final te has asustado! —le señalo con el dedo.
Ahora me río, pero sé que en el fondo me merezco lo que he hecho y lo que he conseguido…
—¡Serás bruta! —se lleva las manos a la nuca, palpándose la zona siniestrada por mis uñas. Se las había clavado, "sin querer."
—¡Gruñón! —me defendí con otro chillido. En la idea de que no había sido para tanto…
Como cuando las madres primerizas defienden el mal comportamiento de sus hijos en vez de educarles cómo deberían: estaba jugando…
—¡Yo no te he tocado! —Evans se agarró con las manos al borde de su silla. Gran gesto, ya que podría matarme si se dejase llevar. Y no le culparía en el fondo por ello.
—¡Pero sí mis cosas! —contraataqué. Cuando quise darme cuenta estábamos ambos medio de pie.
Para ser exactos, no solo nosotros:
—Parece que un par de alumnos no han tenido suficiente con una visita al director —Medusa murmuró a nuestro lado (¿Cuándo ha llegado?) y como podía suponer, más cabreada que nunca. Podía ver el castigo en sus ojos, lo alterada que la teníamos—, ¡esta semana!
Agarró su carpeta como si le fuese la vida en ello y nos golpeó a los dos en la cabeza, sin miramientos. Apreté las muelas, me sobé la zona herida. Qué dolor…
—¿En qué siglo vive? —pregunté aun sabiendo la respuesta (alguno del neolítico), todavía exasperada—. Los profesores no pueden golpear a sus alumnos.
La lógica estaba de mi lado, pero Medusa no. Y ella aquí, lleva el cetro y la corona.
—No la lleves la contraria —Soul hacia lo mismo que yo—, que si no te volverá a…
Antes de que pudiese terminar de advertirme, Medusa me golpea de nuevo en la cabeza, me quejo. Lo siento en el cráneo. Sus ojos brillan. Su voz es aguda y terrorífica:
—Puede, pero aquí mando yo. Ni que te hiciese sostener biblias —comenta. Como si la otra opción fuese más dolorosa. Y luego le da a Soul con su carpeta también, otra vez—. Por ahora. ¡Y eso por chivato!
Nos daría con periódicos gruesos si pudiese. Porque somos sus perros, está más claro que el agua. Mis compañeros de clase no pueden evitar soltar alguna que otra risita, todos prestan atención. Incluso Liz Thompson, que siempre suele limarse las uñas, maquillarse los ojos, chatear por el móvil o pintarse los labios. O usar la cámara del móvil para verse como ha quedado. Medusa siempre le confisca sus accesorios. En este caso, con una sola mirada hacia sus espaldas, acalla todas las débiles carcajadas de la clase.
—No os saco fuera porque sé que la liáis, que ya os tengo calados. Os queda una vida, no la malgastéis —amenazó con los ojos llenos de furia decidida. Sabias palabras de una bestia—. A la próxima de cabeza a Shinigami, ¿entendido?
"¿Encima de hacerme daño debería darle las gracias?"
—Sí señorita —Soul y yo nos miramos, hablando al mismo tiempo con resignación. Nos sentamos, robotizados.
"Pues parece que sí."
Definitivamente Medusa no era una bruja. Que quede en acta que ha ascendido a demonio.
—¿Decías Albarn?
—¡Nada señorita!
No aprendo la lección. Me grabé esa frase de disculpa en la memoria RAM.
—Segundo asalto.
Ella repitió.
La segunda y tercera clase iban pasando lentas como tortugas. No ayudaba que ya hubiese estudiado las materias con anterioridad en casa. Soy ese tipo de persona empollona y sabionda que todos odian en clase, aunque ellos aún no lo sepan. A veces me preguntaba a mí misma si mi… Si Black, me aceptaría tal y como soy. Seguíamos sin saber mucho el uno del otro por el presente, quería que eso cambiase. Sé que siento algo por él, especial; pero no sé… Nada más.
También sabía que no debía agobiarle, que ambos necesitábamos tiempo. Sin embargo, también concebía la necesidad de tenerlo al lado en todo momento. Él sentiría lo mismo, ¿conmigo? Yo no era nada excepcional, como podría gustarle a un chico así. No debería desviarme de mis estudios, pero si no era capaz de darlo todo por ese chico y por los estudios. ¿Entonces qué clase de chica soy yo?
Era algo anómalo, el amor o el padecimiento torturador que estuviese afectándome, era anómalo. Nunca lo había experimentado de esta forma y no sabía que hacer del todo. Cuando volví de mi ensoñación de ojos abiertos, me percaté de que estaba escribiendo sin sentidos sobre el papel de mi archivador. "¿Qué estoy haciendo?"
Seguía en el asiento de Black Star, en su asiento. Empezaba a pulsar sin parar el botón de mi bolígrafo y Soul, aunque al principio parecía ponerle nervioso, se estaba quedando dormido encima del pupitre. Algo habitual. La cabeza y los párpados se le iba hacía hacia abajo, por segundos de inconsciencia. Su barbilla resbalaba en la palma de su mano, hasta caer sobre el pupitre. Así que, si quería preguntarle algo más: tenía que ser ya o nunca.
—Te pasaba algo ayer (no preguntaba, afirmaba).
—Nada en especial —respondió adormilado menos tardío de lo que esperaba. Un ojo abierto, otro cerrado. Acababa de levantarse.
Los brazos cruzados sobre el pupitre, a modo de almohada improvisada.
—Estabas raro. O sea, más raro de lo normal. Raro-raro.
—¿Eh?
—"Rerrerraro"
Me había hecho mucha gracia el concepto. Él hizo una pedorreta con la boca, había hecho bien en preguntarle. Solo podías hablar con él de temas importantes cuando tenía la guardia baja o semidormida.
—Ah… Discutí con mi padre —dijo, como si no pasase nada. Como si fuese algo que pasa a menudo. Se rasca la mejilla con el dedo y me pregunta—. ¿Te hace feliz Porkotilla?
Nuevo mote y aunque pareciese imposible, este me gustaba menos.
—No, para nada —me puse de morros, encogiéndome. Me mordí los labios. Había algo que me reconcomía desde el día del laboratorio. Quería saber si esto también era culpa mía. Era capaz de admitir que Evans no era de mi agrado en grandes cantidades del día, pero tampoco quería causarle problemas. Me atreví a dejarlo caer—… Es por lo de la rana, si es por lo de la rana yo…
—Que no —respondió tajante, mientras uno de sus ojos rojos se asomaba entre la cortina de flequillo blanco, entre sus brazos cruzados. Observándome como el objetivo de una cámara a punto de dispararse—. No es por lo de la rana, ni por ti. Ni por nadie. Discutimos sin parar —dijo, apoyando la mejilla derecha sobre sus antebrazos. Negándome la mirada, llevándola hacia la ventana—. Da igual.
Parece que había dado en el blanco, pensé que me estaba excediendo y no quería dar lugar a un silencio incómodo de nuevo. A Soul tampoco parecía importarle que Medusa se cansara de nosotros y nos castigase. Me parecía más importante, justo ahora. Si esperaba a que la clase se diese por acabada, él se escaparía en el receso como hace siempre. Quise cambiar de tema de conversación.
—Vale… ¿Y…
—Deja de preguntar —me cortó de golpe, volviendo la mirada al frente. Sin cambiar la posición recostada—, ¿es qué tienes que saberlo todo de todos siempre?
—¿Y tú tienes que gruñir por todo siempre? —comenté enfadada, sin recapacitar nada de lo que había dicho imitando su voz—. ¿Con quién no discutes tú, a ver? ¿Con el gato? —Eso último me había salido del alma.
Lo cierto es que nunca le había visto no discutir con nadie.
—¡Es una gata! —chilló, irguiéndose. Totalmente molesto y ofendido.
"Eso es lo único que le importa, en lo que piensa y en lo que responde…" Le mandé bajar la voz. "Otra vez no."
—Tu padre es un buen tío, sabes. Tienes suerte y la desperdicias —seguí jugando con el boli de Yellow Pity, sin mirarle. Dándole mi justa opinión—. Comparado con el mío, te lo cambiaba.
No estaba bromeando. Aunque cualquier hombre guarda algo de decencia comparándolo con el infantil, desordenado y mujeriego de mi padre.
—Tú que sabrás —Soul apoyó el codo sobre el pupitre y en la palma de la mano dejo caer el peso de su cabeza. Empezaba a enseñarme los dientes, tratando de contenerse. "¿Sería capaz de morderme?"—… Y ya, ya lo sé. No hago más que joderlo todo siempre… ¿Y qué?
La dulce conversación se desviaba en un tono muy lúgubre, que yo no había querido en ningún momento.
—¿Eh? —No sabía a qué se estaba refiriendo y suponía que lo mejor era no indagar más en la llaga por ahora. Suspiré con cansancio—. ¿Estás mejor o no estás mejor?
—No —su cara rebotó contra el pupitre—. Y deja de entrometerte de una vez.
Apenas pude entender lo que dijo con la nariz taponada y la boca pegada a la mesa, pero fue muy borde e infantil.
—Muy bien. Gracias —sonreí sarcástica. Quitándome un sombrero de la cabeza que no tenía—, su alteza real de Gruñolandia. (Siempre acabamos así. Mientras no muerda...) Me voy en paz —hice el signo de la "V" con los dedos—, dejándole con sus gruñidos internos. Ya lo has dicho. No era tan difícil.
Soul vuelve a llevarse una mano al pelo. Las dos.
—Al final soy imbécil y siempre hago lo que tú quieres —se lanzó a decir con pesadumbre latente en el tono de voz. De la nada.
"Hasta aquí hemos llegado."
—¿Lo qué quiero? —me enervé. Ahora no había retorno, mi boca se quedó entreabierta—. ¿Pero de qué vas? Haz lo que te dé la gana o no lo hagas. Pero a mí no me vengas con estas —pronuncié más indignada que nunca antes—. Solo te he pedido un favor desde que te conozco —le señalé con el dedo, dejé indicado el número uno. Evans me volvía colérica y hecha una furia. Grité en voz baja—, ¡no me parece para tanto!
¿Me estaba llamando aprovechada?
—No lo digo por eso —él cerró los ojos. Su mano se volvió un puño y con los nudillos sostenía su frente.
Pareciese como si mi mera presencia le hiciese arder la cabeza, o al menos eso estaba haciéndome creer. Sin aguantarme la mirada. Para que me callase ahora, cuando él quiere. No me daba la gana.
—¿Y entonces por qué? —exigí en el sitio—. ¿A qué ha venido?
—¡Por nada! —su voz se alzaba pero parecía luchar para que su semblante se mantuviese indiferente, como siempre. Sentí un deje de rabia en sus ojos. Como se endurecía—. No… ¿No puedes ignorarme y ya está?
Eché la cabeza para atrás de la frustración que me provocaba.
—No sé ni para qué me molesto en preocuparme por tu estupidez —me crucé de brazos, casi le escupo las palabras.
—¡Pues no lo hagas, no te lo he pedido!
Él hizo lo mismo.
—¡Ni que te amenazase a hablar conmigo al filo de un cuchillo!
—¡Qué te calles! ¿¡Por qué sois todos iguales!? Es demasiado temprano para hablar tantas tonterías…
—… Soul, ¡son más de las once!
Se nos fue de las manos. Como era de esperar.
—¡Que os calléis los dos! —Medusa tronó frente a nuestros pupitres. Gritamos. Dio un par de palmetazos sobre las mesas y hubiese sido capaz de tirarlas si no se llega a controlar un poco. (Por las noches debía ser luchador de sumo)—. ¡¿Se puede saber a qué estáis jugando hoy?! ¿Queréis desquiciarme los nervios? Pues enhorabuena. Lo habéis conseguido —vociferó. Y vociferó como nunca. Pensaba que las dos últimas veces que nos había llamado la atención, ya habían sido terroríficas. Pero me equivocaba, la tercera era mucho peor. Le iba a estallar la vena del cuello—... ¡Me tenéis hasta las narices! Los dos fuera, ipso factos —acercó su rostro a los nuestros, olió nuestro miedo y nos acuchilló con la mirada. Alzó el brazo como un sargento de tropa y nos señaló la puerta sin ninguna amabilidad presente en el gesto. Luego amenazó de forma sombría y tenaz:—. Agarrad el libro más pesado que encontréis y más os vale no soltarlo. ¡No vais a interrumpir más mis clases!
Volvió a dar un golpe que hizo temblar las mesas y se puso derecha tras finalizar su dictamen. Su condena. Sus alumnos, sus presos. Su aura tenebrosa tras la espalda y su regla de metro dando chasquidos contra su mano. Se dio la vuelta. Consiguió erguirnos a todos dentro del aula (y probablemente a la de al lado también), sudábamos. Nos quitaba la respiración. Alcé la mano como medida desesperada. Con desasosiego a que me la arrancase si decidía volver a estar a escasos centímetros de mi nariz, sentir su aliento en el cuello. Me estremecí.
