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El dolor es una espera
larga, ciega, calma.
Y si sobreviví fue tan sólo para llegar
al inhabitado descampado de tu encuentro.
—Herson Barona, Tanto no morir
Traición
No hallarás remanso durante algunas semanas en aquella catedral en la que serás asilado por el sacerdote albino a quien, sin embargo, le placerá verte sufrir. En las noches en que hiendas la quietud beatífica con tus clamores infernales (tal y como lo haces casi todas las noches), escucharás que él pedirá quedarse a solas contigo para tranquilizarte, para bendecirte con sus oraciones. Pero no lo hará. Se quedará en el umbral de la puerta, con los brazos cruzados y una expresión incomprensible, mientras tú te retuerces, a punto de enloquecer por el suplicio. No lo entenderás (¿no se supone que estabas ahí para ser ayudado?), y él tampoco; empero, la Inocencia no olvida. Se vengará por el daño que le causaste a su acomodador. De ahí que noche tras noche se limite a observar.
Aunque él quisiera, ¿podría haber detenido tu inexorable despertar?
A pesar de todo, los días obrarán a tu favor, apaciguando el sufrimiento y los recuerdos. Será así como, con la mente despejada, advertirás que esa atracción sentida en una primera instancia desborda, arde. Sentirás que siempre ha estado ahí, suspendida, esperando el momento idóneo para resurgir fragosa. No sabrás disimularlo. Tu mirada áurea chocará con la suya, argéntea, en innumerables ocasiones, incapaz de hacer otra cosa que deleitarte con sus maneras, su descaro, sus sermones, sus sonrisas y la misericordia que muestre cuando algo lo conmueva. No tardarás en convencerte que de algún lado lo conoces. O conociste. Porque lo sentirás onírico; un sueño olvidado al despertar, pero atascado en tu memoria. Él, en situación análoga, emprenderá un acercamiento paulatino, intrigado los estremecimientos que le provocarás y las razones de su actuar que escapan de su comprensión.
Así pasarán las semanas, entre pláticas y comidas. Entre compañía y mutuo reconocimiento.
Una noche, él se escabullirá a tu habitación. Te encontrará despierto, fumando a la luz titilante de un foco que amenaza con fundirse. Parecerá desesperado. Una mirada bastará para que comprendas el motivo de su visita. El celibato causa estragos, ¿eh?, dirás mientras exhalas la última calada. Elegante, felino, te acercarás hasta que él deba alzar la mirada para mirarte. Apagarás la luz.
Latirá el instinto milenario que la humanidad ha venerado desde el inicio de la existencia. No habrá jugueteos previos, se abalanzarán sobre el otro sin dubitaciones. Se besarán con tal urgencia que hasta las imágenes sacras se avergonzarán de mirar. Se arrancarán la ropa y la moral. Se morderán la piel y el alma. Se sacudirán las erecciones y las consecuencias. Y del resentimiento y el consustancial Placer de Noé nacerá la imperiosa necesidad de someterlo, de lastimarlo. Por eso lo penetrarás rabioso, azuzado por los cantos melifluos que de su garganta emergerán. Lo esclavizarás de una vez y para siempre a tu cadencia respiratoria, a sus propias pulsaciones mientras se va ramificando el orgasmo, a las contracciones de su cuerpo, a tu manera de embestir intenso, susurrarle sucio y mirarle profundo.
El Paraíso y el Averno colapsarán por su traición.
500 palabras
¡El tercero! No voy a mentir, es mi favorito. Espero estarle haciendo justicia a Tyki y que se vaya comprendiendo la idea que tengo. Cuando publique el último daré una explicación de mi intentona. También espero que esto se clasifique dentro del M porque, sinceramente, creo que le hace falta ser más explícito, jajajajaja, pero no tenía el espacio para hacerlo y creo que desentona si lo hacía de esa manera. Anyways, aquí está. ¿Qué les pareció? ¿Tomatazos o pastelazos (preferiría un pastelazo)?
Si a alguien le interesa, las citas provienen del mismo poema de Herson Barona, Tanto no morir. Se encuentra dividido en cuatro estrofas, de manera que decidí separarlas por cada capítulo. Espero vernos en el próximo (que ya es el último). Gracias por tomarse su tiempo para leer lo que esta pobre autora tiene que decir, tanto aquí como allá arriba.
Hasta entonces, con besos para llevar,
Bonnie.
