Edward Cullen, a punto de cometer un asesinato.
El famoso empresario y dueño de la revista Twin Model, sin duda, se suma al club de los hermanos Cullen que odian a Rosalie Hale, ya que esta caprichosa diva lo sacó de sus casillas en la cuidad de Milán durante una sesión de fotos en la cual la modelo se negó a salir acompañada por otra mujer, debido a que "la estrella era ella."
Por suerte, Edward pudo solucionar la situación aunque de manera algo violenta, ya que según dicen nuestras fuentes, sus gritos se escucharon hasta en la Torre de Pisa. Rosalie por su parte nos dijo: "Amo mi trabajo, ser modelo es mi forma de expresarme, pero lo no que no tolero es la superioridad de mis jefes; ellos no entienden lo sacrificado que es esto."
Veremos qué ocurre cuando la modelo vuelva a New York de sus vacaciones en Mónaco.
POV Bella
La semana trascurrió rápido, y mi departamento ya se veía como un lugar digno de una decoradora de hogares. Había hecho de un lugar viejo un nuevo ambiente cálido comprando todo lo esencial; incluso había confeccionado un pequeño estudio en uno de los armarios. El departamento originalmente tenía dos habitaciones, tres baños, una pequeña cocina, una cómoda sala y tres armarios de los cuales unos de ellos era enorme para ser un armario.
En uno de los cuartos había instalado mi habitación, la cocina me gustaba como estaba originalmente, y sólo la modernicé un poco. La otra habitación, que era el cuarto de servicio, lo había dejado de lavandería y como cuarto de Papi. El armario lo convertí en una biblioteca, y coloqué un escritorio para mi computadora y mis nuevas cosas de trabajo.
—Bueno, Papi, ahora sí se puede decir que estamos instalados —le dije, feliz. Él movió su cola en forma de respuesta. —Mañana comienzo a trabajar, y tú te quedarás solo. Espero que te portes bien —le dije, consiguiendo que gruñera un poco. —Lo siento, pero trataré de volver temprano. Te lo prometo —lo consolé y acaricié su cabeza.
Jugué un rato con Papi, y luego llamé a mis padres. Fue agradable conversar con ellos, pues estaban felices por mí o al menos eso parecía. En el fondo yo sabía que les había afectado el hecho de que me hubiera marchado, pero era necesario.
Fui hasta mi armario y saqué los posibles atuendos; uno de ellos era un pantalón de vestir negro con una camisa azul discreta y una chaqueta que hacía juego con el pantalón. Ése, hasta ahora, era el único que me parecía correcto, pues no tenía tacones así que me tendría que poner alguno de mis mocasines o zapatillas.
Mi cabello era lo menos que me preocupaba, ya que mis rizos serian aplacados por una cola baja, y por otra parte necesitaba mis lentes gigantes pues tenía graves problemas de visión y los de contacto eran muy costosos.
Sólo me preocupaba la reacción de mi dichoso jefe al día siguiente. No le tenía miedo por ahora, pero tampoco esperaba que fuera un ángel o algo parecido. Después de todo la señorita Anne me daba miedo; no se veía mala pero sentía que me iba a comer.
Suspiré y dejé a un lado mis inquietudes laborales y me dispuse a relajarme. Me preparé una taza de chocolate caliente y me senté a leer uno de mis libros preferidos: Romeo y Julieta.
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El ruido de mi teléfono me despertó, no sabía en qué momento me había acostado en mi cama, pero de seguro lo hice en un estado semi-consiente. Tomé mi teléfono y contesté con poca seguridad.
—Buenos días —dije algo adormilada y miré la hora. Eran las seis de la mañana. ¿Quién demonios me llamaba a esa hora?
—Hola Bella, soy Alice Cullen, te llamaba para encarte algo antes de que vinieras aquí: necesitamos cinco cafés, todos bajos de azúcar y con leche, además de una ración de panecillos recién horneados con caramelo. ¡Ah!, y debes estar aquí antes de las siete y treinta. Nos vemos —dijo, y colgó.
— ¿Eh? —aún no caí en cuenta de lo que había dicho, y volví a mirar la hora. ¡Demonios! Tenía que moverme.