—Pero profeso…
Medusa se dio la vuelta en el acto, y juraría que su cuello había dado un giro de ciento ochenta grados perfecto antes que el resto de su cuerpo y los tacones de aguja.
—¡Al pasillo, los dos! —Esta vez no movió un dedo, estaba a un pelo de romper su regla gigante y causante de mucho dolor estudiantil. Sentí como gruñía, como deseaba matarme—. ¡Maka Albarn no me rechistes!
Me traquetearon los dientes y asentí, pidiéndola disculpas. Por una vez se sabía mi nombre, aunque no de la manera que yo lo hubiese deseado salir por sus labios agrietados, secos y encolerizados a más no poder. Tercer asalto y K.O. Vencedora aplastante.
Evans se levantó sin rechistar, suspiró y dejó de estar blanco como el papel. Todos se quedaron mirándole con sorpresa y me ignoraron a mí. Cogió un diccionario de la estantería como si supiese lo que estaba haciendo, le seguí. A él y a las órdenes de Medusa.
—¡Ahora!
Vi la cara de Tsubaki asustada. Intentaba sonreírme como podía, juntó las manos rezando por mí. Y como es buena gente, también por Evans quizá. Nadie dijo nada más hasta que percibí el sonido del portazo tras la espalda, su brisa helarme la nuca como un jarro de agua fría. Era la primera vez que me echaban de clase.
Nos pegamos ambos a la pared, por si "al demonio" se la ocurría salir a vigilarnos. Con los libros en mano por si se le ocurría atacarnos, y para defendernos. Pesaban una vida, tal vez solo a mí. Sería el hecho de que me sentía una mala persona, una horrible en este instante. Indigna. Por mucho que la odie, siento que la he decepcionado. Quién me mandaría a mí ponerme así. Claro que eso no pensaba confesárselo a Evans. Al contrario. Me daba rabia, él parecía tranquilo. Aunque tal vez fuese porque cuando está solo, sin un cúmulo de gente delante parece una persona distinta.
Aún podíamos oír los gritos histéricos y aullidos rabiosos de nuestra querida profesora. Medusa, poniéndonos verdes hasta las orejas delante de los demás, callados como corderitos mientras ella chillaba algo sobre que conseguíamos que se le cayese el pelo a puñados. Y no sé qué del corazón.
—Que conste. Todo esto es culpa tuya —No hablaba yo, hablaba mi yo enfadado e infantil. Buscaba justicia donde no la había, aunque podía buscarla en la Enciclopedia que estaba sosteniendo ahora mismo. Si no, Evans podía cambiármela por su diccionario rojo de tapa gorda.
Esta vez, no pensaba retractarme. Me sacaba tanto de quicio, me daba tal impotencia el oír sus respuestas sin alma:
—Qué sorpresa…
Curioso, para alguien que se llama Soul. Su madre no acertó para nada con el nombre…
—Te pones a gritar por nada —continué.
¿Por qué no está cabreado como yo? Por qué no le molesta.
—Siempre.
Ni siquiera se dignaba a mirarme y apenas se esforzaba en pronunciar. Suspiró de nuevo. Yo quería arrancarle una oreja, a lo Van Gogh. Pero tenía las manos ocupadas y los dientes a modo de sierra pila contra pila.
—Y encima pasas de mí y me das la razón como a los tontos. Es alucinante —los ojos se me salían de las cuencas—. Tienes suerte de que no quiera más castigos, que si no te estaría golpeando con uno de estos —reboté el libro en una de mis palmas como una pandillera tirillas. Le señalé con el dedo, furiosa—, ¡en el cabezón!
"Hasta que sangrases…" Porque avisar es importante. Medusa me lo ha enseñado hoy. Así pareces la víctima y no la mala del cuento después, para que luego diga que no aprendo nada en sus clases.
—Ah…
Él comenzó a reírse de la nada, casi se le saltan las lágrimas. Sin que yo entendiese la gracia. ¿Había sido graciosa o se estaba burlando de mí? No era el momento para reírse. Porque puedo elegir la violencia, aquí y ahora. "Lucha contra mí."
—¿Y ahora qué te pasa? Eres una menopáusica Evans… —hinché las mejillas. Estuve a un pelo de matarlo con la pesada Enciclopedia. Y aunque no quería dirigirle palabra o atisbo, como hacía él; al final acababa echándole un repaso por el rabillo del ojo.
Soul se tapaba la cara con una de sus manos, su risa fue descendiendo decibelios hasta desaparecer por completo.
—Lo siento.
Salvado, del chichón que pensaba dejarle marcado en la cocorota. Se me quitó un enorme peso de encima, y no lo decía porque de la impresión al oírle se me hubiese caído la enciclopedia abierta de par en par, y sus páginas se hubiesen arrugado. Como una idiota la fui a recoger del suelo y él quiso hacer lo mismo, a la vez. Le respondí a tontas y a locas de forma entrecortada.
—Oh… Eso es… Nuevo —No sabía cómo reaccionar ante este gesto mientras nos incorporábamos, cada uno con un extremo de la Enciclopedia del demonio en mano. Se mantuvo serio, mirándome a los ojos. Me preguntaba si tenía fiebre…—. Bueno quizá, y solo quizá. Yo haya tenido… Gran parte de culpa.
Otro peso de encima, fuera. Empezaba a sentirme mejor. Soul dio un chasquido con la lengua, me dio la espalda y vi como su hombro se arrastraba por la pared hasta quedar sentado en las baldosas. Soltó algún que otro gemido lastimero. "—¿Qué haces?" Quise preguntar.
—Olvídalo Maka. Olvídalo y ya está —golpeó la cabeza contra la pared, de lado. Le oí murmurar incoherencias en voz baja—… Como se entere me va a…
Me encojo de hombros y flexiono las rodillas hasta quedar a su misma altura. El suelo estaba frío y mi falda no era muy gruesa.
—Yo… También la lío muchas veces —y cuando digo muchas me refiero a un montón. Como ahora. Mis despistes son peligrosos. Él me mira con la boca entreabierta y las cejas alzadas, molesto—, pero no pasa nada.
Traté desde lo más profundo de mi ser de usar un tono de voz apaciguador.
—¿Quieres parar ya? En serio, ¡no hace falta! —Pero no sirvió de nada. Explotó como una palomita de maíz en un microondas—. Parece que cuanto más te digo que me dejes tranquilo, más te acercas a fastidiar y sinceramente. No te entiendo, no sé qué quieres —Empezaba a quemarse. Podía verle las palmas blancas de las manos perfectamente. Y abrió tanto los ojos, que pasmado, parecía que van a salírsele de órbita. Sistema solar. Galaxia—... No tengo nada. No te trato como para que yo tenga que importarte nada. Ni a ti ni a nadie. ¿Por qué no me dejas en paz? Y asunto zanjado.
Volvió a respirar, por poco se queda sin aliento. A gusto, se ha quedado. Por un momento me quedé en blanco. Parece que no era la única que tenía preguntas.
—Pues sí —admití serena—. Soy una molestia y una entrometida de cuidado. ¿Eso quieres oír? —alcé los hombros, cerré los ojos. No me importaba lo que pensase ya, si seguía actuando de aquella forma. Como una cría, ni él ni yo llegaríamos a ninguna parte—. Te lo digo. Mira qué problema.
Sabía que su padre era profesor, y tampoco tenía a su madre. A lo mejor, pensé, debía de ser muy duro con él. Tendría derecho a estar enfadado ahora. Aunque fuese conmigo.
—No quiero oír nada —me dijo ultrajado y enrojecido al haber soltado frases tan largas para él; señalándome con el dedo acusador—... ¡No lo admitas!
—Ya estás gritando otra vez —separé su acusación con la mano, evadió el roce. Me la llevé al pecho, como si estuviese jurando en un juicio—. Ya te he dicho algo de mí, te toca.
—Me va a estallar la cabeza…
Volvió a encogerse hasta descansar la frente sobre las rodillas, adolorido. Y viéndole así, sentí que algo se me resquebrajaba por dentro. Esperaba que no fuese un órgano importante mientras sentía como una bombilla daba señales de corriente en mi cerebro. Achinando la vista sin razón, me atreví a preguntarle de forma entrecortada. Tenía que poner las ideas en palabras y esta vez no la quería fastidiar.
—Oye… Te has preguntado si tal vez eso, ¿es porque —¿me alejas?—, alejas a todo el mundo de ti?
—No es cierto —le oí responder (y pegarme un susto) con una voz más grave de la habitual, sin que hubiese levantado cabeza. Y mientras lo hacía lentamente con la mirada ensombrecida, repetía—. No hago eso. Yo no —Y repetía—… No hago eso.
—Oh, yo lo siento así —subí los hombros un instante y mantuve la vista puesta en él.
"No te entiendo."
—Perdo… —traté de añadir, me cortó.
—Pues te equivocas —seguía de rodillas, enfurruñado. Aunque al parecer ya no era conmigo. Me miró a la cara, totalmente indiferente—. Y no me hables más…
Equivocación, en efecto. Es subnormal perdido, sin retorno.
Protesté desde la garganta como un perro, pareciéndome a él. Expulsé todo el aire por la nariz, dispuesta a soltar todo lo que almacenaba dentro.
—Pues me vas a escuchar por una vez en la vida. No te dejo tranquilo porque, cada vez que me dices lo mismo más pareces pasarlo mal. Y si alguien que conozco lo pasa mal —me señalé a mí misma con el pulgar en el corazón y él puso los ojos en blanco—, me concierne. Aunque sea un poco. Y punto. No entiendo que paz quieres conseguir tú solito y tus pensamientos de idiota. Pero allá tú. Yo solo te quería ayudar, ya te lo he dicho antes y te lo seguiré diciendo las veces que hagan falta. Parece que no te queda claro.
—Es que no me puedes ayudar. No me conoces —arañó el suelo, parecía haber retrocedido cerca de cinco años mentales. Y sorpresa, seguía siendo un borde negativo—. No lo entenderías. Y además, no sabes lo que es el silencio, ¿verdad? Lo tienes todo…
Omití esas últimas frases en mi cerebro, porque si no lo hacía, lo mataría aquí mismo. Inspiré manteniendo la calma y el ceño fruncido.
—Si no me lo cuentas, desde luego —Las palabras adecuadas se me atragantaban, sin llegar a salir de mi boca seca y se quedaban guardadas hasta nuevo aviso. "Quiero que sepas, que puedes confiar en mí, de verás". Así que intenté dar un pequeño rodeo en vez de bloquearme, para así llegar al mismo sitio—… Hace unos días, me dijiste que no te caía mal. ¿Era mentira?
—No —arrugó la nariz, como si la conversación volviese a interesarle de nuevo de una forma sobrenatural. Su tono de voz pasó de ser serio a pacífico en cuestión de un segundo. Dio un chasquido con la lengua, nervioso—. Pero no quiero meterte en mis problemas. Son… Míos. Si vengo aquí es para librarme de ellos. No eres parte de ellos, incluso cuando discutimos por estupideces se me olvida que existen. Pero si me los recuerdas todo el rato entonces no sé para qué vengo —Tras ello, me quedé con la boca entreabierta, sintiéndome la peor persona del mundo.
—Soul, lo sien-
Levantó la mano pacíficamente, pidiéndome un poco de paciencia.
—No me molesta estar contigo, y querría que siguiese siendo así. Yo… No hablo me suelo fiar de mucha gente, tampoco hablo gran cosa… Soy así —él mantuvo los ojos lejos de mi vista, al contrario. El cuello contraído. No quería que le viese, "¿acaso estaría triste?"—. Que nos hayan echado me trae sin cuidado, ¡si me estaba durmiendo! —Soltó aquello dándose la vuelta de golpe, lo que respondió a mi pregunta. Encarándome con aquellos ojos rojos, haciéndose el dramático. Soul no estaba enfadado—. Ya me las apañaré.
—Más bien ya estabas dormido. Nos lo merecemos —se me escapó una corta risilla, antes de negar con la cabeza abatida en son de "somos dos casos perdidos de Se busca"…
—No me duermo en sí —Soul alzó los hombros, parpadeando varias veces—… Me echo una siesta, por error.
Nos miramos asombrados cara a cara durante un buen silencio incómodo. Lo había dicho en serio, nunca sé cuándo bromea o habla en serio… Es nuevo para mí.
—Sí, claro —el aire se me escapó de la boca y sostuve la carcajada con una sonrisa de labios sellados. Él me seguía mirando. Planté la vista en el suelo, rodeándome con los brazos, más calmada—… Si eso es lo que piensas, entonces no te diré nada más… Por hoy.
Murmuré decidida con los ojos cerrados, le oí suspirar en el sitio.
—Maka…
Eso es, seguiré siendo la atolondrada y precipitada Maka de siempre. Quizá hayamos nacido para molestar al otro, quizá es el destino. En el fondo no nos conocemos, ni él a mí. Ni yo a él. Por ahora. Si lo que queda va a ser así de complicado, no sé si me apetece repetirlo. O al revés, si al final ha resultado algo sencillo de lo que hablar con él.
