Chapter 2: La suerte del destino

Hola a todos~ ^^

He aquí -por fin- un nuevo cap de Matador. La verdad me cuesta un poco escribirlo, primero que todo, soy chilena y nunca en mi vida he ido (ni tampoco iría) a una corrida o he visto (esto tampoco lo haría) alguna. Además mi lema más bien es "Si la tautología es deporte el canibalismo es cocina" No es por desprestigiar la cultura española, pero no estoy en favor del maltrato animal, así que si me demoro en subir...bueno...me cuesta un poco escribir, además que es mi primer intento con esta pareja.

Eso es todo, espero que les guste~


-Ve~ Fratello! Buenos días

-Buenos días Feliciano- dijo el mayor algo distraído

El menor esperó a que el otro terminara de bajar las escaleras y atravesara el lustroso piso de madera para ir a sentarse junto a él a desayunar las crujientes tostadas y el delicioso café que le esperaban en una de las muchas mesas del lugar.

Era aún muy temprano para abrir las puertas del restaurante en el que ellos, junto a su familia, trabajaban, pero en la cocina ya se podía percibir los primeros indicios del caos que reinaría en unas horas más, cuando los clientes hicieran acto de presencia.

Los hermanos Vargas se sentaron relajadamente a desayunar. Lovino y Feliciano, ambos los más jóvenes en la familia, eran los camareros y su trabajo, en la mañana, solo consistía en bajar las sillas de las mesas e ir a buscar los víveres que faltasen. Como ninguno de los dos era un gran madrugador, preferían dejar lo esencial como lavar los platos y encerar el piso para la noche, y así, no tener problemas cuando el sol volviera a hacer su aparición.

Lovino dio un lento sorbo a su café sintiendo como el amargo sabor despertaba todo su cansado cuerpo y despejaba su mente. Desayunaron en silencio.

La luz se escabullía por las ventanas dándole las mesas cubiertas con manteles a cuadrille y al deslumbrante piso un aire hipnótico. Las servilletas, los aliños y las cestas para dejar el pan fueron llegando a su lugar según los italianos trabajaban. Todo el lugar tenía un aire acogedor y el olor a especias flotaba levemente llenando todo de una sensación de paz.

-Fratello, ¿supiste? Ayer en la plaza principal un toro se soltó y casi ataca a un muchacho, pero un torero lo salvó ¡Qué suerte que no estabas allí en ese momento! ¿No Fratello?... ¿Fratello?

Lovino no pudo reprimir un leve tic en el ojo ni tampoco logró evitar ahogarse con el vino que estaba tomando justo en ese momento. Casi no había pegado el ojo en toda la noche pensando en ese malditamente sexy idiota torero y más encima el imbécil de su hermano se lo recordaba.

-Eh…si… que suerte –logro murmurar, por suerte el otro no pareció notar nada especial en su reacción

-Fratello ¿podemos ir a ver una corrida? Ludwig dijo que había conseguido entradas para nosotros tres- Agradecía un poco el leve cambio de tema, pero no soportaba que su hermano hablara a cada rato de ese maldito alemán. Le enfadaba que dedicara cada uno de sus pensamientos a ese machopatatas…además… se sentía un tanto…olvidado. ¡Pero qué va! Claro que no irían.

-No podemos Feliciano, tenemos que atender a los clientes- dijo sin mirarle a los ojos

-Pero…solo un rato, podemos aprovechar ahora que no hay nadie y volvemos antes de la hora del almuerzo –suplicó

-No, no podemos, no llegaremos a tiempo. Tenemos obligaciones, Feliciano, y lo sabes- la verdad estaba siendo un tanto estricto, pero realmente no le gustaba que su hermano menor se juntara con ese sujeto.

-Ay Lovino -dijo una voz femenina- no seas tan malo, déjalo salir con su novio –se giró para toparse con una chica sonriente. Su largo y sedoso cabello castaño le llegaba aproximadamente por la mitad de la espalda. Sus ojos eran verdes. Su piel era suave y lucía un vestido verde y un delantal blanco.

-¿Eli, tu también? - ¿Es que estaban todos a favor de ese idiota?

-Sí, yo también –dijo sonriente- Pero vamos Lovino! Salgan a divertirse por un rato. Yo los cubro –agregó guiñándoles un ojo. Elizabetha era amiga de la familia Vargas y era la única mesera, además de los hermanos, que tenían. Habían crecido juntos, y los tres eran muy unidos.

-No vas a poder con todos los clientes –argullo Lovino aún reacio a acompañar a su bobo hermano y al macho patatas ese a cualquier lado.

-No, pero pueden quedarse a ver un par de corridas y volver antes de que termine. Ya saben que todos aquí almuerzan después de ver la corrida.

