Fernandamej1717 aquí está la segunda parte de mi fanfic, fue difícil pero pude incluir todo lo que querías. Espero que te guste. :3

En esa ocasión, me encontraba con mis amigos frente a la escuela, donde habíamos acordado reunirnos para planear una estrategia para robar la varita mágica del hada madrina.

— Ya saben que hacer ¿cierto? — confirmó Mal.

Todos asentimos con un sonoro "sí" al unísono.

Era perfecto. Mal había maquinado un plan inequívoco: ella haría que los guardias se durmieran usando la rueca de su madre, yo desactivaría las alarmas, Jay desbloquearía el candado de las puertas que habían instalado al enterarse de nuestra llegada y Evie nos diría donde se encontraba ubicada la varita con su espejo mágico. No podía fallar.

— Excelente, en un par de días, nos largaremos de este reino y nos vengaremos. En especial de Ben y esa tonta chica voladora.

En ese momento, recordé a Lara. Después de robar la varita, sabía que no volveríamos a vernos. A mi cabeza acudieron imágenes desagradables.

— Disculpa Mal, es un buen plan, pero no creo que valga la pena incluirla a ella…

— ¿Qué? — en el momento en el que dijo eso, un relámpago iluminó la noche. Parecía que en Auradon, a pesar de su cielo claro y aves cantantes, llegaba el mal clima. —¿Por qué no? No será problema para mí, tengo mi libro de hechizos y ella solo sabe volar. Además, me saca de mis casillas su actitud despreocupada y su risita insoportable. — confesó Mal, con una sonrisa.

Mis mejillas empezaban a ponerse rojas y en mi mente sonaba la carcajada cristalina de Lara.

— Sí, entiendo. Yo tampoco la soporto — mentí — pero ella es una inútil, simplemente no vale la pena…

— Oye ¿desde cuándo tú y esa chica son tan unidos? Ahora que me acuerdo, últimamente los veo juntos — pensó Evie.

Era cierto, verla y conversar juntos se había vuelto un hábito para mí.

— ¿No será que te gusta? — rió Jay — ¡El hijo de Cruella enamorado!

— ¡Yo no la amo! Es solo que…es tan inocente que creí que sería gracioso fingir que somos amigos para reírme de cómo se decepcionara cuando vea lo que hemos hecho —. Confesé cabizbajo.

Está bien. Solo porque somos amigos no le haremos más daño, con el que tú le harás es suficiente. ¡Bien pensado, Carlos! — expresó Mal.

— ¿Estamos podridos? — preguntó ella.

— ¡Hasta la medula! — respondimos nosotros.

De vuelta en mi habitación, me senté en mi cama, mientras Lara flotaba fuera de mi ventana.

— Así que esta es tu habitación ¿eh, niño perdido? — dijo ella, con su típico acento feliz.

— Bienvenida a mi mundo perverso, fantasmita — anuncié. Ya que ella insistía en llamarme "niño perdido", yo también podía ponerle un apodo.

— Te vi con tus amigos hace un momento, parecen divertidos —declaró Lara.

— Sí, son bastante divertidos — dije incómodo.

¿Qué pensaría ella de mí? Sin duda, le agradaba, concluí. Pero probablemente no sentía lo que yo por ella. Debía averiguarlo.

— Oye — la llamé — ¿quieres que te enseñe un juego?

— ¿Un juego nuevo? — preguntó ella, fascinada.

— Ven, acércate.

Ella obedeció y se sentó a mi lado. Le besé la frente, después la nariz, terminé en la mejilla. Podía oler su aroma salvaje a hojas, fui bajando lentamente, hasta que fui al su cuello. Deposité una serie de besos apasionados. Escuché como Lara soltaba varias risitas.

— Hace cosquillas.

— ¡Por todas las pieles! No se supone que te risas, se supone que tiene que gustarte — dije, levantando mi rostro hacía su cara y mirándola con desagrado.

— ¡Pero sí me gusta! Es muy divertido este juego —. Una sonrisa cruzaba las mejillas de Lara.

— No es un juego…— murmuré amargamente.

Un millón de pensamientos surcaba mi cabeza ¿Eso era lo que yo era para Lara? ¿Un amigo? ¿Debía dejar escuchar a mi corazón mis pensamientos? Si tan solo supiera qué me está diciendo…

Pensé en mi madre, imaginé su melena desgreñada y su afelpado abrigo de piel, esa imagen clásica de una bruja de cuento de hadas (¿pero que estoy diciendo? ¡Si eso es lo que es!) la había visto únicamente en mis pesadillas. Su sola presencia me aterraba, en la Isla de los Perdidos, mi vida consistía en ser sirviente de mi madre. Ella ejercía su poder sobre mí. El único poder del que yo era dueño era del control sobre los animales. Solo en una ocasión pude hacerle frente a mi madre.

Ese día, había regresado de la escuela Palacio del Dragón, y no me había ido precisamente bien. Odiaba a los maestros, y ellos parecían también odiarme a mí, porque esa vez mi profesora de Egoísmo 101, madre Gothel, me había dado de tarea escribir cien veces "no debo distraerme en clases", solo por no prestar atención a sus aburridos discursos.

Cuando entré en la destartalada mansión De Vil, vi a mi madre cómodamente sentada en su sillón rojo corroído con una pierna descansando sobre la otra.