—¿Por qué no me lo has dicho antes? —pregunté con los mofletes inflados.
Como mencionase lo de la siesta iba a matarle aquí mismo. Pero no, gracias a la deidad que sea que haya en el cielo se lo tomó en serio. Más o menos.
—Porque soy un imbécil —Su tono de voz fue subiendo poco a poco el grado de molestia, el ceño fruncido—. Que está en un pasillo helándose el culo —se lo sobó—. Sosteniendo un puto diccionario que tiene el culo menos duro —Dramatiza y a mí me entra la risa tonta, suena como una pedorreta en mi boca. "Debería tocarle el culo para averiguarlo, todo sea por el afán del descubrimiento, la evolución y la ciencia." Él se enfurruña como un niño—. No tiene gracia.
Puede ser muy divertido si se lo propone. "Evans, ¿este eres tú? ¿El de verdad?"
—¿Qué te han hecho los diccionarios? —no dudé en vacilarle ni un instante—. Tienen que ganarse la vida con algo, aunque sean putos —asentí con formalidad.
—¡Maka! —gritó y comenzó a ponerse rojo. Aterrado.
—Sabes, si también estás así por lo de la bufanda… No sé, si no quieres la de mi madre puedo intentar hacerte una —sonreí, jugando con mis dedos.
—No…
Soul miró hacia otro lado, junto las manos bajo su jersey de mangas largas que le cubría hasta los nudillos, totalmente blanquecinos.
—O sea, no tengo ni puñetera idea de hacer punto —confesé, se me escapaba la risa. Él me miraba de reojo con cierto interés—, pero nunca es tarde para aprender. Ya sé coger los palillos chinos, no tiene que ser muy diferente. Si se me da bien hasta puedo hacerte una manta, o un suéter de esos gordos que pican un montón. Puedes dárselo a la gata para que lo rasque, te doy mi permiso de costurera en prácticas —alcé la mano, como si estuviese declarando en un juicio—. Juro solemnemente.
—No me hagas reír…
No lo dijo con sarcasmo, estaba a punto de sacarle una sonrisa. Él lo sabía, así que volvió a girar la cabeza. Impidiéndome ver su punto débil.
—Incluso puedo llamar a mi abuela y que me dé clases. Pero me tendrás que hacer una mecedora de madera a cambio —Siempre he soñado con llegar a ser una vieja de esas que se sientan en los patios y en los porches de sus jardines, bien calentitas bebiendo té del más caro. Junto con sus mantitas y sus chals cosidos y bordados por ellas mismas. Balanceándose en sus mecedoras, con sus gatos milenarios, con sus escopetas antiguas (de perdigones probablemente, o no)... Amenazando a los niños del vecindario para que no les pisen el césped recién cortado. Es un futuro ideal—. ¿Hay trato?
Mis dientes brillaron como nunca. Soul ya no pudo aguantarlo más. Inclinó la cabeza, llevándose la palma de la mano a la frente y estalló en una carcajada que no tardé en imitar. Era probablemente lo más sincero que le había visto hacer hasta ahora.
—No volveré a preguntarte nada, ¿vale? —prometí, acunando el mentón entre mis rodillas flexionadas—. Pero a cambio, alguna vez podrías contármelo. Como ahora. ¿Ha pasado algo por ello? —me encogí como una tortuguita inocente—. Yo no lo creo.
No me dio la mano, ni chocamos las palmas, ni hubo ningún tipo de contacto. Pero me bastó con que él no me rechazase. Con que Soul asintiese de forma amistosa, me mirase como el que recuerda tiempos lejanos con un viejo amigo y me dijese con sinceridad:
—Hay trato.
Por poco aplaudo. De la ilusión. Si no llega a ser porque en ese momento oigo unos pasos, llegando a observar una sombra misteriosa delante de mis narices. Proveniente de unos pies y una persona que está en el pasillo, a mis espaldas. Trago con dificultad, al pensar la alocada idea de que Medusa hubiese escuchado toda nuestra conversación, (porque es una vieja cotilla) y haya vuelto para imponer su castigo final. Y eso que yo había dejado mi pobre libro de unas quinientas toneladas aproximadamente, tirado en el suelo. Cogiendo frío. Lo recojo sin ninguna delicadeza y me abrazo a él con la vida, cierro los ojos con fuerza. Es una costumbre. Espero largo y tendido la reprimenda por parte de mi no tan querida tutora. Pero nunca llega. Poco a poco voy separando los párpados con temor a lo que suceda. "¿Soul seguirá vivo?" Me pregunto. "No he oído nada." Tal vez lo haya descuartizado en un parpadeo. Su gata le echará de menos. Pero no es así, por suerte. Y vaya que suerte. No es ella.
Lo primero que escucho es la pompa de un chicle al explotar y pienso sin dudarlo que es una de mis compañeras de clase, cuyo nombre aún no tengo demasiado fresco. Y lo primero que veo es a Soul en frente, no se ha movido. Su cabeza alzada con orgullo y una cara de pocos amigos que haría cagarse en los pantalones al más rubio y envalentonado de una película de terror americana. (Aunque esa sea su faceta de serie, está parecía más especial.) Sus ojos irradiaban un odio que tenía aura propia.
Frunzo el ceño y me planteo qué narices está haciendo. No me está matando a mí con la mirada, no esta vez. Es cuando decido darme la vuelta por fin, y por fin soy capaz de adivinar porque esa sombra, que a primera vista confiaba que fuese de Medusa. Tiene una pose relajada, el pelo de punta y alborotado. Viste un uniforme mal arreglado y carga una bolsa oscura de deporte ligera que con seguridad no llevará ni un solo libro en su interior.
Su voz se ha recuperado un poco, lo cual me quita un peso de encima:
—¿De qué os estabais riendo? —nos pregunta a ambos, está ahí de pie. No me ha tocado ni siquiera el hombro. Anonadado por completo, con ese semblante de ángel que uno de sus antepasados le habrá dado. Explota otra pompa del chicle que tiene sometido en la mandíbula de nuevo, juega con su lengua y se nos queda mirando. Las comisuras de mis labios se alzan como si no hubiese un límite establecido por la ley—. ¿Trato?
Por si quedaba alguna duda, grito a pleno pulmón su nombre como la groupie zumbada de una banda de rock:
—¡Black Star!
—¡Has venido! —No tardo en lanzarme a abrazarle. Mi enciclopedia de castigo sale volando por los aires, qué la den. Todo esto llena de cariño y sin pensar que Soul está viéndome. Retrato esto como uno de los momentos más vergonzosos de mi vida, me quedo estática en el sitio: véase, rodeando con los brazos el cuerpo de mi… De Black Star. Que suelta una ligera risa cansada, devolviéndome el gesto en cuestión de segundos. Segundos que duran más que nunca, más lentos, mejores.
Me siento como un oso de peluche calentito. El calor me invade. Atrapada entre la espada y la pared. La suma comodidad más grande del mundo y la mirada extrañada o la boca entreabierta de Soul Evans a mi espalda. No puedo ni imaginármelo sin sentir bochorno. Podrá echármelo en cara y bromear con ello cuando él quiera, para toda la eternidad. Aunque no sé que estoy haciendo o por qué lo he hecho. Por qué he actuado así.
Me pongo roja, más aún. Encima se ha oído con retraso.
—¿He sonado tan desesperada como me he oído?
Murmuro acongojada, sin querer moverme después de todo. Hay una parte de mí deseosa que siempre acaba ganando la batalla moral. Oigo la pompa de chicle estallar de nuevo, me trae al mundo real. He notado que huele a fresa y que está un poco más delgado. Alzo la mirada, se lo noto también en el cuello moreno y en la cara. Supuse que era normal, había estado malo bastante tiempo. Se reía con mucha naturalidad y ello me calmaba, me hacía sentir mejor.
—Solo un poquito —me susurró en el oído, para después apoyar el mentón sobre mi cabeza. Causándome escalofríos por un instante.
Recuesto la mejilla en su hombro y por el rabillo del ojo percibo como Soul no se está riendo de mí. De nada. Preveo que se lo guardará para momentos especiales, él es muy digno. Está completamente serio, lo cual tampoco me tranquiliza.
—¿Y qué hacéis en el pasillo los dos juntos? —Black se separa de repente, como si se le hubiese encendido una bombilla. Alza una ceja ante mi mueca de decepción. Quería quedarme así más tiempo—. ¿Por qué os han echado?
—Por… Una bufanda —no tardé en contestar, soltando una risa forzada "y para nada simulada".
Solo de recordar lo idiotas que habíamos sido me daba vergüenza.
—¿Una bufanda? —Black Star titubeó, sin mucha fe.
Y no le echo la culpa por ello.
—Vale, es raro, pero es cierto —confirmé, hasta yo entendía la rareza del asunto. Pero era la verdad y nada más que la verdad, quise sonar sincera. Quise que me creyese—… Si no te lo crees no pasa nada, lo comprenderé.
¿Por qué me incomodaba tanto que no llegase a creerme? No había hecho nada malo.
La confianza no nos juega una mala pasada. Black deja de tener el ceño un poco fruncido y sube los hombros. Dejando la boca como un piñón y los ojos de cachorrito cojo. Matándome de dulzura, añade rascándose la cabeza, mientras veo sus mechones azules revolviéndose:
—No importa, ya... ¿Me lo cuentas mejor, luego?
Asentí velozmente, como un marine acatando órdenes de su superior. Las manos juntas, los ojos brillantes. De puntillas, frente a frente.
Black Star osa cometer el pecado de darme una media sonrisa juguetona y sin que me lo espere, alarga el brazo y me ofrece uno de sus chicles.
—¿Quieres uno?
—Sí —respondo inocentemente. Y me aproximo a cogerlo con la mano, pero no llego ni siquiera a rozarlos.
Porque entonces Black esconde el cartón a la espalda, cubre la punta de su lengua con el chicle esparcido de forma talentosa. Se acerca y me da un rápido pico en los labios de forma imprevista. Me llevó las manos a la boca a la boca, totalmente avergonzada. Sabe a fresa ácida.
—¡Blac…
Antes de que pueda quejarme con las mejillas coloradas, él me mete un chicle sin masticar, nuevo, fácilmente en la boca. Con el dedo de mandar callar. Sonríe y comenta: "—La menta no me gusta. Ya estoy harto de hierbas…"
La ira me corrompe. Y me planteo la idea de matarlo en el momento con el diccionario o la enciclopedia, pero tampoco ha sido algo que no me haya gustado. Tampoco lo admitiría jamás. No derramaré sangre inocente en vano. Por ahora.
Me callo y saboreo el delicioso chicle sorpresa con lentitud.
—Está rico —finalizó mi sentencia, con los mofletes inflados.
Black me los pincha con el dedo. Estaba tan contento, como se nota que no ha madrugado.
—Evans —salta de repente, con mayor seriedad. Y dirige la mirada al acusado—… ¿Tú no dices nada?
Soul niega con la cabeza. Él seguía ahí y a mí se me había olvidado que continuábamos castigados en el pasillo.
—No tengo nada que decir —miró para otro lado.
—Sí, eso es muy corriente en ti —Black Star echa la pulla sin darle mucha importancia, fijando la vista en una esquina de las ventanas del pasillo. Lo que a Soul le saca de quicio, pero sigue sin soltar una palabra. Enmudece y se guarda las manos en los bolsillos. A pesar de querer explotar como el chicle de Black Star, que sin venir a cuento. Este le brinda, estirando el brazo en un gesto de consideración—… ¿Quieres?
Black se le queda observando como si estuviese leyendo una mala noticia en el periódico. Soul por el contrario no le dirige ni una rápida ojeada.
—¿Un beso tuyo? —comentó ladino, como un zorro blanco. No pude evitar reírme ante tal contestación—. No, gracias.
A Black Star se le hincha la vena de su frente bronceada, consiguiendo un tamaño preocupante que me corta por completo la diversión. Y justo cuando creo preocupada que se van a poner a pelear y que yo estoy en medio con mi vida en riesgo y con la sola defensa de mis dos brazos de palillo; él tan solo le tira el cartón de chicles a la cabeza.
—¡Eh! —Soul se queja, a pesar de que no le ha hecho ningún daño. Devolviéndole el paquete de la misma forma violenta.
Black lo coge al vuelo con la mano, con fuerza. Espachurrándolo. No dejo la mirada tranquila, observando a uno tras otro, de lado a lado. Quién fuese árbitro en estos casos.
—Buen pase. No has cambiado nada —le saca la lengua, mordiéndosela—. Deberías volver a jugar.
No sé a qué se refiere. Pero ellos parecen entenderse, o eso creo.
—Vete a la mierda.
—Ya estoy a tu lado.
—Pues quédate —Soul indicó con el dedo, señalando los libros plenamente indignado. Como un niño pequeño sufriendo una rabieta—. Y coge un diccionario.