-Vamos Fratello! Di que sí, di que sí!- insistió el menor, tratando de convencer al testarudo muchacho.

Lovino soltó un suspiro -Está bien –aceptó- Pero cuando diga que nos vamos, es que nos vamos.-añadió, advirtiéndole a su hermano-

-Ve~! Vamos a ver una corrida! Vamos a ver una corrida!-dijo el menor saltando por toda la habitación, celebrando-

-No sé porque… pero siento que me voy a arrepentir de esto –murmuró Lovino

-Ay, tranquilo. Estoy segura de que te vas a divertir –le consoló Elizabetha


-Ole! –estalló la multitud por milésima vez desde que habían llegado. La verdad, Lovino no entendía que era tan emocionante en todo eso. A su lado, su hermano sonreía de lo lindo sentado muy junto a ese …Arg!

Feliciano es un chico de pelo corto y liso, de color castaño, del cual sobresale un rulito por el lado izquierdo (idéntico al de su hermano). No es demasiado alto a decir verdad, pero tampoco bajo, simplemente está en su medida. Su piel es suave y tersa. Su contextura delgada. Casi siempre está sonriendo, pocas veces se le ve verdaderamente triste y muchísimo menos enfadado. A su lado, Ludwig, su novio, se veía completamente contrastante: Alto, muy musculoso, pelo rubio y siempre peinado cuidadosamente para atrás y de ojos azules.

En el fondo Lovino envidiaba la felicidad de su hermano menor, esa capacidad increíble que tenía el menor de ver siempre lo bueno de todo y de mostrarle al mundo siempre una sonrisa. Pero por otra parte también, y más que nada… deseaba de todo corazón que nadie hiriese a su hermanito, así que más le valía a ese idiota tratarlo bien… y cuando ESO pasase… al menos podría estar junto a su hermano y apoyarlo… No le dejaría cometer los mismos errores que ella.

Fastidiado con el espectáculo que mostraban sus dos acompañantes centró su atención nuevamente en la arena donde un nuevo corredor entraba. Sin esperarse lo que seguiría a continuación.

-Ole! –celebró la multitud su llegada. Su mente estaba distraída. Realizó los lances con menor gracia y sin nada de arte. La tela rosada erro su curso en repetidas ocasiones. Algunos le gritaron frases de apoyo. ¿Apoyo? El no necesitaba apoyo. Sabía lo que hacía, es solo que…. Su mente estaba con otra persona en ese momento…

La multitud estaba desconcertada. ¿Era ese el legendario Antonio Fernández? Y si era así… ¿Qué le estaba sucediendo? No podía haber cambiado tanto de un día para otro.

Oh, si supieran todos ellos que su alma se encontraba rondando junto a otra persona en ese momento, una persona que se encontraba quien sabe dónde, podría estar al otro lado del mar, en un pueblo lejano, caminando en estos mismo instantes por las calles de esa ciudad, o justo en medio de la multitud bajo la sombra de el pilar mirándolo con ojos sorprendidos, recorriendo los campos o incluso compartiendo su día con otro que no fuese él; pero valla uno a saber donde… Esperen un minuto.

El matador volvió a girar su grácil figura. Era cierto, sus ojos no le estaba engañando. Ahí estaba, su maravilloso, hermoso y encantador Lovino. Estaba en la plaza de toros. Sus miradas se cruzaron, ambos se miraron con una sorpresa excesiva… Antonio no lo podía creer, en serio era él, lo reconocería en cualquier lugar, era él y le estaba viendo… ¡Viéndolo cometer el ridículo! No podía estar comportándose de esa forma, menos aún con el amor de su vida entre el público. Rápidamente realizó espectaculares lances de una belleza extremada, saltó por los aires, hiso girar el capote de brega con gallardía y elegancia. Pero el espectáculo en compensación solo pudo durar unos minutos más. El toro ya estaba más que cansado de perseguirlo. Tuvo que dejar que los banderilleros hicieran lo suyo.


-Pero, ¿qué creías que estabas haciendo? –le reprochó el francés- primero te desapareces toda la tarde, dejas al embajador plantado, das un espectáculo horrible y lo terminas con los lances del siglo. ¿Qué sucede Antonio?

-No es nada. Cuando vuelva a salir mi actuación será inolvidable. –Anuncio, sonriendo intensamente, devolviendo rápidamente sus pensamientos a su bello italiano. Lo dejaría con la boca abierta, no había duda alguna.

-Mas te vale –dijo el albino- Ya es hora.

Atravesó la puerta de cuadrilla con decisión. Por primera vez en muchos años volvía a sentir ese inquietante nudo en la garganta. No temía, pero estaba ansioso. Ansioso de mostrarle a su Lovi-love lo que había venido a buscar. La emoción contenida, el nerviosismo, la agitación. Todas esas sensaciones propias de aquel que va a la plaza a ver una corrida.

