Chapter 11: Te amo

La copa de vino fue levantada de la mesa. Los gruesos dedos que la sujetaban estaban plagados de anillos y la mano a la que se sostenían era grande y fuerte, y en gran parte aterradora. El hombre grueso y de largos bigotes miraba seriamente a Antonio, como meditando lentamente cual sería el castigo adecuado que debería afrontar el español, ¿por qué? Ah, sí; el torero no podía salir de allí sin un escarmiento.

¿Y cómo podría, luego de los dinerales que le estaba haciendo perder? ¿Qué había sido de aquel invencible matador del que, se decía, podía matar al más fiero toro con tan sólo alzar su espada? ¿Dónde estaban esos lances excelsos con lo que solía arremeter a los bovinos? ¿Y esa mirada fría y calculadora que lograba erizarte la piel y detener tu corazón? ¿Qué había sido, pues, del verdadero Antonio?

Un suspiro de cansancio se escapó de los labios de aquel hombre. Sin duda alguna tenía que hacer algo para que Antonio volviera a ser el de antes. No podía seguir perdiendo dinero a la par que sus numerosos admiradores empezaban a desilusionarse con los cada vez más torpes movimientos del torero.

El moreno tragó saliva, consciente de la situación en la que se hallaba. Sabía a la perfección que su desempeño en la arena había estado cayendo en picada y sabía muy bien las razones de ello. En primer lugar, y la razón más obvia, su segundo trabajo, que le había estado quitando energía y distrayéndole de sus entrenamientos. Además estaba esa otra cosa, algo que quizás nunca podría recuperar y que sin duda mermaría para siempre su habilidad para torear.

En silencio, su acompañante encendió un habano e inspirando con fuerzas soltó una larga bocanada de humo que chocó contra el rostro del ojiverde.

-Mira Antonio, ¿entiendes por qué estás aquí, no? – Como mera respuesta el español asintió, esperando lo que sea que fuera a venir.- Bien, entonces entiendo que desde ahora vas a empezar a tomarte las cosas en serio, nuevamente.

No fue una pregunta, y por supuesto no iba a serlo. No estaban allí para tomar el té y hablar sobre los problemas personales del español. Estaban allí para hablar de negocios.

-Lamentablemente eso no será suficiente. –Comentó apaciblemente el de bigotes mientras daba otra calada.- Hemos perdido a mucha gente en las últimas semanas. –Dijo levantándose mientras daba un pequeño y lento recorrido por la oscura estancia, con una mano en un bolsillo de su traje y la otra sosteniendo su habano. Se detuvo frente a una ventana dando una mirada al exterior, abajo unos niños jugaban, era un bello día.- No, tenemos que pensar más en grande si queremos volver a recobrar a nuestro público. Están decepcionados. –Explicó, más como hablándose a sí mismo que al torero. -Creen que tus años de gloria se han acabado. Que has perdido tu gracia. Por supuesto que no es así, aún te quedan años a mi servicio. –Comentó lanzándole una mirada afilada. No era una confirmación, sino una amenaza.

-¿Y qué es lo que tiene planeado hacer? –Preguntó cauteloso el moreno, palpando el terreno donde se posicionaba. Temiendo lo que vendría a continuación. Una sonrisa complacida brilló en el rostro de su interlocutor, quién le acercó un papel para que echara un vistazo. Las esmeraldas se abrieron sorprendidas. ¿No estaría hablando en serio?... ¿verdad?


Lovino barrió el restaurante con su mirada. Sus ojos ámbar hicieron nuevamente la ansiosa danza desde la puerta hasta el reloj y nuevamente hacia la puerta. Su ceño volvió a fruncirse nuevamente, y siguió su camino hacia su mesa para dejar las órdenes. Lo mismo que había estado haciendo desde aproximadamente una hora. Lo mismo que estaría haciendo hasta que las puertas dejaran entrar a la persona correcta.

-¿Esperas a alguien? –Canturreó Elizabetha en su oído mientras pasaba a su lado, con una bandeja llena de pasta.

-¡Tch! –Fue la molesta respuesta del italiano, que entró rápidamente a la cocina por más platos.

Pero sí, esperaba a alguien. No, no a alguien ¡A Antonio, maldición! ¿Quién se creía que era ese bastardo para estar una hora atrasado? ¿Para dejarlo a él plantado como sí…?

Un momento. Ni que fuera su novia o quién sabe qué. ¿Qué le importaba a él si llegaba tarde el español o no? Por el contrario, era mucho mejor para él, así era más posible que lo despidieran y no volver a ver a su acosador personal… nunca más.

Por un momento el italiano sintió una fuerte punzada en su pecho al decirse esas palabras a sí mismo. Lamentablemente para él, en esas últimas semanas se había vuelto muchísimo más cercano al torero, incluso había llegado a soportar esa estúpida sonrisa con la que le saludaba todos los días y la manera en que sus brazos lo abrazaban por detrás cuando se enojaba y cuando lo llamaba su tomatito y esos pequeños regalos que le daba día a día y esa manera tan tierna que tenía para….

-¡Maledizione! –Gritó dejando caer un plato sucio que llevaba a lavar. Se agacho a recoger los restos aprovechando con ello de esconder su sonrojado rostro. No podía estar pensando en esas cosas. Simplemente no podía permitírselo. Cerró los ojos, suspirando con fuerzas para calmarse. Dejo los restos en la basura y tomó las órdenes que le correspondían dirigiéndose a su mesa, con un revoltijo de emociones dentro de sí.

