Soñó que era una loba de nuevo. Esta vez por un largo tiempo, tanto que creyó que la única vida a la que pertenecía era la del bosque. Sintió la tierra bajo sus patas y el aire que respiraba, frío y húmedo, le susurraba libertad por todos los rincones; sus hermanos la admiraban y la seguían a todas partes, fieles hermanos y valientes, oh, la valentía deslumbraba en sus ojos. Había sentido también la explosión de carne en los animales que cazaba, su orgía sangrienta la hacía cada vez más animal, más loba. Sentía también a su loba, a Nymeria, acompañando su cuerpo, estando dos almas fundidas en un matrimonio de carne. Los árboles gritaban coros de salvación, sus hojas tañían música como campanas de un septo; era la hora de los lobos. Feroces y veloces, sus hermanos se reunían en un mismo claro en el centro del bosque. Es hora que ellos se unan a mí. Alzó su cabeza, al cielo, admirando las estrellas que lloraban en el cielo y aulló para que le escuchase hasta en los Siete Infiernos; sus hermanos los lobos uno a uno alzaron también sus cabezas y se unieron en la manada melódica del momento, coronando a su reina de los bosques en una ceremonia en lo más oscuro de la noche. No tenía que preocuparse por las personas ni por sí misma; la llama viviente de su cuerpo se encendía al correr y superar hasta los susurros del viento.
Arya se despertó, dolorida y cansada. Intentó abrir los ojos, pero hasta la débil llama de la vela la cegaba; hacía tanto tiempo que no era Arya Stark. Movió la cabeza hacia los lados y se sentía extraña; como si este cuerpo no le perteneciese y al intentar sentarse, le supo muy raro tener brazos, como palos que articulaban. Al intentar sentarse, un trueno de dolor la punzó en el estómago; recordó lo que pasó. Maté a siete Lannisters. No, maté a cinco y me dormí en plena pelea. ¿Por qué no la mataron? Analizó la habitación; pequeña, con una cama de paja y una pequeña mesa con una vela enana y una enorme puerta al fondo. He dormido en una habitación parecida a ésta. Seguía estando en la posada.
Al no poder sentarse, decidió rodar hasta el borde de la cama y caer de cuclillas. Pero al caer no sabía cómo utilizar sus propias piernas y cayó de rodillas, haciendo mucho ruido. Arya gimoteó e intentó ponerse de pie, pero no podía y caía. El problema no era de la herida, si no de sus piernas; había pasado demasiado tiempo siendo una loba, caminando a cuatro patas y el equilibrio que se consiguen con dos la perdió. Ahora teme andar de rodillas. Intentó agarrase fuertemente de la cama y la mesa de al lado y con bufidos, intentó mantenerse en pie, lo cual duró tanto como el primer paso que dio. Parezco un bebé. No decidió rendirse; se intentó ponerse de pie de nuevo y aferrándose a las paredes como si fuera su vida, comenzó a andar. Tras un tiempo empezó a caminar sin pared, y después hacía ejercicios como saltar y después saltar con una pierna y después saltar para rodar al suelo. Su cuerpo se alineaba a su mente por fin, y sintió el balance como danzarina del agua. Satisfecha del resultado, salió de la habitación.
Se encontraba en un pasillo con una baranda y unas escaleras al lado de su habitación. Voy a caer por la escaleras. Intentó bajar con una pierna y después otra en el mismo escalón agarrada por la plana pared. Miraba a las escaleras con ojos grandes como platos como si fuera la primera vez en su vida en bajar las escaleras. Cada herida es una lección. Y cada lección te hace más fuerte, Syrio Forel, su amigo, le decía. Consiguió bajar sin problemas e incluso se dignó a dar un pequeño salto para esquivar el último escalón. Se sentía como una malabarista.
Su fugaz alegría desapareció ante los ojos de la chica que estaba enfrente suya. La niña. Tenía la nariz torcida y con una herida a la altura de sus ojos, pero su mirada, mezcla de asco y furia, desaprobaba hasta el aire que Arya respiraba.
