Notas: Me cuesta avanzar esto, lo admito. Especialmente esta parte, las escenas rápidas me costaron un poco, aunque en general la parte final avanzó bastante bien respecto a lo demás. Siendo honesta mi tardanza se debió más que nada a tener otras prioridades, me disculpo. Mi principal problema es que tengo la trama de Silver y Juvia bastante ideada, pero la petición pedía Rogue/Kagura y la sub-trama con Sabertooth no la tengo tan pensada, la estoy ideando ahora y todavía debo lograr conectarla al hilo principal y que no quede forzado.
Eso, básicamente. Al menos ya tengo una idea bastante concreta de cómo irán los siguientes capítulos así que eso quizás me afirme un poco mejor con esta historia.
.
Capítulo III.
Y la realidad sigue ahí.
Juvia tiene catorce primaveras y siete meses cuando cae en el amor por Gray, poco después de cumplir los quince conoce a Lyon y él cae en el amor por ella. Por ese tiempo lleva el cabello largo y rizado (se lo cortara al próximo año en un arranque de rebeldía) y tiene los ojos nublados en soledad infinita. Aún vive en casa, con mamá cortándose las muñecas todos los días después del noticiero, un breve descanso los sábados; y papá dormido en el sillón con más licor que sangre, un breve descanso los viernes. Aún vive ahí, con su delgada e insegura figura apoyada en el marco de la sala, esperando algo, a saber qué —amor—. Luchando contra los por qué atrapados en su garganta. ¿Hizo Juvia algo mal que mamá siempre le observa con tristeza? ¿Hizo algo terrible que papá siempre la mira con un deje de desaprobación? ¿Es por ella o por ellos? ¿Es ella o son ellos? ¿A quién odian? —¿a quién no odian?—.
Baja la cabeza y Juvia es mala, Juvia es fea, Juvia es inútil (Juvia, Juvia, siempre Juvia; pero nunca ella, nunca yo).
A los catorce llega a Fairy Tail, a los quince conoce a Lyon, ya está enamorada de Gray entonces (y no está tan sola). Vive entonces atrapada en la burbuja de seguridad que le suponen ellos. A los dieciséis se corta el cabello y se va de casa. Trata de ser feliz por dos años y entonces el mundo se despedaza sobre azulejos blancos y gritos ahogados.
(Se hace pedazos en sus manos y Juvia quiere llorar y exclamar pero se le atora el grito en la garganta, la asfixia hasta morir).
Unos días después sigue la espalda de Natsu por las calles grises, observando a la gente reunirse y disgregarse a través de los cruces cada vez más poblados del centro. Los autos hacen ruido, las personas murmuran, Juvia no está ahí (de alguna manera). Natsu camina con aura desinteresada a través de los oficinistas, como si él tampoco estuviera ahí pero de una forma totalmente diferente. Juvia no sabe si sentirse bien o mal ante eso, acorde o no al ambiente. El chico siempre ha sido así, demasiado despreocupado para que sea saludable, tan ciego que no hace otra cosa sino ser feliz, Natsu nunca entiende nada. Se pregunta a veces cómo será esa existencia, caminando tan tranquilos por las calles como si no llevasen el cadáver de Lyon en la espalda.
Se muerde el labio al atravesar la estación de trenes a paso lento. Unas dos cuadras más allá habrán de doblar hacia poniente para encontrar el bar que frecuenta Cana, a unas pocas cuadras del sector donde se reúnen la mayor parte de los institutos del centro. Juvia nunca ha ido ahí, solo conoce un par de lugares más allá de la estación. Una gran galería de tiendas caminando en dirección opuesta, Lamia Scale a unas cuadras de ahí —ah, el dolor—. Una embajada en línea recta, de no haber virado, y otra galería un poco más pequeña, cerca del bar de Cana, donde están los azulejos blancos. Pero nunca ha atravesado las cuadras que separan ese sector de tiendas y bazares para llegar al lugar donde están la mayor parte de los institutos, a un lado de la universidad del centro. Nunca lo ha hecho y las batallas nunca son ahí, los alumnos suelen alejarse de sus escuelas primero antes de envolverse en conflictos. Tienden a ir a la calle que está detrás del bar, conocida por ser un mal sector. Es usual que sean por ahí, Juvia no quiere pensar en ese lugar en esos momentos. Natsu, supone, sí conocerá mejor el sector, para describir el instituto como «el que tiene un tigre en la entrada.»
La curiosidad la mata al detenerse frente al bar —ah, pero si ya está muerta—, con Natsu deteniendo su andar y llevando sus manos hasta sus rodillas en aparente cansancio. Juvia mira el edificio, con sus tranquilos clientes riendo y comiendo ajenos a ellos.
—¿Ocurre algo? —cuestiona, no muy segura de cómo interpretar la pausa.
El chico se endereza y la observa unos segundos, meditando cómo plantear el asunto.
—Escuchaba —responde Natsu finalmente—, para ver qué tal era. Pero no oigo ningún disparo, eso diría que no han empezado o los de la correccional de hecho no han ido. Mejor así, cuando van es cuando se pone feo. —Natsu le sonríe entonces y Juvia no está muy segura de cómo reaccionar. ¿Trata de ser amable o considerado, acaso?—. De cualquier forma vamos.
