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No sé cuántas veces ya
sé que tengo cicatrices
de accidentes a punto de ocurrir.
Eso significaba que existías bajo
la forma de una conjetura imprecisa y segura.
Tú.
—Herson Barona, Tanto no morir.
Agonía
He oído tus gritos violentando el silencio nocturno. He oído los pasos de Road apresurándose a tu habitación. He oído las palabras que te ofrece como bálsamo dulce para tus pesares. Y he oído cómo fracasan: con el estrépito agudo de los cristales, el sonido de la madera destrozada, tu respiración pesada y gutural que te ahoga más que aliviarte.
Es entonces cuando yo salgo de mi habitación, topándome con Sheril, quien también se halla con la mirada fija en tu puerta maltrecha y sustituida múltiples veces por accidentes iguales o similares al que sucede en ese preciso instante. Apenas intercambiamos miradas. No hacemos más que escuchar, sin atrevernos a pronunciar siquiera un monosílabo.
Tras unos minutos, volvemos a nuestro sueño interrumpido, casi acostumbrados a episodios como ese. Y siempre, a la mañana siguiente, te apareces en el desayuno con esporádicos bostezos y un sopor disimulado en los ojos dorados. Robas una pieza de pan y le untas alguna mermelada; bromeas con Road para que Sheril se moleste y a veces me sermoneas por andar hurgando en tu cabeza. Mientras enciendes tu cigarro matutino con ese aire epicúreo que te resta dignidad en ocasiones, actúas como si no hubieses pasado la noche en vela, como si todas tus noches no fuesen así: agónicas. Como si nadie supiese de tu sufrimiento.
Si él es el culpable de todo esto, ¿por qué ese saludo alegre cuando le volviste a ver? ¿Por qué los días previos al ataque en la rama americana tenías ese humor radiante? ¿Por qué mostraste esa buena disposición para ir a buscarle cuando estaba en peligro? ¿Y por qué (no lo niegues, yo lo sé todo) enunciaste aquellas palabras de aliento cuando le dejaste ir?
No es un gran misterio después de escarbar otro poco: estás atraído por el albo inmaculado que se debate por la conciencia. Por ese conflicto interno que va forjando delicioso una mirada más fiera, capaz de mentiras más crueles; una insurrección escondida que ahora se expone magnífica; un tormento que a ratos se asemeja al tuyo. Observarlo sufrir representa un epítome del placer. Aunque Joyd lo sepa ser execrable y no tenga reparos en despedazarlo, tú, como Tyki Mikk lo consideras interesante.
Por eso lo coses con hilo y aguja a tu piel. Porque esa atracción hacia el exorcista te hace humano. Él es la enfermedad y la cura.
Y eso, Tyki Mikk, es locura o masoquismo.
403 palabras.
¡Aquí el segundo drabble! Me costó, debo admitirlo. No estaba segura de cómo expresar la idea que tenía. Tengo entendido que le como objeto directo es sólo válido con el masculino singular; de no ser así, me gustaría que me indicaran este error. Ahora bien, he pensando que la única manera que Tyki tiene para recordarse humano es que halla algo ligado exclusivamente a su parte humana, de modo que una atracción (ya sea carnal o sentimental, como lo quieran ver) sería algo que sólo su parte humana haría y es lo que quise exponer aquí.
Por otro lado, la locura que debía expresarse en este capítulo se hizo por medio de este sentimiento de atracción. Sería una locura pensar de esa manera para un Noé, ¿verdad? (Road es punto y aparte).
Emoción: Locura.
¡Espero vernos en el siguiente, me faltan otros dos! Muchas gracias por tomarse su tiempo en leer este pequeño engendro. Ojalá le esté haciendo justicia a Mr. Fanservice.
Abrazos para llevar,
Bonnie.