—Te sentí dar golpes en tu habitación —la niña con la nariz torcida empezó—. Hay niños durmiendo en este mismo piso, así que los habrás despertado.
—¿Durante cuánto tiempo he estado durmiendo —Arya ignoró su saludo—.
—Eres una dormilona, ¿lo sabes? —la niña sonrió de manera que su nariz iba adquiriendo más protagonismo en su cara—. Mi hermana Jeyne ha tenido que alimentarte y curarte y cambiar de sábanas cuando no aguantaban más de tus meados durante una luna.
Arya estaba en shock.
—¿Tanto tiempo he estado durmiendo? —ahora tenía que ayudar para recompensar toda la carga que ha sido—. ¿Has dicho que tu hermana Jeyne me ha curado? Pues tiene que ser buena para no dejarme morir con esta herida.
—Sí, y más vale que se lo agradezcas. Se ha esforzado mucho por ti. Ella, y Gendry.
Arya dejó de respirar durante un momento. Gendry. Estaba medio muerto.
—Gendry —sus labios susurraron—. ¿Dónde está? ¿Se encuentra bien?
La niña no le gustó lo que oyó, por la cara que puso. No le gusta que me acerque mucho a él.
—Estaba muy mal cuando Jeyne y yo lo tratamos —sus ojos miraron hacia otro lado—. Tuvimos que destriparle de su ropa, estaba en una condición horrible. No tenía ninguna herida de espada, pero lo habían pisoteado hasta por debajo de la tierra. Tenía algunos huesos del costado rotos y su tobillo torcido, además de otras roturas menores en los brazos y no podía girar el cuello. Incluso estuvo los tres primero días tosiendo sangre. Sangre y heridas, magulladuras y sangre, Jeyne hizo lo que pudo. Pero en menos de una quincena, la mitad de su heridas estaban cicatrizando y a las magulladuras desapareciendo. Nunca habíamos visto una persona curarse tan rápido, aunque era simples heridas y contusiones. Quería volver a golpear hierro de nuevo, pero a pesar de que su pierna parezca que se pueda mover, Jeyne le recomendó pasar una quincena de días más en la cama.
—Voy a verlo —se le hacía raro escuchar y hablar; le costaba mover los labios de forma tan rápido—. ¿Dónde se encuentra?
La niña intentó encontrar una excusa para no decírselo pero no pudo.
—Está en la segunda habitación antes de terminar el pasillo —se giró para no verla más, pegando gritos a unos niños que estaban en la puerta, sentados—.
Tras luchar con las difíciles escaleras, logró llegar a la habitación del herido.
Al entrar, encontró los pies de Gendry antes que la cama. Es mucho más largo que la cama. No podía ver mucho por la vela, igual de débil que la suya de su habitación, pero sus ojos azules parecían brillar, una mezcla de fiebre y esperanza de vivir. Cuando vio a Arya, parecía estar viendo a un fantasma; puso la mirada testaruda, como si realmente le doliese pensar, e intentaba encontrar un saludo ingenioso, pero su sinceridad le adelantó.
—Creía que no iba a volverte a ver nunca —Arya creía haber visto un intento de sonrisa en su rostro—.
—Yo tampoco creía que iba a vivir todo este tiempo —no quiero hablar sobre mí—. ¿Estás bien?
—Eso debería preguntarte a ti —su profundos ojos azules mostraban preocupación—. Te atravesaron con la espada en el costado, Arya. No tendrías que estar aquí, un movimiento brusco y te desangras como un carnero. Deberías descansar un poco más —preguntas brotaban de sus ojos. Dónde has estado todo este tiempo. Cómo has sobrevivido. Por qué has vuelto. Preguntas que Arya no quería responder—.