Salí de mi cama y me di una ducha rápida. Mis planes de vestirme elegante se habían ido al diablo. La camisa azul se había manchado y me tuve que poner una de mis camisas informales. Dejé todo listo en lo que se refería a Papi y me fui.
Llegué al cafetín y aún me quedaban diez minutos para llegar a la revista. Compré lo que me habían pedido y me conduje a toda velocidad hacia la revista, o al menos a la que mi camioneta podía. El tráfico en New York era una perdición. Definitivamente, la próxima vez tomaría el subterráneo.
Llegué a la revista hecha un completo desastre. Todos me miraron como si fuera un bicho raro. Alice estaba esperándome junto a una chica que seguramente sería su secretaria.
—Hola Bella. Llegas tarde, pero por suerte no hay problema —me dijo y me sonrió cálidamente. —Jessica, pon estos panecillos donde siempre y reparte los cafés, por favor —le pidió, a lo que la joven asintió. —Ven, Bella, estás hecha un lío. No creo que quieras escuchar…
— ¡Oh, Dios mío! ¿Qué es esto? —Chilló una voz masculina ligeramente afeminada, interrumpiéndola. —Alice, ¿de dónde sacaste eso? ¿Es un experimento o algo así?
Volteé y fruncí el ceño. El dueño de dicha voz era lo que parecía un "hombre"de mediana estatura, calvo y que usaba unas modernas gafas, al igual que un traje de marca que combinaba perfectamente con toda su persona. En pocas palabras, era gay.
—Marcelo, deja tus bromas para luego. Ella es Bella, la nueva asistente de Edward —le dijo Alice seria, consiguiendo que él abriera los ojos sorprendido.
—Anne no bromeaba, es peor de lo que la describió. Parece una cosa rara —dijo haciendo una mueca. Yo, por mi parte, lo miré mal pero lo ignoré.
—Silencio, Marcelo, deja de ofenderla como si no estuviera aquí. Es de muy mal gusto y de mala educación hacerlo —lo reprendió Alice, a lo que él rió.
—Debe irse acostumbrando, después de todo, Edward no parará de hacerlo —dijo y enarcó una ceja. Parecía que estuviera estudiándome o algo por el estilo. Alice torció los ojos. —De todas formas será interesante ver cómo Edward trata a algo que parece tener celebro.
— ¡Marcelo! —le gritó Alice, y le hizo un gesto para que se fuera. Él le sacó la lengua y se fue cantando. —Perdónalo, es así cuando no conoce a alguien, pero luego es realmente agradable. Ahora vamos a tratar de acomodarte un poco.
—Está bien, gracias —le dije y sonreí. Ella me llevó hasta su oficina y acomodó un poco mi cabello y mi ropa.
— ¿Es necesario que uses gafas tan grandes? No me molesta, de hecho, son sexys si lo ves desde otro punto, pero en esta empresa causan conmoción —me dijo, y tomó mis gafas para limpiarlas.
—Sí, soy como una rata ciega. Sin ellas no veo nada, así que lo siento si molestan, pero no puedo hacer nada sin ellas —le respondí. Ella sólo asintió y me las dio.
En eso entró por la puerta la señorita de la entrevista, si no mal recordaba, su nombre era Anne.
—Veo que ya llegó, por suerte Edward no ha dado señales de vida aún —dijo, y se sentó mirando su perfectas uñas. ¿Es que acaso esta gente era totalmente perfecta?
—La de la suerte eres tú, si no mal recuerdo, Edward te envió a París por algo —le dijo Alice alzando una ceja.
—Mi hermanito es tan adorable… —comentó Anne de forma sarcástica. Uno de los teléfonos sonó, Alice contestó y su cara hizo una mueca de temor. — ¿Qué paso?
—Edward ya viene —dijo, nerviosa. Anne abrió sus ojos con sorpresa y salió corriendo por la puerta detrás de Alice.
Me quedé quieta en mi lugar y salí con cuidado. Todos corrían de un lado a otro, acomodando papeles, maquillándose, poniéndose tacones y arreglando el lugar. Alice tenía en sus dos manos unos ambientadores y rociaba todo el lugar. Me recordaba un poco a la película El diablo se viste a la moda.