Fue entonces cuando sucedió.

Entró por la puerta de manera desaforada, arrebatando toda la tranquilidad de esa tarde estival. Fue rápido, conciso y aún, cuando sólo duró unos instantes, se quedó colgado de los oídos de todos los presentes, que no empezaron a digerir la información hasta que el eco de la noticia misma hubiese atravesado toda la estancia, entrando por todos los recovecos posibles. El grito, en sí, dejo a los presentes con el corazón palpitante de emoción.

-¡LA PESADILLA NEGRA!–Gritó el recién llegado ganándose con ello la atención de todos los comensales; quienes, a pesar de aún no entender lo que ocurría, pudieron sentir desde ese momento, la gravedad de los hechos que harían de ese acontecimiento una leyenda. – ¡ANTONIO FERNÁNDEZ CARRIEDO SE ENFRENTARÁ A LA PESADILLA NEGRA!

Los gritos de asombro no se hicieron esperar. Fueron seguidos por los vítores y los brindis en nombre del valiente torero que se enfrentaría a la muerte misma.

Porque sí. Nadie que pisase un pie en España podía decir que no conociera a La Pesadilla Negra. Su fama y renombre llegaba mucho más lejos que la de cualquier torero alguna vez conocido. El toro más bravo que existía en todo el mundo. Una enorme fiera salida del mismísimo infierno. Nunca vencida. En sus venas corría un frenesí incontrolable, una sed de sangre asoladora. Cuanto lidiador se había cruzado en su camino había encontrado su muerte entre sus astas. Era sin duda una decisión digna de aplaudir. Aunque posiblemente sus resultados fuesen a ser funestos para el toreador.

Cuándo los brindis acabaron, Lovino pudo salir de su estado congelado. Las palabras gritadas varios minutos atrás hicieron por fin conexión en su cerebro, empezando a llenarse de sentido. Sus pulmones se olvidaron por unos segundos de cómo hacer para obtener oxígeno mientras un ligero hormigueo recorría su espalda, poniéndole la piel de gallina y creando un nudo horroroso en su garganta, que le impidió hacer más que negar con la cabeza. Incrédulo y con los ojos levemente anegados empezó a retroceder lentamente, como temiendo que el suelo bajo sus pies fuese a desaparecer de un momento a otro, tragándoselo a él y a todo a su alrededor.

-Lovino. –Murmuró suavemente Eli, a su lado, tratando de tomarle un brazo. Volvió a negar en silencio, esta vez con más vehemencia, como queriendo alejar la realidad de su cabeza. Cerrando los ojos con fuerza dio media vuelta y subió las escaleras con avidez. Huyendo.

Ya en su habitación, recargado con fuerza contra la puerta pudo dejar salir el dolor y la tristeza que lo inundaban por dentro.

-¿Por qué? –Susurró mientras caía al piso en un mar de lágrimas.- ¿Por qué?

"Que esto te sirva de lección para que nunca te pase a ti lo que me pasó a mí…" Susurró la voz femenina en su cabeza. Recriminándole. Nunca debió haberse olvidado de esas palabras. Y por ese error se maldeciría una y mil veces.


La semana avanzó rápido. Pronto las principales calles de la ciudad se llenaron de panfletos anunciando lo que sería, según salía escrito, "La corrida del Milenio". Día a día se acercaba más el momento decisivo. Los comensales no paraban de hablar de los puestos que habían conseguido, o de lo que esperaban del Matador. Apostando si ganaría o encontraría la muerte en la arena.

Mientras avanzaban los días y a medida que recordaba la indeseada corrida, el corazón de Lovino se iba endureciendo. No parecía que el español fuese a desertar, ni tampoco que volviese a aparecerse por el restaurante; y eso no hacía más que confirmar su decisión al italiano. Debía olvidarse del torero, hacer como que nunca hubiera pasado nada. Deshacerse de sus sentimientos y seguir adelante. Que esto te sirva de lección.

A sólo un día de la gran corrida la excitación llegaba a su límite. La gente ya contaba los segundos restantes para formar parte de la leyenda. No se podía oír ni un solo ruido en la calle. Parecía como si todos estuvieran aguardando en sus casas, contenido la emoción para poder librarse de todo al día siguiente, en la arena.


Por las desiertas avenidas el sol abrazada una figura solitaria, perlando su morena piel con pequeñas gotas de sudor. Con calma, y un poco indeciso se abría paso un tanto temeroso. No sabiendo muy bien como resultaría lo que iba a hacer, pero con su corazón devorándole por volver a ver a esa persona.

Cuando el viajero llegó a destino, Lovino estaba descansando en su habitación, observaba el blanco techo meditativo, con la ventana levemente abierta para dejar entrar algo de brisa en ese caluroso día que parecía estar fundiéndole los sesos. Y sin duda eso fue lo que pensó que había sucedió al notar la presencia del español que lo admiraba desde el marco de la puerta. Gotas de sudor caían desde su cuello hasta su pecho, metiéndose debajo de su delgada camisa y una dulce sonrisa adornaba su rostro. Por un minuto sintió el impulso de correr a abrazarlo y gritarle todo lo que había querido gritarle esa semana. Que era un estúpido, que no podía enfrentarse a La Pesadilla Negra y ante todo, que nunca volviera a abandonarlo de esa manera.

Pero se contuvo, mientras se incorporaba lentamente para quedar sentado. Miró con sus apagados ojos al español, esperando lo que sea que iba a decirle.