A Black Star se le va escapando el aire por la boca hasta que ya no aguanta más y estalla en una risa incontrolada, que no tardo en adornar con la mía. Se lleva los brazos a la tripa, parece dolerle el estómago de la carcajada. Ya estoy viendo a Medusa salir por la puerta de clase para rompernos el cuello.
Evans se siente ultrajado. Rojo como la granada, se coloca de brazos cruzados. Va gritando y bajando decibelios sílaba tras sílaba:
—¡No tiene gracia, ¿de qué os reís?! —Se ha perdido o no se escucha cuando habla…
Se me ocurre interrumpir para desviar el asunto a una conversación que no lleve de la mano una muerte adolescente.
—¿Ya te encuentras bien? —pregunto a Black. Quitándome una lagrimilla traviesa que había escapado ante tal ataque de contracciones del diafragma.
—Listo para la acción —se señala a sí mismo con el pulgar, recto como un sargento. Luego se encoge, volviéndose más meloso—. Y para ti, claro.
—¡Black! —Sonrió entre dientes y agarro una de mis muñecas con la otra mano, para no agarrarle por el cuello de la camisa y zarandearlo hasta que me aburriese; por hacerme pasar tal bochorno delante de Evans.
Pienso hacerlo cuando nos quedemos a solas, porqué sé que eso sucederá de nuevo. En algún momento, soy capaz de leerle. Empezaba a echar de menos esa falsa tranquilidad al no tenerle cerca.
Parpadeo un par de veces. Y oigo el cabezazo de la nuca de Soul rebotar contra la pared mientras permanece sentado. Su garganta estuvo a punto de emitir un gemido de angustia, mas se volvió un sonido sordo. Hay algo más taponándolo. Lo reconozco, pisadas de tacón. De mamut.
Medusa aparece por la puerta, avistándonos a los tres como un toro de rodeo. Cagados de miedo nada más verla. Soul y yo recogemos los pesados ladrillos con letras pequeñas. Ella llega gritando incongruencias y por poco se lleva a Black Star de la oreja, regañándole por llegar tan tarde y no entrar en clase. (¿Si lo sabía por qué no había venido antes?)Por fortuna,el primer periodo de encarcelamiento termina y el timbre que suena como una campana pero que no es una campana, da paso al necesario y pacífico (pero sober todo corto) recreo. Como una llamada del de arriba, anunciando nuestra salvación.
"Gracias de nuevo."
Entre serpientes y bufandas
(Segunda parte)
Maka
—¿Entonces ya estás mejor? —Tsubaki se atrevió a preguntar por octava vez, en lo que iba de recreo para comer.
Con Medusa por fin fuera de escena, todas las chicas le hicimos un corrillo, como si fuésemos una asociación de madres serias, de brazos en posición cruz conquistadora, interrogando a un alumno rebelde por su descabellado comportamiento. (No estaba lejos de ser la pura realidad.) El supuesto revolucionario en acción, acababa de volver de la cafetería con sus dos compinches problemáticos. Acompañado también de tres bocadillos que iba devorando en cuestión de segundos sin ninguna delicadeza. Bocados grandes, sin apenas masticar. Como los patos del parque mendigando migas de pan, que en este caso caen sobre su camisa blanca y mal planchada. Parecía que no había comido en semanas, solo le faltaba echarse a llorar de la alegría. Aunque conociendo a la señora Star, le habrá tenido obligado a tragar decenas de infusiones, verduras ecológicas y vete a saber qué tipo de tofu.
Cualquiera le llevaba la contraría o se preocupaba por él, capaz es de devorarte una mano si te descuidas. Gruñía si hacía falta que "—¡Para una vez que me invitan, dejadme disfrutar!" Como si fuese un reo moribundo recibiendo su último deseo en la vida. Kilik y Harvar le daban collejas amistosas en la nuca, dejando en claro que siempre solían invitarle porque es: "—Un despistado de mierda que siempre se olvida el dinero del almuerzo en casa." Ante ello Black Star no negaba ni una acusación, era feliz con sus bocatas y te devolvía una sonrisa. Por suerte no enseñaba los dientes. Ya hubiese sido el acabose de la masculinidad bárbara…
—¡Que me dejéis, hago lo que me da la gana! —le pegaba otro mordisco violento de hiena a su bocadillo, desmembrándolo y hablando con la boca llena—. ¡Estoy como un roble!
Al mismo tiempo que se comparaba con árboles centenarios, golpeándose el pecho sin necesidad, se balanceaba lentamente sin control en la silla de Patty. Para que luego digan que los chicos no saben hacer dos cosas a la vez. Temíamos por que se abriese la cabeza después de todo lo que ha pasado. "—Solo me das disgustos." La voz de su madre me venía a la cabeza, dándome escalofríos.
Y es que solo le faltaba chillar como un hombre de neandertal o un forofo de fútbol extremista. "¡AÚ!" Por mucha fuerza que expulsase cada centímetro de su cuerpo era más que visible el carmesí en sus mejillas, la delgadez que se encontraba en su rostro o en su cuello. O aquella voz semi-ronca que conseguía dejar una cara de preocupación en todos nosotros. Pero Black Star era tan insistente y era tal su desdén en aporrear (haciéndose daño) la superficie de los pupitres ajenos para convencernos, que teníamos que darle la razón. Por cabezonería.
—¿Seguro? —Liz levantaba una ceja llena de vacilación, dejaba de limarse las uñas un segundo para pasarle una servilleta con suma atención y así limpiar el destrozo que Black dejaba a su paso. Segundo bocadillo—. A ver si nos vamos a acercar a ti y nos vas a pegar la viruela a todos. Y yo, no tengo trajes negros para funerales, ¿sabes?
—¿Pero qué dices? —él aceptaba la servilleta, (para enrollar el bocadillo) sintiéndose ultrajado— ¡No tengo ningún virus contagioso! ¡¿Tanto te asusta quedar eclipsada por mi magnificencia, lista?!
Liz Thompson y yo nos compenetramos para rodar los ojos, fue algo del sexto sentido femenino: "—Sí, va a ser eso."
—Si no para de gritar como un besugo —Patty sonrió, jugando tras su espinazo e intentando tirarle de la silla, mientras él se agarraba con una mano. Con la vida. Los dos se rieron, pero a mí no me hizo mucha gracia cuando le abrazó por la espalda como si se tratase de un osito de peluche. Mucho menos que a ellos si se la hiciese, pero como parecía un gesto más familiar que sensual, lo dejé pasar. Sintiéndome fatal, no escuché nada de lo que dijo—, es que está estupendo.
—Exactamen… ¡Eh!
—Venga —uno de los chicos le escudó a capa y espada, zarandeando la mano como si le quitara importancia—, no seáis pesadas y dadle un respiro.
—Eso, eso.
—Un respiro…
Kilik y Harvar comenzaron a desternillarse de la risa. Posando una mano en el hombro del otro.
"—Ja, ja…"
Black Star infló los mofletes, mientras los otros dos se quitaban la lágrima del ojo para revolverle el pelo. Les enseñó los dientes.
—Tenéis suerte de que no haya desayunado —él siguió a lo suyo, observando lo que tenía entre manos—, y esté ocupado comiendo…
—Cabeza de bellota, siempre estás ocupado comiendo —Liz comentaba, soplándose las uñas.
—No tienes remedio…—Tsubaki suspiró derrotada. Plantándole el dedo índice en la mejilla. Black Star hizo el amago de querer mordérselo, pero tan solo alcanzó a rozarlo lentamente con los dientes. Tsubaki lo retiró de golpe, sin esperárselo. Colorada como un tomate.
Alcé los hombros, con la boca hecha unos morros y me senté en uno de los pupitres más cercanos. Evadiéndome un segundo mientras seguían hablando e interrogando a Black Star. Hoy había algo en él que yo notaba como ido. No le quise dar muchas vueltas, después de todo no era una señal tan grave de la que preocuparse. Si ha tomado medicación, suele ser algo común. Levanté la mirada, escuchando mi nombre en la conversación. Él se me había quedado mirando, igual que yo a él. Con mucha atención, tercer bocadillo desaparecido en combate.
—Digo que si está bien que se lo diga —me repitió lentamente. Asintiendo como si nada, señalándoles con la mirada—. A ellos.
—Decir… ¿El qué? —fruncí el ceño.
Mi cerebro no era capaz de avistar la idea que tenía en mente, o peor. No quería saberlo.
—Pues… Eso —Black Star ladeó la cabeza, sin comprender la importancia de sus actos tiernos. Embobado—. Que tú y… Yo… O… ¿O no?
Levantó los hombros y esperó a que yo cayese inevitablemente en la trampa.
Abrí los ojos como platos de porcelana al mismo tiempo que todos los demás me dirigían su mirada acusadora y asombrada. Les oí comentar delante de mí, mientras yo me transformaba en un pimiento rojo:
"—Tenía que pasar."
"—Yo lo veía venir."
"—Me debes veinte Death dólares."
"—La verdad es que en parte somos cómplices de esto."
"—Oh… Vaya… No lo sabía."
La última en hablar fue Tsubaki, su voz dulce retumbó en mi mente, pareciese no tener fuerzas. Vacía. Al igual que un fantasma encadenado… Percibí la situación como si hubiese cometido un crimen horroroso y lo estuviese confesando delante de todos. Mi novio no tenía amor propio.
—Qué vergüenza…
Nunca me había sentido tan abochornada. Me di la vuelta en el sitio, enfrentando la pared. Sobre la mesa. Me tapé la cabeza con las manos a espaldas de sus preguntas inquietantes y cotillas. Como si eso fuese a protegerme de verdad. Mantengo esa posición un buen rato, y entre los quejidos y las aclaraciones de los demás: "—Maka, no te pongas así. Perdona jo. ¡Hermana, dila algo para que se sienta mejor!" "—Pero mira que eres boba, ¡si no pasa nada!" "—Liz, no te pases." "—Booobaaa." "—¡Liz! Ni caso. Si quieres no decimos nada, ni lo comentamos. Como si no hubiésemos oído nada. ¿Tú has oído algo Harvar?" "Yo nada."
"—No os hagáis los sordos…"
Se alzan entre tanto, el arrastre de una silla sobre la tarima de madera y unos pasos rápidos y acompasados. Que se acercan hacia mí, unos brazos me rodean hasta abrazarme por completo. Y tras la oreja, una voz suave me susurra en un tono casi inaudible:
—Lo siento.
Siento su olor y su tacto en la tripa, sobre el jersey. De reojo, le miro. Y veo su rostro de cachorrito más apenado que nunca, y eso que ya hemos pasado momentos difíciles juntos. (De vida o muerte. Y cacas de gallinas que podrían matar igualmente.) Le doy un codazo en las costillas, pero no se separa de mí.
—Es culpa tuya...
Le atribuyo enfadada.
—No pensé que te molestara tanto.
Empezamos a hablar como si estuviésemos solos en la habitación, siento como si lo estuviésemos.
—No me molesta —traté de ser sincera. Con él y conmigo misma—. Es solo que es… Pronto.
—Es que, no quiero esperar —él me suelta, y se aleja unos centímetros. Respetando mi espacio—. Creí que era algo bueno. Pero… No ha estado bien. ¿Verdad?
Mira para otro lado, sintiéndose confuso.
—No, pero… —Enmudecí. Sus ojos perduraban vidriosos y colmados de tristeza. Más de la que esperaba—. Tú eres el primero que se me ha acercado tanto y yo…
No sabía qué hacer. Pero tal vez él llevaba parte de razón.
Caí en la cuenta de que después de todo eran sus amigos y tarde o temprano tal vez acabasen siendo los míos. No es como si tuviesen ningún derecho pero tampoco tenía nada de malo. Yo era quién había aceptado los sentimientos de Black Star, también era consciente de que debería aceptar otras muchas cosas de aquello y aquellos que le rodeaban. Los mismos que tampoco le daban mucha importancia y cuyas respuestas no me herían en absoluto. Él no lo había hecho con mala intención, ni mucho menos. A su lado me sentía llena de confianza, como si fuese capaz de hacerlo todo. Y la timidez fue desapareciendo poco a poco. Pero me creí tan tonta por haber montado tal numerito, que solo se me ocurrió esconder la cabeza en el hueco inferior entre su hombro y su omoplato. Como un avestruz.
—Soy demasiado impulsivo —se llevaba una mano a la frente. Continuando su monologo de culpabilidad. Solo él sabe cómo volverme loca de remate—. Siempre la cago.
"—La verdad es que sí. Yo soy ella y te hubiese matado en este instante con un lapicero —Liz me defendió, señalándole con una uña recién limada—. Más te vale portarte bien. Malo, ¡Black Star malo! —le trataba como un perro, tirándole una goma. Tuve que sujetarle para que no la mordiese—. ¡Sit!"
Dándome la vuelta, les observé uno tras otro. Sin perderles de vista.
