Notas: Mi inspiración no anda en su mejor momento, pero en un pequeño destello de luz —khé— logré sacar esto.
Honestamente este es un long-fic no planificado, así que estaré tardandome con los capítulos bastante porque, bueno, no está planificado, pero intentaré avanzarlo algo ahora que pronto saldré de vacaciones junto a mis demás historias largas.
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Capítulo II.
Cuando ninguno existe.
Los ojos se le abren con pesadez la mañana del miércoles, tres días después del funeral. Lleva su mano a su rostro y talla con suavidad sus globos oculares, tratando en vano de que el (letargo) sueño se vaya. Debe levantarse. Oh, levantarse, lo siente tan complicado de hacer cuando hace una semana era un acto tan monótono, es tan difícil avanzar una vez más. Suspira y se sienta en la cama, las ojeras bajo sus ojos a pesar de haber dormido, la mente en blanco de sueño alguno.
¿Soñó? —No, claro que no, no tiene vigilia para tener sueño, no hay luces sin tinieblas—. ¿Alguna imagen ficticia formulada por sus experiencias diarias colmó su subconsciente durante las horas que permaneció dormida?
Si soñó no lo recuerda, como le ha venido sucediendo desde... desde el incidente. ¡Ah!, los azulejos blancos, el silencio absoluto, la sangre derramada; ¿por qué no la dejan en paz? Juvia cierra los ojos y la mirada vacía y sin vida de Lyon la observa a través de sus párpados cerrados, acosa su memoria, se mantiene ahí. Quizás por eso no sueña, como un mecanismo de defensa para protegerla del recuerdo tormentoso y perenne de la muerte de Lyon. Quizás no sueña para que su mente no sea acosada también por imágenes subconscientes de los azulejos blancos.
Suspira una vez más y con un movimiento lento aparta sus piernas desnudas de la cama, posando sus pies sobre la fría madera de su dormitorio. Ahora, el baño, el baño con azulejos blancos que la enferman cada vez que los ve. La ducha, con azulejos blancos que la enferman cada vez que los ve. El espejo, con su imagen decadente rodeada de blanco, ese blanco que la acosa y le recuerda aquello que anhela olvidar.
Juvia se pregunta unos momentos si el motivo de su aparente falta de dolor es su estado, más cercano a la muerte que a la vida.
Salir de su casa (a la vida) al instituto es una tarea ya tan complicada que no se molesta en desayunar, no quiere consumir alimentos que le recuerdan la imagen de un muerto contra los azulejos, la imagen de la muerte contra sus pupilas. No, no puede comer, se le revuelve el estómago con cada bocado que ingiere y acaba siempre por consumir no más de tres miseras cucharadas de lo que sea. Por eso tras asearse, vestirse y coger sus cosas sale sin ingerir alimento, prefiere no hacerlo. También preferiría no caminar, no ir al instituto, no salir de su casa, no existir. Es que ahora que la muerte le ha acosado con sus garras frías vivir se le hace tan pesado. E incluso si llega al instituto, recibida por figuras que le tienden la mano, sigue siendo complicado.
Lisanna y Gray siguen sin estar ahí.
Su mirada se mantiene, todo el tiempo que duran las clases, centrada en la fría madera de su pupitre.
—Entonces —Natsu, sentando a unos pocos puestos de ella, habla con Cana—, la cosa es que hoy se juntarán.
—Tú dices... —Cana voltea la mirada, determinando la posición de Erza dentro del salón—, ¿de nuevo?
—Sí, pero Erza me tiene vigilado y no creo que pueda ir. Es una lástima, porque será una gran pelea, lo presiento, después de todo estarán...
—¡Ya cállate retrasado! —exclama Gajeel, sentado a su lado y sobresaltándola.
—¡¿Cuál es tu problema?! —No tarda en quejarse Natsu.
—¡Ey! —Erza, que con el primer grito de Gajeel ha centrado su atención en ellos, se sorprende levemente cuando el moreno le hace un gesto e indica a Natsu—. Ya está hablando de peleas otra vez, ¡y Juvia le está prestando atención!
Juvia se sorprende ante eso. Ah, ¿todo eso se trata de ella?
—¡Natsu!
Erza endurece el rostro y ella solo puede bajar su mirada a sus piernas, incómoda. Juvia está bien, Juvia en verdad está bien, no necesita que todos la protejan constantemente como si se hallase mal. Incluso si tuvo un pequeño momento de bloqueo tras la muerte de Lyon ahora está bien, incluso si luce algo decaída por lo sucedido ahora está bien. Incluso si se siente más espectro que ser humano ahora está bien, ya nadie tiene que preocuparse por ella, porque ella está bien.