-Lovino –susurró el mayor, notando lo decaído que se veía el menor, rápidamente se acercó a acariciar su mejilla, como la primera vez que lo había visto, que lo había tenido a su lado. Mas el menor corrió el rostro molesto, sin dejar que su mano se posase sobre su rostro.

-¿Qué haces aquí? -Preguntó molesto, sin mirarle a los ojos. Y Antonio sintió que faltaba un bastardo en esa frase, que sin el insulto cotidiano no era lo mismo. Suspiró sentándose a su lado. La verdad no sabía muy bien qué hacía allí.

-Voy a enfrentarme con La Pesadilla Negra. –Murmuró, no muy seguro de como continuar. El italiano asintió lentamente aún sin devolverle la mirada. Mordiéndose los labios el español continuó.- ¿Quieres… quieres que lo haga?

Lovino suspiró suavemente antes de enfrentarse con los ojos del torero, que le observaban ansioso.

-Eso es algo que no me incumbe…

-¡Por supuesto que te incumbe! –Saltó el español levantándose de la cama, enfrentando su mirada con la del menor, ligeramente enfadado por la reacción del italiano.- Lovino tú sabes muy bien lo que siento por ti. Te lo he dicho repetidas veces… -Suavizó entonces sus ojos- Te amo. –Afirmó.- Te amo más que a nada en el mundo ¿no lo entiendes? Y no quiero… -Se detuvo unos segundo buscando la palabra adecuada.-…dejarte. Por eso, –Suspiró.- por eso he venido a preguntarte…

Antonio volvió a sentarse junto a Lovino, tomando las manos de este entre las suyas. La intensidad de su mirada hizo que el menor se estremeciera un poco.

-Por eso Lovino… si me quieres siquiera un milésima parte de lo que yo te amo, dime… ¿Quieres que me enfrente a La Pesadilla Negra?

El italiano se sorprendió ante esa pregunta, mordiéndose el labio ansioso, bajo la mirada pensando. Mi Lovino. ¿Debía dejar ir a ese bastardo, a su bastardo? Que esto te sirva de lección para que nunca te pase a ti lo que me pasó a mí. ¿Debía dejar que se robase su corazón? Nunca te enamores mi Lovino. ¿Debía decirle que no? Sólo te harán daño.

Cerró los ojos con fuerza, soltando sus manos, sin mirar al español. Su decisión ya estaba tomada. Con un nudo en la garganta y el corazón roto el español se levantó, cerrando la puerta tras de sí al marcharse. Las lágrimas volvieron a surcar las mejillas italianas. Pero había hecho lo correcto, ¿no?


El gran día había llegado y prácticamente toda la ciudad se alistaba para la corrida del milenio, incluso muchos visitantes atraídos por la gran noticia habían llegado para contemplar el espectáculo. Por su parte, la familia italiana había cerrado el restaurante para ir a dar su apoyo al español, ignorantes de lo que había pasado ayer entre Lovino y Antonio.

Suponiendo que aún seguía enojado por no haber vuelto desde el día de la noticia los italianos trataron de convencerlo para ir. Uno tras otro fueron a hablar con él, pero no tuvieron resultado alguno. Parecía como si el italiano realmente no estuviera escuchándolos, perdido en sus pensamientos. Al final decidieron irse sin él. A sabiendas que no lograrían nada por más que lo intentasen.

A varias calles de allí un español se estaba terminando de arreglar para la corrida que debía dar en un rato más. Lucía un traje blanco con adornos dorados que le sentaba a la perfección y una muleta nueva de un rojo intenso y fina tela le esperaba. Todo lo idóneo para darle ese aire legendario a la proeza que realizaría. Si salía victorioso de su encuentro se convertiría en el más galardonado matador de la historia, fama y fortuna por toda una vida y renombre durante siglos; pero si no…

Un pesado suspiro escapó de los labios del español. Oscuras ojeras ensombrecían su apagada mirada. A pesar de que se había esforzado en tratar de descansar toda la noche no había podido evitar desvelarse. ¿Quién no hubiese pasado la noche en vela luego de ser rechazado por el amor de su vida y abandonado ante una posible muerte? Cerró los ojos con fuerza tratando de apartar a Lovino de sus pensamientos. Debía estar centrado en la contienda si quería sobrevivir. Porque quería sobrevivir… ¿verdad?

Un segundo suspiro escapó de su boca mientras daba cuenta de su situación. Estaba de nuevo donde había empezado. Sin motivación. Sin nada que perder. Sin miedo a la muerte. Y ahora con un dolor terrible que le invadía entero.

Logró escuchar a lo lejos el clamor de la multitud, entusiasmada por el espectáculo, y la voz que salía de los parlantes anunciando el inicio de la corrida. Ya había llegado la hora. Con un último suspiro de resignación se sentó a esperar su salida, que estaba programada para el tercio de muerte. Cuando La Pesadilla Negra, enfurecido y sediento de venganza luego de recibir los puyazos en el morrillo y los banderillazos en los primeros dos tercios del espectáculo, hiciese honor a su nombre.


El italiano dio un último recorrido por su habitación, resoplando. Había dado ya más de cien vueltas por su piso de madera y estaba seguro de que si seguía con su ansioso caminar haría un agujero en el piso. Desvió sus ojos hacia el reloj sobre la pared, sintiendo un cosquilleo en sus huesos y un nudo en su estómago. ¡Ya era la hora! Se arrojó sobre la cama tratando de ahogar la marea de emociones que lo estaban atacando. Debió haber hecho algo, debió haberle dicho algo al moreno antes de que se fuera. Quizás no estaba dispuesto a albergarlo en su corazón, pero tampoco es como quería que muriera.