El tal Marcelo acomodaba a lo que parecía ser las secretarias del personal y se rociaba algo de perfume. Definitivamente ese tal Edward era un demonio, o algo así. De seguro era un viejo calvito con voz chillona.
—Todo listo, llegará en tres minutos. ¡Todos parezcan normales! —exclamó Alice. Le dio a su asistente los ambientadores, y ésta fue rápidamente a guardarlos. Alice se roció algo de de perfume, se maquilló un poco y acomodó su cabello. Ella de verdad parecía una modelo de pasarela.
—Adelantó su llegada, le encanta caer de sorpresa. Es sin duda un cínico —dijo Marcelo con fastidio.
Yo lo miraba todo sorprendida. La única que había desaparecido era Anne. ¿Por qué sería? De seguro se había ido a arreglar o algo, cosa que no necesitaba. Ella y la señorita Alice parecían muñecas de porcelana.
Se oyó el ruido del ascensor y todos se pusieron tiesos. Levanté mi mirada para encontrarme con unos hermosos ojos verdes que desaparecieron al instante, y por mi lado pasó un hombre realmente alto que destilaba superioridad y elegancia.
—Hola, Edward, ¿cómo estás? ¿Se te ofrece algo? —le preguntó Alice amablemente. Él abrió la puerta de lo que parecía ser su oficina y se sentó en un enorme sillón de cuero. Yo me quedé fuera viéndolo todo.
—Mi café y nada más. Muchas gracias, Alice —dijo en tono frío. Alice se fue y trajo su pedido en una velocidad poco humana. —Aquí pasa algo —dijo él alzando una ceja y mirándolo todo de forma intimidante.
—No, no, para nada. ¿Qué podría pasar, hermanito? —le preguntó Alice en tono temeroso. Él se tocó la barbilla y sonrió de forma perversa.
— ¿Dónde está Marcelo? —preguntó, a lo que Alice suspiró.
—Estaba fuera hace un momento, esperando a que llegaras —le respondió ella un poco más calmada.
—Ya veo. Eres un asco mintiendo, hermanita. Sal, rata rosada —dijo en tono triunfal, consiguiendo que Alice se quedara pálida.
—Hola, hermanito. Qué bueno verte —dijo Anne con una sonrisa fingida y dedicándole una mirada desafiante. Edward torció los ojos y la miró de la misma forma. Tal vez no se parecieran mucho, pero no podían negar que eran hermanos.
—Anne, ¿qué haces aquí? Pensé que había dejado claro en el aeropuerto que debían vetar tu entrada al país y principalmente al estado —dijo de manera cínica, y se sentó nuevamente en su sillón.
—Ja ja ja, muy gracioso, Edward. Vine aquí porque estoy de vacaciones —respondió Anne moviendo sus cabellos.
— ¿Por qué no me lo dijiste antes? ¿Dónde está tu carta de renuncia? Te la firmaré de una vez —dijo Edward emocionado, consiguiendo que Anne le lanzara una mirada envenenada.
—No renunciaré, Edward, me quedaré para siempre, o al menos mientras que Esme viva. Sólo estoy de vacaciones, no he tomado vacaciones desde hace un año —dijo en tono creído.
—Me parece genial. ¿Que te parece si te compro un pasaje al Triángulo de las Bermudas sin regreso? —le preguntó sonriendo.
—Eres tan tierno, Edward… —dijo de forma sarcástica. —Si haces eso, Esme nunca te perdonaría y mi fantasma te perseguiría hasta que murieras.
—Lo superaría, y no creo en eso —dijo y tomó un sorbo de su café. —Ahora vete, desperdicias mi tiempo. Alice, creo que te dejé una tarea. ¿Dónde está mi nueva asistente? —preguntó con impaciencia.
—Oh, se me olvidaba. Ven, Bella, pasa —me llamó Alice. Yo entré con temor y me volví a encontrar con esos hermosos ojos verdes. —Este es su currículo, es muy bueno —le explicó Alice. Edward tomó la carpeta y la leyó con fastidio.
—Definitivamente, Internet hace maravillas —dijo en tono tajante y rió de forma insolente.
—Puedo mostrarle los diplomas y las fotos de graduación, si lo desea —declaré, molesta, y él me miró sorprendido.
—Alice, Anne, déjennos solos. Esto será interesante —dijo, y sonrió de forma torcida. Qué hermosa sonrisa.