—Me estoy recuperando —dijo ella con cierto orgullo—. Soy fuerte y puedo resistir a peores cosas —sus ojos recorrieron la habitación, esquivando de lo que realmente debería hablar. Cómo has sobrevivido durante tanto tiempo sola—. Creo que no le caigo bien a la niña a la que atacaron.
—¿Willow? —su mirada testaruda volvía a la normalidad—. Es buena niña, aunque un poco estricta. Creo que siente un poco de celos que ahora no es la única niña mayor que puede ser mandona —le miró a ella—.
—Eh, eso fue hace tiempo —sí, fue hace tiempo, cuando me sentía segura y podía permitirme ser feliz—. Creo que me voy a quedar aquí durante una temporada para reparar los daños que esos soldados causaron —se puso de pie, ya que vio los ojos cansados del herrero—. Creo que tú eres el que necesita descansar, y ya cuando puedas ponerte en pie, veremos quién va a ser el mandón y el mandado —quería salir antes de que Gendry le preguntase algo que no se atrevía a responder—.
Al abrir la puerta, Gendry la llamó.
—Arya —se esforzó por sonreírle—. Me alegro de que hayas vuelto —No sabes lo que te he echado de menos—.
Había pasado dos lunas y media desde el ataque de los soldados Lannister, y Arya se sabía todos los nombres de cada niño, ya que junto con Willow, ella se dedicaba a cuidarlos cuando tenían miedo de la oscuridad mientras construía las estructuras junto con Gendry que la pelea había ocasionado. No era ni la mitad que Gendry, pero era bastante ágil y rápida. Cada día que pasaba, él y Arya volvían a conocerse; hablaban de temas vacíos y superficiales, reían como no habían hecho en mucho tiempo; todo que por las preguntas que cada uno tenía sellado en sus labios no salieran la luz. Había conocido también a la famosa Jeyne, siendo mucho más gentil y amable que su hermana pequeña. De hecho, Willow fue la protagonista de su primera conversación:
—¿Así que tú eres Arya? —dijo Jeyne, sin ni siquiera dejar que Arya dijera palabra alguna—. Te ha sorprendido que supiera tu nombre, ¿eh? Pues me he hecho bastante familiar con el nombre. Cuando Gendry dormía profundamente, no paraba de repetir tu nombre hasta gastarlo. Willow no supo cómo tomárselo, pero cada vez que decía tu nombre, se ponía cada vez más molesta e inestable—.
—¿Y por qué le molesta tanto? —Le caído mal por simples celos de atención.
—Digamos que Willow lleva gustándole a nuestro amigo el herrero bastante tiempo y que una chica tan cercana a él como tú que no ha aparecido en años de repente sea más importante que ella, quien ha estado con él en sus peores momentos cuando tú no estabas, le ponía furiosa —Jeyne decía genuinamente, siempre sonriendo—.
—Oh —la situación era peor de lo que pensaba. En estos tiempos de guerra, y ella enfadándose por cosas que Sansa se enfadaría—, entonces me siento mal. No quería caerle mal antes de conocerla.
—No te preocupes por eso, pero me temo que Willow es bastante pertinaz y no cambiará su visión sobre ti en mucho tiempo. Y además, es cierto que eres muy cercana a Gendry, ¿no? —tras su sonrisa, algo más profundo se asomaba en su rostro. Arya podía descifrar lo que realmente pensaban las personas con los rostros tras su entrenamiento en Braavos. Ella también comparte los mismo sentimientos de su hermana hacia Gendry, pero es demasiado educada como para no le guste—.
—Pasamos bastante tiempo juntos en los peores momentos para nosotros —dijo ella sin interés aparente—. Empezamos a confiar el uno del otro y pudimos sobrevivir toda el trayecto. Además, me recuerda mucho a mi hermano Jon —intentó calmarla con eso—.
Pero era cierto que pasaban mucho tiempo juntos, lo cual enfurecía aún más a la pobre Willow, hasta el punto de despreciarla en la comida, cuando todos están reunidos. Pero no podía evitarlo; trabajaban juntos y eran los únicos sobrevivientes de su pasado; la nostalgia a veces puede ser tan embriagadora como peligrosa.