Una fuerte punzada de dolor estremeció su corazón ante esa idea. ¿Y si moría? ¿Y si le pasaba algo? no, No, NO y ¡NO! De ningún modo. El simplemente no podía morir y dejarlo sólo así como así. Simplemente no podía abandonarlo. No. Su Antonio nunca le haría eso. Él nunca le haría daño…Esperen ¡¿QUÉ?!

Lovino se levantó exaltado y con el corazón palpitante, sus mejillas enseguida se colorearon ante sus desconcertantes pensamientos. ¿Acababa de decirse a sí mismo "su Antonio"? Llevó una mano a sus ojos con un suspiro, dejándose caer de espaldas sobre el colchón. Debía estar enloqueciendo. Él no era tonto, sabía que debía dejar al español ir. No podía permitir dejar su corazón en manos ajenas para que luego se lo devolvieran en pedazos. No, él no podía corresponder a los sentimientos del torero. No estaba dispuesto a sufrir de esa forma. Lo sabía… pero… Pasó su mano desde sus ojos hasta su corazón, sintiendo todavía esa amarga punzada que parecía impedirle respirar.

-¿Entonces por qué duele tanto? –Murmuró para sí. ¿Cómo era posible sufrir por no amar? ¿No se suponía que estaba haciendo esto para evitar una situación así?

-Porque duele más no amar que amar y ser decepcionado. –Dijo una voz desde el marco de la puerta.

-¿Nonna? –Preguntó el joven italiano incorporándose sorprendido; estaba convencido de que toda su familia se había marchado hace un buen rato a la plaza.- ¿Qué haces aquí?

-¿Qué hago aquí? –Murmuró la mujer para sí, repasando la pregunta, mientras se dirigía a sentarse junto a su nieto.- Pues verás, la historia va más o menos así. Resulta que tengo un nieto muy testarudo y desconfiado. –Empezó diciendo, pasando un brazo alrededor de Lovino, confortándolo.- A él no le agradaba mucho la idea de enamorarse. Tenía miedo. –Susurró lo último como si fuese un secreto que debía guardar con recelo.- Miedo a ser herido y abandonado como vio que sucedía con sus padres. Miedo a que algún día llegase al extremo que llegó su madre por el dolor.

Lovino cerró los ojos ante esos recuerdos tan bien escondidos dentro de su corazón. Ante esas heridas nunca sanadas.

-Nonna no es nec…-Se detuvo al sentir como su abuela lo golpeaba en la cabeza, el tono dulce con el que le había estado hablando se desvaneció y fue remplazado con un tono de siempre.

-¡NON INTERROMPERMI RAGAZZO! (No me interrumpas jovencito)- Amenazó la mujer, luego volvió a suavizar su voz, suspirando, Lovino le estaba provocando un serio dolor de cabeza.

-Por supuesto que no podía llegar al límite al que llegó su amada madre… -Continuó como si no hubiese sido interrumpida. Rememorando con pesar aquella época.

La llegada de sus dos pequeños nietos, de apenas cinco años, la había sacudido inmensamente. Habían llegado en una tarde de otoño. El viento corría con fuerzas y el frio del futuro invierno ya se estaba haciendo presente, cuando los dos pequeños, guiados por un marinero al cuál había pagado el alcalde de su ciudad nativa (gran amigo de la familia) para que se hiciese cargo de que llegaran a salvo con su familia en España. Llegaron temblando de frío y con los ojos cayéndose de cansancio luego del largo viaje en barco cargando con apenas una maleta y una terrible noticia.

Y el pobre Lovino fue quien había cargado con todo el dolor, ocultándole la verdad al menor, protegiéndolo de la tragedia. Ese pequeño niño de cinco años se había hecho cargo de su hermano menor desde entonces y nunca había contado a nadie más que a ella sobre su hogar roto, sobre el día en que lo vio partir a él sin rumbo ni plazo seguro y la noche en que descubrió que ella también los había abandonado… pero para siempre.

Sin duda demasiado dolor para un pequeño. No era de extrañarse que tuviese tanto miedo de volver a pasar por lo mismo. Ya había recibido demasiado daño en su vida. Era momento de compensarlo, era momento de que se le devolviese todo ese amor que había perdido por culpa de malas decisiones de terceros. Y no importaba cuánto se demorase en verlo ni cuántos dolores de cabeza le sacar ni cuántos planes tuviese que hacer para lograr hacer feliz a su nieto. Se lo merecía, y eso era todo lo que importaba.

-Tiene un hermano pequeño que cuidar ¿No es así? –Prosiguió su historia la mujer. Lovino asintió con los ojos cerrados, conteniendo las lágrimas.- Mi preciado nieto sólo quiere que ambos sean felices, no importa que tenga que hacer para lograrlo, nunca permitirá que los vuelvan a dañar. –Susurró- Pero el problema es… que eso mismo le está haciendo mucho daño a él mismo. –Lovino negó con la cabeza, frunciendo los labios para no dejar salir un pequeño gemido de dolor. No quería escuchar esto, no quería.- Sí, es así. Lo sabes.- Sonrió la anciana levantándole el rostro, buscando su mirada, aun cuando el menor no abría los ojos- Lovino. Tú lo amas. Amas a Antonio. –No pudo más, el gemido escapó de su boca mientras el llanto se volvía más intenso, acompañado por respiraciones desincronizadas y entrecortadas. Pronto las mejillas del menor se empaparon, mientras abría los ojos para dejarlas salir.