—Procura no cometer un asesinato, hermanito, aunque no te culparía—dijo Anne con voz petulante, y después se fue con Alice.
Apenas cerraron la puerta, Edward me miró de arriba abajo y se acercó a mí, colocando su cara muy cerca de la mía. Tenía un hermoso rostro, como el de un Dios griego. Parecía el David de Miguel Ángel.
—Bien, Isabella, según tu currículo eres un prospecto, pero tu aspecto dice otra cosa. A simple vista pareces una trabajadora de telefonía —comentó de forma insultante.
—Por favor, Señor Cullen, respéteme. No tengo la intención de trabajar para un jefe ofensivo que se dedica a intimidar a los demás para divertirse —declaré con seriedad. Si creía que le tenía miedo, estaba muy equivocado. —Sé que no me visto bien, pero yo creo que usted busca a una asistente por su eficiencia, no por su aspecto.
—Tienes carácter, y eso me gusta. Te pido disculpas, Isabella, pero no te acostumbres a usar mucho ese tonito conmigo. Te contrataré, ¿por qué no? Será divertido ver a una castaña en vez de una rubia con pecho.
—Supongo que gracias, Señor Cullen —le dije indignada. Traté de calmarme, pues necesitaba el empleo. Después renunciaría y lo mandaría al diablo.
—Toma esto, es tu primer trabajo. Alice te explicará lo demás —me dijo y me ordenó que me fuera. Abrí la puerta y me encontré a las señoritas Anne y Alice. Al parecer habían estado escuchando. Al verme ambas sonrieron, nerviosas. No sabía cómo tomar las cosas, pero necesitaba el dinero. No me podía dar por vencida sólo por un idiota creído
—Bella, ¡qué bueno que todo salió bien! Te mostraré tu escritorio —me dijo Alice. El lugar era una pequeña oficina que quedaba al lado de la de Edward. Tenía una computadora y un escritorio. —Edward tiene tres agendas, tú debes organizarlas y dárselas antes del viernes. Para cualquier cambio hay cinco líneas, esta hoja que ves aquí es el identificador de cada una junto a sus respectivos códigos.
—Estoy en shock. Edward no la mató… sigue ahí. Tiene que ser una bruja, eso explicaría su aspecto —dijo Anne atónita.
—Entiendo, ¿algo más que deba saber? —le pregunté con timidez.
—Tendrás que acompañar a Edward a ciertos viajes y eventos, pero sólo si él quiere. Este es tu cuaderno de notas y mandados, y este es tu teléfono propio para la empresa; Edward se comunicará contigo por él. La empresa cubrirá su gasto, pero si haces otra llamada que no tenga relación con la revista tú la pagarás. Otra cosa, ah, de lunes a viernes serás la responsable de los cafés. Te llegará un mensaje recordándotelo. Creo que eso es todo, si necesitas ayuda, Jessica está en el otro cubículo —me dijo, sonrió y se fue arrastrando a Anne.
Suspiré. Esto no sería nada fácil, pero no me quedaba de otra. Tomé una de las agendas, la de reuniones empresariales. No era la primera vez que organizaba una agenda, así que no creí que resultase muy difícil.
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Había pasado casi toda la mañana tratando de organizar la bendita agenda según las especificaciones de Edward, pero era demasiado complicado. Los fines de semana no se tocaban, y los viernes por la noche tampoco. Todo era tan estresante…
—Isabella, quiero que vayas Victoria's Secret y busques nuestros pedidos. Además, debes ir a librería, quiero estos materiales. Aquí está la lista, y tienen que ser de esta marca —me ordenó Edward lanzándome una carpeta. —Ahora, muévete. ¿A qué esperas?
—Sí, claro —dije algo ofuscada y me fui corriendo.
Llegué a la primera planta. Un auto de la empresa ya me estaba esperando. Fui a Victoria's Secret y recogí la lencería, pero mi teléfono no dejaba de sonar. Era realmente horrible, pues Edward no paraba de llamar.
— ¿Dónde estás? —me preguntó furioso.
—Voy camino a la li… —comencé a hablar, pero colgó antes de que terminara la frase. ¡Demonios! Compré todo lo necesario en la librería y regresé a la empresa. Jessica me ayudó con las bolsas, y yo le agradecí. —Todo listo, señor Cullen.