"—Maka, no podemos matarlo —Harvar habló por todos los presentes. Patty asintió con una cara de loca indescriptible—. Porque es un delito mayor. Pero, sí herirlo de gravedad —alzó el dedo—. ¿Qué parte eliges?"
"—¡Destrozo, destrozo!"
"—¿Qué estabais haciendo? ¿Manitas? Demasiado azúcar por hoy…"
—Traidores, ¡que es importante! —Black Star les mandó callar, ruborizado. Su mano permanecía guardando mi hombro izquierdo.
Todos sonrieron alegres al unísono (incluso Liz, por extraño que pareciese), a excepción de Tsubaki. Que como supe después por la misma, había ido al baño. En cierto modo se lo agradecía a su vejiga. Ya hablaría con ella después.
Cogí una gran bocanada de aire, alcé el mentón. Les miré a todos a los ojos como si fuese a dar el mismísimo discurso del presidente. Y llena de una seguridad de cuya procedencia desconocía, solté pasando un brazo por encima de los hombros de un desconcertado Black, señalándonos con el pulgar:
—¡Bla-Black Star y yo nos gustamos, y… Lo más probable es que… ¡Algún día puede que salgamos juntos! —No lo grité demasiado alto, tampoco quería que toda la clase se enterase de ello tan pronto. Por dentro estaba chillando. Pero lo importante era que les había dejado con la boca abierta, sobre todo a él—. Por eso… Por favor, ¡cuidad de nosotros de ahora en adelante!
Junté los labios con mucha endereza y di una pequeña reverencia japonesa mirando al suelo. Black Star (cuyas raíces compaginaban con las mías) me imitó. Igualmente le empujé agarrándole el cabezón azul y tirando hacia abajo. "—Ay…" "—Te lo mereces."
Si le hace feliz, entonces es una de mis prioridades.
—¡Enhorabuena! —ellos gritaron. Rieron. Y Patty saltó sobre nosotros por sorpresa, aplastándonos.
"—¡Esa Maka como controla!"
"—¡Como mola!"
Los chicos me vitorearon, sacándome los colores. El arcoíris entero de su perdición.
—Tampoco es para tanto —Liz se levantó el flequillo rubio de un soplido, mostrándome una media sonrisa—… Pero sí, ha estado bien. Para alguien como ella.
Me sentí mareada y saturada de calor por el momento; que por suerte ya había pasado. Y no había sido tan horrible, sentía como si me hubiesen quitado un gran peso de encima. Observé con los pelos hechos una maraña, ahí tirada y abrazada por Black y Patty, (se estaban peleando por mi amor, ella quería morrearme a besos. Él apartarle la cara con la mano) cada rincón fortuito del aula.
No había rastro de Evans por ninguna parte.
El recreo se da por terminado, para nuestra desdicha o para mí bienestar mental y físico. Nuestra dulce profesora, y cuando menciono dulce me estoy refiriendo a la bruja de Hansel y Gretel. Llega apestando a café y a tabaco barato mezclados de una forma mortífera, que podría dejar inconsciente al que estuviese haciendo dieta severa. Se pone a borrar la pizarra, presumiendo de tacones. Mientras me manda miradas asesinas y espera antes de ponerse a gritar, metiéndonos prisa para que nos sentemos. Dando palmadas como una foca.
Tras una buena e incómoda charla con Liz y Patty sobre cómo mantener mi relación estable activa, por parte de la mayor. (Y cómo hacer origami. Por parte de la pequeña.) Vuelvo a mi asiento, sin parar a pensar donde me he sentado. El sitio de Black Star. El no ver a Tsubaki detrás, que suele ser muy puntual, también me desconcierta. Si no la encuentro a ella, no sé dónde estoy. Me doy cuenta y me pongo a recoger mis cosas antes de que este llegue. En vano. Porque aparece a mis espaldas, pillándome con las manos en la masa.
—¿Qué haces en mi sitio? —pregunta curioso, con las manos en los bolsillos.
Buen día ha decidido para subir pronto a clase.
—Yo… Nada, irme… Al mío.
Mentí estrepitosamente mal.
—¿Estabas sentada en mi sitio?
"Si lo sabía, ¿para qué pregunta?" Asiento duramente, a riesgo de quedar como una de esas… Novias empalagosas.
—¿Tanto me has echado en falta? —Un deje de ilusión brotaba en su tono de voz herida.
—Eh —subo los ojos de órbita, la razón vaga y real llevaría a una explicación más larga y Medusa está acercándose peligrosamente hacia nosotros, a paso de mamut—… ¿Sí?
No iba a estropearle la fantasía.
Eso le saca un sonrojo a Black, expresa algo inaudible y corto. Sin que me lo espere, me abraza y me alza unos centímetros. Yo me agarro a uno de sus fuertes brazos de roble. Y a mi bolsa. "Ahora no..." La idea me hacía sentirme como si estuviese en una nube, pero estando en clase al acecho de mis compañeros y junto con mi sádica profesora, mi sueño de ser cargada se transformaba en una nube negra de pesadilla aterradora.
—Black, no es el lugar ni el momento indicado para ponerte cariñoso…
—Me da igual —Aunque decide dejarme de nuevo en tierra, me sigue abrazando de lado. Más contento que unas pascuas.
—No, es que nos va a matar —mis ojos asustados vieron a Medusa posicionarse con un cabreo de mil demonios frente a nosotros.
Alargó su fino brazo de arpía, como si se tratase de un luchador de artes marciales cortando leña con las palmas.
—Separaos los dos —nos ordena, no nos toca. Pero nos divide con una regla larga. De madera. Lo sabía, por una vez se lo agradezco. Nadie nos ha visto, que yo sepa—. Que ya os veo venir. Luego vienen los embarazos no deseados —Quiero. Huir. Socorro—. No quiero ese tipo de contacto ajeno en mi clase, entre géneros.
Ni en su clase, ni en su vida, ni en el Universo probablemente. Es tan incómodo.
—¿Qué has dicho Albarn? —gira la cabeza como un robot asesino programado, como Terminator, matándome con el ceño.
—Nada, señorita…
Respondo acojonada con esa frase repetitiva, excusándome por algo que no he hecho. "¿Cómo me lee el pensamiento?" Me agarro la cabeza con ambas manos.
—No creáis que he olvidado lo de esta mañana —me señala con la regla.
Capaz será de pegarme. Y eso que el día a primera vista planeaba ser aburrido. Yo solo quería irme a mi sitio…
—Oh, era eso —Black se da cuenta de la presencia de una tercera persona/o bruja, ¡ahora!—… ¿Qué ha pasado esta mañana?
Me dirige la vista, plantando su mirada en mí. Mi alma. Esperando por una respuesta. Medusa se cruza de brazos, esperando por lo mismo. Me quedo en blanco y ella se da cuenta, por lo que toma palabra y acción antes de que pueda detenerla.
—Aquí la señorita Albarn no respeta mi autoridad como tutora, obligada —lo dejó bien claro—. Y se pone a hablar como un periquito con el señor Evans, en mitad de mis clases. Y mis clases, son sagradas.
—Perdón señorita… —me disculpo entre dientes. Mal rayo la parta en dos. Aunque mejor no. Habría dos Medusas.
—Oh. Muy mal Maka, muy mal. Estoy muy decepcionado contigo —Black no pudo evitar reírse a final de frase, cargándose así su actuación de padre disgustado.
Solo él los tenía bien puestos para vacilar así a nuestra querida profesora. Tampoco dijo nada al respecto de haber estado hablando con Evans, me sentí aliviada sin razón. Tengo todo mi derecho a hablar con quién yo quiera, al fin y al cabo.
—¡Mira quién fue a hablar! —Medusa hizo uso de su maltrato "educativo", dándole un pequeño capón a Black Star en su nuca de hierro—. ¡La sartén al mango!
—¿Y yo que he hecho ahora? —la víctima se sobó la cabeza con ambas manos, murmurándome algo que por estilo entendí tal que: "No son peores que los de mi madre, pero aun así queman". Siguió quejándose—. Si acabo de llegar.
—Que no has hecho, más bien —Medusa alzó su todopoderoso dedo de acusar a los demás sin pruebas, sería buena abogada—. ¡Llegas tarde y sin justificación!
—Oh, era eso —Se ha debido dejar la comida y las luces en casa, también—… Me lo he dejado en casa, jopé.
Acota una palabrota. Black Star es de ese tipo de personas que piensa que lo arregla todo con una sonrisa o una broma, y la verdad es que funciona un cincuenta por ciento de las veces.
—¡Ni jopé, ni jopá!
Medusa forma una frase típica de madre, inevitablemente ridícula. Y que nos da escalofríos a ambos.
—¡Uy lo que me ha dicho! —grita él, aterrado. La toma el pelo.
—Tienes suerte de que tu madre me haya cogido el teléfono —ella pasa a otro nivel de culpabilidad más alto, se cruza de brazos. Toca el temido tema "Padres", como si fuese una infracción de la ley. No deja de mover el dedo—. Y te encubra...
—¿Mi madre? —Se encararon el uno al otro. La cabeza hacia delante, la espalda inclinada y las manos hechas unos puños de boxeo—. Pero si ya sabías que he estado malo.
Empezaron a dejar las formalidades a un lado, lo cual me daba miedo. Más bien parecían dos gatas en celo a punto de arañarse hasta producirse heridas mortales.
—Bueno, pues yo si eso —sonriendo como una tonta, me fui alejando con sigilo y determinación. Paso a paso, alejándome de la futura escena del crimen. Ya me habían dado mi merecido hoy y me era más que suficiente para sobrevivir todo el año—… Me voy a ir a mi sitio.
Black Star me agarró con fuerza del brazo, sin retirar la mirada enfadada de la frente arrugada de Medusa. Impidiendo mi huida, le maldigo. Medusa por su parte, haciendo uso de su adivinación astral apabullante(mente mala). Daba razones muy poco certeras sobre la vida "secreta" de Black Star.
—Enfermo, fugitivo, participante en carreras ilegales, camello o drogándote en callejones oscuros, ¡nunca se sabe!
Movió las manos en el aire, casi escupiendo las palabras. "Mala semilla". Entonces él se irritó más que nunca, dando por sentado que el juego terminaba en ese preciso instante.
—Ya empezamos… ¡Que yo no me…
Medusa, como depredadora de la fauna que es. Capta con su olfato, su oído y su vista de tigre (los tigres no tienen la culpa de que ella exista) a otra de sus presas. Que con suerte para nosotros, llama su total atención de la escena. Haciéndola desviar la mirada en un ángulo de noventa grados, pero no se abalanza hasta confirmar que sin duda se lo puede comer. Con mala fortuna para el pobre conejito. La tigresa enseña los dientes.
—Evans, a ti te quería yo ver —ruge hasta dejarnos sordos a todos. Soul se queda estático en el sitio. Da un pequeño saltito de pie, apenas perceptible—. Otro culpable. Qué vaya tela. ¿Por qué no llevas puesto el uniforme escolar?
Medusa le señala.
—Ya lo he pedido — El conejito blanco, haciendo uso de su valía, se acerca hacia nosotros insensato con una excusa barata y las manos en los bolsillos.—… Lo que tarde en llegar.
—¡Las cosas se piden antes! —se pone colérica, soltando maravillas de nosotros probablemente de todos los aquí presentes—. ¿Cómo podéis ser tan despistados? ¡¿A qué estáis aspirando en esta vida de zánganos me pregunto yo?!
"¿Y cuándo se cansará ella y nos dejará seguir con nuestras desorientadas vidas de adolescentes que no saben quedarse solos en la cola de la compra?"
Todos al unísono respondimos, hasta yo. Nos miramos de reojo, asintiendo. Con tal de que no se le formase una úlcera y explotase en este instante:
—Perdón…
No porque nos importe su salud, sino porque nos mancharía a todos. No sirvió de nada disculparse, ella continuó. Aunque más calmada.
—¿Ah sí? Se me ha ocurrido una idea magnífica —Aquí está, llegó el fin. No retorno. Ya me temía lo peor—. Una tarde de esta semana vais a limpiar los tres la biblioteca. Que está llenita de polvo. Y no hay más que hablar.
Por orden, aunque es fácil de adivinar. Nos quejamos ante su sentencia final: yo, Black, Soul.
"—¡Pero, pero…!"
"—¡Soy inocente!"
"—Genial…"
—Y no hay más que hablar —formó una equis con las manos, se dio la vuelta. Marchándose hacia su pupitre, nos dio una preciosa vista de sus tacones tambaleantes y sus medias con carreras. La clase comenzó a llenarse por completo—. ¡Sentaos todos! —ordenó, la habíamos puesto de muy buen humor...
Y así fue. Por el momento.
Soul gruñó por lo bajo, y fue a sentarse en su silla probablemente para seguir su importante labor de echarse otra siesta. Yo pensaba en volver a mi respectivo sitio y pensé que Black Star haría lo mismo. No pensé demasiado bien, ni mucho tiempo.