-Pero… mamma me… me dijo que… –Murmuró entre las entrecortadas y sufrientes respiraciones-que…sólo me haría…daño si… si yo.

-¡Shhhh! –Lo acalló la mujer, mientras limpiaba un poco su rostro con sus dedos. Tomó su rostro con ambas manos mirándolo directo a los ojos- Olvidémonos de lo que dijo tu madre Lovino. Dime qué quieres hacer tú: ¿Pasar una vida sólo y escondido ante el temor de enamorarte o correr tras el hombre de tu vida, tras ese que te ama con una dulzura tal que es capaz de hacer cualquier estupidez por ti?

El italiano respiró profundo unos segundos, buscando calmarse para hallar la respuesta. Fue entonces cuando vio todo claro. La imagen del español una y otra vez dentro de su cabeza; las rosas, los chocolates, el estúpido baile de flamenco, la serenata, los abrazos, las sonrisas… su primer beso. No quería perder eso. No quería perder a ese maldito bastardo. A SU maldito bastardo. Con una sonrisa sobre su rostro empapado y determinación en su rostro se levantó decidido.

-Nonna… tenemos una corrida que detener. –Anunció.

-Así se dice Lovino… así se dice. –Murmuró la mujer sonriendo orgullosa.


-¡OLEEE! –Clamó con fuerza la multitud. Ya estaban en el tercio de banderillas, en menos de quince minutos sería momento de su aparición. A su lado sus dos mejores amigos trataban de convencerlo de desistir, temiendo por su vida. También estaba allí Elizabetha, pidiéndole que esperase un rato más, segura de que Lovino aparecería.

Sonrió melancólico ante esa idea. Lovino no iba a venir. Había renunciado a su amor y lo había dejado a merced de una muerte casi segura. Un golpe demasiado duro para el torero. El italiano se había vuelto su razón de vivir ese último tiempo y ahora sin él…. ¿Existía en verdad algo que lo atase a ese mundo? Nuevamente el temor por la muerte se había ido de él, nuevamente podría enfrentarse a cualquier obstáculo sin vacilar. Nuevamente había tocado fondo.


-No llegaremos a tiempo. –Exclamó Lovino mirando la hora mientras seguía a su abuela con paso rápido a través de la casa. Al no tener respuesta siguió hablando.- La arena en la que será la corrida está al otro lado de la ciudad. No hay nadie en las calles, el transporte público está paralizado y mis tíos se llevaron los autos. –Dijo frenéticamente mientras bajaba con su abuela hacia una de las despensas. Nuevamente silencio.- No lo vamos a lograr. Nunca llegaremos. –Repitió agarrándose los cabellos con desesperación, soltando un par de maldiciones. Su abuela estaba entretenida corriendo cajas llenas de vegetales de un lado para otro. No tenía idea de que estaba haciendo, pero fuese lo que fuese ese no era el momento. Estaba a punto de volver a quejarse cuando algo le fue lanzado desde el fondo de la habitación. Un casco verde lucía entre sus manos. Se acercó a dónde estaba su abuela para descubrirla al lado de un objeto cubierto por una manta que alguna vez fue blanca, pero que ahora, llena de polvo, parecía gris.

-Nunca digas nunca, niño. –Anunció con satisfacción sacando la manta, dando a mostrar una motocicleta de un tono marrón claro, con lodo en sus ruedas y un asiento para copiloto a su derecha. Parecía muy antigua y de un porte militar.

-¿Qué es esto y de dónde lo sacaste? –Preguntó desconfiado, viendo como su abuela se ajustaba el casco y las gafas para la visión, para luego empezar a intentar prender la ya vieja moto.

-Es una BMW R75 del ejército alemán. –Dijo mientras intentaba una y otra vez encender la máquina, sin resultados.- Y digamos que fue un "regalo" del ejército por mis logros en acción en la Segunda Guerra Mundial. Aunque claro, ellos no se enteraron. –Un ronquido fuerte se hizo presencia y las luces de la moto se encendieron.- ¿Oíste eso? Ya no las hacen así. –Celebró la mujer.- Ahora ponte el casco y vámonos.

El italiano obedeció, y se sentó en el puesto de copiloto mientras seguía interrogando a la mujer.- ¿Estuviste en la Segunda Guerra Mundial?

-Como enfermera del ejército italiano. No iba a dejar que el manilarga de tu abuelo fuese sólo y luego regresase con una decena de críos esparramados por todo el continente. No, no. Alguien debía proteger a esas pobres mujeres y mantener a ese patán vigilado. Además, debiste ver la cara de los ingleses cuando le quité el arma a tu abuelo y los salí persiguiendo. -La mujer soltó una fuerte carcajada- Era para morirse de la risa. Ahora sujétate bien, que este viaje será intenso.- Y dicho eso pisó el acelerador como si no hubiese un mañana. El grito de terror que lanzó su nieto se escuchó a millas de distancia.