Tengo que marcharme, decidió en una mañana, así que iría a por preparativos y guarniciones y su yegua negra estaba más sana y energética que nunca; pero no podía marcharse sin decírselo a Gendry. Casi todos los días bromeaban cuando llegaría el día en el que Arya abandonara la posada para encabezarse al Norte y sus temibles obstáculos. Sabía en ese momento donde estaba Gendry; el sol daba la calidez que el otoño tanto ansía, y Gendry necesitaba recuperarse y ponerse en forma; estaba cortando leña en los adentros del bosque. Cada día que pasaba, más frío hacía. El invierno se acerca, gritaba el lema de su casa. El invierno viene corriendo.
Cuando se adentró en el bosque, el olor a musgo y humedad la encantó por un momento y decidió llevarse por el verde del momento. Era un día soleado, algo que no se veía desde hacía una quincena, así que dejó sentir su calor en su piel más que quedar alumbrada por sus potente iluminación. Andaba prácticamente de ojos cerrados, sus oídos sus guías, escuchando las ramas crujir bajo sus pies y los animales vivir fuera de su propia rutina y las hojas bailar al son del viento. Pronto escuchó los repentinos chops, y sus oídos la condujeron a su amigo.
A pesar del frío de los últimos días, el pecho y brazos de Gendry estaba empapados de sudor, pareciendo mármol brillante ante el esplendoroso sol. Las puntas de su pelo estaba mojados e intentaban tapar sus ojos brillantemente azules, pero los resaltaba aún más. Es aún más fuerte que la última vez que lo vi. Sus músculos eran sus testigos; puños de músculo se contraían y expandían como la respiración de un dragón; ella, orgullosa de sus pequeños músculos, no era más que polvo comparado a él.
—Te está gustando cortar leña —lo saludó con una sonrisa ladina—.
—No tengo metal para fundir espadas o cualquier otra cosa, y no es tan malo después de todo —terminó de partir un bloque casi igual de grande que su torso y dejó el hacha con un golpe casi elegante en el tronco de un árbol cortado—. No es como esculpir espadas, pero es lo que hay.
Gendry se movía entorno a ella, y cuando se acercaba de esa manera, no le hacía más que ponerle a Arya nerviosa. Acaba con esto cuanto antes.
—Gendry, me voy —dijo en tono solemne—.
—¿Otra vez con eso? —Gendry sonrió—. ¿Cuando vas a dejar decir de irte e empezar a irte de verdad?
—Ahora mismo. He recogido comida y ropas para sobrevivir todo el viaje, y he preparado a mi yegua. Me voy ahora —miró a sus ojos. Tantas preguntas sin responder—.
—Así que te irás definitivamente —bajó su mirada, sabiendo que su amiga no podía quedarse más—. No tienes por qué ir. Aquí no es tan malo, y hay tanto peligro que no me gustaría ni pensar en ello.
—Gendry, debo de ir ahí. Mi familia está ahí y tengo que volver con ella, porque es la familia, y a la familia nunca la abandonas —Familia, Deber, Honor, parecía que su madre estaba en ese momento para recordárselo—.
—Claro, porque a la damita Stark debe de volver con sus lobos ya que ellos han sido los únicos que la han ayudado —dijo él amargamente—. Perdón, m'lady, un huérfano de baja alcurnia no entiende en su estupidez el significado de familia—.
Le ha dolido. Fue estúpido de su parte; regodearse de que tenía familia y un castillo en donde vivir fue lo último que Gendry quería oír en ese momento. Se le ocurrió una idea.
—Ven conmigo —abrió sus ojos—. Puedes ir conmigo en el mismo caballo hasta que encontremos otro para ti, y llegarás a Invernalia y volverás a hacer espadas para soldados de verdad —Arya le había prometido eso antes. Puedes hacer espadas para mi hermano Robb, en Aguasdulces—. No tienes ningún líder a quien seguir, eso mismo dijiste tú. El anterior murió por los Lannister y estás por tu cuenta. Iremos juntos como antes, y si pudimos sobrevivir siendo niños, podemos llegar al Norte como adultos.