—Ey. —Vuelve a sobresaltarse levemente y voltea hacia Gajeel, que la mira fijamente—. ¿Estás bien?
Juvia quiere repetir que sí, que no deben preocuparse, que deben dejar de mirar por ella como si debiesen protegerla. Que está bien, que está perfectamente, que puede superarlo y continuar viviendo sin problemas. Quiere, le encantaría poder decir eso.
—Sí.
Pero su respuesta es tan endeble que ni ella la cree. Es quizás eso otra leve premonición de un dolor que nunca acaba de estar segura de sentir. Cómo le gustaría determinarlo, si el dolor es real o no, haría todo más fácil; porque sin dolor todo eso no parece más que una pesadilla pausada en el punto en que no sabes si sientes miedo o no, ese punto en que no sabes si sueñas o estás despierto.
Gajeel le pasa un brazo por los hombros y a ella se le revuelve el estómago en algo parecido a agonía. Es... extraño. No siente dolor, casi siente no sentir nada y entonces el gesto le es insulso, como si no removiera nada en su interior —más allá de su estómago—. Ojala Juvia fuera capaz de llorar, entonces podría asegurar sentir dolor. O, en caso de que no, fuera capaz de sonreír.
Ojala fuera capaz de hacer algo, por ínfimo que sea.
Abandona el instituto con la cabeza gacha y sin sentir deseos de hablar con nadie, de sentir una vez más esa protección constante a su persona que le recuerda que es probable que le duela. En realidad, abandona el lugar y atraviesa las calles, bajo un día gris e invernal, sin sentir deseos de vivir. Es que vivir se le ha vuelto de pronto tan... pausado.
Dolor, ¿dónde estás?
Se detiene a medio camino al ver a Natsu oculto contra una pared, mirando hacia todos lados de forma sospechosa. No tarda en comprender la situación, como un destello de epifanía inmediata. Va a ir, se ocultará de Erza y va a ir, a pesar de todo.
«Si hubieras sido tú quien vio morir a alguien...»
Se muerde el labio, pensando inevitablemente en Gray. De estar ahí, estaría de pie a un lado de Natsu, ambos igual de preocupados de no ser vistos por Erza. Pero Gray no está ahí.
—Gray... —Silver se calló súbitamente cuando preguntó el lugar dónde se hallaba el hombre por el que se desvivían sus suspiros, el lunes que fue a verlo—, no está aquí en estos momentos.
Ella ladeó la cabeza entonces, confundida.
—¿Dónde está?
—Él... —Silver volvió a callar, por lo visto incómodo con algo.
Finalmente fue Ultear quien abrió la boca, dando por zanjado el asunto.
—En nuestra casa playera, con los abuelos. El psicólogo que lo atendió dijo que sería bueno para él cambiar de aires, así que nos mandó a sacarlo de la ciudad.
Y Gray ya no está. No más, al menos por el momento.
Aprieta su bolso con fuerza al pensarlo, con la imagen del grito agonizante de Gray quieta en la memoria, justo como Lyon contra los azulejos blancos. No la quieren dejar en paz, por más que intente esos recuerdos no la abandonan.
—¡Juvia!
Natsu se sorprende al verla y ella nota entonces que se ha quedado parada en medio de la calle bastante tiempo, pensando, solo pensando. Esboza un intento de sonrisa al chico frente a sí antes de hablar.
—¿Natsu irá a luchar solo?
Su compañero abre los ojos, levemente sorprendido. Luego su rostro se oscurece, un tanto desanimado.
—Gray no está —dice y Juvia siente que esas palabras se le clavan todavía más al ser otra persona quien las pronuncia—, y Gajeel se pone violento cada vez que comento lo de pelear, como Erza. —Hay una pausa, como la de Silver aquel lunes en que pregunta por Gray—. No tengo con quien ir —admite finalmente el chico—. Lucy anda como Erza y dudo que me acompañe; y Lisanna tampoco está.
Ah, otra llaga más.
—Juvia entiende.
—¿Tú, Juvia? —cuestiona Natsu, extrañándola—. ¿Ya te vas? —aclara el chico.
Le extraña un poco la pregunta, no es capaz de negarlo.
—Sí, Juvia ya se va —responde—. ¿Por?
—Oí a las chicas, o más bien Cana me dijo, que saldrían juntas. ¿No irás con ellas?
No, no, para eso primero tendría que vivir.
—Juvia no tiene ganas de salir con las demás.
Ni de vivir.
—¿De verdad? —Natsu frunce un poco el ceño, pero luego relaja la expresión y se aproxima a ella—. Luces desanimada —comenta—, quizás deberías ir con ellas.
—Natsu también luce desanimado —replica a su vez, como un contraataque—, quizás no debería ir solo a pelear.