La multitud aclamaba su nombre. Antonio lograba oírlos. Estaban enfebrecidos por el espectáculo y no veían la hora que el renombrado matador hiciese su acto de presencia en la arena y se enfrentase a La Pesadilla Negra. Se levantó cuando lo vinieron a buscar sin escuchar lo que sus amigos le gritaban, tratando de hacerle cambiar de opinión. Sólo había una persona que hubiese logrado algo así, y había dicho que no. Ahora sólo le tocaba salir al encuentro.

Cuando la arena de la plaza queda dividida entre la luz y la sombra, la corrida de toros empieza. El clamor de la multitud ensordece todo ruido cuando el matador se presenta.

Allí estaban, frente a frente. El enorme toro lo miraba con los ojos inyectados de sangre. Su pelaje negro como la noche resplandecía ante la luz del sol cegador. Múltiples cicatrices adornaban su fornido cuerpo, mas todos los presentes tenían muy claro que a por cada cicatriz dejada en él como huella la sangre de un torero se había derramado en la ardiente arena. Un bufido rompió con el clamor de la multitud. Pronto un tenso silencio se adueñó de todo, nadie quería perderse ni el más mínimo segundo de lo que fuese a pasar. Respiró profundamente para calmarse mientras sentía que algunos entusiastas le daban golpecitos de ánimo en la espalda antes de que saliera a la arena.

El que va a la plaza es lo contrario a un devoto de las diversiones.

Lanzó una mirada al público expectante, que parecía devorarlo con los ojos. Estaba lleno hasta reventar. Y aun así…

No es un mero aficionado a lo espectacular, ni un entusiasta de la exaltación embriagadora. Es mejor que todo eso.

La única persona que esperaba no había ido. Suspirando y con una mirada cansada dio la orden de que le tirasen su muleta, de un rojo intenso, dando inicio a la corrida del milenio.


Los gritos de Lovino resonaban por las calles de la ciudad mientras una mafiosa mujer italiana conducía una motocicleta robada al ejército alemán, desafiando los límites de velocidad establecidos por la Ley y el sentido común. Como había dicho la mujer. Sin policías cerca todo era legal.

Y aunque Lovino entendía a la perfección la premura que tenían por llegar, también se preguntaba, si su abuela entendía que debían llegar VIVOS. Al parecer no. Chocaron contra unas cajas al cruzar el mercado, dejando gran parte de las frutas y verduras esparramadas por el piso. Las ruedas chirriaron mientras derrapaban en círculos debido al jugo que los comestibles habían dejado en la acera. Más su abuela no dejó nunca de apretar el acelerador y en una maniobra inexplicable se deslizó por las escaleras que conectaban al mercado con la Plaza Mayor, rebotando ambos en sus asientos peldaño tras peldaño. Lovino se sujetó con fuerzas a su asiento, hasta dejar sus nudillos blancos, sintiendo cómo su estómago empezaba a revolverse por completo. A lo lejos escucharon los gritos de la multitud celebrando. A esta altura Antonio ya debía de estar presente en el espectáculo.

Conteniendo sus náuseas el italiano se esforzó en centrarse. Debían llegar a tiempo. No importaba cómo. No podía dejar que nada le pasara a Antonio. No podía dejar que el español se enfrentase con la muerte. No sin antes decirle que lo am…

Lovino detuvo sus pensamientos y miró con ojos atónitos la proeza que su abuela planeaba hacer. No veía en la italiana ninguna intención de virar para pasar por el puente que los conduciría a la Arena, ya visible, sino que planeaba usar una carreta abandonada junto a este como rampa para sobrevolarlo. Pero no. Su Nonna no haría algo tan ridículo y extremadamente peligroso ¿cierto? ¿Cierto? Giró su cabeza para ver el temerario brillo en los ojos de la anciana que miraba su objetivo sonriente y tragó saliva con fuerza, preparándose para el salto.


El español sentía el sudor escurriendo por su cuerpo mientras trataba de esquivar las cada vez más rápidas envestidas de La Pesadilla Negra. El fuego que lanzaban sus ojos traía impreso la idea del Infierno y parecía que el bovino no se iba detener hasta ver al moreno soltar su último aliento.

Mas, sin embargo, el español empezaba a sentirse abatido. No había tenido una buena noche y el calor asolador de ese día no le ayudaba en nada. Sin embargo, no se veía en él muestra de terror, cada vez que el toro se acercaba, cada vez más, a su enemigo.

El torero de verdad no ha de temer al toro.

Y Antonio no temía. La endiablada imagen de La Pesadilla Negra corriendo a su encuentro cada vez con más furia no lo hacía estremecerse ni un poco. Aunque mentiría al decir que no había duda en él mientras agitaba la muleta.

Cuando llegue el día que le tema será su fin.

¿Era así? Pues Antonio sentía que había llegado su fin. Lo sentía en su pecho, que no lograba agitarse ante el galope incesante de la muerte a su encuentro. Y en su sangre que a pesar de todo se mantenía fría. Estaba allí a dónde mirase. Estaba allí desde que Lovino le había dado la espalda. Aguardando el momento justo para llevárselo consigo.

Un torero corneado puede tardar en morir hasta tres días.

Lo había dicho: Lovino lo hacía vivir. Lovino era la única razón por la que había seguido adelante.

El torero de verdad debe superar el miedo a la muerte.

Pero no era verdad. No se trataba de perder el miedo a la muerte.

La moto aceleró aún más dirigiéndose a una de las entradas de la arena. Los guardias palidecieron y trataron de hacer señas para que el conductor del vehículo detuviera la velocidad. Más el rugido ensordecedor cada vez se acercaba más y no parecía hacer caso alguno al hecho de que la puerta estuviese cerrada.