Gendry quería asentir con ella; pero eso sería vivir en un mundo perfecto. No puede. Tiene tantos deberes, tantos asuntos que arreglar y cuidar.
—¿Y Willow y Jeyne? —objetó—. No pretenderás que abandone a esos niños huérfanos. Soy lo único que les puede salvar de una muerte de espada.
Tiene razón. No puede abandonarlos. Arya se mordió el labio e intentó buscar otra alternativa, pero unos estruendos y unos gritos la distrajeron. Estruendos y gritos que venían de la taberna. Gendry y ella se miraron y salieron corriendo hacia la taberna. Gendry iba a salir de los seguros árboles siendo blanco fácil para cualquiera, pero Arya lo agarró del brazo y de una sacudida lo agachó y se escondieron en unos matorrales.
—¿Qué haces? —resopló Gendry con furia—. Podrían estar en peligro.
—Mira con tus ojos y escucha con tus oídos —Arya repitió las palabras de un espadachín bravos que hace tanto tiempo que conoció.
Hombres con la Estrella de siete puntas estaba cosido en sus pechos; cogían a niños como si fueran sacos y los situaban en carros como si fueran muñecas frágiles de cristal. Un septón viejo vigilaba el lugar, intentando que nadie los viese. Willow era la que más gritaba de todos los niños, Arya pensó al reconocerla al instante, aunque también estaba acostumbrada a escuchar sus chillidos que cualquier otro animal. El septón la acogió e intentó tranquilizarla pero sus hombres aún la sostenían.
—¿Por qué nos sacais de la taberna? —preguntó con decisión y miedo—. ¿A dónde nos lleváis? ¿Qué queréis hacer con nosotros?
—Calma, dulce niña —el septón intentaba acariciar su pelo—. La Fe Militante de los Siete y el Gran Septón ha decidido construir, en estos tiempos tan turbios, casas que acogen a niños tan inocentes de esta guerra y dulces como tú en todo Poniente—le sonrió—. No queremos hacerle daño, pequeña. Sólo queremos arropados y daros comida caliente.
—Gendry, debemos irnos —dijo Arya—. Ya, o nos llevarán también —no voy a ser prisionera de nadie nunca más, no después de lo que pasé—.
—Pero Willow y los niños…
—Ya has escuchado al septo. No pretenden hacerles daño, sólo los van a cuidar —aún no se habían llevado su yegua y sus preparativos con ella—. Debemos de salir juntos hacia la yegua, me subo delante y tu detrás, y saldremos tan rápido como ellos se irán —lo miró antes de enfrentarse a esos militares tan religiosos—. Gendry, ¿estás conmigo?
—Pero… No puedo abandonarlos, son niños, Arya. Me prometí a mí mismo que los cuidaría ya que no pude cuidarte a ti —su mirada típica la agobiaba—.
—Van a ser cuidadosos con esos niños, Gendry. Son religiosos, y si no son corruptos, entonces no podrán la mano encima a esos niños. Van a garantizar más protección y seguridad que tú y una espada —lo cogió del brazo y apretó—. Ya lo comprobaste tú mismo.
A la cuenta de tres, los dos salieron disparados hacia la yegua. Los soldados tardaron en reaccionar y cuando decidieron ir a por ellos, Arya ya cabalgaba a con toda su habilidad y fuerza de la yegua. Es rápida y fuerte.
—Agárrate bien —le dijo al herrero—. Vamos a ir rápido durante un buen tiempo.
Gendry estaba callado y decidió dejarse llevar por la velocidad y fuerza del momento, secretamente admirando a Arya. Corre, ella pensó, corre y no vuelvas más a estas tierras que tantos malos recuerdos te han traído.