El chico tuerce el rostro, haciendo una mueca, probablemente porque es plenamente consciente de que Juvia tiene razón, le desanima la idea de ir a luchar solo.
—No importa —dice Natsu, sonriendo—, puedo ir solo sin problemas, tampoco es como que los necesite.
Se cruza de brazos y su rostro transmite seguridad, pero Juvia sabe que miente, por supuesto que miente. Para Natsu no tiene sentido si no están los demás con él, luchar sin ellos a su lado carece de cualquier tipo de sentido.
—¿De verdad?
Juvia insiste, porque le gustaría romper sus barreras, lograr que no luche. Sin embargo, es a la vez consciente de que es inútil, nada de lo que ella haga hará al chico cambiar de opinión. Cualquier acción proveniente de su persona es inútil, después de todo.
—¡Por supuesto! —La voz de Natsu suena emocionada, como si sus palabras fueran una verdad indudable aunque Juvia sepa que la ausencia la tiene clavada como una espina, incluso si él (o ella) finge que no está ahí.
Juvia asiente y se plantea unos momentos dar la vuelta y marcharse, aunque detiene cualquier intento de ejecutar la acción para volver a centrar su atención en el chico. Natsu parpadea, curioso, ha notado su indecisión. Ella piensa el asunto varios segundos, consciente de sus nulos deseos de hacer algo, desde estar ahí de pie hasta volver a su departamento. Sin embargo, volver a su departamento le produce un desanimo especial ante el simple recuerdo del silencio absoluto, la madera fría y los azulejos blancos. No, ella no quiere volver ahí.
—Juvia se preguntaba —dice, todavía insegura. Duda unos momentos más, ante la atenta mirada de Natsu, antes de continuar—, si ya que él no tiene a nadie con quién ir, ¿puede Juvia acompañarlo?
La sorpresa domina por completo el rostro de Natsu Dragneel. Parpadea, completamente perplejo.
—¿Quieres ir? —La chica duda otros segundos más antes de asentir—. ¿Por qué?
No es secreto para nadie que ella es de las más afectadas ahí, la simple idea de que quiera ir a presenciar otra batalla es una opción que Natsu es incapaz de comprender o siquiera esperar. ¿Por qué?
Eso mismo se pregunta Juvia. Por qué. A qué se debe esa decisión repentina, el motivo de su urgencia, de su propuesta. ¿Huye del silencio, de la soledad, de los recuerdos? ¿O por el contrario los busca? Qué busca, qué anhela, ¿que los recuerdos sigan ahí, que la atormenten una vez más? ¿Busca acaso más recuerdos o quizás el dolor? ¿Buscará la muerte, quizás? Oh, le encantaría saberlo, le gustaría poder determinar qué es lo que busca en su vida.
O quizás es eso, ¿busca acaso la vida que perdió?
—Juvia. —Sus palabras nacen ahogadas, no tarda en matar hasta su propio nombre, asfixiado en su garganta—... Ella necesita hacer algo.
—¿Algo?
Asentiría pero ni ella misma está segura de sus propias palabras, solo es consciente de que la necesidad de estar ahí, una vez más al filo del peligro (y los recuerdos), es tan real que la simple idea de perderla sería sumergirse más en su sueño, su letargo.
Bien por el contrario podría estar buscando sumergirse en su sueño, huyendo de la vida y lo que ella conlleva.
(Quizás Juvia huye del dolor. ¡Oh!, que hermosa dicha sería para ella ser consciente de ello).
—¿Juvia puede ir?
Natsu la mira fijamente otro momento, inseguro. Acaba por suspirar y esbozar una sonrisa cálida.
—¡Claro! Si estás segura no hay problema, será mejor que ir solo —dice y amplia la sonrisa—. Venga, antes que Erza nos vea.
Juvia asiente y cuando él da la vuelta se apresura en seguir su espalda a través de las calles grisáceas.
—¿Quiénes irán?
—Oh, será una gran batalla —responde el chico, animado—, lastima que los demás se lo pierdan. —Su sonrisa se atenúa unos centímetros—. Estarán los chicos del club de boxeo, el que está a un lado del bar donde Cana solía pasar, y unos pocos de la correccional; ya sabes, los que salen suelen ir a arrendar habitaciones al hostal que hay por ahí. También irán los chicos del instituto del centro.
Juvia parpadea, extrañada.
—¿Cuál de todos?
Los pocos que conoce, le ha faltado agregar.
Natsu la contempla unos momentos antes de responder.
—No sé cómo se llama.
—Oh. —Le decepciona esa respuesta, media fracción de segundo antes de que la aclaración llegue a sus oídos.
—El que tiene un tigre en la entrada.
Espero les haya gustado.
Nos leemos. Bye.