Black suspiró. Tocó mi hombro para que me diese la vuelta.
—Maka, espera.
—¿Qué pasa? —pregunté con desgana. Estaba exhausta, no doy para tantos disgustos—. No la puedo liar más hoy, me van a expulsar. Me odia.
—Odia a todo el mundo, no te sientas mal —se contuvo para no abrazarme en el momento, lo cierto es que lo necesitaba. Me dio golpecitos en el mismo hombro.
—A mí más Black.
Por fin lo admití, era la confianza.
—Que va, soy yo quien te considera especial —entre sus serias y sinceras declaraciones de amor como estrellas fugaces y que me estaba rozando, en mi cabeza empezaron a saltar chispas. Por ese calor se me puso la cara colorada como una manzana—. No ella.
—¡Black! —Necesitaba morderme el puño o aquí pasaría una desgracia, o un beso aún más bochornoso—. Voy a matarte un día…
—Prefiero que sea una noche —me sacó la lengua y se la mordió.
Tardé en pillar lo que dijo, lo cual fue mucho más infame. Pensaba: "¿Qué más dará la ho…? Oh. ¡Oh!" Inmovilizada por tal ataque, me tapé la cara enrojecida con las manos a modo de escudo.
Continuábamos de pie, mientras Medusa nos daba la espalda dedicándose a borrar la pizarra de tiza y dibujar una tabla de futuros ejercicios de castigo, que tendremos todos. "Porque en el colegio pagan justos por pecadores." Y en la vida real también.
—No me da buena espina esa mirada…
Susurré lo suficiente para que me oyera. Puse unos morritos y una mirada detectivesca, tratando de averiguar que se le estaba pasando por ese cabezón azul con una sonrisa puesta. También intenté caminar un poco más hacia mi pupitre, pero él llegó antes y posó ambas manos morenas sobre mi mesa.
La última a la derecha, al lado de las ventanas.
—Antes ha dicho que estabas hablando con Evans —alzó la vista, manteniendo el agarre de sus dedos en mi mesa—. ¿Es verdad?
—Eh —me pilló por sorpresa, hasta ahora pensé que no le importaba. Hasta ahora no lo había mencionado. Pero yo no tenía nada que esconder—, sí… ¿por qué lo preguntas?
—¿Te estaba molestando? —levantó una ceja—. ¿Por eso os han echado?
—¡No! —corté por lo sano esa idea lo más pronto posible, para no dar lugar a más malentendidos. Sin querer, le dediqué apresurada una mirada de reojo a cierto albino mencionado, seguía echado en su pupitre sin ninguna preocupación. Empezaba a mosquearme el comportamiento de ambos—. Más bien… Era al revés. Pero no importa. Es una tontería.
Medusa hablaba para sí misma frente al pizarrón en el que escribía. Cada uno a su aire.
—Ya… Déjame un segundo —me pidió sonriente que me alejara unos centímetros—, por favor.
—Espe…
No esperó en absoluto. Y lo que más me temía que hiciese, sucedió. Teniendo mi pupitre sujetado firmemente con ambas garras de oso por manazas, lo alzó como el mismísimo día en que nos conocimos, como si se tratase de la pluma más ligera del mundo. Y llevándolo en volandas, anduvo un par de metros con la mesa hasta depositarla grácilmente (y tirando todos mis libros, que intentó no dejar caer con una pierna flexionada) en medio del sitio de Soul. Y del suyo. Mi lugar, en el angosto pasillo.
La sangre se me bajó a los pies, me quedé blanca, igual que la pared.
—¿Qué haces? —me puse histérica en voz baja, redimí jalarme por los pelos. Aproximándome e intentar no enganchárselos a él—. No podemos cambiar el sitio como nos dé la real gana.
—No tiene importancia —negó como si nada, comenzó su teoría del Universo. Evans debía haber caído hace rato, ni se enteró—. Es una mejora, tómalo como una actualización. Así yo no tengo que ver ni soportar a Evans, y tú puedes hablar con él si te apetece. Problema resuelto.
Levanté el dedo y abrí la boca para protestar, pero no salió nada de valor. La verdad es que no era mala idea. Y el hecho de que no le molestase una pizca el que hablase con su enemigo acérrimo, resultaba inquietante. No sabía si debía preocuparme o no. Para despreocupados, ya está él. No hay quién le entienda.
Aun así, no contento con su bien humanitario, se lleva la mano al mentón. Y una atroz bombilla se encendió en aquel sótano con telarañas que tendría por cabeza. Para él y su lucidez, faltaba algo. Era inútil intentar detenerlo si se le ponía algo entre ceja y ceja. Movió su pupitre chirriante, arrastrándolo sonoro por todo el medio. Porque él desde luego sabía cómo llamar la atención, de todos. Llegó con ello hasta la zona donde deseaba colocarlo y lo remolcó, empujando mi pupitre y en el proceso lineal, el de Evans. Asustándole en dicha maniobra peligrosa. El albino desconcertado, alzó los brazos lentamente para no ser pillado por mi pupitre demoledor.
Black Star saludaba:
"—Buenos días, disculpe la reforma caballero."
Por su rostro, podía adivinar que Soul estaba más que harto. Pero demasiado confundido como para increpar. O se acababa de levantar, otra vez. "De sus siestas por error." O lo había escuchado todo mientras se había hecho el dormido. No sabía por qué opción optar, Evans está lleno de sorpresas. Una mano interceptó su frente. Pero no tardó en agarrarse con la vida a su silla, Black Star la estaba colocando también. De modo que Soul, su mesa y su silla quedan pegados al ventanal.
Las tres mesas juntas, como el cuento de los tres ositos y Ricitos de oro.
—Así. Muy bien —Black dio por finalizada la reforma, fingiendo que se limpiaba las manos—. Gracias por su colaboración —le hace una reverencia, escondiendo una sonrisa tenebrosa. Que en cierto modo, me encanta y me aterra al mismo tiempo.
Las quejas, ruegos y preguntas no demoran un ápice en arremolinarse en la cabeza de nuestra amada profesora. (Había puesto la oreja desde el primer chirrido. Con razón.) Y en su boca abierta, justo como una charca de moscas.
Mientras tanto, describiendo su cara al darse la vuelta. Su tez blanquecina de muerta egipcia pasa a transformarse en un rosa chillón. Nos asusta de tal manera que pensamos que se ha bloqueado por completo y no puede respirar. Sus manos se mueven, amasando el aire como si fuese palpable. Estrangulándolo. En dirección pecador, en dirección sonriente Black Star. Y futuro joven fallecido mañana en el telediario junto a la noticia de chica rubia de dieciséis años "cómplice"...
—¡Black Sta-
Medusa quiso gritar tan agudo como el silbato de un perro, pero fue detenida por las sabias acciones Soul. No quise mirar, me tapé la cara con las manos, pero eché un vistazo igualmente por las rendijas de los dedos. Él se levantó rodando los ojos y movió su asiento junto con su mesa hacia atrás. Arrastrando ambos objetos pesados con una mano. Frenando justo en el sitio donde yo debería sentarme.
—Oh —Medusa dejó de estar encorvada cual anciana con reúma y se tranquilizó al igual que una tetera con agua ardiente sacada del fuego—, eso soluciona parte del problema. Gracias Soul, mis amígdalas te lo agradecen —juntó las manos en un aplauso de una sola palmada y sonrió tan tranquila y falsamente que nos dio grima a todos los presentes en el aula. Menos a uno.
Soul subió los hombros, quitándole peso al asunto. Había conseguido evitar un conflicto de guerra.
—¡Eh, ¿pero qué haces?! —Black Star clamó en el acto, indignándose por completo—. Era una idea brillante —se deprime de pie, en el sitio. Le doy palmaditas en el hombro para animarle. Luego un golpe seco en la nuca, la mirada del león.
—Perdón… —se disculpó revolviéndose el pelo, arrepentido, pero no lo suficiente. No podía enfadarme con tal feliz besugo de mar.
Viendo que a Medusa le traía sin cuidado donde me sentase. Soul se acurrucó en su (mi antiguo) sitio, entre sus brazos que debían de estar calentitos. Pasando totalmente del berrinche de su hostil enemigo azulado. Observé todavía de pie como Tsubaki le saludaba desde su pupitre como su nueva compañera y Soul, pillándola por sorpresa, la responde vagamente. Zarandeando la mano sin fuerzas, escondida en su jersey. Sin levantar cabeza. Tsubaki comienza a reírse. No la he visto en todo el descanso.
—¿¡Queréis sentaros de una santa vez!? —No me hacía falta mirar para averiguar quién es, simplemente la obedecí. "Si no la veo, tal vez ella no me vea a mí". Olía a polvo, por lo que tal vez estuviese dando golpes con el borrador en el encerado cual brote psicótico que tenía ella por personalidad—. Delincuentes escuchadme bien, porque solo lo diré una vez. Los exámenes de matemáticas, ¡están a la vuelta de la esquina!
Lleva diciéndolo toda la semana, pero a pesar de ello. Los gemidos lastimeros por parte de sus alumnos no demoran en aparecer. Son muchos y muy dolorosos.
—Y os recuerdo, que quien saque menos de la mitad de la media. Tendrá que quedarse a clases extra, para recuperar. Y no es que me apetezca mucho veros más por aquí, ¡poneos las pilas!
Que no le oiga Black Star. Que ya las lleva muy recargadas, demasiado quizá. Le echo un ojo de costado, no le ha hecho mucha gracia la noticia. Echa la vista para atrás, parece desaminado. Como si alguien hubiese pinchado su globo de helio de la felicidad. Dejo recaer la mejilla en mi puño y el codo en la mesa, me vuelve a preocupar.
Gracias a Shinigami, que se ha portado con nosotros, no nos han prohibido entrar en el aula de biología. Vamos de camino al laboratoriopara dar la última clase del día con Sid gritando. Mientras, siguiendo una fila mal hecha de estudiantes cansados y agarrotados, le voy relatando a Black Star lo ocurrido la noche de los hechos, en la que encontré a Soul con el perrito que nosotros vimos primero. Cabe destacar y no olvidar. El ya bautizado por los siglos de los siglos, Free el cachorro de Husky.
—¿Free? Que nombre más estúpido —se echa unas risas, llevándose las manos tras la nuca. Parece estar más rojo que esta mañana, con mayor color en el rostro pero también mucho más fatigado.
—¡Oye, que tú pensabas que era una hembra! —apreté su afinada nariz con el dedo, como si se tratase del botón de un ascensor—. Y no lo he decidido yo…
—Pues ya es mala suerte que justo Evans lo encontrase y te cargase con ello…
Él miró para otro lado. Tal vez buscando al susodicho albino. Que andaría sin cuantiosa prisa al final de la lenta cola de adolescentes, curiosamente, acompañado por una alegre y dicharachera Tsubaki. Que desde el recreo no me había dirigido ni una sola palabra. No le di mayor importancia en ese instante, pero me reconcomía por dentro. Por un minuto casi parecía que les estaba espiando, no perdí detalle. Casi lo digo en voz alta: "—¿De qué estará hablando con Evans?"
—No es ninguna carga. Al fin y al cabo lo he decidido yo —rodé los ojos y agarré mi brazo izquierdo con una de mis manos. Asentí con la cabeza, borrando todo mal pensamiento de mi mente, un tanto sucia—. De verás.
—Bueno, al menos te lo has podido quedar —comenzó a pronunciar, cuando ya sabía lo que iba a decir de corrido—. ¿Puedo-
—Puedes venir a verlo cuando quieras —le sonreí. Él abrió los ojos de golpe, sorprendido. Pero aún más colorado, pareciese que sentía cierto tipo de regocijo en mis pocas palabras—. Siempre y cuando que no esté mi padre en casa.
—Oh…
Da un chasquido con la lengua y forma una mueca divertida con la boca. Me hace sonreír al verle, como si me reflejara en un espejo del cual la bruja de Blancanieves sentiría mucha envidia. Observó esos ojos verdosos parcialmente cerrados, escondidos sobre aquella enorme sonrisa que solo me dirige a mí. Y me percato cuando una de sus manos alcanza a tapar su rostro, una mueca de dolor. Con los dedos arrugando su frente, se detiene en seco por unos segundos escasos. Con la otra mano se apoya en la pared del pasillo y dirige la vista al suelo.
—¿Estás bien? ¿Estás mareado?
Frunzo el ceño y me apresuro a preguntar, redimiendo el roce que quiero palpar sobre su hombro para cerciorarme. Me agacho unos pocos centímetros, aunque Black Star sea más alto que yo, se encuentra encogido.
—Qué va. No es —No tarda en contestar, soltando un suspiro de alivio. Como si le costase respirar, sigue caminando como si no hubiese pasado—... nada. No es nada —Sonriente para no variar, cambia el giro de la conversación a la velocidad de una estrella fugaz en el firmamento nocturno. Por una vez no quería ser mi centro de atención, ni de nadie—. Todo esto, es una excusa magnífica para ir a verte a ti —se ríe forzosamente—. Cada vez me cae mejor ese perro.