—Isabella, eres nueva y entiendo tu inexperiencia, pero la próxima vez que te mande a hacer algo, tienes una hora para llegar, no dos ¿me entiendes? —me dijo apretando los dientes. Yo asentí y salí de ahí a punto de echarme a llorar.
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El transcurso del día fue peor: Edward me pedía constantemente cafés y el teléfono no paró de sonar. Me llevé las agendas para mi departamento, pues no había podido organizar nada.
—Hola, Papi —lo saludé, exhausta. Él sólo ladró. —Te extrañé. Mi trabajo es horrible —le expliqué, y él el movió su cola. Me di una ducha, le preparé la comida a Papi y le di su medicina. Lo dejé todo listo para mañana y me puse a organizar la agenda.
Las horas pasaron y cuando casi lo tenía todo listo, me rendí. Tenía mucho sueño y me fui a dormir, pues estaba agotada.
No me dejaría ganar. Le demostraría a Edward Cullen quien era Bella Swan…
POV Edward
Me froté la sien con cansancio. Estaba exhausto, ya que había tenido dos vuelos de ocho horas cada uno. Además de eso había tenido que quedarme en Milán una semana más por culpa de la diva malcriada de Rosalie, pero esto no se quedaría así. La haría sufrir de la peor de la manera. Y para culminar mí infernal día, ahora tenía una nueva asistente que me daba repulsión con sólo verla. ¿Es que acaso no conocía el cepillo? ¿O el brillo para uñas? Podía entender lo de la ropa, pero Dios mío, su cabello era horrible y lo tenía muy mal cuidado. Además de eso no tenía la mayor gracia ni encanto femenino. Sin duda era una lástima para el género femenino.
Oí cómo la ultima puerta de una de las oficinas de cerraba seguida de dos infernales risas. Abrí mi puerta y me encontré con dos pares ojos color azul y negro. Ellas se pusieron pálidas al verme.
— ¿Sabes, hermano? Así, con esa luz opaca y con esa expresión maligna en tu rostro pareces un diablo o algún asesino de alguna película —me dijo Anne tratando de ocultar su miedo.
— ¿Enserio, Anne? Entonces dime: ¿quiénes son mis victimas? —le pregunté en voz baja. Alice la miró ligeramente asustada.
—Nostras… supongo —dijo, y soltó una risita nerviosa.
—Pasen y siéntense las dos. Ahora —les ordené. —Muy bien, primero quiero saber ciertas cosas. ¿Quién demonios tuvo la brillante idea de contratar a esta chica… a Isabella?
—Fue Alice —respondió Anne señalando a la acusada rápidamente.
—Sí, fui yo, pero lo que sucede es que ninguna que las candidatas estaba bien calificada, y Bella era perfecta para el puesto. Sé que se viste horrible, pero debes darle una oportunidad. Tengo fe en ella —me aclaró en tono dulce.
—Alice, ¿me ves cara de pastor, misionero o de pacifista? —le pregunté con seriedad. Ella negó. — ¿Entonces, por qué, diablos? Debería darle la oportunidad a esta chica que parece… No lo sé, una especie sin descubrir.
— ¡Oh, yo dije eso! —dijo de repente Anne. Le sonreí, mi hermanita era inteligente.
—Edward, no seas tan cruel. Ella es una buena persona—la defendió Alice.
—De la cual no puedo estar cerca dos segundos sin quererla insultar o tener ganas de vomitar al verla. No soporto a una mujer que no sepa ni siquiera cómo mantener sus uñas y su cabello arreglados —le expliqué haciendo una mueca. —Le daré una oportunidad, querida hermana, pero te lo advierto: no seré un buen jefe, y tienes prohibido protegerla como si fuera tu mascota o algo por el estilo.
—Yo sólo la quiero orientar, es nueva en esto —me dijo Alice, molesta. Anne nos miraba, divertida. Estaba segura de que se estaba muriendo de la risa interiormente.
—Hermanita… veré esto por el lado divertido. Hace mucho que todo aquí es perfecto, así que ya no hay nadie a quien insultar y hacer sentir miserable un rato. Te prometo que pagaré su terapia —le dije de forma cínica. Alice abrió sus ojos como platos y Anne soltó una carcajada.