— Ahora que llegaste ¿podrías mover tu huesudo trasero y lavar mis abrigos? — preguntó, mientras el humo de su boquilla hacía ondas en el cielo.

— No — musité.

— ¿Qué fue lo que dijiste, pequeño mocoso? — interrogó rechinando los dientes.

— Que no lo haré. Tú misma puedes hacerlo —. Me sorprendía escucharme. No parecía el mismo siervo sumiso de siempre.

La verdad es que estaba harto de que ella me tratara como basura, siempre le había contestado en mi mente, pero ahora esas palabras parecían haber destruido el muro que las reprimía y subido por mi garganta. Los demás decían que era malvado, y a mí me alegraba que pensaran así, pero en aquellos instantes sentía que no le hacía honor a mi reputación obedeciendo órdenes estúpidas. Mi madre se puso de pie y acercó su boquilla a mi brazo, sentí como la ceniza caliente quemaba mi piel. Retiré el brazo y me aparté.

— Soy tu hijo, no tu sirviente. Siempre estas ordenándome que haga lo que tú quieras y nunca me lo agradeces ¡ni siquiera te preocupas por mí!

— ¡Harás lo que te pedí y cerrarás esa maldita boca si no quieres terminar como los demás animales que me he encontrado!

— Esta vez no. Tengo sentimientos ¿sabes? Y no voy a permitir que sigas tratándome como un esclavo — dije, desafiante.

Subí hasta mi habitación, lo único que me había brindado mi pequeño atrevimiento fue una tarde libre de las tareas domésticas. Pero eso fue todo. Mi madre continuó tratándome igual que a un vasallo miserable, y yo tuve que seguir sus órdenes, pues al día siguiente me amenazó con echarme a la calle para que muriera de frío o hambre y jamás consiguiera mi abrigo de piel de dálmata.

Eso fue hace unos meses, el pasado es pasado, y sorprendentemente encontré la forma de perdonar y olvidar. Pero lo cierto es que, si pude enfrentar a mi madre, los ilusos de Auradon no han visto nada aún. Estaba ansioso por ver sus caras cuando nuestros padres se adueñaran de su reino y destruyeran todo.

De no ser por ese pequeño detalle, le pediría a mi madre que me dijera qué hacer. Yo siempre he caminado sobre la línea del mal, siendo un cruel marginado, pero a la vez siendo respetado por los habitantes de la isla. Pero ahora parecía que todo iba a desmoronarse porque comenzaba a temer la reacción de Lara. ¿Estaba bien ser un ladrón en la noche? ¿Ella seguiría conmigo aun cuando la magia terminara?

El día llegó. Lo habíamos logrado. El plan había salido a la perfección y teníamos la varita mágica en nuestro poder. Ahora solo debíamos regresar a la Isla de los Perdidos. Antes de irnos, mis amigos me permitieron regresar para despedirme de Lara, sabía que era hora de decirle adiós para siempre, y en el fondo me era difícil dejarla ir.

Fui hacia el bosque, ella estaba ahí, volando y jugando con una ardilla. En cuanto me vio, sonrió y descendió hacía mí.

— Niño perdido ¿quieres jugar? ¿Podemos volver a jugar ese extraño juego que me enseñaste? — me interrogó.

— No, Lara. No estoy aquí para jugar. Tengo algo que decirte. Algo muy importante — anuncié.

— Bien, dime. — sonrió.

Dios, estaba tan bella con su sonrisa. Esa sonrisa enloquecedora. Con esa sonrisa, mi cordura estaba perdida. Tomé, con delicadeza, sus muñecas entre mis manos.

— Lara ¿Yo…te gusto? — pregunté finalmente.

— ¿Qué dices? ¡Claro que sí! Somos amigos.

— No, de esa forma no. Hablo de esto…— cerré mis ojos y sentí la suavidad de sus labios en cuanto la besé.

Cuando los abrí, la sonrisa de Lara se había ido.

— ¿Qué? ¿Qué es esto? Esto…no me gusta. ¡No! — gritó ella. Sabía que lo que había hecho, eran cosas de adultos.

Lara se apartó de mí, no sabía lo que estaba sintiendo y rezaba porque fuera un sueño. Debe creer que la he traicionado, ¿Qué pasaba con eso? ¿y qué pasaba conmigo?

— Lara, te amo. Esto es lo que siento por ti. — dije con dulzura.

— ¿Por qué? ¿Por qué tenías que arruinarlo? Éramos felices.

— Lara, yo…

— ¡Te odio! — exclamó y subiendo a los cielos se alejó.

Desde ese día, nunca volví a saber de ella. Hemos logrado nuestros planes. Nuestros padres estarán orgullosos. En cuanto regresemos con la varita, todos van a desear no haber nacido. Nos vengaríamos. Quizás entonces, nuestros padres comenzarían a tratarnos como merecemos.

Todo había vuelto a ser como había sido hace varios años: héroes luchando contra villanos ¿crees que ganaron los malos? Tal vez es verdad, pero también le devolvimos el orden al mundo. Y esta vez ni con la ayuda de un hada madrina o la magia no ganarán los buenos. Ahora todo está en paz. Pese a la alegría de saber que al fin tendremos el dominio total de los estados de Auradon, mi corazón no ha podido alejarse de Lara. Y quizás nunca lo haga.