Se trataba de encontrar el apego a la vida. Algo lo suficientemente fuerte para no desfallecer ante el peligro. Algo capaz de darte la fuerza para seguir luchando. De no hacerte dudar al agitar la muleta.

La moto arrasó con la puerta y subió las escaleras siguiendo la luz, empezando a frenar aceleradamente para no atropellar a alguno de los espectadores que estarían allá afuera. El rugido cada vez más cercano atrajo la atención de algunos.

Y Antonio había perdido ese algo. Y con ello había llegado su verdadero fin. Mirando con ojos vacíos hacia el cielo sostuvo la muleta frente a sí; realizando el movimiento que había dudado hacer desde hace unos minutos. Dejando el camino dispuesto para que La Pesadilla Negra lo corneara y terminara con él. Ya no temía a la muerte. Ya no amaba la vida.

Con un fuerte golpe la moto hizo presencia en la arena, deteniéndose centímetros antes de tocar la primera línea de asientos frente suyo. Rápidamente Lovino se quitó el casco mientras corría escaleras abajo hasta llegar al borde del área destinada a los espectadores, buscando frenéticamente con la mirada al matador. Su pulso, acelerado por la carrera se detuvo al instante al ver la expresión derrotada del español y notar que se mantenía estático mientras el enorme toro corría para cornearlo. Con todas las fuerzas posibles y la fuerte voz heredada de su esencia italiana gritó el nombre del torero, advirtiéndole, suplicándole. No podía ver morir al moreno. No soportaría otra pérdida tan grande en su vida.

Antonio abrió los ojos atónito al reconocer esa voz y giró la cabeza unos instantes para observar la cara llorosa y aterrada de su precioso italiano. Sus ojos lo miraban suplicándole perdón. Suplicándole que no se rindiera. Que viviera. Que viviera por él. El corazón del español se aceleró de emoción.

"No te decepcionaré…Lovino." se dijo a sí mismo. Pero ya era demasiado tarde, la bestia estaba prácticamente encima suyo. Con un movimiento desesperado el español se hizo a un lado recibiendo de todos modos el golpe de una de las astas en su pierna izquierda, y con ello un gran dolor penetrante que le hizo caer de rodillas al piso, sin aliento. La multitud lanzó un grito angustiado.

Lovino negó con la cabeza, sintiendo el miedo correr por todo su cuerpo. El español no alcanzaría a levantarse a tiempo. Alguien tenía que hacer algo. Él tenía que hacer algo. Dándose vuelta arrancó de las manos una manta roja traída por unos entusiastas fanáticos y subió una pierna sobre la barandilla para saltar dentro de la arena. Pero sintió una mano agarrándolo por detrás, un par de guardias lo estaba sosteniendo por los brazos, furiosos por el escándalo y los destrozos que habían hecho al aparecer. Atrás otros cinco trataban de hacer frente a su abuela, que los mantenía a raya con la vieja Betsy. ¿En qué momento la había traído?

Lovino no tenía tiempo para eso. Empezó a agitarse y pelear viendo como los segundos se iban perdiendo en esa batalla. Pero pronto se vio libre. Elizabetha, que había estado esperando su llegada, después de todo ella y Nonna habían sido las mentes maestras todo ese tiempo, pronto se deshizo de uno de ellos a sartenazos. Gilbert Ludwig y Francis hicieron lo suyo con los restantes. Ni hablar que una horda de italianos corría a socorrer a Nonna. Cómo si ella necesitase ser socorrida.

A su lado Feliciano lloraba pidiéndole que no entrase a la arena. Pero Lovino no tenía tiempo para consolarlo. "Lo dejo en tus manos" le dijo a su futuro cuñado saltando de una vez por todas y agarrando uno de sus zapatos lo lanzó a la enfurecida bestia, llamando su atención.

-DA QUESTA PARTE, DANNATO TORO! (Por esta parte, maldito toro)- Gritó agitando su improvisada muleta. Logrando enfurecer al bovino, quien cambió su ruta hacia su nuevo destino.

Antonio miró con ojos desorbitados como Lovino distraía al toro, arriesgando su vida con ello. Su corazón se detuvo ante la sola idea de perder al italiano y cómo pudo se levantó, agarrando su muleta. El italiano por su parte esperó con el corazón desembocándole a que el toro estuviera cerca para lanzar su manta y correr, como sólo un italiano en peligro lograría correr, percibió un dolor punzante en uno de sus tobillos seguramente no había caído de la mejor manera dentro de la arena, pero la adrenalina y el peligro inminente relevaban ese detalle a un segundo plano. Sentía el galopar del taurino detrás de él, cada vez más cerca, pero no se atrevía a mirar atrás.

-¡LOVINO! –Escuchó que el español gritaba su nombre y lo buscó con su mirada. Allí estaba, de pie, aún sangrante, mirándolo con un infinito terror, el mismo terror que había sentido él al casi perder al moreno. Las lágrimas corrieron por sus ojos y su carrera se hizo más lenta.- CORRE HACIA MÍ. –Le ordenó con fuerzas, no dispuesto a perder a su amado italiano. A su adorado Lovi-Love.

El italiano hizo lo posible por acelerar el paso, abriendo distancia entre él y su perseguidor, corriendo en dirección a Antonio. La multitud estaba muda. Observando los acontecimientos con el corazón rebosante de la emoción. Sosteniendo sus almas apenas de un hilo.