—Definitivamente, ustedes dos son iguales —nos dijo Alice, molesta.
—Oye, yo no he dicho nada, pero no puedo negar que esto me parece genial, además —le respondió Anne.
—Fin de la conversación. Ahora, dentro ocho días llega Rosalie de Milán y su asesora personal está enferma, así que necesita una —les informé. Ellas negaron rápidamente.
—Ni lo pienses, Edward. Esa mujer es una víbora con patas, es de lo peor. Es una zorra, y no hay más insultos para ella —me dijo Anne, tajante.
—Bueno, Anne ya que la conoces tan bien, tú la ayudarás —le dije sonriendo insolentemente. Me gustaba amargar a las personas, era divertido.
— ¡¿Qué?! ¡Tú estás loco! ¡Yo la odio! —gritó, molesta, y bufó.
—O lo haces o te regresas a París mañana mismo. No pienso poner a Alice, ella no podría con la endemoniada rubia —le dije, serio, a lo que Anne suspiró. Mi venganza sería dulce. Sabía que la única persona que podría hacer sentir miserable a Rosalie era Anne, así que esto sería divertido.
—Está bien, pero no prometo ser amable. Es más, ni siquiera lo intentaré. Ya que no puedo insultar a Bella porque ella no se lo merece, con Rosalie no habrá ninguna culpa, ya que ella es una zorra —nos dijo en tono petulante.
—Me da igual lo que hagas, es Rosalie, pero te lo advierto: no quiero peleas en mi revista. Ya tuve suficiente con su reciente rabieta de diva en Milán —aclaré, pellizcándome la punta de la nariz. —Es hora de irse—les dije mirando mi reloj. Ambas asintieron.
—Nos vemos, hermanito —me dijo Alice en tono dulce y me abrazó. Yo le devolví el abrazo. Anne se acercó a nosotros y también me abrazó. A veces podía llegar a ser tierno.
—Suficiente. Buenas noches, las quiero a ambas. Nos vemos mañanas —me despedí. Ellas rieron y asintieron. —Y… Anne, es bueno verte. Te eché de menos.
—Yo también, hermano—me dijo sonriendo tiernamente.
Llegué a mi mansión impaciente por ver a mis gemelas. Llevaba una semana sin verlas, y el tiempo me había parecido eterno. No me gustaba estar separado de ellas, pues odiaba no poder abrazarlas ni acariciar sus hermosos cabellos.
Entré y todo estaba en paz. Subí a las habitaciones de mis niñas, y me di cuenta de que no estaban. Me preocupé. Tampoco estaban en su habitación compartida, pero sonreí al encontrarlas acurrucadas la una junto a la otra en mi cama. Les di un tierno beso en la frente, y ellas se removieron, inquietas.
Me di una ducha, me coloqué mi pijama, me metí en la cama y abracé a mis dos princesas. Estaban tan hermosas.
—Hola, papi —dijo Phoebe ligeramente dormida. Yo besé sus cabellos y ella me sonrió.
—Hola, mi modelo, vuelve a dormir —le dije en tono paternal. Ella asintió y cerró sus ojos. Suspiré con cansancio. Podía ser un maldito y miserable jefe, pero eso no me importaría siempre y cuando mis hijas me consideraran el mejor padre del mundo y me amaran.
Bueno aquí está el capitulo que todas esperaban… ¿Qué les pareció nuestro Edward?
Gracias a todas por sus comentarios… nuevas lectoras bienvenidas y muchas gracias también a las lectoras silenciosas.
Chicas me eh creado un facebook especial para la historia pueden buscarlo el nombre es Beca Masen ahí subiré fotos de la historia, y a veces adelantos especiales también la fecha de actualizaciones estará ahí.
Nos leemos pronto.
Adelanto
— Necesito hablar con Edward—dijo una hermosa mujer de cabellos rojos la mire insegura, de seguro era una modelo.
— ¿Tiene cita? ¿Departe de quien? —le pregunte en tono profesional ella sonrió y movió sus cabellos.
—Por supuesto, y dígale que es Victoria su novia—dijo en tono presumido, sonriendo de oreja a oreja.