Más lances prodigiosos. Más asombro en la multitud. Una ovación sobrecogedora. Realizó una espectacular vuelta al final, mientras le daba muerte al toro con la más perfecta de las estocadas que había realizado en toda su carrera. Se dio la vuelta para dar la esperada reverencia y sentir el intenso clamor llenar el aire. Levantó los ojos esperando la soñada expresión de admiración y emoción que quería ver en el rostro de la persona a quien había dedicado el acto. Más no pudo hallar ni señal de Lovino.

Sintiendo cómo el alma se le iba al piso revisó precipitadamente uno a uno los rostros tratando de hallar aquel que anhelaba. Incluso cuando lo cargaron en hombros siguió buscando. Aún cuando todos se fueron espero poder verlo aparecer, mas nada había sucedido. Lovino se había desvanecido como si de humo se tratase. Rendido se dejó caer sobre un sofá mientras sentía que su amigo servía vino para festejar.


Vivir la misma situación en menos de 24 horas. Irónico. Más aún era triste. Pareciese que Lovino era un escapista profesional o algo así. ¿Se había aburrido de él antes de que pudiera verlo en el tercio de muerte? ¿Qué imagen tendría de Antonio entonces? ¿Le apenaría? La sola idea de que fuese así llenaba de vergüenza al torero.

-Soy un imbécil –se quejó en voz alta. Los dos presentes lo miraron preocupados. ¿Qué le estaba sucediendo a Antonio últimamente? Ya estaba bastante mayor para estar comportándose como una adolescente irracional. ¿Sería una etapa rebelde?

-Mon ami~ -dijo el francés- últimamente has estado muy estresado, ¿Qué te parece si salimos a divertirnos un rato?

El español suspiró lentamente. No muy interesado en la propuesta. Su mente aún intentaba hallar alguna pista que Lovino pudiese haberle dejado para que lo encontrase. ¿Había pasado algún detalle por alto?

-Vamos, anímate –Gilbert se sentó en el posa brazos del sofá- Conozco un restaurante italiano excelente. Bueno, mi hermano dice que es excelente, pero no sé si lo dice porque es verdad o porque su novio trabaja allí, ¿Qué les parece si vamos a averiguarlo?

-Suena estupendo –intervino Francis lanzándole algo de ropa a Antonio para que se cambiase, sin darle opción de negarse- Apresúrate, te esperamos afuera.

-Pero… -no pudo seguir porque ambos desaparecieron del lugar. Suspirando se puso de pie-…está bien…


El lugar se encontraba bastante agitado, los tres meseros hacían lo que podían para satisfacer a todos los clientes. La verdad es que no lo llevaban nada mal. Todos parecían muy animados y contentos, la comida era deliciosa y la atención buena.

A ese ambiente alegre entraron los tres amigos. Una mesera de cabellos castaños y linda figura los recibió casi de inmediato y los llevó hacia una mesa, diciéndoles que serían atendidos lo más pronto posible. Se sentaron a esperar. Las luces conferían agradables tonos al cuadrille rojo y blanco de su mantel, sobre la mesa una canasta llena de pan humeante, como si hubiera salido recién del horno, traía un delicioso aroma a sus narices. También parecía existir una leve presencia de orégano y jengibre. Era un lugar agradable. Las risas se mezclaban en el ambiente, la luz entraba con delicadeza por las ventanas mientras un refrescante viento corría desde estas mismas, meciendo con delicadeza unas suaves y ligeras cortinas que ayudaban a entregar la impresión de familiaridad e infundían un sentimiento hogareño.

No tuvieron tiempo suficiente para comentar el agradable aspecto del local, ya que su mesero llego antes de lo esperado.

-Buenas tardes –dijo la voz, ¿Sería acaso que estaba alucinando? – Mi nombre es Lovino Vargas – dirigió una mirada ansiosa y emocionada al joven de piel blanca, ojos marrones, y cabello castaño de peculiar riso- y seré su mesero esta tarde. ¿Qué desean para beber? –dijo dejando las cartas enfrente de los tres hombres sin aún mirarlos ocupado sacando una libreta y un lápiz.

Antonio sintió que en cualquier momento dejaría de respirar. Fuese quien fuese el ser que le daba todas estas oportunidades se sentía realmente agradecido. Trago saliva lentamente y calmo sus nervios. No iba a desperdiciar ninguna otra oportunidad.

-Lovino… nos volvemos a ver –el chico levanto la vista sorprendido

-Tu…


Fin del segundo cap

¿Vale la pena? ¿les gusta? ¿soy un asco? Para cualquiera de las anteriores solo comenten y tírenme pasta, tomates, pizza, sexys camareros italiano o lo que sea

Nos leemos pronto, cuídense.