—Sí, sí —le sigo, con las manos enlazadas a la espalda. Trato de seguirle el juego, sea cual sea—. Ya... Pero entonces, tú también serás su dueño. Y tendrás que hacerte cargo de él de vez en cuando —le señalo con el dedo. Cerca del cuello, percibo un ligero sonrojo en sus mejillas, la calidez que irradia. Como una estufa caliente—. No pienso encargarme de él yo sola.
—Un perro con tres padres —levanta los hombros, un poco más relajado. Noto como las comisuras carnosas de sus labios se alzan, pero sus ojos se mantienen preocupados—, no puede pedir más…
Ya hemos llegado al aula, he perdido casi todo el camino observándole y no me he dado cuenta. Como si fuese, por remota idea que resultase, a perderle en cualquier momento. Estamos a punto de entrar por la puerta. Nuestros caminos se separan varios metros. Black me desea buena suerte dejándome entrar primero, se la devuelvo. Cruzo el umbral, sin entender que acababa de pasar.
Mientras voy a recoger mi bata de trabajo colgada en el largo perchero de la pared, cavilando aquello sin cese, me choco con Tsubaki por casualidad o por destino. Que por razón que desconocía no se me había acercado ni un minuto en todo el cambio de clase como todos los días, sin embargo, sí a Evans. Sé que antes le ha comentado algo sobre alguna materia en especial mientras caminaba junto a él a paso rápido, (paso ligero para Evans). Sujetando su carpeta con ambas manos, como si le estuviese persiguiendo por los pasillos prácticamente. A Soul solo le he visto alzar las cejas albinas, totalmente confuso. Luego he dejado de cotillear porque mi conciencia vespertina me ha advertido que espiar a los demás, aunque sea sin querer, no está nada bien. Pero me sentía tan contrariada. Ha ido a hablar con Evans y no conmigo. "¿Por qué?" Acaso le conoce mejor…
—Perdona —le pido, con mi mejor sonrisa.
Encuentro el nombre de su bata de laboratorio enganchada a una de las perchas más próximas a la mía. Me hago con ella, haciendo uso de una delicadeza sobrehumana, y se la muestro con cordialidad.
—No importa —Murmura secamente, sin mirarme a la cara. Agarra la prenda blanca a una velocidad vertiginosa, superada por la que utiliza para escapar de mí como un europeo de la peste bubónica, en el siglo catorce. (Medusa enseña mejor de lo que cree.)
Me quedo estupefacta en el sitio. Me acababa de dar la espalda. No comprendía nada. Solo quería que llegase el final de esta tortura para llegar a casa, abrazar a mi perro y puede que comerme un buen pedazo de tarta que Spirit compró el otro día para celebrar nuestra mudanza. En el salón, calentita, con mi pijama. Solo pensarlo, me animaba a abrocharme la bata con orgullo para acabar la tarea. Tal vez únicamente estaba dándole demasiadas vueltas a las cosas. Y a los problemas de los demás. Evans podía llevar razón, no debería entrometerme más en los asuntos ajenos. Pero eso jamás se lo diría a la cara.
Y hablando del diablo de ojos rojos en cuestión, le oí susurrar entre quejidos lastimeros:
—No me apetece nada… —abrió la boca como un dragón de dientes afilados. Me hubiese asustado si no le conociese de sobra.
Debe ser tan rápido. Había aparecido a mi lado sin que me diese cuenta, debía prestar más atención.
—¿Qué haces? —alcé los brazos en son de paz, a pesar de que nadie iba a atacarme. Por si las moscas o por si me guardaba algún rencor por lo sucedido en este mismo espacio compartido. Él levantó una ceja con curiosidad e incomprensión, no le culpaba. Me fijé mejor en las pintas que llevaba—. Gruñón, con esa bata y ese pelo —y esos lamentos—… Pareces un fantasma —bromeé, imitando dicho ser de ultratumba. Tirando más zombi melancólico que a espectro merodeador con cadenas.
—¿Y a mí qué? Nací así —se señaló a sí mismo con las manos, tenía los botones desabrochados. Con eso ya adivinaba que en esta clase él no iba a tocar nada en absoluto. Pero no dije una palabra. Mejor así, menos accidentes, pensaba. Después de todo es Soul, sin duda—… Venga, que tenemos que hacer la estupidez esta, otra vez.
—¿Tenemos? —me tapé la boca con las manos.
"Uy, se me escapó." No me escuchó, como casi todas las veces. Esto era estrella.
—Sí, pero de la… Sangre, te encargas tú eh. Olvida lo de la última vez —"difícilmente". Me pedía con cierta timidez, abochornado—. Yo puedo… Eh… Pasarte las… Eso, eso —indicó con el dedo índice los utensilios del laboratorio. Tales como microscopios, tubos de ensayo, un mortero, un termómetro, embudos, pipetas, cucharillas, frascos, vasos de precipitación, la papelera, el jabón y al mismo Sid—. Y eso. También.
Por suerte no vio el bisturí, ni las pinzas o las agujas en sus estuches. O simplemente lo negó en rotundo.
—Gracias Soul…
Se pone un tanto colorado tras mi repentino ataque de gratitud sin mucho ánimo. Pero él sí que parecía bastante más animado que otros días, lo cual es todo un logro para el albino. Merecía ser premiado con mi ayuda. Pero sus ganas iban decayendo a medida que nos aproximábamos a la mesa. Y se desparramaba por ella, sentado en el taburete. Una falsa cama.
—¿Seguimos siendo un equipo? —pregunto dudosa, mientras me colocó los guantes de plástico que huelen a talco de bebé. Suena el chasquido cuando el guante queda pegado a mi muñeca y me doy cuenta de la chorrada que acabo de decirle—. Digo… Equipo de laboratorio.
—¿Tú qué crees? —su sarcasmo sale a relucir. Mantuvo el pómulo izquierdo apoyado en nuestra mesilla rectangular de trabajo, con el rostro fijo en mi total presencia—. Si no, no estaría aquí.
—Tú siempre tan positivo —suspiré, mordiéndome el labio con picardía—. Pero ten cuidado princesa Evans, esta vez no te me desmayes en un rincón.
Él levantaba la cabeza ante tal injuria, posando el mentón sobre la palma de su mano. Los codos en la mesa. Moviendo las piernas. Miraba a través de las ventanas, en otra dirección.
—No sé si podré hacerlo, con sólo ver lo fea que eres ya pierdo el sentido.
Quiero contraatacar, aún no me había sentado y ya había recibido un insulto bien jugado, al final tan sólo llego a hinchar los cachetes como una ardilla. Hago hoyuelos. Sid comienza la clase, gritando sin necesidad alguna. O como él dice: "hablando en alto." De pueblo.
—Hoy vamos a —"Diseccionar otra vez no, diseccionar otra vez no"—… ¡Diseccionar otra vez! —"Oh, venga ya Sid". Soul y yo nos golpeamos la frente al unísono, al vernos nos entró vergüenza ajena—. Mi amigo me los ha pasado, ¡somos unos afortunados chicos! —comentó la mar de sonriente. Su amigo del alma me empezaba a caer lo que se dice: bastante gordo—. Hoy tendremos algo de alta categoría —"¿Un corazón de vaca quizá?" Puag—. ¡Riñones de cordero! —gritaba eufórico—. Una para cada par.
Matadme por favor. Un día demasiado movidito, me parecía a mí. Al menos no eran ranas. Es algo. Lo que no sé, es si bueno o malo.
Sid fue a por unas cajas medianas junto con la ayuda de varios de mis compañeros, las tenía guardadas en las neveras del laboratorio. Tras abrirlas con sumo cuidado, decirnos lo que debíamos hacer en los cuarenta y cinco minutos de clase, en resumidas cuentas y con un ejemplo demasiado escueto y asqueroso. Finalmente, quiso añadir apenado, una cosa más:
—Vamos a cambiar las parejas, lo siento. Órdenes del señor Shinigami. Yo soy un mandado —"Se le ve, se le ve". Sid estaba a punto de echarse a llorar cual reina del drama, se tapó la cara con el brazo. Parecía que odiase discrepar sobre sus elecciones inciales—. Y aunque rompe mi orden chico-chica-chico-chica, es mejor que los buenos estudiantes se pongan con los menos aventajados —"Con los tontos vamos"—. Así que por favor, Ox y Kim cambiad pareja con Maka y Soul.
"¿Cómo?" Me quedé con la boca abierta. Más me valía malo conocido que bueno por conocer, no había derecho. "Te dan un caramelo duro y después te lo quitan." Salí de mi embobamiento, indignada.
—¿Entendido? —Sid repitió, ya que nadie se movía del sitio. Como si fuese un partido de tenis, su mirada se fijaba en nosotros cuatro. Soltó un gruñido desde la garganta, ordenando—. No es difícil. Soul, ve con Ox. Kim tú con Maka. Y todos los demás, ¡a trabajar!
Soul se levantó con molestia y me susurró en voz casi inaudible, mientras se cambiaba de asiento.
—No me eches de menos, Porky.
Le saqué la lengua, haciendo una pedorreta: "—Para ti."
Por lo menos esta vez no nos echarían de clase, no íbamos a estar juntos. Tenía que haberlo visto venir. Como la que me iba a caer en breves. Ox era aquel chico estudioso, bien vestido, con el pelo rapado aposta, de gafapasta yjunto con el que a Black Star le gustaba gastarse broma tras broma. Igualmente, aunque ambos sabían cuando parar, Ox no resultaba ningún gatito indefenso. Su seria mirada y los insultos dedicados a Black cada dos por tres eran signos clave de su personalidad envidiosa y descarada. Pero no dejaba de ser el típico bobalicón que le dejaría, como ojito derecho de la profe, una manzana reluciente y sabrosa en su mesa.
De Kim Diehl no sabía gran cosa. Tenía el pelo corto y rosado como el vino peleón, la piel blanquecina y un chicle en la boca masticándolo sin vacilación. A todas horas. No me había juntado ni hablado con ella hasta ahora mismo, aconsejada de no hacerlo de parte de la rubia por excelencia, Liz Thompson. Debe ser cierto eso de que las guapas no se llevan bien entre ellas.
No sé con quién me hubiese apetecido menos juntarme en esta faena, pero trataría de sonar amable. No se debería juzgar de verdad a nadie sin conocerlo todavía.
Al cruzarse Soul con la tal Kim, se dieron una mirada de aversión bastante tétrica. Podía percibirse mayor grado de peligro en los ojos claros de la chica, pero Soul se alejó primero con sus aires despreocupados de siempre.
Ella se sentó con desgana a mi lado, retirando la vista durante la primera media hora de clase. Me ignoraba. Podía formar un club de fans a este paso. Escuché algunos murmullos por parte de la clase entera, pero no presté mucha atención. Estaba concentrada en sentir la mirada de Black Star en la nuca como si fuese la presa del cazador. Y Kim Diehl no me ayudaba, por así decirlo, no hacía nada. Útil.
"—Estupendo Maka, te ha tocado de compañera un fantasma rosa apático." Sólo ha cambiado el color.
De repente, ella me dirigió la mirada. Esperé no haber dicho eso último en voz alta… Tal vez lea mentes, al igual que Medusa, y eso me asusta lo suficiente como para tener pesadillas los próximos meses.
Me observaba de hito a hito mientras yo fijaba la vista nerviosa en el riñón de cordero. Desprendía un olor putrefacto, aunque no sé si era el riñón de oveja o el ambiente que se mascaba entre las dos. Y eso que el órgano del animal ya estaba abierto cual autopsia de los horrores, en canal.
—¿Quieres algo? —murmuro sorprendiéndola, cansada de ser objeto de su "admiración" —. No sé, ya que llevas casi media clase sin dirigirme la palabra, pensé que tenías algún problema, ¿conmigo?
O con el señor riñón de cordero, o con la pared. "O no me importa idiota, pero háblame." No la dirigí ni un atisbo de mi mirada, continuaba inmersa en mis incisiones exactas de tembleque involuntario en el brazo entero. Y eso que a Sid apenas le había llevado cinco minutos explicarlo. En su defensa diré que pasaba de vez en cuando a ayudarnos a todos. Poco, pero lo hacía.
—¿Contigo? —su voz se escuchó rara y deformada por el sarcasmo. Se quejó de forma esnob, echando la cabeza hacia atrás—. Agh, yo quería estar con Soul —Soltó, buscándole por todos lados. Encontrándole con aquellos ojos de lince, bocabajo—. No contigo.
"¿Con Soul?" Pensé, rodando los ojos. "Que chica más infeliz…"
Juraría que tenía un berrinche infantil e inofensivo. Sonreí ante tal sátira.
—Siento no ser de tu agrado.
—Ya —soltó un suspiro y juntó los labios.