Se toma unos segundos para asimilar esas palabras y asentir con algo de torpeza, siguiendo a Natsu en cuanto este vuelve a avanzar rumbo al callejón que hay a un lado del bar. Nota un cierto vértigo al detenerse en la entrada del oscuro pasaje, al verse nuevamente ahí. Tantas veces ha atravesado ese pasillo entre edificios, tanto tiempo se ha deslizado a través de las paredes en compañía de los demás, tantos recuerdos destrozados por la última vez. Porque entonces cruzó y del otro lado estuvo la muerte.
—Juvia. —La llama Natsu, sacándola de su sopor.
Da un respingo y se apresura a través del camino, notando algo ascenderle por la garganta. ¿Nauseas?
Avanza hasta estar nuevamente a un lado del chico y entonces ambos caminan juntos rumbo a la otra salida del callejón, desde la que se ven pasar algunos autos. Juvia traga, insegura y comenzando a sentir ansiedad. ¿Por qué ha ido?
Del otro lado los bazares siguen, rodeados por nada más que algunas empresas y tiendas a medio clausurar. Juvia duda, una vez más. Natsu le hace un gesto con la mano y ambos avanzan a través de la acera en busca de algún punto seguro. No se ve nadie por el sector, ni siquiera el más mínimo transeúnte más allá de los pocos autos que atraviesan con rapidez la calle, perdiéndose al llegar al primer cruce y desapareciendo de vista. Esa bien podría ser una buena o una mala señal dependiendo de la mira, para Natsu de seguro es buena.
—Ahí —dice el chico, señalando la fabrica más grande de la calle, cerrada desde hace algunos años—. Suelen reunirse ahí.
Juvia siente un deje de curiosidad. Solía llegar después, cuando la batalla ya había iniciado, nunca ha estado en sus orígenes, nunca ha sabido de dónde viene. Ella solo llegaba y esquivaba a los demás combatientes en busca de Gray, atravesando los edificios a paso rápido. De alguna forma ese momento adquiere un significado diferente en compañía de Natsu y logra calmar un poco su sensación de ahogo.
Es sin lugar a dudas una mala reacción. El nerviosismo se disipa al caminar tras Natsu un par de segundos, lo suficiente para que apenas logre percibir el proyectil que atraviesa el cielo. Luego... caos.
Juvia impacta contra el suelo, no muy segura de por qué, mientras un pitido agudo acompaña el ardor que comienza a sentir en la cabeza. Oye una maldición, pero el mundo da demasiadas vueltas en esos instantes para comprender su procedencia. Apoya las manos en el suelo y trata de incorporarse. No hace falta, una mano se aferra a su hombro y la levanta con un grado de brusquedad, jalándola a través de las calles.
—¡Corre! —exclaman y Juvia tarda solo un par de segundos en reconocer la voz de Natsu.
Se estabiliza entonces, notando el corazón bombearle con fuerza. Corre lo más veloz que puede, guiada por su compañero rumbo a saber dónde. Voltea unos segundos y logra divisar figuras siguiéndolos. Vuelve la mirada al frente, notando como el pánico comienza a invadirla. Mantener el ritmo, siendo que es Natsu quien la precede, resulta difícil. Su compañero es miembro de un club deportivo, después de todo, y Juvia en cambio con suerte asiste a costura.
Cruzan la calle sin mirar atrás o por lo menos a los costados, Juvia casi agradece no haber sido atropellada. La fabrica es todavía más inmensa de pie a un lado de ella, aunque Juvia apenas se percata ocupada como está en mantener sus piernas en movimiento y la mirada al frente. Doblan en otro callejón, en uno de los laterales del edificio abandonado. Natsu desacelera el paso un poco al acercarse a un viejo basurero.
—¡Por aquí! —Le indica, apoyando las manos en la superficie del enorme recipiente que por suerte está cerrado y alzándose.
La ha soltado por tanto, pero Juvia apenas y lo nota al seguir sus movimientos, subiendo lo más rápido que puede mientras sus perseguidores doblan por el callejón. Natsu da un leve salto para aferrarse al borde de una ventana rota, sosteniéndose de su marco oxidado y alzando su cuerpo casi sin dificultad a través del orificio. Juvia espera un instante, creyendo tal vez que volteará y le tenderá la mano, pero Natsu se desliza hacia el interior en el momento en que uno de los sujetos que vienen por detrás se aferra al borde del basurero.
Juvia no contiene el pánico y ruega que todas esas historias sobre la adrenalina sean ciertas al momento en que salta para sostener sus manos a la ventana, apoyando los pies en la pared de concreto y reuniendo todas las fuerzas que puede para levantar su cuerpo a través de la abertura. Uno de sus pies se desliza para su frustración, el pánico aumenta al tratar nuevamente de apoyarse para impulsar su cuerpo, logrando asirse a duras penas a una grieta para impulsarse un poco y apoyar un pie en el marco, moviendo una de sus manos hasta el lateral de la ventana para apoyarse mejor, sintiendo al momento como algo se clava en su mano. La aparta con rapidez, conteniendo una maldición.