Rápidamente Lovino llegó junto al español abrazándolo unos segundos con toda la fuerza posible.

-A-Antonio… yo…-Intentó hablar a pesar de su estado agitado y la falta de aire. Más el español viendo a la bestia acercarse no perdió tiempo y escondió al menudo italiano tras su espalda, indicándole que se mantuviera cerca de él.

-Tenemos que hacerlo al mismo tiempo, Lovino. –Dijo serio, ya no se jugaba su vida, sino también la del amor de su vida. No había espacio para errores. -Cuando yo te diga girarás hacia la izquierda conmigo. ¿Entendido? –Extendió su muleta dejando caer la rojísima tela. El taurino enfurecido se acercaba cada vez más y con destreza preparó también su espada.

Por su parte el italiano se aferró con fuerza a su espalda sollozando.- No quiero perderte… por favor, no me dejes. No quiero…-Murmuró humedeciendo la ropa del español.

-No dejaré que nada te pase mi Lovino. –Dijo suavemente. –Sólo confía en mí. ¿Vale? –Giró levemente la cabeza para sonreírle, sin quitarle un ojo al toro. El italiano asintió mudo, preparándose.

-Prométeme que te quedarás conmigo. –Susurró suavemente. El animal ya estaba casi encima suyo.

-Lo prometo…. A la cuenta de tres….

El español posicionó la espada en el ángulo perfecto.

-Dos…

La muleta se mecía al viento mientras el infernal toro se abalanzaba a su encuentro. Lovino se aferró con más fuerza a Antonio.

-¡Uno!-Ambos cuerpos se movieron en perfecta sincronía. La Pesadilla Negra se abalanzó sobre la muleta roja como la sangre y la espada rompió el aire abriéndose paso sobre su objetivo, sin piedad alguna.

La estocada perfecta corta la aorta y provoca la muerte casi instantánea del animal.

Los aplausos y vítores no se hicieron esperar al ver a la bestia acabada en el piso, mientras su sangre de un intenso color coloreaba la ardiente arena. El espectáculo había sido prodigioso sin duda. Una leyenda digna de contar por generaciones. ¡Y vaya qué leyenda!

Una lluvia de rosas rojas empapó la arena felicitando al Matador por haber vencido a la muerte misma. Sin creer aún que estuviesen vivos y salvos Lovino soltó una encantadora y sincera sonrisa de alegría. De esas que no se le veía dar desde hace años, desde su última pérdida, y es que no daba en sí de tanta felicidad. A su lado Antonio sonreía, ignorando las atenciones de su público, extasiado por tan hermosa sonrisa. Los ojos castaños y verdes se juntaron rebosantes de amor y emoción y casi sin pensarlo el italiano rodeo el cuello del español y sin importarle estar en presencia de todo el pueblo, y su familia; se devoró los labios del español en un apasionado beso.

El español quedó pasmado de la sorpresa. Nunca hubiese esperado algo así de su tímido y tierno Lovino. Aunque no se quejaba. Abrazando con cariño al menor jugó también con sus labios saboreándolos de la manera en que había deseado hacerlo desde hace tanto tiempo. Se separaron finalmente en busca de aire, sonrientes. Y entonces Lovino supo que estaba listo para decirlo.

-¡Te amo! –Anunció al español, adornando su sonrisa con un bello sonrojo.- Te amo Antonio, te amo.- Repitió dejando las lágrimas escurrir por su rostro. El moreno no pudo evitar pensar que estaba ante un ángel.

-Y yo te amo a ti, Lovino. –Le dijo suavemente, limpiando sus mejillas de las lágrimas. Volviendo a juntar sus labios en un profundo beso, confirmando con ello su amor; mientras una familia algo extravagante aplaudía con emoción desde las gradas, y todo el club de admiradoras de Antonio se desmayaba del pasmo. En otras palabras casi la totalidad de jovencitas presentes.

Como dije, ¡Vaya leyenda!


Hola a todos.

No nos leíamos hace mucho tiempo y quizás más de alguno haya perdido la esperanza de que fuese a terminar este fic. Sinceramente, esta es la primera historia que termino en mi vida. Y nunca lo hubiese concluido si no fuese por una personita que me insistía constantemente para que la continuara. Sin ella no estarían leyendo esto ahora. Es necesario agradecerle.

También agradezco a mi beta, que me ayudó a revisar este último capítulo. Nunca había escrito tantas páginas en mi vida y sin su ayuda este escrito no hubiese llegado a ver la luz en mucho tiempo.

Por último, deseo de todo corazón que hayan quedado satisfechos con mi manejo de la historia. Cuando comencé no era muy buena escritora; lo hacía únicamente por diversión, para gastar las horas. Hoy, a tres años de distancia siento que he crecido mucho y que pude entregarles algo de mayor calidad. Realmente lamento haberles hecho esperar tanto. Partí esta ficción sin rumbo específico y la verdad nunca esperé llegar tan lejos. Agradezco mucho el que me hayan seguido leyendo a pesar de todo. Sus reviews siempre me dieron las fuerzas necesarias para seguir exprimiéndome el cerebro, pensando en como continuar.

Volví a subir los capítulos, mejorándoles un poco la redacción y la ortografía, por si alguien quisiese volver a leer la historia completa.

Y bueno, creo que eso es todo. Me despido de todo corazón. Y vuelvo a agradecer a todos los que hicieron esta historia posible.

Addio miei piccoli lettori.