"¿Ya?" Ya me caía lo que se dice, como aquel amiguito del alma de Sid: un poco mal. A otra con el cuento. Puede irse a responder con monosílabos a otra parte lejos de mí.
Repito para mis adentros. Como si recitase un mantra para intentar relajarme. No sé si sabía que llevaba un arma blanca en la mano.
—Disculpa eras, Kim —recordé su nombre, intentaba ser amable por todos los medios viables. No beneficiaba a nadie crearse hostiles antagonistas y menos a mí. Está visto que no tengo buena puntería con los compañeros de clase—… ¿No es así?
—Kim, Kim Diehl —corrigió con el dedo en alto y una voz soñadora. Ligera y juguetona (insoportable) como ella—. Novata, que no se te olvide.
—¿Novata? —arrugué el ceño. Justo lo que me faltaba. La ausculté con la mirada, como al señor riñón. Hablé con total seriedad—. Me llamo Maka.
—¿Sabes qué? —Ella levantó la mano. Esperé en pausa, ella fingió una sonrisa—. Me da igual.
Fingí que no quería matarla en este santiamén.
—¿Sabes qué? Cállate —mandé a la basura las pausas y no sólo a ellas. Soltó un soplido que ocultaba una risa prepotente. La estaba empezando a calar—. No. Desde luego no te pareces mucho a Soul…
Dicen que los polos opuestos se atraen.
Mentira cochina.
—¿Tú crees novata? —Me obsequió con una media sonrisilla traviesa. Apoyaba las mejillas en ambas palmas, hincaba las rodillas en la mesa de trabajo.
Mientras se tomaba su tiempo en hacerse la interesante, de un soplido me levanté el flequillo de los ojos. Quise recoger unas pinzas para acabar la operación que había empezado yo sola, y por la que había tardado más tiempo al hacerlo abandonada por mi cuenta y por mi no tan afable compañera, masticadora de chicles de fresa que me ponían nerviosa. Cuando quise agarrarlas, Kim se me adelantó y las apartó para entretenerse con ellas inútilmente. Llegué a pensar, inocente de mí, que cuando se aburriese las dejaría en su sitio o por remoto que pareciese: acabaría pasándomelas tarde o temprano.
Pero no fue así ni de broma, por lo que continuó hablando para sí misma y haciéndome la clase de biología aún más imposible:
—Ese Ox… Seguro que ha sido él quien se lo ha pedido a Shinigami, el muy cafre. Siempre entrometiéndose en mis asuntos. Qué idiota.
—Qué interesante —asentí con la sonrisa puesta. Ya no podía aguantar más, me dolía la cara de ser buena persona. Sin embargo, no pretendía fallar de nuevo en esta clase—. ¿Me lo das ya?
—Toma —me tiro las pinzas sobre la encimera sin siquiera mirar hacia donde iban, con una desgana pasmosa.
La pompa de su chicle explotaba con mis nervios. Y el material del laboratorio se debe cuidar. Lo dice ese perro labrador con bata y gafas de seguridad que habla en el bocadillo de una viñeta, dibujada en uno de los alegres posters de ciencia del aula. Aclamado Doctor Ruf-Ruf.
—¿Y mi gracias? —tuvo el descaro de preguntarme, golpeando la mesa con los nudillos. Llamando así mi atención, como el que golpea una puerta para que se la abran de inmediato.
Su cara era todo un cuadro, la dirigí la vista con perspicacia. De verdad esperaba un agradecimiento, así que eché por la borda todo interés o fuerza de voluntad para llevarme bien con ella. Era meterse en la boca del lobo, pero ya que iba a acabar metida igualmente. Qué mejor que pelear.
—Donde mi paciencia —"y su ayuda: en el infierno." Resoplé, recogiendo el utensilio para seguir con lo mío.
Solo un poco más, y no la tendría que aguantar en todo el día. Ni la tendría que volver a hablar nunca jamás.
—Novata qué mala compañera de laboratorio eres —opinó sin que nadie la preguntara, viendo que pasaba de ella como como un león a una brizna de hierba.
A pesar de que me hervía la sangre del cuerpo y la vena de la frente se estaba comenzado a hinchar como una pelota. Mantuve la compostura todo lo que pude, una voz calmada como la suya.
—¿Te acabas de mirar en un espejo o…? —A esto podíamos jugar las dos. Sonreí orgullosa de mi perfecta respuesta que la calló la boca por unos segundos, tras aquella risa sorda suya de superación. Mi brillo y claror desapareció cuando caí en la cuenta de la bomba de relojería que Kim Diehl había dejado caer minutos atrás, sin que yo me diese cuenta por estar centrada en el riñón—. Oye. ¿A qué te refieres con entrometiéndose? ¿Qué te ha hecho a ti Ox? ¿O Ev… ¿Soul?
O más bien: "—¿Qué les habrá hecho ella?"
Me reprimí al nombrar al albino, tratándole con más familiaridad, a sabiendas de que Kim probablemente no me contaría nada. Quería que notase mi cercanía al último de ellos, de forma especial. Yo era de fiar o así me veo a mí misma.
—Ah, ahora te interesa —fingió sorpresa, llevándose la mano para taparse la boca entreabierta con forma de O diminuta.
Como actriz de serie B no tenía pérdida.
—Pues sí —afirmé sin vergüenza alguna.
Si es sobre algún problema que le rodea a mi vecino diabólico y puedo ayudar en algo, me concierne. Y por supuesto soy imbécil, y vuelvo a meter las narices donde no me llaman, todo sea por saber que andaba metida esta ruin come-chicle con el pobre de Evans.
—¿No lo sabías? —me picó. El chicle de su boca no dejaba de retozar de aquí para allá con su lengua viperina—. Qué raro, últimamente andas mucho al ladito de Soul —insinuó sin cortarse un pelo rosa. Pronunciando mi aciago mote, sílaba por sílaba—… Novata.
Esta chica no era capaz de cerciorarse de que tengo un arma punzante en la mano, ¿verdad?
—Pues claro —me encogí de hombros. Sin tomarla en serio, era una exagerada que solo decía sandeces—, somos vecinos…
Hasta mi mente parcialmente cuerda, era capaz de ver aquello como algo normal y corriente.
—Ya lo sé —asintió contenta.
Descolocándome de nuevo.
—¿Qué?
—Te he estado siguiendo —disparó como una profesional, entrelazando ambas manos delgadas y pequeñas.
—Ah claro, eso tiene sentido —sonriente, continuando mi dura labor. Me detuve, blanca como el papel filtro del laboratorio. Recapacité de nuevo, chillando entre dientes—… ¿¡Qué!? —repetí, con el corazón en un puño. El riñón de cordero abierto de par en par, por poco vuela de mis manos.
Ahora todo encajaba, no me estaba volviendo chiflada. Esos pasos que oía últimamente, detrás de mí. Por el barrio, por sus calles. En todas partes. Era ella, claro que era ella. No se inmutaba un pelo, es más, jugaba con él, indecisa.
—¿Y se puede saber por qué me espías? —le pedí explicaciones, se lo ordené. Encarándola sin soltar el bisturí. Contuve las manos echas dos puños, los brazos bajados.
—No tienes ni idea, ¿eh? —siguió burlándose de mí con su estúpida altanería, jugando. Su voz y su rostro de caramelo se fueron disipando palabra por palabra para dejarle hueco a una tenebrosidad misteriosa y enfadada, dibujada en su cara—. Alguien tendrá que vigilaros. Sobre todo a ti. Con esa careto falso de mosquita muerta que tienes dibujado por jeta. No me fío de ti un pelo, aprovechada.
Me quedé estupefacta. De todo lo que podría haberme dicho, de todo aquello que podía haberme soltado. Eso sí que no me lo esperaba en absoluto. ¿Qué le pasa a esta chica? Está para que la encierren, es que ni siquiera lo niega. Me mira por encima de la cabeza, me observa como si ella fuese una diosa y yo su peregrina.
—¿A qué te refieres? —intenté buscarlo algo de sentido, a una acusación que no tenía ni pies ni cabeza.
Me estaba cargando bastante con su estúpido rollo de hacerse la interesante. Todo el rato, enredándose con sus mechones de pelo corto y extravagante. Solo la faltaba mencionar a Black Star para que la partiese la cara con el libro de ciencias de la salud más cercano. Me lo estaba planteando. Aquí todo el mundo está a lo suyo, nadie está en silencio. Nadie se enteraría.
—¿Quieres dejar de hacerte la tonta? —se me arrimó de pronto, a escasos centímetros de mi cara. Todavía sentada sobre el taburete. Sentí su respiración y vi sus claros ojos de loca muy de cerca—. Me refiero a Soul —le señaló en la espalda con el pulgar. Soul hablaba con Ox tirado y acurrucado sobre la mesa. "Es él mismo pasota en todos los lados, con todo el mundo" No se estaban enterando—. ¿A quién va a ser si no? Tal vez se le vaya la pinza. Pero quiero que te quede claro, novata. Yo le vi primero, mucho antes que tú. Me pertenece.
Empezaba a escuchar ese maldito mote estigmático y para nada original en cámara lenta, dirigido hacia mi persona. Apuñalándome por todos lados.
—Mira no entiendo nada de lo que dices —Mi incomprensión sobrepasaba límites estratosféricos. Ahora creía tener un poder sobre Soul, me pregunté que sería la siguiente majadería. No podía hablar en serio, mas empezaba a creer que sí lo hacía. Traté de hacerla entrar en razón, y de alejarme de ella lo suficiente como para que dejase de ser tan tétrico e incómodo—... Además yo no tengo nada que ver con Soul como para que tú…
Me interrumpió antes de acabar, dando un golpe en la mesa con la mano abierta, lanzándome varios frascos de vidrio transparente y frágil que no había utilizado. (No sabía para que se había puesto la bata, también desabrochada para ver su precioso conjunto.) Los atrapé al vuelo de casualidad, bendita. "—¿Pero qué puñetas hace?" Achinaba la vista, dirigiéndome un ceño fruncido y rabioso. Vi como pegaba el chicle de fresa a una de sus muelas.
Creo que empezaba a entender una parte de cómo se sentía Soul Evans conmigo. Debería dejar de pasar tanto tiempo con él; ya hablo igual que él…
—Ni tienes porqué —me miró austeramente, sus ojos verdes azulados y los míos más oscuros se chocaron coléricos. Y entonces ella soltó con picardía, le vi mover los labios, pero no oí su voz—. Aquí la única que se lía con él o se lo tira, soy yo.
No era algo que me apeteciese escuchar.
Espacio Beru*:
(Aquí es donde Beru* en todo su esplendor artístico da la información, relevante y… no tanto)*
¿Sabéis esa sensación de planear algo y llegar al punto justo en el que lo habías planeado? Y hacerlo. (Pues el próximo capítulo, es uno de esos…) Temed bonitos, temed.
Kim es uno de esos personajes de los que me encanta escribir (sí, aquí cada vez hay más peña). Pronto sabremos más de ella. Black Star ha vuelto con las pilas cargadas y Maka no sabe lo que le espera. Y en cuanto a nuestro Soul (…..…), miau.
Si os apuntáis a comentar. Ya que estamos, dos preguntas de interés: ¿os gustaría que continuase el fic de El Cascabel? Me lo han pedido (amenazado de muerte, con amor) bastantes personas ya y en fin (creo que sería peligroso no hacerles caso…), ¿os gustaría que fuese lo próximo subiera? (¿¡QUÉ QUERÉIS, QUÉ QUERÉIS!? ¡Os imploro!)
Y la segunda: ¿Cuál es vuestro personaje favorito de Soul Eater y por qué? Y si puede ser un porque molón, ¡ya sería el acabose de mis feelings! (También tengo pendiente un par de One-shots venideros y cumpleañeros, oh la la.) El mío es Black Star. (Por razones evidentes. La familia es lo más importante, OHANA (significa familia, y familia significa que siempre estaremos juntos, ¡y gracias Lilo y Stich por romperme el corazón! ¡Esta os la guardo!)) Pero eso no quiere decir que vaya a ser el único al que le vaya a dar privilegios. (Je… Je… Es la maldáh.)
Si veis una falta o un fallo ortográfico por alguna parte (o que me he comido alguna palabra), por favor comentadlo también. Me es un placer corregirlo en el momento para así haceros la lectura más llevadera. (¡Tardo la vida y media en editar y aun así se me pasan destellos!) Si hay alguna frase hecha que no entendáis, no dudéis en preguntar. Muchas gracias.
(By the way, hace poco también subí un capítulo al fandom de GANGSTA. (Se llama "A palabras necias.") El cuál os recomiendo mucho, manga y anime en curso. No me puedo quitar el opening de la cabezaaaa(i demooo. Carry on…))
Nos vemos en el próximo capítulo de Sweet Dreams:
Capítulo 17: "Maratón de besos. Profesora de música."
¡Feliz sept(engo)ie(ha)mbre!
Lo próximo que llegará será: el DESEMPATE de El Reto.