—¡La tengo!
Siente el corazón subir hasta su garganta. Juvia voltea el cuerpo con demasiada rapidez, queriendo alzar su pierna antes de que efectivamente ese sujeto la sostenga. El problema es que en esos momentos solo dos de sus extremidades cuentan con apoyo: su pierna y mano derechas. El giro rápido le arrebata todo el equilibrio que puede mantener y se ve impulsada hacia atrás, cayendo de espaldas.
Siente el vértigo típico de una caída de esa índole arremolinarse en su estómago al tiempo que sus brazos parecen adquirir el instinto de aletear. No alcanza, la caída no es lo suficientemente larga. Aun así el golpe duele como los mil demonios y ella suelta una exclamación, sintiendo el dolor principalmente en su cabeza y su espalda.
—¡Juvia!
Quiere incorporarse, pero nuevamente Natsu se le adelanta y es él quien la jala, prácticamente arrastrándola a través del lugar. Bien pudo ser una habitación de cajas o un refugio nuclear, Juvia no se entera cuando ya han atravesado la puerta. Natsu la jala con fuerza, pero ella no se ha recuperado y apenas puede cojear.
—¡Apresurate!
Trata de ignorar el dolor y acelerar sus pasos, pero el pitido en su oído ha vuelto. Lo siguiente que sabe es que algo ha caído, cajas probablemente por el sonido tan característico.
—¡Mierda! —exclama Natsu y ella intenta enfocar su entorno, pero apenas puede mantener el ritmo y todo pasa demasiado rápido.
Juvia ha seguido a Gray a incontables batallas, pero nunca ha sido participe de una.
Tropieza con algo y en su precario estado no puede evitar caer el piso. Natsu trata de sostenerla o por lo menos no caer él, pero en la situación se ve obligado a soltarla. Juvia maldice, aunque por lo menos ha logrado poner una mano esta vez, antes de parpadear e incorporarse. Alguien corre hacia ella. Un par de segundos en asimilar: no es Natsu. Suelta un grito y lo esquiva, sin molestarse en siquiera tratar de distinguirlo.
Patea una caja, hecho que le hace bajar la mirada al piso unos momentos. Procede a esquivar las cajas regadas por el lugar, tratando de alejarse de ese caos. Siente a alguien acercarse por su lado, pero al no poder asegurar quién es simplemente se agacha para esquivarlo y pasar más desapercibida. Prácticamente gatea por el lugar entonces, alejando las últimas cajas de sí antes de intentar propulsarse lejos de la contienda. O al menos es su intención hasta que alguien impacta contra ella. Siente el golpe en las costillas que la obliga a caer nuevamente, estrellándose contra el piso al tiempo que un peso se precipita sobre su cuerpo. Juvia intenta rodar y quitárselo de encima, pero unas manos sostienen sus muñecas e impiden su movimiento.
—¡No!
Comienza a desesperarse, pero cada movimiento parece más inútil que el anterior y juraría que su atacante se ríe de su estado, inmovilizada.
—¡Ey!
Gime inconscientemente, como si pidiese ayuda al reconocer al propietario de esa voz. Trata una vez más de liberarse y de pronto alguien está impactando contra el sujeto que la sostiene. Juvia se ve libre gracias a eso, aunque lo brusco del movimiento reciente sus muñecas. Se voltea finalmente y se aleja un poco, intentando distinguir a Natsu, pero entonces otra figura cae sobre los dos: su atacante y su compañero. Gira el rostro para ver de dónde ha venido y así se percata de alguien corriendo en su dirección. Apenas y es consciente cuando ya se ha volteado de nuevo, apoyando las manos en el suelo, y se ha impulsado hacia adelante para proceder a correr lejos de la contienda, huyendo lo más rápido que puede. Oye un grito tras ella y sabe que la están siguiendo, por lo que acelera el paso sintiendo el corazón en la boca y su sangre a mil por hora.
Se introduce en un pasillo y atraviesa el oscuro pasaje a toda velocidad, anhelando dejar atrás a su perseguidor. Vira en una esquina, siendo ya apenas consciente del dolor en sus músculos y articulaciones, sumado a los varios golpes que ha recibido. Ni siquiera podría asegurar si el pitido sigue o se ha ido, ha dejado de ser prioritario para ella desde que cayese sobre el caos de cajas y personas. Vuelve a virar. Juvia nota un grito ahogado en su garganta al avanzar, ya ni siquiera segura de si todavía la persiguen o ya lo ha dejado atrás. Gira en la próxima puerta que ve y entonces otro golpe se hace presente.
Juvia choca, su cuerpo generando un sonido osco al impactar contra otro, resintiendo todavía más su musculatura al rebotar y caer nuevamente al suelo, golpeándose principalmente la cadera y el brazo derecho. Se queja, rodando un poco hasta quedar de cara al suelo. Agoniza un instante más el golpe antes de abrir los ojos y tratar de incorporarse, dando un rápido vistazo a la habitación.
Su mirada se topa con un par de ojos rojos.
Nos leemos. Bye.
